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C

on audacia, humor y rigor lógico, Peter Kreeft nos enfrenta al mundo y nos invita a reflexionar sobre los modos de actuar, pensar y creer. ¿Existen los absolutos morales? ¿Es el campo de la moral algo meramente subjetivo? A través del diálogo entre un realista y su entre-vistadora, una ferviente relativista, el autor pone sobre la mesa los argumentos capitales de ambas posturas: desde teorías filosóficas hasta opiniones comunes que pueden recogerse a pie de calle. Un libro que entretiene y, a la vez, provoca.

Peter Kreeft es profesor de Filosofía en el Boston College y el King´s College de Nueva York. Ora-dor muy reclamado en Estados Unidos, ha contri-buido en múltiples publicaciones cristianas y lleva publicados más de cuarenta y cinco títulos, entre los que se incluyen Apologética cristiana, Cristianismo

para paganos modernos y Fundamentos de la fe.

Peter Kreeft

Relativismo:

¿relativo o absoluto?

Peter Kreef

t

Relativismo: ¿relativ

o o absoluto?

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Traducción de Luis Fernando Domínguez y Olga Put Introducción y revisión del P. Alfonso Aguilar, LC

RELATIVISMO: ¿RELATIVO O ABSOLUTO?

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Título original: A Refutation of Moral Relativism Publicado por primera vez por Ignatius Press © 1999, Peter Kreeft

© Del estudio introductorio: 2009, P. Alfonso Aguilar, LC © De la traducción: 2009, Luis Fernando Domínguez y Olga Put © De esta edición: 2009, Editorial Universidad Francisco de Vitoria Ctra. Pozuelo-Majadahonda, km 1,800. 28223 Madrid

ISBN: 978-84-89552-43-2

Printed in Spain - Impreso en España por

Primera edición: mayo de 2009

Este libro no podrá ser reproducido, ni parcial ni totalmente, sin el previo permiso por escrito de los titulares del copyright. Todos los derechos reservados. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y sgts. del Código Penal)

Depósito legal: SE-2470-2009 Publidisa

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Sara de Jesús In Memoriam

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Índice

El choque de dos éticas (Alfonso Aguilar, LC) 11 Relativismo: ¿relativo o absoluto? (Peter Kreeft)

Nota técnica 31

Prólogo 32

Entrevista 1: La importancia del relativismo moral:

¿de verdad «condenará nuestras almas

y terminará con nuestra especie»? . . . 37

Entrevista 2: ¿Qué es el relativismo moral? . . . 51

Entrevista 3: La historia del relativismo . . . 61

Entrevista 4: Los datos . . . 84

Entrevista 5: Los argumentos relativistas de la autoestima y la relatividad cultural 99 Entrevista 6: Los argumentos relativistas del condicionamiento social, la libertad y la tolerancia . . . 127

Entrevista 7: Los argumentos relativistas de las situaciones, las intenciones, las proyecciones y la evolución . . . 144

Entrevista 8: Las raíces del relativismo: el reduccionismo . . . 171

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Entrevista 9: Los argumentos del realismo moral . . . 186

Entrevista 10: Los presupuestos filosóficos del realismo . 205 Entrevista 11: La causa y la cura del relativismo . . . 222

(11)

El choque de dos éticas

(Alfonso Aguilar, LC)

El 18 de abril de 2005, la basílica de San Pedro brillaba en todo su esplendor. Antes de iniciar el cónclave en la Capilla Sixtina, ciento quince cardenales concelebraban solemnemente la misa

pro eligendo Romano Pontifice («para la elección del Romano

Pon-tífice»). Sentado a pocos metros del altar papal, puede escuchar la serena voz con la cual el decano del colegio cardenalicio, el car-denal Joseph Ratzinger, pronunciaba su homilía. «Se va consti-tuyendo una dictadura del relativismo —afirmó entonces— que no reconoce nada como definitivo y que sólo deja como última medida el propio yo y sus ganas».

Pronto se hizo famosa la controvertida expresión «dictadu-ra del relativismo». A inicios del siglo XXIno está de moda

afir-mar que el relativismo es una dictadura. Todo lo contrario: si el relativismo permite cualquier tipo de creencias y valores, ¿no es acaso la única doctrina capaz de garantizar la libertad de pensa-miento y la tolerancia, que constituyen las bases de nuestras democracias? Más aún, ¿no demuestra la historia que la creencia en una verdad y la fe en una doctrina revelada son fuentes peren-nes de intolerancia y de abusos de los derechos humanos?

Eso es lo que escuchamos con frecuencia por doquier. Un número creciente de escritores, políticos y personas de a pie están convencidos de que no podemos conocer la verdad, o, mejor

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dicho, de que no hay ninguna verdad. El relativismo está consti-tuyendo el eje de la cultura posmoderna: «todo vale», «cada quien tiene su verdad», «nadie debe imponer su posición sobre los demás», «todas las religiones son iguales»... El relativismo considera que la verdad depende absolutamente de las condicio-nes relativas del sujeto y puede variar de individuo a individuo, de sociedad a sociedad, de época histórica a época histórica, sin que exista ningún criterio objetivo, universal, común a todos los hombres de todas las sociedades y de todas las épocas.

Nada nuevo bajo el sol

La doctrina relativista no es nueva. La teorizaron por primera vez los sofistas griegos, cuyo máximo exponente, Protágoras de Abdera (480-410 a.C.), comenzaba su libro Sobre la verdad con la célebre sentencia: «El hombre es la medida de todas las cosas, de las cosas que son en cuanto que son, de las que no son en cuanto que no son»1. Con esta máxima Protágoras sintetizaba el núcleo del

pensa-miento relativista: el sujeto (que puede ser un individuo o una sociedad, una cultura, una época histórica...) decide lo que es bueno y malo, conveniente e inconveniente. Dado que el sujeto es muda-ble, también las «verdades» o los criterios para juzgar lo bueno y lo malo, lo conveniente y lo inconveniente, son mudables. Para Protá-goras, por ejemplo, no existían el frío ni el calor en sí mismos: cada quien siente frío o calor en modos y grados diversos. Lo mismo se puede decir de las verdades religiosas, morales, jurídicas, culturales. A los antiguos egipcios les parecía éticamente aceptable casarse

1Frag. 1 Diels-Kranz. Sobre el significado relativista y la intrínseca contradicción de este

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entre hermanos, mientras que esa costumbre resultaba aberrante para los griegos. ¿Quién tenía razón? Los sofistas pensaban que nadie, o, si se prefiere, que todos la tenían: cada cultura decide qué se debe creer y cómo se debe vivir.

Un contemporáneo de Protágoras pensaba y actuaba de modo completamente opuesto. Sócrates (470-399 a.C.) dialogaba con sus conciudadanos para descubrir cuáles eran los criterios y valores objetivos, universales e inmutables que todo hombre esta-ba llamado a conocer y aplicar. «Una vida sin búsqueda —decía a los jueces un mes antes de morir— no es digna para el hombre de ser vivida»2. Ahí está la diferencia: mientras Sócrates buscaba la

verdad, los sofistas la inventaban. Y esta diferencia teórica marcaba también la diferencia práctica, es decir, la diferencia de estilos de vida: mientras los sofistas cambiaban su modo de comportarse para sacar el mayor provecho posible según las circunstancias de tiem-pos y lugares, Sócrates permanecía fiel a sus principios hasta el punto de aceptar con serenidad la injusta condena a muerte.

Pensadores agudos de nuestro tiempo han señalado que el conflicto entre ambos pensadores griegos se repite en nuestros días. «Me parece que es posible encontrar en la historia del pen-samiento un adecuado paralelismo en la disputa Sócrates-Platón y los sofistas —ha observado Joseph Ratzinger—. En ella se somete a prueba la decisión crucial entre dos posturas fundamen-tales: la confianza en la posibilidad de que el hombre conozca la verdad, por una parte, y por otra, una visión del mundo en la que el hombre crea por sí mismo los criterios de su vida»3.

2... ο δε ανεξεταστος βιοσ ου βιωτος ανθρωπω. Platón, Apología de Sócrates,

38A, 5-6.

3 Joseph Ratzinger, «Conciencia y verdad», en La Iglesia, una comunidad siempre en

camino, tr. esp. Eloy Requena, San Pablo, Madrid 1995, p. 163. Según el filósofo alemán

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Lo mismo afirmaba el filósofo francés Jean Guitton: «Desde que surgió el pensamiento en Occidente, los espíritus se han dividido en dos familias: unos creen que poseen la verdad, los otros saben que no hay otra verdad que el hombre, y que el hombre, como decía Protágoras, es la medida de todas las cosas»4.

