Solidaridad Evangélica en medio del dolor [Evangelical Solidarity in pain]
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Item Type Article
Authors Ramos, David E.
Publisher Kairos
Rights Creative Commons Copyright (CC 2.5) Download date 30/07/2022 19:16:37
Link to Item http://hdl.handle.net/20.500.12424/203151
Revista Iglesia y Misión N°75
Nota 2
SOLIDARIDAD EVANGÉLICA EN MEDIO DEL DOLOR
David E. Ramos
En medio del empobrecimiento de las condiciones de vida de las mayorías latinoameri- canas y frente al vaciamiento de la palabra «amor», se abre paso un concepto que puede incluso sustituirlo en su uso y significado bíblico: solidaridad. Cualquier acción evangélica orientada al servicio no sólo deberá realizarse en nombre de Dios, sino que, fundamentalmente, ha de tener como centro de inspiración y modelo el mayor acto solidario de Dios por nosotros: la donación de su Hijo en ofrenda por nuestros pecados.
Los ingredientes de la solidaridad son mutuo reconocimiento, respeto, colabora- ción, alianza, amistad, ayuda. La solidaridad es ternura colectiva eficaz. Es un modo deayudarse mutuamente diferentes grupos humanos, pero haciéndose crecer
mutuamente. Supone el reconocimiento de la identidad del otro, el estímulo de la independencia y de la alteridad de los pueblos o personas que se vinculan entre sí.
Pasa por el reconocimiento de alguien como otro, libre e igual. Una empresa
transnacional podrá dar limosnas pero nunca solidaridad, a no ser que se traicione a sí misma. La solidaridad es la adhesión efectiva en pro del bienestar del otro. Es comunión de compromiso y comunión de bienes, desde una «macromayordomía» de la creación.
Desde una perspectiva evangélica la temática de la solidaridad puede abordarse desde el ángulo pastoral, teológico o bíblico. Para los fines del presente artículo lo haremos desde una perspectiva bíblica, a partir de un análisis de la solidaridad de las primeras comunidades cristianas reflejadas con claridad en 2 Corintios 7 y 8.
Esta reflexión se enmarca en el contexto de tragedia que viven las familias pobres de El Salvador luego de dos terremotos sufridos en un mes y más de 5000 réplicas, muchas de ellas de considerable magnitud, e incluye un llamado a la solidaridad desde la fundamentación bíblica antes mencionada.
La catástrofe de la nación salvadoreña
En términos generales los resultados de ambos terremotos y de varias réplicas de fuerte magnitud fueron 1.127 muertos, 7.660 lesionados, 309.988 casas dañadas o destruidas y 1.503.162 damnificados. Después del primer terremoto, una misión de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) estimó que los daños materia- les directos e indirectos representaban una pérdida de 1.255,4 millones de dólares.
La situación mental de la población quedó severamente afectada por la destrucción de sus viviendas y de sus medios de subsistencia, y por las constantes réplicas de fuerte magnitud que aún siguen moviendo la tierra y nuestros espíritus.
Existe una atmósfera de incertidumbre acerca del rumbo de las personas, las fami- lias y la nación entera. Se está generando una terrible falta de sentido y se teme el incremento de los ya tradicionales males de nuestra sociedad: vagancia, drogadic- ción, delincuencia, desempleo, prostitución, narcotráfico, lavado de dólares, co-
rrupción, etc. Ante la incertidumbre se genera un descontrol que puede llevar a una crisis de gobernabilidad del país.
La clase política no ha asumido una actitud a la altura de la situación crítica que vive el pueblo. Los políticos en general están entretenidos en acciones domésticas de los partidos y en situaciones irrelevantes. Se teme que la ayuda que se pueda lograr para la reconstrucción no se trate con la debida honestidad y transparencia.
Por otra parte, se advierte también la presencia de una iglesia evangélica preocupa- da por la situación, tratando de responder con sus recursos a paliar la emergencia.
Sin embargo, se la percibe encargada de velar por «sus propios rebaños», corriendo el riesgo de perder la perspectiva de la universalidad de nuestra fe y la exigencia del evangelio que nos convoca a la ayuda mutua y a la compasión del necesitado al margen de su color, religión o diferenciación social.
La magna empresa privada ha tenido una participación mediocre, brindando una ayuda que sale de los mismos consumidores de sus productos. Las trasnacionales y las maquilas se han comportando como si vivieran en un país donde no ha ocurri- do nada.
