(Contraportada)
Este libro nos habla de la vida de Santo Domingo de Guzmán, un hombre que, con toda justicia, ha sido llamado genio hispano de la cristiandad medieval. Misionero infatigable, recorrió los caminos de Europa como predicador de una verdad que ilumina y enardece el espíritu. Conserva hoy plena validez el sugestivo proyecto de vida humana y cristiana que este alma prócer propuso a los hombres de su tiempo. El lema que polarizó su empresa apostólica — contemplar e irradiar lo contemplado— sigue siendo en nuestros días ideal y programa de vida para todos aquellos que forman la gran familia dominicana.
La biografía que el lector tiene en sus manos se presenta aliviada de cargas documentales y bibliográficas. Sin embargo, todas las afirmaciones que en ella se contienen han sufrido un riguroso examen crítico. Sirviéndose de un rico caudal de datos históricos, geográficos, sociales y religiosos relativos a la Edad Media, con amena y recia prosa, J. M. Macías nos introduce en un conocimiento serio de la personalidad y la vida de Domingo de Guzmán y de la primera época de la Orden de Predicadores.
SANTO DOMINGO
DE GUZMAN
FUNDADOR DE LA
ORDEN DE PREDICADORES
Por
José Manuel Macías
MADRID 1979
“Alabemos a los varones gloriosos, nuestros padres, que vivieron en el curso de las edades. Grande gloria les confirió el Señor. Con sus consejos guiaron al pueblo. Fueron honrados entre sus coetáneos, e ilustres en sus días. Muchos de ellos dejaron gran nombre para que se canten sus alabanzas. La dicha perdura en su linaje. Su heredad pasó a los hijos de sus hijos. Por siempre permanecerá su descendencia y no se borrará su gloria... Sus cuerpos fueron sepultados en paz; su nombre vive de generación en generación. Los pueblos se hacen lenguas de su sabiduría, y la asamblea pregona sus alabanzas” (Eclo 44,1-15).
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“No debemos limitarnos a admirar las virtudes de los santos y a ponderar sus glorias; debemos también tratar de imitarlos. Si hacemos lo que ellos hicieron, seremos lo que ellos fueron” (San Juan Crisóstomo).
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“Vi una multitud que nadie puede contar, de toda nación, pueblo y lengua, que estaba delante del trono y del Cordero, vestidos de túnicas blancas” (Ap 7,9).
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“La Santísima Virgen abrió su manto, de tales dimensiones, que cubría todo el cielo, y, bajo él, el bienaventurado padre Domingo vio la muchedumbre innumerable de sus religiosos” (relato de la beata Cecilia Romana).
I N D I C E
PRELIMINAR...5 CAPÍTULO I...22 ETAPA ESPAÑOLA (1170-1205)...22 1. Caleruega...22 2. Gumiel de Izán...33 3. Palencia...47 4. Osma...69 CAPÍTULO II...93 ETAPA FRANCESA (1206-1214)...93 1. La herejía albigense...932 Misionero entre los cátaros...109
3. La santa predicación...126 4. La cruzada militar...143 CAPÍTULO III...155 ETAPA ECUMÉNICA (1214 - 1221)...155 1. Fundador...155 2. La Orden de Predicadores...189 3. “Dies natalis”...205 EPÍLOGO...215
PRELIMINAR
Santo Domingo de Guzmán es muy conocido en Italia y Francia. Los últimos años de su vida ejerció su ministerio en Lombardía. En el convento de San Nicolás de Bolonia organizó su orden; en él murió y en su iglesia fue sepultado.
En Roma residió largas temporadas y fundó las casas de San Sixto y de Santa Sabina. En esta última se asentó la Curia Generalicia de los Predicadores algún tiempo después de la muerte del santo.
Italianos fueron multitud de dominicos y dominicas insignes: Santo Tomás de Aquino; Capreolo, llamado Príncipe de los tomistas; Cayetano, Savonarola; fray Angélico, el pintor; Santa Catalina de Sena, Santa Catalina de Rici, Santa Inés de Montepulciano, y una constelación de bienaventurados, predicadores, teólogos y místicos insignes.
