• No se han encontrado resultados

Donde Esta La Riqueza

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "Donde Esta La Riqueza"

Copied!
199
0
0

Texto completo

(1)
(2)

¿Dónde está la riqueza?

La revolución de los emprendedores peruanos

(3)

NANO GUERRA-GARCÍA

¿Dónde está la riqueza?

(4)

NANO GUERRA-GARCÍA

¿Dónde está la riqueza?

(5)

Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.

¿Dónde está la riqueza? La revolución de los emprendedores peruanos

© 2010, Nano Guerra-García. © 2010, Editorial Planeta Perú S. A. Av. Santa Cruz 244, San Isidro, Lima, Perú. www.editorialplaneta.com.pe

Cuidado de edición: Mayte Mujica Corrección de estilo: Juan Carlos Bondy Diseño de cubierta: Martín Arias Diagramación: Daniel Torres Primera edición: noviembre de 2010 Tiraje: 10.000 ejemplares

ISBN: 978-612-4070-16-7

ISBN: 978-879-3412-19-4 (formato e-book) Registro de Proyecto Editorial: 31501311000074

Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº 2010-12942 Digitalizado y Distribuido por Saxo.com Perú S.A.C.

www.saxo.com/es yopublico.saxo.com Telf: 51-1-221-9998

Dirección: Av. 2 de Mayo 534 Of. 304, Miraflores Lima-Perú

Impreso en Metrocolor S. A. Los Gorriones 350, Chorrillos.

Índice

Presentación ... 7

Piura, Mercado El Anexo,

13 de noviembre de 2010 ... 11

Capítulo 1

El escrito de Simón ... 13

Capítulo 2

Nuestro Silicon Valley ... 31

Capítulo 3

Orden y seguridad: pretextos para atacarnos ... 49

Capítulo 4

¿Por qué pagamos impuestos? ... 93

Capítulo 5

El peor enemigo está dentro de uno ... 137

Capítulo 6

Enfrentando a los enemigos del carajo ... 165

Epílogo ... 195

(6)

Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.

¿Dónde está la riqueza? La revolución de los emprendedores peruanos

© 2010, Nano Guerra-García. © 2010, Editorial Planeta Perú S. A. Av. Santa Cruz 244, San Isidro, Lima, Perú. www.editorialplaneta.com.pe

Cuidado de edición: Mayte Mujica Corrección de estilo: Juan Carlos Bondy Diseño de cubierta: Martín Arias Diagramación: Daniel Torres Primera edición: noviembre de 2010 Tiraje: 10.000 ejemplares

ISBN: 978-612-4070-16-7

Registro de Proyecto Editorial: 31501311000074

Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº 2010-12942 Impreso en Metrocolor S. A.

Los Gorriones 350, Chorrillos. Lima, Perú.

Índice

Presentación ... 7

Piura, Mercado El Anexo,

13 de noviembre de 2010 ... 11

Capítulo 1

El escrito de Simón ... 13

Capítulo 2

Nuestro Silicon Valley ... 31

Capítulo 3

Orden y seguridad: pretextos para atacarnos ... 49

Capítulo 4

¿Por qué pagamos impuestos? ... 93

Capítulo 5

El peor enemigo está dentro de uno ... 137

Capítulo 6

Enfrentando a los enemigos del carajo ... 165

Epílogo ... 195

(7)

¿Dónde está la riqueza?

Presentación

Capaz se pregunta quién soy yo y la razón por la que hago esta pre-sentación. Se la haré saber con la siguiente narración:

El viernes 17 de abril del 2008 fui de viaje a la ciudad de Ilo desde Moquegua, a la oficina de radio Altamar. Entró también Her-nando Guerra-García Campos. Lo reconocí, le pedí que se acercara, lo saludé, conversamos, lo entrevistó el periodista Ordóñez, salió y me invitó a su charla. Llegué al anfiteatro en la tarde y pude escu-char la disertación de Nano y la participación de Nicolasa. El lunes 25 de octubre de 2010, mi amigo Nano me pidió que hiciera esta presentación. Le respondí: «Así como digo en tu obra: “Será un honor”».

Nací desmayado en la ciudad de Moquegua, pues tuve anoxia cerebral, es decir, le faltó oxigeno a mi cerebro, lo que me trajo como consecuencia una atrofia muscular. Estudié en la Escuela Án-gela Barrios de Espinosa durante cinco años. Salí de ahí porque tar-daba en escribir a causa de esa dolencia. En 1997, me dio parálisis facial. En 1998, el fallecimiento de mi madre me causó, como es de esperarse, un profundo y gran dolor. Lo único que me sacó de eso fue el gusto por el estudio.

Al año siguiente de terminar mis estudios, viajé a la sierra para sanarme de la parálisis facial y la atrofia muscular. No pude curar-me, pero me quedé cuidando el ganado de mi padre y aprendien-do su oficio de observaaprendien-dor meteorológico. En 2002, escribí un cuento largo intitulado: «El niño excepcional que tuvo miedo a la muerte». Al siguiente año, trabajé en el Servicio Nacional de Me-teorología e Hidrología del Perú (Senamhi). En ese tiempo estu-dié también libros sobre psicología, éxito, literatura y otros temas. Nació en mi alma el deseado sueño de crear una gran empresa y ser un escritor.

(8)

¿Dónde está la riqueza?

Presentación

Capaz se pregunta quién soy yo y la razón por la que hago esta pre-sentación. Se la haré saber con la siguiente narración:

El viernes 17 de abril del 2008 fui de viaje a la ciudad de Ilo desde Moquegua, a la oficina de radio Altamar. Entró también Her-nando Guerra-García Campos. Lo reconocí, le pedí que se acercara, lo saludé, conversamos, lo entrevistó el periodista Ordóñez, salió y me invitó a su charla. Llegué al anfiteatro en la tarde y pude escu-char la disertación de Nano y la participación de Nicolasa. El lunes 25 de octubre de 2010, mi amigo Nano me pidió que hiciera esta presentación. Le respondí: «Así como digo en tu obra: “Será un honor”».

Nací desmayado en la ciudad de Moquegua, pues tuve anoxia cerebral, es decir, le faltó oxigeno a mi cerebro, lo que me trajo como consecuencia una atrofia muscular. Estudié en la Escuela Án-gela Barrios de Espinosa durante cinco años. Salí de ahí porque tar-daba en escribir a causa de esa dolencia. En 1997, me dio parálisis facial. En 1998, el fallecimiento de mi madre me causó, como es de esperarse, un profundo y gran dolor. Lo único que me sacó de eso fue el gusto por el estudio.

Al año siguiente de terminar mis estudios, viajé a la sierra para sanarme de la parálisis facial y la atrofia muscular. No pude curar-me, pero me quedé cuidando el ganado de mi padre y aprendien-do su oficio de observaaprendien-dor meteorológico. En 2002, escribí un cuento largo intitulado: «El niño excepcional que tuvo miedo a la muerte». Al siguiente año, trabajé en el Servicio Nacional de Me-teorología e Hidrología del Perú (Senamhi). En ese tiempo estu-dié también libros sobre psicología, éxito, literatura y otros temas. Nació en mi alma el deseado sueño de crear una gran empresa y ser un escritor.

(9)

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

En julio de 2007, dejé de laborar, pues anhelaba llegar a mis metas. Desde que volví a Moquegua, tuve muchos problemas fami-liares y me dio depresión nerviosa en varias ocasiones. Sin embargo, leyendo libros sobre psicología y éxito, pude vencer esta dolencia mental. Después, escribí obras literarias en las que expongo ideas positivas. Con algunas de mis obras he obtenido el reconocimiento del Instituto Nacional de Cultura (INC) en su filial de Moquegua.

Ahora escribo obras literarias y actúo ¡para que sea mejor la hu-manidad!, ¡para realizarme en la vida!, ¡para ser feliz! y ¡lograr mis objetivos! Y tengo el honor de presentarle esta obra en la que Nano se enfrenta a la complicación para formalizar Somos Empresa cuan-do halla una ideología.

El fondo de la obra comunica la ideología emprendedora, plan-tea y da las características de un gobierno emprendedor, a fin de solucionar los problemas económicos, morales, educativos y otros de la nación peruana. El mensaje es un planteamiento de cambio del hombre hacia el pensamiento emprendedor, para tener éxito en la globalización, en el negocio, entre otras cosas. Según mi opinión, el libro es superior a una novela, pues, mientras va desarrollando una historia ficticia combinada con algunos hechos reales, expone la ideología emprendedora.

La palabra emprendedor está estrechamente ligada con la expre-sión francesa entrepreneur, que aparece a comienzos del siglo XVI. El término se extiende en el siguiente siglo a los constructores de obras. El emprendedor fue definido en 1732 en el Diccionario de

autoridades como: «La persona que emprende y se determina a hacer

y ejecutar con resolución y empeño, alguna operación considerable y ardua».

