MALTRATO INFANTIL Y GÉNERO. UN ANÁLISIS EXPLORATORIO
Dra. Patricia Paggi
Todos nos hemos preguntado una y otra vez ¿Qué es lo que puede llevar a un adulto a maltratar a un niño?
¿Cuál es el mecanismo íntimo y profundo que desencadena el maltrato?
Algunos, hemos tratado de avanzar en la respuesta,pero hemos encontrado más interrogantes y pocas respuestas. Hemos tenido que comprender que aún no podemos hablar de causas, que los factores de riesgo son múltiples y diversos.
De igual modo, nuestras intervenciones han debido explorar todas y cada una de las variables, para aproximarnos a las estrategias más adecuadas en cada situación.
Sin embargo, en esa exploración necesaria de los entornos y los vínculos no todos los factores adquieren igual relevancia. En ocasiones faltan algunos, en otras oportunidades uno de ellos tiene un peso determinante.
Dentro de las variables enunciadas por la bibliografía, nos encontramos con las historias de crianza (desarrollo ontogénico) de los padres, como una entre tantas, pero atravesando las restantes.
Es hoy mi intención analizar este factor cruzándolo con la perspectiva de género, para poder pensar estrategias de abordaje más adecuadas y comprensivas.
Cabe enunciar en primer término que se entenderá por “género” la construcción social de una serie de comportamientos , determinados según el sexo, en función de lo esperado por la cultura.
Hasta no hace mucho tiempo, hablar de género era hablar de “las mujeres”. De sus dificultades para ser en el mundo, de su subjetividad, de un grupo en sí mismo, con una mirada hacia adentro de sus conflictos, emociones y necesidades subsumidas durante siglos.
Poco a poco, comprendimos que hablar de género, también implicaba pensar en el varón, en sus posicionamientos, sus mandatos, su subjetividad.
Es posible también , pensar en la infancia, como etapa de desarrollo de seres humanos, mujeres y varones, sujetos sociales en proceso de conformación de sus identidades , pero que deben cumplir con las expectativas de género de su cultura.
Desde esta perspectiva caben múltiples niveles de análisis. Las mujeres y varones adultas/os, sus entornos familiares, sus roles sociales, sus historias de vida, su capacidad de protección. Como contraparte los/as niños/as, criados, cuidados y educados por esas mujeres y varones y finalmente la necesidad de cambio a la hora de asistir o prevenir el maltrato, sus dificultades y complejidad.
Sabemos que existen diferencias entre los tipos de maltrato, según las victimas sean niños o niñas. Que las mujeres tienen mayores probabilidades de ser abusadas en la infancia, ó que por lo menos las estadísticas registran un mayor número de casos en niñas; hecho tal vez relacionado con la doble dificultad que debe vencer un niño para develar el abuso : Poner en juego su condición de sujeto activo masculino (identidad sexual) y vencer el dolor y el temor ante el daño cometido por un adulto cercano, en general con un rol trascendente en la conformación de su identidad como persona.
Respecto a los perpetradores del maltrato, también sabemos que las mujeres son mayoritariamente las que golpean o abandonan y los varones los que abusan sexualmente.
Hasta aquí, sólo una descripción de la realidad a la que podemos intentar analizar, buscando que hay detrás.
Esa necesidad de búsqueda ha aparecido muchas veces en mí, como mujer, médica, especialista en violencia familiar y madre, y rondan en mi pensamiento y mis sentimientos algunas cuestiones conflictivas que quisiera compartir.
Ser varón o mujer, implica en nuestra sociedad sentimientos, cualidades, comportamientos, roles y expectativas diferenciales, que si bien han ido cambiando, han implicado mayoritariamente un incremento de mandatos, de roles, de funciones, más que una verdadera modificación, incrementando tal vez los riesgos de violencia.
Sin ninguna duda, en nuestra sociedad, aun hoy, ser mujer significa tener menor poder, menor status social, menores posibilidades. Pero este hecho no surge por generación espontánea. Fuimos educados/as en ese sentido, y seguimos pidiendo a unos el cumplimiento de ciertos atributos esperados, ejercitándolos en ellos y desalentando aquellos que no cumplen con la expectativa de género.
La pregunta que surge inmediatamente es: Contribuímos con la reproducción de estos modelos a formar seres humanos más libres, críticos y capaces de desarrollar todas sus potencialidades?
Y seguidamente cabe preguntarnos:: Cuando hablamos de socialización genérica, de su cambio, de su crítica, estamos solamente hablando de la prevención de violencia contra la mujer o estamos operando también en disminuir los riesgos de algunas formas de abuso a la infancia?
