UNA CITA EN EL CEMENTERIO

111 

Loading....

Loading....

Loading....

Loading....

Loading....

Texto completo

(1)
(2)

Una cita en el cementerio

(3)

A mi familia, por hablar de mí de esa forma tan bella. A mis amigas, por escucharme aún si hablo de lo mismo. A mis maestros, por no reírse de mis tropiezos (o por

(4)

Índice

Prólogo ... 1

Bravo, Romeo Bravo ... 2

La niña al otro lado del bosque ... 9

El Gato ... 18

Regalé la luna ... 22

Una cita en el cementerio ... 27

Al pie del altar ... 40

Mariposa ... 44

Insomnio ... 51

Cuando el reloj da las doce ... 55

Testigos ... 60

El último ángel ... 73

(5)

Prólogo

“Los cuentos son como ventanas diminutas que nos permiten asomarnos a

otros mundos, a otras formas de pensamiento, a otros sueños. Son vehículos que nos transportan hasta los confines del universo y nos traen de vuelta a

casa a tiempo para cenar”.

Neil Gaiman Cuando, en el asiento del copiloto de un Tsuru plateado, confesé a mamá el deseo de abandonar la carrera de Psicología para escribir libros, me preguntó si había perdido la razón; no utilizó esas palabras exactas pero bastó una mirada para imaginar qué estaba pensando. Antes quería dibujar caricaturas, doblar voces, escribir para una revista y, sobre todo, convertirme en una de esas heroínas con las que soñaba despierta, aquellas tardes en bicicleta.

Soy amante de las historias.

Como eterna aprendiz del arte de crear, esta compilación representa mis primeras huellas en un camino que se inició hace dos años en una sala de chat. Un espejo en cuyo reflejo a veces me reconozco; otras, me sorprendo. Como cuando elegí las obras que integrarían este libro y me percaté de la extraña fascinación que ejerce sobre mí el tema de la muerte. Cita en el cementerio es, en cierto modo, un encuentro con el personaje más enigmático de la historia de la humanidad, celoso compañero de la vida, común denominador entre los mortales: la Muerte.

En cada historia se muestra con uno de sus diversos rostros. En cada frase se alberga la esperanza de conquistar al lector.

(6)

Bravo… Romeo Bravo

Existe una verdad, la más verdadera que todo niño debe saber: no hay mejor día para celebrar que el día de tu cumpleaños. Porque en tu cumpleaños tú eres el rey. Te felicitan, te llueven regalos y todos se sienten con el deseo de complacerte. Por eso en tu cumpleaños puedes pedir cualquier cosa. Bueno, casi (no se te ocurra pedir un pony a menos que tu papá viva en el campo o sea millonario, de otro modo no te lo comprarán). En fin, hay algo más además de convertirte en rey por un día. Cada vez que cumples años te vuelves un poco mayor. ¡Espera! Sé que suena lógico pero te apuesto a que nunca lo habías pensado. No pensado en realidad. Igual y dices: “ahora tengo siete en vez de seis, o el próximo año cumpliré ocho” sin considerar que cada vez que apagas las velas te vuelves más adulto. A los papás les gusta decir que crecen tus responsabilidades pero no quisiera entrar en detalles. La cuestión es que hoy es mi cumpleaños y, como cumplo once, he dejado de ser un niño. Así que adiós canciones infantiles y bienvenida seas, pubertad.

Pero en fin, permíteme presentarme. Mi nombre es Bravo, Romeo Bravo (Suena cool, ¿no? ¿Quién dice que esa forma de presentarse es exclusiva de los ingleses?).

Sí, leíste bien. Mi nombre es Romeo… mi madre es maestra en Literatura inglesa ¿ok? y mi padre hace lo que dice mi mamá. Además, si lo ves por la cuestión histórica, mi nombre es famoso. No importa si suena ridículo al principio. Tiene más de quinientos años existiendo. Así que no está tan mal y es fácil de recordar, ¿no?

(7)

pedí ningún juguete, ninguna salida a Mundo Hamburguesa, ni siquiera pedí un juego de video (por el momento). Este año pedí ¡una fiesta de cumpleaños! Pero no una ridícula como en la que los padres se visten con botargas. Pedí una fiesta de verdad. Como las de la universidad (ya sé que no voy a la universidad pero he visto películas de gente que sí lo hace). Pensé que tendría que negociar con mis padres lavar los trastes un mes entero, mejorar mis calificaciones, lavar el auto o cualquier tortura infantil que estuviese en sus manos. Pero afortunadamente no ocurrió nada de eso.

―Me parece, hijo, que ya estás en edad de hacer tu primera fiesta en casa ―dijo papá.

―¿Qué necesitas del supermercado, corazón? ―preguntó mamá.

Increíble, pero cierto, hasta mis padres fueron capaces de reconocer ante ellos, al nuevo hombre independiente. Así que escribí la lista de las compras para mamá: bolsas de papas (de queso y chile), refresco de cola y, por supuesto, un pastel de cumpleaños. ¿Qué? El merengue es perfecto para la guerra de comida. Mi cumpleaños sería el mejor de todos, especialmente porque ella vendría.

Se llama Johanna y va en mi salón. Es la niña más bonita de toda la escuela. Tiene el cabello largo, castaño y los ojos grandes, del mismo color. Es la única niña a la que he invitado en mi equipo de futbol, aunque no le gusta jugar. Siempre se queda mirando. Ella va a ser mi novia. ¡En mi fiesta me la voy a ligar!

(8)

Muy bien, ¿recuerdan lo que les dije acerca de la fiesta? ¡Fue un total fiasco!

Sucede que mi mamá insistió en hacer invitaciones de cumpleaños, hace un mes, cuando le dije que quería hacer una fiesta con niñas (y no sólo con mis amigos corriendo en traje de baño y con sus pistolas de agua por el jardín). Pero yo le dije que eso era para niños.

―Ustedes son niños, cariño.

―¡Adolescentes, mamá! ¡Prácticamente soy un adolescente!

Logré que no las hiciera (ayudó que viera la lista de los precios). Así que, como todo chico cool, corrí la voz en el colegio. Me aseguré de que todos en mi salón se enteraran. A las niñas les gustan los chicos populares pero no los patanes. Así que no discriminé ni a Marcelo, que todavía se come los mocos, y le dije que lo esperaba.

El día llegó. Salimos de la escuela y me apuré a llegar. Me peiné con el cabello muy despeinado (¡así se usa, mamá!) y me puse los pantalones más rotos que tenía (¡no están tan viejos, papá!), me dejé la cadena con dije de rayo por fuera y le robé un poco de loción a mi papá. Y esperé. Y esperé.

Y esperé.

Cuando después de dos horas no llegaba nadie, decidí llamar a mis amigos.

―¿Cómo que no te dejaron?

―Pues es que no nos diste invitación, Ro.

(9)

―Ya sé, pero mis papás no quedaron muy convencidos. Pensaron que sería una fiesta sin supervisión.

―¡Mis papás están en casa!

―Pues sí. Voy a tratar de convencerlos, a ver si te caigo al rato.

La historia se repetía en cada llamada. Palabras más, palabras menos. ¡Quién pensaría que echaría en falta esas estúpidas invitaciones de cumpleaños! Así que hice lo que me correspondía: un drama titánico.

―¡Es que nadie va a venir, mamá! ¡Esta es la peor fiesta de todo el mundo! ¡Todos se burlarán de mí en la escuela! ¡Odio los once años!

―Por favor, Romeo, no te pongas así. Estamos tu familia, podemos comer pastel y helado. Y papas y todo lo que tú quieras.

―¡Es que yo quiero estar con mis amigos!

―Pues sí, pero ellos no pudieron venir. Por eso te dije que hiciéramos las tarjetas de cumpleaños con la dirección y…

Ding-dong.

Corrí a la puerta. Seguro Pedro había conseguido que sus papás lo trajeran…

¡Y ahí estaba ella!

Johanna, con un bonito vestido blanco y un enorme regalo entre los brazos. Por un momento me sentí feliz, dichoso, ¡hasta sonreí! Pero entonces recordé que en mi fiesta no había nadie más que mis papás y Cynthia, mi hermanita de tres años. ¿Qué iba a pensar de mí? ¿Qué íbamos a hacer tanto tiempo juntos? ¡Solos!

(10)

―Gracias, señora. Buenas tardes.

Johanna se acomodó el cabello detrás de la oreja. Evidentemente sabía cómo tratar papás. Pero definitivamente mis papás no sabían cómo tratar a una futura novia.

―¿A qué se dedican tus padres?

―Mamá…

―¿Cómo te va en el colegio?

―Papá…

―¿Tienes hermanos? ―¡Mamá!

