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Las Cinco Dimensiones de La Prosperidad- Juan r Capurro

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Academic year: 2021

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A~ IN~O

IMEN~IONE~

E A

RO~PERIDAD

JUAN R. CAPURRO

~rJ

BETANIA

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Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción total

o parcial de esta obra sin la debida autorización

de los editores.

Impreso en EE.UU. Printed in U.S.A.

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Contenido

Dedicatoria 5

Agradecimiento 6

Prefucio 7

1 La prosperidad viene de Dios 11

Primera parte: La prosperidad espiritual

2 Bajo la bendición o la maldición 23

3 La pobreza y la maldición espiritual 35

4 La prosperidad del Espíritu 43

Segunda parte: La prosperidad del cuerpo

5 Dios creó al hombre para vivir eternamente 63

6 Probados por el fuego 73

7 El mejor programa de salud 91

Tercera parte: La prosperidad del alma

8 Vendar a los quebrantados de corazón 107

9 Las armas de la luz 121

10 Jesús sana nuestras almas 139

Cuarta parte: La prosperidad material o económica

11 Dios quiere prosperarnos materialmente 155

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Quinta parte: La prosperidad creativa

13 El misterio de la fe

14 Confesemos la Palabra de Dios

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Dedicatoria

A Jesús

que me amó más de lo que puedo pensar o entender,

sin haberle dado yo motivo alguno.

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Agradecimiento

Agradezco a mi esposa Alicia su continuo aliento, el ha-berme ayudado revisando el original y realizando correc-ciones en las cosas que sucedieron en nuestra vida en común.

A la señorita Cindy-Lee Campbell por haber hecho la trascripción del original y haber revisado toda la obra para mejorar su valor literario.

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Prefacio

Quiero felicitarlo porque al recorrer las páginas de este libro está demostrando el interés que tiene en conocer un poco más a Dios, especialmente en cuanto a lo que Él ha provisto para el hombre referente a la prosperidad. Antes de que comience a recorrer sus páginas, que espero le resulten una aventura emocionante de fe y de conocimien-to, quiero que comprenda mi punto de vista acerca de lo que entiendo como prosperidad, de acuerdo a lo que enseña la Biblia.

Quiero que sepa que no escapa a mi observación el hecho de que a través de todos los tiempos muchos ver-daderos siervos de Cristo han pasado muchas penalidades por causa del evangelio. Nos basta el ejemplo del apóstol Pablo para corroborar esto. En 2 Corintios 11.23-27 afirma:

Yo [he sufrido] más [de lo normal]; en trabajos más abundantemente; en azotes sin número; en cárceles más; en peligros de muerte muchas veces. De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una no-che y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en

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8 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez.

Al leer estos versículos, ¿pensaríamos que el apóstol Pablo fue próspero? O cuando el apóstol Pablo le escribe a Timoteo y le pide que resista como soldado de Cristo (2 Timoteo 2.3), ¿pensaríamos que en eso hay prosperidad? Y ¿qué diríamos del apóstol Pedro, de Juan, de los otros y de tantos creyentes que han vivido vidas de escasez ma-terial, con penalidades y sufrimiento, pero abundantes en Cristo? ¿Qué de los misioneros que por Jesús han renun-ciado al lujo, a la comodidad y aun a lo más elemental como su sustento, seguridad, bienestar y hasta a su vida.

Afirmo y creo con todo mi corazón que si bien Dios valora el que un hombre o una mujer escoja pasar penali-dades, escasez y aun la muerte por causa del Reino, lo que Dios no quiere de ninguna manera es que vivamos en pobreza, en enfermedad y en sufrimiento como conse-cuencia del pecado, del egoísmo del hombre, o por la insensibilidad de los gobernantes, lo cual también es pe-cado.

Si un hombre o una mujer, guiado del Espíritu Santo, quiere entregar su vida, sus recursos, su comodidad, su cultura y todo lo que en esta vida tiene algo de valor para darlo a la causa de Cristo, será la persona más próspera del mundo. También creo que algunas personas son lla-madas a hacer semejantes renuncias por Cristo; pero pien-so que a la mayoría de los creyentes Dios los bendice y prospera en este mundo.

Por otro lado, tampoco soy tan simple como para creer que la prosperidad no es relativa. Por ejemplo, a un nativo de la selva del Perú, que vive en medio de la jungla en chozas de caña y paja, sin servicios, sin carreteras, aunque sea creyente no creo que Dios le haría ningún bien si lo bendice con la posibilidad de adquirir un automóvil. Sin

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Prefacio 9

carreteras y sin gasolina, de nada le serviría, y ni siquiera le serviría para sentarse en él, porque las altas temperatu-ras de la selva harían de ese automóvil un horno. Pero si Dios le diera los mejores peces y las más grandes yucas, lo librara de temores y angustias, y lo mantuviera en salud a él y a su familia, estaríamos frente a un hombre próspero. De esa relatividad vamos a tratar en este libro.

Por otra parte, dentro de esta relatividad mencionada, creo que si tuviéramos que escoger entre las cinco dimen-siones de la prosperidad comenzaríamos por la del espí-ritu, alma, cuerpo, y luego la material. Es decir, qué importa si tenemos dinero y estamos enfermos y no pode-mos disfrutar de ese dinero. Y de qué nos vale si estapode-mos sanos del cuerpo, pero enfermos del alma, y como conse-cuencia somos infelices. Y cómo podríamos ser felices si estamos muertos espiritualmente y como consecuencia pecamos y no tenemos amistad con Dios, ni vida eterna. La prosperidad creativa, o quinta dimensión, es una di-mensión especial que nos capacitará para tener acceso a las demás.

En el libro, sin embargo, a veces parecerá que no he guardado el orden lógico. Cuando es así se debe a que he preferido en algunos casos ponerme del lado del lector, y no seguir la secuencia lógica que a lo mejor se usaría en un salón de clases. Prefiero la secuencia de ideas que nos lleve a una más fácil comprensión de la lectura y que guarde mejor el equilibrio literario de la obra.

En cuanto al contenido doctrinal, creo que el libro es relativamente conservador acerca de la interpretación bíbli-ca y de acuerdo a las corrientes de fe, pero también presen-to nuevas tesis, que expongo con mucha humildad. Para el lector no erudito en temas bíblicos, el lenguaje será sencillo de entender y los pasajes sustentarán sobrada-mente los temas.

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10 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

En la exégesis bíblica he usado el principio teológico de que la historia del pueblo de Israel es simbólicamente la historia de cada creyente. Dice Hebreos 10.1 que la Ley era sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas.* Por lo tanto, cuando se habla de las bendiciones de Abraham, creemos que por la fe son nuestras. Somos hijos de Abraham por la fe. No somos el Israel natural, no somos el pueblo de Israel que juró el pacto en el Sinaí, pero somos un Israel espiritual, un pueblo diferente: la Iglesia. Porque sé que en la Biblia cada coma y cada tilde es la Palabra de Dios, inspirada por el Espíritu Santo, estoy seguro de que le inspirará y le transformará. Recuerde siempre: las promesas y principios revelados al pueblo de Israel no son arbitrarios ni antojadizos. Son promesas y principios eternos que Dios revela para su pueblo. Bendi-ciones para los que lo aman y obedecen y maldiBendi-ciones para los que lo rechazan.

Me resta pedirle a Dios que le hable desde estas páginas y le edifique ricamente en esta aventura que ahora em-pieza.

Dios le bendiga.

Pastor Juan Capurro Trucios

* Para el pueblo de Israel ula ley .. eran los cinco primeros libros de la Biblia y, por extensión, a los profetas. En otras palabras, desde Génesis hasta Malaquías.

