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Literatura ecuatoriana del Siglo XX

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Academic year: 2021

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UTPL

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Este volumen recoge una muestra de la poesía de la generación ecuatoriana de 1914 y cuyos ideales litera­ rios se identificaron con el modernismo. Los seis poe­ tas que aquí comparecen conformaron una misma ge­ neración, pues todos ellos nacieron entre 1884 y 1899 siendo, por tanto, coetá­ neos. Esta circunstancia les permitió compartir una mis­ ma realidad e idéntica sen­ sibilidad frente al mundo. A estos poetas les caracterizó, además, una búsqueda de refinamiento estético y espi­ ritual, el deseo de fugarse de la violencia y la prosaica rea­ lidad circundante que les tocó vivir (el Ecuador de la Revolución Alfarista) y el ánimo de recluirse en lo que se denominó la «torre de marfil». Ellos son: Ernesto Noboa y Caamaño (1889), Alfonso Moreno Mora (1890), Humberto Fierro (1890), Arturo Borja (1892), José María Egas (1896) y Medar­ do Ángel Silva (1898).

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UTPL

U M IY IW ID A D TÉCNICA P A R TIC U L A » D t LO JA

Literatura del siglo XX

(I)

BIBLIOTECA BÁSICA DI ALTORES ECUATORIANOS

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BIBLIOTECA BÁSICA DE AUTORES E C l MORIANOS

Universidad Técnica Particularde Loja

Proyecto editorial de la utpl(2015)

Literatura del siglo XX (I)

Primera edición 2015

ISBN de la Colección: 978-9942-08-773-7 ISBN-978-9942-08-770-6

Comité dehonoru tpl:

José Barbosa Corbacho M. Id. Santiago Acosta M. Id. Gabriel García Torres Rector Vicerrector Secretario General

Autoríaydireccióngeneral:

Juan Valdano

Miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua y miembro correspondiente de la Real Española

Coordinación:

Francisco Proaño Arandi

Miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua y miembro correspondiente de la Real Española

Revisióndetextos:

Pamela Lalama Quinteros

DiseNoydiagramación:

Ernesto Proaño Vinueza

Investigaciónyasesoríaendiseñográfico:

Departamento de Marketing de la utpl, sede Loja

Digitalización detextos:

Pablo Tacuri (u t p l s e d e Loja)

Impresiónyencuadernación: ediloja Cía. Ltda.

URL: http://autoresecuatorianos.utpl.edu.ec/ Loja, Ecuador, 2015

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Literatura del siglo XX

Ernesto Noboa y Caamaño

Alfonso Moreno Mora

Humberto Fierro

Arturo Borja

José María Egas

Medardo Ángel Silva

Estudios introductorios:

Juan Valdano

Francisco Proaño Arandi

A claración : En la p resen te ed ición se con servó la versión origin al de los textos literarios seleccionad os.

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I

n d ice

Ernesto Noboa y Caamaño

Sobre el autor / 15 Retrato antiguo / 19 5 a. m. / 20 Lobos de mar / 21 Romanza de verano / 22 Brisa de otoño / 26

Para la angustia de las horas / 29 La sombra de las alas / 30

Nocturno / 33 Never More / 35 Vox Clamans / 36 A Arturo Boija / 37 Aria del olvido / 40 La Divina Comedia / 41 Ofrenda / 42 Vivo galvanizado / 43 Hastío / 44 Ego Sum / 45 Emoción vesperal / 46

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índice

Alfonso Moreno Mora

Sobre el autor / 49 Autobiografía / 53 Jardines de invierno / 55

Idilio rústico / 59

Elegía del amor que había muerto / 60 Mi madre / 61

Sol de tarde / 62 Elegía del caballo / 63 Ensueño postumo / 64 La novia imposible / 65 Corazón de cabrito / 66 Elegía de la niñez / 69

Elegía del ciclo trágico y vulgar / 70 El lecho / 71

Visión lírica / 72

Epístola a Luis Felipe de La Rosa / 76

HUMBERTO FlERRO

Sobre el autor / 81 Pensieroso / 85 Las copas del estio / 86

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Sueño de arte / 87 Tu cabellera / 88

Oyendo a Cecilia Chaminade / 89 Los alquimistas / 91 Serenata de pierrot / 92 Fantasía desobligante / 93 De sobremesa / 95 A Clori / 96 Brisa heroica / 97 Cabalgata bélica / 98 Arturo Borja Sobre el autor / 103 Madre Locura / 107 Voy a entrar al olvido / 108

Rosa lírica / 109 Bajo la tarde / 110 Visión lejana / 111

Melancolía, ¡madre mía! / 112 Vas Lacrimae / 114

Primavera mística y lunar / 115 Mujer de bruma / 117

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índice

Para mí tu recuerdo... / 118 Epístola / 119

En el blanco cementerio / 121

José María Egas

Sobre el autor / 125 Lo fatal / 127

Vas Lacrimarum (Fragmento) / 128 Con las manos juntas... / 129

Plegaria / 130 La verdad / 131

El dolor / 132 El amor / 133

Medardo Ángel Silva

Sobre el autor / 137 Las florestas de oro / 143

Espera / 144

Cuando se es aún joven... / 146 Con ese traje azul... / 147

Rondel / 148

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A flor de labios / 150 Estancias / 151

La fuente triste (fragmentos) / 156 Lamentación del melancólico / 158

Aniversario / 160 El precepto / 163 Danse d’Anitra / 164 Epístola / 165 Cabalgata heroica / 167 Mi ciudad / 169 Calle «Villamil» / 170 Símbolo / 171 Danza nocturna / 172 Momento pasional / 173

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Ernesto Noboa y Caamaño

N o t a b i o g r á f i c a

N

ace en Guayaquil en 1889 y fallece en Quito en 1927. Entre sus antepasados se encuentran dos presiden­ tes de la República: Diego Noboa y José María Plácido Caamaño. Niño aún, es llevado a Lima donde cursa la educación primaria e inicia sus estudios secundarios. De regreso en la pa­ tria, hacia 1905, pasa a residir en Quito, en donde, entre otras relaciones, establece estrecha amistad con Arturo Boija, el sen­ sitivo poeta modernista que se quitará la vida en 1912. Pronto, Noboa y Caamaño adquiere una gran influencia entre los inte­ lectuales jóvenes de la época por sus dones poéticos, personali­ dad y amplia cultura. En 1912, con Isaac J. Barrera, Arturo Boija, Francisco Guarderas y otros escritores, funda la revista Letras, vehículo de expresión de la generación modernista ecuatoriana. Tardía, ciertamente, en el contexto del modernismo hispanoa­ mericano, esta generación irrumpe contra los excesos del roman­ ticismo, aún vigente en el Ecuador de los primeros años del siglo

XX, y contra la frialdad formal del parnasianismo. Para algunos,

marcaría el inicio de la verdadera poesía ecuatoriana1.

Terminada la Gran Guerra, Noboa y Caamaño realiza un viaje por España y Francia. Toma contacto directo con las secuelas nefastas de esa conflagración mundial, pero a la vez con la cultura de esas

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Literatura del siglo XX

metrópolis. De regreso a Quito, se acentúan en el poeta su hastío y aun su angustia, muy en línea con la estética de su generación, esto es, desgarrada, pesimista, hondamente separada de la realidad circundante y acosada por un afán (o conciencia) de evasión persistente. Esta discordia con la realidad, ese estado de ánimo, gravita trágicamente en sus integrantes más connotados: Arturo Boija y Medardo Ángel Silva terminan suicidas cuando apenas contaban veinte años; Humberto Fierro y Noboa y Caamaño, dice Jorge Enrique Adoum2, «terminaron de morir, antes de los 40, como oscuros funcionarios públicos, lo que, para poetas que, por añadidura, se consideraban aristócratas, era otra manera, esta prosaica, de suicidarse». Más tarde, Raúl Andrade calificaría a esa promoción poética con un término que ha hecho fortuna: «generación decapitada».

