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TEXTOS para trabajar tema resumen y opinion personal

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Academic year: 2020

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(1)

Acc¡so A Crctlos Foru¿urvos. Gnrlo Sup¡ploR

rados, a los que matan, a los que violan, a los terroristas. Abundan mucho más entre las personas los monstruos de este tipo que entre los perros los ejemplares asesinos; o sea, hay más probabilidades de toparnor óotr un violad^or

qr.

.or-rr.

can mortífero.

..

,

Y estoy poniendo tan sólo ejemplos muy extremos, porque si hablamos de ia bruta-lidad común, de la maldad feroz de'andar pór casa,

.nton..r

1", personas sobrepasamos

a la población canina de manera infinita. F{ombres que pegan

i

sus mujeres,'mujeres que maltratan a sus hijos, hombres

y

mujeres que-abandonan

"

tnt

ii.¡or.

po"r no

mencionar la terrible aceptada violencia contra los animales: las alegres fiéstas patrias

cn las que se defi:nestran cabras, se apalean burros, se acuchillan terncros, se arrancan cabezas de patos a tirone-s áY-po. qué no hablar de los perros? Abandonados, golpeados,

muertos de hambre, utilizados para peleas y para expcrimentos muchas

t..Jr

iirútil.r.

No, no se han rebelado, aunque hubieran debido haicrlo. Pero los pobres chuchos son demasiado leales, demasiado dóci1es.

.

lo.

otra parte, es posibie que en los últimos tiempos haya aumcntado el nírmero

absoluto de accidentes violentos protagonizados por pérros. Érimero porque ahora hay muchos más ejemplares domésticos: sé han puesio dé

moda.o-o

mir.oia.

Pero sobre todo porque esa moda no ha traído una mayor conciencia social sobre los derechos de

los animales. Muchos compran un cachorro a sus malditos niños como si se tratara de

un jugucte,

y

luego lo arrojan a la calle pocos meses más tarde, sorprendidos dc ver

que cl bicho crece, y come y mca y les lame y demanda cariño,

.r..rcl

de comportarse decentemente como un perro dc trapo. Esos'cachorros despojados, olvidados,

maltra-tados.y traicionados pueden, sin dudá, dcsequilibra.se, y tal t'e"z llegar a morder cuando no deben; pero más dcsequilibrados aún están todos esos perros qu".

fr.rotr

cornprados ¡lo ya como unjuguete, sino como una arma. Me refiero a la crecicnte paranoia urbana,

y a los flamantes propietarios de los no menos flamantes chalés adosahos. Muchos de

ellos desprecian o temen a los animales y no tienen ningún interés en intimar con ellos.

pcro se compran un perro para que les áefienda las pro"piedadcs, y lo mandan

"

.d.r.".

para el

1?qn.

(un adiestramienro a menudo feroz que les desquicia), y 1o manrienen todo el día en el exterior del maldito chalé atado por é1 gaznate a una éuérda muy corra,

sin rnirarle, sin pasearlc, sin acariciarle, sin hablarle. Óomo quien entierra una mina

cxplosiva en el jardín: el animal se puede convertir así, en efecto, en una máquina de

matar. El perro es un ser social y para poder

vivir

necesita estar con su manaba: esto es, con otros cjemplares de su especie, o si no con esos perros sustitutos que somos los.amos.-El animal que es mantenido atado a una caseta, separado de todos, aislado de cariño-y de contacto, está siendo sometido a un suplicio psiiológico para él insufrible. áQué hay perros que atacan y que matan?

No

mé extraña: leslstamos torturando v

volviendo locos.

España es un país especialmente brutal en el trato con los animales.

Ai

escribir

esto, en el barrio del Pilar de Madrid hay instalado un tiovivo con caballitos enanos

de verdad. Están atados en parejas a_unai barras, con las cabezas fuertemente sujetas a los hierros para que no puedan volverse y asustar a los niños que les cabalgan.-Así, con el cuerpo totalmente inmovilizado, rodeados de luces cegadoias y de un eiruendo

_h_orrendo,_con calor y sin agua, los caballitos dan vueltas y vieltas dúrante todo el día.

Y una multitud de padres felices montan a sus hijitos en los lomos, sin darse cucnta

que les están enseñando a divertirse siendo cruelei. En una sociedad como la nuestra,

tan salvaje e inconsciente con los animales, sólo nos faltaba una campaña periodística

(2)

L¡Ncu¡

como la de los perros asesinos. Porque esas noticias infunden miedo a los ignorantes,

v

el miedo siempre genera violencia defensiva.

O

sea, aún más violencia

iontra

los

perros. Seguimos perpetuando la barbarie.

Rosa Montero Dominical El Pak

Texto

6

"El

desorden

empuja

desde

abajo"

Hacc poco visité en su casa a una persona de quien no diré el nombre, pues lo que

\-oy a contar no es agradable y se trata de un personajc muy conocido. Es un intelectual e\tranjero, un individuo ya mayor, en torno a los ochenta, pero con la cabeza

firme-mente asentada sobre los hombros. Además de pensar bien, se mantiene esbelto,

pin-turero, se arregla con gusto, trabaja activamente. Yo le tenía por un modelo de vitalidad r-de entereza, hasta que vi su casa. Su guarida (vive solo) es un espacio atroz sepultado en el caos. La cocina, el vestíbulo, los cuartos, el pasillo: todo está cubierto de trastos

¡olvorientos, de objetos arrumbados y medio rotos, de indefinibles mugres. Son capas v capas de basuras que las olas del tiempo han ido abandonando en esa casa, de la

mis-Ina manera que el mar va depositando sobre la playa cenefas de detritus, desperdicios revueltos.

