1. INTRODUCCIÓN
Este trabajo fue presentado en su formato original en el II Encuentro de Historia de Cantabria, celebrado en Santander durante los últimos días de noviembre de 2002. El evento en cuestión se articulaba en torno a una serie de con-ferencias y ponencias-marco, complementadas con comunicaciones invitadas, estados de la cues-tión elaborados por encargo en su mayor parte, quedando como única vía de acceso para la pre-sentación libre de investigaciones, realizadas o en curso, el formato póster. Conscientes del interés que suscita en el ámbito regional el período en el que hemos centrado nuestra actividad investigado-ra desde hace algunos años, y consideinvestigado-rando ese evento el foro oportuno en el que compartir los resultados de nuestros trabajos sobre la transición entre la Antigüedad y el Medievo en Cantabria, presentamos un póster (Fig. 1) con idéntico título al de este artículo.
La falta de interés y el menosprecio por parte de la organización del encuentro a la presen-tación libre de los resultados de la investigación, limitada a este formato póster, quedó bien clara. Nadie atendió a los investigadores que acudieron con sus trabajos, ni se les proporcionó un espacio acondicionado para la colocación. La organiza-ción ofreció la posibilidad, fuera de programa, de realizar una presentación oral de los pósteres; tal presentación no llegó a realizarse, a pesar del inte-rés que suscitó entre los participantes del encuen-tro esa posibilidad, y la disposición para participar en la iniciativa que mostraron los investiadores.
Tampoco se cumplió, al menos en el caso de nuestro trabajo, el compromiso de publicación en las actas, adquirido por la organización en las bases del evento. Puestos en contacto días después
de la finalización del encuentro con su coordina-dor científico, D. Manuel Ramón González Morales, catedrático de Prehistoria de la Universidad de Cantabria, fuimos remitidos direc-tamente al entonces responsable del Servicio de Publicaciones de la misma Universidad, D. Eloy Gómez Pellón, quién se comprometió a avisarnos con tiempo sobre el plazo y la forma en que habrí-amos de entregar nuestro póster para su inclusión en las actas. Y el tiempo pasó.
Cuando en 2005 salió a la luz la publica-ción en dos volúmenes del II Encuentro de Historia de Cantabria, evidentemente nuestro tra-bajo no estaba. Paradójicamente, el resto de los posters sí. El coordinador del evento y el respon-sable del Servicio de Publicaciones habían decidi-do, al parecer, prescindir del póster que con tanta ilusión habíamos presentado. Suponemos que de forma deliberada y consciente, ya que no pueden alegar en su defensa el no haber podido ponerse en contacto con nosotros: hasta finales de 2003 uno de nosotros estuvo integrado como becario en la Universidad de Cantabria y, en todo caso, ambos seguimos inscritos en un programa de doctorado de esa institución. Otros docentes y otras entida-des de la propia Universidad no han tenido tantos problemas para localizarnos y comunicarse con nosotros en todo este tiempo, de lo que queda constancia por los seminarios y conferencias impartidos por uno y otro firmante de este artícu-lo desde 2002 hasta la actualidad en dicha sede.
Todo lo descrito hasta ese punto se repitió en el caso de otra comunicación tipo póster pre-sentada y firmada por uno de nosotros -José Ángel Hierro Gárate- y que presentaba un estado de la cuestión sobre la arqueología de época visigoda en Cantabria. Evidentemente, tampoco vio la luz en la publicación de las actas del Congreso. Aunque
Nivel Cero, 11
Santander, 2003-2007
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NUEVAS PERSPECTIVAS PARA LA RECONSTRUCCIÓN HISTÓRICA DEL
TRÁNSITO ENTRE LA ANTIGÜEDAD Y LA ALTA EDAD MEDIA EN CANTABRIA:
LA NECRÓPOLIS DE SANTA MARÍA DE HITO.
al tratarse de un estado de la cuestión ha sido supe-rada en algunos aspectos, constituye la base de algunos trabajos actualmente en curso; es por ello que no será publicada tal cual, aunque sí se hará referencia a ella en la publicación de dichos traba-jos.
Queremos, con la publicación de este tra-bajo, saldar una cuenta pendiente con la comuni-dad científica, que por la negligencia de los res-ponsables de la coordinación del II Encuentro de Historia de Cantabria y de la publicación de sus actas, se ha visto privada de conocer los resultados de nuestras investigaciones, si bien es cierto que muchos de los temas que aquí se tratan aparecen esbozados en otro trabajo ya publicado (Gutiérrez Cuenca y Hierro Gárate, 2003).
Desde la redacción original, en 2002, ha pasado un lustro y hemos visto necesario renovar-lo para su publicación actual, para ofrecer una pro-puesta más actualizada y, sin duda, más madurada. Sirvan también estas líneas de humilde homenaje a los “olvidados” de la Arqueología regional, y para Dña. Rosa Gimeno García-Lomas y su equi-po, responsables de sacar a la luz uno de los yaci-mientos arqueológicos que mejor puede ayudar a conocer episodios ignotos de la Historia de Cantabria: Santa María de Hito.
2. LA NECRÓPOLIS DE SANTA MARÍA DE HITO
Localizado de forma casual en 1978 con motivo de las obras de ensanche de una carretera y excavado entre los años 1979 y 1986, el yaci-miento arqueológico de Santa María de Hito cons-tituye uno de los principales referentes de la Arqueología regional, tanto para la investigación sobre época romana, como para el estudio de la época medieval (Fig. 2).
Los resultados de las intervenciones arqueológicas desarrolladas en el yacimiento han sido publicadas de forma muy sumaria (vid. Gimeno García-Lomas, 1978, 1986 y 1999). Más detallados son los estudios antropológicos realiza-dos a partir de las más de 400 inhumaciones exca-vadas en la necrópolis (vid. Galera y Garralda, 1992 y Galera et alii, 1994).
El yacimiento se ubica en la localidad del mismo nombre (Fig. 3), enclavada en el municipio de Valderredible (Cantabria). El paisaje circun-dante es el propio de la pre-meseta castellana en la
cabecera del Ebro, rodeado de monte bajo y man-chas boscosas autóctonas de roble albar (Quercus petrea) o rebollo (Quercus pyrenaica) y repobla-ción de pino (Pinus Sylvestris) y encerrado en un valle de agradable microclima que permite la prác-tica de una agricultura de secano extensiva.
