VI VOS EN EL ESPI RI TU SANTO
Una Reflexión Sobre El Espíritu Santo Por Su Excelencia
El Reverendísimo Edward Peter Cullen, DD.
Obispo Emérito de Allentown 1ro de Noviembre, 2012 Solemnidad de Todos los Santos
Dedicado a:
Las Hermanas de la Paz de Pentecostés
Weatherly, Pennsylvania
Traduccion del original en Ingles: Alive in the Holy Spirit Traduccion al castellano: Yaraivette Fernandez Traduccion al castellano y correccion: Maria Vidal
Indice
Capítulo 1 ……….. 4 Orígenes de Éste Escrito
La Experiencia Supera el Conocimiento
Pasando el Testigo de Relevo
Nuestra Santificación
Capítulo 2 ……….. 10 Comunicarse con Dios
El Espíritu Santo es una Persona Comprendiendo el Mensaje de Dios Llamado Universal a la Santidad
Capítulo 3 ……….. 15 Intuiciones Fundamentales
Capítulo 4 ……….. 20 Ver a Dios en Ti Mismo
Mi Convicción
VIVOS EN EL ESPIRITU SANTO
Escribir sobre el Espíritu Santo es en realidad una tarea imponente y santa. ¿Cómo pueden personas llegar a creer que sus ideas y puntos de vista sobre un tema tan sagrado y tan místico como el del Espíritu Santo tengan algún valor como para ponerlos por Escrito? Permítanme explicarles como ocurrió en mi caso.
CAPITULO 1
ORIGENES DE ÉSTE ESCRITO
Durante los últimos años de mi período como obispo en la Diócesis de Allentown, escribí dos cartas pastorales. El material para cada una de estas cartas pastorales fue basado en gran parte en mi diario de oración personal. La primera carta se titula: “Experimentado el Amor de Nuestro Dios Trino”, que se enfoca en la concientización de nuestras almas en su participación en la vida y el amor de Dios. Esta participación tiene sus raíces en el amor del hombre cada vez más desinteresado y por lo tanto en armonía con el amor generoso de Dios. La segunda carta:
“La Cruz y el Sufrimiento: El Puente a la Transformación del Alma”, trataba dos aspectos. Uno centrado en Cristo que se somete libremente al sufrimiento y a la crucifixión por su amor generoso por la humanidad. El otro aspecto era acerca del sufrimiento del hombre. Ponía de relieve que ese sufrimiento a menudo se convierte en el puente principal que lleva a una persona a participar en la vida y el amor de Dios. Se refería a como el alma gradualmente se da cuenta que Dios la invita a ser, en cierta medida, partícipe íntimo del amor de la Santísima Trinidad.
Desde que escribí estas cartas pastorales, muchos de los fieles han compartido conmigo las dificultades que han encontrado en sus esfuerzos para establecer una relación de Intimidad Divina. Además, dados los ataques engañosos de Satanás, muchos han tenido grandes dificultades para mantener el nivel de Intimidad Divina que una vez tuvieron. Lo que
entendí que algunos estaban diciendo es que, por mucho que deseaban Intimidad Divina y que de hecho rezaban por el don de sentir intimidad con Dios, aún así esa intimidad nunca se desarrollaba en sus almas. Otros decían que aunque habían saboreado en alguna medida la magnificencia de la Intimidad Divina, todavía, muy a menudo, eran incapaces de mantener esa calidad de relación. Se debilitaban hasta el punto de que carecían de fuerzas suficientes para encarar con éxito las presiones culturales y cruces personales que continuamente llegaban a sus vidas. Puedo decir esto de otra manera, mencionando que a pesar de la presencia interior del Espíritu Santo, estas almas todavía se encontraban sucumbiendo a las distracciones y tentaciones infinitas presentadas por Satanás.
