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Los argumentos relativistas

Los argumentos relativistas de la autoestima

y la relatividad cultural

LIBBY: Debes de estar muy ansioso por que empiece esta entrevis-

ta, profesor.

‘ISA: ¿Por qué lo dices?

LIBBY: Porque sé que te encanta argumentar, como a un niño

pequeño le encanta el helado. Y después de todos nuestros preliminares, hoy finalmente llegamos a los argumentos. ‘ISA: Hoy sólo tocan los argumentos del relativismo. Los argu-

mentos del realismo vendrán después.

LIBBY: Hay otra razón para estar ansiosos por la entrevista de hoy:

acordamos que íbamos a intercambiar los papeles por un día. Tú serás el entrevistador y yo seré la filósofa, la filósofa que defienda el relativismo.

‘ISA: Es verdad, ése fue el trato.

LIBBY: La razón del trato es lógica: una relativista debería presen-

tar mejor los argumentos del relativismo que un realista. Así tendremos una discusión más justa, si bien yo no soy una filó- sofa profesional.

‘ISA: De acuerdo. ¿Cuántos argumentos para defender el relativis-

mo has encontrado?

LIBBY: Ocho. Y tú tendrás que refutar cada uno de ellos, porque

si uno solo queda en pie, yo habré ganado, es decir, el relati- vismo habrá ganado, ¿no es así?

‘ISA: Así es.

LIBBY: Todo cuanto he de hacer hoy es explicar los argumentos

del relativismo y tú tratarás de contestarlos en la siguiente sesión, ¿de acuerdo?

‘ISA: Ése es el plan. Aquí viene mi primera pregunta.

LIBBY: Pero si yo no te he dado aún ninguno de mis argumentos.

Todavía no he dicho nada. ¿Sobre qué piensas interrogarme ahora?

‘ISA: Antes de tratar cada uno de tus ocho argumentos, uno a

uno, tengo una pregunta acerca de lo que estás haciendo. LIBBY: Estoy argumentando a favor del relativismo.

‘ISA: Sí, pero ¿por qué? Lo haces sólo para complacerme...

LIBBY: ¡Sí, cómo no!

‘ISA: ¿O para complacer a nuestro anfitrión? ¿O para jugar un

juego? ¿Es el precio que hay que pagar por una semana en la playa?

LIBBY: Es una playa grande y un precio pequeño, pero yo real-

mente creo en la filosofía que estoy defendiendo, si es a eso a lo que te refieres.

‘ISA: ¿Y también crees en la posibilidad de debatir sobre lo que

crees?

LIBBY: Bien sabes que sí.

‘ISA: Entonces, ¿crees que argumentos buenos y racionales pue-

den de verdad demostrar que hay cosas que son verdaderas? LIBBY: ¿Qué cosas?

‘ISA: ¿Crees que el relativismo puede demostrarse con argumen-

tos lógicos?

LIBBY: Eso es lo que estoy haciendo hoy aquí, ¿no?

‘ISA: ¿Demostrar que es verdad?

LIBBY: Por supuesto.

LIBBY: Sí, de verdad. Tú vas a probar que es falso.

‘ISA: Entonces admites que hay una verdad objetiva, aunque no

admitas un bien objetivo, ¿no? LIBBY: ¿Qué quieres decir con eso?

‘ISA: Tú crees que existe una verdad objetiva, puesto que vas a

intentar demostrar que el relativismo es verdad. Y no crees en un bien objetivo, porque en eso consiste el relativismo: «No hay nada bueno o malo, sino que el pensamiento hace que las cosas sean buenas o malas».

LIBBY: Sí, supongo que sí. ¿Quieres discutir sobre eso ahora? Oh,

ya sé por dónde vas: vas a intentar detenerme antes de que empiece, mostrando que me estoy contradiciendo al argu- mentar a favor del relativismo porque hay una contradicción a la hora de creer en una verdad objetiva y no en un bien obje- tivo. ¿Era ésta la siguiente idea que ibas a expresar?