Esta división cultural me recuerda el célebre ensayo The

Clash of Civilizations (El choque de civilizaciones) del

norteamerica-no Samuel Huntington5. Según el sociólogo de Harvard, la

polí-tica mundial está entrando en una nueva fase en la que la fuente fundamental de conflictos no será ideológica ni económica; las grandes divisiones de la humanidad y las fuentes dominantes de conflictos serán culturales, entre naciones y grupos de civilizacio-nes diferentes. La forma del mundo dependerá en gran medida de la interacción de siete u ocho grandes civilizaciones: la occidental, la confuciana, la japonesa, la islámica, la hindú, la eslava-orto-doxa, la iberoamericana y posiblemente la africana.

Sin entrar en el mérito de esta teoría, podríamos decir que, en el fondo, el choque más profundo en la humanidad no se da entre las ideas y valores que contrarrestan a las grandes

civiliza-ella y por sus contraargumentos» («Abuso del lenguaje, abuso del poder», en La fe ante el reto

de la cultura contemporánea, tr. esp. Juan José Gil, Rialp, Madrid 2000, pp.

216-217). Hoy, afirma el filósofo italiano Guido Traversa, «se repite la perenne distinción entre el Filósofo y el Sofista; este último, habiendo negado de la manera más absoluta que exista lo falso, “destruye todos los razonamientos”, haciéndolos todos homogéneos entre sí» (L’ente intermedio. Percepire e giudicare la singola cosa, Japadre, L’Aquila-Roma 1995, p. 117). Como bien muestra Romano Guardini, la búsqueda de verdad constituía el centro neurál-gico de la lucha de Sócrates (Des Tod der Sokrates [«La muerte de Sócrates»], Francke Verlag, Bern 1947).

4 Jean Guitton, Silencio sobre lo esencial, tr. esp. Miguel Montes, Edicep, Valencia 1988, p. 21.

5 Primero se publicó como artículo en la revista estadounidense Foreign Affairs en 1993 y se transformó posteriormente en el libro The Clash of Civilizations and the Remaking of

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ciones, sino entre las ideas y valores que enfrentan a dos culturas latentes en todas las civilizaciones: la cultura de la verdad y la cultura del relativismo, o, por decirlo con los pensadores arriba citados, la cultura socrática y la cultura sofista.

En efecto, ¿no sentimos diariamente en la prensa y la vida política la confrontación cultural entre los que creen en la verdad y los que no creen en ninguna? El debate actual acerca del matri-monio en el campo legislativo constituye un claro ejemplo del conflicto occidental Sócrates-sofistas: quienes luchan por mante-ner el matrimonio exclusivamente entre un hombre y una mujer afirman que es una institución natural no creada por el hombre para beneficio de toda la sociedad; otros abogan por un «matri-monio» elástico —también entre dos varones y entre dos muje-res, sin excluir otras formas de unión en el futuro—, dado que se trata de una construcción social inventada por las culturas para beneficio exclusivo de los contrayentes.

Peter Kreeft se inserta en la categoría de pensadores con-temporáneos que descubre en el conflicto Sócrates-sofistas una clave fundamental de interpretación para comprender la situa-ción cultural actual y determinar el estilo de vida que cada per-sona y cada sociedad debe seguir. De hecho, su libro es un diálogo entre una relativista (sofista) y un «realista» (Sócrates).

Realismo y relativismo

Conviene ante todo aclarar los términos. El título original de la presente obra es A Refutation of Moral Relativism: Interviews with

an Absolutist. Por «absolutista» Kreeft no entiende lo que

nor-malmente entendemos: una persona que impone su voluntad sobre los demás. La palabra absolutismo viene del latín ab-solutum

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(«liberado de»); significa, por tanto, aquello que existe de modo independiente o incondicionado. En contexto gnoseológico, «absoluto» es toda verdad que no está sujeta a las condiciones subjetivas de un individuo —tales como la edad, educación, madurez, estado emocional, experiencias del pasado— ni a los elementos exclusivos de una cultura, sociedad o época histórica. Las verdades «el fuego quema» y «toda persona tiene derecho a la vida» son ab-solutas, porque son independientes (liberadas) de las opiniones personales y de los condicionamientos históricos, sociales y culturales. Aunque los hombres las nieguen o las rechacen, esas verdades seguirán siendo verdad: son universales, objetivas, perennes, inmutables. El «absolutista» de Kreeft se identifica con todo aquel que crea que existen verdades indepen-dientes del pensar humano: verdades para todos y para siempre. Dado que el adjetivo absolutista suele identificarse en español con «totalitarista», en la presente traducción hemos preferido cam-biarlo por el de «realista». Este último término refleja mejor lo que Kreeft quiere decir: un realista es aquel que admite la capa-cidad humana de conocer las cosas como son, incluyendo las nor-mas y valores morales. Realista es, en una palabra, aquel que des-cubre y no inventa la realidad.

El personaje que se opone al absolutista es el relativista. El adjetivo relativo (del latín re-latus, «traído de vuelta») se refiere a todo lo que existe o posee una característica sólo en comparación, con referencia a o en conexión con otra cosa. El relativista puro cree que todas las verdades (incluyendo «el fuego quema» y «toda persona tiene derecho a la vida») son —permítaseme el oxímo-ron— objetivamente subjetivas: dependen por completo de las opiniones personales y de los condicionamientos históricos, socia-les y culturasocia-les. No valen para todos los hombres ni para todas las épocas, culturas y sociedades. Cada quien y cada grupo social se

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propone las ideas, los criterios, los valores y las normas que quie-re aceptar y poner en práctica. Nadie, pues, tiene el dequie-recho de «imponerlos» a los demás.

Realismo y relativismo son, por tanto, dos teorías del conocimiento (gnoseologías) radicalmente opuestas. Ambas deri-van de dos modos diversos de concebir al hombre (antropologías) y la realidad (metafísicas). El realista piensa (o, al menos, está abierto a pensar) que hay algo o Alguien trascendente que ha determinado la naturaleza de las cosas y del hombre, y, por ende, ha determinado qué es lo bueno y lo malo, qué es lo que objeti-vamente realiza y hace feliz al ser humano. El relativista piensa en clave de inmanencia: no hay nada superior al ser humano y por tanto él es quien debe decidir lo que está bien y lo que está mal, lo que conviene o no conviene. El choque entre estas dos metafísicas-antropologías-gnoseologías desemboca necesaria-mente en un choque entre dos éticas: el realista pretende descu-brir las normas y valores morales que realmente perfeccionan la naturaleza humana, mientras que el relativista pretende crearlas o moldearlas a su gusto.

De este choque entre dos visiones de la vida trata la pre-sente obra, si bien se concentra, como indica el título, en la cuestión moral. Dos características cualifican a Peter Kreeft para hablarnos de la naturaleza y de la importancia vital de este antagonismo. En primer lugar, Kreeft toma las ideas en serio: su vida cambió radicalmente cuando descubrió la verdad. En segundo lugar, Kreeft tiene el raro talento de saber explicar ideas difíciles y abstractas en términos sencillos y existenciales. Veamos estas dos características mientras presentamos al autor y su obra.

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La conversión de Peter Kreeft

Nuestro escritor es aún poco conocido en lengua española; goza sin embargo de buena reputación como apologista, conferencian-te y profesor de Filosofía en Estados Unidos, particularmenconferencian-te en círculos católicos.

Educado en la década de 1950 en una familia y comunidad calvinistas de estilo holandés, Peter, como la mayoría de los cal-vinistas, vivía su fe con una piedad genuina y veía a la Iglesia católica con «la mayor sospecha»: más como idólatra que como herética. Era un chico inquieto religiosa e intelectualmente. De niño preguntaba a su padre: «¿Por qué nosotros, los calvinistas, tenemos la verdad completa y los demás no? Somos tan pocos. ¿Cómo es posible que Dios abandone al resto del mundo en el error y particularmente a las demás Iglesias cristianas?».

La carencia de una respuesta adecuada y la intuición de que Dios tenía que ser un misterio más simple y más profundo que cuanto le enseñaban en la Iglesia calvinista impelían a Peter a mirar hacia horizontes más lejanos. Sin embargo, quiso estu-diar su bachillerato (el high school) en un colegio calvinista y en 1959 obtuvo su licenciatura en una pequeña universidad confe-sional, la Calvin College, en Grand Rapids (estado de Michi-gan). Como universitario se enamoró de la filosofía y empezó a apreciar la liturgia anglicana, dado que su compañero de habi-tación se estaba convirtiendo al anglicanismo. Luego admiró la liturgia bautista y finalmente se quedó encandilado por la belle-za intelectual y estética de las cosas medievales, como el canto gregoriano, la arquitectura gótica, la filosofía tomista y los manuscritos ornamentados.

Después vino la lectura de San Juan de la Cruz y de otros santos y místicos católicos. En una clase de Historia eclesiástica

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en la Calvin College, un profesor le encomendó la tarea de inves-tigar la pretensión de la Iglesia católica de ser la única fundada por Cristo. Cuanto más leía Peter a los Padres de la Iglesia, prin-cipalmente a San Agustín, más católicos le parecían. Y así, el descubrimiento de que Cristo había fundado la Iglesia católica le derribó del caballo protestante en que montaba para dejarse iluminar por la fe de las primeras generaciones cristianas. En 1960, Peter se convirtió al catolicismo en la Universidad de Yale. Sus padres se quedaron horrorizados ante ese atrevido paso. El tiempo iría cicatrizando la herida, pero el padre sólo pudo reconciliarse definitivamente con su hijo en el lecho de muerte (nunca podré olvidar la emoción con que Peter contaba este acontecimiento).

