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Humanismo II. Tareas Del Espíritu - Juan Luis Lorda

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Humanismo II. Tareas del espíritu © 2010 by Juan Luis Lorda

© 2010 by EDICIONES RIALP, S.A., Alcalá, 290, 28027 Madrid By Ediciones RIALP, S.A., 2012

Alcalá, 290 - 28027 MADRID (España) www.rialp.com

[email protected]

Fotografía de cubierta: © La Belle Ferronnière (detalle), Leonardo da Vinci. Museo del Louvre, París. © 2010 Foto Scala. Florencia

ISBN eBook: 978-84-321-3850-8 ePub: Digitt.es

Todos los derechos reservados.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos,

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Sumario

Presentación

1. Los resortes interiores 1. El espacio interior

2. Las funciones de la mente 3. La forma del corazón

4. Los movimientos del corazón 5. La decisión libre: cabeza y corazón 2. Disciplina

1. La conquista del espacio interior 2. El conocimiento propio

3. El ascetismo de los deseos 4. El control de la actividad

5. El silencio interior y la prudencia 3. El trabajo bien hecho

1. El valor del trabajo 2. Aprendizaje

3. Disciplina 4. El arte de educar

1. Encender un fuego 2. Formar el corazón 3. Enseñar a pensar 4. Dar clase

5. El arte de gobernar 1. La autoridad

2. La administración de las sociedades 3. La dirección de las personas

4. Las condiciones del gobernante 4. Dialogar y pactar

5. El trato con subordinados 6. Las virtudes de la convivencia

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1. Ser sociable

2. Las virtudes del trato 3. La conversación

4. Sentirse ciudadano: el arte de participar 5. La solidaridad

7. Familia y hogar 1. Verdades y tópicos 2. Relaciones humanas

3. Del enamoramiento al amor 4. El amor diario

5. Las dulzuras del hogar 8. El sentido religioso

1. El hecho religioso

2. Dimensiones del sentido religioso 3. Experiencias de trascendencia 4. La idea de Dios y de lo divino 5. Las formas de la religión Libros sabios

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«Lord, grant me the Serenity

to accept the Things I cannot change; the Courage to change the Things I can and the Wisdom to know the Difference». «Señor, dame serenidad para soportar las cosas que no puedo cambiar. dame coraje para cambiar

las cosas que puedo cambiar,

y dame sabiduría para distinguir una cosa de otra».

(Oración que usan algunos grupos de alcohólicos anónimos1)

1 Se atribuye, sin fundamento, a una multitud de autores, desde Marco Aurelio a Niehbur y Bertrand Russel, pasando por san Francisco de Asís o el Cura de Ars, pero no está en ninguno.

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Presentación

Este libro es la continuación de: Humanismo. Los bienes invisibles. Procede como aquél de un curso de humanismo dirigido a universitarios, cuando tuve la fortuna, durante catorce años, de dar clase en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra.

Al dividir los temas, he dejado para esta parte los más generales sobre la formación personal (los resortes interiores, disciplina y trabajo) y los que ahondan en la dimensión social (el arte de educar, el arte de gobernar, las virtudes de la convivencia, familia y hogar), junto con el sentido religioso.

Para la mentalidad humanista, el desarrollo de la persona no es un bien privado ni tiene como fin la autocomplacencia. Cada persona es miembro de una sociedad. En la mentalidad humanista, están perfectamente imbricadas la dimensión personal y la social. Cada uno ha de ser mejor para poder servir más. Es tener para dar. Por eso, los temas que se refieren a la construcción personal se combinan muy bien con los que se refieren al servicio que se puede prestar a la sociedad.

En la primera parte bromeábamos, pero era más que una broma, con que estos temas no se encuentran en las enciclopedias, incluso las más rigurosas. Y sin embargo son los más importantes para realizarse como persona. Así nos lo testimonia una permanente tradición de hombres sabios de los que este libro quiere ser testimonio y continuidad.

Los dos primeros capítulos pueden resultar más arduos, por ser más básicos e intentar una descripción de la conciencia del ser humano y de su desarrollo. No hay inconveniente en empezar el libro por donde apetezca. En el humanismo, todo comunica y todo se integra.

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1. Los resortes interiores

1. El espacio interior

Mientras fuimos una célula, nuestro movimiento respondía a las leyes de la física y de la bioquímica; después, comenzaron a aparecer unas funciones orgánicas elementales, y vivíamos como si fuéramos una planta. Más tarde, incluso una vez nacidos, nos comportábamos de una manera muy semejante a un animal; al principio con una gran descoordinación motora (incapaces de movernos bien); después con algunos pocos movimientos de tipo instintivo, con respuestas elementales a los estímulos externos. Más tarde, mejoró el funcionamiento de la imaginación, ese extraordinario instrumento que nos permite organizar la experiencia y prever lo que puede suceder. Por último, empezó a tomar fuerza la inteligencia y a lucir como un sol en medio del mundo ciego de los sentimientos, impulsos e imaginaciones.

Cuando la inteligencia comienza a brillar, se sitúa el núcleo de nuestra personalidad. Se crea en nosotros ese «espacio» interior —vamos a llamarlo así— ese «lugar» donde se medita y se decide, donde se reúne conscientemente la experiencia pasada y se elabora la conducta futura; donde se siente y se ama, donde se unen la cabeza y el corazón; el foro donde se ejerce la libertad: el ámbito de nuestra intimidad. Ese es el espacio de la conciencia. Desde entonces, podemos hablar de nosotros mismos, de nuestros fines, de nuestras aspiraciones, de nuestro pasado, de nuestro yo.

Hablamos de «espacio», utilizando comillas, porque se trata de una imagen. Es evidente que no es un espacio físico, no es un hueco en el cerebro. Pero llamarle «espacio» permite destacar un aspecto importante: puede crecer; puede ser amplio o quedarse estrecho. Realmente ese «lugar» —que en realidad tampoco es un lugar— es completamente peculiar en el mundo. Por decirlo de alguna manera, rompe la continuidad de las leyes físicas y psicológicas del universo. Es un «agujero negro» donde se producen fenómenos y se advierten propiedades que no aparecen en ninguna otra parte del universo.

Todo el universo físico está sometido a las leyes de la física (incluyendo en ella la mecánica y la química)... excepto algunos fenómenos del comportamiento de las células y los organismos vivos. Para describir estos fenómenos de la vida necesitamos otra serie de leyes, las de la biología; con ellas explicamos todo... excepto la conducta de los animales superiores. Para describir estos fenómenos, que se dan en unas partes muy pequeñas del universo (el interior de los animales) empleamos otra serie de leyes —la psicología o el comportamiento animal—, sumamente complejas y todavía insuficientemente conocidas.

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Si pudiéramos reunir estas tres series de leyes —de la física, de la biología, de la conducta animal, podríamos explicar —y, en esa misma medida, controlar y manipular— todo lo que sucede en el mundo. Pero todavía nos faltaría algo: precisamente lo que ocurre en ese espacio interior del ser humano que llamamos conciencia. Lo que allí sucede no se puede describir recurriendo a las leyes de la física, ni de la biología, ni de la conducta animal. Para describirlo, tenemos que hablar de ideas y de fines; tenemos que hablar de conciencia y de libertad, conceptos que son extraños a la física, la biología y la psicología animal. Pero son el vocabulario propio de ese interior, y sin él, no se comprende nada.

Hay personas que, llevados por un curioso equívoco acerca de lo que es científico, prefieren ignorar el testimonio de toda la cultura humana que no hace otra cosa que hablar de ideas y de fines, de conciencia y libertad, e intentan explicar los fenómenos humanos remitiéndose al plano de la conducta animal. Otros se quedan más abajo, en el plano de las leyes de la biología. Otros creen —es una creencia indemostrable— que todo se puede explicar al nivel de la física y se quedan allí. Se quedan —claro está— teóricamente; porque es absolutamente imprescindible usar esos términos para moverse en el mundo humano. Para vivir como un mineral, bastaría respetar las leyes de la física; y para vivir como una ameba, las de la biología; y para vivir como una vaca, las de la psicología animal. Pero si se quiere vivir como un hombre (como han vivido los hombres desde que tenemos constancia de que lo son), hay que hablar de ideas, de fines, de conciencia y de libertad. Este es el dato comprobable y riguroso, lo demás son fantasías materialistas.

