WILHELM GWINNER
Arthur Schopenhauer
presentado desde el trato personal
Una mirada a su vida,su carácter y su pensamiento Prefacio, traducción del alemán y notas de
Primera edición en marzo de 2017 en Hermida Editores, e impreso en España por Albadalejo Artes Gráficas Hermida Editores SL Calle Antonio Alonso Martín 10, 28860 Paracuellos de Jarama, Madrid
Tel. 916584193
e-mail: [email protected] www.hermidaeditores.com
Título original: Arthur Schopenhauer aus persönlichem Umgang dargestellt. Ein Blick auf sein Leben, seinen Charakter und siene Lehre.
Imagen de la cubierta: El filósofo Arthur Schopenhauer, de Jules Lunteschütz (1855)
© De la presente edición, Hermida Editores, 2017
© Del prefacio, la traducción y las notas: Luis Fernando Moreno Claros Asesor literario de la colección: Jaime Fernández Martín
ISBN: 978-84-946647-0-0
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Índice
Portada Título Créditos PREFACIO Esta traducción Bibliografía selecta PRÓLOGOArthur Schopenhauer presentado desde el trato personal I. Cómo creció
II. Cómo maduró III. Qué aspecto tenía IV. Cómo hablaba V. Lo que hizo VI. Quién fue VII. Lo que enseñó VIII. Cómo vivió IX. Cómo terminó
PREFACIO
Arthur Schopenhauer nunca quiso que escribieran su biografía. Aseguraba que quien se ocupa de la vida de un filósofo en lugar de ceñirse al conocimiento de su pensamiento se parece a quien admira sólo el marco de un cuadro en vez de su contenido. Sin embargo, cuando murió en 1860, era una figura reconocida en Europa cuyos libros habían alcanzado gran popularidad; de ahí que fuera entonces pertinente que alguien escribiera el relato de su vida. Tanto Voltaire como Lessing dejaron claro que cuando un escritor cautiva al público, éste siente avidez por conocer en detalle algo más que sus obras y quiere saber también de su persona y de su mundo; así que, un año después del fallecimiento de Schopenhauer, el jurista Wilhelm Gwinner, uno de sus amigos, se hizo cargo de satisfacer esta demanda.
En el prólogo a esta biografía, Gwinner comentó que con gusto hubiera dejado a otra persona la tarea de narrar la vida de Schopenhauer, pero que no conocía a nadie que hubiera estado tan unido al filósofo como él mismo lo estuvo en los últimos años, por lo que se consideraba el más idóneo para asumirla. Manifestó también que precisamente él no se contaba entre los seguidores más entusiastas de las enseñanzas metafísicas del gran filósofo. Gwinner fue un buen amigo de Schopenhauer y como tal supo reconocer su singularidad humana y su genialidad intelectual aun cuando no comulgara con muchas de sus ideas. Sentado este precedente, puede afirmarse que el propósito principal de su biografía consistió en mostrar quién fue Schopenhauer, cómo era su carácter y de qué manera discurrió su vida, consagrada por entero al conocimiento. Ello no impidió que Gwinner acometiera en su exposición algo del pensamiento del filósofo, concretamente en el capítulo VII, titulado «Lo que enseñó»; consideramos que tal vez sea ésta la parte más prescindible y confusa del libro. En ella se advertirá que Gwinner no fue un pensador de tanta sutileza y claridad como su admirado amigo. Aquél se sintió fascinado por la personalidad de Schopenhauer, quien le llevaba treinta y siete años de diferencia; sentía simpatía por los aspectos más espirituales de su filosofía, pero rechazaba sus rasgos sensualistas y ateos.
Es constatable, además, un segundo propósito de Gwinner al relatar las vicisitudes de su amigo: la idea de mostrar lo dura que es la vida del genio incomprendido, de los hombres singulares de valía cuando no son reconocidos en su época. Él mismo creía a pies juntillas en la teoría romántica que considera al «genio» persona creadora y, por lo general, a la par maldita. Schopenhauer propaló durante toda su vida esta certidumbre referida a su propia persona, pues desde su juventud se consideró un hombre genial proscrito entre sus congéneres, alguien con mayor capacidad intelectual que todos ellos, a quienes solía referirse con el apelativo de «bípedos».
Seguidor empedernido de las enseñanzas de los moralistas de diversas épocas —sobre todo las del pesimista español Baltasar Gracián—, Schopenhauer asumió con gallardía su
soledad física y su aislamiento intelectual; tenía a ambas circunstancias por indicios de su nobleza de espíritu; sólo en los diez últimos años de su vida le sonrió la fama y dejó de estar aislado. Esa época la disfrutó con pasión, puesto que le dio ocasión de resarcirse de su pasado en la sombra. Gwinner, quien trató con frecuencia al filósofo en esta última época de su vida, oyó de su boca en numerosas ocasiones lo mal que lo había tratado la caterva intelectual alemana, los profesores de universidad y los escritores de rango y sin él; todos ellos ignoraron sus libros. Esto despertó la simpatía de su interlocutor, bien dispuesto a creer en la genialidad del anciano y erudito caballero y hasta a tenerlo por modelo en el sentido de que en él veía encarnada la idea del hombre virtuoso consagrado por entero a una vida intelectual; tal fue el ideal aristotélico de la eudaimonía o vida feliz, que muy pocos alcanzan.
Wilhelm Gwinner nació el 17 de octubre de 1825 en Fráncfort del Meno. Su padre, abogado de profesión, fue una persona culta y un apasionado del arte que incluso llegó a publicar un libro de historia de la pintura. Muy bien considerado en Fráncfort, ostentó el cargo de burgomaestre y senador de la entonces denominada Ciudad Libre poco antes de que cayera bajo el dominio de Prusia. Al igual que su progenitor, Wilhelm estudió leyes, y con 22 años se doctoró en derecho; más adelante cursó estudios de teología y filosofía. Llegó a ser juez del Tribunal Supremo y, en su vejez, le otorgaron el título de «consejero privado» de la ciudad de Fráncfort. Su nieta, Charlotte von Gwinner, lo describió como una «naturaleza eminentemente erudita» cuyo interés vital se centró, aparte de en sus obligaciones profesionales, en las denominadas «ciencias del espíritu», con especial predilección por la filosofía y la mística. Poseyó una notable biblioteca con una parte nada despreciable dedicada a los místicos de la Edad Media. «Era de lo más feliz cuando podía enclaustrarse con sus libros y dedicarse a sus estudios filosóficos», confirmó Charlotte. Parece una curiosidad un tanto extravagante que Gwinner fuera un entusiasta de las aves cantoras; según cuenta su nieta, tenía «incontables jaulas llenas de pájaros que lo deleitaban con su canto». Tal habría sido su afición principal aparte de los libros. Este interés suyo lo acerca un tanto a Johann Peter Eckermann, el amigo y confidente de Goethe y autor de las célebres Conversaciones con Goethe, una obra que unió a estos dos nombres para la eternidad. El guiño a Eckermann no es baladí, veremos enseguida por qué.
En Fráncfort, Gwinner se relacionaba con escritores y artistas, mientras que él mismo tuvo veleidades de escritor. De joven publicó una novela titulada Diana y Endimión bajo el seudónimo de Natalis Victor; cuenta Charlotte, seguro que exagerando, que la habían equiparado a Las afinidades electivas de Goethe, autor por el que su abuelo sentía una especial predilección. No terminan aquí los ecos goetheanos, pues durante años el erudito amante de los pájaros trabajó, además, en un ensayo muy ambicioso sobre el nacimiento de la idea del primer Fausto; pero nunca llegó a publicarlo porque cuando por fin quiso darlo a la estampa las tesis que presentaba en su estudio habían quedado superadas en el ámbito de la exégesis goetheana debido a nuevos descubrimientos documentales y filológicos. Es muy posible que el hecho de que Schopenhauer hubiera tratado a Goethe en su juventud atrajera a Gwinner. También es posible que, andando el tiempo, él mismo
se considerara en cierto modo un émulo de Eckermann y que poco a poco fuera concibiendo la idea de dar al mundo un día su propia imagen de Schopenhauer. Lo cierto es que si el nombre de Wilhelm Gwinner pasó a la posteridad sólo se debe a Schopenhauer. Pero aunque no publicó apenas, la actividad intelectual de Gwinner debió de ser incansable, puesto que cuando murió —a los 90 años, a causa de una congestión pulmonar— dejó «diez tomos de manuscritos inéditos», según apuntó Charlotte. Entre ellos se contaban tratados y ensayos filosóficos sobre temas de mística y religión inspirados en Jakob Böhme y Franz von Baader, dos autores a los que admiró mucho. En su testamento prohibió publicar cualquier escrito suyo hasta pasados treinta años de su muerte, pero ninguno de ellos llegaría a ver la luz porque las bombas y el fuego que asolaron Berlín en 1945, cuando las tropas soviéticas tomaron la ciudad, destruyeron su legado.