También durante estos últimos cinco años, la oración me llevó a forjar un enfoque sólido en el Espíritu Santo. Gradualmente llegué a la convicción que Dios quería que yo escribiese acerca del conocimiento y luminosidad espiritual del Espíritu Santo que vino a mí en mi oración. Me quedó claro que yo nunca podría escribir sobre la misión del Espíritu Santo en el desarrollo de la vida espiritual de las personas, antes de que yo primero tuviese en alguna medida experiencia personal con la Intimidad Divina de nuestro Dios Trino. Ya que el proceso que se dirige a ello iluminaría la función del Espíritu Santo, fomentando la Intimidad Divina.
Por otra parte, necesitaría tener algún conocimiento básico de cómo Cristo vió sus
tribulaciones y sufrimientos personales mientras vivía su misión redentora. Esto también me proveería intuiciones acerca de la influencia que el Espíritu Santo tuvo en el alma de Jesús.
También me proveería intuiciones en cuanto a las fortalezas y guías que podemos esperar del Espíritu Santo durante nuestra trayectoria de fe. Es a la luz de estos antecedentes que
comparto con ustedes mis pensamientos.
LA EXPERIENCIA SUPERA EL CONOCIMIENTO
Los cristianos de hoy están en una lucha diaria para no caer víctimas a las tentaciones del mal que nuestra cultura pone frente a nosotros. Indudablemente, un gran número de cristianos genuinamente y sinceramente quieren aprender como ellos pueden obtener la fortaleza espiritual necesaria para liberarse de las ataduras de su entorno pecaminoso.
Encuentran que su crianza religiosa dentro de su vida familiar, junto con su educación religiosa formal no les ha proveído con la suficiente fortaleza espiritual para no caer en las tentaciones que confrontan todos los días en nuestra cultura. Encuentran que su conocimiento, es decir, lo que conocen racionalmente sobre su fé y sus enseñanzas, es insuficiente para enfrentar lo que encaran en el plano cultural. Cuando hay una opción entre el bien y el mal, pareciese que lo que se presenta en nuestras vidas, sólo en el plano racional (i.e. enseñanzas acerca de nuestra fé), es usualmente mucho menos influyente que lo que llega a nuestras vidas a través de experiencias propias (i.e. tentaciones). La elección entre el bien y el mal, entre Dios y Satanás, tiene que dejar de ser una elección entre el conocimiento mero de Dios contra experimentar de hecho las tentaciones de Satanás. Debe convertirse en una elección entre nuestra experiencia del amor de Dios contra experimentar las tentaciones de Satanás. La elección entre el conocimiento mero y la experiencia, debe ser remplazada por la elección entre una experiencia y otra. Entonces Dios y su bondad serán victoriosos.
Una vez que experimentamos el amor de Dios y poseemos la fuerza espiritual para decirle no al pecado, comenzamos a apreciar cuan activo y vivo Dios puede convertirse en nuestras almas. Descubrimos cuan preciosos somos para Dios, y aprendemos en la oración como escuchar y hablar con Dios. Lo que aprendemos a valorar más que nada en el mundo es la intimidad de Dios con nosotros, Su comunión con nosotros, Su unidad con nosotros. La cúspide de esta unidad es estar consientes de nuestra participación en Su Amor Divino, es decir, nuestro conocimiento de ser parte de la vida del amor de Dios, el cual es bajo cualquier medida, único en ser espiritualmente precioso. Una vez que experimentamos esta Intimidad Divina, nos decidimos a nunca renunciar a este regalo, no importando lo que se nos ofrezca a cambio. Mientras vivamos en esta relación de Intimidad Divina, comprenderemos mas plenamente que la misión de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad es nuestra
santificación. Las Sagradas Escrituras, las enseñanzas del magisterio y el culto litúrgico dan fé a la realidad de que la santificación, es decir hacernos santos, ocurre cuando estamos vivos y creciendo en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Esto sólo se puede lograr cuando se vive acorde a las gracias del Espíritu Santo, que proporciona la fuerza y la sabiduría en lo profundo de nuestra alma.
