Tomás Melendo-La Belleza de La Sexualidad

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Texto completo

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La belleza de la Sexualidad

Tomás Melendo

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Para mi hija Lourdes, a quien prometí una dedicatoria, y que es parte esencial de mi felicidad en la tierra

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Índice

Primera parte. ¿Mero sexo animal o sexualidad personal y personalizadora? I. Introducción: Sexualidad… humana

1. ¿Por qué una antropología?

2. La persona, principio y término de amor

II. La sexualidad personal 1. ¿Sexo personalizado? 2. Sexo animal…

3.… y sexualidad humana

III. Dimensiones personales de la sexualidad 1. Esenciales o constitutivas

2. Y existenciales o de la vida diaria

IV. La persona… sexuada 1. Persona, espíritu, amor

2. La unidad intimísima de la persona humana

Segunda parte. El ejercicio de la sexualidad V. Vivir en plenitud la propia sexualidad

1. Amor y sexualidad

2. La manifestación específica del amor inter-sexuado 3. Bañarse en el amor de todo un Dios

VI. La sexualidad, al servicio del amor y la unión conyugales 1. Sexualidad y perfeccionamiento humano

2. Un modo distinto de engrandecer el amor

VII. Amor y contraceptivos 1. Paternidad responsable

2. Contracepción: ¿es la eficacia el único criterio?

VIII. Los métodos naturales 1. Introducción general

2. Ventajas antropológicas de los métodos naturales

IX. La actitud fundamental ante los hijos 3

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1. Contracepción y PFN: dos extremos de una antítesis 2. Amor al otro y egocentrismo

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Primera parte

¿Mero sexo animal o

sexualidad personal y personalizadora?

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Introducción: sexualidad… humana

¡Pongámonos en forma!

¡Alerta!

Existen muchas maneras de leer o estudiar un escrito, como también las hay de observar la realidad. Muy a menudo, no advertimos la existencia de algo o dejamos sin percibir ciertas propiedades o caracteres de una persona, animal o

cosa…, sencillamente, porque no los estamos buscando.

Con los libros sucede algo parecido. Es preciso poner la mente en estado de búsqueda para encontrar lo que pueden enseñarnos. Si esto no sucede, resulta

bastante fácil que nos quedemos sin ni siquiera advertir cuestiones claras y claramente expuestas, pero que no nos dicen nada.

Por eso, antes de comenzar el presente apartado, me gustaría que intentaras responder, con calma y, si es necesario, por escrito, a estas preguntas.

¿Entiendes, al menos de forma aproximada, lo que significa antropología de la sexualidad?

 Si la respuesta es negativa, no debes desanimarte. Te advierto desde ahora que, muy probablemente, la lectura que inicias te resultará más fácil de lo que imaginas.

En caso afirmativo, si ya sabes lo que es una antropología, ¿piensas que este modo de estudiar la sexualidad —el antropológico— resulta más o menos adecuado que otros, como el fisiológico, el biológico, neurológico, médico, etc.? ¿Qué otros enfoques conoces y qué opinas de ellos?

 ¿Consideras que es lo mismo hablar de sexo que de sexualidad? Si te parece distinto, ¿en qué consistiría la diferencia?

 En tu opinión, el modo como los hombres nos enfrentamos hoy día con esta realidad, ¿es preferible al de hace algunos años? Como probablemente tengas que matizar la respuesta, señala los aspectos positivos más patentes y haz lo mismo con los negativos.

 ¿Estimas que hoy se conoce al ser humano con más o menos hondura que en otros momentos de la historia? También ahora será necesario que establezcas ciertas distinciones, e incluso que las pongas por escrito, para ver si estás o no de acuerdo con ellas una vez que hayas avanzado en la lectura de este ensayo.

 A tu parecer, ¿cuáles son las causas por las que un matrimonio, voluntaria y conscientemente, no tiene ningún hijo o deja de tener otros que podría haber engendrado?

1. ¿Por qué una antropología?

Sexualidad y amor personal

Desde hace algunos años, cuando comencé a ocuparme de estos asuntos, he sentido una inclinación irresistible a unir siempre a la palabra sexualidad algún término enérgicamente

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ponderativo, hablando así del prodigio, de la grandeza, del vigor, de la sublimidad… de la sexualidad humana.

Tal planteamiento, eminentemente positivo, es el que presidirá cuanto sigue. Pero, incluso así, reducido a sus aspectos más nobles y atrayentes, se trata de un tema muy amplio y rico, susceptible de múltiples enfoques y, en consecuencia, inabarcable.

Por eso, en este escrito me limitaré a apuntar algunas cuestiones básicas, sobre todo las que atañen a la muy estrecha relación de la sexualidad con la persona y, más aún, con el amor personal, particularmente en el seno del matrimonio.

Como apuntaba Viladrich a principios de los 90, la crisis que entonces atravesaba la familia, agravada día a día hasta el momento presente, podría también arrojar un saldo positivo: tras haber desaparecido muchas de las funciones atribuidas en otro tiempo a la institución familiar, sin que formaran en estricto sentido parte de su esencia, tal vez ahora resulte más sencillo esclarecer la efectiva naturaleza de la familia en cuanto familia y advertir que esta se encuentra determinada, en última instancia, por el amor incondicional —es decir, incondicionado e incondicionable—, que lleva a tratar a cada uno de sus miembros como persona.

Algo parecido sucede con el ejercicio de la sexualidad y con su natural consecuencia, la fecundidad, en los que en cierto modo se origina y crece la familia. También ellos se hallan, desde hace ya algunos lustros, en estado continuo de alerta roja. Y también por lo que a ellos respecta, hemos visto, entre otras cosas, desgajarse de la sexualidad-paternidad-maternidad elementos o circunstancias que en otros tiempos la favorecían, sin serle absolutamente esenciales.

Así lo expresaba José María Pemán, hace ya más de 50 años, desde la concreta perspectiva de la madre:

No cabe duda de que la maternidad sufre en el mundo una tremenda crisis. Es una planta que solo puede criarse bien en un clima un poco encantado y maravilloso. En un mundo regido por urgencias materiales y económicas sufre rudos golpes, porque es un bello sueño más que un negocio práctico.

Fue negocio un día, en una hora ancha y feudal, donde se decía “el mundo es de las grandes familias”. Lo es todavía en el orbe agrícola de los pueblos poco poblados. No hay para la familia civilizaciones más felices que aquellas donde se encuentran en el mismo camino la maravilla y el negocio. Donde, por encima del hombro maternal que acuna su flor maravillosa entre cuentos y romances, el varón recuenta gozoso un brazo más para su tierra o un soldado más para su mesnada.

Pero en el mundo ciudadano moderno —pisos mínimos, grandes distancias, trabajo de la mujer, quehaceres del marido— el realismo se ha echado demasiado encima del juego maravilloso, y sin maravilla y juego no hay maternidad posible. En Norteamérica, la familia se acaba absolutamente por las razones más duramente vulgares: por falta de sitio y de tiempo.

Pero esto, que “puede” concretamente con la familia y con el hijo, no puede con la maternidad en sí. Al apretarla, cuando cree que la ha ahogado en su estrechez de paredes y prisa, lo que ha conseguido es que rebose hacia la calle, hacia la vida social1.

Este escrito analizará, sobre todo, la relación de la sexualidad con la persona y el amor personal

Sexualidad y feminidad

Sin duda, la cita de Pemán contiene ciertos anacronismos y deja de considerar aspectos hoy fundamentales o que no están tan claros como en ella se dibujan. ¿Es cierto, por ejemplo, que la maternidad ha salido hacia la calle e impregna la vida social? Con todo, desde la perspectiva que pretendo adoptar, la conclusión que cabe extraer de las palabras transcritas

1 PEMÁN, José María, De doce cualidades de la mujer, Prensa Española. Madrid, 2ª ed., 1969, pp. 84-85. 7

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resulta bastante neta, especialmente si se las ilumina con algunas aportaciones complementarias.

Las resumo al máximo, aun a riesgo de simplificarlas, pues serán objeto de estudio en otro momento y lugar.

