Aproximación a la biografía de san Juan de la Cruz
TEÓFANES EGmo
(Valladolid)
Mucho se ha escrito sobre San Juan de la Cruz (1542-1591), puesto que su personalidad, su espiritualidad peculiar, su fuerza lírica, no tardaron en cautivar primero a los "espituales", mucho más tarde a los estudiosos o admiradores de la belleza excepcional de su lenguaje y del arte en expresar su experiencia mística. Las monografías, envidiables y magistrales, muchas veces¡ sobre los capítulos de la espiritualidad y de la literatura producidas en la actualidad contrastan con la relativa penuria que se cierne sobre su personalidad y el ambiente en que se desarrolló. Lo que no quiere decir que no se disponga de "Vidas" numerosas, aparecidas ya a principio del siglo XVII. Pero aquel entusiasmo inicial no se ha correspondido con los forzosos planteamientos desde las exi- gencias de la historiografía actual.
l. EL PROBLEMA DE LA "BIOGRAFÍA"
DE SAN JUAN DE LA CRUZ
San Juan de la Cruz contó con "hagiografías" excepcionales dentro del género. Prescindiendo de anteriores "compendios" y
"dibujos", rápidos y escuetos, la serie se inauguró en 1628 con la Historia de la vida y virtudes escrita por uno de los "historiado- res" mejor preparados de su Orden, el Padre José de Jesús María Quiroga, a quien su libro, publicado en la semiclandestinidad en
REVISTA DE ESPIRITUALIDAD, 49 (1990) 355-369
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Bruselas, proporcionó disgustos profundos por parte de las auto- ridades de los carmelitas descalzos l. Precisamente por no haber sido pensado para su publicación, al menos para su publicación inmediata, resulta más valiosa la Vida, virtudes y milagros, aca- bada hacia 1638 por quien vio (ocasionalmente) al santo y estuvo encargado de buena parte de sus procesos de beatificación, el Padre Alonso de la Madre de Dios, e inédita prácticamente hasta nuestros días2 . Aprovecha sus materiales - a veces hasta transcri- be literalmente la primera- el Padre Jerónimo Ezquerra de San J osé en su Historia del Venerable Padre Fray Juan de la Cruz (1641), también con reediciones que indican su aceptación3.
El tríptico no es deleznable, y pocos santos dispondrán de hagiografías de calidad como éstas, elaboradas, además, en tiem- pos no excesivamente lejanos a los que vivió el hagiografiado. No obstante, para su correcta lectura, no hay que perder de vista algo elemental: las preocupaciones, las finalidades, es decir, el modelo arquetípico de la primera parte del siglo XVII no se co- rresponde con los métodos y las exigencias historiográficos de nuestros días. Aquellas vidas, virtudes y milagros, eran, antes de nada, auténticas obras de arte. Basta con leer el concepto derra- mado por el Padre Jerónimo de San José en su encantador Genio de la Historia para advertir esta realidad y los amplios espacios que a la creación se conceden en un género que aún no había incorporado las exigencias críticas posteriores4. El objetivo ha- giográfico era el predominante, y a él se subordinaba la realidad histórica. Propiamente hablando, aquellas obras de arte estaban más cercanas a lo que conocemos como novela que a las críticas
I Historia de la vida y virtudes del Venerable P. Fr. Juan de la Cruz, primer religioso de la reformación de los descalzos de Nuestra Señora del Carmen, Bruselas, 1628. Sobre el Padre Quiroga efr. los artículos documen- tados del P. FORTUNATO ANTOLfN en El Monte Carmelo, 79 (1971), 77-124, 213-242.
2 Vida, virtudes y milagros del santo P. Fr. Juan de la Cruz, maestro y padre de la Reforma de la Orden de los Descalzos de Nuestra Señora del
Monte Carmelo, Madrid, Editorial de Espiritualidad, 1989. Sobre su autor, efr. la "Introducción" a esta obra, por el mismo FORTUNATO ANTOLfN.
J Historia del Venerable P. Fr. Juan de la Cruz, primer Descalzo Carme- lita, compañero y coadjutor de Santa Teresa de Jesús en la fundación de su reforma, Madrid, 1641. .
4 Cfr. la edición moderna realizada por HIGINIO de Santa Teresa, Vitoria, 1957, con amplia información sobre su autor.
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y rigurosas historias posteriores a la crítica ilustrada, al contraste posivista del siglo XIX.
N o es que se mintiera; es que no interesaba tanto la "verdad"
histórica cuanto ensalzar al venerable y estimular su pronta bea- tificación aunque fuese con dosis considerables de imaginación.
