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CENTENARIO DE LA INTEGRAL DE LEBESGUE

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CENTENARIO DE LA

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Rev.R.Acad.Cienc.Exact.Fis.Nat. (Esp), Vol. 95, N.os 1-2, pp 145-154, 2001

Monográfico: Conmemoraciones Matemáticas: Centenario de la integral de Lebesgue

GÉNESIS Y BELLEZA DE LA INTEGRAL DE LEBESGUE

BALTASAR RODRÍGUEZ-SALINAS *

* Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

1. ASI NACE LA MATEMÁTICA

La historia no hace sino comprobar que el origen del proceso de contar, comenzó contando en la forma más rudimentaria: uno, dos, ..., muchos, pero por los documentos que nos han dejado algunas civilizaciones queda probado que en ellas se empleaban ya sistemas de numeración a veces muy perfeccionados.

El concepto de número natural, que surge por abs-tracción del proceso de contar, no ha sido examinado hasta el siglo XIX, después de haberse desarrollado las teorías de los números racional, real y complejo. An-teriormente, todos los matemáticos lo consideraban al número natural como una cosa dada, opinión unánime que se puede resumir en la famosa frase de Kroneker: Dios creó el número natural; los demás números son obra humana. Yo que me declaro platónico, pienso que en la Matemática no hay inventos sino descubrimien-tos. No obstante he quedado admirado de que Cantor contase los conjuntos infinitos con los cardinales trans-finitos: HO, N I , • • • , en contra de la opinión de muchos para los cuales hay sólo un número infinito. Por mi admi-ración hacia Cantor comprendo la admiadmi-ración que sentía también Hubert por él, que le llevó a querer incorporar el paraíso que Cantor había creado en su formalismo.

Mención muy especial merecen las contribuciones de los geómetras griegos a la teoría de la medida. An-tes que Pitágoras, Tales de Mileto (siglo VI a.C.) fue el filósofo griego al que, con cierto fundamento, se le atribuyen contribuciones a la geometría, entre las que figuran la determinación de las distancias de un barco al puerto y a la medición de la altura de una pirámide cuando se conoce la sombra que proyecta. Frente al pensamiento de los jonios, Pitágoras (siglo V a.C.) y su escuela presentan una nota característica y original con la naturaleza especial del número como princpio de to-das las cosas, sin el cual no pueden éstas comprenderse o conocerse. Este número que los pitagóricos conciben no es nuestro ente ideal y abstracto sino un elemento

natu-ral constitutivo de los cuerpos que imaginaban formados por puntos materiales o monadas cuya distribución y or-den caracterizaba a cada cuerpo. A la sombra de esta concepción metafísica y al lado de una mística de, los números nace la matemática como ciencia y recibe su nombre como la ciencia por excelencia. Las dos prin-cipales contribuciones de los pitagóricos en el tema que nos estamos ocupando son, principalmente, el descu-brimiento del teorema del cuadrado de la hipotenusa y, como consecuencia, de los irracionales. Aunque no es fácil saber qué grado de generalidad tuvo en la escuela de Pitágoras ese teorema, ni la demostración que se empleó, parece razonable admitir que gran parte de los esfuer-zos realizados por los pitagóricos tuvieron por finalidad lograr una demostración general del teorema. Posible-mente la existencia de los irracionales y de las cantidades incomensurables lo deduciría también la escuela de su célebre teorema siguiendo una demostración semejante a la de Aristóteles. Sin embargo, este mismo descubri-miento habría de significar su descrédito y ruina por estar en evidente contradicción con la concepción monàdica de los pitagóricos que implicaba la comensurabilidad de todos los segmentos entre si.

No vamos a seguir con la teoría de la medida de la antigüedad porque nos alargaríamos demasiado. Sola-mente hacemos notar que fue el origen de la actual teoría de la medida. En la actualidad, la teoría de la medida ocupa un lugar importante en la Matemática. No exage-ramos diciendo que el mayor elogio que se puede hacer de la teoría de la medida es que se puede garantizar al que se dedica a ella que está haciendo una cosa importante.

2. EUCLIDES, EUDOXIO Y ARQUÍMEDES Alboreaba la Matemática como Ciencia, cuando en las nociones de longitud, área y volumen de los grie-gos se fundamentaba ya la Teoría de la Medida en su invarianza respecto del grupo de movimientos. En los Elementos de Euclides (300 a.C), que como se sabe es

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la obra clásica que más influencia ha tenido en el des-arrollo de la Matemática, los libros V y VI contienen los conocimientos más importantes de la época sobre la teoría de magnitudes. El libro V es una teoría general de las proporciones, independiente de la naturaleza de las cantidades, mientras que el libro VI las cantidades pro-porcionales son geométricas. El libro V contiene una de las más bellas aportaciones de los griegos, la definición y desigualdades de razones atribuida a Eudoxio, en donde implícitamente está ya el concepto de número real, al no hacerse ninguna distinción entre la comensurabilidad e incomensurabilidad de las cantidades proporcionales.

También entre las definiciones del libro V incluye Eu-clides el enuciado: Se dice que dos cantidades tienen razón entre sí cuando cada una de ellas puede multipli-carse de manera que supere a la otra. Esta definición es un nuevo postulado como lo reconoció Arquímedes y ahí esta la explicación del nombre por el que habitualnente se le conoce.

Pero en los Elementos no se encuentra ningún in-tento de rectificar la circunferencia o arcos de circun-ferencia, como tampoco de cuadrar el círculo, ni para hallar las extensiones superficiales, totales o parciales, de las figuras limitadas por cuerpos redondos: cilindros, conos y esfera. Relativo a esto solamente se dan cuatro teoremas, incluidos en el libro XII, que exigen para su demostración el método de exhaución.