1. La «Revolución del 68» se planteó esencialmente y ejerció su mayor influjo en los dominios de la sexualidad. Junto y en conexión con ella, algunas feministas radicales se movieron en la misma esfera y en una dirección muy concreta.

2. Me refiero a la liberación de la mujer, que se tradujo primero en independencia respecto al varón justo en lo que atañe a la sexualidad, para más tarde convertirse en liberación de la maternidad.

Pero en estos últimos años la naturaleza femenina ha vuelto por sus fueros perdidos, y bastantes de las mujeres entonces beligerantes, y muchísimas otras, experimentan de un modo muy distinto, pero no menos profundo, la nostalgia de ser madres.

En cualquier caso, igual que para la familia, las tres décadas que cierran el siglo XX y los años transcurridos en el XXI han introducido, teórica y vitalmente, modificaciones esenciales en la sexualidad humana, que han puesto de relieve rasgos y características desconocidas hasta el momento.

Desde la antropología, sin excluir los saberes experimentales…

Por todo ello, nos encontramos en una situación muy propicia para abordar, de forma más directa y definitiva, el estudio de lo que realmente es y debe significar la sexualidad humana, así como su ejercicio.

Pero, para eso, es imprescindible el enfoque antropológico: de una antropología filosófica que hunda sus raíces en la metafísica (o saber de lo que cada realidad realmente es), acoja las aportaciones de otras disciplinas, incluidas las ciencias experimentales, y que se encuentre abierta, también, a la fe y a la teología.

Antropología cabal e íntegra, por tanto, y, además, en masculino y en femenino. Scheler sostenía que:

En la historia de más de diez mil años somos nosotros la primera época en que el hombre se ha convertido para sí mismo radical y universalmente en un ser problemático: el hombre ya no sabe lo que es y se da cuenta de que no lo sabe. Solo haciendo tabla rasa de todas las tradiciones referentes a este problema, contemplando con sumo rigor metodológico y con extrema maravilla a ese ser que se llama hombre, se podrá llegar nuevamente a unos juicios debidamente fundados2. Y Rassam puntualiza:

… hoy el problema de la persona es enfocado casi exclusivamente desde un punto de vista psicológico y ético, con preocupaciones esencialmente sociales, políticas y económicas. Pero, a la vez, se olvida nada menos que la dimensión ontológica de la persona, es decir, lo que es el soporte mismo de su originalidad psicológica, de su valor moral y de su destino espiritual3.

Antropología con fundamento metafísico, por tanto. Otras consideraciones —las que solemos denominar científicas, entendiendo la ciencia en su acepción predominantemente experimental— serán sin duda enriquecedoras e incluso imprescindibles, y por eso haré uso de ellas a lo largo de este escrito. Pero ninguno de esos saberes puede erigirse en la clave última y definitiva para dirigir la conducta de las personas en su índole estrictamente personal y, por consiguiente, tampoco en lo que atañe al uso y regulación de sus dimensiones sexuales.

Según sostiene Benedicto XVI,

… más allá de los límites del método experimental, en el confín del reino que algunos llaman meta-análisis, donde ya no basta o no es posible solo la percepción 2 SCHELER, Max, Philosophische Weltanschaung, Bonn, 1929, p. 62.

3 RASSAM, Joseph, Introducción a la filosofía de Santo Tomás de Aquino, Rialp, Madrid, 1980, p. 154. 8

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sensorial ni la verificación científica, empieza la aventura de la trascendencia, el compromiso de “ir más allá”4.

Tiempo atrás, el entonces cardenal Ratzinger establecía el criterio de fondo en relación a este extremo:

… si bien en una perspectiva puramente científica el cuerpo humano puede considerarse y tratarse como un compuesto de tejidos, órganos y funciones, del mismo modo que el cuerpo de los animales, a aquél que lo mira con ojo metafísico y teológico esta realidad aparece de modo esencialmente distinto, pues se sitúa de hecho en un grado de ser cualitativamente superior5.

Por eso, aun cuando ayude mucho a lograrlo, no cabe determinar lo que somos realmente ni derivar el sentido de nuestra existencia, por ejemplo, de los datos de la biología sobre la estructura del hombre, por muy abundantes que sean. Según explica un autor alemán:

El ser humano no descubre el significado de la vida en el análisis —incluso exhaustivo— de sus genes, sino mediante el conocimiento de su naturaleza, proporcionado sobre todo por el ejercicio, estudio y consideración de las relaciones sociales, personales y religiosas6.

Pero lo mismo habría que decir de otras muchas disciplinas, como la sociología, la economía, la psicología, la demografía, etc., a las que más tarde me referiré.

Y no solo porque estos saberes estén sometidos a continuo cambio y revisión y por las razones de tipo teórico a las que ya he aludido. Sino también por otras de naturaleza más práctica, capaces de influir en los individuos singulares… que son los únicos existentes.

Es imprescindible hacer uso de una antropología filosófica, que hunda sus raíces en la metafísica, acoja las aportaciones de otras disciplinas, incluidas las ciencias

experimentales, y que se encuentre también abierta a la fe y a la teología

… pero dentro de una consideración global de la persona

Ciñéndome al caso que nos ocupa, pienso que muy pocos matrimonios tienen o dejan de tener hijos, de manera consciente y voluntaria, por motivos macroeconómicos o demográficos. Y la prueba es que los planteamientos de la demografía están cambiando en los últimos lustros, que también existen modificaciones en el modo de concebir la economía, que en muchos países se ha invertido la política económico-familiar… y que esto no ha engendrado una variación apreciable en el ritmo de nacimientos en casi ningún lugar del mundo.

Comprobación: como es sabido, desde hace ya bastantes lustros, un nuevo plantel de demógrafos cuestiona y demuestra la invalidez de los otrora intocables dogmas neomaltusianos. Apoyados en datos incontrovertibles, están haciendo ver a todo el que lo desee que el incremento de población no es la causa de la pobreza del Tercer Mundo y que, en definitiva, las personas constituyen el recurso principal con que cuenta un país para impulsar su desarrollo. Pertenecen a este grupo de revisionistas, entre otros, Simon Kuznets, Colin Clark, P.T. Bauer, Ester Boserup, Albert Hirshman, Julian Simon, Richard Easterlin y Karl Zinsmeister.

Por ejemplo, en un artículo publicado en The National Interest (Washington), Zinsmeister deshace la conexión, hasta hace relativamente poco casi sagrada, entre incremento notable de la población o exceso total de habitantes, por un lado, y miseria, por otro. Apoyándose en un conjunto de investigaciones científicamente impecables, concluye:

Hay docenas de países poco poblados que son pobres y sucios y padecen hambre. Y hay multitud de países con población grande y densa, que son prósperos y atractivos. Esto no significa que la densidad sea una ventaja, pero sí que el número de habitantes no es la variable decisiva.

4 BENEDICTO XVI, El Papa con las familias, BAC Popular, Madrid, 2006, p. 109

5 RATZINGER, Joseph, “Presentación a la Instrucción Donum vitae”, en AA.VV., El don de la vida, Palabra, Madrid, 1992, p. 19.

6 REITER, Johannes. «Medicina predictiva-Análisis del genoma-Terapia genética», en AA.VV., Bioética, Rialp, Madrid 1992, p. 92.

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No existe, pues, un número apropiado de habitantes: se puede lograr el éxito económico tanto en países poco poblados como en los de elevada densidad de población. Los demógrafos revisionistas gustan de señalar que cada niño viene al mundo equipado no solo con una boca, sino también con dos manos y un cerebro. Las personas no solo consumen; también producen: alimentos, capital, incluso recursos7.

Mas, según comentaba, nada de esto incide apenas en el índice de natalidad, sobre todo en los países occidentales más desarrollados (curiosamente, Estados Unidos sí que parece experimentar un aumento de nacimientos en estos ultimísimos años; pero no ocurre lo mismo con la vieja Europa).

Cabría concluir, pues, que:

1. La sexualidad y la fecundidad matrimoniales se encuentran depreciadas debido a causas más profundas y cercanas al corazón de cada persona que las citadas hasta el momento.

2. Es decir, a un estado general de la civilización contemporánea, con un conjunto de prioridades muy definidas y no siempre correctas ni del todo conscientes, que cobra vida o se traduce en motivos y decisiones estrictamente personales, forjados en el interior de las familias.

