Cat D’Arossi
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Título Original: La hija del Conde
© Cat D'Arossi 2013
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Para Begoña, que siempre está, incluso en la distancia.
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C
apítulo
I
Dos o tres veces te habré amado, antes de conocer tu rostro o tu nombre. Así, en una voz. Así, en una llama deforme…
“Aire y ángeles”, John Donne. Publicado en 1633.
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l rebotar de las ruedas de los coches al hacer fricción con el concreto de la calle era algo a lo que hace mucho me había acostumbrado. Nuestro hotel estaba situado en el barrio más prestigioso de Londres, recibíamos cientos de huéspedes cada semana y yo, la hija del dueño, estaba obligada a ver la entrada y salida de extraños como algo natural. Ahora que medito al respecto, sin embargo, me doy cuenta de que nunca lo fue.
Pasar gran parte de mis largos ratos leyendo junto a la ventana era, en mi condición de joven solitaria, una de las formas más exquisitas de invertir el tiempo, sobre todo en primavera. Durante el invierno, ciertamente, disfrutaba más de mis libros paseándome por el hotel e invadiendo habitaciones que en cualquier otra época del año habrían estado ocupadas, pero el caso es que en primavera solíamos recibir huéspedes extremadamente importantes. Era habitual, por ejemplo, que interrumpiese el último párrafo de una página para asomarme por la ventana y ver entrar al Barón de Lunn o, en ocasiones, a algún caballero encapuchado que sólo luego de varios días lograba identificar como un miembro del Parlamento.
He dicho que los huéspedes importantes eran comunes en primavera, pero quedan excluidos los visitantes. Estos arribaban con tal espontaneidad que mi lectura se veía truncada por un incipiente estado de excitación. Y es que los huéspedes y los visitantes despertaban, en mí, emociones muy distintas; mientras que los primeros llegaban para marcharse en cuestión de días sin decir nada, los segundos me sacaban, aunque por poco tiempo, de mi largo y deprimente abandono.
Así, pues, había entre ellos uno que me era imposible no asociar con grandes acontecimientos y, esa mañana, no me equivoqué.
- ¡Buenos días, señor Crowley!
El pequeño y regordete hombre se dio la vuelta con rapidez, denotando —su gesto mal fingido— una sensación de pánico ante mi presencia.
- ¡Ah! ¡Señorita Jane! —exclamó, aparentando normalidad—. La creí… sumergida en sus libros.
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- Lo estaba —confirmé, enseguida—. Pero lo vi llegar.
Crowley, forzando una sonrisa que ante mi agilidad se mostró como lo que era —una sonrisa forzada— dio media vuelta sutilmente y, en un intento por maquillar su escape, dijo:
- Bien sabe que no hay cosa que me atrape más que una plática extendida con usted, pero hoy tengo los minutos contados. Espero sepa disculparme…
Aquella actitud esquiva no era nada usual en un hombre tan conversador y accesible como el señor Crowley. Me atreví a especular, llegué a la idea de que fuese cual fuese el motivo de su visita, si tenía que ocultarlo incluso de mí, era un tema delicado. La cuestión es que los libros, y me declaro inocente, habían desencadenado en mí una incontenible, insaciable e inescrupulosa obsesión por los temas delicados.
- Debo suponer que se dirige a la oficina de mi padre.
- Supone bien —contestó, apurando el paso como si realmente creyera posible perderme de vista en mi propio hotel.
- Lo acompaño. - ¡Oh, no es necesario!
Apreté el ritmo para evitar que la distancia entre sus pies y los míos se prolongara, gesto que el buen hombre no omitió, basándome en una mirada lanzada con el rabillo de su ojo derecho.
- Insisto en negarme a robar su tiempo —dijo, y su nerviosismo se hizo evidente—. Ha de tener muchas cosas que leer.
- No se preocupe, señor Crowley. Las palabras de los libros no se borran, por eso son más confiables que las personas.
Una carcajada seca se filtró por sus labios, resonando en el vestíbulo.
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Y, en ese momento, la frescura contenida en su voz me hizo saber que había bajado la guardia, así que tomé la osada iniciativa de preguntar:
- ¿Recibiremos algún huésped importante estos días?
Mi frase, tanto por su naturaleza inquisitiva como por el tono imponente, transformó la sonrisa dibujada en su boca en una mueca torcida.
- Creo que todos sus huéspedes son importantes, ¿no le parece?
Estiré el cuello, haciendo lo posible por captar una porción de su gesto, pero estando detrás de él se me hizo una tarea irrealizable.
- Un político, tal vez. O una celebridad —insistí, ejerciendo presión.
- Esperemos que así sea —fue su respuesta, al tiempo que nos adentrábamos en el corredor que da a la oficina de mi padre.
En este punto, admito, mi curiosidad rebasaba los límites de la decencia y, de no haber sido una dama, de no haberse tratado de un buen amigo como el señor Crowley, puede que de no haber ocurrido todo aquello en la zona más concurrida del edificio, lo habría sujetado por un brazo impidiéndole avanzar hasta que me fuese revelado eso que —de alguna forma— yo sabía que ocultaba.
No obstante, para entender el origen de mis sospechas es imprescindible que me tome uno o dos párrafos para hablarles sobre el señor Crowley. En relación a él, debo decir lo siguiente: Primero, su nombre de pila es Timothy, pero no conozco a nadie —salvo mi padre— que lo llame así.
Segundo, es un caballero de gran intelecto y conducta irreprochable. Algunos dicen que no hay, en toda Inglaterra, un mejor abogado.
Tercero —y he aquí la raíz del asunto— el señor Crowley fue consultor del ex primer ministro, por lo que no hay miembro de la nobleza o gobierno con quien no haya tratado o, al menos, coincidido en eventos de gran relevancia.
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Sería de una ingratitud imperdonable no decir que nuestros huéspedes más renombrados fueron referidos por el señor Crowley y su diligente labia. Sin embargo, nunca, ni con el Barón de Lunn, ni con el Conde de Essex, ni siquiera con el Duque de Cambridge se había actuado ante mí con tan insípida reserva. Y, a tales comparaciones, era inevitable que una pregunta hiciera eco en mi cabeza a medida que la puerta de la oficina de mi padre se abría:
“¿Por qué tanto misterio?”
- ¡Timothy! —soltó en un exclamo jovial, levantándose del escritorio.
- Buenos días, Thomas —respondió el señor Crowley, entregándose a uno de esos abrazos que son habituales entre caballeros íntimos.
- No te esperaba de vuelta tan pronto. ¿Acaso Huntington no ha sido lo que esperabas?
El señor Crowley no dijo nada, pero la mirada sagaz con la que inmediatamente fui abordada por mi padre sugirió algo que no tardó en ser confirmado por el apacible aunque firme tono de su voz:
- Jane, querida, déjanos solos.
Fruncí levemente los labios…
- Sí, padre.
… y abandoné la oficina exhalando decepción.
Con los años, había aprendido dos cosas de incalculable importancia. La primera de ellas, pienso, es común en todos los hijos de bien; se llama sometimiento a la voluntad paterna, y no consiste en otra cosa más que… someterse.
La segunda —y esto es algo que aún hoy no sé si catalogar como bueno o malo— tiene que ver con el grosor de las puertas. Dos pulgadas de madera de roble: suficiente para que el de afuera no escuche si el de adentro no lo desea.
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Las manos humedecidas, el pecho oprimido, mi sombra moviéndose de un lado a otro de la habitación… No conocí la angustia sino hasta esa mañana.
Diría que me traicionó mi ansiedad, mi ensimismamiento. De no haber estado tan ocupada generando ideas, bajo llave, en mi dormitorio, probablemente me habría percatado de que el señor Crowley y mi padre no sostuvieron una plática de más de veinte minutos.
Hoy, en mis ratos libres, alimento la hipótesis de que mientras yo daba vueltas en círculo como una desvariada ellos concluían su reunión. Mientras yo, tumbada boca arriba sobre la cama, buscaba inútilmente pistas en el techo, mi padre acompañaba a Crowley hasta el vestíbulo... Todo esto no quiere sino decir que, contando a partir del primer segundo en que volví a entrar a la oficina de mi padre, desoxigenada, pidiendo información, él hacía dos horas y media que había apartado el asunto de su cabeza.
- Tienes mala cara. ¿Te encuentras bien? - ¿Quién es, padre? ¿A quién recibiremos?