Gwinner conoció a Schopenhauer en Fráncfort a la edad de 29 años. Hacía tiempo que el joven veía al filósofo —que le llevaba treinta y siete años de diferencia— pasear con su perrito de lanas por las afueras de la ciudad, hasta que un buen día se decidió a visitarlo, animado por el afán de conocer a una gran personalidad con la que tal vez pudiera compartir sus intereses intelectuales. Schopenhauer escribió a Frauendstädt en carta del nueve de abril de 1854 sobre Gwinner: «Un joven doctor Gwinner, hijo del senador, ha venido para verme y conocerme». Es seguro que congeniaron desde el primer encuentro, pues las visitas del joven se repitieron y llegaron a reiterarse casi a diario. El fervor que llegó a sentir Gwinner por Schopenhauer fue tan grande que cuando nacieron sus dos hijos, una niña y un niño, les puso por nombres Johanna y Arthur en recuerdo de la madre de Schopenhauer y del filósofo mismo. Según cuenta Charlotte, la única visita que el autor de Parerga y paralipómena se dignó conceder a una dama mientras residió en Fráncfort (¡veintinueve años!) fue la que hizo a la prometida de su joven amigo Gwinner; sólo eso demuestra la estima en la que lo tenía, puesto que el filósofo era enemigo declarado del matrimonio, en especial cuando aquél concernía a sus amigos; se cuenta que solía darles su más sentido pésame en vez de felicitarlos.
En cuanto al plano intelectual, Gwinner mantuvo su independencia con respecto de algunas teorías de Schopenhauer; ni comulgó al cien por cien con sus ideas, como ya dijimos, ni tampoco se contó entre los llamados «apóstoles»; de esta manera gustaban de denominarse a sí mismos los seguidores más «fanáticos» de Schopenhauer, los cuales lo veneraban como a un maestro de sabiduría; algunos de ellos hasta lo conocieron con el apelativo de «el buda de Fráncfort». Gwinner era de convicciones religiosas, practicante, y se mantuvo unido a la iglesia luterana, en la que también ostentó algún cargo honorífico. De ahí que lo intimidase el ateísmo del gran pesimista; sin embargo, sí que estaba en completo acuerdo con la «filosofía mundana», la filosofía práctica o el «arte de vivir mejor» de su amigo.
Cuando murió Martin Emder, el abogado de Schopenhauer y uno de sus amigos más cercanos, el filósofo, muy precavido con respecto de su legado futuro, nombró al joven Gwinner albacea y ejecutor de sus últimas voluntades; le legó sus manuscritos y documentos personales y le encargó velar por el destino de su biblioteca. También lo
exhortó a permitir el acceso a su legado a otros discípulos y estudiosos que quedaban al cargo de la edición póstuma de sus obras; por ejemplo, Julius Frauendstädt, apodado por Schopenhauer su «protoevangelista»: tras la muerte del filósofo, publicó una de las más acreditadas ediciones de «obras completas de Schopenhauer», la conocida como «edición de Frauendstädt».
Schopenhauer murió en septiembre de 1860. Entonces Gwinner se vio dueño de un tesoro: el Handschriftliche Nachlass, es decir: el «legado manuscrito» del filósofo, que constaba de un número considerable de carpetas llenas de hojas sueltas y de cuadernos plagados de notas y apuntes. De todo ello se había servido Schopenhauer para desarrollar y afianzar sus ideas y redactar sus obras. Entre los manuscritos había, además, apuntes de las clases universitarias a las que asistió en su juventud y hasta algún tratado inédito (el de la Dialéctica erística, sin ir más lejos), además de esa joya literaria que es la traducción al alemán del Oráculo manual de Baltasar Gracián. Schopenhauer no quiso publicar esta traducción suya porque un editor con el que trató se negó a pagarle un precio justo; Frauendstädt la publicó en 1862 con enorme éxito de ventas. Gwinner encontró otros documentos inestimables para un biógrafo: abundante correspondencia, el esclarecedor «Curriculum vitae del doctor en filosofía Arthur Schopenhauer» o los puntillosos Diarios de viaje, escritos durante los periplos europeos del adolescente Arthur en compañía de sus padres.
Al verse en posesión de tamaña fuente de material inédito, a Gwinner no le cupo ninguna duda de que era él, en efecto, la persona más idónea para asumir la tarea de dar al mundo la biografía de su amigo. Empleó el año de 1861 en redactarla, y en 1862 apareció su Schopenhauer presentado desde el trato personal. Fue un libro escrito con cierta urgencia y desaliño, pero a cambio quedó impregnado del recuerdo todavía muy reciente del protagonista.
Quien comience a leer esta biografía en el texto original advertirá, desde las primeras páginas, que Gwinner escribe con una prosa enrevesada y decimonónica, bien distinta a la característica de Schopenhauer, de estilo elevado y clásico, clara y rotunda. Aun así, notables cambios de estilo plagan los nueve capítulos en los que Gwinner dividió su libro, de manera que el lector puede tener la sensación de hallarse ante un texto escrito por más de un autor o por uno solo que sufría alteraciones de personalidad. Por otra parte, quien esté familiarizado con las publicaciones que han ido apareciendo a lo largo de los años de algunos de los escritos inéditos de Schopenhauer —por ejemplo, el mencionado «Curriculum vitae», las conversaciones o los fragmentos autobiográficos— reconocerá fragmentos de algunos de ellos parafraseados o copiados literalmente por Gwinner; y no nos referimos a las numerosas citas entrecomilladas. Sobre todo en lo que respecta al capítulo VI, titulado «Quién fue», algunos de los discípulos del filósofo pesimista estuvieron de acuerdo en denunciar un plagio descarado por parte de Gwinner de fragmentos inéditos de Schopenhauer.
Frauendstädt, Ernst Otto Lindner y Eduard Griesebach se empeñaron en denunciar que muchos de los párrafos en los que el biógrafo jurista describió con profusión el carácter de Schopenhauer —pesimista, misógino, retraído, acostumbrado a la soledad,
prudente, temeroso de sus congéneres—, partiendo supuestamente de la base de su conocimiento personal del filósofo, serían en realidad paráfrasis literales de escritos de carácter autobiográfico del legado manuscrito. Suponían que Gwinner los extrapoló de un cuaderno que para los estudiosos y seguidores del filósofo ya entonces se tornó en fabuloso y mítico: un cuaderno rubricado en griego como «Eís heautón» (para sí mismo).
Es posible que se titulase de este modo por emulación a Marco Aurelio y sus célebres
Meditaciones, escritas para provecho de sí mismo (tà eís heautón), el tratado en el que
este emperador romano, enamorado de la filosofía y seguidor del estoicismo, dejó constancia de algunas de sus reflexiones y vivencias personales con el objeto de estudiarse y mejorarse como persona. Lo mismo habría pretendido Schopenhauer con su
Eís heautón: recopilar pensamientos concernientes a su modo de ser para estudiarse y
saber cómo era de verdad.
Los mencionados «evangelistas» pidieron a Gwinner en varias ocasiones que les mostrara el cuaderno, del que algunos de ellos habían oído hablar por boca del propio Schopenhauer; pero aquél se negó, en un primer momento con el argumento de que el susodicho cuaderno no existía; sin embargo, más adelante, en contradicción con lo anterior, llegó a admitir que el cuaderno existió, pero que lo había destruido siguiendo la última voluntad de Schopenhauer, sólo a él confiada. Nadie lo creyó y tampoco se explicaban por qué no quería mostrar el manuscrito. ¿Acaso contenía confesiones escabrosas de Schopenhauer? No era ello muy plausible dada su conocida honestidad; Schopenhauer no era hombre que ocultara sus pasiones, en ningún caso era un filisteo o un hipócrita. Además, lo único que había dicho a algunos de sus acólitos, a los que mencionó la existencia de aquel cuaderno, fue que no quería que esas anotaciones vieran la luz pública antes de su muerte; nada dijo sobre una prohibición de publicarlas una vez fallecido. De manera que eso no encajaba bien con la exigencia de que fuera destruido.