Los restos arqueológicos corresponden a una villaromana que estuvo ocupada hasta el siglo IV, y a una extensa necrópolis, calificada genérica-mente de “medieval”, instalada sobre las ruinas de aquélla. R. Gimeno insinúa ya la posibilidad de que existan dos fases en la necrópolis. Las obser-vaciones estratigráficas realizadas durante la exca-vación y el análisis de otros datos, permiten plan-tear que la necrópolis tiene un momento inicial que arranca en la Tardoantigüedad y continúa en uso, aparentemente sin solución de continuidad, aunque con variaciones significativas en los tipos de enterramiento y otros aspectos del ritual fune-rario, hasta la Plena Edad Media. Se trata, pues, de un yacimiento excepcional, tanto por el arco cro-nológico que abarca como por la cantidad, calidad y significatividad de los materiales recuperados. Es, sin duda, una pieza clave para entender el trán-sito entre la Antigüedad y la Edad Media en la región.
Desgraciadamente, este importante yaci-miento está prácticamente inédito y sólo la publi-cación en detalle de las memorias de excavación podría aclarar los interrogantes que plantea el estudio de los materiales, conservados en el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria, y la lectura detenida de los breves informes referi-dos a las seis campañas de excavación realizadas en el yacimiento, depositados en los archivos de esa misma institución.
2.1. La fase hispanovisigoda de la necrópolis de Santa María de Hito
décadas de investigaciones.
Los elementos más característicos de la necrópolis permiten encuadrarla dentro de otra categoría historiográfica, la de los cementerios de tradición hispanovisigoda, que encuentra paralelos en diferentes puntos del territorio peninsular. Esos elementos de caracterización son los siguientes:
- Su ubicación, superpuesta a las estructu-ras arquitectónicas de una villa romana que, si bien debían encontrarse ya en ruinas en el momen-to de la instalación de la necrópolis, también debí-an ser apreciables sobre el terreno. La estructura-ción de la villa en terrazas artificiales para adap-tarse a la ladera y la disposición estratigráfica de los enterramientos más antiguos así parece indi-carlo. Esta asociación entre villa y necrópolis es frecuente en toda Europa Occidental durante los siglos VI y VII, pudiéndose encontrar ejemplos de cementerios “bárbaros” de estas características tanto en Francia e Italia (Le Maho, 1994; Ripoll y Arce, 2001) como en las Islas Británicas (Williams, 1997). En la Península Ibérica dispone-mos de ejemplos numerosos de necrópolis de época visigoda instaladas sobre villae romanas. Sirvan de ejemplo las necrópolis madrileñas de Daganzo de Arriba (Fernández Godin y Pérez de Barradas, 1930) y Camino de los Afligidos (Fernández-Galiano Ruiz, 1976; Méndez Madariaga y Rascón Marqués, 1989), la malacita-na de El Tesorillo (Serrano Ramos y Atencia Paez, 1986), la portuguesa de Prazo (Sá Coixao, 2000) o varios yacimientos del entorno de Tarraco (Chavarría Arnau, 2001). Este comportamiento también parece que se hace extensible a algunas ciudades romanas que habían sido abandonadas, parcial o totalmente, con anterioridad (Filloy Nieva, 1997) y a otro tipo de edificaciones de época romana (Batista y Gaspar, 2000).
- La morfología de las tumbas en este momento inicial, en el que se combinan las fosas simples y las fosas con murete, con el aprovecha-miento ocasional de estructuras arquitectónicas y de materiales constructivos de época romana. Se trata de tipos comunes en las necrópolis visigodas, tal y como pone manifiesto Cerrillo Marqués de Cáceres (1989), dentro de la variabilidad habitual en este tipo de necrópolis. En necrópolis en las que se ha excavado un número importante de tum-bas se aprecia la frecuencia de estos tipos, tal es el caso de Duratón (Molinero Pérez, 1948) y de Segóbriga (Almagro Basch, 1975), así como en Herrera de Pisuerga (Martínez Santa-Olalla,
1932). A partir de finales del siglo VII se docu-menta en Santa María de Hito el uso de la tumba de lajas, frecuente también en el contexto visigo-do peninsular. La tumba de fosa simple es muy común en las necrópolis tardorromanas, produ-ciéndose una progresiva generalización de tumbas con delimitación mediante piedras, ya sean gran-des bloques o lajas, con tendencia a formar cistas, durante la época visigoda, tanto en la Península Ibérica como en el sur de Francia (Soulier, 1971). - La mayoría de las inhumaciones se rea-lizan en ataúdes de madera ensamblados con cla-vos y grapas de sección cuadrada, de los que se han recuperado centenares durante la excavación (Fig. 4). Como dato significativo, en la campaña de 1983 se excavaron 156 enterramientos, de los que 112 eran “de madera”, y se recogieron casi 60 clavos, tal y como se relata en las memorias de la excavación. El ataúd de madera es un elemento muy habitual en las necrópolis tardorromanas de la Meseta (vid. Abasolo, Cortés y Pérez rodríguez-Aragón, 1997), y aparece con frecuencia en las necrópolis hispanovisigodas, donde se alterna con el uso de parihuelas, o con la colocación del cadá-ver directamente en la tumba. Este tipo de conte-nedor deja de emplearse a partir del siglo VIII, y su uso no se vuelve a recuperar hasta momentos avanzados de la Edad Media, a partir del siglo XIV en el caso de Cantabria. En necrópolis visigo-das e hispanovisigovisigo-das como la de Deza (Taracena Aguirre, 1927), la de Segóbriga (Almagro Basch, 1975), la del Cerro de las Losas (Alonso Sánchez, 1976) o la de Fuente del Moro (Colmenarejo García, 1986) se documenta el uso de ataúdes, de los que se conservan numerosos clavos, grapas, escarpias y algunos restos de madera.