«Las ideas tienen consecuencias», reza un adagio inglés que nuestro autor gusta de repetir. Al descubrir la verdad, Peter sentía el deber de abrazarla sin importar lo duras que fue-ran las consecuencias: por encima del propio gusto e incluso en contraste con sus sentimientos filiales. Ahora bien, la verdad nos hace libres y felices. Como él mismo confiesa, Peter ha sido muy feliz como católico. Su conversión ha sido la mejor deci-sión de su vida.

Esta honestidad en la búsqueda de la verdad, esta coherencia de vida y pensamiento, esta madurez humana convierten a Peter Kreeft en una autoridad moral para discutir sobre el realismo y el relativismo éticos. No se trata de un antagonismo meramente teórico. «Las ideas tienen consecuencias» y pueden conducir a una persona y a una sociedad a la conversión o a la destrucción, a la feli-cidad o a la desesperación, a la vida o a la muerte. Peter lo sabe por propia experiencia.

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El pensamiento y el estilo de Peter Kreeft

La segunda gran cualidad de nuestro autor consiste en su envi-diable capacidad de expresar verdades profundas en un lenguaje accesible, ameno, ocurrente. Desde las primeras líneas, el lector sentirá que ideas fundamentales y abstractas penetran suave y agradablemente en su mente, como lluvia suave en tierra fértil, gracias al estilo figurativo, concreto y divertido del texto. Pocas personas pueden aunar profundidad y sentido pedagógico como Kreeft.

Yo creo que esta cualidad poco común proviene en parte de su talento natural y en parte de su sana obsesión por identificar la conexión real entre ideas y consecuencias prácticas. Como dice Kreeft en la entrevista 9 de este libro, «deberíamos evaluar las ideas por sus consecuencias prácticas tanto como por su solidez teórica, la lógica y la evidencia».

Para Kreeft —repetimos— la opción por un realismo o por un relativismo moral no es una cuestión académica más o menos interesante o aburrida reservada para una élite intelectual. Se trata de una opción vital con dramáticas consecuencias para la felicidad personal, el bienestar integral de la sociedad y la salva-ción eterna de las almas. La verdad y el bien están indisoluble-mente casados. Por eso el lector encontrará en estas páginas numerosas referencias a fenómenos sociales e históricos y a la experiencia de los hombres y de las civilizaciones. El libro que tiene entre sus manos es una estimulante lección teórica y prác-tica que una y otra vez azuza la mente y a la voluntad hacia la verdad y el bien.

Así son, en realidad, las cuarenta y cinco obras que de momento ha escrito Peter Kreeft. Todas muestran la riqueza filo-sófica que el autor adquirió en la Calvin College, en Fordham

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University (Nueva York), donde consiguió su maestría en 1961 y completó su tesis doctoral en 1965, y en la prestigiosa Univer-sidad de Yale (New Haven, Connecticut), donde realizó durante un breve período sus estudios de posgrado. De hecho, Kreeft ha recibido varios premios por sus logros en filosofía: Woodrow Wilson, Yale-Sterling Fellowship, Newman Alumni Scholarship, Danforth Asian Religions Fellowship, Weathersfield Homeland Foundation Fellowship, entre otros. Desde hace muchos años es profesor de Filosofía en el Boston College y en The King’s Colle-ge (Nueva York).

Sus ideas provienen de la tradición religiosa y filosófica, especialmente de Tomás de Aquino, Platón, Blaise Pascal, G. K. Chesterton y C. S. Lewis, que destacan por su amor a la verdad y por su armonía entre fe y razón y entre razón y vida. De ahí que los temas preferidos de Kreeft en sus escritos sean Jesucristo, la fe católica, la vida eterna, el problema del mal y del sufrimiento, la ética, el amor de Dios, la oración, la defensa de la vida y de la razón, la filosofía y la lógica. De ahí también que la forma fun-damental de tratar estos temas sea apologética y dialógica. En muchos de sus libros, Sócrates es el protagonista de las conversa-ciones, como hace dos mil cuatrocientos años lo fuera en las obras de Platón. Basta mencionar algunos de sus títulos para vislum-brar el interés apologético y existencial de Kreeft: Fundamentals

of the Faith, Back to Virtue, Everything You Ever Wanted to Know About Heaven, Making Sense Out of Suffering, The God Who Loves You, Socrates Meets Jesus, Prayer: The Great Conversation, Your Ques-tions o God’s Answers6.

6Traduzco los títulos: Fundamentos de la fe, Regreso a la virtud, Todo lo que siempre

quisiste saber sobre el cielo, Dar un sentido al sufrimiento, El Dios que te ama, Socrates se encuentra con Jesús, La oración: la gran conversación, Tus preguntas y Las respuestas de Dios.

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Recuerdo que el año 2000, mientras cenábamos en Nueva York, pregunté a Peter Kreeft cuál era el mejor método para intro-ducir a estudiantes universitarios en la filosofía. «No encuentro mejor introducción que Sócrates con su Apología», me respondió. Meses más tarde, Kreeft publicaba Philosophy 101 by Socrates: An

Introduction to Philosophy via Plato’s Apology7. Ese interés por

Sócra-tes y la Apología revela mucho de la personalidad, pensamiento y estilo de Kreeft. Platón propuso a Sócrates como modelo del filó-sofo no tanto por sus ideas (las cuales eran pocas y sencillas), sino por el modo de encarnar esas ideas en la vida hasta el punto de morir por mantenerse coherente con las mismas. Me atrevería a decir que Kreeft vive, piensa y escribe de modo socrático.

El significado y la estructura de la presente obra

El libro que presentamos es también de naturaleza socrática en su estilo e ideas. Se trata, como en los diálogos platónicos, de una conversación y, más específicamente, de una entrevista.

La entrevistadora es una mujer negra, periodista y feminis-ta, defensora del relativismo moral, que se llama Libby Rawls. Libby es el apodo de Liberty; quizás el autor lo use para insinuar que el problema del relativismo moral, como incansablemente repetía el Papa Juan Pablo II, reside en la separación absoluta entre libertad y verdad: es un libertinaje carente de toda responsabilidad y de todo interés por la verdad y el bien objetivos.

El entrevistado, defensor del realismo moral, es un pales-tino árabe musulmán de nombre ‘Isa Ben Adam. Tal vez el

ape-7 Publicado en Ignatius Press, San Francisco 2002. He aquí la traducción del título: Filosofía

101 (en referencia al primer curso de una carrera) por Sócrates. Una introducción a la filosofía por medio de la Apología de Platón.

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llido Adam aluda al hecho de que el realismo es tan antiguo como el primer hombre quien, según el relato del Génesis bíbli-co, se llamaba Adán. La elección de un árabe musulmán resulta también significativa: el realismo desborda los confines religio-sos y raciales. No es patrimonio exclusivo del cristianismo ni de Occidente. Se trata, más bien, de un patrimonio de la humanidad, pues el hombre es por naturaleza realista y piensa naturalmente en clave realista.

En este contexto podemos comprender por qué Kreeft dedica el libro a Tomás de Aquino, Moisés Maimónides y Al-Ghazali. Los tres pensadores eran filósofos medievales y máximos exponentes de sus respectivas religiones: cristianismo, judaísmo e islam. Estas tres religiones monoteístas, que arrancan históri-camente de la fe abrahámica, son hoy día los mayores y más cohe-rentes portavoces del realismo moral. De hecho, el realismo constituye el común denominador de los tres credos.

El título y el orden lógico de las once entrevistas revelan el interés global y existencial del antagonismo entre realismo y rela-tivismo moral. Antes de explicar la doctrina del relativista, Kreeft se preocupa por la importancia práctica que tiene para la salvación eterna del alma y la supervivencia de la especie humana.

Después nos habla de la naturaleza de este relativismo moral. En mi opinión, al subrayar el verbo en la pregunta «¿qué

es?», el autor nos expresa gráficamente que toda realidad

suscep-tible de una definición, como el relativismo, goza de un carácter objetivo, universal e inmutable, es decir, de un carácter realista y antirrelativista. El relativismo proclama que todo conocimiento es subjetivo, particular y mudable. No puede pretender ser, pues, una doctrina válida para todos y para siempre. Al establecer un código moral para la sociedad, el hombre muestra su tendencia realista natural e irreprimible.