Lo característico del funcionamiento de ese núcleo es que no está sometido a ninguna ley externa, sino que se da a sí mismo su propia ley. Es lo propio de la libertad. Por eso, cada hombre es un factor de operaciones imprevisible, una especie de fractura o de discontinuidad dentro del universo. No es que no esté sometido a las leyes del universo, sino que, en medio de esas leyes y a través de ellas, produce fenómenos nuevos. Tiene una actividad creativa y libre que modifica los espacios naturales. Basta con echar una ojeada al mundo, para darse cuenta de que la actividad humana ha creado multitud de cosas que no se pueden explicar con arreglo a los tres órdenes de leyes naturales. Una autopista o un edificio no se explican recurriendo sólo a las leyes de la física, de la biología y de la conducta animal. Para explicarla es necesario hablar de la creatividad humana, de ideas, de fines y, en definitiva, de libertad.

Gracias a ese espacio interior, cada hombre está en el mundo como un sujeto único e irrepetible, un ser que piensa y reflexiona, que improvisa su conducta, que remansa en su interior los acontecimientos; que responde a cada situación después de haberla valorado y de haber elegido un modo de actuar; que produce arte y transforma su entorno, que crea historia y cultura; y que es moralmente responsable de lo que ha hecho. En ese espacio interior, es donde se «localizan» esos fenómenos que son los más característicos del ser humano.

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2. Las funciones de la mente

Vamos a repasar brevemente las funciones conscientes; es decir, aquellas que se manifiestan en la conciencia. En este punto, trataremos de las que pertenecen al conocimiento, y, en el punto siguiente, de las que pertenecen al querer humano. Las que se refieren al conocimiento podemos agruparlas en cinco: 1) Darse cuenta: percibir y sentir; 2) Intuir y comprender; 3) La memoria y la identidad personal; 4) Reflexionar, meditar y razonar. Si a alguien se le hace pesado este itinerario por nuestro mundo interior, puede pasar directamente al capítulo siguiente y entrar en materia. Aquí estamos estudiando lo que podríamos llamar los «resortes» del espíritu humano. Pero después comenzaremos a hablar de su desarrollo o educación, de los bienes invisibles que puede lograr.

1) Darse cuenta: percibir y sentir

En nuestra conciencia se reciben muchos datos elaborados que nos llegan de los sentidos externos. El más importante de todos es la vista porque transmite una información riquísima de lo que sucede a nuestro alrededor. También tenemos «percepciones» del oído y «sensaciones» del tacto (presión, temperatura, dolor).

Los datos de los sentidos se completan unos con otros. Por ejemplo, primero vemos lo que vamos a comer y lo reconocemos, también lo olemos; y notamos su gusto y textura cuando lo masticamos. Sin tener que hacer ningún esfuerzo especial, todo lo referimos al mismo alimento y obtenemos una información bastante completa. Además, esa información se combina en la imaginación con la extraída de experiencias pasadas o recibida de otros. Por eso, nos bastan muy pocos datos para reconstruir un objeto o completar una experiencia. Por ejemplo, vemos unas pocas manchas de color pasar ante nuestra ventana y podemos distinguir si se trata de un coche, un caballo o una bicicleta. También reconocemos un rostro inmediatamente, con una velocidad sorprendente.

Las «percepciones» del oído y de la vista son vividas como la recepción de algo externo, mientras que las «sensaciones» del gusto, del olfato y, sobre todo, del tacto, son vividas como alteraciones físicas de nuestro cuerpo causadas por lo externo. Conocemos lo externo por la alteración física que nos produce y que sentimos. También tenemos «sensaciones» de lo que sucede dentro de nosotros: sentimos cuál es nuestra postura, dónde nos duele; si nuestra boca está abierta o cerrada, si la tenemos seca, etc.

Aunque nos parece que las percepciones y sensaciones se producen pasivamente, sin iniciativa de nuestra parte, la psicología moderna (y la antigua) sabe que han sido fuertemente elaboradas por nuestra sensibilidad y que también ha participado nuestra inteligencia (por ejemplo, en el reconocimiento de imágenes, en la ordenación del campo sensorial, en el interés por algún detalle...). Pero no somos conscientes de haber hecho nada. Se presentan en nuestra conciencia sin más.

De muchas otras cosas —externas e internas— no somos conscientes: hay sonidos que no oímos porque son demasiado agudos o graves, hay detalles que se escapan de nuestra vista; no sentimos muchas de las funciones de nuestro cuerpo, por ejemplo, la circulación

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de la sangre, la comunicación de nuestro sistema nervioso, la regeneración de nuestros tejidos...

2) Intuir y comprender

Es la operación más misteriosa de la inteligencia. Nuestra inteligencia tiene la sorprendente capacidad de atraer las cosas a su ser, de darles una existencia espiritual o intelectual dentro de ella. Adquirimos una «representación interna» de lo exterior. No se trata de una especie de película o de fotografía —eso es, más bien, la imaginación—; se trata de algo más. Comprender o entender es «convertir» la realidad concreta en ideas abstractas, «despiezarla» en nociones, que combinamos y expresamos mediante palabras. Así alcanzamos una representación de la realidad dentro de nosotros.

No conviene ser simplistas en algo tan delicado. No imaginemos un «despiece» demasiado simple. En un primer momento, nos puede parecer que hay correspondencia exacta entre el tipo de cosas externas y las nociones o conceptos que formamos, pero no es así. Basta con que nos fijemos en las palabras que usamos. Hay muchas palabras que designan «cosas»; pero muchas otras, no: por ejemplo, los términos más abstractos (belleza, alcance, altura, importancia), los verbos (subir, bajar, pensar, estar, ser, juzgar, comprender); las partículas («por», «para», «de»), que expresan relaciones de causalidad, de finalidad, de pertenencia, con infinidad de matices que estudia la lingüística.

El lenguaje nos da idea de la riqueza de nuestro pensamiento. No se puede describir el funcionamiento de la inteligencia como si se tratara de un puzzle o de un juego de construcción con unas cuantas piezas elementales. Ninguna imagen material o física es adecuada; porque suceden cosas que no se dan en la física.

La experiencia nos enseña que comprender es como hacerse la luz. Hay un momento en el que pasamos de no ver a ver; primero nuestra mente ronda y da vueltas a un material informe y, repentinamente, vemos ordenarse, lo que antes era oscuro y disperso. Entonces, reconocemos lo nuevo en el marco de lo que ya conocíamos y captamos sus relaciones. Primero se da una captación general, más vaga y después la aclaramos: reconocemos cada parte —las nociones que están en juego— y reconocemos las relaciones que guardan unas partes con otras, y las podemos expresar en frases. Cada frase es el reconocimiento de una parte (eso es un perro) o una relación entre las nociones que intervienen (el perro come).

En cada comprensión, nuestra inteligencia mejora sus nociones: las enriquece. Con el tiempo, la inteligencia compara las nociones, las clasifica, las ordena; extrae lo que tienen en común y es capaz de crear otras nuevas. Además recibe, a través del lenguaje, las nociones de otros. Así se enriquece.

El modo como nuestra inteligencia combina los conceptos se manifiesta en la estructura del lenguaje. A veces, podemos formular las cosas con claridad y otras no. Unas veces estamos muy seguros de la relación que guardan unos conceptos con otros y otras no. Caben distintos grados de seguridad con respecto a la verdad. Cabe la duda, la sospecha, la opinión o la certeza.

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Lo que vamos comprendiendo y lo que otros nos transmiten, gracias a que poseen conceptos semejantes y utilizan los mismos términos que nosotros, nos enriquece porque tenemos capacidad de conservarlo vivo y relacionarlo con lo sabido. Saber es poseer ordenadamente.

Conservamos tanto las imágenes recibidas por nuestra experiencia (percepciones y sensaciones combinadas), como las relaciones entre los conceptos. A la primera función se le llama, a veces, «memoria sensible» y a la segunda, «memoria intelectual». Parece que la memoria (sobre todo la sensible) se articula en capas, pudiéndose distinguir una memoria reciente, que está más próxima a la conciencia y es más fácil de manejar y una memoria remota donde todo queda guardado, pero sin que sea fácil recuperarlo. Los sueños se nutren de ese depósito profundo, combinando sus imágenes y dando lugar, a veces, a situaciones que nos parecen nuevas. A esa capacidad de combinar imágenes, se le llama fantasía.