‘ISA: No, sólo quería saber en qué te basas, cuáles son tus presu-

puestos. Porque si no creyeras en una verdad objetiva, los argumentos serían sólo juguetes o juegos o bromas. O modos tergiversados de expresar sentimientos personales. Pero tú quieres que se tomen en serio tus argumentos. Crees que pue- den probar que su conclusión es verdadera.

LIBBY: Si el relativismo es esa conclusión, entonces sí.

‘ISA: Bueno, sólo quería saber si te tomabas en serio todo este

razonamiento. Empecemos, ¿cuál es tu primer argumento? LIBBY: Que el realismo moral tiene tres consecuencias suma-

mente negativas para las personas de carne y hueso por más lógico que parezca. Te hace infeliz, te quita la libertad y te hace sentir culpable. Si crees en una ley moral absoluta, eres un amargado. El realismo carece de amor y de altruismo, es inhumano e impersonal, sin sentimientos ni compasión alguna.

‘ISA: ¡Vaya, menuda retahíla de calificativos repugnantes!

¿Podrías transformar ese argumento en forma de silogismo en vez de colgar una lista de calificativos despectivos?

LIBBY: Por supuesto que sí. Soy mucho más lógica de lo que pien-

sas, profesor. ¿Qué tal esto? Una buena ética tiene buenas consecuencias y una mala ética tiene malas consecuencias. Felicidad, libertad y autoestima son buenas consecuencias; infelicidad, esclavitud y sentido de culpa son malas conse- cuencias. El realismo te da las malas consecuencias y el relati- vismo te da las buenas. Por lo tanto, el realismo es malo y el relativismo es bueno. ¿Qué tal esa lógica?

‘ISA: Muy bien. Has dado una razón moral para rechazar la ética

tradicional.

LIBBY: No estoy segura de si me acabas de lanzar un cumplido o

un insulto. ¿Quieres decir que se trata de una autocontradic- ción? ¿Ya empiezas a refutar mis argumentos?

‘ISA: No, quedamos en que esperaría hasta la siguiente ocasión

para ello. Así que no diré nada al respecto por ahora. Vayamos a tu segundo argumento, ¿vale?

LIBBY: No. Esto es muy fácil para ti. Todo lo que tienes que hacer

es pedir: «primer argumento, por favor», «segundo argumen- to, por favor», «tercer argumento, por favor».

‘ISA: Estoy de acuerdo. Es muy fácil. No parece natural dejar el

argumento flotando por ahí y no hacer nada con él. Quisiera evaluarlo una vez que lo tenga enfrente.

LIBBY: Seguro, eso lo dices porque eres un criticón. Yo también

quiero cambiar el formato pero por una razón diferente. Creo que sería mejor evaluar cada argumento según se va presentando en lugar de esperar a que estén los ocho ahí afuera —¿dije que tenía ocho?—, porque si no tendremos que repetir cada uno vez otra antes de evaluarlos, lo cual es

una pérdida de tiempo y de cinta. No recordaremos los ocho a menos que los repitamos. Mi memoria no es tan buena. No sé qué tal es la suya.

‘ISA: Es mucho peor que la tuya, estoy seguro. Nunca has oído

hablar de un «periodista distraído», ¿verdad?, sólo del «pro- fesor distraído». Así que de acuerdo, cambiemos nuestro programa, si le parece bien a nuestro anfitrión.

KREEFT: Por supuesto. Haced lo que creáis que funcione mejor.

Confío en vuestro buen juicio.

‘ISA: ¡Qué bien! Eso significa que puedo masticarme tu argu-

mento ahora mismo, Libby.

LIBBY: Mastícatelo, profesor, pero ten cuidado de no romperte los

dientes. Es un argumento fuerte.

‘ISA: ¿Consideras que es el más fuerte que tienes?

LIBBY: Probablemente. Por eso lo puse primero. Es la razón de la

gente de a pie, la razón popular, la razón que más convence a la gente para ser relativista.

‘ISA: Porque el realismo te hace sentir culpable.

LIBBY: Así es, y el relativismo no.