Tratemos de analizar algunos modelos de socialización aún vigentes y a los agentes primordiales de la misma. Desde la pediatría y la psicología
decimos que la madre es la socializadora por excelencia. Ella establece los primeros vínculos, es nexo, es modelo, es la primera representante de lo humano en el desarrollo infantil.
A ella le pedimos habilidad y aptitudes para reproducir y producir “lo social” en el mundo afectivo y concreto del niño.
Pero esas aptitudes y habilidades, que hasta no hace mucho, se consideraban “naturales”, aun en ámbitos científicos, hoy sabemos que requieren de aprendizajes costosos, de revisiones no siempre gratas, de un esfuerzo conciente, que no ocurre per se, sólo por el hecho de ser madre o de amar a un hijo.
La sociedad y sus instituciones afortunadamente han aceptado al niño como sujeto de derechos. En consecuencia obligan a los progenitores al cumplimento de esos derechos. Sin embargo, en la mayoría de los casos, incorporan nuevos mandatos, sobre la mujer, que aun se encuentra construyendo un nuevo lugar en el mundo, sin brindarle herramientas adecuadas para el ejercicio de su “rol de madre”, que ya no es igual y tampoco el único que se le demanda, pero que aun sigue naturalizado.
Se establece de este modo una contradicción insalvable: Cómo una mujer que no se siente respetada, que no es reconocida en la plenitud de sus derechos, que lleva a veces a cuestas el malestar de ser violentada en su integridad emocional, laboral o física, puede generar recursos “naturales” para educar y fortalecer a su hijo.
Pedimos a una persona que ha sido preparada para la obediencia, la sumisión, la aceptación, que se haga cargo de la formación de un sujeto independiente, capaz de decidir, respetuoso de los derechos de los otros y de los propios.
No estaremos pidiendo peras al olmo?
Mujeres socializadoras. Personas que deben hacer el doble esfuerzo de revisar lo propio y construir nuevos modelos para ofrecer, sin que medie ningun aprendizaje.
Teniendo en cuenta lo anterior, deberíamos cuestionarnos muchas de nuestras intervenciones y paralelamente algunas de nuestras expectativas, cuando emprendemos acciones de prevención en Maltrato Infantil y Abuso Sexual o cuando asistimos a familias abusivas.
Pedir u ordenar a las mujeres que ejerciten su rol socializador según nuevos paradigmas no es suficiente. Necesitamos primero reconocer como sujeto a esa mujer, reflexionar sobre su subjetividad, sus modelos de crianza, su historia de vida, sus expectativas como persona; comprender sus dificultades y aportar desde el conocimiento alternativas viables que le permitan sentir, aquello que le pedimos que haga.
Desde mi práctica cotidiana, de la que surgen estas reflexiones, debo hacer un permanente esfuerzo para convertir un discurso autoritario o en el mejor de los casos paternalista, como es el propuesto por la medicina, en un intercambio permanente de conocimientos, de saberes que permitan la apropiación de aportes mutuos y recíprocos que pueda realizar.
No considerar a la mujer, exclusivamente como una “portadora” de hijos es el primer gran desafío.
Tener claro que la “embarazada” es una mujer embarazada, que es sujeto de nuestro cuidado, más allá de su embarazo, que nos interesan, por ella y por sus hijos, sus expectativas, sus deseos, sus miedos, su historia.
Que no tiene un mero fin estadístico o rotulador el conocer si su embarazo fue deseado, si es adolescente, si su pareja es estable, o si es víctima de violencia.
Recordar en cada palabra, en cada recomendación, en cada indicación, que la familia no es la de las propagandas, que los maridos todavía no han sido
“paternizados”, que esperan su cena y su ropa limpia además de un hijo, que ser madre no es “natural” sino una crisis de crecimiento personal que hay que aprender a sobrellevar y también a disfrutar, que lo natural es “no saber” y que el amor y el dolor son sentimientos, pero nunca métodos de aprendizaje.
Que difícilmente una mujer pueda desarrollar habilidades de maternaje cuando no tuvo como hija una experiencia continente, cuidadosa y fortalecedora. Que los aprendizajes no son lecciones, sino vivencias, ensayos y errores, que no se realizan en soledad, ni por orden de ningún juzgado.
