De nuevo es Tolstoy quien describe la sorpresa de Levin: «Su vida de casado no se organizó de un modo especial, sino que estaba constituida precisamente de aquellas nimiedades que tanto despreciara antes y que ahora, contra su voluntad, adquirían una importancia indiscutible y extraordinaria (...). Esta preocupación de Kitty por las cosas pequeñas tan contraria al elevado ideal de felicidad que Levin esperaba del primer tiempo de su matrimonio constituía una de sus desilusiones. Pero (...) era también uno de sus nuevos encantos»18.
Una familia que funcione crea un hogar, un ámbito de convivencia humana, que tiene calor propio. El lugar material —la casa— es una parte importante, pero podría bastar el carromato de un circo. Un hogar es, sobre todo, el ambiente acogedor, ameno y entrañable que crea una familia. Un mundo de pequeñas cosas muy dispares —objetos, comidas, costumbres— que es el núcleo de la convivencia social; el lugar de acogida y encuentro más intenso y más humano de los miembros de una sociedad.
Conviene huir de visiones demasiado idílicas: un hogar normal, especialmente si conviven más de cuatro personas no es nunca un «refugio de paz y de amor». Se puede intentar que lo sea en alguna medida, pero hay que saber que no lo es y, lo que es más, que no lo va a ser nunca, mientras exista una convivencia humana real. Los muchos encantos de la vida familiar están constantemente expuestos a los «demonios domésticos»; pequeños y maliciosos duendes que tienden a hacer la convivencia insoportable con sus malas artes. Por eso un hogar no es algo ganado, es una tarea por hacer. Vamos a ver cuatro «demonios»: la proximidad, la chinchorrería, el caos y el aburrimiento.
«Nadie es un gran hombre para su ayuda de cámara», se ha dicho con verdad. Es fácil ser admirable mientras se permanece inaccesible. Pero la proximidad derriba las imágenes prefabricadas, descubre el engaño del decorado. Y en ningún sitio se está tan cerca como en familia. En familia, se acaba el teatro: no se puede mantener la imagen estándar —de jovialidad, de eficacia, de seriedad— que estamos acostumbrados a dar. En cuanto entramos por la puerta del hogar, no es posible seguir con la comedia. Nuestra intimidad está descaradamente a la vista, con la misma desfachatez con la que están expuestas las piezas de una carnicería. Todos advierten a qué hora nos levantamos de la cama, el día que bebemos una copa de más, si hemos obedecido al médico, si estamos engordando...; y ese grano feo, esa espinilla, esa caspa... Ven nuestro nerviosismo, nuestro malhumor, nuestros tics. No es posible comer, roncar, tener una dificultad humillante de salud sin que se note inmediatamente. Los personajes públicos acaban sabiendo cuál es su lado bueno para las fotos. En familia no se puede escoger: nos ven de todos los lados. No hay otro remedio que desarmarse y aceptar la situación, aunque cuidando las formas, para no hacer las cosas todavía más groseramente patentes y molestas.
Nos ven y además nos prueban. Curiosamente el amor familiar se expresa también de una manera paradójica en la chinchorrería: ejercicio dialéctico que consiste en lanzarse pequeñas puyas con el fin de hacer rabiar. Sólo se cultiva en ambientes de total
confianza. Es una especie de cariño crítico que encuentra gusto en molestar, siempre en los límites de lo tolerable, pero ordinariamente un poco por la parte de fuera. Es la observación hiriente —sabiendo que lo es— dicha como de pasada por el esposo o la esposa, es el comentario irónico y la queja disfrazada. Los hijos mayores suelen molestar a los pequeños recordándoles constantemente —y, a ser posible, inoportunamente— sus obligaciones; por su parte, los pequeños adquieren muy pronto la habilidad de dar precisamente donde más duele a sus hermanos mayores. Y los hermanos pequeños parecen tener una especial propensión y habilidad en sacar de quicio a sus hermanas mayores, dando una vez tras otra en la diana de su sensibilidad. Son pequeños y democráticos torneos dialécticos donde todos se tratan de igual a igual, aunque sean niños. Quizá hay en esta tendencia un atavismo biológico: como los lobos que se tantean para saber quién es el que manda, o quizá forma parte del juego con el cual los más jóvenes se preparan para las dificultades de la vida. Es un ejercicio inevitable, pero hay que moderarlo para que no convierta la convivencia en un infierno. Mezclar un poco de buen humor ayuda bastante y también desviar la atención, porque este ejercicio se usa cuando no hay otra cosa en que pensar.
Otro de los demonios familiares es el desorden, el caos. Convivir con un prójimo significa un conflicto permanente de gustos, tendencias, manías; y no sólo en las grandes cosas, sino principalmente en las pequeñas. La aspiración de llegar a casa y poder estar tranquilos, sólo se realiza a medias en una familia normal. Si nos quieren bien, el único sitio donde finalmente nos dejarán tranquilos será en la tumba. La aspiración al aislamiento total —con mi vida, mis lecturas y mis aficiones—, aunque es legítima, tiene que ocupar un segundo lugar frente a la realidad de la convivencia diaria. Hay que elegir: o el desorden ruidoso y cálido de un hogar, o el orden perfectamente frío de un panteón. No puede haber niños sin que haya gritos, desorden y destrozos. Lo mejor es darlo por supuesto y preparar la casa para la batalla diaria (a veces, hay que guardar los jarrones). La buena educación tiende a crear en los hijos hábitos de disciplina, que hacen más llevadera la convivencia: horarios, hábitos de orden (dónde se dejan las cosas), y de urbanidad (forma de hablar), pero tiene que lograrse con paciencia y con cierta flexibilidad: el orden total asfixia el cariño.