Las experiencias y las ideas que se refieren a nosotros mismos: nuestras vivencias y nuestras convicciones, nuestro pasado y las aspiraciones de futuro, forman parte de nuestra identidad personal (autoconsciencia). Gracias a la memoria, sabemos quiénes somos, cuál es nuestro lugar en el mundo, cuáles son nuestras relaciones con las personas, con las instituciones y con las cosas, qué hemos hecho y qué queremos hacer. Si la perdiéramos, perderíamos nuestra identidad.

4) Reflexionar, meditar y razonar

Nuestra conciencia maneja su patrimonio de conocimientos y piensa con ellos. A eso se le llama meditar, reflexionar o razonar. Al combinar los conocimientos se pueden deducir otros nuevos y también aplicarlos a la acción.

La función de razonar es la mejor conocida, porque es la que mejor se representa en el lenguaje: no sabemos cómo entendemos, pero sí sabemos cómo razonamos. El razonamiento se somete a unas leyes lógicas y, por eso, es imitable por un ordenador. En cambio, los ordenadores no pueden imitar el aspecto intuitivo de la inteligencia: no forman nociones, ni comprenden sus relaciones; por eso, no son capaces de adaptarse a problemas estrictamente nuevos, ni tienen autoconsciencia, ni identidad personal.

Habría mucho que añadir sobre cómo es nuestro conocimiento y cómo se forma. Pero hemos descrito lo más fundamental. Y es hora de pasar a la segunda área de funciones humanas, que es la afectividad, la capacidad de inclinarse por algo o de quererlo. Eso es el corazón.

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3. La forma del corazón

Para describir mejor esta parte, vamos a volver a la imagen del espacio interior. Imaginemos la conciencia como si fuera una esfera, en cuyo centro está nuestro yo, el núcleo de nuestra personalidad, el sujeto que entiende y quiere, con todas las capacidades que acabamos de describir. Inmediatamente debajo de la inteligencia, y unida a ella, está la imaginación. Pues bien, en el fondo de la esfera, como si se tratase de un mar profundo, tendríamos que poner el corazón, con todas sus inclinaciones, innatas y adquiridas, y los resortes psicológicos de las tendencias instintivas.

Lo característico de este fondo es que, al moverse, produce cambios fisiológicos en nuestro cuerpo. Por eso, «sentimos» sus movimientos. Y, en cierto modo, desde el punto de vista de nuestra conciencia, nos resulta inseparable el movimiento afectivo del sentimiento característico que lo acompaña.

Este «mar afectivo» está en constante movimiento y reacciona con viveza ante todo lo que se hace presente en la conciencia. Las cosas, en general, no nos son indiferentes; producen una respuesta afectiva, que se nota en el interés. Hay cosas que apreciamos y cosas que nos disgustan, con cierta estabilidad. Esto significa que nuestro corazón tiene forma. Cada hombre tiene sus gustos y sus manías, sus inclinaciones y repugnancias, sus preferencias, sus objetos y su seres queridos. Y esto es una parte muy importante de su personalidad, tanto o más que sus convicciones. El hombre no es sólo un ser que piensa es también un ser que tiene inclinaciones y que quiere.

A todo este complejo fondo afectivo, le llamamos corazón. Preferimos retomar esta noción, que en parte es imagen y metáfora, porque resulta muy expresiva. La tradición occidental, que tiene un corte bastante racionalista, tiende a dejarla de lado cuando habla de la conciencia y prefiere referirse sólo a la inteligencia y a la voluntad. Pone en la voluntad el querer iluminado por la inteligencia, y en la sensibilidad los sentimientos, impulsos y afectos. Es una distinción válida, pero lleva a perder de vista la profunda unidad del ser humano y a expresarse como si el espíritu estuviera desencarnado. Por eso tiene ventajas manejar la imagen tradicional del corazón.

El corazón es mucho más difícil de entender que la mente porque es mucho más oscuro. Lo notamos, pero no lo vemos; y, a veces influye en nuestra conducta sin que nos demos cuenta. Tiene una estructura muy rica y compleja, con distintos estratos, y además se modifica constantemente con la propia historia. Por eso es muy difícil de estudiar. En la forma del corazón, hay un fondo innato que, casi desde el inicio de la vida psicológica, es modificado por el ambiente y la experiencia y, más tarde, muy poderosamente, por la propia inteligencia. Por eso es prácticamente imposible describirlo «en estado puro».

El estrato más hondo y oscuro del corazón lo forman las tendencias instintivas, que son inclinaciones permanentes que operan en el subconsciente y afloran de cuando en cuando en la conciencia. No somos indiferentes a la comida, a la bebida, al sexo... Son las tendencias primarias que garantizan la supervivencia propia y de la especie. Esas inclinaciones están permanentemente por debajo y se activan en momentos

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determinados. Intervienen factores fisiológicos muy complejos de los que apenas somos conscientes. Simplemente sentimos su «impulso» en un momento dado, que nos inclina «impulsivamente» en una dirección. A veces, se les llama «pulsiones», sobre todo si son violentos. El hambre, por ejemplo, se nos aparece como una sensación difusa, una inquietud que despierta nuestro interés por todas las señales de comida y un impulso a comer. Las tendencias instintivas son estimuladas tanto por la propia situación del cuerpo (hambre) como por la imaginación (comida). Un olor de comida en el momento en que estamos hambrientos, penetra mucho más hondo y nos llama la atención mucho más que cuando no tenemos hambre.

El impulso despierta el interés, concentra la atención, acapara la imaginación, y aparece el deseo, el apetito o las ganas de comer, que se presentan como una exigencia perentoria en la conciencia. Sólo al final nos damos cuenta de lo que sucede —lo sentimos y reconocemos— y ejercemos nuestra libertad: aceptamos el estímulo y buscamos comida, o lo controlamos. A veces, esas tendencias son excesivas o patológicas. Y, en ocasiones, pueden crear dependencias, como sucede en el caso de la droga, el alcohol o los juegos de azar. Por curiosos mecanismos fisiológicos, el cuerpo se acostumbra y echa en falta esos estímulos, produciéndose «síntomas de abstinencia». En estos casos, las pulsiones o movimientos instintivos son tan fuertes que pueden llegar a absorber la conciencia y privar de la libertad.

Además, el ambiente nos transmite valoraciones, tanto de una manera consciente, como información, como también inconsciente, como condicionamiento. Desde pequeños, nos han educado para apreciar unas cosas y rechazar otras. Pronto aprendemos que unas cosas son muy estimadas y otras no; que unas cosas son bien vistas y otras no; que todos nos envidiarán si conseguimos un determinado bien o que nos evitarán si hacemos esto o tenemos lo otro. También damos crédito a las personas que estimamos cuando nos dicen que algo vale la pena.

Todo esto nos condiciona, influye en nuestro sistema de preferencias. En nosotros hay algo parecido a los reflejos condicionados de los animales, aunque con una fuerte mediación de la inteligencia. Nuestra sensibilidad se modela también con los «premios» y «castigos» de experiencias anteriores: los bienes que nos han proporcionado más satisfacción (premio) son queridos con una intensidad reforzada. Y huimos «instintivamente» (en realidad, «condicionadamente») de las cosas que nos han causado sufrimiento (castigo). Las experiencias agradables y desagradables crean en nosotros aficiones y manías. Nos interesa el dinero, la fama, el ser conocidos; nos pueden gustar el fútbol, el esquí, los perros... depende de las satisfacciones y disgustos que hayamos encontrado.

Este refuerzo se realiza tanto a nivel instintivo como afectivo, pero hay que tener en cuenta el enorme poder de la inteligencia que, a partir de un cierto momento interviene siempre en todo el proceso tanto de valoración como de decisión. Es capaz de descubrir muchos más bienes que los del instinto, mediante el análisis teórico o práctico. Además, con sus valoraciones, amplía enormemente el campo de los «premios» y de los

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«castigos», con lo que tiende a modificar intensamente la estructura del fondo afectivo»: apoya unas inclinaciones y lucha contra otras.

