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El trotaconventos

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Academic year: 2020

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La Trotaconventos.

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ORIGEN LATINO DEL CELEERE PERSONAJE DEL AROHIPRESTE DE HITA

La literatura española ha sido generosa en la creación de personajes arquetipos, tan arraigados en la mentalidad ibérica, tan ricamente construidos y tan espléndidamente modelados, que al adquirir vida, por el mágico soplo de quie-nes los crearan, cobran valor de eternidad, reflejan do un eco que aún persiste en la manera de las gentes españolas. Don Quijote y Sancho viven hoy en Españ a con su perfil físico y su gran corazón. Y alientan también en la Península el Don Ju an , que trazara Tirso de Molina y repitiera al modo ro-mántico Zorrilla y la picara Trotaconventos, recreada m a-gistralmente por Rojas, en su inmortal Celestina.

V si nos preguntamos por qué es que la Trotam un dos y la Celestina logran adquirir tan gran de popularidad, es fácil deducir que ello se debe a que son producto de una época, que es la cristalización medular de lo hispánico. Ellas representan el feliz hallazgo, la maravillosa solución, al eter-no problema de la carne, que, por conceptos y caracteres pe-culiares, se agudiza en Españ a, en donde el fu ert e tempera-mento español se en fren ta al terrible concepto místico de la Vlrgin idad. Para conservar la honra se encierra a las damas

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custo-(lian celosamente el pudor de sus hijas virginales, pero al fin y al cabo mujeres, temperamentalmente ardientes y

sensua-les, porque muchas tienen de moras y de meridionales. Est e problema que se presenta en toda Europa medioeval, adquie-re en Esp añ a tono extraordin ario. En Fran cia la desflora-ción. de la m ujer lué un dram a, mejor podríamos llamarle una comedia dram ática. En la lírica valona del siglo XI V "el am or es una eterna esperanza, con idea de una posesión en el m ás allá". En Italia, en la misma época, el divino Dante ideali-za y sublima su deseo por Beatriz. Pero en Españ a, la de la tierra roja y el sol ardiente, el amor es tragedia, envuelta en san gre y llanto. Y ese hórrido problema de la separación de la amada lo soluciona el ingenio español con la Trotaconven-tos y la Celestina, resolviendo picaramente un problema tras-cendental y eterno.

De allí la importancia que cobra el estudio del personaje de la Trotacon ven tos. Lo reducido del tiempo y del espacio de que disponemos nos obliga a concretar este estudio, estric-tamente al origen y antecedentes de la que podríamos llamar

"arqu et ip o" de Celestina.

Veam os como nos la describe el "non sanctu" Arcipres-te de H it a, en su fam oso Libro del Buen Am or; la comedia hum ana del siglo XI V. En realista y coloreada pintura la re-t rare-t a Ju an Ru iz diciendo por inre-termedio de Don Am or, que acon seja al Arcipreste una mensajera para llegar a la dueña:

"Pu ñ a en cuanto puedas que, la tu mensajera sea bienrrazonada, sotil e costum era:

sepa mentir ferm oso é siga la carrera Ca mas fierbe la olla con la su cobertera.

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One andan las iglesias e saben las callejas:

Grandes cuentas al cuello, saben muchas con sejas, Con lágrim as de Moysén escantan las orejas.

Son muy gran des m aestras aquestas paviot as, Andan por todo el mundo, por placas e por cotas, A Dios alean las cuernas, querellando sus coyt as: ¡Ay ! ¡quan to mal que saben estas viejas arlot as! Tom a de un as viejas, que se faser erveras,

An d an de casa en casa e llámanse p art eras; Con polvos e afeyt es é con alcoholeras, Ech an la moca en ojo e ciegan bien de veras. E busca m en sajera de unas n egras pegatas,

Que usan mucho los fr ayr es, las m on jas e beat as: Son mucho an dariegas e merescen las capatas Est as trotaconventos fasen muchas barat as.