Nadie supo a ciencia cierta qué pasó con el cuaderno porque cuando Gwinner murió y el legado de Schopenhauer y el suyo propio pasaron a su hijo Arthur, no se halló rastro del Eís heautón. ¿Lo destruyó realmente? ¿Era en realidad un cuaderno tan importante como parecía? ¿No constaría sólo de algunas anotaciones desperdigadas? ¿Por qué iba a destruirlo Gwinner? ¿Acaso porque quería guardarlo para sí y pasar a la historia como el único biógrafo de Schopenhauer? ¿El único que tuviera información de primera mano para continuar explotándola? Tal vez la causa más plausible fuera que, en última instancia, al biógrafo le avergonzaban sus plagios y no quiso que pudieran ser constatados.
A vueltas con el anhelado cuaderno autobiográfico, estudiosos como Eduard Griesebach, a finales del siglo XIX, Arthur Hübscher a mediados del XX, y recientemente el italiano Franco Volpi, se esforzaron por reconstruir su contenido; si no todo, al menos en parte. En la actualidad, agrupados bajo el nombre de Eís heautón, han quedado reunidos un grupo de textos de matiz autobiográfico que son aceptados y admitidos por los estudiosos como nacidos de la pluma del filósofo y pertenecientes a aquel supuesto libro perdido. Si realmente existió el Eís heautón y si era como suponían los discípulos y
estudiosos de Schopenhauer, nunca lo sabremos.
Lo indiscutible es que Gwinner compiló la biografía de su venerado amigo sirviéndose del material que éste le legó y que lo aprovechó a fondo, pues no se contentó con escribirla una vez, la reescribió dos veces más. Cuando en 1862 apareció Schopenhauer
presentado desde el trato personal, tuvo muy buena acogida y mereció numerosas
reimpresiones; andando el tiempo, Gwinner publicó dos nuevas ediciones —en 1878 y 1910 respectivamente—, cada una de ellas más ampliada que la anterior; las dos perdieron el título primitivo y pasaron a llamarse con más sencillez: Vida de
Schopenhauer.
La edición de 1910 es sin duda la más completa; su autor volvió a servirse de otros tantos testimonios del filósofo para redactarla. Tres veces más extensa que la primera versión, contenía prácticamente todo cuanto podía saberse y documentarse de la vida de Schopenhauer. En biografías posteriores ningún autor ha desmentido los documentos allí revelados. Gwinner fue sin discusión el primero en establecer las etapas y los hechos conocidos de la vida de su amigo, y a estas etapas se ciñen, sin excepción, las biografías posteriores.1
En 1922 Charlotte von Gwinner reeditó Schopenhauer presentado desde el trato
personal con el argumento de que este libro le parecía «mucho más fresco y
espontáneo» que las dos reediciones posteriores, alejadas con diferencia de la primera versión. Desde entonces ha vuelto a reeditarse varias veces más en Alemania.
La biografía firmada por Gwinner —en una u otra de sus versiones, según fuera la época— constituyó la única vía para conocer la personalidad de Schopenhauer hasta bien entrado el siglo XX. Declarados admiradores suyos, tales como Friedrich Nietzsche, Thomas Mann y hasta Franz Kafka, sólo supieron datos de su vida a través de la visión de Gwinner, al igual que cientos de miles de lectores.
¿Pero qué valor tiene hoy esta biografía? Si hemos de creer a los estudiosos que aseguraron haberlo demostrado —y es posible que tengan razón—, su autor dio voz en ella, de manera casi literal, a Schopenhauer; así que el lector actual podrá congratularse de oír el eco de las palabras del gran filósofo vibrando en las mejores líneas de esta obra. En ello radica su valor.
LUIS FERNANDO MORENO CLAROS
1. Una visión general de las biografías de Schopenhauer puede encontrarse en el blog de libros «Ciudad de Azófar» (http://morenoclaros.blogspot.com.es/2014/05/nueva-biografia-de-schopenhauer.html). [Todas las notas son del traductor, salvo las marcadas como N. del A., que pertenecen a Wilhelm Gwinner].
Es ta tr aduc c ión
La presente traducción, la primera en castellano de esta obra de Wilhelm Gwinner, se ha basado principalmente en la edición alemana: Arthur Schopenhauer aus persönlichem
Umgang dargestellt. Ein Blick auf sein Leben, seinen Charakter und Seine Lehre von
Wilhelm Gwinner. Kritisch durchgesehen und mit einem Anhang neu herausgegeben von Charlotte von Gwinner, F. A. Brockhaus, 1922, Leipzig.
Se han mantenido las notas al pie originales de Wilhelm Gwinner. El traductor español ha añadido otras tantas notas explicativas allí donde ha creído necesario, sobre todo a fin de situar históricamente nombres de personas poco conocidas en la actualidad. Siguiendo el criterio de Charlotte von Gwinner, las expresiones en otros idiomas insertas por Gwinner en el texto principal se dejan en el respectivo idioma, la traducción castellana se pone entre paréntesis y a renglón seguido.
Bibliogr af ía s elec ta
– MORENO CLAROS, LUIS FERNANDO: Schopenhauer. Una biografía. Trotta, 2014, Madrid.
– SCHOPENHAUER, ARTHUR: El mundo como voluntad y representación I y El mundo como voluntad y representación II. Traducción de Rafael José Díaz Fernández y M.ª Montserrat Arias Concepción. Revisada por Joaquín Chamorro Mielke. En Schopenhauer, Obras, tomos I y II. Estudio introductorio de Luis Fernando Moreno Claros. Gredos, 2010, Madrid. El tomo I contiene El mundo como voluntad y representación I y De la cuádruple raíz del principio de razón suficiente [trad. de Leopoldo Eulogio Palacios]. El tomo II contiene El mundo como voluntad y representación II y Sobre la voluntad en la naturaleza [trad. de Miguel de Unamuno]. – Parerga y paralipómena (Escritos filosóficos sobre diversos temas). Prólogo de José Rafael Hernández Arias; traducciones de José Rafael Hernández Arias, Luis Fernando Moreno Claros (Aforismos sobre el arte de saber vivir) y Agustín Izquierdo (Ensayo sobre las visiones de fantasmas). Valdemar, 2009, Madrid.
– Epistolario de Weimar (1806-1819). Selección de cartas de Johanna Schopenhauer, Arthur Schopenhauer y Goethe. Traducción, prólogo y notas de Luis Fernando Moreno Claros. Valdemar, 1999, Madrid. [Incluye también el «Curriculum vitae» de Schopenhauer].
– Diarios de viaje. Traducción, introducción y notas de Luis Fernando Moreno Claros. Trotta, 2012, Madrid. – El arte de conocerse a sí mismo. Edición, introducción y notas de Franco Volpi; traducción de Fabio Morales. Alianza Editorial, 2007, Madrid.
– Conversaciones con Arthur Schopenhauer. Introducción, selección, notas y traducción de Luis Fernando Moreno Claros. Acantilado, 2016, Barcelona.
– SCHOPENHAUER, JOHANNA: La nieve. Traducción, introducción y postfacio de Luis Fernando Moreno Claros. Periférica, 2007, Cáceres.
PRÓLOGO
Le he puesto al hombre extraordinario a cuya memoria sirve este escrito —cumpliendo con su última voluntad— una lápida mortuoria en la que nada más se lee aparte de su nombre. Lo demás debería saberlo ya el mundo. También sus obras representan mejor al biógrafo que las de otros célebres eruditos. Sólo como escritor saltó a la arena pública; desde que su espíritu despertó a la plena conciencia, eludió temeroso todo contacto con el quehacer de los hombres y sus propios actos no debían tenerse en consideración en perjuicio de lo que constituyó el contenido más firme de su existencia: su pensamiento; aun así, éste se extiende sobre toda otra parcela de su vida y revela de mil maneras la parte personal del autor. De ahí que él rechazase que sólo se buscaran los rasgos externos de su vida para recordarlo. Con todo, la breve inscripción de su lápida exige a los ojos de su tiempo un comentario que él mismo no pudo escribir sobre su persona. Con gusto habría dejado yo a otro la tarea de proporcionarlo, puesto que ni comulgo con el pensamiento de mi amigo ni es mi oficio escribir sobre otras personas, pero tuve que convencerme de que nadie que pudiera realizar esta tarea se halló tan unido a él ni estuvo tan cercano hasta el último momento como para haber podido sustituirme.