Cuando la inteligencia comienza a funcionar, aparecen con ella otras tendencias innatas, no ya instintivas sino, podríamos decir, espirituales. Es la parte más noble del corazón, la que se alegra ante los bienes espirituales: la verdad, la belleza, la nobleza, la justicia y el amor. En estos campos, el primer indicio para saber que algo es bueno lo da el corazón. El corazón es quien capta lo bello, tanto en el terreno estético como moral. Se conmueve ante lo hermoso y ante lo heroico de los gestos ejemplares y excelentes. Y conoce el valor del amor como respuesta a la bondad de las personas. El corazón reconoce intuitivamente como bueno y noble muchas más cosas de las que interesan a los instintos y de las que la inteligencia puede analizar. La inteligencia puede analizar lo que resulta útil. Pero sólo el corazón reconoce lo que es noble.

Hay muchos estratos de inclinaciones que van desde lo más instintivo hasta lo más espiritual, y, en cada estrato, muchos grados de intensidad. Nos puede gustar una comida y preferimos un color; sentimos cariño por un lugar; tenemos afición por algún deporte, pasión por la música; nos encanta una novela; ambicionamos una posición y nos atrae el dinero; sentimos simpatía por una persona, afecto por otra, amistad y amor por otras; queremos con locura a alguien... Podemos amar las manifestaciones de belleza y de verdad. Todo lo queremos con el corazón y en todo participan nuestra inteligencia, desde «arriba» y nuestro cuerpo, desde «abajo».

La suma de las inclinaciones innatas —instintivas y espirituales—, con las adquiridas (aficiones), da lugar a la forma del corazón, a ese complejo fondo lleno de gustos, preferencias, anhelos, ambiciones, aprecios, simpatías, amistades y amores; también ascos y repugnancias, manías y antipatías, prejuicios, rencores y odios. Todo eso que nos mueve, junto con lo que pensamos, y nuestros hábitos de comportamiento forman nuestra personalidad. Con la importante diferencia de que nuestras convicciones nos resultan transparentes y conocidas y en cambio las inclinaciones del corazón, no. Por eso, la parte más importante del propio conocimiento consiste en conocer a fondo el corazón.

Cada corazón tiene una carga de historia en sus inclinaciones. La tiene de manera inconsciente, porque el corazón sólo conserva la inclinación ciega; el recuerdo pertenece a la memoria y puede o no hacerse presente en el querer. Algo tan sencillo aparentemente como la afición a un alimento, puede tener una historia de pequeñas satisfacciones del gusto y de referencias ambientales: quizá recuerdos de la niñez, costumbres familiares o locales, circunstancias felices, prestigio social del alimento, etc. Es como si el gusto se matizase con la historia personal. Por eso, la afectividad humana resulta tan compleja.

En la medida en que se mueven en estratos diferentes, nuestras inclinaciones pueden tomar también direcciones opuestas y entrar en conflicto. Es frecuente, por ejemplo, que tengamos afición a un alimento que sabemos nos hace daño. A un nivel, lo queremos, y a otro, no. A veces, las inclinaciones compiten, porque no podemos satisfacer todas al mismo tiempo: encontrarnos con un amigo puede hacernos olvidar el hambre que

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teníamos, o quizá suceda lo contrario y entonces la prolongación del encuentro nos irrite. Como se suele decir, con frecuencia tenemos «sentimientos encontrados».

El corazón puede llegar a aficionarse con tal fuerza que llegue a ser una pasión arrebatadora, incluso dándonos cuenta de que es un exceso. No hay que olvidar que el corazón tiene mucha inercia porque «empapa» el cuerpo. Por eso las inclinaciones duran más en el corazón que las decisiones en la inteligencia. Es necesario que reciba el orden de la inteligencia. Y conseguir esa armonía es todo un arte, el más humano de todos.

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4. Los movimientos del corazón

Como el fondo de nuestro corazón tiene forma, las cosas no nos resultan indiferentes. Todo lo que es tenido por bueno o malo, en el presente o en el futuro, produce en nosotros reacciones afectivas. El fondo afectivo es como un mar de tendencias que reaccionan de diverso modo ante las distintas expectativas. Ya advertíamos que es propio de los movimientos del corazón ser «sentidos»; provocan cambios fisiológicos y se perciben indisolublemente unidos a esos cambios.

Por eso, en general, a todos los movimientos afectivos, se les llama «sentimientos». Pueden ser de muchos tipos según sea su origen, su forma y su intensidad. Pueden ser motivados por los deseos instintivos o por el tono vital de nuestro cuerpo. Las tendencias instintivas se mueven espontáneamente y, muchas veces, operan por debajo de la conciencia, sin que nos demos cuenta, influyendo sólo en el interés preferente que dedicamos a algunas cosas. El resto de las reacciones afectivas se produce ante lo que se nos hace presente en la imaginación, bien porque viene provocada por lo que sucede en el exterior, o porque lo hace presente la propia conciencia.

Cuando los sentimientos son de mayor intensidad se les llama «emociones». Las emociones van unidas a fuertes alteraciones en el cuerpo (ritmo cardíaco, excitación, tensión) y tienden a ser pasajeras, porque nuestra psicología no soporta un estado de excitación duradero. Por la importante unidad entre lo psicológico y lo orgánico —entre el corazón y el cuerpo—, las emociones graves —sobre todo las negativas: enfados y disgustos— pueden llegar a dañar la salud.

Llamamos «estados de ánimo» a un tipo de sensaciones vagas y generales; donde no sentimos una parte de nosotros (nuestro pie que nos duele o nuestra cabeza que lleva una gorra), sino a nosotros mismos en general; y decimos que nos «sentimos bien» o «mal», animados o desanimados, alegres o tristes, nerviosos o apáticos. Estos estados pueden no tener un referente claro. Por ejemplo, podemos no saber por qué estamos tristes; y esta «tristeza» puede tener tanto un origen orgánico, como emocional.

El estado de nuestro organismo influye mucho en el tono vital. Por eso, la forma y el vigor de nuestros sentimientos dependen en parte de nuestra salud, de nuestro cansancio, de lo que hemos comido o bebido y de condiciones atmosféricas... Un excitante que modifique el estado de nuestro cuerpo, modifica nuestros sentimientos: basta pensar en los efectos de un poquito de alcohol en una fiesta... Y una persona que «se siente» fuerte reacciona de otro modo que una persona que «se siente» débil o cansada.

Pero la mayor parte de nuestras reacciones afectivas tienen un referente claro y están tipificadas según la forma de referirse a ese objeto. Desde antiguo, se les llama «pasiones», y se han hecho clasificaciones muy útiles, aunque en este tema no quepa la exactitud. Aquí vamos a recoger brevemente el esquema de Aristóteles que corrige en algo Tomás de Aquino.

Los movimientos básicos se producen ante lo que es considerado como bien o como mal. Todo aquello hacia lo que tenemos inclinación, se nos presenta como bueno. Y todo aquello que estropea o impide lo bueno, se nos presenta como malo. Las cosas son

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recibidas o con aprecio o con disgusto o, si queremos respetar el vocabulario básico, con amor y odio. Estos son las reacciones más elementales y están en la base de todas las demás.

En cuanto algo nos parece bueno y parece posible, las inclinaciones se tensan y aparece el deseo, tanto de alcanzar el bien como de huir del mal. El deseo se hace presente en la conciencia como un empujón y mueve sus resortes: despierta el interés, concentra la atención y excita la imaginación. Se siente así como una cierta concentración y preparación.

Si el bien se alcanza, se produce la satisfacción y un estado de expansión y bienestar que llamamos alegría o gozo. Si el bien no se alcanza, o llega el mal, se produce la tristeza, que se siente como malestar y encogimiento.

Estos tres pares: aprecio/disgusto (amor/odio), deseo/huida, y tristeza/alegría, forman el abanico de nuestras disposiciones afectivas elementales ante las cosas. El amor/odio es el punto de partida, el par deseo/huida provoca la acción, y el par tristeza/alegría, representa el final.

La tradición clásica añadía a estas seis pasiones de la afectividad, otras cinco que podríamos considerar dentro del terreno de la agresividad, es decir, de la capacidad de impulsarse hacia lo que se aprecia o de rechazar lo que se odia.

Cuando se desea algo que es difícil, pero atrayente, se produce una tensión positiva y una ansiedad característica, que en la terminología clásica se llama «esperanza»; y que hoy podríamos llamar ilusión, ansia o expectación. Es una especie de preparación. Se concentran todas las energías en la expectativa: si lo que se espera es un daño, se produce un estado de alerta que llamamos «miedo»; es también una expectativa, pero en este caso angustiada. En ambos casos, el organismo parece concentrar fuerzas para una respuesta rápida.

