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La Luz
de la Diaconía
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Consideraciones espirituales sobre los diáconos y consejos para ejercer bien esta labor
J.A
Fortea
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Editorial Dos latidos
© Copyright José Antonio Fortea Cucurull Título: La luz de la diaconía
Todos los derechos reservados [email protected]
Editorial Dos Latidos Benasque, España
Publicación en formato electrónico en septiembre de 2016
Primera impresión en papel en 2015 por Editorial San Pablo, Colombia ISBN 139789587159134
www.fortea.ws
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Formato para tablet
Versión 3 de esta obra
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Que yo, diácono,
muestre el rostro de Cristo humilde que vino a servir
Ningún siervo es más
que su amo, y ningún mensajero es más
que el que le envío.
Jn 13, 17.
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lux diaconiae
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La grandeza de ser diácono.
Algunas reflexiones teológicas y espirituales.
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Índice
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Prólogo 1
I Parte, Cuestiones Espirituales
Consideraciones espirituales 5
La vocación al diaconado 11
La familia y el trabajo del diácono 22
La relación con el párroco 32
La murmuración como parte del trabajo parroquial 35
II Parte, Cuestiones Teológicas
Cambios canónicos y realidad sacramental 41
La consagración diaconal 53
Autoridad, potestad y ministerio 73
III Parte, Cuestiones Bíblicas
El simbolismo de las vestiduras 78
Las tres partes del Templo como símbolo de los tres grados del orden 83 Los tres grados en el descendimiento de la Cruz 86
Ester, Judith y Ruth 88
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IV Parte, Cuestiones Finales
Las tres diaconías 94
Qué no es el diácono 104
Algunas oraciones para rezar durante el tiempo de diaconado 106
Las órdenes menores 109
V Parte, Apéndice
Repartición de la potestas sacramental 119
Hipótesis que nos llevan a comprender mejor la realidad 122 Representación de Cristo en cada uno de los tres grados 123
Agere in persona Christi 125
Paralelismo con los grados del sacerdocio levítico 128
¿Por qué quedarse en el diaconado? 131
Conclusión 135
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Prólogo
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El origen de este libro se debe a que un diácono permanente de Venezuela me insistió e insistió (como la viuda en la Parábola del Juez Inicuo) a que acabara la revisión de las notas que sobre este tema tenía yo. Esas notas hubieran podido continuar formando un magma informe durante años y años. Pero la insistencia de ese diácono me animó a ponerme manos a la obra. Hice una pequeña interrupción en la revisión final de mi tesis doctoral, pensando que no necesitaría más allá de un par de días para revisar esas notas.
Desgraciadamente, comprobé que conforme leía no podía evitar el completar, añadir y enriquecer. El resultado es que lo que iban a ser dos días o cuatro como máximo, se transformaron en varias semanas. Finalmente, aquí está el libro.
Debo advertir que los títulos que dividen la obra, no siempre son reflejo de divisiones temáticas claras y nítidas. Algunos títulos sólo cumplen la función de dividir algunas partes. Los temas, en ocasiones, son recurrentes, y aparecen una y otra vez a lo largo de la obra.
Las notas que yo poseía, al principio, apuntaban a una obra de tipo espiritual. Aunque, al final, ha resultado que toca más temas teológicos de los que me propuse al principio. El lector considérese con todo el derecho de disentir con lo afirmado en esta obra, cada vez que lo considere oportuno. En la religión, pocas cosas son
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dogma. Aquí expongo mis reflexiones teológicas. De ningún modo, deseo que parezca que quiero imponer mis opiniones.
Esta obra, aunque dirigida a los diáconos, podrá ser leída con exactamente el mismo aprovechamiento espiritual por parte de los presbíteros tanto como de los diáconos. Todos los sacerdotes debemos sentirnos diáconos hasta el final de nuestra vida. El diaconado no desaparece, el presbiterado se suma al diaconado sin extinguir a éste. De ahí que el sacerdote sigue siendo diácono, y por eso debe recordar su faceta diaconal. Toda su vida tiene que intentar revivir el espíritu de ese primer grado del sacramento del orden.
Los consejos y pensamientos que se ofrecen aquí, se dan indiferentemente tanto para los diáconos transitorios, como para los permanentes. Aunque, como se verá, algunas líneas tendrán en mente más al diácono transitorio, y otras a los permanentes.
Estos consejos hará bien en meditarlos y tratar de aplicárselos a sí mismo, no sólo el presbítero, sino también el obispo.
Precisamente, para recordar esto, en los grandes pontificales el obispo bajo la casulla tenía que revestirse con la tunicela, para recordarse a sí mismo que sigue siendo diácono. La tunicela era la dalmática propia de los obispos, de tela más fina porque debía colocarse sobre el alba y bajo la casulla. El mensaje de esa dalmática era que hasta el obispo es un diaconus ecclesiae.
Todos los clérigos debemos refrescar nuestra diaconía. Con los años, el espíritu de servicio tiende a apagarse. Es la condición humana. Pero, de tanto en tanto, el Espíritu de Dios sopla y el fuego del amor al prójimo revive de nuevo en nosotros con el mismo ardor que los primeros días de nuestra entrega.
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Una última cosa, ésta es una obra de carácter espiritual a la que se han añadido partes teológicas, no un tratado del sacramento del orden donde se estudie el diaconado desde una teología sacramental sistemática. Aun así, he querido dedicar unas páginas a analizar la naturaleza teológica del primer grado de ese sacramento. Pero para dejar claro el carácter de este libro, no he querido empezar con las cuestiones teológicas. Después, con el pasar del tiempo añadí un largo apéndice con más cuestiones de naturaleza teológica. El índice es un reflejo de lo que comenzó como una obra espiritual.
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I Parte
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Cuestiones Espirituales
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Consideraciones espirituales
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El diácono es siervo y debe sentirse siervo. Se puede ser diácono sólo de nombre, pero careciendo del espíritu propio de ese grado del sacramento.
Es propio del diácono ocuparse de los pobres, visitar enfermos, ayudar al culto divino, predicar a los fieles, asistir al presbítero en la administración de algunos sacramentos, proclamar el Santo Evangelio, presidir exequias, bendecir a personas, objetos y lugares, y, en general, realizar obras de servicio. Sin olvidar que debe cultivar personalmente la Palabra de Dios.
Si en el presbiterado refulge como un sol el poder de la consagración del pan y el vino, en el diaconado brilla la proclamación de las palabras de Nuestro Señor. El diácono debe sentir la llamada a leer y meditar diariamente las Sagradas Escrituras.
El presbítero transforma el pan, el diácono transforma las almas con el Evangelio. Si la Eucaristía brilla como una corona sobre la frente del sacerdote, el Evangelio debe brillar sobre la frente del diácono.
El ansia de servir no debe quedarse únicamente en palabras y deseos. Si no se traduce en obras, son sólo palabras. La limosna debe formar parte de nuestra vida. Si al diácono no le encargan ninguna obra a favor de los pobres, él mismo puede buscársela. Al menos siempre podrá dar limosna de los bienes personales de los
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que disponga, aunque sean muy pocos. El diácono ha de esforzarse en no quedarse sólo en lo cultual. Las obras de caridad, en mayor o menor medida, deben ser parte de su vida.
El sacerdote que ya es párroco debe recordarse a sí mismo que es diácono de su pequeño rebaño. El párroco no es un rey, no es un señor, no es un objeto de veneración, sino un criado. El párroco sigue siendo diácono y ha de verse a sí mismo no como el pequeño rey de su grey, sino como un criado en el palacio (el templo) de su Señor.
Por eso el párroco no debe quejarse cuando es despreciado, pues a un criado se le desprecia, se le tiene en poca cosa, queda eclipsado por el señor de la casa.
En la juventud, cuando éramos seminaristas, estábamos felices de llegar a ser diáconos para servir. Qué triste es observar que con los años los clérigos pasamos a considerarnos llenos de derechos, de exigencias, de inquietud porque se nos tenga en cuenta. ¡No tienen en cuenta mis capacidades! ¡No se dan cuenta de lo que valgo! Yo podría hacer mucho más. Se han olvidado de mí.