Arquímedes (287-212 a.C.), la figura máxima de la geometría griega y una de las mentes mejores dotadas de la Matemática y de la Ciencia de todos los tiempos, cubre gran parte de las lagunas dejadas por los Elemen-tos de Euclides. En el libro De la esfera y el cilindro Arquímedes halla las áreas y volúmenes de los prin-cipales cuerpos redondos. Posiblemente, el principal motivo por el que se grabara sobre su tumba una esfera con un cilindro circunscrito, se debe a la atracción que sintió hacia su descubrimiento de que tanto las áreas como los volúmenes de ambos están en las misma pro-porción, que es la razón simple 2 : 3 . En su escrito que se conoce con el nombre Del método relativo a los teo-remas mecánicos abreviadamente, el Método, se hallan también dos interesantes cubaturas por procedimientos mecánicos.

Se podrían citar otras contribuciones de los geómetras griegos a la teoría de la medida, pero solamente recor-daremos por su afinidad con el método mecánico de Arquímedes el teorema de Pappus (300 a.C.) referente a la determinación mediante el centro de gravedad de las áreas y volúmenes de los cuerpos engendrados por rotación, proposición que es conocida por el nombre de teorema de Guldin (1577-1645) por haberla redescu-bierto este matemático suizo.

Por Arquímedes merece que reflexionemos sobre el carácter de la matemática que hacía él. ¿Era Matemática

Pura (o Fundamental) o era Matemática Aplicada? La contestación es que ambas cosas, pero sobre todo Ma-temática de la Realidad. En general, los geómetras grie-gos hicieron esta matemática. La Matemática de la Re-alidad para mí es la que se basa en la verdad absoluta y no en el formalismo estricto. Por eso mismo es más importante la verdad y certeza que no la consistencia (o no contradicción) . Y es que ésta viene a ser una condición necesaria pero no suficiente. Por eso no se puede descartar ningún método razonable para llegar a la verdad. Y justamente esto hizo Arquímedes con sus métodos mecánicos. Como la verdad de la Aritmética es incuestionable, todo teorema de la Aritmética hay que darlo como verdadero. También por muchas razones, el axioma de elección y sus consecuencias, entre ellas, la buena ordenación de todo conjunto, deben darse como verdaderos porque es un signo de belleza y armonía, acompañada de la intuición razonable y de una potencia insospeschada para obtener muchos resultados. Tene-mos a la mano un método que no hay que desdeñar y es la lógica del lenguaje.

3. EL SIGLO XVII

Con el siglo XVI se cierra el periodo que va desde la decadencia griega a las grandes creaciones de la Ma-temática del siglo XVII.

La influencia de las ideas que llevaron a la creación de la Geometría Analítica por Descartes (1596-1650), se hizo sentir en toda la Matemática y en especial en la teoría de la medida. Efectivamente, dichas ideas junto con la definición rigurosa del número real daría lugar a los espacios Rn sobre los que se fundamentaría

esen-cialmente la teoría de la medida hasta los principios del siglo XVII.

En todas las etapas de la evolución de la Matemática se encuentran, por lo menos en germen, los métodos del cálculo infinitesimal. Estos métodos aparecen en las criticas de los eleatas y en algunas argumentaciones de los sofistas y adquieren categoría y rigor científico en la teoría de las proporciones y en el método de exhaución de Eudoxio. Este método permitió a Arquímedes dedu-cir rigurosamente resultados que hoy se obtienen con el cálculo diferencial e integral, por lo que se puede consi-derar a Arquímedes como el precursor en la antigüedad de los métodos infinitesimales.

Influenciado por Arquímedes, Kepler (1571-1630) escribe su Nova stereometria doliorum vinariorum en donde utiliza consideraciones infinitesimales. Las cua-draturas y cubaturas dadas por Arquímedes son calcula-das por Kepler recurriendo a consideraciones de carácter infinitesimal. En la segunda parte de este tratado Kepler, al afirmar que los toneles austríacos eran los más con-venientes, hace la observación, ya indicada por Nicola

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de Oresme (1313-1382), y que no había escapado a los astrónomos babilonios, de que la variación de una función es particularmente lenta en el entorno de un máximo o de un mínimo, propiedad equivalente a la anulación de la derivada, que con la generalidad lograda en la actualidad, conviene destacar que sólo es válida cuando el máximo o mínimo es alcanzado en un punto interior al dominio de la función.

Concepciones semejantes a las de Kepler se hallan en Bonaventura Cavalieri (1598-1647) miembro del grupo de amigos y discípulos de Galileo. Cavalieri es autor de un método de integración basado en los indivisibles. Sin definir el término, Cavalieri adopta los indivisibles de la filosofía escolástica, en donde los puntos son los indivisibles de las líneas, las líneas los son de las figu-ras planas, . . . Realmente, Cavalieri no utiliza ninguna definición de los indivisibles, pues para él, no son más que una manera de hablar para referirse a los elemen-tos de dos figuras que él compara, y que mediante una técnica algebraica le permite calcular áreas y volúmenes de ellas, proceso estrechamente ligado al cálculo de una integral múltiple mediante integrales simples.

La falta de rigor de Cavalieri está suplida por los re-sultados; el hecho es que el lenguaje de los indivisibles se mantuvo casi medio siglo. El método lo expone Ca-valieri en Geometría indivisilibus continuorum nova quadam ratione promota de 1635.

También en el circulo científico de Galileo se preo-cuparon de estos problemas, Torricelli (1608-1647) y Viviani (1622-1703).

Otro matemático de la época Giles Personne de Roberval (1602-1675) se ocupó en calcular áreas y volúmenes, así como rectificaciones de curvas y deter-minaciones de centros de gravedad, utilizando una con-cepción semejante a los indivisibles, aunque algo más próxima a los infinitamente pequeños. Concretamente este método, fue empleado por Roberval para calcular el área limitada por la curva que Galileo llamó cicloide y del volumen del sólido engendrado por rotación de la misma. Ahora puede parecer inverosímil, pero es cierto que el estudio de una simple curva como la cicloide dio un gran impulso al desarrollo del cálculo infinitesimal con las polémicas, desafíos y controversias que motivó y en la que intervinieron los matemáticos más notables de la época.