Cuando el bien deseado se pone a nuestro alcance y falta poco para conseguirlo, se produce una especie de salto, que se llama «audacia». Nuestra psicología se abalanza sobre lo que teme o desea con rapidez. En cambio, cuando se advierte que no se va a conseguir el bien o que no se puede evitar el mal que se teme, pueden suceder dos cosas. La primera, sentir la «desesperación», que es el desconcierto anímico, unido a la desarticulación de la disposición corporal que antes estaba concentrada. La tensión acumulada se desborda en un nerviosismo sin sentido, y, a veces, en el autocastigo (hacerse daño, tirarse de los pelos...). Y la segunda posibilidad es una reacción violenta de venganza, que se llama «ira»; la tensión acumulada en las expectativas no se desorganiza, sino que se concentra en castigar a la causa del daño, aunque ya no sirva para nada.

Cada tipo de pasión va unido a una disposición real y física de nuestro cuerpo, que da forma a nuestros afectos. Tenemos experiencia de que la alegría, la tristeza, el amor, el odio, el miedo, la ira influyen en la situación corporal de un modo diferente. Y esa disposición corporal es sentida. Por eso la inclinación del corazón y la sensación del cuerpo constituyen para nosotros dos aspectos inseparables, del mismo fenómeno. Por eso, nos resulta tan difícil, por ejemplo, concebir una tristeza, en la que no se «sienta»

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nada. Cada movimiento va acompañado de una determinada configuración corporal; por ejemplo, la tristeza supone la sensación de decaimiento, pesadez, encogimiento... El cuerpo da inercia a los sentimientos. Es uno de los datos más curiosos e interesantes del ser humano. La inercia del cuerpo hace que los sentimientos duren, aún cuando hayan terminado los estímulos; así las reacciones afectivas se difuminan lentamente y, a veces, se mezclan unas con otras.

A esta clasificación clásica de pasiones, me gustaría añadir otro tipo de movimientos muy peculiar: son los anhelos. Resulta que ante las experiencias más nobles de la vida, como son las de sabiduría, amor y belleza, el corazón se mueve aspirando a una plenitud indeterminada que trasciende lo que lo ha provocado: se abren unas expectativas en cierto modo infinitas, aunque la realidad concreta no las podrá satisfacer. Estas experiencias manifiestan una nostalgia de infinitud y son como los destellos de una felicidad que aquí parece imposible. Esos movimientos manifiestan que hay otro sustrato superior en nuestro corazón.

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5. La decisión libre: cabeza y corazón

Después de haber hablado de nuestra mente y de nuestro corazón, nos toca hablar brevemente de la operación más característica del espíritu humano: la decisión libre. El hombre tiene la peculiaridad de ser dueño de sus actos. Los hace, dentro de ciertos límites, cuando y como quiere. Por eso le pertenecen y es responsable de sus consecuencias.

Lo propio del acto libre es que, al mismo tiempo, es un acto consciente (sabemos que lo estamos haciendo), y que está originado por la propia conciencia. Es tan peculiar que no se puede comparar con ningún otro fenómeno natural; solamente se puede describir. Claro es que la acción humana no surge espontáneamente partiendo de cero, sino siempre dentro de un doble contexto.

El primer contexto es la propia personalidad con su identidad que se ha forjado en el tiempo. No piensa una mente aislada, sino una persona que tiene una historia, unas experiencias, unos conocimientos, unas convicciones, unas relaciones establecidas, unos principios morales asumidos.

El segundo contexto es el fondo afectivo. Toda decisión se toma en la conciencia, pero revuelve el fondo afectivo. Muchas veces viene provocado por él. El corazón (y los instintos) casi siempre tienen algo que decir: los afectos generan, se oponen o refuerzan las decisiones.

Nuestra conciencia tiene la doble capacidad, dentro de ciertos límites, de dirigir la atención hacia un punto, y de mover el cuerpo cuando quiere. Esto es una sorpresa y una especie de milagro, aunque estemos muy acostumbrados: un acto de conciencia que es inmaterial es capaz de mover algo físico. Es una causa que no está prevista entre las fuerzas mecánicas de la física. Es el primer efecto de la libertad. Hay una serie de capacidades motoras que están directamente bajo el dominio de la conciencia. Cuando queremos, podemos abrir la mano o levantar la vista. Estos son actos elementales, pero muy importantes.

Para ejercer la libertad se requiere también controlar la propia mente y dominar la atención. Pero no sólo eso. Ante cualquier cosa que se hace presente en la conciencia, bien porque pensamos en ella, bien porque la percibimos en el exterior, el fondo afectivo reacciona. Y reacciona con sus distintos estratos, a veces enfrentados. Casi todas las decisiones que tomamos vienen motivadas o apoyadas por las inclinaciones que tenemos en el corazón. Pero necesitan vencer la oposición de las tendencias enfrentadas.

Las tendencias del fondo afectivo pueden tener mucha fuerza y llegar a paralizar o hacer que se reconsideren las decisiones, o volverlas ineficaces. Todos tenemos experiencia de que si decidimos algo contrario a nuestros gustos, hay muchas posibilidades de que no salga adelante. La mente tiene muy poca fuerza para imponerse sobre las inclinaciones afectivas.

Platón comparaba la interioridad humana con un carro de dos caballos dirigido por un conductor. Si los caballos se rebelan, el conductor no puede dirigirlos. Por eso decía que la razón humana tiene un dominio político y no despótico sobre la sensibilidad. No se

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hace todo lo que dice la razón, a no ser que los caballos estén muy bien amaestrados y se hayan acostumbrado a obedecer al amo; o, todavía mejor, quieran lo que el amo quiere.

Por eso, el ejercicio de la libertad requiere una cabeza clara y un corazón ordenado. La decisión sólo se toma bien cuando el corazón está ordenado y acostumbrado a amar el bien que propone la inteligencia. Si no, la libertad puede ser arrollada por los sentimientos o por los impulsos instintivos.

Sin embargo, la libertad no consiste simplemente en que la razón domine. Esto es un prejuicio racionalista y supone olvidar que el corazón permite reconocer el bien. Las grandes inclinaciones del corazón son las que motivan la libertad humana y la orientan eficazmente hacia los grandes bienes. El dominio de la razón hace que las decisiones sean racionales; el vigor del corazón logra que sean eficaces. Dedicaremos los dos capítulos siguientes a estudiar por separado estas dos condiciones de la libertad.

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2. Disciplina

1. La conquista del espacio interior

Sería fascinante saber lo que pasa por la cabeza de un chiquillo durante media hora; pero no hay modo de adivinarlo. Los mismos chicos son incapaces de relatarlo porque no son del todo conscientes de lo que les sucede, y lo olvidan con rapidez. Hasta una edad bastante avanzada, no distinguen bien lo que han vivido de lo que han imaginado. Obran sin pensar, llevados por sus impulsos y por las costumbres más o menos elementales que han adquirido. Cada fenómeno les crea una situación nueva y borra la anterior; cualquier cosa les distrae o los arrebata, y así cambian bruscamente de actividad y de estado de ánimo, y van de un lado para otro. Por eso, no pueden explicar los motivos de su conducta.

La imaginación es un instrumento estupendo de la inteligencia, nos sirve para completar la experiencia del pasado y transportarla hacia el futuro. Una gran imaginación es un beneficio enorme para la inteligencia. Pero hasta que no está sujeta, nubla la inteligencia y descontrola los sentimientos. Por eso mismo, Santa Teresa la llamaba «la loca de la casa». La viveza de la imaginación tiene, al menos tres efectos:

— La imaginación forja ensueños. La gente joven proyecta todo hacia el futuro, sin el realismo y la inercia que dan los años. Unos pocos datos sugestivos o una experiencia prometedora les transporta al mundo ideal, y acapara sus energías. Por eso, los jóvenes se sienten arrebatados por las personalidades entusiastas: oyen hablar un día a un médico enamorado de su profesión y desean ser médicos; al otro día el que habla es un escalador que cuenta con emoción su aventura, y desean ser escaladores con el mismo entusiasmo.