Este libro no hará nada por acercar más a Schopenhauer a la multitud, ni tampoco por ensalzarlo entre quienes nunca hayan comido con lágrimas su pan espiritual, y, ni mucho menos, por ganarse el favor de los acólitos que junto al pensador buscan al santo y que ansían la unión de naturaleza y gracia; más bien, ha de ser un nuevo testimonio que refleje la antigua verdad de que este mundo en general, y el alemán en concreto, no está preparado para genios. Igualmente se dirige sólo a lectores que ya estén familiarizados con la materia, al menos con la que extraemos de los escritos de Schopenhauer.
Fráncfort del Meno, en noviembre de 1861
WILHELM GWINNER
Arthur Schopenhauer
presentado desde el trato personal
Una mirada a su vida, su carácter y su pensamiento
Si non errasset fecerat ille minus Marcial
I
Cómo creció
La mayor parte, ciertamente, La condiciona el nacimiento, Y el rayo de luz Que encuentra al recién nacido.
HÖLDERLIN2
Los grandes pensadores de todos los siglos tienen algo en común —a la vez que se diferencian entre sí, lo mismo que los maestros de obras por la cantidad de carreteros a los que dan trabajo— debido a que sacan a la luz verdades que, una vez reconocidas —y aunque sea cierto que pueden permanecer ocultas temporalmente o modificadas y aprovechadas de diversas maneras a causa del avance de la formación intelectual—, en lo esencial nunca podrán ser extinguidas o dejadas de lado como errores. Dichas verdades establecen los puntos fijos en una región del pensamiento cuya inseguridad y hasta casi impenetrable dificultad inquieta al intelecto humano hace siglos. Cuanto más alto destacan esas verdades en la esfera del entendimiento humano común sin que éste pueda refutarlas, más valiosas serán. Por ejemplo, la teoría de las Ideas de Platón o la de Kant de la idealidad del fenómeno. También a nuestro amigo inmortal es lícito atribuirle algo así, y creo que su teoría de la herencia de los caracteres, en tanto que una aplicación especial de sus tesis principales de los dos factores fundamentales del mundo, pertenece a esta especie.
Lamentablemente, no podemos interesarnos por los padres y demás ancestros de las personas célebres hasta que yacen ocultos en la oscuridad del pasado; en cambio, si también ellos hubieran sido conocidos o incluso famosos, aprovecharíamos esa feliz circunstancia para poner a la posteridad en posesión de un material lo más completo posible para el enjuiciamiento de la cuestión de la herencia que concierne a las facultades intelectuales. Este caso es el que aquí se presenta; aun así, con lo poco que a continuación ofrezco en esa línea, me hallo muy lejos de querer cumplir con semejante tarea; más bien este esbozo de la vida debe constituir tan sólo la introducción al retrato del carácter que le sigue.
Arthur Schopenhauer descendía por parte de padre de una antigua y respetada familia de Dánzig, aunque él creía que sus antepasados provenían de Holanda y que su bisabuelo había emigrado desde los Países Bajos a Dánzig. Y sí que corría sangre holandesa por sus venas porque su abuela por parte de padre, Anna Renata, nacida Soermans, era la hija del embajador holandés en la Ciudad Libre de Dánzig. La ilusión de ser oriundo de la tierra en la que vivieron sus predecesores espirituales, Descartes y Spinoza, le era simpática. Pero recientes investigaciones han demostrado que la familia
llevaba siglos radicada en la región de Dánzig; su árbol genealógico ha sido verificado hasta el siglo XVI. Su bisabuelo Johann obtuvo la carta de ciudadanía de Dánzig en 1695 y tuvo el honor de alojar al zar Pedro el Grande y a su esposa Catalina en la enorme finca estatal de Stutthof, la misma hacienda que en 1789 pertenecía al abuelo materno de Schopenhauer, el consejero Christian Heinrich Trosiener. Cómo supo comportarse aquél en tal ocasión lo cuenta Johanna Schopenhauer por boca de un testigo de más de cien años de edad que todavía llevó en brazos al pequeño Arthur.
«El zar y su esposa recorrieron la casa señorial para elegir una habitación donde dormir y su elección recayó en una estancia en la que no había ni estufa ni chimenea. No quedaba más remedio, pues, que calentar esa habitación, dado el frío extremo que arreciaba. Era necesario idear algo, pero el viejo señor Schopenhauer supo qué hacer: mandó traer varios barriles de aguardiente y verterlo en el suelo de la habitación enlosado con baldosas holandesas y cerrarla a cal y canto. El zar miraba entusiasmado de alegría aquel mar de fuego a sus pies mientras los sirvientes tomaban todas las precauciones para que el fuego no saliese de la estancia. En cuanto se hubo consumido todo el aguardiente, los soberanos se retiraron a descansar a la pequeña habitación, en la que reinaba un calor sofocante y rebosaba de humo y vapores; al día siguiente se levantaron sin migrañas, despidiéndose del dueño de la casa con toda clase de elogios por su hospitalidad».3
El hijo de Johann, Andreas Schopenhauer, no menos práctico que su padre, incrementó enormemente la fortuna de la familia y residió de viejo en Ohra, en las cercanías de Dánzig, donde todavía puede verse el panteón familiar renovado en 1861. Era una magnífica casa de campo con un jardín aledaño y una alameda abierta al público que hasta hace poco tiempo llevaba el nombre de la familia, pero que ha sido talada recientemente. La abuela de Schopenhauer, Anna Renata, nacida Soermans, tras la muerte de su marido en 1793, tuvo que ser puesta bajo tutela debido a su debilidad mental, igual que su tercer hijo Michael Andreas, idiota desde su juventud. El mayor de sus hijos, Heinrich Floris Schopenhauer, nacido en 1747, el padre de Arthur, conoció mundo en su juventud y más tarde heredó el bastón de mando de la fortuna y el prestigio de la familia.
Heinrich Floris Schopenhauer fue un hombre fuera de lo común. Era robusto de cuerpo, de estatura mayor que la media, de rostro ancho como el de su hijo; también fue duro de oído desde joven, lo que en el hijo fue consecuencia de una enfermedad que padeció hacia la mitad de la treintena. Grandes ojos vivos y saltones, nariz corta y respingona y una boca gruesa le servían tan poco de adorno que cuando el 22 de febrero de 1788 por la tarde entró en su oficina todo sofocado y ante el personal allí reunido proclamó «¡Ha nacido mi hijo!», el contable bromista, confiando en la sordera de su patrón, se levantó solemnemente y lo congratuló con estas palabras: «¡Como se parezca al papá, qué hermoso babuino!».4
Patricio y aristócrata, lo animaba por igual un sentido extraordinario de la justicia y la libertad que le había granjeado la confianza y el aprecio de sus conciudadanos en muy alto grado. Franqueza intrépida era un rasgo principal de su carácter, a cuya peculiaridad se atenía con la misma tenacidad imperturbable y desconsiderada que también
caracterizó la vida de su hijo. La prominente voluntad de ambos, violenta sobremanera, y al mismo tiempo firme hasta la testarudez en cosas importantes, contradice la común opinión según la cual esta obstinación sólo la encontramos en las naturalezas tranquilas: el tono general se sobrepone a las efusiones momentáneas en la armonía de un carácter así y no se desmiente por una agitación violenta.
El aprecio generalizado de sus conciudadanos se lo ganó con una anécdota que nos pone en medio de la historia de esta ciudad de tan proceloso destino. Desde la primera partición de Polonia, Federico el Grande había elegido la república hanseática como botín de guerra y, a fin de cortar cualquier abastecimiento por el lado de la tierra, la cercó con un cuerpo del ejército. El comandante de esta operación se hallaba acuartelado en la quinta de Schopenhauer en Ohra, donde Andreas Schopenhauer se había retirado a descansar tranquilo después de toda una vida de trabajo. Para demostrarle al anciano señor su agradecimiento por una hospitalidad que, aunque forzosa, era respetuosa y amable, el general mandó decir al hijo de aquél, residente en la ciudad y que mantenía allí unos caballos de extraordinaria belleza y cuyo amor por ellos había llegado a ser casi proverbial en Dánzig, que tenía libertad para abastecerlos de forraje. Pero Heinrich Floris respondió escribiendo que le agradecía al general prusiano su buena voluntad; su establo estaba abastecido de momento, y cuando el forraje se agotase mandaría sacrificar sus caballos.