Esas razones íntimas, que conducen a apreciar o a huir de la paternidad-maternidad, son las que, de forma aislada, no pueden desvelar las ciencias particulares, sino, más que ninguna otra disciplina, una auténtica antropología de la sexualidad y la fecundidad, apoyada también en tales ciencias y en el conocimiento cotidiano de nosotros mismos y de cuanto nos rodea.

Curiosamente, aun cuando nuestro quehacer en el día a día esté tremendamente mediado y orientado por los avances técnicos derivados de las ciencias experimentales, lo que nos lleva a tomar las medidas más de fondo —las que más afectan al conjunto de nuestra existencia— siguen siendo razones de corte antropológico o filosófico: es decir, de tipo vital o existencial, por emplear términos más significativos.

Antropología vital

En este contexto podrían situarse unas nuevas palabras de Ratzinger:

Quien entra en una disputa semejante debe tener claro lo siguiente: nuestra sabiduría acerca de Dios, el carácter personal del hombre y su condición de comienzo nuevo no pueden ser un conocimiento positivamente contrastado de igual modo que los resultados obtenidos con aparatos sobre los mecanismos de la reproducción. Los enunciados sobre Dios y el hombre quieren llamar la atención acerca de que el hombre se niega a sí mismo —es decir, repudia la realidad incontrovertible—, cuando rehúsa trascender el laboratorio con su pensamiento8.

Y también los juicios, más actuales y con matices añadidos, de Rhonheimer:

La creación de la “nueva cultura de la vida humana” […] tiene que comenzar, con todo, en diversos planos. El plano político-legal es solo un aspecto. Las leyes desempeñan, en verdad, “un importante y a veces decisivo cometido en el fomento de una forma de pensar y de una costumbre”. En una sociedad marcada por la apelación a los derechos individuales la legislación y la jurisprudencia mantienen vivo en la esfera pública el “lenguaje de la responsabilidad” y poseen con ello una función expresiva y de configuración de las mentalidades.

Sin embargo, en último término, la creación de una cultura de vida se decide en aquellos lugares en los que la vida surge y experimenta su primer desarrollo: en el seno de la familia […]. La familia es el lugar de la formación de la conciencia, en el que es necesario experimentar y aprender el amor, el espíritu 7 Cfr. ACEPRENSA, Servicio 111/93, 8-IX-1993.

8 RATZINGER, Joseph, “El hombre entre la reproducción y la creación. Cuestiones teológicas acerca del origen de la vida humana”, en AA.VV., Bioética, Rialp, Madrid, 1992, p. 62.

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de servicio y las virtudes que llevan a aceptar la vida humana en todos sus estadios y estados como un regalo y don. La familia se convierte así en el punto focal del interés y la preocupación de todos9.

O estos otros de J. Ratzinger, ahora ya como Benedicto XVI:

En general se coincide en afirmar que a escala planetaria, y especialmente en los países desarrollados, existen dos tendencias significativas y relacionadas entre sí: por una parte, aumenta la expectativa de vida; y, por otra, disminuyen los nacimientos. Mientras las sociedades envejecen, muchas naciones o grupos de naciones carecen de un número suficiente de jóvenes para renovar su población. Esta situación es resultado de múltiples y complejas causas, a menudo de carácter económico, social y cultural […]. Sin embargo, sus raíces profundas son morales y espirituales; se deben a una preocupante falta de fe, de esperanza y, en especial, de amor. Traer hijos al mundo requiere que el eros egoísta se realice en un agapé creativo, arraigado en la generosidad y caracterizado por la confianza y la esperanza en el futuro. Por su misma naturaleza, el amor tiende a lo eterno. Tal vez la falta de este amor creativo y de altas miras sea la razón por la que muchas parejas hoy deciden no casarse, numerosos matrimonios fracasan y ha disminuido tanto el índice de natalidad10.

Lo que nos lleva a tomar las decisiones de fondo, las que más afectan al conjunto de nuestra existencia, siguen siendo razones de corte antropológico o, si se prefiere,

vital-existencial

Y esos motivos, hondos y globales a la par que muy concretos, son los que hay que ofrecer a los cónyuges. En fin de cuentas, y a modo de resumen, se trata de averiguar cómo, por qué y en qué medida influye la conciencia y el ejercicio de la propia sexualidad en el logro de la plenitud humana y, como consecuencia, en qué proporción y por qué causas refuerza o no la felicidad de quienes componen un matrimonio y del conjunto de la familia.

Desde semejante perspectiva habrá que considerar cuanto expongo a continuación.

2. La persona, principio y término de amor

La sexualidad humana, única e incomparable

Si no yerro, y a tenor de lo apuntado hasta ahora, para establecer unas bases sólidas sobre las que apoyar las disquisiciones que siguen, conviene empezar sentando una tesis fundamental, una suerte de horizonte sobre el que se recorten las afirmaciones sucesivas y más concretas.

Esa convicción de fondo podría enunciarse así: a pesar de las apariencias y de los planteamientos vigentes en nuestro entorno, que a menudo nos llevan a hacernos una idea muy chata y depauperada de las realidades que nos rodean y nos incumben… y de nosotros mismos, la sexualidad humana es única, inigualable; no admite parangón con el simple sexo de los animales, precisamente por ser humana o personal.

Eso me lleva a acuñar una terminología propia, pero que estimo conveniente, y distinguir entre sexo y sexualidad.

1. En relación a los animales, resulta preferible hablar de sexo.

2. Para los seres humanos, sin embargo, con objeto de dejar constancia de su superioridad casi infinita y del modo en que impregna la totalidad de la persona y es impregnada por toda ella, reservo el vocablo sexualidad.

9 RHONHEIMER, Martin, Ética de la procreación, Rialp, Madrid, 2004, pp. 24-25. 10 BENEDICTO XVI, El Papa con las familias, BAC Popular, Madrid, 2006, pp. 31-32.

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La sexualidad humana es única, inigualable; no admite parangón con el simple sexo de los animales, precisamente por ser humana o personal

La derivación inmediata es que, si queremos conocer algo de la sexualidad en su sentido más estricto, es preciso esbozar una visión del hombre, donde la sexualidad manifieste sus diferencias respecto al mero sexo y muestre la función y el lugar que le corresponde en el conjunto de la existencia humana.

Para lograrlo —como vengo advirtiendo—, no bastan las perspectivas parciales, propias de las ciencias particulares. Esos enfoques, en sí mismos válidos, se tornan o insuficientes o reduccionistas en cuanto aspiran a dar razón completa bien sea de la persona humana, bien de su sexualidad: no muestran, precisamente, la gran divergencia y la enorme distancia que eleva a esta segunda por encima del sexo, justo porque ignoran que la sexualidad, en su estricto sentido, es personal.

Por ejemplo, la biología, la fisiología, la neurología y otros saberes similares tienen mucho que decirnos en relación con la sexualidad; pero si su visión pretende ser total y definitiva, no es difícil que acaben por reducir la maravilla de la atracción entre varón y mujer, y cuanto ello lleva consigo, a una suerte de mecanismos de distinto corte o, por emplear una de las expresiones más habituales, a mera química.

En la misma línea, los estudios sociológicos sobre este extremo tienden a poner de relieve lo que hacen todos o la gran mayoría, que acaba por considerarse normal, con el matiz de legitimación que acompaña a este vocablo, mientras que a veces solo estamos ante lo común o habitual, que puede incluso ser opuesto a la condición humana: antinatural o anormal.

La psicología, por su parte, suele atender predominantemente a lo psíquico —instintos, pulsiones, satisfacción de las mismas…—, dejando en sordina las dimensiones espiritual-personales.

E incluso la medicina y la psiquiatría, cuyas aportaciones no dejan de ser valiosas e imprescindibles, corren el peligro de centrar su interés en lo patológico, en lugar de indagar y poner de manifiesto la grandeza y el gozo de una sexualidad vivida en plenitud.

Todas estas perspectivas, y bastantes otras que no he mencionado, deben sin duda tenerse en cuenta al estudiar la sexualidad, y englobarlas en lo posible dentro de ese análisis y sus conclusiones, pero en ningún caso habrán de considerarse exclusivas y excluyentes.