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La prosperidad viene

de Dios

El Señor desea que seamos prosperados

Comencemos a recorrer juntos las páginas de un libro escrito para transformar su vida. Lo primero que deseo afirmar es que la voluntad de Dios es que seamos prospe-rados.

«Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma», escribió el apóstol Juan a un creyente de nombre Gayo (3 Juan 1,2). Aunque este pasaje está dirigido a un perso-naje en especial, por el hecho de estar contenido en la Biblia, y siendo toda esta inspirada por Dios para su pueblo, se hace extensivo a todo creyente.1

Podemos leer hermosos testimonios del Antiguo Testa-mento y ver cómo Dios prosperó a los hombres con los cuales hizo alianzas o pactos. Abraham, Isaac y Jacob son

1 El apóstol Pablo nos dice que todo texto escrito en la Biblia es inspirado por Dios (2 Timoteo 3.16-17), aun el saludo de Juan el apóstol y sus deseos. Y Pedro lo ratifica: "Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salvación; como también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito, casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas diffciles de entender, las cuales los indoctos o inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición» (2 Pedro 3.15, 16).

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12 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERJDAD

claros ejemplos de esto. Dice la Biblia que «Abram era riquísimo en ganado, en plata y en oro (Génesis 13.2). Isaac alcanzó la prosperidad de Dios. De él se dice que le bendijo Jehová. «El varón se enriqueció, y fue prosperado, y se engrandeció hasta hacerse muy poderoso» (Génesis 26.12,13).

Aunque la historia de Jacob es un tanto diferente, al final se emparejó con su padre y con su abuelo. Anhelaba la primogenitura de Esaú y la obtuvo cambiándosela por un plato de lentejas. Luego, le arrebató a Esaú la bendición paterna, vistiéndose con sus ropas y presentándose ante Isaac que, anciano y ciego, lo confundió con su hijo mayor y lo bendijo. Pero Jacob no pudo heredar a Isaac, ya que huyó de la casa paterna al enterarse que Esaú planeaba matarlo. Sin embargo, llegó a enriquecerse muchísimo por sí mismo en casa de su suegro (Génesis 30.43).

¿Qué tenían en común estos hombres? Habían hecho un pacto con Dios. Abraham había hecho el pacto de tener a Jehová como Dios, y el Señor había prometido hacerlo padre de una gran nación. Génesis 22.15-28 registra el pacto de Dios con Abraham: «Y llamó el ángel de Jehová a Abraham por segunda vez desde el cielo y dijo: Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré y multiplicaré tu descendencia como las es-trellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar, y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos. En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz».

Lo mismo sucedió con su hijo Isaac. «Se le apareció Jehová aquella noche, y le dijo: Yo soy el Dios de Abraham tu padre; no temas, porque yo estoy contigo, y te bendeciré y multiplicaré tu descendencia por amor de Abraham mi siervo» (Génesis 26.24).

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La prosperidad viene de Dios 13

Finalmente el caso de Jacob, que por sus propios me-dios y con la bendición espiritual, al huir de la casa pater-na, logró la prosperidad material.

Pero, ¿qué tipo de pacto había hecho Dios con Jacob, cuyo nombre significa «suplantador»? Un día Jacob se propuso que si Dios lo prosperaba, le daría el diezmo de todo y Él sería su único Dios para siempre (Génesis 28.20-22). Más tarde se produce el temido reencuentro entre Jacob y Esaú. 2 Pero antes, Jacob, que ahora se llamaba

Israel («El que lucha con Dios»), le dijo al Señor: «Dios de mi padre Abraharn, y Dios de mi padre Isaac, Jehová, que me dijiste: Vuélvete a tu tierra y a tu parentela, y yo te haré bien; menor soy que todas las misericordias y que toda la verdad que has usado para con tu siervo; pues con mi cayado pasé este Jordán, y ahora estoy sobre dos campa-mentos. Líbrarne ahora de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque le terno; no venga acaso y me hiera la madre con los hijos. Y tú has dicho: Yo te haré bien, y tu descendencia será corno la arena del mar, que no se puede contar por la multitud» (Génesis 32.9-12). Dios contestó positivamente esta oración y lo bendijo sobreabundante-mente.

Y qué decir del rey David. ¿No hizo acaso Dios también un pacto con él? ¿No le dio acaso un reino sobre el cual estaría siempre alguien de su dinastía? ¿No fue Jesús de Nazaret el que finalmente dio cumplimiento a esta profe-cía? Hablando de Jesucristo, Lucas 1.32,33 dice: «Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». La promesa de Dios se cumplía.

2 Jacob ignoraba cómo estaría el corazón de Esaú después de tantos años. Sin embargo, resulta evidente que para Esaú todo estaba olvidado, ya que al huir Jacob le había dejado la totalidad de la herencia. Esaú no consideraba demasiado importantes las historias sobre Dios, ni las promesas de ser una gran nación.

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14 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

¿Ha habido acaso algún hombre más rico y sabio que Salomón, hijo de David, rey de Israel? Según 1 Reyes 3.12,13, Dios le dijo: «He aquí lo he hecho conforme a tus palabras; he aquí que te he dado corazón sabio y entendi-do, tanto que no ha habido antes de ti otro como tú, ni después de ti se levantará otro como tú. Y aun también te he dado las cosas que no pediste, riquezas y gloria, de tal manera que entre los reyes ninguno haya como tú en todos tus días».

Y a cuántos más podríamos nombrar: José, Moisés, Gedeón, Barac, Sansón y los profetas. Todos tenían en común que habían hecho un pacto con Dios, una alianza.

El concepto del pacto con Dios es importante en la enseñanza acerca de la prosperidad. Pasajes como el si-guiente son importantes. Dice Deuteronomio 8.11-18: «Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy; no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites, y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente; y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre; que te hizo caminar por un de-sierto grande y espantoso, lleno de serpientes ardientes, y de escorpiones, y de sed, donde no había agua, y Él te sacó agua de la roca del pedernal; que te sustentó con maná en el desierto, comida que tus padres no habían conocido, afligiéndote y probándote, para a la postre hacerte bien; y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza. Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque Él te da poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día».

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La prosperidad viene de Dios 15

también un pacto con Dios. Dice la Biblia que «Moisés tomó la mitad de la sangre, y la puso en tazones, y esparció la otra mitad de la sangre sobre el altar. Y tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, el cual dijo: Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos. Entonces Moisés tomó la sangre y roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas» (Éxodo 24.6-8). Luego, añade Hebreos 12.24, Jesús se constituyó en Mediador de un nuevo pacto derramando también sangre sobre el altar, la suya, para sellar el pacto que cada creyente tiene con Dios, a partir de la fe en el sacrificio sustituidor que Él efectuó en la cruz por nosotros. La última parte del pasaje que acabamos de citar es especialmente importante en cuanto a esto. Dios no ha cambiado y Él sigue prosperando a sus hijos en cumplimiento del pacto. Dios nos da la fuerza, la salud y la inteligencia para hacer las riquezas, y esto con el fin de confirmar su pacto para con nosotros. 3

La primera prioridad del que quiere prosperar

El mundo, con todas sus variantes religiosas, enfatiza que la abundancia material corrompe el alma; pero todas estas corrientes espiritualistas parecen desconocer el ca-rácter de Dios. Algunos líderes religiosos dicen: «Dios ha tomado su opción por los pobres». Llegan al punto de creer probablemente que Dios mismo es pobre. Parece absurdo, pero esta es la manera de pensar consciente o inconsciente de millones de personas.

Sin embargo, ¡Dios es extremadamente rico! Suyos son los cielos, la tierra y todo lo que en ellos hay, como lo dice 1 Crónicas 29.11. El oro, la plata, las piedras preciosas y

3 Cristo habló de este pacto en la última cena: .. y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados" (Mateo 26.27,28).