Con concepciones semejantes a las de Roberval, Biaise Pascal (1622-1662) estudió numerosas propieda-des de la cicloide, por él llamada roulette, propiedapropieda-des que constituyeron el tema de uno de los tantos desafíos sobre la cicloide.

Pierre Fermat (1601-1666), uno de los más grandes matemáticos del siglo XVII, fue el que adelantándose a Cavalieri, logró la integración de xn cuando n ^ — 1,

en la forma conocida, por medio de una fórmula para las sumas de las potencias de los m primeros enteros positivos, siguiendo así un método semejante al que em-pleó Arquímedes para la cuadratura de la espiral. El resultado fue generalizado por el mismo Fermat para exponente racional. Algunas rectificaciones de curvas, fueron también obtenidas por este genial matemático, reduciendo el problema al de las cuadraturas, con la que quedaba establecida la analogía algebraica de am-bos problemas.

Mientras, con estas cuestiones, y otras, como la de-terminación de máximos y mínimos y de las tangentes a una curva, en las que destacó también Fermat, se iba preparando la creación de los algoritmos del cálculo di-ferencial e integral; otros algoritmos infinitos como las series, productos infinitos, etc., hacen su aparición por obra principalmente de John Wallis (1616-1703), James Gregory (1638-1675), Nicolau Mercator (1620-1687) y William Brouncker (1620-1684).

Wallis en su Arithmetica infinitorum (1655), si-guiendo un método mezcla de inducción e interpolación y sin conocer los resultados de Fermat, entonces no pu-blicados, obtiene que la integral de xm en el intervalo (0,1) es l/(m+ 1) cualquiera que seam, racional o irra-cional. Es curioso destacar que este resultado, aunque incorrecto para m < — 1 coincide para estos valores de m con la parte finita de la misma integral. Pero lo más interesante y original de Wallis, se halla en la extensión que hizo de su regla para toda suma o serie de potencias, y en sus importantes consideraciones sobre la integral euleriana /Q (1 — x'/m)n dx, que le permitieron

expre-sar 4/7T como producto infinito. Aparte de todo esto, hay un hecho histórico que hace memorable la Arithmetica infinitorum y es que en esta obra aparece el símbolo oo. Una consecuencia importante del método de cuadra-tura de Wallis, fue el descubrimiento de la serie lo-garítmica, y con ella, una solución de la cuadratura del segmento de hipérbola equilátera. Mercator es quien re-suelve este problema de cuadratura, con la feliz idea de escribir la ecuación de la hipérbola en la forma y = l/(l +x), que podía desarrollarse en serie de poten-cias y, por tanto, aplicarse el método de Wallis.

Calculadas las cuadraturas de los segmentos de las parábolas y = xn y de los segmentos circulares hiperbólicos, los métodos de integración por partes y por cambio de variables, iniciados por Pascal, Fermat, Gregory y Barrow, permiten resolver un gran número de estos problemas por reducción a las cuadraturas elemen-tales. Entre ellos es notable la integración de la función sec(x) por Gregory en 1668.

Isaac Barrow ( 1630-1677) a quien acabamos de citar, es una figura de singular importancia en la Matemática, porque además de los métodos que ideó para calcular

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áreas y trazar tangentes a las curvas, que son esencial-mente los problemas claves de los cálculos integral y diferencial, respectivamente, no puede haber duda al-guna de la gran influencia que ejerció en la obra de su discípulo predilecto: Newton.

Las contribuciones de todos estos matemáticos pre-paran y allanan el camino, para que por obra de Newton y Leibniz, surja el cálculo infinitesimal como rama propia y autónoma de la Matemática.

Hemos visto ya que todos ellos habían resuelto nu-merosos problemas sobre diversas cuestiones infinitesi-males, pero fuera de algunos vislumbres, a los precur-sores de Newton y Leibniz, les faltó una noción clara de límite, que mostrase la unificación de sus métodos, los cuales carecían del rigor de las demostraciones de los geómetras griegos. En parte, esta etapa empírica de la evolución del análisis infinitesimal, queda superada por Newton y Leibniz, los cuales volviendo un poco la espalda al pasado buscan principalmente la justificación de los nuevos métodos, no en las demostraciones, sino en la fecundidad y coherencia de los resultados. Por otra parte, no se puede negar que el resultado del cálculo in-finitesimal ha sido una teoría de gran belleza que deleita. Es preciso llegar hasta el siglo XIX, para que el análisis infinitesimal alcanzase un alto grado de rigor, e incluso entrar bastante en el XX para que los concep-tos habituales de límite queden totalmente unificados. El rigor se ha logrado, pero a los infinitésimos se les ha dado un carácter potencial, en contraposición al carácter actual que se les dio en un principio, que al parecer es o podría ser irreconciliable con el rigor matemático.

4. EL SIGLO XVII: NEWTON Y LEIBNIZ La contribución más original e importante de Isaac Newton (1642-1727) al cálculo infinitesimal, es su método de fluxiones que aunque fue publicado por pri-mera vez en 1736 con el nombre de Methodus fluxio-num et serierum infinitarum había sido escrito en 1671. Sus fluentes son las funciones del tiempo y sus fluxio-nes son las derivadas respecto del mismo, que no es más que un parámetro universal en una forma ya ima-ginada por Barrow. El carácter general del método es destacado por el propio Newton en una carta de 1672, al decir que puede aplicarse no sólo al trazado de tangen-tes a cualquier curva, sea geométrica o mecánica sino también para resolver cualquier clase de problemas sobre curvaturas, áreas, longitudes, centros de grave-dad, etc., agregando que ha entrelazado ese método, con aquel otro método que consiste en trabajar con las ecuaciones, reduciéndolas a series infinitas. Así las series, y entre ellas, la del binomio, aparecen en la obra de Newton como recurso para resolver ecuaciones y efectuar cuadraturas. También con el mismo objeto en

su Methodus differentialis (1712), aparece la llamada fórmula de interpolación de Newton, que constituye el punto de partida de la teoría de las diferencias finitas.