Sí, al principio buscábamos servir y sólo servir, trabajar con alegría en lo que se nos dijese. Con los años, el servicio puro y simple va mezclándose con otros elementos humanos que ya no son santos.
Antes estábamos contentos sólo con servir, lo único que pedíamos a la Iglesia era poder servirla como ella dispusiese. Con los años, en nuestro interior, exigimos servir del modo que queremos. Quizá no nos atrevemos a expresarlo externamente, pero internamente sí que existen exigencias y condiciones.
Sí, serviré, pero tiene que ser en tal sitio, y de esta manera, exactamente de esta manera, y no con este colaborador. Así no
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puedo servir a la Iglesia. Ésa es la triste conclusión del servidor caído. Esa conclusión nace de un corazón que ha perdido la ilusión, que se va llenando de amargura.
El diaconado existe porque así lo ha querido Dios. Él quiere que nos consideremos servidores. Tan importante es tener espíritu de servicio entre los ordenados que el mismo Dios inspiró a los Apóstoles para que existiera este grado en el sacramento del orden.
Jesús es el Diaconus Maximus. Y por eso ha querido que los sacerdotes y obispos pasen un tiempo ejerciendo sólo el servicio.
Sin autoridad sobre el rebaño, sin potestad sacramental, el servicio y sólo el servicio. Un tiempo en el que están ordenados, sí, pero ordenados sólo para servir. Pronto olvidamos esta lección que se nos da al comienzo por expresa voluntad de Dios. La primera lección que recibimos en nuestro ministerio como ministros ordenados, y la primera que olvidamos. Algunos, incluso, desprecian ese tiempo, deseando que pase cuanto antes. No valoran el don de Dios en ese primer grado. No aprenden la lección divina que hay en ello.
Para reavivar este espíritu de servicio, qué bueno sería que el párroco realizase alguna vez las labores menos consideradas de su parroquia, tales como colaborar algún día en la limpieza del templo. Si carece de tiempo, no hace falta que dedique mucho tiempo en este tipo de tareas manuales. Bastará que sea como la sal. Que aunque es poca, sazona. Pero, repito, es bueno que el párroco colabore un poco con las labores manuales de mantenimiento de su iglesia.
Fui yo secretario de un obispo que cada semana dedicaba un poco de tiempo a colaborar en la cocina del obispado. En ocasiones, hasta iba al supermercado a comprar lo que la cocinera le indicaba.
Y realizaba todas estas tareas verdaderamente feliz. Era un obispo de una diócesis de 600.000 católicos, no es que le sobrara tiempo.
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Si él hubiera descuidado sus labores propias para dedicarse a labores de servicio y no de gobierno, hubiera hecho mal. Pero esas labores, como la sal, sazonaban su episcopado.
Mi obispo nunca pensó: Estas tareas son indignas de mi dignidad. Mi sacramento es tan excelso que no puedo rebajarme, aunque quisiera. Qué barbaridad pensar que la sacralidad del sacerdocio nos impide hacer tal o cual cosa. Jesús, Sumo Sacerdote, era un feliz carpintero. Nunca desdice de nuestra dignidad el realizar tareas humildes. Sólo el pecado desdice de la dignidad sacerdotal.
Jamás un sacerdote debe pensar: Yo por mí lo haría, pero no quiero que me vean de esa manera. Los feligreses se sentirán edificados de ver a su párroco con las manos manchadas de mugre, con un traje de trabajo lleno de polvo, haciendo tareas para la parroquia.
Una vez escuché a un sacerdote quejarse de que él no ha sido ordenado para hacer tal o cual cosa, sino para dedicarse a la misa y a los sacramentos. ¿De dónde habría sacado tal conclusión? ¿No ha leído las Escrituras? San Pablo trabajó con sus manos, Jesús de Nazaret trabajó con sus manos. Ya no digamos nada si un sacerdote tiene el doctorado, y ha viajado al extranjero para especializarse.
¿Tantos años de trabajo para acabar en un pueblo de mala muerte?
Qué triste es escuchar eso.
Es cierto que el sacerdote se ha hecho sacerdote para realizar obras de la gracia a través del poder de Dios. Pero también, a menudo, forma parte de su trabajo sacerdotal dedicarse a rellenar formularios para el obispado, limpiar algo que se ha ensuciado en la iglesia, escuchar quejas, poner orden en un salón de la parroquia, recoger bancos y sillas del templo, etc, etc. Es cierto que uno se ha formado con muchos estudios de teología, para después servir a gente que apenas tiene ninguna cultura. Pero Jesús sabía mucho
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más, y nunca consideró inadecuado servir a gente humilde. Podía haberse ido a Atenas a enseñar a los sabios de este mundo, pero prefirió servir a los humildes. Pero, a veces, el señor cura no quiere dedicar su vida a los más pequeños del Pueblo de Dios.
Por todo esto, debe valorarse el intersticio diaconal como una enseñanza auténticamente divina. Y durante ese tiempo siempre hay que repetirse a uno mismo: Ojalá fuera más largo este tiempo para prepararme mejor en la humildad.
Recuerde el diácono que Jesús la mayor parte de su vida pública realizó sólo labores diaconales: predicar, consolar, servir.
Poquísimas veces realizó actos que pudiéramos considerar como sacramentales: por ejemplo en la Última Cena, o cuando perdonó pecados. Lo mismo sucede hoy día con los sacerdotes, la mayor parte de su jornada realizan labores diaconales.
Ante una orden que no nos gusta, que nos hace rabiar: ¿Por qué a veces nos empeñamos en servir como nosotros queremos?
Hace años, vinimos a servir, y ahora las cosas tienen que ser a nuestro gusto. A nuestro gusto, con la excusa de que es lo que Dios quiere. No lo hacemos por nosotros, nos engañamos, exigimos las cosas porque es lo que Dios quiere para ser mejor servido. No es por mí, es por el bien de las almas.
De esto viene el que se pierda la paz. Y de la falta de paz viene la amargura. Se realiza el trabajo, sí, pero ya sin dicha. Las aguas del alma que estaban cristalinas cuando nos entregamos al decidir seguirle, comienzan a enturbiarse, comienza a haber fango en nuestro espíritu. Como es lógico, de todo esto lo primero que viene es la pérdida de ilusión.
Recuerde el obispo al ordenar a un diácono, que en esa ceremonia puede Dios otorgar más gracia santificante que al
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ordenar a un obispo. Per se es muy superior la potestas que se otorga en la ordenación episcopal frente a la diaconal. Además, junto al efecto esencial del sacramento, se otorga también gracia santificante. Y la gracia santificante que se da al alma del ordenando, la gracia que le embellece y le llena de luz, puede ser muy superior, incomparablemente superior, en la ordenación de un diácono que en la de un obispo, si ese ordenando se prepara más, si tiene más humildad y más amor.
Puede haber un ordenando al episcopado lleno de soberbia, poco dado a la oración, que no se ha preparado nada y que tiene una visión humana de las cosas, que en su ordenación episcopal reciba poco más que la potestas y las gracias gratis datae contenidas en el sacramento. Eso y sólo eso, lo mínimo. Mientras que puede haber un ordenando al diaconado tan lleno de virtud, tan lleno de ansia por la gracia, que se haya preparado tanto, que la ordenación diaconal suponga una impresionante transformación de su alma.
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La vocación al diaconado
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El diaconado es un sacramento de institución divina. Es decir, fue el mismo Espíritu Santo el que quiso que existiera, e inspiró a los Apóstoles para conferirlo. Eso significa que es Dios quien llama a ejercer el diaconado como vocación permanente, es una vocación.
El mismo Dios que a uno le dice tú serás obispo, a otro le dice Yo quiero que tú seas diácono. Cuando en una diócesis hay un obispo que no quiere que en su diócesis haya diáconos permanentes, eso se debe a que él no comprende el don tan precioso que es la diaconía permanente. Debemos excusarle enteramente, pensando que lo desconoce, porque no se lo han enseñado cuando se preparó para el sacerdocio.
