EL SACERDOCIO DE LOS FIELES EN LOS SANTOS PADRES
Essai sur le sacerdote des fidèles chez les Pères, La Maison-Dieu, 27 (1951) 6-49.
Sin querer tener la pretensión de ser exhaustivos, ni de dar una solución definitiva a todos los puntos, intentamos mostrar la relación del sacerdocio de los fieles con los sacramentos del Bautismo y la Confirmación según la doctrina de los Santos Padres
El sacerdocio de los bautizados
Cristo, el único Hijo de Dios, es el único sumo Sacerdote y el único sacrificio de la Nueva Ley. Él reemplaza todos los antiguos: sacerdotes y sacrificios. Y Cristo, así como nos concedió el poder participar de su filiación, nos otorga también el poder formar parte de su sacerdocio.
Filiación divina y sacerdocio están, pues, en estrecha relación. En Cristo aparece clara esa relación, según la carta a los Hebreos: "Y así Cristo no se exaltó a sí mismo, haciéndose pontífice, sino el que le dijo: 'Hijo mío, eres tú, hoy te engendré'. Y conforme a esto dice en otra parte: 'Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec'" (Heb 5,5-6).
El sacerdocio, como mediación entre Dios y tos hombres, es atributo de Cristo, no, por la generación del Verbo en el seno del Padre, sino por su Encarnación. La segunda Persona de la santísima Trinidad se hace hombre y sacerdote al mismo tiempo. Cristo- es sacerdote por ser hijo de Dios y, a la vez, Hombre.
De ahí que Jesús no sea sacerdote de ninguna raza, como lo eran los hijos de Aarón.
Casi todos los Padres afirman que Cristo ha recibido su sacerdocio directamente del cielo en el momento de su Encarnación en el seno de María. La Unción del sumo Sacerdote es la misma divinidad: comunicándose a la humanidad asumida por el Verbo.
Y así como después de la Pasión y la Resurrección se hace, en cierto sentido, perfecta la filiación divina, así sólo después de la Pasión y Resurrección se hace sumo Sacerdote perfecto. Es un nuevo nacimiento de Cristo, al que corresponde una nueva unción sacerdotal.
El Bautismo, que nos recuerda el nacimiento humano de Cristo en el seno de María, introduce a los hombres en el seno espiritual de la Iglesia haciéndoles participantes de la filiación divina. Pero si la Encarnación del Verbo está ordenada a la Pasión y Resurrección gloriosa, el Bautismo, en consecuencia, será también participación del nacimiento del Señor en la gloria después de su muerte. El Bautismo es una muerte al pecado y un nacimiento a la vida del Resucitado.
Pero el Bautismo es, además de participación de la filiación divina de Cristo, participación de su unción sacerdotal. Esa unción recibida por Jesús es comunicada por el Bautismo a todo su cuerpo, que es la Iglesia, y a todos sus miembros, como el aceite derramado sobre la cabeza de Aarón se extendía hasta su barba y hasta las franjas de su vestido.
Todos los cristianos, pues, pertenecen a la raza sacerdotal. Cristo con su sangre les abre el velo del santuario y les da acceso a él. Comenta san Cirilo de Alejandría que al bautizado le está permitido entrar en el santuario interior y ofrecer a Dios sacrificios espirituales y presentar, a modo de incienso, el perfume de una vida conforme al Evangelio.
El sacrificio espiritual de los bautizados
Es sacrificio -toda aquella obra que lleva al hombre a la unión con Dios. Sólo hay un sacrificio que logra la perfecta unión del hombre con Dios: el sacrificio de Cristo.
Cristo con su Pasión, Resurrección y Ascensión consigue una perfecta adhesión de su voluntad a la de Dios y obtiene la glorificación de su cuerpo; se da una comunicación.
completa de los privilegios de su divinidad a su alma humana y a su cuerpo de carne.
Pero no sólo ha realizado ese sacrificio por Él, sino también por toda la humanidad. El holocausto de Cristo no es solamente su cuerpo inmolado y glorificado, sino también todo su cuerpo místico.
En efecto, el Verbo de Dios desde antes de la Encarnación llenaba el mundo con su presencia invisible. Toda la Historia no era más que la preparación y figura de otra presencia, de la presencia visible del Verbo. Todo lo que se escribía a través de los siglos en las páginas de la historia terrestre, describía la figura de Cristo, que debía reunir en sí, Palabra única de Dios, toda la Historia universal. Por eso solía decir Ireneo que en el Verbo Encarnado estaban recapituladas todas las, cosas. Él es el punto en que conve rgen la humanidad y la divinidad. De ahí que su sacrificio eleve todo el mundo corruptible y mortal a la incorrupción e inmortalidad.
