Acc¡so A Crctlos Foru¿urvos. Gnrlo Sup¡ploR
rados, a los que matan, a los que violan, a los terroristas. Abundan mucho más entre las personas los monstruos de este tipo que entre los perros los ejemplares asesinos; o sea, hay más probabilidades de toparnor óotr un violad^or
qr.
.or-rr.
can mortífero...
,
Y estoy poniendo tan sólo ejemplos muy extremos, porque si hablamos de ia bruta-lidad común, de la maldad feroz de'andar pór casa,.nton..r
1", personas sobrepasamosa la población canina de manera infinita. F{ombres que pegan
i
sus mujeres,'mujeres que maltratan a sus hijos, hombresy
mujeres que-abandonan"
tnt
ii.¡or.
po"r nomencionar la terrible aceptada violencia contra los animales: las alegres fiéstas patrias
cn las que se defi:nestran cabras, se apalean burros, se acuchillan terncros, se arrancan cabezas de patos a tirone-s áY-po. qué no hablar de los perros? Abandonados, golpeados,
muertos de hambre, utilizados para peleas y para expcrimentos muchas
t..Jr
iirútil.r.
No, no se han rebelado, aunque hubieran debido haicrlo. Pero los pobres chuchos son demasiado leales, demasiado dóci1es.
.
lo.
otra parte, es posibie que en los últimos tiempos haya aumcntado el nírmeroabsoluto de accidentes violentos protagonizados por pérros. Érimero porque ahora hay muchos más ejemplares domésticos: sé han puesio dé
moda.o-o
mir.oia.
Pero sobre todo porque esa moda no ha traído una mayor conciencia social sobre los derechos delos animales. Muchos compran un cachorro a sus malditos niños como si se tratara de
un jugucte,
y
luego lo arrojan a la calle pocos meses más tarde, sorprendidos dc verque cl bicho crece, y come y mca y les lame y demanda cariño,
.r..rcl
de comportarse decentemente como un perro dc trapo. Esos'cachorros despojados, olvidados,maltra-tados.y traicionados pueden, sin dudá, dcsequilibra.se, y tal t'e"z llegar a morder cuando no deben; pero más dcsequilibrados aún están todos esos perros qu".
fr.rotr
cornprados ¡lo ya como unjuguete, sino como una arma. Me refiero a la crecicnte paranoia urbana,y a los flamantes propietarios de los no menos flamantes chalés adosahos. Muchos de
ellos desprecian o temen a los animales y no tienen ningún interés en intimar con ellos.
pcro se compran un perro para que les áefienda las pro"piedadcs, y lo mandan
"
.d.r.".
para el
1?qn.
(un adiestramienro a menudo feroz que les desquicia), y 1o manrienen todo el día en el exterior del maldito chalé atado por é1 gaznate a una éuérda muy corra,sin rnirarle, sin pasearlc, sin acariciarle, sin hablarle. Óomo quien entierra una mina
cxplosiva en el jardín: el animal se puede convertir así, en efecto, en una máquina de
matar. El perro es un ser social y para poder
vivir
necesita estar con su manaba: esto es, con otros cjemplares de su especie, o si no con esos perros sustitutos que somos los.amos.-El animal que es mantenido atado a una caseta, separado de todos, aislado de cariño-y de contacto, está siendo sometido a un suplicio psiiológico para él insufrible. áQué hay perros que atacan y que matan?No
mé extraña: leslstamos torturando vvolviendo locos.
España es un país especialmente brutal en el trato con los animales.
Ai
escribiresto, en el barrio del Pilar de Madrid hay instalado un tiovivo con caballitos enanos
de verdad. Están atados en parejas a_unai barras, con las cabezas fuertemente sujetas a los hierros para que no puedan volverse y asustar a los niños que les cabalgan.-Así, con el cuerpo totalmente inmovilizado, rodeados de luces cegadoias y de un eiruendo
_h_orrendo,_con calor y sin agua, los caballitos dan vueltas y vieltas dúrante todo el día.
Y una multitud de padres felices montan a sus hijitos en los lomos, sin darse cucnta
que les están enseñando a divertirse siendo cruelei. En una sociedad como la nuestra,
tan salvaje e inconsciente con los animales, sólo nos faltaba una campaña periodística
L¡Ncu¡
como la de los perros asesinos. Porque esas noticias infunden miedo a los ignorantes,
v
el miedo siempre genera violencia defensiva.O
sea, aún más violenciaiontra
losperros. Seguimos perpetuando la barbarie.
Rosa Montero Dominical El Pak
Texto
6
"El
desorden
empuja
desde
abajo"
Hacc poco visité en su casa a una persona de quien no diré el nombre, pues lo que
\-oy a contar no es agradable y se trata de un personajc muy conocido. Es un intelectual e\tranjero, un individuo ya mayor, en torno a los ochenta, pero con la cabeza
firme-mente asentada sobre los hombros. Además de pensar bien, se mantiene esbelto,
pin-turero, se arregla con gusto, trabaja activamente. Yo le tenía por un modelo de vitalidad r-de entereza, hasta que vi su casa. Su guarida (vive solo) es un espacio atroz sepultado en el caos. La cocina, el vestíbulo, los cuartos, el pasillo: todo está cubierto de trastos
¡olvorientos, de objetos arrumbados y medio rotos, de indefinibles mugres. Son capas v capas de basuras que las olas del tiempo han ido abandonando en esa casa, de la
mis-Ina manera que el mar va depositando sobre la playa cenefas de detritus, desperdicios revueltos.
