BY NC ND BY NC ND
Tolerancia a la violencia de pareja en tres
historias de vida de mujeres de estrato
económico alto de Lima
Silvana Bedoya
*, Lcda. en Sociología
1,
Jaris Mujica, MSc. en Criminología
11Laboratorio de Criminología, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, Perú
Recibido: 19 de enero del 2017 Aprobado: 3 de marzo del 2017
*Autor de correspondencia: Silvana Bedoya. Laboratorio de Criminología de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima,
Perú. Correo electrónico: [email protected]
Cómo citar este artículo: Bedoya S, Mujica J. Tolerancia a la violencia de pareja en tres historias de vida de mujeres de estrato económico alto de Lima. Colombia Forense. 2016;4(1):65-78. doi: http://dx.doi.org/10.16925/cf.v4i1.1959
Resumen. Objetivo: esta investigación analiza la presencia de violencia física y
psi-cológica ejercida por la pareja (hombre) a una víctima (mujer) en el estrato
eco-nómico alto de Lima. Materiales y métodos: se recolectaron los datos a través de la
técnica “historia de vida”, en un registro profundo de los discursos de tres mujeres
adultas de estrato económico alto. Resultados: los resultados ratifican deducciones
de la literatura precedente (concentrada en sectores de recursos económicos
me-dios y bajos) en las formas, el ciclo y la tolerancia hacia la violencia. Esto fortalece
el argumento de que el sector económico no es una variable determinante ni un
in-hibidor de la violencia. Discusión: el estudio muestra las formas de violencia
ejer-cidas durante la relación, los mecanismos de dominación y control, y las formas
en que las mujeres toleraron la violencia durante un periodo prolongado, debido
no solo al temor a las represalias físicas y el control económico, sino también a la
importante presencia del discurso sobre la conservación de la familia y el cuidado
de la descendencia en una estructura biparental. Conclusiones: los casos ratifican
resultados precedentes según los cuales la violencia física, psicológica y económica
suele manifestarse en periodos largos y cíclicos, en los que las víctimas y el entorno
social se muestran tolerantes a la violencia, a pesar de ser reconocida como
nega-tiva, dañina y dolorosa.
Palabras clave: violencia en la pareja, violencia de género, violencia contra las
mu-jeres, clase alta, Perú.
BY NC ND BY NC ND
Tolerance to intimate partner violence in three life
his-tories of women of high socioeconomic status in Lima
Abstract.
Objective: This study analyzes the presence of physical and psychological
violen-ce by a partner (man) to a victim (woman) in the high socioeconomic status in Lima.
Mate-rials and methods: Data were collected through the “life history” technique, in a profound
record of the speeches of three adult women of high socioeconomic status. Results: The
results confirm deductions from the previous literature (concentrated in sectors of low and
medium socioeconomic statuses) in the forms, cycle and tolerance towards violence. This
strengthens the argument that the socioeconomic variable is neither a determining variable
nor an inhibitor of violence. Discussion: The study shows the forms of violence exercised
during the relationship, the mechanisms of domination and control, and the ways in which
women tolerated violence over a prolonged period, due not only to the fear of physical
reprisals and economic control, but also to the important presence of the discourse on the
preservation of family and the care of children in a two-parent structure. Conclusions: The
cases confirm previous results according to which physical, psychological and economic
violence are often manifested in long and cyclical periods, in which victims and the social
environment tolerate violence, despite being recognized as negative, harmful and painful.
Keywords: intimate partner violence, gender-based violence, violence against women,
upper class, Peru.
Tolerância à violência conjugal em três
histó-rias de vida de mulheres de classe alta de Lima
Resumo.
Objetivo
: esta pesquisa analisa a presença de violência física e psicológica
exer-cida pelo companheiro (homem) a uma vítima (mulher) na classe alta de Lima.
Mate-riais e métodos
: foram coletados dados através da técnica “história de vida”, em um registro
profundo dos discursos de três mulheres adultas de classe alta
. Resultados
: os resultados
confirmam deduções da literatura precedente (concentrada em setores de recursos
econô-micos médios e baixos) nas formas, no ciclo e na tolerância à violência. Isso fortalece o
argumento de que o setor econômico não é uma variável determinante nem um inibidor
da violência.
Discussão
: o estudo mostra as formas de violência exercidas durante a relação,
os mecanismos de dominação e controle e de que forma as mulheres toleraram a violência
durante um período prolongado, não apenas pelo temor às represálias físicas e ao controle
econômico, mas também à importante presença do discurso sobre a preservação da família
e do cuidado da descendência em uma estrutura biparental.
Conclusões
: os casos ratificam
resultados precedentes, segundo os quais a violência física, psicológica e econômica
cos-tuma manifestar-se em períodos longos e cíclicos, nos quais as vítimas e o entorno social
mostram-se tolerantes à violência, apesar de ser reconhecida como negativa, prejudicial e
dolorosa.
Palavras-chave:
violência conjugal, violência de gênero, violência contra as mulheres,
classe alta, Peru.
Introducción
La Organización Mundial de la Salud (oms) define
la violencia en las relaciones de pareja como un
comportamiento, actitud o acción que causa daño
físico, sexual [1] o psicológico (insultos, actitudes
de menosprecio contra la pareja, intimidación,
amenazas, etc.) entre actores que comparten una
relación íntima [2]. En este campo, muchos
estu-dios definen la violencia económica como una
manifestación de la violencia psicológica [3-6]. Se
entiende como la acción u omisión que se dirige a
ocasionar el menoscabo en los recursos
económi-cos a través de la limitación o la pérdida de bienes
o instrumentos de trabajo o en el control y manejo
de los ingresos.
Los estudios sobre parejas heterosexuales
muestran que, muchas veces, las víctimas mujeres
se ven sometidas a múltiples actos y tipos de
violen-cia, y esta suele aparecer en largos periodos [7]. Se
puede observar también un “ciclo de la violencia”:
un periodo de violencia, seguido por una tregua
acompañada de la manifestación de
arrepenti-miento del agresor, seguido de la reconciliación de
la pareja y nuevamente un periodo de violencia [8].