Pregunté, en una crisis de ansiedad que, lejos de preocuparlo, le hizo gracia.
- Respira, cariño. No queremos que se te funda el cerebro… - Dime su nombre, al menos.
- Eso tendrás que preguntárselo tú misma.
Lo miré absorta, confusa y ciertamente ofendida. ¿En qué momento había perdido el derecho a saber quiénes eran nuestros huéspedes? ¿Desde cuándo era preciso ocultarme las cosas? No pude contener la indignación y, aunque su semblante reflejaba una inmutable pasividad, lo ataqué bruscamente diciendo:
- ¿Acaso no confías en mí?
Una sonrisa dulce se dibujó en su rostro acentuando las arrugas de sus mejillas. Entonces, giró la silla de su escritorio, se puso de pie estirando bien las rodillas, se acercó a mí y tomó mi mano entra las suyas, cubriéndola por completo bajo sus dedos.
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- Querida Jane, por supuesto que confío en ti…
Respondió, acariciando mi muñeca con ternura.
- … pero ella no.
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C
apítulo
II
Mi amor es como una rosa, rosa roja que en junio floreció;
Mi amor es como una melodía tocada con primor.
“Una rosa, rosa roja”, Robert Burns. Publicado en 1919
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ermítanme que les hable de nuestro hotel.
Para empezar, es falsa la impresión de que por vivir en el sitio no gozábamos de intimidad, al contrario, no había en todo el edificio quien tuviera más intimidad que mi padre y yo. Esto porque, lejos de ocupar cualquier habitación, residíamos en el último piso sin depender de servicios externos, aunque sí de servidoras.
Susan Boyd era una de ellas, subía los martes y viernes, quitaba el polvorín —que nunca era mucho— y volvía a bajar. De la cocina se encargaba Felicia Wright, una mujer ya entrada en los sesenta pero de una calidez y buen trato inigualables. Era usual, por ejemplo, que se dirigiera a mí como quien lo hace a una niña pequeña, a pesar de mis veinte años.
Queda establecido, por tanto, que nuestra privacidad era envidiable; pero también lo era nuestra soledad. Restando la una o dos horas al día que Felicia invertía en la cocina y las cuatro o cinco semanales en que Susan limpiaba de rincón a rincón, el resultado es que la mayor parte del tiempo sólo nos teníamos el uno al otro. Desde luego, el trabajo de mi padre consumía toda su atención, lo cual que explica mi cotidiano aislamiento y mi entrega a la lectura...
Pero no quiero ser de esos narradores que de vuelta en vuelta acaban por no decir nada, así que a partir de este momento procuraré contarles lo que pasó sin irme por las ramas.
Y es aquí donde comienza, realmente, mi historia: en una tranquila noche de mayo, con la luna en cuarto creciente y un pajarillo del que no sé nada —porque no sé nada de aves— reposado en el balcón.
¿Qué luz es esa que se asoma por la ventana? ¡Ah! ¡Es el Oriente y Julieta es mi Sol! Amanece tú, Sol… mata a la envidiosa Luna que siempre está enferma y por eso vive pálida de dolor, al ver que tú, doncella, en belleza la aventajas… ¡Es ella, sí… es ella!… ¡Ay!… ¡Es mi amor! Si supiera que estoy aquí… Habla y no dice nada… pero qué importa: veo que hablan sus ojos y son a ellos a los que les voy a responder… Dos estrellas del cielo entre las más hermosas han rogado a sus ojos que, en su ausencia, brillen en las esferas hasta su regreso… ¡Ah!, ¡si habitaran su rostro las estrellas!, el brillo de sus mejillas podría sonrojar a las estrellas, como si fuese la luz del día que nos ilumina como si fuera una lámpara. Entonces, sus ojos en el cielo alumbrarían tanto los caminos del aire que…
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- Por aquí, por favor.
Un murmullo repentino proveniente del corredor me sacó de entre líneas súbitamente.
“Algún huésped busca a mi padre” —pensé, pero al levantar la mirada y encontrarme con el
reloj de la pared concluí que nadie tendría la vergüenza, o desvergüenza, de llamar a la puerta pasada la medianoche.
Un azote de inquietud se apoderó de mí al instante. Dejé el libro envuelto en sábanas y bajé de la cama sigilosamente, caminando de puntillas hasta la puerta.
- ¿Es todo su equipaje?
- Sí. Muchas gracias, señor Watson – Creek.
Aquella voz… Aquella voz era suave, delicada como la brisa que agita las copas de los árboles en el amanecer menos inquieto. No la conocía… no creía conocerla… pero aun así el corazón me dio un brinco salvaje, una sacudida voraz que me robó una bocanada de aire obligándome a apoyar el cuerpo contra el madero, desoxigenada.
Lo supe, supe enseguida que el secreto de Crowley estaba a metro y medio de mi habitación. ¡A dos segundos de un simple movimiento!
Me humedecí los labios remordiéndolos con ansiedad… Debía averiguarlo, ¡tenía que saber de quién se trataba o mi pecho estallaría!
Coloqué la mano en la cerradura, exhalé… y giré de ella, saliendo al corredor.
- Este es su dormitorio, señorita. Por favor, hágame saber si se le ofrece algo…
Ni a una tarde de otoño se parecía su cabello. Había más rojo en ella que en el cielo de veinte ocasos, y más fuego en su fuego que en los ojos del sol. “¿Quién es?” —pensaba, y quería moverme, pero el azul claro de su mirada retenía mi voluntad. Esa mirada, esa luz… eran dos gotas de cielo aprisionadas en cristal, o dos cristales envueltos en un trozo de cielo.
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Como si mi aparición fuese comparada a un látigo agitado en el aire, retrocedió, y el tenue rosa de su piel se volvió claro… blanco… pálido. La creí desfallecida, pero se mantuvo en pie… encandilándome como encandila a un gorrión el primer rayo del alba.
- No se preocupe. Es mi hija, Jane.
Fue la explicación de papá, a la que acompañó su mano haciendo amague de posarse en la espalda de la joven, como si no estuviera seguro de tomarse tal atrevimiento y, al final, hubiese preferido no hacerlo.
- Entiendo —dijo ella, y su angustia pareció disiparse—. Buenas noches.
Una leve sonrisa, más de cortesía que de otra cosa, se bosquejó entre sus pequeños y delgados labios.
- Buenas noches…
Respondí, y, acto seguido, la cintura de mi padre dio un giro más veloz de lo que su anciano cuerpo, normalmente, era capaz de ejecutar. Con una mano abrió la puerta de la habitación contigua a la mía, siempre desocupada por la ausencia de mi hermano Walter, y extendió la otra señalando:
- Es muy tarde. Será mejor que descanse.
Omitiendo cualquier posible comentario hacia mí, la extraña huéspeda entró al dormitorio dejándome a solas con mi sospechoso padre quien —en otro movimiento inusualmente habilidoso y fingiendo no estar anuente de mi asombro— se agachó para tomar dos valijas de cuero marrón.
Una… cuatro… cinco preguntas estuvieron a punto de desbordarse de mi boca, pero todas se vieron ahogadas por una sola palabra suya:
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- Mañana.
Susurró, y siguió a la dama hasta el interior de la alcoba mostrando muy poca consideración por mi salud mental.
Mentiría con descaro si dijera que pude conciliar el sueño esa noche, o si negara que tres o cuatro veces intenté captar algún sonido de la habitación de al lado pegándome a la pared. Y digo “intenté” porque aquello fue un rotundo fracaso; si el grosor de las puertas no ayudaba para tales fines, el grosor de las paredes tampoco.
¡Ah! ¡Esa noche! No hubo rincón donde, al mirar entre sombras, no hallase su rostro como quien halla la luna en el cielo más negro. Me perdí recordando su imagen una, y otra, y otra vez, obsesionada con la idea de adivinar quién era... pero los segundos se volvieron minutos y, los minutos, horas que no me alcanzaron —si quiera— para imaginar su nombre.
Así que poco antes de que el amanecer inundara mi dormitorio de esquina a esquina, la fatiga doblegó mi obstinación y caí en un sueño profundo cuyo contenido, al sol de hoy, no consigo rememorar.
Lo que escuché, al principio, fueron seis o siete hachazos dándole a un trozo de leña. Segundos más tarde, habiendo recobrado plenamente la consciencia, descubrí que no había tal hacha y que ese golpe seco no era sino un puño pesado llamando a mi puerta.
