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Hebreos 1: 1-3.
“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, 2 en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; 3 el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.”
Al iniciar la lectura de esta sublime Epístola, nos encontramos cara a cara con Dios mismo, siempre buscando el amor y la confianza de la raza creada a Su imagen y conforme a Su semejanza, pero la cual, en la persona de su primera cabeza, Adán, por un momento fue puesta en una posición de autoridad justo antes de separarse de su Creador, la obediencia al cual siempre dará bendición, y la desobediencia, miseria y remordimiento. Cuando Dios puso a Adán y Eva en el jardín del Edén, no había barrera alguna para su comunión con Él. Mientras toda la creación daba testimonio de la existencia y de la extrema grandeza de su poder, Adán y Eva crecían en su conocimiento de Dios a través de una comunión íntima con Él. Sus paseos diarios en el jardín involucraban una continua revelación a ellos de Sí mismo. De modo que, gozaban de Su comunión y crecían en Su conocimiento.
Sin embargo, después del acto de desobediencia voluntario de Adán y Eva, a Dios no le fue posible por más tiempo venir a pasear con ellos y revelárseles. Así pues, su conocimiento del Creador pasó a depender de Su propia revelación a través de la naturaleza. La luz de la presencia personal de Dios abrió camino a la oscuridad espiritual, y el conocimiento que habían ganado por medio de una comunión íntima con Él dio paso a la ignorancia espiritual progresiva.
Es por ello que Pablo testifica que las personas están caracterizadas no por luz,
sino por tinieblas (Romanos 1: 21-23; Efesios 4: 17-18). Esta oscuridad es
desconocimiento de Dios. Pablo testifica más adelante que "el hombre natural
no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente" (1 Corintios 2: 14). Y de nuevo: "El mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría" (1 Corintios 1: 21). En otras palabras, si la gente llega a algún conocimiento de Dios, no es por el ejercicio de sus intelectos caídos, sino por
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esconderse de la raza humana, sino revelarse a Sí mismo por medio de una revelación especial, para que lleguemos a conocerle.
El pecado apenas había entrado en el mundo cuando Dios vino en gracia
buscando al pecador, y así desde la primera pregunta, "¿Dónde estás Adán?" y
hasta la Encarnación, Dios ha estado hablando con el hombre. En muchos lugares y de muchas maneras en los tiempos pasados, Él dio a conocer Su voluntad a través de hombres divinamente inspirados, profetas que "hablaron movidos por el Espíritu Santo." Pero en tanto Dios, de esta manera, fue revelado en cierta medida, esa revelación fue sólo fragmentaria y parcial. Ahora en el cumplimiento de los tiempos, al final de las edades de prueba, en estos días de bendición, Él nos ha hablado, no a través de simples personas, sino en la Persona de su Hijo. En otras palabras, Dios no está ahora mandando un mensajero a los hombres para darnos a conocer Su voluntad y para llamarnos de vuelta a Él, sino que es Dios mismo viniendo al hombre a través del Hijo. Esto es lo mismo de lo que habló el Apóstol Juan en el primer
capítulo de su Evangelio, versículos 14 y 18: "Y aquel Verbo fue hecho carne,
y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad." "A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer." Dios no está más escondido de nuestra vista ni a la distancia. Él ha venido a este mundo buscando a los pecadores, manifestándose a Sí mismo en toda Su infinita santidad y justicia pero también, en todo Su grande amor y compasión. En Cristo, Dios es completamente revelado. El Hijo eterno quien tomó forma de
siervo para darnos a conocer a Dios ha dicho, "Aquel que me ha visto, ha visto
al Padre. Yo y el Padre uno somos."
Es muy importante conocer este tremendo hecho. El Hijo es uno con el Padre y con el Espíritu. Todos son iguales y eternos. Cuando el Hijo se encarnó, Él era la misma Persona que había sido desde la eternidad, pero por Su encarnación Él tomó esa Humanidad en unión con Su Deidad y llegó a ser Hijo en un nuevo sentido como Hombre nacido de una virgen. No teniendo padre humano, sólo Dios fue el Padre de Su humanidad como ciertamente lo es de Su Deidad. Esto es un misterio casi imposible para el hombre de conocer, y en nuestro pobre lenguaje es muy difícil para nuestras mentes reconocer estas sublimes verdades. Sin embargo es verdad y los creyentes aceptamos el testimonio de la Palabra de Dios.
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Es el Hijo a quien Dios ha establecido como heredero de todas las cosas. Esto, por supuesto, se refiere a Él siendo Hombre, porque es como Hombre que Él gobernará todo el universo en justicia. Esta proclamación específicamente concierne a una declaración de autoridad. Cuando Jacob dio a José la túnica de
colores (Génesis 37: 3), le asignaba autoridad administrativa sobre la familia y
le designaba como su heredero. Fue debido a este nombramiento que José rigió sobre sus hermanos. En la misma manera, Dios el Padre ha elegido al Hijo como Su heredero y lo ha puesto en una posición de autoridad sobre "todas las cosas." Esto abarca el universo entero y lo que se desarrollará en ese reino. Y como Dios es el Creador, y sólo Él tiene derecho a reinar, el asignado como gobernante no podía ser nada menos que Dios mismo. Esta herencia es
eterna. Y debido a esto es posible que: "En el nombre de Jesús se doble toda
rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre" (Filipenses 2: 10-11).