Sería muy lamentable que Dios concediera a una persona una vocación, y el obispo le cerrara las puertas. Debemos siempre excusar pensando que tal cosa se hace por ignorancia de lo que es esa vocación. Debemos intentar pensar que tal cosa se hace con buena fe. Pero objetivamente el hecho en sí es muy grave. El obispo no es dueño de los destinos. El obispo debe limitarse a discernir si alguien tiene la vocación divina. Debe discernirlo por sí mismo o a través de otros. Pero su labor acaba en ese discernimiento. Después el obispo debe ser obediente a Dios. Si el Altísimo concede una vocación, no le gustará a Dios que un servidor suyo desprecie el don divino.
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Y más cuando Dios quizá pueda decir en el Juicio Final: Si hubieras ordenado a esa persona como diácono permanente, él me hubiera dado más gloria con su diaconía, que tú con tu episcopado.
Si Dios da a alguien la vocación al diaconado y un obispo le niega injustamente ese estado de vida, Dios rehará los planes para esa alma cuya vocación ha sido truncada. Esa alma se santificará por otros medios. Dios le otorgará la vocación diaconal a sabiendas de que no llegará a recibir el sacramento. Pero su santificación no sufrirá merma alguna.
¿Quién es el obispo para enmendar los planes divinos? El obispo no es un dueño de los sacramentos que pueda negarlos sin rendir cuentas a Dios. Discernir acerca de la vocación de una persona, significa discernir los planes del Altísimo respecto a alguien. Labor que hay que realizar con sumo cuidado, para no incurrir en la ira del Señor, porque estamos hablando de cosas muy serias.
El obispo tiene el deber de distinguir entre el diamante auténtico de la llamada de Dios, y la falsa gema de alguien que, diga lo que diga, no muestra los signos de la verdadera vocación o no tiene las cualidades para ese camino. Pero si su vocación es auténtica y sus cualidades suficientes, no debe negar el sacramento a quien puede recibirlo. Hablo de verdadero deber. El administrador debe estar atento a lo que el Espíritu Santo quiere que se haga con esa persona.
En realidad, el obispo no es dueño de ningún sacramento, es un administrador que tiene obligación de conferirlos siempre que no obsten serias razones objetivas en contra. Hay una diferencia muy grande entre decidir y discernir. El obispo discierne quién debe ser ordenado. Cerrar la puerta a toda vocación al diaconado permanente, como sucede en algunas diócesis resulta inaceptable.
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Y hablo de un grave deber por parte del obispo, porque si el candidato puede ser ordenado, entonces debe ser ordenado. El obispo está sometido a la voluntad de Dios respecto a ese candidato. No es un asunto dejado a la libre voluntad episcopal con total indiferencia por parte de Dios.
No está dejado ni a la libre voluntad del candidato (que lo que tiene que hacer es la voluntad de Dios), ni del ordenante (que también tiene que hacer la voluntad de Dios respecto del candidato). El obispo puede tomarse el tiempo necesario para discernir esa voluntad, puede poner las condiciones razonables que vea conveniente a los candidatos a las órdenes. Pero, al final, el candidato que puede ser ordenado viene enviado por Dios, y rechazarle supone rechazar al que le envió.
Si esa persona viene a llamar a la puerta del diaconado permanente porque así se lo pidió Jesús en su conciencia, cerrar la puerta con desprecio, supone cerrar la puerta al que lo envió. Los seminaristas con vocación han sido enviados por Jesús al seminario. Y no otra cosa sucede con los diáconos permanentes.
Recuerdo un obispo que para justificar su negativa a los diáconos permanentes, me dijo: Es que aquí todos los diáconos han dado muy mal resultado. Pensé, y si las monjas hubieran dado mal resultado qué hubiera hecho su excelencia, ¿prohibir a todas las monjas? Si se me permite una broma, menos mal que los curas de su diócesis no dijeron: Aquí los obispos nos han dado muy mal resultado.
Algunos no cierran las puertas del diaconado a todos, pero ponen condiciones estrictísimas para que sean excepción los que lleguen al sacramento. Son obispos que no se oponen al diaconado, pero que desean que sean muy pocos. ¿Qué pensaríamos de un
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obispo que dijera que en su diócesis tiene que haber cien sacerdotes y ni uno más? ¿Qué pensaríamos de un obispo que negara por su solo capricho el sacramento del sacerdocio a un seminarista que tuviera todas y cada una de las cualidades que se le pueden pedir a un candidato al presbiterado? Podrá hacerlo, ciertamente, pero tendrá que dar cuentas a Dios. Es algo muy grave negar un sacramento a quien puede recibirlo, sea el sacramento que sea.
Además, un obispo jamás podrá recriminar a uno de sus presbíteros diciéndole: me tienes que agradecer el que te haya ordenado. Porque el sacerdote o el diácono le podrá responder:
Excelencia, no tengo nada que agradecerle. Si usted vio que debía ordenarme, usted hizo lo que debía. Si usted vio que no debía ordenarme, no debió ordenarme.
No se hace ningún favor ordenando al que no se debe. No se puede ordenar a alguien por caridad. ¡Es que ya está en quinto curso! Mejor es que pierda cinco años a que pierda una vida. No es un acto de caridad ni para la Iglesia ni para el sujeto ordenado. Pero si no se ordena al que sí que cumple con todos los requisitos, entonces se inflige un tremendo daño a la Iglesia, y se perderá el trabajo de años de esa persona sobre miles de almas.
Qué tremendo daño se inflige al sujeto que siente la llamada de Dios a una vida, y no puede cumplirlo por el capricho, negligencia o error de aquél que debió tomarse esta cuestión con el más exquisito de los cuidados, dedicando a ello el tiempo y la oración que fueren necesarios.
Muchas labores tiene el obispo, pero buscar al colaborador que discernirá quién recibe o no el sacramento del orden está entre las más importantes tareas, las demás palidecen frente a ésta. Al obispo nunca le puede faltar tiempo para examinar si la labor del que discierne las vocaciones, está siendo realizada de forma adecuada. El obispo nunca se puede excusar con que delegó esa
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tarea. Para bien o para mal se hará responsable del buen o mal discernimiento de su colaborador.
Aquél que discierne las vocaciones puede ser bueno hoy, pero no tan bueno dentro de cinco años. Puede ser un buen rector de seminario o un buen delegado para esta tarea, y, no obstante, equivocarse en algunos casos. El obispo debe siempre estar sumamente atento, aunque la persona elegida sea digna. Gozar de la confianza episcopal no significa que uno no deba estar vigilante acerca del proceso de discernimiento y de la misma persona encargada de ese discernimiento. En la medicina, frecuentemente, es muy útil una segunda opinión. En el tema de las vocaciones diaconales se tiende, con frecuencia, a dejar todo al juicio de una sola persona.
Insisto en que esta es una tarea esencial para el obispo. Las confirmaciones, las predicaciones, presidir las fiestas patronales pueden hacerlo otros. Pero examinar con suma atención el proceso de discernimiento de las vocaciones, conocer bien al que ha delegado para esa misión, eso debe ser encargado a alguien muy adecuado para esa tarea.
Hay tareas tan importantes para las que no puede faltar un colaborador de absoluta confianza. Sería una contradicción que le faltase un colaborador encargado de hallar más colaboradores; el diácono es un colaborador. Si le faltan colaboradores de confianza al obispo, razón de más para tener la prioridad de buscar este tipo de vocaciones.
El obispo puede cuidar a las ovejas directamente: sentándose en el confesionario, predicando, recibiéndolas para escucharlas, visitando parroquias y de otras muchas maneras. Pero el modo usual en el que el obispo cuida de sus ovejas es a través de otros pastores, los presbíteros. Los presbíteros son pastores ayudados por diáconos. ¿Son los diáconos pastores?