El Bautismo, haciéndonos miembros de Cristo resucitado, nos incorpora a su sacrificio.
Pero es necesario que cada uno de los cristianos se una al sacrificio de Cristo por su acción personal y libre y por toda su vida cristiana. Dios no sabría salvarnos sin la libre cooperación de nuestro amor. Se pide de nosotros el sacrificio de nuestra libertad, que debe adherirse plenamente por la caridad a la voluntad de Cristo. Así morimos al mundo pecador y renacemos en Dios.
Éste es el sacrificio espiritual que se exige del cristiano. El bautizado alimenta a Cristo en sí mismo, extiende la encarnación de Dios en la vida humana. Al ofrecer su sacrificio, es. Cristo mismo quien lo ofrece.
Pero no solamente es Cristo por quien el bautizado ofrece su sacrificio, ni solamente es Cristo quien lo ofrece, sino también es Cristo quien es ofrecido. Él lleva al Padre por su gracia la salvación de los hombres que ha merecido con su sacrificio. Nuestros sacrificios son, de hecho, producto de la gracia que nos viene del sumo Sacerdote celeste. Se hace, pues; necesario unir en una misma perspectiva la ofrenda que Cristo hace de nosotros a Dios y la gracia que nos concede. La ofrenda sacerdotal al Padre consiste en llevarle los hombres por el don de la vida divina; es decir, entregar los hombres a Dios dándoles a Dios.
Los cristianos son templo espiritual e invisible del alma y templo material del cuerpo;
donde, por la gracia, Dios realiza poco a poco la toma de posesión de la humanidad. Esa posesión será perfecta el día de la resurrección gloriosa con Cristo. Los fieles en aquel día recibirán la perfecta consagración y serán para siempre sacerdotes y reyes.
Sacerdocio real
Los documentos de la Tradición y de la reflexión teológica nos permiten indicar que la realeza es característica esencial de la dignidad sacerdotal de los bautizados.
El rey es ante todo un conductor del pueblo hacia el bien común. Jesús con su sacrificio conduce al pueblo cristiano al fin definitivo. El día de la Ascensión el sumo Sacerdote tomara posesión de su reino eterno. En el Apocalipsis aparece el sumo Sacerdote que lleva escrito en su vestido y en su muslo: "Rey de reyes y Señor de señores." (Ap 19,16) Jesús recibió una única unción de la divinidad que le constituyó á la vez rey y sacerdote.
Y el pueblo cristiano participa de esa dignidad real del sacerdocio de Cristo. La unción del Bautismo hace a los cristianos sacerdotes y reyes. No se trata de una simple.
yuxtaposición de títulos, sino de un condicionamiento recíproco.
Por el pecado el hombre pasó de rey de la creación a esclavo de la muerte, del demonio y de la carne. Pero Cristo, con su muerte, le restableció en su realeza. El cristiano con su sacrificio, con la mortificación voluntaria, con el recto uso de las cosas, colabora a la obra de restauración; vuelve a ser rey de su alma, de su cuerpo y de todo lo que le rodea.
De ahí se seguirá la función sacerdotal y real de todo trabajo manual, intelectual, social o político, ordenado a su verdadero fin por la caridad a Dios y al prójimo. Para todo cristiano el trabajo debe ser obra de amor, de liberación del hombre, de extensión del reino de Dios a todos los dominios del mundo de los cuerpos y de los espíritus. Pero todo ello no se hará sin sacrificio, ya que no se llega al reino definitivo sino por el camino de la cruz. En el Bautismo es el signo de la cruz el que nos otorga la realeza.
Pero nuestro Rey celeste nos ayuda con su gracia, la cual produce en nosotros un efecto de sumisión, muy costoso a nuestro orgullo, y nos hace participar de su realeza hasta el día en que "quedándole sometidas todas las cosas, se sujetará a quien el todo se lo sometió, para que sea Dios todo en todas las cosas" (1 Cor 15,28).
