El Espíritu Santo: símbolo del agua

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El Espíritu Santo: símbolo del agua

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09/05/2016 – En efecto, nadie nos conoce como nuestro espíritu, porque está en nosotros. De igual modo, sólo el Espíritu de Dios conoce las cosas de Dios.

1º Corintios 2, 11

“Cuando venga el Espíritu les recordará todo lo que yo les he enseñado”, dice Jesús en el Evangelio de San Juan al final de su vida, y nos pone en contacto con la experiencia del Espíritu que hace el apóstol Pablo cuando afirma que nadie conoce lo íntimo de Dios sino el Espíritu de Dios, no basta estar cerca de Jesús para tener conocimiento íntimo del Señor sino que solo en el Espíritu somos capaces de entrar en la profundidad del misterio de Dios.

El Espíritu Santo es el nombre propio de aquel que adoramos y glorificamos con el Padre y el Hijo.

El término Espíritu traduce el término hebreo ruaj, que en su primera acepción significa soplo, aire, viento, Jesús utiliza esta imagen sensible del viento para sugerirle a Nicodemo la verdad trascendente del que es el soplo de Dios, el Espíritu Divino, Espíritu y Santo son atributos divinos comunes al Padre y al Hijo también, a las personas divinas, pero unidos ambos términos en la Escritura, en la liturgia.

El Espíritu Santo saca lo mejor que hay en vos. Es posible nacer de nuevo y desde dentro, dice Jesús. Sí, porque en lo hondo es donde habita el Espíritu. El nos regala esta inmensa oportunidad de renacer y de renovarnos.

El Espíritu Santo está en nosotros y somos testigos de su

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presencia. Así como el Señor le dice a la Samaritana, “de tu interior van a salir torrentes de agua viva” lo mismo quiere hacer con nosotros. ¿Para qué tanto? Para que se derrame y llegue a muchos. Así la vida del Espíritu, si ganó mi corazón como un torrente de agua viva hacelo extensivo a las personas con las que compartís la vida: en el trabajo, la familia, los vecinos. Que sea lo bueno que hay en vos por la vida del Espíritu lo que te haga renacer, y que por tu testimonio, vaya renovando a otros.

Este Espíritu que saca lo mejor de nosotros y nos pone en sintonía con lo que el Padre pensó para siempre para nosotros:

parecernos a Dios.

Yo sé que muchos son los que sienten que en este tiempo necesitan darle una vuelta de rosca a la vida y al corazón.

Les cuento una historia que me acercaron en éstas horas:

Un grupo misionero que los Hermanos Maristan tienen en la localidad del Icaño. Ahí una familia Rodriguez, tenían su vivienda muy pobre con techo de paja. Al lado, en una casita, la imagen de la Virgen. Cuando los misioneros fueron les consultaron y ellos contaron que esa era la casa de la Virgen y se merecía lo mejor. Durante el período de fuertes lluvias en la zona, su humilde vivienda se volvió inhabitable. Los misioneros, acompañando la situación, pidieron a la familia que fueran a la casita de la Virgen, que ella como Madre estaría muy feliz de recibirlos en su casa.

Al tiempo que se trasladaron a la casita de la Virgen, el pueblo junto al municipio decidieron entre todos construir una nueva vivienda para esta familia. Ellos sentían que María estaba viva en medio de ellos. Cambió el alma y el corazón.

Se movieron las entrañas y la comunidad reaccionó para ayudar a sus hermanos.

A veces nos pasa que en esto de querer dar vuelta la historia, pensamos que sólo las cosas heróicas producen cambio. Pero

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también es verdad que cuando lo hacemos en conjunto es imparable. Es un pueblo el que tiene que ponerse de pie.

La mujer vestida de sol (como lo plantea el apocalipsis), María, habla de un tiempo que se termina y de algo nuevo que comienza. Ponete de pie y con tus hermanos caminá hacie el horizonte nuevo que se abre frente a tuyo.

El Espíritu viene a derramarse en nuestras sequías

En el lenguaje teológico estamos designando a la tercera persona de la Santísima Trinidad, de Dios se puede decir que es espíritu y que es santo, y las tres personas son, pero el Espíritu Santo, la tradición, la Palabra, el magisterio, la enseñanza teológica, el sentido del pueblo de Dios lo identifican en la tercera persona de la Santísima Trinidad.

Este Espíritu Santo aparece en la Palabra de Dios bajo

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distintos símbolos, distintas figuras que representan la obra del Espíritu, tal vez el mas significativo, que hace a la gracia primera que recibimos en el sacramento que abre la puerta a la vida de Dios en nuestra vida es el agua, el Espíritu Santo es simbolizado en el agua, es significativa la acción del Espíritu Santo en el bautismo.

Después de la invocación del Espíritu Santo el agua se convierte en el signo sacramental y eficaz de la Nueva Alianza, del nuevo nacimiento, es la gestación de un nuevo nacimiento que en el agua bautismal significa realmente que nuestro nacimiento en la vida divina será justamente por la obra del Espíritu Santo.

Estamos bautizados en un solo Espíritu, el Espíritu es personalmente el agua viva, dice Jesús, que brota de Cristo crucificado como en un manantial que llega hasta la vida eterna, el agua que da vida, que purifica, que es identificada como vida y que hace presente al Espíritu.

De allí que Jesús, siguiendo la tradición de su tiempo, identifica a la obra de Dios vinculada con este símbolo vital para sostenernos en la vida y para purificarnos, con lo cual estamos diciendo que la acción del Espíritu que brota en nosotros como agua viva hace eso, nos da vida y nos purifica.

Cuando imaginamos un territorio desierto donde hace tiempo no cae el agua, lo imaginamos agrietado, abierto, como esperando que llegue la bendición del cielo, el agua que renueva y vivifica. Así muchas veces nos encontramos nosotros, como desiertos, abiertos, agrietados, a la espera que se derrame el agua que convierta nuestro desierto en un lugar de vida. Así esta a veces nuestra propia tierra, empantanada de agua por el mal uso que hacemos de la tierra, pero a la vez agrietada en nuestra convivencia, en la corrupción aparentemente sin rostro, en la acumulación de algunos pocos. Es una tierra desierta que necesita esta presencia del Espíritu que lo renueve todo y lo limpie.

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Queremos pedirle al cielo que sea pronto, que venga ese soplo que se lleve las nubes y traiga lo nuevo. Que ponga en el alma lo que nos hace falta.

Las zonas interiores desérticas y agrietadas en nosotros es donde Dios quiere venir a hacerse presente se identifican con las situaciones determinadas de nuestra existencia que generan sentimientos de desazón, de tristeza, de angustia y de situación ya no habitable, donde desde dentro no nos sentimos cómodos porque no estamos en conformidad con nosotros mismos.

“Vení a derramarte, Espíritu de Dios y comenzá a generar una nueva historia”, de ustedes brotarán torrentes de agua viva, dice Jesús, con lo cual van a cambiar el rumbo de una historia de muerte y de sinsentido.

Posiblemente vos o tu familia en ella pueden haber entrado en esas corrientes de desierto. En la vida de cada uno de nosotros, en la familia hay realidades que hay que transformar y cambiar, te invito que pienses donde, como y en que lugar, no como quien puede forzar la historia, sino como quien reconoce que allí la vida no tiene lugar y que hace falta que brote un torrente de agua que cambie la historia, que la purifique y que le de una nueva vida.

Padre Javier Soteras

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