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Si un rebaño de ovejas (de ovejas reales) fuera muy grande para un solo pastor (imagen del obispo), éste tomará junto a sí a otros pastores que le ayuden (estos serían imagen de los presbíteros). ¿Esos colaboradores tendrían el nombre de pastores?
Por supuesto que sí. Tendrían ese nombre, porque ejercerían esa función. Todo el mundo diría que es un rebaño grande con varios pastores. Aunque uno, como es lógico, fuera el jefe de los pastores.
Ahora bien, esos pastores pueden tener colaboradores que les traigan la comida caliente desde el pueblo, que les ayuden a acarrear la leche y la lana. No serían pastores, sino colaboradores de los pastores. Normalmente estas personas eran muy jóvenes. Es lógico que el sacerdote (presbiterós, anciano) sea pastor.
De manera que, en cada parroquia, hay un solo pastor, el párroco. Pero, en otro sentido, también se puede decir que la parroquia es un rebaño con dos pastores (el párroco y el vicario) con los que colabora un diácono.
Después de todo lo dicho, hay que evitar el error de pensar que en la diócesis hay un solo pastor, el obispo. Él es pastor por antonomasia, pero evidentemente hay más pastores que llevan a las ovejas a los pastos, las cuidan y las protegen. Otro error sería pensar que todos los que colaboran en la parroquia son pastores. Está claro que, por ejemplo, los catequistas son pastores.
La vocación del diácono no se reduce únicamente a ayudar en un despacho en la administración o a dar unas charlas. Para eso no sería necesario recibir un sacramento. La vocación al diaconado es una verdadera vocación sagrada que liga con los pastores- presbíteros en su tarea pastoral. Esa vocación es sellada con un misterio sagrado.
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De ahí que la vocación diaconal tenga dos aspectos. La vocación ministerial y la vocación litúrgica. La llamada de Jesús a ayudar al pastor en su pastoreo, y la llamada del Espíritu Santo a ejercer una función levítica junto al altar de Dios. Puede haber diáconos que se sientan más llamados a la faceta apostólica, y otros que sientan mayor atracción por la faceta cultual.
Si se comprende la belleza del diaconado, no se entiende cómo puede haber sacerdotes delegados del obispo para el diaconado que no hagan otra cosa que poner trabas para acceder al don sagrado del sacramento. La llamada al presbiterado es al principio (en el seminario) como un noviazgo y después (tras la ordenación) como un matrimonio. Qué pensaríamos si a un novio que se quiere casar con una chica, el obispo por su sola voluntad le dijera: Tú no te casas con ella, porque lo digo yo. Nos llenaríamos de ira. Pues así Dios se llena de ira contra el administrador suyo que da golpes espirituales, que maltrata a los siervos que viven con él en la casa que es la Iglesia.
La vocación al diaconado permanente no es una vocación de segunda clase. Hay almas que sienten que Jesús les llama a ser diáconos. ¿Jesús puede llamar a alguien a vocaciones prescindibles, de poca categoría y de no demasiado valor? Por supuesto que no. Todo “ven y sígueme” de Jesús es una joya, supone un designio eterno respecto a esa persona. Dios ama a cada hijo suyo con todo su amor. Cada vocación es un designio perfecto lleno de amor para ese hijo suyo. Y así, como ya he dicho, un diácono puede dar mucha más gloria, producir muchos más frutos, que un obispo, arzobispo o cardenal.
Un diácono puede dar más gloria con su diaconía que el mismo Obispo de Roma. La gloria a Dios no la da el cargo, sino el alma. Ser diácono o ser obispo de Roma son medios distintos para construir el Reino de Dios. El mismo Dios que a uno le dice: Yo te
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he elegido para ser Papa. A otro le dice: Yo expresamente quiero que seas diácono.
Es decir, hay una voluntad eterna, expresa, directamente querida por parte de Dios. La diaconía permanente no es una especie de segunda oportunidad para aquellos que, al estar casados, ya no pueden ser sacerdotes. El estado diaconal no es como si Dios dijera: ya que no puedes ser sacerdote, al menos sé diácono. Pensar así del diaconado, supone no haber entendido la belleza de tal vocación, el sentido intrínseco de la vocación diaconal.
Si un candidato por incomprensión del delegado episcopal o por una calumnia, no llegara a ser ordenado, no debe preocuparse.
Dios rehará sus planes respecto a él. El no ordenado sin culpa no sufrirá merma de su mérito, y Dios le indicará por sus caminos inescrutables dónde y en qué debe trabajar. Nada de lo que ocurre sin culpa nuestra, supone una merma de nuestra santificación, ni una merma del trabajo que haremos por el Señor. Porque el Señor, ante todo, quiere que nos sometamos a su voluntad. Y Dios es Señor, y tiene derecho a dar a alguien una vocación a sabiendas de que no será ordenado. Pues hay vocaciones que son vocaciones a la cruz, aunque sean a través de la búsqueda infructuosa del diaconado.
Dios lo único que le pide al candidato es que se someta a la Iglesia. En esos casos, Dios ya sabía desde antes de que naciera que ese candidato no iba a ser ordenado, lo sabía con la plena seguridad que da conocer pasado, presente y futuro. La no ordenación supone una joya más en la corona de sufrimientos de esa alma. No sólo no supondrá una carencia en su alma, sino una cruz más en la historia de su alma.
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Si uno obedece siempre a Dios, Dios se encarga del resto.
Nada se pierde cuando se obedece a Dios con todo el corazón. Todo candidato que se presenta a la Iglesia para decir adsum (aquí estoy), debe someterse al juicio del obispo o su delegado. Uno jamás puede exigir la ordenación. Uno se presenta y dice: Si la Iglesia me considera digno, yo quisiera recibir el diaconado. Después uno debe abandonar toda preocupación y dejarse en las manos de Dios.
Sin tener ambición alguna por lograr la sagrada orden, sino abandonándose a las manos de Dios.
Todo lo dicho anteriormente es obligación del obispo respecto a Dios, pero el candidato no puede exigir la ordenación.
Uno, sencillamente, se presenta ante la Iglesia. Y la Iglesia es la que libremente decide.
El seminarista que siente vocación al presbiterado, si en un seminario se le dice que no le ven apto, con todo derecho podrá pedir una segunda opinión en otro seminario. Pero el diácono permanente, al tener su trabajo y su familia en una localidad, tendrá que someterse al dictamen del delegado diocesano para los diáconos, sin poder probar suerte en otro lugar. También eso forma parte de los planes de Dios. Tan meritoria es la entrega, como el sometimiento.
Muchas de las cosas que se pueden decir sobre los seminaristas candidatos al sacerdocio, valen para los candidatos al diaconado permanente, sin embargo, no valen en la misma medida.
Por ejemplo, es mucho más fácil llegar a la seguridad acerca de la idoneidad para ser ordenado viviendo cinco años dentro del seminario, día tras día, con los candidatos al presbiterado. Mientras que es mucho más difícil llegar a la seguridad acerca de la idoneidad respecto a un candidato al diaconado permanente que vive con su familia y al que sólo se le ve en algunos momentos.
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Después de poner los medios suficientes para discernir, si persisten las dudas en el delegado episcopal que debe tomar la decisión sobre la ordenación, quédese tranquilo pues algunas dudas bastarán para denegar de un modo razonable el acceso al diaconado permanente. Pues hay casos en los que no será fácil salir de esas dudas aun con el paso del tiempo. Y bastan las dudas razonables para denegar el sacramento.
Como se ve, ni hay que ordenar al sujeto en el que ya aparecen los nubarrones negros de las dudas justificadas, ni hay que dejar de ordenar a aquél que podría ser ordenado. Hay candidatos al diaconado y al sacerdocio que se empeñan en ser ordenados, y no les entra en la cabeza que no puedan ser aptos. Ésa es una posibilidad que, de ningún modo, están dispuestos a considerar. Ya eso es un claro síntoma de carecer de las condiciones necesarias.
Pues sin humildad, ni obediencia, difícilmente un diácono ejercerá bien su ministerio. Un diácono terco y testarudo siempre será un defectuoso servidor aunque esté provisto de otras virtudes.