En De Analyst per œquationes..., las cuadraturas de las potencias se realizan de acuerdo con la regla general dada por Fermat y Wallis, pero lo original y nuevo, es su descubrimiento sobre el carácter inverso del problema de la tangente y el de la cuadratura, quedando así desatado el nudo gordiano del nuevo análisis.

En Newton aparece la idea de límite funcional, aun-que de forma un poco oscura, cuando con objeto de resolver las objeciones que se le hicieron, por anulación de los incrementos, en la determinación de las fluxiones, en su Tratactus de quadratura curvarum (1706), hace evanescer los incrementos de las variables para obtener la razón de los incrementos evanescentes.

Mientras en Inglaterra, Newton lograba dar unidad y autonomía al cálculo infinitesimal, en el continente por obra de Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), tal unidad y autonomía se acentuaban. Si la obra de Newton, fue la de un filósofo natural, impulsado por sus inquietudes sobre la Mecánica, la de Leibniz fue la de un filósofo y la de un algebrista. Su preocupación por la claridad de los conceptos y por el aspecto formal de la Matemática, le permitieron crear el simbolismo adecuado para los nuevos algoritmos.

Leibniz, independientemente de Newton, reconoce el carácter inverso del problema de las tangentes y el de la cuadratura, donde llegó por consideraciones sobre el triángulo característico, que dice haber tomado de Pascal y que ya había sido considerado por Barrow.

La primera publicación de Leibniz sobre el Cálculo diferencial es de 1684 en las Actas Eruditorum de Leip-zig, aunque desde 1676 estaba ya en posesión de las reglas y fórmulas más simples de él. En este mismo escrito utiliza la notación dx para la diferencial, de ma-nera semejante que Newton había utilizado la notación x para la fluxión. Dos años después, en 1686, aparecen las primeras publicaciones de Leibniz relativas al Cálculo integral, utilizando ya el signo integral. Antes había empleado con el mismo objeto la abreviatura Omn.

La forma distinta de concebir la Matemática Newton y Leibniz, se ve claramente en su correspondencia. Así cuando Newton, más analista que algebrista, anuncia en 1676 que sabe resolver todas las ecuaciones diferencia-les, por desarrollo de la solución en serie de potencias, Leibniz responde que lo que se trata es por el contra-rio de obtener la solución en términos finitos, siempre que ello se pueda lograr. La idea de Leibniz es pues bien clara, es lograr la algebrización del análisis infinitesimal mediante un cálculo operacional adecuado. Así, coinci-diendo con Joham Bernoulli (1667-1748), efectúa entre 1702 y 1703 la integración de las funciones racionales,

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por descomposición en fracciones simples, aunque de una manera formal, sin tener en cuenta la circunstan-cia que acompaña a la presencircunstan-cia de raices complejas del denominador. Estas consideraciones podían dar una idea un poco falsa, si no agregamos que tanto Newton como Leibniz, intercambiando estos puntos de vista, se preocuparon e hicieron contribuciones en los campos opuestos. El tiempo en este aspecto, ha dado la razón a Newton, porque en las aplicaciones tiene mayor al-cance su idea, aunque ella está limitada a las ecuaciones diferenciales con coeficientes analíticos..

En las vidas de Newton y Leibniz existe también otro punto de contacto, pues una influencia parecida a la de Barrow sobre Newton es la ejercida por Huygens sobre Leibniz. Christian Huygens (1629-1695), aunque era principalmente físico, también era un matemático, como lo prueban sus importantes contribuciones al Análisis infinitesimal.

En la orientación algebraica del nuevo análisis, emprendida por Leibniz, sobresaldrán después ma-temáticos tan famosos como Adrien Marie Legendre (1752-1833), Niels Henrik Abel (1802-1829) y Carl Gustav Jacob Jacobi (1804-1851) en la integración de funciones algebraicas. En nuestro siglo, esta orientación ha dado lugar a la creación del Algebra diferencial, que tiene por principal finalidad el estudio algebraico de las ecuaciones diferenciales, pero en ello no entramos por-que nos apartaríamos demasiado de nuestro tema.

5. EL SIGLO XIX

Volviendo a la evolución histórica del concepto de integral en el punto donde lo hemos dejado, la etapa sin duda más importante que aparece, es la iniciada por Agustin-Louis Cauchy (1789-1857). Cauchy define la integral analíticamente, como límite de una suma y no como operación inversa de la derivación, lo cual repre-senta un retorno a la noción de integral de la antigüedad y primera parte del siglo XVII. Así la integral definida, que quedó durante mucho tiempo en un lugar secundario, con Cauchy vuelve a desempeñar un papel primordial.

Para asegurarse de la existencia de la integral, Cau-chy se limita a las funciones continuas, quedando de este modo relacionada por primera vez tal existencia con la continuidad, propiedad ésta que había sido conside-rada por Bernard Bolzano (1781-1848), adelantándose a Cauchy y a los demás analistas del siglo XVIII. La demostración de Cauchy naturalmente no es correcta, pues su método exigía aplicar el teorema de la continui-dad uniforme establecido por Heinrich Eduard Heine (1821-1881) en 1872.

cilla que la empleada por Euler.

El concepto de integral de Cauchy, fue generali-zado primeramente por Peter Gustav Lejeunne Dirichlet (1805-1859) para las funciones cuyos puntos de dis-continuidad forman un conjunto con un nùmero finito de puntos de acumulación, utilizando para elio un artifi-cio empleado ya por Cauchy cuando los puntos de dis-continuidad son aislados. Para demostrar la existencia de funciones no integrables, Dirichlet define su celebre función f (x), igual a 1 para x racional y a O para x irra-cional, la cual está relacionada con su concepto general de función.