Para Noboa y Caamaño, un síntoma más de ese desapego o de esa huida hacia sí mismo fue su adicción a las drogas, en particular a la morfina. En ello, él y los otros modernistas quisieron imitar a sus modelos franceses, los «poetas malditos» de la insurrección simbolista francesa. Es posible también que el retomo a Quito y una hipotética nostalgia de París (meca entonces del arte de Occidente) hayan influido en ese «ensombrecimiento» de que hablan algunos de sus biógrafos. La parábola de su vida, tanto como la de los otros modernistas, fue una suerte de llamada de atención para que los poetas que ya entonces desplegaban sus primeras armas, se alejaran de ese clima evasivo y decadentista y volvieran los ojos a la realidad del país y del entorno, con una vi­ sión distinta (tales los casos de Jorge Carrera Andrade, Gonzalo Escudero y otros).

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Ernesto Noboa y Caamaño

O b r a l i t e r a r i a

En 1922 aparece su libro de poemas titulado La romanza de las

horas, publicación impulsada, más que por el propio poeta, por

su hermano político y también escritor: Cristóbal de Gangotena y Jijón. Otro libro que entonces preparaba Noboa, La sombra

de las alas, no llegaría a aparecer. Uno de sus más hermosos so­

netos, «Emoción vesperal», fue objeto, a mediados de los años cincuenta, de intensa controversia. Un argentino de apellido Dibella adujo que el poema era de autoría del también argenti­ no Emilio Berisso. Autores como Eduardo Samaniego y Álvarez, Hugo Alemán, Jorge Salvador Lara, entre otros, han demostrado documentadamente que la autoría de tan hermosa pieza literaria pertenece indiscutiblemente a Noboa y Caamaño.

Ju i c io c r ít i c o

Noboa y Caamaño comparte con sus compañeros de generación el refinamiento de las imágenes y la construcción de versos per­ fectos, en la línea de los parnasianos franceses que influyeron formalmente en aquellos. Fue el más expresivo en cuanto a la relación de sentimientos y emociones que denotan su angustia existencial y su desarmonía radical con el medio en que le tocó vivir. Entre otras líneas temáticas, la de la evasión es quizá la más acentuada. De allí esa obsesión tan magistralmente plasma­ da en poemas como «Emoción vesperal». Evasión también en el tiempo: frente a un presente execrable, el poeta vuelve los ojos al pasado, o a esa especie de paraíso que fue la infancia, o a un pasado europeo y ahistórico. «Vivir de lo pasado / por desprecio al presente...», dirá.

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Literatura del siglo xx

Poesía diáfana y directa, despliega imágenes de gran plasticidad, como las que recoge en otro poema célebre: «5 a. m.». Críticos como Hernán Rodríguez Castelo, Jorge Salvador Lara, Augusto Arias o Francisco Guarderas han destacado sus altos valores lí­ ricos. Desde una interpretación sociológica, pero sin desvalori­ zar la importancia poética de Noboa y Caamaño y de los demás integrantes fundamentales de esa generación, estudiosos como Agustín Cueva han señalado el sentido de su poesía (por sus te­ máticas y su índole de aguda angustia existencial) como una fase de la conciencia feudal que, excluida del poder político en aque­ llas primeras décadas del siglo XX, expresaba su derrota a través

de la franca evasión de una realidad para ella irreconocible. FPA

No t a s:

1 Adoum, Jorge Enrique. «Introducción». En Poesía viva del Ecuador. Quito: Editorial Grijalbo Ecuatoriana, 1990, pág. 9.

2Ibíd.

Bib l io g r afía so br ee la u t o r:

Alemán, Hugo. «Ernesto Noboa y Caamaño». En Presencia del pasado. Quito: Banco Central del Ecuador, 1994, págs. 149-189.

Adoum, Jorge Enrique. «Introducción». En Poesía viva del Ecuador. Quito: Editorial Grijalbo Ecuatoriana, 1990.

Araujo Sánchez, Diego. «Poetas del modernismo». En Historia de las

literaturas del Ecuador. Literatura de la República (1895-1925), Vol. IV. Quito:

Universidad Andina Simón Bolívar/Corporación Editora Nacional, 2002, págs.

59-76.

Cueva, Agustín. «Tres momentos de la conciencia feudal ecuatoriana». En

Literatura y sociedad en el Ecuador. Quito: Ministerio de Educación del

Ecuador, 2009, págs. 121-161.

Guarderas, Francisco. «Los Modernistas». En Poetas parnasianos y

modernistas. Puebla: J. M. Cajica, 1960, págs. 239-323. [Biblioteca Ecuatoriana

Mínima].

Rodríguez Castelo, Hernán. «Nuestro primer modernismo o la fuga imposible». En Otros modernistas. Guayaquil: Ariel, [s. f.]. [Colección Clásicos Ariel; 57]. Samaniego y Álvarez, Eduardo. «El proceso literario de Ernesto Noboa y Caamaño». En Poetas parnasianos y modernistas. Puebla: J. M. Cajica, 1960.

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Retrato antiguo*

i

Tienes el aire altivo, misterioso y doliente de aquellas nobles damas que retrató Pantoja: y los cabellos oscuros, la mirada indolente, y la boca imprecisa, luciferina y roja.

En tus negras pupilas el misterio se aloja, el ave azul del sueño se fatiga en tu frente, y en la pálida mano que una rosa deshoja, resplandece la perla de prodigioso oriente. Sonrisa que fue ensueño del divino Leonardo, ojos alucinados, manos de Fornarina,

porte de Dogaresa, cuello de María Estuardo, que parece formado —por venganza divina— para rodar segado como un tallo de nardo, como un ramo de lirios, bajo la guillotina.

i

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Literatura del siglo XX

5 a. m.

Gentes madrugadoras que van a misa de alba y gentes trasnochadas, en ronda pintoresca, por la calle que alumbra la luz rosada y malva de la luna que asoma su cara truhanesca.

Desfila entremezclada la piedad con el vicio, pañolones polícromos y mantos en desgarre, rostros de manicomio, de lupanar y hospicio, siniestras cataduras de sabbat y aquelarre. Corre una vieja enjuta que ya pierde la misa, y junto a una ramera de pintada sonrisa, cruza algún calavera de jarana y tramoya...

Y sueño ante aquel cuadro que estoy en un museo y en caracteres de oro, al pie del marco, leo:

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Ernesto Noboa y Caamaño

Lobos de mar

(En Bretaña)

Crepúsculo del puerto. Sobre los malecones de la dársena, envueltos en un polvo sutil, entre cuerdas y fardos, mástiles y lanchones, a la luz indecisa del cielo opaco y gris,

ágiles y robustos los marinos bretones alistan a la nave que se apresta a partir, entre risas jocundas y gritos y canciones —esas canciones tristes de este dulce país— Sus mujeres ayudan a la ruda faena,

y una de ellas da el pecho, fuente de vida llena, a un bello infante rubio, fresca rosa carnal, que, como en una clara visión de su destino, toma sus glaucos ojos de futuro marino

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Literatura del siglo XX

Romanza de verano

A don Cristóbal de Gangotena y Jijón, que «vive de amor de América y de pasión de España».

Medio día de verano —oro y azul— que pones tanta nueva alegría, tanta ansiedad secreta, como un florecimiento sobre los corazones! Bajo la brisa inquieta

el parque rumoroso de nidos y canciones, es como un armonioso corazón de poeta.

Sed de amor en las almas, que humedece los ojos, la divina locura de divinos excesos,

en los cálices rojos en los labios traviesos,

como tábanos de oro, revolotean los besos! Por las sendas brillantes,

las mullidas arenas, las parejas amantes

entretejen con hilos de los dulces instantes el manto de las horas propicias y serenas... Y pasan rondas frágiles, ramilletes fragantes de románticas rubias y ardorosas morenas.

(20)

Ernesto Noboa y Caamaño

Sobre el escudo heráldico del azul se diseña como procer cimera

la arrogante palmera que enamorada sueña

con el pino del Norte, como cantaba el verso melodioso de Heine; y el lago terso

como un espejo ustorio, se estremece con las alas de seda

de un cisne majestuoso que padece

su galante nostalgia de los muslos de Leda... Cielo azul, lago y cisne, ágil frondaje,

decoración de noble señorío

que sugiere la magia de un paisaje del alma inmensa de Rubén Darío.

En la vecina plaza, que sombrean los ramajes de las finas acacias y los mirtos paganos, —harapos de color y ojos salvajes-

cruza la caravana de gitanos. Y rompe el aire leve y ardoroso

el monótono ritmo con que apremia el rudo y agrio tamboril al oso

que hace danzar la zíngara bohemia. ¡Mujer errante de alma de leyenda, labios huraños y ojos estelares, que me supo cantar bajo su tienda el divino Cantar de los Cantares...!

