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cartapacio Río Claro

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Academic year: 2022

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Río Claro

Colombia, caminos para la paz Claudia Tobo

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MargariTa Hija de liliana, prima de roMelia, nieta de TereSa. pepiTa urruTia Madre de CaMilo.

lilia Madre de MargariTa y tía de roMelia. raúl

joSe Actor que representa.

padre álvaro Cura actual de Río Claro.

franCiSCo Cuéllar Exguerrillero captor de CaMilo. loCuTor Locutor de radio.

peCoSo Perro chandoso.

raMón pérez Exjefe paramilitar, ordenó la masacre de Río Claro y empaló a juana.

MariSol

flor Actriz que representa.

TereSa Madre de juana y liliana, abuela de roMelia y MargariTa.

TaTiana Guerrillera desmovilizada, indígena del Cauca.

SariTa Habitante de Río Claro y testigo viva de la masacre.

aSTrid

adelaida Actriz que representa.

roMelia Hija de juana, sobrina de liliana, prima de MargariTa, nieta de TereSa.

dani

juan Actor que representa.

gorka Mochilero vasco.

CaMilo Hijo secuestrado de pepiTa urruTia. voz publiCidad Voz de la radio.

Cura Cura durante la masacre.

poliCía Policía durante la masacre.

juan MalaCopa Costeño víctima de la masacre.

Coro

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EPÍLOGO

ángela.— Somos un grupo de actores y actrices que representarán a un grupo de actores y actrices que representan, a su vez, una obra para hablar de la guerra en Colombia.

juan.— Seremos pretenciosos porque hemos leído mucho y sabemos mucho sobre el tema.

Todos miran a dani.

adelaida— Teníamos unas proyecciones muy lucidas con estadísticas y fechas para acercarlos más a la realidad colombiana.

ángela.— Luego nos hemos acordado de la utilidad de las cifras.

juan.— Siete millones de víctimas.

joSe.— Una cifra es un número.

adelaida— Más o menos como toda la población actual de Madrid.

flor.— 7.900.102 víctimas es el número exacto que coteja el Registro Único de Víctimas (RUV) entre asesinatos, desapariciones, violacio- nes, torturas o desplazamientos forzados, entre otras causas.

joSe.— Sabemos, aprendimos y la historia nos recuerda a cada rato que un número es solo un número y un muerto solo un muerto; a menos que sea tuyo, lo maten violentamente o no lo puedas enterrar.

flor.— (Con marcado acento caleño.) Algunos somos colombianos y hare- mos acentos de las diferentes regiones, todos ellos musicales y precio- sos que harán disfrutar a los más nostálgicos.

juan.— Otros solo haremos guiños porque los coaches o entrenadores de acento cobran caro desde que los actores y actrices españoles se metieron a hacer pelis y series de narcos.

flor.— Nos conocemos, somos estos, con esta ciudad y estos dolores.

Unos viejos (Pausa.) y otros nuevos (Pausa.), unos colectivos y otros que no los contaríamos a nadie.

ángela.— Tienen en su programa de mano un código QR que pueden descargar si así lo desean. Contiene algunos documentos de con- sulta para que, una vez terminada esta función, se instruyan sobre el conflicto colombiano en términos de cifras, historia, terminología y doten a esas cañas de después de un algo más.

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joSe.— También seremos ambiciosos porque hay que darlo todo o que- darse en casa viendo Netflix.

flor.— En la Latinoamérica más presente, la que se moviliza harta de que la pisen, se ha acuñado entre los más jóvenes el #Contodosino- paqué

Canta y los demás se van sumando a ese canto con toda la fuerza y energía que sus cuerpos y voces permitan.

¡Con todo si no pa qué!

¡Con todo si no pa qué!

¡Con todo si no pa qué!

Los actores se detienen en coro mirando fijamente al público por unos segundos.

Hacen una danza/coro ritual que podría recordar vagamente a una haka del pueblo maorí.

Un hombre bueno será siempre un hombre bueno.

¡Así es!

Un hombre bueno será siempre un hombre nuevo.

¡Así es!

Nadie podrá

llevar por encima de su corazón a nadie, ni hacerle mal a su persona

aunque piense y diga diferente.

Un hombre bueno será siempre un hombre bueno.

¡Así es!

Un hombre bueno será siempre un hombre nuevo.

¡Así es!

¡Así es!

¡Así es!

Los actores rompen el coro.

joSe.— Artículo 12 de la Constitución Política Colombiana traducida por los indios wayuus. A continuación, reproduzco el artículo origi- nal y su traducción.

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En la constitución colombiana. Artículo 12: Nadie será sometido a des- aparición forzada, a torturas ni a tratos o penas crueles, inhumanas o degradantes. Traducción de los indios wayuus del norte de Colom- bia. Pedazo Diez-Dos: Nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie, ni hacerle mal a su persona, aunque piense y diga diferente.

Bienvenides.

EL MIEDO

TereSa— (Coge un trozo de cuerda entre las manos, la manipula y la hace dan- zar.) Una cuerda es una cuerda: para atar las vacas, para construir una escalera o para colgarse de un árbol. Los niños de mi pueblo son como cuerdas. Los hay curtidos por el sol y el agua, endurecidos e in- servibles, ese era mi abuelo. Los hay que, con el mismo sol y la misma agua, son blanditos y llorones como mi padre y los hay que, con co- bijo, agua y sol, son como mis nietas, llevan la cuerda en el bolsillo.

En algunas ocasiones la cuerda las ahoga y en otras las hace volar…

porque quién ha dicho que un trozo de cuerda no sirva para volar.

roMelia y Margarita están en la sala de embarque de un aeropuerto. roMelia tiene una mochila entre sus piernas que guarda con recelo mientras no deja de mirar a su alrededor.

MargariTa.— ¡Venga, por favor, Rome! Deja eso en el suelo o a un lado que la gente va a pensar que llevas una bomba.

roMelia.— Te dije que lo mandáramos en el equipaje de bodega. Joder, esto es raro, esto no está bien y si me preguntan, ¿yo qué les digo?

Margarita le quita la mochila a roMelia y se queda en silencio.

vozenoff.— Viajeros con destino a la ciudad de Cali del vuelo B2433, su vuelo está a punto de empezar el proceso de embarque. Ladies and gentlemen…

roMelia se levanta y corre hacia la fila, se pone la primera para embarcar.

vozenoff.— Invitamos a embarcar a los pasajeros con tarjetas Gold, personas mayores, mujeres embarazadas o familias que viajan con niños.

MargariTa.— Que todavía no toca, madre mía, qué atacada que es.

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Margarita se levanta y va junto a roMelia que se ha separado un poco de la fila para dejar pasar a los pasajeros prioritarios, no para de hacer gestos.

vozenoff.— Por cuestiones de peso en cabina les invitamos a facturar su equipaje de mano sin costo adicional.

SARITA

padre ávaro.— Esta escena ocurre un mes antes de que Romelia y Margarita lleguen a Río Claro. Es el 10 de agosto de 2019 y estoy con SariTa, una vecina del pueblo, una sobreviviente, aunque no le guste que la llamen así.

SariTa.— Ya le dije, padre, no es por ser terca ni por joderle la vida a nadie. Usted sabe que yo no soy así.

padre ávaro.— Sara, usted es ejemplo para mucha gente. Usted sabe cuánta plata y gente está metida en todo este proceso. Dígame, con todo lo que usted ha luchado por este pueblo, ¿cómo así que no va a estar en un momento tan importante? Ese señor ha insistido mucho.

SariTa.— ¿Yo qué les voy a decir a esos doctores?

padre ávaro.— No son doctores, es el señor que ordenó todo eso y otros que participaron también. Él ya pagó cárcel y todo, pero tenemos que cerrar esas heridas, Sara.