Me pregunto cuántos años hará que este hombre, esta cabeza aún lúcida, perdió ,¿ batalla contra la dccadencia y permitió que la primera porquería se adueñara de un ¡incón de su hogar. Porque el caos es tan insidioso como un pequeño insecto. Como rna arañita que, amparada en la oscuridad, se apodera de la esquina de un cuarto; y al cabo de unas pocas semanas, o de unos meses, esa modesta araíta, palpitante de vida y

le

voluntad de ser, habrá puesto huevos y se habrá multiplicado en otias cien arañas, y

,odas cllas, si nadie las molesta, habrán conseguido llenar la habitación entera (su

uni--,-erso) de telas tan transparentes como el humo y tan resistentes como el titanio. Pues bien, el caos actúa exactamente así. A veces pienso que los humanos somos

¡omo soiitarios centinelas al borde del abismo: hay que estar en permanente guardia

:ara no cacr y no deshacernos. Nuestra identidad, esa cosa tan frigll, no es más que una

¡onstrucción, un producto de nuestra voluntad en el que preselvamos cada día. Somos

¡omo castiilos de naipes, y cualquier viento fuerte puede desbaratarnos: la muerte de un hijo, la pérdida del trabajo, una enfermedad, el simple miedo a ser, a morir, a

en-'.-e,lecer.

Recuerdo a Ortega Lara en su espantoso encicrro;

y

recuerdo las palabras del zuardia civil que le rescató. Contaba este hombre, mostrando un agudo sentido de la obsetwación, que OrtegaLara doblaba y colocaba sus escasas y pobres pertenencias con ,,''bsesivo cuidado: la buñndita, el cepillo de dientes. En ese aiinear y dbblar y recolocar -o poco que tenía, digo yo ahora, estaba Ortega Lara reconstruyéndose a sí mismo cada

(3)

Acc¡sct ¡ Clcros Fonvarrvos. G¡¡¡o Supnpron

día. Esos pocos objetos eran como el mapa de identidad, como las instrucciones de

S3ytaje del yo.

{go

parecido hacían los indómitos exploradores británicos del siglo

XD( cuando mandaban colocar todas las tardes tu m.ta ,1. caoba con mantel de enáje

para tomar el té, aunque estuvieran en mitad de la jungla, rodeados de caníbales, her'i-dos o perdidos, fcbriles o medio muertos.

.

De modo que somos como un rompecabezas,

y

es necesario mantener todas las

piezas en su lugar. para que el dibujo de nuestro ser permanezca entero y comprensible. Pero. cómoeTp_qja el desorden, por abajo. Ese desorden interior y destructivó engorda

con la soledad. He vivido muchos añoslola y he disfrutado de elÍo, pero no cabe?uda de que la soledad puede potenciar la deconstrucción interior. Y si a la ioledad añades una avanzada edad, entonces la tendencia se multiplica. Se aflojan los tornillos, caen los an-damios, nuestra identidad pierde o traspapela

"igur"

pieza."El ser humano no está hecho

para vivir aislado. Las sociedades preindustrialés, mucho más colectivas y promiscuas,

solucionaban mucho mejor este problema del ser y del caos. Pero ahora estamos obli-gados a defendernos solos. A mantenernos alertas, a ser el centinela frente al abismo v a

tomar el té sobre mantel de encaje todas las tardes.

Rosa Montero Dominical El País

Texto

7

"Polémicas"

El

lector de periódicos siempre ha disfrutado con una buena polémica, incluso

cuando es un poco más agria de lo conveniente, aunque a ve ces disimule virtuosamen-te esta afición morbo.sa. Y es que la polémica se paréce al champaña: un par de copas alegran

y

estimulan la picardía, media docena pueden despertir al

bruá

qr.

toáo, llevamos. dentro (algunos fuera) y de ahí en adelinte ya sólo cabe esperar repeticiones

pastosas hasta el dolor de cabeza. Cuestión de medida, como siemp.é. El

."tó

es que el cuerpo a cuerpo lo hace todo más interesante, tanto en los antagónismos como áesde

luego en el amor. Ya sé que_ las ideas o las opiniones no tienen .ná.po, pero nosotros les prestamos gustosamente el nuestro llegado el caso.

. A veces.se deplo-ra el tono personal que peruierte antes o después esos enfrenta-mientos dialécticos. Lamento vano, porque toda polémica es necesiriamente personal, aunque lo personal no seala relación a priori entie los polemistas mismos, sino la qué

une al menos a uno de ellos con el asunto discutido. -Quien no está interesado per-sonalmente por el tema, quien no se siente concernido por la cuestión en apariencia abstracta, seguro que no polemiza. La prensa diaria está llena de puntos de vista que

no.compartimos o.que tenemos por falsos sin que esa simple disciepancia nos llev^e a polernizar. Hace falta además unácicate de

irritición

y de ófensa

.n

.l

,r,r.rto, ya

(4)

L¡Ncu¡

venga de nuestra afición a lo debatido o de nuestra enemistad con quien debate. En una palabra, sólo polemizamos sobre lo que personalmente nos atañe.

Ya, dicen los más formales, pero esa impiicación no excusa los ataques personales al otro, al propinarjuicios de intención malévolos envez de refutar los argumentos, los insultos, etcétera. Claro, claro. Y sin embargo, icon que deliciosa competencia hacen

uso los grandes polemistas, como Voltaire o Marx, de cstas malas artes! Es

precisa-mente en el intercambio dc ataques personales cuando se establece la mayor diferencia entre quien sólo posee los recursos denigratorios de la lengua común y quien cuenta con el auxilio del arte literario. La diferencia es la misma que la existente entre salpicar

a otro echándole agua con la mano o aplicarle el chorro a presión de una manguera.

Ciertos villanos insignificantes quc han sido deslumbrantemente insultados por

bue-nos polemistas deberían estarles agradecidos: se les recordará al menos por 1o atinado

de la infamia quc cayó sobre ellos. Y al revés, también ciertas réplicas insultantes dadas a los famosos merecen acompañarles en el mármol de su monumento

junto

a los loo-res. Por ejemplo, lo que repuso a Mirabeau cierto modesto abate cuando el gran tributo

anunció que pensaba encerrarle en un círculo vicioso: "i.Acaso va usted a abrazarme, señor Mirabeau?".

Quiero decir que hay una estética de la polémica, más allá de quien lleve la razón

en la cuestión de fondo que se discute.