‘ISA: Creo que deberíamos empezar clarificando un término: la

palabra porque. Cuando decimos «la gente cree en el realismo porque...», la conjunción porque resulta ambigua. Así que tengo que saber en qué sentido la dices para poder evaluarla. Porque puede significar un motivo subjetivo, psicológico, algo que nos impulsa desde dentro, por decirlo de alguna manera; o puede significar una razón objetiva y lógica, algo que nos empuja desde fuera. ¿Captas la diferencia? «Te creo porque tengo ganas» contra «te creo porque has mostrado evidencia suficiente, porque tus premisas demuestran tu conclusión».

LIBBY: Entonces quieres saber de qué porque se trata, ¿no? Pues

‘ISA: Entonces tendré que admitir que tienes razón en un senti-

do, pero no en el otro. Estoy de acuerdo contigo en que la gente abandona el realismo moral porque los hace sentir culpa- bles. Considero que el miedo a la culpa puede ser un motivo muy poderoso para no creer en el realismo moral. Pero no considero que sea una buena razón, un buen argumento. LIBBY: Espera, antes de que te metas en la lógica del argumento,

no creo que puedas descartar la cuestión psicológica así sin más. Si algo te hace infeliz, ésa es una razón legítima para evi- tarlo. Aún más si hace infelices a otras personas. Yo no quiero que ninguno de mis seres queridos sea infeliz. Por eso odio el realismo, porque amo a la gente y no quiero verla sufrir. Qui- zás no sea muy buena lógica, pero es muy buena psicología. ‘ISA: Examinemos entonces la psicología. Rechazas el realismo

porque hace infelices a las personas, ¿no es así? LIBBY: Así es.

‘ISA: Yo creo que se trata de una mala lógica y de una mala psi-

cología. Es mala lógica porque tu conclusión no se deriva de tu premisa. Dices que no puede ser bueno simplemente por- que hace infeliz a alguien. Es mala psicología porque tu pre- misa ni siquiera es psicológicamente verdadera. No creo que una ley moral absoluta haga infeliz a la gente o le arrebate su libertad. Pienso que la hace más feliz y más libre. Se trata, pues, de lo que ayuda a la gente. Es como una etiqueta veraz y clara en una botella de veneno o como un mapa de caminos o como una barandilla en una carretera peligrosa. Difícilmen- te serás feliz si bebes el veneno o te precipitas por un barran- co. Tampoco serás libre.

LIBBY: Quieres decir que es bueno sacrificar la felicidad a corto

plazo por una felicidad mayor a largo plazo. ‘ISA: Sí.

LIBBY: No, si no es necesario. Tal vez se pueda ser feliz tanto hoy

como mañana. Así no tendremos que sacrificar la felicidad de hoy por la de mañana.

‘ISA: ¿Y qué tal si tu conciencia te fastidia mañana?

LIBBY: Oh, te refieres a la culpa. Está bien, hablemos de la culpa.

El relativismo cura esa terrible enfermedad. ¿Tienes idea de todo el daño y de toda la infelicidad y de toda la miseria que toda la culpa del mundo ha causado a todo el mundo? ‘ISA: Creo que sí. Pero me parece que tú no tienes ni idea de la

mayor infelicidad que se produce a largo plazo sin ninguna culpa. Evidentemente, la culpa te hace infeliz a corto plazo, como el dolor, pero es necesaria, como el dolor físico, para evi- tar una mayor infelicidad a largo plazo. Mira, hay una enferme- dad —no recuerdo cómo se llama— que hace que no sientas nada de dolor. Todos los nervios del dolor se desconectan. Por lo general, quien padece esta enfermedad no vive mucho tiem- po. Porque el dolor es una señal de alarma. Y así es la culpa. La culpa es para el alma lo que el dolor es para el cuerpo.

LIBBY: No es así. El dolor es necesario, lo admito. Pero la culpa

no lo es. ‘ISA: ¿Nunca?

LIBBY: ¡Nunca! Si eres feliz y te sientes bien contigo mismo y no

tienes culpa alguna, te comportarás bien y harás felices a otras personas sin sentir culpa. Si tienes una carga de culpa, serás infeliz y harás infelices a los demás y te comportarás mal. La culpa es mala, no buena. Es como la paranoia, no como el dolor.

