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La estatura de Schopenhauer quedada por debajo de la media, su estructura ósea era rechoncha y fuerte; la figura, sin embargo, en sus años mozos, esbelta; el pecho se erguía enérgico entre los anchos hombros y su voz conservó hasta su muerte una potencia inusual. Las manos eran pequeñas y expresivas. El pelo, de color rubio pajizo, de joven le caía encaracolado sobre la frente, según la moda de entonces. Siendo estudiante lucía un corto bigotito sobre el labio superior. Las patillas largas rojizas de su época adulta armonizaban con las gafas de oro que, sin embargo, nunca llevaba puestas de continuo, y de las que prescindió del todo después de cumplir los cincuenta años. La boca era en su juventud llena y bella; pero más tarde, con la pérdida de los dientes, se le ensanchó. La nariz era de corte especialmente regular y fino, amplia en las aletas, aristada en la raíz, descendiendo recta del hueso frontal en suave ángulo. Las cuencas de los ojos eran grandes y llamativamente separadas una de otra, de forma que él apenas si podía usar unas gafas normales. Ojos azules muy brillantes transfiguraban la impresionante cabeza. La medida de ésta no guardaba ninguna proporción con la del esqueleto. Junto al cráneo de Schopenhauer un cráneo normal casi parece el de un muchacho.

Su mirada era de tal fuego, de tamaña belleza espiritual que, sobre todo en sus años jóvenes, llamaba la atención involuntariamente. Cuando tenía 29 años de edad se le acercó un señor mayor al que él no conocía sólo para decirle que llegaría a ser alguien importante. Un italiano, completamente desconocido, le dijo estas palabras: «Signore, lei debe avere fatto qualche grande opera: non so cosa sia, ma lo vedo al suo viso» («Señor, seguro que usted ha hecho una gran obra; no sé cuál será, pero lo veo en su rostro»). Un inglés, habiéndolo mirado apenas, expresó que él debía de tener un espíritu extraordinario. Un francés dijo de repente de él: «Je voudrais savoir ce qu’il pense de nous autres; nous devons paraître bien petits à ses yeux, c’est qu’il est un être supérieur» («Me gustaría saber qué piensa él de todos nosotros; a sus ojos debemos parecer muy pequeños, puesto que es un ser superior»). El hijo de una familia inglesa de paso por Alemania y sentada en el mismo comedor que Schopenhauer, exclamó en voz alta: «No, I’ll sit here, I like to see his intellectual face!» («No, yo quiero sentarme aquí, me gusta ver su rostro intelectual»). Tales cosas le pasaban a menudo, pues su rostro resplandecía de espíritu. Callaba él, se parecía a Beethoven; si, en cambio, se entregaba a la conversación, entonces teníamos delante a Voltaire.

Su porte era enteramente aristocrático. Siempre aparecía perfectamente vestido y atildado: frac negro, que él prefería porque hacía más estilizada su pequeña estatura, fular blanco al cuello y zapatos. A pesar de los cambios de la moda, hasta su muerte se vistió siempre con el mismo corte de ropa que se llevaba en su juventud. El sobretodo con el cuello alto y vuelto cortado por delante en picos se renovaba rigurosamente

siguiendo siempre el viejo patrón. Usaba, además, un sombrero de copa, y en verano, un sombrero de paja de alas anchas. Con todo, que con semejante atuendo de la época Biedermeier no resultara excesivamente llamativo se debía a que lo había adoptado y subordinado por entero a su personalidad.

En los últimos diez años de su vida lo retrataron muchas veces. El busto modelado en 1859 por Elizabeth Ney75 directamente del natural, dejando aparte el acabado algo

inseguro, transmite mucho de la espléndida fuerza intelectual del original. De verdad que uno no cree tener delante a un anciano de más de setenta años. En cambio, la forma del rostro no es del todo exacta porque Schopenhauer no quiso someterse a la mecánica del vaciado. Él mismo expresó su juicio sobre el busto en una carta al doctor Lindner76

fechada el 21 de noviembre de 1859: era «de tan gran parecido y estaba bellamente modelado que aquí ha maravillado a todos».