— La imaginación produce inestabilidad afectiva. En un momento, se puede pasar de una cima de entusiasmo a un abismo de desesperación; un pequeño triunfo y se entiende que la vida será una espectacular carrera triunfal, como el famoso cuento de la lechera (que relata, precisamente, el efecto de una imaginación desbordante); un pequeño fracaso y se deduce que la vida no vale la pena. Y lo mismo, con mayor intensidad, sucede con los contratiempos afectivos: en las relaciones con amigos y amigas; y en los éxitos y fracasos de las actuaciones en público: en pocos segundos, se pasa de la gloria al infierno. — En tercer lugar, la imaginación da lugar al atolondramiento; la juventud es la edad de los despistes, como la ancianidad lo es de los olvidos. La imaginación impide la concentración. Hay tantas cosas y tan vivas bullendo en la cabeza que se estorban unas a otras. Es inútil citar a un niño para el día siguiente: se le olvidará inmediatamente, salvo que quede fascinado por la ilusión y le quede rondando en la cabeza como una idea fija.

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A un joven se le puede pedir un asunto con un plazo de dos o tres días, pero salvo que sea algo vital para él, la probabilidad de que se acuerde es bastante reducida.

La conducta depende totalmente de qué instancia prevalece. Si es la imaginación, la conducta se vuelve errática; si son los instintos o los afectos, es instintiva o pasional; sólo cuando domina la razón tenemos la madurez humana. Es propio de los adultos poder explicar las razones de su conducta; precisamente porque es racional. Hacen las cosas, con un orden lógico, después de haberlas razonado. La conducta madura se puede predecir y justificar: podemos avisar lo que vamos a hacer; y podemos explicar por qué lo hemos hecho. En eso se diferencia de los niños y de los locos.

Para madurar es necesario que la inteligencia domine. Y eso sólo se logra controlando la imaginación. Hay cuatro actividades que ayudan a la madurez, porque ordenan la interioridad y son: el conocimiento propio; el dominio de la afectividad; el control de la actividad; y la reflexión. Vamos a verlo.

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2. El conocimiento propio

Conocerse a sí mismo ha sido considerado la mayor muestra de sabiduría tanto en Occidente como en Oriente. «Conocer a los demás es sabiduría —se lee en el libro del Tao— pero conocerse a sí mismo es sabiduría superior»1. «Conócete a ti mismo» era también el precepto sabio que campeaba en el templo de Apolo en Delfos. Es el precepto mayor de Sócrates y recorre toda la antigüedad hasta el Renacimiento2. Juan Luis Vives añade: «No tiene sentido ser conocido por otros y no conocerse a sí mismo»3.

El conocimiento propio es el principio de la madurez. Es necesario saber lo que pasa en nuestro interior para poner orden. Se trata de hacer una auditoría de nuestra actividad interna; una especie de inspección general del espacio interior para reconocer lo que circula por nuestra cabeza, dónde gastamos nuestro tiempo, cuáles han sido realmente nuestras acciones y cuáles han sido los móviles que nos han llevado a realizarlas.

Esa inspección no es tarea de un día. No basta observarse durante unas horas. Además, si nos paramos a observar, suspenderíamos nuestra actividad ordinaria y no sabríamos lo que pasa normalmente. Lo interesante es hacerse una idea de lo que sucede habitualmente un día tras otro. Es necesario, por eso,

— antes que nada, individuar las actividades: saber realmente todo lo que hemos hecho en el día: lo grande, y también lo pequeño: cuánto tiempo hemos empleado en cada actividad y cuánto hemos perdido. Los resultados suelen ser sorprendentes.

— después analizar los móviles, sobre todo de las acciones más espontáneas y menos previstas: por qué nos hemos puesto tristes o alegres, por qué nos hemos enfadado, por qué hemos callado cuando teníamos que hablar y hemos hablado cuando teníamos que callar; por qué hemos buscado excusas para no hacer lo que debíamos, por qué nos hemos dejado llevar por la precipitación; por qué no hemos hecho lo que habíamos previsto y, en cambio, hemos hecho lo que no habíamos previsto; qué parte de nuestra actividad se la ha comido la pereza, etc.

— también hay que estudiar qué tenemos en la cabeza, adónde se nos va; cuáles son nuestras distracciones favoritas y cuánto tiempo nos llevan; qué parte de nuestra vida dedicamos a la fantasía y a las ensoñaciones, en qué nos distraemos y cuándo nos distraemos.

Al final de cada día, conviene pararse un momento y hacer un balance de lo que hemos hecho, lo que hemos dicho, lo que hemos pensado y los motivos de nuestras acciones. Especialmente, conviene analizar, lo que se ha salido de la rutina ordinaria: por qué los cambios de planes, por qué los entusiasmos, por qué los enfados, por qué las tristezas. A esta práctica se le llama técnicamente el «examen de conciencia», y sólo necesita dos o tres minutos diarios.

Conocerse a sí mismo —al contrario de lo que parece prometer cierta moda— no es una tarea llena de satisfacciones. Es más, si llegamos a la conclusión de que somos una persona maravillosa, es que lo estamos haciendo mal. Porque se trata de ver con realismo cómo somos realmente, no cómo nos gustaría ser. Y lo normal es descubrir que

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somos más mediocres de lo que pensábamos, que perdemos infinidad de tiempo en tonterías, que los móviles de nuestros actos no son demasiado elevados, que la vanidad y la soberbia tienen su parte en tantos enfados y rencores; que somos bastante perezosos y que nos excusamos con una sorprendente facilidad; que hacemos muchas menos cosas de las que nos gustaría, y que algunas las hacemos de un modo chapucero; que dedicamos un tiempo excesivo —casi enfermizo— a darnos vueltas a nosotros mismos, que perdemos demasiado tiempo en proyectos irrealizables, en recreaciones del pasado, en ensoñaciones del futuro.

Quizá no será entusiasmante la imagen real que saquemos de nosotros mismos, pero conocer con precisión los defectos es la mejor base y el mejor aliciente para mejorar. No se puede construir una casa, sin haber examinado el terreno que le va a servir de base. Tampoco podemos emplearnos bien si no nos conocemos. Hay que ser sinceros. De nada serviría hacer ese examen, si nos comportáramos como un mal empresario que retoca los datos negativos del balance.

Si llegamos a conocernos bien: si alcanzamos el fondo de nuestra alma identificando los resortes que nos llevan a obrar, a alegrarnos y entristecernos, a entusiasmarnos y a desesperarnos, adquiriremos mucha experiencia sobre la humanidad, porque, en el fondo, todas las personas somos muy parecidas. Y sabremos lo que podemos esperar de nosotros mismos y de los demás.

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3. El ascetismo de los deseos

«Imponer su voluntad a los demás es fuerza, pero imponérsela a sí mismo es fuerza superior. Bastarse es la verdadera riqueza, dominarse es el verdadero carácter»4. Estas palabras del libro del Tao manifiestan una experiencia universal.

En nuestro interior, descubrimos tendencias muy diversas, y, con frecuencia, nos sentimos divididos entre lo que sentimos y lo que queremos, entre lo que nos apetece y lo que debemos hacer. Nuestra naturaleza no está bien armonizada con nuestro espíritu. Los instintos y los afectos tienen un dinamismo propio que, a menudo, se enfrenta con él. Por eso, decía Max Scheler que «el hombre es un animal ascético». Para poder funcionar, el espíritu tiene que abrirse paso entre las tendencias biológicas y dominarlas.

El espíritu tiene que dar cauce adecuado a la naturaleza sin destruirla. Tiene que atender sus requerimientos justos, pero antes los tiene que valorar. Y tiene que conseguir hacerse un hueco, es decir, no puede vivir permanentemente ocupado en los asuntos que plantean los deseos. Si no, no puede haber vida en el espíritu: no queda ni espacio ni tiempo. En todas las épocas, en todos los tiempos y en prácticamente todas las culturas, los hombres sabios han afirmado que es necesario poner la medida de la razón en todo. Es la condición para alcanzar la libertad interior.

Fundamentalmente hay que avanzar en cinco frentes.

— limitar los deseos, las reclamaciones de la afectividad, purificarlos para que no sean muchos, ni dispersos, ni demasiado vehementes. Los budistas llegan hasta el extremo de procurar apagar toda «sed», todo deseo. «No vayas detrás de tus pasiones — se lee en la Biblia—, refrena tus deseos. Si te consientes todos tus deseos, serás la burla de tus enemigos»5.

— superar las timideces; que tienden a bloquear el comportamiento y a quitarnos la naturalidad; «a los audaces les ayuda la suerte» (audentes fortuna iuvat), reza una famosísima frase de Virgilio6.