―¿A qué hora van a recogerte?

―¡Papá!

―¿Ya ves, Romeo? Tienes una amiga muy linda y educada, ¿no es la niña que…?

En ese momento decidí invitarle un vaso con refresco, lo que fuera para sacarla de la sala. Por supuesto, Johanna era tan educada que no dijo nada. Se limitó a ser adorable y gentil. Pero entonces me di cuenta de que no teníamos nada de qué platicar. ¿Has oído eso del silencio incómodo? Créeme, era un caso extremo de incomodidad. ¡Mi oportunidad se perdía en la peor fiesta de la vida! Aunque disimulada, se la pasaba viendo el reloj que había en nuestra pared. Así que la invité a jugar X-box.

(11)

Pero resultó que me ganó en todo. ¡Por todos los cielos! ¿Qué niña gana en Futbolito y Matazombies? Además, debo confesar que me ardí un poco. Y, sin querer, comencé a alardear. Ya sé que no estuvo bien pero, ¡no pude evitarlo! Hasta que, por su expresión, me di cuenta de que no fue lo mejor. Afortunadamente llegó mi familia con el pastel. ¡Uf! Al menos tendríamos algo que hacer.

¡Si tan sólo no hubiese tenido dibujada la imagen de ese dinosaurio que le canta a los bebés! Y la vela de cumpleaños que usamos todos los años. La que dice “6”. ¡Seis años! Y por si fuera poco, mi papá nos hizo colocarnos los gorros de fiesta que más bien parecen de enano. ¡Y me obligaron a darle mordida! Y no paró ahí. Mi papá me empujó y me salió merengue por la nariz, ¡y se me quedó embarrado en toda la cara!

Ahora nunca tendré novia. ¡Es más, no volveré a salir en público! Porque seguro que mañana todos se enteran de la buena nueva: que me siguen tratando como a un bebé.

Llegaron las seis de la tarde y los padres de Johanna llegaron por ella. La acompañé aguantando las ganas de encerrarme en mi cuarto y llorar hasta que el día terminara. Entonces Johanna se giró en la puerta.

―Tienes una familia muy linda, Romeo. La pasé muy bien. Ojalá puedas venir a mi fiesta, es la próxima semana.

¡No lo podía creer! Debí quedarme pasmado porque no vi su invitación hasta que la tuve prácticamente frente a la cara. Era de Barbie y tenía su dirección.

―Nos vemos el lunes ―y me besó.

(12)

¡En la mejilla! No seas mal pensado. Recuerda que todavía no vamos en secundaria.

Esperé hasta que se marchó. Entonces entré. Mi hermanita no esperó para abrir mi regalo, el que me trajo la niña de mis sueños. ¡Era un juego de video! Otra versión de Matazombies.

Mi papá me puso una mano en el hombro.

―¿Sabes, hijo? Las primeras fiestas siempre son así. Nunca llega nadie, pero seguro el próximo año será mejor. Y… le pediré a tu mamá que no te compre pasteles con muñequitos dibujados, ¿va?

―Pero papá, ¡si éste ha sido mi mejor cumpleaños!

(13)

La niña al otro lado del bosque

Personas muy malas viven al otro lado del bosque. Lo sé porque me lo dijo mi maestra. Mis papás escuchan las noticias todos los días para saber si van ganando los buenos. Por el momento, tengo prohibido salir a la calle. Más porque vivo en el lindero del bosque. Así que los malos podrían atraparme y llevarme muy lejos, donde nadie me encuentre jamás. Algunas veces se escuchan disparos por las noches. Suenan como cohetes, pero sé que son disparos porque mis papás vienen corriendo a mi habitación y se acuestan conmigo. Y cierran las cortinas para que yo no vea las luces, pero sí las veo. La noche se ilumina como si cayeran rayos. Lo único que me gusta es ver los helicópteros que pasan volando. Mis amigos y yo salimos y los saludamos desde abajo. Cuando sea grande voy a volar un helicóptero como esos. Mi papá dice que puedo ser militar. Soy el más alto y fuerte de mi clase. Por eso los niños no me molestan, pego más duro que todos ellos. Y nunca lloro cuando me pegan.

Cada tres días hacemos simulacros. Suena una alarma y todos salimos, muy ordenados, al refugio más cercano. Todos están construidos debajo de la tierra. Están oscuros y huelen muy feo, como si usaras los mismos calcetines durante una semana sin lavarlos. El polvo se te mete en la garganta y toses aunque no estés enfermo. Pero nunca tengo miedo porque ahí hay doctores y paredes llenas de latas con comida. Siempre me como todo lo que mamá me sirve, ella dice que no estamos para escoger y que comida es comida. Hay niños que no tienen qué comer. Nosotros estamos agradecidos de tener qué llevarnos a la boca. Estemos donde estemos, rezamos una oración antes de probar alimento y pedimos por todos los niños hambrientos. Mi mamá nos enseñó. Tiene un gran corazón.

(14)

porque muchos de sus estudiantes se hicieron soldados y ya no van a la escuela. Él se encariña con todos sus alumnos. Mamá me dijo en secreto que siempre ha sido un soñador. Pero no un soñador cualquiera porque mi papá no se duerme para soñar sino que sueña con los ojos abiertos.

Ayer lo escuché discutir con mamá. Todos los papás discuten, eso no significa que no se quieran. Pero nunca antes se habían gritado cosas tan feas. Mis papás no dicen groserías pero ese día se dijeron varias. La verdad me dio miedo así que salí a jugar al jardín con Parche. Parche es mi perro, le pusimos así porque tiene una mancha negra en el ojo. Como parche de pirata.

Estábamos jugando en el jardín con la pelota. Yo la lanzo y Parche la atrapa, sólo le falta aprender a regresármela porque tengo que perseguirlo y quitársela de la boca, toda babeada. Pero bueno, a mí me costó aprender a multiplicar. Nunca me enojo con él ni cuando muerde mis juguetes. Es mi mejor amigo. Pero ese día pasó algo espantoso. Lancé la pelota lejos, más lejos que de costumbre, y voló sobre la barda. Vivimos en un vecindario seguro, todas las bardas son bajas. Por eso Parche consiguió saltarla. Y entró al bosque de los malos.

Me quedé parado como una estatua. Le grité varias veces pero no regresó. Entendí que no iba a regresar. Me dieron ganas de llorar. ¿Y si le pasaba algo? Pensé en hablarles a mis papás pero estaban tan enojados que seguro me regañaban. ¿Y si no me dejaban ir por él? Apuesto a que me comprarían otro perro pero yo no quería otro, quería a Parche. Sin pensarlo demasiado corrí hasta la barda. Y la salté.

(15)

peinado en una coleta y los ojos castaños. Por lo tiesa que estaba debía estar bastante asustada.

―No tengas miedo ―salí entre los árboles ―, Parche es mi perro.

Primero no me dijo nada. Creo que la asusté porque no esperaba encontrarse a nadie. Me acerqué despacito, con las palmas abiertas a la altura de mi cabeza como le hacían en las películas, y me agaché frente a ella para recoger a mi Parche.

―¿Se llama Parche?

Al parecer las películas sí tenían algo de verdad.

―Sí. Salió corriendo detrás de una pelota ―miré en derredor ―, supongo que la ha perdido.

La niña lo miraba con los ojos muy abiertos. Su vestido era café como el listón que sujetaba su cabello.

―Si quieres puedes acariciarlo. Yo lo agarro para que no te muerda.

Parche no mordía pero pensé que así sonaría más valiente. Creo que le di confianza porque se agachó junto a mí y lo acarició. Parche le lamió los dedos, ella se asustó al principio pero después le dio risa. Me pregunté qué hacía una niña en el bosque. A lo mejor no sabía que estábamos en guerra. Me dio pena verla ahí tan delicada e indefensa. Papá dice que a las niñas hay que tratarlas con cuidado si se quiere ser un caballero.

(16)

―Ya. Si quieres te acompaño a tu casa ―sabía que debía regresar antes que mis padres notaran mi ausencia pero por alguna razón no me importó ―. O si quieres te invito a la mía en lo que llega tu tía. No está lejos. Es por allá. ¿Tú dónde vives?

Su boca, pequeñita y rosita, temblaba. No quitaba la vista del camino que yo señalaba. Sentí la tentación de pasarle la mano delante de los ojos para ver si no se había dormido con los ojos abiertos, como papá. Pero entonces el que se quedó frío fui yo. Ella señaló el camino a su casa. Del lado contrario del bosque.