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Para entender la situación de la cultura posmoderna, Kreeft analiza las raíces históricas del relativismo. A continua-ción considera el realismo desde la experiencia moral y psicoló-gica, pues no se trata de una teoría preconcebida por unos pen-sadores en una habitación cerrada, sino de una explicación de hechos basada en el sentido común. Por eso titula la entrevista cuarta con la simple y significativa palabra datos, que deriva del latín data, «las cosas dadas».

Las siguientes tres entrevistas tienen como fin la compren-sión de las razones ideológicas y de las motivaciones por las cua-les ciertas personas acogen el relativismo moral. Kreeft analiza y refuta diez argumentos a favor de la doctrina relativista.

Particularmente interesante es el estudio de las raíces del relativismo. Como de forma aguda observa nuestro filósofo, con-siste en reduccionismo de tipo cientificista-materialista: el espíri-tu se reduce a materia, la finalidad del universo se reduce a evolu-ción ciega. Con una excelente analogía, Kreeft afirma que el reduccionismo «intenta explicar la catedral por sus piedras», mientras que el expansionismo (el realismo) «explica las piedras por la catedral». En otras palabras, el relativismo cientificista-materialista sólo nos habla de cómo estamos hechos (los materiales), pero no de por qué somos (el fin). De este modo, el reduccionismo se contradice: pretende ser científico pero no puede demostrar científicamente por qué todo es materia y evolución ciega. Se trata de una contradicción intrínseca al cientificismo ateo que pretende imponerse irracional y anticientíficamente en nuestra cultura.

Las entrevistas novena y décima exponen la tesis positiva de Kreeft: los argumentos y los presupuestos filosóficos de lo que él llama moral absolutism y nosotros traducimos por «realismo moral», que es la única ética capaz de satisfacer las necesidades espirituales y sociales de los hombres.

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Kreeft no se contenta con un discurso dialéctico. Por eso reserva la última entrevista para presentar la cura espiritual del relativismo, una vez que se ha diagnosticado la causa de tal enfermedad.

La victoria del amor

No existe error carente de verdad. Tengamos en cuenta que el relativismo teórico y práctico también brota, como toda doctri-na y estilo de vida, del anhelo ínsito en el ser humano de ser feliz, autotrascenderse, alcanzar lo eterno. Como se dice en la primera entrevista, «buscar significa amar». Todo hombre busca y, por-que busca, ama. Y el amor busca lo bueno: el realista ama la ver-dad, donde resplandece el bien objetivo y duradero; el relativis-ta ama el bien cuando trarelativis-ta de aferrarse al espejismo de lo caduco y mudable. No es, pues, la búsqueda del oasis lo que los contra-pone, sino el lugar donde lo buscan. El relativista sigue el impul-so de un amor ciego porque ha perdido la brújula de la verdad, de los valores morales absolutos. Y todo lo que se presente a su imaginación como oasis —sexo descontrolado, droga, alcohol, poder, capricho— se revela finalmente como espejismo. Quien desee ayudar al relativista a encontrar el auténtico oasis deberá ayudarle a encauzar las fuerzas de su amor, deberá proveerle de la brújula eficaz.

Esto es lo que pretende hacer Peter Kreeft con la presente obra. A simple vista, el libro aparece como una condena. En rea-lidad es un instructivo práctico para usar bien la brújula. Quizás algún lector se sienta impresionado por el modo políticamente incorrecto con el cual el autor presenta sus tesis. En tal caso, le aconsejo que siga leyendo con calma y desapasionamiento; al

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final se le abrirán horizontes nunca imaginados para orientar su vida hacia el oasis anhelado.

Tras haber conocido en persona a Peter Kreeft, puedo atestiguar que es un hombre que vive la regla de oro del amor: «Trata a los demás como quisieras que ellos te trataran a ti». Como buen filósofo y cristiano, Kreeft es caritativo con las per-sonas pero intolerante con el error. Es un hombre más bien tími-do, poco pretencioso, amable y dispuesto a la ayuda. Conscien-te de que yo enseñaba metafísica, Kreeft me preguntó si Conscien-tenía el libro de W. Norris Clarke, un famoso jesuita profesor de tal materia en Fordham University. Le respondí que no. A los pocos días, sin haber yo pedido nada, recibí por correo un grande y pesado sobre amarillo, remitido desde Boston, que contenía el libro del padre Clarke.

El estribillo de las obras de Kreeft es el amor. Los hombres fuimos creados por el amor para amar. Como dice bellamente en su sitio de Internet: «El amor de Dios es literalmente infinito. Es el mar sin orillas para el que fuimos destinados a nadar, surfear y crecer para siempre»8.

No puedo concluir estas líneas sin expresar mi más since-ro agradecimiento a la Universidad Francisco de Vitoria, espe-cialmente a Sara de Jesús Gómez, y a los magníficos traductores Luis Fernando Domínguez y Olga Put, por haber trabajado para hacer accesible al público de lengua castellana este inspirador libro de Peter Kreeft. Serán recompensados, seguramente, por la gratitud de muchas personas que encontrarán en estas páginas la guía que necesitaban para entender el problema de nuestra

cul-8He aquí el texto original: «For God’s love is literally infinite. It is the shoreless sea we are

destined to swim in, surf in, and grow in forever». El website www.peterkreeft.com ofrece numerosos e interesantes recursos para la reflexión y el debate sobre las cuestiones más impor-tantes de la vida.

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tura y para vivir conforme a lo que auténticamente nos humani-za. También muchos catequistas, pensadores y profesores les agradecerán la posibilidad de contar con estupendos análisis y argumentos bien pensados para defender y promover el realismo ético que tanto necesitamos. Con esta traducción habrán puesto su grano de arena para resolver de manera positiva el choque entre las dos éticas que se enfrentan al inicio del tercer milenio.

Al final, la «dictadura del relativismo» será derrocada pacíficamente por el liberador amor a la verdad.

Alfonso Aguilar, LC Roma, febrero de 2008

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RELATIVISMO: ¿RELATIVO O ABSOLUTO?

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Dedicado a Tomás de Aquino, Moisés Maimónides,

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Nota técnica

Todos los personajes, lugares y acontecimientos en este libro son reales. Sin embargo, el autor se ha tomado la libertad de cambiar los nombres de los personajes y la ubicación de los acontecimien-tos. En realidad las entrevistas no tuvieron lugar en mi casa en Martha’s Vineyard sino en mi casa de Boston, que es un lugar real (excepto para los neoyorquinos) y en mi mente, que es una mente real (excepto para los pensadores de la Nueva Era). ‘Isa Ben Adam y Libby Rawls viven de verdad ahí, pero no tienen números de la seguridad social y, aunque yo los llamo por sus nombres separados, otros llaman a ambos por el nombre de Peter Kreeft.

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Prólogo

El título

Espero que mi subtítulo no sugiera paralelos con el best-seller de Anne Rice Entrevista con un vampiro, pero temo que así será, puesto que la imagen que los medios de comunicación han crea-do en nuestras mentes sobre lo que es un realista moral no difie-re en mucho de la de un vampiro. El difie-realista es un oscurantista dogmático y profundamente hipócrita: una especie de fascista fundamentalista.

Dejemos que así sea, pues. Si eso es un realista, entonces entrevistar a uno de ellos debería ser tan fascinante como entre-vistar a un vampiro. En tal caso, venid a ver a los monstruos. Comprad este libro, será vuestro billete de admisión para contem-plar las fangosas profundidades de la mente del monstruo: la Cosa del Pantano, Grendel y Nessie. Ved al último dinosaurio antes de que la especie desaparezca para siempre como el dodo.

Los personajes

No estoy muy seguro al respecto de cómo clasificar este libro: ¿entrevista, conversación o debate? Consiste en una serie de

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diá-logos entre dos de los más fascinantes y encantadores amigos que yo haya tenido la fortuna de conocer.

‘Isa Ben Adam, el entrevistado, es un árabe palestino de cuarenta y un años de edad, profesor de Filosofía de la Univer-sidad Americana en Beirut, Líbano. De todos modos, yo no puedo llamarle «profesor» como hace su entrevistadora; siempre le he llamado «‘Isa». Lo conocí en 1978, cuando era mi estu-diante en Boston College, la famosa universidad de los jesuitas. Probablemente sea el alumno más brillante al que yo haya ense-ñado alguna vez; desde luego el más interesante. Lo veo como una personalidad múltiple, hecha de rasgos a partes iguales del doctor Samuel Johnson, Malcolm Muggeridge, Alexandr Solzhe-nitsyn, G. K. Chesterton, Hilaire Belloc, el juez Robert Bork y Alasdair MacIntyre.