Aún adormecida, me liberé de las sábanas y me tambaleé hasta el cerrojo. Uno que otro hilo de luz escabullido entre las cortinas me anunció la mañana.
“Mañana” —repetí… y supe quién aguardaba de pie en el umbral.
- No has dormido bien —dijo, y aunque sonó desenfadado entendí que era una reprimenda—. Bajo a la oficina. Toma un baño y luego desayuna, te he dejado algo en la cocina que, por cierto, he preparado yo mismo, ya que no podremos contar con los servicios de la señora Wright por un tiempo. Y tampoco esperes a Susan.
Lo miré expectante, sin atreverme a pestañear por miedo a que huyera sin decir lo que tanto deseaba escuchar. Sin embargo, tampoco me fue posible ignorar sus palabras y, aunque me vi tentada a indagar al respecto, decidí contenerme… debía contenerme.
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De pronto, la frente de mi padre se arrugó y sus pupilas marrones se empequeñecieron, gesto que usó para observarme ininterrumpidamente durante largo rato. No lucía enojado —este era un humor poco o nada frecuente en él— sino más bien agobiado por las circunstancias.
- Jane —murmuró, con seriedad—. El gato murió por ser demasiado curioso. ¿Lo sabes, verdad?
Tragué saliva.
- Sí, padre.
Asintió levemente. Pensó. Y dijo:
- Creo que deberías dejar esos cuentos de Sherlock Holmes. A la larga, no son buenos para tu salud.
En un esfuerzo que se escapa al entendimiento humano, apreté los dientes para evitar que una sonrisa de diversión machacara la seriedad de su comentario. Pude haber respondido, es cierto, pero temí que al hacerlo dejara salir una carcajada que ofendiera su virtud.
- Te pido, por favor, que no la interrogues —murmuró, de pronto—. De cualquier forma, no te dirá nada. Lo que debas saber, lo sabrás cuando vuelva y sea yo quien te lo explique.
Se acercó para darme un beso en la frente. Luego, sin más, se alejó por el corredor camino a la puerta principal.
Volteé la cabeza hacia al cuarto de al lado. Fácilmente podría haber salido despedida, tocar tres veces, esperar el movimiento de la madera e indagar: “¿Quién eres?”.
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C
apítulo
III
El rostro del mundo ha cambiado desde que oí los pasos de tu alma; Leves, ¡oh, muy leves!, junto a mí…
“Soneto 7”, Elizabeth Barret Browning. Publicado en 1850.
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i existe un momento, a mi parecer, propicio para la lectura, es durante el baño. ¿De qué otro modo sobrellevar los quince o veinte minutos que se permanece en el agua, con la dermis hipersensible y los dedos de los pies arrugados?
Esa mañana, sin embargo, me fue imposible leer más de tres líneas seguidas sin encontrar insinuaciones que me obligaran a abandonarlo todo para sumergirme en una profusa reflexión. De dicha actividad, pude concluir lo siguiente:
Uno; la edad de nuestra huéspeda debía oscilar entre los diecinueve y veintitrés años. Dos; la elegancia de su porte —refiriéndome con esto a su vestido de alta costura y al genio bien educado expuesto en su voz— sugería claramente un proceder aristócrata.
Tres; la minuciosidad con que Crowley y mi padre habían arreglado su llegada sólo podía significar que mencionado proceder la situaba entre las familias más renombradas de la capital. ¡O de Inglaterra!
Por qué se hospedaba en nuestra planta y no en una habitación regular o por qué mi presencia había infundido miedo en ella eran interrogantes cuya respuesta no habría podido adivinar aun desparramando toda mi imaginación. “Lo sabrás cuando vuelva” —había dicho él, y yo contemplaba este designio como la cura al horrendo mal que aquejaba mis nervios.
Juraría, de ser necesario, que mi intención era aguardar pacientemente su llegada, y lo juraría porque es la infalible verdad... pero cuando, más tarde, crucé el salón camino a la cocina, encontrándome con que tomaba una taza de té en el diván… no pude contener el entusiasmo que siempre me habían generado los personajes enigmáticos, e irrumpí diciendo:
- ¡Buenos días!
Me sorprendió su atuendo excesivamente suntuoso y recuerdo haberme planteado que, tal vez, estaba por dirigirse a un encuentro de importancia. Es probable, a decir verdad, que me haya planteado un centenar de cosas, incluyendo el posible móvil de la reunión así como los personajes involucrados, pero cualquier hipótesis que hubiese anidado en mi mente fue opacada en seguida por la terrible molestia que me generaron las inesperadas maneras de nuestra huéspeda.
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- Buenos días.
Respondió, con aires de gran señora, y extendiendo los brazos hacia mí agregó:
- He terminado mi té.
Quise decir algo que sirviese de respuesta a su comentario, pero me resultó extremadamente complicado en tanto no lograba entender, si quiera, la finalidad de su anuncio. Ella pareció notar mi indisposición, pues no tuvo mesura en añadir:
- Puede llevarse la taza.
Si aquello hubiese sido una petición gentil, si mi bien entrenado juicio no hubiese percibido en sus palabras un grado intolerable de arrogancia, la historia a contar sería muy distinta. Pero no fue así, y de esto se deduce que haya contestado, derramando una que otra gota de hostilidad:
- La cocina está siguiendo el corredor.
La señorita retiró la espalada con elegancia, casi pegándose al respaldo del sofá, e irguió los hombros en actitud discordante.
- ¿Sugiere que lleve la taza yo misma? —cuestionó, como si la idea fuera tan descabellada que solo podía explicarse habiendo entendido mal.
- No veo nada que le imposibilite hacerlo —respondí, sin vacilar.
Su mirada me recorrió de pies a cabeza desatando en mí una extraña inquietud. Me sentí evaluada, comparada con algo o alguien ajeno a mi conocimiento. Era una sensación amarga y, al mismo tiempo, excitante…
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Con las pupilas encandiladas, se levantó del diván y sus manos sujetaron la porcelana contra su pecho, entonces frunció los labios como quien reprime el insulto más horrendo y, sin decir nada, marchó hacia el corredor.
No recuerdo haber deseado seguirla, ni siquiera haber pensado en ello, sólo tengo memoria de mis pies moviéndose bajo un arresto involuntario, intoxicante e ineludible. Como si la razón me nublase cualquier camino alejado del suyo, y como si mi único propósito fuera caminar por siempre.
- ¿Dónde debo dejarla?
Preguntó, y sólo entonces recuperé el discernimiento. Carraspeé afinándome la garganta, ocultando o pretendiendo ocultar la rareza de mi estado.
- Las tazas se guardan en la despensa de la izquierda…
Se acercó a ella.
- … luego de haberlas lavado.
Dio media vuelta y sus labios temblaron dejándose entrever su indignación.
- Pero no me corresponde hacer eso.
Murmuró, examinando cada centímetro de mi figura como si, luego de lo último dicho, se le dificultase en sobremanera confiar en mi juicio.
- Señorita, mi padre y yo no contamos con servicio para realizar tareas que podemos hacer por nuestra cuenta, como lavar una taza —justifiqué, serenamente.
- ¡Pero es preciso que lo tengan! —discutió ella—. ¡El servicio debe encargarse del hogar, es lo apropiado!
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Su reacción de incredulidad me resultó escandalosa, más aún: lamentable. Asocié su imagen con la de una chiquilla vanidosa, ególatra e incapaz de hacer nada por sí misma… un parásito como los que estaba acostumbrada a ver en la terraza del hotel, tratando con meticulosidad temas sin ninguna importancia, temas superficiales construidos alrededor de vidas superficiales.
- Siento mucho que tenga usted tantas limitaciones, pero no hay nada que pueda hacer al respecto. Tendrá que lavar la taza.
- Pero… pero no sé cómo hacerlo —replicó, notablemente mortificada.
- No es tan difícil, señorita. Sólo debe imitar el complejo de inferioridad que, a juzgar por sus costumbres, lleva años inyectando a sus criadas.
Me miró confusa, y el azul cristalino de sus pupilas envolvió las mías como el cielo nublado envuelve al sol.
- ¿Acaso intenta ofenderme? —inquirió, sin desvanecerse aquel tono de superioridad. - No tendría por qué hacerlo de no haber percibido, antes, lo mismo en usted —fue mi
argumento, pronunciado con una mezcla de apatía y ansiedad. - Pero se equivoca…
Respondió de inmediato, fingiendo —a mi juicio— inocencia.