No tengo tres años pero confieso que no creí que viviesen niños con la gente mala. Porque los adultos siempre los protegen y dicen que somos buenos. Hay niños traviesos pero dudo que sean malos malos. Mis papás no notaron mi ausencia, en parte porque me encerré en mi habitación. No tenía ganas de verlos. No podía hablar de lo sucedido. Jamás pensé que los adultos pudieran equivocarse en algo tan serio. Pero mientras miraba el techo desde mi cama pensé en la niña del bosque.

Mis pensamientos me llevaron a recorrer el mismo sendero la tarde siguiente. Mis padres trabajaban hasta tarde y salir nunca había sido un problema. Simplemente jamás había desobedecido la regla. Llevé a Parche con una correa para que me acompañara. Cuando estaba a punto de darme por vencido, la encontré. Recogía flores en una canasta, como las princesas de los cuentos. Ese día vestía un vestido rojo. Le hablé primero para no salirle de repente y asustarla como la primera vez. Le dejé que acariciara a Parche. Ya no le tenía miedo y a Parche le caía muy bien. ―Por cierto, me llamo Luis.

(17)

Platicamos un rato muy pequeño. Sin decirnos nada sabíamos que teníamos poco tiempo. Yo no aguanté la curiosidad y le pregunté por la gente que vivía en su colonia.

―¿No son malos contigo?

―No ―negó con la cabeza sacudiendo sus suaves cabellos ―. Algunos mayores son bastante geniudos y regañones, como mi vecino, pero es porque ya es muy grande y no le gusta que hagamos ruido. Pero mi tía Ana es muy amable. Me cuida desde que se fueron mis padres.

―¿A dónde se fueron?

―Ella dice que a viajar por el mundo por cosas del trabajo. Pero yo sé que están muertos.

―Lo siento.

―No te preocupes, ya me acostumbré. Sí los extraño, pero a veces me los encuentro en mis sueños. Tomaron un avión hace más dos años. Fue cuando empezaba la guerra. Nunca regresaron. A tía Ana no le gusta hablar de ello, por eso no le pregunto nada.

―Pero si son buenos, ¿por qué hacen la guerra?

Adela me miró con sus ojos inteligentes. Mamá dice que las niñas crecen antes que los niños. Ese día le di la razón.

―¿Por qué la hacen ustedes?

Zas. Como si me hubiera bañado con agua helada, no supe qué contestar. Esa noche decidí preguntar a mi papá. Por algo era maestro de Historia de la universidad.

(18)

―¿Por qué no logra resolverlos?

―Porque hay asuntos que no pueden tratar. Creencias sumamente arraigadas como religión, raza, territorio, economía, en fin, múltiples intereses. Todo parte de la educación, hijo. Por eso es importante invertir en ella, para que las generaciones futuras no cometan los mismos errores que sus antepasados.

Por supuesto no entendí ni jota. Ignoraba si papá ya hablaba así sin darse cuenta o si usaba palabras extrañas para que yo no le entendiera. Cuando quería que algo me quedara muy claro me hablaba como si fuera bebé, despacio y con la boca muy abierta. Y me hacía repetirlo una y otra vez. Quizá él tampoco sabía por qué hacíamos la guerra, pero si algo entendí es que surgía cuando la gente no podía resolver sus problemas. A decir verdad eso me confundió todavía más. Yo era hijo único pero en la escuela te reprendían por agredir a los demás, aún si ellos habían empezado. Mis papás se enojaban a veces pero nunca se golpeaban. De hecho casi no me pegaban, preferían dejarme sin televisión o videojuegos cuando me portaba mal. Además, en nuestra religión matar era un pecado tan grande que tu castigo nunca acababa, ni después de muerto.

Todos los días me encontraba con Adela en el bosque. No sé por qué, pero dejé de interesarme en mis amigos. Ya no me gustaba jugar a que éramos soldados ni saludar a los helicópteros. Me pregunté si habría más niños como Adela en donde vivía. O como yo. Ella nunca estaba triste pero tampoco contenta. Así que un día le llevé una margarita de las que crecían en mi jardín. Le gustó tanto que se la puso en el cabello. Se veía tan bonita que no le quité los ojos de encima todo el rato que estuvimos platicando. Ellos también hacían simulacros y tenían sus propios refugios. Su tía trabajaba dos turnos para salir adelante. Era soltera.

(19)

interesante que comprar. Pero no me gustó nada salvo una muñeca de trapo con el cabello negro y los ojos de botón. ¡No me malentiendas! No la quería para mí sino para Adela. Supongo que le gustarían las muñecas, a todas las niñas de mi clase les gustaban. Además, siempre estaba sola en el bosque. Al menos así le haría compañía mientras llegábamos Parche y yo. Por supuesto, la escondí bien y le dije a mamá que no me había comprado nada salvo una nieve de limón.

Como lo esperaba, a Adela le fascinó su muñeca. La tomó entre los brazos y la levantó por encima de su cabeza sin dejar de dar vueltas. Me contó que siempre estaba sola porque los adultos le daban miedo. Últimamente se les veía enfadados, gruñones o llorando. Prefería estar en el bosque, oculta bajo los árboles. Donde nada podía pasarle. Pero ahora, ya no estaría sola porque tenía a Roberta, su muñeca. Ella me dio un regalo más bonito que el mío: un beso tímido, tierno y tibio en la mejilla. La toqué para ver si el beso se había quedado ahí, pero descubrí que se había fundido en mi piel y de alguna forma se había guardado en mi pecho. Corrió a su casa muerta de la risa y yo me fui a la mía con Parche mordiéndome los talones y yo sin enterarme.

Me habría gustado que mi historia terminase ahí, como los cuentos, con un final feliz.

(20)

Pero del miedo pasé a la desesperación y comencé a gritar y a arañar a los que me rodeaban. Intenté explicarles que mi amiga estaba afuera, les supliqué que me dejaran pasar. Nadie me hizo caso, me sentaron a la fuerza. Un doctor se ofreció para inyectarme algo que me durmiera, mis papás no lo dejaron. Estaban llorando, yo nunca lloro ni cuando me pegan. Pero entendí que, por mi bien, más me valía quedarme callado. En el refugio la luz no cambia. Es naranja y parpadea como si estuviera a punto de apagarse. Pensé que habían pasado horas pero cuando salimos amanecía. La gente hablaba cosas sin sentido, me sentía mareado, quería vomitar. Al menos Parche estaba conmigo, lo había traído mamá. Como era mi mejor amigo, sabía lo que sentía y, antes que yo lo hiciera, se echó a correr, ¡con todo y correa! Entonces no lo pensé y corrí tras él ¡con todas mis fuerzas! Escuché que me gritaban pero no volteé. Corrí, corrí, corrí sin detenerme cuando las ramas de los árboles me golpearon el rostro. Respiraba con la boca abierta, me ardía el costado pero no me detuve. Entonces la encontré.

Roberta yacía tirada sobre la tierra, en el claro donde solíamos encontrarnos. La levanté y le sacudí el polvo. La abracé contra mi pecho y grité su nombre. La busqué entre los árboles, bajo las piedras. Crucé al otro lado. Las calles estaban silenciosas. Las casas eran tumbas. Ni siquiera los pájaros cantaban. La gente lloraba en las calles. Nadie me miraba, yo miraba a todos, en busca de Adela. Pero no la encontraba. La llamé hasta quedarme sin voz. Unos brazos me aferraron con fuerza. Me hundí en el hombro de mi padre y, aunque nadie me pegó, comencé a llorar.

(21)

pareció tan ridículo que me quedé callado por semanas. Parche y yo habíamos perdido a nuestra amiga más querida.

(22)

El Gato

Personajes

Amelia Gato

Gato: ¿Me buscabas?

Amelia: ¡Ah!

Gato: Shhh. Vas a despertarlos. Perdón, no ha sido mi intención

asustarte.

Amelia: ¡Y por eso te ríes, seguramente!

Gato: Humanos, se creen tan osados. Pero tiemblan como hojitas de papel

en la oscuridad.

Amelia: Tengo lo que me pediste.

Gato: ¿Directo al grano, eh? ¿Tan pronto hablando de negocios?

Amelia: No, no bajes. Quédate donde estás.

Gato: No voy a comerte, mi niña. Sólo quiero echar una miradita.

Amelia: No me fío de ti.

Gato: Naturalmente. La desconfianza es el único lazo posible entre los

(23)

Gato: La ventana es alta y la luz de luna no basta para ver bien dentro de

esa bolsa que llevas colgada. No seas ridícula, si quisiera hacerte daño te habrían recibido mis uñas y dientes.

Amelia: Aún no entiendo cómo esta baratija puede interesarte tanto.

Gato: ¿Con que baratija, eh? ¿Tienes idea de lo que abre esa llave?

Amelia: Te lo dije, la probé en todas las puertas de la casa. No abre nada.

Gato: Eso es porque la metiste en todas las puertas equivocadas, tontuela.

