E
l juego de Mus que inventaron don Alonso de Tudela y don Tomás del Pinarillo (1487) se jugaba entre dos, se repartía entre los jugadores toda la baraja, la mitad para cada uno, y ganaba el que tenía más reyes. Ya se comprende que el juego eraLa Grande y la Chica
Doses y treses
Profesores de matemáticas
bastante tonto y la aceptación de envites, proble-mática, pues nadie quería un envite a no ser que estuviera distraído o se hubiera equivocado al con-tar los reyes que tenía en la mano. Hasta que a don Alonso, que era hombre de recursos, se le ocurrió repartir con su amigo sólo la mitad de la baraja, y la otra mitad regalársela a los pobres, y el juego adquirió movilidad e interés; y el azar vino a ser un ingrediente importantísimo del Mus. Pero la nueva modalidad tenía el inconveniente de que en cada mano había que utilizar una baraja nueva –buenos eran los pobres para devolver lo que se les había dado, que enseguida decían lo de “Santa Rita Rita Rita, lo que se da no se quita”, y siendo como era la gente pudiente tan piadosa en aquel tiempo, la invocación a Santa Rita les llenaba de rubor y renunciaban a la devolución de las cartas que habían regalado–, y esto suponía un gasto conside-rable que muy pocos podían soportar, por lo que el juego fue abandonado provisionalmente.
Los pobres, por su parte, con media baraja de aquí y media baraja de allá, habían logrado formar mazos voluminosos de ochocientas cartas y aún más. Y como eran gentes sin prejuicios ni megalo-manías ni exclusivismos, repartían las cartas entre catorce o quince jugadores, y no sólo envidaban a reyes, sino también a ases, inventando los envites a Grande y a Chica, con lo que el Mus se hizo variado y ágil hasta más no poder.
No se sabe hasta dónde se hubiera podido enfangar en el vicio el pueblo llano, tan proclive al ocio y al abuso, de no ser por la peste que asoló el país y dejó muchas partidas de Mus inconclusas. Se hizo famoso en aquel tiempo (1502) el jugador Tadeo Pérez de Hornachuelos, que con veintidós reyes en la mano fue atacado por la diarrea precur-sora de la muerte y aún tuvo fuerzas para decir: “Te envido diez a la Grande aunque sea lo último que haga en la vida”. Y el adversario, Cipriano Torrelobatón, demostró su grandeza de alma al aceptar el envite sabiendo que perdía; pero el Mus forja amistades sinceras, y al moribundo le dio Cipriano una alegría haciéndole ganar diez piedras al borde de la tumba, adonde fue bajado a conti-nuación, con la partida ganada, eso sí.
Pasaron unos años de convalecencia y hacia 1537 los poderosos volvieron a jugar al Mus. Pero las desgracias pasadas y el ejemplo de la plebe les habían hecho meditar y entrar en razón, de modo que establecieron el jugar con una baraja de cua-renta cartas y adoptaron los envites a la Grande y a la Chica que tantas horas de sano regocijo había proporcionado a la gente sencilla. Pero como se jugaba entre varios jugadores –cada uno por su cuenta– y los reyes y los ases escaseaban, decidie-ron que los treses sirvieran de reyes, y los doses fueran considerados como ases, como se hace actualmente.
Estos fingidos valores del dos y del tres provo-caron graves trastornos entre los jugadores igno-rantes –que eran muchos– y las señoras analfabetas –que eran casi todas–; los cuales, aunque sabían distinguir muy bien los ases de los reyes, ya que los ases no tienen barba, difícilmente entendían la diferencia entre un dos y un tres. Sólo una sobrina de Beatriz Galindo, “La latina”, tan letrada como su tía, fue capaz de distinguir unos números de otros al primer golpe de vista, según se hizo cons-tar en una lápida de mármol, hoy desaparecida, que estuvo muchos años en un lienzo de la mura-lla de Madrid.
Proliferaron los profesores de matemáticas, casi siempre bachilleres de Salamanca, sin colocación por el momento, que enseñaban los números a las señoras, bien en clases colectivas o dándoles leccio-nes particulares. Las señoras de la buena sociedad se aficionaron al juego del Mus de una manera escandalosa.
Hasta que el conde de Alto-Eucalipto encontró en la cama de su mujer un rey de bastos y un tres de copas entre las sábanas (7 de octubre de 1624). –¿Qué es esto? –preguntó el conde, a quien, si ya le molestaban las migas de pan en la cama, suponía que las cartas le iban a molestar mucho más.
–Un par de reyes –dijo con sencillez la condesa. A la vista de aquella incongruencia –pues el conde no era jugador de Mus–, el noble marido
sospechó lo peor e hizo lo que hacen todos los maridos en trances parecidos: mirar debajo de la cama. Y allí estaba, en lo que entonces se llamaba paños menores, que no se sabe cómo tuvo tiempo de ponérselos, el bachiller Sansón Carrasco en per-sona, con el resto de la baraja en la mano.
El bachiller Carrasco fue ahorcado, acusado de robo con asalto, nocturnidad y desprecio de sexo –aunque era bien sabido lo mucho que apreciaba el sexo el bachiller–; y el juego del Mus fue deste-rrado de los salones por peligroso y por haber huido a las montañas todos los profesores de mate-máticas de las señoras.
El pueblo volvió a adueñarse del sabroso entre-tenimiento del Mus, ya que los ingeniosos analfa-betos aprendieron a distinguir el dos del tres sin necesidad de maestros, por el sencillo procedi-miento de contar las figuras de las cartas, y donde veían dos oros, por ejemplo, sabían que era un dos; y si contaban tres bastos era un tres, sin necesidad de mirar el número, que por ellos igual podían haberlo suprimido.