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15- InterC- EL CANTO DEL EVANGELIO

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15. EL CANTO DEL EVANGELIO Conferencia1

EL EVANGELIO Introducción

En la Profecía de Baruch hallamos la sucesión de nuestras lecciones de la misa. Primero el consejo de Dios en la comunicación de la sabiduría que es encubierta, luego la obediencia de la luz y, en uno y otro misterio, la piedad del Padre que halla todo camino de doctrina y lo da a Jacob, su siervo, y a Israel su amado2.

Los dos nombres de la vida espiritual, Jacob, Israel, con que es designado el pueblo que recibe la doctrina, indican el carácter de cada comunicación. El siervo corresponde a la Epístola; el amado al Gradual. Jacob es el que lucha porque habiendo hecho pasar todo lo que le pertenecía quedó solo; Israel el que ve a Dios porque habiendo luchado con el ángel

(populum tuum, Domine, quem preparasti ad visionem tuam3), bebe ya por amor en los vasos

del salmo.

Parece que el misterio no pudiera pasar de estas dos perfecciones, y así es por parte del pueblo. Pero luego el profeta dice, Dios mismo, que, “después de esto” fue visto en la tierra y conversó con los hombres. Tenemos aquí el Evangelio.

* * *

La palabra de Dios por los enviados revela, anuncia, intima, comunica, entrega

(Epístola), o atraer, o mueve, o arrebata, o ilumina (Gradual), pero siempre de una manera en cierto modo oracular. Palabra de Dios dicha por quien no es Dios, habla, no conversa, y la oímos y nos mueve, pero no es vista en la tierra. Al Verbo encarnado le estaba reservada esta dignación inaudita de la palabra de Dios que conversa con los hombres, y de ahí la dignidad extraordinaria del Evangelio de la misa.

Esta lección ya no es profética, ni apostólica, ni salmodial, ni figurativa. No dice: Esto dice el Señor, como la Epístola, ni dice movida de amor como el Gradual: Eructavit cor meum verbum bonum4. Aquí la palabra de Dios habla. Aquí quien habla es la palabra de Dios. En el

Evangelio (y por eso es evangelio el Evangelio), el que habla dice: – Yo el Principio, el mismo que os hablo… Y esto es un abismo.

En las otras lecciones alguien entrega la palabra de Dios porque él mismo no es la palabra y no es dios. Aquí la palabra de Dios está en la palabra de Dios: la palabra que oímos está en la palabra que nos habla y, esta palabra (que vemos, que oímos, que nos habla, que

1 Inédita. Organizada por la Casa de la Tercera Orden Franciscana, Alsina 344, Buenos Aires y pronunciada el 20

de octubre de 1948. Como los demás artículos de Dimas publicados en la revista franciscana Itinerarium, esta conferencia se presenta con el sobretítulo: “La liturgia y el ciego” y el epígrafe: “– ¿Qué quieres que haga? – Señor. ¡que vea!”. La ausencia de un exordio, la falta de diagramación del texto en líneas breves que Dimas Antuña aplica en los textos destinados a la lectura y la existencia de títulos, sugieren que Dimas Antuña se valió para dar su conferencia de este texto escrito anteriormente con miras a su publicación en Itinerarium.

2 Baruch 3, 36-38

3 “Tu pueblo, Señor, al que preparaste para verte”. San Agustín, Enarratio in Psalmum 24, 22, El Salmo

dice Redime, Deus, Israel ex omnibus tribulationibus eius: San Agustín comenta: populum tuum, quem praeparasti ad visionem tuam, ex tribulationibus eius, non tantum quas foris, sed etiam quas intus tolerat: [Redime a] Tu pueblo, al que preparaste para verte, de sus tribulaciones, no solamente de las externas sino de las interiores que sufre.

4 Salmo 44, 2: “Me brota del corazón un poema bello”

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como atestigua el Discípulo, vimos con nuestros ojos y despacio miramos y palparon nuestras manos), está en Dios y es Dios.

Las otras lecciones son una comunicación de la palabra y dicen lo que dice Dios. Y ésta. Pero en ésta hay además manifestación, en ésta Dios conversa. Aquéllas son lecciones, ésta es evangelio. Y es evangelio y novedad y epifanía porque aquí la palabra misma habla y es vista en la tierra.