Está bien, mírala. Así no, de cerca. Fíjate en las figurillas plateadas. ¿Qué te parece que son?

Amelia: Parecen…cruces.

Gato: Exacto.

Amelia: Sigo sin ver qué tiene de raro.

Gato: Ésa, niña, es la llave de los gatos. ¡Hey! Si sigues frunciendo el ceño

de esa manera te puede dar un aire y quién sabe, a lo mejor quedas así por el resto de tus días.

Amelia: No soporto que te burles de mí.

Gato: Por favor, me río de ti todo el tiempo. Pero, para tu información, lo

que te dije es verdad. Esa es la llave de los gatos. Amelia: ¡Los gatos no abren puertas!

Gato: Y tampoco hablan ¿no es cierto?

Amelia: Bueno, yo…

(24)

Amelia: Al grano, Gato.

Gato: No tienes sentido del humor. En fin, los Gatos de las antiguas leyendas. Gatos hechos de luz y sombra, capaces de atravesar el tiempo y el espacio. Guardianes que custodian el reino de las almas errantes.

Amelia: Espera, espera. ¿Almas errantes? ¿Gatos guardianes?

Gato: Los Gatos que bufan a los espíritus que vagan por el mundo. Los correteamos y nos aseguramos que encuentren el camino a casa. No por bondad, no me veas así, sino por comodidad, los espectros resultan sumamente aburridos. Sobre todo cuando se dedican a lloriquear y a asustar a los vecinos.

Amelia: Supongamos que te creo. ¡Deja de reírte, por dios! ¿Qué abre esta

llave?

Gato: La entrada oculta bajo la hojarasca, a lado de ese columpio que hicieron en el árbol. El camino al reino de los espíritus.

Amelia: ¿Por qué quieres abrirla?

Gato: Eres bastante lenta, ¿lo sabías? No quiero abrir la puerta sino cerrarla. Alguien ha dejado abierto el acceso al mundo de los espíritus. Pero las almas que encuentran la paz no regresan a la Tierra. Si son lo suficientemente listos se quedan allí. Los que se escapan son los que viven eternamente en el tormento.

Amelia: ¿Estás hablando… de los condenados al Infierno?

Gato: Si lo quieres ver así.

Amelia: ¡Oh, dios!

(25)

pubertad pero, como verás, por más maravillosos que seamos, los Gatos no tenemos pulgares; y, como bien dijiste, no solemos abrir puertas. De manera que me vendrían bien las delicadas manos de un fiel sirviente que no haga demasiadas preguntas.

Amelia: ¿Sirviente?

Gato: Empezamos mal. En fin, te perdono. ¿Vamos?

Amelia: Está bien. Aunque apuesto a que nadie me creerá jamás.

(26)

Regalé la luna

Casi todos los niños guardamos un sueño especial que esperamos cumplir al crecer. La mayoría, no obstante, abandonamos dicha empresa a determinada edad. Así lo hice yo hasta el día en que ella apareció. Antes que nada permítanme presentarme, soy Eugenio Grancielo. A mis ochenta años, y nunca habiéndome casado, sentí que poco me quedaba por hacer. Había dedicado mi vida a la fabricación de juguetes de madera que tallaba y decoraba con mis propias manos, antes de que la artritis y la vista me arrebataran el placer.

Como era domingo y yo un hombre de costumbres, compré una suave pieza de pan dulce recién horneado frente a la iglesia que hacía años no visitaba. Saboreé cada mordida en honor al médico que me sugirió eliminarlo de mi dieta. ¡Ya verá aquel médico si sigue empeñado en lo mismo cuando pase los cincuenta! Compré el periódico a un vendedor ambulante y me salté todas las páginas hasta la sección de Entretenimiento. Leí una historieta sobre una chica que esperaba la llamada de un galán que nunca apareció, garabateé cualquier cosa sobre las casillas en blanco de los crucigramas y confirmé que nunca lograré entender el Sudoku (cuyo nombre ni siquiera puedo pronunciar).

No me sorprendió encontrar las calles vacías a esa hora. La juventud suele dormir hasta tarde el fin de semana. Pero sí me extrañó encontrarme con una niña caminando frente a mí, al otro lado de la acera. Miré en derredor pero no hallé rastro de sus padres. ¡Canallas! En estas épocas ni siquiera quieren ocuparse de sus críos. Seguí mi camino sin dedicarle a esa pequeñita una mirada más.

(27)

Observé, a través del vidrio, ramos de rosas de todos colores, girasoles y violetas. Y tras un amplio arreglo de margaritas, encontré a la misma niña que había visto minutos antes. Era delgada, con la nívea piel salpicada de pecas y los castaños cabellos atados en trenzas desiguales que le rozaban la cintura. Tras mi sorpresa inicial, le dediqué un saludo de cabeza, como todo buen caballero.

Pasé al supermercado a comprar algunos víveres. Al salir de la tienda, con mi bolsa de papel entre ambos brazos, poco me faltó para estamparme con la niña que creí haber dejado un par de cuadras atrás.

— ¡Por Cristo! —atiné a decir. Tendría que haber sido adolescente para que blasfemias y maldiciones escaparan de mi garganta con mayor naturalidad.

— ¡Al fin te encontré, llevo una vida buscándote!

Me quedé pasmado. La pequeña extendió su brazo y me mostró la palma; y en ella la imagen de una luna plateada y una estrella dorada, cual carta de presentación. Si bien estuve a punto de decirle que tatuarse a esa edad es, definitivamente, una locura, al mirar la marca con más detenimiento me percaté de que no era la primera vez que la veía. Sin previo aviso, la imagen de una noche estrellada de luna llena en la playa me asaltó el pensamiento. A mi lado reconocí la figura de una chica de mi edad, teníamos quince… Regresé al presente cuando la niña me quitó la bolsa de las manos y se adelantó diciendo:

—No puedo entregarte lo que tengo para ti en este lugar. ¿En dónde vives?

(28)

— ¿De manera que así se nos dice ahora? ¿No somos más que amigos imaginarios? Eugenio, te dejo de ver unas cuantas décadas y me sales con esto. ¿De veras no me recuerdas? Soy la mujer que te compró tu sueño.

— ¿Que me compraste…?

— Soy una mensajera de los sueños. Aquí entre nos, los humanos son los únicos que creen que un sueño no vale gran cosa cuando en realidad ¡vale una fortuna! En fin, estoy aquí precisamente porque alguien quiere contactarte, ya sabes, le encantó tu regalo.

— ¿Mi regalo?

— Como lo oyes. Hay quien me ha pagado para hacerte llegar un mensaje, y un sueño, para corresponder al que con tanto esmero entregaste. Y he de confesar que pocas veces me deslumbra un sueño tan bonito como este. Pero, para dártelo, necesito que hagas algo por mí.

— ¿Y qué podría…?

— No puedo dártelo si estás despierto. — ¿Quieres que me duerma?

— Pues sí.

— Me temo que…

— Es de parte de Estela.

(29)

Una noche la soñé, sentada sobre una lápida cubierta de flores. Su rostro, surcado por la vida, estaba hecho de serenidad. Ni una lágrima enturbió su sonrisa, pero se había marchado. Había venido a despedirse. ¡Cómo le rogué que se quedara! Pero no podía quedarse. ―¿Por qué lloras, tonto?

―No quiero que te marches.

―Ya he cumplido mi tiempo aquí. Ha llegado el momento de probar otros aires.

―Estela…

―No te pongas así, tampoco es como si nunca más volviésemos a vernos.

―Pero, ¿estás muerta?

―Pues sí. Pero viví feliz. Viajé, leí, me equivoqué… y me enamoré.

―¿Te casaste?

―¡Pues claro que no! Me quedé esperando a un tonto romántico que juró que parecía una sirena recién salida del agua.

―Estela.

―Tengo que irme, Eugenio, de veras. ―No te vayas.

―Búscame. Y cásate conmigo, aquí o allá, eso no será problema.

―Lo juro. Espérame, amor mío y te llevaré un regalo.

(30)

―Si pensabas darme alguna sortija, no te molestes. Gastarás más de lo que vale y ni siquiera podré llevarla. Nos vestimos sólo de recuerdos. ―La luna. Te llevaré la luna que brilló aquella noche, cuando nos vimos por primera vez; por única vez.

―La luna, ¿eh?

―La luna.

Desperté, sobresaltado. ¿Cómo podía haberlo olvidado? La mensajera me miraba con una sonrisa que la hacía ver mayor.