Una. pequeña modificación en el concepto de integral de Cauchy, permitió a Georg Friedrich Bernhard Rie-mann (1826-1866) hacer sentir la influencia de su genio matemático en la teoría de la integración, superando las integrales de Cauchy y de Dirichlet, así como también la que se obtiene por reiteración transfinita del proceso de Cauchy-Dirichlet para las funciones acotadas. La idea de Riemann es determinar cuando las sumas de Riemann de una función acotada /, en un intervalo finito [a, b], convergen a un número real cuándo la máxima longitud de los intervalos de la subdivisión tiende a cero. El pro-blema es resuelto por Riemann en dos formas diferentes, una de las cuales viene expresada por la condición de que para cada par de números u > O y e > O, haya una sub-división de [o, ó], tal que sea menor que e la suma de las longitudes de los intervalos de la misma en donde la oscilación de / supere a u. De esta condición resulta inmediatamente que la función de Dirichlet tampoco es integrable Riemann, pero el primer ejemplo de función no integrable Riemann cuyo conjunto de puntos de dis-continuidad sea no denso o raro fue dado por Henry John Stephen (1826-1883) en 1875. Este ejemplo tiene gran interés porque deshace completamente la creencia de que toda función, cuyo conjunto de puntos de disconti-nuidad sea no denso, es integrable Riemann o Dirichlet, error en que según parece estuvo el mismo Dirichlet.

En 1875 es cuando también aparece la memoria de Jean Gaston Darboux (1842-1917) sobre las funciones discontinuas, en donde hace sus importantes contribu-ciones a la teoría de la integral. En ella, además de lograr la primera demostración correcta, basada en el teorema de Heine, de la integral de una función continua en un intervalo [a, b], Darboux precisa algunas cuestiones re-lativas a la integral de Riemann, mediante sus integrales superior e inferior.

Otra condición de integrabilidad Riemann, es la for-mulada por Paul D.G. du Bois Reymond (1831-1889), que representa un paso intermedio entre la dada por Rie-mann y la que dará después Lebesgue mediante su teoría de la medida.

En cuanto a la notación de la integral definida, la adoptada por Cauchy es la usual que es mucho más

sen-Hemos llegado a la época de la gran creación can-toriana de la teoría de conjuntos. El número real ha

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sido definido mediante las cortaduras por Julius Wil-helm Richard Dedekind (1831-1916) y mediante las su-cesiones de Cauchy por Charles Meray (1835-1915) y Georg Cantor (1845-1918), el mismo año 1872 que se publica la definición por Weierstrass en sus lecciones de Berlín. Los matemáticos pueden disponer entonces de conceptos suficientemente claros y rigurosos de con-junto, función y número real, fundamentales para

des-arrollar de una manera general la teoría de la medida. En este ambiente, surgen aproximadamente hacia 1884 los primeros intentos para definir la medida de una forma amplia por obra de Stolz, Harnack y Can-tor. Los dos primeros toman como medida de cada parte acotada A de la recta real R, el extremo inferior de los números reales que se obtienen sumando las longitudes de un número finito de intervalos cuya unión cubre a A, mientras que Cantor, define como medida de cada con-junto acotado A de Rn, el extremo inferior del volumen

del conjunto cerrado V(p) de los puntos cuya distancia a A es menor o igual que p (> 0). Cantor reduce así la definición de medida de cualquier conjunto acotado A de IR™ a la definición de volumen de los conjuntos cerrados V(p) que no precisa, limitándose sólo a indicar que se puede calcular por una integral múltiple.

Estas definiciones, en esencia equivalentes, presentan la dificultad de que la unión de dos conjuntos disjuntos A y B, como los conjuntos de los puntos racionales e irracionales de un intervalo [a, ó], puede tener una me-dida menor que la suma de las meme-didas de A y B. Para evitar este inconveniente, Giuseppe Peano (1858-1932) y Camille Jordan (1838-1922) introducen años después junto a la medida de Cantor fj,*(A) de un conjunto aco-tado A, contenido en un intervalo /, su medida interior 1¿*(A) = n*(I) — //*(/ \ A), que no depende /, y lla-man medibles a los conjuntos A para los cuales estos dos números, /i*(.A) y /J,*(A), son iguales. De esta manera, con la restricción de limitarse a los conjuntos medibles en el sentido de Peano-Jordan, se ha logrado una cosa tan natural como que la medida de la unión de dos conjuntos disjuntos A y B sea igual a la suma de las medidas de A y B.

A conclusiones semejantes a las de Peano-Jordan, podía haber llegado fácilmente Riemann si, consirando funciones análogas a la de Dirichlet, hubiera de-finido la medida de un conjunto A, contenido en un intervalo [a, b], mediante la integral /a (pA(x)dx de la función característica de A ((pA(x) = 1 para x e A, if>A(x) = O para x (£ A) bajo la restricción de que (pA fuese integrable en el sentido por él adoptado.

A la vista de consideraciones semejantes más intuiti-vas y más al alcance de todos, se destaca que la principal contribución de Peano y Jordán, se debe a que en lugar de tomar la medida como una cosa hecha y dada, dentro del espíritu de la Matemática definen la medida con

pre-cisión de modo que cumpla las condiciones deseables. Tanto la medida de Peano-Jordan como la integral de Riemann presentaban dificultades que hacían con-veniente extender los conceptos de medida e integral. Efectivamente, ni el conjunto de los puntos racionales de un intervalo [a, b] era medible según Peano-Jordan, ni la función de Dirichlet era integrable Riemann. Aun-que estas dificultades no fueran las Aun-que llevaran, direc-tamente, al nacimiento de la nueva teoría de la medida, que surge en el último decenio del siglo, lo cierto es que en la nueva teoría dichas dificultades quedarán elimina-das, si no completamente, por lo menos de manera más satisfactoria para el desarrollo de la Matemática y las aplicaciones.

6. LA INTEGRAL DE LEBESGUE Y SU

ENTORNO

No creemos que se haya dado mucho el caso de que un profesor destacado haya logrado tener cuatro discípulos de primera categoría. Esto es el caso de Jordan y sus discípulos Borei, Baire, Lebesgue y Fréchet, de los que iremos sucesivamente viendo sus contribuciones rela-cionadas con la teoría de la medida e integración.