En el siglo XVIII, Richard Cantillon introduce un nuevo signifi-cado: «Voluntad o capacidad de enfrentar la incertidumbre». Segui-damente, se generalizó el uso de la palabra emprendedor para desig-nar a los que tomaban riesgos económicos. Jean-Baptiste Say ayudó bastante para su difusión. Ese concepto duró hasta el siglo XX.

Con Joseph Schumpeter se renueva el significado, pues propone que el emprendedor es la capacidad de convertir innovaciones desde un invento a un producto práctico. Entonces, son emprendedores Robert Fulton, que innovó la navegación con el barco a vapor, o Walt Disney, que renovó los dibujos animados.

En el Perú, han habido varios promovedores del ideal empren-dedor, y entre ellos está Nano Guerra-García Campos. Él ha ido encontrando en diversos espacios del Perú a los emprendedores o, como él los denomina, los héroes del carajo. Individuos que, en algu-nos casos, a pesar de los inconvenientes económicos, la falta de ca-pital, los problemas que provocan algunas instituciones públicas, el tener un problema de salud o el no obtener el apoyo de instituciones gubernamentales, han ido creando negocios y empresas formales e informales, para vivir con mayor comodidad, para lograr sus obje-tivos y ser realizados.

Tal vez usted es de las personas que piensan que, para crear una empresa o lograr un gran sueño, deben tener algunas cosas impor-tantes y, como no las poseen, tienen una excusa para no tratar de lograrlas. Por ejemplo, dice: «No soy joven», pero Ray Kroc inició la cadena de hamburguesas cuando tenía cincuenta y dos años. Qui-zá piensa: «No soy adulto», pero Steve Jobs creó la empresa Apple cuando era joven. «No tengo capital», mas Walt Disney tuvo un negocio con casi nada de capital. «No tengo talento», pero el talento se puede mejorar, como lo hizo el futbolista Zinedine Zidane. «No tengo educación», sin darse cuenta de que Henry Ford desarrolló un auto sin haber acabado la secundaria. «No tengo salud», pero Ray Kroc labró McDonald’s cuando padecía artrosis y le habían ampu-tado la vesícula biliar. «No tengo toda mi capacidad corporal», y sin embargo el genio Ludwig van Beethoven creó la sétima sinfonía cuando sufría de sordera.

Hay que tener concentración, persistencia, valor, deseo y con-vicción para seguir un ideal, crear un negocio, hacer una empresa o crear una obra. El emprendedor es el que produce una obra o pro-ducto, o innova un objeto; el que halla las oportunidades para crear un negocio; el que se desarrolla en forma independiente y eficiente; el que está convencido de sus ideas y puede conseguir sus metas; el que desea sus sueños y lucha en medio de las complicaciones para lograrlos y aprende de sus equivocaciones.

El emprendedor tiene motivación, dedicación, dinamismo, iniciativa, creatividad, optimismo, responsabilidad, valor, gusto por su labor, disposición para aprender, pragmatismo, ambición, competitividad, integridad, concentración, deseo, convicción y persistencia.

(10)

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

En julio de 2007, dejé de laborar, pues anhelaba llegar a mis metas. Desde que volví a Moquegua, tuve muchos problemas fami-liares y me dio depresión nerviosa en varias ocasiones. Sin embargo, leyendo libros sobre psicología y éxito, pude vencer esta dolencia mental. Después, escribí obras literarias en las que expongo ideas positivas. Con algunas de mis obras he obtenido el reconocimiento del Instituto Nacional de Cultura (INC) en su filial de Moquegua.

Ahora escribo obras literarias y actúo ¡para que sea mejor la hu-manidad!, ¡para realizarme en la vida!, ¡para ser feliz! y ¡lograr mis objetivos! Y tengo el honor de presentarle esta obra en la que Nano se enfrenta a la complicación para formalizar Somos Empresa cuan-do halla una ideología.

El fondo de la obra comunica la ideología emprendedora, plan-tea y da las características de un gobierno emprendedor, a fin de solucionar los problemas económicos, morales, educativos y otros de la nación peruana. El mensaje es un planteamiento de cambio del hombre hacia el pensamiento emprendedor, para tener éxito en la globalización, en el negocio, entre otras cosas. Según mi opinión, el libro es superior a una novela, pues, mientras va desarrollando una historia ficticia combinada con algunos hechos reales, expone la ideología emprendedora.

La palabra emprendedor está estrechamente ligada con la expre-sión francesa entrepreneur, que aparece a comienzos del siglo XVI. El término se extiende en el siguiente siglo a los constructores de obras. El emprendedor fue definido en 1732 en el Diccionario de

autoridades como: «La persona que emprende y se determina a hacer

y ejecutar con resolución y empeño, alguna operación considerable y ardua».

En el siglo XVIII, Richard Cantillon introduce un nuevo signifi-cado: «Voluntad o capacidad de enfrentar la incertidumbre». Segui-damente, se generalizó el uso de la palabra emprendedor para desig-nar a los que tomaban riesgos económicos. Jean-Baptiste Say ayudó bastante para su difusión. Ese concepto duró hasta el siglo XX.

Con Joseph Schumpeter se renueva el significado, pues propone que el emprendedor es la capacidad de convertir innovaciones desde un invento a un producto práctico. Entonces, son emprendedores Robert Fulton, que innovó la navegación con el barco a vapor, o Walt Disney, que renovó los dibujos animados.

En el Perú, han habido varios promovedores del ideal empren-dedor, y entre ellos está Nano Guerra-García Campos. Él ha ido encontrando en diversos espacios del Perú a los emprendedores o, como él los denomina, los héroes del carajo. Individuos que, en algu-nos casos, a pesar de los inconvenientes económicos, la falta de ca-pital, los problemas que provocan algunas instituciones públicas, el tener un problema de salud o el no obtener el apoyo de instituciones gubernamentales, han ido creando negocios y empresas formales e informales, para vivir con mayor comodidad, para lograr sus obje-tivos y ser realizados.

Tal vez usted es de las personas que piensan que, para crear una empresa o lograr un gran sueño, deben tener algunas cosas impor-tantes y, como no las poseen, tienen una excusa para no tratar de lograrlas. Por ejemplo, dice: «No soy joven», pero Ray Kroc inició la cadena de hamburguesas cuando tenía cincuenta y dos años. Qui-zá piensa: «No soy adulto», pero Steve Jobs creó la empresa Apple cuando era joven. «No tengo capital», mas Walt Disney tuvo un negocio con casi nada de capital. «No tengo talento», pero el talento se puede mejorar, como lo hizo el futbolista Zinedine Zidane. «No tengo educación», sin darse cuenta de que Henry Ford desarrolló un auto sin haber acabado la secundaria. «No tengo salud», pero Ray Kroc labró McDonald’s cuando padecía artrosis y le habían ampu-tado la vesícula biliar. «No tengo toda mi capacidad corporal», y sin embargo el genio Ludwig van Beethoven creó la sétima sinfonía cuando sufría de sordera.

Hay que tener concentración, persistencia, valor, deseo y con-vicción para seguir un ideal, crear un negocio, hacer una empresa o crear una obra. El emprendedor es el que produce una obra o pro-ducto, o innova un objeto; el que halla las oportunidades para crear un negocio; el que se desarrolla en forma independiente y eficiente; el que está convencido de sus ideas y puede conseguir sus metas; el que desea sus sueños y lucha en medio de las complicaciones para lograrlos y aprende de sus equivocaciones.

El emprendedor tiene motivación, dedicación, dinamismo, iniciativa, creatividad, optimismo, responsabilidad, valor, gusto por su labor, disposición para aprender, pragmatismo, ambición, competitividad, integridad, concentración, deseo, convicción y persistencia.

(11)

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

Piura, Mercado El Anexo,

13 de noviembre de 2010

Todos quedaron en silencio. Solo se escuchaba el aire cortado por un viejo ventilador de techo que refrescaba un poco ese sótano aba-rrotado de gente. Era noviembre y el calor ya se propagaba tan rápi-do como las noticias.

Pedro se puso de pie y leyó con voz segura y su inconfundible dejo piurano el papel que cuidadosamente había desdoblado luego de sacarlo del bolsillo:

—«Anoche el presidente de la República, doctor Alan García Pérez, dirigió un mensaje a la nación a través de una serie de te-levisoras nacionales. En él reconoció lo que llamó “el espíritu em-prendedor de millones de peruanos esforzados” y anunció una serie de medidas, entre las que destacaba una rebaja de tres puntos del impuesto general a las ventas, licencias automáticas de funciona-miento, sanciones a las instituciones que impidieran el emprendi-miento y otras medidas destinadas a mejorar la competitividad y el desarrollo empresarial de las grandes mayorías, a la vez que pidió el levantamiento de la gran huelga nacional iniciada hace una semana por millones de pequeños y medianos empresarios, a los que se su-maron estudiantes, grandes empresas, asociaciones comunales e in-clusive sindicatos, como la Central única de Trabajadores del Perú. La huelga, como sabemos, comenzó hace exactamente siete días con una marcha en la que el Movimiento Radical Emprendedor lanzó la consigna de “brazos caídos y cero contribución”»...