Porque, no debe olvidarse, era preciso acomodar la personalidad y las gestas del héroe a los requisitos del modelo barroco de santidad. En aquel modelo, obsesionado por lo maravilloso, por el milagro cuanto más espectacular y frecuente más celebrado, por lo llamativo y extraordinario y desmesurado, lo corriente, lo
"normal", no tenía cabida: si se habla de lo cotidiano, del niño Juan Yepes jugando, es para exaltar milagros de la laguna, de la charca, del pozo, o de lo que fuere; si fray Juan de la Cruz viaja o camina (que hizo con generosidad), es para acentuar interven- ciones sobrenaturales; si se habla de comida, se hace para presen- ciar socorros extraordinarios en tiempos de hambre o multiplica- ciones de abastecimientos. Y para qué seguir.
Los mismos elementos, idénticos objetivos, se perciben en otros escritos del tiempo (de principios del siglo XVII), anteriores incluso a las hagiografías mencionadas, a las que prestaron ma- teriales. Desde 1615 circuló en ediciones reiteradas la Vida, virtu- des y muerte que el Padre José de Velasco tejió del hermano de Juan de la Cruz, el extraño y simpático Francisco de Yepes.
Constituye la exacerbación barroca de lo hagiográfic05 y contras- ta con lo escueto e ingenuo de dos "relaciones" breves, dictadas por el propio Francisco y que puede considerarse lo único "creí- ble" acerca del Sant06 . La Vida de Francisco de Yepes parece haber influido en algunos de los testigos utilizados para los pro- cesos de San Juan de la Cruz en su segunda fase.
A los procesos de beatificación se remiten, en todos los casos, tanto las tres hagiografías clásicas como el Padre Velasco, testigo él mismo con su declaración que constituye una síntesis de su obra mayor. Pues bien, las deposiciones procesales, y no sólo las evacuadas en favor de San Juan de la Cruz, también deben ser
5 Valoración de esta singular hagiografía: PABLO M. GARRIDO. San Juan de la Cruz y Francisco de Yepes. En torno a la biografía de los dos hermanos, Salamanca, 1989.
6 Esta dos relaciones, previas a los procesos, en PABLO M. GARRIDO.
Santa Teresa, San Juan de la Cruz y los carmelitas españoles, Madrid, 1982, pp. 374-391.
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adecuadamente leídas e interpretadas. Se enmarcaban en un gé- nero peculiar, con sus estrategias propias y con amplias facultades por parte de los testigos, por muy juramentados que comparecie- ran, para exaltar virtudes y milagros. También en los procesos, sobre todo en los procesos, la verdad histórica poco tenía que decir ante el denuedo por lograr un nuevo santo. Basta con estu- diar estas declaraciones, con compararlas entre sí hasta llegar a la primera relación del acontecimiento en cuestión, para convencer- se sin gran esfuerzo de los mecanismos que están operando, al margen de las acomodaciones y de las complicidades inducidas por los cuestionarios (rótulos) a los que había que responder.
Como todos los procesos del barroco, también los de San Juan de la Cruz están creando el santo adecuado al modelo de santidad que se quiere, que se desea; no importaba tanto que este modelo respondiese a la personalidad real del hagiografiad07.
El modelo fabricado con tales materiales se ha transmitido tenazmente hasta nuestros días, incluso en obras tan leídas y copiadas como las del Padre Bruno de Jesús María y Crisógono de Jesús, cuyos méritos, por otra parte, no hay que ocultar, puesto que han tenido la virtud de llevar a lectores heterogéneos, gracias a su estilo, información y planteamientos, la personalidad (o parte de la personalidad) de San Juan de la Cruz8. Puede decirse que, a pesar de las exigencias de Jean Baruzi9, de algunas revisiones interesantes la, en este caso no se ha superado aún el estadio hagiográfico.
7 Una selección de los procesos, SILVERIO DE SANTA TERESA, en el tomo 14 de la "Biblioteca Mística Carmelitana", Burgos, 1931 (existen ediciones parciales de declaraciones en Jaén, ofrecidas por M, F, VERDEJO, Jaén, 1984, y de carmelitas calzados, en la o. c. de P. M. GARRIDO, Santa Teresa, pp.
289-373).