Emile Borei (1871-1956) es el que tiene el mérito de iniciar la nueva teoría de la medida, impulsado por el estudio de ciertas series de funciones racionales. El punto de partida de Borei es la definición de medida de un abierto acotado G en IR. Con este objeto, en lugar de uti-lizar cubrimientos finitos de G, formados por intervalos, como se procedía antes, Borei propone como medida de G la suma de la serie de las longitudes de los intervalos componentes de G, basándose en un resultado conocido desde Cantor, según el cual todo conjunto abierto G en R es unión contable de intervalos abiertos y disjuntos. El concepto de medida lo extiende Borei a la clase de los conjuntos llamados por él medibles y después lla-mados por otros borelianos o de Borei, que se pueden obtener a partir de los abiertos por iteración indefinida de las operaciones de unión numerable y diferencia de conjuntos. La propiedad fundamental, completamente nueva, de la medida de Borei es la aditividad contable o (T-aditividad: La medida de la unión de una sucesión, fi-nita o infifi-nita, de conjuntos medibles y disjuntos es igual a la suma de las medidas de estos conjuntos. Como con-secuencia resulta que todo conjunto numerable acotado y, en particular, el conjunto de los puntos racionales de un intervalo [a, b] tiene medida cero, con lo que quedaba resuelto un problema planteado anteriormente.

Creemos importante destacar que en la teoría de la medida de Borei tiene un papel fundamental el conocido teorema de Heine-Borel, demostrado por Borei en su te-sis, según el cual, todo conjunto cerrado y acotado de la recta real es numerablemente compacto y, por tanto, en

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Baltasar Rodríguez-Salinas Rev.R.Acad.Cienc.Exact.Fis.Nat. (Esp), 2001; 95 151 este caso es compacto, en el sentido actualmente

adop-tado. Otra propiedad utilizada por Borei, que ha pasado casi desapercibida, no obstante su importancia, es: Para cada número e > O existe una serie de números positivos cuya suma es no superior a e.

Estas ideas de Borei, inauguran una nueva era en el análisis, pues además de servir de base para la gene-ralización del concepto de integral, llevada a cabo por Lebesgue en los primeros años del siglo XX, son el punto de partida, junto con los trabajos de Baire, de una serie de investigaciones sobre la clasificación de los conjuntos y de las funciones, desde un punto de vista puramente topològico.

René Baire (1874-1932), procediendo de manera se-mejante que Borei, para definir los conjuntos de Borei, define las llamadas funciones de Baire, como aquellas funciones que se pueden obtener a partir de las funcio-nes continuas, por iteración indefinida de la operación de paso al límite de sucesiones funcionales, sirviéndose del mismo proceso para clasificar dichas funciones. Otros conceptos importantes que se deben también a Baire, son el de semicontinuidad y el de primera categoría, este último introducido para la caracterización de las funciones que son límite de una sucesión de funciones continuas.

Estas investigaciones de naturaleza topològica de Borei y Baire, en unión de una famosa memoria de Lebesgue de 1905 sobre las funciones représentâmes analíticamente, en donde quedaron identificadas éstas con las funciones de Baire y con las medibles Borei, y del descubrimiento hecho por M. Suslin en 1917 de que la imagen continua de un conjunto de Borei puede no serlo, fueron el origen de la teoría de conjuntos analíticos tan íntimamente ligada a N. Lusin y a un grupo de ma-temáticos entre los que figura W. Sierpinski.

El nombre de Henry Lebesgue (1875-1941) estará siempre unido a la teoría de la medida y de la inte-gración. Efectivamente, Lebesgue, en su transcendental tesis doctoral Intégrale, longuer, aire (1902) completa las ideas de Borei, modificando ligeramente el método de Peano-Jordán, mediante la utilización de cubrimien-tos numerables de intervalos o de abiercubrimien-tos, así define la medida exterior de un conjunto acotado A c R, como el extremo inferior de la medida de los abiertos que con-tienen a A, y después la medida interior de A si / es un intervalo que contiene a A, como la diferencia de las me-didas exteriores de / y de I \ A. Un conjunto es medible según Lebesgue, si estas medidas son iguales; entonces resulta que la clase de los conjuntos medibles Lebesgue es más amplia que la formada por los medibles Borei y tal que para cada conjunto medible Lebesgue A, existen dos conjuntos B\ y BI medibles Borei, con igual medida, que lo limitan por dentro y por fuera: B\ C A Ç BI. Ésta definición se extiende inmediatamente a los espa-cios Rn ; así la antigua concepción de integral definida

/a f(x) dx de una función acotada / > O, como área del conjunto limitado por la curva y = f ( x ) y las rectas x = a, x = b, y = O, da una generalización de la inte-gral de Riemann para todas las funciones para las cuales dicho conjunto es medible Lebesgue.

Pero el genial analista, guiado por su símil del comer-ciante ordenado, sigue también otro método para definir la integral de una función acotada /, que consiste en subdividir el intervalo que tiene por extremos los de la función dada, mediante un número finito de puntos y i, y considerando los conjuntos EÍ, de los puntos x que satisfacen y¿_i < f ( x ) < y¿, para formar las sumas

s = Yl yiV(Ei),

donde y¿ es cualquier número del intervalo [y¿_i, y¿) y ¡¿(Ei) es la medida de EÍ, en el supuesto de que todos estos conjuntos sean medibles, es decir, que / sea medi-ble Lebesgue. Nos hemos referido a funciones acotadas, pero Lebesgue define también la integral para funciones no acotadas, utilizando para este fin series en lugar de sumas finitas.

Otros conceptos de integral equivalentes al de Lebes-gue se deben a W. H. Young, F. Riesz, La Vallée Poussin, Rey Pastor, Tonelli, etc.

Conviene destacar que la originalidad de Lebesgue, no reside tanto en la idea de generalizar el concepto de integral, como en el descubrimiento del teorema funda-mental de paso al límite, válido para la integral (L), que no es más que una consecuencia de la a-aditividad de la medida.