La violencia en las relaciones de pareja puede
llegar a ser tolerada en espacios privados y en las
interacciones cotidianas [3, 9-11]. La “tolerancia”
alude al carácter de omisión, permiso, promoción
o excusa que existe en ejercicios violentos (físicos
o psicológicos) [11]. En ciertos casos, la violencia
puede normalizarse, sobre todo cuando es asumida
como un elemento en el rol formativo de los
suje-tos [11]. Esto se sedimenta en ciersuje-tos contexsuje-tos a
través de pautas de socialización que mantienen
la desigualdad de género, organizaciones
familia-res autocráticas y en el aprendizaje femenino de la
indefensión y del masculino del uso de la fuerza
física para la resolución de conflictos [11].
Diversas investigaciones estudian
elemen-tos para comprender la victimización y la
toleran-cia a la violentoleran-cia contra la mujer en las relaciones
de pareja: la dependencia económica, el temor a la
represalias del agresor, el temor ante la posibilidad
de pérdida de la custodia de la descendencia, la idea
de que la pareja dejará de tener conductas
violen-tas, la falta de redes de soporte, el miedo ante la
estigmatización y la vergüenza de reconocer que
“fallaron” ante los ideales de maternidad y
fami-lia [3, 12-14].
Gran parte de la literatura asocia la
victimiza-ción y la tolerancia a la violencia contra las mujeres
en parejas heterosexuales a una estructura
patriar-cal [15, 16] que se manifiesta en un conjunto de
deberes y prohibiciones, atributos y
característi-cas que subordinan a las mujeres [17]. Se asocia la
sexualidad de las mujeres al rol reproductivo
natu-ral (a la reproducción familiar, el hogar y el
espa-cio privado), lo cual se vincula a los roles asignados
sobre las mujeres-parejas-esposas [18] que
confi-guran un discurso reproductivo y constreñido al
espacio doméstico [3].
Así mismo, la literatura muestra el vínculo
entre el discurso del matrimonio y el amor
román-tico [19], dispositivo que sintetiza, al menos, tres
elementos de subordinación: i) la construcción del
discurso del hogar (como el único y mejor
espa-cio para la reproducción de la familia nuclear);
ii) la obediencia y subordinación como centro
de las relaciones entre padres e hijos; y iii) el
dis-curso del “instinto maternal” y el rol
reproduc-tivo como forma de asignar un rol obligatorio a las
mujeres [20]. Estos elementos aparecen todavía en
muchas sociedades directamente relacionados con
el estatus de las mujeres, relegando su sexualidad
al matrimonio (y al distintivo de una mujer
“res-petable”) [20].
En ese marco, se han estudiado ciertas
varia-bles para entender la prevalencia de la violencia en
las relaciones de pareja. Por ejemplo, el acceso a la
educación tiende a ser menor para las mujeres, lo
que ahonda en las desigualdades de género y limita
sus posibilidades de acceso al trabajo [21, 22]. Los
elementos raciales también pueden ser relevantes,
pues ciertos grupos son más vulnerados y
discrimi-nados que otros [23-25], lo cual permite más
pro-babilidad de violencia. La ausencia de un ingreso
económico formal o la tenencia de propiedades
también puede limitar el empoderamiento de las
mujeres y hacerlas más vulnerables a la
violen-cia [13, 26]. Sin embargo, estas variables ayudan a
entender el fenómeno, pero no lo determinan.
Existe literatura que muestra que el estrato
económico no determina necesariamente la
violen-cia en la pareja (aun cuando puede haber un
porcen-taje menor de prevalencia en los estratos más altos)
[7, 27, 28]. El fenómeno aparece en todos los estratos
[29-33]. Estudios en varias partes de Iberoamérica
muestran que la zona de residencia, la ruralidad o el
estrato económico no son predictores de la
violen-cia contra la mujer. Investigaciones en México [34],
España [35], Argentina [36] y el Perú [37, 38]
mues-tran resultados similares.
Sin embargo, la bibliografía se concentra en
la violencia de pareja en sectores de bajos
recur-sos económicos. Aunque en el siglo xxi la
litera-tura latinoamericana incorpora el estudio de este
fenómeno en sectores de altos recursos [27, 34, 39,
40], sigue siendo un grupo poco estudiado. En el
Perú, país donde se registra una de las tasas más
altas de denuncia y victimización sexual contra
mujeres en América Latina [41] y tasas muy altas
de violencia doméstica [42, 43], la investigación se
ha concentrado en sectores de bajos recursos. Aun
así, en el Perú la violencia se extiende en
propor-ciones similares en los cinco quintiles de riqueza y
entre los distintos niveles educativos [44]: el 69,3%
de las mujeres del quintil inferior declara haber
sido víctima de algún tipo de violencia, así como el
62,1% del quintil superior [42]; el 30,9% del grupo
con menor nivel educativo y el 21,8% del grupo con
mayor nivel educativo han experimentado
violen-cia física [42].
A partir de lo anterior, planteamos este
artí-culo que tiene tres objetivos: i) describir las
for-mas de la violencia en la pareja en los discursos de
las víctimas, ii) describir las características del
dis-curso sobre la tolerancia de la violencia en la
rela-ción de pareja y iii) analizar los discursos sobre la
separación y fin de la relación violenta.
Materiales y métodos
Se plantea un estudio cualitativo con datos
reco-gidos a través de historias de vida [45-49] de tres
mujeres entre septiembre y octubre del 2014 en
Lima, Perú, para comprender el modo en que las
participantes identifican y dan sentido a sus
expe-riencias en el discurso [50].