Pero es curioso an otar, que este person aje tan esencial-mente español y que refleja las costumbres y el vivir de en-tonces, llega de afu er a para tomar en Esp añ a carta de ciuda-danía. Como lo indicó, por primera vez, el eminente erudito Ju an Antonio Pellicer, 'en la curiosa nota que comunicó a don Tom ás An ton io Sán ch ez y que éste publicara en su co-lección de poesías castellanas anteriores al siglo XV, "El li-bro del buen Am o r ", no sólo se inspiró-en el "Pan ph ilu s de am ore", llamado también Comedia de Vét u la, sino que el Ar -cipreste intercala en su obra, casi la quinta parte de él; y éso

f[ue ha llegado hasta nosotros con muchas mutilaciones, ya

que ni aún se encuentra completo el manuscrito del Colegio Viejo de Salam anca.

Menéndez y Pelayo, en sus "O rígen es de la Novela", to-mo IV, rat ifica esta afirm ación , diciendo que el Pam ph ilus en

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el fon do, es el esquema, no sólo del episodio del Arciprest e sino de la propia Celestina. No es necesario, sin embargo, re-cu rrir a posteriores eruditos para probar esta procedencia, cuando el misino Arcipreste confiesa llanamente el origen de este episodio, al fin al de la parte referente a "De como doña En d rin a fué a casa de la vieja e el arcipreste acabó lo que qu iso", y que dice:

Sy vvllan ía he fecho, aya de vos perdón:

En lo feo del esloria dizzyxutsrponmlkjihgfedcbaYWVUTSRPONMLKJIHFEDCBA Panfilo e Nasón.

Comprobado lo anterior, se puede deducir que el per-son aje de la 1 Trotaconventos debió inspirarse en la vieja

(an u s) que aparece en el segundo acto del Pamphilus, el "deu s ex m ach in a", de la Tram oya. Si bien Menéndez y Pe-layo m an ifiest a que esta doña Trotaconventos, cuyo verda-dero nombre es Urraca, "es una creación propia del Arci-prestezyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYXWVUTSRQPONMLKJIHGFEDCBA y ella, y nó las Dipsas de los Amores de Ovidio, ni mucho menos la vieja do Pan filo debe ser tenida por abuela de la Mad re Celestin a", en otra parte de su obra reconoce, sin em bargo, que las figu r as del Pan filo adquieren movi-miento en el Arciprest e y, luego, la comparación que hace del tipo de la Trotaconventos con el de la anus constituye el reconocimiento tácito de su estrecha relación. La misma des-cripción que él hace de la "an u s", como sutil ingeniosa y hábil medianera para los tratos amorosos", podría indistintamen-te aplicarse a la Trotaconventos. Y es que Menéndez y Pclayo llevado por su hondo, aunque exagerado en este caso, senti-do nacionalista, no exalt a el verdadero valor del Pamphilus, —-la prim era comedia de amor que registran los anales del teatro—indicando, por el contrario, que la transfomación que hace el Arciprest e es genial y luminosa, convirtienclo

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el Libro riel Buen Am or, en un cuadro de costum bres lleno de vida y lozanía, lo que en el or igin al—afir m a—n o es m as que una árida y fast id iosa rapsodia, un sentón de hemisti-quios de Ovidio, una m ala p ar áfr asis de algun as de sus lec-ciones eróticas.

Al mencionar a O vidio en el p á r r a fo an t erior se nos presenta el interesante problem a de la patern idad del Pam -philus. Duran t e muchos años se at ribuyó esta obra al céle-bre poeta latino O vidio. Aú n en el tan completo estudio de Mencndez y Pelayo, éste no llega a aclarar el punto, pues sólo indica que fu é su autor un poeta ovidian o de la latini-dad eclesiástica, cuyas obras llegaron a con fu n d irse con las de su m aest ro (aun que vem os que el Arciprest e las distin-guía ya perfect am en t e). No nos dá pues el nombre del autor,

sólo se refiere a la época en que fu é escrita, que dice no ser tan an t igua como la quiere hacer aparecer Battdouin, quien la remonta al siglo XI I , en lu gar de en m arcarla dentro de los siglos XI I o XI I I .