Ramos Lizaina, 1987), entre otras muchas. - También en el interior de las sepulturas aparecen con frecuencia objetos empleados como filacterias: fragmentos de sílex, caninos de oso, colmillos de jabalí, molares de caballo, ciervo, cabra y jabalí y cuernas de cérvido (Fig. 6 y 7). La aparición en contextos funerarios de filacterias de origen mineral y animal es frecuente en la Francia merovingia (Salin, 1959) y en cementerios penin-sulares de indiscutible filiación norpirenaica, como el de Aldaieta, en donde se documenta un repertorio prácticamente idéntico al de Santa María de Hito (Azkarate, 1999). En las necrópolis tardorromanas de la Península no es frecuente esta práctica, aunque sí se conocen algunos casos (Filloy Nieva, 1997), incluso de útiles prehistóri-cos de sílex empleados con esta función (González Villaescusa, 2001). Sí aparecen dientes de anima-les, por ejemplo, en varias tumbas de la necrópo-lis segoviana de Duratón (Molinero Pérez, 1948), aunque este tipo de elementos no son tampoco excesivamente frecuentes en las necrópolis visigo-das.
- La constatación de la presencia de inhu-maciones habillées, tanto por la evidencia que aportan la presencia de esos elementos de adorno personal, como por la aparición de tachuelas de calzado en algunas de las sepulturas. La inhuma-ción habilléees algo común a la tradición romana y a la tradición germánica, siendo la norma habi-tual en el mundo visigodo, como pone de mani-fiesto el frecuente hallazgo de elementos de ador-no personal, y en el merovingio (Salin, 1952; Young, 1977). En algunas necrópolis visigodas como la de Herrera de Pisuerga se ha dado noticia incluso de restos de tejido y cuero pertenecientes al atuendo del difunto (Martínez Santa-Olalla, 1933). Esta costumbre desaparece a partir del siglo VIII tanto en el ámbito peninsular como en el continental (Colardelle, 1983), generalizándose el empleo de un simple lienzo o paño para envolver el cadáver. La aparición de restos de calzado cla-veteado como los que se documentan en Santa María de Hito es habitual en las necrópolis tardo-rromanas de la Meseta, como pueda ser la necró-polis Norte de La Olmeda (Abasolo, Cortés y Pérez Rodríguez-Aragón, 1997), y de la zona can-tábrica, como se ha podido constatar recientemen-te en la necrópolis de Paredes, en Asturias (Requejo Pagés, 2000), y aparentemente menos frecuente en las necrópolis visigodas e hispanovi-sigodas.
Mención aparte merecería el archiconocido bro-che de hueso procedente de la necrópolis (Fig. 9) que, si bien ha sido tradicionalmente atribuido a la tradición artística mozárabe y fechado en torno al siglo X, podría perfectamente encajar en la crono-logía del siglo VII que se maneja para la fase anti-gua de la necrópolis, tal y como se explica más adelante.
- Los resultados de las dataciones absolu-tas radiocarbónicas calibradas, dos de ellas corres-pondientes al siglo VII cal AD, demuestran de manera objetiva el carácter tardoantiguo de la fase inicial de la necrópolis. Las dataciones, realizadas a partir de huesos humanos procedentes de dife-rentes tumbas por el Laboratorio de Geocronología del CSIC en 1990, ofrecen los siguientes resultados (Gutiérrez Cuenca, 2002):
2.2. El broche de hueso de Santa María de Hito: apuntes sobre su cronología
Aunque el broche fue localizado por un lugareño en el corte de la carretera que puso al descubierto el yacimiento, fuera de contexto y sin control arqueológico, todo parece indicar que pro-cedía del interior de una tumba. Suele afirmarse que dicha tumba era “de lajas”, aunque la propia excavadora del yacimiento nos comentó, en una reunión mantenida hace varios años, la imposibili-dad de establecer ningún tipo de relación segura entre la pieza y una sepultura concreta; si acaso, con alguno de los sarcófagos decorados, aunque como mera conjetura. En todo caso, lo que sí que parecía clara, según en su momento narró su des-cubridor, era su relación con la necrópolis.
La presencia de broches de cinturón en el interior de sepulturas constituye una prueba inequívoca de la práctica de la “inhumación vesti-da”. Esa costumbre funeraria está atestiguada con infinidad de ejemplos durante la Antigüedad Tardía, tanto en época tardorromana como hispa-novisigoda, aunque se va haciendo más rara con el paso de los siglos, llegando hasta su completa des-aparición en la Alta Edad Media. De hecho, hasta
Ref. Lab. Datación BP Cal BC Intervalo 2s
Cal BC
Intersecciones
la Baja Edad Media no vuelve a documentarse la inhumación habillée y sólo en casos excepciona-les y de gran relevancia social. Por otro lado, son ampliamente conocidas las costumbres funerarias en uso en los reinos cristianos peninsulares duran-te los siglos IX y X, la época en la que se desarro-lla el estilo artístico conocido como Mozárabe, y se caracterizan por la total ausencia no sólo de ajuares, sino de cualquier elemento relacionado con la vestimenta como acompañamiento de los difuntos en su sepultura, ya que lo habitual en estos momentos es, como ya se dijo, el uso de un simple sudario. De hecho, la asunción de la crono-logía del siglo X propuesta tradicionalmente para el broche de Santa María de Hito, así como su carácter funerario, hace que este objeto se convier-ta en un testimonio único de inhumación vestida en esa centuria, con toda seguridad en Cantabria y muy probablemente en toda la Península Ibérica.
Los broches de cinturón compuestos por placa y hebilla articuladas son típicos de la Tardoantigüedad, popularizándose y multiplicán-dose su uso especialmente en época visigoda y desapareciendo por completo en la Alta Edad Media. De aceptar la interpretación “mozárabe”, nos encontraríamos ante el único ejemplar de bro-che de cinturón de ese estilo y cronología del que se tiene noticia. Sin embargo, los ejemplos cono-cidos de broches de cinturón de hueso, similares morfológicamente al de Santa María de Hito, son de cronología tardoantigua, se localizan en la Francia merovingia, significativamente en territo-rios burgundios o alamanes, y proceden de contex-tos funerarios perfectamente datados (Martin, 1988).
