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Telégrafos. Un relato de su travesía centenaria

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Academic year: 2020

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SEBASTIÁN OLIVÉ

Sebastián Olivé Roig ingresó en Telégrafos en 1948, donde ocupó puestos de Auxiliar en las salas de aparatos en varios destinos, pasando al Cuerpo Técnico en 1955 y jubilándose en 1997. Ingeniero Técnico de Telecomunicación y Li-cenciado en Ciencias Políticas, ha sido Profesor numerario de la Escuela Ofi cial de Telecomu-nicación y Profesor encargado de curso de la Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica de Telecomunicación de la Universidad Politécnica de Madrid.

Es autor de varios artículos y publicaciones so-bre la telegrafía, entre ellos “Historia de la Te-legrafía óptica en España” (1990), “Primeros pasos de la Telecomunicación” (1999), “El na-cimiento de la Telecomunicación en España. El Cuerpo de Telégrafos (1854-1868)” (2004). Actualmente es el presidente de la Asociación de Amigos del Telégrafo de España.

Un relato de su travesía centenaria

Libro

16

dad, fue rebasado por los crecientes

servicios de telecomunicación y está

en trance de ser olvidado.

Hay pocas historias que cuenten como

fue el servicio telegráfi co y muchas de

ellas lo hacen tangencialmente al

histo-riar el servicio telefónico o las

diferen-tes variandiferen-tes de la radiocomunicación.

El autor ha pretendido contar con

bre-vedad la historia del servicio telegráfi co

prestado en España por el Cuerpo de

Telégrafos desde el punto de vista

in-terno, de un telegrafi sta, de un “autor”

de una parte de los hechos historiados,

aun a sabiendas de que puede resultar

un relato poco imparcial.

Ha querido contar la evolución de la

organización del personal, la continua

modernización de los aparatos y

siste-mas de comunicación empleados

(qui-zá este punto con más empeño por ser

el campo donde desarrolló su actividad)

y, también, los vaivenes

administrati-vos y políticos a que ha sido sometido

el servicio telegráfi co durante los casi

150 años de su existencia.

TELÉGRAFOS

Un relato de su tr

a

v

esía centenaria

PVP. 15,00 €

10010896

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UN RELATO DE SU TRAVESÍA

CENTENARIA

Autor:

Sebastián Olivé

COLECCIÓN

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ella. Dichos contenidos son responsabilidad exclusiva de sus autores.

© Fundación Telefónica, 2013 Gran Vía, 28

28013 Madrid (España)

© Editorial Ariel, S.A., 2013 Avda. Diagonal, 662-664 08034 Barcelona (España)

© de los textos: Fundación Telefónica

© de la ilustración de cubierta: © Antonio Abrignani / Shutterstock

Coordinación editorial de Fundación Telefónica: Rosa María Sáinz Peña Primera edición: febrero de 2013

ISBN: 978-84-08-01357-0

Depósito legal: B. 4.147-2013

Impresión y encuadernación: Unigraf, S.L. Impreso en España – Printed in Spain

El papel utilizado para la impresión de este libro es cien por cien libre de cloro y está califi cado como

papel ecológico.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informá-tico, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal).

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UN RELATO DE SU TRAVESÍA

CENTENARIA

Autor:

Sebastián Olivé

COLECCIÓN

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Prólogo ... IX

Presentación ... XIII

1. El envío de mensajes antes de la electricidad ... 1

2. El telégrafo eléctrico ... 9

2.1 Los primeros telégrafos eléctricos ... 10

2.2 La construcción de la “red telegráfi ca”. La Ley de 22 de abril de 1855 ... 12

2.3 El nacimiento del “tráfi co” de telegramas ... 16

2.4 La constitución del Cuerpo de Telégrafos ... 19

2.5 Los primeros telegrafi stas ... 22

3. El telégrafo en una etapa difícil (1869-1880) ... 27

3.1 Los cambios de la Gloriosa ... 28

3.2 La destrucción y posterior reconstrucción de la red ... 29

3.3 Las salas de aparatos ... 32

3.4 Los telegrafi stas ... 34

4. La Restauración y la consolidación de Telégrafos (1880-1900) ... 39

4.1 La ampliación de la red con las “férreas” ... 40

4.2 El teléfono, ¿amigo o enemigo?... 43

4.3 Los telegrafi stas “de bajo coste” ... 46

4.4 La “fusión” con Correos ... 48

4.5 La huelgade los agraviados ... 50

4.6 Las salas de aparatos ... 54

4.7 El Cuerpo de Telégrafos ... 56

5. Telégrafos ante el nacimiento de la telecomunicación (1901-1923) ... 61

5.1 La explotación de la telefonía y la radio “interfi eren” ... 62

5.2 La evolución de la red telegráfi ca hasta 1923 ... 68

5.3 Reglamentos varios ... 70

5.4 Los telegrafi stas. Contradicciones: euforias y depresiones ... 73

5.5 Las Juntas de Defensa ... 81

5.6 Los ingenieros de Telégrafos: orgullo y pesadilla ... 89

6. La Dictadura: únicamente telegrafía (1924 -1931) ... 93

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6.4 Los temas de personal en la Dictadura ... 102

7. La República (1931-1936) ... 107

7.1 La Dirección General de Telecomunicación ... 108

7.2 Las reivindicaciones profesionales de los telegrafi stas ... 113

7.3 Los telegrafi stas y la República ... 115

8. La guerra civil (1936-1939) ... 121

Los telegrafi stas y la guerra... 122

9. La posguerra (1939-1954) ... 129

9.1 La primera posguerra (1939-1945) ... 130

9.1.1 Pinceladas tristes ... 130

9.1.2 La presión social: los militares y la religión ... 133

9.1.3 Una solución no buscada: la Escala Auxiliar Mixta. ... 135

9.2 Primeros atisbos de cambios (1946-1954) ... 136

9.2.1 Cambios técnicos ... 136

9.2.2 Cambios en el personal ... 140

9.2.3 Cambio de fi losofía ... 143

10. La expansión de Telégrafos: el Télex (1955-1978) ... 147

10.1 La salida del túnel: el centenario ... 148

10.2 Primeros pasos del Télex (1955-1964) ... 150

10.3 El personal en el mismo período (1955-1964) ... 154

10.4 Planes de Desarrollo (1965-1978) ... 157

10.5 El personal en el mismo período (1965-1978) ... 160

11. El cierre (1978) ... 165

11.1 Ley 75/1978, de 26 de diciembre, de Cuerpos de Correos y Telecomunicación ... 166

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Jorge Luis Borges era un entusiasta de los relatos breves. Si algo se puede ex-presar con una frase, no es necesario adornarla de párrafos o páginas que solo lograrán ocultar lo esencial. El libro que tengo el honor de prologar es, en este sentido borgiano. Es breve pero intenso. Nos descubre un enorme capítulo de la Historia de las telecomunicaciones españolas. Es además vivo, cálido y huma-no. Es todo. Es una joya.

Cuenta la historia de los fundadores. A veces épica, a veces ruín, siempre huma-na. Es la Historia del Cuerpo de Telégrafos escrita con la distancia y la objetivi-dad de un científi co, pero también con el calor y el cariño de uno de los suyos. Con la pasión contenida con la que el último descendiente de una gran familia que lo fue todo, escribiría su historia solo para que no se olvide lo que su familia representó y aportó. Sebastián Olivé es todo eso. Un científi co riguroso, un ob-servador agudo, un curioso impenitente, un telegrafi sta enamorado de la histo-ria y de su histohisto-ria. Al contarnos la histohisto-ria del Cuerpo de Telégrafos, nos ha transmitido sobre todo su alma.

Pero tampoco quiero que el párrafo anterior cause confusión. No estamos ante una novela, un relato o una interpretación, se trata sobretodo de un libro de Historia, con mayúscula, que pone en valor un capítulo esencial de nuestras telecomunicaciones. El primer capítulo referido a los Telégrafos que, a menudo, tratamos superfi cialmente, de pasada, como comparsas o teloneros que apor-tan el contexto para subrayar la llegada del teléfono. Este libro pone ese capítu-lo bajo capítu-los focos, en el centro de la escena, y nos descubre un mundo inespe-rado y lleno de sorpresas. En el devenir del Cuerpo de Telégrafos, se encierran algunas claves para la comprensión de nuestro presente.