Los casos se eligieron a partir de un
mues-treo por conveniencia [51]. Para ello se tomaron en
cuenta seis criterios: i) mujeres que habían
mante-nido una relación matrimonial en la que fueron
víc-timas de violencia de pareja; ii) tenían entre 49 y 55
años (mujeres adultas después del periodo
repro-ductivo) [42]; iii) residían en alguno de los distritos
del estrato económico alto de Lima [52]; iv) se
ubi-caban en la parte superior de la pirámide de
ingre-sos por zona de residencia utilizada en el Índice
de Desarrollo Humano [53] y pertenecientes al
“estrato económico A” (un ingreso familiar de más
de S/. 17,000 o usd 5,500 mensuales) [54]; v) con
estudios superiores; y vi) su manifestación
explí-cita de participación voluntaria en la investigación.
Las tres mujeres que compartieron sus
his-torias de vida asistieron a colegios del estrato
económico más alto de Lima y estudiaron en
uni-versidades privadas. Sus familias pertenecen a
sectores altos: una es hija de una funcionaria
inter-nacional, otra es hija de un gerente de banco y
pro-pietario de varias hectáreas agrícolas, la última es
hija de comerciantes, propietarios de una empresa
de alimentos. Una de las mujeres estudió actuación
(aunque no ejerció la carrera durante el tiempo que
duró su relación de pareja), la segunda estudió
edu-cación e hizo una maestría en Londres, la tercera
estudió administración. Las tres mujeres se
casa-ron con empresarios (uno era empresario textil, los
otros eran empresarios exportadores de varios
pro-ductos) y la residencia matrimonial tenía personal
de servicio doméstico, más de dos autos y hacían
un viaje recreativo al extranjero al menos una vez
al año.
Se llegó a estas mujeres a través del mecanismo
de bola de nieve [55-57]. Se aplicó una guía de
entre-vista de 88 preguntas (con los criterios de
consen-timiento informado) [58]. Los registros arrojaron
doce horas de grabación de audio y alrededor de
cien páginas de transcripción. Los datos se
organi-zaron en un archivo de Excel y a cada unidad se le
asignó un código y un pseudónimo (Ana, Beatriz
y Cecilia).
Trabajar con tres casos permitió un análisis
profundo de cada historia [12, 59]. Desde las
pri-meras aproximaciones de investigación en
histo-rias de vida, se han realizado estudios con muestras
pequeñas (muchas veces con un solo informante)
[60]. Las investigaciones de reconstrucción
biográ-fica [61, 62], la reconstrucción de episodios de la
vida [63], y el análisis de elementos estructurales
(como la pobreza [46, 64]) y de elementos
específi-cos (como la migración [65] o la transformación del
cuerpo [66, 67]) presentan literatura que analiza, a
través del discurso biográfico, elementos del
apa-rato social [68, 69]. En el Perú, se han hecho análisis
sobre casos individuales en varios temas [70],
inclu-yendo violaciones [71, 72] y salud sexual [73, 74].
El objetivo de los estudios precedentes y el
de esta investigación están limitados a la muestra:
no se busca representatividad ni generalización.
Sin embargo, sí es posible establecer elementos
comunes en los tres casos, los cuales permiten
con-trastar los resultados con estudios precedentes.
Resultados
i) La violencia contra las mujeres en la
conviven-cia con la pareja
Las mujeres relatan historias de violencia en
periodos prolongados (un año y medio en el caso de
Beatriz, diez años en el caso de Cecilia y dieciocho
años en el caso de Ana). La violencia física
(puñe-tazos, bofetadas, patadas, tirones de pelo, palancas)
aparece en múltiples momentos y con intensidades
que dejaron, en muchas ocasiones, lesiones y
mar-cas corporales, incluso desde el inicio de la unión
matrimonial, el embarazo y el nacimiento de la
des-cendencia (hijos o hijas).
“[…] yo me casé a los cuatro meses [de embarazo] y a los siete ya me estaba sacando la mierda. […] la primera vez que me pegó fue… yo estaba emba-razada de siete meses… del mayor… me empujó… me caí en el suelo y en el suelo me agarró a pata-das… […] y después me pedía perdón y lloraba y a la semana siguiente igual.” (Ana, 53 años)
“[…] después de un tiempito ya estaba feliz con la idea de ser papá, pero feliz por fuera, porque me golpeaba embarazada […] no sé cuál fue la primera vez. […] Horrible, se juergueaba, horrible. Me pegó embarazada, me pegó en la espalda, me hizo volar con la barriga gigante, un monstruo, una bestia. […] La que me pegó dando de lactar, también no sé qué cosa, y yo cantaba para que mi hijo no escucha-ra la voz de él, y yo le cantaba mientescucha-ras el tipo me pegaba contra la pared, porque no tengo respaldar en mi cama y me hacía así [simula golpes] contra la pared pa pa pa (sic).” (Beatriz, 48 años)
“[…] La cosa es que ya, ya empezó, me jaló los pe-los, estábamos en el carro. Me venía de Chorrilpe-los, entonces […] se armó la de San Quintín. Me jaló los pelos, entonces se paró y se bajó del carro. […] total es que me llevó a la casa y yo estaba temblan-do, le tenía terror. […]. Mi último hijo ya había nacido y era bebito. Él tiene problemas porque es producto de toda esa violencia terrible que hubo
cuando estuvo en la barriga, el primer año, todo ¿No?” (Cecilia, 50 años)
Además de la violencia física, los discursos
muestran diversas formas de violencia psicológica,
por ejemplo, en la “prohibición” de salir de casa, de
trabajar o de relacionarse con otras personas, pero
también con amenazas e insultos sistemáticos.