El retrato más antiguo que se conserva de él, una descolorida acuarela, lo representa con 21 años de edad y ofrece pocos indicios para la comparación.77 La litografía

publicada en Berlín por Sachse & Co., realizada según el óleo a tamaño natural pintado por el extraordinario artista francés y amigo del filósofo durante muchos años, Julius Lunteschütz,78 tiene el mérito de haber duplicado en primer lugar los rasgos del gran

pensador; el contenido intelectual de su cabeza, sin embargo, no podrá reproducirlo jamás. El cuadro original, que es mucho mejor, se halla en manos del hacendado C. F. Wiesike de Plauerhof, uno de los incontables «fanáticos» seguidores de nuestro filósofo; tal y como Schopenhauer le contó a Frauenstädt el 17 de agosto de 1855 y a Adam von Doß el 27 de febrero de 1856, «este señor quiere mandar edificar una casa sólo para ese cuadro (“mi primera capilla”)»;79 además, le regaló al maestro por su septuagésimo

cumpleaños un gran cáliz de plata.80

Otro retrato al óleo lo pintó Julius Hamel,81

acerca del cual, sin embargo, Schopenhauer le escribió a Frauenstädt el 14 de agosto de 1856 que era una «caricatura». Un retrato al óleo lleno de espíritu y que técnicamente es una obra de arte, el último pintado del natural, lo concluyó Angilbert Goebel82

en 1859; él mismo preparó el grabado, luego distribuido en láminas de pequeño tamaño.

En lo que respecta al parecido, se explica que una cabeza así, su entero y verdadero saber no puede ser trasladado a un lienzo, y que el artista ya agota su trabajo sólo con que logre representar una parte de lo que hay en aquélla convirtiéndola en vivencia intuitiva. De ahí que sea bueno que también tengamos imágenes de él conseguidas por vía mecánica. El bello invento de Daguerre dio al sabio solitario la primera oportunidad de brindar a la posteridad sus rasgos. Los muchos daguerrotipos, más o menos conseguidos, que fue haciéndose a lo largo de varios años, los legó Schopenhauer a la Biblioteca Estatal de Fráncfort; en la escalera principal de esta institución, como regalo de su heredera testamentaria, la Fundación para el Fondo Popular de Asistencia a los Soldados Prusianos en Berlín», ha encontrado también un lugar muy apropiado el busto que le hiciera la escultora Ney.

La fotografía realizada por J. Schäfer cuando Schopenhauer tenía 70 años, esta imagen tomada del natural y reproducida más tarde en grabado sólo del busto, consigue en lo que atañe a fidelidad y claridad lo máximo a lo que podía llegar este arte en aquella

época (1860).83

Notas

75. La escultora Elisabeth Ney (1833-1907) era sobrina del célebre mariscal francés Michel Ney, leal a Napoleón Bonaparte y fusilado por ello en 1815. La joven escultora conoció el pensamiento de Schopenhauer a causa de su interés por la filosofía de la India. Las sesiones de posado para el busto duraron cerca de cuatro semanas. Algunos años después de modelar el busto de Schopenhauer, la Ney modeló también los de Bismarck y Garibaldi, entre otros muchos. Fue una aventajada alumna del escultor Christian Daniel Rauch (1777-1857).

76. Ernst Otto Lindner escribió junto con Julius Frauenstädt uno de los primeros libros testimoniales sobre Schopenhauer: Arthur Schopenhauer. Von Ihm. Ueber Ihm [«De él. Sobre él»], Berlín, 1863.

77. Gwinner se refiere sin duda a un retrato en miniatura de Schopenhauer con 21 años que el pintor Carl Friedrich Kaaz pintó en 1809, en Weimar, en casa de Johanna Schopenhauer.