8 BRUNO DE JESÚS MARÍA, Saint Jean de la Croix (con prólogo de Jac- ques Maritain), Paris, 1929, traducida a varios idiomas y, entre éstos, al castellano, Madrid, 1943. CRISÓGONO DE JESÚS SACRAMENTADO, Vida de San Juan de la Cruz. Aparecida en 1946 al frente de la edic. de las Obras del Santo (Madrid, RAC), preparada por LUCINIO DEL SANTÍSIMO, la Vida, pós- tuma, revisada por MATÍAS DEL NIÑO JESÚS, en 1982 había alcanzado ya su undécima edición.
9 JEAN BARUZI, Saint Jean de la Croix el le probleme de l'expérience mystique, Paris, 1924 (segunda ed., París, 1934).
10 Cfr. los numerosos y valiosos trabajos publicados por JosÉ VICENTE RODRÍGUEZ, buena parte de ellos en esta misma revista, y su síntesis San Juan de la Cruz, profeta enamorado de Dios y maestro, Madrid, 1987. El mismo
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Por carecer de biografías estrictas todavía hay muchas oscu- ridades eh la vida de San Juan de la Cruz que, como es compren- sible, en estas líneas o en otras, por carencias documentales no se van a aclarar. No obstante, es preciso acercarse a él desde la historia, desde el ambiente que vivió, no sólo desde la imaginaria y el arquetipo barroco que recibió (a veces inventó) a San Juan de la Cruz. Lo haremos fijándonos en algunos de los momentos más expresivos de su vida y de su compromiso reformador.
2. LA CONDICIÓN SOCIAL DE SAN JUAN DE LA CRUZ
En los tiempos en que se redactaban las "vidas" de San Juan de la Cruz la santidad se acomodaba a estereotipos bien fijados y que exigían que el héroe por antonomasia en sociedades sacra- lizadas, es decir, el santo, para serlo, se ajustase a determinados requisitos previos como manifestación de la predilección divina.
Uno de ellos era la pertenencia de los progenitores a los estratos superiores de la sociedad. Por eso se insiste tanto en la ascenden- cia y por ello mismo las testificaciones de los procesos y las páginas de las hagiografías -tan útiles para percibir lo que se quería del canonizable como inútiles para reconstruir su auténtica extracción social- reiteran una y otra vez que los padres de Juan de Yepes eran de orígenes nobles. Casi ni se podía concebir la santidad sin la precondición de la nobleza, incompatible como era con connotaciones sospechosas, con ingredientes que no cua- drasen con el motor vital de la honra.
Las dificultades llegaban al tratar de conciliar esta especie de predestinación social con la evidencia del estilo de vida, paupérri- ma, del matrimonio constituido por Gonzalo de Yepes y Catalina Álvarez cuando nació el niño (Fontiveros, 1542): se estaba muy de acuerdo, a pesar de tantos convencionalismos, con el axioma teresiano, tan realista: "Por maravilla hay honrado en el mundo si es pobre "11. A pesar de todo, para superar tales barreras, estaba
y FEDERICO RUlz han elaborado la parte biográfica interesante en la obra colectiva y en curso de publciación en Arenzano, Dio parla nella notte. Vita, paro la, ambiente di. S. Giovanni della Croce.
II Camino de Perfección, 3,6. Cf. C. CHAUCHADIS, Honneur, morale et société dans I'Espagne de Philippe Il, Paris, 1984, pp. 131-133.
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la capacidad alquimista de los hagiógrafos. Nada se sabía de los padres, de su procedencia, salvo la pobreza en que vivían. Pues bien, esta pobreza, clamorosa, se transfiguró en pobreza vergo- zante del padre: los pobres vergonzantes eran respetados hasta por la cruel novela picaresca y considerados como predilectos de las miradas cómplices y compasivas con éstos venidos a menos que en su vivir envergonzante estaban publicando sus orígenes anteriores honrosos. El hecho de que, como se decía, Gonzalo de Yepes hubiese pertenecido al oficio textil tampoco obstaba de- masiado, puesto que, como dice el Padre Quiroga, y dejan sospe- char todos los demás, se había dedicado al comercio de productos finos y al por mayorl2 , no reñidos con la consideración social.
Por eso recababa por Medida del Campo. La pobreza le vino a Gonzalo por el rechazo familiar ante su ocurrencia de casarse con una doncella virtuosa, Catalina Álvarez, que no era, al parecer, de su alcurnia. No importaba tampoco demasiado que en aquellos tiempos el matrimonio por amor fuera inexistente. Y además, como insinúa Jerónimo de San José, teniendo Catalina el apellido Álvarez, no era tan improbable que perteneciese a alguna rama de prosapias ilustres que lo llevabanl3 .