Estamos ante una entidad que ha tenido un ciclo completo de existencia, desde su nacimiento el 22 de abril de 1855 hasta su extinción el 26 de diciembre de 1978. Casi 124 años de vida en los que ha sido testigo, y también protagonista, de impor-tantes capítulos de la historia política y social de España, no solo de la pequeña historia de las telecomunicaciones.

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España, la Ley Moyano de educación y tantas otras que, en solo dos años, pu-sieron las bases institucionales de la España actual que, todavía hoy, están vi-gentes en muchos aspectos. El RD de 22 de abril de 1855 fue la respuesta del Estado al desafío tecnológico que las telecomunicaciones ya empezaban a plantear. Y fue una respuesta oportuna en el tiempo.

A partir de aquí, el Cuerpo va evolucionando y en el libro se nota como, poco a poco, se va convirtiendo en un actor importante de la vida pública. El im-pacto de la revolución de 1868 (‘La Gloriosa’), la Restauración y sobre todo la huelga de 1892, que causó el cese de un Ministro, muestran la importan-cia soimportan-cial y el poder que la telegrafía organizada había adquirido en la vida pública española.

La importancia del Cuerpo, su autoestima y su nivel de compromiso se eviden-cia en las sabrosas señales y datos que Olivé nos ofrece, como el hecho de que en 1888 se estableciera la fecha del 22 de abril como ‘Día de Telégrafos’ o que, por estos mismos años, los telegrafi stas se propusieran ayudar al Estado para construir un cable submarino que conectase la Península con Cuba, sufragando su coste con el descuento de sus haberes.

Poder y compromiso que no fueron sufi cientes para imponerse en la larga batalla que se desarrolló alrededor de la gestión del servicio telefónico. Batalla en la que también jugaron fuerte, llegando incluso a comprar y regalar al Estado la red telefó-nica de Valdepeñas. Los ecos de esa batalla no se han apagado del todo. Y aunque el Cuerpo se haya extinguido hace 34 años, todavía hay algunos interrogantes inte-resantes que merecen alguna investigación.

Interesantísima también la relación de los telegrafi stas con la Dictadura, la Repúbli-ca, la Guerra Civil y la Postguerra. Me ha emocionado el rigor y el tratamiento exqui-sito de estos dos últimos capítulos. En este país nuestro en el que tan difícil resulta todavía aproximarse a esa parte de nuestra historia, se agradece un enfoque tan honesto y despojado de apriorismos.

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No sería fi el al contenido del libro si no hiciera una mención a uno de los aspec-tos que más me han seducido por su capacidad de transmitirnos el ‘alma’ del Cuerpo de Telégrafos. Es la explicación de las Salas de Aparatos, su papel como corazón del sistema, de la red, y la especial relación de los telegrafi stas con sus ‘colaterales’. También me parece digno de mención y recuerdo, el papel que Te-légrafos ha jugado en la integración de la mujer en el mundo laboral, con el or-gullo de haber tenido en sus fi las a una militante por la igualdad entre sexos del calibre de Clara Campoamor.

Para la Fundación Telefónica es un privilegio tener este libro en su colección. Es nuestro deseo contribuir al conocimiento de nuestro pasado tecnológico y este li-bro es una gran aportación en este objetivo. Para mí además es un orgullo presen-tar este trabajo de mi maestro.

Madrid. 9 de enero de 2013

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Este relato pretende ser una historia de Telégrafos.

Telégrafos ha sido, durante más de cien años, el nombre que ha identifi cado al organismo de la Administración pública que se ha encargado del servicio tele-gráfi co, pero hubo otros organismos y empresas que también prestaron este servicio. Quizá para darle más empaque, desde el primer momento de su naci-miento, Telégrafos se personalizó utilizando la expresión Cuerpo de Telégrafos

y las circunstancias han hecho que se pueda intentar visualizar la vida entera del Cuerpo de Telégrafos, es decir su travesía centenaria desde su nacimiento hasta su extinción.

1907

1933

1928

1945

Telégrafos estuvo integrado en la Administración en varias Direcciones Gene-rales, casi siempre acompañado de otros servicios (con Correos durante la ma-yor parte de los años), pero intentando conservar una cierta independencia, apoyándose en sus condiciones técnicas. En las imágenes puede verse (en di-ferentes épocas e, incluso, con didi-ferentes regímenes) que en la cabecera de algunos escritos ofi ciales no aparece la mención de ninguna Dirección General y, a veces, ni siquiera el escudo nacional, que se sustituye por el logotipo pro-pio de Telégrafos.

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aun-que las revistas del sector aun-que aun-querían representar al Cuerpo de Telégrafos –y que le asignaban el papel de valedor de los intereses del Estado– defendieron ese monopolio admitiendo, sólo como un mal menor, que existieran otros ope-radores.

Pero aunque no hubiera unanimidad entre los telegrafistas, sí es cierto que existía un sentimiento de pertenecer a una colectividad con personalidad pro-pia y, en general, estaban satisfechos por ello. En Telégrafos se sentían inclui-dos cuantos participaban en el trabajo de hacer llegar los telegramas a sus des-tinos, desde los jefes a los celadores que cuidaban de las líneas (esto pudo comprobarse siempre que se proyectaron sistemas de protección social: mon-tepíos, colegio de huérfanos, etc.). No obstante, donde se fraguaba sobre todo ese sentimiento de unión era en las “salas de aparatos”, seguramente porque era donde se percibía mejor la cercanía entre compañeros, a pesar de mediar entre ellos muchos kilómetros de distancia, y la interdependencia entre todos los que intervenían en el proceso.

Probablemente siempre será necesario enviar mensajes a distancia, mensa-jes escritos, por lo que siempre habrá “telegramas”, llamados SMS, correos electrónicos o de cualquier otro modo, pero ya no será Telégrafos el encarga-do de hacerlos llegar a su destino porque el Cuerpo de Telégrafos dejó de exis-tir en 1978.

La historia que se quiere contar tratará, sobre todo, del recorrido temporal de los componentes del Cuerpo de Telégrafos y tendrá que estar ligada a la evolu-ción tecnológica y a los avatares políticos, porque la infl uencia de ambos facto-res determinará, en gran manera, la marcha de Telégrafos, sin embargo no se pretende entrar detalladamente en ninguno de ellos. En general no se citarán nombres de telegrafi stas, aunque sí se incluirán cuando sean protagonistas de alguna situación que sea relevante para la historia que se pretende contar.

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vivo el recuerdo de aquellos que compartieron ilusiones y desengaños, pero que siempre supieron que cada uno de ellos era para los demás un KDO com-pañero. Y también, y sobre todo, en la persona de Paquita Barrau, telegrafi sta ella, hija, hermana y esposa de telegrafi stas, porque durante más de cincuen-ta años ambos hemos escincuen-tado juntos “inmersos” en Telégrafos… y, gracias a ella, hemos sobrevivido.

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(18)

Capítulo

1

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En todas las sociedades organizadas del mundo se han ensayado maneras de en-viar mensajes a largas distancias, utilizando señales que puedan verse a lo lejos. En la España romana, visigoda, árabe y cristiana, y seguramente antes también, hubo sistemas que servían para dar avisos de hechos esperados, como la llegada de un personaje, el nacimiento de algún rico heredero o la invasión de un ejército enemigo, generalmente mediante hogueras, con fuegos de noche y humos de día.

También las campanas y los tambores fueron utilizados para el mismo fi n, so-bre todo cuando la orografía de la zona en la que debían enviarse las señales difi cultaba que éstas pudieran ser vistas por los destinatarios del mensaje.

Pero todos los sistemas ideados enviaban señales escuetas sobre hechos con-venidos de antemano (anunciaban “sí” o “no” había ocurrido el acontecimiento esperado), pero en ningún caso podían enviar noticias complejas, es decir, no podían transmitir lo que entendemos como “telegramas”.

Por toda la geografía española hay testimonios que recuerdan la existencia de al-gún punto elevado del paisaje, generalmente denominado atalaya o un nombre similar, desde el que se hacían las señales. Se sabe1 que, en 1405, el rey de Castilla

Enrique III recibió en Segovia la noticia del nacimiento, que había ocurrido en Toro, de su hijo Juan II por medio de las señales de las hogueras. Especialmente impor-tantes eran las atalayas situadas en las colinas cercanas a las costas marítimas, porque la prevención contra las incursiones de los piratas fue una preocupación que se mantuvo hasta el siglo XVIII.