En Francia vivió Santo Domingo doce años. Prulla, Fanjeaux, Montreal fueron centros de su apostolado. En Tolosa fundó la orden.
El abad Mateo, los beatos Bertrán de Garriga y Reginaldo de Orleáns, y varios entre los religiosos pioneros, fueron franceses.
El convento de Santiago de París contribuyó decisivamente a forjar el carisma intelectual que el fundador quiso infundir en su instituto.
Si, desde el siglo XIII, la orden y la Iglesia universal se han enriquecido espiritualmente con las aportaciones de los dominicos franceses, es del dominio público que, particularmente en los últimos cien años, ellos vienen siendo los principales promotores y responsables de las grandes empresas culturales de investigación y difusión bíblica, teológica, filosófica, social, etc., y los conductores de los más importantes movimientos eclesiales, no sólo en su patria, sino a nivel internacional.
Santo Domingo de Guzmán es conocido en Francia a través de la incansable actividad de sus religiosos, ciertamente; pero también en sí y por sí mismo. El hecho de que cada diez años, por término medio, aparezca en las librerías una nueva biografía del santo en lengua francesa y
se sigan reeditando muchas de las anteriores, es suficientemente significativo.
En cuanto a la relevancia del fundador de los Predicadores en el mundo hispánico, hay que distinguir dos tiempos: el pasado, entre los siglos XIII y XIX, y el presente, correspondiente a la centuria actual.
Entre el XIII y el XVI, España se pobló de conventos dominicanos. Descubierta América, los dominicos españoles sembraron de fundaciones su suelo; primero en las Antillas; luego en todas partes, desde Tejas y la Florida hasta los lugares más meridionales de la Argentina y Chile.
A comienzos del XIX se podían contar con los dedos de la mano las ciudades y villas de alguna importancia, tanto de la península como de Hispanoamérica, en las que la orden no estuviera avecindada. Sus casas podían estar dedicadas a San Pablo, a San Esteban, a San Ildefonso, a la Santa Cruz o a Nuestra Señora en cualquiera de sus advocaciones. Daba igual. Las gentes hispánicas de la metrópoli y del continente nuevo llamaban a todas conventos de Santo Domingo.
Sus iglesias, espaciosamente inmensas, de mayor capacidad que casi todas las catedrales, eran santuarios del culto divino solemne y coral, oficina de administración cotidiana de sacramentos, abiertas al público desde el amanecer hasta muy entrada la noche, desde el toque del Angelus, al alba, hasta el de ánimas, cuando llegaba la hora de queda; y eran, también y, sobre todo, centros permanentes de predicación teológica.
A través de los terciarios, o dominicos seglares, de los cofrades del Rosario, del Santísimo Sacramento, del Nombre de Dios, asociaciones oficial y tradicionalmente dirigidas por los dominicos, y de los fieles asiduos a sus templos, el espíritu de la orden y de su fundador llegaba a las familias, a los intelectuales, a la milicia, al mundo del trabajo profesional, artesanal y rural, y a todos los rincones de la sociedad.
Desde España se trasvasó el alma del santo a las islas Filipinas, cuya incorporación a la cultura cristiana occidental estuvo influida por los dominicos, sobre todo a partir de la erección en Manila de la celebérrima Universidad de Santo Tomás; y desde Filipinas, por la acción de los misioneros de la provincia dominicana del Santísimo Rosario, constituida en sus comienzos por dominicos españoles voluntarios, saltó el espíritu del fundador a China, Japón y Formosa.
Durante siglos, en todos los países de la hispanidad y en otros, escenarios de actividades dominicanas españolas, el nombre de Santo Domingo era conocido y tratado con reverencia, admiración y amor.
Natural: en España había nacido el patriarca. En ella transcurrieron treinta y seis años de los cincuenta y uno de su vida. Su orden, española; españoles también la mitad de los miembros del equipo fundador. A lo largo de varias centurias, la mayor parte de los obispos que regían las diócesis de la península Ibérica y de las tierras hispanoamericanas y filipinas fueron dominicos. Dominicos también la mayoría de los predicadores, teólogos, juristas, confesores y capellanes de los principales santuarios. Dominicanas las grandes cofradías, como las del Santísimo Sacramento y las del Rosario, que estuvieron establecidas y en funcionamiento en la totalidad de las parroquias del inmenso mundo hispánico.
