Recordemos la expresión de Aristóteles que encabeza este artículo: «El hombre es por naturaleza un animal político» (Política 1252 b30-1253 a4). Decir que el hombre es un ser político es decir que pertenece a una «polis», a una comunidad humana. Está condición ciudadana, civil, social o comunitaria del hombre está destacada por todos los humanistas clásicos. En palabras de Werner Jaeger, un gran estudioso de la antigüedad clásica: «Todo futuro humanismo debe estar esencialmente orientado por el hecho que fundamenta toda la educación griega, es decir, en el hecho de que la humanidad, el “ser del hombre” está esencialmente vinculado a las características del hombre considerado como un ser político»14.
No cabe pensar en la perfección humana sin esta dimensión social. «No quiere decir —escribe Pieper— que viva como las hormigas o las abejas en unidades sociales, sino que sólo logra realizar su naturaleza conviviendo con los demás en una comunidad política. Sólo la convivencia de este tipo es, al menos para la mayoría de los hombres, una vida lograda. La polis es una “comunidad de casas y familias con el fin de vivir bien, de conseguir una vida perfecta y suficiente” (Politica 1280b 30-35)».
En la mente clásica, ser social no es sólo el simple hecho de vivir junto a otros, sino con-vivir, creando unos vínculos específicos, de amistad, que son el cauce para la educación y desarrollo de cada persona, para la construcción de la vida de la comunidad humana y para el despliegue de todas las realidades culturales. Así lo entendían los clásicos griegos. La vida social requiere las virtudes urbanas (urbanidad), que facilitan el entendimiento y trato entre los ciudadanos; y también la conciencia de que hay participar en las cargas y en las inquietudes de la sociedad. Con esto se forman unos peculiares vínculos de afecto propios de la ciudadanía, exaltados por Platón y Aristóteles.
En los organismos vivos, el todo es siempre mucho más que la suma de los componentes. Aunque no sea un individuo, una sociedad es un organismo, configurado por su organización interna, por los lazos que unen a sus miembros, por sus leyes y costumbres, por sus instituciones, por su tradición histórica y cultural. Toda sociedad de personas bien constituida es un cierto cuerpo, con su propia personalidad, que, gracias a sus instituciones y a la transmisión de su cultura, se puede perpetuar en el tiempo renovando sus miembros. Así opera verdaderamente en la historia como un cierto sujeto, y en consecuencia, se le atribuye una personalidad moral. Son personas morales tanto el conjunto de la sociedad civil que forma un país o nación, como las ciudades, y las sociedades menores formadas por agrupaciones de ciudadanos con fines recreativos, económicos, profesionales...: asociaciones de vecinos, clubes, asociaciones profesionales, sindicatos...
La masificación de las sociedades modernas hace difícil percibir y valorar estos lazos. El entramado social es mucho más extenso y complejo que en las sociedades antiguas; por eso, hay un peligro mayor de lejanía y despersonalización: «El tipo de unidad humana a que me refiero —señala Chesterton— no tiene nada que ver con la monotonía que triunfa en la sociedad industrial, que concilia el máximum de congestión con el
mínimum de comunión»15. Muchas personas reunidas y apretadas en una plaza no forman una gran sociedad. Tampoco se identifica la sociedad —aunque sea importante— con el puro entramado impersonal de funciones y estructuras o instituciones. Hay un aspecto personal, voluntario y libre, que construye la convivencia. Y tiene que ver con los vínculos de amistad, de colaboración, de interdependencia, de cultura que une a los miembros de una sociedad.
Es propio de una persona madura enriquecer y enriquecerse en los lazos de la vida social. La sociedad humana encierra grandes bienes que, a veces, no apreciamos porque se nos han dado sin esfuerzo y estamos habituados a gozar de ellos. Todo ese patrimonio social —la cultura, la lengua, la historia, las instituciones, las leyes, las costumbres, los monumentos históricos y artísticos— son bienes excelentes, logrados por la acumulación de mucho esfuerzo humano. Un hombre maduro tiene que contribuir a conservarlo, mejorarlo, acrecentarlo y transmitirlo. Pero primero tiene que darse cuenta de que existe, de lo que vale y de lo que ha costado.
En todo ciudadano tiene que darse un amor natural, que es muy sano, por la res publica, la cosa pública, los asuntos propios de la comunidad; o, dicho de otro modo, por el bien común con todos sus bienes visibles e invisibles: la paz, el orden, la justicia, la eficiencia de las instituciones, la honestidad de los cargos públicos, la belleza y eficacia de las obras públicas.