Sacerdocio de los fieles y sacramentos
Como hemos dicho, la plenitud del sacerdocio de los fieles se realizará el día de nuestra resurrección con Cristo. Entre, tanto, el sacerdocio de los justos en la tierra es invisible e incompleto. Pero, aunque invisible, por realizarse por medio :de la gracia, es necesario que sea incorporado al Cuerpo visible de Cristo, que es la Iglesia. Jesús, como en otro tiempo repartía sus dones por los caminos de Galilea a través de sus hechos humanos, continúa ahora otorgando su gracia en la Iglesia a través de signos sensibles instituidos por Él y que nosotros llamamos sacramentos. No son unas meras sombras, sino signos que nos dan una primera participación de las realidades celestes. Son portadores de vida divina.
Por tanto, todo lo que hemos dicho del sacerdocio de los bautizados debe encardinarse dentro del marco de la Iglesia, ya que el único sumo Sacerdote con su sacrificio redentor está presente sólo en ella. La Iglesia es el Sacramento de Cristo, la continuadora de la obra sacerdotal de Jesús. El verdadero sacrificio no se ofrece sino por ella. La Iglesia ofrece cada día el sacrificio redentor, alcanzando frutos de unión con Dios.
Así la Eucaristía nos une al Cuerpo de Cristo y opera en nosotros la unidad que ella significa. "Nosotros somos un solo cuerpo porque todos participamos de un único pan"
(1 Cor 10,17) Y el cuerpo que vamos formando no es otro que el Cuerpo sacrificado del Señor.
Los demás sacramentos tienen la misma finalidad: unir los miembros de la Iglesia al sacrificio de Cristo. El Bautismo nos hace morir al pecado y renacer a la vida del Crucificado y del Resucitado. La Penitencia nos devuelve la vida perdida por el pecado.
La Unción de los enfermos, destruyendo los restos del pecado que hay en nosotros, nos hace capaces de ofrecer más dignamente nuestro sufrimiento y nuestra muerte. El Matrimonio hace de la unión de los esposos la imagen de la unión fecunda de Cristo con la Iglesia.
El sacrificio, que la Iglesia ofrece, es agradable al Padre porque es Cristo mismo quien lo ofrece por mediación de ella. De ahí surge la necesidad de un hombre que represente al Pontífice invisible. En este mundo de la imagen, del signo eficaz, necesitamos un sacerdote que sea la, Imagen del sumo Sacerdote celeste. El sacerdote jerárquico será constituido representante de la Cabeza del cuerpo sacerdotal de la Iglesia. Habrá, pues, un sacramento el del Orden, que conferirá el sacerdocio sacramental dirigido a la vida sacramental de la Iglesia.
El sacerdote, sacramento de Jesús, alcanzará los dones celestes para tos cristianos independientemente de su santidad personal. Es la santidad de Jesús la que obra en él.
Ahí esta la diferencia entre el sacrificio espiritual de los fieles, que depende de su grado de caridad, y el sacrificio sacramental del sacerdote. El sacerdote, además, por representar a Cristo representa a su Cuerpo, la Iglesia, y a todos sus miembros. Por eso, el sacrificio eucarístico del sacerdote es eminentemente social.
Por el Bautismo el cristiano se hace capaz de unir su ofrenda individual a la ofrenda eucarística de tal manera que se hace al mismo tiempo sacrificador y sacrificado. Él participa de la ofrenda de Cristo por los dones que lleva al altar para materia del sacrificio litúrgico, por su presencia y unión en la plegaria y, sobre todo, por la comunión del cuerpo y la sangre del Salvador.
Añadamos que el pecado no nos quita a los cristianos el poder de participación de los sacramentos. El pecador es miembro de la Iglesia. Es miembro muerto que puede por la Penitencia volver a la vida. El Bautismo nos imprime un sello o carácter que ni el pecado puede destruir y que nos hace capaces de participar permanentemente en la vida cultual de la Iglesia, primer elemento del sacerdocio de los fieles.
Sacerdocio de los fieles y confirmación
Entre el nacimiento de Jesús en el seno de María y su nacimiento glorioso en el cielo hay, en su vida terrestre, un tercer nacimiento que podría llamarse nacimiento a la vida pública. Tiene lugar en el mome nto de su Bautismo en el Jordán y es acompañado por una manifestación del Padre, ponla que proclama que Jesús es su Hijo muy amado.