Lo expone García-Morato:

Pasamos ahora a tratar de los riesgos de una visión exclusivamente científica de la sexualidad. Y antes que nada hay que recordar una cosa elemental: cualquier [correcta] descripción científica de la vida humana es real y es verdadera, pero no abarca todo. La ciencia no dice todo sobre lo que es una persona. Proporciona una descripción perfecta en su género, pero es limitada. Y hay que ser conscientes de esa limitación para caer en la cuenta de que la sexualidad no es solo lo que dice la Ciencia, aunque también sea lo que dice la Ciencia.

Pero es mucho más, tiene un sentido humano que abarca toda la persona. El hijo no es, sin más, fruto de la unión de dos gametos. La unión entre varón y mujer no es simplemente una donación de esperma, sino que es algo más: es una donación de sí mismos [de lo que encarna mejor, en el plano biológico, su índole personal, como veremos] y, por lo tanto, una donación de amor real y verdadero. Un hijo es fruto del amor de los padres11.

Concluyendo: para entender la sexualidad resulta imprescindible determinar previa y simultáneamente —y mantener siempre presente— lo que es el hombre, de modo que pueda comprenderse con mayor hondura el significado de su vida y su misión en el mundo.

Y esto, en el ámbito natural, corresponde a:

1. Una antropología filosófica, no meramente cultural, aunque también haga uso de ella. 11 GARCÍA-MORATO, Juan Ramón, Crecer, sentir, amar. Afectividad y corporalidad, EUNSA, Pamplona, 2002, p. 106.

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2. Que toma en cuenta la experiencia ordinaria y el conjunto de las ciencias y artes, y que se abre a la metafísica estrictamente dicha, capaz de conocer la realidad tal como es.

3. Y acoge asimismo la visión superior proporcionada por la teología, apta para dárnosla a conocer «como la ve Dios», aunque obviamente, en comparación con Él, de forma muy imperfecta, en cierto modo ridícula.

Para entender la sexualidad resulta imprescindible determinar lo que es el hombre, de modo que pueda comprenderse con mayor hondura el significado de su vida y su

misión en el mundo

La condición del ser humano

Al abordar el estudio del hombre —mujer y varón—, vimos que de él se han ofrecido muchas descripciones, en buena parte equivalentes. Teniendo todo ello en cuenta, y según advertí hace unos momentos, me interesa ahora subrayar la que pone en estrecha dependencia la condición personal y el amor.

Lo cual, como leeremos de inmediato en la pluma de distintos autores, equivale a sostener: 1. Que el amor razonable y razonado —el amor inteligente— es lo único definitiva y terminalmente humano.

2. Que, en fin de cuentas, cuanto el hombre realiza obtiene su categoría radical en proporción al amor con que lo haga.

3. Que un varón o una mujer valen lo que valen sus amores… y mil consecuencias por el estilo, cristalizadas en modos de decir, a su vez, muy distintos.

Carlos Cardona lo expone con decisión, tomando como Modelo de las personas humanas la máxima expresión de lo Personal:

Dios obra por amor, pone el amor, y quiere solo amor, correspondencia, reciprocidad, amistad. Así, al Deus caritas est [al Dios es amor] del evangelista San Juan, hay que añadir: el hombre, terminativa y perfectamente hombre, es amor. Y si no es amor, no es hombre, es hombre frustrado, autorreducido a cosa12.

Afirmación no del todo ajena al conocido refrán castellano: «amor con amor se paga», ¡y con nada más, agrego por mi cuenta!, pues el amor no es sustituible; o, tal vez más aún, a la antigua tonada que insistía en que, como la propia persona, «el cariño verdadero ni se compra ni se vende».

En un contexto similar, Rafael T. Caldera sostiene que

… la verdadera grandeza del hombre, su perfección, por tanto, su misión o cometido, es el amor. Todo lo otro —capacidad profesional, prestigio, riqueza, vida más o menos larga, desarrollo intelectual— tiene que confluir en el amor o carece en definitiva de sentido…13

… e incluso puede resultar perjudicial, no para determinados aspectos de la vida, sino para su dimensión estrictamente personal y, por lo mismo, decisiva para la felicidad de cualquier hombre o mujer.

Un varón o una mujer valen lo que valen sus amores

Sin duda, las citas podrían multiplicarse. Acudo a un par de ellas, sobre todo, porque se sitúan en contextos doctrinales muy distintos de los vistos hasta ahora.

Y, así, Feuerbach, antecesor inmediato del marxismo ateo, no dudó en proclamar: Donde no hay amor, no hay verdad: y solo aquel es algo que algo ama. No ser nada y no amar nada es lo mismo14.

12 CARDONA, Carlos, Metafísica del bien y del mal, EUNSA, Pamplona, 1987, p. 101. 13 CALDERA, Rafael Tomás, Visión del hombre, Centauro, Caracas, 4ª ed., 1995, p. 66.

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Y Plauto, con una independencia relativa de cualquier cosmovisión religiosa, afirmaba a su vez:

Nada vale quien nada ama15.

Dicho con palabras sencillas, pero preñadas de consecuencias prácticas: si un ser humano no llega a amar, a transformar en amor todo cuanto realiza, lo demás resulta insignificante, vano o, mejor, dañino. De manera similar, una batidora cuyos elementos internos aislados funcionaran a la perfección, pero que de hecho no batiera, o un coche o un ordenador primorosos, pero que no anduvieran o no procesaran textos… no harían sino estorbar.

Ser humano, amor, sexualidad

Para entrever el sentido en que cabe sostener que el ser humano se identifica con el amor o está destinado a transformarse en él, basta advertir lo que he desarrollado otras veces.

A saber, que todo su contexto es de amor:

1. Nace del amor, del Amor divino infinito, que lo crea en cooperación estrechísima con el amor humano de sus padres.

2. Está destinado al amor: a amar a Dios y a las personas creadas, ya en esta tierra, tornándose cada vez más feliz; y, con semejante preparación, a amar definitivamente al Amor de los amores durante la eternidad, sin término y plena de dicha.

3. Y, por lo mismo, crece, se perfecciona como hombre, como persona, gracias al amor inteligente.

Por todo lo cual, puede afirmarse sin reparos que la persona humana es, participadamente, amor.

Con el adverbio participadamente quiero insinuar, entre otras cosas, que, considerado en sí y por sí, no todo lo que el hombre realiza es, en su sentido más propio, un acto de amor: no lo es el comer, el pasear, el ver la televisión o leer un libro…

Sin embargo, todas y cada una de esas acciones pueden y deben convertirse en amor. ¿Cómo?: en cuanto, al hacerlas buscando eficazmente el bien de los otros, el amor las in-forma y, como consecuencia, las trans-forma: cuando paseo, trabajo o descanso movido por el amor — para consolar a un hijo mientras charlamos, preparar mejor las clases pensando en mis alumnos, reponer fuerzas para volver a la tarea con más bríos, recuperarme de un enfado con el fin de no aguar el ambiente al volver a casa…—, tales actividades llegan a ser, en sentido real, aunque derivado, actos de amor.

(No solo por rizar el rizo, sino para hacerlo más comprensible, el que in-formar equivalga a trans-formar puede verse bien, por ejemplo, en la asimilación de la comida: lo que era, pongo por caso, pulpa de mango o de naranja, cuando lo come y digiere un chico o una chica, se trans-forma en carne, músculos, tendones… humanos.

Algo análogo, no idéntico, sucede con las actividades que realizamos. Por ejemplo, al levantarnos de un asiento en un autobús por deferencia hacia una señora o una persona de edad —y no simplemente porque hemos llegado a la parada—, el gesto físico se trans-forma en un acto de delicadeza respecto a esa otra persona; por el contrario, si uno o una se ponen en pie para ver mejor el escaparate de la tienda de modas, ese movimiento se transforma en un acto de… [ponga cada cual lo que le evoque y parezca más conveniente], pero no propiamente de amor).