Normalmente todos los que no deben ser ordenados, suelen empeñarse en lograr la ordenación a toda costa. Repito la idea anterior, uno se presenta a la Iglesia y dice adsum, aquí estoy. Uno se llama humildemente a la puerta de la Iglesia preguntando si puede ayudar. No se presenta exigiendo. Exigencia más sorprendente cuando se considera que tanto el diaconado como el presbiterado son una cruz. Mal diácono será aquél que desde el principio viene exigiendo. El que exige siendo un candidato, será insoportable unos años después de ordenado.
Los hombres espirituales dudan de sí mismos. La terquedad de opinión (en temas teológicos, en discusiones en la mesa, en cuestiones de gobierno eclesial) es un mal síntoma para un candidato al estado clerical.
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El excesivo tradicionalismo o, por el contrario, el excesivo progresismo suelen ser malos síntomas. El excesivo tradicionalismo suele ocultar soberbia: Los demás no hacen las cosas como deben. El excesivo progresismo (por llamarlo de alguna manera) suele ocultar un desprecio de la ley eclesiástica y, por ende, un cierto nivel de desobediencia. Hay que estar muy atentos con los candidatos que se pasen por un lado o por otro.
Por un lado, desgraciada la vida del que se empeña en ser ordenado, cuando Dios le dice a través de sus siervos que no. Pero por otro lado, triste la suerte de los que siendo llamados a una vocación, los hombres les quitan lo que Dios les dio.
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La familia y el trabajo del diácono
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El diácono permanente con familia y trabajo civil nos muestra a los presbíteros y a los obispos, un modo diverso de ser clérigo. El modo normal de ser clérigo es estar consagrado enteramente a la vida clerical, supone hallarse dedicado íntegramente al servicio de la Iglesia. Mientras que el diácono permanente es un clérigo que usualmente lleva una vida que recuerda a la vida de algunos los primeros clérigos de nuestra Iglesia.
Los diáconos permanentes son el recuerdo vivo de cómo comenzó la vida sacerdotal y aun la episcopal en las primeras comunidades de cristianos. Hubo un tiempo en el que obispos, presbíteros y diáconos estaban casados, tenían su trabajo y acudían a la fracción del pan el sábado por la noche. Era una época en la que uno podía ser obispo y cuidar de la iglesia, y al mismo tiempo cuidar de su familia y sus negocios.
Por supuesto que, desde el principio, parte del clero era un clero célibe dedicado enteramente a la predicación de la Palabra.
Pero las dos formas de vida clerical coexistieron durante cuatro siglos. Unos presbíteros yendo de un lado para otro como misioneros, edificando el Reino de Dios, predicando. Y otros clérigos enraizados fuertemente en un lugar, con esposa e hijos.
Cuyas funciones sobre todo consistían en la presidencia de la fracción del Pan el sábado por la noche. Por supuesto que su trabajo no consistía sólo en eso. Pero recordemos que hablamos de
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comunidades muy pequeñas en poblaciones de pocos miles de habitantes. No se ha de ver aquello como una corrupción de la total entrega que debía tener un clérigo. El número de cristianos no era tan grande como para mantener a varios clérigos dedicados a tiempo completo a la cura pastoral. Las necesidades pastorales de quinientos o mil cristianos no requerían de varios presbíteros dedicados totalmente al pastoreo.
Su situación era parecida a la de los rabinos de las pequeñas ciudades. Que además de cuidar de la sinagoga, tenían algún pequeño negocio que les ofrecía desahogo económico para mantener la familia, y libertad para dedicarse a las necesidades de la sinagoga.
Aun así, desde el principio, hubo clérigos célibes al estilo de Pablo, y clérigos casados como el Papa Hormisdas. Ambas formas de vida, la célibe y la matrimonial, caben en el sacerdocio cristiano.
Pero hay que dejar claro que para todos los grados del sacramento del orden, lo mejor que el mensajero de Dios se dedique únicamente a extender el Reino de Dios, y que el sacerdote que toca las cosas sagradas se dedique únicamente a las cosas de Dios. Este estado preferible de vida es para los tres grados del orden.
Lo ideal es que el constructor de las iglesias de Dios sea un hombre dedicado enteramente a su tarea sagrada. Sin división de preocupaciones, sin multiplicidad de intereses. Lo ideal no es que exista el trabajo civil y la vocación divina, sino que el trabajo sea la vocación. Lo ideal no es que en su vida tenga la propia familia y tenga a la Iglesia, sino que la única familia para el consagrado sea la Iglesia.
A pesar de la práctica en la iglesia primitiva y sea cual sea la posible legislación futura, está claro cuál debe ser el estado ideal del ordenado con tan sagrado sacramento: el estado célibe. Del mismo modo que para el clérigo lo ideal es que no tenga ningún
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trabajo civil, sino que su trabajo sea algo eclesiástico. Nada sería mejor para un diácono permanente que poder dedicarse enteramente a las cosas del Señor en una sucesión de oración y trabajo, sin familia carnal, sin trabajar en cosas del mundo.
Ahora bien, dejando claro lo precedente, hay que entender que ha sido el mismo Dios quien ha suscitado el diaconado permanente como recuerdo vivo de las etapas primitivas de la Iglesia, mostrando otro modo de vivir la vida clerical. Porque lo mejor no anula lo bueno. Dios ha suscitado el diaconado permanente como un modo de existencia que puede conjugar lo mejor de un estado de vida, con lo mejor del otro estado.
El estado ideal es uno, y sin embargo es Dios quien llama a vivir este modo concreto de existencia: con mujer y servicio a la Iglesia. Hay una voluntad expresa de Dios para que existan este tipo de clérigos. Por tanto, ni ha de pensarse por un lado que ya no existe el antiguo ideal de vida clerical, pero tampoco ha de verse a la mujer como un obstáculo. Pues es Dios quien da, al mismo tiempo, la mujer y la vocación al diaconado.
Dios podría haber determinado (a través de las decisiones de los sucesores de los Apóstoles) que sólo existiesen diáconos permanentes sin familia y trabajando exclusivamente para la Iglesia. Pero Dios después de mostrar el ideal (a través de la Historia de la Iglesia), ha dicho: y ahora quiero que existan los diáconos con familia y con trabajos en el mundo. Lo mejor no anula lo bueno. Y un diácono con familia y negocios puede llegar más lejos en la vida espiritual y en amor a Dios, que un eremita que ayuna y vive cubierto de harapos.
En la Historia de la Iglesia ha habido y hay diáconos permanentes que llevan una vida enteramente clerical y otros que llevan una vida laical. Los dos forman parte de un querer divino.
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El diácono permanente con familia y trabajo civil vive una vida laical, pero es un consagrado. Tiene mujer e hijos, pero ora como un clérigo sus horas canónicas. Está en medio del mundo y es del mundo, pero es un mensajero de Dios. Se ha consagrado a Dios, pero forma una unidad con su mujer e hijos. Construye la Ciudad de los Hombres y la de Dios. Sus tareas en el mundo y en la Iglesia, aunque diversas, se complementan en armonía.
El diácono permanente no tiene que considerar que sus actividades están divididas, pues sus dos facetas forman una armonía. Ni su trabajo en el mundo debe estorbar a su vida espiritual, ni su trabajo en el rebaño de Cristo ha de estorbar a su trabajo en el mundo. Hay un tiempo para cada cosa.
Del mismo modo que para un laico el trabajo en el mundo no debe estorbar a su vida familiar. Así tampoco el ministerio clerical no debe suponer un problema para la vida familiar del diácono. Él diácono permanente tiene que distribuir sabiamente su tiempo, tiene que aprender a administrarse para que no sufra ni su familia, ni su trabajo, ni tampoco se olvide del rebaño de Cristo.