A partir de ese momento; el Mesías empieza una nueva vida: de una vida de persona privada pasará a una vida de predicación de una Nueva Ley. "La ley y los profetas van hasta Juan, desde entonces se anuncia el Reino de Dios (Le 16,16). En el Jordán se da el fin del sacerdocio antiguo, y Cristo es ungido de nuevo por el Padre. No es Juan quien confiere la nueva unción, es el Padre quien unge a su Hijo con el óleo divino del Espíritu Santo, prototipo de nuestra Confirmación. Es una unción sacerdotal ordenada a la vida pública. "El espíritu del Señor está sobre mí porque me ungió para evangelizar a los pobres..." (Is 61,1; Le 4,21).
En la historia de la Iglesia primitiva podemos distinguir también dos nacimientos sucesivos, dos etapas en la participación del sacerdocio de Jesús. El primer nacimiento tiene lugar al ser traspasado el costado de Cristo, el nuevo Adán. En ese momento, la Iglesia recibe la unción del Espíritu Santo que la hace participar del sacerdocio de Cristo. El día de Pentecostés la Iglesia recibirá una nueva unción del mismo Espíritu.
De una vida oculta y escondida, semejante a la de Cristo en Nazaret, pasará a una vida pública de predicación y de lucha.
Lo mismo puede decirse, con las debidas proporciones, de todo cristiano. Si en el Bautismo recibe por primera vez el don de participar del sacerdocio de Cristo, en la Confirmación recibirá la nueva unción que le hará capaz de una acción de lucha y de apostolado. Pasará. a ser un Instrumento útil para la obra de Dios.
No cabe duda que, si la Confirmación hace apóstoles, su unción es unción sacerdotal. El apóstol es siempre un sacerdote que hace morir las almas al mundo, las inmolé a Dios, uniendo sus propios esfuerzos y su propio sacrificio a la ofrenda.
La Confirmación es también participación del poder real del Señor. El apóstol, para someter las inteligencias a la verdad de Cristo, tiene que someterlas a su propia convicción. Hacer apostolado es hacer prisioneras las mentes para llevarlas a la obediencia de Cristo, como dirá Pablo (2 Cor 10,5).
Pero hay que tener en cuenta que, en esta vida terrena, llevar las mentes a la obediencia de Cristo significa llevarlas a la obediencia de la Iglesia, al magisterio eclesiástico, al cuerpo episcopal unido al sumo pontífice. Ésta es la única fuente infalible de la verdad divina. Y es a esa misma Iglesia jerárquica a la que los cristianos obedecen en su acción apostólica. Porque el laico no puede ser testimonio oficial de Cristo, como lo fueron los Apóstoles y lo siguen siendo sus sucesores. Él laico sólo puede ser testimonio de su propia fe. Su testimonio será, sobre todo, un testimonio de toda su vida por la práctica de las virtudes.
Conclusión
Todos los cristianos, pues, somos llamados a una triple participación de la unción.
sacerdotal y real del Salvador. La primera la recibimos cuando por el Bautismo renunciamos a Satanás y entramos a formar parte del Reino de Cristo. La Confirmación nos comunica la segunda unción, afianzándonos en la gracia recibida en el Bautismo y haciéndonos profesar en público el nombre de Cristo. Por fin, en la Jerusalén celeste, siguiendo a Cristo; recibiremos la tercera y verdadera unción. Las dos, primeras se nos otorgan bajo signos sensibles que nos revelan muy Imperfectamente la realidad celeste.
Pero llegará un día en el que entraremos en el santuario celeste para recibir la consumación de nuestro sacerdocio y de nuestra filiación divina.
En espera de aquel día, Cristo ha querido perpetuar su presencia en la tierra por medio de la Iglesia, especialmente por el sacerdocio jerárquico, signo sensible y eficaz del único Sacerdote. Ahí radica la grandeza del sacerdocio jerárquico. Los bautizados, los confirmados son simples miembros del Cuerpo de Cristo. El sacerdote jerárquico es sacramentalmente Cristo mismo, otro Cristo. Por él y en él es Cristo quien obra en el sacrificio que ofrece y en los sacramentos que administra. El sacerdote es un sacramento, una imagen de dignidad infinita, aunque a menudo sin grandeza ni nobleza por el sujeto humano que soporta esa imagen. Los grados de la jerarquía visible no corresponden siempre a la jerarquía invisible de los fieles en su participación del sacerdocio de Jesús.
El sacrificio exterior no santifica al sacerdote que lo ofrece, sino en la medida en que su sacrificio interior se une por la fe y el amor al Sacerdote celestial que representa. El sacerdote debería vivir de tal manera que pudiera hacer suyas las palabras del Apóstol:
"Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo" (1 Cor 4,16).
Tradujo y extractó: FRANCISCO XICOY