De ahí proviene el emparentar a este Yepes, oriundo de Tole- do, con canónigos de la catedral toledana (que en el siglo XVI!
evocaban estatutos rigurosos de sangre), con personajes de la corte de Felipe II, con inquisidores (y esto sí que alejaba sospe- chas), todos con el mismo patronímico. Hasta que se inventó un árbol genealógico del santo que llegaba a hombres de armas de reyes castellanos de la Edad Medial4 .
Revisiones actuales van cambiando la perspectiva secular- mente transmitida. Recurriendo a otro tipo de fuentes, y siguien- do el corrientísimo apellido de los Yepes toledanos, los numerosos documentos exhumados de archivos protocolarios permiten sos- pechar a Gómez Menor orígene~ judeocoriversos por parte del padre de San Juan de la Cruz, algo que, en realidad, no acaba de probar a pesar de su paciente investigación. Más complicado es el caso de la madre. Ante la carencia absoluta de referencias
12 JOSÉ DE JESÚS MAR[A QUIROGA. O. C., p. 49; ALONSO DE LA MADRE DE DIOS, p. 46; JERÓNIMO DE JoSE, p. 12.
13 O.c.,p.11.
14 Lo incorpora ya ALONSO DE LA MADRE DE DIOS, o. e., p. 45.
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anteriores al nacimiento del hijo menor, el mismo investigador, sin dato ninguno para ello, ha lanzado la hipótesis de su condi- ción morisca. La hipótesis ha encontrado partidarios porque, no hay duda, hoy resulta atractivo lo que en aquellas sociedades repudiaban. Nada de ello es, por el momento, convincente: nada se sabe de Catalina Álvarez, para la que Gómez Menor, en la efervescencia de su inhabitual imaginación, y partiendo de que a la fuerza tenía que estar tarada con una mácula singular, llega a insinuar ser hija de algún delincuente comúnI5 .
Lo único evidente es que aquella familia de los Yepes de Fontiveros era paupérrima cuando nació el tercer hijo, Juan, y que se dedicaba a algunas faenas textiles, parece ser que a la confección de buratos (tocas), quehacer de los más viles del tiem- po. Ésta de la pobreza es la clave más elocuente, a nuestro juicio, para comprender el ambiente en que vivió Juan de Yepes antes del decisivo encuentro con Santa Teresa.
3. JUAN DE YEPES EN EL MUNDO DE LOS POBRES
A tenor de los recuerdos del hermano mayor, Francisco, la familia se vio sacudida por una de tantas crisis de hambre como azotaban a las sociedades agrarias del Antiguo Régimen y que se cebaban con predilección en los sectores más desprotegidos, sobre todo en los dependientes, como eran aquellos tejedores de bura- tos. Sin capacidades de resistencia, parece que el padre y el hijo segundo, Luis, murieron entonces. La familia, si no lo era ya, se convirtió en unidad de pobres de solemnidad, al amparo de la caridad de los demás, como aconteció a tantísimas familias en aquella década desastrosa de 1540: el crecimiento de la pobreza, los movimientos de los indigentes hacia las ciudades castellanas, alertaron a las autoridades responsables y produjeron una de las contiendas teológicas de más altura entre los partidarios de la libertad del pordiosero (Domingo de Soto) y los entusiasmados
15 J. GÓMEZ MENOR FUENTES, Linajefamiliar de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, Toledo, 1970. Desde otras perspecticas, más ambientales, JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO. "Estudio preliminar" de la edic. de la Poesía Comple- ta, Madrid, 1983, yen otros numerosos ensayos; ROSA ROSSI. "Consideracio- nes sobre la biografía de Juan de la Cruz", en Mientras Tanto (mayo 1985), 109-126.
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por el control productivo de los mendicantes (Juan de Robles).
La legislación, preocupada por defender a las ciudades de la invasión alógena de la pobreza, no consiguió nada 16.
La viuda, con sus dos hijos, se dirigió por los caminos natu- rales al centro más activo de Castilla, auténtico emporio econó- mico a mediados del siglo XVI: Medina del Campo. Con sus cerca de 20.000 habitantes, su población contaba con contingentes con- siderables, de pobres, de viudas 17. "Por pasarlo mal en Fontiveros
~decía mucho después el hijo mayor~ se vino a vivir con sus hijos a Medina del Campo" 18. La decisión resultó certera además de obligada: Medina se hallaba perfectamente equipada (dentro de lo que cabía en aquellas estructuras sociales) para afrontar la pobreza gracias al entramado asistencial privado y municipal.