Yun

buen aficionado al género puede saborear una hábil estocada del adversario, aunque no por eso se incline a compartir sus razones. iCuánto debió disfrutar, por ejemplo, aquel antagonista de Chesterton empeñado en demostrarle que hay que combatir al enemigo con sus propias armas cuando leyó esta réplica: "Entonces, señor mío, icómo se las arregla usted para picar a una avispa?". Es

este ingenio, aunque no siempre quiera ni pueda ser cortés, el que uno echa de menos cuando asiste hoy en los llamados programas de debate de nuestra desdichadas

televi-siones alzafto y obtuso griterío entre rufianes. Hasta en el garbo de la coz difieren el

caballo y la mula...

Fernando Savater Dominical El Pdís

Texto

8

"La

factttra

del

bienestar"

Aunque los precedentes más lejanos se remontan al canciller Bismarck, uno de los tundadores de la unidad alemana a finales del siglo pasado, el concepto de Estado del Bienestar_surgió después de la Segunda Guerra Mundial y ha estado claramente

inspi-rado en ideas socialdemócratas.

(5)

Acc¡so ¡ Crclos Fonuarrvos. GRnro Suprntc¡n

Para la protección social se han seguido dos modelos diferentes, el maximalista,

representado por el sistema sueco y, en menor medida, por los de Dinamarca, Holanda y Alemania, y el sistema moderado, cuyo símbolo es el modelo japonés y, en menor medida, el norteamericano. El modelo maximalista ha provocado que el gasto público

en protección social haya llegado a superar el 57% en Dinamarca, el 56 en Holanda y el 54 en Alemania. En las economías donde se implantó el modelo moderado ha

ab-sorbido el porcentaje notablemente inGrior: enJapón representa el 30% del PIB; en

EEUU, cl 33. Junto a estos datos, es preciso tener en cuenta que e n Europa trabaja por

término medio eI40% de la población total, con una tasa de desempleo media del 10%, mientras en

EEUU

trabaja el47"/" y enJapón el 50, con tasas de paro que no llegan al 4% de la población activa. Con estos datos es fácil apreciar que , e n los países europeos,

se ha erigido un sacrificio muy fuerte a los sectores productivos de la economía para transferir un nivel importante de la renta generada a los sectores no productivos.

En las dos últimas décadas se han producido importantes cambios estructuraies

y

coyunturales en Europa: reconversión industrial, dificultadcs para la creación de

pues-tos de trabajo, estancamiento de la natalidad, envcjecimiento global de la población, disminución de la mortalidad y mayor esperanza de vida. Sirva el caso español, que se

adhirió al modelo maximalista

-sin

la adccuada estructura fiscal y de cotizaciones

so-ciales- para ilustrar estc último fenómeno: en 1970Ia población española de 65 y más años, la edad normal dc jubilación, era el9,7"A de la población total; en 1.982, había

su-bido al I1,2o/o; en el 1991, el13,2; en el 2001 se prevé que alcance un 16A y en el 2031. dentro de poco más de 30 años, habrá casi un 20% de mayores de 65 años. Entretanto. la población ocupada no ha variado prácticamente en las últimas dos décadas: como en toda Europa. cada vcz menos personas ectivas tienen que cotizar para pagar las pcnsio-nes de cada vez más personas pasivas.

Es justamente sobre este panoramal no precisamente alentador, sobre el que hay que inscribir los impopulares pero razonables intentos de los principales líderes

euro-peos para controlar la factura del bienestar, que inevitablemente habrán de pasar por un retraso en la edad dejubilación, una reducción de las prestaciones con respecto a los últimos salarios recibidos, el control de los excesos en gastos médicos y farmacéuticos

y la defensa ante posibles fraudes de quienes no tienen derecho a subsidios.

Editorial de ABC

(6)

TEXTOS

PARA

COMENTAR

PROPUESTOS

Texto

1

Doble

moral

LA EXPULSIÓN de un equipo completo cn una competición deportiva por un :)unto relacionado con el tráfico y la administración de sustancias prohibidas es siempre

-rn hecho relevante. Máxime si ese equipo, el Festina francés, está considerado como -rno de los mejores del mundo y si esa competición, el Tour de Francia, es una de las :nás prestigiosas. Es posible qr,re los argumentos para adoptar una decisión tan grave sean :iscutiblcs, pues los corredores del Festina no han dado positivo en un control antido-:a_ie. ni hay datos probados sobre quién utilizó sustancias prohibidas. Pero es evidente :.rre la organizaciótt de la carrera se sentía rnuy incómoda por la molesta compañía de un

:quipo sometido a investigación judicial, cuyo director deportivo y cuyo médico eran

:iirnero

detenidos, luego interrogados

y

posteriormente cncarcelados. Es demasiado ,:rrde para considerar este escándalo como un hecho aislado.

Hechos así se producen rcgularmente alrededor de las grandes competiciones y

t-muestran cómo, bajo la superficie del llamado deporte de elite, bulle un misterioso

:rundo cuyo objetivo es optimizar por medios artificiales el rendimicnto de un depor-,is¡a. Establecer una línea divisoria entre lo que es legal o ilegal, ótico o amoral es casi :rnposible.

No

parece haber dado dcmasiado buen resultado la política de represión

-urentada por las organizaciones deportivas. Hay opiniones a favor de una legalización Je las sustancias ahora consideradas prohibidas por los reglamentos, en paralelo con qr-rienes mantienen la legalización de las drogas blandas.

La línea seguida hasta ahora, de castigar el dopaje con severidad y cstablecer un

ré-.-imen represivo en el que el deportista es continuamente controlado, no ha resuelto el

:roblema. Los dirigentes quc cxigen tanto rigor no suelen ser estrictos respecto a cómo

.:

gestionan las finanzas de las organizaciones deportivas. Thas la lucha contra el dopaje

h¿v una evidente hipocresía. El mundo del deportc dcbería reflcxionar si, por las estra-iosiéricas cifras que mueven los grandes eventos deportivos, no se está exigiendo más

le

1a cuenta a los deportistas. Hablar de preservar la igualdad de oportunidades es un -utemismo cuando al lado de los grandes campeones aparccc cl trabajo de consumados :specialistas en medicina, física, biológica o dietética. Para limpiar conciencias a eso se lc tiende a llamar preparación científica. Y es difícil saber qué parte del caso Festina era

una simple chapuza entre masajistas, médicos, director y corredores y qué parte de una preparación cicntífi ca.