‘ISA: Incluso si fuera verdad, y no creo que lo sea, tu argumento es

un círculo vicioso: presupones el relativismo que deberías demostrar. Si el relativismo es verdad y no hay ley moral abso- luta, entonces tienes razón: la culpa tiene tan poco sentido como

la paranoia. Pero si hay una ley moral real, entonces la culpa es realista y es tan práctica y tan adecuada como el dolor, y está ahí por la misma razón que el dolor: para prevenir un daño real. Es como un profeta. Estamos discutiendo sobre si se trata de un verdadero o de un falso profeta. Tú presupones que es un falso profeta, que no te dice la verdad sobre la realidad objetiva ni sobre la ley moral objetiva ni sobre dónde te encuentras tú en relación con ella. Bueno, yo presupongo lo contrario. Aún no has probado que mi presupuesto sea falso.

LIBBY: Cualquier psicólogo puede mostrarte las consecuencias

psicológicas de la culpa.

‘ISA: Estoy seguro de que podrá hacerlo de la culpa patológica. No

estoy defendiendo cualquier culpa, como tampoco estoy defendiendo cualquier dolor. La culpa que se asienta, hierve y te hace desesperar claro que no es buena. Pero la culpa que te hace reaccionar, cambiar, arrepentirte y mejorar, ¡ésa es genial! Esa culpa es necesaria, si hay un verdadero estándar objetivo y lo violamos. La culpa nos dice la verdad —que hemos violado el estándar— y nos aleja de la posibilidad de violarlo una vez más. Quieres que un hombre malo sienta su culpa, ¿no? ¿Quieres que Hitler se sienta bien consigo mismo? Si tu argumento es verdadero, entonces se deduce por lógica que un violador o un tirano con buena autoestima y felicidad es mejor que otro que sienta la culpa.

LIBBY: Eso es absurdo.

‘ISA: Claro que sí. Déjame mostrarte cómo llegaste al absurdo. Tu

error consistió en un equívoco: usaste mejor en dos sentidos diversos: mejor psicológicamente y moralmente. El violador que se siente bien consigo mismo es más feliz que el que sien- te la culpa, pero no es moralmente mejor. Sólo es mejor psico- lógicamente: ¡se ha adaptado mejor para el mal!

LIBBY: Pero el realismo también produce malos sentimientos

morales: el creerse perfecto.

‘ISA: Ahora me parece que te estás contradiciendo.

LIBBY: ¿De qué manera, oh, hombre lógico?

‘ISA: Hay una contradicción en la lista de sentimientos que estás

tomando como indicadores morales. Pones juntos la culpa y el creerse perfecto como malos sentimientos y malos indicadores morales, ¿verdad? Ambos provienen del realismo y ambos son malos, ¿no es cierto?

LIBBY: Cierto...

‘ISA: Pero son opuestos. El creerse perfecto es precisamente la

ausencia de culpa.

LIBBY: Mmm...

‘ISA: Quizás haya algo más que una contradicción lógica aquí. Tal

vez nos encontramos con una contradicción personal. LIBBY: ¿Qué quieres decir?

‘ISA: Quiero decir que en realidad es el relativista el que está

defendiendo el sentimiento de creerse perfecto al defender la ausencia de culpa. ¡Y aun así el relativista acusa al realista de santurrón!

LIBBY: ¿Te estás volviendo acusador de nuevo?

‘ISA: No, me estoy volviendo lógico. Tratemos los dos de concen-

trarnos en nuestro tema.

LIBBY: Pues mantengo que los dos sentimientos malos provienen

del realismo.

‘ISA: Dejaré pasar eso. Hay un error lógico aún mayor en tu argu-

mento. Estás cayendo en un círculo vicioso. Aunque esos sen- timientos malos provengan del realismo, si argumentas que el realismo tiene que ser rechazado por esa razón, caes en un cír- culo vicioso, porque presupones que los sentimientos son el estándar para juzgar la ética.

LIBBY: ¿Dónde lo presupongo?

‘ISA: En la premisa que dice que la buena ética es la que produ-

ce buenos sentimientos y la mala ética la que produce malos sentimientos. Pero el realismo defiende exactamente lo con- trario: que la ética es el estándar para juzgar sentimientos y no que los sentimientos son el estándar para juzgar la ética. Así que caes en un círculo vicioso otra vez al presuponer el relativismo que deberías demostrar.