―Yo… ―me costaba reunir las palabras―, no recordaba…

(31)

Una cita en el cementerio

Ariana nunca creyó en el diablo, hasta que se le apareció. Hija de madre católica y padre anónimo, poco le interesó la religión; mas como indicaban las puntas oscurecidas de su cabello, naturalmente rubio, y el grueso delineador que enmarcaba sus ojos, azules como el cielo, profesaba culto a lo siniestro. Lejos de asustarla, la reunión en el viejo cementerio le pareció estimulante. Caminó entre las lápidas, descubriendo sus contornos bajo el claro de la luna. El gélido aliento de la noche le producía un cosquilleo que se confundía con la emoción de entrar en aquel recinto mortuorio.

Fue la primera en llegar al lugar acordado. En la zona más vieja del cementerio, detrás de árboles sin hojas, se encontraba la escultura de un ángel de mármol, erguida sobre una lápida sin nombre: la tumba del ángel caído. Se decía que estaba hecha a semejanza de los primeros ángeles que pisaron la Tierra, antes de marcharse y dejar a los humanos a merced de demonios que, a diferencia de ellos, decidieron quedarse en el mundo. Ariana la rodeó despacio, con sus botas sobrecargadas de agujetas, saboreando cada grieta y cada detalle de esa obra, tan mundana pero tan sagrada a la vez.

―¿La tumba del ángel, eh?

(32)

sentirse correspondida, aunque no contara más que con el mudo lenguaje de los roces, las medias sonrisas, miradas furtivas…

―Llegas temprano ―dijo Lázaro, con voz grave, provocativa. ―Me gusta este sitio.

Esa noche, Lázaro vestía una cazadora de cuero negro, jeans y una cadena plateada sobre el pecho. Contra su palidez, destacaba un tatuaje de cruz invertida en la mejilla, similar a una lágrima.

―¿Porque sabe a muerte? ―preguntó con un deje de ironía.

―Porque es tranquilo ―Ariana se encogió de hombros, nerviosa― me llena de paz.

―Eso es… ―Lázaro sonrió de medio lado, dejando entrever un colmillo, largo y delgado, como de vampiro― porque no puedes escuchar el suplicio de los condenados.

Ariana tomó un puñado de hojas y se las arrojó.

―No me das miedo, Lázaro. Soy gótica, ¿recuerdas? La muerte es mi pasión.

Lázaro no respondió. Contemplaba el rostro del ángel, inexpresivo. Ariana observó a ambos. De perfil, no lucían tan diferentes. En ese momento, eran el ying y el yang, dos caras de una misma moneda. Compartían un halo misterioso, melancólico. Ariana desvió la mirada, cuando Lázaro se concentró en ella una vez más.

―¿Trajiste lo que te pedí?

(33)

―¡Oigan! No comiencen sin nosotros.

De entre los árboles surgieron las siluetas de sus camaradas, Beatriz y Anuar, adolescentes desgarbados, vestidos con ropas oscuras y gargantillas con aplicaciones de picos. Anuar era moreno, alto y corpulento; Beatriz, menuda y pelirroja.

Anuar encendió un cigarrillo. Tiritaba. ―¿Qué hay en la bolsa? ―preguntó.

Ariana vació su contenido sobre la alfombra de hojas: cirios blancos, cerillos, cuatro rosas blancas, un espejo redondo y un incensario.

―¡Chido! ―dijo Anuar.

―¿Y qué, vamos a despertar a los muertos? ―preguntó Beatriz, con una mezcla de excitación y sarcasmo en la voz.

―Mucho mejor ―respondió Anuar ―vamos a invocar al diablo.

Colocaron los cirios en círculo. Eran trece. El espejo lo ubicaron al centro, capturando en su superficie la cara de la luna.

―Ahora, colóquense dentro del círculo.

―¿Dentro?

―¿Qué pasa, Anuar? No me digas que te da miedo ponerte dentro de unas velas ―Beatriz rió.

―Obvio no, mensa, pero jamás escuché de un ritual donde te colocaras dentro de las velas. Se supone que son para contener a lo que sea que invoques, ¿no? Por seguridad, los miembros siempre se sitúan afuera del círculo.

(34)

―¿Tú no? ―preguntó Lázaro.

Beatriz se encogió de hombros.

―No soy cristiana. No creo en la vida después de la muerte.

―No deberías hablar así ―dijo Anuar entre dientes.

―¡No! ―Ariana se cubrió la boca con ambas manos― ¿Eres religioso, Anuar?

―Búrlense si quieren ―respondió el chico, ofendido ―, pero todos deberíamos creer en algo. Además, ¿para qué invocarlo si ni siquiera creen en él?

―¿Saben? ―intervino Lázaro, sereno ―, tiene razón. Quizá no deberíamos jugar con…

―¡Oh, por favor! ―Ariana lo tomó por el brazo ―, ¡nos estamos divirtiendo! Y, ¿no sería un buen experimento? Digo, para comprobar si es verdad que existe vida más allá de la muerte. ¿Es que no sienten curiosidad?

Beatriz se sentó dentro del círculo.

―Bueno ―miró a los demás ―, ¿qué estamos esperando?

Lázaro fue el último en entrar, después de haber encendido los cirios. A pesar del viento, las llamas se mantuvieron estables. Dentro del incensario, pusieron hojas trituradas.

―¿Quieres incienso? ―Ariana abrió un bolsillo de su mochila.

―No ―respondió Lázaro ―. No hay aroma más sagrado que el de la Madre Tierra. “Polvo al polvo”, ¿no es lo que dicen?

(35)

Los chicos festejaron la broma, más nerviosos que divertidos. Continuamente, Anuar se secaba las palmas en la tela del pantalón.

―¿Y bien, qué hacemos ahora? ―preguntó Beatriz.

―Los antiguos hombres ―comenzó Lázaro ― ofrecían un tributo a los dioses, cuando buscaban su favor o consejo. Los dioses buenos se invocaban con la luz del sol, los dioses malos…

―Uuuuh ―murmuró Beatriz.

―Aire, para representar el aliento, nuestra respiración ―Lázaro continuó ―; fuego, para mantener el camino iluminado; el calor y el dolor de estar vivo. Sin previo aviso, Lázaro tocó una llama con su mano abierta. El fuego le lamió la piel ante los gritos horrorizados de sus compañeros.

―¿Qué crees que haces? ―gritó Ariana.

Lázaro retiró la mano y se las mostró, intacta. Los chicos se quedaron boquiabiertos.

―¿Qué? ―gritó Anuar ―, ¿también sabes trucos de magia?

―Tierra ―siguió Lázaro, ignorándolos ―, como muestra del espíritu en su fase mortal. Y…

Extrajo una navaja del pantalón y se rajó la palma. ―…agua, la fuente de la vida.

La sangre de Lázaro cayó, en una sucesión de gotas carmesí que mancharon el suelo de otoño. Con la otra mano, entregó una rosa blanca a cada uno de ellos.

―Úsenlas, para recolectar una muestra de su sangre.

(36)

―No sé, esto es demasiado… ―Anuar comenzó, pero calló cuando Ariana tomó la navaja y se hizo un corte.

―Auch ―se quejó, sin poder retirar la vista de su propia sangre, que fluía hacia su rosa, profanando su blancura, antes inmaculada.

―Valiente ―el aliento de Lázaro le hizo cosquillas en el oído. A Ariana se le erizó cada centímetro de la piel.

―Dame eso.

Beatriz fue la siguiente. Anuar tomó la daga.

―¿No estaría bien que la limpiáramos, antes de cortarnos?

―¡No estamos enfermos de nada que se te pueda pegar, bobalicón! ―le espetó Beatriz.

―¡Es por higiene, Bea! ¡No es para que te ofendas!

Anuar limpió la cuchilla entre las hojas y, tras dudarlo un instante, él también se cortó. Cuando las rosas estuvieron considerablemente manchadas, Ariana preguntó.

―Y ahora, ¿hacemos algún conjuro o…?

―No es necesario ―respondió Lázaro ―a los dioses de la noche los atrae el olor de la sangre más que la voz. Él vendrá.

―¿Y qué, le pedimos una señal?

―Para eso es el espejo, lo veremos cuando esté aquí.

―¿Y entonces le daremos flores? ―rio Anuar.

(37)

Al mismo tiempo, las llamas de los cirios brillaron con el color de la sangre. Anuar fue el primero en gritar, más no fue capaz de levantarse. ―¿Qué rayos…? ¡No puedo moverme!

―¡Yo tampoco! ―Beatriz lloraba.

Ariana tardó en comprender lo sucedido, hasta que fijó la vista en el espejo. Al principio, creyó que se trataba de Lázaro, quien se había puesto de pie, seguramente para auxiliarlos. Pero no era él, no del todo. En la superficie de cristal, sus cuencas estaban vacías y su piel parecía caerse a pedazos; su boca, descarnada, se torcía en una mueca desagradable y cruel, una sonrisa gélida, espeluznante. Ariana trató de gritar, pero ningún sonido salió de su garganta.