Es verdad que entre los barcos de una escuadra se intercambiaban señales me-diante banderas de diferentes colores, con lo que podía incluir más variantes en los supuestos convenidos. En España parece que ya las empleaban en 1247, cuando la Escuadra de Castilla, con el almirante Bonifaz al frente, coadyuvó a la conquista de Sevilla y que, cien años después, en 1340, una Real Orden reguló el uso de los gallardetes de colores y sus signifi cados.

Hasta fi nales del siglo XVIII no se conocen procedimientos que mejoraran estos primitivos sistemas, aunque sí algunas variantes más o menos felices. Con el envío de sonidos de diferentes tonos, golpeando troncos huecos de diversos tamaños, parece que podrían confeccionarse mensajes complejos, pero ningu-no de estos procedimientos pasó de ser una curiosidad local. En España

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mos situar dentro de este grupo el lenguaje silbado –el silbo gomero– de la isla de La Gomera, que todavía se mantiene y con el que se pueden transmitir más de cuatro mil palabras.

Los cambios que iban produciéndose en la sociedad europea hicieron que se en-sayaran sistemas para enviar señales de manera distinta a los procedimientos usados hasta entonces. Aprovechando las mejoras en la visión conseguidas con los anteojos acromáticos, se obtuvieron máquinas capaces de generar diferen-tes signos que, de acuerdo con una codifi cación adecuada, podían enviar cual-quier texto, sin necesidad de convenir previamente el tema que cabía tratar.

El más conocido de esos nuevos sistemas fue el inventado, hacia 1796, por el francés Claude Chappe, quien consiguió instalar en Francia un conjunto de má-quinas que, situadas en edifi cios preeminentes de las ciudades y en torres ade-cuadas en los trayectos entre ellas, permitían conectar con París buena parte de su territorio nacional e incluso las propias fronteras.

El éxito del sistema de Chappe provocó el nacimiento de las palabras “telégra-fo” y “telegrama” y su aparato quedó como el símbolo del que, posteriormente, se llamó el telégrafo óptico.

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En España también se hicieron ensayos para tener telégrafos ópticos con pres-taciones semejantes a los utilizados por Chappe. La fi gura más relevante, de entre los inventores españoles de aquellos sistemas, es la de Agustín de Betan-court, quien recibió el encargo de establecer una línea de torres con sus respec-tivos aparatos para unir Madrid con Cádiz. En 1799, Betancourt instaló su pri-mera torre frente al edificio del Observatorio Astronómico de Madrid y tres intermedias hasta Aranjuez,2 y logró establecer la comunicación entre estos

dos puntos, pero parece que no prosiguió su línea hasta Cádiz.

Por las mismas fechas, el teniente coronel de Ingenieros Francisco Hurtado ha-bía ideado un aparato con el que estableció varias líneas de telégrafo óptico para unir Cádiz con destacamentos militares situados en las comarcas cerca-nas, y llegó, incluso, hasta Sevilla.

La máquina de Hurtado era muy simple. Las posiciones relativas, que podían tomar dos “brazos” o “paletas”, le permitían tener sufi cientes signos para enviar cualquier mensaje. Ese telégrafo, siempre gestionado por militares, se mantuvo activo, aunque con escasa relevancia pública, en la zona de Cádiz hasta 1820.

Telégrafo de Hurtado. Periódico El Telégrafo. Detalle de cabecera.

A pesar de la simple composición de la máquina, el concepto “telégrafo” ya era un signo de la modernidad, como lo atestigua la cabecera del periódico de la época que utiliza la palabra en el título y la acompaña con una imagen de “su” telégrafo.3

2. Aranjuez, al ser la sede de una de las residencias reales, tuvo preferencia para los ensayos de varios de los telégrafos ópticos. Su protagonismo en el tema lo detalla Carlos Sánchez Ruiz en La telegrafía óptica en Aranjuez, editado por el Ayuntamiento de Aranjuez en 2007.

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El atractivo de la modernidad que se les achacaba y el éxito inicial de los dife-rentes sistemas de telégrafos ópticos en varios países no fueron sufi ciente para que tuvieran continuidad las líneas de torres establecidas, que fueron abando-nadas en todos ellos, salvo en Francia.

En España pasaron muchos años sin ningún intento de establecer nuevas lí-neas de telegrafía óptica hasta que, en 1829, un marino, Juan José Lerena, pro-puso a la Corte unir las diferentes residencias reales con un sistema telegráfi co de su invención. Estableció su primera línea entre Madrid y Aranjuez y, poste-riormente, con La Granja de San Ildefonso. Estas dos líneas fueron las más im-portantes, pero, además, realizó conexiones con otros emplazamientos cerca-nos a la capital. Incluso inició la construcción de las primeras torres para establecer una línea con Irún, para poder enlazar con las líneas francesas.

No obstante, a pesar del buen funcionamiento “de noche y de día” de las seña-les de Lerena, la utilidad del telégrafo todavía no estaba totalmente aceptada. El inventor presentó documentación demostrando que con su sistema el envío de mensajes podía ser más económico que empleando mensajeros a caballo y, sin embargo, el Gobierno no quiso fi nanciar la construcción de su telégrafo has-ta la frontera con Francia.

Tuvieron que pasar casi quince años para que se reconsiderara el tema y el Gobier-no decidiera establecer varias líneas de torres para unir Madrid con las principales ciudades peninsulares. Se convocó un concurso para adoptar un aparato adecuado y el ganador fue un colaborador de Lerena, el brigadier José María Mathé Arangua.

En 1846 empezó a funcionar la primera línea de torres entre Madrid e Irún. Consta-ba de 52 máquinas, situadas en edifi cios ofi ciales importantes de las ciudades y en la parte superior de las torres construidas expresamente y situadas en puntos escogidos por su buena visibilidad. En los cinco años siguientes se construyeron otras dos largas líneas. La segunda que se inició fue la de Madrid-Valencia-Barcelo-na, con dos derivaciones, una4 entre Tarancón y Cuenca y otra5 de Barcelona a La

Junquera, en la frontera con Francia, con un total de 85 máquinas. La tercera línea6

se estableció entre Madrid y San Fernando, en Cádiz, y constaba de 59 máquinas.

4. Una exhaustiva descripción de esta línea puede encontrarse en el libro de Jesús López Requena El progreso con retraso. La telegrafía óptica en la provincia de Cuenca, Diputación Provincial de Cuenca, Cuenca, 2010.

5. Esta línea está incluida en el libro Quatre pedres de… La telegrafi a òptica a Catalunya, de Jaume Prat i Pons, Institut Cartogràfi c de Catalunya, Generalitat de Catalunya, Barcelona, 2004.

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Los mensajes que se transmitían por aquel telégrafo eran exclusivamente ofi cia-les. Sólo podían emitirse y recibirse desde las capitales de provincia incluidas en las líneas, o desde localidades especialmente habilitadas para ello, que eran los puntos donde estaban destinados los “comandantes” que podían cifrar y desci-frar los mensajes. Los torreros eran los encargados de manejar las máquinas para generar los signos que constituían el mensaje y que un “comandante” ha-bía codifi cado previamente, pero los torreros no conocían el contenido de los mensajes que transmitían.

Mapa con las tres líneas ópticas.

La segunda línea sólo funcionó de manera regular en el tramo Madrid-Valencia, e incluía un ramal de Tarancón a Cuenca. La tercera línea no llegó a funcionar completa hasta 1852, aunque lo iba haciendo parcialmente a medida que iban construyéndose las torres.

La línea que funcionó de modo más regular fue la denominada “línea de Casti-lla”, entre Madrid e Irún. Probablemente porque la comunicación con Francia era la que importaba más al Gobierno, tanto por motivos políticos como econó-micos. Las líneas de telegrafía óptica dejaron de funcionar a causa de la apari-ción de la telegrafía eléctrica.

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torres para recordarlo. En la actualidad parece haber una tendencia a potenciar aquel recuerdo, incluso promoviendo la reconstrucción de alguna de ellas.7

Hasta ahora la reconstrucción más completa ha sido la de la torre número 4 “Campillo”,8 de la línea de Valencia, situada en Arganda del Rey.

7. A fi nales de 2009 se inauguró, restaurada, la torre número 4, denominada “Campillo”, de la línea de Valencia, situada en las inmediaciones de Arganda del Rey.

8. Aunque la reconstrucción se debe a la iniciativa de la Comunidad de Madrid y al Ayuntamiento de Arganda, la restauración interior del contenido de la torre, incluida la máquina para las señales, se debe al trabajo de investigación y gestión de Julio Cerdà, archivero municipal.

La torre antes de la reconstrucción.