La mente de ‘Isa es como una navaja, pero una navaja no puede estar al mismo tiempo afilada y desafilada. Formidable es la palabra que se destaca entre la masa de adjetivos que compi-ten para describirlo, pero pronunciada con franca y solemne gravedad: «¡foor-mii-daaa-blee!». Sin embargo, no soporta hacer el tonto y eso provoca que los americanos tiendan a encontrarlo maleducado e insensible. En cualquier caso, aun-que rudo y cascarrabias, tiene su sentido del humor. (Pasó algún tiempo en Oxford y me parece que su alma aún sigue por allí.) Mucha gente, incluyendo a su entrevistadora, lo tilda de arrogante —y si no hubiera sufrido tanto cuando era más joven, con toda probabilidad sería insufrible—, pero a mí me parece humilde, lo suficientemente humilde como para olvidarse de su apariencia o del rol que desempeña y para atacar un tema o un argumento como un guerrero. Si las personas fueran elementos, ‘Isa sería fuego (quizás por eso está tan enamorado del agua y del mar).

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La entrevistadora, Libertad («Libby») Rawls, es una repor-tera a quien se ha definido como una «feminista negra con clase y estilo». Ella ha vivido tanto como ‘Isa ha pensado: esposa, traba-jadora social en psicología, instructora de surf, actriz, alcohólica e investigadora privada, así como periodista. Conoce a ‘Isa desde 1978, cuando ellos y otros siete jóvenes compartían una casa de asistencia en Nahant, Massachussets. Ambos, Libby e ‘Isa, asegu-ran que la dueña de aquella casa, Maria Kirk, salvó sus vidas. Pero ésa es otra historia.

En aquella casa, Libby e ‘Isa mantuvieron muchas con-versaciones, o mejor dicho, muchas discusiones acaloradas que terminaban más frecuentemente con puertas cerradas de golpe que con silogismos. Se supone que ahora ambos se muestran en su pose profesional, pero su historia personal está siempre pre-sente: eso es justo lo que yo prevía y con lo que contaba para añadir cierto drama personal al drama argumentativo de la entrevista. Así que los persuadí para que las grabasen, sobor-nándolos con la promesa de una divertida semana de natación, pesca, vela y surf en la más hermosa casita de campo de estilo victoriano («El ángel púrpura») de la isla más hermosa del mundo (Martha’s Vineyard).

Las entrevistas se grabaron durante el verano de 1998 (una fiesta de aniversario de veinte-años-después) y se transcribieron en este libro sin añadidos u omisiones. Tienen más de una discu-sión entre amigos que de la típica entrevista a una celebridad, en la cual el periodista es o un lamebotas o un buitre listo para ata-car. Libby no está al nivel de ‘Isa en cuanto a debate filosófico, pero ella tampoco es una mera «periodista». Su mente es aguda y sus preguntas precisas y honestas. Se trata de las que la mayo-ría de la gente tiene acerca del realismo moral, sin importar si son lectores de La República de Platón o del Hola.

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La cuestión que se debate es: «¿Hay absolutos morales?». Tres grupos de personas encontrarán estas entrevistas de gran interés:

1. Cualquier persona lo suficientemente perceptiva como para darse cuenta de que el relativismo moral quizá sea el asun-to más crucial de nuestros tiempos y el más práctico, dado que marca la diferencia más grande en nuestras vidas. Nada más radical distingue nuestra cultura (el Occidente moderno) de todas las demás en la historia de la humanidad, incluyendo el Occidente premoderno y las culturas contemporáneas no occi-dentales, ya sea la islámica, la comunista o la «primitiva». La mayoría de los líderes intelectuales de nuestra cultura conside-ran los realismos morales de todas las demás culturas no sólo falsos, sino también peligrosos, mientras que por su parte, estas otras culturas consideran nuestro relativismo y escepticismo sobre sus certezas morales no sólo falsos, sino también peligro-sos, como un gigante sin conciencia. Por ese motivo tantos píos (e impíos) musulmanes llaman a los Estados Unidos de Améri-ca «el gran Satán».

2. Cualquier persona que se pregunte qué argumentos res-petables y lógicos (y no prejuicios, miedos o provincianismos) podría ofrecer un realista para defender su anticuada filosofía. ‘Isa Ben Adam quizá tenga razón o quizá esté equivocado, pero no es posible negar su claridad e inteligencia.

3. Cualquier persona interesada en la dimensión psicoló-gica del asunto, porque las dos posiciones están aquí encarna-das en dos personajes aparentemente prototípicos de las dos filosofías contrapuestas. La entrevistadora es «liberal», escépti-ca, tolerante y abierta de mente (con toda probabilidad un rea-lista tildaría su filosofía de «floja»). El entrevistado es suma-mente «conservador», convencido e inflexible (un relativista

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probablemente lo llamaría «dogmático» e «intolerante»). Más allá de los insultos recíprocos hay mucha más amistad y respe-to entre esrespe-tos dos personajes que los que por lo general hay entre los dos grupos que ellos representan, y conviven mucho mejor en la «vida real» (en la casa, en la playa, en el bote) de lo que aparentan en estas «entrevistas».

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Entrevista 1

La importancia del relativismo moral:

¿de verdad «condenará nuestras almas

y terminará con nuestra especie»?

LIBBY: ¿Está corriendo la cinta?

KREEFT: No puedo asegurártelo. Probablemente pulsé algún

botón equivocado. Cualquier máquina más complicada que un bolígrafo me aterroriza.

LIBBY: Déjame ver. Está bien. Dios mío, Kreeft, ¿no usas el

orde-nador?

KREEFT: Sí, pero un demonio pequeño y listo vive dentro de él.

Es un Acechador; aguarda al acecho con paciencia hasta que ve cómo pulso una tecla equivocada y entonces se abalanza sobre mis palabras, las jala y se las lleva al infierno.

LIBBY: ¿Se te ha ocurrido llamar a un exorcista? Seguramente

entre todos esos jesuitas del Boston College...

‘ISA: La cinta está corriendo. ¿No deberíamos empezar con algo

más serio? ¿La entrevista?

KREEFT: Los demonios son una cosa seria, para algunos de

nos-otros.

LIBBY: Y los ordenadores, para otros.

‘ISA: Y para los que quedan, el tema de nuestra entrevista:

¿exis-ten absolutos morales?

LIBBY: Bien dicho, profesor. ¿Empezamos entonces?

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LIBBY: Se supone que nuestra primera entrevista debe tratar

sobre la cuestión misma: ¿qué significa el realismo moral y por qué crees que es tan importante pensar en él? Luego ire-mos a la sustancia, a los argumentos, a las pruebas a favor y en contra. Abriremos el apetito con un cóctel antes de pasar al bistec.

‘ISA: No se trata sólo de abrir el apetito, sino de ahorrar tiempo...

LIBBY: ¿Qué quieres decir?

‘ISA: Estaba a punto de explicarlo.

LIBBY: Lo siento.

‘ISA: El tiempo es vida. Es nuestra vida. Es una tontería

malgas-tarlo en cosas secundarias. William James, uno de vuestros filósofos más sensatos, pensaba que la mayoría de las pregun-tas con las que se entretienen los filósofos no valen el tiempo que se les dedica porque no marcan ninguna diferencia en la vida. Ése es su criterio: ¿marca alguna diferencia en nuestra experiencia si una idea dada se toma por verdadera o falsa? Si no marca diferencia alguna, no puede ser verdadera en ningún sentido significativo, así que no malgastes el tiempo en ella; es minuciosidad o diletantismo.

LIBBY: El criterio pragmático de la verdad. Sí, me gusta. En

rea-lidad, verdad significa relevancia.

‘ISA: No, no es así. James se equivocaba en este punto, igual que

tú. La verdad significa verdad; y la relevancia, relevancia. Pero es verdad que sólo algunas verdades son relevantes y son las únicas a las que vale la pena dedicar el tiempo. Es ahí donde James tenía razón. Y también tú. Así pues, asegurémonos pri-mero de que esta verdad es relevante o importante.

LIBBY: De eso trata esta primera entrevista, me parece: ¿por qué

debemos pensar en estas cuestiones abstractas? ¿Por qué es tan importante para todos nosotros, para nuestras vidas?

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¿Me permites hacerte ahora esta pregunta a mi manera, pro-fesor? ¿Así como creo que se la hacen todos aquellos que no

son profesores?

‘ISA: No me pidas permiso, simplemente hazlo.

LIBBY: Bien, de acuerdo. Entonces me gustaría empezar por mirar

el realismo moral como una opción sociológica más que filosó-fica. Seguro que eres consciente de la violencia que azota paí-ses islámicos como Irán e Irak y de las guerras interreligiosas en Líbano, Siria y Palestina. Creo que la mayoría de los ameri-canos y europeos contemplan con inquietud el realismo moral porque ahí ven una conexión. No, espera, déjame terminar la pregunta, ¿vale? Déjame explicar por qué la mayoría de los americanos temen el realismo moral, y luego podrás hablar de sus miedos, ¿te parece? Creo que la mayoría de los americanos ven dos tipos muy distintos de países: países libres, democra-cias pluralistas, y países monolíticos que imponen su versión de realismo moral, ortodoxias oficiales, sean islámicas, comu-nistas o católicas, da igual, y que simplemente no toleran nin-guna disidencia, pluralismo o diversidad.