Que para que exista una madre eficaz y nutricia debe haber un entorno favorecedor, varones dispuestos a funcionar como padres y parejas, instituciones que consideren a la familia como un sistema cambiante, funcional, conflictivo, vivo; y no sólo como parte de un discurso, impactante pero poco real.
Tener en claro que nuestra tarea es “acompañar” el crecimiento y desarrollo de la madre, de la familia y del niño/a, facilitando recursos instrumentales para ese objetivo.
Sin embargo escuchamos a diario:
“La lactancia materna exclusiva debe mantenerse hasta los seis meses, cueste lo que cueste; el destete debe ocurrir a tal edad; el niño debe dormir tantas horas; deberá controlar esfínteres a tal edad; no se le debe permitir comer fuera de horarios; debe ir a jardín de infantes a tal edad...” debe, debe, debe .... La madre debe cumplir con estos mandatos y muchos, muchísimos más, porque así lo mandan las normas y además debe querer y proteger a su hijo/a.
Cuántas órdenes para una persona sobre la que no conocemos nada: sólo que es madre. Parecería que lo biológico nos permitiera inferir que estará en condiciones de cumplirlas.
Esta reflexión en algún punto hilarante, tal vez me permita dejar en claro lo profundo de los cambios a los que aspiramos cuando hablamos de prevención del maltrato infantil.
Cuántas veces nos hemos encontrado con situaciones de negligencia o abuso sexual en las que nos hemos dado cuenta que los adultos cuidadores y en particular las mujeres, no tenían ningún recurso personal para protegerse a sí mismas, que su historia era tal vez más nefasta que la de sus hijos/as, a las que no le podíamos pedir para los otros aquello que no conocían, que la sociedad les había negado. Que nuestro repertorio de recomendaciones quedaba vacío ante tanto dolor.
Es por todas esas mujeres que insisto una vez más, que ninguna estrategia será efectiva, en la medida en que no la enmarquemos en una mirada global, evaluando cuidadosamente nuestros juicios y prejuicios, nuestra responsabilidad y la realidad que nos rodea, antes de intentar aplicar fórmulas, recetas o abrir juicios condenatorios, que generan más daño.
De nada sirve convencernos de que nuestro interés está en el niño, desconociendo que aquella que le otorga en primera instancia el status de
“persona” es la madre, desde el deseo, desde sus pensamientos y sentimientos, y a través de sus modos de vinculación.
Creerlo solo nos tranquiliza y engaña, induciéndonos a rotularla limitando la posibilidad de cambio y vacía de contenido nuestro discurso. Por el contrario, tener en cuenta estas cuestiones favorece las intervenciones, evita las falsas expectativas y obliga a profundizar nuestro diagnóstico, sin
minimizar la responsabilidad materna o justificar nada ante la ocurrencia de maltrato.
Así, cualquier propuesta que apunte a disminuir la incidencia de M.I deberá incluir el trabajo con los adultos cuidadores de hecho y de derecho, pero no como en una “escuelita”, sino retrabajando su experiencia como niños, rescatando el sufrimiento y el placer, esa mirada “desde abajo” que pocos recuerdan a la hora de tratar a un niño, ayudando a que cada uno reconstruya un modelo materno/paterno posible, propio; aportando los instrumentos de conocimiento y contención necesarios para una verdadera reconstrucción de los vínculos..
Ahora bien, ¿Qué pasa con el varón? ¿Cómo influye su socialización como factor de riesgo para la ocurrencia de M.I o A.S?
Sabemos que algunos de los atributos valorados socialmente son el dominio de los entornos, el éxito y el desempeño sexual de alto rendimiento.
“Más puedes, más hombre eres”.
Patrones fundados en el poder y el hacer determinan sujetos masculinos privados del intervalo afectivo que media entre el deseo y el acto.
No necesitamos enfrentarnos a situaciones abusivas para identificar las dificultades que tiene los varones en la expresión de sus sentimientos, lo costoso que es para ellos mostrar temor, tristeza, duda, cariño o emoción, ya que está en riesgo una supuesta masculinidad centrada en el poder y resguardada con el ocultamiento cuidadoso de la esfera afectiva.
Cuántos de estos hombres “duros”, catalogados como excelentes padres, no han podido enseñar a sus hijos lo más esencial, inherente a lo humano, aquello que no figura en ninguna norma social, en ningún texto: la capacidad de sentir y expresar sentimientos, por considerarlo un atributo femenino y en consecuencia de escaso o nulo valor.
Y cuántos, en cumplimiento del mandato social, abandonan emocionalmente, creyendo que con proveer alcanza, que no importa no “poder jugar”, no conocer a que grado asiste su hijo o desconocer sus aptitudes para el arte.