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Capítulo

2

El telégrafo eléctrico

1

2.1 Los primeros telégrafos eléctricos 10 2.2 La construcción de la “red telegráfi ca”. La Ley de 22

de abril de 1855 12

2.3 El nacimiento del “tráfi co” de telegramas 16 2.4 La constitución del Cuerpo de Telégrafos 19 2.5 Los primeros telegrafi stas 22

1. El contenido de este capítulo puede ampliarse extensamente en el libro de Sebastián Olivé “El nacimiento de la Telecomunicación en España. El Cuerpo de Telégrafos (1854-1868)”, Cuadernos de Historia de Telecomunicación

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2.1 Los primeros telégrafos eléctricos

Entre 1840 y 1850, Inglaterra y otros países europeos empezaron a utilizar telé-grafos eléctricos. En efecto, todos los países intentaban establecer comunica-ciones telegráfi cas empleando aparatos concebidos por inventores nacionales, con códigos exclusivos, lo que hacía que fueran incompatibles entre sí. En conse-cuencia, cuando intentaban comunicaciones internacionales debían cambiar los mensajes “a mano” en las fronteras.

En España se conocían, por periódicos y revistas, los diferentes ensayos que estaban realizándose con los telégrafos eléctricos. Incluso había inventores es-pañoles que ensayaban sus propios sistemas2, pero aún se recelaba sobre la

posibilidad de que los procedimientos eléctricos fueran fi ables.

En 1852 hubo tímidos ensayos privados: se estableció una línea para telegrafía eléctrica entre Madrid y Aranjuez, para el servicio de la primera línea ferroviaria entre ambos puntos, con autorización para dar servicio público de telegramas, y también se estableció otra línea telegráfi ca entre Bilbao y Portugalete para el servicio del puerto. Ambas líneas empleaban aparatos telegráfi cos utilizados en Francia y diseñados por Breguet.

Breguet emisor. Breguet receptor.

En mayo de aquel mismo año se comisionó al director general de los telégrafos ópticos, José María Mathé, para que visitara las diferentes instalaciones de tele-grafía eléctrica que funcionaban en Europa y recabara información para su im-plantación en España. La consecuencia inmediata del viaje de Mathé fue que el Gobierno le encargó la construcción de una línea de ensayo entre Madrid e Irún. La obra fue acometida por los torreros del telégrafo óptico.

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José Mª Mathé.

Las difi cultades técnicas y administrativas hicieron que pasaran casi dos años antes de que, el 5 de junio de 1854, pudiera enviarse el primer telegrama por la telegrafía eléctrica entre Madrid y Guadalajara. Los aparatos utilizados fueron los conocidos como Wheatstone de dos agujas, que eran los que empleaban en los telégrafos de los ferrocarriles ingleses.

Los trabajos para la construcción de la línea prosiguieron con difi cultad, pero el 8 de noviembre de ese mismo año, 1854, pudo celebrarse su fi nalización enviando a París el primer telegrama internacional (aunque hubo que pasar “a mano” el telegrama en la frontera, porque los franceses utilizaban otro tipo de aparatos).

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El servicio que se daba seguía siendo únicamente ofi cial, pero el éxito del ensa-yo hizo que el 1 de marzo de 1855 se admitieran ya los telegramas privados para las ciudades que conectaba la línea. Se establecieron los contactos inter-nacionales con la mayoría de los países europeos y el 17 de abril se abrió el servicio internacional, para aquellos puntos de Europa que tuvieran telégrafo. Puede decirse que ésta –17 de abril de 1855– sería la verdadera fecha del inicio del servicio público telegráfi co.

La línea de Irún tenía una longitud de más de 600 kilómetros, completada in-mediatamente con un ramal entre Alsasua y Bilbao, de 110 kilómetros más. Esta primera línea fue un ensayo en toda la extensión de la palabra, no sólo por la construcción física de la línea, sino también porque todos los compo-nentes de la propia línea y de las ofi cinas, así como los procedimientos admi-nistrativos para establecer las tarifas y contabilizar los ingresos, tenían que defi nirse por primera vez. Y quedó claro que fue un ensayo satisfactorio.

2.2 La construcción de la “red telegráfi ca”.

La Ley de 22 de abril de 1855

Casi al mismo tiempo que se admitía que la línea de Irún era apta para cursar servicio internacional se creaba, formalmente, el servicio telegráfi co en España. El 22 de abril de 1855 se promulgaba una ley que promovía la construcción de un conjunto de líneas de telegrafía eléctrica que cubrirían todo el territorio pe-ninsular. Dicha ley también encargaba de la gestión del servicio al Cuerpo de Telégrafos (aunque se remitía a un reglamento posterior para defi nir las carac-terísticas del Cuerpo).

La construcción de las líneas se adjudicó a empresas privadas, previo con-curso, y se tardó casi tres años en finalizar la totalidad de ellas. Los últimos trayectos se terminaron en mayo de 1858 y la primera red telegráfica cons-taba de casi 7.000 kilómetros de líneas, 118 estaciones telegráficas, entre ellas las 47 capitales de provincia peninsulares. El costo de aquella primera implantación fue de 17,5 millones de reales.

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En el año 1868, fecha de la revolución que destronó a Isabel II, puede estimarse que había fi nalizado la construcción de la red que, en aquel momento, tenía más de 11.000 kilómetros de longitud y casi 200 ofi cinas.

Inicialmente se había previsto que se emplearan los mismos aparatos que fun-cionaban en la línea de Irún, pero en 1855 las naciones europeas acordaron que para las comunicaciones internacionales se emplearan los aparatos de Samuel Morse y España decidió que el morse fuera también el aparato usado para las comunicaciones nacionales, de modo que se convirtió en el único aparato que se emplearía en la red, aunque en los primeros dos o tres años se mantuvieron funcionando los Wheatstone.

Como curiosidad puede hacerse constar que los primeros telegrafi stas españo-les que aprendieron el código morsefueron Antonio Agustín y Ramón Milans del Bosch, y, para ello, acudieron a París a principios de 1856. Aunque es una pura anécdota, difícilmente verifi cable, un testigo del hecho relataba años des-pués que el primer telegrama en morse que se transmitió en la red española tuvo como origen Madrid y como destino Talavera de la Reina el 10 de marzo de 1857, utilizando en Madrid un receptor Digney, parecido al que se muestra en la fi gura de la izquierda de la página siguiente.

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Los morses empleados en los primeros tiempos eran bastante diferentes de los que se hicieron clásicos en las salas de aparatos. Los fabricantes europeos fue-ron modifi cando el sistema de “arrastre” de la cinta en los receptores, cambian-do los primitivos sistemas que empleaban “pesas” por un sistema de relojería movido por un muelle de acero, encerrando el aparato de relojería en una caja y haciéndolo menos aparatoso.

Receptor morse tipo Digney. Receptor morse con motor de pesas.

Los manipuladores y los acústicos, que complementaban una comunicación morse, apenas variaron a lo largo de los muchos años que se utilizó este siste-ma y, aunque hay diferentes modelos de unos y otros, todos guardan un cierto parecido en las formas.

Manipulador. Acústico.

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for-mas, pero tampoco muy diferentes de los que se utilizaron durante los cien años siguientes.

En los primeros años sólo podía darse el nombre de salas de aparatos a unas pocas oficinas, puesto que la mayoría de ellas tenía solamente uno o dos aparatos. La sala de aparatos de Madrid (a la que llamaban Gabinete Cen-tral) estaba situada en los sótanos de la Casa de Correos en la Puerta del Sol, edificio que durante muchos años fue la sede del Ministerio de la Go-bernación.

En 1861 en la sala de Madrid había diez aparatos, cada uno de los cuales estaba manipulado por dos telegrafi stas: el morse de Irún y el de Barcelona estaban “abiertos” las 24 horas y atendidos “a turno de tres”; los de Andalucía, Málaga, Extremadura, Asturias, Galicia y los gabinetes ministeriales estaban “a turno de dos”, y los de Valencia, Cartagena, Segovia y Cuenca eran atendidos por un solo funcionario “a turno limitado”.