Bueno, no estoy ahora diciendo que no haya problemas en los países libres y democráticos; todo el mundo sabe eso: delin-cuencia, pobreza, racismo, violencia doméstica, y muchos individuos simplemente caen por estas grietas. Pero la mayo-ría de los americanos ven problemas más grandes en las socie-dades realistas. Y por eso optan por una sociedad pluralista y libre a pesar de todos los problemas que tanta libertad trae consigo. Y afrontan esos problemas, no aboliendo la libertad, el pluralismo y la tolerancia, que quizá permitan el surgi-miento de algunos de estos problemas, sino a través de la edu-cación, de la ley y de la financiación de programas sociales para combatir la pobreza, la violencia, las drogas, los

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embara-zos no deseados y otros problemas sociales. Nosotros intenta-mos remendar las fisuras del barco en vez de abandonarlo, en vez de saltar a un barco realista, a cualquier realismo, ya sea cristiano, judío, islámico, comunista, o lo que sea. ¿No estás de acuerdo con este punto de vista, profesor? Estoy segura de que no lo estás. Como realista moral, ¿cómo afrontas estos miedos? Mira, los americanos no ven el realismo moral desde una lógica abstracta y desde argumentos filosóficos, sino desde la evidencia sociológica, que es concreta y que pueden ver de primera mano en la sociedad. ¿Qué puedes decir como filósofo acerca de esta evidencia?

‘ISA: Así que, ¿quieres que empiece a discutir en vez de explicar

la importancia del tema?

LIBBY: No, simplemente explica primero cómo ves la

importan-cia soimportan-cial del mismo.

‘ISA: ¿Por qué primero? No es primero, sino segundo.

LIBBY: ¿Segundo con respecto a qué? ¿A la filosofía?

‘ISA: Segundo con respecto a la gente, a los individuos. Las

socie-dades están formadas por gente, hechas de gente y para la gente. ¿Acaso has olvidado la fórmula del presidente Abra-ham Lincoln: «El gobierno de la gente, por la gente y para la gente»?

LIBBY: Oh, sí, es una fórmula estupenda; me encanta. No, no

que-ría decir primero el gobierno o primero la política. Queque-ría que habláramos en primer lugar de la sociedad, de la cultura y luego del individuo condicionado por la cultura. Primero la gente, después la persona.

‘ISA: Pero supongamos que yo no crea que el grupo deba ir en

primer lugar, antes del individuo.

LIBBY: Sólo te pedí que te refirieras primero a la cuestión social.

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debería venir primero. Se trataba únicamente de una pregun-ta, un modo de afrontar la realidad que prevalece, según creo, en la mayoría de los americanos. Después, si quieres hablar de la gente en su lugar de origen, de acuerdo, habla de ellos desde ahí.

‘ISA: Vale, vamos a ver, ¿por dónde empezamos? Empecemos

en... Auschwitz. Es el fruto del relativismo moral. ¿Te parece suficientemente relevante?

LIBBY: No has demostrado la conexión, profesor. Sólo has

acusa-do acusa-dogmáticamente; has echaacusa-do la culpa de Auschwitz a tu chivo expiatorio preferido, el relativismo moral. ¿Y por qué no culpar al realismo moral?

‘ISA: ¿Quieres una prueba concreta? Dejaré que sea Mussolini

quien conteste a esta pregunta, ¿de acuerdo? Espera, déjame buscar la cita. Mussolini era un tipo filosófico, ¿sabes? Mmm... aquí la tengo. Escucha lo que escribió: «Todo lo que he dicho y hecho en estos últimos años es relativismo por intui-ción... Si por relativismo entendemos el desprecio por catego-rías fijas y por personas que se proclaman portadoras de una verdad objetiva, inmortal... entonces no hay nada más relati-vista que las actitudes y actividades fascistas... Del hecho de que todas las ideologías tienen igual valor, de que las ideolo-gías no son más que meras ficciones, el relativista moderno infiere que cada uno tiene derecho a crearse una ideología pro-pia y a tratar de imponerla con toda la energía de que sea capaz». Eso viene de Diuturna de Mussolini, páginas 374-377 de la edición inglesa.

LIBBY: Pero, profesor, Estados Unidos no es fascista. Estados

Uni-dos no es Auschwitz. ¿Estás diciendo que lo es?

‘ISA: No, digo que está adquiriendo la filosofía que condujo a

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LIBBY: ¿Qué dices? ¿Acaso ves que Auschwitz esté aquí presente?

‘ISA: No, ésa era la versión dura del relativismo. En nuestro caso,

nos está llevando hacia Un mundo feliz, que es la versión suave del relativismo.

LIBBY: Lo siento, profesor, pero debo confesar que estoy

profunda-mente decepcionada hasta el momento. Creía que esta entre-vista iba a ser algo así como un debate, o al menos como una conferencia universitaria, donde uno tiene algo que demostrar y

explicar. Sin embargo, hasta ahora suena más a demagogia, a

poner etiquetas, en lugar de argumentos lógicos, demostracio-nes y datos. Creía que ibas a ser científico y lógico...

‘ISA: Lo seré. Aquí hay un argumento lógico para ti, uno basado

en datos, en datos históricos masivos. Aquí están mis datos: el Occidente moderno es la primera sociedad en la historia cuyos moldeadores de la mente son relativistas morales. Ninguna otra sociedad en la historia ha sobrevivido sin rechazar el rela-tivismo moral y creer en absolutos morales. Nunca antes ha existido una sociedad de relativistas, como tampoco de solip-sistas. Por lo tanto, esta sociedad demostrará la falsedad de una de las leyes de la historia más universalmente estableci-das, o bien abandonará su relativismo y sobrevivirá, o bien persistirá en su relativismo y perecerá.

LIBBY: ¿Y por «esta sociedad» te refieres a...?

‘ISA: Me refiero al Occidente moderno: democrático, pluralista,

secular, científico, tecnológico, industrial; la civilización post-Ilustración. Geográficamente, es Europa y sus antiguas colonias. Teológicamente, es la Cristiandad apóstata.

LIBBY: Entonces, ¿lo ves como una cuestión religiosa más que

como una cuestión social?

‘ISA: No «más que». Pero por supuesto que es una cuestión

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LIBBY: Porque tiene causas religiosas, presupuestos de fe...

‘ISA: Porque tiene efectos religiosos, consecuencias religiosas. Por

citar a C. S. Lewis en El veneno del subjetivismo, el relativismo «condenará sin duda a nuestras almas y acabará con nuestra especie». (Dicho sea de paso, por favor recuerda que los filó-sofos de Oxford no son dados a la exageración.)

LIBBY: ¿Y tú estás de acuerdo con esa afirmación?

‘ISA: Sí.

LIBBY: ¿Por qué piensa Lewis que «condenará a nuestras almas»?

‘ISA: Porque Lewis era cristiano, así que no podía discrepar de la

enseñanza de Jesús y de todos los profetas de la tradición judeo-cristiana y después, también de la tradición islámica... LIBBY: ¿Qué enseñanza?

‘ISA: La enseñanza de que para salvarte, para ir al cielo,

necesi-tas del arrepentimiento. Pero no puedes arrepentirte si no crees en el pecado del cual arrepentirte y no puedes creer en el pecado si no crees en una ley moral real, porque el pecado significa desobedecer esa ley. El relativismo moral elimina esa ley, y por tanto elimina el pecado, y por tanto el arrepen-timiento, y por tanto la salvación.

LIBBY: ¡Vaya! Entonces ¿un psicólogo pop no puede salvarse?

‘ISA: No sin conversión.

LIBBY: ¡Caramba! ¿Puedo decir eso a mis amigos psicólogos con

la autoridad del profesor ‘Isa Ben Adam?

‘ISA: No, con la autoridad de mi tocayo9. Jesús lo dijo, ¿no es así?

«No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que se arrepientan».

LIBBY: ¿Y también estás de acuerdo con que el relativismo moral

«acabará con nuestra especie»?

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‘ISA: Sí, pero eso es una trivialidad comparado con condenar

nuestras almas para la eternidad.

LIBBY: ¡Una trivialidad! Dejaré pasar eso por ahora. Aunque,

¿por qué toda la especie y no sólo la civilización que cree en esto, digamos, el hombre blanco occidental?

‘ISA: ¿En contraposición con la mujer negra oriental?

LIBBY: Si quieres ponerlo de esa manera.

‘ISA: Porque no existe una sociedad de la mujer negra oriental.

(En este momento la cinta registra a Libby murmurando algo inar-ticulado.)

LIBBY: Permíteme preguntarte una vez más: ¿por qué toda la

especie?

‘ISA: Porque toda vuestra especie se está occidentalizando...

LIBBY: ¿Vuestra especie? Hablas como si tú no formaras parte de

ella.

‘ISA: ¿Qué se supone que es esto: una entrevista o un debate?

LIBBY: De acuerdo, una entrevista. ¿Así que tú ves un tipo de

imperialismo cultural occidental pululando por todo el mundo?