“[…] él no quería que yo salga, no quería que es-tudie, no quería que tenga amigas, no quería que hable con nadie, ni siquiera quería que vengan a visitarme. Por eso yo nunca celebré mi cumplea-ños, nunca. Él me decía que ya estábamos casados y que ya no íbamos a bailar. […] Me dijo: ‘te voy a llenar de hijos para que no salgas ni a la puerta’. Y así lo hizo.” (Ana, 53 años)
“[¿Qué inconvenientes tenía con tu profesión?] Con cualquier cosa que me llevara fuera de mi casa. Muy celoso y posesivo siempre. Absolutamente, él me anuló 1000%, en todo sentido. No me dejó avanzar como persona, ni como profesional.” (Ana, 53 años)
“[…] o sea, había violencia psicológica, como que yo pasé a ser emocionalmente dependiente de él, sí, es cierto. Él me decía: ‘yo no te amo, yo no te quiero’. Yo lloraba. Luego me acostumbré al ‘no te amo, no te quiero’, a que me diga eso. Yo seguía con él a pesar de todo, sí.” (Cecilia, 50 años)
Otra manifestación de violencia fue la
coac-ción ejercida a través del control económico. La
dis-tribución y administración del dinero dependía del
hombre y en pocas ocasiones ellas tenían libre
dis-posición y acceso a este.
“Yo no sabía ni cuánto gastaba en mi casa. Yo no más le pedía plata y él […] me daba. […] por ejem-plo, él iba conmigo a comprar el mercado o él iba solo. Generalmente él compraba todo para que yo no tuviera acceso al dinero. Nunca he tenido una tarjeta de crédito. Nunca tenía una tarjeta en el banco, nunca supe cuánto ganaba, nunca. [¿Y para tus cosas personales?] Tenía que pedirle hasta para la toalla higiénica. […] Él siempre me ha manipu-lado con la plata. Si nos peleábamos, ya cuando te-nía carro me quitaba la llave del carro. Así ha sido
siempre. […] Si yo necesitaba ropa, me daba […] ‘para que te vayas a comprar ropa’ me decía.” (Ana, 53 años)
ii) La tolerancia frente a la violencia en la
rela-ción de pareja
La familia y el entorno social de las mujeres
conocían de la situación de violencia constante,
pero (salvo en pocas ocasiones) no hubo una
inter-vención directa para frenar la violencia, o para
esta-blecer alguna medida de contención (tratamiento
o asistencia psicológica, acompañamiento para la
denuncia, etc.). En sus relatos, indican que al estar
casadas, el entorno asumía la violencia como un
asunto que “debía ser resuelto dentro de la pareja”.
“[…] yo me iba a la casa de mi mamá. No le contaba a nadie. Era como que mi orgullo me dolía más que lo supiera. […] Ya con los años… mi papá… mi papá me ha visto desmayada en el piso y no hizo ni mierda, eso es lo que más cólera me ha dado. Gritaba no más.” (Ana, 53 años)
“[¿Tu familia te apoyaba?] No… no, ni quería tam-poco. O sea, todos me decían ‘no renuncies’ [a tu matrimonio] y yo ‘no puedo más, no puedo más’ […] es todo un tema… porque es como… ‘tú te la has buscado’. No… no sé… no hablo de eso. A mi mamá sí, a mi mamá sí le contaría, pero a mis her-manas no porque es ‘como tú te lo buscaste’ […].” (Beatriz, 48 años)
“Entonces llamé a su primo [después de que la ha-bía maltratado] y primero dijo: ‘ah sí, pues… será’, como que yo era una loca que hablo, hablo y hablo sin pruebas. Me dolió en el alma ¿No? Entonces le dije: ‘disculpa [nombre del primo], yo pensé que eras alguien en quien podía confiar, pero creo que me equivoqué, disculpa. No te vuelvo a molestar’ le dije.” (Cecilia, 50 años)
El discurso sobre el matrimonio y la pareja
está atravesado por elementos asociados al
man-dato religioso (cristiano-católico) sobre la familia y
la maternidad [12], lo que marca la narración de las
mujeres sobre sus proyectos de vida.
“[…] Yo incluso, por la educación que tuve, tener otra pareja para mí era pecado. Yo le pedía a Dios
de rodillas perdón por tener otra pareja, convenci-da. Imagínate hasta dónde puede influir la religión negativamente, porque yo no creo que eso sea sa-ludable para nadie. O sea, ¿cómo puedes tú pen-sar que tienes que estar casada con un hombre de por vida que te saca la mierda, te trata de puta, que te maltrata psicológica, emocional, físicamente? ¿Qué religión es esa? ¿Qué justicia es esa?” (Ana, 53 años)
“Ni siquiera tenía capacidad de reaccionar. No. O sea, no sé cómo explicarte, fue como un túnel y por el tema de educación religiosa, no había posibili-dad de divorciarme. A pesar de todo eso me sepa-raba, yo me separaba más que nada con la finalidad de que él reaccione y cambie.” (Ana, 53 años)
Además, aparecen mandatos del discurso
mariano de feminidad [12], en los que las
entre-vistadas señalan que toleraron una relación
vio-lenta durante un tiempo prolongado. Los discursos
reflejan historias de vida de mujeres coaccionadas
no solo por la violencia que sus parejas ejercían en
su contra, sino también por mandatos sociales que
reproducían en sus discursos.
“No estaba muy bien con mi matrimonio y opté por apostar por mi familia. Un poco eso porque tenía la presión de mi esposo, que me sacaba en cara de que (sic), mientras que él [trabajaba] yo estaba hacien-do ‘mi teatrito’. Entonces un poco ‘ok, para que no tenga nada que decir’, dejé todo eso.” (Ana, 53 años) “Eso sí lo tenía claro, yo no iba a ser madre soltera, no porque… no, yo no me veo sola criando un hijo. Me muero, me da una depresión que me muero. […]. ‘Si vamos a tenerlo, tiene que ser, o sea, tiene que ser como tiene que venir un niño al mundo, vamos a tener que casarnos’ le dije. ‘Piénsalo’ le dije. […] Pero yo no me casé feliz, en el civil no me casé para nada feliz, yo sentía que iba al matadero.” (Cecilia, 50 años)
Con frecuencia, aparece un discurso en el que
ellas eran responsables por la violencia: en
ocasio-nes se culpan por haber incumplido con los
discur-sos de la maternidad y matrimonio (la crianza, la
cocina, etc.) y señalan esto como factores que
ori-ginaron la violencia.