- … nunca ha sido mi intención hacer semejante cosa. No tengo motivos…
- Ahórrese excusas poco convincentes —la interrumpí—. Está claro el tipo de persona que es.
- ¿Cómo puede decir eso? Se atreve a juzgarme sin siquiera conocerme.... ¡Cuán primitivo y perezoso ha de ser su intelecto!
- Es irónico que lo diga, considerando que es usted quien no posee la destreza mental suficiente para lavar una taza.
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El resplandor natural de su mirada se atenuó lentamente hasta apagarse por completo. Su piel rosácea volvió a tornarse nívea, palideciendo —quizás— como muestra de rechazo hacia mí. Supe en ese momento que, fuese cual fuese el límite de prudencia establecido entre dos desconocidas, yo lo había sobrepasado irremediablemente.
- Nunca, en toda mi vida, había tenido la desgracia de tratar con alguien tan desagradable —dijo, casi en un susurro, destilando desprecio—. Es usted la mujer más impertinente y detestable que he conocido. ¡Ni exprimiendo a toda la nobleza de Gran Bretaña lograría hacer recaudo de una petulancia superior a la suya!
Una a una, sus palabras calaron en mí con rabia, desatando un ardor insoportable del que no supe, si quiera, justificar su origen. Era como lumbre derramada sobre mi corazón, consumiendo hasta lo más diminuto de mi esencia.
Con una descomunal aversión reflejada en los ojos, su mirada se ancló a mí hasta arrancarme el último trozo de aliento, dejándome en una asfixia momentánea… fue entonces cuando sus delicadas manos se extendieron, posando suavemente la taza sobre el mueble de la cocina.
- Con permiso.
Dijo, indiferente y fría, horriblemente fría. Y el sonido de sus pasos alejándose por el corredor inundó mi pensamiento… mi cuerpo… mi alma...
25
C
apítulo
IV
Y mirando hacia el cielo que se arquea sobre ti, muy a menudo, bendigo al Dios que me ha hecho amarte así.
“La Presencia del Amor”, Samuel Taylor Coleridge. Publicado en 1807.
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abía pasado el día entero imaginando lo poco complacido que estaría mi padre al oír las quejas de nuestra huéspeda sobre mi comportamiento. Había visualizado, además, una extendida y acalorada reprimenda sucedida por una lista de libros que ya no se me permitiría leer bajo acusación de incitarme a la rebeldía. Todo esto explica que estuviese preparada para recibir un castigo incluso antes de que él cruzara la puerta principal, llamara a mi alcoba y me hiciera pasar al estudio. Lo último, sin embargo, había ocurrido hacía más de cinco minutos y yo sabía que mi padre era un hombre de inmediatez, por lo que difícilmente esperaría tanto para invocar su descontento. Partiendo de este hecho, sólo una explicación se me hizo consistente: que nuestra huéspeda no hubiese expresado queja alguna.
- ¿La has interrogado, cariño?
Preguntó, deshaciendo el incómodo silencio que hacía largo rato rebotaba de pared en pared.
- No, padre. No he tenido oportunidad.
Respondí, procurando escoger las palabras correctas para que mi respuesta fuese más cierta que falsa.
- Ya veo…
Dio media vuelta y se alejó de la ventana, desde la cual había estado observando, casi embelesado, los faroles de Mayfair.
Con las manos en los bolsillos de su pantalón de seda, se acercó sin ninguna prisa —puede que contando los pasos— y tomó asiento junto a mí, frente al librero de caoba.
- Lo que voy a decirte —murmuró, después de haber reclinado la espalda— es un tema muy delicado y no debe salir de esta habitación.
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Mis pálpitos respondieron a sus palabras con tal violencia que llegué a sentir cómo retumbaba mi cavidad torácica. Las manos humedecidas, los músculos rígidos, la garganta inmersa en un desierto árido… no había experimentado nunca una ansiedad tan atroz como la que se apoderó de mí en ese momento y, aun así, la descompostura no me impidió mover la cabeza de arriba a abajo para hacerle saber que había entendido sus condiciones.
Así que empezó:
Recuerdo haberte dicho que nuestro buen amigo, el señor Crowley, fue invitado a pasar unos días en Huntington. En la residencia del Conde Capel, para ser exactos. Bien, pues ocurre que el hombre ya es muy anciano, puede que me saque diez años... o un poco más… Bueno, no hay porqué hondar en la edad de un caballero, lo importante, querida mía, es lo que voy a contarte a continuación.
Verás, recientemente la salud del Conde ha venido decayendo, tanto que ha recibido la visita de cinco o seis médicos en los últimos dos meses. Todos parecen haber concluido lo mismo: cualquier opinión en torno a su permanencia en este mundo sonaría demasiado optimista. Siendo él más consciente de su estado que nadie más, ha tomado una decisión que yo mismo imitaría de encontrarme en sus zapatos. Resulta que el Conde se las ha ingeniado para mantener a su hija inmersa en un desconocimiento tremendamente absurdo de su enfermedad, lo cual no ha resultado una tarea difícil considerando que la señorita Capel ha permanecido los últimos diez meses fuera de Gran Bretaña, bajo la tutela de su abuela… quien, a juzgar por lo pálida que te has puesto, no necesito decir quién es. De modo que la hija del Conde no sabe nada sobre los doctores, nada sobre la enfermedad, y es mejor que no lo sepa.
A Timothy se le ha pedido cuidar de la señorita Capel el tiempo que sea necesario y bajo las explicaciones que deban inventarse con tal de impedir que viaje a Huntington, lo cual debió haber hecho hace tres días. Desafortunadamente, ambos sabemos que Timothy es la personas meno indicada para darse a la exhaustiva misión de ocultar cosas, por lo que la convivencia con la señorita Capel lo ha dejado neurasténico al cabo de las primeras veinticuatro horas. De ahí que viniera implorando ayuda de rodillas… y no revelo esto con la intención de faltar a su dignidad sino de dar fe de la gravedad del asunto.
Por mi parte, querida Jane, te diré que desconozco hasta cuándo habremos de alojar a la señorita Capel, pero el tiempo que sea necesario lo haremos con toda nuestra ocupación y buena…
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Interrumpí, pronunciándome con la garganta seca debido tanto al prolongado silencio como a la fuerte impresión.
- Ciertamente —respondió él, más que tranquilo—. Es la señorita Amelia Capel.
Me levanté ipsofactamente, con la presteza de quien siente el pinchazo de una aguja por debajo del cojín. Vi la habitación sacudirse bruscamente a mi alrededor, o puede que fuera yo quien, sin saberlo, había empezado a tambalearme en el sitio presa del desconcierto. Así, entre confusa, resentida y apenada, miré a mi padre a los ojos con una severidad tremebunda y, sin meditarlo, espeté:
- ¡Debiste habérmelo dicho antes! ¡No habría actuado de esa manera si lo hubiese sabido!
- ¿A qué te refieres? —cuestionó él, tragándose de pronto su serenidad— ¿Acaso has hecho algo inadecuado, Jane?
No respondí, naturalmente. Estaba demasiado avergonzada de mi comportamiento como para entrar en detalles bochornosos. Lejos de repasar el amargo incidente del que había sido protagonista aquella mañana, cada uno de los pensamientos que rondaba mi cabeza, cada gota de virtud, de intuición, sugería disculparme con la señorita Capel lo más pronto posible. Y no debe inferirse —en base a esto— que Huntington tuviese más relevancia para Inglaterra que cualquier otro condado… pero tampoco debe inferirse que nuestra huéspeda fuese, únicamente, la hija del Conde.
Al sol de hoy, mientras mis dedos empuñan la plumilla haciéndola dibujar palabras sobre el papel desnudo, pienso que pude haber reaccionado ante aquello de una manera distinta y, entonces, todo habría sido diferente. Pude haber abandonado el estudio, llamado a la alcoba de la señorita Capel y ofrecido mis más sinceras disculpas. Quizás de esa manera ella hubiese intuido algo…
Pero nada de eso ocurrió. Porque si Amelia no era ni una pizca de la mujer orgullosa que, en un principio, había imaginado… yo sí lo era.
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apítulo
V
El amor es suficiente: aunque el mundo disminuya, y los bosques no tengan voz salvo la voz de la pena…
El vacío no agotará ni el miedo alterará estos labios y estos ojos del que ama y del amado.