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16 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

todas las cosas son realmente suyas y si Dios pasara por problemas económicos, le bastaría con vender una sola estrella de las millones de millones que hay en las millones de galaxias que conocemos; y aún le quedarían aproxima-damente veintinueve trillones, novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve billones, nove-cientos noventa y nueve millones, novenove-cientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve estrellas, y seguro que aún nos quedaríamos cortos en las cifras.

Dios es tan rico que es lógico suponer que Él creó la tierra en abundancia. Fue el pecado lo que acabó con toda la riqueza que el hombre tenía. La Biblia misma nos revela el estado en que quedó el hombre después de la caída de Adán: «Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás» (Génesis 3.17-19).

A causa del pecado, la pobreza, la enfermedad y final-mente la muerte hicieron su entrada en el mundo. Vemos que la tierra fue maldita, y como consecuencia de esto, ya no produciría en forma natural los frutos necesarios para el sustento del hombre, sino que el hombre tendría que arrancárselos a la tierra con esfuerzo y dolor. La naturaleza trataría de destruir el fruto de su trabajo, haciendo crecer cardos y espinos que ahogaran los brotes de las plantas; es decir, que su trabajo no le daría fácilmente los frutos deseados. El sudor de la frente representa el esfuerzo con que tendría que luchar para sobrevivir. Y finalmente le llegaría la muerte, el inevitable epílogo. La muerte llegaría

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La prosperidad viene de Dios 17

inexorablemente y pondría fin a todas las esperanzas ma-teriales del hombre irredento.

La Biblia, sin embargo, nos revela que la muerte no es punto final. El espíritu es inmortal. La muerte eterna es separación eterna de Dios solo de los que no han recibido en sus corazones a la única fuente de vida eterna: Jesucrito. Dios no nos cerró totalmente las puertas, y el hombre puede escapar de la ruina que nos trajo el pecado.

La prosperidad integral

Algunas personas lo único que buscan es la acumulación de bienes materiales, y piensan que lograrlo es alcanzar prosperidad. La prosperidad del hombre, sin embargo, debe ser integral. Uno no es próspero si es que solo es rico en dinero, pero está muy enfermo. Ni tampoco es próspero si uno está sano y rico, pero es infeliz. Igualmente, aun cuando seamos ricos, sanos y aparentemente felices, no seremos prósperos si no somos salvos. Si no tenemos en nuestro corazón al «bien supremo»: Dios.

La riqueza material es solo una de las formas en que se presenta la prosperidad, y en sí no es necesariamente señal de prosperidad. La verdadera prosperidad es la prosperi-dad integral, basada en el principio de la siembra y la cosecha que desarrollaremos más adelante. La prosperi-dad integral crea verprosperi-daderamente riqueza, mientras que el modo en que el hombre pecador acumula riqueza es depredador.

El depredador no siembra: solo recolecta. El pecador depreda la riqueza de su ambiente y mientras acumula, empobrece a los que están a su alrededor. Es obvio que a ningún país le conviene este tipo de personas, sean comer-ciantes o industriales.

El creyente, en cambio, basa su prosperidad en la ley de la siembra y la cosecha espiritual. Jesús dijo: «No os

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afa-18 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

néis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesi-dad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6.31-33).

Cuando fui estudiante universitario se me enseñó que la primera ley de la economía era «la ley de la oferta y la demanda». Esto puede ser bueno como un modelo, pero creo que es más importante enseñarles a los jóvenes que la primera ley que Dios quiere que a prendamos respecto a la economía es precisamente lo que Jesús dijo: «Buscad el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». Buscar primero el reino de Dios y su justicia es darle importancia a la providencia divina, que es el control que ejerce Dios sobre las circunstancias para que todo redunde para el bien nuestro.

La providencia divina opera a través de las circunstan-cias. Si las riquezas fueran a dañamos moralmente, Él impediría que las tuviéramos. Por eso el proverbista dice: «Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí; no me des pobreza ni riquezas; nlanténme del pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová? o que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios» (Proverbios 30.8,9). Es mejor tener lo necesario que abun-dancia si esta nos es causa de tropiezo.

Pero no es necesariamente el dinero lo que corrompe el alma de los hombres. La raíz de todos los males es el amor al dinero. Ello, según 1 Timoteo 6.10, nos hace extraviarnos de la fe y ser traspasados de muchos dolores. Por eso es que en 3 Juan 2 el apóstol dice que es su deseo que seamos prosperados en todas las cosas, pero en relación directa a cómo prospera nuestra alma. Si lo podemos manejar, si el dinero no nos es motivo de tropiezo, entonces Dios nos

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La prosperidad viene de Dios 19

dará en abundancia para que sobreabundemos para toda buena obra.

Los creyentes no creemos en la suerte. Dios es nuestra suerte. Él la sustenta, como se afirma en el Salmo 16.5. Y si Él puede hacer que todas las fuerzas espirituales y naturales se muevan a nuestro favor, entonces ¿qué no podremos hacer? El que ama a Dios y vive en santidad, en estrecha comunión con Dios por medio del Espíritu Santo, está en las mejores condiciones para descubrir tesoros, petróleo, minerales valiosos, emprender negocios, crear industrias, comercio etc. y prosperar en cualquier activi-dad.

Dios es el único capaz de proveer ese tipo de prosperi-dad. Las personas que hacen dinero fuera de su voluntad siempre estarán perturbadas por su conciencia y no habrá fortuna capaz de pagar por la paz que necesitan. Por otro lado, solo Dios es capaz de dar prosperidad en todos los aspectos de la vida, como lo dice el rey David en el Salmo 103: «Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericor-dias; el que sacia de bien tu boca, de modo que te rejuve-nezcas como el águila» (Salmo 103.1-5).

En este salmo se nos recuerda que no debemos olvidar ninguno de los beneficios que Dios nos da. Meditando en él llegamos a la conclusión de que los beneficios de Dios se dan en cinco dimensiones diferentes y que si descuida-mos alguna de ellas no disfrutaredescuida-mos plenamente de la verdadera prosperidad que Él quiere para nosotros.

Primero nos dice que Dios perdona todos nuestros pecados, y eso nos habla de un tipo de prosperidad espe-cial: La prosperidad espiritual.

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20 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

Luego dice que Dios sana todas nuestras dolencias y esto nos habla de la buena salud: La prosperidad del cuerpo o física.

También rescata del hoyo nuestra vida, y todos com-prendemos lo que es estar atrapado en un hoyo en nuestra vida. Esto nos habla de nuestras almas atormentadas por el pecado, la falta de amor, la culpa, la falta de perdón y otras cosas semejantes: La prosperidad del alma.

Después también dice que El es quien nos corona de favores y misericordias; es decir, el que nos rodea de bendiciones materiales: La prosperidad material o econó-mica.

Y por último, es Dios quien sacia de bien nuestra boca, de modo que nos rejuvenezcamos como el águila. Esto es: La prosperidad creativa.

La prosperidad que viene de Dios, pues, toca estas cinco dimensiones de la vida humana.

1 Prosperidad espiritual (salvación y paz con Dios) 2 Prosperidad del cuerpo o física

(salud divina)

3 Prosperidad del alma (salud mental y emocional)

4 Prosperidad material o económica (riquezas)

5 Prosperidad creativa

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Primera parle

La prosperidad

espiritual

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Bajo la bendición o la

maldición

El mundo espiritual es anterior al mundo material. Dios creó el universo desde el mundo espiritual, desde la di-mensión del espíritu. De acuerdo a la Biblia, el mundo material vive y sufre las consecuencias de lo que sucede en el mundo espiritual. Así que para comprender cómo empieza la prosperidad, tendremos primero que adentrar-nos en el mundo espiritual y comprender cómo opera este. Descubriremos que hay leyes espirituales que regulan el funcionamiento de todas las cosas, y que estas leyes afec-tan todo lo que nos ocurre en esta vida. Comencemos por la doctrina de Dios.