En el siglo XIX se produjo un cambio en la decoración. El solar de España padeció más plagas y peores que las que la Biblia refiere en relación con Egipto: la invasión napoleónica, los cambios de regímenes políticos, las luchas internas y contiendas civiles, las guerras de ultramar, sucesivas epidemias y pestes físicas, produjeron la ruina material y espiritual de la nación.
La Orden de Predicadores fue una de las grandes víctimas de aquel monumental desastre. Las tropas francesas desmantelaron todos sus conventos. Tras del paso de los invasores, casi todos ellos hubieron de ser restaurados en lo material y en lo funcional. Trabajo vano: pocos años después, en 1835, un gobierno sectario decretó la supresión de todas las comunidades religiosas masculinas en todos los territorios dependientes de la corona de España, la incautación de sus bienes por el Estado y la liquidación de todas sus actividades colegiales. Los poderes públicos se apoderaron de todos los edificios y pertenencias de la orden, de sus bibliotecas, museos, enseres. Sus iglesias y santuarios pasaron a los obispos, con todo cuanto tenían dentro. El expolio alcanzó a todas las órdenes religiosas.
Consecuencia: todo lo dominicano quedó disuelto: sus escuelas, universidades, instituciones, cofradías; y los religiosos, sometidos violentamente a exclaustración forzosa. Todo cuanto se había hecho por las provincias nacionales y americanas a lo largo de siglos de trabajo quedó pulverizado.
A finales del XIX cambió un poquito a mejor en relación con la vida religiosa, la situación política de la nación.
Algunos dominicos exclaustrados sobrevivientes, naturalmente ya muy ancianos, acometieron la heroica empresa de restaurar la orden en España. Dios sabe a costa de cuánto esfuerzo lo lograron. Más de cincuenta años fueron precisos para que tan ímproba labor comenzara a producir frutos.
Ya funcionaba todo de nuevo satisfactoriamente.
De pronto, en unas semanas de 1936, desapareció la mayor parte de lo tan arduamente conseguido en la etapa anterior.
Vuelta a empezar.
Algunos de los muchos conventos que en 1936 fueron incendiados, pudieron ser reconstruidos. Pero no pudieron volver a la vida aquellos espléndidos cuadros de religiosos que en plena actividad ministerial fueron asesinados.
Donde fue posible, se reanudaron las actividades de la orden.
Hoy, los dominicos españoles, aunque afectados por la crisis general surgida a raíz del concilio Vaticano II, que alcanza a todas las instituciones eclesiales en todos los países, ocupan otra vez puestos de vanguardia y responsabilidad en el terreno del apostolado, y el nombre de su fundador comienza de nuevo a sonar redo en su propia patria.
* * *
De Emilio Ludwig, autor de tantas biografías, es este texto: “Conviene bucear en la historia de los grandes hombres para aprender a andar por la vida”.
Entre todos esos hombres que pueden merecer el calificativo de
grandes, los de mayor eficiencia ejemplar son los santos. Ellos no erraron
el camino.
Nosotros, sí, corremos el riesgo de equivocarlo. Vivimos ofuscados y ensordecidos. Apenas si vemos a nuestro alrededor y oímos otras cosas que incitaciones a la desorientación. En nuestro tiempo de crisis y de cambios, por encima de todo, predominan las ráfagas deslumbrantes y el estruendo ensordecedor del desarrollo económico. Los valores espirituales han quedado marginados y como ocultos en una zona de sombra y de silencio.
Riadas de gente desconocen el significado trascendente de su vida temporal o viven como si no lo conocieran.
Incluso quienes creemos conocerlo, estamos expuestos a quedar aprisionados entre la balumba ambiental de esas masas humanas que se mueven, y se agitan, y corren y vuelan tras de señuelos de la más crasa materialidad, contagiados de la frivolidad y hedonismo que tienen conta-minada la atmósfera psicológica de nuestra sociedad.