“El amor es suficiente”, William Morris. Publicado en 1873.
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unque había pasado la noche entera debatiéndome entre mi necedad y el reclamo de mi conciencia, lo cierto es que estaba lejos de tomar una decisión. No era mi terquedad lo único que me impedía disculparme con la señorita Capel, sino también el incómodo zumbido que me envolvía al recordar la forma tan displicente en que se había referido a mí, calificándome de impertinente, detestable y petulante.
¿Con qué derecho juzgaba mi carácter sin siquiera conocerme? Su conducta altiva y prejuiciosa debía ser algo típico en la gente de su posición… de su origen...
Me vi, aunque entonces no lo supe, propensa a especular en torno a la hija del Conde, propensa a formularme opiniones con una facilidad amedrentadora y, aún peor, a creérmelas sin el menor reparo.
El asunto acaparaba la totalidad de mi mente, condicionaba mis pensamientos y me mantenía —no sé decir si contra voluntad— sumida en una constante inquietud. La reunión con mi padre no sólo había revelado la identidad de nuestra visitante, sino también el motivo por el que se hospedaba en nuestra casa… y el motivo por el que ella creía estarlo.
Resultó que el buen señor Crowley había justificado su traslado al gran hotel haciendo mención de un inesperado viaje de negocios al sur —la verdad es que viajaba a Huntington para dar seguimiento al estado del Conde. En cuanto a la permanencia de la señorita Capel en Londres, y para fortuna de todos, tenía tanto sentido que resultaba creíble: su padre quería que conociera la capital. Referente a esto, otra gran revelación me había sido hecha: Amelia mostraba un particular desinterés hacia todo cuanto no guardase relación directa con sus propiedades o su familia. Debido a esto, y contra cualquier expectativa tomando en cuenta su edad y status social, no disfrutaba acudir a eventos públicos o sitios excesivamente concurridos, además de mostrarse especialmente incómoda frente a cualquier extraño. No entendí, sino hasta oír aquello, el pánico que mi presencia había generado en ella la noche de su llegada. Aunque aun sabiéndolo, debo decir, de vez en cuando no entendía muchas cosas.
Había pensado que la hostilidad impresa en nuestro primer encuentro obligaría a la hija del Conde a recluirse en su alcoba el mayor tiempo posible con tal de no toparse conmigo, pero cuando crucé el salón pasado el mediodía —después de no haberla visto en toda la mañana—
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supe que había estado ahí hacía largo rato: en la mecedora junto al ventanal que da al balcón, casi imperceptible, con un libro entre las manos.
Quise evitar ser vista y por eso permanecí inmóvil, furtiva, observándola a lo largo de dos metros que me parecían riesgosos y, al mismo tiempo, demasiado lejanos.
Con la delicadeza de un pétalo que ralea en el viento, se humedecía los labios con la punta de la lengua y una de sus manos le bajaba por el pecho, acariciándolo con las yemas de los dedos. Su boca se movía con una suavidad atrayente, seductiva, como si leyera para sí el mismo párrafo una, y otra, y otra vez. Me incliné prudentemente, queriendo ver el título de la obra o su autor… pero mi cautela fue insuficiente. Vi su rostro girar con sutileza frente a las cortinas color ocre. Vi su figura envuelta en un vestido de seda blanca translúcida, inexplicablemente hechizante, mientras los hilos de su cabello rozaban su mejilla empujados por una tenue brisa que alcanzaba a escabullirse entre el dintel de la ventana y el cristal.
- ¿Necesita algo?
Preguntó, con la simpleza cortante de quien no siente especial agrado por alguien.
Podría decir que contemplé un sinnúmero de respuestas, pero no tiene caso mentir: ante la hija del Conde, mi agilidad mental sufría una metamorfosis tras la cual no era capaz de dirigirme a ella sino con frases surgidas de una extraña e incorregible formalidad.
- ¿Me permite el atrevimiento de preguntar qué está leyendo? —dije, siguiendo un impulso arrasador.
- Sonetos.
Contestó ella, luego de un considerable espacio tácito en el cual, supongo, debió plantearse si responder a mi interrogante u omitirla haciendo uso de una frivolidad que habría estado muy bien justificada.
- ¿Cuál de ellos? —insistí.
- Soneto ciento treinta. No creo que lo conozca. - ¿Y por qué supone que no lo conozco?
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Guardó silencio, pareció dudar y, en su duda, no respondió. Tampoco fue necesario, el destello acusativo de su mirada me bastó para saberlo: además de impertinente, detestable y
petulante, me creía insensible y, por consecuencia, ignorante.
Pero no lo era. Y debía demostrárselo.
- Los ojos de mi amada no se parecen en nada al sol. El coral es más rojo que el rojo de sus labios. Si la nieve es blanca, sus pechos son morenos. Si los cabellos son alambres, negros alambres crecen en su cabeza. He visto rosas damasquinas, rojas y blancas, pero no veo rosa alguna en sus mejillas, y algunos perfumes tienen más delicia que el aliento que mi amada suspira. Adoro escucharla hablar, aun cuando sé que la música tiene un sonido más agradable. Es verdad, nunca he visto a una diosa andar: mi amada, cuando camina, toca el suelo. Y aun así, por los cielos, creo que mi amada es tan bella que, por ella, negaría toda comparación hecha.
Vi sus ojos infinitos, y ellos me vieron, y una luz ardiente inundó sus pupilas, atándome a ellas en una esclavitud mórbida pero extrañamente dulce.
- Veo que sí lo conoce.
Murmuró, en voz tenue que casi acabó consumiéndose antes de llegar a mí.
- Es uno de mis favoritos, señorita…
Sabía su nombre, pude haberlo dicho y, así, evidenciar que su identidad no era ningún misterio para mí. Desenmascarar el asunto, obligar a todos a decir la verdad…
Pude haberlo hecho… pero no debía.
- En ese caso —dijo, cerrando el libro y aferrando los dedos a la cubierta— no es del todo la persona que había escatimado.
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- Una frígida.
- ¡Oh! Debo deducir que se ha formado más de cuatro conjeturas en relación a mi carácter…
- Debe deducir que he respondido a las que usted se formó de mí.
Respondió, permitiendo que una tenue sonrisa de picardía irradiara sus bellas facciones.
- ¿Ha leído los poemas de la señora Barrett Browning, señorita Jane? - Me temo que no he tenido el placer.
- ¡¿Pero cómo?! ¡Siendo una autora excepcional!
En un movimiento delicado, la hija del Conde se puso de pie y dio dos… cuatro pasos recatados, acercándose a mí lentamente hasta que nuestros cuerpos se unieron en sombras reflexionadas en el alfombrado; separadas, puede que veinte o treinta centímetros, pero juntas, siendo una sola, en la ilusión que engaña los sentidos.
- ¿Cómo te amo? Déjame contar las maneras. Te amo hasta la profundidad, y la extensión, y la altura que puede alcanzar mi alma cuando busca a ciegas los límites del ser y de la gracia ideal.
Me miró cautivada, en un lapsus de éxtasis, y continuó:
- Te amo hasta el nivel más habitual de silenciosa necesidad cotidiana… a la luz del sol y el candelabro… Te amo con el aliento, sonrisas, lágrimas de mi vida entera y, si Dios lo quisiera, te amaré aún mejor… cuando muera.
Vi los muros caerse a pedazos con su respiración, y vi sus ojos de cielo sacudirme por dentro hasta dejarme vacía, sin aliento… sin emociones. Me derrumbé ante ella como se derrumba un tímpano de hielo ante el más egoísta y cruel verano. Me perdí en Amelia Capel y, secretamente, deseé no ser encontrada… ni en ese instante, ni nunca.
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- ¿La ha sentido, señorita Jane? ¿La pasión que casi mata?
Preguntó, en un murmullo apenas audible por encima de los latidos que estremecían mi pecho.
- Tal vez —continuó, tornándose su gesto y volumen tan moderados que bien podría interpretarse como una demostración de timidez— Si no tiene asuntos importantes en los cuales volcar el resto del día, tal vez quiera acompañarme a leer.
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C
apítulo
VI
Ella camina en la belleza, como la noche bella, despejada y de cielos llenos de estrellas;
y lo más bello de lo oscuro y brillante se reúne en sus ojos y en su semblante…
“Ella camina en la belleza”, Lord Byron. Publicado en 1815.