SariTa.— Yo le juro, padrecito, que yo no me acuerdo, hace ya tantos años, que yo no me acuerdo de ninguno de ellos. Yo sí me acuerdo de lo que pasó porque nos pasó a nosotros, pero ya casi no me acuerdo de ese día.

¿Cuándo es que dice que van a hacer la misa esa?

padre ávaro.— Haga el favor de poner cuidado cuando se le habla, que me tienen de loro en este pueblo y estoy mamado de repetir todo. Tres veces que le explico lo mismo.

El sacerdote sufre un ataque de tos.

SariTa.— Sí ve, padre, estas cosas son tan tristes que lo indisponen a uno.

¿Para qué revolver tanto el pasado? Lo pasado, pasado está.

padre ávaro.— Póngase a pensar lo que le deja a su hijo si un día se entera.

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SariTa.— A mi muchacho no me lo meta en esto. ¡Júreme, padre!

padre ávaro.— Yo le cumplo, pero cúmplale usted a la paz.

SariTa.— No me diga eso, padre. Yo no puedo ir por allá a inventarme cosas. ¿Me deja que le ponga un ejemplo? Cuando yo era chiquita mi papá le partía la carita a mi mamá cada vez que llegaba borracho, una vez casi la mata. ¿No va a creer que no me acuerdo de nada? Solo me acuerdo del sonido de las ollas contra el piso. Hasta el día de hoy que se cae una olla y me da tembladera y ganas de ponerme a llorar como si fuera una Magdalena. Cuando mi mamá contaba las palizas de mi papá, ya no se me daba nada, me daba lástima por mi viejita, pero ya no me daban ganas de llorar ni nada.

El padre se levanta de la silla, se pone un sombrero y toma su bastón.

SariTa.— No, padrecito, ahora se me sienta y escucha que estoy hablando yo. Me acuerdo de las ollas en el piso, de las botas que llevaban pues- tas, de los tiros que le dieron al tejado, de las gallinas aletiando sin parar, del charco de sangre, de que lo tapé con una sábana y luego me tocó lavarla porque no tenía más. Me acuerdo del patacón y de la limonada que se quedaron servidos.

El padre le pone la mano en el hombro a Sara y ella se aparta.

SariTa.— No, padre, no. Esa gente me pone fotos para que los reconozca y yo no puedo. Yo ese día me levanté del piso, lo tapé con una sábana, le di el biberón a mi niño y lo arrullé hasta que se durmió. Mientras, se escuchaba como petardiaban el pueblo.

El cura se recoloca el faldón y el alzacuellos. Sara toma un mantel y evoca a un bebé en brazos.

SariTa.— Shhhh, duérmase, mi príncipe, duérmase. «Por ahí mataron a otro» me decía a mí misma y seguía arrullando a mi pelaíto. Mi niño se quedó dormido y nadie salió a la calle hasta el día siguiente. Cómo los voy a perdonar si solo me acuerdo del sonido de las ollas cuando las aporrean.

padre ávaro.— Yo le respeto su decisión, pero que sepa que de la gente que está citada, mucha va a hacer lo mismo que usted haga.

Va a ser una cosa muy bonita. Primero una misa con el obispo y las

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autoridades, después un acto de perdón y después vamos a llevar una ofrenda al río.

SariTa.— Usted sabe, padre, que yo nunca le digo a nada que no… pero esto es diferente.

padre ávaro.— Piénselo, lleve a los pelaos a los que les está enseñando a cantar pa que también participen.

EL VIAJE roMelia y Margarita sentadas en el avión.

vozenoff.— Señores pasajeros atravesamos una zona de turbulencia, les rogamos abrochen sus cinturones de seguridad y se abstengan de usar los baños.

roMelia sufre un ataque de risa nerviosa incontrolable y contagiosa.

MargariTa.— Para.

roMelia.— No puedo, tía, te juro que no puedo.

MargariTa.— (Que se contagia y no lo puede evitar.) Joder, que van a venir a decirnos algo.

roMelia rompe en llanto y risa a la vez.

roMelia.— Es que no puedo dejar de pensar que la urna estalla y todos quedamos cubiertos de ceniza.

MargariTa.— Maldita desquiciada.

roMelia.— Loca tu madre, que mira en la que nos pone. Llevo meses doblando camisetas en una tienda y ahora resulta que me voy de va- caciones.

roMelia toma la mochila misteriosa y habla a público.

roMelia.— Ella es mi prima Margarita que, de alguna manera, es como mi hermana y la de la mochila es mi tía, que es como mi madre por- que me adoptó cuando mi madre murió.

MargariTa.— (Sumándose al relato de Astrid.) Mi madre acaba de morir.

roMelia asume el rol de su tía para leer una carta.

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roMelia.— Mis niñas, mis muñecas hermosas, se acabó el viaje.

MargariTa.— Fue una enfermedad larga y con dificultades económicas.

roMelia.— Les dejo una platica para que vayan a Cali y de ahí al pueblo para que lleven mis cenizas.

MargariTa.— Dejó una carta con sus últimas voluntades y ahora tene- mos que cumplirlas.

roMelia.— Dejen mis cenizas junto al árbol de la plaza y páguenle una misa al cura del pueblo.

MargariTa.— ¡Joder, mamá! ¡Joder!

roMelia.— Todo fue por amor. Su mamita que las quiere.

MargariTa.— También dejó otra carta, como de culebrón latinoameri- cano, con mensajes de cariño para cada una de las vecinas del edifi- cio y también para cada uno de sus compañeros de trabajo.

LOS ACTORES

joSe.— Cuando todo este viaje empezó hace ya varios meses, cuando guerrilla, paramilitares, Bojayá o Bacrim, sonaban a chino a más de la mitad de este equipo con ganas de hablar de Colombia y su guerra, apareció él. Nuestro Agustín Lara.

flor.— Llevábamos varias semanas leyendo, alucinando y llorando ante entrevistas, imágenes y relatos de la historia de Colombia. Fue entonces cuando nuestro particular Agustin Lara preparó este viaje.

juan.— Explicad por qué Agustin Lara que el público no debe estar entendiendo nada.

joSe.— Agustin Lara, compositor mexicano del chotis Madrid: (Tara- rea.) “Madrid, Madrid, Madrid, en México se piensa mucho en…”

adelaida— (Interrumpiendo a Raúl.) Pues el señor Lara no pisó España una sola vez en su vida.

ángela.— Y, aun así, compuso uno de los himnos más bellos sobre la nostalgia y la morriña de los que cambiaron de patria.

juan.— Es verdad, nunca estuve en Colombia. Una vez escuché a mi amigo Gorka, que fue como voluntario al Pacífico, decir lo siguiente:

(Imita el acento vasco con poca destreza.) «Hostias, tío, Colombia es como una novia loca. ¿Sí me entiendes? La quieres y odias a la vez.

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Pero, sobre todo, ¡tienes que amarla, hostia! Por encima de todas las cosas, tienes que amarla porque no la vas a entender en tu puta vida, créeme.»

Dani, solemne, pone una radio en el centro del escenario.

juan.— Señoras y señores, por favor, revisen de nuevo que su teléfonos móviles están apagados, pónganse cómodos, cierren los ojos, escu- chen y… vuelen.

La luz se cierra sobre la radio y suena la grabación de Dani.

RÍO CLARO

roMelia y Margarita con sus mochilas perdidas en medio de algún camino entre pueblos del Pacífico colombiano.

MargariTa.— Te dije que nos faltaban dos paradas.

roMelia.— Primera noticia de que hay paradas, tía, que no las veo, perdona.

MargariTa.— _ No hay señal de móvil y no pasa un alma. Bienvenidas a Colombia.

A lo lejos se ve a un chico también con mochila, camina tranquilo y viene acompa- ñado de un perro chandoso.

roMelia.— Anda, mira, un hippie de los tuyos, a ver si sabe cómo salir de aquí.

gorka.— Hola chicas, las vi en la flota. Españolas, ¿verdad?