Hay que sentirse ciudadano: saberse depositario y responsable de estos bienes. No sólo un beneficiario pasivo, es decir, un parásito. La vida social es competencia de todos y cada uno de los componentes maduros de la sociedad: no es competencia exclusiva ni mucho menos propiedad de las autoridades. Y no es necesario que nadie nos otorgue esa responsabilidad o nos la confirme: Desde que se es un miembro maduro, se tiene el derecho y la obligación de asumirla y ejercerla. La realización de una persona madura incluye, a no ser que alguna limitación o enfermedad lo impida, la participación en la vida social. Es un índice de madurez. De algún modo se aplica aquí el famoso verso de Terencio: Homo sum: humani nihil alienum puto16: «soy hombre y nada humano me es ajeno».
Sentir las cosas de todos como propias; es como tener un cuerpo material mucho más extenso que alcanza a toda la sociedad. Por eso nos afectan —los sentimos— los daños al bien común: la suciedad de las calles, la ineficacia del sistema educativo o la pérdida de prestigio de la autoridad; lo mismo que nos llenará de satisfacción y orgullo ver que las cosas funcionan, que son eficaces, justas, dignas y bellas. Son parte de nosotros.
El amor a la Res publica incluye un particular respeto y veneración por la autoridad, independientemente de las características personales del que en ese momento la ejerza, y por las instituciones; el aprecio por el derecho y por la ley; el amor a la cultura y las tradiciones patrias; y de la misma patria como unidad moral: «Sin duda la patria no es una persona del mismo modo como lo es un ser humano individual. Pero lo es a su modo, al modo colectivo, social e histórico. Nadie puede dudar —y en serio nadie lo duda— de que la patria posee una personalidad propia y, por consiguiente, está
capacitada para ser objeto del sentimiento amoroso»17. Amor a lo propio que no tiene que excluir otros ni concebirse como algo cerrado: es un enraizamiento que enriquece.
El amor a la Res publica, al bien común, lleva a la participación: esto es a la tutela y vigilancia para conservarlo, y a la colaboración para mejorarlo y transmitirlo. El modo concreto de participar en la vida social puede ser muy amplio, especialmente en nuestras sociedades que son muy complejas. Lo importante es dar algún cauce a ese deseo de tutelar, mejorar y transmitir los distintos bienes que componen el bien común de la sociedad.
Hay una participación difusa que nace del amor vigilante por el bien común y que consiste simplemente en advertir a la autoridad competente de lo que está mal o puede ser mejorado. También la participación en los actos públicos, en las ceremonias, en las conmemoraciones y en las fiestas. Cada uno colabora con la vida social cuando cumple con su trabajo y atiende las personas de la sociedad que están a su cargo. Se colabora cuando se participa o se fomentan las distintas sociedades menores que se ocupan de algún aspecto del bien común: sociedades culturales, educativas, recreativas, deportivas, culturales...
Se colabora cuando se pagan los impuestos, cuando se participa en las consultas generales (elecciones, referendums), cuando se participa en los distintos organismos de la vida política. Hay que notar, sin embargo, que pese a un cierto culto contemporáneo a la democracia, que a veces adquiere tonos demagógicos, la democracia real —es decir, la participación de los ciudadanos en la vida pública— está realmente muy limitada. Ordinariamente, un ciudadano normal sólo participa en la toma de decisiones de interés común, como mucho, una vez al año, cuando elige a alguno de sus teóricos «representantes». Y está limitado a elegirlos entre cuatro o cinco grandes formaciones políticas. Con lo cual, de hecho, la parte más importante de la vida pública está en manos de unas pocas grandes formaciones que compiten por los poderes públicos, y que a veces, no tienen criterios reales de participación interna, sino que están dominados por élites.
Esto se debe a la dificultad que un ejercicio más real y más extendido de la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones plantea. Por razones de eficacia, es necesaria una cierta concentración en la toma de decisiones. Sin embargo, cabe pensar que un gran reto político actual es el crecimiento real de la participación ciudadana en sociedades menores y en estructuras intermedias y diversificadas, ya que muchos aspectos de la vida pública no tienen porqué estar concentrados en las mismas manos.