Me pregunto cuántos años hará que este hombre, esta cabeza aún lúcida, perdió ,¿ batalla contra la dccadencia y permitió que la primera porquería se adueñara de un ¡incón de su hogar. Porque el caos es tan insidioso como un pequeño insecto. Como rna arañita que, amparada en la oscuridad, se apodera de la esquina de un cuarto; y al cabo de unas pocas semanas, o de unos meses, esa modesta araíta, palpitante de vida y
le
voluntad de ser, habrá puesto huevos y se habrá multiplicado en otias cien arañas, y,odas cllas, si nadie las molesta, habrán conseguido llenar la habitación entera (su
uni--,-erso) de telas tan transparentes como el humo y tan resistentes como el titanio. Pues bien, el caos actúa exactamente así. A veces pienso que los humanos somos
¡omo soiitarios centinelas al borde del abismo: hay que estar en permanente guardia
:ara no cacr y no deshacernos. Nuestra identidad, esa cosa tan frigll, no es más que una
¡onstrucción, un producto de nuestra voluntad en el que preselvamos cada día. Somos
¡omo castiilos de naipes, y cualquier viento fuerte puede desbaratarnos: la muerte de un hijo, la pérdida del trabajo, una enfermedad, el simple miedo a ser, a morir, a
en-'.-e,lecer.
Recuerdo a Ortega Lara en su espantoso encicrro;
y
recuerdo las palabras del zuardia civil que le rescató. Contaba este hombre, mostrando un agudo sentido de la obsetwación, que OrtegaLara doblaba y colocaba sus escasas y pobres pertenencias con ,,''bsesivo cuidado: la buñndita, el cepillo de dientes. En ese aiinear y dbblar y recolocar -o poco que tenía, digo yo ahora, estaba Ortega Lara reconstruyéndose a sí mismo cadaAcc¡sct ¡ Clcros Fonvarrvos. G¡¡¡o Supnpron
día. Esos pocos objetos eran como el mapa de identidad, como las instrucciones de
S3ytaje del yo.
{go
parecido hacían los indómitos exploradores británicos del sigloXD( cuando mandaban colocar todas las tardes tu m.ta ,1. caoba con mantel de enáje
para tomar el té, aunque estuvieran en mitad de la jungla, rodeados de caníbales, her'i-dos o perdidos, fcbriles o medio muertos.
.
De modo que somos como un rompecabezas,y
es necesario mantener todas laspiezas en su lugar. para que el dibujo de nuestro ser permanezca entero y comprensible. Pero. cómoeTp_qja el desorden, por abajo. Ese desorden interior y destructivó engorda
con la soledad. He vivido muchos añoslola y he disfrutado de elÍo, pero no cabe?uda de que la soledad puede potenciar la deconstrucción interior. Y si a la ioledad añades una avanzada edad, entonces la tendencia se multiplica. Se aflojan los tornillos, caen los an-damios, nuestra identidad pierde o traspapela
"igur"
pieza."El ser humano no está hechopara vivir aislado. Las sociedades preindustrialés, mucho más colectivas y promiscuas,
solucionaban mucho mejor este problema del ser y del caos. Pero ahora estamos obli-gados a defendernos solos. A mantenernos alertas, a ser el centinela frente al abismo v a
tomar el té sobre mantel de encaje todas las tardes.
Rosa Montero Dominical El País
Texto
7
"Polémicas"
El
lector de periódicos siempre ha disfrutado con una buena polémica, inclusocuando es un poco más agria de lo conveniente, aunque a ve ces disimule virtuosamen-te esta afición morbo.sa. Y es que la polémica se paréce al champaña: un par de copas alegran
y
estimulan la picardía, media docena pueden despertir albruá
qr.
toáo, llevamos. dentro (algunos fuera) y de ahí en adelinte ya sólo cabe esperar repeticionespastosas hasta el dolor de cabeza. Cuestión de medida, como siemp.é. El
."tó
es que el cuerpo a cuerpo lo hace todo más interesante, tanto en los antagónismos como áesdeluego en el amor. Ya sé que_ las ideas o las opiniones no tienen .ná.po, pero nosotros les prestamos gustosamente el nuestro llegado el caso.
. A veces.se deplo-ra el tono personal que peruierte antes o después esos enfrenta-mientos dialécticos. Lamento vano, porque toda polémica es necesiriamente personal, aunque lo personal no seala relación a priori entie los polemistas mismos, sino la qué
une al menos a uno de ellos con el asunto discutido. -Quien no está interesado per-sonalmente por el tema, quien no se siente concernido por la cuestión en apariencia abstracta, seguro que no polemiza. La prensa diaria está llena de puntos de vista que
no.compartimos o.que tenemos por falsos sin que esa simple disciepancia nos llev^e a polernizar. Hace falta además unácicate de
irritición
y de ófensa.n
.l
,r,r.rto, yaL¡Ncu¡
venga de nuestra afición a lo debatido o de nuestra enemistad con quien debate. En una palabra, sólo polemizamos sobre lo que personalmente nos atañe.
Ya, dicen los más formales, pero esa impiicación no excusa los ataques personales al otro, al propinarjuicios de intención malévolos envez de refutar los argumentos, los insultos, etcétera. Claro, claro. Y sin embargo, icon que deliciosa competencia hacen
uso los grandes polemistas, como Voltaire o Marx, de cstas malas artes! Es
precisa-mente en el intercambio dc ataques personales cuando se establece la mayor diferencia entre quien sólo posee los recursos denigratorios de la lengua común y quien cuenta con el auxilio del arte literario. La diferencia es la misma que la existente entre salpicar
a otro echándole agua con la mano o aplicarle el chorro a presión de una manguera.
Ciertos villanos insignificantes quc han sido deslumbrantemente insultados por
bue-nos polemistas deberían estarles agradecidos: se les recordará al menos por 1o atinado
de la infamia quc cayó sobre ellos. Y al revés, también ciertas réplicas insultantes dadas a los famosos merecen acompañarles en el mármol de su monumento
junto
a los loo-res. Por ejemplo, lo que repuso a Mirabeau cierto modesto abate cuando el gran tributoanunció que pensaba encerrarle en un círculo vicioso: "i.Acaso va usted a abrazarme, señor Mirabeau?".
Quiero decir que hay una estética de la polémica, más allá de quien lleve la razón
en la cuestión de fondo que se discute.