Este ferviente odio a los prusianos, acrecentado durante los años de opresión de su ciudad natal, no sólo lo demostró con palabras, sino que cuando en 1793 se decidió el destino de Dánzig, inmoló patria y fortuna, según una decisión tomada desde hacía tiempo, abandonó la ciudad a las veinticuatro horas de saber con seguridad que había caído bajo el poder prusiano y se trasladó a Hamburgo con considerables pérdidas.
Y, sin embargo, hacía ya tiempo que tenía vía libre para seguir acrecentando su fortuna bajo el dominio de aquel monarca al que también él había admirado y en el seno de aquel Estado al que odiaba. Esto era así porque algunos años antes de su matrimonio, después de una larga estancia en el extranjero, en viaje de regreso a la patria, hallándose Heinrich Floris en Potsdam como espectador de un desfile, atrajo la atención del gran Federico —a quien no se le escapaba fácilmente ninguna nueva persona— a causa de la elegancia de su atuendo y el porte y la apostura extranjeros. Aquel mismo día le hicieron saber a Heinrich Floris que a la mañana siguiente, temprano, a las seis, debía presentarse en el gabinete del rey. Encontró a éste solo y la audiencia de casi dos horas de duración —a lo largo de la cual el rey se informó sobre asuntos comerciales— dio como resultado la reiterada sugerencia, por momentos casi exigencia, de que Heinrich Floris se estableciera en Prusia. El penetrante ojo del monarca descubrió de inmediato la importancia de aquel hombre y, siempre dispuesto a llevar a su país nuevas fuerzas, le aseguró a él y a sus descendientes importantes prerrogativas mediante orden del gabinete real del 9 de mayo de 1773. Pero el orgulloso republicano —en cuyo escudo familiar5
se lee el lema: «Point de bonheur sans liberté» («No hay dicha sin libertad»)— no estaba dispuesto a aceptar que su fortuna viniera de manos del opresor de su ciudad natal. Tampoco usó nunca el título de consejero áulico que le otorgara el rey de Polonia.
Podría suponerse que un hombre tan excéntrico habría sido inservible para la actividad que él desarrollaba, la cual dicta en todas partes acomodarse a las circunstancias; sin embargo, todavía en la actualidad algunos de sus contemporáneos, que eran jóvenes cuando lo fue él, lo describen como un hábil hombre de negocios. Además, alguna porción de este talento suyo para los negocios fue a parar a su poco práctico hijo, puesto que también éste entendía de números. Los muchos y costosos viajes, largos en parte, entorpecieron el curso del crecimiento de la fortuna de la familia, sobre todo desde el traslado a Hamburgo, pues sólo los impuestos de emigración costaron el diez por ciento del capital.
Junto a amplios conocimientos comerciales, gracias a sus viajes por Francia e Inglaterra, Heinrich Floris adquirió una cultura extraordinaria, desacostumbrada incluso entre las personas pertenecientes a su rango social. Leía con especial deleite a los escritores franceses de su siglo, sobre todo a Voltaire. Sentía tal inclinación por el Estado y la vida familiar de los ingleses que durante mucho tiempo estuvo acariciando el plan de irse a vivir entre ellos. Más tarde se limitó a disponer su hogar con el confort inglés, así como a cultivar el arte inglés de la jardinería, para lo que también le sirvió a la perfección su encantadora villa campestre en Oliva. A diario leía un periódico inglés y otro francés, y pronto alentó en su hijo la lectura del Times, ya que en este periódico puede aprenderse todo. Arthur siguió el consejo del padre hasta el final de su vida. En el orden diario de Heinrich Floris y en sus costumbres ejerció una influencia duradera el director de la casa comercial Bethmann en Burdeos, en la que aquél había trabajado como voluntario durante mucho tiempo; de modo que las decisiones que tomaba como padre de familia solía apoyarlas con las palabras «Así es como lo hubiera hecho el señor Bethmann».
Apenas acababa de entrar en su trigésimo octavo año de edad cuando el lozano encanto de Johanna Trosiener, de 18 años, lo atrapó en las cadenas del matrimonio. El señor consejero Christian Heinrich Trosiener no se contaba entre los ciudadanos más ricos de Dánzig, pero sí entre los más eminentes. También él era de una rectitud insobornable y de inquebrantable republicanismo, pero de parte del pueblo, puesto que en aquella época, cuando el ser o no ser de la pequeña república estaba en cuestión, no faltaban divisiones internas. Toda vez que cuando las relaciones exteriores que dominan a tales pequeños Estados predican de puertas para adentro una fiel adhesión a los bienes heredados y el dudoso empeño en mantener anticuadas circunstancias públicas, crece con gallardía, un poco antes del final, la pasión política con apetito de reformas. Sin embargo, Cristian Heinrich Trosiener no era ningún «reformista» en el peor sentido de la palabra. El talento innato y el buen uso de las experiencias de la vida suplían en él a los conocimientos eruditos, y su certera mirada bien le permitía reconocer las desventajas de las divisiones burguesas en el instante del peligro. Lo mismo que su cargo, que ostentaba con solemnidad y dignidad, también era imponente el aspecto exterior de su persona. Para aquellos tiempos realizó viajes importantes; estuvo en Rusia y muchos años en Francia, y supo manejarse con fluidez en distintas lenguas, además de ganar mucha soltura en sus maneras personales. Era de talante bondadoso y vivaz; si bien, según el testimonio de su propia hija, de vez en cuando, una irascibilidad indomable de su carácter
vertía sus sombras más negras sobre todas sus buenas cualidades, de manera que a quienes no lo conocían más de cerca esto les dificultaba mucho el trato con él.
«Justo cuando uno menos se lo esperaba, el motivo más insignificante podía desatar en él un furioso arrebato de cólera, aunque enseguida se le pasaba. Entonces la casa entera temblaba con su voz de trueno, y los demás vecinos, hasta el perro y el gato, se apartaban corriendo de su camino sobrecogidos de temor».6
Así es que la cólera y la irritabilidad de Schopenhauer las vemos precedidas en ambas líneas de la familia. Son unos rasgos del carácter que encontramos muy a menudo en la vida de los grandes hombres, de entre los cuales ya Agustín los refirió de su padre Patricio, igual que Lessing y Goethe de los suyos.
Sólo su esposa sabía devolverlo a la calma.
«Con pocos trazos —dice Johanna Schopenhauer— puede caracterizarse fielmente el retrato de mi dulce madre, Elisabeth, nacida Lehmann: una figurita pequeña y delicada, con las manitas y los piececitos más encantadores, un par de grandes ojos de un azul luminoso, una piel muy blanca y delicada y un bonito cabello largo de color marrón claro. Así era ella en su apariencia exterior. La naturaleza de mi madre no se correspondía con la de una recia ama de casa, en el sentido de los tiempos antiguos; y en comparación con lo que en nuestros días se exige a las mujeres y las niñas, su educación, desde luego, no fue menos descuidada que aquella que solía recibir la mayoría de sus contemporáneas. Un par de polonesas y mazurcas, un par de canciones para las que sabía acompañarse ella misma al piano, leer y escribir para las necesidades del hogar, eso era más o menos todo lo que había que aprender. Sin embargo, el ingenio materno, el entendimiento natural y esa despierta capacidad de comprensión que de suyo posee la mayoría de las mujeres compensaban con creces la falta de conocimientos adquiridos».