“Ah sí, claro. Me la pintaba que era yo la que volvía loca a cualquiera, no sé qué. […] Yo no me la creía, era como que me la quería creer, como que… sí. ¿No? De repente soy una ladilla, pero en verdad era una cosa de locos.” (Beatriz, 48 años)
“Yo lo justificaba […] Me decía tantas cosas, ¡me ofendía tanto! Que ya pues, para mí era simple-mente contestarle. Creo que en algún momento agarré miedo porque ya empezó a haber violencia y por ahí cuando veía que ya era mucha la cosa me quedaba callada, ya cuando veía que me podía to-car, ya me callaba. Porque ‘no sigas, no sigas’ me decía, y me ponía la mano así, entonces yo ya me asustaba.” (Cecilia, 50 años)
“Mi hijito estaba durmiendo así que no quise hacer problema para que no se despertara. […] y yo abro la ventana para que se ventile un poco el cuarto y a los minutos se levanta como un orate […] y me agarró a golpes por abrir así la ventana […], y con el hijito ahí, que tenía un año. […] La comida… ¡Ay! Me tiraba la comida, los platos contra la pared. Me decía: ‘¿Qué? ¿Solo un huevo? ¿No sabes que yo como dos huevos fritos?’. Y el plato de comida en la pared.” (Beatriz, 48 años)
Aunque las mujeres manifiestan que en
algu-nas ocasiones intentaron alejarse de sus parejas,
esto no se concretó en parte debido al balance que
ellas mismas realizaban: tolerar la violencia /
rom-per el modelo de familia y cuidado de la
descen-dencia. El discurso muestra un ciclo que lleva de la
violencia al distanciamiento, una separación breve
y el regreso a la relación junto a la convivencia,
hasta reiniciar la violencia física y psicológica. Esto
se relaciona con la importancia discursiva de la
ins-titución familiar como un elemento que se
super-pone a la victimización violenta.
“[…] me había separado un montón de veces, ¿no? Yo me iba de la casa, lo botaba, me iba a la casa de mi mamá, pero siempre volvía porque él me rogaba y porque ya pues.” (Ana, 53 años)
“Él me hablaba mal y nos peleábamos cada vez. No sé, una semana y de ahí nunca más, todo maravi-lloso durante un montón de tiempo y de ahí […]. Luego él me buscaba, me pedía disculpas siempre.
Nunca lo busqué yo, siempre venía él y me rogaba, no sé qué, no sé cuánto. ¡Una bestia, una bestia, una bestia!” (Beatriz, 48 años)
“Él siempre iba a pedirme perdón, que él nunca me había levantado la mano. De repente alguna cosita por ahí, pero de ahí sí fue que me tiró delibera-damente una cachetada […] que él nunca lo iba a volver a hacer, que fue una locura, que no sé cuán-to, que lo perdone, patatín, patatán. Bueno pues, ya lo perdonaba porque además yo estaba con todos los rollos que tenía encima de todo […], del ne-gocio, de todo, que lo veíamos todo en conjunto, pues ¿no? Entonces esto… volvió y de ahí bien, pero después, al día siguiente, ya bacán, mis hijos felices que habíamos vuelto y luego se repetía todo.” (Cecilia, 50 años)
Si bien hubo denuncias por “violencia
domés-tica”, estas fueron retiradas o se solicitaba que la
denuncia solo quedara puesta sin que se citara al
agresor (o sin indicar su nombre), pues temían
repre-salias físicas (más violencia), económicas (no poder
disponer de los ingresos de su pareja) o la ruptura
definitiva del núcleo familiar. Sin embargo, no
con-signar el nombre del agresor hacía que la denuncia
no fuera tomada en cuenta para una investigación.
La denuncia no representaba una herramienta para
enfrentar la violencia. Era una acción que se
rea-lizaba por la recomendación de terceros y
acom-pañada de “la vergüenza que implica aceptar de
manera formal el maltrato.”
“[¿Alguna vez lo denunciaste?] Lo hice motivada por una amiga, no por mí, porque ella también lo había denunciado al marido. Para que tengas una idea, para cuando tenía yo doce años de casada, lo denuncié. ¡Esperé doce años para denunciarlo! Me senté en la Policía y me dijo: ‘Señora, ¿es la primera vez que su esposo le pega?’ Y yo: ‘No’. Me preguntó: ‘¿Cuántas veces le ha pegado?’ ‘Miles de veces’ ¡El policía casi me quería pegar a mí! ‘¿Y recién viene a denunciar?’ Creo que retiré la denuncia.” (Ana, 53 años)
“Puse como dos o tres denuncias antes de separar-me. […] entonces ya no me fui a la Comisaría a poner la de violencia física. […] [En una ong] una abogada me dijo: ‘Desde ahorita pon tu denuncia’
y yo: ‘¡No! Me va a llamar y me va a matar’, así que terminé poniendo la denuncia, pero pidiendo que no lo citen. ‘Que quede sentado pero que no lo ci-ten por favor’, porque si se entera me mata.” (Bea-triz, 48 años)
“No me acuerdo si lo denuncié por la cachetada, porque tenía la cara marcada. No me acuerdo, pero también tenía vergüenza. Creo que retiré la denuncia y, bueno, fuimos a terapia, hice de todo por salvar el matrimonio pero no, bien mentiroso, sacavueltero [infiel]. Olvídate. No me quería, no me quería.” (Cecilia, 50 años)
También se hace explícita la relevancia de la
dependencia económica como un elemento que
hacía difícil una separación prolongada.