Pedro no pudo continuar, ya que los asistentes empezaron a aplaudir, interrumpiendo su lectura...

En algunas estrofas de mi poema «Ser emprendedor», lo definí de esta forma:

II

Ser emprendedor es ponerse en acción para hacer realidad un sueño del corazón III

Ser emprendedor es tener una estrella ideal en el cielo de tu razón sobrevolar hacia esta luz

El emprendedor no es un ideal utópico salido de una mente fanta-siosa. Al contrario, es un ideal práctico fundamentado en la reali-dad. Por eso, usted también puede ser emprendedor en este medio ambiente. No me ponga excusas como que es viejo o joven, o que no tiene capital. Ya ha leído cómo los hombres han salido adelante en circunstancias complicadas. Para comenzar, es importante tener una buena idea. Esa idea debe ser convertida en un objetivo que anhele alcanzar: póngase a volar para alcanzarlo. Debe proceder de esta forma ¡para vivir mejor!, ¡para lograr sus sueños!, ¡para ser feliz! y ¡para ser realizado!

Jesús Escobar

(12)

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

Piura, Mercado El Anexo,

13 de noviembre de 2010

Todos quedaron en silencio. Solo se escuchaba el aire cortado por un viejo ventilador de techo que refrescaba un poco ese sótano aba-rrotado de gente. Era noviembre y el calor ya se propagaba tan rápi-do como las noticias.

Pedro se puso de pie y leyó con voz segura y su inconfundible dejo piurano el papel que cuidadosamente había desdoblado luego de sacarlo del bolsillo:

—«Anoche el presidente de la República, doctor Alan García Pérez, dirigió un mensaje a la nación a través de una serie de te-levisoras nacionales. En él reconoció lo que llamó “el espíritu em-prendedor de millones de peruanos esforzados” y anunció una serie de medidas, entre las que destacaba una rebaja de tres puntos del impuesto general a las ventas, licencias automáticas de funciona-miento, sanciones a las instituciones que impidieran el emprendi-miento y otras medidas destinadas a mejorar la competitividad y el desarrollo empresarial de las grandes mayorías, a la vez que pidió el levantamiento de la gran huelga nacional iniciada hace una semana por millones de pequeños y medianos empresarios, a los que se su-maron estudiantes, grandes empresas, asociaciones comunales e in-clusive sindicatos, como la Central única de Trabajadores del Perú. La huelga, como sabemos, comenzó hace exactamente siete días con una marcha en la que el Movimiento Radical Emprendedor lanzó la consigna de “brazos caídos y cero contribución”»...

Pedro no pudo continuar, ya que los asistentes empezaron a aplaudir, interrumpiendo su lectura...

En algunas estrofas de mi poema «Ser emprendedor», lo definí de esta forma:

II

Ser emprendedor es ponerse en acción para hacer realidad un sueño del corazón III

Ser emprendedor es tener una estrella ideal en el cielo de tu razón sobrevolar hacia esta luz

El emprendedor no es un ideal utópico salido de una mente fanta-siosa. Al contrario, es un ideal práctico fundamentado en la reali-dad. Por eso, usted también puede ser emprendedor en este medio ambiente. No me ponga excusas como que es viejo o joven, o que no tiene capital. Ya ha leído cómo los hombres han salido adelante en circunstancias complicadas. Para comenzar, es importante tener una buena idea. Esa idea debe ser convertida en un objetivo que anhele alcanzar: póngase a volar para alcanzarlo. Debe proceder de esta forma ¡para vivir mejor!, ¡para lograr sus sueños!, ¡para ser feliz! y ¡para ser realizado!

Jesús Escobar

(13)

Capítulo 1

(14)

Capítulo 1

(15)

¿Dónde está la riqueza?

Un año atrás. Noviembre de 2009

No tenía idea de que Simón volvería a guiar mi vida y que ven-drían días tan intensos. Aquella noche yo estaba buscando el primer contrato de alquiler de mi oficina, donde funcionaba Somos Em-presa S. A. C. Buscaba alguna cláusula que me permitiera anular el contrato si es que el señor Fernández, dueño del inmueble, no podía conseguir que la municipalidad le diera la autorización de al-quilármela. Es que me estaban haciendo problemas con la licencia. El señor Fernández nos la alquiló porque la municipalidad había señalado que en esa zona sí podían haber oficinas. Sin embargo, sabe Dios por qué intereses o equivocaciones, el concejo distrital se retractó y dijo que esa zona tendría un tratamiento diferente que «aún no habían definido», pues debían coordinar con el concejo provincial. Y por esa razón yo estaba tratando de que mi arrendador protestara o reconociera que me alquiló algo sin autorización. Así como lo lee: un propietario no puede alquilar su propiedad a quien desee. Antes, el municipio debe decirle para qué la puede alquilar, aunque sea una empresa que no va a atender a gente y en la que tra-bajan menos personas de las que la ocuparían si fuese una vivienda. Nos olvidamos que hubo tiempos no tan lejanos en que no fue así, como cuando mi abuelo pudo alquilar una oficina en Pacasmayo para desempeñarse como abogado con un simple contrato entre él y el señor Del Río, abogado igual que él, en un acuerdo realizado solo bajo palabra y sellado con un almuerzo, un apretón de manos y sin la intervención de ningún funcionario municipal. Eran otras épocas: aún no se había desarrollado el Estado entrometido y tribu-tarista que hoy quiere meterse en todo y cobrar por nada.

Allí estaba yo, medio desesperado, pues tengo la manía de te-ner mi escritorio arreglado, sacando fólders, abriendo archivadores y separando sobres de manila con recortes y fotocopias de artículos

(16)

¿Dónde está la riqueza?

Un año atrás. Noviembre de 2009

No tenía idea de que Simón volvería a guiar mi vida y que ven-drían días tan intensos. Aquella noche yo estaba buscando el primer contrato de alquiler de mi oficina, donde funcionaba Somos Em-presa S. A. C. Buscaba alguna cláusula que me permitiera anular el contrato si es que el señor Fernández, dueño del inmueble, no podía conseguir que la municipalidad le diera la autorización de al-quilármela. Es que me estaban haciendo problemas con la licencia. El señor Fernández nos la alquiló porque la municipalidad había señalado que en esa zona sí podían haber oficinas. Sin embargo, sabe Dios por qué intereses o equivocaciones, el concejo distrital se retractó y dijo que esa zona tendría un tratamiento diferente que «aún no habían definido», pues debían coordinar con el concejo provincial. Y por esa razón yo estaba tratando de que mi arrendador protestara o reconociera que me alquiló algo sin autorización. Así como lo lee: un propietario no puede alquilar su propiedad a quien desee. Antes, el municipio debe decirle para qué la puede alquilar, aunque sea una empresa que no va a atender a gente y en la que tra-bajan menos personas de las que la ocuparían si fuese una vivienda. Nos olvidamos que hubo tiempos no tan lejanos en que no fue así, como cuando mi abuelo pudo alquilar una oficina en Pacasmayo para desempeñarse como abogado con un simple contrato entre él y el señor Del Río, abogado igual que él, en un acuerdo realizado solo bajo palabra y sellado con un almuerzo, un apretón de manos y sin la intervención de ningún funcionario municipal. Eran otras épocas: aún no se había desarrollado el Estado entrometido y tribu-tarista que hoy quiere meterse en todo y cobrar por nada.

Allí estaba yo, medio desesperado, pues tengo la manía de te-ner mi escritorio arreglado, sacando fólders, abriendo archivadores y separando sobres de manila con recortes y fotocopias de artículos

(17)

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

que me interesaron. De pronto, un grupo de fólders amarrados con una pita vieja cayó a mis pies. Se había deslizado de mis manos entre una ruma de documentos antiguos. Allí en el suelo se veía el paquete rotulado con una frase escrita con plumón negro y grueso:

La revolución de las hormigas. Y más abajo la inconfundible firma:

Simón Oicsamoro Y.

Yo había olvidado por completo ese documento. Es curioso, por-que Simón influyó como un maestro en mi visión de los empren-dedores del Perú y por eso escribí mi primer libro, en el que narro mi aprendizaje con él a través del contacto con diez empresarios o «héroes del carajo», como suelo denominarlos en nuestros progra-mas de radio y televisión; pues son héroes los que combaten por la riqueza y no luchan contra la pobreza en nuestro país.

Siempre he pensado en lo patéticos que son los títulos de los programas oficiales de nuestros gobiernos, que se denominan preci-samente así: «Programas de lucha contra la pobreza». De allí hemos pasado a la lucha contra las drogas o la lucha contra la corrupción. ¿Por qué no existe la lucha por el desarrollo, la acción para la hones-tidad o la acción para una vida sana?