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E
s muy peculiar.Sentenció, mientras nos paseábamos por los inmensos jardines del hotel bajo el velo dorado del atardecer.
- ¿Qué?
Me atreví a preguntar, mientras mis ojos seguían hechizados el reflejo de su silueta flotando sobre los geranios.
- Su falta de curiosidad.
Dijo ella, alejándose en un movimiento delicado y minúsculo que, de no haber contemplado una y otra vez a lo largo de los últimos dos días, quizás hubiese pasado desapercibido.
- No ha hecho ni el menor esfuerzo por averiguarlo —continuó, con suspicacia—. ¿Realmente no le interesa saber quién soy?
“Ya sé quién es” —solía pensar, cada vez que el tema sobrevolaba, y en más de una ocasión
estuve a punto de decirlo… pero algo me lo impedía. Concretamente, alguien.
- Puedo asegurarle que me interesa.
Respondí, evadiendo su recelo con desvergüenza.
“Has de fingir que no la conoces —había dicho mi padre— porque esa fue su petición. No desea ser molestada, o perseguida, o juzgada, o cualquier otra cosa a la que normalmente estaría sujeta por ser quien es. Ha solicitado que su nombre se manipule con extrema discreción, por lo que nadie debe saberlo... nadie… ni siquiera tú”
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- Su paciencia es admirable y singular. Sería injusto de mi parte ignorarla.
Murmuró, suavizando el paso a medida que la banca situada bajo al viejo olmo se hacía más cercana.
- Adelante, señorita Jane. Hágame una pregunta —dijo, deteniéndose a la sombra de las frondosas ramas, donde la penumbra teñía de gris su cabello rojizo.
Una pregunta. Sólo una. ¿Pero cuál? Ya creía saber todo lo que a una persona como yo le era permitido saber de alguien como ella. Sabía que era la hija del Conde, sabía de su origen, su apellido y su majestuosa herencia. No había nada más en lo que me atreviese a hondar por miedo a caer en la insolencia; después de todo, aunque la señorita Capel me creyese anegada en una ignorancia absoluta, yo no podía evitar estremecerme recordando la procedencia de su nombre.
- Su nombre…
Respondí, al fin.
- … quisiera saber su nombre.
“Ahora —me dije— sucederá una de dos cosas. Puede recurrir a un pseudónimo que disfrace su identidad o puede, por el contrario, decir la verdad. En el primero de los casos, me resignaría a prolongar esta farsa el tiempo que sea necesario… pero, en el segundo, deduciría que he ganado su confianza y no dudaría en buscar la manera de poner fin a todo esto”
Deseé que ocurriera lo segundo, supliqué por ello; aquel engaño me parecía atroz y no quería —nunca quise— formar parte de él. Minuto a minuto ponía en tela de juicio mi propia decencia flagelándola con reproches injustos y ridículos, repitiéndome incansablemente que su padre estaba muriendo y que no podría despedirse de él debido a mi cobardía.
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Si tan sólo su respuesta hubiese sido otra… Si hubiese pronunciado lo que tanto deseaba escuchar… Pero en lugar de eso, y dejándome al amparo de una insufrible decepción, Amelia movió los labios deslizando la punta de la lengua contra el cielo de la boca… resultando una palabra simple, corta.
- Ela.
Un hormigueo me envolvió la piel mientras su voz retumbaba en mis adentros, deshaciéndome retazo a retazo.
Ela
“Un nombre de los cientos que habrá leído en libros” —pensé. “Un disfraz para eludir a gente como yo, común y sin importancia”
Me aferré a la hipótesis de que nuestro grado de empatía no le bastaba para depositar, en mí, ni una sola gota de su confianza, sino más bien lo opuesto: ella desestimaba mi honor, mi lealtad y todo principio que, en el más vil de los casos, pudiera desestimarse en una persona. Me convencí de esto con la misma sencillez con que me convencí de muchas otras cosas. ¿Y cómo no hacerlo, si cada segundo junto a Amelia Capel terminaba desencadenando una tortuosa culpa que me impedía considerarme digna de su trato?
“Me odiaría si supiera lo que oculto” —meditaba, y esta idea era suficiente para inducirme
a un estado de exaltación que me privaba de calma durante varias horas.
El por qué me aterraba tanto causar disgusto a la hija del Conde es algo que —y espero sepan disculparme— no considero conveniente hacer público de momento. No habiendo detalles de la historia mucho menos amargos.
- Sentémonos aquí —la escuché decir, luego de un intervalo—. Bajo los brazos del olmo.
Y me senté a su lado. Tal vez demasiado cerca, pues la vi deslizarse discretamente hacia el extremo opuesto de la banca.
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En este apartado, me veo obligada a hacer un intento por describir la fascinante vista que se erguía frente a nosotras. Primero, han de saber que mi padre siempre fue amante de la horticultura y que la mayor parte de su tiempo libre lo dedicaba a enriquecer nuestro jardín con las flores más bellas. Magnolias lilas y blancas rodeaban los caminos y, al borde de la terraza, decenas y decenas de camelias. El paso del olmo estaba marcado por una preciosa hilera de geranios que había plantado luego de oír que eran los favoritos de la Reina. No muy lejos, en el corazón de la parcela, se extendía un hermoso estanque de agua cristalina que abarcaba un diámetro de cinco o seis metros, y en el cual flotaban pétalos de azalea que el viento arrastraba del sendero de los arces. Este era, entre todos, mi favorito.
Cada otoño, las hojas de los siete arces se pintaban de coral y caían desprendidas puñado a puñado, envolviendo medio jardín con pedazos de sol que el servicio tardaba días en retirar.
- Hábleme de usted, señorita Jane.
Pidió, en un tono afable que mis nervios asociaron —erróneamente— con un mandato, y al el cual accedí aún sin desearlo. Porque exponerme no era algo que considerase común ni agradable. Es cierto que disfrutaba de los diálogos con el señor Crowley, pero estos nunca rebasan los límites de una plática amena entre lectores ávidos.
- ¿Qué desea saber?
Pregunté, consciente de que fuese cual fuese su respuesta no tendría el valor de negarle nada.
- Hace tres días que me hospedo en su casa, pero no he visto entrar o salir a nadie más que a su padre y a usted. ¿Acaso no tiene hermanas, o hermanos?
- Tengo un hermano —le dije, sin el menor inconveniente—. Pero hace mucho que no lo veo.
- ¿Por qué? ¿Dónde está? —insistió, dejándome entrever, con el destello de sus ojos y el giro de su cintura, que había despertado en ella un profundo interés.
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Me di a la tarea de explicarle que Walter se había unido a un regimiento siendo muy joven y que difícilmente mi padre o yo teníamos contacto con él. Preguntó si este regimiento se encontraba en el extranjero, a lo que respondí que estaba desplegado en las Islas Malvinas. Luego, quiso saber cuándo había llegado su última carta, y yo dije: “Hace tres meses”. Una a una, las interrogantes ocupaban su boca con una curiosidad infantil que me desconcertaba. No entendía la razón por la que mi vida resultaba tan significante para la hija del Conde, en especial porque yo misma la hallaba monótona y condenada a la invariación. Pero ella preguntaba… preguntaba… incansablemente… y no había cosa que pudiera hacer más que dar respuesta a sus dudas con toda mi entrega y disposición. Así, la tarde nos rodeó en un manto carmesí que poco a poco se volvió añil, y luego grisáceo… Entonces, poco antes de que la noche tiñera el firmamento de negro dejándonos a ciegas, su mirada me azotó por undécima vez y una última pregunta salió de sus labios, acariciándolos.
- ¿Y su madre? ¿Dónde está su madre?
Un manojo de espinas me estrujó el corazón, pero lo contuve. Con los años, había aprendido a contenerlo.
- Murió.
Respondí, con simpleza, y la cordialidad de mi voz fue irremediablemente suplantada por una horrenda melancolía que me impidió decir cualquier otra cosa.
Los cinco segundos trascurridos a continuación produjeron un efecto más disparejo de lo que hubiese imaginado. Mientras yo especulaba en relación a cuál sería la próxima pregunta de Amelia —dándolo por hecho— ella atravesaba un tormentoso conflicto en el cual debía decidir si revelarme o no un detalle crucial de su identidad, lo cual terminó haciendo al cabo de un prolongado silencio.
- Mi madre también murió. Hace muchos años. Cuando era niña.