Pero el Apóstol inmediatamente añade, "y por quien asimismo hizo el universo (las edades)." Cristo el Hijo es el centro de todos los pensamientos de Dios, y es Él quien planeó las edades y quien creó el mundo. Puesto que el Hijo controla la historia a lo largo de todos sus períodos, todo lo que acontece sigue disposiciones divinas ordenadas por Su administración soberana.
"El cual, siendo el resplandor de su gloria." Es el carácter divino perfectamente manifestado en el Hombre Cristo Jesús. No dice que el Hijo se convirtió en el resplandor de su gloria, sino que establece que ha existido eternamente en continua e inquebrantable comunión con el Padre, esto enfatiza la eternidad del Hijo. La palabra resplandor significa radiar, destellar o causar brillo, refiriéndose a que la gloria del Padre, la cual revelaba Cristo, no era meramente reflejada, sino que era el resplandor de la gloria inherente a Cristo que en sí misma era la de su Padre. Esto enfatiza la unidad del Hijo con el Padre.
Jesús no era un Hombre deificado luchando para obtener santidad y piedad. Él es Dios mismo quien bajó a esta tierra en carne, para reconciliar al mundo consigo mismo. Nada como esto se da a conocer en ninguno de los sistemas religiosos humanos. Esto es único por qué es divino, y divino por qué es único. El hombre fácilmente puede pensar en llegar a ser Dios. Esta fue la mentira del diablo en el principio, "seréis como Elohim," y es el principio fundamental de todos los falsos sistemas religiosos. Solamente en el cristianismo aprendemos que Dios se hizo Hombre, y esto por nuestra redención.
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El cuarto manifiesto es que el Hijo es "la imagen misma de su sustancia." Esto enfatiza que es en sí mismo una completa y perfecta revelación de lo que es el Padre. Y aunque no hemos visto al Padre, le conocemos debido a que todo lo que El es, el Hijo también lo es. Justo como una impresión en una moneda se convierte en una expresión del molde donde fue acuñada, de la misma manera lo que estaba en Cristo es una revelación del Padre.
Aquel que fue crucificado en debilidad fue también Aquel, que en aquel mismo momento, estaba "sustentando todas las cosas con la palabra de su poder." Esta declaración implica, que la creación está sustentada y mantenida en su orden creativo por el poder perteneciente al Hijo. No sólo fue el Hijo el arquitecto de los siglos, sino también fue quien a través de los siglos ha llevado la creación a un final previsto. Esto lo hace "con la palabra de su poder." Nunca, ni por un solo instante, fue quitada Su mano del control del universo. ¡Qué maravillosa sugerencia de poder existe en estas palabras, y cómo nuestros pensamientos acerca de Él son magnificados al darnos cuenta quien fue Aquel que en gracia descendió a este mundo para llevar a cabo la purificación de los pecados!
"Habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo." (Habiendo efectuado la purificación de pecados). Esto es, sobre la cruz Él terminó la obra por la cual la cuestión del pecado quedó solucionada a la satisfacción divina, por lo tanto esa cuestión, como tal, no está ya más entre Dios y los hombres, por qué todos los que confían en Cristo son, sobre la base de esa obra, purificados de sus pecados delante de Dios. Por medio de ella el Hijo revela el amor, la gracia, la justicia, la santidad y la rectitud sin precedentes de Dios. Esto es el tema central de esta Epístola: la obra del Hijo para proveer purificación de pecados. Esto es visto como una purificación de una vez y para siempre, la cual es adecuada y total, una obra en la que el Hijo solamente participa. Una obra que sólo El llevó a cabo "por sí mismo."
Habiendo acabado esa obra, Él tomó su lugar como Dios y Hombre a la mano derecha de la eterna Majestad en las alturas. Solamente una Persona divina puede sentarse sobre el Trono del universo. Él está sentado allí compartiendo el Trono con Su Padre. Y Él está allí como Dios y Hombre en un cuerpo glorificado, en un cuerpo real, el mismo cuerpo que fue clavado en la cruz y que descansó en la tumba de José, habiendo resucitado al tercer día con gloria. Es una entronización solemne, es tomar un asiento de honor y autoridad después del trabajo que vino a hacer y que había finalizado. Al concluir la
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obra de revelación y de redención que debía llevarse a cabo en la Encarnación, pudo asumir la posición de honor y autoridad que eran suyas antes de que el
mundo fuese (Juan 17: 5). Y el hecho de que está sentado a la diestra nos
significa tanto la localización geográfica como la dignidad, el honor y la gloria que le habían sido concedidas.
En estas siete declaraciones el escritor aclara que el único enviado por Dios para dar una revelación final de Sí mismo estaba completamente calificado, no sólo para hacerla sino para ser revelación de Dios a Su pueblo, para que así, cualquiera que estuviese en tinieblas e ignorancia de Dios pueda venir a la luz, al conocimiento de Él.
En resumen, el autor de Hebreos nos enseña que en el curso de la historia del Antiguo Testamento, Dios se reveló a los profetas directamente o mediante visiones, quienes a su vez comunicaron esa revelación al pueblo. Pero para dar definitiva y completa revelación de Sí mismo, Dios ideó un nuevo método: la Encarnación del Hijo, quien vino a revelar al Padre, no sólo a través de lo que dijo, que a su vez fue revelación, sino también por medio de lo que El es.
Puesto que El es uno con el Padre, el Señor pudo decir de esta revelación: "El
que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Juan 14: 9).