Pues bien, allí estaba el documento o legajo de Simón, que comenté en el primer libro y que en algún momento quise estu-diar más y hasta dedicarle algún artículo, algo que por cualquier motivo nunca pude hacer. Quizá al comienzo el documento me pareció algo denso, escrito con un lenguaje muy clásico o muy político, y en esos tiempos pensaba que ninguna acción de este tipo ayudaría a los emprendedores. O tal vez creí que se trataba de uno de esos desvaríos de algunos hombres que en la madurez de sus días empiezan a proponer reformas, y organizan idearios y movimientos llenos de frases y lugares comunes. Lo cierto es que

La revolución de las hormigas había quedado a medio leer y en el

olvido, hasta esa noche que regresó en medio de mi premura por defenderme de una cláusula municipal. Aterrizó a mis pies como una paloma mensajera herida, que deja su mensaje agotada pero cumpliendo con el destino.

Sin embargo, debo decir también, en honor a la verdad, que tampoco me puse a leer el trabajo inmediatamente y que su lectura fue paulatina y de una revelación pausada, en medio de este nuevo descubrimiento que estaba por iniciar.

Recogí el documento del piso, lo desaté con cuidado y lo pri-mero que noté fue que lo había guardado en desorden. Al dejarlo a medio leer, había entreverado las páginas, de modo que no tenía idea de dónde empezaba: tenía un prólogo que definitivamente debía ir primero, pero luego había una especie de listado progra-mático y una serie de anexos que decían: «Estado emprendedor», «Economía emprendedora», «El hombre emprendedor», etcétera. El desorden empezaba a aburrirme nuevamente, hasta que un párrafo saltó a mis ojos: «Todos somos emprendedores y todos podemos ser más emprendedores. Esa es la forma de ser libres en este siglo. Esa es la verdadera trascendencia. No, no se trata de ser empresarios solamente: hay emprendedores sociales, del arte, hay emprendedores en las empresas laborando para otros y hay emprendedores en la ciencia y el mundo académico. Emprende y serás otro, serás mejor».

Era una frase contundente, una frase que abría mis ojos más allá del mundo empresarial en el que estaba inmerso por esos días, una frase que me obligaba a extender mi mirada y mi mensaje, una frase de las que cambian las vidas. Simón me estaba diciendo que el pen-samiento emprendedor se extendía más allá de fomentar emprendi-mientos empresariales y que incluía muchas facetas de los hombres en la sociedad, quizá todas las facetas o las más importantes o las más trascendentes.

Durante siglos, los hombres han buscado ante todo ser libres, sa-lir del esclavismo, expulsar a los tiranos, lograr su autonomía como sociedades o países. Esto ha marcado mucho más que los logros económicos y que el ansia de poder y conquista en la historia de la humanidad. «Libertad, libertad», fue el grito de los americanos ante España e Inglaterra, y uno de los lemas de la Revolución francesa. Luego se juntó al pan, a la tierra y a la patria. Sin embargo, los avances de las sociedades en estos aspectos no hicieron sino que nos diéramos cuenta de que estábamos muy lejos de ser libres.

Logramos independencia como países, pero descubrimos que dependíamos de los dueños de las fábricas; conseguimos sacar a los dictadores, pero descubrimos la tiranía de depender de otros; acabamos con regímenes opresivos, pero descubrimos la tiranía del trabajo. Simplemente, nos dimos cuenta de que la cadena era más grande, pero que seguía cogiéndonos el tobillo.

(18)

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

que me interesaron. De pronto, un grupo de fólders amarrados con una pita vieja cayó a mis pies. Se había deslizado de mis manos entre una ruma de documentos antiguos. Allí en el suelo se veía el paquete rotulado con una frase escrita con plumón negro y grueso:

La revolución de las hormigas. Y más abajo la inconfundible firma:

Simón Oicsamoro Y.

Yo había olvidado por completo ese documento. Es curioso, por-que Simón influyó como un maestro en mi visión de los empren-dedores del Perú y por eso escribí mi primer libro, en el que narro mi aprendizaje con él a través del contacto con diez empresarios o «héroes del carajo», como suelo denominarlos en nuestros progra-mas de radio y televisión; pues son héroes los que combaten por la riqueza y no luchan contra la pobreza en nuestro país.

Siempre he pensado en lo patéticos que son los títulos de los programas oficiales de nuestros gobiernos, que se denominan preci-samente así: «Programas de lucha contra la pobreza». De allí hemos pasado a la lucha contra las drogas o la lucha contra la corrupción. ¿Por qué no existe la lucha por el desarrollo, la acción para la hones-tidad o la acción para una vida sana?

Pues bien, allí estaba el documento o legajo de Simón, que comenté en el primer libro y que en algún momento quise estu-diar más y hasta dedicarle algún artículo, algo que por cualquier motivo nunca pude hacer. Quizá al comienzo el documento me pareció algo denso, escrito con un lenguaje muy clásico o muy político, y en esos tiempos pensaba que ninguna acción de este tipo ayudaría a los emprendedores. O tal vez creí que se trataba de uno de esos desvaríos de algunos hombres que en la madurez de sus días empiezan a proponer reformas, y organizan idearios y movimientos llenos de frases y lugares comunes. Lo cierto es que

La revolución de las hormigas había quedado a medio leer y en el

olvido, hasta esa noche que regresó en medio de mi premura por defenderme de una cláusula municipal. Aterrizó a mis pies como una paloma mensajera herida, que deja su mensaje agotada pero cumpliendo con el destino.

Sin embargo, debo decir también, en honor a la verdad, que tampoco me puse a leer el trabajo inmediatamente y que su lectura fue paulatina y de una revelación pausada, en medio de este nuevo descubrimiento que estaba por iniciar.

Recogí el documento del piso, lo desaté con cuidado y lo pri-mero que noté fue que lo había guardado en desorden. Al dejarlo a medio leer, había entreverado las páginas, de modo que no tenía idea de dónde empezaba: tenía un prólogo que definitivamente debía ir primero, pero luego había una especie de listado progra-mático y una serie de anexos que decían: «Estado emprendedor», «Economía emprendedora», «El hombre emprendedor», etcétera. El desorden empezaba a aburrirme nuevamente, hasta que un párrafo saltó a mis ojos: «Todos somos emprendedores y todos podemos ser más emprendedores. Esa es la forma de ser libres en este siglo. Esa es la verdadera trascendencia. No, no se trata de ser empresarios solamente: hay emprendedores sociales, del arte, hay emprendedores en las empresas laborando para otros y hay emprendedores en la ciencia y el mundo académico. Emprende y serás otro, serás mejor».

Era una frase contundente, una frase que abría mis ojos más allá del mundo empresarial en el que estaba inmerso por esos días, una frase que me obligaba a extender mi mirada y mi mensaje, una frase de las que cambian las vidas. Simón me estaba diciendo que el pen-samiento emprendedor se extendía más allá de fomentar emprendi-mientos empresariales y que incluía muchas facetas de los hombres en la sociedad, quizá todas las facetas o las más importantes o las más trascendentes.

Durante siglos, los hombres han buscado ante todo ser libres, sa-lir del esclavismo, expulsar a los tiranos, lograr su autonomía como sociedades o países. Esto ha marcado mucho más que los logros económicos y que el ansia de poder y conquista en la historia de la humanidad. «Libertad, libertad», fue el grito de los americanos ante España e Inglaterra, y uno de los lemas de la Revolución francesa. Luego se juntó al pan, a la tierra y a la patria. Sin embargo, los avances de las sociedades en estos aspectos no hicieron sino que nos diéramos cuenta de que estábamos muy lejos de ser libres.

Logramos independencia como países, pero descubrimos que dependíamos de los dueños de las fábricas; conseguimos sacar a los dictadores, pero descubrimos la tiranía de depender de otros; acabamos con regímenes opresivos, pero descubrimos la tiranía del trabajo. Simplemente, nos dimos cuenta de que la cadena era más grande, pero que seguía cogiéndonos el tobillo.

(19)

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

Mucho tiempo se alabó el «trabajo» como si este nos hiciera li-bres, como si el derecho a tenerlo nos mejoraría, pero solo conse-guimos el «derecho» a ser dependientes y a laborar por el sueño de otros, a cambio de un sueldo, jornal o explotación, como queramos llamarlo.

Así se igualó la conquista del trabajo a la conquista de la liber-tad, y le dimos un valor similar cuando en muchos casos trabajar es precisamente no ejercer la libertad. Trabajar es hacer algo por cuenta de terceros, en relación de dependencia y de manera subordinada. ¡Nada más opuesto a la libertad!

En este pensamiento se han basado muchas promesas políticas y muchos discursos bien intencionados y otros demagógicos. Tener trabajo, darle trabajo a la gente y lograr empleo en las cifras de la economía se convirtió en casi una obsesión de muchas generacio-nes. ¿Qué hace usted con un empleo sin futuro? ¿Qué obtiene de un empleo que no es para nada productivo? ¿No les conviene a varios que usted solo anhele ser trabajador y no dueño?