La Trinidad de Dios

Francamente, nos es difícil explicar que nuestro Dios es un Dios trino. Los judíos utilizan esto como pretexto para rechazar la fe cristiana, aduciendo que los creyentes ado-ramos a tres dioses distintos. Para demostrar que estamos en un error, citan algunos pasajes de las Escrituras como: «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es» (Deute-ronomio 6.4).

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24 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

Los creyentes creemos que Dios es uno, pero no pode-mos negar la evidencia de que ese Dios único se manifiesta al hombre en tres personas distintas que fluyen en perfecta y total armonía. No las podemos separar: las tres forman la divinidad, que es una sola e indivisible. Esto lo corrobo-ran pasajes como 1 Juan 5.7: «Tres son los que dan testi-monio en el cielo: el Padre, el Verbo, y el Espíritu Santo; y estos tres son uno».

Quizás el ejemplo siguiente nos lo ilustre adecuada-mente: Digamos que el agua es agua. ¿Habrá alguien tan porfiado para negar que el agua es agua? Sin embargo, el agua se nos presenta en tres formas distintas: en sólido, en líquido y en gas o vapor. Las tres formas en que se presenta no son en sí tres elementos diferentes, sino las tres formas distintas en que se presenta el mismo elemento. No impor-ta cómo se nos presente el agua, sea congelada, sea líquida o en forma de vapor, hay tres elementos más simples que la conforman: dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. El hidrógeno solo no es agua; el oxígeno solo no es agua. Solo cuando los tres átomos están en una combinación química nos dan una molécula de agua.

Este ejemplo, sin embargo, solo nos muestra una faceta parcial de la Trinidad. En el caso del agua, cada uno de sus átomos es diferente, pero en el caso de Dios, cada parte de su ser es Él absolutamente.

Muchos pasajes del Antiguo Testamento nos demues-tran la realidad de la Trinidad. Citaremos algunos:

• «Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz» (Isaías 9.6). ¿A quién se refiere el profeta Isaías cuando dice: «un niño nos es nacido, hijo nos es dado»? A Jesús sin duda. Y después dice que su nombre será, entre otros, «Dios

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Bajo la bendición o la maldición 25

fuerte». Debemos poner atención en que no dice: «Dios es fuerte», porque ese podría ser el nombre de un ser humano, ya que los nombres hebreos tenían significado. Cuando dice «Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de Paz» indudablemente se está refiriendo a Dios. Además, para entender la Trini-dad hay que entender el propósito eterno de Dios y comprender que su propio ser ha sido adecuado en el pasado eterno para cumplir estos propósitos. • «En Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean princi-pados, sean potestades; todo fue creado por medio de Él y para Él» (Colosenses 1.16).

Cuando en esta Escritura se refiere a Él, significa Dios, pero por supuesto en la forma de Jesucristo. Es decir, que Cristo creó todo el universo para Él mismo. Creó los cielos, las estrellas, la tierra, la vida, el hombre y todas las cosas para Él. Un día Dios tomó cuerpo humano para habitar en la creación con el hombre. ¿Qué cuerpo? El de nuestro Señor Jesucristo, que ha resucitado y no ha vuelto a morir ni morirá jamás, porque ese cuerpo es inmortal.

La Biblia habla también del Espíritu Santo, la persona de Dios que es irradiada por Jesús y el Padre para cumplir el propósito de omnipresencia en esta creación, y a la vez poder estar en el corazón de cada hombre a fin de ayudar-lo, capacitarlo y darle vida eterna. La presencia del Espí-ritu Santo es necesaria para la vida eterna, porque los hijos de Dios tenemos a Cristo en el corazón por medio del Espíritu Santo. Jesucristo lo dijo: «Üs conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré» (Juan 16.7).

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26 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

Cuando la Escritura dice que hemos recibido el Espíritu de su Hijo, realmente se refiere al Espíritu Santo, porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu. La igle-sia recibió al Espíritu Santo en el día de Pentecostés, y de allí en adelante el Espíritu se ha manifestado generación tras generación a todos los creyentes. La presencia del Espíritu en nosotros es garantía de vida eterna, ya que Cristo habita por la fe en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo. Como dice 1 Juan 5.11,12, «este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. Él que tiene al Hijo, tiene la vida, el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida».

Si entendemos el propósito eterno de Dios, podemos entender el propósito de la Trinidad: estar en su trono en los cielos como Padre dirigiendo y gobernando, estar en Cristo para cohabitar en la creación con el hombre, y estar en el Espíritu Santo para vivir en los corazones de los hombres, dándoles vida eterna.

La trinidad del hombre

Si Dios es trino, no es extraño que el hombre también sea trino. Al igual que su Creador, el ser humano es un ser trino, aunque no en personalidades o personas diferentes, sino en manifestaciones necesarias para su vida en la tierra. 1 Tesalonicenses 5.23 dice: «Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo».

El cuerpo es la parte de la persona que muchas veces confundimos con todo el ser. Pero el cuerpo es tan solo el tabernáculo donde mora el espíritu del hombre.

El alma es la mente del hombre. Esta se va moldeando a medida que el cuerpo y el espíritu se interrelacionan

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Bajo la bendición o la maldición 27

entre sí y con su medio ambiente. El cerebro es el órgano del cuerpo encargado del funcionamiento automático de sus partes, del manejo de datos e información desde el exterior al interior y del almacenamiento de memoria. En otras palabras, es la computadora puesta al servicio del espíritu para el manejo de la información.

Constantemente cuidamos y mimamos el cuerpo, y tendemos a olvidarnos de lo que realmente es nuestro verdadero ser, de aquello que nos distingue de los anima-les: el espíritu. El hombre vive como el joven que recibe regalado un auto y se olvida de todo lo demás; práctica-mente vive en el auto, piensa en el auto, lo limpia, hace locuras por el auto y con el auto. Así se fascina el hombre con su cuerpo, con la belleza del mismo, con lo que le ofrecen sus sentidos. Demasiado a menudo se sumerge en el pecado para experimentar todo lo que se puede experi-mentar con él, y hace cosas para las cuales el cuerpo no está diseñado.

El ser interior es el espíritu humano. En Efesios 3.16,17 el apóstol Pablo pide que los cristianos efesios sean forta-lecido con poder por medio del Espíritu de Dios, para que Cristo habite por la fe en el corazón, que es como nombra la Biblia al órgano central del espíritu humano. Es la única manera de tener victoria contra el pecado y contra toda cosa que impida el fluir de Dios en nuestra vida.

Para atender el cuerpo, el hombre se alimenta regular-mente, duerme lo necesario, recibe un poco de rayos sola-res (y cuida su piel con bloqueadosola-res para no sufrir quemaduras por la radiaciones), modela su figura en el gimnasio, corre para mantener sus músculos en forma. Para el alma o la mente, trata de llevar una vida metódica, estudia, lee, evita tensiones. Si se enferma el cuerpo, recu-rre a médicos y si se enferma el alma, a sicólogos o siquia-tras. Pero el espíritu del hombre, que es el verdadero yo,

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28 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

lo tiene descuidado. El que no es creyente lo tiene tan enfermo que prácticamente está muerto en su interior y no se ha dado cuenta.

Si cuando pensamos en prosperidad, solo vemos lo material o las cosas que alegran el alma y nos olvidamos del espíritu, cometemos un grave error. El espírjtu nuestro vive en dos mundos. A través del cuerpo se hace presente en la creación, pero también vive en los lugares celestiales o en el mundo espiritual, como afirma Efesios 2.6.