¡Mujer errante de fatal destino,

nómada ambigua que a beber me diste,

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Literatura del siglo xx

mezclada con la sangre de tu vino, tu pena vieja y tu lujuria triste!

iCarne morena que me dio su agreste sabor de dátil y su olor de fiera,

y el opio de un sutil sueño celeste en su boca de roja adormidera!

¡Hora de germinal, sangre encendida, surco fecundo, palpitante entraña, polen sagrado, savia de la vida,

siempre perdida bajo el sol de España!

¡Medio día de verano —oro y azul— que escancia tanta nueva alegría, tanta inquietud secreta, como sutil fragancia

sobre los corazones!

El parque rumoroso de nidos y canciones tiembla bajo el halago de la brisa discreta como un profundo y claro corazón de poeta. Y vibra el día vernáculo; y la lluvia

aurífera del sol todo lo alegra: brilla el metal de la guedeja rubia junto al acero de la crencha negra.

¡Sed urgente de amor que nada calma y hace que brote de los labios rojos la inefable canción que sangra el alma y humedece los ojos...!

(22)

Ernesto Noboa y Caamaño

Música de oro que en el aire flota, sinfonía estival que dice: ¡ama! en la que cada beso es una nota y el corazón es todo el pentagrama.

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Literatura del siglo XX

Brisa de otoño

Vamos los dos a olvidamos; no sirven nuestros amores, ¡mira, vamos a arrancamos del corazón nuestras flores!

Juan R. Jiménez

I

El silencio... la luna en el agua de la fuente... tu voz... y la queja que mi vida romántica fragua

contemplando el amor que se aleja... Tu pupila nostálgica y vaga

se ha perdido en la azul lontananza donde, pálida y triste, se apaga

una estrella... como una esperanza... ¡Recordemos el tiempo lejano!

—nuestra breve y azul primavera— el antiguo calor de tu mano

y el lugar de la cita primera!

Fue en el viejo jardín, todo olores, una tarde callada y sombría;

tú cortabas piadosa unas flores para el ara lustral de María...

(24)

¿Por qué se arma de espinas la rosa? ... En tu brazo brotaron claveles, y mi boca probó temblorosa

de esa sangre preciada las mieles. ... Fue un amor de divinos excesos, ese amor que los males ensalma con el suave calor de los besos que florecen de estrellas el alma.

Contemplaron las frondas mis ansias y la sombra veló tus pudores,

y el azahar te cubrió de fragancias con el manto nupcial de sus flores. Y era todo calor y ruido,

y era todo perfume y canción, ¡era todo sendero florido en el campo de mi corazón!

II

¿Por qué tienen los besos espinas? ¿Por qué ocultan ponzoña las flores, y el veneno las bocas divinas

y la hiel los más dulces amores? ¡Ya tu pecho mi ardor no provoca, ni me incita tu labio sedeño,

ya no aroma el clavel de tu boca, ni tus cantos arrullan mi ensueño!

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Literatura del siglo xx

Nuestros labios se juntan con frío, nuestros ojos se miran con pena; se ha tornado tu acento sombrío y mi voz con tristeza resuena.

Nuestro beso es un beso de olvido... y este amor con la muerte se aúna como un rayo de sol diluido

en un triste reflejo de luna

Ya en el cielo se borran matices, ya la luna se va marchitando, y me miras... y nada me dices... y te miro... y me alejo llorando...

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Ernesto Noboa y Caamaño

Para la angustia de las horas

A mi madre

Para calmar las horas graves del calvario del corazón

tengo tus tristes manos suaves que se posan como dos aves sobre la cruz de mi aflicción. Para aliviar las horas tristes de mi callada soledad

me basta... saber que tú existes! y me acompañas y me asistes y me infundes serenidad.

Cuando el áspid del hastío me roe, tengo unos libros que son en

las horas cruentas mirra, aloe, de mi alma débil el sostén:

Heine, Samain, Laforgue, Poe y, sobre todo, ¡mi Verlaine! Y así mi vida se desliza

—sin objeto ni orientación- doliente, callada, sumisa, con una triste resignación, entre un suspiro, una sonrisa, alguna ternura imprecisa y algún verdadero dolor...

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Literatura del siglo xx

La sombra de las alas

Una amicizia de terra lontana.

D’Annunzio

Yo sueño que mis alas proyectan en sus vuelos la débil sombra errante

hoy bajo claro cielo, mañana en un distante cielo brumoso y gris;

¡por mi nostalgia eterna, por mis hondos anhelos de los arcanos mares, y los ignotos suelos

y las lejanas costas del soñado país...!

«Navigare est necesse» dice el arcaico lema de mi heráldico emblema;

y en un ambiente leve como impalpable tul, una galera ingrávida sobre las ondas rema, y una nube ligera cruza sobre el azul...

El mar oculta un símbolo que sus voces en coro descifran en lenguaje recóndito y sutil:

dar a todos la dádiva del cántico sonoro y esconder muy al fondo el preciado tesoro, avaros de su eterna riqueza juvenil.

Yo llevo en los caminos azules de mis venas la clave del secreto de mi extraño anhelar; ¡por eso he comprendido la voz de las sirenas y la plegaria errante de las olas del mar!

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Ernesto Noboa y Caamaño

Hubo entre mi ascendencia cierto viejo marino

que me legó estas blancas alas del corazón; que sufrió mi dolencia

y hacia estas tierras vino

tras la joyante estela de Cristóbal Colón,

iquizá buscando en vano la fuente de Juvencia, como aquel noble hidalgo Juan Ponce de León! ¡Oh la emoción del ave

marina; de la nave que parte, y quien sabe

si volverá algún día de la esperanza en pos! ¡Oh las claras orillas y los muelles flotantes,

donde hay siempre el milagro de unos ojos amantes y el ala de un pañuelo que tremola su adiós!

Soñar que nos olvidan el Tiempo y el Destino por gracia de un perpetuo renovarse, y vivir la inefable leyenda de Simbad el Marino:

errar sin guía ni brújula, vagar sin rumbo cierto, y en el azar del éxodo llegar hacia algún puerto...

¡para partir de nuevo... partir... siempre partir! En las tardes tranquilas y las noches serenas, cuando los astros lloran su trémulo fulgor, tendido en el sedante tapiz de las arenas o apoyado en la borda del barco arrullador,

¡abrir el relicario de las antiguas penas,

y ante las trenzas rubias y las crenchas morenas, dejar que el viento sople las cenizas de amor!

(29)

Literatura del siglo x x

Perderse cual las águilas o como las gaviotas por el espacio límpido o ante la tempestad, hacia las altas cumbres y las playas remotas en un icáreo impulso pleno de majestad, ¡llevando nuevas plumas para las alas rotas, sin que cese un instante la divina ansiedad! Seguir todas las sendas

y hollar todas las rutas,

que mi coturno sepa de toda latitud:

descansar bajo el palio de las nómadas tiendas, dormir sobre el basalto de las marinas grutas, y que a la brisa norte suceda el viento sud!

Y al fin... ¡tal vez un día de nostalgia y espera, en alguna ignorada tierra de promisión,

el Amor, en la proa de su barca velera,

cantando el ritmo eterno de su eterna canción, del puerto de mi vida retorne a la ribera

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Ernesto Noboa y Caamaño

Nocturno

El jardín está inmóvil bajo el beso de plata de la luna que riela sobre las mustias flores que escuchan vagos ecos de una tenue sonata que solloza el recuerdo de unos tristes amores. No se rizan las aguas de la verde laguna,

no se mueven las hojas del mezquino frondaje; mis ojos están ciegos de claridad de luna

y mi alma es un pedazo de alma del paisaje. Las áureas notas ciegas de la sonata triste producen en mi alma esa divagación

que precede al olvido de todo cuanto existe para escuchar la eterna verdad del corazón. Y el corazón me dice: «Escucha la elegía de mi otoño que llora la ausente primavera; murieron los rosales que en mi jardín había, y sobre mis escombros solloza una quimera». Y siento la nostalgia de lo que fue. El recuerdo de pretéritas dichas lejanas y brumosas

y las angustias de hoy en que solo me pierdo por esto la senda que hollan cadáveres de rosas. Una cabeza rubia cerca de mí; una mano

delicada y nerviosa temblando entre las mías;

(31)

Literatura del siglo xx

un ramo abandonado sobre el negro piano guardador de inefables secretas armonías. El tenue claro-oscuro del salón... Las ternezas de la postrera noche de risas y cantares;

después... adioses, besos, suspiros y promesas, un barco amarillento perdiéndose en los mares... Hoy mancho con la sombra de mi melancolía este blanco sendero que perfumó tu huella:

icuán lejos de tu vida va pasando la mía

con la desesperanza de no encontrarte en ella!