* * *

La iglesia tiene tal conciencia de la magnitud de este misterio que ha hecho del canto del Evangelio el rito visible más solemne de toda la misa. Su estructura conviene con la naturaleza de la lección. Su contenido trasmite fielmente (con novedad de gozo y sencillez de luz) esa conversación precisa de Dios con los hombres, y la dignidad de las ceremonias, algunas de ellas formalmente latréuticas, que la preceden, la rodean y la siguen, designan la presencia en medio nosotros de la persona que habla.

– “La Iglesia oye el Evangelio, dice San Agustín, quasi presentem Dominum5”.

Estos actos pertenecen al oficio jerárquico, forman la ceremonia, constituyen el rito y en realidad no son otra cosa que el aspecto que presenta a la fe de la Iglesia (en esta

economía sacramental en que vivimos) el “et in terra visus est” de la encarnación. Ver esos actos es cosa nuestra.

* * *

¿Qué es el Evangelio? El Evangelio es la buena nueva. Buena porque revela a Dios, el solo bueno. Buena porque produce en el hombre la novedad de vida, la vida de Dios.

El Evangelio nace del rito que lo da: es palabra de Dios por su Hijo Jesús en el Espíritu Santo comunicado:

1) Según la preparación: es palabra de Cristo que viene al altar, mediante la cruz, para producir vida nueva

2) Según el envío: es luz, Oriente que nos visita y por la cruz nos redime en la línea del altar. 3) Según la procesión: es manifestación del Hijo de Dios, evangelio del Hijo de Dios, que leemos a la luz de la encarnación, por fe en el testimonio de Pedro, que confirman la ley y los profetas y al cual responde el Padre.

4) Según la lección manifestada: es palabra de salvación, economía de salvación que tomamos por la cruz, imprimimos en el alma por la cruz y retenemos por el incienso; oración según nos la da el ministro de la Sangre con inteligencia de la alianza, dispensador de los tesoros de la alianza.

5) Según la lección anunciada: es, en la palabra que oímos cada día, el llamado a la penitencia, el llamado a la fe, bienaventuranzas, parábolas, milagros, diálogos polémicos, lucha (interior y exterior, moral y política), escándalo, segregación, traslado; es vida del hombre en Cristo: el hombre que logra ser hombre; y por Cristo, en Dios, el hombre que es Dios; vida redimida y transformada adentro y trascendente por la esperanza viva hacia Dios.

Y esto prepara el capítulo del regreso a la palabra: es decir, la bajada del libro de la cara al corazón, la comunicación del Espíritu Santo; el beso: la glorificación del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, en espíritu y verdad.

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* * *

Ahora cabe preguntarse: ¿Existe un Evangelio que no sea el de la misa? El Evangelio explica la encarnación, para darnos entrada en la pasión y en la resurrección. Se reduce a [decir] ¿Quién soy yo? para seguirle hasta el Padre y vivir de su muerte y resurrección.

Las parábolas, las bienaventuranzas, los milagros, los diálogos polémicos, las

sentencias de sabiduría, la comunicación final, abierta y sin proverbios, de la vida de Cristo a los suyos.

¿Existe fuera de la misa, es decir, fuera de la integración de los hombres en Cristo por el bautismo y la eucaristía? ¿Hay un evangelio que no suponga el introito, los kyries, el gloria, la colecta, la epístola, el gradual, el aleluya? Y una vez recibido ¿que no lleve al Credo, al ofertorio, la consagración, la comunión y el Ite, missa est, es decir: el testimonio delante de los hombres para gloria del Padre?

¿Hay un Evangelio que no suponga: La entrada en Cristo (Introito), la contrición del hombre (Kyries), la paz con los ángeles (Gloria), la reunión in osculo sancto6; la lección

recibida de los enviados (Epístola), la moción y entrega al Espíritu Santo y una vez recibida7: la

entrega de todo nuestro ser por amor; su consagración mediante el sacrificio del Señor y su común-unión con Dios – vida en Cristo, inserción vital, injerto, y el testimonio (Ite missa est) que debemos a la sangre?

* * *

¿Qué contenido tiene el Evangelio?

El Verbum Crucis8 se manifiesta en cuatro9: 1) la preparación secreta; 2) El processus triunfalis10; 3) la lección manifestada; 4) La lección anunciada.