Por otra parte, la situación de la vida pública ha cambiado radicalmente. Durante casi un siglo las grandes estructuras políticas —los partidos— se han justificado como representantes de distintas ideologías. En realidad, todo el espectro político venía definido por la existencia de partidos ideológicos marxistas, de los que se le oponían y de un centro. Los partidos ideológicos, que hacían depender la toma de decisiones de principios doctrinales utópicos y apriorísticos, han fracasado y prácticamente han desaparecido, pese a inútiles intentos de reformulación doctrinal. Desaparecido el utopismo que tanto daño ha hecho a las sociedades donde la realidad ha sido sacrificada
a los sueños ideológicos, la política vuelve a ser lo que tiene que ser: la toma de decisiones eficaces concretas sobre situaciones y problemas concretos. Están de más las ideologías. Para tomar decisiones, basta la prudencia, unos pocos principios éticos, y principalmente el respeto por las personas. Todo lo demás es eficacia técnica y es cuestión de competencia y estudio. En consecuencia, ya no puede concebirse la vida pública como la lucha de ideologías y el sistema político de alta concentración en partidos está en crisis. Probablemente es una oportunidad de extender un modelo de mayor descentralización y participación ciudadana.
A distinto nivel, en cada pequeña sociedad menor, se repite lo mismo. También es una comunidad humana con su autoridad, sus instituciones, sus leyes y costumbres, sus celebraciones, fiestas y manifestaciones comunes, y sus lazos de amistad. Y también ha de suceder lo mismo con las empresas Este es un punto particularmente importante: el hecho de que una empresa se guíe principalmente por criterios económicos —búsqueda de un beneficio— no le puede quitar su dimensión humana de ser una comunidad de personas: «Lo especialmente terrible de la revolución industrial fue que el patrono sacando partido de máquinas y hombres, se incapacitó absolutamente para pensar en unos y en otros de manera diversa. Resultó que no tenía más relación personal con los hombres que con las máquinas. Pensaba en los hombres y hablaba de ellos no como personas, sino como de “mano de obra”, por ser las manos la única parte de los obreros que le servía y le interesaba»18.
El liberalismo ha tenido un papel muy importante en la difusión de las formas políticas que hoy tenemos y la defensa de muchas libertades. Con todo, hay que estar prevenidos contra la influencia cultural de unos principios individualistas que son extraños a la naturaleza de la sociedad. Toda sociedad, pese a sus muchos defectos, tiene que ser una comunidad de personas y ha de estar basada en relaciones personales de mutuo conocimiento y amistad, hasta donde sea posible. No es una unión ocasional, motivada sólo por la confluencia de intereses. El interés particular no es el principio por el que todo se explica. El individualismo entiende la libertad de una manera pobrísima como independencia y, en consecuencia, desconoce el valor profundo de los lazos humanos y los bienes propios de la sociedad, que no son sólo los utilitarios, sino sobre todo la realización de la comunión humana en los lazos de la familia, de la amistad, de la camaradería y de la solidaridad.
5. La solidaridad
No sería del todo humano vivir en un mundo donde las miserias humanas no aparecieran nunca. Sería un mundo falso. Todos tenemos la tendencia natural a vivir en una esfera sin problemas, olvidando el dolor, el sufrimiento, la muerte y la miseria. Y, más todavía de los problemas de los demás, porque nos parecen suficientes los nuestros. Pero es inhumano vivir al margen.
No sería bueno vivir en este mundo y no llevar de algún modo nuestra parte correspondiente de la carga de la miseria humana. No hay que pensar sólo en los desastres lejanos, a los que podemos contribuir con nuestra aportación. También suele haber a nuestro lado disminuidos, enfermos, gente solitaria, anciana o más abandonada. A veces, los tenemos cerca, pertenecen a nuestra familia; son amigos, conocidos, compañeros de trabajo, empleados. La tendencia natural puede ser huir sólo hacia lo interesante, lo productivo, lo entretenido, lo bello.
Hay que asumir la parte que nos toca en los dolores de la humanidad; y podemos tomar la que queramos, porque hay mucha. No vendrá mal, por ejemplo, adquirir la costumbre de dedicar unas horas al mes o a la semana a visitar enfermos y ancianos: no nos faltarán oportunidades. También se puede dedicar algún tiempo a colaborar voluntariamente en alguna institución especializada.