La persona humana es, participadamente, amor

La sexualidad: enamorada o desamorada

14 FEUERBACH, Ludwig F., Philosophische Kritiken und Grundsätze, 2. 15 PLAUTO, Persa, II, 1.

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Asimismo, la sexualidad comienza a percibirse en todo su esplendor y maravilla cuando desvelamos y situamos en primer término su íntima y natural conexión con el amor. Y es que, para unos ojos que sepan mirarla con limpieza, superando los estereotipos degradados y degradantes que circulan en el ambiente, la sexualidad se revela de entrada como el medio más específico, como el instrumento privilegiado, para despertar, introducir, manifestar y hacer crecer el amor entre un varón y una mujer precisamente en cuanto tales, en cuanto personas sexuadas. De ahí, justamente, su importancia y relevancia en el conjunto de la existencia humana. Y también de ahí la tristeza que provoca el proceso de trivialización que ha experimentado en los últimos tiempos. Banalización que, al alejarla de su profundo significado y de su excelencia, constituye tal vez uno de los principales problemas —teoréticos y vitales— que la cuestión del sexo plantea a nuestros contemporáneos.

Pues, al no advertir la sublimidad de que esa sexualidad goza, algunos no perciben hasta qué extremo influye en su propio ser y tienden a tratarla como un objeto más de bienestar y consumo.

Muy a menudo me veo obligado a explicar, con profunda pena, que, para bastantes de los que hacen del fin de semana nocturno el ámbito primordial de su diversión —que a la par es el objetivo por excelencia de su vida: vivir para divertirse—, las relaciones sexuales, excesivamente frecuentes a lo largo de esas veladas, son un simple producto del aburrimiento y del correspondiente afán de distracción. Que un buen número de jóvenes, con los matices que serían del caso para los chicos y las chicas, y para cada persona concreta, sin ignorar del todo la profunda lesión que generan en su ser al utilizar de ese modo la propia sexualidad, la sitúan, sin embargo, en la misma línea de los demás instrumentos de recreo o entretenimiento, como una especie de artilugio añadido a su persona, del que podrían disponer a placer, y no como algo que la configura intrínsecamente y en su totalidad y resulta, a su vez, plenamente configurado por su condición de persona.

Lo que suelo exponer de una manera una tanto burda y desgarrada, pero gráfica y significativa: para ellos es como un refresco más o como un helado… «solo que a lo bestia». Cumple una misión parecida —el pasatiempo, la huida del tedio, cierto disfrute—, pero, al menos en su imaginación e inicialmente, con mucha mayor eficacia e intensidad que esos otros productos.

Lo expresa con singular acierto C. S. Lewis en El diablo propone un brindis. En mitad del discurso, el diablo mayor se queja de la pobreza de las motivaciones que llevan al hombre actual a hacer el mal. Y apunta, especialmente, al uso mediocremente malvado del sexo:

Sería vano, empero, negar que las almas humanas con cuya congoja nos hemos regalado esta noche eran de bastante mala calidad […].

Después ha habido una tibia cacerola de adúlteros. ¿Han podido encontrar en ella la menor huella de lujuria realmente inflamada, provocadora, rebelde e insaciable? Yo no. A mí me supieron todos a imbéciles hambrientos de sexo caídos o introducidos en camas ajenas como respuesta automática a anuncios incitantes, o para sentirse modernos y liberados, reafirmar su virilidad o “normalidad”, o simplemente porque no tenían nada mejor que hacer. A mí, que he saboreado a Mesalina y Casandra, me resultaban francamente nauseabundos16.

Todo lo cual, como sugería, no puede sino ir en detrimento de la posibilidad de apreciar y valorar la sexualidad humana, pues los títulos de su grandeza derivan de su cercanía a lo que es el hombre en cuanto persona —a saber, amor inteligente participado— y al origen de cada ser humano: una relación exquisita de amor mutuo… vigorizada por el Amor creador de todo un Dios, con el que cooperan los padres en la procreación o co-creación de cada hijo.

La grandeza de la sexualidad deriva de su cercanía con el amor y con el origen de cada nueva persona humana, fruto también del amor

La sexualidad: ser y obrar

16 LEWIS, Clave Staple, El diablo propone un brindis, Rialp, Madrid, 1993, pp., 35-36. 15

(16)

En los párrafos que preceden, al apuntar sobre todo al ejercicio de la sexualidad humana y su nexo con el amor, he dejado de lado algo tanto o más importante y, hasta cierto punto, previo: la condición sexuada de todo sujeto humano, su índole de varón o mujer.

Me gustaría exponer un par de ideas al respecto.

El estudio sobre la persona que realizamos en módulos anteriores nos permitió extraer una doble conclusión:

1. Antes que nada, que el obrar sigue al ser, y el modo de obrar al modo de ser; o, con otras palabras, que, para actuar de determinado modo, cualquier realidad debe estar conformada o confeccionada de una manera muy particular, tener un ser que permite y, en su caso, provoca o sugiere, ese tipo de actividades.

2. Además, que ese modo de ser se encuentra básicamente ordenado a la operación u operaciones que le son más propias. Como dirían los latinos, «esse est propter operationem: el ser se orienta y ordena al obrar».

Por poner ejemplos sencillos y no excesivamente profundos, las aves tienen alas para volar, y los peces aletas para nadar; de manera análoga y más propia, refiriéndonos a la persona humana y hablando con rigor, todo su ser, con los elementos en los que se concreta, está encaminado hacia el amor inteligente, que es lo que, en el fondo, significa el término contemplación.

Bajo este prisma, el ejercicio de la sexualidad se orienta a suscitar, instaurar y poner de relieve el amor entre los hombres y a hacerlos partícipes del Amor creador de

todo un Dios

Pero, si miramos más allá de la operación, hasta su mismo fundamento, la sexualidad constituiría una determinación intimísima mediante la cual se modula en su totalidad el ser del hombre (mujer y varón), gracias a una particular participación en el Ser Personal de Dios (y, más en concreto, en la Santísima Trinidad), haciendo que cada sujeto humano posea un ser masculino (varón) o un ser femenino (mujer), orientados, a su vez, al amor recíproco.

Esa modulación o modo-de-ser-persona, masculina o femenina, alcanza desde el ámbito fisiológico, en todas y cada una de sus células, hasta el propiamente espiritual, pasando por el psíquico; y hace de cada hombre una persona masculina o una persona femenina, con el sinfín de características que le son propias.

Debido a su enorme riqueza, no es un tema que quepa abordar en el presente escrito, máxime cuando ya ha sido estudiado en otros lugares.

Pero sí es imprescindible dejar sentada la distinción entre:

1. Lo sexual: las manifestaciones más externas y corporales de la sexualidad, de la que lo estrictamente genital es un conjunto de elementos que hacen inmediatamente posible la relación íntima entre varón y mujer.

2. Y lo sexuado, que impregna a la persona entera del varón y de la mujer, dotándolos de lo que llamamos masculinidad y feminidad, que resultan muchísimo más amplias y ricas que sus meras expresiones corpóreas.

Y también tenerlo como telón de fondo en el conjunto de reflexiones que me apresto a esbozar y que tienden a poner de manifiesto que la sexualidad humana es personal.

Tranquilidad.

El conocimiento humano es progresivo. Normalmente no se comprende del todo lo que se lee por primera vez. Lo medio-entendido entonces prepara para estudiar lo

que sigue, y el nuevo conocimiento aclara lo ya aprendido. A menudo es preciso ir y venir, leer más de

(17)

una vez lo mismo. Pero el resultado final suele provocar una notable satisfacción.

Ánimo.

Ayuda para la reflexión personal

Al hablar de inclinación a la maternidad, ¿apelamos a algo que la mujer experimenta por el hecho de serlo o se trata más bien de un mero influjo cultural, de una especie de costumbre prolongada durante siglos?

 ¿Tienes ahora más claro cuáles son las ventajas y los límites de una consideración científico-positiva de la sexualidad? ¿Estás realmente convencido de que es necesario ampliar esa perspectiva? Expón los motivos a favor y en contra.

 Según Feuerbach, «… donde no hay amor, no hay verdad: y solo aquel es algo que algo ama. No ser nada y no amar nada es lo mismo». ¿Qué estimas de estas palabras?