Podrá aceptar o emprender cuantas actividades apostólicas y caritativas desee, pero siempre con el consentimiento de su mujer, pues forma una unidad con ella. De manera que si algo no obtiene el consentimiento de ella, no debe emprenderlo: ésa será la voluntad de Dios. No importa si la negativa de la mujer se debe a fundadas razones o a miedos injustificados. No importa si la negativa de la esposa se debe a que a través de ella habla la voz de la prudencia o la del capricho. El diácono forma una unidad indisoluble con su esposa, ya no son dos, sino uno, y por tanto si ella dice que no se emprenda una nueva actividad de apostolado o de servicio a la parroquia, no se debe emprender.
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Si el diácono permanente se arroja con fervor y celo a trabajar por Cristo y descuida a su familia, el cariño de su familia por él irá disminuyendo. Al final, puede perder incluso a su mujer e hijos.
Cuando la esposa le dice a su marido no emprendas esto, el marido tiene que entender que empeñarse en hacerlo no es la voluntad de Dios. Eso cuesta cuando una actividad, un apostolado, hace mucha ilusión al diácono, cuando él piensa que va a resultar mucho bien para la Iglesia y las almas. Pero si el diácono pierde a su mujer, a la postre eso redundará en mal del alma del diácono. Y, entonces, herido, podrá hacer menos bien.
El bien de la mujer y de los hijos, es el bien del diácono. Y esto incluye los casos en los que la mujer no sea razonable. A veces, la mujer puede sufrir incluso celos de Dios: Amas más a Dios que a mí. Pero dado que marido y esposa forman una unidad, hay que dejar de hacer cosas. Lo contrario iría contra el orden de Dios. No podemos hacer cosas por Dios contra la voluntad de Dios. Lo que se realiza por Dios, hay que hacerlo dentro de la armonía de Dios.
Por otra parte, sería un contrasentido dedicar tiempo a la comunidad de creyentes y no dedicar tiempo a los propios hijos, la esposa, o los padres de uno mismo. El diácono debe dedicar un tiempo a la semana sólo a su familia: salir al cine, ir de excursión, cenar juntos fuera, ir a museos, comer con los abuelos, lo que sea.
Si un diácono no dedica un tiempo sólo para sus hijos, no está haciendo bien las cosas.
Ni el hombre debe obediencia a la mujer, ni la mujer al marido. El matrimonio es una unión entre dos hijos de Dios poseedores de igual dignidad. No hay uno que sea el jefe del otro.
En el pasado el hombre mandaba sobre la mujer, pero eso era un legado humano, fruto de tradiciones humanas, no era ése el plan original de Dios. Durante la Historia, el varón ha dominado sobre
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la mujer, como los reyes dominaban sobre las naciones. En mi opinión, las palabras de San Pablo acerca de la sumisión de las mujeres, deben entenderse de la misma manera que cuando pide que los siervos obedezcan a sus amos. Su mensaje es que se santifiquen en las estructuras sociales de su tiempo. Pero él no se hubiera opuesto a que todo, poco a poco, se hubiera ido cambiando para lograr lo que era el plan original de Dios: la igualdad total de los seres humanos: esclavos y libres, hombres y mujeres.
Por tanto, la comprensión de la igual dignidad de los seres humanos lleva a entender que si me uno a alguien con el vínculo del santo matrimonio, todo deberá hacerse de común acuerdo, nadie manda sobre el otro. La familia se sustenta no en el dominio entre los cónyuges, sino en el común acuerdo. Todo esto es igualmente válido para el diácono.
Por eso, cuando uno de los dos le dice al otro no hagas esto, hay que dejar de hacerlo. Sea esto dejar un trabajo, cambiar de lugar de residencia, comprar una nueva casa, realizar una compra de precio considerable, ir de vacaciones a un sitio. Nadie puede imponer al otro algo.
Alguien puede pensar que el hecho de no poder hacer algo, ya es una imposición. Pero no es lo mismo emprender algo nuevo, comprar algo nuevo, que continuar las cosas como están. Voy a poner varias situaciones que ofrecen luz.
Ejemplos de acciones que no deben emprenderse:
Si el esposo quiere cambiarse de casa y la mujer no, no se debe cambiar de casa.
Si el esposo quiere comprar un nuevo automóvil, y la mujer se niega advirtiendo que no hay dinero suficiente, no se debe cambiar de automóvil.
Si se le ofrece un trabajo en otra ciudad al marido, y la esposa no quiere cambiar de ciudad, no se debe cambiar de ciudad con la oposición del cónyuge.
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Ejemplos de cómo se puede continuar algo con la oposición de alguien
Si la esposa le dice al marido que cambie de trabajo, el marido puede seguir en el mismo trabajo si no está de acuerdo con la sugerencia de su mujer.
Si la esposa quiere irse de vacaciones a un lugar concreto, y el marido de ningún modo quiere ir, el marido puede no ir allí si no lo desea.
Si la esposa quiere que se venda una inversión que tienen conjuntamente, y el marido cree que es un error, el marido puede mantener la inversión como está.
Como se ve, obrar conjuntamente supone no emprender cosas de importancia si no está de acuerdo. Pero si no hay acuerdo en algo, las cosas deben dejarse como están.
Pero al impedir emprender nuevas acciones de importancia, la mujer tiene la llave del obrar o no obrar del diácono. Esa llave se le concedió en el sacramento del matrimonio. Ella jamás le podrá ordenar qué debe hacer, pero tiene la autoridad para objetar frente a nuevas obligaciones de su marido. La mujer no podrá ordenarle al diácono cómo debe obrar, pero sí que puede decir con autoridad:
no estés tanto tiempo fuera de casa, no emprendas un nuevo apostolado, no te vayas más de viaje, no prediques otro retiro más, pues te vemos poco en casa y apenas estamos saliendo a pasear.
Si el diácono permanente le responde no soy tu esclavo, entonces, es verdad que no será su esclavo, pero acabará perdiendo a la mujer. El diácono se ha hecho siervo de todos, pero para servir a los demás tiene que estar bien personalmente. Y para estar bien, necesita una familia donde descansar, donde recibir amor, donde ser consolado, donde restaurar sus fuerzas. Si pierde la familia, no estará bien. Si no está bien, no podrá servir bien en la parroquia.
Si las peticiones de la mujer fueran completa y objetivamente irrazonables, el diácono no tiene obligación de obedecer. Si la esposa le prohibiera ir a misa diaria, ésa prohibición es tan
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irrazonable, que el marido puede ir a misa aunque por ello la mujer le abandonara. Si la mujer le prohíbe toda acción de apostolado, aunque sólo sea un par de horas a la semana, el marido podría hacerlo a escondidas, porque tal petición resulta completamente irrazonable.
Pero si se trata de un apostolado que requiere una hora cada día, en ese caso la mujer sí que tiene algo que decir. Si se trata de marcharse de retiro espiritual dos fines de semana cada mes, en ese caso la mujer puede decir a su marido que no lo haga. Para hacer ese tipo de cosas, hay que estar de acuerdo. En los casos intermedios, será mejor pedir consejo a otra persona para ver qué es razonable o no.
Pudiera ocurrir que la mujer abandone a su esposo diácono sin culpa de éste. Si el diácono no tiene ninguna culpa, entonces él ha de ver tal cosa como una prueba que Dios permite, como una cruz. Si el diácono es inocente, no debe preocuparse. Considere esa separación como algo permitido por Dios para poder dedicarse él más a la oración y al ministerio. El Señor puede permitir eso, para que esté más libre. Hay ocasiones, en las que el abandono de la mujer, supone parte de un plan divino, algo permitido por Dios para bien del alma del esposo.
No exagero si afirmo que la convivencia con algunos cónyuges puede ser una carga tan pesada, que llega un momento en que Dios dice: hijo mío, no vas a tener que soportarla más, te va a dejar. Nosotros no debemos hacer nada para que un cónyuge insoportable nos deje. Pero si ese cónyuge nos deja sin culpa nuestra, debemos aceptar tal cosa con paz. La separación será un pecado para el que abandona el matrimonio, pero un don para el cónyuge inocente que no hacía más que soportar los malos modos y las exigencias del que, al final, le ha dejado. En casos así, es como
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si Dios nos introdujera en una nueva etapa de nuestra vida, en la que tendremos más tiempo para la vida espiritual.