Los intereses en juego son cnormes, y de la competición de alto nivel cada vez se

des-prenden menos modelos educativos. Pero, antes de criminalizar el dopaje y sobre todo a

los deportistas, convendría revisar el sistema y tomar conciencia de esta doble moral.

T¡lre 9: Et cotr¡nNr¡nro nE TEXTO

(7)

Accnso ¡ Crclos Fonuarrvos. Gn¡¡o Srrp¡nrc¡n

Texto

2

Pena de

muerte

,

'Además. de.la pena de muerte, hay otras formas de matar, disfrazadas de piedad o de prerrogativa individual. El Estado no tiene derecho a matar a sus súbditos.La

cien-cia no tiene derecho a rematar a los enfermos. Y las madre s no tienen derecho a Ínatar a sus hijos"

Hay Estados que todavía, a estas alturas de la civilización, creen tener derecho a disponer de la vida de sus súbditos

y

mantienen en sus códigos la pena de muerte como un castigo legítimo y como una manera de hacer justicia. Los turcos acaban de condenar a muerte a Adullah oEalan, acusado de haber"fundado y dirigido un grupo tcrrorista de extrema izquierda inspirado en el marxismo. Europa presioña

-o."lm.n-te sobre Ankara para que no se cumpla esa pena de muerte, ése-castigo sin remedio

ni

alivio posible. La renuncia a la pena de muerte es una conquista dJlas sociedades

modernas tras una larga y reñida batalla jurídica, política y moráI. En el caso del terro-rismo, las dudas de la Sociedad y del Estado respecto de esa renuncia acrecen, y algunas veces hacen abandonar la decisión.

En cierto modo es lógico, discutible pero comprensible, que surjan esas dudas. Hay hombres que, por espíritu de justicia y no de vénganza, ..ee tr qnJ el Estado debe

defenderse, incluso con la muerte legal, de los que se órganizan pari matar. El Estado,

que.sólo persigue-la justicia cuando condena, debe prevalecer sbbre los grupos

clan-desttnos que condenan a muerte sin otra ley, sin otro tribunal y sin otro objetivo que

su interés parcial. N-i siquiera la libertad como aspiración absiracta, que tantas veces se exhibe para justificar actos de terrorismo, puede seruir de justificáción a los que

dictan caprichosamente una pena de muerte y la aplican

"

r...lt

inocentes. El Estado aplica la pena de muerte a culpables, convictoi y confesos, mientras el terror condena a inocentes. "Muerte al culpable para defender al inocente", arguyen los partidarios de mantener la pena capital contra los terroristas.

Recuerdo que cuando lspaña, acertada y afortunadamente, renunció a la pena de muerte, se mantuvo una última duda para los casos de terrorismo, y don Landelino Lavilla, ministro deJusticia en aquella ocasión, pronunció un discursó en el Congreso

para defender el mantenimiento de la pena a loiterroristas, y a los pocos días, otrJ

dis-curso en ei Senado para mantener lo contrario. Al final, se impuso la tesis del abandono

total. lJna de las primeras decisiones de la Tiansición fue la áe anunciar que el Estado

renunciaba al viejo derecho de matar. Después, con los Gobiernos socialiitas

compro-bamos que aquella renuncia tenía, en la iniención de algunos políticos, sólo un alcánce

leg?1.

O

sea, se cayó temporalmente en la tentación dé aplicir la pena de muerte sin códigos ni togas, y combatir el terror con los procedimienios del terror.

.

Y"yolgstupefacción que la condena contra Ogalan o contra otros terroristas,

pro-{u91la

aplicación de la pena cap_ital en Estados Unidos, que pasa por ser e1 pais iider del Occidente, adorador de la Libertad, ejemplo de demoira.i"

y

id.l"trtado de la ci-vilización. Algunos reos_esperan años el momento de ser ejecutádos por los "limpios" procedimientos de la silla eléctrica, la cámara de gas o la in]iección leial. Los tienén en

esas celdas que llaman "corredores de la muertet sin otra ésperanza que la de ser

(8)

LeNrc;u¡

vados al lugar de la ejecución. En uno de esos corredores siniestros, mantienen ahora a un condenado español. Naturalmente, Norteamérica no tiene ninguna fiserza moral para pedir al Gobierno turco quc suspenda la ejecución y que conmute la pena capital

por otra. Eso sólo lo pueden hacer los Estados Europeos.

No só1o el mantenimiento de ia pena de muerte en algunas naciones a las que no es posible calificar de bárbaras amenaza hoy el derecho elemental de todo ser humano a la vida. Las nuevas teorías sobre el aborto, la eutanasia se presentan como nuevas formas de matar disfrazadas de piedad o de una prerrogativa individual. Yo creo que el Estado

no tiene derecho a matar a sus súbditos. La cicncia no tiene derecho a rematar a sus enfermos. Y las madres no tienen derecho a matar a sus hijos.

Jaime

CAMPMANY

ABC

Texto

3

El

efecto

"PIOJO SI-IELTO"

En primera página, a toda plana, el titular del periódico reza en tinta roja: "iRe-r-olución!". Ex-trañado, miro a mi alrededor.

No

observo ningún signo insurreccional en la cafetería. Más bien, al contrario, todo el mundo tiene pinta de pertenecer a la rnisma cornunidad de propietarios, presidida sin duda por alguien parecido a Aznar,

y

disfrutan su café o aperitivo con el estilo inequívoco de quienes militan en el Partido

del Confort. A la vista del cocodrilito bordado en el polo, el señor revolucionario

per-tencce al Partido Lacoste. La sensación de extrañeza aumenta cuando veo al camarero

Mostacho Kurdo, en un alto de su labor, hojea otro periódico, posiblemente atrasado,

.on un no menos intimidativo titular: "iA por cllos!".

iPor Tlrtatisl éQué está pasando aquí? áQuiénes son ellos? 2De qué Revolución

hablan quc no estó contemplada en 1a Semana Fantástica de El Corte Inglés? Esta tran-quila cafetería de ciudad burgucsa, i.no será la tapadera del terrorismo internacional? Bajo esa apariencia de oficial de notaría, éserá el Señor Lacoste un agente castrista y

¡1 cocodrilo la gran contraseña? éQué oscuro dcstino tendrán las propinas que recibe

¡1 camarero Mostacho Kurdo? Prosigo mi panorámica por las mesas y ahora paso del

:sombro a la perplejidad. Joven Engominado, con Elegante Novia Estolada, lee casi ¿ hurtadillas un hebdomadario extremista

y

de clara denuncia social, a la vista de su

rrincipal: "Piojo Suclto".