Para encontrar el nombre del autor del Pam philus, nos ha sido necesario recu rrir a Morat ín , quien en su

Discur-so Hist órico, que prologa su obra " O rígen es del Teat r o Es-pañ ol" dice,—recogiendo el estudio ele Ju an An ton io Pelli-cer—que se at ribuye la patern idad del Pam ph ilus, a Pa n filo

Maurilian o, m onje que floreció en la edad media, según lo indica Fabricio (Bibliot eca Lat in o, tomo T pág. 227) .

H allad a la relación existen te entre el Lib r o del Buen Am or y del Pam ph ilus, así como la de los tipos de la An u s y la Trotaconventos, podemos seguir nuestro recorrido en bus-ca de orígenes o antecedentes m ás remotos de éstos célebres

personajes.

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Celes-tina solo tiene como antecedente directo a Trot acon ven t os o cuando mucho a An u s, es posible llegar h ast a O vidio p ara ubicar la verdadera y prim era raíz de estos picarescos per-son ajes, suprema expresión de la persuasión diabólica. En efecto, bien puede ser la "An u s", el lazo de unión entre la Trotaconventos y la vieja "Dip sas"' que figu r a en "Lo s Am o-r es" de Ovidio ya que es sabido que la obo-ra de Pan filo tiene por única fuente al poeta de Sulm ona, viniendo a ser, según Menéndez y Pclayo, la comprobación práctica del arte de am ar ovidiano. Adem ás, corrobora esta tesis, el hecho de que el dram a an tiguo tuvo una continuación erudita, que nunca falt ó d'd todo, aún en los siglos más oscuros de la Ed ad Media. H a y en la literatura de los siglos XI I y XI I I un género curioso de comedias que tienen el mismo m etro— a imitación de O vidio—, y que se les designa con el

calificat ivo de Com edias Elegiacas. Algu n as como las de "Ve -t illa" es-tán comple-tamen-te dialogadas y cons-ta que fueron conocidas e im itadas en Esp añ a.

Por último, el mismo Menéndez y Pelayo reconoce que "Dip sa s" tiene rasgos comunes con Celestina p or: "la em-briaguez, la hechicería y el oficio que ambas ejercen de con-cert adoras de ilícitos tratos, así como la p érfid a astucia de sus blandas palabras y viles con sejos"

Bien puede verse, además, por las fr ases con que O vi-dio describe a Dipsas, las sem ejanzas que ésta tiene con la Trot acon ven t os y la Celestina. Así dice: "Exist e una vieja llam ada Dipsas. Su nombre proviene de su oficio. Ja m á s vió en ayu n as a la madre del negro Memnón en su carro em-purpurado. Ducha en el- arte m ágico y en los encantam ien-tos de colmos, hace volver hacia sus fuen t es los ríos m ás rá-pidos. Ella conocía la virtud de las plantas, la del hipomanes. x

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Ella evcca el polvo de las tumbas a los abuelos y a los bisabue-los. A su voz se entreabre la t ierra. Complácese en p r ofan ar el casto lecho del himeneo y no le falt a elocuencia a su len-gua emponzoñada". Am en a y nítida descripción que bien po-dría adoptar y adapt ar el Bach iller Fern an d o de Rojas p ara sil Celestina, especialmente en aquel último atributo que es

esencia medular del person aje.

Est as artes y m aest rías de las Dipsas, An u s y Trot a-conventos, son las que ha de seguir la Celestina, que en la tra-gicomedia de Calisto y Melibea llega a su perfección y se pe-renniza en el popular, hondo y defin ido person aje, que se ha de reproducir m uchas v c e s en el largo camino recorrido por la li-teratura española y aún universal- Y es que no obstante su ascendencia latin a, la concepción art íst ica h ispan a es tan fu er -te que sabe acoger y adaptar los personajes venidos de fu e-ra, para arraigarlos dentro del paisaje y la sicología naciona-les, hasta con vertirlos en seres típicos de su literatura, que luego, por encanto de la sin gular adaptación, enriquecida por los propios contornos, logra in flu ir en la literatura de otros países.

Así la Celestina, personaje que Esp añ a recibió de la la-tinidad es lanzado a t ravés de los Pirin eos para que recorra el mundo de la fan t asía llevando en su seño el sello peculiar

c indestructible de la raza.

Referencias

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