Los motivos decorativos del broche pue-den ponerse en relación con paralelos sobrada-mente conocidos de época visigoda en la Península Ibérica, como el broche de cinturón de La Guardia (Fernández-Chicarro, 1955), la pizarra de Huerta (Regueras y Grau, 1992), las decoracio-nes arquitectónicas del palacio de Pla de Nadal (Juan Navarro y Pastor Cubillo, 1989a y 1989b; Algarra Pardo, 1993), y las de las iglesias de San Pedro de La Nave1 y Quintanilla de Las Viñas
(Barroso Cabrera y Morín de Pablos: 2000). También encuentra esta iconografía referentes pre-cisos en el ámbito mediterráneo, tanto en monedas merovingias (Duby, 1975: 135), como en relieves bizantinos (Schlunk, 1945), o tejidos coptos (Rodríguez Peinado, 1994).
Dentro del propio yacimiento, la decora-ción del broche tiene paralelos en la de algunos de los anillos recuperados en el interior de tumbas de la fase inicial de la necrópolis. Esa relación ya fue puesta de relieve por R. Gimeno García-Lomas en uno de sus memorias de excavación de 1986, sólo que estableciendo una cronología del siglo X para dichas sepulturas. Ahora sabemos, gracias a las dataciones absolutas, que esas sepulturas de fosa con ataúd se fechan a mediados del siglo VII, sien-do esa la fecha más probable de los anillos con decoraciones de aves. Por tanto, de ser correcta la observación de la directora de las excavaciones, observación que hacemos nuestra y asumimos completamente, el broche habría de retrasarse hasta esa centuria y ponerse en relación con el mundo hispanovisigodo y no con el mozárabe.
Por tanto, y atendiendo la argumentación precedente, consideramos obligado cuestionar la datación tradicional del broche de cinturón de Santa María de Hito y proponer esta nueva crono-logía tardoantigua, en nuestra opinión más cohe-rente tanto con sus características propias como con su contexto. Ya J. Werner (1990) sostuvo, en un pequeño artículo, la cronología tardoantigua para el broche de Santa María de Hito (siglos VI-VII) y lo puso en relación tanto con otros broches de hueso o marfil merovingios -el de de “Jonás”, el atribuido a Cesareo de Arlés, etc.-, como inclu-so con la decoración de raigambre clásica de algu-nos sarcófagos sudgálicos, aunque su propuesta no ha tenido demasiado eco hasta fechas recientes. De todas formas, se trata de una hipótesis de tra-bajo, creemos que bien fundamentada, que habrá de ser comprobada con otro tipo de analíticas. En este caso, la datación radiocarbónica del propio broche o de algún elemento directamente asociado a él -como el pasador de madera que lo acompaña-ba- es ineludible a la hora de sustentar hipótesis cronológicas más solidas. Hasta ese momento, si es que alguna vez se lleva a cabo, seguiremos moviéndonos en el terreno de las conjeturas.
Sirvan estas líneas para tratar de impulsar un debate que, aunque levemente insinuado (Gutiérrez Cuenca y Hierro Gárate, 2003; Fernández Vega, 2006), no había dado aún sus
meros pasos, y creemos que es necesario para la correcta interpretación de una auténtica joya den-tro del patrimonio arqueológico de Cantabria.
3. LAS OTRAS NECRÓPOLIS HISPANOVI-SIGODAS DE CANTABRIA
Dentro del territorio de la actual Comunidad Autónoma de Cantabria existen otras necrópolis de cronología tardoantigua en algunas de las cuales, como veremos, se repiten los ele-mentos de caracterización que hemos descrito para la de Santa María de Hito, como es el caso de El Conventón de Rebolledo y Santa María de Retortillo. De otras, por el contrario, apenas tene-mos datos, más allá de algunos materiales metáli-cos, como sucede en El Castillete de Reinosa o en El Corral de los Moros. Existe, además, un tercer grupo de cementerios que han sido atribuidos a la Tardoantigüedad, en nuestra opinión sin demasia-da base, que son las necrópolis de Espinilla, San Pantaleón de Arcera y San Pedro de Escobedo.
Vamos a dedicarle las siguientes páginas a todos estos enclaves, comenzando por los de dudosa atribución al siglo VII, siguiendo por los que únicamente se conocen a través de elementos metálicos de tipología hispanovisigoda, y conclu-yendo con los que presentan un mayor número de evidencias para su caracterización.
3.1. Las necrópolis altomedievales con supuesto origen tardoantiguo: Espinilla, Arcera y Escobedo
La necrópolis de Espinilla (Campoo de Suso) ha sido objeto de diversas excavaciones a lo largo de los siglos XIX y XX y ya ha mediados de la década de 1980 se consideraba desaparecida (Bohigas Roldán, 1986), aunque en la actualidad sabemos que se conservan algunas tumbas (Díaz Girón et alii, 2002; Gutiérrez Cuenca y Hierro Gárate, 2003). Se trata, hasta donde es posible saberlo, de un gran cementerio de tumbas de lajas en el que se han recuperado numerosas estelas epi-gráficas de un tipo particular. Han sido las carac-terísticas de dichas estelas y la información que proporcionaban sus inscripciones las que han lle-vado a algunos autores a ubicar cronológicamente el yacimiento en el inicio de la cristianización de Cantabria; ese momento se ha situado tradicional-mente en época visigoda (siglos VI-VIII) y se caracterizaría por la convivencia entre “un
paga-nismo aún vigente (…) y un cristiapaga-nismo incipien-te” (Bohigas Roldán, 1986: 96). Sin embargo, del análisis riguroso de la epigrafía de Espinilla2, de la antroponimia presente y de sus paralelos, se des-prende que las estelas y las tumbas a ellas asocia-das han de fecharse en el siglo IX, como proponía ya Vega de la Torre (1975). Esto no impide que pudiera haber existido una fase inicial más antigua pero, a falta de una excavación en extensión y con metodología moderna, argumentos de ese tipo no van más allá de la mera especulación.