Muerte

y

maldición o vida

y

bendición

Todo lo que sucede en esta vida material es un efecto secundario de lo que ocurre en la vida espiritual. Debemos prestar mucha atención a lo que acontece en la dimensión del espíritu y sus leyes. No olvidemos que el hombre, como ser espiritual, habita también en esta dimensión, y lo que hace en esta vida material tiene repercusiones en su vida espiritual, repercusiones que traerán a su vez nuevas consecuencias a su vida material.

En el primer capítulo hicimos mención de que la pobre-za, la enfermedad y la muerte entraron al mundo por el pecado de nuestros primeros padres. Luego, de acuerdo a su plan para salvar al hombre, en tiempos de Moisés el Señor dio la Ley, y con ella hizo una revelación.1

Cuando leí este pasaje lamenté mucho el no haber sabido esto antes. Al vivir en pecado y no conocer real-mente a Jesucristo como mi Señor y Salvador personal, yo

1 Moisés la escribió dando lugar a los diferentes libros del Pentateuco, que son los cinco primeros libros de la Biblia.» Dios le reveló a Moisés que el pecado trae maldición a la vida del hombre: ceA los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros. que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia; amando a Jehová tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a Él; porque Él es la vida para ti, y prolongación de tus días; a fin de que habites sobre la tierra que juró Jehová a tus padres Abraham, Isaac y Jacob, que les había de dar .. (Deuteronomio 30.19,20).

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Bajo la bendición o la maldición 29

había vivido treinta años de mi vida bajo la maldición de la Ley. Lamentablemente, no me había dado cuenta de la enorme diferencia entre conocer de Cristo y conocer a Cristo, y no tenía ni idea de que necesitaba convertirme. Ignoraba que convertirse no es cambiarse de religión, sino entregarse en cuerpo, alma y espíritu a Dios para amarlo, servirlo y recibir salvación por medio de la obra redentora de Jesús. Había vivido, sin saberlo, bajo la maldición y verdaderamente cosechaba de las semillas de pecado que sembraba día a día. Deuteronomio 28.15-19 no me dejaba lugar a duda: «Pero acontecerá, si no oyeres la voz de Jehová tu Dios, para procurar cumplir todos sus manda-mientos y sus estatutos que yo te intimo hoy, que vendrán sobre ti todas estas maldiciones, y te alcanzarán. Maldito serás tú en la ciudad, y maldito en el campo. Maldita tu canasta y tu artesa de amasar. Maldito el fruto de tu vientre, el fruto de tu tierra, la cría de tus vacas, y los rebaños de tus ovejas. Maldito serás en tu entrar, y maldito en tu salir».

El hecho de ignorar una ley espiritual no me exoneraba de sufrir sus consecuencias, al igual que el hecho de igno-rar una ley natural no me exoneraba de la misma. Que un niño desconozca la ley de la gravedad no impide que vaya a parar al suelo si se lanza a volar como Superman. La ley natural rige en todo momento y en todo lugar. Igual sucede con la ley espiritual. Dios no necesita empujar contra el suelo a cada persona que se arroja al vacío. La ley de la gravedad existe y se cumplirá inexorablemente. Igual sucede cuando pecamos. Dios no está pendiente para castigarnos: la ley espiritual simplemente entrará en ac-ción.

A los doce años perdí a mi padre. A partir de ese momento, los problemas económicos comenzaron en mi familia. Hasta entonces habíamos vivido una vida de

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30 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

abundancia material. Mi padre tenía un yate con camaro-tes y durante el verano salíamos todos los fines de semana a navegar. Él anclaba nuestro yate cerca de Lima, en Ancón o Pucusana. ¡Me divertía tanto de niño con mis padres y mis hermanos en estos pequeños viajes de fin de semana! Con mi hermano menor y la niñera que nos cuidaba dormíamos en un camarote en la proa. ¡Cómo recuerdo el mirar la luna por la claraboya cuando acostado en la oscuridad trataba de dormir! Fueron tiempos muy lindos para mí.

Mi padre fue siempre muy deportista. Era miembro del equipo de remo del Club Regatas Lima y también inte-grante del equipo de baloncesto. Fue además corredor de autos y, por último, nada menos que corredor de aviones; en una época en que los prototipos se los hacía o modifi-caba uno mismo para así competir. Al ser mi padre además dueño de una caballeriza de caballos de carrera, esto per-mitió que mis hermanos y yo fuéramos a ver a los caballos cuando mi padre debía hablar con los preparadores en el Hipódromo de San Felipe. Eran cosas fascinantes para un niño.

Estaba orgulloso de mi padre. Lo recuerdo como un hombre bueno, sensible, preocupado por los trabajadores a su cargo, presidente del Club de Leones de Miraflores, en la ciudad de Lima. Lo único es que el pecado llamaba continuamente a las puertas de su matrimonio.

Cuando mi padre murió lo perdimos todo. Los cobra-dores llegaban a tocar a la puerta con órdenes judiciales, con embargos, y nuestra vida de abundancia se convirtió en una vida de escasez permanente.

Tuve una adolescencia muy difícil. Luego de tres años de noviazgo, me casé a los diecinueve años con Alicia. No había tenido tiempo de formarme, ni de acabar la carrera de ingeniería electrónica que había estudiado por dos

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Bajo la bendición o la maldición 31

años. Con el apoyo de mi esposa trabajé y estudié durante largos años pensando que si nos esforzábamos saldríamos finalmente adelante. Pero cuando conocí al Señor a los treinta años, a pesar de que había estudiado en la universi-dad Ciencias Administrativas y Contabiliuniversi-dad (Adminis-tración Bancaria en el Instituto Peruano de Administra-ción de Empresas IP AE, Análisis de Sistemas y Programa-ción en la IBM del Perú) y estaba siguiendo un curso de administración en la Escuela de Administración de Nego-cios para Graduados ESAN, tuve que reconocer que no lograba aún salir verdaderamente adelante. Teníamos apenas lo indispensable. Siempre estábamos con lo justo y todo dinero extra que ingresaba, de alguna manera, había sido ya gastado antes de llegar a nuestras manos. Se cumplía en mí lo que dice la Biblia: «El extranjero que estará en medio de ti se elevará sobre ti muy alto, y tú

descenderás muy abajo. Él te prestará a ti, y tú no le prestarás a él; él será por cabeza, y tú serás por cola» (Deuteronomio 28.43,44). Realmente me sentía corno si todo conspirase contra mí para impedirme prosperar. Algo parecía devorar nuestro dinero.

En la Biblia descubrí que no estaba errado al pensar esto. Alguien está interesado en devorar nuestras bendi-ciones. Evidentemente la muerte y la maldición estaban apresando mi vida. El Señor tiene una gran promesa en cuanto a esto en Mala quías 3.11: «Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril, dice Jehová de los ejércitos». Era evidente que la promesa de Mala-quías 3.11 todavía no se había cumplido en mi. vida.

El hombre común no tiene idea de que una gran maldi-ción obstaculiza el desarrollo de su propia vida. Su salud, su prosperidad, su paz están bajo el influjo de la maldición. Es interesante ver cómo muchas personas se preocupan

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32 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

cuando sospechan que algún brujo les ha hecho un daño o les ha echado una maldición. Inmediatamente van y buscan otro brujo para que deshaga el hechizo. Pero casi nadie sabe que peor que la maldición de un brujo es la maldición espiritual que, de acuerdo a la Palabra de Dios, opera en la vida de las personas que no viven sujetas a Él y en estricta armonía con su voluntad.

Las sentencias contra el espíritu del pecador no están en el plano de esta existencia física, sino en la dimensión espiritual. Los castigos que vemos son nuestra percepción terrenal del castigo que se dicta en el mundo espiritual. Para el hombre natural es muy difícil pensar que Dios, que es bueno y misericordioso, pronuncie una maldición sobre los que no lo obedecen. Sin embargo, las sentencias des-critas en Deuteronomio 28 no son maldiciones en el senti-do en que nosotros las entendemos, sino las consecuencias que se producen en el mundo material al ofender nosotros a Dios.