Pero aunque casos de mujeres que son una cruz para el diácono pueden existir, normalmente la mujer será el consuelo del diácono. Y los hijos serán un descanso para su alma. Estar con ellos supondrá descansar, reírse, jugar, pasárselo bien. La primera iglesia de la que debe cuidar el diácono es su familia. Ahora bien, la mujer nunca puede pedir al diácono que haga menos oración personal. Un diácono puede dedicarse menos al ministerio porque así se lo ha pedido su familia, pero nunca menos a la oración personal. Ésta es la única petición que nadie tiene derecho a hacerle.
El diácono permanente que esté neutralizado por las posteriores imposiciones de su mujer, no puede quejarse diciendo:
¿entonces para qué me he hecho diácono? Pues uno ha sido ordenado diácono, para configurarse con Cristo. Para bien de la comunidad, sí, pero dentro del sacramento del matrimonio. Si después sólo puede ejercer la diaconía de un modo litúrgico, limitándose a ayudar a la misa, pues eso es suficiente y ya está.
Dios habla de muchas maneras. Un modo en el que el Señor manifiesta su voluntad es a través de las palabras de la mujer, aunque éstas sean dichas sin tener la razón de su parte o por celos.
Cada día puede resonar en casa la cantinela de te estás dedicando tanto a la Iglesia que me has olvidado. Todas estas cosas hay que aceptarlas como parte de la cruz de la vida, sin llenarnos de rabia, sin dejar que florezcan los malos sentimientos.
Sirvo a la Iglesia si puedo. Si no puedo, me quedo en casa. Hago mis oraciones en la parroquia y regreso pronto a casa. Nuestro interior tiene que estar lleno de luz y bondad para todos. No debemos permitir que las tensiones familiares o con el párroco o con el obispo, amarguen nuestra entrega.
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Si el sacerdote tiene, a veces, que dejar de hacer apostolados porque así se lo pide el obispo. El diácono permanente tiene que abandonar parte de sus apostolados si así se lo pide la esposa. Tanto el obispo como la esposa son elementos que forman parte de los planes divinos.
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La relación con el párroco
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El diácono permanente renueva la Iglesia en un espíritu de humildad y de servicio, no de poder, no de autoridad de unos sobre otros. No aspira a nada, sólo a servir. Los diáconos permanentes son, por sí mismos, por su mera presencia, una predicación para toda la Iglesia. Laicos y presbíteros podrán aprender viendo a sus hermanos.
El presbítero que trata sin estima ni comprensión al diácono, es porque ha olvidado su propio espíritu diaconal. Además, debe recordar que el diácono no está a su servicio, sino al servicio de la Iglesia. El diácono debe obediencia al párroco en su parroquia, pero no es un servidor del párroco. Como tampoco los fieles son servidores del párroco. El párroco preside, pero no es señor. Pero esto nunca ha de ser excusa para desobedecer al párroco. Pues él tiene la autoridad recibida del obispo para gobernar la parroquia.
El obispo tiene el poder de atar y desatar. Y el párroco ha recibido del obispo una participación de esa autoridad en su parroquia.
Cuando el diácono honra la autoridad del párroco, está respetando al obispo que le hizo entrega de tal autoridad. Se honra al obispo a través del párroco.
Entre los sacerdotes, un punto que suele provocar una cierta desconfianza hacia la institución del diaconado permanente, es la
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experiencia de haber conocido casos de cierta rivalidad entre el diácono y el párroco en una parroquia; en ocasiones, incluso, de abierta rivalidad. Esto no es un hecho excepcional. En toda comunidad donde existan dos clérigos, siempre habrá unos fieles que preferirán a uno frente al otro. Pero esto sucede aunque los dos sean sacerdotes.
Pero por sistema no se le puede echar la culpa al diácono.
Pues el mal de la rivalidad, allí donde exista, unas veces provendrá del párroco, otras del diácono. Unas veces el párroco pecará de envidia. Otras será el diácono el que pecará de soberbia. El párroco debe alegrarse de que haya en la parroquia un clérigo que predique mejor que él, o que sea más espiritual, o más culto, o más amable.
Todo esto es motivo de alegría, no de tristeza. Si ello es motivo de tristeza, el conflicto está asegurado. Pero el mal no radica siempre en el servicio del diácono, sino a veces en el corazón del presbítero.
La rivalidad, los celos, los grupos son tres cosas fáciles que aparezcan. Este tipo de cosas sólo se pueden superar a base de espiritualidad. Sin la ayuda de Dios, una parroquia se transforma en un campo de batalla de egos.
Los sacerdotes tienden a pensar: si yo soy el párroco, yo debo ser el más amado de los feligreses. ¿Qué pensaríamos de un obispo que considerara tener derecho a ser el clérigo más amado de su diócesis por el hecho de ser el obispo? ¿Por qué el párroco tiene que ser el clérigo más amado de la parroquia? El diácono no es un segundón, no es un escudero. Un diácono no se ordena para ser criado personal del párroco, sino siervo del Rebaño de Dios. Y la luz del diácono puede brillar con una luz mucho más fuerte, mucho más pura, que la del párroco. Esto siempre suele causar problemas, pero no puede ser de otra manera. En la medida de los defectos del párroco, las virtudes del diácono serán vistas como afrentas.
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Otras veces, el mal estará en la soberbia del diácono. Es muy fácil hacer de paño de lágrimas de todos aquellos que no están en sintonía con el párroco. Es muy fácil no darse cuenta de que uno se está dejando llevar por las lisonjas de una y otra persona que te repiten: Usted sí que me comprende, usted sí que escucha, usted sí que es humilde. Y así la parroquia en vez de ser una unidad, una casa, se transforma en un reino dividido que no puede subsistir.
Una cosa está clara, cuando el diácono comienza a hacer comentarios despectivos respecto del pastor de esa comunidad, puede estar seguro que ha errado el camino. Un clérigo jamás debería hablar mal de otro clérigo, ni siquiera en privado. Pero si nunca debemos pecar con la lengua, mucho más grave es pecar contra el pastor de un rebaño, siendo uno un siervo del rebaño. Lo que diga un diácono contra el pastor de un rebaño es una puñalada dada por la espalda. Cuando eso sucede la guerra está asegurada.
Si los hechos que le denuncian al diácono respecto al párroco son gravísimos, lo que debe hacer es ponerlos en conocimiento del vicario de la Curia. Pero si no son gravísimos, si son meros defectos de temperamento, mera pérdida de celo, entonces el diácono debe callar o cambiar de tema. Pronto los fieles comprenderán que al diácono no le gustan las críticas contra el párroco.
Un diácono tiene que saber escuchar sin criticar. Escuchar críticas, sin echar más leña al fuego. Por el contrario, ha de saber poner el ungüento de la caridad, o al menos ha de saber callar y desviar el tema.
Una vez fui invitado a una cena, cada vez que alguno de los invitados hablaba en contra del nuevo párroco, yo decía en plan de broma cambiando de tema… y contaba un chiste. En cuanto hice eso dos o tres veces, ya no fue necesario hacerlo más. Como sabía yo que, en esa cena, varios de los presentes estaban deseando criticar al párroco, ya traía los chistes preparados.
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Hay que alegrarse de los dones del otro. Hay que ser ayuda y no tropiezo. Jamás se construye la Iglesia con la crítica o la división. Por mucho bien que hagamos con otras actividades, todo lo podemos echar a perder si criticamos.
Estas guerras parroquiales, cuando se dan, son fruto de la debilidad humana, del pecado, no de la institución diaconal. Estas divisiones siempre han existido y existirán, con o sin la institución diaconal.
El diácono permanente nunca debe quejarse de que no sea comprendida su función. Siempre será difícil comprenderla tanto por laicos como por presbíteros. Siempre se verá su figura como algo en medio del laicado y del sacerdocio, sin ser del todo ni lo uno ni lo otro. Cuando, en realidad es plenamente lo uno y lo otro.