Los mecanismos de tramitación de la ayuda no han sido lo más ágiles y efectivos posibles, debido a la centralización y la burocracia.
El Gobierno de la República está asustado. Se considera totalmente incompetente para manejar semejante crisis. Con el primer terremoto se le podían oír mensajes que rayaban en la demagogia, animándonos a poner lo mejor de nosotros, afirman- do que «cuatro salvadoreños sostuvieran a uno» y cosas semejantes. Con el segun- do, parece que puso los pies en el suelo y se dio cuenta de que debía dejar de perder el tiempo en mensajes románticos y asumir una postura seria frente a posibles brotes de ingobernabilidad.
Principios bíblicos que orientan y comprometen la solidaridad (2 Corintios 8- 9)
De la segunda carta del apóstol Pablo a los Corintios podemos derivar varios princi- pios que orientan y comprometen la solidaridad.
1.El compartir nuestros bienes es expresión intrínseca de la gracia de Dios.
En el presente contexto la gracia se define como un compartir de lo que tene- mos. Así, solidaridad es gracia de Dios. (8:1)
Con la presencia de un vocativo («¡Hermanos!»), Pablo introduce la importancia de la temática a desarrollar: la imperante situación de necesidad económica de la iglesia en Jerusalén. El hambre está tocando la vida de los hermanos en esa ciudad.
En este contexto no se entiende la gracia de Dios como un concepto abstracto o de interés académico, sino como una realidad tangible y vivencial de colaboración en- tre las comunidades cristianas. La gracia como disposición de ayudar a nuestros hermanos nace en Dios y con Dios. La gracia de Dios no es un concepto de interés sólo para la doctrina de la salvación, sino aún más para la vida y misión de la iglesia. La gracia ha de hacerse historia en las condiciones de vida de aquellos cuya existencia es amenazada por causas políticas, económicas o naturales.
2.La solidaridad no es el resultado de poseer comodidades o abundancia de recursos financieros, sino una disposición de la voluntad. (8:2-3)
Las iglesias de Macedonia dispuestas a ayudar a la iglesia de Jerusalén estaban en una situación muy complicada. Pablo las describe como en «muchas pruebas de tribulación», o sea que tenían una variedad de problemas. Éstos, sin embargo, no
fueron excusa para negarse a extender su mano de generosidad a sus hermanos en Jerusalén.
En lo que atañe a su propia situación, estas iglesias padecían de «extrema pobreza»
(ptojeia). Esta palabra hace referencia a una miseria tan grande como la de los mendigos. El compartir con los necesitados, por lo tanto, no supone estar en una posición económica ventajosa. Lo que supone es una elección de la voluntad movida por la experiencia de la gracia de Dios. Por esa misma gracia, en el corazón de los creyentes macedonios había una enorme alegría por poder ayudar a sus hermanos, por lo cual «dieron espontáneamente tanto como podían, y aun más de lo que po- dían». Cuando sentimos el gozo que nace de la experiencia de la gracia de Dios no hay obstáculo que impida una solidaridad que no conoce límites.
3. La solidaridad con los necesitados se considera en la comunidad de fe como un privilegio. (8:4)
La idea es clara: los macedonios pidieron, rogando «con insistencia», que Pablo les diera el privilegio de compartir. La suya no fue una solicitud burocrática o de corte- sía protocolaria, sino un ruego de corazón en sinceridad y autenticidad. En este versículo es notable que la participación solidaria de las iglesias de Macedonia es descrita como una expresión de la gracia (jaris) de Dios, de la comunión (koinonia) y de servicio (diakonía) a los que sufren. Lamentablemente, las traducciones caste- llanas generalmente no reflejan la presencia, fuerza e intensidad de dichos térmi- nos.
4. La solidaridad es la unión vital de un «dar» que va acompañado de un «dar- se» al Señor. (8:5).
El darse al Señor no es una acción mística que se diluye en una mera experiencia espiritual, sino que se traduce en «darse a los demás», cumpliendo de esta manera la definición bonhoefferiana de Cristo y del cristiano como un «hombre para los de- más». La esencia de la espiritualidad cristiana es la disposición de solidaridad con los pobres.