―Ave María purísima… ―comenzó Anuar, con el rostro bañado en sudor.

―Shhh ―Lázaro se arrodilló frente a él ―. No querrás despertar a los muertos con tus súplicas, ¿cierto?

―¿Q-quién eres? ―dijo Anuar con un hilo de voz.

―Vamos, Anuar. Eso ya lo sabes, después de todo, fuiste el único que creyó en mí desde el principio, cosa que te agradezco. Por eso, voy a darte un poco más de vida.

―¡Por favor! ―aulló Beatriz.

Lázaro rio, su voz se sentía como el filo de mil cuchillas.

―El trato está hecho, tonta. Desde que su sangre mojó la rosa, sus almas me pertenecen.

Ariana lloraba en silencio. Lázaro se sentó junto a ella y le susurró como antes, sólo que esta vez, su aliento la quemó. Ella chilló.

(38)

―¡Por favor, por favor no nos mates! ― suplicó Anuar.

Lázaro volvió a reír.

―Ves muchas películas, estúpido. ¿Para qué iba yo a matarlos si puedo alimentar sus almas con la tortura de saber que, cuando mueran, ahí estaré yo para recogerlos? No tengo prisa, no en balde he vivido aquí desde antes del inicio de los tiempos.

Se levantó y se dio la vuelta, dispuesto a marcharse. ―¿Por qué? ―susurró Ariana.

Lázaro se volteó para encararla.

―¿Por qué? Es simple, preciosa, a los humanos les gusta jugar con fuego pero siempre se les olvida lo fácil que sería quemarlos hasta que no quede nada. Sin embargo, estoy dispuesto a hacer un trato. Repitan el ritual, entréguenme un alma pura en el momento de su muerte, y la tomaré en lugar de ustedes. Por nuestra vieja amistad.

Lázaro torció la boca con una sonrisa irónica. Y se marchó.

(39)

―Ariana ―Anuar se sentó a su lado, frente a la imagen de Cristo en la cruz.

―Hola, padre.

―Anuar, sólo dime Anuar, por favor.

Anuar se había dedicado a Dios desde su mayoría de edad. También, era voluntario en orfanatos y casas para ancianos. La gente lo reconocía como un hombre honesto, gentil. Por ello, no comprendían las razones que le impedían dormir. El insomnio no sólo era consecuencia del terror sino el esfuerzo por mantenerse consciente y vivo.

―¿Cómo vas… con lo de Jorge?

―Mejor. Al menos sé que su alma está a salvo. Era tan bueno.

Anuar la miró. Sus ojos conservaban la lucidez de la juventud, aunque sin el delineador oscuro parecían más pequeños; su cabello rubio había adquirido el color de la plata. Como recuerdo de su etapa gótica, conservaba unos aretes muy grandes, en forma de cruz. Pero ahora vestía colores claros, temerosa de atraer la oscuridad aún durante el día.

―Voy a llamarlo, Anuar.

―¿Qué? ―exclamó, sobresaltado. Menos mal, no había nadie en la iglesia.

―No puedo terminar como Bea. No ocultándome, muerta de terror. Además, no quiero que se acerque a mis hijos. Frida, está esperando bebé, ¿lo sabías?

―No, no lo sabía. Felicidades.

―Estás molesto.

(40)

―¿Y de qué sirve aplazarlo? ―lo enfrentó con los ojos brillantes, más no vertió una sola lágrima ―. Tengo miedo, Anuar. Lo he tenido desde aquella noche. Siento que me vigilan, el único que podía… Jorge nunca lo creyó, pero lo respetaba. Él me daba valor, pero ahora se ha ido. ¿Sabes que, cuando nació Frida, pensé en…?

Se le quebró la voz. ―Pero no lo hiciste.

―¡Pensé en entregar a mi bebé!

―Pero no lo hiciste.

―Dejé de buscar, hace mucho tiempo, Anuar. Nadie merece ser condenado, menos aún por ignorancia y engaños.

―Fuimos arrogantes. ―Fuimos jóvenes.

Se quedaron en silencio. ―¿Y tú? ―preguntó Ariana.

―¿Yo qué?

―¿Sigues convencido, de no buscar un alma?

―Como tú, no quiero darle ese gusto. No puedo condenar a nadie más. Lo que hice… lo hice por mí mismo. Al menos me llevaré el recuerdo de que tuve una buena vida, y de que… espero que el Señor me considere y algo pueda hacer ―le temblaban los labios.

(41)

Esa noche, Ariana invocó al diablo. Al pie de la estatua del ángel, en el cementerio que tantas veces visitó durante su juventud. Cerró los ojos y esperó. En su vejez, disfrutaba más del viento, de los sonidos, del frío y del calor, consciente de que cada sensación era un regalo. Hasta el miedo que le helaba las entrañas se le antojó bienvenido, después de todo, eran señales de vida.

―¿Nostálgica? ―reconoció la voz sin necesidad de mirar la imagen capturada en el espejo.

―Un poco ―abrió los ojos. Lázaro parecía la fotografía de un viejo amor. Contrario a ella, no había envejecido un día. Excepto quizá, la expresión de su mirada, fatigada tras haber mirado ya miles de vidas.

―Te ves bien ―dijo, con una sonrisa sarcástica.

―Tú estás idéntico.

Lázaro rio.

―Pensé que preferirías verme con este rostro. ¿Por qué me has llamado, Ariana? Todavía no es tu tiempo.

―Estoy vieja, Lázaro. Y muy cansada.

―¿Tan ansiosa estás de arder en el infierno?

Una lágrima rodó por la mejilla de la mujer. No obstante, no hubo un ápice de duda en su voz.

―Estoy lista.

(42)

―Cuidado, Lázaro. Cualquiera pensaría que me tienes cariño ―Ariana se permitió sonreír.

Lázaro se encogió de hombros.

―No me desagradabas. Te lo dije, tu alma es hermosa.

―Muy bien, la respuesta es no. No engañaré a nadie ni cambiaré su alma por la mía.

―¿Estás dispuesta a sacrificarte?

―Sí.

Lázaro rio y se levantó.

―Maldita vieja. Vete. Ya eres libre.

Ariana lo miró sin comprender. ―¡Vete!

―Si es porque todavía no me he muerto…

―¡Al carajo con todo eso! Por mí te puedes morir ahora mismo o en quinientos años. ¡Acabas de liberarte, engendro! No tengo nada más de ti. ―¿Qué? ¡No te entiendo!

Lázaro se arrodilló frente a ella, parecía un lobo a punto de devorar a su presa. Se acercó tanto que su aliento le ardió en el rostro.

―¿No sabes nada de mitos? El sacrificio es el máximo escudo contra la maldad. No por nada, dios se lo enseñó a su hijito consentido. Tu alma sigue tan limpia como al principio porque te niegas a engañar a alguien más con tal de salvar tu asqueroso pellejo de rata.

(43)

―Nunca han sido míos de verdad. Sólo los tenté para que se corrompieran y así me dejaran el camino libre para tomarlos cuando se me diera la gana. El engaño, niña estúpida, es la mayor arma del diablo.

―Entonces, Bea…

―Envíale mis más profundos insultos ahora que la veas, pudriéndose en el cielo. Y tú también, púdrete.

El diablo desapareció.

Ariana se dejó caer, sin fuerza para llorar o reír, consciente de haber vivido bajo el peso de una condena que resultó ser mentira; consciente de estar salvada.

(44)

Al pie del altar

La novia se arrodilló ante el altar. Apretó el ramo de rosas rojas contra el pecho y miró al Cristo que se erigía sobre ella. Los cirios permanecieron apagados, pero su piel resplandecía como la tímida luz de la luna que se elevaba en lo alto. El monaguillo, larguirucho y con la piel marcada por unos primeros brotes de acné, la observaba oculto tras uno de los pilares laterales de la nave mirando constantemente en dirección a la puerta. Una mano en la espalda lo sobresaltó arrancándole un grito. La novia miró por encima del hombro.

―¿Cuánto tiempo lleva aquí? ―el nuevo sacerdote, llegado apenas hacía un par de semanas, se acercó con la vista clavada en la mujer que le daba la espalda.

―Desde que cayó la noche, padre ―contestó con un hilo de voz.

―Gracias, Pedro. Puedes retirarte.

(45)

sus deseos. Por supuesto, la mayoría se había reído de semejante tontería. Excepto aquellos, quienes entre sus efectos personales, guardaban con celo el recuerdo de su amada: fotografías, dijes, cartas…

El sacerdote contempló, en su dedo, un anillo de oro.

