LA CASA DE LOS VIENTOS
Me crie en una casa donde anidaban todos los vientos. A veces, me pregunto si esa circunstancia no forjó mi carácter y fue la responsable de que haya días en que no estoy para nadie. Llegamos, según me contaron, a ese pueblo que no era nuestro una mañana de octubre buscando el aire puro que necesitaba mi hermano, siempre tan delicado. No recuerdo nada del viaje, porque en un mes iba a cumplir tres años y la memoria, al menos en mí, debió de comenzar a asentarse más adelante. Al parecer, mis padres compraron la única casa disponible, en la que vivimos hasta que mi hermano murió, a un precio irrisorio. No habríamos podido pagar otra. Nadie nos advirtió de que, por su situación o algún prodigio que lógicamente se escapaba a nuestro entendimiento, no seríamos nunca capaces de mantener la puerta de entrada y las ventanas cerradas a un mismo tiempo.
La casa estaba situada a las afueras. Tanto que para llegar, una vez alcanzadas las últimas, dejábamos a un lado un par de porquerizas, una huerta con una alambrada oxidada, una vieja estación eléctrica y un gallinero. El dueño de este último cuidaba de que no se alejaran las gallinas y pisaran las lindes de nuestra propiedad para evitar que el viento las alzara y desaparecieran en el campo.
Mi madre me mandaba a comprar el pan al comercio de la plaza. Ya en la calle, me recogía el pelo en una coleta tirante para que no se liase con el aire y me diera un extraño aspecto de medusa. Al principio, me ataba a la cintura un saquito con el dinero para que al pisar el umbral las monedas no salieran rodando, porque, el día que se levantaba poniente —se presentaba sin previo aviso—, mi máxima preocupación debía ser mantenerme firme en tierra, sujetarme a la fachada hasta asomarme al camino, allí donde ya el sol lucía redondo o la lluvia calma mojaba las calles. En tantas ocasiones perdí el dinero que decidieron que Felisa nos fiara y fuera mi padre el que abonara el montante a final de mes. Después, a lo largo de mi vida, he arrastrado una inseguridad insana por todo, por comprobar si conservo el teléfono en el bolsillo, si he apagado la plancha al acabar, he echado bien la llave o he olvidado ponerme la bufanda.
Papá decía que nos habían engañado. Lo repetía una y otra vez al tiempo que corría a cerrar la ventana de la salita mientras se abría la de su dormitorio. Si lográbamos durante unos segundos preservar la casa del viento huracanado que la azotaba, nos limitábamos a escuchar el silbido que se colaba por las rendijas y el temblor de las tablillas y cristales,
expectantes, tratando de adivinar hacia qué ventana teníamos que salir despedidos para cerrarla y así evitar que volaran cortinas, vasos y demás enseres. Al poco de firmar las escrituras, descubrió por qué, el día que la compramos, había un vecino apostado en cada ventana. Un día le pregunté que por qué no la vendíamos y nos íbamos a otro lugar, ya que nada nos unía al pueblo, y él me contestó, a la vez que aseguraba con clavos la ventana del dormitorio de mi hermano, que ya lo había intentado y que nadie la quería ni regalada.
Solo nosotros, que no teníamos adónde ir, estábamos condenados a vivir en ella. Puede que de esa particularidad me viniera ese conformismo con que arrostro la vida, a pesar de que me habría gustado ser diferente, y la desconfianza con que afronto cualquier adversidad con la que me cruzo.