78. Jules (primeramente Isaac) Lunteschütz (1822-1893), hijo de un rabino francés, pintor nacido en Besançon que retrató varias veces a Schopenhauer, con quien mantuvo una buena relación de amistad.

79. N. del A. Wiesike ha cumplido su propósito si consideramos que colgó el cuadro en la biblioteca de su nueva casa, Margaretenhof, en el lago de Plauer.

80. N. del A. El cuadro y el cáliz, devueltos a Wiesike al morir Schopenhauer, fueron cedidos según determinación testamentaria al Museo Germánico de Nuremberg.

81. Julius Hamel (1834-1907), retratista y pintor de cuadros con motivos históricos. Con 22 años pintó un primer retrato de Schopenhauer que no gustó al filósofo: «Parezco un alcalde de pueblo», afirmó al respecto. Pero Hamel lo retrataría más veces, incluso llegó a pintarlo desde el recuerdo, una vez muerto Schopenhauer.

82. Angilbert Goebel (1821-1882), pintor y grabador. Retrató a Schopenhauer en varias ocasiones. Este retrato de 1857-1859 al que se refiere Gwinner con tanto afán no gustó al filósofo, que dijo: «El retrato de Goebel es ciertamente idéntico y muy bueno, pero sin ninguna idealidad. Parezco un viejo sapo».

83. Se conservan dos fotografías tomadas por J. Schäfer en abril de 1859, así como algunos negativos más que no gustaron a Schopenhauer y nunca se publicaron.

I V

Cómo hablaba

Heráclito dice en un fragmento de los conservados por Estobeo (Flor. ed. Gaisf. III, 48): «Todavía no ha habido ningún sabio que haya conseguido vivir en completa soledad; sólo puede proceder así un dios o un animal». Cuando menos, nuestro amigo se las arregló para corroborar la oscura reliquia del oscuro filósofo efesio: su propia vida podría ser tomada como una apropiadísima nota al pie de esta cita, puesto que el mayor grado de aislamiento que es posible para el temperamento sanguíneo Schopenhauer no llegó a alcanzarlo como otros, en la vejez, sino en la denominada «mejor edad» del hombre adulto, durante la primera mitad de su residencia en Fráncfort. El tercer lustro desde la aparición de El mundo como voluntad y representación se había esfumado ya, así que no tuvo más remedio que olvidar la esperanza de hallar reconocimiento por parte de la especie con la que convivía. El tiempo en que esperó hallarlo pasó más o menos raudo para él bajo la influencia de las grandes y variadas impresiones de sus largos viajes y, desde el regreso a Berlín, también en el torbellino de la vida en la gran ciudad. Pero mientras que en Berlín la estrella de Hegel estaba en lo más alto y Schleiermacher dominaba el resto de los intereses filosóficos no absorbidos por aquél, Schopenhauer se veía aquí, en el centro de Alemania, en un entorno que le era totalmente heterogéneo, dejado por entero a su propio cuidado.

Más que en las estaciones anteriores, en Fráncfort vivió como un extranjero y evitó cualquier contacto con los intereses locales. De ahí que su trato con las personas se mantuviera en una esfera fría y formal y un ancho abismo lo separase de las grandes multitudes que, año tras año, iban poblando su entorno más cercano. Para todas esas pequeñas cuestiones cotidianas que se muelen en el molino de las conversaciones colectivas, para ese variopinto intercambio de noticias, para lo que, en definitiva, suele denominarse «habladurías» o «cotilleos», él no tenía ningún sentido. Su vida social, limitada casi exclusivamente al diálogo, se circunscribía, también en este caso, gustosamente a lo más excelso, a eso que se mantiene incólume frente al cambio constante de las cosas. Como filósofo nato que era, filosofaba siempre en cualquier lugar, de manera instintiva. Formar pensamientos constituía su elemento vital, en esta actividad era en la que más seguro y complacido se sentía. Sin embargo, nunca hablaba con frases abstractas, su discurso era intuitivo, sencillo, preciso, ligero y vivaz; igual que su estilo. Sin participar de la cantidad de intereses, cuidados, penas y alegrías de la vida de familia, y sólo siguiendo en parte los acontecimientos generales de la vida pública, la fuerza entera de su conversación se concentraba en eso que los antiguos llamaban dialéctica, es decir, el arte de conducir el discurso en el territorio del pensamiento puro, una definición que, en contra de la vergonzosa perversión que efectúan los filósofos modernos con las palabras, sólo la ha mantenido Schopenhauer junto a Schleiermacher.