5. La abundancia espiritual debe traducirse en abundancia de solidaridad.
(8:6-7)
El Nuevo Testamento no concibe una abundancia espiritual desligada de una entre- ga por las necesidades de los demás. El v. 7 muestra que la espiritualidad está al servicio de la solidaridad.
La abundancia de 1os dones hace posible orientarse al beneficio material de los hermanos. La finalidad de los dones, por lo tanto, no es sólo la edificación espiritual sino también el bienestar material. Si los dones no están al servicio de la solidaridad hemos fracasado en la finalidad neumatológica de los carismas.
6. Jesucristo es el paradigma de la solidaridad. (8:9)
La expresión «Ya conocen» supone que la enseñanza y la predicación que han recibi- do los creyentes tiene como contenido un rico que se hizo pobre. ¡La redención se explica en categorías sociológicas! Si las iglesias ricas comprendieran este conteni- do evangélico, ¡cuántas cosas y estructuras eclesiásticas se modificarían! La solida- ridad entre las naciones debe nacer ante todo de la solidaridad entre cristianos. Se pone en relieve el señorío de Cristo: el Señor que se hace siervo. La solidaridad no tiene que ver con abstracciones de la fe, sino con la práctica del evangelio.
7. La solidaridad promueve la igualdad-justicia. (8:13-15)
Igualdad es entendida como sinónimo de justicia.La solidaridad no es la madre del
asistencialismo ni del paternalismo, sino la fuerza pujante por generar condiciones que propicien la interdependencia y una vivencia real de respeto y alteridad. El necesitado no es prolongación de mí mismo, ni puedo comprarlo con la ayuda. La solidaridad busca la gestación de nuevos y verdaderos sujetos históricos que no serán un mero apéndice de quienes les brindan la ayuda. Trata de convertir a otros en fuerza solidaria para los más necesitados.
Ya que el v. 15 es una cita del Antiguo Testamento, retomemos el contexto de Éxodo 16:15-18 para encontrar la raíz de la igualdad a la que hace referencia Pablo. Sobre dicho contexto se pueden hacer las siguientes observaciones: i) La medida de la igualdad fue puesta por el Señor para evitar la «acumulación» del maná que implica- ría una subyugación y centralización del poder. El evangelio y la espiritualidad cris- tiana nunca serán cobijas para envolver, justificar y promover el poder material que nace de la pobreza del otro. Así, a aquel que recoge mucho no le sobra para comer- cializarlo, ni el que recoge poco queda con una necesidad que le lleve a «venderse» o esclavizarse (16:3; 16:16). ii) En el éxodo se está probando la lealtad del pueblo hacia Dios y los hermanos. En 2 Corintios se está tratando la solidaridad como el signo de una fidelidad al mensaje y ejemplo de Jesucristo.
8. La ayuda económica es una expresión sustancial de la solidaridad que nace del evangelio.(9: 1)
La solidaridad es esencial en cualquier comunidad que afirme ser de Cristo, ya que él vino «para servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20:28). La solidaridad es prospectiva, preventiva, restitutiva y recíproca. Un sentido de superioridad o un sentido de inferioridad son extraños a la solidaridad y al compañerismo cristiano.
9. La solidaridad nace en la comprensión que Dios es el modelo máximo de solidaridad. (9:8-11)
Dios es quien puede hacer que abunde en nosotros toda gracia, que siempre tenga- mos las cosas necesarias, que abundemos en todo lo suficiente y en toda buena obra (v. 8).
El Dios de la Biblia es quien «reparte sus bienes entre los pobres» (v. 9). En este contexto la justicia de Dios se define como atender a los pobres. Dios decide firme- mente por el beneficio de los desposeídos. ¿Cómo voy a quitar eso del texto?
10. La solidaridad es un culto y adoración a Dios y no parte de ellos. (9:12)
Para Pablo la solidaridad es culto (leiturgia). El mejor culto que podemos dar a Dios es vincularnos a la condición de pobreza de otro. Glorificar a Dios es identificarnos con los que padecen pobreza y dolor. Aquí armonizan las mejores tradiciones proféticas respecto al culto que Dios espera de su pueblo (Is 1:58, Sal 50, Mi 6: 6-8, Am 5). De todo lo dicho hay una sola conclusión posible: Dios se solidarizó con nosotros por medio de su Hijo Jesucristo. Y ese acto nos convoca a solidarizarnos con los nece- sitados en medio de su dolor.
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