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apítulo
VII
Temo tus besos, gentil doncella. Tú no debes temer los míos. Mi espíritu va tan hondo en el vacío,
que no puede agobiar el tuyo.
“Temo tus besos”, Percy Bysshe Shelley. Publicado en 1824.
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a señorita Capel estaba obsesionada con que su presencia fuese lo menos notable posible. No se paseaba por el hotel a la luz del día, incluso lo hacía muy poco bajo el claro de la noche; su hora preferida era la puesta del sol, cuando las damas que tomaban el té en la terraza volvían a sus dormitorios y los caballeros se encontraban en el salón, despejándose el camino a los jardines.
Normalmente, la conducta de Amelia me enajenaba por su rareza y en numerosas ocasiones la creí fuera de sus cabales. No lograba comprender, por ejemplo, su capricho de rehuir cualquier insinuación que pudiese vincularla con su origen. Tampoco entendía esos largos silencios a los que se entregaba luego de una plática agradable, su temor inminente a los cambios de clima y mucho menos esa extraña manía de guardar, siempre, las distancias. De todas sus costumbres e indescifrables hábitos, este era el que más me intrigaba: la negación a ceder un solo milímetro de su espacio. Ya sea que tuviésemos una charla placentera recorriendo sendero a sendero o que nos sentásemos frente al estanque embelesadas por el reflejo del crepúsculo en la turbiedad, su distracción nunca le impedía moverse si nuestra cercanía le era inadecuada. Y así, no había tocado ni una hebra de su cabello… ni rozado su piel… ni percibido su aroma.
- ¿Se lo has propuesto? - Claro que sí. Tres veces. - ¿Y qué ha dicho? - Que no le apetece.
Hundió las manos en la maceta y removió la tierra de un lado a otro, formando un hoyo en el centro del barro.
- Debes hacer algo para mantenerla ocupada, Jane. - Lo intento, padre, pero ella…
Reflexioné.
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- Su comportamiento es inusual —dije, procurando acertar en el empleo de los conceptos.
- Naturalmente. No podemos olvidar quién es.
- Pero no me refiero a su etiqueta, que desde luego es exquisita… ni siquiera a su gramática perfecta…
- ¿Entonces a qué te refieres?
Interrogó, revolviendo los dedos en el pote sin levantar la cabeza.
- A sus fobias.
Mi anciano padre soltó una estrepitosa carcajada que le hizo desparramar unos cuantos grumos de tierra sobre el cemento del pórtico.
- ¿Y desde cuánto es inusual tener miedos? —fue su respuesta inmediata. - ¡Pero esos miedos son un sinsentido!
Repliqué, inmersa en la teoría de que Amelia Capel no estaba bien de la cabeza.
- ¡Es como si le aterrase su propia sangre! ¡Su linaje!
Ante esto, alzó la mirada fijándola en mí durante unos instantes que —recuerdo— resultaron ser más breves de lo que había predispuesto.
- No creo que a la señorita Capel le mortifique ser quien es —murmuró, pausadamente— sino más bien que todos tengamos la facilidad de saberlo.
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- ¿Te imaginas, Jane? Ser reconocida sin importar a dónde vayas. Ser amada, respetada, servida, y que no haya alma capaz de negarte nada…
Hizo una pausa para soltar un gruñido de desaprobación.
- Pobre gente.
Farfulló, y volvió a dirigir la vista hacia la maceta de barro en la que llevaba medio día echando y sacando tierra, de rodillas, con la camisa arremangada y media humanidad cubierta de polvo.
- ¿Qué sabes de ella, papá? —indagué, omitiendo su apariencia de indigente.
- Lo mismo que el resto —declaró, mientras tomaba una pequeña bolsa de tela que había dejado a un lado.
- Me preguntaba…
Di uno o dos titubeos, pero no bastó para contener la insaciable curiosidad que había germinado en mí con los años.
- Me preguntaba cómo murió su madre. ¿Acaso ella tuvo…?
- ¿Han hablado de eso? —interrumpió, y por un segundo noté un céntimo de agobio en su semblante.
- No, por supuesto que no. Apenas y habla conmigo de cualquier cosa.
- ¡Ya veo! —exclamó él, retomando la serenidad—. Bueno, su madre murió cuando tenía cinco o seis años, no creo que haya sido mucho mayor. Si mal no recuerdo, fue en marzo… sí, tuvo que haber sido en marzo, porque el invierno casi terminaba… - ¿Qué le pasó?
Intervine, sabiendo que mi padre tenía la mala costumbre de caer en circunloquios que podían extenderse, en los peores casos, durante horas.
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- Enfermó. Nada inesperado tomando en cuenta que su salud siempre fue muy frágil. Recuerdo que mucha gente sin oficio habló de tisis, lo cual nunca tuvo pies ni cabeza… pero al final resultó ser una neumonía.
Sacó una semilla de la bolsa de tela y, con extrema delicadeza, la enterró en el corazón del tiesto.
- Timothy me contó que la abuela de la señorita Capel reclamó su custodia absoluta, pero el Conde se negó, por lo tanto no hubo más remedio que compartirla. De ahí que la joven pase una larga temporada en Inglaterra y otra en el Principado… yendo y viniendo como un trompo… de aquí para allá...
- ¿Desde cuándo? - Desde siempre.
Lo miré absorta por aquello que antes ignoraba y ahora sabía. ¿Qué tanto puede vivir su
infancia una criatura que va y viene de un sitio a otro, constantemente, sin saber a dónde pertenece? —reflexioné, a lo que una vocecita en mi interior respondió en el acto con
sequedad: “Nada”
- ¿Por qué no subes a verla? Debo admitir que su recurrente aislamiento me inquieta. - ¿Y qué supones que haga, padre? Ni siquiera permite que me acerque a ella.
Se apoyó en mí y fue desdoblando las piernas a ritmo lento, con la cautela propia de quien no confía ni en la resistencia ni en la lealtad de sus huesos. Poco me faltó para advertirle que su maña de enroscar el cuerpo como si tuviera quince años acabaría dándonos un disgusto, pero su ingenio, indiscutiblemente experimentado, se adelantó diciendo:
- Entonces acompáñala mientras se aleja. Cuando no le quede espacio, tendrá que volver.
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apítulo
VIII
¡Yo no te amo! ¡No! ¡No te amo! Sin embargo soy tristeza cuando estás ausente; y hasta envidio que sobre ti yazga el cielo ardiente; cuyas tranquilas estrellas pueden alegrarse al verte.
“Yo no te amo”, Caroline Norton. Publicado en 1829.
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-
N
o saldré hoy, señorita Jane. Me quedaré aquí.Y ya que insistía en cubrirse con las sábanas de la cabeza a los pies, debí encorvarme ligeramente hacia delante para oír con claridad lo que decía.
- ¿Pero qué ocurre? ¿Le duele algo? - No… Todavía no.
- ¿Fiebre? - No.
- ¿Le han salido manchas en la piel? - Bueno, tendría que fijarme… - ¿Ha soltado esputos?
- No, ninguno. - ¿Y tosido sangre?
- ¡No estoy agonizando, señorita Jane!
Refunfuñó, y, con un manotazo violento, destapó su hermoso rostro haciendo que una efímera e indescriptible calidez brotara bajo mi piel.
- En ese caso, discúlpeme si no entiendo qué hace ahí tumbada.
Le dije, a lo cual reaccionó instantáneamente entornando la mirada y frunciendo el entrecejo con severidad.
- ¿Que qué hago aquí tumbada? —repitió, arrastrando cada palabra como si fuese tortuoso pronunciarlas—. ¿Ha visto el tiempo que hace?
- Desde luego. Es una tarde templada… - ¡¿Templada?!
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Se descubrió el cuerpo hasta la cintura y vi que se había armado con dos camisones de algodón blanco, uno encima del otro, ceñidos de tal forma a su torso que me sorprendió que pudiese respirar.
- Acérquese a la ventana —pidió.
Me acerqué.
- ¿Cuántos nubarrones hay? - ¿Quiere que los cuente?
Inclinó ligeramente la cabeza en señal de afirmación. Por lo tanto, los conté.
- Cuatro —dije, con absoluta certeza.
- ¡Seis! —vociferó ella, levantándose de la cama vigorosamente y abalanzándose contra el vidrio— Uno… dos… tres…
Su dedo índice recorrió el cristal apuntando nube por nube, torciéndosele el gesto en una mueca de espanto a medida que el cálculo ascendía.