La novia llevaba guantes en ambas manos, sin embargo, sabía que ella no llevaba un anillo. Se había marchado antes de ponérselo.

Se arrodilló junto a ella, persignándose frente a la imagen del hijo del Señor.

―Hermana.

La mujer no contestó.

―Hermana, es tarde ―susurró, observándola apenas.

Había olvidado la belleza de su perfil. La perfección de ese rostro, si tan sólo pudiese librarse de su tristeza. La dama mantuvo la vista clavada en algún punto más allá de la imagen de Cristo. Le temblaba el labio inferior, rojo como los pétalos de su ramo; como la sangre. Bajo sus pestañas, oscuras y largas, se dibujaban surcos trazados con sus lágrimas.

―Hermana…

―No me llames así. No soy tu hermana ―su voz, antes suave como el canto de la alondra, sonó lejana y hueca.

―Adela…

―A mi madre no le gustó el ramo ¿sabes? Dijo que era de mala suerte, el rojo.

(46)

―¿De qué color es el amor, Sebastián?

Lo miró por primera vez. Sebastián se quitó los anteojos, incapaz de mirarse en la profundidad insondable de sus ojos, indispuesto a renunciar a la imagen que había guardado de ella. Parecía que dormía, cuando él mismo colocó una rosa roja en su regazo.

―Rojo, Adela. El amor es rojo.

Ella sonrió. Separó una rosa del montón y se la tendió al sacerdote. Él no la tomó.

―Lo siento, Adela, pero tienes que irte.

―¿Por qué?

―Porque no perteneces a este mundo.

―¿Tú sí? Mírate, te has convertido en un muerto viviente ―se estiró para tocarlo, pero su abrazo se desvaneció en el aire―. Ven conmigo, Sebastián. ―Cuando sea tiempo.

―Yo te habría seguido ―dijo, llena de amargura.

―Quitarse la vida…

―Ni siquiera usé las perlas.

―¿Cómo dices?

― “Las perlas provocan llanto en las novias”, decía mi madre. Así que decidí guardarlas para la noche de bodas. Oh, Sebastián, te habrían gustado tanto.

―Por favor, no te hagas esto.

(47)

―¡Te he dejado mil rosas como esas! ¡No hay día que no rece en tu nombre…!

―Hace mucho que Dios se olvidó de mí.

―Eso no es cierto ―Sebastián intentó asir sus manos pero no encontró más que aire ―.Tienes que aceptar lo que pasó, por tu alma y… por la mía.

Pero Adela ya no estaba ahí. Su imagen se había borrado con las primeras luces del alba.

Sebastián se dejó caer sobre el suelo, agotado. La odiaba, la odiaba tanto como la amaba. Se despreciaba por ello. Se habían comprometido poco después de haber iniciado un tórrido romance. Su amor era un secreto a voces, la tentación de lo prohibido. Los padres de ella no lo aprobaban, él no era un hombre libre. ¡Si tan sólo la hubiese conocido antes de haberse entregado a Dios! Pero quisieron creer que aún no era demasiado tarde… Ella murió una noche antes de la boda. Dijeron que se había quedado dormida, que había sido una muerte indolora. Pero Sebastián sabía que ambos habían sido castigados, cada uno condenado a vagar en su propia prisión y a encontrarse en lo que, irónicamente, sería su aniversario. Cuando no pudo llorar más, sustituyó el hábito por un abrigo que hizo poco por ahuyentar el frío que lo embargaba y salió rumbo al cementerio ubicado a espaldas de la iglesia. El velador cabeceaba sobre un banco, dormido a medias. Sebastián caminó entre las tumbas hasta llegar al sitio señalado por la estatua de un ángel blanco. Se arrodilló y colocó la rosa que, momentos antes, le regalara la mujer cuyo cuerpo yacía bajo esa tierra.

(48)

Mariposa

Todos saben que Edmundo Márquez la mató. Todos saben pero nadie dice nada. Porque en los laberintos de tendederos y puestos ambulantes nadie tiene nombre. Y quien lo tiene se vuelve intocable, como él. Somos un uróboro, nuestro propio depredador. Una mariposa en una telaraña.

Siena se bajó la capucha de la sudadera gris, cubriendo su rubia cabellera, tan envidiada entre las latinas. Las calles tortuosas, desiguales, conducían a rumbos que los prudentes evitaban aún de día. Apestaba a basura, orines y sudor. El infierno de la capital albergaba a los apestados de la sociedad; sombras regidas por la ley de la calle, vacíos de empatía, heridos y alimentados por el odio. Se le dificultaba la visión con el ojo izquierdo. Lo tenía casi cerrado, al menos se había detenido la hemorragia de la nariz. Edmundo le pasó un pañuelo.

―Ten, está limpio y tibio. Te hará bien.

(49)

Miró a Edmundo, casi veinte años después, a su lado. Con la vista perdida en la noche que nacía. La cicatriz de una vieja herida le marcaba la mejilla pero su atractivo se había incrementado con el paso de los años. Ahora iba bien vestido, oliendo a loción cara y habano. Su tez morena destacaba con la negrura de su cabello, largo y ligeramente descuidado. Incluso se le veía adormilado, con gesto casi infantil. Como si no tuviese nada que temer ni nada que ocultar. «Es que de hecho no oculta nada ni teme a nadie. No es un secreto que es un maldito asesino».

«Pero por qué me sorprende si ese mismo día me lo dijiste».

Siena y Edmundo se encontraban a escondidas. No resultaba demasiado difícil considerando que el padre de él era un borracho miserable y la madre de ella trabajaba triple turno, de lunes a domingo. Siena seguía con sus clases en la escuela pública de la colonia vecina; él, haciendo trabajos temporales para sacar unos cuantos billetes.

―Pronto ―le dijo a media voz, abrazándola fuerte sobre el techo de su unidad habitacional, frente al tinaco―, voy a tener un auto poca madre y te voy a llevar a donde quieras.

Siena rió, estrechándose más contra su pecho desnudo, acomodando la oreja sobre el latido de su joven corazón.

―¿Qué, no me crees?

―Te creo ― no era del todo cierto pero no lo contradijo ―. ¿En qué piensas? Te quedaste muy serio.

―Esos autos… valen más que nuestras casas, que nuestros trabajos. Que nuestras malditas vidas, ¿sabes?

(50)

―¿Te parece justo haber nacido como ratas? ¿No ser más que una mierda en los zapatos de esos pedantes…?

―Shhh ―Siena selló sus labios con los suyos ―. No nos falta nada.

―¡Pero es que sí nos falta, Siena! ―se levantó bruscamente, arrojándola sin miramientos contra el suelo ―. ¿Es que no lo entiendes? Tú, ¡mírate! Tú no mereces vivir así. ¡Eres una diosa! Eres… ¿a qué aspiras aquí, eh? ¿En qué te vas a convertir? ¿En una puta asquerosa?

Siena se puso de pie. Edmundo la abrazó haciéndole daño.

―Perdóname, mi amor. Ya sabes que no quise decir eso. Es que a veces… ¿es que nunca te sientes así?

―¡Por supuesto que sí, Edmundo! ¿Pero qué puedo hacer, eh?

***

Siena intentó separar las muñecas a sabiendas de que era imposible. Como resultado, la cuerda se le clavó más en la piel. Procuró concentrarse en su entorno, una especie de bodega. Oscura, polvorienta, llena de cajas y herramientas desperdigadas por el suelo. Una luz le hirió la visión a pesar de no ser muy intensa. Edmundo encendió una vela, colocándola sobre un banco en medio de ellos.

―Sigues siendo hermosa. Pero muy tonta, Siena. Tonta, tonta, tonta. ¿Tan difícil fue dejarme tranquilo?

―Tú la mataste.

―¿Y? Nunca lo he negado. Pero no tienen pruebas, ¿o sí? No las tenían entonces y no van a tenerlas después de diez años, ¿me equivoco?

(51)

―¿Por eso te hiciste de una placa, no? Pero ni siquiera la trajiste, y viniste sola, sin compañero. Por favor, Siena. Hasta los que vemos dramas de detectives por la televisión acertamos más que eso.

Su madre se volvería a morir si supiera que Siena se había convertido en federal. Contrario a los programas gringos, los mexicanos despreciaban más a la policía que a los propios rateros. Muchos aseguraban que eran lo mismo, sólo que jugaban para bandos diferentes. Pero no podía elegir otro camino, no desde…

*** ―¿Mariposa?

Siena presumió su tatuaje, azul como el océano, ante la mirada fascinada de su novio. Todavía le escocía un poco, típico del proceso de cicatrización. ―¿Te gusta?

Edmundo se agachó para contemplar aquella nueva marca en su cresta ilíaca.

