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In document Donde Esta La Riqueza (página 37-41)

Esa mañana llegamos con hambre, pues no habíamos tenido tiempo siquiera para desayunar. Entramos por una paralela a Wilson, lo que yo

llamo las calles colaterales de un cluster, las que siempre nos dicen mucho de lo que sucede en la zona. Es como la cocina de los restaurantes, la trastienda de un negocio o lo que sucede detrás de las bambalinas del teatro. Allí está el secreto y el movimiento del comercio del lugar.

Y así fue. Justo unos metros antes de la entrada posterior a la Galería Garcilaso, emblemático centro comercial desarrollado sobre lo que fue un hotel,se encontrabauna gorda mujer abrigada de manera inusual para ser noviembre. Estaba vendiendo desayunos: pan con aceituna, pan con palta, pan con tortilla, té y café. Esa era su oferta matutina.

Muchos jóvenes, sobre todo chicas veinteañeras, se detenían un rato a comprar su desayuno y a conversar coquetamente con los pocos hombres que trabajaban en la zona. Se veían esforzadas, entu- siasmadas, arregladas, con los cabellos repeinados, oliendo a cham- pú recién aplicado y a colonia.

¿En cuántas empresas se esfuerzan por obligar al personal a llegar aseados, a arreglarse y a que sonrían ante los clientes? Sin embargo, aquí el tema parecía muy natural. La motivación parecía no tener que indu- cirse; más bien afloraba. «¿Por qué?», me pregunté mientras me acerca- ba al puesto de la señora que, entusiasta, abría panes y los rellenaba de huevos fritos, de generosas porciones de palta o de brillantes aceitunas.

Luego, curioso, me detuve a escuchar sus conversaciones y me di cuenta de que estaba ante una legión de emprendedoras. Todas eran socias de un puesto o trabajaban en uno para después tener su propio negocio. Allí no había excepción: todas eran emprendedoras entrenándose, todas estaban practicando para tener su negocio.

Casi quedé paralizado escuchando sus conversaciones, sus sue- ños, los retos de más ventas que se planteaban. En Wilson no se respiraba el ambiente de trabajadores criticando su centro laboral, odiando a su empleador, detestando a la empresa en la que trabajan. Eran intraemprendedoras, que intercambiaban conocimientos, expe- riencias, que hablaban del reto que les esperaba en la jornada, que se retaban a ver quién atraía más clientes, quién vendía más.

—Nano, ¿avanzamos para grabar o vas a comprar algo? —era la voz de Gloria con tono casi de gendarme que me obligaba a despertar.

—Ah, bueno..., sí..., eh... ¿Quién quiere comer algo? —dije, mientras me despertaba y ordenaba un pan con palta.

Héctor, que había decidido acompañarnos manejando el carro, Francisco y el Gringo —nuestros camarógrafos— y hasta la misma

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

orgullosa de tener una información importante aunque no certera sobre el caso.

—Bien, ¿y emprendedores? —pregunté aún más entusiasmado. —Excelentes historias. La zona es realmente increíble y a la gen- te le gusta el programa. Inclusive quieren que hagas un evento allí. Gloria me miraba de reojo como para recoger mi entusiasmo. En muchos de los lugares a los que vamos, buscamos llegar con un evento de capacitación, de mejora de sus capacidades productivas y, sobre todo, de servicios. A continuación, buscamos auspiciadores que quie- ran relacionarse con los emprendedores de la zona y nos lanzamos a ubicar un auditorio o local donde podamos concentrarlos.

De esta manera, iniciamos nuestra segunda evangelización. Ya no es animarlos a hacer empresa —porque lo han hecho por su cuenta y en contra de casi de todo—, sino entusiasmarlos por me- jorar su servicio al cliente, hacerlos más competitivos y organizarlos para enfrentar la competencia enorme, que viene con ayuda muni- cipal, permiso inmediato y hasta, a veces, beneficios tributarios. Por eso hacemos nuestros eventos.

—Bien, empezamos el miércoles —dije.

—No, Nano, el miércoles no tendremos todo listo, es muy pronto. Tendrá que ser el próximo lunes —dijo Gloria con tono de orden. ¿Puede alguien en una empresa darle órdenes a su presidente? Pues si uno trabaja en equipo, así debe ser. Si uno dirige un negocio, debe saber respetar la decisión de sus especialistas o de los responsa- bles de determinadas áreas.

Muchas veces los emprendedores que han iniciado una organi- zación creen que lo pueden todo y que saben más que ninguno. En- tonces organizan equipos y dan responsabilidades, para luego pasar por encima de ellos, frustrando su trabajo y su organización, y cau- sando un desalineamiento enorme. El jefe de un equipo es la máxima autoridad en él: respételo siempre. El programa se grabaría el lunes.