“[…] muy difícil ya estando casada… por necesi-dad también. No, era muy complicado al no tener yo un trabajo. Si hubiera podido tener plata para mis hijos, carajo, me alquilaba un departamento y me largaba, ¿no?” (Ana, 53 años)
“[…] Entonces ahí se me abrieron los ojos y me di cuenta que (sic) me sacaba la vuelta. […] Hasta el estómago se me soltó esa noche […] y al día si-guiente tenía que viajar […] y yo decía: ‘¿Qué hago? Si lo mando al diablo ahora, ¿cómo hago?’ Pensa-ba.” (Cecilia, 50 años)
En ciertos pasajes de los discursos, la
separa-ción de la pareja violenta aparece como “asumir el
fracaso” del proyecto de vida familiar. Este es un
elemento (un discurso sacrificial) a través del que
se justifica la tolerancia a la violencia.
“Yo me fui de la casa varias veces y quería divorciar-me, pero yo en el fondo sabía que no lo iba a hacer, porque yo, no sé cómo llamarlo, sí me moría por él o estaba enferma, o estaba loca, pero no… sabía que no quería en el fondo separarme. Lo hacía por la situación extrema, pero no en realidad porque hubiera querido separarme. […] lo que pasa es que cuando estás inmersa en el tema, no te das cuenta de la dimensión del problema […] y además no te quieres dar cuenta, no aceptas. Porque es también
aceptar un fracaso.” (Ana, 53 años, las cursivas son nuestras)
“[…] me encantaba la idea de tener mi hogar, mi matrimonio, mi esposo, mis hijos, qué lindo, ¿no? Me gustaba la idea […] No me separé antes porque me sentía sola, tenía terror, tenía miedo. […] ¿Qué va a ser de mí? ¿Quién va a ver por mí? ¿Qué voy a hacer yo sola en el mundo? […] No tengo familia cercana y mis hermanos nunca han demostrado ser muy unidos, ¿no? Entonces… no tengo a nadie, ¿no? […]. No importa, a cualquier precio quieres mantener a esa persona a tu lado, a cualquier pre-cio.” (Cecilia, 50 años)
iii) La ruptura de la relación de pareja y el final
del ciclo de violencia
En los tres casos, el final del periodo de
violen-cia está directamente asoviolen-ciado al final de la relación
de pareja y a la separación física definitiva. El
dis-curso sobre la separación, a su vez, aparece
narra-tivamente asociado a tres factores: i) la infidelidad
de la pareja, ii) la intensificación y recurrencia de la
violencia (amenazas de muerte) y iii) la posibilidad
de violencia física contra la descendencia.
La infidelidad aparece como una constante
en el discurso a lo largo de la relación y si bien
está ligada a la separación definitiva, fue tolerada
muchas veces antes.
“[…] Yo acabé mi matrimonio por una infidelidad. ¿Yo voy a estar al otro lado de la orilla? ¡Ni hablar! […] Cuando descubrí que me sacó la vuelta fui y le saqué la mierda […] le pegué a él y a la secretaria con que me sacó la vuelta […] Le tiré una cache-tada simplemente. Le dije a ella: ‘¿Desde cuándo te acuestas con mi marido?’, ‘No señora’, ‘Puta de mierda’ pum, pum, le di. Ahora me río, pero fue terrible. Lo descubrí por el teléfono, por el celular, que le decía mi amor, me pones así cada vez que en-tras. Imagínate, casi me desmayo.” (Ana, 53 años) “[…] me han contado que cuando se fue a Hawái con la mamá, yéndome a buscar a mí que me había ido a comprar ropa a Bali, este… se tiró a la espo-sa de un comerciante legendario hawaiano que lo alojó en su casa, y se tiró a la esposa francesa, por
ejemplo, todo el mundo lo sabe, yo no lo sabía.” (Beatriz, 48 años)
“[…] encontré las cartas de amor que le mandaba una de Chiclayo que le mandaba una. Huy, casi me muero, le saqué fotocopia […] y me las guardé. […] Llegó todo pues así… le dije: ‘¿Sabes qué? Quiero hablar contigo’. ‘¿Qué?’, me dijo, pero todo así y le dije: ‘¿Sabes qué? Hoy todo se acaba, hoy se termi-na. Te quise, te amaba, te adoraba, quería envejecer contigo, pero hoy día se acabó’. ‘¿Qué? ¿Por qué? Seguro que piensas que te saco la vuelta. ¡Tú es-tás loca! ¿Entiendes? ¡Tú tienes que ir a psiquiatra! Porque tú estás mal de la cabeza. ¡Tú estás mal! Te patina. ¡Tú estás loca, todo ves mujeres!’. ‘Un rati-to’, le dije. Voy al baño y regreso con la carta más candorosa de amor. Leí la carta y él se iba haciendo chiquito, empezaba a llorar, a darle patatús y todo. […] Lloré, morí literalmente, […] lo único que ha-cía era fumar, tomar agua y llorar. Bajé creo que 15 kilos en un mes. Y… ya pues, morí, morí. Después me decía ‘¿Por qué averigüé? Mejor no me hubiera enterado’. Después decía: ‘No, no, no’, sí mejor que me enteré porque si no, qué sería después, todo lo que me estaría pisoteando y todo lo que me diría, todo lo que me haría.” (Cecilia, 50 años)
Se justifica también la separación definitiva
asociándola al incremento en intensidad y cantidad
de hechos violentos (una “violencia desbordada”),
lo cual las afectaba directamente y repercutía sobre
su descendencia.