— vencer la pereza, que, en cuanto nos descuidamos, se lleva un enorme pedazo de la eficacia de la vida; como dice Séneca «el perezoso es un estorbo para sí mismo»7.

— superar el miedo al dolor y al sacrificio, que nos hace débiles y flojos, y puede ser la causa de muchas esclavitudes; otra vez es Séneca el que comenta: «no hay que desear las penalidades, sino la fuerza para llevarlas»8; Pero «no puede acudir al combate con mucho valor el atleta que no ha recibido jamás daño alguno»9; las dificultades forjan el carácter. «La euforia a toda costa sería equivalente a una eutanasia parcial —señala un psiquiatra—. La misión de la psicología no es únicamente hacer al hombre apto para el trabajo y el placer; se trata de conseguir hacerlo también capaz de sufrir»10.

— controlar las emociones; para mantener la serenidad; especialmente, en los momentos difíciles. «Por tanto —añade Horacio— vivid con fortaleza y oponed un pecho fuerte a las adversidades»11. Y en esto se apoya otro famosísimo dicho clásico:

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«hay que ser modesto en la prosperidad y fuerte en la adversidad»12. A esto se le llama en castellano, tener temple.

Todo esto se logra imponiéndose la norma de conducta que se ha previsto y yendo contra lo que apetece. Para lograr vencer cuando nos interesa, hay que estar entrenado, haberse acostumbrado a exigirse. Esto requiere un ejercicio continuo, como sucede en el deporte. Si uno se abandona, pierde la forma y cuesta recuperarla: «Hay que comer, dormir y abrigarse solamente lo necesario —decía Gaudí, el gran arquitecto—. Conviene tanto al cuerpo como al alma pasar frío en invierno y calor en verano»13. El arte del dominio de sí se puede resumir en tratarse duro, o como dice el adagio clásico: «sustine et abstine»: «aguanta y prívate», que señala los dos aspectos del dominio de sí: la templanza para regular los deseos y sentimientos, y la fortaleza para afrontar las dificultades y vencer la pereza y las timideces.

Si se cae en la trampa de la pasividad, de preferir lo cómodo y lo fácil, de evitar el esfuerzo, la complicación y el dolor, de concederse todos los gustos y dar rienda suelta a las propias manías, la vida se arruina. Es famosa la cita del poeta romano Juvenal; «mens sana in corpore sano», «una mente sana en un cuerpo sano»; pero el texto sigue así: «Pide un ánimo fuerte, sin temor a la muerte (...), que pueda sobrellevar cualesquiera penalidades; que no se enfade, que nada desee, y que prefiera los trabajos y apuros de Hércules a los placeres, cenas y plumas de Sardanápalo»14. Así se forja el carácter. Todo esto constituye la fuerza interior de un hombre o lo que llamamos fuerza de voluntad. Es la capacidad de hacer lo que quiere.

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4. El control de la actividad

En castellano, se llama disciplina a la capacidad de crear el orden mínimo necesario para desarrollar eficazmente una actividad: hay una disciplina militar y una disciplina académica; pero también se necesita disciplina en los hospitales, en las empresas, en los organismos públicos... Hacen falta horarios y plazos, y cumplirlos con puntualidad; es necesario que existan normas de funcionamiento y que se respeten; es preciso corregir pronto los comportamientos que deterioran y entorpecen el funcionamiento del conjunto...

Y se llama autodisciplina o disciplina personal a la capacidad de imponerse el orden necesario para hacer algo útil; si no, es imposible realizar una actividad creativa intensa y duradera. «Cuanto menor sea la coacción exterior para nuestra conducta, tanto mayor debe ser la voluntad propia de mantener un orden relativamente inflexible»15, señalaba un gran universitario.

Para ejercer la libertad y dominar la propia conducta, hay que tomar la iniciativa; decidir previamente —en la medida en que lo permiten las circunstancias— lo que se va a hacer y cuándo se va a hacer. Este suele ser, además, el gran remedio para poner en orden la imaginación. Si dejamos que las cosas «se ordenen solas» o que se ordenen «según van viniendo» resultará que nuestra actividad acabará gobernada por motivos irracionales: nuestros gustos (algunos inconfesables), nuestra pereza y nuestros complejos; es decir, por el fondo afectivo irracional de nuestra existencia. O ponemos orden «por arriba» o si no, el orden nos vendrá impuesto «desde abajo», aunque no nos demos cuenta.

Tomar la iniciativa en la distribución de la propia actividad es empezar a poner orden. Y para desarrollar una actividad ordenada es necesario acostumbrase a planificar, desde lo más sencillo de la distribución diaria del tiempo, a los grandes horizontes de la vida. Así sabemos lo que queremos y tenemos un punto de referencia para examinar en qué y porqué nos hemos apartado de lo previsto. No es necesario planificarlo todo, sino lo suficiente, los fines y los medios. No se puede hacer todo a la vez; no todo tiene la misma importancia. Hay que distribuir las ocupaciones a lo largo del día, a lo largo de la semana, a lo largo del mes. Muchas cosas no son urgentes pero hay que hacerlas en algún momento.

Si se confía en la improvisación, lo que nos apetece ocupará siempre el primer lugar; dedicaremos un tiempo desproporcionado a cosas inútiles y no sabremos encontrar tiempo para cosas importantes que no nos apetecen. Hay algunos puntos clave para el control del día: la hora de acostarse, la hora de levantarse, la hora de ponerse a trabajar y la hora de las comidas.

Después, pertenece a la disciplina empeñarse en hacer las cosas bien. Todas las cosas tienen su arte. Y es posible descubrir el modo de hacerlo con menos gasto, con mejor rendimiento, con más perfección. Más tarde, cuando hablemos del trabajo, abordaremos este punto.

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5. El silencio interior y la prudencia

Una de las manifestaciones más claras de que se conquista el espacio interior es la capacidad de recogerse, de meditar. El hombre tiene la capacidad de meterse para adentro de sí mismo y dejar de estar pendiente y atado a lo de fuera. «El hombre puede de cuando en cuando —dice Ortega— suspender su ocupación directa con las cosas, desasirse de su derredor, desentenderse de él y, sometiendo su facultad de atender a una torsión radical —incomprensible zoológicamente—, volverse, por decirlo así, de espaldas al mundo y meterse dentro de sí, atender a su propia intimidad, ocuparse de sí mismo y no de lo otro, las cosas. Con palabras que de puro haber sido usadas, no logran ya decirnos con vigor lo que pretenden, solemos llamar a esa operación: pensar, meditar»16.

Reflexionar significa precisamente volver sobre sí, y se realiza en el núcleo mismo de la conciencia, una vez que se ha liberado de las brumas de la imaginación, del acoso de las solicitaciones afectivas o de las circunstancias externas. Ese espacio es imprescindible para la auténtica vida humana: «Sin retirada estratégica a sí mismo, sin pensamiento alerta, la vida humana es imposible. ¡Recuérdese todo lo que el hombre debe a ciertos grandes ensimismamientos!»17.

La reflexión es una especie de remolino interior que tiene la estupenda virtud de ensanchar nuestra intimidad. Se trata de preguntarse muchas veces por qué, ir al fondo de las cuestiones, analizar las experiencias, intentar estructurarlas y ponerlas en orden. Hay que dedicar tiempo a pensar lo que nos ha pasado, lo que hemos leído, lo que nos han dicho. No debemos conformarnos con que los acontecimientos que nos suceden o las ideas que nos llegan pasen a través de nosotros, de una parte a otra, sin dejar huella. «Si no ha sido herido por lo exterior —recomendaba un gran poeta francés— o no se ha regocijado con ello hasta el sufrimiento, no tiene vida interior»18.

La señal de que tenemos ese espacio interior y el único modo de acrecentarlo, es pensar. Éste es un hábito que requiere algunas condiciones y, al mismo tiempo, las crea si se pone empeño. La primera de todas es el silencio. No se puede meditar con prisa. La prisa mata la vida interior y, en realidad, cualquier actividad humana: «El mayor enemigo de la vida es la prisa, el querer llegar a las cosas antes de tiempo, que es pasarse de ellas»19.

La reflexión necesita serenidad y reposo: «Sí; la paz, el silencio y no tener prisa. El libro del que se lee una página y que se deja caer para oír cantar la canción interior, y el lienzo ante el que uno se detiene, se sienta y se olvida de seguir adelante...»20. En esto también coinciden la sabiduría de oriente y occidente, aunque en oriente tenga resonancias propias, inseparables de una filosofía de la totalidad: «Aquel que ha llegado al máximo del vacío, ése estará fijado sólidamente en el reposo»21.