Yun
buen aficionado al género puede saborear una hábil estocada del adversario, aunque no por eso se incline a compartir sus razones. iCuánto debió disfrutar, por ejemplo, aquel antagonista de Chesterton empeñado en demostrarle que hay que combatir al enemigo con sus propias armas cuando leyó esta réplica: "Entonces, señor mío, icómo se las arregla usted para picar a una avispa?". Eseste ingenio, aunque no siempre quiera ni pueda ser cortés, el que uno echa de menos cuando asiste hoy en los llamados programas de debate de nuestra desdichadas
televi-siones alzafto y obtuso griterío entre rufianes. Hasta en el garbo de la coz difieren el
caballo y la mula...
Fernando Savater Dominical El Pdís
Texto
8
"La
factttra
del
bienestar"
Aunque los precedentes más lejanos se remontan al canciller Bismarck, uno de los tundadores de la unidad alemana a finales del siglo pasado, el concepto de Estado del Bienestar_surgió después de la Segunda Guerra Mundial y ha estado claramente
inspi-rado en ideas socialdemócratas.
Acc¡so ¡ Crclos Fonuarrvos. GRnro Suprntc¡n
Para la protección social se han seguido dos modelos diferentes, el maximalista,
representado por el sistema sueco y, en menor medida, por los de Dinamarca, Holanda y Alemania, y el sistema moderado, cuyo símbolo es el modelo japonés y, en menor medida, el norteamericano. El modelo maximalista ha provocado que el gasto público
en protección social haya llegado a superar el 57% en Dinamarca, el 56 en Holanda y el 54 en Alemania. En las economías donde se implantó el modelo moderado ha
ab-sorbido el porcentaje notablemente inGrior: enJapón representa el 30% del PIB; en
EEUU, cl 33. Junto a estos datos, es preciso tener en cuenta que e n Europa trabaja por
término medio eI40% de la población total, con una tasa de desempleo media del 10%, mientras en
EEUU
trabaja el47"/" y enJapón el 50, con tasas de paro que no llegan al 4% de la población activa. Con estos datos es fácil apreciar que , e n los países europeos,se ha erigido un sacrificio muy fuerte a los sectores productivos de la economía para transferir un nivel importante de la renta generada a los sectores no productivos.
En las dos últimas décadas se han producido importantes cambios estructuraies
y
coyunturales en Europa: reconversión industrial, dificultadcs para la creación de
pues-tos de trabajo, estancamiento de la natalidad, envcjecimiento global de la población, disminución de la mortalidad y mayor esperanza de vida. Sirva el caso español, que se
adhirió al modelo maximalista
-sin
la adccuada estructura fiscal y de cotizacionesso-ciales- para ilustrar estc último fenómeno: en 1970Ia población española de 65 y más años, la edad normal dc jubilación, era el9,7"A de la población total; en 1.982, había
su-bido al I1,2o/o; en el 1991, el13,2; en el 2001 se prevé que alcance un 16A y en el 2031. dentro de poco más de 30 años, habrá casi un 20% de mayores de 65 años. Entretanto. la población ocupada no ha variado prácticamente en las últimas dos décadas: como en toda Europa. cada vcz menos personas ectivas tienen que cotizar para pagar las pcnsio-nes de cada vez más personas pasivas.
Es justamente sobre este panoramal no precisamente alentador, sobre el que hay que inscribir los impopulares pero razonables intentos de los principales líderes
euro-peos para controlar la factura del bienestar, que inevitablemente habrán de pasar por un retraso en la edad dejubilación, una reducción de las prestaciones con respecto a los últimos salarios recibidos, el control de los excesos en gastos médicos y farmacéuticos
y la defensa ante posibles fraudes de quienes no tienen derecho a subsidios.
Editorial de ABC
TEXTOS
PARA
COMENTAR
PROPUESTOS
Texto
1
Doble
moral
LA EXPULSIÓN de un equipo completo cn una competición deportiva por un :)unto relacionado con el tráfico y la administración de sustancias prohibidas es siempre
-rn hecho relevante. Máxime si ese equipo, el Festina francés, está considerado como -rno de los mejores del mundo y si esa competición, el Tour de Francia, es una de las :nás prestigiosas. Es posible qr,re los argumentos para adoptar una decisión tan grave sean :iscutiblcs, pues los corredores del Festina no han dado positivo en un control antido-:a_ie. ni hay datos probados sobre quién utilizó sustancias prohibidas. Pero es evidente :.rre la organizaciótt de la carrera se sentía rnuy incómoda por la molesta compañía de un
:quipo sometido a investigación judicial, cuyo director deportivo y cuyo médico eran
:iirnero
detenidos, luego interrogadosy
posteriormente cncarcelados. Es demasiado ,:rrde para considerar este escándalo como un hecho aislado.Hechos así se producen rcgularmente alrededor de las grandes competiciones y
t-muestran cómo, bajo la superficie del llamado deporte de elite, bulle un misterioso
:rundo cuyo objetivo es optimizar por medios artificiales el rendimicnto de un depor-,is¡a. Establecer una línea divisoria entre lo que es legal o ilegal, ótico o amoral es casi :rnposible.
No
parece haber dado dcmasiado buen resultado la política de represión-urentada por las organizaciones deportivas. Hay opiniones a favor de una legalización Je las sustancias ahora consideradas prohibidas por los reglamentos, en paralelo con qr-rienes mantienen la legalización de las drogas blandas.
La línea seguida hasta ahora, de castigar el dopaje con severidad y cstablecer un
ré-.-imen represivo en el que el deportista es continuamente controlado, no ha resuelto el
:roblema. Los dirigentes quc cxigen tanto rigor no suelen ser estrictos respecto a cómo
.:
gestionan las finanzas de las organizaciones deportivas. Thas la lucha contra el dopajeh¿v una evidente hipocresía. El mundo del deportc dcbería reflcxionar si, por las estra-iosiéricas cifras que mueven los grandes eventos deportivos, no se está exigiendo más
le
1a cuenta a los deportistas. Hablar de preservar la igualdad de oportunidades es un -utemismo cuando al lado de los grandes campeones aparccc cl trabajo de consumados :specialistas en medicina, física, biológica o dietética. Para limpiar conciencias a eso se lc tiende a llamar preparación científica. Y es difícil saber qué parte del caso Festina erauna simple chapuza entre masajistas, médicos, director y corredores y qué parte de una preparación cicntífi ca.