Su manera de dialogar se inclinaba fuertemente a lo que Schleiermacher denomina «pensamiento artístico», es decir, durante la comunicación colocaba sus pensamientos de manera espontánea bajo puntos de vista estéticos, una característica que naturalmente ni lo más mínimo tiene que ver con el discurso meramente retórico. Para poner en juego los afinados registros de su intelecto, él no necesitaba el servicio de las categorías, y tampoco, por supuesto, la abstracta jerga de una escuela; hablaba libremente, animado por la oculta fecundidad de una construcción de ideas armónica, igual que supieron hacerlo los antiguos pensadores. No desconocía que la verdad, cuando pasa de la boca al oído, se inclina ante su postrer criterio, la belleza: tiene que gustar; por supuesto que también ha de tener en consideración el mayor de los grados, el ético. Pues cuando nos preguntamos dónde tiene su raíz en primer y último término ese placer en el discurso, tendremos que decir: es la vida íntima del alma tal y como entra en la esfera de la palabra la que nos embelesa y satisface. La seriedad más honda y la belleza más excelsa del discurso convergen ambas en el punto álgido del sentimiento, donde habla el hombre entero y no sólo su boca o su cabeza o cualquier otro estado de ánimo o excitación transitoria y circunstancial.

Así, la manera de hablar de Schopenhauer, tal y como la vivían todos —si exceptuamos la validez objetiva de sus singulares juicios a menudo tan unilaterales—, poseía una íntima y anormal fuerza de convicción cuyo encanto no era raro que gustase a la mayoría de los interlocutores a poco que se entregasen a él. Cuando hablaba, él mismo aportaba una brillante objeción contra su propia doctrina de la nulidad de la vida individual, puesto que hablando demostraba ser enteramente persona y cuanto más profundamente pensaba, más individual parecía a quien lo escuchaba. Era yo todavía muy joven cuando en el año 1847 lo oí hablar por primera vez. Me sentaba cerca de él en la mesa del restaurante; no lo conocía ni tampoco sabía quién era. Demostraba a alguien el principio de la lógica, la ley de la identidad y de la contradicción; y aún tengo muy viva en el alma la extraña sensación de haber oído hablar a alguien de la proposición «A = A» y mientras tanto haberle visto poner una cara como si estuviera hablando del amor con su amante.

En todo momento se entregaba por entero a lo que decía, sin prestar atención a lo que al mismo tiempo sucedía a su alrededor. Filisteos que se sentaban allí, mirando cómo se evaporaba el humo de sus cigarros, sentían en general gran incomodidad por tener a una persona junto a ellos para quien hablar no parecía un entretenimiento, sino más bien una profesión, una persona que incluso hasta podía acalorarse por las cosas más indiferentes como si le fuera una fortuna en ello. Pero aun siendo tan subjetivo y apasionado su trato, si sucedía algo que fuera capaz de atrapar su atención, se lo veía enmudecer de repente y volverse objetivo y abstraído en un grado tal que es completamente ajeno a la dispersión dominante en la mayoría de las personas. Así me acuerdo de que en cierta ocasión estaba yo sentado junto a él y le hablaba cuando, de pronto, cambió su rostro al ver a su perrito faldero que en aquel momento entraba en la habitación y me miraba fijamente y con toda atención, igual que a una persona a la que todavía no conocía bien. Yo guardé silencio y él, sólo después de una larga pausa, tomó la palabra de nuevo con la pregunta: «¿Ha

visto usted la mirada del animalito?».