Conocer la miseria ablanda el corazón y nos ayuda a vivir mejor, con menos frivolidad, más humanamente, más auténticamente. No sólo tenemos necesidad de vacaciones, de entretenimientos y de descanso, a no ser que queramos vivir como niños permanentemente malcriados. También tenemos necesidad de compartir las cargas y dolores del mundo, precisamente porque somos personas maduras.
Los ciudadanos occidentales solemos asistir conmovidos (e incómodos) a las tremendas manifestaciones de pobreza material que ocasionan la muerte de millones de personas en Africa: epidemias, hambres, deportaciones y guerras. Periódicamente —dos o tres veces al año, a veces más— nos llenamos de lástima ante las escenas que unos medios de comunicación —que compiten por las imágenes más crudas— nos transmiten. Nos conmueve la miseria material porque la vemos, e inconscientemente nos sentimos orgullosos de vivir en sociedades desarrolladas donde estas catástrofes no parecen posibles.
Pero no todas las miserias se ven. Una gran parte de nosotros está condenado a morir sin que nadie llore por él; cosa que difícilmente sucede en esas culturas que nos dan lástima. La desgracia de gran parte de nuestra población adulta es que son ricos, y viven aislados en su casa, con su televisor, su perro, su periódico y sus hobbies...: encerrados en su libertad. La misma riqueza que les da libertad para vivir independientemente, les aísla. Pero una libertad sin lazos humanos queda sin sentido, ajena a este mundo que, en realidad, no está hecho de materia, sino, sobre todo de relaciones humanas. Ni la casa, ni el televisor, ni el perro, ni el periódico llorarán por ellos, como tampoco compartirán sus alegrías si es que llegan a tenerlas y son algo más que diversiones.
Pensamos que la vida en aquellos países que nos parecen pobres vale menos; y, en parte, es cierto porque en muchos casos, es más breve. Pero la viven con mayor densidad porque la comparten con muchos. Tienen esa riqueza inmaterial que a nosotros se nos escapa: basta ver cómo celebran las fiestas de la vida y de la muerte; con una intensidad que, en el fondo del corazón, envidiamos.
Todas las experiencias importantes de la vida tienen una intensidad distinta cuando son compartidas; las opiniones, los gustos, las ilusiones, y, sobre todo, las alegrías y las penas. Todas las experiencias de nuestra vida se enriquecen cuando se expanden por los lazos de la red de nuestras relaciones.
Lo más importante de una persona es la calidad de sus relaciones humanas, de los lazos que le unen con los demás: sus vecinos, compañeros, familiares, amigos y, también, Dios. Pero en nuestros países desarrollados, la riqueza material que nos ha proporcionado tantas cosas buenas, también libertad, enfría los lazos humanos. Por eso, necesitamos un complemento de alma, como le gustaba decir al filósofo francés Gabriel Marcel.
Lo que hemos tratado en este capítulo —las virtudes de la convivencia— y lo que trataremos en los que le siguen (familia, religión) es mucho más que un adorno de la personalidad, o una cuestión de buen gusto. Es, junto con el trabajo creativo, lo más serio de una persona, lo que más la realiza, lo que más construye la personalidad. Lo más humano. Y no suele aparecer en las enciclopedias.
1 Séneca, Epístola 95,33.
2 J. L. Vives, De disciplinis, R.II, 510 a 1.
3 Lord Avebury, The use of Life, Mac Millan, Londres 1916, 27. 4 The use of Life, 24.
5 R. Menéndez Pidal, Los españoles en la historia, Espasa Calpe, Madrid 1971, 33. 6 Ibidem 36.
7 Mario Vargas Llosa, Resumen de una conferencia en Sevilla sobre Europa y el Descubrimiento, ABC, 6.IV.1992, 53.
8 Gracián, El criticón, I, crisis 1.
9 Lord Avebury, The use of Life, Mac Millan, Londres 1916, 32. 10 Ibidem, 29.
11 Oráculo Manual y Arte de Prudencia, 135.
12 B. Gracián, Oráculo manual y arte de prudencia, 105. 13 Michael Ende, Momo, Alfaguara, Madrid 1982, 19-21.
14 W. Jaeger, Paideia, Fondo de Cultura Económica, Mexico 1988, 14.
15 G.K. Chesterton, El hombre eterno, en Obras Completas, I, Plaza Janés, Barcelona 1961, 1574. 16 Terencio, Heautontimorumenos, 77.
17 M. García Morente, La educación del patriotismo, en Escritos pedagógicos, Espasa Calpe, Madrid 1975, 222.