Por estas mismas sendas nuestras sombras macabras talvez mañana crucen noctivagas y errantes;

y entonces solo el viento oirá nuestras palabras, como en aquel Coloquio de las Fiestas Galantes. El jardín viejo y mustio bajo el beso de plata de la luna que riela como manto de olvido, escuchando las notas de esta triste sonata,

(32)

Ernesto Noboa y Caamaño

Never More

Mírame bien: soy «Lo que pudo ser»; también me llaman: «Nunca más», «Demasiado tarde». «Adiós».

D ante G abriel Rosseti

Pudo ser ... ¡y no fue! Tú, la elegida fuiste para ser sol de mi camino,

¡pero un oculto, despiadado sino, solo un instante te acercó a mi vida!

Pudo ser y no fue. La presentida

por mi eterna inquietud de peregrino de amor, fuiste en la noche del Destino como una vaga irradiación perdida... En medio de la sombra y la distancia, reconoció tu espiritual fragancia

mi corazón, pero tembló cobarde... Y solo un punto —como dos espadas— se cruzaron no más nuestras miradas para decirse: «Demasiado tarde».

(33)

Literatura del siglo xx

Vox Clamans

Oigo en la sombra, a veces, una voz que me advierte: Poeta, entre tus ruinas, yérguete vencedor:

deja la flauta débil de tu canción inerte, y alza el himno a la vida, al orgullo, al vigor. Acalla tu secreto, sé fuerte con la muerte,

Y oigo otra voz que clama: fuerte como el amor. (En mi conciencia íntima no sé cuál es más fuerte, si el gesto de la vida o el gesto destructor).

De súbito, en tumulto, cual luminosas teas, en el cerebro atónito se encienden las ideas, mas, cuando de su foco, como de ardiente pira, va a levantar las notas del vigoroso canto,

como una flauta débil el corazón suspira, y la canción se trueca por un raudal de llanto.

(34)

Ernesto Noboa y Caamaño

A Arturo Borja

La golondrina canta. ¡El poeta está muerto! ¡Oh, qué dulzura tiene el viento vespertino! Parece que una inmensa flor azul ha entreabierto su cáliz que perfuma lo eterno y lo divino.

Juan R. Jiménez

Para tu corazón que se consume bajo tierra, como una inmensa rosa hecha de amor, de sueño y de perfume, trémula, sensitiva y melodiosa

se haga mi llanto luz. Y en esta hora en que enmudece el labio dolorido, se haga también de música sonora para herir el silencio del Olvido.

Se unieron nuestras almas cierto día, al fulgor de un crepúsculo abrileño, por la santa virtud de la Poesía, en el dolor, la duda y el ensueño. Juntos seguimos la agostada senda, entre sombras y cieno y aspereza, y juntos aportamos nuestra ofrenda de amor, ante el altar de la Belleza.

¡Cuántas veces tu mano bienhechora que corona la angustia de la vida! ¡cuántas veces tu mano bienhechora supo enjugar la sangre de mi herida!

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Literatura del siglo x x

Y cuántas, al sentir que de veneno

me llenaba un dolor que nada ensalma, purifiqué mi corazón de cieno

en la castalia lírica de tu alma. ¡De qué vale llevar una ansia viva de fe y amor y ser sincero y fuerte, si la vida es tan solo una furtiva lágrima, en las pupilas de la Muerte!

Solo he quedado en el sendero, hermano; tú, abandonaste el duro cautiverio

por descorrer el velo de lo arcano, sediento de infinito y de misterio. Mi corazón, aislado, te reclama

ya que sus hondas penas compartiste, siempre dando la lumbre de tu llama y siempre noble y luminoso y triste.

Dolor, sueño y canción: tal la extinguida llama en que ardió tu espíritu sediento, Sufrir, soñar, cantar: tal fue tu vida, gris de dolor y azul de sentimiento.

Como una hostia, hacia Dios siempre elevaste tu espíritu: la fe dormía en tu pecho;

y al desplegar las alas, exclamaste:

(36)

Ernesto Noboa y Caamaño

Yo haré de mi alma una orientada perla de llanto; y en la noche silenciosa

iré, doliente y trémulo, a verterla como tributo postumo en tu fosa.

(37)

Literatura del siglo x x

Aria del olvido

Mi corazón es como un cementerio

que pueblan las cruces de lo que he perdido... ¡lo que no ha sepultado el Misterio,

va teniendo que hacerlo el Olvido!

Fraternal cariño que hoy se pudre inerte, ternuras lejanas, pasión extinguida;

a los unos, los segó la Muerte, a los otros... los mató la Vida.

¡La vida que ofrece tenaz y alevosa la miel en el fresco labio sonriente; la muerte que llega, dulce y cautelosa, con su paso humilde de reina haraposa a darnos su beso de paz en la frente! ¡Ya todos sois idos, todos estáis yertos, rostros bondadosos, labios compasivos; llevadme vosotros, corazones muertos, que me despedazan corazones vivos!

Mi alma está poblada, como un cementerio, con las negras cruces de lo que he perdido;

¡lo que no ha sepultado el Misterio va enterrando, piadoso, el Olvido!

(38)

Ernesto Noboa y Caamaño

La Divina Comedia

Le cœur a sa raison que la raison ne comprend pas.

Pascal

¡Deja sobre tu seno que ruede mi cabeza como una flor pesada de pena y de pasión: que amor burla con gracia sutil toda certeza, y la cabeza siente, pues piensa el corazón!

De este divino engaño cuando la farsa empieza, truecan sabios sus alas Sentimiento y Razón:

¡y el pensamiento es todo ternura y ligereza porque el sentir es todo cordura y reflexión! A tiempo se repite la trama de esta ambigua y dolorosa farsa, ¡tan nueva y tan antigua! y es siempre igual el fondo y análoga la acción.

Empecemos de nuevo la divina comedia, hoy que la duda, Amada, mi corazón asedia, que esta vez... ¡quizá olvide que él lleva la razón!

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Literatura del siglo xx

Ofrenda

¡Toma mi corazón, Jesús Crucificado,

que también ha tenido su Calvario y Thabor; acércalo a tu pecho divino y lacerado

sobre tu mano, pálida magnolia de dolor!

Mostrando en carne viva las llagas del Pecado, se abre a tus pies, sangrando como una roja flor;

¡concédele la gracia del perdón anhelado, puesto que Tú perdonas los pecados de amor! Perdón para mi culpa, perdón por el olvido en que hace tiempo, Señor, yo te he tenido, y vuelve a mí tus ojos de bondad, que la Fe, como Bella Durmiente del Bosque de mi alma, solo espera tu acento de dulzura y de calma que murmure piadoso su ¡Despiértate y Cree!

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Ernesto Noboa y Caamaño

Vivo galvanizado

Vivo galvanizado por un recuerdo triste que acibaró mi enferma juventud desvalida;

de los viejos tesoros que hubo en mí, nada existe; voy con el alma en sombras y con la fe perdida. Del más mínimo esfuerzo mi voluntad desiste, y deja libremente que por la vieja herida

del corazón se escape —sin que a mi alma contriste- corno un perfume vago, la esencia de la vida.

¡Lasciate ogrii speranza! Hoy solo el alma enferma

anhela desligarse de esta mísera carne

que los males agobian y que el gusano merma, y pedir al olvido su ropaje de ensueño...

¡tal vez para que pronto torne al mundo y reencarne en el cuerpo leproso de algún perro sin dueño!

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Literatura del siglo XX

Hastío

Vivir de lo pasado por desprecio al presente, mirar hacia el futuro con un hondo terror, sentirse envenenado, sentirse indiferente, ante el mal de la Vida y ante el bien del Amor. Ir haciendo caminos sobre un yermo de abrojos mordidos por el áspid de la desilusión,

con la sed en los labios, la fatiga en los ojos y una espina dorada dentro del corazón.