1) El vuelo (oculto a nuestros ojos, del águila; 2) la salida (del león); 3) la manifestación en la carne (del hombre); 4) la palabra que el sacrificio (del buey) permite oír11.

La lectura secreta; la imposición del libro; la imposición del incienso; el envío del ministro / por bendición de cruz; el evangelio en su lugar / por figura itineraria de cruz12.

La columna de la fe, o sea el libro abierto. La asistencia y la luz, o sea el testimonio de la encarnación. El saludo de paz, la cruz y la nube, es decir: clave e inteligencia, entrada y ámbito y morada. Clave: fe; inteligencia: cruz; morada: caridad; vida de Dios: nube.

6 En el beso santo, el beso de paz.

7 Una vez recibida la palabra del Evangelio anunciado en la misa. 8 La Palabra de la Cruz

9 Es lo que suele llamarse el “evangelio cuadriforme”. Dimas Antuña explora aquí las dimensiones de esa

denominación.

10 La procesión triunfal

11 Los cuatro evangelios son representados, basándose en las visiones de Ezequiel 1, 10, retomada en el

Apocalipsis 4, 7, por estos símbolos: Juan (Águila); Marcos (León); Lucas (Buey); Mateo (Hombre).

12 Nota a lápiz al pie de página: “La Cruz, novedad escandalosa del evangelio, locura de la buena nueva. La Cruz

del Evangelio: virtud de Dios”

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* * *

LA LECCIÓN13

1 A. La preparación secreta: Rito

HABITUALMENTE los últimos neumas del Alleluia acompañan un movimiento en el altar. El pueblo puesto de pie por aquel canto ve que el Sacerdote se dirige al “cornu

gentium”14 y que, asistido allí por el Subdiácono lee para sí, en secreto, el evangelio del día. Al

mismo tiempo ve también que el Diácono sube al altar por el centro, pone “in medio”, es decir, donde el Sacerdote besa el altar al saludarnos con el – Dominus vobiscum, el libro cerrado de los evangelios, y que se queda allí de pie.

Terminada la lectura en silencio vemos que el Sacerdote viene casi al centro del altar, donde lo aguarda el Diácono, y que suben entonces y se le acercan el Subdiácono y el

turiferario. Asistido por el Diácono el Sacerdote echa el incienso en el fuego e impuesto así el incienso, el Subdiácono y el turiferario bajan del altar.

A ellos se juntan, a derecha e izquierda, los dos niños acólitos que toman de la credencia15 de la derecha sus candeleros con luces y, los cuatro ministros – Subdiácono y

turiferario y, en los extremos, uno y otro acólito – se alinean en el plano, ante las grada, y allí permanecen mientras el Diácono, arrodillado en la grada más alta, cerca del Sacerdote de pie, recita en secreto una oración.

1 B. La preparación secreta: Declaración

TRES ACTOS, pues, en el altar preparan el Evangelio y preceden el envío del ministro que ha de anunciarlo: 1 la lectura secreta por el sacerdote, 2 la imposición del libro por el Diácono y 3 la imposición del incienso con asistencia del Subdiácono.

El Evangelio es la palabra perfecta de Dios a los hombres. El Sacerdote lee para sí en secreto el mismo texto que anunciará a la Iglesia su ministro. La palabra pública y solemne del Diácono es exactamente la misa del Sacerdote.

Un mismo verbo habla en el silencio del Padre y en la palabra de Cristo a las naciones. El Hijo dice: – Mi palabra no es mía sino de Aquél que me envió. Y el Padre: – Este es mi Hijo, el Amado, a él oíd.

En la lectura en secreto tenemos la relación del Evangelio con el silencio del Padre; en la imposición del libro, la relación del Evangelio con el misterio del Hijo. Altare quidem Sanctae Ecclesiae, ipse est Christus16. El altar es Cristo y el Evangelio es su palabra. El

Evangelio es de la misa. Procede del altar, del altar viene a nosotros. Una vez anunciado volverá también (y abierto) al altar.

El Señor es para nosotros iluminador y doctor porque es sacerdote y víctima. Su evangelio no es separación ni de la encarnación, que nos da el Cordero ni de la pasión que lo inmola y hace de él nuestra Pascua. El Evangelio viene del altar. Su palabra no es una

revelación que deje al hombre en sí mismo. Ni una ley, aunque cumpla toda ley, ni un propósito de límite político como el que traza una ciudad en el tiempo. Su apoyo en este mundo es Cristo, encarnado y comunicado. Su contenido, cuando el libro sea abierto,

13 Por LECCIÓN debe entenderse la lectura solemne del Evangelio en la Misa. En el original mecanografiado, este

título va antecedido de “CAPÍTULO TERCERO”. La Conferencia no contiene capítulos anteriores o posteriores.