En rcalidad, 1o que leen Partido Lacoste, Joven Engominado y Mostacho Kurdo es Drensa dcportiva. Abandono una novela que hrrele a pollo belga con dioxinas, y me

cn-rrego con entusiasmo a la literatura de vanguardia. Por la letra menuda me entero que

la Revolución pendiente es la que va a acometer Lorenzo Sanz cn cl Rcal Madrid, que

quien va A por Ellos es, por supucsto, Gil y Gil. Y que el Piojo Suelto se llama López.

(9)

AccEso ¡ Crclos Foru,nrryos. Gn¡¡o Sur,¡Rron

El periodismo deportivo suele considerarse un género menor dentro del periodis-mo. O por lo menos más fácil. Más simple. Mera repetición.

Al

fin y al cabo, todo el

mundo sabe de fútbol, como ya

d¡o

Di

Stefano, la diferencia entre quien sabe

y

no

sabe es un dedo meñique. Pues nada de eso. En realidad es mucho más complicado, por ejemplo, radiar un partido de futbol que un debate político. Como es más difícil de escribir dos folios o llenar 10 minutos de televisión a partir de una lesión de ligamentos cruzados que de un encuentro de semiólogos sobre las afinidades entre Shakéspeare y V/alt Disney.

Cualquier periodista puede sacar una buena entrevista

del

ocurrente escritor Pico de Oro, de la maravillosa actriz Linda Metáfora o del brillante historiador Back

Ground. Pero, équién es el chulo que se enfrenta a los silencios de Raúl? áDónde está el periodista dentista que ticne que arrancar monosílabos a Ronaldo como si fueran

muelas? áQué curtido corresponsal soportaría un año de guerra conJavicr Clemente?

áQuó informador cultural sería capaz de entonar Coooooooooooooool con la misma

pa-sión que un Intermezzo de la Cauallería Rustícana? áQué intelectual semiótico se atreve-ría a convertir en algo inteligible el lenguaje zoomórfico de Gil?

Para subrayar el avance femcnino se contrapone la imagen de las mujeres quc en el metro leen libros mientras el elemento masculino lleva un Marca o un

A.

Y del grupo de amigas que va al cine a ver la dc Almodóvar mientras la

viril

cuadrilla emite gruñidos

delantc de la tele por los avatares de un pellejo esférico. O se pasan la noche colgados de una radio con una atención bíblica. Pero Intelectual Mosqueado, Fino Esteta y Periodista

Estirado deberían ver las cosas de otra forma. Como hazafra del periodismo deportivo. En los últimos años ha habido muchos cambios en los medios de comunicación en

Es-paña, pero ninguno semejante a la labor que trata de deportes. Llenar una página por un esguince de tobillo de un jugador. Intercsar a media humanidad por el precio del oso de peluche de Súker. Fabricar acontecimientos históricos cada

fin

de semana. Conseguir noche tras noche que un millón y medio de personas tararee una sintonía. Hace falta

mucha imaginación, trabajo y ganas. Recuerdo los tiempos en que la sección de Depor-tes era una guarida en los periódicos. Ahora es el lugar más fresco.

Manuei Rivas El Pak Semanal

Texto

4

Hoy, todos somos

FRANKENSTEIN

Tengo la sensación de que el negocio de la cosmética duplica su volumen cada día. De hecho, ahora, en verano, hay tal abarrote publicitario que se diría que media huma-nidad se dedica fcbrilmente a fabricar potingues y la otra mitad a embadurnarse. Y no son sólo las cremas y los demás afeites, sino también el ansia de alterar el cuerpo con

métodos más drásticos. Morros reventones de colágeno, pechos de ccmento, éabezas con un dobladillo cosido en el cogote por mor de estirar la vicja piel sobrante.

(10)

Lp.Nc;u¡

Aunque, a decir verdad, no creo que todo esto sea una simple cuestión de estética. O -:¡. dudo mucho que uno se deje cortar, rebanar, pespuntear; que se ponga en riesgo de

::orir;

que sufra, se enferme y se mutile por la mera banalidad de estar más guapo. En

. : Ca esta obsesión cosmética y quirúrgica late el viejísimo deseo de ser otro; de escapar .. encierro del propio destino; de triunfar sobre la materia y sobre el mundo, porque no -l\- mayor logro que crearse a uno rnismo. Así equiparándonos a Dios, nos pensamos

-'-1e escapamos a la muerte.

_fustamente por esto, los padres de la Iglesia condenaron el maquillaje en los tiem-: -rs antiguos: porque, al usar afeites, las mujeres cometían un terrible sacrilegio de

que-:-:

enmendar la obra divina, que es, por definición, inmejorable. Cipriano de Cartago .:*1o

III)

sostenía que las hembras maquilladas no podrían ser reconocidas por Dios

::r

e1

juicio

final, y que, por consiguiente, se irían de patitas a las llamas: "FIas afeado

:>r- Cutis con postiza droga, has teñido tus cabeilos con color bastardo, tu fisonomía ha

,-lo

lalseada y ese rostro es de otro", tronaba el buen Cipriano, según contó Isabel M. -:ontón Simón en un delicioso artículo que apareció enHistoría 16hace unos meses.

Pero

ni

las amenazas apocalípticas

ni

las excomuniones impidieron que el frenesí --. los afeites continuara.