El caso de San Pantaleón de Arcera (Valderredible) comparte con el de Espinilla la indefinición de su atribución cronológica a los siglos VI-VII, aún teniendo la apariencia de un cementerio altomedieval de tumbas de lajas. En este caso, se cuenta con una secuencia de tumbas de diferentes tipos que ha permitido estimar a sus excavadores una determinada antigüedad a las situadas en los niveles inferiores (Peñil Mínguez y Lamalfa Díaz, 2000). Desgraciadamente, esas suposiciones no han ido acompañadas de datacio-nes absolutas o del hallazgo de materiales diag-nósticos, más allá de algunas estelas de difícil con-textualización cultural, por lo que consideramos que, de momento y a falta de nuevas intervencio-nes, esta necrópolis tampoco ha de ser incluida en la nómina de las tardoantiguas.
Alrededor de la iglesia de San Pedro de Escobedo (Camargo) se localizó una necrópolis de tumbas de lajas, sin duda relacionada con un tem-plo anterior sobre el que se levantaría el actual. Sus excavadores, tras definir y estudiar diferentes variantes de cistas de lajas, propusieron una cro-nología tardoantigua, de los siglos VII-VIII, para uno de dichos tipos, situado en la base de la estra-tigrafía y con unas características particulares que ponían en relación con la fase de cronología visi-goda de la necrópolis de El Castellar de Villajimena (Palencia) (Muñoz Fernández et alii, 1997). Lamentablemente, resultó imposible obte-ner dataciones radiocarbónicas a partir de los hue-sos, por lo que no se pudo comprobar ese último extremo. En nuestra opinión, esta necrópolis no puede considerarse de época visigoda por el mero
hecho de contar con una tumba de aspecto más antiguo que el resto de las excavadas. Ni las tipo-logías están lo suficientemente estudiadas, ni con-tamos con una seriación creíble y rigurosa de los diferentes tipos de tumbas, ni la sepultura objeto de esta interpretación deja de ser similar a las que la rodean y que encajan perfectamente en el patrón de las tumbas altomedievales conocidas en Cantabria.
3.2. Las necrópolis con elementos metálicos his-panovisigodos: El Castillete y El Corral de los Moros
Conocemos la existencia de al menos dos necrópolis de época visigoda a partir de algunos materiales metálicos que proceden de ellas y que fueron recuperados sin control arqueológico de ningún tipo. En estos casos la recurrencia al fósil guía es obligada, ya que no hay más datos, y sufi-cientemente diagnóstica, ya que las piezas tienen una cronología tardoantigua (siglos VII-VIII) fuera de toda duda. Se trata de las necrópolis de El Castillete (Reinosa) y El Corral de los Moros (Las Rozas de Valdearroyo).
En la zona conocida como El Castillete o El Polvorín, en Reinosa, se localizaron durante unas obras de edificación realizadas en la década de 1950 varias tumbas de fosa simple. En el inte-rior de esas fosas se recogieron, sin control arqueológico, numerosos objetos metálicos, entre los que destacan varias guarniciones de cinturón de época visigoda (siglos VII-VIII): placas lirifor-mes, hebillas y hebijones, así como un interesante broche de placa rígida de tipo merovingio y parte de otro con decoración calada. A partir del estudio de esas piezas y de algunos datos proporcionados por quienes las guardan, se ha podido constatar la existencia de una necrópolis tardoantigua en la zona, compuesta por tumbas de fosa con ataúd de madera (Pérez Rodríguez y De Cos Seco, 1985). Se desconoce si todo el cementerio fue destruido o no, así como el paradero actual de los materiales publicados.
En un rellano de la ladera SW de la penín-sula de La Lastra, en el Pantano del Ebro, se loca-lizó hace años una posible necrópolis de época visigoda, en el lugar conocido como Corral de los Moros. Dicha necrópolis ha sido objeto de excava-ciones incontroladas, de las que ha trascendido el hallazgo de algunos objetos metálicos, entre los que se encontraría, al menos, una placa de broche
de cinturón de tipo liriforme3.
3.3. La fase hispanovisigoda de la necrópolis de Santa María de Retortillo
La necrópolis de Santa María de Retortillo se localiza en las inmediaciones de la iglesia románica de esa localidad. Dicha iglesia, con advocación a Santa María, se levanta sobre las rui-nas de edificaciones correspondientes, presumi-blemente, a un espacio público de una ciudad de época romana. Dicha ciudad, tradicionalmente identificada con la Iuliobrigade las fuentes clási-cas y la epigrafía, viene siendo objeto de excava-ciones sistemáticas desde comienzos de la década de 1980, aunque con anterioridad ya había sufrido varias campañas de trabajo arqueológico de manos de Hernández Morales, Carballo o García-Bellido, entre otros (Ruiz Gutiérrez, 2002). Fue precisa-mente en una de esas campañas antiguas en la que se localizó la necrópolis que, pese al hallazgo de elementos de cultura material hispanovisigoda y a la constatación de rituales que no encajaban con el registro conocido sobre las prácticas funerarias de la Edad Media, fue recurrentemente considerada durante las décadas siguientes como “altomedie-val” sin mayores especificaciones.
Se ubica sobre los restos de la ciudad romana, abandonada completamente o casi, según sus excavadores, alrededor del siglo III. Concretamente, se localiza en una zona central del antiguo espacio urbano, en el mismo lugar en el que los actuales investigadores del yacimiento sitúan el foro (Iglesias Gil et alii, 2002). Llama la atención la presencia de la iglesia románica como elemento “ordenador” de las sepulturas, que se disponen, aparentemente, a su alrededor. Esta situación, similar en parte a lo que sucede en el
caso de Santa María de Hito, donde también exis-te una iglesia de origen medieval, permiexis-te especu-lar con la posibilidad de que la iglesia actual se eleve sobre otra anterior que pudiera ponerse en relación, si no con el momento inicial del uso del cementerio, sí con uno intermedio. De lo que no parece caber duda es de que las ruinas de las edi-ficaciones romanas debían estar a la vista de los pobladores que instalaron aquí su necrópolis, ya que las tumbas rompen los suelos romanos y no parece que fuese la casualidad la que les llevase a enterrar a sus muertos allí.