Las líneas, con postes de madera (generalmente de 7 metros de altura y plan-tados cada 50 metros) y con hilos de hierro de 3 milímetros de diámetro, eran idénticas a las que se plantaron durante todo el tiempo que estuvieron en ser-vicio las “líneas aéreas de hilos desnudos”.3

Hacia 1868 se había completado la extensión de la telegrafía a todo el terri-torio nacional, con dos excepciones que los telegrafistas consideraban de-plorables: no había enlaces con Canarias ni con Cuba ni Puerto Rico. La difi-cultad de tender hacia estas islas cables submarinos –ocasionada más que por problemas técnicos por su alto costo– hizo fracasar los muchos intentos que se hicieron para englobar en un mismo proyecto los enlaces con ambas zonas. Habrían de pasar aún más de veinte años antes de que un cable unie-ra Cádiz con Santa Cruz de Tenerife y éste no sería de Telégunie-rafos, sino de una compañía privada. Asimismo, no se consiguió nunca un cable directo con las Antillas, aunque a partir de finales de 1867 Cuba y Puerto Rico estu-vieron unidos entre sí y con Estados Unidos a través de cables submarinos de propiedad privada.

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Líneas telegráfi cas de la Ofi cina Central de Madrid en 1860.

En 1868 se habían establecido 184 ofi cinas telegráfi cas, la red tenía poco más de 11.000 kilómetros y se empleaban 346 morses.

2.3 El nacimiento del “tráfi co” de telegramas

En los primeros tiempos de la telegrafía el telegrama era un documento que infundía mucho respeto. Quizá por eso era muy caro.

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Telegrama puesto el 27 de febrero de 1860.

Las primeras tarifas cobraban los telegramas por la distancia al destino. Este tiene 40 palabras y puesto que la distancia entre Madrid y Badajoz está entre los 250 y los 450 kilómetros, vendría a costar 45 reales, es decir, el equivalente al sueldo de cuatro días del telegrafi sta que lo transmitía. A partir de 1861 se unifi caron las ta-rifas para todo el territorio nacional e incluso los precios bajaron varias veces. En los primeros años, la recaudación que se obtenía con los telegramas iba aparecien-do mensualmente en la Gaceta.

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Este sistema de sellos consistía en que el expedidor iba a la ventanilla de Telégrafos con el telegrama que quería enviar, el funcionario contaba las palabras del telegra-ma y le decía la tasa que le correspondía. A continuación, el expedidor iba al estanco a comprar los sellos, los pegaba al telegrama, y los inutilizaba con la fecha escrita a tinta sobre ellos. Si no los inutilizaban los expedidores, se inutilizaban en la propia ofi cina mediante un taladro circular.

La Fábrica de la Moneda imprimía los sellos, la compañía arrendataria de Taba-cos los compraba y, mediante la comisión correspondiente, los vendía en los estancos. Igual pasaba con los sellos postales. Los sellos para los telegramas eran prácticamente idénticos a los postales, con la imagen de la reina y el escu-do de España y la leyenda “Telégrafos”.

Primera emisión de sellos de Telégrafos.

El número de telegramas cursados fue aumentando progresivamente a medida que se extendía la red y también a medida que iba considerándose un medio “normal” de comunicación. Así, por ejemplo, en 1855 se cursaron casi 3.000 telegramas, de los que una sexta parte eran internacionales, y en 1868 algo más de 1.000.000, de los que un tercio eran internacionales.

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estadís-ticas que se hacían públicas (incluso se ocultaban) y que ellos debían cursar. Di-chos telegramas, denominados telegramas de escala, tenían su razón de ser en el hecho de que todas las comunicaciones no podían establecerse enlazando directamente cada estación con todas las demás. Así, había que “depositar” el telegrama en las estaciones más importantes para que éstas los hicieran seguir, de modo que un telegrama podía necesitar ser transmitido varias veces por los telegrafi stas, aunque estadísticamente ello no quedara refl ejado.

En 1868 el número de telegramas de escala fue más del 70% del número de telegramas reales y se daba la “paradoja técnica” de que estaciones de pueblos pequeños necesitaban disponer de una plantilla de telegrafi stas y una dotación de aparatos desorbitada, atendiendo a su importancia demográfi ca. En 1869 Andújar, por ejemplo, tenía tantos telegrafi stas y tantos aparatos en servicio como Sevilla y más que ciudades tan importantes como Valencia o Málaga.

2.4 La constitución del Cuerpo de Telégrafos

La denominación Cuerpo de Telégrafos fue la que empleó el Reglamento de 2 de abril de 1856, diciendo que: “El personal, material y servicios de los telégra-fos queda a cargo del Cuerpo de Telégratelégra-fos, que al efecto se crea”. En realidad, ya la Ley de 22 de abril había mencionado al “Cuerpo” en el mismo sentido, pero sin precisarlo tan concretamente.

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El Reglamento dividió al personal en tres grupos: facultativo, subalterno facultativo y

subalterno de vigilancia y servicio. Y aunque se declaraba que el Cuerpo de Telégra-fos lo formaban todos ellos, incluido el propio director general, en el detalle del arti-culado se considera que el Cuerpo de Telégrafos lo constituye el grupo facultativo.

Las diferentes categorías del grupo “facultativo” las formaban: inspectores, di-rectores de línea, didi-rectores de sección y subdidi-rectores de sección. Había direc-tores de primera, segunda y tercera clase y subdirecdirec-tores de primera y segunda clase. A los componentes de este grupo se les exigían unas duras oposiciones de ingreso o estar en posesión de un título de ingeniero civil o militar. El sueldo más alto, el de un inspector, era de 30.000 reales anuales y el del más bajo de su grupo, el de subdirector de segunda clase, de 10.000 reales.

El grupo de “subalternos facultativos” estaba compuesto por las siguientes categorías: jefes de estación, ofi ciales de sección, telegrafi stas y escribientes. También había categorías: los jefes de estación podían ser de primera o de se-gunda y los telegrafi stas de primera, sese-gunda o tercera. Las condiciones de ingreso eran menos exigentes y, a modo de “promoción interna”, se había pre-visto un acceso restringido al grupo de “facultativos”.

El sueldo más alto, el de un jefe de estación de primera, era de 8.000 reales anuales y el del más bajo de su grupo, el de un telegrafi sta de tercera, era de 4.000 reales. Por debajo quedaban los escribientes, que cobraban 3.000 reales.

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Para los subalternos de vigilancia y servicio se contemplaban tres grupos: celado-res, conserjes y ordenanzas. Los conserjes se dividían entre los de primera y se-gunda clase. Los conserjes tenían que “dirigir y vigilar el servicio de los ordenan-zas”, que serían los “repartidores de los pliegos”. De las condiciones de ingreso de todos ellos dice poco el Reglamento, sólo menciona que celadores y ordenanzas “se proveerán en licenciados del Ejército y de la Guardia Civil con buena nota”.

Los sueldos de este grupo variaban entre los 4.000 reales de un conserje de primera a los 2.000 reales de un ordenanza. Los celadores tenían 2.500 rea-les de sueldo anual.

A fi nales de 1856 se convocaron las primeras oposiciones para el ingreso de “Subdirectores de sección de 2ª” y de “Telegrafi stas de 3ª”, pero el telégrafo ya venía prestando servicio desde hacía más de un año por los torreros que se ha-bían “reciclado” y que también se consideraban telegrafi stas y que querían se-guir siéndolo. El Reglamento habilitó una vía de acceso para facilitar su integra-ción, pero ello provocó el disgusto de los que ingresaban aprobando una oposición que, entendían, no serían capaces de superar los torreros.

En 1860 se publicó el primer escalafón en el que se relacionaban todos los com-ponentes del Cuerpo. En primer lugar se hallaban los inspectores y, en último, los telegrafi stas de tercera. Se mantenía, con numeración independiente, la se-paración entre los facultativos y los subalternos facultativos y, asimismo, no se incluía a los subalternos de vigilancia y servicio.

Los militares y los ingenieros civiles que habían ingresado directamente y ocu-paban las primeras plazas del escalafón querían potenciar el carácter facultati-vo del Cuerpo (lo que signifi caba que buscaban un respaldo de la misma natura-leza que el que tenían los cuerpos de ingenieros que se estaban constituyendo en aquellos años). Así, para hacer patentes sus conocimientos crearon, en 1861, la Revista de Telégrafos, donde se publicaron los avances que iba consi-guiendo la red y numerosos artículos científi cos de toda índole.

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so-bre todo porque se pretendía que ya se considerara que tenían dich o título los ciento veinte componentes de la escala facultativa (alguno de los cuales se ha-bía integrado en ella sin oposición, directamente del telégrafo óptico).

Revista de Telégrafos.

La nueva organización avivó el confl icto entre los procedentes del telégrafo óp-tico y los ingresados con el eléctrico, lo que provocó varios cambios en el Regla-mento que modifi caron la estructura del Cuerpo, que, a partir del 15 de sep-tiembre de 1866, pasó a constar “de una sola escala, desde telegrafista segundo a inspector general, en la cual se colocarán todos los individuos del mismo con arreglo a las fechas de sus últimos nombramientos”.