En el Evangelio siguen grabadas las enseñanzas de Jesús acerca de nuestra naturaleza, nuestro destino, sentido de la existencia temporal y realidad de la vida eterna, y sus consignas sobre lo único verdaderamente necesario. Pero, para muchos, todo eso es letra muerta.
Tenemos en Jesucristo histórico y teológico el soberano maestro de nuestro vivir. Puede que, en ocasiones, ese Jesucristo, por saber que es Dios y hombre al mismo tiempo, nos parezca inimitable.
Pero a su imagen y semejanza se han tallado a sí mismos, los santos. Imitando a éstos, nos asemejaremos al que ellos se asemejaron, al que dijo de sí mismo, pero dirigiéndose a nosotros para que lo tuviéramos en cuenta: “Soy el camino, soy la verdad y la VIDA”. Os he dado ejemplos para que hagáis lo que yo he hecho. SEGUIDME.
Algunos de esos santos han tenido contextura racial similar a la nuestra y se han movido en circunstancias ambientales muy parecidas a las que nos connotan a nosotros, aunque entre unas y otras medien distancias de siglos.
Tal es el caso del fundador de los Predicadores, español, castellano, el hombre “más glorioso, el más operante, el de mayor trascendencia histórica..., el genio hispánico de la cristiandad medieval”1.
Si colocáramos en una columna las problemáticas eclesiales y sociales que enmarcaron su vida, y en otra las actuales, quedaríamos sorprendidos por su similitud.
El lector que no conozca la historia de aquella época hallará retazos de ella en esta biografía, y podrá comprobar cómo algunos estados de cosas y situaciones de entonces se parecen extraordinariamente a contextos ambientales nuestros.
Por ejemplo: En tiempos de Santo Domingo, la autoridad de la Iglesia, notablemente centralizada, sufría duros ataques de contestación. A cada paso se producían encontronazos entre los poderes civiles y eclesiásticos. Señores y gente llana echaban en cara al clero su
entrometimiento en asuntos temporales y su politización. La falta de formación religiosa y teológica era una lacra muy extendida en todos los niveles y estamentos del mundo cristiano, alcanzando esa deficiencia a multitud de sacerdotes, religiosos y hasta a una parte notable de altas jerarquías episcopales, arzobispales y cardenalicias. Por doquier surgían movimientos apostólicos con dirigentes que decían obedecer a inspiraciones divinas, a menudo reacios a acatar la autoridad de los obispos y del mismo papa. Proliferaron muy diversas sectas, cuyos miembros asumían doctrinas más políticas que religiosas y, en nombre del Evangelio, trataban de esparcirlas entre las clases sociales menos favorecidas, prometiendo redimirlas de sus opresiones y autojustificando su ministerio con credenciales subjetivas, usando y abusando de los términos testimonio, espíritu, carisma. Prevalecía un ambiente de relajación de costumbres, de ambición desmedida, de afán por los recursos materiales y de olvido de los valores morales. So pretexto de liberaciones, las masas humanas eran manipuladas por grupos de redentores, aunque frecuentemente toda aquella caridad liberadora no persiguiese otro objetivo que el del autoaupamiento.
¿Cabe semejanza mayor entre ese cuadro medieval y el panorama que actualmente tenemos delante de los ojos?
Santo Domingo consagró su vida a purificar de miasmas el ambiente letalizado de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo.
Acertadamente, su primer biógrafo oficial, glosador de su obra, contemporáneo suyo e inmediato sucesor en el gobierno general de la Orden de los Predicadores, lo llamó “médico de las almas”2.
Desde la altura de su honradez personal y de su profunda formación teológica vio el fundador castellano, cuando se asomó al mundo en Palencia como maestro universitario, en Osma como canónigo y vicario episcopal en Francia y en el norte de Europa y en Italia como embajador del rey de Castilla, los estragos que causaban en la humanidad dos enfermedades: el egoísmo individual y la desestimación de los valores espirituales. Advirtió que ambas endemias procedían de la misma raíz: la ignorancia. Su amor a Dios y al prójimo era de buena ley. De esa caridad bidimensional no tardó en surgir, primero, su vocación de apóstol, y luego una urgencia interior que le llevó a la fundación de su orden.