14 Cuerno, es decir, lado del altar. “Lado de los gentiles” se le llama al lado de la Epístola. 15 Mesa pequeña separada del altar donde se colocan vasos, vinajeras, etc.

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veremos que es Cristo crucificado, y su mensaje o novedad nuestra inclusión, in ecclesia, en su muerte y resurrección vivificantes.

Esta imposición del libro cerrado sobre el ara del sacrificio, en el lugar de nuestra paz, haría saltar de gozo a los santos Juanes17.

Al Bautista porque su palabra, su luz, su dedo fue aclarar precisamente esa identidad del Evangelio y el altar manifestando a Cristo, maestro y doctor, como Cordero, es decir, como sacrificio y comida. Y el Evangelista por ser la imposición del libro cerrado un acto propio del Diácono.

Este Juan a quien fueron revelados los secretos del cielo sabe que sólo por la sangre derramada es dado abrir le libro.

Si quien impone el libro cerrado lo hace en el altar y es ministro del cáliz, en ello se nos da certeza de que tenemos quién lo abra, y de que el libro será abierto y leído con autoridad, es decir, para comunicación de vida.

Finalmente la imposición del incienso, también “in medio altaris”, es el complemento espiritual de la lectura secreta y la imposición del libro.

El Sacerdote, asistido por el Diácono, echa el incienso en el fuego que le presenta el turiferario asistido del Subdiácono. Es éste el primer acto que hace el Sacerdote en orden al anuncio del Evangelio. Luego bendecirá al Diácono y lo enviará, pero, antes de esa misión, el Sacerdote (y con él el Diácono) dan a la iglesia en fuego, nube y perfume, el espíritu de la palabra.

* * *

Así, pues, todo este movimiento en el altar que se produce ante la iglesia dentro del canto del Alleluia, constituye la preparación del Evangelio. Sus tres actos miran

misteriosamente a las Personas divinas y nos dicen lo que es, en Cristo y en la Iglesia, la palabra de Dios.

Palabra del silencio del Padre (lectura secreta), viene del altar, que es Cristo

(imposición del libro) para llevarnos al altar, que es Cristo, y trae fuego a la tierra, pues sólo por el fuego, que es su Espíritu (imposición del incienso) podemos retenerla y dar gloria a Dios.

2. A El envío del ministro: Rito

HA TERMINADO el Alleluia. En el altar cuatro ministros (el Subdiácono y el turiferario y a derecha e izquierda los dos niños acólitos con las luces) están alineados en el plano, ante las gradas, mientras el Diácono, arrodillado en la grada más alta, junto al Sacerdote de pie, ora.

En su oración, que no oímos (Munda cor meum…18), el Diácono pide los labios del

profeta Isaías purificados por el fuego (e Isaías se interpreta: salud de Dios) para poder anunciar el Evangelio.

Terminada esa oración el Diácono se levanta, toma del altar el libro cerrado de los evangelios y, arrodillado nuevamente en la grada superior donde estaba y vuelto al Sacerdote, le pide la bendición.

El Sacerdote se vuelve hacia el Diácono con las manos jutas ante el pecho y le dice: el Señor esté en tu corazón y en tus labios para que anuncies dignamente el Evangelio – y al llegar a esta palabra, separa las manos, pone la izquierda sobre el pecho y con la derecha

17 San Juan Bautista y san Juan Evangelista. 18 Limpia mi corazón…

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traza la cruz sobre el Diácono y lo bendice, diciéndole: – para lo anuncies dignamente en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

Luego el Sacerdote pone su derecha sobre el libro cerrado de los Evangelios que el Diácono tiene en sus manos, y el Diácono besa la mano del Sacerdote sobre el libro.

Tal es el envío del ministro.

Después de este beso a la mano que lo autoriza el Diácono se levanta y llevando solemnemente contra su pecho el libro cerrado de los evangelios, que sostiene por la parte inferior con ambas manos, baja las gradas del altar.