Lo que decía Simón en esa pequeña frase tenía ahora mucho sen-tido para mí. Años después de haber recorrido nuestro país viendo el esfuerzo por una libertad diferente, por una libertad auténtica de los emprendedores, entendía la dimensión de estas palabras. Ade-más de ser libres, los hombres han buscado trascender, ir Ade-más allá de nuestras cortas existencias, dejar un legado que le diga al mundo que aquí estuvimos. Eso es crear.

Entonces, me hice una pregunta: ¿dónde había aprendido Si-món todo lo que sabe? Si estaba claro que no pasó por la universidad y casi ni por el colegio, entonces había adquirido esa sabiduría para tener frases tan precisas y lógicas en algún lado o en varios.

Un pensamiento no se hace en una lectura ni en la aceptación de un dogma. Un pensamiento se va decantando, se va elaborando como un buen vino o, mejor, como un buen café: gota a gota. En la vida de un ser humano, estas gotas no salen de un puñado de gra-nos y de un solo recipiente, nacen de miles de contactos, de histo-rias tristes y alegres, de conversaciones en una esquina descolorida, de lo que elabora nuestra mente mientras observamos a los demás. Es así como debió de aprender Simón, como lo hacen millones de emprendedores en el mundo que no tuvieron maestros y libros de consulta, que debieron apelar a su sentido común, a la intuición, al

consejo de un compadre, de los clientes. Esa es la escuela a la que yo debía de asistir.

Cogí los papeles en el desorden en que nuevamente los había dejado y decidí ir tras los pasos de Simón. Ah, sí... Antes seguí bus-cando el contrato, hasta que lo encontré y guardé para continuar con mis trámites municipales.

Los peruanos siempre detrás de un cebiche

¿Dónde empezar a encontrar los rastros de Simón? ¿Cómo iniciar su ruta de aprendizaje? Esa pregunta rondaba en esos días mi cabeza. Al día siguiente de encontrar el contrato y los escritos de Simón, llegué a nuestra oficina clandestina, pues así la llamaba.

—Bueno, por lo menos sabemos que nuestro contrato no nos protege —dije.

Entregué el documento a Héctor, nuestro administrador de la empresa de comunicaciones, encargado de producir nuestros even-tos de motivación y coordinar la realización de actividades en todo el Perú para difundir el espíritu emprendedor. Héctor había estado dedicado los últimos dos meses casi por completo a conseguir nues-tra bendita licencia de funcionamiento municipal.

En esos días Héctor se había vuelto un experto en trámites municipales, al punto de decir que esa era su futura empresa (en Somos Empresa siempre estamos fomentando que todos nues-tros colaboradores piensen cuál será su próximo negocio). Pero también se había vuelto un erudito en reconstruir la invasión municipal sobre nuestras vidas. Así, descubrió que la licencia de funcionamiento era válida solo para negocios que podían per-turbar el orden con ruidos, emisiones o actividades complicadas, como fábricas, discotecas y grandes almacenes, pero que, poco a poco, se extendió a toda actividad, hasta llegar a señalar qué ne-gocio se puede o no ubicar en una zona. Y luego averiguó que los municipios se inventaron un trámite por renovación de licencia municipal. «Simplemente decidieron que las licencias son válidas por un año —decía Héctor indignado—. Después de ese tiempo hay que sacar una nueva constancia».

(20)

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

Mucho tiempo se alabó el «trabajo» como si este nos hiciera li-bres, como si el derecho a tenerlo nos mejoraría, pero solo conse-guimos el «derecho» a ser dependientes y a laborar por el sueño de otros, a cambio de un sueldo, jornal o explotación, como queramos llamarlo.

Así se igualó la conquista del trabajo a la conquista de la liber-tad, y le dimos un valor similar cuando en muchos casos trabajar es precisamente no ejercer la libertad. Trabajar es hacer algo por cuenta de terceros, en relación de dependencia y de manera subordinada. ¡Nada más opuesto a la libertad!

En este pensamiento se han basado muchas promesas políticas y muchos discursos bien intencionados y otros demagógicos. Tener trabajo, darle trabajo a la gente y lograr empleo en las cifras de la economía se convirtió en casi una obsesión de muchas generacio-nes. ¿Qué hace usted con un empleo sin futuro? ¿Qué obtiene de un empleo que no es para nada productivo? ¿No les conviene a varios que usted solo anhele ser trabajador y no dueño?

Lo que decía Simón en esa pequeña frase tenía ahora mucho sen-tido para mí. Años después de haber recorrido nuestro país viendo el esfuerzo por una libertad diferente, por una libertad auténtica de los emprendedores, entendía la dimensión de estas palabras. Ade-más de ser libres, los hombres han buscado trascender, ir Ade-más allá de nuestras cortas existencias, dejar un legado que le diga al mundo que aquí estuvimos. Eso es crear.

Entonces, me hice una pregunta: ¿dónde había aprendido Si-món todo lo que sabe? Si estaba claro que no pasó por la universidad y casi ni por el colegio, entonces había adquirido esa sabiduría para tener frases tan precisas y lógicas en algún lado o en varios.

Un pensamiento no se hace en una lectura ni en la aceptación de un dogma. Un pensamiento se va decantando, se va elaborando como un buen vino o, mejor, como un buen café: gota a gota. En la vida de un ser humano, estas gotas no salen de un puñado de gra-nos y de un solo recipiente, nacen de miles de contactos, de histo-rias tristes y alegres, de conversaciones en una esquina descolorida, de lo que elabora nuestra mente mientras observamos a los demás. Es así como debió de aprender Simón, como lo hacen millones de emprendedores en el mundo que no tuvieron maestros y libros de consulta, que debieron apelar a su sentido común, a la intuición, al

consejo de un compadre, de los clientes. Esa es la escuela a la que yo debía de asistir.

Cogí los papeles en el desorden en que nuevamente los había dejado y decidí ir tras los pasos de Simón. Ah, sí... Antes seguí bus-cando el contrato, hasta que lo encontré y guardé para continuar con mis trámites municipales.

Los peruanos siempre detrás de un cebiche

¿Dónde empezar a encontrar los rastros de Simón? ¿Cómo iniciar su ruta de aprendizaje? Esa pregunta rondaba en esos días mi cabeza. Al día siguiente de encontrar el contrato y los escritos de Simón, llegué a nuestra oficina clandestina, pues así la llamaba.

—Bueno, por lo menos sabemos que nuestro contrato no nos protege —dije.

Entregué el documento a Héctor, nuestro administrador de la empresa de comunicaciones, encargado de producir nuestros even-tos de motivación y coordinar la realización de actividades en todo el Perú para difundir el espíritu emprendedor. Héctor había estado dedicado los últimos dos meses casi por completo a conseguir nues-tra bendita licencia de funcionamiento municipal.

En esos días Héctor se había vuelto un experto en trámites municipales, al punto de decir que esa era su futura empresa (en Somos Empresa siempre estamos fomentando que todos nues-tros colaboradores piensen cuál será su próximo negocio). Pero también se había vuelto un erudito en reconstruir la invasión municipal sobre nuestras vidas. Así, descubrió que la licencia de funcionamiento era válida solo para negocios que podían per-turbar el orden con ruidos, emisiones o actividades complicadas, como fábricas, discotecas y grandes almacenes, pero que, poco a poco, se extendió a toda actividad, hasta llegar a señalar qué ne-gocio se puede o no ubicar en una zona. Y luego averiguó que los municipios se inventaron un trámite por renovación de licencia municipal. «Simplemente decidieron que las licencias son válidas por un año —decía Héctor indignado—. Después de ese tiempo hay que sacar una nueva constancia».

(21)

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

Entonces, Héctor me miró, alzó los ojos y casi suspirando mien-tras se acomodaba hacia atrás, como si se diera por vencido, dijo:

—Perdí la apuesta.

—Tú dirás dónde vamos a comer...

Yo le había apostado un cebiche a que no podría arreglar en tres semanas lo de la licencia municipal. Y antes de que yo pudiese sugerir un sitio, dijo:

—Vamos a Rosa Toro, donde comía tu amigo Simón.

—¿Simón? ¿Él no comía cebiche con Sonia? —pregunté recor-dando claramente la visita que le hicimos a la más emblemática cebichera del Perú, cuando descubrí entre limones y mariscos que la calidad es como la cocina: la define el comensal o el cliente.