Aunque no es nuestro propósito detenernos a descri-bir aquí las innumerables aplicaciones que encuentra la teoría de la integral de Lebesgue en todo el Análisis, nos parece obligatorio recordar los grandes progresos que se han logrado con ella en los conceptos de longitud de una curva y área de superficies planas, en las series de Fou-rier y en los espacios de Hubert junto con la definición de los espacios Lp.

En su forma clásica, la integral de Lebesgue adopta tres formas según se integre sobre los conjuntos [0,1], [0,2vr) y R, de los cuales los dos primeros son equivalen-tes por ser cero la medida de todo punto. Sin embargo, la segunda coincide con la integral sobre el toro o cir-cunferencia de radio uno. Si la primera es un modelo de las medidas de probabilidad, la segunda es fundamental en el análisis armónico con el estudio de las funciones periódicas. Así se abre paso la integral de Lebesgue en campos muy bellos, como ya indica el nombre de análisis armónico. Y éstas no son las únicas aplicacio-nes bellas de la integral de Lebesgue porque tenemos los espacios Lp y otras muchas más.

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Por su extraordinario interés, dedicaremos más aten-ción al problema de hallar la relaaten-ción entre los conceptos de integral indefinida y primitiva en la que también Le-besgue hizo importantes contribuciones. Este problema se plantea ya con la integral de Riemann, puesto que es fácil dar ejemplos de funciones integrables Riemann con la propiedad de que su integral indefinida carezca de derivada en algunos puntos. Recíprocamente, según demostró Volterra en 1881, una función continua puede tener derivada acotada en un intervalo /, pero no ser integrable Riemann. Estos resultados se pueden preci-sar más, cuando se trata de la integral de Lebesgue. En efecto, si F es la integral indefinida de una función /, integrable Lebesgue en / = [a, ó], se tiene F'(x) = f ( x ) en casi todo /, e.d, salvo en un cojunto de medida nula, según probó Lebesgue. Análogamente, si F es deriva-ble en I y su derivada F' = f es acotada, / es integraderiva-ble y se puede aplicar la regla de Barrow. En el caso que / no sea acotada el problema es más complejo, pero Le-besgue lo abordó también caracterizando las funciones continuas F para las cuales existe F' en casi todo / y es integrable. De manera semejante a como se logró esto mediante el concepto de variación acotada, las integrales indefinidas fueron también caracterizadas por Lebesgue por la propiedad de ser absolutamente continuas.

La existencia de funciones con derivada no integrable (L) ha conducido a una nueva generalización, llamada totalización y debida a Denjoy, del concepto de integral indefinida, que consiste en una reiteración transfinita de ciertas operaciones, logrando así que el concepto de integral indefinida comprenda al de primitiva. Para res-tablecer la equivalencia que había entre estos conceptos cuando las funciones eran continuas, Denjoy y Khint-chine han introducido el concepto de derivada aproxi-mativa.

En todos estos procesos el cálculo de la primitiva se efectúa recurriendo a la integral indefinida, pero Pe-rron, en 1914, invirtió el método, utilizando la primitiva para obtener la integral indefinida. Como toda función se puede acotar entre otras dos, llamadas majorante y minorante de La Vallée-Poussin, que sean derivadas superior e inferior, en el sentido de Dini, de sendas fun-ciones nulas en el origen, cuando éstas tengan el mismo valor en x se adopta la función resultante como inte-gral (P), o mejor primitiva (P), de la función dada. Esta integral de Perron resulta así idéntica a la integral de Le-besgue para funciones acotadas, pero existen funciones integrables (P) que no lo son (L) . Finalmente, Hake y Alexandroff, Ridder y Burkill, mediante sendas genera-lizaciones de la integral (P), han logrado la equivalencia de la generalización de ésta con las integrales restringida y generalizada de Denjoy.

Un descubrimiento importante ha sido la teoría de las distribuciones por Laurent Schwartz. Para ver su sencillez e importancia vamos a dar una idea de su apli-cación al problema de la derivación. Una distribución T

es una forma lineal y continua sobre el espacio T>(K) de las funciones infinitamente diferenciables con so-porte compacto, dotado de cierta topología localmente convexa. Entonces, se define la derivada T" mediante T'((p) = -T<y ) para toda función ip 6 P(R) de modo que T' es una distribución y existe una distribución S tal que S' = T. El problema queda relacionado con el pro-blema de la derivación y de la primitiva representando toda función localmente integrable / por la distribución

Tf(<p)= \ f<pdx. JR

También se podía haber utilizado el espacio T>(U) de las funciones infinimente diferenciables sobre el toro U, que coincide esencialmente con el espacio de las funciones infinitamente diferenciables periódicas de periodo 2yr, en cuyo caso la topología asociada es más sencilla por-que (pn —> O en T>(U) si y sólo si todas las derivadas

¥>ÍÍ,(p) O uniformemente.

En 1894, T. Stieltjes en su transcendental memoria Récherches sur les functions continues, considera por vez primera integrales del tipo

/ f(x) dg(x),

Ja

en donde / es una función continua y g es no decreciente. De esta forma, el concepto de distribución de una masa, familiar desde hace bastante tiempo en la Física, se in-troduce también en la Matemática. Sin embargo, han de pasar algunos años hasta que este concepto vuelva a atraer la atención. Es con motivo de resolver un pro-blema propuesto por Hadamard, años antes, cuando F. Riesz demuestra en 1909 que los funcionales lineales continuos sobre el espacio de las funciones reales conti-nuas en [a, ó], dotado de la topología uniforme, se puede expresar por una integral de Stieltjes:

<f <fdg.