Juan de Yepes, integrante de aquella célula familiar pobre de solemnidad (Francisco se había casado ya con otra pobre), y gracias a ser hijo de viuda indigente, pudo acogerse a una insti- tución característica de Castilla y pensada para los en potencia peligrosos huérfanos: el colegio de los niños de la Doctrina. Allí se llevaba un régimen de internado, roto sólo para pedir limosnas, para asistir a entierros, para ayudar a misa en la cercana iglesia de arrepentidas de las Agustinas. Se aprendía, en primer lugar, la doctrina cristiana; también las primeras letras y las nociones prác- ticas para los oficios. La salida gremial, con maestros cuasituto- res, era la general; la opción por seguir estudiando, minoritaria, fue la de Juan de Yepes cuando tuvo que dejar los doctrinos (donde permanecería aproximadamente desde 1551 hasta 1559).
De allí pasó a otro centro asistencial caritativo: al hospital de las bubas vergonzosas. Gracias a ello pudo acudir al colegio reciente de los jesuitas, con maestros y métodos de excepción, para aprender gramática, retórica, quizá artes. Allí se inició (1559- 1563) en las bases infraestructurales el lírico de lo inefable. Desde este punto de vista, Medina del Campo, salvadora de la familia de pobres de solemnidad, fue también la hacedora de San Juan
16 ef. E. MAZA ZORRILLA, Pobreza y asistencia social en España, siglos XVI al xx. Aproximación histórica, Valladolid, 1987.
17 A. MARCOS MARTÍN, Auge y declive de un núcleo mercantil y finan- ciero de Castilla la Vieja. Evolución demográfica de Medina del Campo durante los siglos XVI y XVII, Valladolid, 1978.
18 Relación cit., p. 374.
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de la Cruz, rara avis letrada en su familia compuesta por analfa- betos.
4. EN LA REFORMA DE SANTA TERESA
El colegio de la Compañía fue pródigo en vocaciones religio- sas. Al menos otros dos compañeros de Juan de Yepes ingresaron con él en la Orden del Carmen, con fundación reciente y activa en Medina del Campo 19. No era nada extraordinaria la opción por la vida de frailes en aquella sociedad clericalizada; sí puede dar que pensar que Juan no se decidiera por los jesuitas ni por la capellanía ofrecida por el "director" del hospital de las bubas.
Después de profesar, en 1564 se matricula en la Universidad de Salamanca, a la que pertenecerá durante cuatro años en calidad de colegial de San Andrés con tres cursos en la Facultad de Artes, uno solo en Teología. Monografías interesantes van aclarando cada vez mejor este período último de formación 20.
Fue en 1567 cuando, ordenado de sacerdote, se compromete en el proyecto reformador de monjas en Medina. Fray Juan de Santo Matía, como otros carmelitas de la provincia de castilla, anhelaba otra forma de vida religiosa. Su ideal era el bajomedie- val del rigor: de hecho, cuando se encontró con la Madre Teresa, andaba soñando con la Orden que tópicamente encarnaba estos rigores, con la Cartuja (que la tradición identificará con el mo- nasterio del Paular). Sus impaciencias coincidieron con la nece- sidad teresiana de elementos para su reforma masculina en cier- nes, con licencias pero sin comprometidos. Fray Juan y el prior, Antonio de Heredia, fueron las primeras ofertas. Quien lea des- apasionadamente los capítulos trece y catorce del Libro de las Fundaciones podrá observar las reticencias de la Madre hacia el segundo, la confianza segura en el primero.
Fray Juan disfrutó, además, de una especie de noviciado que no pudo seguir el Padre Antonio. Mientras se aprestaba la fun-
19 Sobre los compañeros carmelitas de esta promoción, efr. P. M.
GARRIDO, San Juan de la Cruz, pp. 33-43.
20 B. VELASCO BAYÓN, El Colegio Mayor Universitario de Carmelitas de Salamanca, Salamanca, 1978. L. E. RODR[GUEZ-SAN PEDRO BEZARES, "San Juan de la Cruz en la Universidad de Salamanca (1564-1568)", en Salmanti- censis, 36 (1989), 157-192,
4
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dación monjil vallisoletana (1568), la Madre Teresa pudo ins- truirle en cosas de mortificación, pero más aún "en el estilo de hermandad y recreación que tenemos juntas". Y Fray Juan fue enviado el primero para preparar el desvencijado convento (si aquello se podía llamar convento) en el lugarejo apartado y casi solo de la tierra de Ávila, es decir, en Duruelo. Allí se descalzó o, lo que era lo mismo, se adelantó al Padre Antonio en vestir el hábito reformado, signo de identidad de la nueva vida.