 ¿Con qué condiciones puede el hombre —si es que puede— convertir en amor todo cuanto hace? ¿Y lo que le ocurre?

 El énfasis que el texto pone en el amor, ¿no llevará a entender al ser humano de forma poco científica y objetiva, demasiado inclinada hacia una especie de sentimentalismo, que pase por alto facetas y elementos absolutamente imprescindibles para comprender bien al varón y a la mujer?

 ¿No te parecen exagerados los adjetivos que el texto aplica al sexo, considerándolo maravilloso, sublime, etc.? ¿No incitarán estas expresiones a convertirlo en el gran ídolo que hoy es para tantas personas, que parecen reducir toda la vida conyugal (y, a veces, de relación con otras personas) a las relaciones sexuales?

 Con lo visto hasta el momento, ¿estás de acuerdo en que entre la sexualidad y el amor existe una relación muy estrecha? En cualquier caso, desarrolla en unas doce o quince líneas lo que piensas del asunto.

 ¿Cuál o cuáles son los objetivos de la sexualidad humana? Si te parece oportuno enumerar varios, establece una jerarquía entre ellos y explica los motivos de tu decisión.

(18)

II. La sexualidad personal

Si quieres seguir en forma…

¡Alerta!

Existen muchas maneras de leer o estudiar un escrito, como también las hay de observar la realidad. Muy a menudo, no advertimos la existencia de algo o dejamos sin percibir ciertas propiedades o caracteres de una persona, animal o

cosa…, sencillamente, porque no los estamos buscando.

Con los libros sucede algo parecido. Es preciso poner la mente en estado de búsqueda para encontrar lo que pueden enseñarnos. Si esto no sucede, resulta

bastante fácil que nos quedemos sin ni siquiera advertir cuestiones claras y claramente expuestas, pero que no nos dicen nada.

Por eso, antes de comenzar el presente apartado, me gustaría que intentaras responder, con calma y, si es necesario, por escrito, a estas preguntas.

 Para conocer mejor la sexualidad, ¿te parece conveniente empezar por estudiar a fondo lo que ocurre en los animales, con los que incluso es legítimo realizar experimentos, o más bien observar cómo nos comportamos los varones y las mujeres? ¿Por qué?

 ¿Existe alguna diferencia entre «reproducirse», «engendrar», «generar», «procrear», «co-crear» y otros verbos-acciones del mismo tipo? En caso de que sea así, exponlas brevemente o, al menos, esboza su significado particular y concreto.

 ¿Qué determina o caracteriza mejor a la sexualidad humana: el cuerpo o el alma? En la medida de lo posible, extiéndete en tu respuesta lo que estimes oportuno: será terreno ganado para cuando inicies el estudio… y para toda tu vida.

 Antes de seguir leyendo, y suponiendo que las haya, ¿podrías señalar algunas de las principales diferencias entre el sexo animal y la sexualidad humana?

 ¿Es cierto que entre la sexualidad humana y el amor existe una relación muy estrecha? ¿Qué ocurre, entonces, en los animales brutos (es decir, en lo que hoy denominamos, sin más, animales)?

1. ¿«Sexo» personalizado?

En las primeras páginas, establecí una neta distinción entre sexo animal y sexualidad humana o personal. Ahora querría esclarecer algunas de las diferencias abismales que marcan semejante divergencia.

Sexualidad «humana»…

Pero también señalar un principio metódico fundamental, al que ya he aludido en varias ocasiones, pero que con excesiva frecuencia se desatiende en el mundo contemporáneo; a saber: que lo inferior se entiende a la luz de lo superior, y no viceversa.

Aunque las estime un tanto duras, he de reconocer que me agradan las siguientes convicciones de Denis de Rougemont:

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Nosotros, los herederos del siglo XIX, somos todos más o menos materialistas. Si se nos muestran en la naturaleza o en el instinto esbozos toscos de hechos “espirituales”, inmediatamente creemos disponer de una explicación de tales hechos. Lo más bajo nos parece lo más verdadero. Es la superstición de la época, la manía de “remitir” lo sublime a lo ínfimo, el extraño error que toma como causa suficiente una condición simplemente necesaria. También es por escrúpulo científico, se nos dice. Hacía falta eso para liberar al espíritu de las ilusiones espiritualistas. Pero me cuesta mucho apreciar el interés de una emancipación que consiste en “explicar” a Dostoievski por la epilepsia y a Nietzsche por la sífilis. Curiosa manera de emancipar al espíritu, esa que se “remite” a negarlo17.

En concreto, y volviendo a nuestro tema, el sexo animal debería hacerse por completo inteligible a partir de la sexualidad humana.

Sin embargo, razones de fondo, como la asunción relativamente acrítica y no diferenciada ni reflexionada del evolucionismo, y otras de tipo práctico, como la mayor facilidad para analizar el sexo en los animales, llevan a menudo a tomar como punto inicial de referencia a estos, y a presentar la sexualidad humana como un simple sexo animal, pero enriquecido… o sin enriquecer, lo cual resulta todavía más problemático.

Y es cierto que el estudio de los animales aporta datos no despreciables para la comprensión de nuestra sexualidad, y por eso, en las páginas que siguen, lo utilizaré a menudo como término de comparación. Mas no conviene olvidar que la naturaleza profunda de la sexualidad humana solo logra percibirse a la luz de la condición personal de todo hombre, que constituye, a su vez, un reflejo o participación de la Trinidad Personal de Dios.

De ahí, entre otras abundantes consecuencias, que las investigaciones al respecto realizadas en los animales no puedan trasladarse sin más, como a menudo se hace, a los seres humanos.

La naturaleza profunda de la sexualidad humana solo logra percibirse a la luz de la condición personal de todo hombre, varón o mujer

… masculina y femenina

Esto me induce a dejar constancia de dos aspectos fundamentales:

1. Por un lado, algunos de los rasgos que distinguen y caracterizan la sexualidad humana y su ejercicio, derivados de su condición personal: lo llamaré sexo personal o personalizado.

2. Por otro, en absoluto independiente del anterior, ciertos elementos de la condición sexuada de toda persona humana, masculina o femenina.

En su momento, advertí la importancia de una afirmación de gran alcance: todo en el hombre es humano. Ahora veremos algunos caracteres en los que se manifiesta la condición humano-personal de la sexualidad. Y, para ello, tal vez resulte oportuno señalar, de un modo todavía genérico, las diferencias más de bulto entre el sexo animal y la sexualidad humano-personal, así como algunas de las razones de esta radical desemejanza.

Sexualidad y sexo

Como punto de partida, sirva este texto de Juan Pablo II:

El cuerpo humano, con su sexo, su masculinidad y feminidad, contemplado a la luz del misterio de la creación, no solo se nos revela como manantial de fecundidad y procreación, tal como sucede en el entero orden natural, sino que encierra en sí desde el principio, el atributo “esponsal”, es decir, la capacidad de expresar el amor: precisamente aquel amor en virtud del cual el hombre-persona se torna don y actualiza —a través de semejante don— el sentido mismo de su ser y existir18.

17 ROUGEMONT, Denis de, El amor y occidente, Kairós, Barcelona, 4ª ed., 1986, p. 59.

18 JUAN PABLO II, Uomo e donna lo creò, Città Nuova Editrice, Libreria Editrice Vaticana, Roma, 21ª ed., 1987, p. 77.

(20)

Amor y procreación. He aquí el doble lazo radicalmente constitutivo de la sexualidad humana; lo que la distingue, en los dominios del obrar, del sexo y la genitalidad simplemente animales, relacionados de modo exclusivo con una sola realidad: la reproducción.

En los animales brutos, el sexo tiene una función meramente re-productora, orientada al mantenimiento de la especie, mediante la re-producción de ejemplares sustancialmente idénticos.

Entre los hombres, muy al contrario, la sexualidad manifiesta dos novedades:

1. Es principio de pro-creación: capacidad de hacer entrar en el mundo una primicia absoluta, una persona humana, única e irrepetible, de ningún modo pre-contenida en realidades anteriores, sino extraída de la nada por el infinito Poder divino, y destinada a introducirse —al término de su paso por este mundo— en la corriente de Amor infinito que el propio Dios constituye.