Con los objetos del diálogo se mostraba menos escrupuloso, puesto que lo más pequeño y común sabía ponerlo en conexión directa con lo más importante y significativo. Sólo evitaba las conversaciones eróticas, y si por un casual se veía arrastrado alguna vez a este asunto, procuraba pasar página cuanto antes, puesto que esto contrariaba el primer principio de su arte de saber vivir: no entrar en un terreno en el que el peligro de encanallarse es demasiado grande. Sobre todo constituía una marca apreciable y una ventaja, en modo alguno pequeña, de su comunicación el hecho de que nunca ocultara la aristocracia innata de su espíritu; antes bien, avergonzaba a cualquiera que tuviera la más secreta merma en esta dirección, como si el trato con este interlocutor fuera un descenso de su mejor naturaleza. Pero, precisamente, este desconsiderado desabrimiento con el que en toda ocasión hacía ver a aquél con quien hablaba el vasto abismo existente entre su manera de pensar y de sentir y las maneras vulgares, lo aislaba de nuevo; así que su relación con la gente era, por lo general, de corta duración y de final violento. Su dureza aumentaba en la medida en que se topase con ese intellectus

vulgaris, rutinario y respondón que, en el servicio del frente de la voluntad, se siente tan

seguro como el siervo impertinente de un amo acaudalado. A esta suficiencia práctica, típica del entendimiento vulgar humano, Schopenhauer le oponía el crudo corte de la grosería, puesto que, dada la completa desigualdad de las armas desde el comienzo, una batalla honesta le parecía imposible. Como consecuencia de ello, a menudo se enzarzaba con algunos compañeros de mesa muy inteligentes e instruidos.

No raras veces lamentaba vivamente esta gente inteligente que un hombre de su talento estuviera tan perdido para la vida; él, en cambio, no tenía esta pérdida por mala ganancia, puesto que pensaba con Tomás de Kempis (según Séneca, Epístola VII): «quoties inter homines fui, minor homo redii».84

Cierto es que Goethe dijo que el diálogo es aún más confortante que la luz; sin embargo, es mejor no hablar en absoluto que mantener una conversación tan ramplona y ruda como las que son habituales por lo común, conversaciones en las que las tres cuartas partes de lo que a uno se le ocurre no es lícito decirlo a causa de miramientos tan ridículos como necesarios; así que la conversación, en realidad, no termina siendo otra cosa que un tortuoso saltar la cuerda sobre la pequeña línea de lo poco que está permitido decir. Por lo general toda conversación deja tras de sí —excluyendo la conversación con los amigos o con la amada— un regusto desagradable, una leve molestia de la paz interior. En cambio, el intelecto que se ocupa consigo mismo deja detrás de él un eco agradable. Si trataba con las personas, Schopenhauer solía encontrar sus opiniones falsas en su mayoría, débiles o inertes, al igual que el mísero lenguaje de sus espíritus. Si se relacionaba con la naturaleza, en cambio, ésta, verdadera y clara, le entregaba el ser entero de cada cosa de la que habla, perceptible e inagotable; y con él habla el lenguaje de su espíritu. En todo momento, a Schopenhauer lo ocupaban sus pensamientos y cómo transmitirlos de manera correcta y vivaz; pero la mayoría de las personas no se halla en el mismo caso: carecen de un franco interés para pensar y hablar en libertad, de ahí que sean incapaces de dotar a lo que dicen de viveza y de verdadera unidad. Les sobra mucha atención para lo inmediato y cercano, tanta como a

aquél no le cabía ni imaginar. Mientras que la vista de este último se fijaba en un solo

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