“[…] Ya era amenazas de muerte, de matarme, de matar al niño. O sea yo ya no podía más, no sabes el pánico que tenía, me decía que me iba a tirar agua hirviendo en la cara, peor yo decía ‘¿Cómo la hago?’ […] Me pude haber ido a Madrid e intentar.” (Beatriz, 48 años)
“Me perseguía por las calles para atropellarme, se subía a la vereda para… o sea, subía el carro en la mitad, en la carretera aceleraba a 150 […] y se salía a propósito de la pista para asustarme. Yo no po-día tirarme del carro porque estaba a 150, pánico, o sea, no sabes […]. Yo les decía a mis amigas: ‘O lo atropella un camión o me suicido’. Ya no podía más, pero no les decía qué pasaba.” (Beatriz, 48 años)
“[…] yo hacía un rewind de todo lo que había he-cho yo, o sea, olvídate, era un infierno. Yo decía ‘de repente le molestó esto, mejor no le digo esto’ si yo quería ir a un sitio. ¡Dios! Yo no le decía, pensaba ‘mejor no le digo ahorita porque está asado [en-fadado], mejor no’, me paseaba, me daba vueltas frente al teléfono para decirle, le digo, no le digo, ¿querrá ir?, ¿no querrá ir? Dios mío, por favor. Y un día ¿sabes cuándo reaccioné? Cuando vi a mi hijo hacer lo mismo, quería pedirle permiso a su papá para ir a una fiesta cuando tenía 14 o 15 años y mi hijo nerviosísimo, o sea yo me vi reflejada en mi hijo. Claro, había aprendido el esquema.” (Ana, 53 años)
El discurso sugiere que la violencia es tolerada
cuando es ejercida contra ellas, pero no cuando lo
es sobre sus hijos e hijas. La preocupación por la
descendencia y la importancia que se le otorga a la
reproducción de la institución familiar parecen ser
elementos que, en el discurso, se anteponen al
pro-pio bienestar físico y emocional.
“Yo terca todos los días volvía y lloraba durante un año. Hasta que el psicólogo me dijo: ‘¿Sabe qué? ¿Quiere que sus hijas repitan y se casen con un hombre como el suyo?’. Y yo: ‘No’. ‘Entonces tiene que hacer algo’. Ahí recién reacciono, por mis hijas, no por mí. No era tanto por mí.” (Ana, 53 años) “Mi hijo era lo único que me mantenía a flote, di-gamos, he tenido más de 18 juicios con esto, todo mi sueldo se me iba en mantener a mi hijo […]. He gastado más de 20.000 dólares en abogados, tratando de protegerlo. Se lo llevaba tres veces por semana y encima no lo devolvía, entonces me la pasaba en la Comisaría años, toda mi vida me la he pasado en la Comisaría.” (Beatriz, 48 años) “[…] y me fui donde mi hermana escondida, más de tres días grabé [lo que él hacía], ese día hice una maletita así chiquitita, […] y le dije a la nana de esa época: ‘Si sigue gritando mucho rato, tú caminas y te haces la que te vas al parque y te vas donde mi hermana y no regresas’. Con el bebé y con la mochilita que la había puesto no sé dónde o la ha-bía escondido con pañales, con cuatro cositas para que no viera, para que no pareciera que se estaba
yendo de verdad, sino que estaba yendo a pasear al parque.” (Beatriz, 48 años)
Lo relevante es que i) los relatos sobre las
infi-delidades, ii) el aumento de la intensidad de la
violencia y iii) el temor a que los hijos sean
victi-mizados aparecen en muchos momentos de la
rela-ción (antes del matrimonio, durante el embarazo, al
inicio de la maternidad, etc.). No aparecen como un
evento nuevo hacia el final del periodo de relación
de pareja (a pesar de que en el discurso se asocien a
este como detonante). Estos factores podrían
repre-sentar un arreglo discursivo que está matizado por
otro elemento: la importancia del núcleo familiar
como una unidad que debe ser cuidada.
Así, la infidelidad y la gravedad de la
violen-cia son elementos reiterativos, que aparecen en
muchos episodios y durante periodos
prolonga-dos. Pero resultan elementos asociados a la
sepa-ración definitiva solo cuando “la importancia del
cuidado del nucleo familiar” se ha difuminado
debido al aumento de la intensidad de la violencia
o porque la descendencia tiene ya la edad suficiente
para darse cuenta de los hechos, para denunciar, o
cuando hacen explícito su malestar.
Discusión
Primero. Los datos recogidos en las historias de
vida de las tres mujeres ratifican elementos de la
literatura precedente: i) la violencia en las parejas
heterosexuales (de varones contra mujeres)
mues-tra evidencia de diferentes formas de
victimiza-ción: violencia física, psicológica, económica, etc.
[7, 9, 42]; ii) la violencia aparece en periodos
pro-longados (victimización crónica) [3, 75-77], en un
ciclo reiterativo [8], en varias etapas de la relación
[2]; iii) como indica la literatura en criminología
y victimología del desarrollo [78], la victimización
puede aparecer con intensidades y formas
diferen-tes en varias etapas de la vida de la víctima [79];
y iv) hay evidencia relevante de que la violencia se
reconoce, pero se tolera.
La violencia es un elemento que produce dolor
físico reconocible en las víctimas, malestar [75]
y/o temor [9]. En los casos estudiados, las
muje-res reconocen la experiencia de dolor físico y temor
a la violencia en varios pasajes de su vida, y como
un elemento negativo que produce malestar. Pero
también se manifiestan diversas formas de
toleran-cia de la violentoleran-cia [3].
Aquello permite dos elementos de discusión.
Por un lado, es relevante discutir respecto a la idea
de la “naturalización de la violencia” [1, 11, 43]. ¿Es
posible pensar en la naturalización de la violencia
en la mayor parte de los casos de violencia contra
las mujeres? ¿La naturalización de la violencia es
un fenómeno extendido o se limita a ciertos
con-textos de dominación y sumisión? En los casos que
hemos estudiado, hay datos de múltiples hechos de
victimización, y si bien hay elementos que
permi-ten pensar en diferentes mecanismos para tolerar
la violencia, no aparece claramente como un
ele-mento “naturalizado” [11] o un “habitus” [80]. Esto
sugiere discutir en muestras amplias aquellos casos
en que hay “naturalización de la violencia” y
aque-llos casos en los que hay “tolerancia.”