LIBBY: ¡Mmm! Tal vez sí, pero tal vez no. Tu lógica me confun-

de. Pero la realidad no. Así que pasemos al segundo argumen- to, porque se basa en la realidad, en simples hechos.

‘ISA: Yo soy justo lo contrario: la lógica no me confunde; la rea-

lidad a veces sí. Me parece muy misterioso. ¿A ti no? LIBBY: No nos metamos en cuestiones personales ahora, profesor.

Escucha mi argumento. Se basa en simples hechos científicos. ‘ISA: ¿Oh? ¿Qué hechos? ¿Qué ciencia?

LIBBY: Los hechos descubiertos por los antropólogos y sociólogos.

El relativismo moral es simplemente un hecho histórico. Dife- rentes culturas y sociedades tienen valores morales muy distin- tos entre sí. Diferentes individuos también. Sólo la gente pale- ta cierra los ojos ante tal hecho. Se trata de puros datos. ¿Dices que tu argumento se basa en datos? Pues aquí están mis datos. Por ejemplo, en la cultura esquimal la eutanasia es buena; se acepta. Cuando envejeces mucho, te ponen en un témpano de hielo para que el resto de la familia pueda sobrevivir con la escasa comida que les queda. En la cultura cristiana de Estados Unidos eso estaría mal, sería asesinato.

‘ISA: En la cultura prekevorkiana13, querrás decir.

13Jack Kevorkian, conocido también como Doctor Muerte, es un ex patólogo armenio-estadounidense

firme defensor de la eutanasia, que él consideraba «suicidio asistido» y llegó a aplicar a más de cien pacientes aquejados de enfermedades incurables. (N. de E.)

LIBBY: Sí. Y el sexo fuera de la cama matrimonial estaba considera-

do como un tabú en todas partes, cuando la gente era estrecha de miras y provinciana. Ahora es un derecho para todo el mundo. ‘ISA: Ah sí. El romanticismo de la fornicación.

LIBBY: ¿Qué?

‘ISA: El ro...

LIBBY: Ya te he oído, sólo que hacía mucho tiempo que no escu-

chaba una frase tan provinciana y anticuada.

‘ISA: Me pregunto quién es provinciana aquí: la colegiala adoles-

cente que ve pura pornografía y sólo ha escuchado la palabra

castidad como un nombre propio curioso o el viejo chapado a

la antigua que la vive.

LIBBY: No me asustaré con tu retórica, profesor. Los hechos están

de mi lado en esta ocasión. Cualquiera que piense que los valores no son relativos a las culturas está simplemente igno- rando los hechos.

‘ISA: ¿Los hechos de la diversidad cultural?

LIBBY: Sí. Incluso los filósofos deberían conocer estos hechos. Y el

hecho es, como dijo Descartes en su Discurso del método, que no hay idea que sea tan extraña que no exista filósofo que la haya creído con seriedad. Y no hay acción tan extraña que no haya existido alguna sociedad que la haya legitimado, como han sido el canibalismo y el genocidio. Y no hay acción tan legítima que no exista alguna sociedad que la haya ilegi- timado, como por ejemplo, entrar a un templo con la cabeza descubierta, sin sombrero, y, en otras sociedades, con la cabe- za cubierta. Todo es relativo a la cultura.

‘ISA: Punto y final. Caso cerrado.

LIBBY: Exactamente.

‘ISA: Vamos a ver si es exacto, ¿vale? Hagamos un pequeño ejer-

LIBBY: ¡Aquí viene el baile! Veamos cómo el filósofo empieza a

bailar para alejarse de los hechos en esta ocasión.

‘ISA: Yo no bailo. Sólo juzgo tus argumentos por sus méritos

lógicos.

LIBBY: ¡Aquí viene el juez!

‘ISA: Sí, pero el juez no soy yo sino las leyes de la lógica.

LIBBY: ¡Fijaos bien, todo el mundo! ¡Las leyes de la lógica encar-

nadas en el profesor Ben Adam!

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