MargariTa.— Sí, tú también.

gorka.— No, soy vasco.

MargariTa.— Pues español.

gorka.—No, soy vasco.

MargariTa.— Vale, lo que tú quieras, majo.

roMelia.— Estamos perdidas.

gorka.— Tenéis toda la pinta. Si vais a ir al avistamiento de ballenas, el bus para Ladrilleros pasa en dos horas.

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roMelia.— Vamos para Río Claro.

gorka.— ¿Estáis seguras? A ese pueblo no van turistas.

roMelia.— ¿Es peligroso?

gorka.— No, no es eso, es que ahí no hay mucho para ver. Os acom- paño, son como cinco kilómetros.

MargariTa.— ¿Y un taxi?

gorka.— No, guapa, bienvenida a la Colombia que no sale por la tele.

tereSa los ata, arrastra y guía.

TereSa— Cuando un niño nace en Río Claro sus padres plantan un árbol para que no se separe de la tierra y para que pueda ser sombra para su familia. Cuando una mujer nace, una cuerda enorme se le regala a los padres, para que de mayor, entreguen sus riendas a un buen hombre (Coge un trozo de cuerda entre las manos, la manipula y la hace danzar.).

EL AUSENTE

TereSa— A cada hijo, un legado. Hay hijos que heredan la tierra y hay hijos heredan el odio. Hay en cada ser del firmamento el anhelo de un buen padre, uno de manos grandes que aran la tierra y abrazan fuerte. Todos los hijos de esta tierra añoran un padre, aunque tirano, siempre un padre. Al padre se le ama, se le respeta, hay silencio a su paso, porque todos anhelan un padre. Sin padre un hijo es sal para alimentar las tierras de otro o sal para matar en nombre de nadie. Un hombre sin padre es capaz de construir un imperio o de quemar todo a su paso.

FranCiSCo y PePita están en espacio-tiempo diferente, como separados por una quinta pared que les impide verse.

franCiSCo Cuéllar.— Seré Francisco Cuéllar. Guerrillero desmovili- zado de las FARC, Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.

Acabo de cumplir setenta y cinco años. Estoy cerca del mar, corto salchichón y pan con un cuchillo, tiro trozos de pan a los perros pla- yeros.

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pepiTa urruTia.— Pepita Urrutia, madre de hijo desaparecido: Juan Camilo Rodríguez. Estoy en la habitación de la casa donde dormía mi hijo. Recojo las cosas de mi hijo muerto. Hay una luz fría, como de mañana fresca, apenas está saliendo el sol.

franCiSCo Cuéllar.— Francisco Cuéllar participó en la creación de las FARC, eran los años 60, tenía quince años. Le gustaban las armas y le dijeron que servían para luchar por el pueblo.

pepiTa urruTia.— Suena el teléfono a las tres de la mañana del 12 de julio de 2001. Un escalofrío me atraviesa el pecho, igual que el día que dos sicarios mataron a mi marido, el fiscal general Mauricio Rodríguez, el 23 de diciembre de 1999. Camilito se fue a pasar el fin de semana a una finca en Honda con los amigos de la universidad. Lo acaba de secuestrar el frente 34 de las FARC en una pesca milagrosa.

Pesca milagrosa es como le llamaron a los retenes de horas que hacía la guerrilla en las carreteras de este país entre 1998 y 2002 para ver a quién podían secuestrar. Solían secuestrar para pedir un rescate económico o por motivos políticos.

franCiSCo Cuéllar.— Sí que le voliamos pata a todas esas montañas del Tolima en los 70 y 80. Cuando se hacía de noche volié uno machete por todo ese monte lleno de culebras. En una de las veces cruzando el río nos acorralaron los del ejército. A una camarada le tocó ahogar a su tontico en el río. Uno ya sabía que si los llegaban a agarrar vivos los ensartaban en un palo por más hacer sufrir a la mamá.

pepiTa urruTia.— Hasta arrugados se los ponía… Mire que yo le decía que se los planchaba la muchacha y ni por esas. Era más terco que una mula. Mijito, nunca pensé… habría preferido ser yo. Mi niño, tan hermoso y tan inteligente. Igualito a tu papá…

franCiSCo Cuéllar.— Eran otros tiempos, con ánimos pa cambiar esto.

Con ganas de parranda, ganas de cambiar el mundo. Acurrucados entre esos matorrales y listos pa echarle bala y machete al que juera.

pepiTa urruTia.— Este dolor no se me va a ir ni después de muerta.

¿Dónde estás?… ¿Te torturaron? ¿Dónde está tu cuerpito, mi niño amado?

franCiSCo Cuéllar.—

Salvar al pueblo vencer la pobreza

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cantar vallenatos acariciar una mujer echar tierra

amansar la bestia morir de amor.

pepiTa urruTia.— Los elefantes marchan al lado de sus crías para toda la vida, les enseñan el camino que recorren y han recorrido para que las crías lo recuerden y lo enseñen de generación en generación.

franCiSCo Cuéllar.— No tengo mucho que hacer ahora, no quiero vol- ver a las armas, pero es toda una vida entregada a la causa revolu- cionaria.

pepiTa urruTia.— Después de un mes de llevarse a Camilo dieron la primera prueba de vida.

Se escucha en off la conversación de ese día, suena entrecortada como si se tratara de una conexión por radioteléfono.

pepiTa urruTia.— Camilo, Camilito, mi vida.

CaMilo.— Estoy bien, mami.

pepiTa urruTia.— Su voz es débil, una madre sabe esas cosas, es tan débil que llego a dudar que sea él. Camilo, ¿cómo se llamaba tu osito que te regaló la abuela? Pasa la persona a cargo y me dice que cree que estamos rastreando la llamada y que se comunican otro día. Dios me perdone pero el dolor, la incertidumbre… varias veces deseé du- rante esas semanas que mi niño estuviera muerto, que no lo tortura- ran, que no nos torturaran más.

franCiSCo Cuéllar.— Le gustaría a uno devolver esos cuerpos… pero son muchos y esas familias van a sufrir más si lo saben todo.

pepiTa urruTia.— Después de un mes nos volvieron a dar pruebas de vida, nos respondieron a preguntas para comprobar que era él. Le pregunté al comandante que si escuchaban en radio el programa Las Voces del secuestro, me dijo que algunos días sí. Le dije: «Señor, si usted tiene mamá déjeme escuchar a mi hijo, por favor». Creo que se con- movió. Estas son las últimas palabras que tengo de él. (Saca su móvil y pone el audio.). «Mami, te amo, no llores tanto que te salen arrugas.

Te amo, nos vamos a ver pronto. Cuídame a Paquita». Mi hermano grabó esta conversación con una grabadora de periodista, conseguí

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pasarla aquí y escucharla me da paz. Hay gente que no lo entiende, pero me da paz.

franCiSCo Cuéllar.— Señor presidente, le estamos cumpliendo, pero

¿sabe qué? Nos estamos mamando de esta mierda. Ya pagamos lo nuestro, ya pedimos perdón, pero no voy a tirarme por un puente.

No juegue con mi paciencia, señor. Yo también tengo camaradas y familiares muertos. Usted firmó la paz con un grupo armado, no con cuatro ladrones… nomás le recuerdo.

Se rompe la quinta pared que separaba a los personajes. Hay ruido de periodistas y flashes de cámaras fotográficas.

pepiTa urruTia.— El señor Francisco Cuéllar tiene mi perdón porque este país necesita la paz. Solo quiero recordarle que mi hijo hoy ten- dría treinta y seis años. Que nadie nunca más en este país le tenga que celebrar el cumpleaños a su hijo ausente. Digan dónde están los cuerpos para que la herida de todo este dolor pueda sanar. Ten- gan respeto por nuestro dolor, denle tiempo al país, no quieran ser líderes, senadores o alcaldes. Primero reparen y después pidan ser aceptados de nuevo por la sociedad.