—Bueno, bueno, no nos pongamos precisos. ¿O crees que Si-món no comió cebiche en Rosa Toro? —replicó Héctor mientras lanzaba de nuevo su carcajada característica. Entonces lo vi clara-mente, encontré la respuesta que estaba buscando: ¡no se trataba de buscar pistas esta vez! Primero, porque ya no estaba Simón para guiarme en el descubrimiento de las claves para hacer empresa en nuestro país; y, luego, porque esta vez se trataría de una búsqueda intuitiva de los sitios que pudieron inspirarlo, de las zonas en las que adquirió sus ideas más importantes, de los clusters o zonas

empresa-riales, donde probablemente fue delineando su pensamiento y

filo-sofía. Yo lo había repetido cientos de veces en conferencias y en mi libro, y en una sección del programa de televisión donde hacemos breves intervenciones a negocios pequeños en las más diversas zonas y con las más elaboradas ideas: los negocios están en las calles. Esa era la universidad de Simón. Y yo también quería aprender.

Emprendimos camino hacia la avenida Agustín de la Rosa Toro. El negocio en Rosa Toro se extiende en cuatro cuadras de la aveni-da, dos cuadras en cada uno de los distritos limítrofes. Allí, exis-ten treinta y cinco cebicherías. Hoy los proveedores calculan que se venden mil cajas de cerveza por mes, ocho mil kilos de pescado, siete mil kilos de limón y cuatro mil kilos de cebolla. En el lugar trabajan más de quinientas personas, entre emprendedores, cocine-ros, mozos, personal de seguridad y administración. Todo sin ayuda del gobierno central y sobreviviendo a los ataques alternados de los municipios de San Borja y de San Luis.

Eduardo no estaba cuando llegamos.

—Déjeme llamarlo —insistió el mozo, que nos conocía, porque algunas veces hemos utilizado su restaurante para hacer grabaciones del programa y otras veces he ido a clausurar cursos que hacíamos juntos entre nuestro Centro de Entrenamiento Empresarial y su Asociación de Cerveceros Artesanales (Eduardo tiene una agrupa-ción que se dedica a la difusión de la elaboraagrupa-ción de cervezas artesa-nales). Tal como hay en otros países, Eduardo trajo máquinas para elaborar cervezas en su cebichería y así tener un atractivo diferente, pero luego vio que podía fomentar que otros hicieran lo mismo, creando sus propias marcas con los nombres de los restaurantes y bares, y con sabores diferentes a los de las grandes marcas. De este modo, inició primero el trabajo de reclutar a los pocos que elabo-raban sus propias cervezas, luego dio clases para la elaboración de esta bebida de manera artesanal y sin necesidad de maquinarias, y finalmente alquiló las suyas e hizo acuerdos con los fabricantes de maquinaria para hacer cerveza. Fue entonces que hicimos los cursos: él dictaba la parte técnica y yo explicaba el abecé de montar un ne-gocio. Tuvimos varios cursos exitosos y nos tomamos varias cervezas de diferentes sabores.

—Dice que no se vayan y que lo esperen —dijo el mozo mien-tras nos ponía a Héctor y a mí una cerveza espumosa de color rojizo, que nos miraba burbujeante.

—Mira, Héctor, el cebiche es bueno —le dije—, pero no ne-cesariamente extraordinario. ¿Qué es lo que te hará regresar a este local? —le pregunté como tomándole examen. Es un estilo algo profesoral que, creo, aprendí de mi padre. Cuando nos sentamos a la mesa, él hasta ahora nos hace una pregunta desafiante, nos cues-tiona, nos hace ver el vacío de información que tenemos. Quizá es algo que obedece a su formación de investigador científico o de profesor universitario, pero lo cierto es que tengo amigos que no querían ir a mi casa a almorzar para no ser sometidos a las preguntas elaboradas de mi padre.

—La cerveza —respondió Héctor, sin pensarlo dos veces, acostumbrado a mis encuestas en casi todo local comercial que visitamos.

—Exactamente —le dije—. Eduardo buscó diferenciarse en una zona de muchísima competencia. Pudo escoger ser el de la mejor cocina o el del producto único, opción que uno puede tener en una

(22)

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

Entonces, Héctor me miró, alzó los ojos y casi suspirando mien-tras se acomodaba hacia atrás, como si se diera por vencido, dijo:

—Perdí la apuesta.

—Tú dirás dónde vamos a comer...

Yo le había apostado un cebiche a que no podría arreglar en tres semanas lo de la licencia municipal. Y antes de que yo pudiese sugerir un sitio, dijo:

—Vamos a Rosa Toro, donde comía tu amigo Simón.

—¿Simón? ¿Él no comía cebiche con Sonia? —pregunté recor-dando claramente la visita que le hicimos a la más emblemática cebichera del Perú, cuando descubrí entre limones y mariscos que la calidad es como la cocina: la define el comensal o el cliente.

—Bueno, bueno, no nos pongamos precisos. ¿O crees que Si-món no comió cebiche en Rosa Toro? —replicó Héctor mientras lanzaba de nuevo su carcajada característica. Entonces lo vi clara-mente, encontré la respuesta que estaba buscando: ¡no se trataba de buscar pistas esta vez! Primero, porque ya no estaba Simón para guiarme en el descubrimiento de las claves para hacer empresa en nuestro país; y, luego, porque esta vez se trataría de una búsqueda intuitiva de los sitios que pudieron inspirarlo, de las zonas en las que adquirió sus ideas más importantes, de los clusters o zonas

empresa-riales, donde probablemente fue delineando su pensamiento y

filo-sofía. Yo lo había repetido cientos de veces en conferencias y en mi libro, y en una sección del programa de televisión donde hacemos breves intervenciones a negocios pequeños en las más diversas zonas y con las más elaboradas ideas: los negocios están en las calles. Esa era la universidad de Simón. Y yo también quería aprender.

Emprendimos camino hacia la avenida Agustín de la Rosa Toro. El negocio en Rosa Toro se extiende en cuatro cuadras de la aveni-da, dos cuadras en cada uno de los distritos limítrofes. Allí, exis-ten treinta y cinco cebicherías. Hoy los proveedores calculan que se venden mil cajas de cerveza por mes, ocho mil kilos de pescado, siete mil kilos de limón y cuatro mil kilos de cebolla. En el lugar trabajan más de quinientas personas, entre emprendedores, cocine-ros, mozos, personal de seguridad y administración. Todo sin ayuda del gobierno central y sobreviviendo a los ataques alternados de los municipios de San Borja y de San Luis.

Eduardo no estaba cuando llegamos.

—Déjeme llamarlo —insistió el mozo, que nos conocía, porque algunas veces hemos utilizado su restaurante para hacer grabaciones del programa y otras veces he ido a clausurar cursos que hacíamos juntos entre nuestro Centro de Entrenamiento Empresarial y su Asociación de Cerveceros Artesanales (Eduardo tiene una agrupa-ción que se dedica a la difusión de la elaboraagrupa-ción de cervezas artesa-nales). Tal como hay en otros países, Eduardo trajo máquinas para elaborar cervezas en su cebichería y así tener un atractivo diferente, pero luego vio que podía fomentar que otros hicieran lo mismo, creando sus propias marcas con los nombres de los restaurantes y bares, y con sabores diferentes a los de las grandes marcas. De este modo, inició primero el trabajo de reclutar a los pocos que elabo-raban sus propias cervezas, luego dio clases para la elaboración de esta bebida de manera artesanal y sin necesidad de maquinarias, y finalmente alquiló las suyas e hizo acuerdos con los fabricantes de maquinaria para hacer cerveza. Fue entonces que hicimos los cursos: él dictaba la parte técnica y yo explicaba el abecé de montar un ne-gocio. Tuvimos varios cursos exitosos y nos tomamos varias cervezas de diferentes sabores.

—Dice que no se vayan y que lo esperen —dijo el mozo mien-tras nos ponía a Héctor y a mí una cerveza espumosa de color rojizo, que nos miraba burbujeante.

—Mira, Héctor, el cebiche es bueno —le dije—, pero no ne-cesariamente extraordinario. ¿Qué es lo que te hará regresar a este local? —le pregunté como tomándole examen. Es un estilo algo profesoral que, creo, aprendí de mi padre. Cuando nos sentamos a la mesa, él hasta ahora nos hace una pregunta desafiante, nos cues-tiona, nos hace ver el vacío de información que tenemos. Quizá es algo que obedece a su formación de investigador científico o de profesor universitario, pero lo cierto es que tengo amigos que no querían ir a mi casa a almorzar para no ser sometidos a las preguntas elaboradas de mi padre.

—La cerveza —respondió Héctor, sin pensarlo dos veces, acostumbrado a mis encuestas en casi todo local comercial que visitamos.

—Exactamente —le dije—. Eduardo buscó diferenciarse en una zona de muchísima competencia. Pudo escoger ser el de la mejor cocina o el del producto único, opción que uno puede tener en una

(23)

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

zona comercial, pero escogió un diferencial que acompaña el pro-ducto principal. Escogió diferenciarse por el complemento, y eso es algo que uno siempre puede hacer en aglomerados comerciales. Eduardo revisó sus fortalezas —seguí diciendo, mientras buscába-mos ordenada y alternadamente más trozos de pescado, ahora deba-jo de la lechuga, al costado del choclo y junto al camotito.