Como explica ei también historiador Pedro Voltes en su divertido libro Hístoría

'.

la eshryidez huntdna,las mujeres medievales cometieron todo tipo de excesos, como --.¿r solimán, esto es, sublimado de mercurio, para aclarar la piel, lo cual les ponía los -::¡ntes negros y pochos. O bien, aún más grave, emplastar todo el cuerpo con plomo :-anco, cosa que las dejaba lívidas como las muñecas (la famosa reina virgen, Isabel de

-:rglaterra, se decoraba así) y acababa por envenenarlas, llevándolas en ocasiones hasta

.

ilruerte.

Estoy hablando sobre todo de mujeres, aunque no son las únicas en querer alterar .,r condición física. En los pueblos llamados primitivos hay muchos ritos corporales que

-'-cuta el varón: tatuajes, limaduras de dientes, inscrción de discos de madera o metal

.:r orejas o labios. Thmbién en nuestra tradición cultural ha habido varones maquillados

con peluca, como los elegantes dieciochescos. pero es cierto que entre nosotros el rito

:¡1 afeite ha pertenecido más a la mujer. Tal vez porque en la sociedad occidental el

hom-::e ha estado más enajenado de su propio cuerpo, mientras que las mujeres éramos sólo ---ierpo y poco más, pura omnipresencia maternal. Es decir, contra la muerte, el hombre ¡r-antaba catedrales, y nosotras nos rebozábamos en plomo blanco. Recordemos, en fin, que ei mito de Frankenstein lo ideó una mujer. Es la aspiración de crear vida, la ilusión

le

rozar la eternidad a través del cuerpo y de la carne.

Lo inquietante, en fin, es que ahora los avances tecnológicos nos han colocado en 'ina rara frontera, en un despeñadero fisico en el que casi parece no haber límites.

Po-j¡mos cambiar de sexo. Y así todos somos al mismo tiempo dioses torpes y monstruos je Frankenstein, criaturas a medio hacer y creadores ineptos.

Rosa Montero El País Semanal

(11)

Accnso ¡ Crclos Fonv¡rrvos. Gnaoo Suppruop

Texto

5

Un libro

como una

casa

En los años ochenta, los Golpes Bajos situaron el título de una canción entre las sentencias.más populares de la posmodernidad nacional. Malos tiempos para la lírica,

cantaban ellos y repetían a cada rato todo 1o que no tenían nada claro etr que consistía la lírica exactamente. Ahora, en las escurridurai de los noventa, si hay algoLapazde com-pensar, siquiera en un grado simbólico, la abrupta y progresiva tendencia

il

derrumbe universal que saluda al siglo que viene, es precisamente la lírica. La poesía se recupera

cuando casi todo lo demás se cae. Vivimos malos tiempos para la fe, malos tiempos

para las. ideas, malos tiempos para las utopías, y buenoi, buenísimos, eso sí, para^los

gimnasios, aunque ese detalle, personalmente, no me consuela.

.Durante la pasada campaña electoral tuve la mala suerte de que la hora programada en la alarma de

mi

de,spertador coincidiera exactamente durante varios dias seguidos con la emisión radiof<inica de cierta cuña electoral. Acostumbrada a desperelarme

bajo la tutela del correspondiente locutor de voz aterciopelada, aliñada .o.r álgun" q.r.

otra pegadiza musiquilla publicitaria, diseñada para arropar el precio de los filetes de rape en una cadena de supermercados, me llevé un susto de muerte, cuando, desde el silencio absoluto, indiscernible del silencio de

mi

propio sueño, una voz de mujer

muy_cabreada atronó en mi oído, a las siete y media de

h

mañana, que la derecha no es solución. La taquicardia me duró hasta después de una experiencia idéntica, decidí

retrasar la alarma dos minutos, pero aquel gesto de estricta autodefensa se me complicó

c.on.una imprevisible nostalgia de otras épocas, cuando un espíritu de combate muy distinto de este portálil, como de quita y pon, alentaba mucho más allá de las agencias publicitarias contratadas para una campaña electoral concreta.

Afortunadamente, me quedan los libros. Las ideas que ya no defienden los partidos políticos se conservan aún en letra impresa. La fidelidad que traicionan a cada p"ro

."tr-didatos y programas crece y se afianza cuando se deposita en los escritores de'la propia

vida,.esos.rostros_que sevan llenando de arrugas en las fotos de las solapas de aigunas

novelas, algunos libros de poemas, al mismo ritmo que se multiplic"n

tobt.

la

faálliar

superficie de nuestro propio rostro. Podría resumir mi vida en

ñ

lectura secuencial de

las obras de mis escritores favoritos con mucha más facilidad, y tal vez con mucha más

sinceridad también, que en la escritura de mis propios libros.

Ysi

las deserciones, que

lp

hay, escuecen, la admirable energía con la que álgunos autores, más que

.o.rrrg."-dísimos, afrontan riesgos que parecían impropios

di

los astronómicos ánticipos "que

cobran, me levantan de la cama todos los díaJcon la eficacia que para sí queiríanios mensajes electorales.

.

Esta primavera he encontrado un libro donde vivir en la última novela de John

Ir-ving, que es, aunque él qrizá no lo sepa, el más cervantino de todos los escritoles

nor-teamericanos, y uno de esos novelistas que me convencieron, hace ya tantos años que da vértigo, d," g"9 merecía la pena arriesgarlo todo, siempre, en el intento. LIna mijer dífícil -títt:lo inferior, en mi opinión, al originalViudas por un año- es una de esas larguíii-mas, complejas y sorprendentes historias que Irving logra trazar entrecruzando mi"radas oblicuas sobre una realidad aparentemente plana, para-iluminar con una conmovedora sagacidad las esquinas muertas de personajes y situáciones que al final se revelan mucho

(12)

LENcU¡

más próxrmos a nuestra propia vida que a la excentricidad que en un principio aparentan. Inconcebiblemente fiel a sí mismo, sólido como una roca y ambicibso como cualquier principiante, este eterno joven resistente me ha confirmado úrravez más que la buena

literatura paga con creces cualquier dosis de fe. Y aunque el final de la história de Ruth Cole me haya dejado huérfana para mucho más de un año, nunca llegará a saber hasta

qué punto se 1o agradezco.

Almudena Grandes

EI País Semanal

Texto

6

iTengo

yo

carade turista?