‘ISA: Todo el mundo lo sabe. De Zambia a China puedes escuchar

música americana... LIBBY: Rock, quieres decir.

‘ISA: Sí.

LIBBY: Y rap.

‘ISA: Yo hablaba de música.

LIBBY: ¡Ja! ¿Así que crees que el mundo se terminará si todos

compran pantalones Calvin Klein?

‘ISA: No, creo que el mundo se terminará si todos compran sexo

Calvin Klein.

LIBBY: ¿De modo que consideras la cultura estadounidense como

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‘ISA: Sí. No me espanto de las metáforas ofensivas.

LIBBY: Ya lo veo.

‘ISA: De hecho, yo llamaría a Estados Unidos «Drácula», y a

todas las demás culturas sus víctimas. Se están quedando cada vez más y más pálidas. Pronto habrán perdido toda la sangre. LIBBY: ¿Y tú eres el doctor Van Helsing, entonces? ¿Y cuál es la

estaca de madera con la que atravesarás el corazón de Drácula? ‘ISA: ¡Esta entrevista! O mejor, estos argumentos. Esta refutación

del relativismo. Si alguna vez se publica esta entrevista, habrá miles de pequeñas estacas de madera para miles de pequeños doctores Van Helsing que la lean. Cualquiera puede hacerlo. Cualquiera puede matar a Drácula. El poder de la verdad lo hará, no el poder de la persona. El poder de la luz. Simple-mente abre la persiana, deja que entre la luz del sol y Drácu-la se marchitará, gritará y morirá.

LIBBY: Ya veo. Profesor, ¿no crees que tu escenario del juicio final

está lejos de la realidad? Fíjate en Estados Unidos de Améri-ca. Este «Drácula», como tú lo llamas, es uno de los países más religiosos del mundo. La mitad de la gente asiste a la iglesia y el noventa y cinco por ciento de la población cree en Dios. Estados Unidos tiene más religión que casi cualquier otro país.

‘ISA: Sí, y también tiene más armas, más suicidios, más abortos,

más divorcios, más drogas, más pornografía, más niños sin padres que cualquier otro país.

LIBBY: ¿Cómo es eso posible? ¿No contradice esta constatación

las propuestas religiosas? ¿No se supone que la religión es la

cura para todas esas enfermedades?

‘ISA: No, no lo es si la religión es tan relativista como la

socie-dad. No, si el doctor está tan enfermo como el paciente. Un Dios hecho a la imagen del mundo no puede salvar el mundo.

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Fíjate bien, la religión estadounidense quiere hacer que te sientas bien y cómodo, no quiere sacudirte y escandalizarte. LIBBY: ¿Y usted prefiere sacudidas y escándalos?

‘ISA: No se trata de mis preferencias. Es la naturaleza de las cosas,

así son. Sólo estoy siendo realista y lógico. Si estamos hun-diéndonos en arenas movedizas, no podemos sacarnos con los cordones de nuestros propios zapatos. La religión hecha por el hombre no puede levantar al hombre ni un centímetro. Si

nosotros hacemos la religión, la contagiamos con nuestra

misma infección; de esa manera, mientras nos operamos de nuestra infección, nos infectamos aún más. Es como una aguja que inventamos para curar nuestra enfermedad, pero es

nues-tra aguja, así que tiene los gérmenes de nuesnues-tra enfermedad

en ella. De manera que en el mismo acto de ponernos una inyección de religión hecha por el hombre, nos inoculamos más enfermedad.

LIBBY: Entonces piensa que las religiones son producto del ser

humano, ¿o no?

‘ISA: Muchas lo son. Y mira los resultados.

LIBBY: ¿Qué resultados?

‘ISA: En una palabra, Babel.

LIBBY: ¿La historia de la torre de Babel?

‘ISA: Sí. Babel, Babilonia, Baal, paganismo, paganismo moderno,

dioses creados a nuestra imagen. Al final todo va hacia el mismo resultado.

LIBBY: ¿Qué resultado?

‘ISA: Lee el capítulo 10 del Génesis: la historia de la torre de

Babel. La torre tiene que caer. Y entonces viene Abraham. LIBBY: ¿Abraham?

‘ISA: El elegido de Dios. Primero, el hombre trata de llegar hasta

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es la torre de Babel. Se suponía que llegaría al cielo. Se derrumba, porque su cimiento humano es demasiado débil para un viaje tan largo. Entonces Dios baja desde el cielo con la verdadera religión para Abraham. Es como una torre de Babel al revés. Es el principio de lo que el Nuevo Testamen-to llama la Nueva Jerusalén, la verdadera Testamen-torre viene de Dios y baja del cielo. Resiste porque su cimiento está en el cielo. Dios puede construir un puente, o una torre, hasta la tierra; pero la tierra no puede construir uno hasta el cielo.

LIBBY: No veo la conexión de tus imágenes. ¿Qué tiene todo esto

que ver con el relativismo moral?

‘ISA: El relativismo moral niega una ley absoluta para el hombre.

Dice que el bien y el mal son hechos por el hombre. Su moral y su religión son la torre de Babel. ¿Cómo es posible que no lo veas?

LIBBY: ¿Estás identificando moral y religión? ¿Un ateo honesto

no puede ser bueno?

‘ISA: No, no estoy para nada afirmando tal cosa. Un ateo honesto

que busca la verdad y el bien los encontrará. Y un creyente que no los busca no los encontrará.

LIBBY: «Buscad y encontraréis», ¿verdad?

‘ISA: Sí. El que busca ya ha dado el primer paso. Buscar significa

amar. Es el corazón, o la voluntad, el que ama. El corazón del que busca ya se ha convertido: está enamorado de la verdad y de la bondad. Acto seguido viene el segundo paso: encontrar. Ésa es la conversión de la cabeza. Esa conversión llegará, si el primer paso está dado.

LIBBY: Entiendo.

‘ISA: Ahora bien, un creyente religioso que conoce la verdad y el

bien en su cabeza, pero no los ama en su corazón y en su vida, no se someterá a ellos. Quiere hacerlos relativos a sus deseos,

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relativos a lo que su corazón realmente ama y busca pero, al hacerlos relativos a sí mismo, a su corazón, a su voluntad, a sus deseos, a sus demandas, perderá incluso la verdad y bondad que ya tenía. No someterá su corazón a la verdad. Ésta es la esencia de toda religión verdadera: sumisión del corazón a la verdad, a Dios, a lo que Dios es: verdad y bien moral. Por eso digo que el ateo honesto y moral es un hombre religioso y el relativista que va a misa los domingos no lo es. El ateo quiere en el fondo someterse a la verdad; sólo que no sabe cuál es la verdad. El relativista que va a misa los domingos ha reci-bido la verdad, pero no le gusta, no quiere someterse a ella, no convertirá su corazón y su vida a ella. Así que decide cam-biarla en lugar de permitir que ella lo cambie a él. Quiere cantar «My Way», «A mi manera». ¿Ves la diferencia? Por eso Jesús dijo que los que buscan encuentran, y por eso Pablo dijo a los filósofos griegos en Atenas que ya estaban ado-rando al verdadero Dios que él les iba a revelar. A pesar de que esos paganos tenían muchos ídolos y dioses falsos, estaban

bus-cando al Dios verdadero. Por eso Pablo les dijo: «El Dios que

veneráis, ahora yo os lo anuncio». Ya habían sometido sus cora-zones; ahora les faltaba que sus mentes siguieran el corazón. El relativista moderno que va a misa los domingos hace justo lo contrario: su mente conoce la verdad, pero su corazón no la ama, no se somete a ella, así que la abandona, la cambia por una mentira: la cómoda mentira relativista a la que no tiene que someterse. Y entonces deja incluso de conocer la verdad. Es el principio de «primero lo primero»: pon primero lo prime-ro, y lo segundo vendrá por sí solo; niégate a poner primero lo primero y perderás lo segundo también.

LIBBY: ¿Y «lo primero» es el amor a la verdad?

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LIBBY: ¿Y «lo segundo» es el conocimiento de ella?

‘ISA: Sí.

LIBBY: ¿Y la conexión con la moral está en...?

‘ISA: ¿No lo ves? El amor a una moral verdadera, a una moral

objetivamente verdadera, a una verdad moral: eso es lo que el relativismo rechaza. El relativismo moral niega lo primero, la base de toda moral. Por eso es tan devastador. No es sólo una teoría inexacta sobre la moral: es un error. Es un rechazo, el rechazo a someterse.

LIBBY: A tu propia ética realista.

‘ISA: ¡No, no, no! A la verdad.

LIBBY: A tu verdad.

‘ISA: ¿Tu verdad? Eso es una contradicción. Es un oxímoron. Y

ade-más, es estúpido.

LIBBY: Gracias por el cumplido.

‘ISA: Concéntrate en la cuestión, ¿quieres?

LIBBY: Pensaba que la cuestión era relativismo moral contra

rea-lismo moral.