El cuarto demonio de la vida doméstica es el aburrimiento, la repetición. Siempre las mismas personas, las mismas costumbres, los mismos problemas, los mismos tics, con una monotonía irritante. Produce una especie de cansancio infinito que se expresa en el «¡otra vez!». Sobre todo cansan los defectos: que es distraído, que se deja las cosas fuera de sitio, que es desordenado; que ha dejado otra vez desenchufada la televisión; que ha cambiado ¡otra vez! la sintonía del canal. Con tal acumulación de «pruebas», se «decide» pensar que lo hace para fastidiar... Volver de casa y se oye lo de siempre, y el otro estornuda de la misma manera estrepitosa y molesta, y pone esa cara tan estúpida; y vuelve a tartamudear; y otra vez tenemos esas albóndigas horribles... Los chicos han vuelto a pelearse, la vecina ha bajado a quejarse, la pequeña se ha puesto a llorar; se ha salido otra vez el manillar de la puerta; las toallas del baño están por el suelo; el geranio
se ha secado porque «nadie» se ocupa de él; le han dado otro golpe al coche; y la pasta de dientes, ¿dónde está la pasta de dientes!...
Para combatir los demonios, hay que apoyarse sabiamente en los pequeños detalles que hacen resaltar la parte positiva de la convivencia: poner cariño y pasarlo bien juntos. No se puede pretender estar permanentemente en estado de euforia. Se trata más bien de salpicar la existencia. dando un toque aquí y otro allá para crear y mantener un clima agradable y acogedor. Es todo un arte. No se trata de hacer grandes cosas, sino muchas pequeñas, que corrigen el ambiente, le quitan tensión, originan una pequeña sorpresa, dan lugar a un buen momento... Se trata de poner ingenio y buen humor, y mantener la iniciativa para pasarlo bien.
Lo que da calor a un hogar es siempre el cariño. Querer realmente y en concreto a cada uno, mostrando una preocupación real por todos: por los que apetece más y por los que apetece menos, por los que lo agradecen más y por los que lo agradecen menos. El amor familiar tiene que ser «democrático»: a todos por igual, aunque acoplándose a la personalidad de cada uno de los hijos. El cariño se manifiesta sobre todo en que se está contento de verles, en que se aprecia lo que hacen, dicen y piensan; en que se muestra interés por sus asuntos, en que se les recibe siempre con una sonrisa... Y hay que tener presente que crecen mucho más rápidamente de lo que parece. Unos pocos años y, en lugar de un niño encantador, al que se le puede manejar con un poco de ingenio, se tiene al lado a un desconocido adolescente, que tiene sus propios criterios, al mismo tiempo tajantes e inseguros, que nadie sabe de dónde los ha sacado; y que tiende a oponerlos para afirmar su personalidad...
Después del cariño, el lugar material. Cada hogar es, en cierto modo, una obra de arte, una creación familiar; y, por eso mismo algo único, que sólo pueden comprender los que viven en él. Con el uso, todos los rincones y los objetos adquieren un significado que el extraño no puede captar. En él se materializa la historia familiar. Eso forma parte del hogar. Por eso, suele ser mejor huir de fórmulas estereotipadas, e ir creando el propio clima con la colaboración de todos. Tiene que tener un mínimo de habitabilidad — higiene, temperatura—, pero no hace falta tenerlo todo: de hecho, las casas destartaladas pueden tener su encanto y su aventura, por lo menos mientras los padres son jóvenes, y son mucho más divertidas para los chicos. Se requiere un mínimo de orden y de limpieza, y preparar algún rincón más tranquilo y cómodo para refugiarse. Pero tiene que haber un equilibrio entre lo cómodo y lo estético, porque la comodidad sola tiende a degradar el ambiente: desgaste, rozadura, descuido...
Tienen gracia las observaciones de Chesterton: «De todas las ideas modernas engendradas por la mera abundancia material, la peor de todas es la idea de que la vida familiar es aburrida y sosa (...). Esta es por supuesto la opinión de los ricos (...). La verdad es que, para la gente moderadamente pobre, el hogar es el único sitio donde hay libertad. Más aún, es el único sitio donde hay anarquía. El único sitio en la tierra en que un hombre puede alterar de repente cualquier plan, puede hacer un experimento o permitirse un capricho. En cualquier otro sitio adonde vaya debe aceptar las reglas estrictas del taller, de la fonda, del club o del museo (...). Para quien se gana la vida
trabajando duramente, el hogar no es el sitio domesticado y manso en un mundo lleno de aventuras. Es el sitio indómito y libre en un mundo lleno de reglas y tareas fijas. El hogar es el sitio en donde podemos poner la alfombra en el techo o las tejas del techo por el suelo si nos da la gana...»19.