2. Y todo ello como fruto de un acto exquisito de amor entre un varón y una mujer, amor al que los animales son absolutamente ajenos.

Las causas radicales de esta discrepancia y superioridad son hondas; se sitúan, como más de una vez he considerado, en el plano del ser.

Con otras palabras: la sexualidad personal humana ocupa un lugar de excepción en el conjunto de las realidades dotadas de sexo, porque también el hombre goza de una muy peculiar constitución —de un acto de ser superior y radicalmente diverso—, que lo discrimina del resto.

2. Sexo animal…

El sexo animal, al servicio de la especie…

Tomás de Aquino explica esas divergencias, más o menos, como sigue.

Entre todos los componentes del Universo, el individuo humano posee una propiedad en exclusiva: en él conviven, ordenados e íntimamente imbricados, materia-y-espíritu o espíritu-y-materia.

1. En la materia, que lo asimila hasta cierto punto a las realidades infrapersonales, encuentra el hombre el origen o principio —tal vez, mejor, la condición— de su índole sexuada, que, sin embargo, como ya he indicado y veremos con más detalle, alcanza e impregna todo su ser.

2. Y el espíritu que vivifica esa materia, ausente en los simples animales y en las plantas, determina la superioridad del hombre en comparación con los demás organismos provistos de sexo y, simultáneamente, da razón de las peculiaridades y de la grandeza de su se-xualidad.

Si analizamos estos dos datos a la luz de la particularidad de la persona, con su dignidad y singularidad, podremos advertir que:

2.1. En el reino vegetal y animal existe un nexo indisoluble y biunívoco entre sexo y reproducción: la genitalidad, con todo lo que lleva aparejado, es función estricta y exclusiva de la necesidad que poseen los seres vivos de perpetuarse; todo lo cual nos recuerda algo muy conocido: lo que en verdad importa entre los animales y plantas es la especie, a cuyo servicio se encuentra absolutamente subordinado el sexo y los otros medios más simples de reproducción.

2.2. O, con palabras afines: es la especie la que se configura por sí misma como cierto valor, mientras que sus individuos se supeditan plenamente a ella.

Pero la especie no tiene existencia separada, al modo de las Ideas platónicas, sino que solo subsiste en sus representantes singulares; y como estos, por su índole corpórea, son temporales y corruptibles, es preciso que engendren otros individuos —también perecederos, pero padres a su vez de nuevos exponentes de la misma familia biológica—, que aseguren el persistir de la especie.

(21)

En el reino vegetal y animal existe un nexo indisoluble y biunívoco entre sexo y reproducción

… y sin significado para el individuo

Por otra parte, considerada en absoluto, la sexualidad se presenta como una modalidad imperfecta de la capacidad reproductora, por cuanto, normalmente, exige la cooperación de dos ejemplares de la misma especie, de sexo complementario:

1. De ahí la diferenciación sexual, como elemento constitutivo y fundamental de la mayoría de los animales superiores.

2. Y de ahí, también, el denominado instinto sexual, o de apareamiento, que, en determinadas circunstancias, conduce inevitablemente a dos ejemplares de distinto sexo a realizar la cópula.

Hablo de modalidad imperfecta dentro de una consideración absoluta porque, entre otros motivos, al contrario de lo que sucede con Dios-Padre, que genera por Sí mismo al Hijo, ninguna criatura de cierto rango es capaz de engendrar a otras sino con el auxilio de un ejemplar de distinto sexo.

Pero, al mismo tiempo, como se sabe, desde una perspectiva relativa, referida solo a las criaturas, la existencia de sexualidad constituye una manifestación y una prueba de grandeza, frente a las realidades que carecen de sexo y cuya reproducción es asexuada.

Con palabras de L. R. Kass:

La cuestión es que la reproducción [procreación] humana es sexual no por consenso, cultura ni tradición, sino por naturaleza. En ella, un hijo es resultado de la combinación de la naturaleza y el azar.

Más aún: solo encontramos reproducción asexual en formas poco desarrolladas de vida: bacterias, algas, hongos y algunos invertebrados. La sexualidad trae consigo una nueva y más rica relación con el mundo: para el animal sexuado, el mundo no es ya una otredad homogénea, en parte peligrosa y en parte comestible; es, además, el lugar que contiene otros seres especialmente relacionados con él. Por eso, entre otras razones, el ser humano es el más sexual —las hembras no atraviesan momentos puntuales de celo, sino que son receptivas durante todo el ciclo reproductivo— y el más social, el más lleno de aspiraciones, el más abierto y el más inteligente19.

Ahora bien, y volviendo a los animales brutos: como estos no gozan de significado por sí mismos, en cuanto individuos, tampoco la diferenciación sexual arroja apenas saldo alguno de valor estrictamente individual.

La pertenencia de cada uno de esos individuos a uno u otro sexo los marca exclusivamente en lo que atañe a su función de propagador y conservador de la especie, con lo que implica de diversidad de funciones al servicio de la prole; y el instinto de apareamiento, por su parte, no posee otras resonancias que la estricta atracción hacia la unión física —centrada exclusivamente en los órganos genitales— con vistas a la generación de nuevos exponentes de la misma especie.

Con palabras distintas, y desde una perspectiva complementaria: como los animales irracionales carecen de interioridad o intimidad —de riqueza o de vida interior, si esta expresión un tanto figurada resulta más explícita—, su adscripción a uno u otro sexo no deja en ellos casi más señal que la absolutamente imprescindible para que llegue a cumplimiento la razón por la que son sexuados: la cópula fértil, que asegura la reproducción, y el conjunto de actividades encaminadas a la supervivencia de los recién nacidos.

En todo lo demás —y con las leves puntualizaciones que serían del caso—, los animales de uno y otro sexo resultan prácticamente intercambiables, como lo son, de manera más general aún, todos los individuos de cada familia animal.

19 Entrevista a L. KASS, doctor en Biología y Medicina, profesor de la Universidad de Chicago y miembro del Consejo asesor de bioética del Presidente de los EE.UU., en ACEPRENSA, núm. 45/06, p. 2.

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Como los animales no gozan de significado por sí mismos, en cuanto individuos, tampoco la diferenciación sexual arroja ningún saldo de valor estrictamente individual

3.… y sexualidad humana

De la re-producción a la pro-creación…

Según vengo repitiendo, la situación del hombre es radicalmente distinta. Y la diferencia podría enmarcarse dentro de este texto de Tomás de Aquino, comentado por Cardona:

Por eso, “el alma racional da al cuerpo humano todo lo que el alma sensible da a los brutos animales, lo que el alma vegetativa da a las plantas y algo más”: algo más en el sentido de una mayor perfección sensitiva y vegetativa —en su conjunto orgánico— y en el sentido de una perfección de orden superior, espiritual20.

Sin embargo, para captar su originalidad, consideraré de momento lo que parece equiparar al hombre a los animales brutos. A saber:

1. Que el punto de partida de la sexualidad humana es, en cierto modo y desde la perspectiva por ahora adoptada, el mismo que el de estos: la necesidad de reproducción.

2. Y que tal exigencia deriva, en efecto, de la componente corpórea del ser humano, paralela a su carácter mortal.

Permanece, por tanto, entre los hombres, con todas las consecuencias que son del caso, la orientación de su sexualidad a la conservación de la especie, en el sentido peculiar y un tanto problemático que tal término tiene para los hombres, respecto a los cuales parece preferible hablar de naturaleza que de especie.

Esto resulta innegable, y posee amplias repercusiones a la hora de determinar el modo en que el ejercicio de la sexualidad es verdaderamente enriquecedor: la unión sexual humana jamás podrá ser desprovista voluntariamente de este que —por ahora— cabría definir como su fin original constitutivo.

Pero, informando al cuerpo, y como raíz de su originalidad y preponderancia respecto a los animales, el hombre posee un alma espiritual e inmortal, en virtud de la cual se configura como persona: es decir, como un fin o un valor en sí.

En consecuencia, merced a su alma, el individuo humano no se encuentra en absoluto subordinado a su especie, sino que, como afirma una tradición multisecular, vale por sí mismo, tiene dignidad.