Johanna Henriette Trosiener estaba todavía en el último estadio de la pubertad — aunque ya había dejado atrás un primer sufrimiento de amor— cuando le dio el sí a Heinrich Floris Schopenhauer, casi veinte años mayor que ella. Sobre su relación con él, ella misma comentó:
«Por libre decisión mía, le di la palabra que me había pedido al momento, en presencia de mis padres y sin esperar siquiera los tres días que, según costumbre de la época, tenía yo de plazo para reflexionar sobre su petición de matrimonio. Este tipo de convencionalismos eran contrarios a mi recto entendimiento y, sin saberlo, a causa de este comportamiento mío anticonvencional, creció la estimación que por mí tenía el hombre más libre de prejuicios que jamás conocí. Sin que mi decimonoveno año de vida hubiera llegado aún a su término, mediante ese enlace se me abría una perspectiva de futuro tan vasta y espléndida como jamás hubiera esperado; ahora bien, confío en que se me crea que a esa edad tan temprana esto no condicionó mi decisión, e incluso que apenas pensé en ello. Creía que mi vida había concluido, una quimera a la que a tan tierna edad solemos entregarnos de grado y con ligereza tras la primera experiencia dolorosa. Me era lícito sentirme orgullosa de pertenecer a un hombre así, y lo estuve. Ni fingí un amor ardiente ni tampoco mi marido aspiraba a que yo se lo mostrara».
como voluntad y representación no tiene que agradecer su génesis a un matrimonio por
amor; aunque su madre aceptara el fogoso temperamento del esposo con plena conciencia, la avasalladora unidad de los sentimientos que llamamos amor permaneció ajena a esa unión.
Johanna Schopenhauer nació el 9 de julio de 1766. Era la hija mayor de sus padres y heredó las formas delicadas, el cabello castaño y los ojos azul claro de la madre. Sus rasgos faciales eran más agradables que bellos. Su pequeña persona, que en la juventud estaba dotada de un atractivo considerable, se volvió corpulenta con la edad y perdió parte de su atractivo debido a un disloque de la cadera izquierda. Aun así, hasta bien entrada la vejez conservó en su persona y en su trato una gracia que le aseguraba el éxito, al que estaba acostumbrada en los más diversos círculos a los que la conducía su nunca colmada inclinación a la vida social. Muy en el papel de ella misma, era harto consciente de sus cualidades y a veces podía llegar a ser incluso arrogante.
Su vida juvenil en aquella ciudad —de la que más tarde su hija Adele escribió: «Se halla en un paraíso, es igual que un álbum de recuerdos del mundo que me hiciese recordarlo entero cuando lo recorro: de todos los países encuentras aquí pruebas»— la narró de manera encantadora la propia Johanna. Por desgracia, la muerte la sorprendió el 17 de abril de 1838 en Jena, cuando sus memorias tan sólo habían llegado hasta el año 1789.
La educación general que recibió en la limitada esfera pedagógica de la casa paterna supo compensarla con creces el rico talento de Johanna en el tiempo más breve al lado de un hombre de mundo como era Heinrich Floris. Ya sólo la disposición de su nuevo hogar causó a la joven mujer mayores impresiones de las que suele proporcionar una decoración que simplemente sea elegante. Los mejores grabados adornaban las paredes de su cuarto; vaciados de antiguos bustos y estatuas que poblaban la casa la familiarizaron con las artes plásticas. La selecta biblioteca inglesa y francesa de su marido cultivó su gusto y educó su juicio literario; además, mientras esto sucedía, un fiel amigo de su niñez, el predicador de la colonia inglesa de Dánzig, el Dr. Jameson, se mantenía próximo a ella para ayudarla en los extravíos que pudiera conllevar el rápido desarrollo de su vida intelectual y moral, dispensándole tranquilidad y consejo. Su mente abierta al mundo, demasiado pendiente de las cosas externas, y ella la pintó con los versos de Goethe:
Yo veía el mundo con miradas llenas de amor Y el mundo y yo disfrutábamos embelesados…7
su marido la secundó más de lo que era conveniente para ella. Pues lo que le ofrecía la patria, tanto como era posible ofrecerle, parece que pronto dejó de satisfacerla. El día de San Juan de 1787, aquella pareja ansiosa de peregrinar emprendió su primer gran viaje. Pasando por Berlín, Hannover y Pyrmont, donde se ganaron la amistad de Möser,8
llegaron a Fráncfort. «Aquí —dice ella— recibí un soplo de aire patrio, todo me recordaba a Dánzig y a la vida de aquella rica ciudad». En aquella época ella llevaba a su hijo debajo del corazón, sin tener ni idea de que en el futuro éste habría de encontrar en
esta ciudad su segunda patria y su tumba. Viajaron a través de Bélgica a París y desde allí a Inglaterra, donde Arthur, según el expreso deseo de su padre, debía ser traído a la luz del mundo a fin de que pudiera adquirir los derechos de los nacidos en Inglaterra. Sólo el temor por la salud de la joven madre, surgido de repente, impidió que ello tuviera lugar y, después de un forzado viaje de regreso a la patria en invierno, de cuyas penalidades nuestra generación no puede hacerse una idea en la actualidad, tuvo lugar el ansiado nacimiento el día 22 de febrero de 1788, un viernes, en la casa de la calle de Todos los Santos n.º 12, en Dánzig; casa que todavía está y que destaca en la actualidad por lucir una placa conmemorativa.9
El 3 de marzo se ofició el bautizo. El nombre de Arthur lo eligió el padre con vistas a la futura empresa comercial de la que algún día sería dueño el nuevo ciudadano del mundo —destinado a ser un gran señor comerciante— por la razón de que se pronuncia prácticamente igual en todos los idiomas.
El estallido de la Revolución francesa había elevado los sentimientos republicanos de los padres de Schopenhauer hasta el entusiasmo, y cuando, con el bloqueo de Dánzig en marzo de 1793, se quebró la última esperanza de conservar la independencia de la pequeña Ciudad Libre, emigraron con el hijo de cinco años pocas horas antes de que las tropas prusianas ocuparan la ciudad; huyeron con gran premura en dirección a Hamburgo a través de Pomerania, que entonces pertenecía a Suecia. Aquí dio comienzo una nueva vida de la familia, que fue muy bien acogida en los mejores círculos sociales de la liberal ciudad hermana. Parece ser que la pérdida de la patria incrementó el gusto por los viajes del matrimonio de una manera casi enfermiza; puesto que, dejando aparte las visitas periódicas de la joven esposa a los suyos en Dánzig, su estancia de doce años en Hamburgo se vio interrumpida por multitud de viajes grandes y pequeños. El carácter abierto y desenvuelto de Johanna, su virtuosismo para trabar nuevas amistades y relacionarse en sociedad, la fluidez de su conversación en inglés y francésy, finalmente, una gran liberalidad, acaso demasiado grande, en el empleo y la transmisión de eso que ella poseía, la indujeron junto con su marido, que vivía pendiente de agradarla, a dejarse seducir por una vida viajera. También la circunstancia de que la joven mujer vivía un matrimonio que no la colmaba ni la satisfacía por completo es muy probable que contribuyese a fomentar esa inquietud y búsqueda de distracción. Así, ya durante la adolescencia de Arthur, la familia trabó amistad personal con multitud de personajes famosos de la época. Entre las extraordinarias amistades de sus primeros tiempos se contaban Klopstock, Tischbein, Reimarus, el barón Stäel, el conde Reinhard, Meissner de Praga, el mariscal de campo Kalckreuth, Nelson y lady Hamilton.10
La educación de Arthur como hombre de mundo era la segunda intención de esos viajes, intención que su padre nunca perdía de vista. «Mi hijo debe leer el libro del mundo», estas fueron sus palabras, las cuales habrían de cumplirse de la manera más significativa e inimaginable para el comerciante. Muchas veces recordó y elogió el hijo aquella magnífica educación de la que gozó desde su más tierna infancia, liberal por donde quiera que se la mirase y absolutamente libre de prejuicios si la comparamos con la que tuvieron la mayor parte de los eruditos alemanes de su época. Ya con nueve años, cuando a la madre le fue más fácil la separación de su único hijo a causa de la llegada de
una hija, su padre se lo llevó con él a Francia y lo dejó allí en casa de un amigo comerciante, Grégoire, en El Havre, donde el muchacho vivió cerca de dos años y donde recibió clases privadas junto con el vástago de la casa, que era de su misma edad. Entre los años de 1797 y 1799 vivió allí el tiempo más feliz de su época de pubertad y se educó casi enteramente como un francés, tal y como era la intención del padre. Una vez llegado a Hamburgo, después de un viaje por mar que hizo él solo, sin el acompañamiento de ninguna persona mayor, había olvidado por completo su idioma materno y sólo poco a poco pudo volver a acostumbrarse a sus duros sonidos.