LOS ACTORES

juan.— Yo creo que estamos siendo muy tibios con todo lo que han hecho los grupos armados.

ángela.— Se trata de humanizarlos, no de santificarlos, es lo que pienso todo el rato.

adelaida— En ese infierno cada uno hizo lo que pudo, más que lo que quiso.

flor.— Aparte, hay que dar una lectura optimista y humana. Hija, se te sale lo uribista.

ángela.— Bueno… habló la mamerta.

juan.— Así todo el rato estas dos.

joSe.— Uribistas son los seguidores del expresidente de derechas Ál- varo Uribe Vélez, ligado de modo claro, y en actual investigación, a la creación del paramilitarismo en Colombia.

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juan.— Los paramilitares son grupos al margen de la ley creados por empresarios, políticos, exmilitares, narcotraficantes y, en general, ciudadanos inconformes con el actuar del estado frente a los grupos guerrilleros.

joSe.— Mamerto es una forma despectiva de llamar a las personas que no comulgan con la derecha o que manifiestan empatía, gusto o mili- tancia en las ideas de izquierda.

flor.— Es menos simplón que como lo estáis contando. Que son mu- chas décadas. Mi abuelo vio cuando mataron a sus tres hermanos a machetazos por godos en los años 40.

joSe.— Se cree, se investiga y se rumora que el expresidente Álvaro Uribe es uno de los fundadores y máximo jefe de los paramilitares.

ángela.— Mi tía se tuvo que ir de su pueblo a finales de los 90 por- que se enamoró de un guerrillero; los paras la buscaban para matarla cuando supieron que estaba embarazada.

juan.— Pues así los colombianos… cincuenta años de odio y pelea entre hermanos, hasta hoy. Me quiere sonar familiar, pero digamos que no nos suena de nada…

adelaida— Es imposible tomar partido en una guerra de más de cin- cuenta años, no sé, es lo que siento acercándome por primera vez a algo tan fuerte.

flor.— ¿Tú sabes cuántas verdades posibles hay ahí?

ángela.— Siempre está la gente buena y la que se tuerce.

joSe.— ¿Sabíais que hay parejas de excombatientes de bandos contra- rios? También de víctimas y victimarios.

adelaida— Como esas parejas de israelí y palestino.

juan.— Lo de que existiera una radio que leía las cartas de los familia- res a los secuestrados es precioso, pero aterrador también.

adelaida— Hay grupos guerrilleros que para castigar a los secuestra- dos les quitaban las radios, sabían que ese era el único contacto con sus familias

Ángela, que interpreta a PePita UrrUtia, saca una carta del bolsillo.

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ángela.— Esta es una de las cartas que Pepita le manda a Camilo, ella siempre ha tenido la certeza de que él la escuchó. ¿Cómo se le presta el cuerpo y la voz a una víctima para hacerle justicia?

joSe.— Eso es difícil de saber. ¿Bonito y digno? Yo hago de locutor y Juan las cuñas radiales.

ángela.— Vale.

loCuTor.— Buenas tardes. Les damos la bienvenida a todos aquellos que están esperando ese turno para el regreso a la libertad, a todos esos hermanos secuestrados en las selvas de Colombia. Aquí inicia- mos esta cita con la vida.

adelaida— Cada domingo desde la media noche y hasta las seis de la madrugada, el programa radial Las Voces del secuestro servía para dar unas pinceladas de la vida de la familia del secuestrado. Se compar- tían penas y alegrías.

loCuTor.— Tenemos este siguiente mensaje. Este mensaje es para Ca- milo Rodríguez. Está con nosotros, aquí le tenemos una voz que yo sé que se va a emocionar mucho Camilo cuando la escuche.

pepiTa urruTia.— (Canta.) ¡Cumpleaños feliz! Felicidades, mi amor, te traje una tortica para celebrar que ya eres mayor de edad. Quiero decirte que te amo muchísimo y que estamos muy tristes porque, la- mentablemente, no estás hoy aquí. Paquita te extraña mucho, desde que no estás duerme en tu cama y está siendo una gran compañera en todo este proceso. Le hago pedacitos de pollo y se los mezclo con su comida, así como tú hacías. Amor, sigue cuidándote y con toda la esperanza viva.

juan.— (Con desbordante entusiasmo.). ¿Disfunción eréctil, debilidad, bajo rendimiento en el trabajo y en la pareja? Jalea real Vigorex. Porque con Vigorex se sentirá mejor, mejor, mejorex. De venta en las mejores tiendas naturistas del país.

joSe.— El periodista Hervin Hoyos es el creador del programa Voces del secuestro. Dice que se le ocurrió cuando fue secuestrado y se dio cuenta que los secuestrados escuchaban la radio y que sintonizaban la emisora para la que él trabajaba.

adelaida— La familia de Hervin vive fuera del país y al él han inten- tado asesinarlo varias veces. Hay periodistas que sueñan con no tener que emitir su programa nunca más.

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loCuTor.— Aquí estaremos hasta que salga el último secuestrado en Colombia; ese día se acabará Las voces del secuestro.

flor.— Durante veinticuatro años, el programa radial Las Voces del Se- cuestro les permitió a las familias de las víctimas del secuestro enviar mensajes a sus seres queridos secuestrados en Colombia. Pero en febrero de 2018, el programa salió del aire dejando a miles de víctimas sin el único medio de comunicación que tenían.

loCuTor.— Hoy… me quitan un micrófono, pero no me quitan mi voz.

Hoy me quitan un medio, pero no me quitan la fuerza para seguir de- nunciando. Y aquí seguiré denunciando hasta que ella se me apague para siempre.

Un fuerte aplauso.

loCuTor.— La verdad no se negocia, la verdad no se vende, la verdad no se transa. La verdad no se acomoda al que mejor ofrece, la verdad no se deja intimidar, la verdad nos hará libres.

El actor rompe la ficción y se dirige a público.

joSe.— Todo mi texto en esta escena pertenece textualmente a las pala- bras del periodista Hervin Hoyos. Premio Nacional de Paz. Se cree que el fin del programa fue una orden política.

Se escucha alegre y solemne música de banda de pueblo.

TATIANA

gorka, roMelia, Margaritay tatiana en el salón de una casa vieja con un patio en medio y corredores alrededor, vienen con mochilas gigantes.

TaTiana.— Niños, si les provoca, péguense una duchita rápida porque en un rato nos cortan el agua. Les voy a preparar para que coman algo.

gorka.— La ducha supo a Tatiana y a ese corazón de oro que tiene. No les dije a las chicas mucho de Tati, mejor que se descubran ellas. Nos pone una mesa linda, jugo de mango, arroz con patacón y huevo.

Tatiana está tensa, las chicas agradecidas, pero la cosa no fluye.

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Armo un porrito y Tati saca Whisky que le regalaron en navidad, lo demás… ay, lo demás.

gorka muy afectado por los porros, queda en una especie de estado contemplativo mientras las chicas hablan.

MargariTa.— ¿Entonces eres desmovilizada?

TaTiana.— Sí.

roMelia.— Qué fuerte, tía, perdón por nuestra cara de flipadas y de turistas. No me respondas si no quieres, ¿vale? Pero ¿entonces tú has matado a personas?

TaTiana.— Sí, pero ya no mato ni a los mosquitos que me pican por las noches, no se preocupen.

MargariTa.— Qué fuerte, tía, perdona, pero yo soy trabajadora social, esto lo he leído en libros y yo no estoy de acuerdo con la violencia.

TaTiana.— Eso por aquí no se elige. Mi mamá me abandonó y me crié con mi tía y el marido, que me violó desde que tenía cinco años.

roMelia.— Joder, qué mierda. ¿Y tu tía no decía nada?