PASANDO EL TESTIGO DE RELEVO
En la última cena, consciente de que su muerte era inminente y no queriendo que sus apóstoles, así como sus futuros discípulos, fuesen a depender exclusivamente de su naturaleza humana herida, Jesús, en la noche antes de morir, rezó a su Padre con estas palabras: “[Padre,]
ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo y yo voy a Ti. Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba con ellos yo los guardaba en tu nombre [tu protección]. He guardado a los que me diste y ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición [Judas], para que se cumpliera la
Escritura. Pero ahora voy a Ti y digo estas cosas en el mundo, para que tengan mi alegría completa en sí mismos. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno (Juan 17: 11-17). Jesús no pidió que sus discípulos fuesen protegidos
apartándolos del mundo. Más bien, le pidió que se quedaran en el mundo, recibiendo la ayuda de Su Padre, para que les diese su protección Divina de la misma manera que se la dio a Jesús.
Ese nuevo Protector, ese nuevo Defensor es el mismo Dios, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, El Espíritu Santo, el mismo protector que Jesús tuvo durante la misión de nuestra redención. Si, el Espíritu Santo es nuestro Santificador, aquel de quien habló Jesús cuando le dijo a sus discípulos: “Y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre: el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce; vosotros le conocéis porque permanece a vuestro lado y está en vosotros.“(Juan 14:16-17).” Un poco más adelante en el mismo capítulo del Evangelio según San Juan, Jesús aclara cómo Aquel que estará en nosotros, el Espíritu Santo, nos ayudará cuando dijo: “pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, El os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho” (Juan 14:26).
NUESTRA SANTIFICACION
Una vez que alcanzamos el conocimiento completo de nuestras gracias bautismales nos convencemos de que uno de los aspectos esenciales de la misión del Espíritu Santo es su involucramiento en las particularidades de nuestra vida fomentando personalmente nuestra santificación. Como Santificador, el Espíritu Santo nos asiste como discípulos de Cristo para experimentar profundamente en nuestra alma la misma guía divina que Jesús experimentó en su naturaleza humana, mientras que cumplía su misión redentora como nuestro Salvador.
Dado que por el Bautismo el Espíritu Santo de hecho habita en nuestra alma, podemos decir que la presencia de Dios, en cierto sentido, es portátil, es decir, que el Espíritu Santo está con nosotros donde quiera que estemos. Esta presencia permanente nos permite recordar
continuamente el amor del Padre para con nosotros, al igual que Jesús le recordaba a los apóstoles continuamente sobre el amor de su Padre hacia ellos.
Gradualmente, los apóstoles comenzaron a entender que ser un buen discípulo implica amar a otros generosamente como Jesús lo hizo. Fue el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos y recibieron la conversión total de inteligencia y corazón, el don de amar generosamente sin vacilación. La meta del Espíritu Santo es formarnos para ser precisamente de esa manera. La presencia del amor generoso en nuestra alma es el mejor barómetro por el cual podemos medir nuestra santificación personal y nuestra participación en la vida de Dios. No se requiere de mucha imaginación para oír a una cita de Jesús que dijese:
“Mis verdaderos discípulos están cerca de mí a causa de su continuo estado de armonía con los movimientos del Espíritu Santo, urgiéndoles tomar decisiones generosas.” Estas
decisiones, incluso las desconocidas por los demás, son el testimonio de la calidad de la labor de un discípulo. El elegir concienzudamente en contra de las sugerencias y las exhortaciones del Espíritu Santo disminuye la semejanza del alma a Cristo y se convierte en un obstáculo para nuestro crecimiento en santidad y cercanía a Dios. De hecho, la obra del Espíritu Santo es iluminarnos para entender y apreciar que para un alma entrar al cielo, debe estar liberada de los apagamientos a decisiones malignas. La manera de asegurarnos que nuestras decisiones no
se tiñan del mal es permaneciendo en armonía con las recomendaciones del Espíritu Santo. La pregunta que surge entonces es: ¿Cómo puede alguien ser eficaz en alcanzar el pensamiento del Espíritu Santo y ser en lo espiritual lo suficientemente fuerte para cumplir las enseñanzas del Espíritu Santo?