Llega nuestra hora. La de los turistas. Dicen que sorrros muchos, pero es por con-'' ención estadística. En realidad, somos muy pocos. lJna especie rara. La última clase que no ha arriado la bandera del Estado del bienestar, del derecho a la pereza y a un Faraíso a tiempo parcial, de prét-a-porter, colectivo y barato. Y es que ahora hay mucho lesertor.

. Hay millones de turistas que no quieren ser turistas. Thmbién a los emigrantes

.c les denominan "residentcs en el exterior", como si un ebanista gallego eñ Stut---¿rt estuviese de baños en Baden-Baden. Las agencias de viajes son estoi días

esce-rario de la patótica simulación.

-

iY adónde quieren ir?

-

Pensábamos ir a Bali. A casarnos, como MikeJagger y Alejandro Sanz. pero nada

Jc turismo, iehl

Los que vienen a España son turistas. lJno se encuentra con Glices hordas sajonas y

:-utonas de tomadoras de sol, bebedores de cerveza, adolescentes Beavies & Buithead, :¿bés con chupete fluorescente y viejos tatuados con

un

corazón atravesado por un :uñal, o^rgullosos de su condición de turistas charteros y sin la menor intención de que ---,s confundan con Bruce Chatwin ni emular a los nativos pescadores de salmonetes. Pero nuestro

TN!

el Turista

No

Ti:rista, se va a Cancún con el convencimiento de

que es Humboldt en una erpedición botánica o a Grecia como un Lord Byron, pero ,-.]n Visay bonos_ de hotel. Hay gcnte que desiste de visitar la pirámide de Keops

ro

pot

liedo

a los fundamentalistas islámicos, sino por encontrarsé al vecino de enñentc. La

:rillante ocurrencia de

ir

a

\t.y?

York y dirigirse la primera noche de estancia al pub londe toca el clarinete woody Allen suelc saldarse con un tremendo fracaso.

-

áQué pasó? iYa no toca el clarinete?

-

No sólo eso. Lo peor es que en la puerta estaba Perico, el de la farmacia.Yencima, .1 muy burro, va y me saluda a gritos. iSi es que no puede uno salir de casa!

(13)

Acceso ¡ Crclos Fom¡anwos. Gnq¡o Suprruon

El turista vergonzante se planta en Lisboa y pregunta por la casa de fados donde no haya turistas. También en Kenia se le reconoce de inmediato. Para pasar inadvertido, va vestido de Memorias de Africa de arriba abajo. Es el primero que se zarnpaúan los leo-nes. Y en Estambul, lo mismo. Es el que está convencido de haber comprado el último

día la dichosa alfombra a precio de ganga. Desde las Cruzadas, el turista trata con una cierta familiaridad la materia oriental.

-

Entré allí y le dije: oye, Abdul, átengo yo cara de turista o qué?

Al

Türista

No

Turista le repugnan los viajes en grupo, muchas veces inevitables. Ya en el avión se le distingue porque mira de soslayo. con altanero resentimiento.

sor-prendido de que señor Calvo

y

señora con Mechas, y Parejita Besucona, y Abuelito Atlético, y Profesor

No

Numerario y hasta Estanquero de la Esquina hayan elegido su mismo destino exótico. Se lamenta con su acompañante: 'Ya te decía yo que era mejor

ir

con los indios Tarahumara. Esto de las ruinas de Angkor va a parecer la Gran Vía.

iPeste de turismol" Desde ese momento, parapetado en la distancia como un cónsul en misión secreta, el

TNT

urde su yenganza. A la primera oportunidad, escapa del guía y

se descuelga del programa.

-

iAnda que me van a pillar a mí en el mogollón!

iNi

que fuerajaponés!

lJñno

de librarse del olor a llanta quemada de la plebe, el

TN!

el Gran Viajero,

ensayará su propia ruta y, lamentablemente, regresará vivo para contarlo: "Pillé una

diarrea, me picó una serpiente y

fui

perseguido por los mosquitos y por los jemeres rojos. ilJna pasada! Mientras tanto, los muy pringaos de grupo, sacando fotitos en el

templo de Taprohm"

El Turista No Turista se indigna mucho cuando llega al destino soñado y lo confun-den con un turista. É1va mundó adelante como el pelegrino pelma de Paulo Coelho, pero, lmaldición!, los indígenas tratan de sacarle pelas. Leo el testimonio de un viajero

abrumado en Bali: "Mas", ioh, sorpresa!, "parecían adorar el dinero al igual que los dio-ses". iGentes extrañas éstas de Balil En lugar de comerse a los dioses o a los turistas, han optado por el libre comercio.

En realidad, el Turista

No

Turista es muy infeliz. Algún día descubrirá el sentido

del viaje bailando un merengue con la Tercera Edad en Benidorm. Tal como el

pere-grino se sentirá por fin realizado en una pulpería de Santiago.

Manuel Rivas El País Semanal

Texto

7

Las ciudades

Puede haber ciudades sin civilización, pero no es posible la civilización sin

ciu-dades.

No

recuerdo a quién pertenece este dictamen tan exacto, pero me viene a la

(14)

L¡Ncu,q

memoria con cierta frecuencia, sobre todo cuando veo con tristeza el estado de algunas

ciudadcs que me gustan mucho, y cuando miro a algunos de quienes las gobiernan o amenazan con gobernarlas. El oficio de alcalde, que a uno le parece de los más cercanos

a la realidad diaria de las cosas, al ámbito cotidiano de la ciudadanía, atrae en España

a

un

número singular de patanes

y

fantoches, cuyas cataduras tendrían a veces una

comicidad estrafalaria o grotesca si no fuera porque tales figurones son un azote para

las ciudades y para esa forma única y delicada de la civilización que sólo puede succder en ellas.

Hay clásicos indiscutibles en este repartol como esa cspecie de Idi Amin Dada quc, según todas las previsiones, va a scguir arrasando impunemente la Costa del Sol, o lo poco que queda de ella, durante cuatro años más, para regocijo no sólo dc los

especu-ladores y de los filántropos del hampa rusa, sino también de más de un selecto literario

que se acoge a la hospitalidad del sátrapa como si éste fuera un nuevo Lorenzo de

Mé-dicis con sahariana abierta y cadena de oro desplegada sobre el pecho velludo.