En escasamente un año se había pasado de “todos ingenieros” a “todos opera-dores”. Habría una sola “escala”, un único tipo de examen de ingreso, se mante-nían las mismas categorías (aunque se cambiaron –varias veces– las denomi-naciones) y los ascensos se hacían “por rigurosa antigüedad sin defecto”.

En 1868 el Cuerpo estaba compuesto por 1.117 funcionarios. Además de 88 capataces, 316 celadores, 84 escribientes y 308 ordenanzas, contratados sin pasar ninguna oposición.

2.5 Los primeros telegrafi stas

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telegrafía eran todas admirables: se podían conocer en pocas horas sucesos que habían ocurrido en otros continentes; se habían colocado varios cables que per-mitían atravesar los mares, incluso los océanos; algún reo había salvado la vida gracias a la rapidez telegráfi ca del indulto; sabían cómo, al mezclar unas sales en una vasija, se generaba aquella fantástica energía eléctrica, etc. Por todo ello, a pesar de las tensiones internas que había entre los componentes del Cuerpo de Telégrafos, pronto quedó claro que los telegrafi stas se sentían a gusto siéndolo.

En 1855 la telegrafía era la única aplicación práctica de la electricidad, de modo que había una cierta confusión entre telegrafi stas y electricistas, hasta el punto de que en alguno de los primeros reglamentos se defi nían las obligaciones del Cuerpo de Telégrafos como la atención de “todas las aplicaciones de la electrici-dad que estén o lleguen a estar en dependencias del Gobierno”. De esta forma, los primeros telegrafi stas se consideraron los electricistas de la Administración.

En aquellos primeros años, en los que el ejército no tenía especialistas en el uso del telégrafo eléctrico, los telegrafi stas participaron, como agregados, en las múltiples acciones militares de todo tipo que se llevaron a cabo. Pero también se señalaron en acciones civiles ajenas a su cometido pero encomendadas a la Administración. Por ejemplo, colaborando en la determinación de las posicio-nes geográfi cas en diferentes ubicacioposicio-nes de la Península o proponiendo encar-garse del establecimiento de estaciones meteorológicas en las ofi cinas de Telé-grafos, incluso manteniendo una información continuada en la Gaceta sobre “el estado atmosférico de las capitales de provincia en el día de la fecha”, fi rmada por el jefe de Telégrafos.

Por otra parte, dado que accedían a sus puestos por oposición, eran inamovi-bles y permanecían en ellos a pesar de los frecuentes cambios de gobierno, cosa poco corriente en la Administración española de mediados del siglo XIX. Esto les hacía, de algún modo, personalizar en sí mismos la continuidad de la Administración y consideraban normal estar prestando su servicio en otras de-pendencias ministeriales.

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Una epidemia de cólera que se produjo en 1865 hizo que se formalizara una Asociación de socorros mutuos de Telégrafos. Dicha Asociación era voluntaria y se sostenía con las “participaciones” de los asociados, que podían ser titulares de una o varias de ellas. Cada uno de ellos contribuía con una tarifa por partici-pación; sus familiares, por su parte, recibían una ayuda por cada participación.

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Capítulo

3

El telégrafo en una etapa

difícil (1869-1880)

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3.1 Los cambios de la Gloriosa

El gobierno nacido del triunfo de la revolución de septiembre de 1868 quiso cambiar la Administración pública de acuerdo con sus ideas “liberales”. En Telé-grafos aquellas ideas afectaron tanto al personal como a la organización admi-nistrativa y es que, aunque no estaba en el programa de la Gloriosa, también se vieron afectadas las líneas porque durante el período de dos años, mientras las Cortes discutían el régimen –monarquía o república– y el nombre del futuro rey, se sucedían las revueltas de carlistas y republicanos en cualquier parte del país y éstas tenían el factor común de atacar las líneas telegráfi cas.

En el tema de personal, las reformas se aplicaron, al principio, de forma muy drástica: se suprimieron los inspectores, que ocupaban los tres primeros pues-tos del escalafón, y la Junta Consultiva, que era una especie de cúpula directiva del Cuerpo. En cuanto a la organización administrativa, los cambios iniciales fueron poco efectivos: se bajaron las tarifas y poco más. Sin embargo, las ideas revolucionarias iban tomando forma con difi cultad y el primer director general duró en el puesto quince días.

Sellos de “comunicaciones”.

El segundo director ya fue menos radical en los cambios, pero inventó la Dirección General de Comunicaciones, que mantenía en una sola Dirección General los servi-cios telegráfi cos y los postales. Éste fue el primero de una serie de intentos de “fu-sionar” Correos y Telégrafos. Durante veinte años se dieron varias soluciones al tema, que, en el fondo, lo único que pretendía era ahorrar en costes de personal.

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mante-nía un director general único, pero con organizaciones totalmente indepen-dientes para cada ramo. Sin embargo, los sellos mantenían el rótulo COMUNI-CACIONES y se empleaban indistintamente para validar cartas y telegramas.

La recién creada revista La Semana Telegráfi ca refl eja bien los episodios de fu-sión y “desfufu-sión” con Correos. Dicha publicación cambió su cabecera a La Se-mana Telegráfi co-Postal, y posteriormente, al generalizarse la oposición a la fusión, volvió a cambiarla por El Telégrama (con acento en la segunda é). Man-tuvo sus diferencias con la Revista de Telégrafos, aunque fue perdiendo el espí-ritu reivindicativo de los inicios.

La Semana Telegráfi ca. La Semana Telegráfi co-Postal. El Telégrama.

De resultas de las “economías” que tenía que hacer el Gobierno, pero, quizá, como castigo por la resistencia a la ”fusión”, se cesó a 37 telegrafi stas de la ca-beza del escalafón y quedaron excedentes.

3.2 La destrucción y posterior reconstrucción de la red

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de Estella, en Vergara, o en los alrededores de Bilbao, llegaron a establecer un servicio telegráfi co, más o menos civil, con su propio Cuerpo de Telégrafos, de-bidamente “reglamentado”, con líneas, ofi cinas y aparatos.1

Sellos de ofi cinas carlistas.

Los telegrafi stas del Cuerpo de Telégrafos “original”, de los pueblos de las zonas batidas por las partidas carlistas, cerraron las ofi cinas, abandonaron los pue-blos y se concentraron en las capitales de las provincias.

Por otra parte, el Gobierno pidió la colaboración de algunos telegrafi stas, quie-nes proyectaron y construyeron telégrafos ópticos para el ejército. En algunos casos, la colaboración fue determinante para acabar con las incursiones de las partidas armadas. En la zona del Bajo Aragón y las provincias de Castellón y Tarragona, el general Salamanca organizó un sistema de comunicaciones con la colaboración de los telegrafi stas de aquellas provincias. El general lo agradeció, a fi nales de 1875, en un escrito laudatorio para ellos, a los que menciona expre-samente con sus nombres y apellidos.

Entre los años 1870 y 1874 no se construyó ni un solo kilómetro de líneas tele-gráfi cas, pero no puede saberse la magnitud de la destrucción porque las estadís-ticas de aquellos años no refl ejan ninguna disminución. El mal estado de la red era tan evidente que, a fi nales de 1872, se redactó un Proyecto de ley sobre la reforma y ampliación de la red telegráfi ca, con un presupuesto de más de 3 millo-nes de pesetas. La ley se aprobó el 7 de marzo de 1873 y debió de ser la última que aprobó el rey Amadeo I, pero después fue avalada por la República. Se desig-naron los directores de las obras de las diferentes líneas y se compraron algunos aparatos con cargo al presupuesto aprobado, pero las circunstancias de guerra civil que asolaba el país no permitieron que las obras se llevaran a cabo.

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Para mejorar las comunicaciones internacionales, amenazadas, tanto en Irún como en La Junquera, por los carlistas, se propuso el establecimiento de un circuito por Huesca y Canfranc, empleando hilos de un grosor excepcional, de 6 milímetros de diámetro (de acuerdo con las recomendaciones de la Unión Tele-gráfi ca Internacional, UTI, para los enlaces internacionales). La construcción se demoró por falta de medios, pero fi nalmente se terminó en 1872. Se consideró una línea modelo a pesar de ser de un solo hilo conductor; aun así, en algunos momentos llegó a ser el único enlace directo con Europa.