Vive una vida laical y ejerce plenamente las funciones que provienen de su ordenación con el sacramento del orden. Pero debe tomar sobre sí esta carga de la incomprensión, como parte de su trabajo. Si uno acepta ser diácono, debe aceptar esta carga aneja al sacramento. Aceptar sin quejarse, ni siquiera internamente. El sufrimiento forma parte de la vida sacerdotal, también de la diaconal.
La murmuración como parte del trabajo parroquial
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Uno puede servir a la Iglesia, pero hacerlo mal. No por el hecho de haber entregado la vida a Cristo, uno goza ya de la prerrogativa infalible de servir bien. Cuántas veces el pastor comprueba cómo al sugerir a uno de sus catequistas que trate mejor a los niños o que llegue puntual, la respuesta airada usualmente es:
¡pues si quiere lo dejo todo y ya está!
Los presbíteros y los diáconos, a veces, nos comportamos como esos catequistas. No entendemos que podemos haber entregado nuestra vida, y podemos estar sirviendo de un modo mejorable. Podemos trabajar con amor, y aun así tener yerros de los que no nos damos cuenta. Y nuestra reacción al que nos corrige es siempre de airada confrontación.
Tanto los diáconos, como los presbíteros, debemos acoger las críticas con amor, también las críticas erradas. Pues el que nos da su opinión sobre nuestro trabajo, en principio, lo hace con buena intención, para que mejoremos. Y si lo hace con intención de herirnos o si lo hace a nuestras espaldas, debemos entender que soportar la murmuración forma parte de nuestro trabajo. Ser clérigo supone tomar sobre la espalda esa faceta de nuestro ministerio, soportar la murmuración.
Servir implica aceptar no sólo que se nos va a criticar, sino también que se va a murmurar de nosotros con deseo de hacernos daño. Debemos intentar excusar al que nos hace sufrir, pensando que la crítica contra nosotros nace de celo por la Iglesia en esa persona. Aunque no sea así, al Señor le gustará que tengamos esta actitud, la actitud de excusar, la actitud de pensar que no son malos sentimientos los que mueven al prójimo. Dios ya sabe cuándo tiene que decir BASTA.
En ocasiones, el clérigo no sólo debe soportar la carga de la murmuración, es decir, que se digan cosas malas verdaderas de nosotros, sino también la calumnia. La calumnia es mucho peor,
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porque se dicen de nosotros cosas falsas. Pero, de nuevo, hay que aceptar la prueba de Dios, tomar la cruz sobre los hombros y llevarla con alegría o, al menos, sin rabia. Servir al Señor supone llevar esas cruces del mejor modo que podamos.
Cuando aparece la calumnia algunos se vuelven como locos, intentando defenderse. En ocasiones uno podrá intentar clarificar las cosas. Pero en otras ocasiones uno no tendrá ni siquiera la posibilidad de hacer luz sobre la oscuridad que se ha lanzado alrededor nuestro. Todo forma parte de un plan de Dios.
El Señor es el que sabe cuándo hay que castigar al sembrador de falsedades. Pero Él lo hace en su momento, ni antes ni después.
Hay que tener fe en que el Omnipotente lo ve todo. Y que todo, incluso la murmuración que sufrimos, tiene una razón para ser permitido. Pero nosotros queremos adelantarnos a la decisión divina. Cuando se trata de nosotros, siempre pedimos que tenga misericordia. Pero cuando se trata de los demás, siempre pedimos justicia, que es un modo de decir “castigo”. Para nosotros, misericordia; para los demás, castigo.
No nos damos cuenta de que sufrir la murmuración, es un modo que Dios tiene de purificarnos por nuestros pecados. Quizá el que murmura de nosotros está expandiendo pecados, errores, decisiones, actitudes que nunca cometimos, que nunca tuvimos.
Pero Dios bien sabe qué pecados cometimos. Harás bien en decir:
Lo uno por lo otro. Señor, acepto esa falsedad como penitencia por lo que Tú bien sabes que sí que cometí.
El diácono, por amor a Cristo, debe querer ser tenido en poca cosa. Pero el que desprecia al diácono, desprecia a Jesús. El diácono debe abrazarse a su cruz, pero Dios hará justicia contra aquellos que le hacen sufrir, por muy buenas razones que crean que
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les asisten. Siempre hay personas que creen tener buenas razones para hacer sufrir al prójimo. Dios no aguanta por mucho tiempo la calumnia. Llega un momento en que actúa. El Señor, que todo lo escucha, que todo lo ve, emite sentencia desde lo alto y puede enaltecer a alguien en un solo día. También puede humillar al de lengua venenosa en un solo día. También esto lo he visto. He sido testigo de cómo Dios cuando castiga, lo hace con pleno poder.
Al leer la vida de los grandes eclesiásticos, todos nos dolemos de los desprecios que sufrió en su vida tal o cual cardenal, tal o cual arzobispo. Pero pocos se duelen de que un diácono sea postergado.
Sin querer, tendemos a compadecer más a los grandes cuando sufren una ofensa, como si los pequeños no sufrieran de igual manera. Cuando, en realidad, el diácono sufre exactamente lo mismo que un arzobispo o un cardenal. Cuántos ayes he oído porque un gran arzobispo perdió tal o cual diócesis por quejas infundadas, cuánta compasión porque tal prelado perdió la birreta cardenalicia por las maquinaciones de otro prelado. Pero nadie compadece al que no perdió un honor, sino el sacramento del orden cuando era seminarista. A los pobres y pequeños casi nadie los compadece. Su sufrimiento nos pasa inadvertido.
Aquí habría que citar aquellas frases de El Mercader de Venecia: ¿No nos alimentamos con la misma comida? ¿No estamos sujetos a las mismas enfermedades? ¿No nos curamos por los mismos medios? ¿No nos calentamos y enfriamos con el mismo invierno y verano que los cristianos? Si nos pinchan, ¿acaso no sangramos? Si nos hacen cosquillas, ¿acaso no reímos? Si nos envenenan, ¿acaso no morimos?
Quede claro que en esta obra yo aconsejo la humildad de Cristo, buscar el desprecio y no el honor. Pero sufre tanto el diácono como el cardenal. El diácono tiene su corazoncito, el servidor alberga sus ilusiones. Es fácil ilusionar al diácono y es
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fácil desilusionarlo. Algunos párrocos parecen empeñados en que el diácono llegue a la conclusión: no valgo para nada. Aconsejo buscar la cruz, pero sabiendo que al final será Dios quien juzgue.
Y, a veces, ya en vida exalta al pobre, y humilla terriblemente al soberbio. Normalmente, al soberbio se le humilla en la medida de su soberbia. Y al humilde se le enaltece en la medida de su humildad. Cuántas veces un diácono humilde será respetado como un santo, mientras que los defectos del párroco serán patentes a todos. El párroco podrá ser quien mande, pero el diácono será venerado.
El diácono debe querer ser tenido en poco, ser despreciado, desaparecer en pro del sacerdote que es el párroco de esa iglesia.
Mal comenzará un diácono que se congratula de ser más alabado que el párroco. Cuando lo propio del diaconado es no ser notado, es el amor que obra en la oscuridad, en un segundo plano.
Sería catastrófico para una parroquia, que el diácono quisiera sobresalir, que murmurara del pastor del rebaño, que formara su propio grupo de fieles como un grupo de confrontación, que dividiera a la grey en dos grupos: mis fieles y los del párroco. Hay ocasiones en las que un santo párroco debe sufrir a un diácono- estrella. En otras ocasiones, un humilde diácono debe sufrir un párroco celoso.
Unas veces un párroco inactivo y que ha perdido la ilusión, verá amenazas en todas las iniciativas del diácono. Otras veces será el diácono el que despreciará al párroco como un hombre viejo que no sabe hacer las cosas. Pero cuando un santo y venerable párroco tiene un diácono humilde y lleno de fervor, entonces la parroquia ha recibido una doble bendición.
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II Parte
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