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Esa mañana llegamos con hambre, pues no habíamos tenido tiempo siquiera para desayunar. Entramos por una paralela a Wilson, lo que yo

llamo las calles colaterales de un cluster, las que siempre nos dicen mucho de lo que sucede en la zona. Es como la cocina de los restaurantes, la trastienda de un negocio o lo que sucede detrás de las bambalinas del teatro. Allí está el secreto y el movimiento del comercio del lugar.

Y así fue. Justo unos metros antes de la entrada posterior a la Galería Garcilaso, emblemático centro comercial desarrollado sobre lo que fue un hotel,se encontrabauna gorda mujer abrigada de manera inusual para ser noviembre. Estaba vendiendo desayunos: pan con aceituna, pan con palta, pan con tortilla, té y café. Esa era su oferta matutina.

Muchos jóvenes, sobre todo chicas veinteañeras, se detenían un rato a comprar su desayuno y a conversar coquetamente con los pocos hombres que trabajaban en la zona. Se veían esforzadas, entu- siasmadas, arregladas, con los cabellos repeinados, oliendo a cham- pú recién aplicado y a colonia.

¿En cuántas empresas se esfuerzan por obligar al personal a llegar aseados, a arreglarse y a que sonrían ante los clientes? Sin embargo, aquí el tema parecía muy natural. La motivación parecía no tener que indu- cirse; más bien afloraba. «¿Por qué?», me pregunté mientras me acerca- ba al puesto de la señora que, entusiasta, abría panes y los rellenaba de huevos fritos, de generosas porciones de palta o de brillantes aceitunas.

Luego, curioso, me detuve a escuchar sus conversaciones y me di cuenta de que estaba ante una legión de emprendedoras. Todas eran socias de un puesto o trabajaban en uno para después tener su propio negocio. Allí no había excepción: todas eran emprendedoras entrenándose, todas estaban practicando para tener su negocio.

Casi quedé paralizado escuchando sus conversaciones, sus sue- ños, los retos de más ventas que se planteaban. En Wilson no se respiraba el ambiente de trabajadores criticando su centro laboral, odiando a su empleador, detestando a la empresa en la que trabajan. Eran intraemprendedoras, que intercambiaban conocimientos, expe- riencias, que hablaban del reto que les esperaba en la jornada, que se retaban a ver quién atraía más clientes, quién vendía más.

—Nano, ¿avanzamos para grabar o vas a comprar algo? —era la voz de Gloria con tono casi de gendarme que me obligaba a despertar.

—Ah, bueno..., sí..., eh... ¿Quién quiere comer algo? —dije, mientras me despertaba y ordenaba un pan con palta.

Héctor, que había decidido acompañarnos manejando el carro, Francisco y el Gringo —nuestros camarógrafos— y hasta la misma

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

Gloria ordenaron sus respectivos desayunos: pan con queso, con huevo, con aceituna, chocolate, te, café. En minutos, todos estába- mos integrados en la rutina matutina de Wilson, el emporio de la tecnología de información de nuestro país.

Manuel Basualdo fue nuestro primer entrevistado. Había sido un dedicado profesor de sistemas en varios institutos. Un día, se encontró con un ex alumno, que le dijo que se había retirado y que en tres meses ganaba más de lo que le habían pagado luego de dos años de graduado. Decidió, casi como reto, hacer lo mismo.

Así, llegó a la Galería Garcilaso y empezó a trabajar en repa- ración de computadoras como la mayoría de los que estaban allí. Ganaba algo, definitivamente más que como profesor, pero aún no veía una diferencia interesante como para emocionarse.

Una tarde invernal, llegó un cliente y le dejó una laptop malo- grada. No arrancaba. «Se ha muerto», dijo mientras se la dejaba con la esperanza de un padre que lleva a su hijo al mejor especialista. Lo que no sabía es que Manuel nunca había visto una laptop. Pero era tarde: el cliente había partido con su ilusión a cuestas.

Pasaron las semanas y Manuel se acordó del encargo y decidió investigar el aparato de ese cliente. Se acercó a la repisa donde había puesto la misteriosa minicomputadora y la vio en el anaquel más alto, como retándolo no solo a repararla, sino a que la bajara de semejante lugar, que parecía un nicho alto de cementerio.

Manuel jaló un banco, se puso de pie encima, estiró los brazos, jaló la computadora y esta se deslizó por sus manos hasta caer so- noramente en el suelo, mientras se despanzurraba y vomitaba un bloque enorme y negro sobre las baldosas del piso.