Mucho menos conocido fuera de sus dominios, aunque casi tan meritorio como

Gil

y

Gil, es el señor alcalde de Granada, al que también bcndiccn las cncuestas con

una aterradora mayoría. En uno de los lugares más bellos de la ciudad, el mirador de San Nicolás, este alcalde ilustrado hizo erigir un monolito en homenaje al presidente

Clinton, que había dicho no sé qué vulgaridad sobre las puestas de sol, pero a los pocos días hubo quc quitarlo, porque ei monolito cstaba lleno de faltas de ortografía. Resulta

que Clinton había dicho, al parecer, que desde el mirador de San Nicolás se ven ias nrejores puestas de sol del mundo, pero se da la circunstancia de que este mirador no r-stá oricntado hacia e1 Oeste, quc cs donde suele ocurrir las puestas de sol, sino hacia

cl Surestc. donde está la Alhambra, quc sietnpre despierta una emoción de arquitectura lmaneciendo y alzándose sobre su colina como si emergiera cn la horizontalidad de la distancia.

Cuando yo la visité por primera vez, en unos días alucinados de descubrimiento

y

ertcnuación, Roma tenía como aicaldc al admirable historiador del arte Giulio Carlo -\tean, cuyos libros leía yo de estudiantc con el mismo feruor con que iba a recorrer

luego las calles de las ciudadcs de Italia. El alcaldc de Venecia es ahora el filósofo Mas-simo Cacciari: que Granada, una ciudad casi tan relevante en la imaginación de los i-iajeros como Roma o Venecia, tenga de alcalde a este imbatll¡Ic Díaz Berbel ya es un

>íntoma de los agravios comparativos con que puede castigarnos la vida española.

A

literencia de Cacciari y Argan, Díaz Berbel ya no parece tener obra escritá, pero su :rpresión oral es de una contundencia indiscutible, sobre todo en la vehemencia natu-ral del debate político: 'A ese tío 1o agarro yo del pescuczo y lo tiro al Genil", declaró

irace poco refirióndose a un adversario, al que calificó con una contundencia que dice

nucho

de su finura intelectual

y

de la civilización de sus modales: "Es un eñano de

ilierda".

No

sé por qué, pero nunca faltan periodistas que les rían esta clase de gracia a los

rlcaldes esperpénticos,

ni

ciudadanos que las encuentren admirables,

y

que acudan

r-il Ir)2S3 a votarles a ellos. Thmpoco parecc que vaya a abandonarnos durantc los

próximos cllatro años cl pintoresco alcalde de Madrid, bajo cuyo reinado la ciudad sc ha convertido, toda entera y simultáneamente, en un socavón, en un aparcamiento,

-n

un muladar, en una carretera, en un vasto solar de edificaciones especulativas. El

señor Manzano es partidario de la castiza capa española y de la libcrtad personal: dice

(15)

Acc¡so a Crclos FoRl¡-qrNos. GR,qoo Sup¡RroR

que si el centro de Madrid está colapsado por 1os coches es porque su Ayuntamiento no es partidario de limitarle a nadie la libertad de conducir.

No hay civilización sin ciudades, pero las ciudades, salvo unas cuantas excepciones

admirables, sufren cada día la invasión gradual e interior de los bárbaros, algunos de

los cuales se encargan ya de gobernarlas. Visitando Barcelona, Vitoria, algunas ciudades italianas, uno descubre que 1o peor no era inevitable, pero no es imposible la racionali-dad. En los barrios populares de Madrid, donde hay tan pocas er?ectativas políticas, la

gente ejerce cotidianamente su ciudadanía, en el mercado y en la calle, en los bancos de

las plazas, en los paseos del Retiro, como una forma escéptica de resistencia.

Antonio Muñoz Molina

El País Semanal

Texto

8

La

ingenuidad

deJehová

Voy a volver a escribir sobre la guerra para que no se me olvide. Aunque parecen haberse agotado ya todos los plazos para Ia disidencia, aunque no existen espacios donde encauzar satisfactoriamente una indignación que esta vez ni siquiera ha llega-do a ser pública, aunque

mi

disidencia,

mi

indignación y yo estamos más solas que

nunca,

mi

cuota particular de horror no me la quita nadie. Y en ese ámbito estricta-mente privado me pregunto cómo hemos

-el

uso de la primera persona del plural no es

ni

retórico

ni

caprichoso- llegado hasta aquí

y

no soy capaz de responderme. El estupor me hace compañía mientras me esfuerzo por penetrar en los vericuetos dia-lécticos del discurso oficial, cuando proceso a duras penas términos equitativamente

abstrusos y diáfanos, como "guerra

limpia",

"bombardeos humanitarios" o "errores lamentables".

La guerra siempre ha sido la manifestación más rotunda de un fracaso

colecti-vo,

y

siempre, incluso cuando obedecía dócilmente los designios de la divinidad, ha sido sucia

y

horrenda. Jehová envió siete plagas sobre Egipto para liberar a su pueblo de la esclavitud y, a la vista de la terquedad del faraón, acabó exterminando a una generación entera de niños inocentes para lograrlo, pero no se revistió en aque-lla ocasión del sutil espíritu que habita en una paloma blanca, sino de la aterradora

coraza del Señor de los Ejércitos, y hasta los anónimos autores de la Biblia se apia-daron entonces del dolor inmenso de los padres que lloraban sobre los pequeios

cadáveres de sus primogénitos. Ahora, sin embargo, la

OTAN

le está enmendando la plana a Dios. Esta es la guerra limpia,

y

esto significa que los agresores no

tie-nen por qué admitir ninguna responsabilidad sobre los efectos de su agresión. Los

crímenes ajenos son indiscutiblemente crímenes, pero los crímenes propios son

lamentablemente errores de cálculo. La paloma de la

paz

revolotea con su corres-pondiente rama de

olivo

en el pico, entre las alas de los bombarderos. Milosevic, que es un criminal, que es un verdugo, que es, sin duda alguna, un enemigo de la

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