Presenta una evolución muy clara, similar a la que se ha constatado en Santa María de Hito, en cuanto a los contenedores funerarios. Puede establecerse, aquí como allí, una secuencia tipo-cronológica muy marcada. Así, el momento ini-cial, estratigráficamente inferior, se caracteriza por la presencia de inhumaciones en fosa simple con ataúd o en fosa con murete. Ejemplos claros de estas modalidades de enterramiento serían las tumbas nº 3 y 2, respectivamente (Iglesias Gil et alii, 2002: 171). A esta fase inicial, que se fecha sin duda en la Tardoantigüedad, como se verá, y que es la que interesa al tema de este trabajo, le sigue otra –se le superpone, en ocasiones- en la que conviven las inhumaciones en cistas de lajas y los sarcófagos de piedra. Este segundo momento se corresponde con la norma de las necrópolis altomedievales de Cantabria y no parece que surja de ningún tipo de ruptura o cambio poblacional, sino como evolución de la anterior. De todas for-mas, es necesario aclarar que, aunque no se haya comprobado, el uso de los sarcófagos puede tener su inicio en un momento anterior al de la genera-lización y uso exclusivo de las tumbas de lajas, como parecen insinuar las características y decora-ciones de algunos de ellos.
En el interior de las sepulturas de la pri-mera fase se han recuperado materiales que tienen paralelos con los que aparecen en Santa María de Hito. Concretamente, un anillo de bronce con decoración incisa, una plaquita del mismo metal, etc. Además, a estos materiales, fruto de interven-ciones recientes, hay que añadir el hallazgo, en las excavaciones dirigidas por Carballo, de otro anillo de bronce con chatón grabado, de dos alfileres del mismo metal con cabeza bicónica y de una placa de broche de cinturón de tipo liriforme, también de bronce (Pérez Rodríguez y De Cos Seco, 1985: 323, nota 41). Mientras que el anillo y los alfileres proceden del interior de dos tumbas, la placa
apa-reció “al pie de una sepultura”, aunque lo más lógico, por el contexto y la infinidad de paralelos conocidos, es que tuviera la misma procedencia. Esta placa es indudablemente hispanovisigoda y se fecha entre finales del siglo VII y todo el siglo VIII. Su presencia en una tumba, así como la de los demás objetos de adorno personal, nos indica la práctica de la inhumación vestida en el momen-to inicial de uso del cementerio. A este tipo de materiales hay que sumar los restos de dentición animal, a modo de amuletos protectores, recupera-dos del interior de algunas sepulturas: en el caso de la nº 3, de la que hablamos antes, un colmillo de suido (Iglesias Gil et alii, 2002).
Recientemente, se han realizado varias dataciones por C14 de restos humanos recupera-dos del interior de algunas sepulturas. Aunque los resultados concretos de esos análisis no han sido publicados, sí que contamos con algunas referen-cias genéricas que ubican cronológicamente la fase inicial de la necrópolis, la de las tumbas de fosa simple con ataúd de madera, “entre los años finales del siglo V y el siglo VII” (Iglesias Gil y Cepeda Ocampo, 2004: 9). Desconocemos si se trata de una única datación con un intervalo de más de un siglo, de varias en una horquilla entre esas centurias, de si es o son fechas calibradas, etc. Sea como fuere, lo cierto es que, sin ningún géne-ro de duda, la vida de la necrópolis de Santa María de Retortillo arranca en la Tardoantigüedad4y per-vive hasta bien entrada la Edad Media; de hecho, el equipo que realizó las dataciones ha hecho pública, de la misma manera que la anterior, la existencia de dataciones absolutas de la fase de tumbas de lajas que sitúan ésta “entre los siglos X y XIII, aunque es muy probable que este límite pueda remontarse en el tiempo uno o dos siglos más” (Iglesias Gil y Cepeda Ocampo, 2004: 9).
3.4. La fase hispanovisigoda de la necrópolis de El Conventón de Rebolledo
La necrópolis de El Conventón se localiza junto a la población de Rebolledo, en el término municipal de Valdeolea. Se levanta sobre las rui-nas de un gran edificio de época romana con ins-talación termal, presumiblemente una villa, aun-que existen otras interpretaciones sobre su funcio-nalidad (Serna Gancedo, 2003). Este edificio, a su vez, muy probablemente esté relacionado con otros restos romanos localizados muy cerca, al Norte, en las inmediaciones de la localidad de Camesa (Robles Gómez, 1997). Debido a esa rela-ción, se ha popularizado en la literatura científica la denominación del yacimiento como “Camesa-Rebolledo”, en principio para aludir a las dos zonas de hallazgo y, finalmente y por reducción, a El Conventón. El yacimiento fue localizado a fina-les de la década de 1970 por un vecino, quien rea-lizó excavaciones sin ningún tipo de metodología en 1980. Poco después se iniciaron una serie de campañas arqueológicas dirigidas por D. Miguel Ángel García Guinea, entonces Director del Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria, que sacaron a la luz prácticamente buena parte del cementerio, que en un primer momento se consi-deró altomedieval o “de Repoblación” (García Guinea, 1985; Van den Eynde Ceruti e Illarregui Gómez, 1987). En este caso, la realización de dataciones radiocarbónicas a restos humanos de diferentes sepulturas hizo que, no mucho tiempo después, se conociese la cronología tardoantigua del momento inicial de la necrópolis (García Guinea y Van den Eynde Ceruti, 1991); aún así, hubo que esperar varios años hasta la publicación
definitiva del estudio del yacimiento y de las pro-pias dataciones (Van den Eynde Ceruti, 2002). En la actualidad , el yacimiento es objeto de nuevos trabajos arqueológicos, dirigidos desde el propio Museo, en los que se ha excavado una nueva zona de necrópolis, aunque sus resultados aún no han sido publicados.