Y por calmar el peso de esta existencia extraña, buscar en el olvido consolación final,

aturdirse, embriagarse con inaudita saña, con ardor invencible, con ceguera fatal,

bebiendo las piedades del dorado champaña y aspirando el veneno de las flores del mal.

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Ernesto Noboa y Caamaño

Ego Sum

Amo todo lo extraño, amo todo lo exótico; lo equívoco y morboso, lo falso y lo anormal: tan solo calmar pueden mis nervios de neurótico la ampolla de morfina y el frasco de coral.

Amo las cosas mustias, aquel tinte cloròtico de hampones y rameras, pasto del hospital. En mi cerebro enfermo, sensitivo y caótico, como araña poeana, teje su red el mal.

No importa que los otros me huyan. El aislamiento es propicio a que nazca la flor del sentimiento: el nardo del ensueño brota en la soledad.

No importa que me nieguen los aplausaos humanos si me embriaga la música de los astros lejanos

y el batir de mis alas sobre la realidad.

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Literatura del siglo xx

Emoción vesperal

A Manuel Arleta, como a un hermano.

Hay tardes en las que uno desearía embarcarse y partir sin rumbo cierto, y, silenciosamente, de algún puerto, irse alejando mientras muere el día; Emprender una larga travesía

y perderse después en un desierto y misterioso mar, no descubierto por ningún navegante todavía.

Aunque uno sepa que hasta los remotos confínes de los piélagos ignotos

le seguirá el cortejo de sus penas, Y que, al desvanecerse el espejismo, desde las glaucas ondas del abismo, le tentarán las últimas sirenas.

No t a:

* Textos revisados de Poetas parnasianos y modernistas. Puebla: J. M. Cajica, 1960. [Colección Biblioteca Ecuatoriana Mínima].

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Alfonso Moreno Mora

No t a b i o g r á f i c a

A

lfonso Moreno Mora nació en Cuenca en 1890. Perteneció a una familia de terratenientes y agricultores con una profunda vocación cultural y en la que el cultivo de las letras y las artes llegó a ser uno de los rasgos que la distinguió desde el siglo XIX. Prominentes intelectuales, escritores y artis­

tas fueron parte de esta familia; entre ellos, Miguel Moreno, el célebre autor de Sábados de mayo y El libro del corazón; los hermanos Moreno Mora (Manuel, Vicente y Luis), poetas, ensa­ yistas y periodistas de activa participación intelectual en Cuenca durante la primera mitad del siglo XX ; Eugenio Moreno Heredia,

quien, por los años de 1950, perteneció al grupo literario Elan, y el pintor Oswaldo Moreno Heredia, hijos del poeta. Realizó es­ tudios de Farmacia en la Universidad de Cuenca; sin embargo, nunca, al parecer, ejerció esta profesión. Por muchos años fue se­ cretario de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cuenca en las épocas en las que ejercieron el rectorado de la institución Honorato Vázquez y Remigio Crespo Toral.

Alfonso Moreno Mora se integró al grupo de poetas cuencanos que, por los años de 1920, irrumpió con un nuevo estilo marcado por el modernismo literario cuyo modelo fue, entonces, la poesía de Rubén Darío. Sus composiciones líricas se publicaron en

(46)

Literatura del siglo XX

forma dispersa en las pocas revistas literarias que, por esos años, aparecían eventualmente en la ciudad de Cuenca. Entre ellas están Austral, Páginas Literarias y América Latina, revista en pequeño formato que dirigía su hermano Manuel. Austral fue una revista que, desde el punto de vista formal (diseño, ilustraciones, tipografía) y por su contenido, constituyó no solo una declaración expresa de modernismo sino que anunció ya los renovadores aires del vanguardismo literario que, por esos mismos años (1926), empezaban a soplar en la literatura hispanoamericana. En 1919 funda, junto con otros escritores de su generación (la 10 3 * 4 c raTd.-cettainüifpó&iCb que se llevaba a cabo en una finca cercana a la ciudad, en medio de la campiña azuaya, a la orilla de algún rio, todo lo cual evocaba un culto estético al paisaje, emociones eglógicas y virgilianas, temas y tendencias recurrentes de los que está repleta la poesía cuencana desde finales del siglo XIX hasta la mitad del XX.

Murió en Cuenca el 1 de abril de 1940.

O b r a literaria

Como hemos señalado ya, en Oda del autor se publicaron, de manera dispersa y ocasional, muchos de sus poemas en algunas revistas locales de escaso tiraje y circulación que aparecieron en Cuenca. Alfonso Moreno Mora nunca llegó a publicar un libro que recogiera su obra poética. Por tanto, toda la bibliografía de este autor es postuma. Mencionamos aqui algunos títulos: Alfonso

Moreno Mora. Poesías. Prólogo y selección de Víctor Manuel

Albornoz. Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay. Cuenca, 1951. Poesías. Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay. Cuenca, s/f. Alfonso Moreno Mora. Introducción y selec­ ción de Eugenio Moreno Heredia. Casa de la Cultura Ecuatoriana,

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Alfonso Moreno Mora

Núcleo del Azuay, s/f. Poesías completas. Recopilación, estu­ dio introductorio e índices por Jorge Salvador Lara. Comisión Nacional Permanente de Conmemoraciones Cívicas. Quito, 2002.

Va l o r a c i ó n

Por temperamento y ánimo de ruptura con una tradición poéti­ ca aún dominante en su época, la obra de Alfonso Moreno Mora se inscribe plenamente en la tendencia del modernismo. Nacido en la última década del siglo X IX , perteneció a la generación de

los modernistas ecuatorianos, junto con Medardo Ángel Silva, Humberto Fierro, Arturo Boija, Ernesto Noboa y Caamaño y José María Egas. En el ámbito de la literatura regional azuaya, la voz poética de Moreno Mora significó una renovación frente al romanticismo y neoclasicismo decadentes que habían persis­ tido en las letras cuencanas desde mediados del siglo X IX . Ello

no quiere decir que Moreno Mora se haya desprendido del todo de aquellos rasgos que caracterizaron a la literatura azuaya, esto es, la recurrencia a la temática paisajista, la evocación de la vida doméstica y campesina, la tendencia al bucolismo y al intimismo, una tradición que aún estaba viva en ese tiempo. Sin embargo, con Moreno Mora estos mismos temas hallan un tratamiento distinto, se los mira bajo nuevos parámetros estéticos y aún ideo­ lógicos; un tratamiento que obedece a los ideales de comienzos de siglo e influidos por las corrientes positivistas y liberales. El modernismo significó no solamente una renovación formal en la estructura del poema (nuevos ritmos versales y estróficos, ten­ dencia a la imagen sensorial y colorista, propensión al exotismo, etc.), sino también una nueva sensibilidad frente al pasado y una apertura hacia los cambios materiales, tecnológicos e ideológicos que acarreaba el siglo xx.

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Literatura del siglo xx

La poesía de Moreno Mora es sensible ante estas circunstancias existenciales, lo cual se testimonia en poemas como «Visión líri­ ca» y «Epístola a don Luis Felipe de la Rosa». La visión paisajista con un hálito de nostalgia, ternura y con un tratamiento formal cercano a la estética cadenciosa rubendariana está presente en poemas como «Jardines de invierno» y en aquellos sonetos, per­ fectos desde el puno de vista formal, en los que se evocan escenas de la vida campestre y ese bucolismo, muy azuayo por cierto, en los que se pintan cuadros y escenas que recuerdan al señor de ha­ cienda que vive de la tierra en medio de tradiciones patriarcales propias de una sociedad semifeudal. j v

Bib l io g r a fía so bre e la u t o r:

Albornoz, Víctor Manuel. «Prólogo». En Alfonso Moreno Mora. Cuenca: Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, 1950.

Cevallos García, Gabriel. «Breve excursión por la poética de Alfonso Moreno Mora». En Obras completas, T. IX. Cuenca: [s. ed.], 1990.

Cueva Tamariz, Agustín. Abismos humanos. Semblanza biotipológica de

Alfonso Moreno Mora. Cuenca: Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del

Azuay, 1976.

Moreno Heredia, Eugenio. «Introducción». En Alfonso Moreno Mora. Cuenca: Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, [s. f.].