―¿Por qué una mariposa?

Siena se subió el pantalón, decepcionada de lo que tomó por apatía. ―¿Qué más da?

―No, en serio. Quiero saber ― dijo tomándole ambas manos.

―Transformación, reencarnación… ¡no te burles! ―¡No, sigue, por favor!

―Porque la mariposa empieza su vida como un vil gusano, hasta que aprende a volar.

(52)

―¡Eso es! ―se abrazó de él ―, liberación.

***

―¡Eres un maldito infeliz! ―chilló Siena, incapaz de contener las lágrimas guardadas por años.

Edmundo tomó su tiempo. Preparó la jeringa con la dosis exacta de veneno. Solía utilizar algún alucinógeno antes de inyectarlo a su víctima. Cada vez era más preciso y podía contar el tiempo que tardaba su víctima en exhalar su último aliento. Recordaba sus nombres, sus rostros, el lugar donde las había encontrado. Todas eran niñas, inocentes, menores de doce años. Ángeles que merecían una vida mejor que esa. Ricas, marginadas, daba lo mismo. Se consideraba un libertador, un catalizador en el proceso de mutación tan necesario en un mundo lleno de frivolidades. Ni siquiera sentían dolor, nada excepto un piquetito que, en la droga, se confundía con un ligero cosquilleo y una mariposa tatuada en el pecho, antes de morir.

Y siempre las devolvía a sus casas. Nada de padres desesperados. Debían estarle agradecidos. No sufrirían. Porque ni siquiera él, que se había superado tras haberse relacionado con la gente indicada, estaba limpio. Por eso era intocable, por sus contactos, por su dinero y porque simplemente no valía un bledo. Se arrodilló frente a Siena, jeringa en mano. Le acarició el rostro magullado.

―¿Por qué, mi amor? ¿Por qué me dejaste?

―Mataste a mi hermana, infeliz ―siseó entre dientes muy apretados.

―En eso te equivocas, querida ―se acercó para susurrarle al oído ―, tú lo hiciste, ¿recuerdas? Ella fue mi segunda mariposa. Siempre has sido la primera.

(53)

El mundo se vacío de color.

***

Siena despertó acostada sobre el suelo, frío, tibio, caliente… le pareció que flotaba sobre el agua y que se sumergía. Que respiraba y que se ahogaba. Comprendió que estaba drogada. Un dolor punzante sobre el pecho. No, un cosquilleo, una respiración. El rostro de Edmundo se alargaba y se encogía frente a sus ojos. Así lo hacía, tatuaba la mariposa antes de echarla a volar. Aún con la mente obnubilada, sabía de memoria un caso que había seguido por años. Se había internado en los barrios bajos siempre buscándolo. Y lo conocía, antes de que huyera tras su primer asesinato, cuando era un don nadie. Ella había ingresado a la Academia de Policía tras la muerte de su madre, un año después de la de María. María.

Fue como si un haz de luz se abriese paso a través de la niebla de su cabeza. Pero sus miembros no respondían. Edmundo se movía con una lentitud exasperante, contemplándola a los ojos. Preparaba la jeringa nuevamente, esta vez con el veneno que la vaciaría de vida, despacio. Él la vería morir. Intentó hablar pero el esfuerzo le arrancó una exhalación pesada de su garganta.

―Shhh ―Edmundo le puso un dedo sobre los labios ―, tranquila, mi amor. Pronto serás libre y podrás ir con tu hermana, y con todas mis mariposas. Siempre has sido una ingenua.

―Ed…Ed ―por un momento temió que su voz no se escuchase pero entonces él se inclinó, como el caballero que era a veces.

―Te escucho.

(54)

―Shhh. Tú no, mi amor. Tú no.

―Te…ní…te-ní-asss ra-zzzón…

Edmundo gritó con un alarido inhumano, nacido de la sorpresa, la angustia, la furia. Una jeringa sobresalía de su muslo derecho. Se había colocado a una distancia justa para los torpes dedos de Siena. Por un momento pensó que intentaría estrangularla pero su cuerpo sufrió los efectos del veneno antes de lo esperado. Se desplomó encima de ella, todavía incapaz de moverse libremente.

―Pe-rrrra, ¿c-có…mo…?

―Te co-noz-co, bas-tar-do. Que-rí-as ver-me mo-rir len-ta-men-te. Co-mo e-llas. ¿Creí-as que me ha-bí-as a-tra-pa-do por ca-sua-li-dad? Con un com-pa-ñe-ro te ha-brí-as i-do a jui-cio pa-ra sa-lir li-bre… yo te que-rí-a muer-to.

Todos sabían que Edmundo Márquez la mató. Todos sabían pero nadie decía nada. Porque en los laberintos de tendederos y puestos ambulantes nadie tiene nombre. Y quien lo tiene se vuelve intocable, como él. Cuando Edmundo murió otro ocupó su lugar. Los noticieros dijeron que fue una sobredosis. Siena regresó al trabajo una semana más tarde, lucía un tatuaje en el pecho, aún fresco. No lo ocultó ni tampoco explicó cuándo o cómo había aparecido.

Tenía la forma de una mariposa.

(55)

Insomnio

adaptación del Microrrelato original de Virgilio Piñera

Personajes

Raúl Mendoza 1, treinta y cinco años.

Raúl Mendoza 2, características físicas similares a Raúl 1. Médico, cincuenta años

Germán, treinta y cinco años. Sacerdote (voz en off)

Mujer (voz en off)

ACTO ÚNICO

Se abre telón.

El escenario se divide en dos planos. Al frente, una cama, un buró junto a la cabecera, un teléfono, una lámpara y un libro sobre la mesa. Un reloj de pared. En diagonal a la cama, justo en la esquina contraria, al fondo, un escritorio y dos sillas. Un hombre sentado de espaldas al público; otro, de frente. Oscuridad.

En la cama se muestra la figura de un hombre bajo cobijas dando vueltas. La iluminación es muy tenue, justo para apreciar la forma de la recámara y el movimiento de Raúl 1.

Se ilumina el escritorio. Sobre él se encuentra la ficha de identificación con el nombre del médico, una computadora, un lapicero con plumas y un expediente. El médico se muestra de cara al público, Raúl permanece sentado de espaldas. Se escucha el continuo tic tac de un reloj.

(56)

RAÚL 2: (de espaldas al público. Despeinado, ansioso. Se frota los muslos con las manos) Ya le dije. Me ocurre siempre, todas las noches. ¡No puedo dormir, doctor! (Raúl 1 arroja las sábanas. Se sienta sobre la cama.)

MÉDICO: Entiendo. ¿A qué hora suele acostarse a dormir?

RAÚL 2: (se pasa una mano sobre la cara y el cabello) Pues no sé, a las siete, a las ocho. Ayer me acosté a las seis. ¡Pero nada! No puedo dormir, doctor (Raúl 1 enciende la lámpara del buró. Se restriega la cara con ambas manos. Baja los pies descalzos. Abre el cajón y saca un cigarrillo y un cenicero. Lo enciende y fuma dando bocanadas largas, manteniendo el cigarro humeante mucho tiempo entre los dedos).

MÉDICO: (mira su expediente. Habla con voz pausada, conciliador) Fumar altera el sistema nervioso, señor Mendoza. En vez de conciliar el sueño se mantendrá despierto (Raúl 1 apaga el cigarrillo en el cenicero. Toma el libro de la mesa, se recuesta sobre la cabecera, estira las piernas bajo cobijas. Lee). Le recomiendo mejor leer un poco (Raúl 2 bufa). Cansa la vista, señor. Es más efectivo que el cigarro, créame.

RAÚL 2: (gesticula mucho con las manos) ¡Es que ya lo intenté, doctor, y nada! (Raúl 1 apaga la luz y se acomoda. Da vueltas. Avienta las sábanas y vuelve a sentarse) Anoche desperté a las tres de la mañana. ¿Es que no puede recetarme algún medicamento?

MÉDICO: (cierra el expediente y lo deja sobre la mesa. Mira fijamente a Raúl 2) Señor Mendoza, como usted ha comprobado, hasta los medicamentos pierden efectividad y sí crean mucha adicción. Trate con remedios alternativos, créame, la falta de sueño sin razón aparente suele tener un trasfondo psicoafectivo (Raúl 2 se recarga sobre el escritorio, cansado).

Se apaga la luz al fondo. Raúl 2 y el médico salen de escena. Raúl 1 marca el teléfono. Suenan tres timbrazos.

GERMÁN: (voz en off. Voz ronca, adormilado, alterado) ¿Diga? RAÚL 1: Germán.

GERMÁN: ¿Raúl? ¿Qué pasó?

Figure

Actualización...

Referencias

Actualización...