Los intereses en juego son cnormes, y de la competición de alto nivel cada vez se
des-prenden menos modelos educativos. Pero, antes de criminalizar el dopaje y sobre todo a
los deportistas, convendría revisar el sistema y tomar conciencia de esta doble moral.
T¡lre 9: Et cotr¡nNr¡nro nE TEXTO
Accnso ¡ Crclos Fonuarrvos. Gn¡¡o Srrp¡nrc¡n
Texto
2
Pena de
muerte
,
'Además. de.la pena de muerte, hay otras formas de matar, disfrazadas de piedad o de prerrogativa individual. El Estado no tiene derecho a matar a sus súbditos.Lacien-cia no tiene derecho a rematar a los enfermos. Y las madre s no tienen derecho a Ínatar a sus hijos"
Hay Estados que todavía, a estas alturas de la civilización, creen tener derecho a disponer de la vida de sus súbditos
y
mantienen en sus códigos la pena de muerte como un castigo legítimo y como una manera de hacer justicia. Los turcos acaban de condenar a muerte a Adullah oEalan, acusado de haber"fundado y dirigido un grupo tcrrorista de extrema izquierda inspirado en el marxismo. Europa presioña-o."lm.n-te sobre Ankara para que no se cumpla esa pena de muerte, ése-castigo sin remedio
ni
alivio posible. La renuncia a la pena de muerte es una conquista dJlas sociedadesmodernas tras una larga y reñida batalla jurídica, política y moráI. En el caso del terro-rismo, las dudas de la Sociedad y del Estado respecto de esa renuncia acrecen, y algunas veces hacen abandonar la decisión.
En cierto modo es lógico, discutible pero comprensible, que surjan esas dudas. Hay hombres que, por espíritu de justicia y no de vénganza, ..ee tr qnJ el Estado debe
defenderse, incluso con la muerte legal, de los que se órganizan pari matar. El Estado,
que.sólo persigue-la justicia cuando condena, debe prevalecer sbbre los grupos
clan-desttnos que condenan a muerte sin otra ley, sin otro tribunal y sin otro objetivo que
su interés parcial. N-i siquiera la libertad como aspiración absiracta, que tantas veces se exhibe para justificar actos de terrorismo, puede seruir de justificáción a los que
dictan caprichosamente una pena de muerte y la aplican
"
r...lt
inocentes. El Estado aplica la pena de muerte a culpables, convictoi y confesos, mientras el terror condena a inocentes. "Muerte al culpable para defender al inocente", arguyen los partidarios de mantener la pena capital contra los terroristas.Recuerdo que cuando lspaña, acertada y afortunadamente, renunció a la pena de muerte, se mantuvo una última duda para los casos de terrorismo, y don Landelino Lavilla, ministro deJusticia en aquella ocasión, pronunció un discursó en el Congreso
para defender el mantenimiento de la pena a loiterroristas, y a los pocos días, otrJ
dis-curso en ei Senado para mantener lo contrario. Al final, se impuso la tesis del abandono
total. lJna de las primeras decisiones de la Tiansición fue la áe anunciar que el Estado
renunciaba al viejo derecho de matar. Después, con los Gobiernos socialiitas
compro-bamos que aquella renuncia tenía, en la iniención de algunos políticos, sólo un alcánce
leg?1.
O
sea, se cayó temporalmente en la tentación dé aplicir la pena de muerte sin códigos ni togas, y combatir el terror con los procedimienios del terror..
Y"yolgstupefacción que la condena contra Ogalan o contra otros terroristas,pro-{u91la
aplicación de la pena cap_ital en Estados Unidos, que pasa por ser e1 pais iider del Occidente, adorador de la Libertad, ejemplo de demoira.i"y
id.l"trtado de la ci-vilización. Algunos reos_esperan años el momento de ser ejecutádos por los "limpios" procedimientos de la silla eléctrica, la cámara de gas o la in]iección leial. Los tienén enesas celdas que llaman "corredores de la muertet sin otra ésperanza que la de ser
LeNrc;u¡
vados al lugar de la ejecución. En uno de esos corredores siniestros, mantienen ahora a un condenado español. Naturalmente, Norteamérica no tiene ninguna fiserza moral para pedir al Gobierno turco quc suspenda la ejecución y que conmute la pena capital
por otra. Eso sólo lo pueden hacer los Estados Europeos.
No só1o el mantenimiento de ia pena de muerte en algunas naciones a las que no es posible calificar de bárbaras amenaza hoy el derecho elemental de todo ser humano a la vida. Las nuevas teorías sobre el aborto, la eutanasia se presentan como nuevas formas de matar disfrazadas de piedad o de una prerrogativa individual. Yo creo que el Estado
no tiene derecho a matar a sus súbditos. La cicncia no tiene derecho a rematar a sus enfermos. Y las madres no tienen derecho a matar a sus hijos.
Jaime
CAMPMANY
ABC
Texto
3
El
efecto
"PIOJO SI-IELTO"
En primera página, a toda plana, el titular del periódico reza en tinta roja: "iRe-r-olución!". Ex-trañado, miro a mi alrededor.
No
observo ningún signo insurreccional en la cafetería. Más bien, al contrario, todo el mundo tiene pinta de pertenecer a la rnisma cornunidad de propietarios, presidida sin duda por alguien parecido a Aznar,y
disfrutan su café o aperitivo con el estilo inequívoco de quienes militan en el Partidodel Confort. A la vista del cocodrilito bordado en el polo, el señor revolucionario
per-tencce al Partido Lacoste. La sensación de extrañeza aumenta cuando veo al camarero
Mostacho Kurdo, en un alto de su labor, hojea otro periódico, posiblemente atrasado,
.on un no menos intimidativo titular: "iA por cllos!".
iPor Tlrtatisl éQué está pasando aquí? áQuiénes son ellos? 2De qué Revolución
hablan quc no estó contemplada en 1a Semana Fantástica de El Corte Inglés? Esta tran-quila cafetería de ciudad burgucsa, i.no será la tapadera del terrorismo internacional? Bajo esa apariencia de oficial de notaría, éserá el Señor Lacoste un agente castrista y
¡1 cocodrilo la gran contraseña? éQué oscuro dcstino tendrán las propinas que recibe
¡1 camarero Mostacho Kurdo? Prosigo mi panorámica por las mesas y ahora paso del
:sombro a la perplejidad. Joven Engominado, con Elegante Novia Estolada, lee casi ¿ hurtadillas un hebdomadario extremista
y
de clara denuncia social, a la vista de surrincipal: "Piojo Suclto".