Moreno Mora, Vicente. Poesías. Cuenca: Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, 1951.

Moreno Mora, Vicente. Alfonso Moreno Mora. Cuenca: [s. ed.], 1940.

Salvador Lara, Jorge. «Estudio introductorio». En Alfonso Moreno Mora.

Poesías completas. Quito: Comisión Nacional Permanente de Conmemoraciones

Cívicas, 2002.

Valdano, Juan. «La nación y las regiones o fragmentos de un espejo roto. Las literaturas regionales». En Prole del vendaval. Sociedad, cultura e identidad

ecuatoriana. Quito: Abya-Yala, 1999.

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Autobiografía*

Mi vida: una mariposa. El vidrio de una ventana. .Afuera el jardín, la rosa, la gracia de la mañana. Ver y no gozar la vida, corta para tanto anhelo, y sentirla cohibida

con dos alas para el vuelo. Afuera la primavera

revuela, canta, perfuma; la luz del sol reverbera, se va en el agua la espuma. Todo es tálamo, amorío, amor, pasión y locura. De volar, sería mío

el jardín de la hermosura. Adentro... nada hay adentro, que estoy afuera y no estoy; y sobre el cristal me encuentro y tras el cristal me voy.

¡Pobre vida! Mariposa... Vida que no realicé, vida de vivir ansiosa y que, ansiando, la anulé.

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Literatura del siglo XX

Copo de espuma en la arena, mientras el río se va;

vida con angustia y pena de lo que nunca será... Suave vellón en la zarza deja la oveja prendido; dentro del nido lo engarza el ave, al hacer su nido. La linfa que deja el río ablanda a la dura roca; se evapora y de rocío ser refrigerio le toca... Pobre vida, vida mía, mariposa en la ventana. Pasa un día y otro día, una noche, una mañana!

Pasan... y siempre es lo mismo: afuera todo, y adentro

nada, sino el fatalismo

de no haber hallado el centro. Quiere volar y porfía...

quiere salir, y no acierta... hasta que han de verla un día al pie de los vidrios, muerta...

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Alfonso Moreno Mora

Jardines de invierno

Atardece lentamente, muere la luz poco a poco; esta tarde ha sido larga de recuerdos dolorosos.

¡Cómo se va uno cambiando! ¡Cómo le llega el otoño!

Tenía entonces veinte años. ¡Qué lejos se queda todo! Novia que pasas la tarde mano a mano con tu novio, la vida se va, se acaba

en un verano tan corto. Cigarras que ayer cantaban yacen hoy día en el polvo.

¡Ay! ¡Cuántas torres azules se pierden en los recodos! A veces vuelvo la vista, y en vano buscan los ojos el jardín, el huerto, el valle que alumbró el sol en su orto.

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Literatura del siglo XX

• •

Ah, las cosas que se piensan acodado en la ventana,

mientras se muere la tarde luminosa y resignada.

Huele el jardín. En la fuente debe estarse oliendo el agua. Un vago perfume aroma el pañuelo de mis lágrimas.

¿Quién va a venir? ¿Por qué estoy acodado en la ventana?

¿A quién espero? ¿Qué buscan mis ojos a la distancia?

El río pasa llorando

por la sombría encañada.

Duermen los sauces. La niebla se cuelga en la azul montaña. Ha anochecido. En su alcoba se enrojecen las ventanas. Hay luz. Una sombra leve el rojo cristal empaña. Tengo miedo de la noche: voy a cerrar la ventana. Yo no debiera estar solo teniendo tan sola el alma.

(53)

Su boca me sonreía...

Discurren mis pensamientos como un enjambre de abejas en la paz del cementerio. Flota un aroma impreciso de nardos recién abiertos. La brisa nocturna trae

olor de junco. ¡Ah, los perros que ladran bajo la luna!

A veces, me muerde el miedo... Quiero llamar, y la carne

tiembla de frío y silencio. Su boca me sonreía...

Cuando se armiñe el sendero con las flores del naranjo quedará desnudo el huerto. Al rubio sol, los azahares se marchitarán y, luego, a lo largo del camino irán rodando en el viento. Las noches, cuando descorra la ventana que da al huerto, no habrá un aroma en la brisa que desgreñe mi cabello.

(54)

Literatura del siglo XX

Y me estaré horas y horas pensativo y en silencio, con las pupilas clavadas del jardín en lo más negro.

Después... La sombra, los árboles... Tendré frío... Tendré miedo...

Entornaré la ventana por no ver el duro cielo

que estará blanco de estrellas. Iré a meterme en el lecho viendo mi jardín sin rosas... Y me dormiré sin sueño.

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Alfonso Moreno Mora

Idilio rústico

Una casa de campo, con ventanas azules,

que enfoquen los caminos, los árboles, las chozas; una casa de campo, cercada de abedules,

fresca de agua y alegre de pájaros y rosas. Una casa de campo, en un campo aldeaniego, con vecinos que sean primitivos y rudos: gente humilde y amiga de la paz y el sosiego, buenos hombres barbudos...

En el pórtico blanco, tallado en piedra, al fondo de una hornacina, el Santo protector de la granja, San Isidro... y suspensa del hastial una esquila. Feliz me llamaría, y más al ver tu blondo

cabello sobre mi hombro, bajo el cielo naranja de una tarde de agosto, luminosa y tranquila.

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Literatura del siglo xx

Elegía del amor que había muerto

Ven a escuchar el canto tedioso de las ranas... Su voz no sé qué tiene para mecer la pena; trae acá la butaca, corre bien las ventanas y estaremos sentados en la noche serena.

A veces se oye un pájaro cantar entre las ramas; si en esta noche canta, dime tú lo que quieras

que el canto signifique... ¿Preguntaré si me amas...? ¿Si he de morir primero, antes que tú...? ¿Quisieras...? —Mejor que sea eso lo que el canto nos diga;

mas, sabe estoy seguro de tu amor, yo no dudo; entre todas has sido tú mi mejor amiga,

la única, la única que me ama y que me alegra... Y pasamos sentados frente a la noche negra, y el pájaro en las ramas pasó esa noche mudo...

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Mi madre

¡Mi madre!... Daban luz los ventanales; una canción de cuna; otra devota;

mimo su voz, que del silencio brota, caricia sus miradas maternales.

La primera palabra aprendí de ella, di a su amparo de amor el primer paso;

¡cuántas veces, dormido en su regazo, recibí de sus manos una estrella!

De una gruta de amor, estalagmitas

sus manos... Sí, me acuerdo, pequeñitas, blancas y con hoyuelos claroscuros.

Un día ha de mirarla mi alma, pienso, entre rayos de luz, nubes de incienso, rodeada de los ángeles más puros...

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Literatura del siglo xx

Sol de tarde

Las cinco... De una orilla a la otra orilla ha tendido su sombra la alameda;

en el camino la hojarasca brilla y en ella el viento, tal un aro, rueda.

Del recodo, al final de la avenida, sale una larga fila de jumentos; viene de la ciudad, triste y rendida, la piara de borricos cenicientos. Sobre la tierra luminosa y tersa la sombra de los árboles conversa de las cosas del campo en tierno idilio. Y allí la dicha del que oculto vive, verso tras verso con amor, escribe, con el amor de Jammes o Virgilio.

(59)

Alfonso Moreno Mora

Elegía del caballo

Las moscas ponen un temblor intermitente en la piel laxa y dura, las moscas le atormentan; con la tristeza enorme de su vejez doliente

quisiera estarse en calma, pero ellas le impacientan. La desmayada cola bate pesadamente,

las moscas se levantan y de nuevo se sientan; hiere el suelo golpeando las manos fuertemente, las moscas vanse y tornan y su fastidio aumenta.

Inmóvil, taciturno, con la cola en el anca, es, en el llano verde, la sola mancha blanca; pobre viejo caballo, quizá añora el pasado viril, cuando los ríos cruzaba en lo más fuerte de la creciente magna, desafiando a la muerte, y era el padre de todos los potros del poblado.

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Literatura del siglo xx

Ensueño postumo

Carpintero, la caja en que me encierren hazla suave de un árbol de esta senda:

¡así podré soñar, cuando me entierren, que estoy de vacaciones en la hacienda! Este árbol diome sombra cuando niño, a su abrigo pasé días enteros;

en el hogar fue todo de cariño el resinoso olor de los gomeros.