¿Cuál es el propósito de dichas sentencias en el mundo espiritual? Pues nada menos que la conservación de la creación y el orden impuesto por Dios para la conserva-ción del mundo físico y del mundo espiritual. Todo ser espiritual, y por lo tanto moral, que viole los mandatos de Dios será separado eternamente de Él, única fuente de toda vida y abundancia. Y al que se le separa de la fuente de vida solo le espera muerte eterna, condenación, deses-peranza, el infierno mismo, el lago de fuego y azufre creado para el diablo y sus demonios.

Solo Jesús puede darnos vida

Jesucristo es la provisión de Dios para devolver al hombre su estado original, mediante la justificación por la fe en la obra redentora de la cruz. Así lo expresa Colosenses 1.19,20: «Agradó al Padre que en Él habitase toda plenitud,

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Bajo la bendición o la maldición 33

y por medio de Él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz».

¿Por qué es necesaria esta reconciliación? Porque, como ya lo hemos dicho, el hombre es un ser primeramente espiritual, que a pesar de ello le da prioridad a su cuerpo. Pero como es ante todo un ser espiritual, está bajo leyes espirituales que al afectar su vida se traducen en este mundo físico conforme a la revelación de Deuteronomio 28. Por este motivo, si sus pecados pueden ser perdonados y la justicia de Dios satisfecha -porque el perdón de los pecados no significa que las condenas sean pasadas por alto-, estas maldiciones dejarán de operar en contra de la vida del hombre. Por eso dijo el salmista: «Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado» (Salmo 32.1).

Nótese que el rey David en este salmo dice que uno no solo es bienaventurado porque su pecado ha sido perdo-nado, sino porque además ha sido cubierto. Es decir que la ley fue satisfecha. Algo así como que el pecado fue pagado, que la sentencia se cumplió. Jesús no vino a este mundo a cambiar la Ley, ni a hacerla más fácil, sino a cumplir la parte más difícil de la misma: Vino a recibir el castigo que ella impone a los pecadores.

Todos sabemos que Dios es bueno; sin embargo, pocos recuerdan o saben que Dios es un juez justo. Un juez justo jamás dejará al transgresor sin su condena, sino que apli-cará todo el rigor de la ley, aun cuando la persona esté arrepentida. Un criminal que hubiera cometido un grave delito, aun cuando muestre arrepentimiento, no podrá escapar de la condena que la ley manda para casos como el suyo. Y un juez, por muy bondadoso que sea, no podrá, aun percibiendo la sinceridad del arrepentimiento del delincuente, perdonarlo a su capricho dejando de lado lo

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34 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

que la ley manda en este caso. No podrá decir el juez: «Pobrecito, está arrepentido. Miembros del jurado, creo que debemos perdonarlo». Más bien dirá: «Lo siento, jo-ven, debió haberlo pensado antes. Me doy cuenta de que está arrepentido, pero yo tengo que aplicarle el peso de la ley». El juez dictará su sentencia de acuerdo a lo que señala la ley para tales casos. Así es Dios.

Dios mismo está sujeto a sus propias leyes y no puede violarlas, porque no están basadas en sus caprichos, sino en la verdad y la justicia. Así que Dios jamás violará su Ley, sino que la defenderá y la sustentará con su poder, porque el día que Dios dejase de cumplir su Ley, dejaría de ser Dios.

Algunos pueden pensar que Dios viola sus leyes con los milagros, pero este no es el caso. Cuando Dios hace algún milagro, no viola leyes morales sino que, al contra-rio, aplica misericordia y bondad en ellas. Algunas de las leyes naturales, tal como las conocemos actualmente, son violaciones a las leyes originales de Dios para el mundo físico. Por ejemplo: la muerte, la enfermedad, la pobreza.

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La pobreza

y

la

maldición espiritual

El peso de la maldición

El hombre que vive en pecado está en una gran desventaja para alcanzar sus objetivos en la vida. Si su deseo es prosperar honradamente tendrá que luchar contra fuerzas que desconoce. En el caso de que por la misericordia de Dios no pase hambre, ni grandes necesidades en la vida,

y su salud no sea delicada, aun así no alcanzará la felici-dad. Aunque alcance una posición holgada, como mi pa-dre, al final los acontecimientos menoscabarán toda esa abundancia. Un día, como dice Números 32.23, nuestros pecados y sus consecuencias finalmente nos alcanzan.

El hombre natural vive sin Dios

y

sin esperanza en esta vida. Pesadas cargas que no se ven, pero se sienten, están en su corazón. Son cargas que llevamos como condena por los pecados cometidos. Con los años, nuestros hombros se van doblando bajo ese peso insoportable. Algunos se re-fugian en los brazos de una religión, tratando de hacer más soportable su dolor y de absolver sus grandes interrogan-tes. A más edad, más dolor, más miserias acumuladas.

Quizás por eso vemos que generalmente a los jóvenes les preocupa menos su ser espiritual

y

que las personas

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36 LÁS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

mayores van tomando cada día más conciencia de la ne-cesidad de salvación. Pero la religión no sirve para romper las cadenas que sujetan al hombre a su pecado. Los ritos solo acallan nuestra conciencia, no nos santifican; nos sedan, pero no nos da la paz. La «religión» que no lleva como resultado una relación íntima y personal con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo no es sino el chu-pete con que el diablo quiere entretenernos para adorme-cer el hambre espiritual que sentimos.

Satanás quiere destruir todo lo que somos, amamos y tenemos; pero Jesús ya vino para evitar lo que el diablo quiere hacer con nosotros. A los hombres cargados y fatigados por sus pecados, por sus miserias, por sus an-gustias, por su soledad interior, por su desesperanza Jesús les dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga» (Mateo 11.28-30). Jesús es el paladín que ha venido, como dice 1 Juan 3.8, a deshacer las obras del diablo y a devolver el orden anterior a las cosas. Vino a restaurar la relación entre Dios y el hombre tal como fue a\ principio de la creación. «El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir», dijo. «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia (Juan 10.10).

Sin embargo, el hecho de que Jesús haya venido a este mundo y haya vencido al diablo en la cruz no hace que automáticamente recibamos bendiciones, ni tampoco que el diablo deje de hacer lo que hace. El diablo se apoya en los pecados del hombre para ser el ejecutor de muchas de las condenas que pesan sobre él. Este es otro motivo importante para restaurar nuestra comunión con Dios no bien tengamos conciencia de haber pecado.

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La pobreza y la maldición espiritual 37

¿Qué nos impide prosperar?

El peso de la maldición nos impide prosperar honrada-mente y disfrutar de esa prosperidad. Para poder prospe-rar, el hombre deberá levantar la condena que recae sobre él. Si toda la creación, los seres angelicales, los hombres y aun la naturaleza lucha contra Dios, ¿cómo podrá prospe-rar? Debemos, pues, en primer lugar, luchar contra las causas espirituales de la pobreza.

Deuteronomio 28.47,48 es un pasaje de la Biblia que pertenece a las maldiciones del libro de Deuteronomio. Textualmente dice: «Por cuanto no serviste a Jehová tu Dios con alegría y con gozo de corazón, por la abundancia de todas las cosas, servirás, por tanto, a tus enemigos que enviare Jehová contra ti, con hambre y con sed y con desnudez, y con falta de todas las cosas; y él pondrá yugo de hierro sobre tu cuello hasta destruirte». En otras pala-bras, que el pecado nos pone un yugo de esclavitud, de pobreza, de hambre, de sed, de desnudez y que nos falta-rán todas las cosas.