Consecuencias

Un primer corolario de esta disparidad básica, que afecta incluso a cuanto de común hay entre el sexo animal y la sexualidad humana, es el siguiente:

1. Lo perseguido a través de la generación —y de la cópula que le da origen— no es ya la simple conservación del linaje humano, y ni siquiera el dar cumplimiento al noble afán de perpetuarse los esposos en sus hijos.

2. No. Lo que ha de procurarse, cabal e intencionadamente, es el incremento, la multi-plicación, de las personas —singulares, concretas, dignas y valiosas por sí mismas— pertenecientes a la raza humana.

Eso es lo que Dios pretende en relación a los seres espirituales —el hombre lo es en función de su alma—, y eso es lo que los cónyuges deben hacer propio a la hora de plantearse lo que hoy conocemos como «paternidad responsable» y a la de ejercer la unión íntima:

20 CARDONA, Carlos en Presentación a CAFFARRA Carlo, Ética general de la sexualidad, EIUNSA, Barcelona, 1995, p.16.

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2.1. Aumentar, como alguna vez he sugerido, el número de los seres destinados a mantener con Dios un diálogo de amor por toda la eternidad.

2.2. Abrir —en cada unión íntima— nuevas e inéditas posibilidades de una felicidad sin término: del surgimiento de una persona que nunca vendría al mundo (esa en particular, no otra) en ausencia de tal relación.

Con estricto significado «personal»…

¿Y en lo que se refiere a la diferenciación sexual y al instinto de apareamiento?

También aquí establece la índole personal del hombre notables desemejanzas respeto al simple animal. Ambos —diferenciación e instinto, que en este caso se configura como tendencia — poseen un significado rigurosamente personal.

La razón de todo ello acabo de exponerla: siendo el hombre un ser digno y valioso por sí mismo, el sentido de su sexualidad no puede ser mera y simplemente específico —o en función de…—, pues eso equivaldría a subordinarlo por completo, en una de sus dimensiones más profundas y esenciales, a la especie, ultrajando su dignidad; sino que ha de dejar su traza en los aspectos estrictamente individuales y personales de su ser.

Por tanto, lejos de quedar reducida a los estrechos límites de la función reproductora, aunque tomando pie en ella, la diferenciación sexual transforma y modula —como ya he insinuado— hasta los rincones más íntimos de la persona varón y mujer.

No constituye exageración alguna (sino que responde a la naturaleza de las relaciones constitutivas entre materia, forma y acto de ser, según veremos más adelante) afirmar que es el mismo ser del hombre y de la mujer el que resulta sexuado. Y como el ser anima y da vida a todos los elementos integrantes y al conjunto de las operaciones de cada individuo humano, todo en él, desde lo más exquisitamente espiritual hasta lo estrictamente corpóreo, recibe el influjo de lo que originariamente parece haber surgido —desde la perspectiva ahora adoptada— en función de la reproducción y de las dimensiones corpóreas del hombre: el sexo.

De esta suerte, si antes afirmaba que los animales irracionales eran y se mostraban complementarios exclusivamente en lo que hacía referencia a su capacidad reproductora y a cuanto se halla unido a ella; y si sostenía también que esta pobreza era debida a la falta de interioridad de tales individuos —en definitiva, de profundidad y plenitud de ser—; en este momento, por el contrario, habré de recordar que, merced a su distinto sexo, el varón y la mujer se muestran diferentes y complementarios en muchísimos aspectos de su personalidad: casi en toda ella.

Lejos de quedar reducida a la función reproductora, la diferenciación sexual transforma y modula hasta los rincones más íntimos de la persona varón y mujer

Y alcance global

Por eso, y como es obvio, hay que insinuar ya que la atracción sexual entre varón y mujer incluye la tendencia al apareamiento con vistas a la procreación, pero de ninguna manera se limita a ella.

Es toda la persona de la mujer, en cuanto mujer, lo que atrae o debe atraer al varón; y es la persona íntegra del varón, en cuanto tal, lo que atrae o debe atraer a la mujer.

El varón-varón, el varón cabal, no solo desea unirse físicamente a la mujer, y viceversa. 1. Cada uno de ellos aspira a conocer, también pero no solo a través del trato íntimo, toda la riqueza de una personalidad del sexo complementario, que cada cual por sí mismo —por su diversa constitución en cuanto ser sexuado— no puede experimentar.

2. Anhela también, en mayor o menor medida, a tenor del temperamento singular de cada individuo concreto, verse envuelto y como empapado por la afectividad de una persona del otro sexo: sentirse comprendido, animado, estimulado, protegido e incluso orientado por ella, y experimentar las propias emociones sexuadas que de ahí se derivan.

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3. Y si desea también fundirse corporalmente con su propio cónyuge, la razón más profunda de ello es el amor, con su vigoroso poder unitivo y cognoscitivo.

La atracción sexual entre varón y mujer incluye la tendencia al apareamiento con vistas a la procreación, pero de ninguna manera se limita a ella

A ello se refieren estas palabras de Noriega:

Nos encontramos ahora ante una dimensión nueva, en que la experiencia entre el hombre y la mujer adquiere matices distintos. No es ahora [sólo] el cuerpo el que reacciona excitándose, sino la propia interioridad humana: el afecto. Ante diferentes valores de la persona, como su simpatía, su alegría, su fortaleza, el sujeto reacciona emocionándose. La emoción se configura así como la reacción ante el modo como la otra persona en su masculinidad o feminidad encarna distintos valores humanos, dándoles su propia originalidad en una complementariedad.

Lo que motiva tal reacción no son los valores corporales, sino los valores humanos ligados al hecho de ser varón o mujer. Ante el modo diferente como afronta las dificultades, o es capaz de ternura, o de enfocar los problemas, o de gozarse ante lo positivo de la vida, con una alegría singular, o de encontrar lo verdaderamente humano… Se trata ahora no tanto de una pulsión cuanto de un estado afectivo o sentimental sumamente interesante y que abre dimensiones nuevas de la persona anteriormente desconocidas, porque desvela el mundo de la interioridad en el que otra persona se hace presente con su originalidad, recreando experiencias vividas gracias a la memoria o proyectando en situaciones posibles con la imaginación21. En términos más amplios, pero muy adecuados, expone Giulia Veronese:

A lo largo de toda la vida de la pareja, el sexo [puesto al servicio del amor] contribuye a mantener y reforzar su unión, al tiempo que el amor, a su vez, facilita la posibilidad de “sentirse” y “sentir al otro” profundamente. En el intercambio de amor de la pareja, los gestos del cuerpo, hasta la intimidad de la genitalidad, pueden comunicar amor, forman parte de la entrega mutua, de dar y recibir el propio ser; en la confianza del amor, “comunicamos” al otro nuestros sentimientos, tales como deseos, placer, dificultades, satisfacciones, gozos y dolores22.

Y añade:

Por el contrario, si el sexo, en vez de proporcionar gozo y satisfacción profunda, provoca constantemente dolor en uno de los dos, es muy difícil que pueda mantenerse una verdadera unión. Involuntariamente, en el subconsciente de la persona afectada se formarán ciertas reacciones psicológicas que al final tendrán un efecto destructivo sobre las relaciones de la pareja.

Por lo tanto, es justo y conveniente que en la unión sexual los esposos se preocupen de la sexualidad propia y de la del otro, para que ambos puedan disfrutar. El término “preocuparse” no debe significar… observarse —pues esto contribuye a traer la ansiedad, enemiga mortal de la sexualidad—, sino vivir simplemente la aceptación del don recíproco de la persona, como el amor sugiere23.

Los fines de la unión íntima

Los cónyuges no se unen solo, por tanto, para traer a la vida a un nuevo ser personal, lo cual ya sería grandioso; ni para experimentar el placer orgánico que de la cópula deriva, asimismo lícito y excelente.

Se unen también para:

21 NORIEGA, José, El destino del eros, Palabra, Madrid, 2005, pp. 33-34. 22 VERONESE, Giulia, Corporeidad y amor, Ciudad Nueva, Madrid, 1987, p. 271. 23 VERONESE, Giulia, Corporeidad y amor, Ciudad Nueva, Madrid, 1987, pp. 271-272.

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