En 1872 se concedieron autorizaciones a empresas privadas para establecer enlaces mediante cables submarinos entre Bilbao y Londres y entre Barcelona y Marsella. Dada la situación de guerra, la inseguridad de las líneas aéreas era total y esos cables submarinos garantizaron el mantenimiento de las comuni-caciones internacionales.

Por el mismo motivo de la guerra se establecieron cables submarinos entre Bil-bao y Santander y entre BilBil-bao y San Sebastián. Incluso se concedió licencia para establecerlos entre Barcelona y Cádiz, y también en los puertos interme-dios, con lo que se garantizaría la comunicación con las capitales de provincia de la costa mediterránea, pero este cable no llegó a instalarse.

Parece que con la Restauración se normalizaron las actividades administrativas y pudo atenderse a la reconstrucción de la red siguiendo lo establecido en la ley aprobada en 1873. Los datos estadísticos de 1875 ya refl ejan un primer au-mento de la longitud de las líneas.

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En 1876 se empezaron a subastar la construcción de nuevas líneas y la reposi-ción y ampliareposi-ción del número de conductores en las más importantes de las existentes. Se abrieron nuevas ofi cinas y fue recuperándose el tráfi co de tele-gramas. En la Carta telegráfi ca de España de 1879 se distinguen las líneas que van encaminadas por carretera o por vías férreas y también se incluyen las co-municaciones telegráfi cas de Cuba y Puerto Rico y sus conexiones con el conti-nente americano, aunque los cables submarinos fueran de propiedad privada. No se refl eja en el mapa el cable submarino, también de propiedad privada, en-tre Hong Kong y Bolinao, en la isla de Luzón, que desde mayo de 1880 facilitaba la conexión de la red telegráfi ca de Filipinas a la red mundial.

En 1880 la red disponía de más de 16.000 kilómetros de líneas.

3.3 Las salas de aparatos

Los aparatos que se utilizaban en la red telegráfi ca eran exclusivamente mor-ses y tenían que emplearse muchos traslatores porque las comunicaciones no podían salvar grandes distancias por el mal estado de los conductores. Hubo varios diseños de traslatores, algunos propuestos por telegrafi stas españoles, que se utilizaron en la red.

Aparato Telegráfi co Hugues.

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Goberna-ción. A los telegrafi stas que trabajaban en ella les pareció un buen cambio, puesto que la sala de aparatos era “un local insufi ciente, lóbrego, bajo de te-cho, de imperfecta ventilación y, por consiguiente, muy contrario a la como-didad y a la salud de los muchos empleados que en él se encuentran de conti-nuo” y pasaban2 a una habitación amplia “de 16 metros de longitud por 7,75

de ancho y 3 de altura… de día se halla alumbrada por ocho ventanas y de noche por catorce mecheros de gas y dos lámparas de petróleo”. En esa fecha la sala tenía veintitrés comunicaciones “provinciales” y cinco “metropolita-nas” (los gabinetes ministeriales), todas ellas servidas por morses.3 Pero

pronto tuvo que cambiar el emplazamiento porque cuatro años después, a fi nales de 1878, se cambió, junto con la mayor parte de los departamentos “de Telégrafos”, de la Dirección General, al edifi cio contiguo, conocido como la Casa de Postas. La sala de aparatos se instaló en el tercer piso.

En 1870 vino a España David Edward Hughes para ofrecer su aparato impresor, que había sido recomendado por la UTI para las comunicaciones internaciona-les, pero hasta 1875 no se compraron los primeros cuatro aparatos hughes (se pagó 1.750 pesetas por cada uno). El inventor volvió a España para instruir en el manejo de su aparato. En este sentido, cabe destacar que el primer español que supo manejar el hughes fue Julián Alonso Prados.

Cuando fueron reponiéndose las líneas también fue necesario reponer el mate-rial de transmisión y se envió una comisión a diferentes países europeos para la compra del material que se creía necesario. Los comisionados compraron direc-tamente, excepcionalmente autorizados a prescindir de las normas que regían para las compras ofi ciales. Es posible que se tomara esta decisión a causa de los repetidamente fallidos concursos que se habían convocado en los últimos cin-co o seis años y que no habían servido para adquirir el material necesario.

Una de las novedades que importó la comisión fueron los primeros dispositivos

dúplex, que permitían transmitir simultáneamente en dos sentidos por un solo conductor, aunque ello requería conseguir previamente la mejoría de la red. También en este terreno hubo, muy pronto, aportaciones de telegrafi stas espa-ñoles que funcionaron de forma satisfactoria.

En 1880 existían 365 ofi cinas telegráfi cas, dos de las cuales eran “semafóri-cas” –permitían intercambiar mensajes con los barcos, mediante señales

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cas y hacerlos seguir por la red telegráfi ca–. En el conjunto de la red había en servicio 730 morses y 19 hughes.

El número de telegramas cursados era ya de 2.286.000. Como anécdota se puede recordar que en 1876 se estableció una gratifi cación que duró cien años más y era conocida como “los perros”. Ésta consistía en una “prima” que se daba por los telegramas transmitidos cuando su número sobrepasaba un cupo establecido. Probablemente muchos que –años después– los cobraron no sa-bían que tan extraño nombre procedía de la imagen que aquel año tenía, en el anverso, la moneda de 5 céntimos de peseta, que era un león que, convertido en perro, hizo que las monedas se conocieran, popularmente, como “perra gor-da” la de 10 céntimos y “perra chica” la de 5 céntimos.

Perra gorda. Perra chica.

3.4 Los telegrafi stas

Cuando se inició el servicio telegráfi co, a los telegrafi stas eléctricos se les atri-buyó una alta categoría científi ca, sin distinguir su papel dentro de la explota-ción de la red telegráfi ca, aunque inicialmente se había previsto una escala

facultativa y otra de subalternos facultativos, que podría traducirse, en el len-guaje corriente, en una escala de jefes y otra de operadores, respectivamente. Como se ha visto los sucesivos cambios del Reglamento las habían reducido a una escala única donde se ascendía “por rigurosa antigüedad”.

A pesar de la reforma del Reglamento, para ingresar era necesario superar unas duras oposiciones y, además, realizar unos estudios “de ampliación” para llegar a los puestos más altos del escalafón. Eso sí, los que se sometían a estas condi-ciones reivindicaban un sueldo acorde con esa formación.

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los subalternos facultativos estaban disgustados por los sueldos y por la falta de posibilidades de ascenso. Crearon la revista La Semana Telegráfi ca porque con-sideraban que la Revista de Telégrafos era un órgano ofi cioso de la Dirección Ge-neral, controlado por los facultativos. El lenguaje de la nueva revista quería ser más directo. El hecho de que dieran a los subalternos facultativos el sobrenom-bre de “proletarios del Estado”4 es signifi cativo en este sentido.

Se daba la contradicción –que se repetiría en muchas otras épocas– de que los telegrafi stas protestaran porque tenían sueldos bajos y los diputados, quienes tenían que aprobar anualmente sus sueldos, creyeran lo contrario.

Las soluciones que se intentaron fueron muy variadas: en 1873, en plena Repú-blica, se crearon los “Aspirantes a Ofi ciales segundos de estación” que, con un sueldo de 1.000 pesetas anuales, se pretendía que cumplieran las funciones de los “ofi ciales segundos de estación”, que eran la última categoría del Cuerpo y cobraban 1.500 pesetas. Tendrían que sufrir un examen ligero (Escritura clara y correcta, Gramática castellana, Aritmética, Lectura y traducción de francés) y podrían ser cesados cuando no hicieran falta. Con el Reglamento de 1876 los aspirantes pasaron a formar parte del Cuerpo de Telégrafos, aunque con restricciones: se establecía que se podía acceder al Cuerpo opositando para “ofi -ciales”, adquiriendo todos los derechos y con un sueldo de 1.500 pesetas anua-les o para “aspirantes”, con exámenes de menos difi cultad y cobrando 1.000 pesetas. Los que ingresaran como aspirantes tendrían que someterse a exáme-nes posteriores si querían integrarse de pleno derecho.

Por otra parte, a fi nales de 1879 un Real Decreto retornó al tema de la “fusión” de los servicios telegráfi cos y postales disponiendo que los empleados de Telé-grafos de las estaciones limitadas se encargaran también de las subalternas de Correos de la localidad.