Estas ideas encuentran acogida en J. Radon quien en 1913, combinando las ideas de Riesz y Lebesgue, de-fine la llamada integral de Lebesgue-Stieltjes a partir de una función a-aditiva de conjunto. Esta memoria de Radon y la marcada orientación hacia lo abstracto de co-mienzos del siglo XX, señalan el tránsito a la teoría de la integración sobre espacios abstractos. Es M. Fréchet quien observa que todos los resultados de este trabajo, pueden extenderse al caso en el que la función a-aditiva de conjunto esté definida para ciertos subconjuntos de un conjunto abstracto E, en lugar de estarlo para los conjuntos medibles de Rn. Por su extremada belleza no

podemos resistirnos a mencionar la siguiente generali-zación de estos resultados según la cual: Todo funcional

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lineal positivo A sobre el espacio de las funciones reales continuas <p con soporte compacto en un espacio local-mente (Hausdorff) íí, se puede expresar en la forma

A(<¿>) = (pdfj,

donde p, es una medida de Borei y también de Radon. Aunque no todas las generalizaciones significan algo, la verdad es que ningún resultado importante ha dejado de generalizarse porque lo exige la labor de síntesis y las aplicaciones.

7. EXTENSIONES DE LA MEDIDA DE LEBESGUE

Para dar idea de lo difícil que es encontrar ejemplos de conjuntos no medibles Lebesgue, recordamos que R. Solovay ha demostrado en 1965 que el hecho de que to-dos los conjuntos de la recta son medibles Lebesgue es consistente con los axiomas de Zermelo-Fraenkel usua-les de la teoría de conjuntos más la existencia de un cardinal inaccesible. Pero sin embargo, según se co-noce desde 1905 por obra de G. Vitali, utilizando el el axioma de elección, existen conjuntos de la recta que no son medibles Lebesgue. Y esto no es sólo, porque si existen ultrafiltros no triviales U de N, esto es, tales que {n} £ U para todo entero n, existen también, según demostró W. Sierpinski, conjuntos de la recta, que no son medibles Lebesgue. Todo esto justifica que demos como falso el axioma de Solovay, pero reconocemos que tiene una gran importancia porque gracias a él sabemos que la consistencia es necesaria pero no suficiente.

No obstante, según probó S. Banach en 1923, utili-zando el teorema de Hahn-Banach, existe una medida finitamente aditiva, definida sobre todos los conjuntos de R o R2 que es invariante por cualquier movimiento o

congruencia. Pero tampoco esto es posible para Rn,

si n > 3, según demostró antes Hausdorff en 1913 mediante una notable descomposición de la superficie esférica en cuatro partes, tres de ellas congruentes entre sí y la otra numerable. Más sorprendente que este resul-tado es la llamada paradoja de Banach-Tarski (1924) según la cual dos bolas de Rn, para n > 3, de radios

distintos se pueden descomponer en un número finito de partes respectivamente congruentes. Así de acuerdo con el viejo problema de asignar una medida a toda parte de la recta, del plano o del espacio, de modo que sea inva-riante respecto de los movimientos, se plantea en primer lugar el siguiente problema:

Asegurar cuándo, dado un conjunto no vacío E y un grupo G de permutaciones de E, existe una medida de probabilidad, finitamente aditiva y ultracompleta sobre

E, esto es, definida sobre todas las partes de E, que sea invariante por las permutaciones o translaciones de G. Este problema fue abordado por nosotros en Ge-neralización sobre A-módulos del teorema de Hahn-Banach y sus aplicaciones, publicado en Collectanea Mathematica en 1962, generalizando los resultados de Banach, mediante ciertas series normales transfinitas que comprende los casos de que los grupos cocientes de dicha serie sean conmutativos o finitos.

Otro problema es:

Dar una condición necesaria y suficiente que debe cumplir un grupo G* para que, cualquiera que sea la medida finitamente aditiva HQ definida sobre una clase de partes de E, invariante por un grupo G de permuta-ciones de E isomorfo a G*, exista una extensión ultra-completa de HQ invariante por G.

Este problema fue resuelto por nosotros en El pro-blema de la extensión, publicado en Annali di Mate-matica en 1964, mediante la propiedad de ser G* ame-nable (o medible) según von Neumann. Estos grupos no medibles G, según probamos, tienen la propiedad característica de que para toda medida de probabilidad, finitamente aditiva y ultracompleta ¿u sobre G y para todo e > O existe un subconjunto A de G y una trans-lación r e G tales que /j,(A) < ey^(rA) > 1—e. Otras cuestiones concretas son también tratadas en esta memo-ria, entre las que citamos que la medida de la geometría plana no euclidea, hiperbólica o elíptica, no admiten una extensión ultracompleta invariante por el grupo de sus correspondientes movimientos.

Pero el problema central de la teoría de la medida es: Probar mediante la axiomática usual (Zermelo-Fraenkel) de la teoría de conjuntos más el axioma de elección, que toda medida finita, a-aditiva y ultracom-pleta y tal que todo punto tiene medida cero, sobre

cual-quier conjunto £1, es nula.

Banach probó que ello se seguía de la hipótesis del continuo generalizada cuando el cardinal de Í7 es menor que el primer aleph inaccesible. Ulam extendió el resul-tado de Banach probando que la respuesta era también afirmativa para los cardinales inferiores al primer aleph inaccesible en sentido amplio y, esto es lo lo importante, sin recurrir a la hipótesis del continuo.

Por fin nosotros creemos haber resuelto el problema, afirmativamente, mediante el resultado de Ulam para el cardinal N i, el teorema de Cohén sobre la independen-cia de la hipótesis del continuo, un teorema de Solovay de 1971 y un teorema relacionado con el teorema de Hahn-Banach, probado por nosotros en Sobre las cons-trucciones utilizando solamente ZFC. Todo cardinal es de medida cero.

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Queremos hacer notar que todos lo matemáticos ci- ser europeos. Pero aquí no debe terminar la cosa, por-tados son europeos, y esto prueba la extraordinaria in- que debemos reconocer que esto no se comprende sin la portancia que ha tenido Europa en el desarrollo de la existencia de un Señor que nos envía el maná, cuando lo Matemática. Por ello nos debemos sentir orgullosos de necesitamos, lleno de amor por nosotros.

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