Había días en que nos invadía el bochorno y apenas podíamos respirar. Delante de la casa había un pequeño terreno que mamá se había propuesto transformar en jardín, aunque se pasaba la vida replantando esquejes, ya que los vientos tronchaban las plantas y no dejaba de ser más que un terregal. Por detrás, entre la fachada trasera y el campo abierto, cultivábamos un huerto. Parecía que la valla metálica retenía el aire. Cuando recolectábamos los pimientos y las habas, teníamos que meterlos en un cubo y taparlo de inmediato para que el efecto embudo del aire contra la valla no se los llevara. Si nos despistábamos, se oscurecía el cielo de verduras y hortalizas, y nos tocaba andar buscando la cosecha a donde quiera que hubiera ido a parar. Los días de viento con bochorno, arrastrábamos los colchones y dormíamos a la intemperie, junto al gallinero. Rezábamos por que coincidiera el bochorno con las noches de cielo raso para no mojarnos, aunque era preferible la lluvia que el aire ardiente. De esos días, deduzco que me vino la afición por la astrología. Memorizamos todas las constelaciones a nuestro alcance y Manu y yo nos divertíamos señalándolas y dibujándolas en el aire. Mis recuerdos siempre van asociados a mi hermano, a su cuerpo frágil. Después, cuando él murió, no quise saber más de estrellas ni de malditos planetas.
Hacíamos turnos en la casa. Era agotador levantarse constantemente a cerrar puertas y ventanas. Los portazos se habían convertido en nuestro hilo musical. Ni siquiera nos asustábamos cuando un cristal se quebraba o el pomo de una puerta se reventaba. Era el viento lo que no soportábamos. No merecía la pena barrer. No podíamos jugar a las cartas ni al parchís. Todo el rato rodaban uvas, naranjas o manzanas por el suelo. No nos concentrábamos estudiando, porque las hojas del libro que tuviéramos entre manos se pasaban sin tiempo de haber asimilado la lección y los bolígrafos y las ceras iban de un
lado a otro sin que nos diera tiempo a elegir el color. Fue mamá quien tuvo la idea, molida de colocar montones de ropa que se desmoronaban y de reponer platos y cacharros de barro. Cada cuatro horas, excepto cuando Manu y yo íbamos al colegio, uno se encargaba de mantener cerradas las ventanas. Papá intentó tapiar con ladrillos algunas que no eran imprescindibles, pero parecía que la casa sabía que ahí debía haber un hueco y en cuanto soplaba el terral, el bierzo o el viento que tocara, los ladrillos resultaban balas que salían proyectadas con el consiguiente peligro. Así que no quedó más remedio que hacer guardia. Nos colocábamos en una esquina del salón, que era la estancia central, y se nos pasaban las cuatro horas corriendo de acá para allá, encajando ventanas, girando picaportes y ajustando manillas. A veces, jugábamos a acertar qué ventana sería la próxima en abrirse, incluso hacíamos apuestas, pero la gracia del juego duraba unos minutos porque era demasiado cansado prestar tanta atención. Si alguien me preguntase el porqué de mi humor inestable, mi incapacidad para centrarme y propensión a dispersar mis pensamientos, tal vez analizando todo esto encontrase la respuesta.
Nos criamos sin amigos. En el colegio no teníamos problemas. Jugábamos en el patio como si fuera todo normal, pero en cuanto sonaba el timbre los niños corrían escopetados sin esperarnos. Los escuchábamos al doblar la primera calle cuchichear entre ellos. Quedaban para merendar juntos en sus casas o para hacer los deberes. Con nosotros no contaban. Tan solo una vez vinieron tres niños a nuestra casa de las afueras y nunca lo hicieron más. Cuando pisaron la calle, de regreso a sus casas, parecía que venían de la guerra. Sus madres los esperaban junto al gallinero con peines y toallas en las manos. Les gritaban agitando los brazos para que supieran que estaban allí, pero ellos, hasta que no giraron las cabezas, no las vieron, porque salieron sufriendo, de modo provisional, lo que dábamos en llamar el síndrome sordo, provocado por la furia del viento sobre los oídos.