¿Qué quiere decir todo esto?

2 B. El envío del ministro: Declaración

EL DIÁCONO toma él mismo del altar el libro cerrado de los evangelios (nadie le da ese libro sino su Orden, como, al Señor, nadie la da su palabra, sino su encarnación), y esperado por los cuatro ministros que están en el plano (como el Señor prometido lo fue por la Ley y los Profetas y el deseo de las gentes), es enviado por el Sacerdote, que lo bendice y lo autoriza poniendo solemnemente la derecha sobre el libro cerrado.

La bendición, eficacia de fecundidad, virtud de la palabra, declara en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo el sentido trinitario, es decir, interior a Dios, relativo a las procesiones divinas, que tiene el Evangelio, y muestra, en la señal de la cruz, la clave de su comunicación.

La mano derecha (derecha del Padre) sobre el libro cerrado, al dar el mandato

trasmite la plenitud de la autoridad y, según el Diácono besa la mano que lo envía, se declara el Espíritu del Hijo. El Hijo viene a nosotros por amor. Viene en el Espíritu Santo (el beso) para unirnos al Padre que lo envía, es decir, para establecer, mediante el Evangelio, una nueva y antes no conocida (ni sospechada) relación entre los hombres y Dios.

Tal es el envío de la palabra.

A la preparación secreta – misterio escondido en Dios, palabra del silencio del Padre dada a nosotros en su hijo natus et passus19 (imposición del libro), en el Espíritu Santo (fuego,

nube e incienso), y todo esto dentro de un canto de alabanza, de un Alleluia que rodea en los cielos y la tierra el misterio – sigue el envío con plenitud de autoridad (derecha sobre el libro cerrado) y su venida por amor (según el Diácono besa la mano que lo envía), para producir frutos (bendición), de inteligencia (según la cruz) y vida nueva (que procede del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo).

Y notemos la diferencia de dignidad que existe entre el Evangelio y la Epístola. En la Epístola no hay envío del ministro. Allí lo visible a la iglesia es la bendición del ministro cuando ya ha leído su lección, es decir, la aprobación del Señor al siervo hallado fiel en el momento en que éste restituye la palabra.

Aquí en cambio la bendición, visible, pública, solemne, es dada al enviarlo, y dada en medio del altar (lugar de plenitud), como ha sido también “in medio” la imposición del libro y la imposición del incienso.

Y estas diferencias de dignidad del rito tendrán su expresión mayor al terminar la lección, pues en el Evangelio no hay restitución de la palabra (perfecta, ha sido para siempre) sino su regreso al altar y conforme al misterio del libro abierto, el beso y el incienso…

3 A. La Procesión: Rito

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AL BAJAR el Diácono del altar el Sacerdote se retira al lugar de la Epístola, y los cuatro ministros que están en línea en el plano (el Subdiácono, el turiferario y los dos acólitos), hacen una genuflexión al altar, se vuelven hacia la asamblea, saludan al coro con una ligera inclinación de cabeza y viene procesionalmente hacia nosotros.

Salen del presbiterio en orden: primero el turiferario con el fuego; luego los dos acólitos, con las luces; finalmente el Diácono, con el libro cerrado de los Evangelios sobre el pecho, asistido a su izquierda por su ministro, el Subdiácono, que lo acompaña con las manos juntas ante el pecho.

Salen del presbiterio por el centro, atraviesan el coro y, al llegar al límite entre el coro y el pueblo, doblan hacia su derecha y se detienen junto a la pared Norte de la casa. Allí ocupan su lugar colocándose en cierto orden.

3 B. La Procesión: Declaración

SAN GERMÁN de París llama a la procesión del Evangelio “la marcha victoriosa de Cristo que triunfa de la muerte”. Lo es por su salida, por su composición, por su itinerario.

Viene del altar al pueblo según la línea de la luz, de Oriente a Occidente. Precedida del fuego, porque el amor es primero en todo. Iluminada de la cera, el Lumen Christi, símbolo de la encarnación del Verbo. En la alegría de la luz: acólitos binos, homo et homo natus est in ea!20 Y conforme al misterio de los ministros mayores: del Subdiácono, sapiens in vasa, ahora

sostén del Evangelio, y del Diácono, ministro de la sangre, cuyo “oportet”21 es dispensar la

palabra.