En rcalidad, 1o que leen Partido Lacoste, Joven Engominado y Mostacho Kurdo es Drensa dcportiva. Abandono una novela que hrrele a pollo belga con dioxinas, y me
cn-rrego con entusiasmo a la literatura de vanguardia. Por la letra menuda me entero que
la Revolución pendiente es la que va a acometer Lorenzo Sanz cn cl Rcal Madrid, que
quien va A por Ellos es, por supucsto, Gil y Gil. Y que el Piojo Suelto se llama López.
AccEso ¡ Crclos Foru,nrryos. Gn¡¡o Sur,¡Rron
El periodismo deportivo suele considerarse un género menor dentro del periodis-mo. O por lo menos más fácil. Más simple. Mera repetición.
Al
fin y al cabo, todo elmundo sabe de fútbol, como ya
d¡o
Di
Stefano, la diferencia entre quien sabey
nosabe es un dedo meñique. Pues nada de eso. En realidad es mucho más complicado, por ejemplo, radiar un partido de futbol que un debate político. Como es más difícil de escribir dos folios o llenar 10 minutos de televisión a partir de una lesión de ligamentos cruzados que de un encuentro de semiólogos sobre las afinidades entre Shakéspeare y V/alt Disney.
Cualquier periodista puede sacar una buena entrevista
del
ocurrente escritor Pico de Oro, de la maravillosa actriz Linda Metáfora o del brillante historiador BackGround. Pero, équién es el chulo que se enfrenta a los silencios de Raúl? áDónde está el periodista dentista que ticne que arrancar monosílabos a Ronaldo como si fueran
muelas? áQué curtido corresponsal soportaría un año de guerra conJavicr Clemente?
áQuó informador cultural sería capaz de entonar Coooooooooooooool con la misma
pa-sión que un Intermezzo de la Cauallería Rustícana? áQué intelectual semiótico se atreve-ría a convertir en algo inteligible el lenguaje zoomórfico de Gil?
Para subrayar el avance femcnino se contrapone la imagen de las mujeres quc en el metro leen libros mientras el elemento masculino lleva un Marca o un
A.
Y del grupo de amigas que va al cine a ver la dc Almodóvar mientras laviril
cuadrilla emite gruñidosdelantc de la tele por los avatares de un pellejo esférico. O se pasan la noche colgados de una radio con una atención bíblica. Pero Intelectual Mosqueado, Fino Esteta y Periodista
Estirado deberían ver las cosas de otra forma. Como hazafra del periodismo deportivo. En los últimos años ha habido muchos cambios en los medios de comunicación en
Es-paña, pero ninguno semejante a la labor que trata de deportes. Llenar una página por un esguince de tobillo de un jugador. Intercsar a media humanidad por el precio del oso de peluche de Súker. Fabricar acontecimientos históricos cada
fin
de semana. Conseguir noche tras noche que un millón y medio de personas tararee una sintonía. Hace faltamucha imaginación, trabajo y ganas. Recuerdo los tiempos en que la sección de Depor-tes era una guarida en los periódicos. Ahora es el lugar más fresco.
Manuei Rivas El Pak Semanal
Texto
4
Hoy, todos somos
FRANKENSTEIN
Tengo la sensación de que el negocio de la cosmética duplica su volumen cada día. De hecho, ahora, en verano, hay tal abarrote publicitario que se diría que media huma-nidad se dedica fcbrilmente a fabricar potingues y la otra mitad a embadurnarse. Y no son sólo las cremas y los demás afeites, sino también el ansia de alterar el cuerpo con
métodos más drásticos. Morros reventones de colágeno, pechos de ccmento, éabezas con un dobladillo cosido en el cogote por mor de estirar la vicja piel sobrante.
Lp.Nc;u¡
Aunque, a decir verdad, no creo que todo esto sea una simple cuestión de estética. O -:¡. dudo mucho que uno se deje cortar, rebanar, pespuntear; que se ponga en riesgo de
::orir;
que sufra, se enferme y se mutile por la mera banalidad de estar más guapo. En. : Ca esta obsesión cosmética y quirúrgica late el viejísimo deseo de ser otro; de escapar .. encierro del propio destino; de triunfar sobre la materia y sobre el mundo, porque no -l\- mayor logro que crearse a uno rnismo. Así equiparándonos a Dios, nos pensamos
-'-1e escapamos a la muerte.
_fustamente por esto, los padres de la Iglesia condenaron el maquillaje en los tiem-: -rs antiguos: porque, al usar afeites, las mujeres cometían un terrible sacrilegio de
que-:-:
enmendar la obra divina, que es, por definición, inmejorable. Cipriano de Cartago .:*1oIII)
sostenía que las hembras maquilladas no podrían ser reconocidas por Dios::r
e1juicio
final, y que, por consiguiente, se irían de patitas a las llamas: "FIas afeado:>r- Cutis con postiza droga, has teñido tus cabeilos con color bastardo, tu fisonomía ha
,-lo
lalseada y ese rostro es de otro", tronaba el buen Cipriano, según contó Isabel M. -:ontón Simón en un delicioso artículo que apareció enHistoría 16hace unos meses.Pero
ni
las amenazas apocalípticasni
las excomuniones impidieron que el frenesí --. los afeites continuara.Como explica ei también historiador Pedro Voltes en su divertido libro Hístoría
'.