Una pregunta que uno debe hacerse si tiene un negocio en un sitio de mucha competencia es precisamente: ¿En qué soy bueno? ¿En qué tema puedo hacer una muralla para que otros no me co-pien? ¿Qué puedo hacer de diferente y único para que me recuerden y regresen?

—El cebiche de Eduardo es bueno. A mí, en definitiva me gusta que sea bien servido y que tenga esta salsa, pero eso no lo hace

me-morable. Y esta palabra viene de memoria, de recuerdo —dije,

aban-donando la lucha del último trozo, que fue engullido por Héctor. Allí estaba el inicio de la diferenciación de Eduardo y la razón de empezar a crecer y distinguirse en este conglomerado: la cerveza. En su local, además del cebiche, que es fácil de encontrar aquí, tenía una diversión y una diversidad adicional, que harían una aventura llegar de visita.

En los negocios, uno puede hacer varias apuestas. Entre ellas está la más peligrosa, que es centrarse en ser el más barato. Este es un error que cometen muchos que quieren hacer empresas en diferen-tes conglomerados. Llegan y dicen: «¡Vaya! ¡Cuánta competencia! ¿A ver? ¿Quién es el más barato? Ahhh, ya. Entonces yo pondré un precio por debajo para que el cliente entre a mi tienda, para que me elija». Y así sucede ciertamente un tiempo: los clientes entran, com-pran a un precio muy competitivo y luego quieren comprar todo a ese precio. Pero esto no permite tener calidad, tener empleados buenos, tener el local limpio y, de esta forma, el cliente se va y se cierra el negocio. Es un error elegir la estrategia de ser el más barato, y no al menos el de tener mejores costos.

«Entre a la guerra de precios, que saldrá muerto». Esa es la peor de las estrategias para los negocios pequeños y para los emprendi-mientos en su fase inicial, ya que así estará subsidiando al consu-midor. De hecho, no estará contando con muchos costos, porque quizá produce en su casa y no calcula la electricidad o el local. Es como si estuviera creando una burbuja alrededor de su negocio, que

no le permitirá crecer. Esto es algo que repito mucho en mis confe-rencias, porque lamentablemente es muy común y también una de las principales causas del cierre de una empresa.

Eduardo, llevado por su pasión por la cerveza, encontró un di-ferencial que lo haría distinguirse en Rosa y Toro. Pero eso no sería todo: él vio un negocio que se desprendía de esta diferencia. Eso es lo que yo llamo crear tu propia industria.

—¿Qué más? —dijo Héctor reclinándose ahora en la silla del restaurante.

—¿Qué más? Pues mucho más —dije—. Este diferencial le per-mitió a Eduardo hacerse la pregunta de por qué otros restaurantes en esta zona, o en otras, no podían tener su propia cerveza y por qué él no podía enseñarles a elaborarla. Y entonces empezó el otro negocio: asesoría para elaboración de cerveza artesanal, e incluso ser proveedor de insumo y de maquinarias.

Pensé que esta era una estrategia que había visto en otros casos en los que alguien encuentra su diferencia a partir de su pasión, exactamente por lo mismo por lo que entramos muchas veces al negocio, y cómo esto da inicio a un negocio que no teníamos en mente, que nos permite ser diferentes y estar protegidos de la gran competencia en las zonas comerciales.

—¡Sigue tu pasión y crea un negocio dentro del negocio clásico! —dije.

Héctor me miró, pero volvió su ataque sobre el plato, que yacía como un campo arrollado por un huracán.

Cuando empezábamos a ver el juguito que quedaba y a buscar intuitivamente una cuchara alrededor para poder tomárnoslo, un plato repleto de chaufa de mariscos asomó por encima de nuestras cabezas y aterrizó como un helicóptero que salva refugiados. Era Eduardo.

—¿Cómo están? —dijo con un tono calmo y pausado. No es-peró nuestra respuesta y siguió hablando, porque es un hablador impenitente y también un escribidor de mails prolífico. Siempre está comentando sus proyectos, enviando comentarios, quejándose de los abusos de los municipios y levantando su voz por el pequeño gremio que representa.

—Después de pelearme con el alcalde de San Borja, que quiere que todo esto sea zona residencial, ahora mi batalla es contra los

(24)

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

zona comercial, pero escogió un diferencial que acompaña el pro-ducto principal. Escogió diferenciarse por el complemento, y eso es algo que uno siempre puede hacer en aglomerados comerciales. Eduardo revisó sus fortalezas —seguí diciendo, mientras buscába-mos ordenada y alternadamente más trozos de pescado, ahora deba-jo de la lechuga, al costado del choclo y junto al camotito.

Una pregunta que uno debe hacerse si tiene un negocio en un sitio de mucha competencia es precisamente: ¿En qué soy bueno? ¿En qué tema puedo hacer una muralla para que otros no me co-pien? ¿Qué puedo hacer de diferente y único para que me recuerden y regresen?

—El cebiche de Eduardo es bueno. A mí, en definitiva me gusta que sea bien servido y que tenga esta salsa, pero eso no lo hace

me-morable. Y esta palabra viene de memoria, de recuerdo —dije,

aban-donando la lucha del último trozo, que fue engullido por Héctor. Allí estaba el inicio de la diferenciación de Eduardo y la razón de empezar a crecer y distinguirse en este conglomerado: la cerveza. En su local, además del cebiche, que es fácil de encontrar aquí, tenía una diversión y una diversidad adicional, que harían una aventura llegar de visita.

En los negocios, uno puede hacer varias apuestas. Entre ellas está la más peligrosa, que es centrarse en ser el más barato. Este es un error que cometen muchos que quieren hacer empresas en diferen-tes conglomerados. Llegan y dicen: «¡Vaya! ¡Cuánta competencia! ¿A ver? ¿Quién es el más barato? Ahhh, ya. Entonces yo pondré un precio por debajo para que el cliente entre a mi tienda, para que me elija». Y así sucede ciertamente un tiempo: los clientes entran, com-pran a un precio muy competitivo y luego quieren comprar todo a ese precio. Pero esto no permite tener calidad, tener empleados buenos, tener el local limpio y, de esta forma, el cliente se va y se cierra el negocio. Es un error elegir la estrategia de ser el más barato, y no al menos el de tener mejores costos.

«Entre a la guerra de precios, que saldrá muerto». Esa es la peor de las estrategias para los negocios pequeños y para los emprendi-mientos en su fase inicial, ya que así estará subsidiando al consu-midor. De hecho, no estará contando con muchos costos, porque quizá produce en su casa y no calcula la electricidad o el local. Es como si estuviera creando una burbuja alrededor de su negocio, que

no le permitirá crecer. Esto es algo que repito mucho en mis confe-rencias, porque lamentablemente es muy común y también una de las principales causas del cierre de una empresa.

Eduardo, llevado por su pasión por la cerveza, encontró un di-ferencial que lo haría distinguirse en Rosa y Toro. Pero eso no sería todo: él vio un negocio que se desprendía de esta diferencia. Eso es lo que yo llamo crear tu propia industria.

—¿Qué más? —dijo Héctor reclinándose ahora en la silla del restaurante.

—¿Qué más? Pues mucho más —dije—. Este diferencial le per-mitió a Eduardo hacerse la pregunta de por qué otros restaurantes en esta zona, o en otras, no podían tener su propia cerveza y por qué él no podía enseñarles a elaborarla. Y entonces empezó el otro negocio: asesoría para elaboración de cerveza artesanal, e incluso ser proveedor de insumo y de maquinarias.

Pensé que esta era una estrategia que había visto en otros casos en los que alguien encuentra su diferencia a partir de su pasión, exactamente por lo mismo por lo que entramos muchas veces al negocio, y cómo esto da inicio a un negocio que no teníamos en mente, que nos permite ser diferentes y estar protegidos de la gran competencia en las zonas comerciales.

—¡Sigue tu pasión y crea un negocio dentro del negocio clásico! —dije.

Héctor me miró, pero volvió su ataque sobre el plato, que yacía como un campo arrollado por un huracán.

Cuando empezábamos a ver el juguito que quedaba y a buscar intuitivamente una cuchara alrededor para poder tomárnoslo, un plato repleto de chaufa de mariscos asomó por encima de nuestras cabezas y aterrizó como un helicóptero que salva refugiados. Era Eduardo.

—¿Cómo están? —dijo con un tono calmo y pausado. No es-peró nuestra respuesta y siguió hablando, porque es un hablador impenitente y también un escribidor de mails prolífico. Siempre está comentando sus proyectos, enviando comentarios, quejándose de los abusos de los municipios y levantando su voz por el pequeño gremio que representa.

—Después de pelearme con el alcalde de San Borja, que quiere que todo esto sea zona residencial, ahora mi batalla es contra los

(25)

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

grandazos —dijo, dejando en suspenso la historia que nos iba a contar.