En sus bosques vagué, de adolescente, oyendo los lamentos casi humanos que lanzan con el viento, de repente.

¡Cuántas horas de ensueño y de locura! ¡Cuántos nombres grabados con mi mano en su corteza sonrosada y dura!

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Alfonso Moreno Mora

La novia imposible

Después de haber soñado largo tiempo con ella, una mañana clara desperté de ese sueño...

y la vi ya imposible, convertida en estrella lejana, muy lejana para mi clavileño.

Dolido y en silencio dejé correr mi llanto;

mas, como de mis lágrimas hiciérase una fuente, la fuente cada noche copiar supo el encanto

de la estrella, y mis lágrimas corrían dulcemente. ¡Ay, cómo te suspiro y van a ti mis quejas,

estrella que en mi fuente de llanto te reflejas...! ¡oh, mi único cariño, mi estrella de cariño!

Cuando en la noche, a veces, se vuelve a abrir la herida y siento que se empapa de lágrimas mi vida,

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Literatura del siglo XX

Corazón de cabrito

A Lola Heredia Crespo, mi mujer

Tener entre las mías tus delicadas manos es tener toda una primavera de nardos: Blancas, rosadas, leves son un ramo de encantos, un ramo de primores, un milagroso ramo.

Tibias como está el agua de mañana, en el lago, tibias como la leche que me dan en un vaso exprimida ese instante mientras se queja el cabro, un cabro pequeñito

que me lame las manos. Yo no sé si son ellas, yo no sé si es el campo, pero estas penas malas me van abandonando.

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Y estoy cada mañana

con más fuerza en los brazos, con más fuerza en el alma, con más gusto en el campo. De estar bueno algún día ha de ser por tus manos, cariñosas y buenas

son la venda y el bálsamo. Las retengo en las mías y me acuerdo del cabro, y las mimo y las llevo con ternura a los labios. Cabrita colorada

que paces en el llano, me dicen que te gustan las rosas del cercado Con razón es tan rico, con razón es tan blanco, por tus ubres filtrado, es un licor de rosas. Cabrita colorada

que has parido ese cabro tan lindo. Dios es bueno: te da leche para ambos.

(64)

Literatura del siglo xx

Mañana si es que tengo otro hijo, otro hijo amado, quiera Dios que ese hijo me quiera como el cabro. Yo le quito la leche

y él me besa las manos; corazón de cabrito

muy dulce y muy humano.

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Alfonso Moreno Mora

Elegía de la niñez

¿Eliótropos? ¿Jazmines? ¿Frutas maduras?

Nada: Amo el olor salvaje del caballo que hace alto, después de cuatro horas de correr, en la amada casa de campo, cuyas gradas subo de un salto. Ese olor cariñoso de la piel que ha sudado bajo la manta obscura y la silla ligera, cuyo corte elegante se quedó dibujado

en el lomo del bruto que marchó a la carrera. Aveces, inclinándome en el crinal, percibo este aroma y lo gusto aspirando con vivo

sentimiento afectuoso todo un tiempo distante; todo un tiempo querido me sugiere, y de nuevo mi niñez campesina torno a ver, y renuevo impresiones que se iban esfumando al Instante.

(66)

Literatura del siglo xx

Elegía del ciclo trágico y vulgar

Mamó leche de penas, creció en el sobresalto del pan que ya se acaba; pasó por un invierno, esos fríos inviernos de lágrimas y falto

de ritmo, una mañana, desvióse a lo eterno. La madre, como todas las madres de la tierra, lloróle al pobre niño lágrimas dolorosas;

luego, todo como antes: el corazón en guerra... sombría la vivienda y en desorden las cosas... Solo que, a los dos meses, un nuevo ser había en la abrigada celda que el niño nueve meses habitó sin cuidados y sin melancolía...

Sacaron los pañales por otra vez y en años prolíficos y duros de crueles desengaños,

la misma escena trágica sucedió muchas veces...

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Alfonso Moreno Mora

El lecho

Este lecho de hierro testigo es de mis sueños de oro y rosas de niño; hoy mi hijo duerme en él; familiar deben serle mirajes halagüeños;

en su boca las hadas viértenle acaso miel.

Como perla en la concha, su cabeza en la ropa descansa suavemente, llena de languidez; y mientras mi cariño solícito le arropa, el mismo éxodo miro por milésima vez.

Después de algunos años le vendrá muy estrecho y tendrá que dejarlo por otro nuevo lecho:

vivir es ir cambiando de lechos, nada más...

El último, el postrero, el que da un sueño manso, lo hallamos bajo tierra: la tierra es el remanso supremo de la vida que se agita en su faz...

(68)

Literatura del siglo xx

Visión lírica

Nosotros los poetas, que es cual si se dijera, nosotros los rosales de toda primavera

o nosotros los pájaros que alegran la pradera, una misión divina tenemos que cumplir

hoy día más que nunca, pues el rudo existir va empañando de negro la gloria del vivir.

El aire está impregnado de brea y gasolina, mancha el azul celeste la hulla de la mina

y entre oleadas de sangre la humanidad camina. Hoy el afán vesánico de amontonar riquezas, rompiendo los jardines o arrancando malezas, pero sólo en tres días, tortura las cabezas.

En el país del hierro, de las incubadoras las águilas revientan; raudas locomotoras anulan el paisaje tranquilo de las horas.

Los bueyes pensativos, rumiando su tristeza, desde el silencio de égloga de la húmeda dehesa, miran pasar las máquinas de ruda fortaleza.

Portadoras de oro, van surcando los mares, naves que en otros días y en otros avatares, tripularon los hombres que están hoy en altares.

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A las puertas del Templo de la Venus de Milo discute un accionista de una fábrica de hilo, y telas para mantos anuncia a tanto el kilo.

Alfonso Moreno Mora

¿Qué haremos los poetas al mirar tales cosas...? ¿Ceñirnos la cabeza de pámpanos y rosas

y gozar con las ninfas en las selvas umbrosas... Arrancar de la lira las cien cuerdas vibrantes y de los filisteos en los torsos gigantes,

sacudirlas elásticas, nerviosas y sonantes... Abandonar el Templo, dejar el regio manto, congregarse en las plazas y mofarse del canto, que vino de los cielos y que es tres veces santo...? Si cortan un granado, nido de ruiseñores,

los pájaros emigran; en pos de nuevas flores discurren las abejas, y en perlas y rumores, si encuentran un obstáculo, desátanse los ríos. Nosotros, en esta era de hombres fuertes, bravios, cantemos con más gracia, con más fe, con más bríos. ¿Quién dice, porque cantan a toda hora del día, que las aves son locas? Milagro es la armonía, como es milagro grande la santa poesía.

¡Cantemos nuestro canto! Sea luz en la mina; en el más negro espíritu, estrella que ilumina; luz, en la noche negra del que a tientas camina.

(70)

Literatura del siglo xx

¡Cantemos nuestro canto! Es óleo que adormece, divina luz y fuego que el cielo nos ofrece,

y hay tanta hora sombría que al alma le entumece. Pongamos un aroma de gracia y de frescura,

en este aire cargado de olor a calentura; olor malsano y triste de condición impura. El mundo necesita de un nuevo redentor,

millares de almas tristes le esperan con temblor, así como se espera sublime y grande amor...

Mi espíritu lo siente: exhala olor a nardo;

mi espíritu se angustia; viene con paso tardo...; pero él vendrá, y seremos heridos por su dardo. Entonces, nuevamente, habrá una florescencia de ideal en tantas almas marchitas por la ciencia, y serán en la tierra la paz y la inocencia.

El amor ha de reunimos en un amor a todos los que hoy el egoísmo olvida en los recodos, y el mal de las pasiones separa de mil modos.

Doctrina de belleza, religión de ternura, lazo de caridad: risueña, fácil, pura,

nos llevará a los reinos de la santa hermosura. La senda será suave de rosas sin espinas, los días luminosos, las noches cristalinas y serán nuestras almas estrellas peregrinas...

(71)

—Poetas, anunciemos al siglo su venida, pongamos un consuelo de fe reflorecida en medio a los desiertos amargos de la vida.

¡Poetas, oh poetas, formemos la áurea Corte de la Belleza Suma, su lumbre nos conforte

y, brújulas vivientes, marquemos siempre el Norte!