También fue mala suerte la de aquel día. Manu y yo estábamos ya acostumbrados, pero la galerna fue desproporcionada. Hasta los grifos se rebelaron contra nosotros. Manu cerraba el de la bañera mientras yo asfixiaba con trapos el de la cocina. Papá nos había preparado un chocolate caliente y un bizcocho para merendar, pero las olas furiosas anegaron la mesa y los cuadernos. Aquella vez fue la primera que nos visitaron, y, para no verse en el compromiso de hoy en tu casa y mañana en la mía, no se aventuraron más.
Fue así como me acostumbré a participar en las actividades lo justo, a compartir solo con Manu —de ahí que lo extrañe tanto—, y a esta gravedad, como de herrumbre, que me acompaña siempre.
Nada más instalarnos, papá encontró trabajo en la ferretería de Nemesio. Eso sí que fue llegar y besar el santo. La casa se deterioraba de día en día, ¡qué digo!, de hora en hora, y era preciso repararla sin descanso. El sueldo se le iba en listones y cuñas de madera, en cerrojos y pestillos, en sacos de tachuelas y tornillos, y Nemesio siempre andaba presto a colaborar con jugosos descuentos por partida doble: por ser el cliente su empleado y por pertrecharse este de cantidades al por mayor. Aprendimos en casa a arreglar los desperfectos que causaban los vientos y que, si hubiéramos tenido que encargar a un especialista, nos habrían arruinado. Mamá lo mismo hilvanaba bajos de pantalones y zurcía calcetines que reforzaba con púas los marcos de las ventanas. Manu memorizaba los ríos estribado en la puerta a pesar de su peso liviano, apuntalándola con el respaldo de la silla. Papá, el tiempo que le dejaba libre su turno y el trabajo, ideaba inventos para contener el viento, pero todos fracasaban. Como la vez que, mediante un sistema de poleas y contrapesos, condenó la puerta de entrada. Logró que no se abriera, sí, pero empleábamos tanto esfuerzo para salir que preferíamos saltar por las ventanas y lo cierto es que era un incordio. La vida en esa casa, que ocupó toda nuestra infancia, cimentó en nosotros un claro instinto de supervivencia que, hoy, a días, me alegraría no poseer. Trato de hallar sentido a la vida sin mi hermano, pero todavía no lo he conseguido.
Dijeron que Manu había muerto, pero yo aún lo espero. Después de aquello, papá y mamá dejaron de cerrar ventanas y el viento, lo mismo daba el siroco que la tramontana, acabó por volverles locos. Ahora viven en un sanatorio y ya no están pendientes de nada, pero yo sé, y los médicos me lo corroboran, que duermen agitados y se despiertan sobresaltados, como si todos los vientos del mundo se hubieran quedado encarcelados en su interior y lucharan por escapar. Yo me vine a la ciudad. No dejaba nada atrás, en el pueblo que nos destrozó la vida. Allí se quedaron los vientos. Me traje solo este desaliento que me impide salir si no es preciso, esta angustia anclada en el pecho que me ahoga y de la que quisiera saber desprenderme. Duermo con las ventanas abiertas a la espera del milagro.
A Manu se lo llevó un ciclón. Estábamos sentados en la mesa de la cocina. Mamá troceaba judías verdes y mi hermano y yo las atrapábamos con las manos para que no se desperdigaran con la brisa. Y así, sin esperarlo, vimos irrumpir el remolino por la ventana.
Y vimos cómo se tragaba a Manu y huía por el mismo sitio por donde había entrado.
Nunca más lo volvimos a ver. Pasé meses rastreando los alrededores, registrando los huertos, el cauce del río, los pozos, las copas de los árboles. Al año, lo dieron por muerto.
Pero yo tengo la esperanza de que regrese. Al anochecer, hago señales con bengalas desde la terraza para que sepa cómo encontrarme y, en las noches sin luna, cuando las estrellas centellean más, alumbro al cielo con un puntero láser que he comprado en los chinos y apunto a Orión, su favorita. No me entra en la cabeza que no lo vaya a ver nunca más. No puede ser que esa casa, en la que confluían todos los vientos, albergara tanta maldad.
TOM SAWYER