TaTiana.— Lo supo siempre, pero le daba miedo que la dejaran. En este pueblo no había policía, ni ejército, yo tenía como diez años la pri- mera vez que vi un soldado. Vinieron los de las FARC a pedir cuota revolucionaria, que le tocaba dar a alguno de los hijos para ir a filas.

Mis primos eran bien inútiles y pa mí eso fue la salvación. Allá tam- bién me violaron, pero al menos no eran familia mía.

MargariTa.— Pero ¿no podías pedir ayuda o escaparte de ahí?

TaTiana.— Cuando yo era chiquita, ir a la vereda de al lado era como cambiar de país. Uno sabe que entra pero no sale de una cosa así.

tatiana les sirve otro vaso de whisky.

TaTiana.— Entonces, ¿su mamá es de acá?

roMelia.— Sí, vinimos a traer las cenizas de mi tía, mi mamá murió cuando yo era muy pequeña, pero yo sí nací aquí.

TaTiana.— ¿Se imaginaban el pueblo así?

roMelia.— No, mi tía describía cosas que creo que ya no existen. El callejón de los novios, ese, por ejemplo, no lo hemos encontrado.

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TaTiana.— Dicen que era muy bonito, ahora es un parqueadero de motos y nadie va por allá. Hace unos años ahí mataron y torturaron a mucha gente.

MargariTa.— ¿Y mataste a mucha gente ahí?

TaTiana.— No, esos fueron los paramilitares, que fueron más sanguina- rios, en complicidad con el ejército… ellos mirando pa otro lado y esa gente empalando muchachas y cortando cabezas con motosierra.

MargariTa.— Vosotros no matasteis una mosca entonces.

tania coge el vaso de Margarita y se lo bebe de un trago.

TaTiana.— Es mejor que se vayan a acostar, son muchas cosas y apenas acaban de llegar.

MargariTa.— ¿Te pones chula?

TaTiana.— No entiendo qué es chula, vayan y acuéstense ya.

MargariTa.— Mataste gente, tía, con sus familias y sus sueños.

tatiana le sirve otro trago, roMelia se ha quedado dormida sobre la mesa y gorka

está fumado disfrutando del cielo estrellado.

TaTiana.— Cuando yo era chiquita soñaba con ser profesora o astronauta porque una vez una profesora misionera trajo un cuento y nos explicó que era gente que viajaba a otros planetas. Me la pasaba haciendo dibujos y soñando con eso, pero no terminé la escuela porque a las profesoras las amenazaban y se tenían que ir corriendo siempre.

Allá me enseñaron a coger un fusil, pero también a leer y a que había que luchar por el pueblo.

MargariTa.— Matándolo.

TaTiana.— Yo era una niña.

MargariTa se levanta muy mareada, despierta a su prima y se van a dormir.

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LA MEMORIA

Están en una iglesia típica de pueblo de clima cálido. roMelia, Margarita y el PaDre Ávaro están sentados en los bancos de la iglesia, a cada rato ven pasar a Sarita que barre, limpia el polvo y escucha lo que hablan.

padre ávaro.— Entonces españolas, qué honor tener a gente de la madre patria por aquí en Río Claro.

roMelia.— Nuestras madres eran de aquí. Mi madre murió cuando yo era pequeña y mi tía nos ha criado en Madrid.

MargariTa.— Le entiendo que no esté permitido, pero entienda, por favor, venimos desde muy lejos y es la última voluntad de mi madre.

padre ávaro.— Pero, niñas, eso que me piden está prohibido en este pueblo, bueno, creo que no hay lugar en el país en que se pueda hacer algo así.

roMelia.— Según decía mi tía, a mi mamá la enterraron en ese mismo árbol.

padre ávaro.— ¿Cómo se apellidan ustedes?

roMelia.— Torres, al parecer en este pueblo en esa época estaban los Torres y dos apellidos más, así que igual le suena.

padre ávaro.— ¿En qué año se fue su mami de aquÍ?

MargariTa.— En 2001.

padre ávaro.— Pobrecita, le tocó vivir la masacre, entonces.

MargariTa.— ¿Qué masacre?

padre ávaro.— No les contó, ese año se metieron los paras al pueblo y estuvieron tres días torturando y matando gente.

Se escucha la voz bajita y temblorosa de Sarita. SariTa.— ¿Cómo se llamaban sus mamás?

roMelia.— Liliana y Juana.

SariTa.— Yo fui vecina de ellas, padre, ellas dicen la verdad; a Juanita la enterraron en el roble junto a la cancha porque ahí fue donde la empalaron.

roMelia.— No, debe ser otra persona, mi madre murió de un infarto.

SariTa.— Tú eres igualita a ella.

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roMelia.— Pero eso no puede ser.

SariTa.— Busquen ustedes que tienen celular con internet: masacre de Río Claro, muchacha empalada, salió en muchos periódicos.

MargariTa.— El tiempo se detiene, no sé si fueron diez segundos o una hora. Rome busca, lee en silencio, suelta el móvil y sale corriendo. A SariTa se le llenan los ojos de lágrimas y me abraza.

SariTa.— Nosotras somos amigas de niñas. Teresa, la loca Teresa…

MargariTa.— Sí, nos sigue allí donde vamos diciendo que nos hace una trenza.

SariTa.— Ella es su abuela.

MargariTa.— Ahora soy yo quien sale corriendo de la iglesia, me falta el aire. El padre nos sigue. SariTa, mi prima y yo nos abrazamos y llo- ramos en la plaza. Ahí donde mataron a mi tía, a casi toda la familia de SariTa y a familiares de los que mi madre nunca habló.

padre ávaro.— Yo no puedo hacer nada, niñas, son reglas de la Con- ferencia Episcopal, pero yo ese día me voy del pueblo y no me enteré de nada.

roMelia.— El padre ávaro hizo una misa por mi tía cuando ya no es- tábamos. No nos quiso cobrar nada, dijo que era mejor así, para que la gente no revolviera todo ese dolor.

MargariTa.— SariTa nos hace una visita guiada por el pueblo para con- tarnos todo lo que pasó. Su voz está llena de pena, pero también de entereza. Creo que, de alguna manera, sin ponernos de acuerdo con Rome, aguantamos las lágrimas.

SariTa.— Ustedes estaban perdidas porque ahora es la Plaza del Per- dón, pero en esta plaza había una cancha de futbol. Aquí pasó lo de su mami.

roMelia.— Es mediodía y el sudor se me mete en los ojos.

SariTa.— En esa casa de allá metieron a todas las mujeres después de que ya habían matado a los hombres porque llegaron con lista en mano.

MargariTa.— ¿Tú estuviste ahí?

SariTa.— Yo estaba siempre en mi casa. Llegaron un día sábado a las ocho de la noche, yo estaba en la cocina lavando los platos. Mi niño dormidito en la cama, mi marido tomando limonada con patacón y mirando Sábados felices. Yo escuché como que descargaban un camión

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y salí corriendo pa ver quién era, no vi a nadie por ahí. Ya cuando volví a entrar mi marido estaba en el piso. Al niño yo creo que no alcanzaron a ver. Yo salí corriendo a pedir ayuda, pero vi cómo se bajaban como doscientos paracos de un camión y me tuve que meter a la casa otra vez.

MargariTa.— ¿Y el ejército?

SariTa.— Ellos fueron cómplices, ese mismo día desde la cinco de la tarde estuvieron pasando aviones fantasma. Yo me ponía nerviosa con eso y mi marido me dijo «No sea boba, mija, es el ejército que nos está cuidando».

roMelia.— Seguimos caminando por el pueblo, SariTa nos cuenta todo con pelos y señales, los nombres de las personas, lo que les hicieron.