No basta, entonces, trabajar con empeño. Si un pueblo trabaja denodadamente, pero la naturaleza le es hostil y la nieve o las inundaciones o la falta de lluvias destruyen sus cosechas y causan la muerte de su ganado, este se verá empobrecido. No todas las variables que funcionan en el mecanismo de la economía son manejadas por el hombre. El hombre puede prever, pero una catástrofe de grandes magnitudes no podrá ser superada fácil o rápidamente. Es imprescindible resolver las cuestiones fundamentales del problema.

La maldición sobre el trabajo

Muchas personas creen que en Génesis Dios maldice a Adán y lo condena a trabajar. Piensan que el trabajo es una

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38 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

maldición ocasionada por el pecado. Están equivocados: Adán ya trabajaba antes de la caída. El trabajo de Adán consistía en ser algo así como biólogo y jardinero oficial de Dios. ¿No es eso lo que dice Génesis 2.15: «Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el Huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase».

Lo que el hombre perdió, como consecuencia del peca-do de comer del fruto prohibipeca-do fue la bendición de un trabajo grandemente productivo. El trabajo ya no le pro-duciría los frutos que antes le había deparado. Según Génesis 3.17-19, Dios le dijo refiriéndose a la tierra: «Con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá». La maldición no fue tener que traba-jar; el fruto del trabajo fue lo que quedó maldito. Como resultado de esto la inmensa mayoría de los hombres honrados trabajan por un salario pequeño, por honorarios que no compensan el esfuerzo; y aun así, no les alcanza, no es suficiente.

Otra maldición contra la fuente de trabajo

Cuando la tierra estaba ya bajo maldición y el pecado anidaba en el corazón del hombre, Caín, hijo de Adán, tuvo celos de su hermano Abel, porque el humo de su ofrenda subía hasta el trono de Dios. Abel, conforme a lo que su padre Adán le había enseñado, ofrecía ovejas del rebaño que cuidaba en sacrificio por sus pecados. Caín ofrecía el producto de sus cosechas, y el humo de sus sacrificios no subía como olor grato a Dios.

¿Por qué? Primero, porque ese sacrificio era desobe-diencia. Caín sabía lo que demandaba Dios como sacrifi-cio, y en vez de complacerlo, insistía en que Dios recibiera lo que él quisiera darle. Pero como Dios mismo había maldecido el fruto de la tierra, no podía recibir las ofren-das de Caín. Por otra parte, Dios había querido revelar

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La pobreza y la maldición espiritual 39

desde un principio una verdad catastrófica para el género humano: la paga del pecado es muerte. Pablo se referiría después a esto cuando dijo: «La paga del pecado es muer-te, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 6.23).

La ofrenda de Abel cubría su pecado por la sangre derramada como sacrificio sustitutivo. La ofrenda de Caín, no. Recordemos que si bien todo en la creación quedó bajo maldición por las leyes espirituales que Dios más tarde revelaría a Moisés como «la ley», Dios no había maldecido la vida. Además, la Biblia dice que en la sangre está la vida. Toda ofrenda por el pecado tenía que ser con sangre, porque las leyes espirituales demandaban la vida del infractor. Como demorando el pago, temporalmente se ofrecía la sangre de una inocente víctima expiatoria: las ovejas y el ganado vacuno.

Imaginemos que una persona está haciendo un juicio de desahucio contra alguien para que desaloje un local; y que mientras espera la solución de la demanda, acepta postergar el desahucio a cambio de que se pague algo de la deuda. Lo que el dueño de la propiedad realmente quiere es el local; pero a cambio de retardar el lanzamiento, exige un pago de alquiler. Es lo mismo en cuanto a Dios y el pecador. Como el hombre ha pecado, debe morir como lo exige la ley. Pero Dios en su misericordia dilata la ejecución de esta sentencia y acepta que el hombre le pague algo de la deuda: un sacrificio sustitutivo. La sangre de los animales, carneros y machos cabríos no era el pago de la deuda, pero se parecía a la moneda que se requería para su cancelación. No era la vida del infractor, pero era vida, vida que se entregaba como pago por el retraso temporal de la sentencia. Ya que la muerte es la paga del pecado, debía entregarse una vida a cambio de la propia. Más tarde la Ley mandaría sacrificar animales por los

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40 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

pecados, «y sin derramamiento de sangre no se hace remi-sión» (Hebreos 9.22).

Al ver que Dios aceptaba la ofrenda de Abel, Caín se enfureció, llevó a su hermano a un lugar solitario y lo asesinó.

Luego, cuenta la Biblia, «Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: N o sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano? Y Él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra. Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Cuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza; errante y extranjero serás en la tierra» (Génesis 4.9-12). Además de la maldición de la tierra por el pecado de Adán, otra maldición caería sobre la tierra a causa del pecado de Caín. Me pregunto, ¿en qué parte del planeta no se ha derra-mado sangre inocente? Todo país ha sufrido guerras de independencia, guerras de conquista, guerras civiles, gue-rras internacionales, terrorismo, crímenes. Especialmente en los conflictos en que la sociedad es culpable, ¿no es acaso esto la sangre de los hermanos que clama a Dios desde la tierra? Y como si esto fuera poco,Jesús afirmó que no vino a cambiar la Ley, sino a cumplirla y a darle su verdadero significado. ¡Y qué significado!

Según el Señor, todo es más difícil de lo que pensába-mos: «Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego» (Mateo 5.21,22).

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mal-La pobreza y la maldición espiritual 41

dición sobre uno. Bastará con hacer que despidan del trabajo a quien no nos hizo ningún mal.

El dinero no lo es todo

Los malos harán dinero fácil. La prostitución, las drogas, el alcohol, el contrabando, la evasión tributaria y la explo-tación de los trabajadores nos pueden dar dinero «fácil». Pero el dinero es solo una parte, y no muy importante, de la prosperidad. ¿Qué es ser próspero? ¿Cuánto dinero tiene realmente el que es próspero? ¿Quién sabe? El dinero atrae el amor de personas indignas de ser amadas, pero no el de las que podríamos realmente amar. El dinero no compra la salud y menos la paz. El que hizo su dinero deshonestamente, ¡cuánto pagaría por un poco de paz! El que acumula riquezas solo por el afán de acumular jamás disfruta del dinero. El malo amasa una fortuna porque es astuto para los negocios a la manera del mundo. Pero por muy astutos, sagaces y pillos que sean, no disfrutarán de esas riquezas. Las verdaderas riquezas son para los que han sido justificados por Jesús. Por eso la Biblia dice que «el bueno dejará herederos a los hijos de sus hijos; pero la riqueza del pecador está guardada para el justo» (Prover-bios 13.22).

Y la Biblia añade: «Sembráis mucho, y recogéis poco; coméis, y no os saciáis; bebéis, y no quedáis satisfechos; os vestís, y no os calentáis; y el que trabaja a jornal recibe su jornal en saco roto. Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Meditad sobre vuestros caminos» (Hageo 1.6,7). Aunque coman los manjares que su dinero compre, aunque se vistan con los mejores trajes, aunque vivan en los mejores palacios, nada los saciará.

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42 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

El hombre desafortunado

Imaginemos a un hombre que trabaja la tierra y que ha sido condenado a llevar sobre sus hombros un peso de veinte kilogramos. Llevar veinte kilos no debe parecer muy difícil al comienzo, pero imaginemos que él se levan-ta en la mañana y lo primero que hace es cargar con el bulto; y de allí no lo deja hasta volverse a acostar por la noche. ¿Cómo sentirá que fue la jornada de trabajo en ese día? ¿No será para él algo agotador? Así está el hombre bajo la maldición.

Hay personas que están agobiadas con la carga de pecado y condenas que pesa sobre sus hombros, con toda la naturaleza y fuerzas espirituales que están en su contra. Un hombre así que quiera prosperar honradamente es muy difícil que pueda hacerlo. Y si trata de prosperar de manera deshonesta, al final su estado será peor que la pobreza. La angustia, la desesperación y otras cosas peores no lo dejarán.