—Carajo, ahora sí la cagué —dijo en voz alta. Luego recogió las grandes partes en que se había separado el aparato. Sudoroso, juntó la pantalla al teclado, cerró una tapa de la que querían salir unos extraños circuitos y, de pronto, se dio con una especie de pequeño ladrillo con los bordes oxidados, que debía encajar en una ranura que estaba esperando ser reparada.

En ese momento recordó sus clases de Química. El óxido es la descomposición de una batería. Las partes alcalinas de un circuito, al contacto con la humedad del ambiente, corroen sus compo- nentes y así aparece una especie de barba verde que malogra las baterías.

—¡¡Batería, es la batería la que está oxidada!! —gritó como un marinero que ha encontrado tierra después de meses de búsque- da. Esa noche no durmió pensando en el negocio de reparación de

laptops. Ese sería su nicho.

Un nicho es una porción pequeña de mercado, un comparti- miento con determinadas características, normalmente asociado con un tipo de cliente y un tipo de producto o servicio enfocado a este. Uno puede escoger un nicho enfocándose en el cliente cuan- do, por ejemplo, vende artículos para gente con sobrepeso; también puede escoger el tamaño del cliente o ser especialista de un territo- rio, de un producto muy específico o ser el experto del servicio. En el caso de Manuel, escogería al propietario de laptops, normalmente con más poder adquisitivo y de un perfil más ejecutivo, y a la vez se especializaría en este producto. Empezaba su diferenciación. En su caso fue la suerte o el destino los que lo hicieron ver la oportunidad, pero, en realidad, uno debe buscar siempre su nicho.

Manuel me sorprendería aún más cuando me contó que había decidido incorporar en su trabajo un componente social. Cuando caminaba por la zona, se había percatado de que existían bandas: había muchachos asaltantes, pequeños ladrones que arrebataban carteras y robaban a los transeúntes, sembrando así la inseguridad en la zona en la que él quería prosperar.

«Hay que ganarnos a estos pirañas —pensó un día, mientras veía la figura de dos de ellos alejarse rápido a la vuelta de una esquina, con la cartera de una mujer que minutos antes había comprado en su puesto—. Hay que darles motivos para vivir y enseñarles a ga- narse la vida con instrumentos que no sean la sorpresa y la chaveta». Es así que Manuel creó un emprendimiento social, pasó de utilizar y aplicar su enorme potencial, sus energías y su iniciativa no solo para progresar y para obtener una justa ganancia de sus acciones, sino para proyectarse en la sociedad con un trabajo en otros y con otros.

Mucha gente quisiera que los emprendedores empresarios sean unos tipos dedicados al lucro, a la ganancia, porque así estarían más relacionados con la caricatura que se ha hecho en nuestros pueblos del hombre que tiene éxito y dinero: es un maldito explotador. En realidad, deberíamos verlos como gente que, con su ingenio, a pesar de dificultades, en medio de la adversidad, logró salir adelante. Los emprendedores empresariales exitosos deberían ser nuestros héroes a

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

Gloria ordenaron sus respectivos desayunos: pan con queso, con huevo, con aceituna, chocolate, te, café. En minutos, todos estába- mos integrados en la rutina matutina de Wilson, el emporio de la tecnología de información de nuestro país.

Manuel Basualdo fue nuestro primer entrevistado. Había sido un dedicado profesor de sistemas en varios institutos. Un día, se encontró con un ex alumno, que le dijo que se había retirado y que en tres meses ganaba más de lo que le habían pagado luego de dos años de graduado. Decidió, casi como reto, hacer lo mismo.

Así, llegó a la Galería Garcilaso y empezó a trabajar en repa- ración de computadoras como la mayoría de los que estaban allí. Ganaba algo, definitivamente más que como profesor, pero aún no veía una diferencia interesante como para emocionarse.

Una tarde invernal, llegó un cliente y le dejó una laptop malo- grada. No arrancaba. «Se ha muerto», dijo mientras se la dejaba con la esperanza de un padre que lleva a su hijo al mejor especialista. Lo que no sabía es que Manuel nunca había visto una laptop. Pero era tarde: el cliente había partido con su ilusión a cuestas.

Pasaron las semanas y Manuel se acordó del encargo y decidió investigar el aparato de ese cliente. Se acercó a la repisa donde había puesto la misteriosa minicomputadora y la vio en el anaquel más alto, como retándolo no solo a repararla, sino a que la bajara de semejante lugar, que parecía un nicho alto de cementerio.

Manuel jaló un banco, se puso de pie encima, estiró los brazos, jaló la computadora y esta se deslizó por sus manos hasta caer so- noramente en el suelo, mientras se despanzurraba y vomitaba un bloque enorme y negro sobre las baldosas del piso.