Esta necrópolis se asienta sobre las ruinas de un edificio romano que estuvo en uso, al menos, entre los siglos I y III. Concretamente, su fase inicial se ubica en la zona termal del edificio, en el interior y alrededor de una gran estancia cir-cular, aunque posteriormente el área cementerial parece que se va expandiendo por el resto de las habitaciones. En esta primera fase, el espacio funerario únicamente parece estar condicionado por las estructuras arquitectónicas romanas: las tumbas se adaptan al trazado de los muros, supe-ditando su propia orientación a la de éstos y sin destruirlos (Van den Eynde Ceruti e Illarregui Gómez, 1987). De nuevo comprobamos cómo éstas eran, sin duda, visibles sobre el terreno en el momento de la excavación de las primeras sepul-turas, que rompen los suelos romanos en zonas en las que la altura de muro conservada ronda los 2 m. En un momento intermedio de la vida del cementerio, se levanta, en una zona muy próxima a la que le dio origen, una pequeña iglesia prerro-mánica de planta rectangular y ábside cuadrado. A partir de ese momento, el edificio religioso se con-vierte en ordenador del espacio funerario, al igual que supusimos para los casos de Santa María de Hito y de Santa María de Retortillo. En esta oca-sión, el lugar del templo no fue ocupado por otra edificación posterior, por lo que nos muestra una imagen mucho más real de cómo hubo de ser la necrópolis durante la segunda fase de su utiliza-ción.
De nuevo en este caso se repite la secuen-cia ya observada en los dos anteriores: a un nivel más antiguo caracterizado por la presencia de fosas, simples o con murete, con o sin ataúd, le sigue otro en el que aparecen casi en exclusiva las tumbas de lajas (Van den Eynde Ceruti, 2002). Los sarcófagos, de nuevo, parecen asociarse a ese segundo momento, aunque no es descartable una presencia más antigua en el yacimiento. Una vez más, las tumbas de la fase más reciente se super-ponen estratigráficamente a las de la antigua, ofre-ciendo una imagen muy similar a las que hemos ido describiendo en los otros casos. Conviene insistir en que no parece existir ningún tipo de
hiato cronológico entre ambas fases de utilización de la necrópolis; recurrentemente, lo que se apre-cia es una evolución de las costumbres funerarias -en este caso concreto, en la forma de los contene-dores- en la que la construcción y puesta en uso de la iglesia debió de constituir un punto de inflexión.
Como “ajuar funerario” únicamente cons-tan dos anillos de cobre, uno con un ensancha-miento central con decoración incisa -un caballo-y otro más simple (Illarregui, 1985). A estos hallazgos hay que sumar el de un hebijón de base escutiforme, de bronce, localizado durante el seguimiento arqueológico de una de las interven-ciones de restauración llevadas a cabo en el yaci-miento (Valle Gómez, 2003). Se trata de parte de una guarnición de cinturón que se fecha, por su tipología, entre finales del siglo VI y la primera mitad del siglo VII (Ripoll López, 1998). Estamos, pues, ante una pieza diagnóstica, un auténtico fósil-guía, que nos remite a contextos tardoantiguos muy claros y que tiene centenares de paralelos en el mundo hispanovisigodo. Aunque apareció fuera de contexto, probablemen-te removido en alguna de las campañas de excava-ción antiguas, no nos parece descabellado atribuir-le un “origen” funerario: probabatribuir-lemente acompa-ñaba, junto con su hebilla y quizás su placa, a uno de los inhumados en la fase inicial. Las fechas, tanto de la pieza como de las tumbas más antiguas, son plenamente coincidentes; además, la presencia de guarniciones de cinturón, atestiguando la prác-tica de la “inhumación vestida” es típica del mundo funerario tardoantiguo, desapareciendo paulatinamente esa práctica conforme se inicia la Alta Edad Media. En el caso de El Conventón, llama la atención la ausencia de referencias a filac-terias en el interior de las tumbas más antiguas. Se trata de el único punto de no coincidencia con los otros dos casos analizados, estableciendo una dife-rencia que choca con la uniformidad que hemos venido observando. Quizá esta situación pueda deberse, simplemente, a una cuestión metodológi-ca. Según nos consta5, la excavación de los nive-les inferiores de la necrópolis, aquéllos en los que hubieran de haberse localizado sepulturas conte-niendo amuletos o elementos de ajuar y adorno personal, se realizó sin demasiados miramientos,
en un claro ejemplo de la mentalidad imperante en la época que consideraba las sepulturas “medieva-les” -tanto las que lo eran realmente como las tar-doantiguas- como un estorbo que impedía acceder a lo verdaderamente interesante: los niveles roma-nos. Ese poco celo metodológico explicaría tam-bién la escasa muestra de anillos recuperados, muy reducida en comparación con la de Santa María de Hito, y la descontextualización ya men-cionada del hebijón de base escutiforme.
Una de las tumbas de fosa de la fase ini-cial de la necrópolis fue datada, como ya se ha dicho, por radiocarbono. Dicha datación nos remi-te -pese al empeño del equipo excavador en utili-zar la fecha sin calibrar (Van den Eynde Ceruti, 2002: 264 y 272) dentro de su discurso histórico y de interpretación del yacimiento- con toda clari-dad a la segunda mitad del siglo VII (vid. Gutiérrez Cuenca, 2002) y establece, sin ningún género de duda, el carácter tardoantiguo del momento inicial del cementerio. Otras dataciones absolutas han servido para atestiguar la vida de la necrópolis, ya en su fase más reciente, en los siglos VIII y IX (vid.Gutiérrez Cuenca, 2002).
4. Valoraciones y perspectivas
La caracterización de la fase tardoantigua de la necrópolis de Santa María de Hito y la iden-tificación de otras necrópolis similares en el sur de Cantabria viene a llenar un vacío existente en la Arqueología regional: el del período de transición entre la Antigüedad y el Medievo, especialmente en lo relativo a las costumbres y usos funerarios.