Hace falta silencio, sobre todo silencio interior, que es cortar las tensiones de las distintas solicitaciones, detener la imaginación, parar el ritmo de la actividad y callarse tanto externa como internamente. El hombre que habla demasiado se disipa, pierde su interior. Hace falta silencio y relajarse para pensar. Sólo así las cosas tienen efecto

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interior, sólo así se pueden valorar; sólo así se puede ejercer bien la libertad. Sin serenidad no puede haber profundidad en el conocimiento, ni contemplación estética, ni prudencia en la decisión. «El ocio es una forma de ese callar que es presupuesto para la percepción de la realidad; sólo oye el que calla, y el que no calla, no oye... El ocio es la actitud de la percepción receptiva, de la inmersión intuitiva y contemplativa en el ser»22.

Cuando se crean hábitos de silencio interior y de concentración, toda la psicología se enriquece y se remansa: se comienza a participar de los bienes espirituales: se saborea la verdad, se aprecia el bien y se goza de lo bello. Empieza a haber algo valioso que merece la pena conservar; se aumenta la intimidad y se puede compartir, creando lazos de amistad mucho más profundos que el mero compañerismo, porque se basa en la comunicación de bienes espirituales.

La prudencia es el hábito de juzgar bien lo que se ha de hacer. Y, por eso, tiene mucho que ver con el ejercicio de la libertad, que no consiste simplemente en elegir lo que nos plazca, sino en decidir bien en cada contexto concreto, teniendo en cuenta sus circunstancias.

Ante una situación concreta y ante el futuro en general, cada uno se hace una idea de lo que «puede» hacer; de las distintas posibilidades de obrar, de los diversos caminos que puede seguir, también se hace una idea de lo que «quiere» hacer, de las metas a las que aspira, de los fines que se propone; y, también se presenta la valoración de lo que es bueno o malo, de lo que «debemos» hacer según los criterios morales que poseemos. Así decidimos nuestra conducta. Y también lo que tenemos que gobernar o los conserjos que debemos dar.

En todos los casos, casi lo más importante es no precipitarse y darse el tiempo necesario para pensar. Requiere informarse a fondo de lo que se quiere juzgar, buscando consejo, si es necesario. Atreverse a decidir, sabiendo que lo mejor es enemigo de lo bueno. Y, una vez decidido, ser rápidos en la ejecución, sin permitirse titubeos o reconsideraciones innecesarias.

Prudencia es oír siempre las dos partes en cualquier litigio. Es tener sentido de la proporción y distribuir los recursos, el tiempo y el esfuerzo, dando importancia sólo a lo que lo merece. Es preparar el futuro, prever sus complicaciones y sacar consecuencias de todo lo pasado, destilando constantemente el licor de la sabiduría. Es contar con el tiempo para arreglar las cosas humanas.

Prudencia es apreciar el derecho en las relaciones humanas, y documentar adecuadamente los pactos y obligaciones, porque es el modo de aclarar los asuntos cuando se enturbian. Prudencia es poner por escrito los asuntos importantes y difíciles, y archivar la documentación relevante, para no depender de la memoria, y estar protegidos de los cambios. Prudencia es no hablar más de lo necesario en los asuntos delicados y controlar la información, porque «el hombre es esclavo de lo que habla y señor de lo que calla», y la fuerza de muchos se escapa por la boca. Pero todo esto, cuando hay hábitos de interioridad y rectitud, se hace de una manera casi espontánea. Volveremos sobre ello al tratar del gobierno.

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1 Lao-Tzu, Tao-te-King, 33, Ed. Obelisco, Barcelona 1990 (4ª), 46.

2 P. Courcelle, Connais-toi même, de Socrate à Saint Bernard. Études Agustiniennes, Paris 1974.

3 Juan Luis Vives, Introducción a la sabiduría, cap. 18 (El comportamiento de cada uno para sí mismo), en

Antología de textos, Universidad de Valencia, Valencia 1992, 280-281.

4 Lao-Tzu, Tao-te-King, 33, Ed. Obelisco, Barcelona 1994 (4ª), 46. 5 Ecclo 18, 30-31.

6 Enéida 10, 284.

7 «Piger ipse sibi obstat» Epistolas 94,28.

8 «Non incommoda optabilia sunt, sed virtus, qua perferuntur incommoda» Séneca, Epistolas 67,4. 9 Séneca, Epistola 13.

10 J. Cardona, Los miedos del hombre, Rialp, Madrid 1989 (2ª), 144. 11 Sátiras, 2,2,135.

12 «Modestus in prosperis, fortis in adversis». 13 R. Álvarez Izquierdo, Gaudí, Rialp 1992, 193. 14 Juvenal, Satyricon, 10.

15 Álvaro D’Ors, Cartas a un joven estudiante, Eunsa, Pamplona 1991, 67.

16 J. Ortega y Gasset, conferencia sobre Ensimismamiento y alteración, en El hombre y la gente, I, Revista de Occidente, Madrid 1964 (4ª), 34-35.

17 J. Ortega y Gasset, Ibidem, 55.

18 Max Jacob, Consejos a un joven poeta, Rialp, Madrid 1976, 22. 19 Juan Ramón Jiménez, El trabajo gustoso, Aguilar, México 1961, 135. 20 J. Leclerq, Elogio de la pereza, 30-31.

21 Lao-Tzu, Tao-te-King, 16, Ed. Obelisco, Barcelona 1990 (4ª), 27. 22 J. Pieper, en Ocio y Culto, 79.

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3. El trabajo bien hecho

1. El valor del trabajo

En el ser humano, hay dos grandes líneas de ejercicio de la libertad y de desarrollo de la persona: son las relaciones humanas y el trabajo. Más adelante, hablaremos de las relaciones humanas, ahora nos toca hablar del trabajo.

El aprecio del valor del trabajo necesita resolver algunos malentendidos. En castellano antiguo —en el uso, por ejemplo que hace Santa Teresa de Avila— trabajos y penalidades son lo mismo. La palabra «trabajo» parece venir de la palabra latina «trabs», es decir, traba, obstácu​lo, oposición. En ese sentido, trabajo parece referirse al aspecto penoso de la existencia. El hombre, como todos los demás seres de la tierra, sostiene una lucha fatigosa por la supervivencia. En la Biblia, Dios dice al hombre, después del primer pecado: «Ganarás el pan con el sudor de tu frente». Sobrevivir, es siempre un ejercicio costoso.

Por eso, si se considera el trabajo simplemente como el esfuerzo por sobrevivir, por satisfacer las necesidades de la subsistencia personal o social, no se puede evitar considerarlo negativamente. Entonces, el trabajo es una carga de la que hay que huir lo antes posible. Y se crea una nítida distinción entre trabajo y descanso, días laborales y días de fiesta. En los días laborales, uno se vende a sí mismo, para poder sobre vivir. En los festivos, uno es uno mismo y disfruta de la vida.

El tener que sobrevivir da al trabajo un tono utilitarista. No es posible evitarlo del todo, porque efectivamente tenemos que sobrevivir. El clasicismo griego resolvía esta dificultad estableciendo una neta división en la sociedad: los esclavos se dedicaban a los trabajos materiales que garantizaban la supervivencia y los hombres libres a las actividades más nobles del espíritu: la sabiduría y la vida pública. Es la distinción radical entre trabajo — propio de siervos— y ocio —propio de hombres libres o de nobles. Esta consideración aristocrática de la existencia después se extendió por todo el Occidente, y distingue las ocupaciones de los hombres en dos tipos: las profesiones liberales, que son las del espíritu (saberes, artes y vida pública) y las profesiones serviles, propias de los siervos. Ocupan un estado intermedio la artesanía (las técnicas) y el comercio. De ahí viene una consideración negativa de los llamados «trabajos serviles», que son todos los trabajos útiles y necesarios para la vida, que se han considerado durante siglos, impropios de la nobleza.

En medio de la injusta visión de las cosas que esto encerraba, había una verdad que no se puede desconocer. Es cierto que, en sí misma, es más noble la esfera de la libertad — el saber, la creatividad— que la de las necesidades que impone la naturaleza —comer,

Referencias

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