—Carajo, ahora sí la cagué —dijo en voz alta. Luego recogió las grandes partes en que se había separado el aparato. Sudoroso, juntó la pantalla al teclado, cerró una tapa de la que querían salir unos extraños circuitos y, de pronto, se dio con una especie de pequeño ladrillo con los bordes oxidados, que debía encajar en una ranura que estaba esperando ser reparada.

En ese momento recordó sus clases de Química. El óxido es la descomposición de una batería. Las partes alcalinas de un circuito, al contacto con la humedad del ambiente, corroen sus compo- nentes y así aparece una especie de barba verde que malogra las baterías.

—¡¡Batería, es la batería la que está oxidada!! —gritó como un marinero que ha encontrado tierra después de meses de búsque- da. Esa noche no durmió pensando en el negocio de reparación de

laptops. Ese sería su nicho.

Un nicho es una porción pequeña de mercado, un comparti- miento con determinadas características, normalmente asociado con un tipo de cliente y un tipo de producto o servicio enfocado a este. Uno puede escoger un nicho enfocándose en el cliente cuan- do, por ejemplo, vende artículos para gente con sobrepeso; también puede escoger el tamaño del cliente o ser especialista de un territo- rio, de un producto muy específico o ser el experto del servicio. En el caso de Manuel, escogería al propietario de laptops, normalmente con más poder adquisitivo y de un perfil más ejecutivo, y a la vez se especializaría en este producto. Empezaba su diferenciación. En su caso fue la suerte o el destino los que lo hicieron ver la oportunidad, pero, en realidad, uno debe buscar siempre su nicho.

Manuel me sorprendería aún más cuando me contó que había decidido incorporar en su trabajo un componente social. Cuando caminaba por la zona, se había percatado de que existían bandas: había muchachos asaltantes, pequeños ladrones que arrebataban carteras y robaban a los transeúntes, sembrando así la inseguridad en la zona en la que él quería prosperar.

«Hay que ganarnos a estos pirañas —pensó un día, mientras veía la figura de dos de ellos alejarse rápido a la vuelta de una esquina, con la cartera de una mujer que minutos antes había comprado en su puesto—. Hay que darles motivos para vivir y enseñarles a ga- narse la vida con instrumentos que no sean la sorpresa y la chaveta». Es así que Manuel creó un emprendimiento social, pasó de utilizar y aplicar su enorme potencial, sus energías y su iniciativa no solo para progresar y para obtener una justa ganancia de sus acciones, sino para proyectarse en la sociedad con un trabajo en otros y con otros.

Mucha gente quisiera que los emprendedores empresarios sean unos tipos dedicados al lucro, a la ganancia, porque así estarían más relacionados con la caricatura que se ha hecho en nuestros pueblos del hombre que tiene éxito y dinero: es un maldito explotador. En realidad, deberíamos verlos como gente que, con su ingenio, a pesar de dificultades, en medio de la adversidad, logró salir adelante. Los emprendedores empresariales exitosos deberían ser nuestros héroes a

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

seguir, los ejemplos a imitar. Así, Máximo San Román tiene su funda- ción dedicada a mejorar la vida de niños pobres en regiones altoandi- nas de nuestro país; Ángel Añaños y sus hermanos destinan millones en las labores de su fundación a favor de un cambio de mentalidad en los peruanos; Alberto Benavides dirige y apoya la Asociación Los Andes de Cajamarca; Jeannette Enmanuel, de Santa Natura, apoya a comunidades campesinas aisladas; y Víctor Raúl Cánepa, inventor y fundador de Cantol, dicta gratis charlas de motivación por todo el Perú. ¿Por qué? Porque los emprendedores no son sujetos y esclavos de la ganancia, como algunos quieren hacer ver, sino personas inquie- tas, con energía: son gente que quiere transformar el mundo. Por eso, la acción de Manuelno hacía sino retratar el empuje de muchos de nuestros empresarios que emprenden acciones anónimas destinadas a mejorar su entorno. Doscientos pirañitas convertidos en técnicos de reparación de computadoras dan fe de ello.

Cuando nos despedimos de Manuel, emprendimos una explora- ción desordenada por las galerías y negocios de Wilson. Vimos que muchos negocios conservaban el espíritu original del conglomera- do, es decir, proporcionar copias de programas o de juegos para computadoras. Sin embargo, muchos también habían sabido en- contrar sus propios nichos y luego habían sido copiados por otros.

Así, por ejemplo, encontramos a los que vendían tóner para copia- doras, que luego ofrecieron cartuchos para impresoras, cartuchos re- cargables y finalmente crearon sus propias marcas de estos repuestos. Ese era el caso de Raquel Palomino, a quien encontramos frente a su puesto con dos celulares colgados del cinto, a la manera de pistolas, y voceando su producto a cuanto posible cliente pasara por delante.

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