La salida y el orden se perfeccionan en el misterio del lugar, pues el Evangelio, que viene a nosotros en la línea de la luz, no es cantado “in medio” sino al Norte. El lugar del Evangelio es el norte de la casa, la derecha del altar, el cornu gentium. Es, entre el santuario y la nave, “ipsam partem dexteram altaris quae pro Aquilonis figuratur22.

Palabra nueva y perfecta, como acto del Verbo de Dios victorioso corresponde a la derecha (– Justitia plena est dextera tua!23) y así es dicha de cara al monte del testamento in lateribus Aquilonis, en el lugar que el primer homicida usurpó al hombre engañado24.

Ahora bien, cuando el Diácono va al lugar del Evangelio, el Sacerdote, que lo ha

enviado, se retira al lugar de la Epístola. Esto hace que el processus25 trace una figura, y figura

de Cruz, con los pasos del que desde el sur, y por haberla enviado, vuelve a nosotros su rostro.

El Evangelio, en su lugar, depende de la Epístola en su lugar. La perfección y el cumplimiento depende de la preparación. El evangelio dado a las naciones depende del

20 Uno a uno todos han nacido en ella… Salmo 86, 5 21 Le corresponde, le conviene, le es propio (el anuncio)

22 Cita del Cærimoniale Episcoporum (II, viii, 44) donde se indica que el subdiácono debe colocarse “vertens renes

non quidem altari, sed versus ipsam partem dexteram quæ pro aquilone figuratur” = Volviendo la espalda no al altar, sino hacia la misma parte derecha que representa el norte.

23 Salmo 47, 11: Tu diestra está llena de justicia.

24 Todo este párrafo parece cancelado por el autor mediante un trazo transversal de lápiz rojo. Alude y cita parte

de Isaías 14, 12-14. Las laderas o estribaciones del Monte del Norte pueden aludir a las laderas del Monte Hermón y la cadena montañosa del Líbano, tierra fenicia. O alude también a las laderas del Monte Moria, sobre el que se construyó el templo al norte de la ciudad de Jerusalén. La tradición cristiana une el Monte Calvario, donde Jesucristo muere en la Cruz, con el lugar de la tumba de Adán. Aquí Dimas Antuña parece pues unir el lugar de la lectura del Evangelio con las laderas del Calvario y la tumba de Adán.

25 El recorrido

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consejo, del propósito, de la economía. Y así la buena nueva que el Diácono anuncia in cornu gentium26, es rostro de Dios vuelto a nosotros en el Sacerdote, desde el lugar de los judíos.

La procesión, pues, traza una figura y cumple misterios. Cuando traza su camino lo hace al estilo de Dios. Viene a nosotros en la línea del Oriente, porque el Evangelio es luz, pero obra su virtud según la línea del altar, porque no ilumina sino a los que redime.

Palabra de Dios, depende del silencio de Dios. Palabra de sabiduría perfecta, ase todos los extremos: el norte y el sur, el oriente y el ocaso… – Ecce ab austro venio, Ego Dominus, visitare vos in pace27. El Diácono canta al Norte por virtud del que desde el Sur nos mira –

Aspiciam vos (desde la Epístola28) et crescere faciam (en el Evangelio29)30.

4 A. La lección manifestada: Rito

CUANDO la procesión llega al lugar del Evangelio los ministros se dividen.

El Subdiácono asistido de los acólitos se coloca de espaldas a la pared del Norte de la casa, mirando al Sur y, frente a él, el Diácono asistido por el turiferario, mira de cara al Norte teniendo el altar a su derecha.

Diácono y Subdiácono, unan contra unan (y mirados desde el extremo del Sur por el Sacerdote que vuelve a ellos el rostro) forman un grupo doble de cinco ministros en el cual tres manifiestan la lección a la iglesia y dos concurren a anunciarla.

El Diácono abre el libro de los evangelios que trae en la parte correspondiente al día, y lo entrega al Subdiácono. Éste lo toma, lo mantiene abierto en alto y lo da a leer puesto sobre su frente, sosteniéndolo por la parte inferior con ambas manos. El libro abierto le tapa la cara. A derecha e izquierda del subdiácono los acólitos presentan al libro abierto sus luces.

4 B. La lección manifestada: Declaración

EL SUBDIÁCONO obra en este momento como ministro de Diácono, sirviéndole

directamente, y lo hace dentro del estilo que le es propio, es decir, con una actitud plástica de expresión clara, pero de significación oscura, casi incomprensible.