Fueron aquéllos principios de rigor siguiendo el modelo de
"descalzos" anteriores franciscanos. Pero la Santa quería algo más, como hemos dicho, que el rigor medieval: su proyecto era el de un estilo de vida más humanista y de unos frailes también predicadores, letrados. En su descripción antológica de la visita a Duruelo (lugar que no acababa de entusiasmarla) no calla (aun- que haya que leerla entre líneas) su decepción: entre tantos rigores socarronamente magnificados, parece que respira cuando se en- tera de que "iban a predicar a muchos lugares que están por allí comarcanos". y se vio obligada a enderezar tantos extremos, temerosa de que su proyecto eclesial muriese ahogado por las comprensibles exacerbaciones rigoristas: "Como soy flaca y ruin -dice con toda intención-, les rogué mucho no fuesen en las cosas de penitencia con tanto rigor, que le llevaban muy grande;
y como me había costado tanto de deseo y de oración que me diese el Señor quien lo comenzase, y veía tan buen principio, temía no buscase el demonio cómo los acabar antes de que se efectuase lo que yo esperaba"21.
Fray Juan de la Cruz, no hay duda, se identificó con la Santa Madre, que recurrió a él como moderador de los rigores extem- poráneos que comenzaron a desplegarse en el otro noviciado de la otra Castilla, en Pastrana, o en conventos, todos masculinos, de La Roda, La Peñuela, Granada, etc. Era algo endémico el rigorismo, que en esta circunstancia fermentó gracias a tendencias eremitas de extraños personajes como Ambrosio Mariano y Juan de la Miseria y de otros tantos fascinados por las mortificaciones titánicas de la visionaria convertida, Catalina de Cardona, por sus soledades de La Roda, en convivencia con demonios en forma de cuervos, de culebras o de alanos grandes, sucia ("con olor a reliquias", dirá la Madre Teresa, con quien nunca se quiso entre-
21 Fundaciones, 14, 13.
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vistar). N O tardando, algunos frailes de por allí no dudaron en proponerla como alternativa fundadora de la humanista Santa Teresa22 .
5. TENSIONES y CÁRCELES
Las tensiones internas cedieron ante los problemas en que se vio la reforma de San Juan de la Cruz en el forzoso encuentro con la Orden de procedencia, el carmen calzado. Los choques, malentendidos y hasta violencias tuvieron especial vigor en el quinquenio 1575-1579, la mayor parte de cuyos años fray Juan los pasó como vicario y confesor de la Encarnación de Á vila (y de su priora la Madre Teresa). La confrontación tuvo motivos com- plejos que no se pueden simplificar en un sencillo conflicto de jurisdicciones.
Es preciso recordar que la reforma masculina teresiana nació como brote en el seno de la Orden carmelitana y como ensayo de recuperación de las formas de vida "primitiva", en casas de "con- templativos" (esta fue la primera denominación del carmen des- calzo), pero, al principio, sin voluntad de separación del tronco común. Por eso las patentes del General, Juan Bautista Rubeo, pusieron tantas condiciones a la expansión, limitada a Castilla y a dos conventos. Cuando los descalzos comenzaron a multipli- carse el conflicto se hizo inevitable. Y las fuerzas en presencia se decantaron: el programa reformador y regalista de Felipe II esta- ba empeñado en favorecer una reforma castellana, bajo su con- trol; General romano y Curia no estaban dispuestos a injerencias, habituales por otra parte 23. Señores, pueblo, siempre se decanta- ron a favor de los reformados, del rigor. Visitadores de uno u otro estilo, breves y contrabreves, fueron las armas utilizadas por Felipe II para reformar a todos los conventos (especialmente conflictivos en Andalucía), por Roma para evitar la escisión. Los calzados percibieron la ofensiva creciente como amago de absor-
22 EFRÉN DE LA MADRE DE DIOS, "La escisión de Pastrana", en Congreso Internacional Teresiano, 4-7 octubre 1982, 1, Salamanca, 1983, pp. 389-429.
23 O. STEGGINK, La reforma del Cm'melo español, Roma, 1965.
J. GARCfA ORO, La reforma de los religiosos españoles en tiempo de los Reyes católicos, Valladolid, 1969.
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ción, de reforma impuesta; los descalzos interpretaron decretos de Capítulos Generales (Piacenza, 1575) como intento de exter- minio, de destrucción. Mientras la guerra, con su acompaña- miento de calumnias, de libelos, con un fiel de la balanza pruden- te, como el nuncio Ormaneto, los descalzos pudieron operar con libertad. Cuando desaparece y es relevado por otro más romano, Felipe Sega, los calzados llevarán las de ganar.