Para cerrar esta época de “reconstrucción” de la red telegráfi ca destrozada por las guerras “civiles” y la “refundación” del Cuerpo de Telégrafos después de los cambios sufridos por los diferentes reglamentos, puede escogerse la fecha de 1880, porque en ese año se dio el paso de dar entrada a la mujer a prestar el servicio telegráfi co. Fue un paso simbólico, porque tendrían que pasar treinta años más para que el ingreso de la mujer fuera totalmente real. Pero en no-viembre de aquel año ya pudieron contratarse “en concepto de auxiliares del

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Cuerpo de Telégrafos a la mujer, hija o hermana del encargado de algunas esta-ciones limitadas”.

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Capítulo

4

La Restauración y la

consolidación de

Telégrafos (1880-1900)

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4.1 La ampliación de la red con las “férreas”

La colaboración con los ferrocarriles estaba en el origen del telégrafo,1 pero la

red ferroviaria había tardado más que el telégrafo en extenderse. A medida que los ferrocarriles iban ampliando su red, la interconexión se hacía más deseable. Ya en 1871 se había intentado abrir al público las estaciones férreas para dar servicio telegráfi co, aunque las circunstancias políticas adversas no facilitaron el intento y la colaboración se había limitado al empleo de postes comunes, instalados al borde de las vías férreas, para los conductores de cada empresa. El mantenimiento de este tipo de líneas era más fácil para los telegrafi stas que el de las que iban por las carreteras o “campo a través” por las facilidades para el transporte del material o, incluso, del personal.

Red de ferrocarriles y telégrafos en 1867.

En 1881 la red de los ferrocarriles españoles ya tenía una extensión de 7.000 kiló-metros y se dispuso que se utilizaran para dar servicio al público sus ofi cinas tele-gráfi cas. Si los telegramas que se imponían en ellas podían circular exclusivamente por la red de los ferrocarriles, se quedaban su importe y, si se enviaban por la red de Telégrafos, el importe se repartía.

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Las ofi cinas telegráfi cas de los ferrocarriles habían adoptado el sistema breguet

y no podían enlazar directamente con las de Telégrafos, por lo que se establecie-ron unas ofi cinas de “intercambio”, situadas en algunas de las propias estacio-nes férreas, en las que los telegramas se intercambiaban escritos “a mano”.

Las ofi cinas telegráfi cas “férreas” fueron conectándose escalonadamente. Las primeras lo hicieron en el mes de julio de 1882 y en 1900 había unas seiscien-tas cincuenta funcionando.

La red telegráfi ca “normal” también fue incrementándose. Los 16.000 kilóme-tros de líneas que había en 1880 pasaron a ser 29.000 en 1900.

Se mantuvieron los cables submarinos (de propiedad particular) que conecta-ban Vigo y Bilbao con Inglaterra y Barcelona con Marsella, y también los pro-pios de la Administración que enlazaban la Península con Baleares.

Vista de la isla de Alborán.

En 1991, se tendieron cables para enlazar Tarifa con Ceuta y con Tánger. Desde Almería se instaló otro cable con Melilla (con un punto de repetición en la isla de Alborán, donde se instalaron los telegrafi stas con un plan de vida parecido al de los anacoretas o de los reclusos en un penal). Este cable se prolongaba desde Melilla a diferentes puntos de interés militar (Chafarinas, Alhucemas y Peñón de La Gomera).

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reu-nir la suma necesaria para sustituir el cable Alborán-Melilla, lo que parece de-mostrar que el funcionamiento del cable no era bueno y, también, que la “gene-rosidad” de algunos telegrafi stas no tenía nada que ver con su sueldo.

Por fi n se consiguió que se tendiera un cable entre Cádiz y Canarias, mediante una concesión para su explotación. En 1883 se fi rmó un contrato con la Spa-nish National Submarine Telegraph Company Limited para el tendido del ca-ble, que iba directamente desde Cádiz a Santa Cruz de Tenerife, completándo-se con cables interinsulares con Gran Canaria, La Palma y Lanzarote. El Hierro y La Gomera aún no contaban con comunicaciones.

Trazado del cable en las islas Canarias.

Por el contrario, siguió sin conseguirse que se tendieran cables directos para llegar a Cuba y Puerto Rico. Durante más de treinta años los telegrafi stas habían clamado por un cable español que uniera España con estas islas pa-sando por Canarias, pero en vano. Se habían convocado muchos concursos para el tendido de ese cable, pero las condiciones que se establecían no atraían a las empresas de cables, que, además, ya tenían tendidos otros ca-bles trasatlánticos y no querían competencia. Al no haber una empresa es-pañola interesada en el tema, el cable fi nalmente no se tendió. El último con-curso se convocó el 1 de abril de 1898, es decir, casi al comienzo de la guerra con Estados Unidos.

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que se costeara el cable a las Antillas con descuentos en sus haberes. Los sueldos de la mayor parte de ellos eran tan bajos que la idea era tan generosa como absurda. Aun así se publicó en la revista Electrón en marzo de 1896. El tráfi co telegráfi co experimentó un aumento notable. En el año 1900 las ofi ci-nas telegráfi cas, con la inclusión de las “férreas”, llegaron a ser casi mil quinien-tas, en ellas funcionaban 1.238 morses (en las “férreas” se usaba el breguet) y 88 hughes, y se empleaba un notable número de dispositivos traslatores y dú-plex. Aquel año se cursaron más de cinco millones de telegramas.

4.2 El teléfono, ¿amigo o enemigo?

El nacimiento del teléfono, hacia 1876, vino a proporcionar un nuevo sistema de comunicación a distancia por medio de la electricidad. El invento se acogió con admiración pero, como ocurrió con el telégrafo en sus primeros tiempos, no se supo muy bien de qué forma podría sacársele partido.

Los telegrafi stas vieron que era maravilloso que pudiera reproducirse la voz a distancia, pero comprobaron en seguida que esa distancia era limitada. El te-léfono era capaz de salvar, con difi cultad, unos pocos cientos de kilómetros pero no era posible “relevar” las señales telefónicas, como hacía el relé con las señales telegráfi cas, para llegar más lejos.

Los primeros aparatos telefónicos llegaron a España a fi nales de 1877 y se hi-cieron pruebas sobre distancias cortas. Las únicas líneas de hilos conductores que podían salvar distancias kilométricas estaban solamente en las redes tele-gráfi cas, de modo que los ensayos de telefonía a larga distancia tenían que ha-cerse necesariamente por los telegrafi stas. Quizá pueda considerarse que la primera conexión telefónica “de larga distancia” que se estableció en España fue la que el 18 de enero de 1878 conectó los palacios reales de Aranjuez y el Pardo para que “conferenciaran” el rey Alfonso XII y la infanta Mercedes, la vís-pera de su boda. Los aparatos que utilizaron fueron confeccionados e instala-dos por los telegrafi stas.

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Primer teléfono de Alfonso XII.

Sin embargo, la explotación del servicio telefónico llegaría a infl uir – y no positiva-mente – en el quehacer telegráfi co. En primer lugar, porque los gobiernos de aquella época no tenían muy claro cómo podía desarrollarse el nuevo servicio. Liberales y conservadores tenían conceptos opuestos sobre el tema. Primero, en el mismo 1878, no autorizaron que algún particular estableciera líneas tele-fónicas; en 1882, con los liberales en el Gobierno, se cambió de idea y se auto-rizó la explotación privada de redes de telefonía urbana; en 1884, con los con-servadores en el poder, en vista del poco éxito de las redes privadas, se pasó a la explotación estatal en exclusiva y, por lo tanto, a cargo de Telégrafos; en 1890, de nuevo con los liberales, se optó por una solución mixta: la concesión admi-nistrativa, en virtud de la cual los concesionarios debían pagar un porcentaje de los ingresos obtenidos y por un período inferior a veinticinco años, fi nalizado el cual revertirían sus instalaciones al Estado.

Dentro y fuera de Telégrafos había intereses contrapuestos que las revistas del sec-tor hacían patentes. Algunos telegrafi stas estaban interesados en intervenir técni-ca o empresarialmente en las nacientes redes lotécni-cales. En 1887 se habían instalado redes telefónicas en ocho ciudades: Madrid, Barcelona, Valencia, Segovia, Bilbao, Málaga, Sevilla y Zaragoza. En tres de ellas el concesionario era un telegrafi sta y, por lo menos, en las dos más grandes intervenían también telegrafi stas. Por otra parte, asimismo había intereses “externos”: en 1896 se publicó que el ministro de la Gobernación (que era el responsable máximo de las concesiones) era consejero de una compañía de teléfonos, de la que un hijo suyo era el abogado.

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