—¿Qué pasa ahora?

—Es una gran empresa cervecera. Imagínate, yo de ingenuo has-ta les fui a pedir apoyo para la asociación, porque eshas-taba difundiendo la cultura cervecera y porque he visto que en países como Argenti-na, durante el festival de la cerveza, las grandes marcas invitan a las chiquitas y las artesanales, e incluso en algunos casos hacen eventos juntos. Pero me han dado con la puerta en la cara.

—¿Cómo así? —fue mi pregunta sorprendida e intrigada, pues jamás imaginé que alguna de las grandes empresas cerveceras se in-teresara en mirar siquiera el porcentaje de las ventas que representa la asociación de mi amigo Eduardo. Rápidamente, calculé que no llegaría siquiera al 0,25 por ciento del total del mercado. Quizá más eran las cortesías que ellos regalaban en eventos a sus colaboradores. «¿Puede ser tanta la codicia?», pensé, y me sentí como asustado por esa reflexión, ya que siempre he defendido la iniciativa privada, la libre competencia y el derecho a enriquecerse de todos.

—Para empezar, no quieren dejarme vender sus cervezas en mi local. Dicen que, si hago mis cervezas, me voy a joder y no me de-jarán nada a consignación. Pero allí no queda todo —prosiguió—. Me han impedido ingresar en el Oktoberfest.

El Oktoberfest Perú es una fiesta que se hace en Lima alrededor de la cerveza, como un remedo de la clásica celebración alemana de ese mes.

La voz de Eduardo se había casi apagado. Era un hombre siem-pre entusiasta y, por eso, esta historia me sublevó. Tenía su proyecto hotelero en Lunahuaná, había conseguido inclusive ser distribuidor en toda la zona de cervezas y gaseosas, y con esto había podido concebir proyectos más interesantes, como el de la asociación de cerveceros, que era un intento de fomentar algo que, le parecía a él, daba una nueva particularidad a algunos negocios.

—Pero yo puedo llamar por teléfono a algún gerente de esa em-presa o quizá a su oficina de Imagen Institucional —le dije, tratando de animarlo, pues creo que me dolía más a mí ver a este luchador entre golpes, intentando ponerse de pie nuevamente.

—No se trata de eso. Yo avanzaré, haré de nuevo mis negocios —dijo, recobrando la energía de la que está hecho—. Lo que pasa,

Nano, es que se supone que son como nosotros: emprendedores, luchadores, gente que combate igual las estupideces de las leyes, de los políticos, de los municipios —remarcó, levantando ahora la voz, emocionado—. Se supone, además, que no competimos, o sea que estamos en el mismo bando. Pero, para sus gerentes, para sus marketeros, somos enemigos, somos parásitos que hay que sacar del camino. Eso es lo que me indigna —concluyó, dando un golpe fuerte en la mesa y haciendo saltar la espuma de las cervezas rojas que nos había vuelto a pedir—. Estos cabrones no me van a detener. Estos cabrones no me van a detener —repitió, ya ahora en voz baja, mirando su cerveza como un león que se calma luego de rugir.

Crea tu competencia y sé audaz

—¿Vamos a ver cómo está la zona? —le dije a Héctor antes de que abriera el carro.

Disfruto más los recorridos sin cámara, cuando no estamos grabando el programa de televisión. Así tengo más tiempo para descubrir.

Allí estaban los locales clásicos: El Molinero, que empezó, dicen, dando cebiche a los estudiantes de la Universidad Nacional Agraria La Molina, que quedaba no muy cerca, pero que terminaba siendo el local cebichero más cercano. Su distinción era quizá la calidad de su cebiche —basada en una selección escrupulosa del producto marino—, ser el primer local de la zona y, por lo tanto, uno de los sitios más emblemáticos allí.

Luego pasamos por un local que se repetía en las dos siguientes cuadras, pero con números sucesivos: Jíbaro I, Jíbaro II y Jíbaro III. Esa es otra manera de hacer su propia industria. Si su local está lle-no, no tiene por qué mandar a los clientes a la competencia: puede enviarlos a su otro local. El tema es lógico y ocurre mucho en las zonas comerciales. El lema es: «Si da para otros negocios, ¿por qué no puede dar para uno que sea de usted?».

Luego pasaron los locales ofreciendo diferentes variaciones de lo mismo: pescados y mariscos en todas sus variedades: cebiches, tiraditos jugosos, arroces exuberantes y, de pronto, una enorme

(26)

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

grandazos —dijo, dejando en suspenso la historia que nos iba a contar.

—¿Qué pasa ahora?

—Es una gran empresa cervecera. Imagínate, yo de ingenuo has-ta les fui a pedir apoyo para la asociación, porque eshas-taba difundiendo la cultura cervecera y porque he visto que en países como Argenti-na, durante el festival de la cerveza, las grandes marcas invitan a las chiquitas y las artesanales, e incluso en algunos casos hacen eventos juntos. Pero me han dado con la puerta en la cara.

—¿Cómo así? —fue mi pregunta sorprendida e intrigada, pues jamás imaginé que alguna de las grandes empresas cerveceras se in-teresara en mirar siquiera el porcentaje de las ventas que representa la asociación de mi amigo Eduardo. Rápidamente, calculé que no llegaría siquiera al 0,25 por ciento del total del mercado. Quizá más eran las cortesías que ellos regalaban en eventos a sus colaboradores. «¿Puede ser tanta la codicia?», pensé, y me sentí como asustado por esa reflexión, ya que siempre he defendido la iniciativa privada, la libre competencia y el derecho a enriquecerse de todos.

—Para empezar, no quieren dejarme vender sus cervezas en mi local. Dicen que, si hago mis cervezas, me voy a joder y no me de-jarán nada a consignación. Pero allí no queda todo —prosiguió—. Me han impedido ingresar en el Oktoberfest.

El Oktoberfest Perú es una fiesta que se hace en Lima alrededor de la cerveza, como un remedo de la clásica celebración alemana de ese mes.

La voz de Eduardo se había casi apagado. Era un hombre siem-pre entusiasta y, por eso, esta historia me sublevó. Tenía su proyecto hotelero en Lunahuaná, había conseguido inclusive ser distribuidor en toda la zona de cervezas y gaseosas, y con esto había podido concebir proyectos más interesantes, como el de la asociación de cerveceros, que era un intento de fomentar algo que, le parecía a él, daba una nueva particularidad a algunos negocios.

—Pero yo puedo llamar por teléfono a algún gerente de esa em-presa o quizá a su oficina de Imagen Institucional —le dije, tratando de animarlo, pues creo que me dolía más a mí ver a este luchador entre golpes, intentando ponerse de pie nuevamente.

—No se trata de eso. Yo avanzaré, haré de nuevo mis negocios —dijo, recobrando la energía de la que está hecho—. Lo que pasa,

Nano, es que se supone que son como nosotros: emprendedores, luchadores, gente que combate igual las estupideces de las leyes, de los políticos, de los municipios —remarcó, levantando ahora la voz, emocionado—. Se supone, además, que no competimos, o sea que estamos en el mismo bando. Pero, para sus gerentes, para sus marketeros, somos enemigos, somos parásitos que hay que sacar del camino. Eso es lo que me indigna —concluyó, dando un golpe fuerte en la mesa y haciendo saltar la espuma de las cervezas rojas que nos había vuelto a pedir—. Estos cabrones no me van a detener. Estos cabrones no me van a detener —repitió, ya ahora en voz baja, mirando su cerveza como un león que se calma luego de rugir.

Crea tu competencia y sé audaz

—¿Vamos a ver cómo está la zona? —le dije a Héctor antes de que abriera el carro.

Disfruto más los recorridos sin cámara, cuando no estamos grabando el programa de televisión. Así tengo más tiempo para descubrir.

Allí estaban los locales clásicos: El Molinero, que empezó, dicen, dando cebiche a los estudiantes de la Universidad Nacional Agraria La Molina, que quedaba no muy cerca, pero que terminaba siendo el local cebichero más cercano. Su distinción era quizá la calidad de su cebiche —basada en una selección escrupulosa del producto marino—, ser el primer local de la zona y, por lo tanto, uno de los sitios más emblemáticos allí.

Luego pasamos por un local que se repetía en las dos siguientes cuadras, pero con números sucesivos: Jíbaro I, Jíbaro II y Jíbaro III. Esa es otra manera de hacer su propia industria. Si su local está lle-no, no tiene por qué mandar a los clientes a la competencia: puede enviarlos a su otro local. El tema es lógico y ocurre mucho en las zonas comerciales. El lema es: «Si da para otros negocios, ¿por qué no puede dar para uno que sea de usted?».

Luego pasaron los locales ofreciendo diferentes variaciones de lo mismo: pescados y mariscos en todas sus variedades: cebiches, tiraditos jugosos, arroces exuberantes y, de pronto, una enorme

Referencias

Documento similar