la eshryidez huntdna,las mujeres medievales cometieron todo tipo de excesos, como --.¿r solimán, esto es, sublimado de mercurio, para aclarar la piel, lo cual les ponía los -::¡ntes negros y pochos. O bien, aún más grave, emplastar todo el cuerpo con plomo :-anco, cosa que las dejaba lívidas como las muñecas (la famosa reina virgen, Isabel de-:rglaterra, se decoraba así) y acababa por envenenarlas, llevándolas en ocasiones hasta
.
ilruerte.Estoy hablando sobre todo de mujeres, aunque no son las únicas en querer alterar .,r condición física. En los pueblos llamados primitivos hay muchos ritos corporales que
-'-cuta el varón: tatuajes, limaduras de dientes, inscrción de discos de madera o metal
.:r orejas o labios. Thmbién en nuestra tradición cultural ha habido varones maquillados
con peluca, como los elegantes dieciochescos. pero es cierto que entre nosotros el rito
:¡1 afeite ha pertenecido más a la mujer. Tal vez porque en la sociedad occidental el
hom-::e ha estado más enajenado de su propio cuerpo, mientras que las mujeres éramos sólo ---ierpo y poco más, pura omnipresencia maternal. Es decir, contra la muerte, el hombre ¡r-antaba catedrales, y nosotras nos rebozábamos en plomo blanco. Recordemos, en fin, que ei mito de Frankenstein lo ideó una mujer. Es la aspiración de crear vida, la ilusión
le
rozar la eternidad a través del cuerpo y de la carne.Lo inquietante, en fin, es que ahora los avances tecnológicos nos han colocado en 'ina rara frontera, en un despeñadero fisico en el que casi parece no haber límites.
Po-j¡mos cambiar de sexo. Y así todos somos al mismo tiempo dioses torpes y monstruos je Frankenstein, criaturas a medio hacer y creadores ineptos.
Rosa Montero El País Semanal
Accnso ¡ Crclos Fonv¡rrvos. Gnaoo Suppruop
Texto
5
Un libro
como una
casa
En los años ochenta, los Golpes Bajos situaron el título de una canción entre las sentencias.más populares de la posmodernidad nacional. Malos tiempos para la lírica,
cantaban ellos y repetían a cada rato todo 1o que no tenían nada claro etr que consistía la lírica exactamente. Ahora, en las escurridurai de los noventa, si hay algoLapazde com-pensar, siquiera en un grado simbólico, la abrupta y progresiva tendencia
il
derrumbe universal que saluda al siglo que viene, es precisamente la lírica. La poesía se recuperacuando casi todo lo demás se cae. Vivimos malos tiempos para la fe, malos tiempos
para las. ideas, malos tiempos para las utopías, y buenoi, buenísimos, eso sí, para^los
gimnasios, aunque ese detalle, personalmente, no me consuela.
.Durante la pasada campaña electoral tuve la mala suerte de que la hora programada en la alarma de
mi
de,spertador coincidiera exactamente durante varios dias seguidos con la emisión radiof<inica de cierta cuña electoral. Acostumbrada a desperelarmebajo la tutela del correspondiente locutor de voz aterciopelada, aliñada .o.r álgun" q.r.
otra pegadiza musiquilla publicitaria, diseñada para arropar el precio de los filetes de rape en una cadena de supermercados, me llevé un susto de muerte, cuando, desde el silencio absoluto, indiscernible del silencio de
mi
propio sueño, una voz de mujermuy_cabreada atronó en mi oído, a las siete y media de
h
mañana, que la derecha no es solución. La taquicardia me duró hasta después de una experiencia idéntica, decidíretrasar la alarma dos minutos, pero aquel gesto de estricta autodefensa se me complicó
c.on.una imprevisible nostalgia de otras épocas, cuando un espíritu de combate muy distinto de este portálil, como de quita y pon, alentaba mucho más allá de las agencias publicitarias contratadas para una campaña electoral concreta.
Afortunadamente, me quedan los libros. Las ideas que ya no defienden los partidos políticos se conservan aún en letra impresa. La fidelidad que traicionan a cada p"ro
."tr-didatos y programas crece y se afianza cuando se deposita en los escritores de'la propiavida,.esos.rostros_que sevan llenando de arrugas en las fotos de las solapas de aigunas
novelas, algunos libros de poemas, al mismo ritmo que se multiplic"n
tobt.
lafaálliar
superficie de nuestro propio rostro. Podría resumir mi vida enñ
lectura secuencial delas obras de mis escritores favoritos con mucha más facilidad, y tal vez con mucha más
sinceridad también, que en la escritura de mis propios libros.
Ysi
las deserciones, quelp
hay, escuecen, la admirable energía con la que álgunos autores, más que.o.rrrg."-dísimos, afrontan riesgos que parecían impropios
di
los astronómicos ánticipos "quecobran, me levantan de la cama todos los díaJcon la eficacia que para sí queiríanios mensajes electorales.
.
Esta primavera he encontrado un libro donde vivir en la última novela de John Ir-ving, que es, aunque él qrizá no lo sepa, el más cervantino de todos los escritolesnor-teamericanos, y uno de esos novelistas que me convencieron, hace ya tantos años que da vértigo, d," g"9 merecía la pena arriesgarlo todo, siempre, en el intento. LIna mijer dífícil -títt:lo inferior, en mi opinión, al originalViudas por un año- es una de esas larguíii-mas, complejas y sorprendentes historias que Irving logra trazar entrecruzando mi"radas oblicuas sobre una realidad aparentemente plana, para-iluminar con una conmovedora sagacidad las esquinas muertas de personajes y situáciones que al final se revelan mucho
LENcU¡
más próxrmos a nuestra propia vida que a la excentricidad que en un principio aparentan. Inconcebiblemente fiel a sí mismo, sólido como una roca y ambicibso como cualquier principiante, este eterno joven resistente me ha confirmado úrravez más que la buena
literatura paga con creces cualquier dosis de fe. Y aunque el final de la história de Ruth Cole me haya dejado huérfana para mucho más de un año, nunca llegará a saber hasta
qué punto se 1o agradezco.