La comida tiene una importancia especial. Precisamente porque somos biología y libertad, comer no es sólo una necesidad fisiológica, sino también un ejercicio creativo. Preparar la comida es un aspecto de la cultura humana con una tradición muy antigua, y compartirla, un elemento principalísimo de la vida social. Algunos de los grandes diálogos de Platón —obras cumbres del pensamiento occidental— se realizan precisamente en el curso de un banquete; y también el Reino de los Cielos es prefigurado con esa forma. Quizá no puede hacerse todos los días ni a todas horas, pero es una reunión familiar imprescindible. Y en ella, es donde se manifiestan los principales acontecimientos: las fiestas, las celebraciones.
Después, como la vida familiar es una empresa común, todos tienen que colaborar. Y hay que hacer un reparto razonable de tareas. Hay que pedir algo de cada uno, y hay que pensar de qué modo puede colaborar. La vida de una familia genera tal cantidad de pequeñas necesidades, que hay tarea para todos.
Por último, el gran remedio contra la monotonía, es el extraordinario. Hay que administrar este recurso con sabiduría. Algunos pueden estar previstos y ser considerados como costumbres familiares: fiestas que se celebran, excursiones que se hacen todos los años... Otros son imprevistos: cambiar la decoración de la casa, hacer un viaje, una excursión o una visita inesperada... Y también hay que ingeniárselas para hacer que las fiestas y las celebraciones —cumpleaños, aniversarios, Navidades— tengan algo de extraordinario: en la comida, en la decoración, en las sorpresas... Hay que tener presente que suelen ser precisamente estos extraordinarios los que quedan en el recuerdo como los momentos más entrañables de la vida familiar. Hay que ser ocurrente, y, a veces, hacer un poco el loco, para divertir y sorprender... A los niños les encantan los extraordinarios, y a los mayores también, aunque les da más pereza.
Así se crea un hogar, trenzando una infinidad de cosas menudas, sin soluciones drásticas, con un poco de ingenio y de buen humor, dando pequeños retoques, pequeños cambios de rumbo, pequeñas iniciativas. Acumulando cosas buenas en el recuerdo y aprovechando todas esas circunstancias para educar a los hijos en libertad y responsabilidad y para expresarse cariño. Un hogar es una realidad viva, que cambia cada día. No es algo definitivo: las relaciones humanas que se crean lo son, pero las circunstancias de la vida en común no: los hijos no vivirán con los padres indefinidamente, ni los padres tampoco...
Con tantas pequeñeces, se cuenta una gran historia, que es la de la felicidad real que se alcanza en este mundo. Cuando se ha puesto amor, todo se recuerda con cariño. No está garantizado que todo vaya a salir bien, pero siempre es un éxito haber amado. Y a nadie se le puede quitar su pasado. Es verdad que la vida familiar es, en muchos aspectos, trivial y ordinaria, pero es verdad también que produce muchas satisfacciones; y que alcanza bienes de calidad tan profunda como la vida, el amor mutuo y la realización
personal. Está muy por encima de otras actividades como el trabajo técnico, o la creación estética y cultural. Por eso, hacer familia también es un arte (del que no saben nada las enciclopedias).
1 cfr. Alvaro Silva, Introducción a la antología de G.K. Chesterton, El amor o la fuerza del sino, Rialp, Madrid 1993, 38.
2 Ian McEwan, Los perros negros, Anagrama, Madrid 1993, 22. 3 Ibidem, 12.
4 F.J. Sheed, Persona y sociedad, Herder, Barcelona 1976 (2ª), 103-104. 5 F. J. Sheed, o. cit., 104-105.
6 Esteban de Arteaga, La belleza ideal, en Obras Completas, Col. «Clásicos castellanos», 122, Espasa-Calpe, Madrid 1972 (3ª), 102-103.
7 A. Maurois, El arte de amar, o. cit. 54.
8 F.J. Sheed, Persona y sociedad, Herder, Barcelona 1976 (2ª), 108. 9 Ch. Dickens, David Copperfield, Cap. 44.
10 Ibidem.
11 V. Frankl, El hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona 1986, 46-47. 12 F.J. Sheed, 108.
13 F.J. Sheed, Persona y sociedad, Herder, Barcelona 1976 (2ª), 106. 14 C. S. Lewis, Los cuatro amores, Rialp, Madrid 1991, 112.
15 F.J. Sheed, Persona y sociedad, Herder, Barcelona 1976 (2ª), 104.
16 L. Tolstoi, Ana Karenina, Parte V, cap. XIV, en Obras, Aguilar, Madrid 1964, 339. 17 A. Maurois, El arte de amar, en Un arte de vivir, Buenos Aires 59.
18 L. Tolstoi, Ana Karenina, parte V, cap. XIV, en Obras, Aguilar, 1964, 338-339.
19 G.K. Chesterton, El carácter indómito de la vida doméstica (tomado de What’s Wrong with the World?, 1910), en la Antología publicada por A. de Silva, 71-72.