Hay momentos en que ya no la escucho, solo le veo el cuerpo, tiembla, se estremece y ella misma se calma. No puedo parar de preguntarme dónde mete una mujer tan frágil tanto dolor. Esa tarde nos sentamos en la plaza, en el bar La espinita del diablo, tomamos cerveza, aguar- diente, lloramos y nos ponemos a bailar vallenatos con los borrachos de la tienda.

MargariTa.— Gorka pasa por el bar y nos ve tan borrachas que solo acierta a comprarnos bolsas de patatas fritas para que se nos baje la borrachera. Intuye pero no llega a imaginar… Nos invita al cumplea- ños de Tania y nos pide que no lleguemos borrachas.

roMelia.— SariTa nos lleva a su casa y nos da caldo de pollo y café negro. La casa de SariTa está llena de flores, unas pintadas y otras que salen de macetas hechas con botellas de refresco. Nos muestra una foto en la que están con uniforme del colegio mi madre, mi tía y ella.

SariTa.— La belleza de Juana era mucho para este pueblo.

roMelia.— ¿Teresa es nuestra abuela?

SariTa.— Después de todo lo que pasó, desapareció y todos pensaban que estaba muerta. Volvió hace un par de años, todo es un misterio con ella. Vive en una casita de cartón cerca del río, le ofrecieron una casita pero dice que está cuidando para que no le tiren a sus niñas al río. Es mejor que no le digan nada, que no digan nada a nadie. Hay gente que dice que es bruja y si se sabe algo, le van a hacer la vida imposible, se van a inventar más cosas sobre ella. Los domingos le

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llevo sancocho y me hace trenzas y me cuenta todo lo que se le pasa por la cabeza.

roMelia.— Llevo años soñando que me ahogo en un río.

MargariTa.— También nos enseña muy orgullosa las fotos de su hijo que es militar.

SariTa.— A veces me dice «Mami, yo me metí allá para darle plomo a todos esos perros hijueputas, pero ya no se puede hacer eso». Yo siempre le digo: «papi, toca que perdonar». Uno perdona, pero cómo hago yo pa reponer a mi marido, cómo hago yo pa que se me olvide lo que pasó.

roMelia.— Margarita canta alabaos, que es un tipo de canto típico del Pacífico colombiano.

SariTa.— Llevo muchos años con miedo, si hablaba me mataban, si me callaba me mataban… ajá, entonces me puse a cantar y empezaron a venir pelaos pa que les enseñara. Tenemos un coro y cantan bien ché- vere, los van a llevar a cantar al extranjero el otro año.

LA PARRANDA

Una gran parranda en casa de tania. Hay baile, bailan los que saben y los que no, también lo hacen. Hay coreografías, baile en círculo. Llevan gorros de colores y coti- llones coloridos. Se celebra la vida como si se fuera a acabar mañana.

gorka.— Qué tía, de verdad, se lo merece todo.

MargariTa.— ¿Os conocéis hace mucho?

gorka.— Trabajamos juntos en 2016 cuando se desmovilizó, yo daba un taller de clown y ella se apuntó. Cada día después de ese taller yo lle- gaba a la pensión en que dormía y me tiraba en la cama a llorar. Qué momentos más duros y más emocionantes.

roMelia.— ¿Ella fue a prisión?

gorka.— Sí, un año y medio. Ella ha sido muy importante en la re- construcción de la guardería del pueblo. También da clases de pla- nificación familiar en comunidades y hace campañas para evitar los embarazos adolescentes y los abusos sexuales.

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MargariTa.— ¡Un partidazo vamos! Habréis follado, seguro.

gorka.— ¿Qué te pasa, tía?

MargariTa.— ¡Joder! Es que la pintáis como una santa y la amiga no estuvo de hippie todos esos años, supongo. Mató a mujeres, a niños, a familias completas.

roMelia.— A mí me cae bien, la gente tiene derecho a cambiar.

MargariTa.— No sé, es que pienso en que soy familia de alguna de sus víctimas y me estaría retorciendo de ira al verla ahora tan campante, como si nada.

gorka.— Estás siendo superniñata occidental. Todo desde tu lugar de privilegio.

MargariTa.— Puede, pero debería estar en la cárcel más años por todo lo que hizo para que sea justo. Pero eres vasco, se me olvidaba…

gorka.— Bueno… Otro día hablamos de tu incomprensión y te explico sobre la libre determinación de los pueblos y otras cuestiones, maja.

roMelia.— Tía, deja de beber, estás muy pesada, todo lo juzgas, todo te molesta, para todo tienes el cómo debería ser.

MargariTa.— Me da rabia, mi madre tuvo que salir corriendo de aquí para salvar la vida. A mi tía la violaron, joder, la empalaron, la mata- ron, la torturaron y viene una tregua y se van de rositas. Mi madre se murió echando de menos este pueblo de mierda y venimos y quiénes están… ellos. No puedo, joder, no puedo… mi madre no militaba con nadie y tuvo que huir de aquí como una rata.

gorka.— Lo de tu tía fueron los paramilitares, no la guerrilla.

MargariTa.— Vete a la mierda Gorka, Puta manía de poner de bueno al que piensa como vosotros. En los archivos que vimos aparecen las cagadas de unos y otros y el pueblo en medio. Los derechos del pueblo… una hostia, ¡mi prima es pueblo, hijos de puta! Y creció sin mamá por vuestra culpa.

roMelia.— No hables por mí.

MargariTa.— Os da igual, Tania os parece la tía más cojonuda del mundo. Se firma la paz y todos buenos, vaya chollo.

roMelia.— Mi tía fue mi mejor madre, a la mía no la conocí y es ho- rrible… no puedo entender, no puedo poner en palabras lo que nos han contado hoy. A mi madre le atravesaron el cuerpo con una lanza

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desde la vagina hasta el cuello. No sé cómo voy a volver a Madrid a doblar camisetas y a besar a mi chico como si nada. ¿Dónde se pone un dolor así?

MargariTa.— (Abraza a su prima y se derrumban.) Es una puta pesadilla, tía. Lo siento, lo siento. Joder.

roMelia.— Voy a reunirme con el paramilitar que ordenó la masacre…

MargariTa.— Seguro que esa idea de mierda es tuya, Gorka.

roMelia.— Él tampoco lo sabía.

MargariTa se indispone y vomita. TaTiana se acerca con unas latas de cerveza.

TaTiana.— ¿Están bien, muchachos?

MargariTa.— De puta madre. Vete de aquí.

gorka.—El guaro, que le sentó mal.

tatiana se va.

roMelia.— Marga, si tu madre viviera te daría una bofetada ahora mismo por lo que acabas de hacer. Pero ¿sabes una cosa? Te voy a esperar y me voy a callar y te sostendré el pelo mientras vomitas;

después te daré un baño, un vaso de leche y mañana ya hablaremos.

¿Sabes por qué? Porque somos las nietas e hijas de este pueblo donde se mataron entre hermanos. Es maravilloso que cuando decimos «te quiero matar» sea solo una forma de hablar porque no te haría daño nunca, ni aunque lideraras un grupo de fachas.

MargariTa.— Es verdad, qué bofetadas que daba mi madre.

gorka.— ¿Os zurraba mucho?

roMelia.— Sí, era de mano fácil la mama, sí.

gorka.— Poco es para lo que le tocó.

roMelia.— Ya te digo.

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LA MASACRE

Esta escena puede representarse como si se tratara de una pieza de radioteatro.

Locutores y locutoras interpretan varios personajes a través de sus voces, instru- mentos y efectos sonoros, que sirven para recrear las atmósferas de la narración. La luz es tenue, recuerda a la de un estudio de radio de emisión nocturna.

TereSa— Soy Teresa, la madre que lloró hasta quedarse ciega porque hay cosas que es mejor no ver.

Disparos.