Almudena Grandes
EI País Semanal
Texto
6
iTengo
yo
carade turista?
Llega nuestra hora. La de los turistas. Dicen que sorrros muchos, pero es por con-'' ención estadística. En realidad, somos muy pocos. lJna especie rara. La última clase que no ha arriado la bandera del Estado del bienestar, del derecho a la pereza y a un Faraíso a tiempo parcial, de prét-a-porter, colectivo y barato. Y es que ahora hay mucho lesertor.
. Hay millones de turistas que no quieren ser turistas. Thmbién a los emigrantes
.c les denominan "residentcs en el exterior", como si un ebanista gallego eñ Stut---¿rt estuviese de baños en Baden-Baden. Las agencias de viajes son estoi días
esce-rario de la patótica simulación.
-
iY adónde quieren ir?-
Pensábamos ir a Bali. A casarnos, como MikeJagger y Alejandro Sanz. pero nadaJc turismo, iehl
Los que vienen a España son turistas. lJno se encuentra con Glices hordas sajonas y
:-utonas de tomadoras de sol, bebedores de cerveza, adolescentes Beavies & Buithead, :¿bés con chupete fluorescente y viejos tatuados con
un
corazón atravesado por un :uñal, o^rgullosos de su condición de turistas charteros y sin la menor intención de que ---,s confundan con Bruce Chatwin ni emular a los nativos pescadores de salmonetes. Pero nuestroTN!
el TuristaNo
Ti:rista, se va a Cancún con el convencimiento deque es Humboldt en una erpedición botánica o a Grecia como un Lord Byron, pero ,-.]n Visay bonos_ de hotel. Hay gcnte que desiste de visitar la pirámide de Keops
ro
potliedo
a los fundamentalistas islámicos, sino por encontrarsé al vecino de enñentc. La:rillante ocurrencia de
ir
a\t.y?
York y dirigirse la primera noche de estancia al pub londe toca el clarinete woody Allen suelc saldarse con un tremendo fracaso.-
áQué pasó? iYa no toca el clarinete?-
No sólo eso. Lo peor es que en la puerta estaba Perico, el de la farmacia.Yencima, .1 muy burro, va y me saluda a gritos. iSi es que no puede uno salir de casa!Acceso ¡ Crclos Fom¡anwos. Gnq¡o Suprruon
El turista vergonzante se planta en Lisboa y pregunta por la casa de fados donde no haya turistas. También en Kenia se le reconoce de inmediato. Para pasar inadvertido, va vestido de Memorias de Africa de arriba abajo. Es el primero que se zarnpaúan los leo-nes. Y en Estambul, lo mismo. Es el que está convencido de haber comprado el último
día la dichosa alfombra a precio de ganga. Desde las Cruzadas, el turista trata con una cierta familiaridad la materia oriental.
-
Entré allí y le dije: oye, Abdul, átengo yo cara de turista o qué?Al
TüristaNo
Turista le repugnan los viajes en grupo, muchas veces inevitables. Ya en el avión se le distingue porque mira de soslayo. con altanero resentimiento.sor-prendido de que señor Calvo
y
señora con Mechas, y Parejita Besucona, y Abuelito Atlético, y ProfesorNo
Numerario y hasta Estanquero de la Esquina hayan elegido su mismo destino exótico. Se lamenta con su acompañante: 'Ya te decía yo que era mejorir
con los indios Tarahumara. Esto de las ruinas de Angkor va a parecer la Gran Vía.iPeste de turismol" Desde ese momento, parapetado en la distancia como un cónsul en misión secreta, el
TNT
urde su yenganza. A la primera oportunidad, escapa del guía yse descuelga del programa.
-
iAnda que me van a pillar a mí en el mogollón!iNi
que fuerajaponés!lJñno
de librarse del olor a llanta quemada de la plebe, elTN!
el Gran Viajero,ensayará su propia ruta y, lamentablemente, regresará vivo para contarlo: "Pillé una
diarrea, me picó una serpiente y
fui
perseguido por los mosquitos y por los jemeres rojos. ilJna pasada! Mientras tanto, los muy pringaos de grupo, sacando fotitos en eltemplo de Taprohm"
El Turista No Turista se indigna mucho cuando llega al destino soñado y lo confun-den con un turista. É1va mundó adelante como el pelegrino pelma de Paulo Coelho, pero, lmaldición!, los indígenas tratan de sacarle pelas. Leo el testimonio de un viajero
abrumado en Bali: "Mas", ioh, sorpresa!, "parecían adorar el dinero al igual que los dio-ses". iGentes extrañas éstas de Balil En lugar de comerse a los dioses o a los turistas, han optado por el libre comercio.
En realidad, el Turista
No
Turista es muy infeliz. Algún día descubrirá el sentidodel viaje bailando un merengue con la Tercera Edad en Benidorm. Tal como el
pere-grino se sentirá por fin realizado en una pulpería de Santiago.
Manuel Rivas El País Semanal
Texto
7
Las ciudades
Puede haber ciudades sin civilización, pero no es posible la civilización sin
ciu-dades.
No
recuerdo a quién pertenece este dictamen tan exacto, pero me viene a laL¡Ncu,q
memoria con cierta frecuencia, sobre todo cuando veo con tristeza el estado de algunas
ciudadcs que me gustan mucho, y cuando miro a algunos de quienes las gobiernan o amenazan con gobernarlas. El oficio de alcalde, que a uno le parece de los más cercanos
a la realidad diaria de las cosas, al ámbito cotidiano de la ciudadanía, atrae en España
a
un
número singular de patanesy
fantoches, cuyas cataduras tendrían a veces unacomicidad estrafalaria o grotesca si no fuera porque tales figurones son un azote para
las ciudades y para esa forma única y delicada de la civilización que sólo puede succder en ellas.