Cuántos otros, cuando se ven despojados de ese rol, por esta sociedad posmoderna y globalizada, no pueden sostenerse como hombres y desahogan su conflicto en forma violenta con sus hijos o compañeras.
Cuántos ejercen conductas abusivas sostenidas por una concepción distorsionada de la masculinidad, sus derechos y atribuciones.
Sabemos que ya no podemos afirmar que los varones que abusan sexualmente de los niños/as tengan un perfil psicopatológico único o preciso, que los paidofílicos no son la mayoría, y que muchos son hombres con un desempeño social aceptable, o valorado como tal en nuestra cultura.
Entonces, la ocurrencia de conductas abusivas tendrá alguna de sus raíces en cuestiones inherentes a la masculinidad?
Ser varón, según patrones estereotipados, rígidos, puede constituirse en un factor de riesgo para las conductas abusivas?
No me propongo aquí agotar las respuestas a esta pregunta compleja, ni tampoco reducir el análisis o negar el A.S. por parte de mujeres, que es hoy tema de investigación. Sólo intento plantear el interrogante y reflexionar sobre algunas cuestiones conexas.
Cuando desde lo técnico enunciamos como factor de riesgo para la ocurrencia de A.S. las dificultades en la sexualidad de la pareja, el fenómeno del corrimiento del objeto sexual que se produce o la presencia de otras formas de violencia en la pareja, estamos enunciando una evidencia.
Pero intentemos darle significado.
¿Porqué un hombre con dificultades en su relación con una pareja adulta busca como objeto sexual a un/a niño/a y no a otro adulto? Qué sentido tenía la sexualidad para ese hombre? Era sólo una forma de dominio y control de ese otro, era sólo una variante de convalidación y goce individual? Antes del abuso, su pareja adulta era otro sujeto o sólo un objeto?
Y relacionado con esto, los varones, son preparados socialmente para dar placer o para obtener placer? Y si lo otorgan, es sólo por el otro o es también una forma de medir la eficacia de su genitalidad?
Por otra parte, con qué patrones se evalua socialmente la sexualidad masculina?
Respondiendo a: Cuántas veces? Con qué potencia? Con qué rapidez? ; pocas veces preguntando Cómo?
Repensemos juntos la escena abusiva intrafamiliar y tratemos de incluir las cuestiones de masculinidad planteadas. Veremos que cada una de ellas aparece reflejada.
El abusador no reconoce al niño/a abusado como sujeto. El placer está puesto en el dominio y control del otro, más allá de lo sexual. Este dominio se extiende a otros territorios vinculares que ayudan a sostener el secreto intimidando a la víctima. El placer del otro no tiene significado. Desconoce su sexualidad, sus sentimientos, su subjetividad. Casi parece que no hay otro, da lo mismo un/a hijo/a, que otro/a, hay una masiva apropiación de ese otro, que lo lleva incluso a justificar su conducta con supuestas provocaciones, o un presunto placer compartido.
Insisto una vez más que no es mi intención hacer un enfoque reduccionista, que para vencer el “tabú” del incesto es necesario mucho más que ser varón, que no pretendo cerrar un tema, sino abrirlo, incorporar criterios, asociarlos a otros factores favorecedores e intentar comprender qué
marcas sobrellevan algunos adultos sobrevivientes a veces a infancias nefastas, sometidos en ocasiones a violencias insospechadas.
La instancia legal, es por ahora, uno de los recursos sociales para reparar el daño en la víctima, pero no nos alcanza a la hora de recuperar desde las emociones ese lugar de cuidado perdido por el/la niño/a. Necesitamos imperiosamente comprender los mecanismos íntimos que rodean y condicionan esta problemática, para no seguir poniendo curitas en una herida de bala. Por eso considero que rever las cuestiones de la masculinidad y construir nuevas concepciones, contribuirá en alguna medida a prevenir situaciones abusivas.
Nuestra forma de ser varones o mujeres ha sido marcada a fuego a través de generaciones y en nosotros mismos desde la infancia.
Los costos de estas formas de socialización los hemos comenzado a pagar por anticipado, cuando niños/as.
Ahora se trata de que cada vez menos niños y niñas sean víctimas tempranas de los mandatos y los estereotipos; que impiden elegir y hacen cumplir; que obligan, en lugar de ofrecer alternativas; que detienen y violentan, en lugar de favorecer el desarrollo y el cuidado.