SariTa.— Estaba preparando la comida cuando empecé a oír gritos y disparos. Algo está pasando… algo pasó, pero a mí se me olvidó, por- que es mejor así. Disparos, tantos, que suenan como cuando tuestan maíz. Cada vez gritan más. No sé cuántas horas pasan, salgo a la calle para avisar que mataron a mi marido… No… No me lo puedo creer… No puede ser…¡Juana!…Veo correr a su mamá enloquecida en medio de cuerpos bocabajo y charcos de sangre.

poliCía.— En este mundo todo lo hermoso termina costándole a uno muy caro.

peCoSo.— (Aúlla tres veces.) Una mañana Juana salió a darme de lo que estaba cocinando. También me dio agua. Me rascaba el lomito, me hablaba bonito y no le importaba que yo tuviera mis pulgas.

elCura.— Yo sabía lo que su vecino le hacía en la oscuridad. También supe cuando lo del guerrillero y le advertí que eso iba a traer desgra- cia a este pueblo. No nos dejan recoger y enterrar a toda esa gente. Su cuerpito fue nuestra tumba.

Coro.—

Correr veloz Acariciar nervioso Agudo temblor Amar violento Destellos

SariTa.— Soy Sarita, la vecina. Le llevo seis años a Juana. Somos muy amigas, aunque ella se las cree mucho porque le dicen que es muy bonita.

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TereSa— Lo primero que veo cuando llego a la plaza son unos pájaros negros que dan vueltas en el cielo blanco y resplandeciente. Cruzo la plaza yendo pa la tienda. Me topo con ella, ahí en lo alto, con la luz del sol sobre la cabecita, se parece a los santos de las iglesias. Las moscas están por todas partes y los chulos no bajan, pero, en cuanto puedan, les van a sacar las tripas y los ojos a todos los muertos de la plaza. Las calles y la plaza son charcos de sangre de olor insoporta- ble.

lilia.— Las vecinas me dicen muy bajito que ya se fueron, que vaya a la cancha del pueblo. «No puedo, estoy cuidando a Romelia y mi mamá está por allá». Las vecinas me empujan, me jalan, me arrastran.

Coro.—

¿Por qué no gritaste?

¿Quién fue? ¿Quién fue?

peCoSo.— Hoy no como por su culpa. Me chillan las tripas del hambre.

Quiero tripas. Todos la miran.

el Cura.— Le daba catequesis a usted solita. Uff, su primera comu- nión… Me acuerdo como si fuera ayer de la luz que entraba por los vitrales de la iglesia. Si es que con esos colores le ponía yo un altar, mijita. Ese cuerpito, ese pelo, ese olor. Infierno al que me arrastraba cuando la veía. Escucho en mi cabeza esa salsita vieja que la ponía a bailar en la sacristía.

raMón pérez.— Ahora ya no tengo el sabor de sus besos. ¿Sí ve lo que nos obligó a hacer? Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Danos hoy el pan nuestro de cada día y perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal.

Amén. (Se persigna.).

juan MalaCopa.— Ajá, pelada, saludos a mi mami que ya está por allá arriba. Ya miré las cabezas y está mi primo, lo mataron por sapo, porque le andaba pasando datos a las FARC.

Coro.—

Muerte lenta Casa vacía

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Cristal roto Vida eterna Sangre inocente

lilia.— Soy Lilia, medio hermana de Juana. Mi mamá decía que a ella le tocó el papá de chocolate y a mí el de vainilla. Siempre fue arisca, siempre me retó… pelada hijuemadre, qué pelo duro tenía, siempre me gustó peinarla. Yo daba mi vida por ella.

elCura.— Eso le pasa por piernisuelta, niña.

raMón pérez.— ¡Shhhh! ¡Shhhh! Quédese calladita. ¡Shhhh! Así de rico. Ella está acostadita sobre un charco de sangre, su olor me vuelve loco. Aún recuerdo sus miradas.

Coro.—

Comer rico Beber fresco Dormir caliente Oler sabroso

peCoSo.— (Ladra nervioso.). Hay mucha gente. Huele a carne fresca, a sangre. Un platico con tripas frescas. Huele rico y busco, me cuelo entre las personas. Juana está tiesa, mirando al piso, sobre un charco de sangre. Todo el mundo la mira y comenta. Le lamo la patica… no me responde.

Coro.—

¿Mija, por qué salía tan destapada?

¿Se alcanzó a confesar?

juan MalaCopa.— Mejor beber.

SariTa.— Perdóneme por desear que la vida le diera una lección por re- galada. Yo no quería que le pasara nada malo.

Coro.—

Rezar convencido Besar intensamente

peCoSo.— Soy Pecoso, uno de los chandosos de la plaza. Me gusta su olor, la persigo, me regala pan. Estoy seguro en su regazo.

el Cura.— Mis muchachos… por un lado, las cabezas y, por otro, los cuerpos cortados con motosierra. Dios los tenga en su santa gloria.

juan MalaCopa.— ¿Por qué no huiste conmigo?¿Por qué me recha- zaste?

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raMón pérez.— Tan perra, se dejó preñar de un guerrillo. Por eso la empalé, para que se les quiten las ganas de putería a las niñas de este pueblo.

lilia.— Mi hermanita del alma… yo te cuido a Romelia hasta el día que me muera. ¡Malparidos asesinos! ¡Mi hermana! ¡Mi hermanita!

elCura.— Soy el cura del pueblo. Que Dios la tenga en su presencia.

juan MalaCopa.— No joda, esto parece día de mercado. Camino hacia la plaza, me quedé tomando whisky con el compadre hasta tarde y me dormí en la mesa. Paracos de mierda… paracos de mierda… Despe- dazaron a los muchachos. Empalaron a Juana, esa pelada acababa de ser mamá. Todavía parece que nos mira, está calientica esa negra todavía.

TereSa— Mil veces te dije que no provocaras a los hombres. Nos va tocar criarte a la negrita.

raMón pérez.— Me siento sucio… soy un maldito… pero no podía dejar de imaginarte desnuda encima de mí mientras me tocaba. Sentía que algún día podría ser capaz de… Perdóname.

juan MalaCopa.— Soy Juan Malacopa. Ajá, ¿te acuerdas de mí? Me besaste en segundo de primaria y me enamoré. Dejaste de hacerme caso y me puse a beber ron.

raMón pérez.— Gritos, alguien llora, pasos en la calle… Abro los ojos, estoy en la cama y siento que ella me está mirando… se me va a salir el corazón por la boca. Me levanto y me baño en el río. Los helicópteros del ejército sobrevuelan Río Claro. (Habla entre carcajadas y tocándose el sexo.) Ya para qué, hijueputas. Pirobos hipócritas. No quedó nadie. Los matamos a todos.

SariTa.— Yo sabía, yo sabía que algún día te iba a pasar algo. A los otros también los mataron pero a ti te metieron un palo por puta. Te daba igual si eran casados. Te toman fotos, vas a salir en el noticiero. Me daba asco verte coquetear por tres mangos dizque para el biberón de tu hija. Las mujeres decentes se guardan en la casa.

poliCía.— La zorra de los Andes. Zorrus vulgaris. Es un animal de tierno pelaje rojo. Independiente. Se comunica por medio de aullidos agu- dos semejantes a un lamento humano. Suele ser devorada por los ma- chos de su manada al considerarse un animal muy rico en proteína, fósforo y omega 3, con lo cual también es frecuentemente cazada y

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empleada su carne para el consumo humano. Su pelaje es apreciado en el comercio ilegal de pieles, siendo frecuente verlas en estado de explotación en países como Rusia, China o Estados Unidos, donde prolifera el mal gusto y la estética dudosa.

raMón pérez.— Fui yo, Ramón Pérez, máximo jefe paramilitar del frente Cóndores del Pacífico. Al mando de las acciones arremetidas en la población de Río Claro el día 22 de diciembre del año 2000. Con un saldo de 150 civiles abatidos dentro de los que se encontraban hombres y mujeres en edad adulta. Cinco compañeros fueron alcan- zados por la respuesta del ejército, todos ellos heridos de levedad.