Hay clásicos indiscutibles en este repartol como esa cspecie de Idi Amin Dada quc, según todas las previsiones, va a scguir arrasando impunemente la Costa del Sol, o lo poco que queda de ella, durante cuatro años más, para regocijo no sólo dc los
especu-ladores y de los filántropos del hampa rusa, sino también de más de un selecto literario
que se acoge a la hospitalidad del sátrapa como si éste fuera un nuevo Lorenzo de
Mé-dicis con sahariana abierta y cadena de oro desplegada sobre el pecho velludo.
Mucho menos conocido fuera de sus dominios, aunque casi tan meritorio como
Gil
y
Gil, es el señor alcalde de Granada, al que también bcndiccn las cncuestas conuna aterradora mayoría. En uno de los lugares más bellos de la ciudad, el mirador de San Nicolás, este alcalde ilustrado hizo erigir un monolito en homenaje al presidente
Clinton, que había dicho no sé qué vulgaridad sobre las puestas de sol, pero a los pocos días hubo quc quitarlo, porque ei monolito cstaba lleno de faltas de ortografía. Resulta
que Clinton había dicho, al parecer, que desde el mirador de San Nicolás se ven ias nrejores puestas de sol del mundo, pero se da la circunstancia de que este mirador no r-stá oricntado hacia e1 Oeste, quc cs donde suele ocurrir las puestas de sol, sino hacia
cl Surestc. donde está la Alhambra, quc sietnpre despierta una emoción de arquitectura lmaneciendo y alzándose sobre su colina como si emergiera cn la horizontalidad de la distancia.
Cuando yo la visité por primera vez, en unos días alucinados de descubrimiento
y
ertcnuación, Roma tenía como aicaldc al admirable historiador del arte Giulio Carlo -\tean, cuyos libros leía yo de estudiantc con el mismo feruor con que iba a recorrer
luego las calles de las ciudadcs de Italia. El alcaldc de Venecia es ahora el filósofo Mas-simo Cacciari: que Granada, una ciudad casi tan relevante en la imaginación de los i-iajeros como Roma o Venecia, tenga de alcalde a este imbatll¡Ic Díaz Berbel ya es un
>íntoma de los agravios comparativos con que puede castigarnos la vida española.
A
literencia de Cacciari y Argan, Díaz Berbel ya no parece tener obra escritá, pero su :rpresión oral es de una contundencia indiscutible, sobre todo en la vehemencia natu-ral del debate político: 'A ese tío 1o agarro yo del pescuczo y lo tiro al Genil", declaró
irace poco refirióndose a un adversario, al que calificó con una contundencia que dice
nucho
de su finura intelectualy
de la civilización de sus modales: "Es un eñano deilierda".
No
sé por qué, pero nunca faltan periodistas que les rían esta clase de gracia a losrlcaldes esperpénticos,
ni
ciudadanos que las encuentren admirables,y
que acudanr-il Ir)2S3 a votarles a ellos. Thmpoco parecc que vaya a abandonarnos durantc los
próximos cllatro años cl pintoresco alcalde de Madrid, bajo cuyo reinado la ciudad sc ha convertido, toda entera y simultáneamente, en un socavón, en un aparcamiento,
-n
un muladar, en una carretera, en un vasto solar de edificaciones especulativas. Elseñor Manzano es partidario de la castiza capa española y de la libcrtad personal: dice
Acc¡so a Crclos FoRl¡-qrNos. GR,qoo Sup¡RroR
que si el centro de Madrid está colapsado por 1os coches es porque su Ayuntamiento no es partidario de limitarle a nadie la libertad de conducir.
No hay civilización sin ciudades, pero las ciudades, salvo unas cuantas excepciones
admirables, sufren cada día la invasión gradual e interior de los bárbaros, algunos de
los cuales se encargan ya de gobernarlas. Visitando Barcelona, Vitoria, algunas ciudades italianas, uno descubre que 1o peor no era inevitable, pero no es imposible la racionali-dad. En los barrios populares de Madrid, donde hay tan pocas er?ectativas políticas, la
gente ejerce cotidianamente su ciudadanía, en el mercado y en la calle, en los bancos de
las plazas, en los paseos del Retiro, como una forma escéptica de resistencia.
Antonio Muñoz Molina
El País Semanal
Texto
8
La
ingenuidad
deJehová
Voy a volver a escribir sobre la guerra para que no se me olvide. Aunque parecen haberse agotado ya todos los plazos para Ia disidencia, aunque no existen espacios donde encauzar satisfactoriamente una indignación que esta vez ni siquiera ha llega-do a ser pública, aunque
mi
disidencia,mi
indignación y yo estamos más solas quenunca,
mi
cuota particular de horror no me la quita nadie. Y en ese ámbito estricta-mente privado me pregunto cómo hemos-el
uso de la primera persona del plural no esni
retóriconi
caprichoso- llegado hasta aquíy
no soy capaz de responderme. El estupor me hace compañía mientras me esfuerzo por penetrar en los vericuetos dia-lécticos del discurso oficial, cuando proceso a duras penas términos equitativamenteabstrusos y diáfanos, como "guerra
limpia",
"bombardeos humanitarios" o "errores lamentables".La guerra siempre ha sido la manifestación más rotunda de un fracaso
colecti-vo,
y
siempre, incluso cuando obedecía dócilmente los designios de la divinidad, ha sido suciay
horrenda. Jehová envió siete plagas sobre Egipto para liberar a su pueblo de la esclavitud y, a la vista de la terquedad del faraón, acabó exterminando a una generación entera de niños inocentes para lograrlo, pero no se revistió en aque-lla ocasión del sutil espíritu que habita en una paloma blanca, sino de la aterradoracoraza del Señor de los Ejércitos, y hasta los anónimos autores de la Biblia se apia-daron entonces del dolor inmenso de los padres que lloraban sobre los pequeios
cadáveres de sus primogénitos. Ahora, sin embargo, la
OTAN
le está enmendando la plana a Dios. Esta es la guerra limpia,y
esto significa que los agresores notie-nen por qué admitir ninguna responsabilidad sobre los efectos de su agresión. Los
crímenes ajenos son indiscutiblemente crímenes, pero los crímenes propios son
lamentablemente errores de cálculo. La paloma de la