Es lo que aconteció en el otoño de 1577, durante un cierto vacío de poder y desconcierto. Los descalzos fueron tachados de rebeldía e inobediencia, delito castigado con penas severas en la práctica conventual. Víctima egregia, todo un símbolo para el escarmiento, fue fray Juan de la Cruz (que ya había conocido el año anterior la cárcel leve en Medina del Campo). Ahora, a principios de diciembre, en operación de despiste perfectamente calculada, fue encerrado en la dura prisión del convento de To- ledo. N o fue el único preso, sí el más eximio y significativo. Los hagiógrafos, los testigos procesales después, se han recreado en el episodio más llamativo de la existencia de fray Juan. No hay que olvidar que el encarcelamiento conventual era lo mandado para el tipo de delitos de que era acusado, el de rebeldía; que los calzados necesitaban víctimas como remedio medicinal para los descalzos; que el trato recibido en la cárcel fue legal, pero duro, y que por allí no apareció en los responsables (porque hubo conventuales de Toledo que lamentaban tales comportamientos) asomo alguno de caridad. Los tópicos malos tratos están más que comprobados, incluso por el segundo de los frailes carceleros (con ciertas complicidades, al menos indirectas, en la fuga aje- treada y muy detalladamente preparada). Pero lo más terrible para fray Juan fue la soledad, el aislamiento, la duración de la cárcel y aquella incomunicación (con talante inquisitorial) que probó la coherencia y la decisión del santo. Hasta su escapada, en la descalcez se ignoró su paradero. Ni siquiera la Madre Teresa, incansable en sus pesquisas, tenía certidumbres, aunque al final da la sensación de que sus sospechas apuntaban hacia Toledo.
Fuera de la cárcel, ni el Padre Gracián, con buenos contactos en la Corte, al igual que el Padre Mariano, tan favorecido por Felipe Il, ni el Padre Antonio, ni casi nadie (salvo Doña Guiomar de Ulloa, las monjas de la Encarnación, la Madre Teresa) se preocuparon del preso insigne. La correspondencia de la Madre
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revela los sobresaltos, los miedos por la vida del flaco (a ella la preocupaba mucho esto) fray Juan, a quien prefería ver en manos de moros (con lo que esto de tierra de moros pesaba en su ima- ginaria). Sus temores la empujaron a suplicar al rey, en carta memorable, su intercesión (4 diciembre 1577) en cuanto se enteró de lo acontecido. En vísperas de la liberación se lamentaba a la priora de Beas: "No creerá, hija, la pena que tengo, porque a mi fray Juan de la Cruz lo han desaparecido, y no hallamos rastro ni luz para saber dónde está, porque estos padres calzados andan con gran diligencia de acabar esta reforma". Su exasperación es patente ante el abandono de los despreocupados: "No sé qué ventura es que nunca hay quien se acuerde de este santo" (a Gracián, 19 agosto 1578). A los dos días, nada más enterarse de la alegre noticia, además de envidiar el martirio sufrido y de urgir al nuncio hostil que se informase mejor, comunica al mismo Gracián, siempre desinteresado hacia el primer descalzo, lo que debió ser la percepción general del trance entre los descalzos: "Yo le digo que traigo delante lo que han hecho con fray Juan de la Cruz, que no sé cómo sufre Dios cosas semejantes, que aún Vues- tra Paternidad no lo sabe todo. Todos nueve meses estuvo en una carcelilla que no cabía bien, con cuán chico es, yen todos ellos no mudó la túnica, con haber estado a la muerte. Tres días antes le dio el superior una camisa suya, y unas disciplinas muy recias, y sin verle nadie".
6. LA DESCALCEZ Y LA POLÍTICA DE FELIPE 11
Después de abandonar la prisión toledana fray Juan de la Cruz seguirá siendo un símbolo, aureolado por la persecución sufrida, y además uno de los protagonistas de la reforma presente y actuando en todos sus momentos decisivos. Tuvo cargos de responsabilidad y asistió a todos los capítulos, de uno u otro cariz, siempre tratando de evitar la reelección en un empeño inútil. Y casi siempre (salvo el trienio segoviano 1588-91) los tuvo en Andalucía, donde se debía sentir incómodo al principio y donde -junto con la cárcel- compuso su poesía, su prosa, gra- cias a que el Padre Gracián no le hizo caso a él ni a la Madre
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Teresa cuando ésta le pidió en hornazo (como aguinaldo) que lograse el retorno de fray Juan a Castilla.