El Subdiácono en la misa parece puesto para contradecir al que razona y ser estímulo del que solo atiende y busca a Dios. Entrega su lección de espaldas, presenta abierto el Evangelio que él no puede llevar cerrado, ni abrir, ni leer y que lo ciega, y durante todo el tiempo que dura el sacrificio, de espaldas también a la asamblea mantiene ostensiblemente en alto un vaso sagrado encubierto.

Si el Subdiácono no fuera subdiácono, es decir, ministro de otro ministro, y ministro inferior de una economía a la cual constantemente asiste y se refiere, su actitud sería

inexplicable. Pero está en el estilo de la Sabiduría proponer estos enigmas, y así es admirable ver cómo el orden que constituye al Subdiácono como sapiens in vasa pasa también a su actitud y lo modela en la Iglesia.

En los dos grandes actos en que lo vemos mayormente (su lección y su asistencia), atento al solamente al altar presenta al pueblo “de espaldas a Dios”. En su lección

preparatoria, durante el sacrificio por la eminencia del misterio. Y ahora, es decir, en el acto más claro que tiene la misa como expresión, cuanto todo predica, cuando todo es luz,

26 Lado de los gentiles o paganos.

27 Heme aquí que vengo desde el Sur a visitaros con la paz. Frase tomada de un responsorio de Maitines del

Oficio divino según la reforma del Concilio de Trento.

28 Desde donde el Sacerdote está vuelto y mira hacia el lugar del canto del Evangelio. 29 Por la lectura evangélica que proclama el Diácono.

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anuncio, noticia, revelación y enseñanza, él, como sostén del Evangelio – columna de la fe y figura del pueblo – nos ofrece su perfil.

Manos y frente forman los puntos de apoyo de este atril cuya resistencia está en la nuca, y de pie, revestido de alba y de la túnica, ofrece el libro abierto. El libro descansa sobre su frente y le tapa la cara. La columna de la fe se yergue así conforme al misterio de novedad que lleva, en el espíritu de la resurrección (el alba), ornada de la túnica de alegría (paz y gozo de la buena nueva), para sostener con las manos y la nuca (es decir, por fe), el libro abierto.

El libro descansa en la frente para inteligencia y le tapa la cara dejándole libre los oídos, según conviene a la palabra que no es de lo que vemos sino ex auditu. Y así, sin ojos, sin nariz sin boca, sin mejillas, columna de la fe, sólo por fe ve, discierne, gusta y habla o calla o comprende. El Evangelio es la luz de su rostro. La decisión de las manos que sostienen y la firmeza de la nuca sujetan al oído el libro abierto en el luminoso y ancho y seguro pacífico descanso de la frente. Y todo lo que en las operaciones inferiores o puramente humanas del hombre hacen la nariz, la boca, los ojos, las mejillas: todo lo que en el hombre es luz,

prudencia, discernimiento, risa, manjar, gusto, bebida, palabra, grito, expresión o salud, el libro abierto, es decir, Cristo Crucificado, lo es para el cristiano.

De ahí que, como sostén del Evangelio, el Subdiácono sea la figura del pueblo. De todo el pueblo de Dios: ya del judío, que entrega el evangelio a las naciones y a quien el libro abierto (Cristo Crucificado) lo ciega, ya del cristiano, que, viviendo de ese misterio, sostiene el libro abierto y para quien, por la obediencia de la fe, el Evangelio es rostro, luz, inteligencia, expresión, pensamiento, franqueza, libertad de palabra.

Pero el Subdiácono no está solo. Los dos acólitos cuyo orden consiste en llevar el candelero con el cirio encendido y suministrar al altar el vino y el agua para la eucaristía de la Sangre, hijos de la luz, criaturas evangélicas si las hay, le asisten a derecha e izquierda

presentando al libro abierto sus luces.

Estas luces de cera, el “lumen Christi”, cera de la abeja virgen, símbolo de la encarnación cuyo misterio es revelado a la iglesia cada año en el Exsultet, son la luz que permite leer el Evangelio. No porque el Evangelio necesite luz (es la luz misma) sino porque nuestros ojos necesitan de esa luz.