Después ingresó en la institución pedagógica privada de Runge, donde tenía por compañeros escolares a los hijos de las familias más selectas. Aquí, lo mismo que en El Havre, recibió algunas clases de latín, aunque sólo con vistas a la profesión de comerciante, sin logros ni conocimientos duraderos; así fue, puesto que a menudo él mencionó que su latín sólo lo había aprendido a los 19 años y, además, en sólo seis meses. Ya al verano siguiente volvemos a encontrarlo viajando durante tres meses enteros, puesto que sus padres le permitieron acompañarlos a Hannover, Cassel, Weimar —donde vio a Schiller—, Karlsbad, Praga, Dresde, Berlín y Leipzig.11
Para gran consternación del padre, que con tanto cuidado y tanta antelación se había preocupado por la educación del futuro comerciante, en esa época nació en el corazón del hijo un apasionado amor por el saber y la ciencia. Mucho tiempo se opuso el padre a las súplicas con las que lo asediaba su vástago, hasta que finalmente terminó cediendo ante él, una vez que hubo escuchado los testimonios de los profesores, así que terminó triunfando el plan de un próximo ingreso en un instituto de secundaria. Pero como el padre asociaba de manera inseparable las profesiones que requerían estudios eruditos y científicos con la penuria económica, intentó convertir a Arthur en canónigo de Hamburgo. Sin embargo, al tomar en consideración las carísimas condiciones necesarias para este fin, la decisión se tornó dudosa y entonces el padre recurrió a la astucia. Se sirvió precisamente de la nostalgia que el muchacho sentía de su querido amigo Anthime Grégoire en El Havre, así como de su no menor ansia de ver mundo, al proponerle la siguiente alternativa: ingresar enseguida en el instituto de secundaria o renunciar de una vez por todas a la idea de emprender una carrera universitaria, tras haber disfrutado del placer de realizar un largo viaje de más de un año de duración —cuyo plan ya tenían diseñado ambos cónyuges—, para entregarse después al aprendizaje de la profesión de comerciante. Una tentación semejante no pudo resistirla el joven amante de la musa con apenas quince años cumplidos, de modo que renunció a la amada y partió de viaje junto con sus padres en la primavera de 1803, lleno de esperanza en las magníficas aventuras venideras.
De este último y largo viaje de la familia, que duró desde mayo de 1803 hasta diciembre de 1804, por Holanda, Inglaterra, Bélgica, Francia, Suiza, Austria y Alemania, Johanna Schopenhauer publicó más tarde descripciones que cosecharon gran éxito, cuya materia extrajo del diario de viaje que llevó en aquel entonces con suma exactitud, aun cuando cualquier propósito literario le fuera ajeno. También al hijo se le requirió que llevase un diario de viaje.12
dolorosa del innegable inconveniente que había supuesto para él la entrega a la placentera vida del viajero, al constante vaivén del paso de una impresión pasajera a otra, y por haber sido privado de la instrucción escolar básica justo en los años en que la tensión de las fuerzas juveniles exigía esa actividad reglada y ordenada. Sólo después de que lo perdido en aquellos años fuera recuperado por medio de una extraordinaria aplicación y un enconado esfuerzo, se arraigó en él la convicción de que esa dirección de su vida no había sucedido por mera casualidad, sino que fue necesaria para su tarea vital. Pues precisamente en esa edad en la que despierta la hombría, cuando el alma juvenil está más abierta a toda clase de impresiones y con avidez extiende sus antenas hacia todas las partes del mundo, no fue alimentada —como les pasa a la de los muchachos destinados a ejercer una carrera de estudios superiores— con conceptos muertos ni con fábulas, sino con las cosas mismas; fue fecundada con intuiciones vivas, de manera que aprendió a no darse por satisfecha con los sonidos de las palabras y, menos todavía, a confundir las palabras con las cosas.13
En Inglaterra permanecieron seis meses, y mientras los padres emprendían diversas excursiones por el norte de la isla británica, internaron al hijo desde julio a septiembre de 1803 en el pensionado de un clérigo llamado Lancaster, en Wimbledon, en las cercanías de Londres. Aquí cimentó Arthur la base de su posterior familiaridad con el idioma y la literatura de la nación a la que tan afín se sentía intelectualmente. Pero siendo todavía un muchacho de 15 años, ya arremetió contra la
beatería
religiosa inglesa. En una carta a sus padres dice: «¡Ojalá pueda la antorcha de la verdad quemar estas tinieblas!». La madre le responde reprochándole un error de expresión gramatical en el dicho del hijo; sin embargo, añade a continuación: «Del cristianismo recibes una gran porción de enseñanza y no puedo dejar de comprenderte si te parece demasiado». Al mismo tiempo, se entregaba con celo a tocar la flauta, actividad que había comenzado a temprana edad, así como a practicar las artes gimnásticas: montar a caballo, esgrima y danza. De manera análoga ponía especial aplicación en hacer una caligrafía legible y fluida, la idónea para un comerciante, algo por lo que su padre lo amonestaba en sus cartas sin razón, puesto que pronto aprendió a escribir mejor de lo que aquél podía esperar.En noviembre de 1803 viajaron a través de Rotterdam, Gorkum —donde visitaron la vieja iglesia gótica en la que habían predicado sus antepasados— y Antwerpen para llegar a París. Aquí permanecieron cerca de dos meses, aprovechando día tras día para ver personas y cosas curiosas, sin dejarse nada, desde el Louvre hasta la fábrica de porcelanas de Sèvres. A finales de enero prosiguieron el viaje por Orléans, Tours, Angulema, Burdeos, atravesando todo el sur de Francia hasta llegar a los huertos de naranjas y palmeras de las Hyères. Esta vez fueron aquí las delicias de la naturaleza las que diariamente ofrecían al muchacho nuevos estímulos para su disfrute. La impresión más profunda que se llevó el joven filósofo se la proporcionaron los Alpes. En Chamonix atormentó a su padre para que le permitiera quedarse atrás, allí, a solas; y todavía en su vejez lo ensombrecía una nostalgia extraordinaria cuando la conversación recaía en el Montblanc.
dotados —dice Schopenhauer—14 tiene su símbolo en el Montblanc, cuya cima está casi siempre nublada; pero cuando en ocasiones, sobre todo temprano en la mañana, se rompe el velo de nubes y la montaña enrojecida por la luz del sol domina Chamonix desde su inmensa altura celeste por encima de las nubes, ofrece un espectáculo que conmueve profundamente el corazón de cualquiera que lo ve. De la misma manera, el genio, casi siempre melancólico, de cuando en cuando es capaz de mostrar la serenidad que sólo a él le es posible mostrar —debida a la perfecta objetividad del espíritu de donde nace—, cerniéndose cual un resplandor luminoso sobre su alta frente:
in
tristitia hilaris, in hilaritate tristis
».15Cuán lejos queda esa gravedad melancólica del joven de la vulgar afectación por el dolor del mundo lo demuestra su vida entera; ya en 1806 le escribe su madre sobre el saqueo de Weimar: «Podría contarte cosas que te pondrían los pelos de punta; pero no lo haré, pues bien sé cuánto te gusta cavilar sobre la miseria humana».16 Si pensamos en la plenitud de las fuerzas y en la feliz situación externa del muchacho, no podremos elogiar lo suficiente este pesimismo suyo tan precoz, pues bien se observa que era característico de una verdad nacida de su ser más íntimo.
Después de recorrer Suiza entera en junio de 1804, el viaje prosiguió por Suabia y Baviera hasta Austria. De lo difícil que les resultó entrar en el país del emperador da cuenta el diario de viaje de Arthur.
Después de haber visitado en profundidad la capital imperial y después, asimismo, de una excursión a Preussburg, emprendieron el viaje de regreso por Moravia, Bohemia, Silesia y Sajonia. Gran placer le proporcionó a Arthur una excursión a pie en la comarca de los Montes Gigantes. «Apasionante, grande y exultante», calificó al Schneekoppe a la salida del sol.
