Esa noche, cansado y en mi cama, puse los escritos desordenados de Simón en mi regazo y busqué entre los papeles algunas líneas que me hicieran reflexionar por lo encontrado esa tarde en Wilson. Era como si buscara en el libro de un pensador, en un evangelio o en los versículos de un libro secreto algunas luces sobre lo vivido.
Allí estaban varias ideas desordenadas, algunos pensamientos que no me parecían muy estructurados y reflexiones largas sobre el carácter de nuestra sociedad global. De improviso, hallé unas ideas sobre las entidades del Estado, señalando que deberían contribuir al desarrollo emprendedor en lugar de volverse trabas y obstáculos. Para mi sorpresa, eran muchos los párrafos que analizaban el tema y que hacían referencia directa a las instituciones estatales:
«Esta revolución socioeconómica no solo apunta a sacar a la luz la enorme energía innovadora de millones de personas para que su creatividad se despliegue sin cortapisas en los mercados globales —tal como lo hacen las grandes corporaciones—, sino que también es la manera de diversificar la oferta exportable y superar los límites de una economía extractiva. Para esto, es preciso construir una economía facilitadora que permita generar marcas, patentes, productos, de ma- nera ágil, innovadora y sin trabas legales o burocráticas, como las que hoy existen y son fomentadas por otro enemigo del carajo».
Otro párrafo señalaba enfáticamente la importancia de generar tecnologías propias y centros especializados como Wilson, que con- tribuyan a este desarrollo:
«Para ello se debe estudiar a las naciones que han avanzado más en la generación de riqueza, sobre todo a aquellas que lo han he- cho desarrollando ciencia y tecnología propias en conglomerados y con conocimientos basados en la investigación, a las personas que han entregado desarrollo a sus comunidades con esfuerzos sociales,
educativos, innovadores, empresariales, científicos y culturales», concluía. Y es que es cierto: en el siglo XXI es imposible para una nación volverse competitiva si no desarrolla conocimiento y si este desarrollo no es respaldado desde el Estado.
Sin embargo, ¿cómo podemos hacerlo si un trámite para pa- tente demora más de dos años y si un registro de marca es, además de caro, igual de lento? ¿No deberíamos tener una institución que busque que tengamos más registros y patentes en lugar de una que busque cobrar por cada persona que llega a su ventanilla? ¿Por qué un emprendedor peruano debe venir a Lima o a algunas contadas ciudades para crear su propia marca y soñar con competir en el mundo? ¿No pagamos impuestos para que esto se haga de manera ágil? No estamos hablando de alguien que quiere sacar licencia para un arma o de alguien que quiere comercializar pólvora, estamos ha- blando de emprendedores que desean empezar a sacar sus produc- tos, conquistar mercados locales y, de ser posible, internacionales.
Entonces recordé el volante, me puse a pensar en su tono apa- rentemente subversivo. ¿No tiene alguien derecho a criticar los im- puestos altos? ¿No es acaso nuestro impuesto general a las ventas (IGV), elevado a 19 por ciento en el gobierno de Alejandro Toledo y de manera provisional (hace más de cinco años), el más alto de toda la región? ¿Por qué debemos pagar a cada instante tasas e impues- tos inventados, como el de los carteles municipales, la licencia para operar las veinticuatro horas o el peaje de la vía expresa del alcalde Álex Kouri en el Callao, sin acusar a este Estado de tributarista y de derrochar en corrupción lo recaudado? ¿Dónde está lo subversivo del volante? Quizá, pensé, en la palabra revolución, pero ¿no ha sido acaso la causa de las revoluciones más grandes precisamente el alza de los impuestos?
Robin Hood se sublevó contra los impuestos abusivos del rey Juan, la Revolución francesa estalló con las últimas imposiciones fiscales de Luis XVI; la norteamericana, con la revuelta en Boston por los tributos al té; y la de Túpac Amaru II, por un cambio a la contribución de los arrieros. ¿Por qué no se puede gestar algo así aquí? ¿Qué es el Movimiento Revolucionario Emprendedor? ¿Qué está intentando hacer con los emprendedores? Esas eran las pregun- tas que intenté responder en las semanas siguientes y que iniciarían el gran cambio. Cogí el lapicero y entre dos párrafos anoté:
Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?
Ese día salí a las seis de la tarde de la Dirección de Seguridad del Estado, después de haber comprobado a cuatro oficiales, en diferen- tes oficinas y durante cinco horas, mi inocencia frente a los volantes «subversivos».
Segunda reflexión
Esa noche, cansado y en mi cama, puse los escritos desordenados de Simón en mi regazo y busqué entre los papeles algunas líneas que me hicieran reflexionar por lo encontrado esa tarde en Wilson. Era como si buscara en el libro de un pensador, en un evangelio o en los versículos de un libro secreto algunas luces sobre lo vivido.