Hay muchos tipos de gracias, todas ellas las recibimos por mediación del Espíritu Santo. Una de ellas, es la gracia sacramental que viene con la recepción de cada uno de los Sacramentos. Además de los distintos tipos de gracias, hay ayudas especiales que el Espíritu Santo puede extendernos. Estas ayudas son conocidas como los siete dones del Espíritu Santo (Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Fortaleza, Conocimiento, Piedad, Temor de Dios), los cuales enriquecen el alma de una manera extraordinaria. Estos dones iluminan la mente e inspiran una conversión del corazón, permitiéndonos comprender la profundidad del amor de Dios, y al mismo tiempo, nos imparte claridad sobre la voluntad del Padre. También nos ayudan en comprender que lo que constituye a Dios es esencialmente diferente a lo que nos constituye a nosotros como seres humanos. Sin embargo, estos dones nos aseguran que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Nos conducen a una convicción incondicional que la magnificencia de Dios y Su Amor por nosotros va más allá de nuestra comprensión total, pero es totalmente confiable y digno de perseguir. Tengo la intención de escribir una segunda reflexión sobre el Espíritu Santo, que se enfocará exclusivamente en el objetivo de los siete dones, además de como cada uno de ellos realmente funcionan en nuestra vida diaria.
En esta reflexión sin embargo, limitaré mi atención a aquellas realidades espirituales que ordinariamente pueden operar en nuestra relación con el Espíritu Santo. Me parecieron inmensamente valiosas para apreciar mejor al Espíritu Santo, así como comprender lo que realmente ocurre dentro del alma, durante el proceso de nuestro crecimiento en la vida espiritual.
CAPITULO 2
COMUNICARSE CON DIOS
Hay una serie de realidades espirituales con las que todos los cristianos deben de esforzarse de aprender, con la finalidad de mejorar la calidad de su vida de oración. Una de estas realidades espirituales fundamentales es que todas las comunicaciones que provienen del Padre vienen a nosotros a través del Hijo por medio del Espíritu Santo. Además, todas nuestras comunicaciones van al Padre a través del Hijo por medio del Espíritu Santo. Esta dinámica pone en evidencia la enorme importancia que tiene para nosotros el estar vivos en el Espíritu Santo para poder oír y hablar con el Padre y el Hijo. A través del Sacramento del Bautismo, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros y habita en nuestra alma continuamente.
El objetivo de este habitar en nosotros es ayudarnos a alcanzar armonía entre nuestra voluntad y la voluntad del Padre. El grado de acoplamiento que nuestra voluntad logra con la voluntad del Padre es una medida del grado de nuestra santidad personal.
Es crucial recordar que el simple hecho de contar con que el Espíritu Santo habite en nuestra alma no es una garantía de llegar a ser santos. Es necesario que cada persona esté activa en la vida del Espíritu Santo. Una vida espiritual sana requiere que el alma viva una relación contínua con el Espíritu Santo. Dadas las realidades de cambio constantes que debemos enfrentar en nuestras vidas, necesitamos la guía permanente y la fuerza que nos proporciona nuestro Santificador Divino, el Espíritu Santo. Las presiones que pesan sobre nosotros son numerosas y diversas, y muchas de ellas provienen del mal. El Espíritu Santo sabe con precisión como cada persona en las circunstancias particulares de su vida debe responder a esas presiones. Como nuestro Santificador, El Espíritu Santo nunca dejará de iluminarnos y fortalecernos. El secreto para que las gracias del Espíritu Santo nos ayuden eficazmente, es estar preparados espiritualmente. Este estado de preparación espiritual nos permite creer, confiar y actuar de acuerdo a cualquiera de los dones de la ayuda Divina que se nos derramen en nuestra alma por el Espíritu Santo. Esto sólo puede ocurrir cuando nosotros, en nuestra vida espiritual, nos relacionamos continuamente en la vida del Espíritu Santo.