(72)

Literatura del siglo xx

Epístola a Luis Felipe de La Rosa

Luis Felipe: tu vida de inquietud se remansa con una pierna menos y una experiencia más. Tu diestra, en el naufragio, la boya al fin alcanza y serenado miras catorce años atrás.

¡Has triunfado! Pregunto: ¿la victoria te alegra? ¿Te compensa las penas, penas de ayer, sin fin, cuando tu musa errante, bajo la noche negra era tal una fuente que llora en un jardín?

Si del alma pudiéramos hacer un palimpsesto, borrar todo lo triste para escribir con luz

epitalamios rosas... ¡Ah! qué dicha fuera ésto, olvidar que en el hombro llevamos una cruz. Dichoso tú que tienes dos lánguidos camellos o una hermana, la dulce compañera ideal: el mar y las montañas y los países bellos en tantas latitudes, te harán pronto olvidar. Las horas en la aldea resbalan lentamente, como un carro repleto de basura y dolor;

el mismo aspecto siempre, la misma luz, la gente, grávida de hipocresía, de Cristo y de rencor.

Se vive sin motivo... Supieras lo que es eso... está ya en mí extinguida el ansia de vivir,

(73)

Alfonso Moreno Mora

y sin embargo, sigo como un can con un hueso, royendo la infinita tristeza de existir.

¿Ideales? ¿De qué valen ideales? —Sancho Panza nunca cubre una letra que le gira el ideal;

el arte... de cocina triunfa y los lauros alcanza y un maitre es un pontífice de gorro y delantal...

¿El amor?: mermelada que se vende por platos, y compran los chiquillos de veinte años lo más... ¿La gloria?: una ramera que vive en malos tratos con cualquier poetilla que sepa ser audaz.

¿Los poetas?: artistas de la estirpe de Apolo, el incienso y la mirra, el oro y el laurel,

cada cual, con delirio, quiere para sí solo, y con desprecio mira la obra que no es de él...

Luis Felipe: es qué negra la nada de las cosas, las ambiciones muertas y el otoño interior; espinas solo cuajan donde antes hubo rosas, en las mustias acacias no canta el ruiseñor.

¿Vivo? ¿Para qué vivo? ¿Quién me manda que viva? ¿Puedo aún una nueva primavera esperar?

Y si a Dios le demando, ¿Dios hará que reciba un lote, un nuevo lote de fuerza para andar? Luis Felipe, tú empiezas: yo acabo: me retiro; la vida ha sido mala, muy mala para mí:

mi cáliz está exhausto, su fondo oscuro miro; pero voy a llenarlo para brindar por ti...

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Literatura del siglo x x

Por ti... Lección viviente de arboricultura; es porque te han podado que vas a florecer; es porque estás sin pierna que vas a la ventura; es porque estás ya viejo que te ama una mujer... ¡Por ti, oh!, arrepentido bohemio penitente; por ti que ya no bebes sino agua mineral; levantaré mi copa con ademán doliente, y beberé de un sorbo con decisión fatal... Es juguete de niños la más pulcra esperanza; he mirado ya mucho, para esperar ver más... La luz, el aire, todo me fastidia y me cansa,

y en el busto de Palas clama el cuervo: ¡¡¡Jamás...!!!

No t a:

* Textos revisados de Alfonso Moreno Mora Comp. Eugenio Moreno Mora. Cuenca: Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, [s. f.].

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Humberto Fierro

No t a b i o g r á f i c a

N

ace en Quito en 1890 y muere en 1929, en la misma ciu­ dad. Hijo de una rica familia terrateniente, su infancia y su primera juventud transcurren entre los estudios en la capital y la vida en la hacienda «Miradores», en la zona de Cayambe. El paisaje campesino le es más grato que el tráfago de la urbe y prefiere pasar sus días en el retiro campestre, dedicado a prolongadas lecturas y a la música, que fue siempre, para el poeta, una afición esencial. Su sensibilidad le inclina a la enso­ ñación y a la melancolía y, naturalmente, ahondará en la lectura de los grandes «poetas malditos», como Baudelaire, Verlaine, Rimbaud o Samain. En la ciudad entabla amistad con Ernesto Noboa y Caamaño, Arturo Boija y con otros intelectuales jóvenes de la época como Hugo Alemán, Francisco Guarderas e Isaac J. Barrera.

Pronto, tanto su retraimiento en el campo, como su interés en los refinamientos de la literatura europea lo alejan, al igual que a sus compañeros de generación, de la realidad vigente entonces en el país. Cuando más tarde, separado de su familia por circunstancias de tipo amoroso, debe aceptar un exiguo cargo burocrático, ese clima de deliberada enajenación se acentuará; la inconformidad, la melancolía, pero también el refinamiento artístico, sustentarán

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Literatura del siglo xx

el tono de su poesía y sus motivos fundamentales: la nostalgia y la evasión hacia un mundo de ensueño, caballeresco y romántico, que simplemente no existía, ni en Europa ni en parte alguna. Hugo Alemán y Raúl Andrade han ahondado de manera lúcida en ese proceso, el primero en las semblanzas que incluye en su libro Presencia del pasado, y, el segundo, en el memorable ensayo que tituló, con irónico acierto, Retablo de una generación

decapitada1.

Su periplo existencial guarda muchas semejanzas con el de Noboa y Caamaño, aunque no incurrió en el universo de los es­ tupefacientes. Su prematura muerte, en 1929, rubricó simbólica­ mente no solo la tragedia íntima de su existencia, sino el destino trágico de toda una generación. Un cronista de aquel tiempo dijo con acierto: «lo mató el domingo» (imagen exacta de la discordia existente entre el sueño imposible del poeta y la grisura pertinaz del vivir cotidiano)2.

O b r a l i t e r a r i a

Fierro publicó sus poemas en revistas de la época y, en especial, en Letras, órgano de expresión del movimiento modernista ecua­ toriano. En 1919 publicó su libro El laúd en el valle. Escribió tam­ bién otro, Velada palatina, pero este fue retirado de la imprenta por el poeta y solo vio la luz en 1949, en la Antología de la mo­

derna poesía ecuatoriana, publicada ese año por el Municipio

de Quito.

Ju i c i o c r í t i c o

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Humberto Fierro

siempre de sus vastas lecturas y aluden en general a un mun­ do europeo aristocrático, con una visión adentrada en el pasado histórico, ya sea el mitológico antiguo, ya el del Renacimiento. En todo caso, su punto de vista se aleja ostensiblemente de lo cotidiano y, como anota Diego Araujo Sánchez3, la obra parece estar «más cerca del artificio que de una expresión inmediata de la realidad»: su génesis está en las páginas de la literatura.

Paradójicamente, si bien Fierro estaría más cerca de Rubén Darío, en cuanto a formas poéticas y temas, evidencia a la vez avances discursivos hacia lo que sobrevendría inmediatamente después, coexistiendo incluso con él en sus últimos años: la van­ guardia. Araujo señala al respecto:

... el lenguaje de Fierro se toma ensimismado, rinde un culto más severo a la forma, con especial atención al ritmo y a la musicalidad. Entonces la poesía consigue momentos de condensación lírica y sugerencias expre­ sivas, audacias rítmicas y sonoras que presagian la renovación poética de las vanguardias...4

FPA

No t a s:

1 Alemán, Hugo. Presencia del pasado. Quito: Casa de la Cultura Ecuatoriana,

1 9 4 9.

Andrade, Raúl. «Retablo de una generación decapitada». En Gobelinos de

niebla (Quito, Talleres Gráficos de Educación, 1 9 4 3)- Reeditado en 1951 (en El perfil de la quimera, ensayos. Casa de la Cultura Ecuatoriana); en 1977 (en El perfil de la quimera. Casa de la Cultura Ecuatoriana, Colección Básica de

Escritores Ecuatorianos); en 2009 (en El perfil de la quimera. Ministerio de Educación del Ecuador, Colección Memoria de la Patria).

2 Citado por Carrera Andrade, Jorge. Galería de místicos e insurgentes. Quito:

Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1 9 5 9. pág. 1 5 5

-3 Araujo Sánchez, Diego. «Poetas del modernismo». En Historia de las literaturas

del Ecuador. Literatura de la República (1895-1925), Vol. IV. Quito: Universidad

Andina Simón Bolívar/Corporación Editora Nacional, 2002, pág. 72.

Referencias

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