Allí estaban varias ideas desordenadas, algunos pensamientos que no me parecían muy estructurados y reflexiones largas sobre el carácter de nuestra sociedad global. De improviso, hallé unas ideas sobre las entidades del Estado, señalando que deberían contribuir al desarrollo emprendedor en lugar de volverse trabas y obstáculos. Para mi sorpresa, eran muchos los párrafos que analizaban el tema y que hacían referencia directa a las instituciones estatales:
«Esta revolución socioeconómica no solo apunta a sacar a la luz la enorme energía innovadora de millones de personas para que su creatividad se despliegue sin cortapisas en los mercados globales —tal como lo hacen las grandes corporaciones—, sino que también es la manera de diversificar la oferta exportable y superar los límites de una economía extractiva. Para esto, es preciso construir una economía facilitadora que permita generar marcas, patentes, productos, de ma- nera ágil, innovadora y sin trabas legales o burocráticas, como las que hoy existen y son fomentadas por otro enemigo del carajo».
Otro párrafo señalaba enfáticamente la importancia de generar tecnologías propias y centros especializados como Wilson, que con- tribuyan a este desarrollo:
«Para ello se debe estudiar a las naciones que han avanzado más en la generación de riqueza, sobre todo a aquellas que lo han he- cho desarrollando ciencia y tecnología propias en conglomerados y con conocimientos basados en la investigación, a las personas que han entregado desarrollo a sus comunidades con esfuerzos sociales,
educativos, innovadores, empresariales, científicos y culturales», concluía. Y es que es cierto: en el siglo XXI es imposible para una nación volverse competitiva si no desarrolla conocimiento y si este desarrollo no es respaldado desde el Estado.
Sin embargo, ¿cómo podemos hacerlo si un trámite para pa- tente demora más de dos años y si un registro de marca es, además de caro, igual de lento? ¿No deberíamos tener una institución que busque que tengamos más registros y patentes en lugar de una que busque cobrar por cada persona que llega a su ventanilla? ¿Por qué un emprendedor peruano debe venir a Lima o a algunas contadas ciudades para crear su propia marca y soñar con competir en el mundo? ¿No pagamos impuestos para que esto se haga de manera ágil? No estamos hablando de alguien que quiere sacar licencia para un arma o de alguien que quiere comercializar pólvora, estamos ha- blando de emprendedores que desean empezar a sacar sus produc- tos, conquistar mercados locales y, de ser posible, internacionales.
Entonces recordé el volante, me puse a pensar en su tono apa- rentemente subversivo. ¿No tiene alguien derecho a criticar los im- puestos altos? ¿No es acaso nuestro impuesto general a las ventas (IGV), elevado a 19 por ciento en el gobierno de Alejandro Toledo y de manera provisional (hace más de cinco años), el más alto de toda la región? ¿Por qué debemos pagar a cada instante tasas e impues- tos inventados, como el de los carteles municipales, la licencia para operar las veinticuatro horas o el peaje de la vía expresa del alcalde Álex Kouri en el Callao, sin acusar a este Estado de tributarista y de derrochar en corrupción lo recaudado? ¿Dónde está lo subversivo del volante? Quizá, pensé, en la palabra revolución, pero ¿no ha sido acaso la causa de las revoluciones más grandes precisamente el alza de los impuestos?
Robin Hood se sublevó contra los impuestos abusivos del rey Juan, la Revolución francesa estalló con las últimas imposiciones fiscales de Luis XVI; la norteamericana, con la revuelta en Boston por los tributos al té; y la de Túpac Amaru II, por un cambio a la contribución de los arrieros. ¿Por qué no se puede gestar algo así aquí? ¿Qué es el Movimiento Revolucionario Emprendedor? ¿Qué está intentando hacer con los emprendedores? Esas eran las pregun- tas que intenté responder en las semanas siguientes y que iniciarían el gran cambio. Cogí el lapicero y entre dos párrafos anoté:
Nano Guerra-García
Aprendizaje
En una zona de comercios con productos, siempre es im- portante encontrar un nicho de especialización. Uno puede encontrar una gama de productos, un subproducto, un tipo de producto que te permitirá que los clientes te busquen den- tro de la zona. Si esta especialización puede ser basada en un conocimiento específico, mejor. Sin embargo, en un mundo de marketing y de productos presentados hacia el cliente de formas innovadoras e impactantes, siempre será importante crear y lanzar tu propia marca. Eso no solo te da identidad: te permite competir con marcas grandes y dar una imagen de calidad, como lo hizo Raquel.