Con la propuesta de interpretación que se ofrece para este yacimiento, y para los de El Conventón de Rebolledo y Santa María de Retortillo, estamos ante tres conjuntos que com-parten una serie de elementos comunes y que se pueden interpretar en términos cronológicos y cul-turales afines gracias a la combinación de esa serie de elementos, que se repiten de forma recurrente en los tres casos. Esto nos permite construir un modelo de caracterización para las necrópolis tar-doantiguas de tradición hispanovisigoda en Cantabria que va más allá del mero recurso al fósil-guía. Ese fósil-guía, que en el caso del mundo funerario visigodo en Cantabria es el bro-che de cinturón de placa liriforme, es paradójica-mente el elemento ausente en el que probablemen-te sea el mayor cemenprobablemen-terio de esprobablemen-te tipo exisprobablemen-tenprobablemen-te en la región, el de Santa María de Hito. Seguramente este hecho ha contribuido a que en
ningún momento se haya planteado la atribución de la fase más antigua de la necrópolis a la tradi-ción visigoda, a pesar de resultar bastante eviden-te su filiación, y de contar con una importaneviden-te colección de anillos con paralelos claros. A título comparativo en relación con la importancia relati-va que pueden llegar a tener los fósiles-guía en este tipo de contextos, basta con recordar el caso de Segóbriga, en cuya necrópolis, calificada de visigoda sin ninguna duda, sólo apareció una placa de broche de cinturón en 234 tumbas excavadas… y 25 anillos (Almagro Basch, 1975). Más impor-tancia tienen, sin ninguna duda, las dataciones radiocarbónicas, que establecen de manera bastan-te más objetiva hitos cronológicos para situar en el tiempo las manifestaciones arqueológicas que nos ocupan. Pero, en todo caso, insistimos en que es imprescindible la visión de conjunto y el análisis pormenorizado de cada uno de los elementos pre-sente en las necrópolis para lograr su correcta caracterización. Dichos elementos, resumiendo lo expuesto con anterioridad, son:
- La ubicación de la necrópolis sobre las ruinas de edificios romanos, adaptándose a sus estructuras arquitectónicas.
- El uso de tumbas de fosa, en sus varian-tes “simple” o “con murete”, en las que los difun-tos se colocan dentro de ataúdes o, más raramente, sobre parihuelas de madera, reconocibles por los restos de clavazón.
- La práctica, relativamente extendida, de la “inhumación vestida”, atestiguada por la locali-zación en el interior de las tumbas de elementos de adorno personal y/o relacionados con la vestimen-ta: anillos, guarniciones de cinturón, agujas de pelo, tachuelas de calzado, etc.
- El uso de filacterias de origen animal o mineral -dientes, cuernas, piezas de sílex, etc.-como acompañamiento de los difuntos.
La identificación de todos o la mayor parte de ellos en un yacimiento permite establecer para él una clara cronología tardoantigua, más concretamente, de época visigoda. Evidentemente, se trata únicamente de un punto de partida que habrá de ser corroborado mediante la obtención de dataciones absolutas calibradas, que en los casos analizados corroboran la atribución cronológica sin ningún género de dudas.
La presencia de algunos elementos que se pueden poner más en relación con el mundo fune-rario de época romana que con el propiamente his-panovisigodo, nos sumerge en la problemática de
escalona-das, la presencia de hórreos, la necrópolis con cientos de tumbas, la zona de hábitat medieval que se la superpone, el edificio religioso, las cronolo-gías, absolutas y relativas, etc. Todo esto nos per-mite constatar una evolución similar de las cos-tumbres funerarias tanto al Norte como al sur de la Cordillera Cantábrica, poniendo en evidencia aquellas teorías que postulan situaciones sociocul-turales y político-económicas radicalmente distin-tas en ambas vertientes durante la Tardo-antigüe-dad.
Tanto en Santa María de Hito, como en El Conventón de Rebolledo y Santa María de Retortillo se produce una ocupación de espacios arquitectónicos de época romana para la instala-ción de cementerios. Es un fenómeno habitual en todo el occidente del Imperio, como ya hemos mencionado con anterioridad, que en el caso de Cantabria parece casi recurrente: todos los edifi-cios romanos de cierta entidad conocidos en la región tienen superpuesto un cementerio, hispano-visigodo o medieval, y/o un edificio religioso cris-tiano, tratándose en la mayoría de los casos de edi-ficios con instalaciones termales. No profundiza-remos aquí en el significado que pueda tener esta reutilización u ocupación de edificios romanos durante la Tardoantigüedad y/o la Edad Media, ya que supondría entrar en el análisis de un debate largo y extenso en el que ya se han vertido opinio-nes numerosas (vid. Jiménez Sánchez y Sales Carbonell, 2004). Sí podemos decir sobre este asunto que, al menos en los tres casos en los que se ha podido constatar la existencia de espacios funerarios tardoantiguos, aparentemente hay un hiato de dos o tres siglos entre el abandono de los edificios romanos y la instalación de los cemente-rios, y que no se ha podido documentar con segu-ridad la transformación de zonas de esos edificios de época romana en espacios de culto cristiano, aunque sí se ha sugerido en algún caso (Fernández Vega, 2006). Esto último nos pone de manifiesto, además, otra característica común de las necrópo-lis hispanovisigodas de la región: no se encuentran asociadas en sus orígenes a ningún edificio reli-gioso, algo que es relativamente frecuente en la Tardoantigüedad (vid. Azkarate Garai-Olaun, 2002), y que cambiará en la Edad Media, cuando se establezca una relación necesaria entre iglesia y cementerio.
Se produce, por lo tanto, un cambio de uso de los espacios durante el tránsito de la Antigüedad a la Edad Media, que queda
especial-mente bien representado por Santa María de Hito. Como en otros muchos lugares, el edificio de la villase abandona a fines del siglo IV y deja de ser un espacio habitado, para ser ocupado por un cementerio. Esto supone una continuidad de población en el núcleo rural, aunque es probable que haya un lapso temporal de duración más o menos prolongada en el que fue abandonado, con una variación, sin embargo, en el uso de los espa-cios. Más difícil es establecer si las gentes que se entierran entre los restos de la villatienen algo que ver con las que habitaron en ella, estuvieron al ser-vicio de sus propietarios, o se instalaron en la zona procedentes de otros lugares.
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Fig. 2. Aspecto del yacimiento durante la excavación, con algunas de las tumbas de la necrópolis en primer término (Fuente: Gran Enciclopedia de Cantabria).
Fig. 4. Clavos de ataúd de hierro.
Fig. 6.Piezas de sílex recogidas en el interior de las tumbas.
Fig. 7. Cuernas de cérvido (1 y 2), col-millo de jabalí (3) y colcol-millo de oso (4).