Por otro lado, los datos sugieren
polivictimi-zación (victimipolivictimi-zación múltiple). Esto podría
suge-rir que, de manera semejante a la victimización en
la infancia y la adolescencia [81], la experiencia de
victimización múltiple es un fenómeno extendido
entre las víctimas de violencia conyugal. Esto
per-mitiría estudiar la presencia de patrones de
victi-mización [82] o si hay secuencias de intensidad en
la victimización (además del ciclo de violencia) [8].
Segundo.
Los tres casos muestran largos
perio-dos de violencia, lo que permite perio-dos preguntas. i)
¿Por qué se tolera la violencia durante la relación
de pareja? Los discursos de las mujeres indican que
la toleran por razones que ratifican resultados
ante-riores en otros estratos económicos: la importancia
del discurso de la familia heterosexual biparental
[11], el discurso sobre la maternidad [18], el
dis-curso religioso [11], la vergüenza [1], temor a
repre-salias contra sí mismas o contra la descendencia [9],
la dependencia económica [12], etc.
Las mujeres señalan que estuvieron
dispues-tas a tolerar la violencia por la disposición de la
manutención de la familia y la protección de la
descendencia.
En el discurso no es la pareja lo más
importante, sino la familia como un relato social y
la descendencia como su núcleo. Mantenerse en la
relación violenta es parte del esfuerzo por mantener
y reproducir la institución familiar
.
ii) ¿Por qué la violencia deja de tolerarse? El
discurso sobre la “infidelidad” parece no ser
sufi-ciente, pues aquella fue tolerada durante muchas
etapas de la relación. Los episodios de violencia
(incluso hechos con lesiones graves) también se
declaran en varias etapas. ¿Por qué estos elementos
aparecen en la trama discursiva como detonantes
de la separación? Una posible respuesta está en que
hay un arreglo discursivo, que responde a un
cam-bio en la dinámica cotidiana del cuidado de la
des-cendencia. En el discurso de las mujeres, los hijos e
hijas crecen y “empiezan a darse cuenta” de la
vio-lencia cotidiana, lo que les afecta directamente. Se
trata entonces de un
arreglo discursivo
en el que la
violencia y la infidelidad dejan de tolerarse porque
ya no es posible ejercer mecanismos de protección
sobre la descendencia y la estructura familiar.
Tercero. La separación física definitiva y el
arreglo discursivo identificado no han implicado
la supresión de un discurso patriarcal [13] o el
rechazo del modelo familista [15]. Los elementos
patriarcales no desaparecen de sus discursos, pero
sí se produce un arreglo discursivo para separar el
relato familista de la violencia: se reconoce
discur-sivamente la violencia como un elemento negativo,
en tanto que quiebra la familia y tiene
consecuen-cias físicas y psicológicas negativas.
Cuarto. Los discursos de las tres mujeres
no presentan diferencias importantes respecto a
resultados de investigación en otros sectores
eco-nómicos. La literatura precedente muestra que la
tolerancia de la violencia en la pareja [11], los ciclos
de violencia [8] y los discursos patriarcales y
fami-listas [83] son frecuentes en sectores económicos
medios y bajos [37, 77, 84-86], en diferentes partes
del mundo [1]. Y aun cuando la investigación sobre
la violencia de género, la violencia sexual y la
vio-lencia en la pareja en sectores económicos medios
y altos es todavía escasa, la exploración sugiere que
podría haber más elementos comunes que
dife-rencias respecto a los sectores de escasos recursos
económicos.
¿Es determinante el estrato económico en la
forma en que aparece la violencia en la pareja y
sus discursos? Si bien es coherente pensar que el
estrato económico puede ser una variable asociada
a una menor probabilidad de la violencia (debido a
la relación entre estrato económico y nivel
educa-tivo, acceso a servicios, etc.) [37], un mayor ingreso
monetario o un estrato económico más alto, no
es directamente un inhibidor de la violencia o
una variable determinante para explicarla. Esto
refuerza, como ha sugerido la amplia literatura
vic-timológica y criminológica [76-79, 86, 87], analizar
elementos transversales al estrato socioeconómico
para estudiar la etiología del fenómeno que podría
provenir de factores estructurales [1] y estudiar
ele-mentos situacionales [88], aún poco investigados,
los cuales podrían dar una clave más precisa para
comprender el fenómeno.
Conclusiones
Los casos estudiados ratifican resultados
prece-dentes en varias partes del mundo: la evidencia de
violencia física, psicológica y económica
manifes-tada en un periodo amplio y cíclico. Las entrevistas
muestran un amplio periodo de tolerancia a la
vio-lencia por parte de las víctimas y su entorno social.
La violencia es reconocida como una manifestación
negativa, dañina y dolorosa y se tolera por el temor
a represalias (físicas, psicológicas y económicas) de
la pareja, como por la ausencia de redes y
mecanis-mos de soporte a las víctimas. La tolerancia aparece
asociada a un discurso mariano de la feminidad, el
matrimonio, la maternidad y la familia tradicional,
y esta última aparece vinculada a formas de
domi-nación de género y a una estructura patriarcal en la
composición de la pareja.
La violencia deja de ser tolerada cuando las
mujeres identifican un tipo de afectación
nega-tiva en la descendencia, lo que permite un
arre-glo discursivo para asociar la ruptura de la relación
de pareja y el ciclo de violencia. Los tres casos de
mujeres de sectores económicos altos no muestran
diferencias relevantes en la estructura narrativa,
en los hechos sobre la violencia, en los discursos
sobre la tolerancia o en las razones de finalización
del periodo de violencia, con respecto a la literatura
sobre sectores socioeconómicos medios o bajos.
Esto permite aportar al argumento que discute la
relevancia del estrato económico como una
varia-ble explicativa de la violencia en la pareja, y permite
pensar no solo las diferencias de la violencia entre
sectores económicos, sino también los varios
ele-mentos comunes.
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