Pues en el Evangelio y dondequiera que leamos, todo (inteligencia y sentido, verdad o vida) depende de la única respuesta que demos a esta sola pregunta del Señor: – Y vosotros ¿Quién pensáis vosotros que yo soy?

En nosotros contesta la confesión de Pedro, fundamento de la Iglesia y palabra que da, a quien ha sido dado el libro, la llave. Nosotros decimos: – Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, y por eso leemos el Evangelio a la luz de la encarnación, es decir, con asistencia de acólitos.

Estos, revestido de túnica negra y e sobrepelliz de lino (revestidos de Cristo vencedor de la muerte: sobrepelliz, vencedor de la túnica pellícea…), presentan el candelero con el cirio encendido. Pero esa luz, nacida de la piedra y nutrida por la abeja virgen, ordenada a la lectura (luz que permite que los ojos puedan leer en la luz) no es la única que entrega el Evangelio.

Al testimonio de Pedro, fundamento y principio de toda inteligencia, responde (y es ofrecido aquí también) el testimonio del Padre. Y de ahí que el Evangelio, que no puede ser leído sino a la luz de la Encarnación, sea manifestado a la Iglesia según el testimonio de la Transfiguración.

El Subdiácono no está solo y en los acólitos no hay luz solamente sino también

asistencia. Los acólitos están a derecha e izquierda como Moisés y Elías en la Transfiguración

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del Señor para dar testimonio al Evangelio. La luz que ofrecen es para nuestros ojos, la

asistencia para el libro abierto y, en una y otra y reunidos al Subdiácono, el testimonio para la fe de la iglesia.

Cuando se manifestó en el santo monte la grandiosamente fúlgida gloria, Moisés y Elías trataban con el Señor de la salida, es decir, de la crucifixión. Trataban del libro abierto (Cristo Crucificado) y de las glorias consiguientes a ese misterio, es decir, de la resurrección, de la ascensión, de la sesión de nuestra naturaleza a la derecha del Padre, y del

descendimiento y permanencia para siempre dentro de la criatura reengendrada por el Espíritu Santo de Dios.

Y así es mostrado el Evangelio a la iglesia. Tal es, en este momento, el cuadro de la lección manifestada: manifestada por el Padre en la confesión de Pedro (lumen Christi, cera y llama, única luz que permite leer el Evangelio; manifestada en el testimonio de la Ley y los Profetas (asistencia a derecha e izquierda de los niños revestidos), y en el misterio del libro abierto (Cristo Crucificado), coloquio de la Transfiguración, victoria que atrae todo a sí, que permite la inundante gloria, llama a la nube lúcida, produce la voz de lo alto nos deja oír el Evangelio (y aún después de haber dicho y creer firmemente que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo), como quien no sabe si despierta de un sueño y sin saber qué decir.

El Evangelio es un término. Es perfección y cumplimiento. Término, en la economía, de la Ley y los Profetas; término, en la misa, de la Epístola y el Gradual. No puede ser leído si la cera y la llama que afirman la encarnación, y no se manifiesta sino con asistencia de Moisés y Elías (aquí dos niños), es decir, de la Ley y los Profetas, es decir, de la Epístola y el Gradual.

La Epístola a la derecha, dice: – Apparuit gratia Dei!31. El Gradual a la izquierda, el

Gradual lentus in umbra, a la voz de aquél mensajeacude y, en el deseo de la presencia, anhela: – Tibi dixit cor meum: Exquisivit te facies mea…32 Y así aparecen a los ojos del Padre

(figurado por el Sacerdote revestido que desde el cornu judeorum vuelve el rostro a la lección y a la Iglesia), y a los ojos de la comunidad (llamada por el Introito, reunida por la Colecta y profundamente preparada para este estar de pie por la Epístola y el Gradual), los tres ministros: el Subdiácono, sapiens in vasa más que nunca y vaso él mismo ahora (columna luminosamente ciega de la fe, cariátide maravillosamente virgen de la obediencia), y los dos acólitos, hijos de la luz, cristóferos, ceroferarios que, en figura de Moisés y Elías y en

reiteración de la Epístola y el Gradual, alumbran y asisten, es decir, hacen posible la lectura (a la luz de la Encarnación) y dan, a derecha e izquierda, el testimonio de honor al misterio cegador y deslumbrante y que sacia todo deseo, del libro abierto.

31 Apareció, se mostró , la gracia de Dios

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