Ya debe haber comprendido que no es posible recibir la prosperidad de Dios si primero no arregla su situación espiritual. A partir de eso estará listo para que pasemos al primer paso de la verdadera prosperidad: la prosperidad espiritual.

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Capfiu/o cualro

La prosperidad

del Espíritu

¿De dónde viene la prosperidad?

La prosperidad debe comenzar en los lugares celestiales o lugares espirituales, o sea, en la «dimensión del espíritu». El mundo material, la creación entera, se sostiene sobre bases espirituales. Todo lo que nos sucede en esta vida tiene su origen y es reflejo de lo que ocurre en esos lugares celestiales. En ellos vivimos también de alguna manera, aunque no seamos totalmente conscientes de ello al habi-tar en este mundo material en un tabernáculo de carne y hueso que es nuestro cuerpo.

Necesitamos, pues, alcanzar primero las bendiciones

~n los lugares celestiales, para luego poder recibir el fruto de esas bendiciones aquí en la tierra. La Biblia sobre esto nos dice: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo» (Efesios 1.3). ¿Qué hay que hacer para recibir esas bendiciones, y quién podrá dárnoslas?

En el campo sobrenatural existen dos fuentes de poder: El poder de Dios y el poder de las tinieblas. El poder viene de Dios o viene del diablo y sus demonios. No hay otra

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44 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

posibilidad. En el mundo espiritual, dice Colosenses 1.13, solo hay dos reinos y por lo tanto dos fuentes de poder: El reino de las tinieblas y el reino de la luz y no podemos estar en ambos a la vez.

El único que puede bendecirnos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo es Dios. Él el único que tiene toda la autoridad para hacerlo, y es el único que da bendiciones sin pedir nada a cambio. Si algo nos pide es que dejemos todo lo que nos hace daño y que hagamos solo lo que nos hace bien.

Muchas veces las personas, por inexperiencia o igno-rancia, recurren a fuentes de las tinieblas sin imaginar lo que hay detrás de todo eso. Piensan que a través de espíritus o demonios o con hechizos y brujerías (y por supuesto realizando toda clase de acciones deshonestas, como ya hemos mencionado anteriormente) podrán atraer el dinero. Lo cierto es que cuando conseguimos cualquier tipo de favor sobrenatural, ese favor siempre tendrá un precio. ¿Cuál será el pago que uno deberá realizar a los demonios por los favores recibidos? El pago será la vida misma. No olvidemos que «la paga del pecado es muerte». Otras veces parece que las personas desearan conven-cerse de que no todo lo sobrenatural proviene de Dios o del diablo y creen que existen otras fuentes desconocidas no tan malignas, o aun, benignas a las cuales uno puede recurrir.

Dichosos los que recurren a Dios. Él con su gran amor bendice sin esperar nada a cambio. Y no solo todo lo que uno obtiene de Él es debido a su gracia y su amor, sino que sobrepasa todo entendimiento. Eso dice Efesios 3.17-19.

Meditemos en que Dios nos dio a Jesús, no ahora que andamos conforme al Espíritu, sino cuando éramos ene-migos suyos y vivíamos conforme a la carne. ¿Por qué lo hizo? Lo hizo «para que la justicia de la Ley se cumpliese

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La prosperidad del Espíritu 45

en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque los que son de la carne pien-san en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la Ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios» (Romanos 8.4-7).

Esto nos conduce a una promesa muy grande: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas?» (Romanos 8.32). Si estamos pidiendo conforme a su voluntad, no hay por qué dudar de que nos concederá lo que pedimos, pues ya nos dio lo más valioso que tenía: a Jesús.

La Biblia también nos enseña en Santiago 1.17, que todo lo bueno viene siempre de Dios. No podemos recibir nada bueno de otra fuente. Él es quien nos bendice y nos da vida eterna.

¿Cómo pedir prosperidad?

¿Cómo pediremos a Dios que nos prospere? ¿Acaso somos dignos de hacer tal pedido? Verdaderamente no hay nadie digno de pedirle a Dios ni prosperidad, ni salvación, ni salud, ni ninguna otra cosa que no sea perdón por nuestros pecados, y mucho menos si vivimos siguiendo la corriente del mundo.

El primer paso que debemos dar es arreglar nuestras cuentas con Dios de una vez y para siempre. Algunas personas creen que si de niños fueron llevados a alguna iglesia, fueron bautizados, y luego participaron repetidas veces de los ritos de esa iglesia, son salvos y tienen acceso al cielo. Están equivocados. Uno tiene que reconocerse

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46 LAS CINCO DIMENSIONES DE LA PROSPERIDAD

pecador y pedir perdón. Pablo afirma que «todos pecaron

y están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3.23). En otras de sus cartas abunda en el tema y dice: «Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envi-dias, homicidios, borracheras, orgías, y otras cosas seme-jantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios» (Gálatas 5.19-21).

Lo peor que una persona puede hacer es creer que es inocente ante Dios y tratar de justificarse. No podemos alegar inocencia delante de Dios, porque Él sabe la verdad, aun si nosotros la queremos negar.

Tampoco podemos pretender que nuestro pecado ten-ga atenuantes. Muchas veces las personas culpan a su pasado. Piensan que si alguien no los hubiera iniciado en prácticas sexuales pecaminosas, jamás habrían cometido pecados sexuales; o que si no los hubieran iniciado en el alcohol o las drogas, jamás habrían caído en sus garras. Otros piensan que el sembrar coca para la producción de cocaína no está mal porque tienen familias que alimentar y no encuentran otro modo de hacerlo. Otros, que si no extorsionan o reciben soborno, no les alcanzará para vivir. Realmente el diablo tiene un almacén inagotable de excu-sas para convencernos de que pecar es la única alternativa que nos queda. Es cierto que los tiempos son difíciles, pero jamás saldremos de nuestros problemas si nos justifica-mos.

La verdad es que si nadie nos hubiera iniciado en tal o cual pecado, habríamos caído solos en ellos o habríamos caído en otros. Nunca hemos sido víctimas inocentes del pecado de otros, del egoísmo de otros, de la maldad de otros. Siempre hemos sido pecadores a la espera de que la

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La prosperidad del Espíritu 47

iniquidad brotara de nuestros corazones de una u otra manera. Y aun cuando las cosas que hicimos fueran pro-ducto de nuestra formación o deformación familiar y so-cial, debernos reconocer que son producto t~rnbién de nuestro propio pecado y del pecado de la raza adárnica, del cual todos somos responsables solidariamente.

El rey David supo reconocer su propia culpa, aunque según el Salmo 51 sabía que en pecado fue concebido y en pecado fue formado. No pretendamos justificarnos delan-te de Dios, ya que no delan-tenernos excusa para haber vivido alejados de Él. No nos sintamos justos, ni buenos delante de Dios, porque eso impedirá que Él nos perdone. Al contrario, confesemos a Dios nuestros pecados para ser perdonados y quedar libres del castigo. La prosperidad espiritual empezará siempre en los lugares celestiales cuando una persona reconoce su pecado y se vuelve a Dios.

Solo Jesús libera al hombre

Para recibir el perdón de Dios y alcanzar salvación, hemos dicho, no basta con practicar una religión, ni con asistir a una iglesia. Ninguna institución humana, ni aun la iglesia, puede dar de por sí salvación al hombre. Solo Jesús puede hacerlo. Dice la Biblia que «en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hom-bres, en que podamos ser salvos» (Hechos 4.12).

Sin embargo, algunas cosas son contraproducentes en cuanto a obtener el perdón de los pecados.

Alegar inocencia

Nada más absurdo. Dios mismo dice, corno hemos leído anteriormente, que todos los hombres han pecado.

Referencias

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