Más tarde, desde Berlín, Arthur acompañó a su madre hasta Dánzig, donde en la venerable Marienkirche en la que había recibido el bautizo lo confirmó el diácono Blech. En diciembre regresó a Hamburgo y, pasado el Año Nuevo de 1805, entró en casa del senador Jenisch como aprendiz de comercio. Pocos meses después acaeció la repentina muerte de su padre. La manera en que sucedió —cayó al canal desde lo alto de la compuerta de un granero— levantó sospechas y corrió el rumor de que se había quitado la vida voluntariamente en un ataque de depresión causado por imaginaciones suyas sobre pérdidas ficticias o reales de su fortuna. En los últimos años de su vida, aunque no padeció trastornos anímicos propiamente dichos, sí lo acometían morbosos estados de angustia y pérdidas pasajeras de memoria; además, se volvió cada vez más irritable y violento debido a una notable sordera. Reiteradas observaciones de su viuda y de su hijo —que yo supe de manera indirecta, pues a este último nunca le he preguntado nada a propósito de aquel suceso mortal— apenas dejan lugar a dudas de que el rumor del suicidio estaba bien fundado.
Esta muerte dio a la viuda y al hijo una libertad que pronto condujo a ambos —cada uno según su carácter— a tomar caminos opuestos. Ya al año siguiente, la primera se trasladó a Weimar acompañada de su hijita de ocho años, Adele. La ciudad en la que se
quedó su hijo apenas crecido le había dejado de gustar; cuantas personas tenían aspiraciones intelectuales se mudaban a la denominada «corte de las musas» alemana, puesto que era allí el lugar principal donde podían establecerse todas las relaciones e influencias. Esto aconteció con un éxito que sobrepasó con mucho las expectativas de Johanna. Catorce días antes de la batalla de Jena, sin tener idea de la tormenta que se avecinaba, Johanna llegó a Weimar; y catorce días después, gracias a la firme unión que proporcionan las grandes experiencias sufridas en común, además de su amabilidad y sus talentos, se había ganado ya la amistad de todas las celebridades de la ciudad. El tiempo que siguió a estos hechos fue para ella, como dijo Adele, «una segunda primavera espiritual, pues el cielo le concedió en esa época lo que sólo suele conceder en la frescura de la juventud. Con los sentimientos más cálidos y despreocupados se asomó a un nuevo mundo que hasta entonces había permanecido desconocido para ella, pero un mundo que había ansiado desde hacía mucho; sorprendida por la fuerza repentina de sus facultades, por su talento que hasta entonces estaba dormido, despierto de una vez por todas, gozó del aprecio de los hombres más sobresalientes de la época mientras iba ganando a diario nuevas amistades, en parte procedentes del mismo Weimar, en parte procedentes de otros lugares, pero todos terminaban por visitarla. Ella gustaba y sabía tratar bien a cuantos la rodeaban. Le había quedado la suficiente fortuna como para vivir con comodidad y para permitirse el lujo de agasajar casi a diario en su salón a su amplio círculo de amistades. Su trato sin pretensiones, pero al mismo tiempo interesante, convirtió su casa en el epicentro de una intensa actividad intelectual y de una extraordinaria camaradería del alma; allí todo el mundo se sentía bien acogido, como en familia; sin complejos, cada cual podía dar de sí lo que mejor quisiera. Ella misma nombra en el esquema de sus memorias una parte de las personas importantes que veía en aquel entonces; incontables personas más acabaron viniendo después, y a lo largo de muchos años, a pesar de los avatares exteriores, se mantuvo posado sobre su casa un reflejo de aquellos años felices, a semejanza de un postrero rayo de sol».17
Su salón reunía dos veces por semana a hombres como Goethe, Wieland, Heinrich Meyer, Falk, Fernow, los dos Bertuch, Zacharias Werner, Friedrich Mayer, Froriep, St. Schütze, Riemer, Grimm, el príncipe Pückler, los dos Schlegel y muchos otros. Además, todos los extranjeros importantes que pasaban por Weimar eran presentados en casa de Johanna. También la veían con sumo agrado en la corte —lugar al que se le permitía asistir merced a un permiso especial y de manera excepcional, pues ella era burguesa—. Gozaba de la amistad de la duquesa Amalia, de Carlos Augusto y su mujer, de los duques de Gotha, del entonces gran duque heredero de Mecklenburgo y Schwerin, así como de la duquesa de Hildburghausen. Entre todos, quien se hallaba más cercano a ella fue Karl Ludwig Fernow,18 el cual también ejerció una gran influencia en el hijo. Con la biografía de Fernow, Johanna inauguró más adelante su carrera literaria; en pocos años llegaría a ser una de las escritoras más apreciadas de Alemania.
Entretanto, el hijo, profundamente conmocionado por la repentina muerte de su querido padre y por piedad hacia aquél, prosiguió aparentemente con el odiado aprendizaje comercial; si bien con tan constantes reticencias que poco a poco fueron
adquiriendo el carácter de una profunda melancolía. En verdad, descuidaba sus trabajos en la contaduría y se las ingeniaba para engañar a su principal de todas las maneras posibles, ya fuera escondiendo bajo su pupitre su trato con las musas, o fuera que, en vez de quedarse en el almacén, asistiera a las lecciones de frenología de Gall. La posibilidad de rechazar entonces la profesión que sabía equivocada, de alcanzar todavía el propósito de su existencia, no se le ocurrió dadas las heterogéneas circunstancias y ocupaciones. Desesperaba de sí mismo, quejándose con amargura de su profundo malestar. Entonces recibió ayuda de lejos. La madre había pedido consejo, le había entregado una de las cartas del hijo a su amigo Fernow y éste le escribió a ella enseguida diciéndole que Arthur podía cambiar la situación, que de ninguna manera era demasiado tarde todavía. Un torrente de lágrimas brotó de los ojos del joven al leer la carta que le mandó la madre y —quizás la única vez en su vida— se decidió sin dudarlo.19 Apenas es necesario mencionar que Johanna Schopenhauer no opuso ningún reparo a aquella decisión; más bien deseó suerte de todo corazón a su hijo por la rápida decisión y lo apoyó maternalmente con toda clase de ayuda y consejos. Por recomendación de Fernow, Arthur se trasladó a Gotha, donde brillaban Friedrich Jacobs, el famoso humanista, y el filólogo Fr. Wilhelm Doering, conocido por sus ediciones de Horacio y Catulo. El último lo inició rápidamente en las lenguas clásicas con clases privadas, y muy pronto tuvo la ocasión de pronosticarle un brillante futuro de erudito a la vista de los rápidos progresos realizados. Jacobs, por su parte, se sorprendió mucho de la madurez de sus redacciones en alemán. Estos éxitos le devolvieron la entera elasticidad de su espíritu y todo el valor juvenil, pero a la vez también le depararon una humillación inesperada. Un profesor del instituto al que él apenas conocía personalmente, un tal Schulze, había dicho algo ofensivo sobre el grupo de alumnos al que Schopenhauer se sumaba en las lecciones de alemán. El nuevo alumno osó mofarse del profesor, aunque fue en privado; pero alguien se lo contó al interesado y Doering se sintió obligado, por deferencia hacia su colega, a suspender las clases particulares con el revolucionario. Schopenhauer no quiso permanecer en el instituto bajo estas circunstancias y tras apenas medio año de estancia allí le dio la espalda a Gotha. Estaba a punto de finalizar 1807 cuando regresó a Weimar. Su madre le había dejado a su libre discreción que eligiera Altenburg o Weimar para proseguir sus estudios, aunque para sí prefería que fuera a Altenburg, donde en aquella época destacaban los profesores Messerschmidt y Matthiä; pero él prefirió quedarse en Weimar —puesto que ésta ya había ejercido también sobre su persona su poderosa fuerza de atracción— a fin de prepararse para ingresar en la universidad estudiando por su cuenta bajo la dirección del todavía joven pero extraordinario grecista Passow. Sin embargo, no se trasladó a casa de su madre y, por cierto, esto ocurrió así según la expresa voluntad de ella; el 13 de diciembre de 1807 escribió a su hijo con estas palabras:
«Y ahora voy a hablarte de tu relación aquí conmigo. Me parece que lo mejor es decirte sin ambages lo que deseo, con toda franqueza, a fin de que nos entendamos enseguida. Ni por un solo momento has de dudar de que te quiero de verdad, te lo he demostrado hasta ahora y te lo seguiré demostrando mientras viva. Saber que eres feliz es necesario para mi felicidad, pero no necesito ser testigo de ello. Siempre te he dicho que sería muy difícil convivir contigo, y cuanto más de cerca te observo, más se agudiza, al menos para mí, esa dificultad; no