Para la historia de la Reforma que él iniciara el acto más decisivo fue el de su independencia de la Orden calzada de la que nació. Era una premisa indispensable para su subsistencia, para su crecimiento y para lograr la paz, tan anhelada por Santa Teresa. Las comprensibles resistencias del General se quebraron cuando Felipe II se propuso secundar los deseos de la Madre en el negocio, de acuerdo con la política regalista tradicional y con las oportunidades de poder religioso que suponía el contar con una Orden nueva castellana y más dependiente de él que de Roma. Quien lea la documentación abundante que se ha conser- vado acerca de la complicada trayectoria de este proceso podrá advertir sin esfuerzo cómo los descalzos confían todo al rey, a su Consejo, a sus agentes en Roma que se mueven con rara habilidad (por allí andan también emisarios activos de la Madre Teresa con todo el disimulo habitual en los círculos curiales) 24.
La anhelada independencia llegó tras muchas presiones con Roma, cuando Gregorio XIII, apreta do por los agentes reales, concedió el breve de constitución en provincia aparte (22 junio 1580), ejecutado, cuando y como a Felipe II le plugo, en el Capí- tulo "constituyente" de Alcalá de 1581. Las reacciones que la noticia, filtrada a pesar de la retención del documento pontificio por el Consejo Real, provocó en la Madre Teresa han quedado grabadas en sus cartas de aquellos días, en el relato de las Fun- daciones cuando andaba con la de Palencia. Todo es gozo y gratitudes al "santo rey don Felipe", auténtico protagonista en el nacimiento de la nueva Orden. Los capitulares de Alcalá determi- naron oraciones, adoraciones perpetuas, disciplinas semanales y duraderas por el monarca y sus sucesores 25. Los carmelitas des- calzos originarios, de hecho, fueron una Orden nueva, geográfica y políticamente circunscrita a los dominios (que eran gigantescos) del rey de las Españas. Cuando llegó la expansión inevitable en otros espacios ajenos a la Corona, la Orden se desdobló en dos congregaciones separadas entre sí: la española (reinos de España,
24 Documenta Primigenia (Monumenta Historica Carmeli Teresiani, 1), Roma, 1973.
25 Ibíd. puede encontrarse toda esta documentación.
APROXIMACIÓN A SAN JUAN DE LA CRUZ 369
Portugal, las Indias), y la italiana, más pontificia, para el resto de las juridicciones 26.
Fray Juan de la Cruz está presente en todos estos avatares como responsable cualificado. (Definidor de la Provincia; Vicario provincial de Andalucía cuando la Provincia se convierta en Con- gregación; como prior de Granada -la tierra de su producción literaria- después de haberlo sido de Baeza, como prior de Se- govia). En 1591 el Capítulo General le deja sin cargos: es un castigo del Padre Doria a su discordancia en asuntos capitales.
Se le destina a Nueva España (México) con cometidos arbitrados para alejarle. Cuando se anda preparando el matalotaje para la expedición cae enfermo y recaba en Úbeda, donde sufre los tra- tamientos ri¡jurosos de aquella medicina y cirugía elementales y de un sector hostil a su persona dentro de los mismos frailes. Él piensa ya en "otras Indias mejores". Y muere nada más romper el nuevo día del 14 de diciembre de 1591.
Es entonces cuando comienza la historia de su santidad. Por- que muere conforme al modelo de morir de los santos, con fama que obliga a los que acuden a venerarle a las amputaciones ine- vitables, a los gestos tan a tono con aquellas sensibilidades barro- cas como extraño para las nuestras. Las reliquias y los milagros se multiplican. Habrá -cómo no- guerras urbanas entre Úbeda y Segovia por la posesión de su cuerpo, auténtica riqueza, hasta que venza Segovia y allí se trasladen, con todos los cortejos de clandestinidad y nocturnidad, los restos del santo que no cesa de hacer milagros recogidos por los testigos. Después llegarán los esfuerzos de la Orden por canonizarlo, las hagiografías que canten su vida (acomodada a los requisitos de santidad de entonces), sus virtudes, sus profecías y hazañas.
Pero esta historia, que nos revela la recepción posterior de San Juan de la Cruz, exigiría muchas páginas para su adecuada interpretación. Fue entonces cuando se inventó, en buena parte, el santo que no siempre coincidiría con la realidad.
26 Síntesis de todos estos episodios en 1. MORlONES. El Carmelo Teresia- no. Páginas de su historia, Vitoria, 1978. L. SAGGl. Le origini dei carmelitani scalzi (1567-1593). Storia e storiografia, Roma, 1986.