‘ISA: Lo es, pero la cuestión no es sólo aceptación o rechazo del

realismo moral como teoría acerca de la moral, una filosofía. Es mucho más que eso. Por eso la salvación depende de ello, de lo que podríamos llamar realismo de la verdad, del some-timiento a la verdad. Ése es el requisito fundamental para la salvación. Y para la honestidad. Permíteme tratar de explicar-lo. Si yo creyese que la teoría filosófica llamada realismo moral es objetivamente falsa, en vez de objetivamente verda-dera, pero la aceptase de todos modos porque me gusta, me estaría negando a someterme a la verdad. O si no me importara el que fuese verdad o mentira, y la aceptara de cualquier manera, por alguna otra razón, cualquier otra razón aparte de la verdad, me estaría negando a someterme a la verdad.

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LIBBY: Entendido. Así pues, si yo acepto el relativismo moral

por-que pienso por-que es verdadero, me estoy sometiendo a la verdad. ‘ISA: ¡Sí!

LIBBY: Entonces, en el fondo, soy una realista moral.

‘ISA: Sí, en principio. Te estás sometiendo a la primera ley moral:

«Busca la verdad». Con el tiempo encontrarás el resto de la verdad, si realmente la quieres.

LIBBY: Vaya. Estoy... francamente, estoy sorprendida por este giro

personal que ha tomado el diálogo. ¿De verdad crees en esto, ‘Isa?

‘ISA: Claro que sí.

LIBBY: Acerca de mí, quiero decir.

‘ISA: Sí, Libby, lo creo de verdad.

LIBBY: Bueno... francamente no sé cómo continuar. Quisiera

digerir esta última idea que has propuesto, la del corazón, si no te importa. Supongo que esto resulta poco profesional en un entrevistador, pero...

‘ISA: Está bien, Libby. Es un buen momento para detenernos.

Solemos hablar mucho y pensar poco. Dejemos de hablar y pensemos en esto durante un rato.

LIBBY: Genial. Un paseo por la playa es lo que necesito ahora

mismo.

KREEFT: El mar te enseñará sin palabras.

‘ISA: Incluso sin pensamientos.

LIBBY: Ya lo he notado. Me pregunto cómo lo hará.

KREEFT: Filtro.

LIBBY: ¿Filtro?

KREEFT: El agua se filtra bajo los cimientos de tu mente.

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Entrevista 2

¿Qué es el relativismo moral?

KREEFT: Me parece que esta entrevista va a ser la más aburrida;

por esa razón deberíamos hacerla breve.

‘ISA: No estoy de acuerdo. Cada diálogo socrático buscaba sólo

definir un término, ¿os acordáis? Y con todo, no eran para nada aburridos. ¿Por qué los nuestros deberían serlo?

LIBBY: Espero que tengas razón. Vamos, que la cinta está

corrien-do. Definamos nuestros términos, comenzando con realismo

moral y relativismo moral, y definamos también el objetivo que

perseguimos con estas entrevistas.

‘ISA: Vale. Supongo que tenemos que limitar el alcance de

nues-tra entrevista a un solo punto que podamos demosnues-trar de un modo u otro, para que no divaguemos por cien puntos diver-sos y no demostremos ninguno de ellos.

LIBBY: ¡Ajá! Has destapado tu verdadera intención. Ya has

esta-blecido de antemano que el objetivo de estas entrevistas es el de demostrar el realismo moral.

‘ISA: Claro que sí.

LIBBY: ¿Claro que sí, eh? ¿No se trata sólo de dar unas cuantas

buenas razones del realismo o de presentar bien el tema? ‘ISA: No, se trata de demostrarlo y de refutar el relativismo.

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‘ISA: Desnudarlo, desenmascararlo, humillarlo, darle la paliza

que se merece.

LIBBY: Estuviste en Texas la semana pasada, ¿verdad?

‘ISA: Sí...

LIBBY: Tus metas no son modestas.

‘ISA: Pero esta noche no demostraremos nada aún. Esta noche

únicamente definiremos nuestros términos.

LIBBY: Entonces supongo que esta noche no tendré mucho que

hacer: tan sólo ser una buena estudiante, hacer algunas pre-guntas obvias y no crear problemas. Y tú vas a actuar más como profesor.

‘ISA: Espero que pueda imitar bien mi papel de profesor.

LIBBY: Veamos, ¿nos puedes definir relativismo, profesor?

‘ISA: Sí. Relativismo es la filosofía que niega los absolutos.

Cualquier absoluto. Todos creemos que hay muchas relativi-dades, que algunas cosas son relativas; pero el relativismo proclama que todas las cosas son relativas.

LIBBY: Eso parece muy claro.

‘ISA: Salvo por el hecho de que hay diferentes tipos de

relativis-mo. Puedo pensar al menos en cuatro tipos importantes que debemos distinguir: relativismo metafísico, relativismo gno-seológico, relativismo moral y relativismo religioso. Si tú dices que no hay absolutos en la realidad: eso es relativismo metafísico. O no los hay en el conocimiento humano: eso es relativismo gnoseológico. O no los hay en la ética: eso es rela-tivismo moral. O no los hay en la religión: eso es relarela-tivismo religioso.

LIBBY: Así pues, ¿el relativismo religioso es lo mismo que el

ateísmo?

‘ISA: No. El relativismo metafísico es lo mismo que el ateísmo

(53)

metafísica trata sobre el ser. La religión trata sobre las relacio-nes con el Ser Absoluto. Así que el relativismo religioso dice que no hay religión absoluta, no hay una relación religiosa con Dios que sea la mejor o la más verdadera. El ateísmo dice que no hay Dios, no hay Ser Absoluto, no hay absoluto en ninguna parte de la realidad.

LIBBY: ¿Qué es el relativismo gnoseológico?

‘ISA: Afirma lo siguiente: «Quizá haya algún absoluto

metafísi-co, algún Ser Absoluto, en alguna parte; pero no puede ser conocido. No hay absoluto en el conocimiento humano». LIBBY: Entonces el relativismo gnoseológico equivale a

escepti-cismo.

‘ISA: Por lo menos, escepticismo acerca del Absoluto, o

agnosti-cismo. O podría ser escepticismo total, escepticismo acerca de toda la realidad.

LIBBY: Y ahora, ¿dónde encaja el relativismo moral?

‘ISA: Bueno, el relativismo metafísico dice: «No hay nada

abso-luto en la realidad», y el relativismo gnoseológico dice: «Qui-zás lo hay en la realidad pero no en el conocimiento», y acto seguido el relativismo moral dice: «Quizás haya absolutos en el conocimiento no-moral, como que dos más dos son cuatro, pero no en el conocimiento moral: no conocemos absolutos morales». Finalmente el relativismo religioso dice: «Quizás los haya en el conocimiento moral pero no en el conocimien-to religioso. Tal vez el amor, o la Regla de Oro, o la justicia, pueden conocerse como absolutos, pero ninguna religión puede conocerse como absoluta».

LIBBY: ¿Y por qué necesitamos definir estos otros tres

relativis-mos para hablar del relativismo moral?

‘ISA: Para que podamos distinguirlo de los demás y nos ciñamos

(54)

LIBBY: De acuerdo. Ahora centrémonos más exactamente en lo

que tú entiendes por relativismo moral y realismo moral. ‘ISA: Necesitamos definir dos palabras moral y realismo.

Tome-mos moral primero. ¿Cómo empleaTome-mos esa palabra? Se usa para referirse a la calidad de la gente y de sus actos interiores y exteriores, que expresamos con las palabras bueno y malo, o

bien y mal. Pero no todo «bien» es un bien moral: un coche

bueno, por ejemplo. Así que más específicamente el bien y el mal morales se refieren a lo correcto e incorrecto. Incluso aquí tenemos que ser más preciso, puesto que algo puede ser «correcto» sin ser moralmente correcto: la respuesta correcta para un acertijo, por ejemplo. Por tanto, digamos que la moral trata sobre lo que debemos y lo que no debemos hacer. Otra forma de decir que algo se debe hacer parte de conside-rarlo como un imperativo o una obligación. Creo que todo el mundo entiende lo que significa moral en el uso ordinario del lenguaje, así que prefiero no profundizar más por ahora en las cuestiones sobre las que los filósofos discuten para definir ese término. Me gusta quedarme con el lenguaje ordinario y hablar a la gente de a pie.

LIBBY: Gracias, Profesor Extraordinario. Y ahora, ¿qué te parece

si definimos realismo y relativismo?

‘ISA: Como dije, el relativismo asegura que no hay absolutos.

Absolutamente ningún absoluto. El realismo afirma que hay

algunos absolutos. Al menos un absoluto. El realismo es

relati-vamente realista y el relativismo es absolutamente relativista. LIBBY: Ah, ya veo, ahora vamos a refutar el relativismo por medio

de un brillante juego de palabras.

‘ISA: No se trata de eso. Sólo vamos a asignar unos significados al

lenguaje ordinario.

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