- Lloverá esta noche, señorita Jane. Una tumultuosa tempestad —predijo, con un susurro lánguido y viendo hacia los jardines en una fase de paralización.
- ¿Se encuentra bien? —pregunté, consternada y casi convencida de que había perdido completamente el juicio.
En un giro brusco, se dio la vuelta entrelazándose las manos con gesto de enorme contrariedad.
- Debemos abrigarnos bien, tomar muchos líquidos y guardar reposo.
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- Es debido a esto que odio Londres —siguió, cruzando el dormitorio de un lado a otro sin rumbo aparente—. Este clima pernicioso… inestable… Me agobia profundamente, no lo tolero… Deseo marcharme.
Y con esta última sentencia, el corazón me subió a la garganta como una ventisca que me empujó a dar un sobresalto.
- ¡Pero no debe! —exclamé, en un arrebato impulsivo—. No debe… preocuparse por el clima. Es típico de la ciudad, e inofensivo.
- ¿Inofensivo? ¿Cómo puede decir eso? Debe temer a la enfermedad. ¡Todos debemos temerle! Es lo que mi abuela dice… y ella nunca se equivoca.
En ese impalpable fragmento de espacio que su voz atravesó para rodearme, no pude evitar sentir una descomunal tristeza. Qué frívola y vacía imaginaba su vida. Inerte… marchita como los pétalos de azalea que a veces dejaba días y días entre las páginas de los libros. ¿Realmente era así de trágica su existencia? ¿Tan condicionada y perturbable? ¿De qué estaba hecho, entonces, su corazón… asumiendo que estuviera consciente de tenerlo?
- ¿Por qué no leemos, señorita Jane? Leamos algo.
La escuché decir, de modo suplicante, y como no pudo ni hubiese podido llegar a mí una mejor forma de apaciguar sus nervios, no dudé un instante en responder:
- ¿Qué le placería que leyéramos?
Una minúscula sonrisa de complacencia remarcó sus mejillas antes de surcar el dormitorio velozmente hacia la cama. La vi agacharse y tomar un libro de bajo el mueble que, supe en seguida, había estado leyendo todas esas noches en que yo jugaba a adivinar por qué las luces de su habitación permanecían encendidas. Luego, tomó asiento sobre el colchón dejándose caer suavemente, me miró y dijo:
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- Siéntese a mi lado. Hay espacio para las dos.
Recuerdo, carente de las deformaciones que por lo general agrietan las memorias con el tiempo, haberme inducido en un episodio de agitación que me abrasó el pecho, se escurrió hasta mi vientre y fue a dar a mis extremidades en forma de hormigueo. Recuerdo, también, haber caminado hacia ella con una dificultad impropia, temblando mis piernas paso a paso y a penas flexionando el cuerpo debido a una particular rigidez.
Me senté perdiendo la mirada en el cuero del libro, evitando su rostro por un infundado temor a ser víctima de asfixia. Pero Amelia sí me observó, y lo hizo con detenimiento durante varios segundos hasta que los músculos del cuello se me entumecieron… fue en ese momento cuando una de sus manos se posó al borde de la cama y, en un ligero impulso, se distanció de mí. Lejos de mí. Otra vez.
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apítulo
IX
Te amo, como el pájaro alegre ama la libertad de sus alas.
“Te Amo”, Eliza Acton. Publicado en 1826.
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abía algo consumiendo la vastedad de mi alma con una rapidez inexpresable. Ese “algo” era un sentimiento. Podía considerarlo inconsistente, irracional e inapropiado, mas no podía negar su existencia, porque se había convertido en una extensión de mi persona. Evocaba mi debilidad y mi búsqueda ininterrumpida de placer en cada detalle. Este sentimiento me gobernaba. No. Me poseía plenamente como se poseen dos amantes en el lecho de la intimidad. Una, tres, cuatro noches estremeciéndome ante la sospecha de mi subconsciente en una inservible privación del sueño. En vela, así alcancé lo más recóndito de mi ser… la esquina más punzante, oscura e inexplorada…donde no vi nada ni a nadie, solo a ella.
Amelia. Amelia. Amelia.
Escribo su nombre repetidas veces porque no hay motivo sobre la tierra que me invoque mayor deleite, mayor dulzura y mayor nostalgia.
Amelia.
Pronuncio en lo bajo, con la absurda pretensión de que mi voz la traerá en un suspiro, y que nuestras huellas volverán a fijarse en el pasto guardando las distancias… Pero el corazón se contrae sin misericordia desentrañándome la vida, lacerando mi carne con espinas que nacen de su hiriente recuerdo. Y, sin embargo, debo recordar.
- Hábleme de su infancia, señorita Jane. - ¿Qué aspecto de ella le interesa? - Todos.
- Bien. Pues comenzaré por decirle que siempre fui muy inquieta, y que de vez en cuando el despacho de mi padre se abarrotaba de huéspedes insatisfechos.
- ¿Y usted era la causante de su insatisfacción? - Me temo que sí.
- Por favor, cuénteme.
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- Verá, lo que hacía era ocultarme tras los árboles con una bolsa llena de hojas, frutos secos o lo que hallara según la estación. Esperaba pacientemente y, cuando se aproximaba un huésped, saltaba hacia el camino y le arrojaba todo encima.
- ¡¿Eso hacía?! —preguntó, cómicamente escandalizada.
- En efecto, pero no era mi mejor jugarreta. Los sábados por la mañana, el estanque era propenso a recibir la visita de alguna pareja de enamorados, así que yo vigilaba tras el racimo de azaleas. Cuando estaban lo suficientemente cerca, corría a sumergirme en el agua… contenía la respiración… ¡y saltaba fuera de golpe, salpicándolos todos!
Amelia esbozó una sonrisa tenue que se prolongó… se prolongó… y se prolongó un poco más, dibujando una media luna en sus labios rosáceos. Este simple y natural gesto se convirtió en una risa tierna… sonora… en una carcajada donde vi contenido un deslumbrante rayo de vida que nunca antes había visto en ella. Sus ojos ardían, irradiaban más luz que cualquier estrella o constelación con la que, en un intento ridículo, se le quiera comparar. Su belleza fluía como el voraz viento que en ese preciso instante azotaba nuestros cabellos haciéndolos bailar en ondas y en líneas que, secretamente, buscaban tocarse.
Era indescriptiblemente hermosa. Y, como he dicho indescriptible, no diré más.
- Pero… ¡señorita Jane! —soltó, en una exclamación inesperada—. ¡Esa travesura debió causarle catarro más de una vez!
Y, entonces, fui yo quien dejó escapar una sonrisa.
- ¡No tiene gracia alguna! —me reprendió, enderezando la espalda y clavando en mí una mirada rigurosa—. Excúseme, señorita Jane, pero tengo que decirle lo que he notado de usted. He notado que es una persona muy irresponsable.
- Señorita Ela…
Comencé, recurriendo a todas mis capacidades sensitivas y poderío de voluntad para no hacer evidente lo gracioso que me resultaba aquello.
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- Es natural invertir el tiempo en cosas como esa cuando se es niño. - ¿Natural?
- Por supuesto.
- Bueno, a mí no me lo parece —difirió, aunque con aire pensativo—. Nunca realicé ese tipo de actividades. Jamás me lo habrían permitido.
- ¿Por qué? —me atreví a preguntar. - Mi abuela…
Y como hizo una pausa nada breve, llegué a plantearme que no continuaría.
- ¿Sabe, señorita Jane? Mi madre enfermaba con gran facilidad. No tenía ni el más ligero soplo de resistencia. Luego de su muerte, mi familia temió que yo hubiese podido heredar su flaqueza, su fragilidad... Y he de haberla heredado, porque soy sangre de su sangre, vivo reflejo de su complexión. Debido a eso, está claro que tuve una infancia muy distinta a la suya.
- ¡Pero no debió ser así! ¡Debió ser como cualquier niña! - ¿Una niña como usted?
- ¿Qué habría de malo en ello? - Estaría muerta.
- No, señorita Ela. No lo estaría. - ¿Y cómo puede estar tan segura? - Porque usted no es su madre.
Me miró confusa, ensimismada, posiblemente extraviándose en los linderos que establecían el límite entre lo que había sido su vida y lo que hubiese podido ser. La noté, en pocos segundos, terriblemente afectada… decaída ante la posibilidad de que su propia estirpe le arrebatase lo más invaluable e insustituible de la existencia humana: el tiempo.