Coro.—

¿Por qué no gritó?

TereSa— Se lo dije, esas malas compañías; se lo advertí: «Juana no vaya sola por la noche».

Coro.—

¿A dónde fuiste?

¿Por qué no dijiste que no

TereSa— Mi peladita, le compraba Chitos y Tic Tac los domingos. Su carita asomada a la puerta, le brillaban esos ojos grandes.

SariTa.— Ese día volvieron y nos prohibieron llorar, cantar, hacer fu- neral o salir de la casa. Teresa estuvo cuatro días con el cuerpo de su hija colgado en la plaza. De ahí que se volvió loca de tanto llorar.

TereSa— (Canturrea.)

Yo tengo un huevito escondido en la plaza, escondido, no se puede tocar;

yo tengo un huevito y lo voy a empollar. Mi huevito no te lo vas a llevar.

Niña, ¿me dejas que te haga una trenza?

elCura.— Cuando todo pasó la enterramos junto al roble de la plaza.

Oficié una misa y por eso me mataron de dos tiros en sien una se- mana después. Me dijeron: «Aquí le mandan, por lambón» Al mucha- cho que me disparó, también lo bauticé yo.

Ángela rompe la ficción, los demás actores dan la espalda al público.

ángela.— Masacre del Salado. 16 al 21 de febrero del año 2000. Atri- buida a los paramilitares. Señalaron a sus 5.000 habitantes de ser colaboradores de la guerrilla. Llegaron disparando a los techos.

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Reunieron a la población en la cancha de fútbol. A la primera víctima le cortaron una oreja, lo acuchillaron, lo cubrieron con una bolsa negra. Lo terminaron con un escopetazo en la nuca. Siguieron ma- tando uno a uno con lista en mano. Los obligaron a mirar. Hicieron sonar gaitas, tambores y acordeones como telón de fondo. Robaron los instrumentos de la casa de la cultura. Saquearon, se emborracha- ron, prendieron los equipos de sonido de las casas a todo volumen.

Metieron la cabeza de un campesino en una bolsa y la patearon como un balón. Después de acabar con los hombres de su lista, siguieron con las mujeres. Las violaron, las colgaron de árboles y las empa- laron. Al presidente de la Junta de Acción Comunal le volaron los sesos con una ráfaga de plomo. El que le disparó los recogió y se los mostró a los demás. “Miren para que aprendan lo que les pasa a los amigos de la guerrilla.”

Ángela da la espalda y es ahora gorka quien habla.

gorka.— (Antes de empezar a hablar se tira un vaso de sangre por encima.).

Las ciudades de este mundo están llenas de gente despreciable. Una vez tuve una novia en Bogotá, me invitó a la casa de sus padres, que están forrados. Tenían no una, sino dos criadas; a una de ellas la mandaban para que me acompañara al banco o a cualquier cosa que tuviese que hacer en la calle. La chica era indígena, super jovencita y mi suegra le ponía un disfraz de criada europea de la realeza en el siglo pasado. Un día le dije que se pusiera su ropa favorita, no sabéis cómo se puso la cabrona de mi suegra, por poco la tira a la calle por eso. Todos los días de la semana, se levantaba antes del amanecer y se iba a la cama a la media noche. La gente de Bogotá es gente des- preciable, la gente de las grandes ciudades es gente en su mayoría despreciable. La gente de las ciudades que sabe lo que pasa en los pueblos y mira para otro lado, es gente despreciable. La madre de mi novia, a menudo me decía (Imita con sorna.): «Mijito, deje de trabajar por allá con toda esa negramenta, que esa gente huele muy feo». Tam- bién me decía «Son todos paracos, guerrillos y gente resentida, mejor sálgase de por allá».

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AMOR Y PERDÓN

roMelia.— A menudo sueño que me ahogo y me despierto sin poder respirar. De pequeña pensaron que era asmática, me llevaron a varios médicos, que no encontraban nada y que terminaron por decir que se trataba de algo psicosomático.

gorka y Margarita acaban de tener sexo, se acarician y se interrumpen con besos mientras hablan.

MargariTa.— Para, tío, esto es raro, es muy raro.

gorka.— ¿El amor en los tiempos del cólera?

MargariTa.— Nos vamos en unos días.

gorka.— Quédate unas semanas y vamos a Utría a ver las ballenas.

Beso.

roMelia.— El sueño vuelve, estoy delante de este río extraño, me vuelve a faltar el aire, soy una niña, alguien se ahoga y no veo ni su cara ni su cuerpo, solo unas ondas en el agua. Despierto y, por unos segun- dos, no puedo respirar, tampoco puedo moverme.

MargariTa.— Me alucina lo enamorado que estás de este lugar.

gorka.— Eso no lo entendéis los de ciudad.

Beso.

MargariTa.— Ya…

gorka.— En serio, la gente aquí te mira a los ojos, te abre la puerta de su casa y te da de comer sin preguntar quién eres.

MargariTa.— Mi madre era así, en Madrid siempre la juzgaron o la entendieron mal por eso. La gente que la acababa de conocer pensaba siempre que era una estrategia o que iba a querer algo a cambio.

roMelia.— Nos citan a las diez de la mañana en un salón que está en casa del padre ávaro. SariTa me coge de la mano desde la entrada y no me suelta, tiene las manos sudorosas. Hay entre su mano y la mía un charco que, a cada rato, deja caer alguna gota de agua al suelo.

raMón pérez.— Ahora… eeeh, de la manera más humilde me dirijo a todos los que se encuentran en este recinto y a los que en algún mo- mento van a escuchar por algún medio… lo que ha significado esto.

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gorka.— Aquí la gente baila, canta y celebra la vida y hasta la muerte.

Los niños, tú has visto cómo juegan esos niños al fútbol.

MargariTa.— ¿No hay ayudas para que estudien o venga un entrena- dor? Son la hostia.

gorka.— No, ojalá. Esos niños han visto cosas tan terribles que dejas de dormir cuando te las cuentan.

MargariTa.— Están siempre tan alegres que cuesta imaginar.

roMelia.— Hace un tiempo se lo conté a una compañera de trabajo que es de Senegal; me dijo algo así como que los negros tenemos el om- bligo pegado a la tierra que nos vio nacer. Que la mamá África no nos libera del todo nunca… la verdad es que me pareció una tontería, mi amiga es un encanto, pero creo que todo empieza por pensar que los negros somos diferentes a los blancos.

gorka.— La gente aquí no quiere hablar de lo que pasó, pero este pue- blo sufrió una de las masacres más crueles de la historia del país.

MargariTa.— Suena tan lejano todo esto.

gorka saca una bolsita con cocaína y se prepara una raya.

MargariTa.— Mi madre se ponía loca con todo lo de Narcos. Se estuvo manifestando en el consulado de Colombia la navidad en que pusie- ron una publicidad enorme de Narcos en Sol que decía: «Oh, blanca Navidad». ¿La recuerdas?

gorka.— Hostia, me acuerdo perfectamente.

Esnifa una raya.

gorka.— Esta zona está llena de esto.

raMón pérez.— A la señora SariTa directamente le quiero pedir per- dón. Ella es… su familia fue afectada del accionar nuestro grupo armado. Al resto de su familia, mi más sincera solicitud de perdón porque sé que también sufrió mucho con la muerte de su marido, sus primos y tíos. Entonces, de corazón y de igual manera como se lo he dicho a cada una de las víctimas. Eso es lo importante, la solicitud y perdonar para poder continuar con este proceso.

roMelia.— Él no puede levantar la cabeza. Ella le va a acariciar la ca- beza, pero se detiene y se yergue digna delante de él.

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