Para atajar el progreso de los males exteriores, venían aplicando algunos prelados más celosos, de acuerdo con Roma, remedios caseros de cauterios, cataplasmas y linimentos.
Todo eso no resolvía nada.
El comprendió que había que llegar al fondo de la cuestión y arrancar de cuajo la causa si se querían evitar los efectos. Había que desarraigar la ignorancia llevando a las inteligencias de los hombres de arriba y de abajo, de los dirigentes y de los dirigidos, la verdad por medio de una seria información doctrinal.
A esa empresa se consagró personalmente, sin desmayo ni sosiego. Buscó colaboradores, reclutó ayudantes que se unieron a él y se proclamaron a sí mismos discípulos suyos, infundió en ellos inquietudes apostólicas, los preparó intelectualmente. Así nacieron los dominicos. En seguida de nacidos, los repartió por Francia, España, Italia, Escandinavia, Teutonia, Inglaterra. Todo lo dejó preparado para que, cuando él faltara, sus seguidores continuaran la obra de saneamiento, multiplicando los centros de predicación y de enseñanza de la teología en todos los lugares del mundo, y en el decurso de los tiempos y entre todas las gentes, porque estaba convencido de que la ignorancia constituía la peor de las enfermedades, por sus considerables cargas de fecundidad en orden a la generación de infinidad de males.
La Orden de Predicadores tiene conciencia de haber sido fiel, durante los setecientos cincuenta años de su existencia, al mandato de su fundador y abriga el propósito de seguir enarbolando la bandera blanca de la verdad como enseña de la misión que su santísimo patriarca y la Iglesia le encomendaron cuando en 1214 se extendió el acta de su nacimiento.
* * *
Sobre Santo Domingo de Guzmán se ha escrito mucho. Es uno de los santos cuya realidad histórica ha puesto más plumas en movimiento. Y se sigue escribiendo a medida que la investigación va sacando a luz nuevos datos.
Inició el camino bibliográfico el beato Jordán de Sajorna. Sucesor inmediato del padre en el gobierno general, con el fin de dar a conocer los orígenes de la orden a los religiosos nuevos que no habían conocido personalmente al fundador, compuso un opúsculo. No trató de hacer una biografía del santo, aunque su figura sea el tema central del breve relato.
En el librito del beato Jordán no hay cronología ni matizaciones de circunstancias, ni comprobaciones históricas a base de documentos escritos ni de fuentes críticamente depuradas. El autor, antes de entrar en la nueva orden, siendo catedrático de la Universidad de París, se sintió atraído por el ideal de vida que animaba a aquellos religiosos recién instalados en el convento de Santiago. Quiso conocer al fundador y, efectivamente, lo conoció cuando, a su regreso de España, el padre hizo su primera visita oficial a la comunidad parisina. Se confesó con él y con él trató verbalmente del asunto de su vocación. La estancia del santo en París fue de corta duración y de muchos quehaceres. Aunque se entrevistaran varias veces, no pudieron ser muchas las entrevistas ni largas. Posteriormente, ya religioso, el beato Jordán convivió con el patriarca du-rante unos días, y por dos veces, cuando acudió a Bolonia en representación de su comunidad a los dos primeros capítulos generales constituyentes. En ambas ocasiones, los capitulares tuvieron que aprovechar el tiempo al máximo para evacuar, en sesiones continuas, la multitud de temas que habían de estudiarse en aquellas reuniones. Se infiere de todo esto que el conocimiento directo que el beato Jordán pudo obtener de su predecesor fue más bien global y de conjunto que de detalles. Para componer su libro hubo de recurrir más a referencias de otros religiosos que a experiencias suyas personales.
Posteriormente surgieron algunos hagiógrafos: Han llegado hasta nosotros los escritos de fray Pedro Ferrando y fray Domingo de Cerrato, españoles; y los de fray Constantino de Orvieto y fray Gerardo de Frachet.
Se trata de leyendas piadosas, destinadas, como su nombre indica, a ser leídas públicamente en los conventos de la orden para edificación de los oyentes.
Todas ellas están fundamentalmente inspiradas en el relato del beato Jordán y ampliadas, conforme al estilo de la época, con infinidad de episodios maravillosos, tomados de las relaciones que circulaban por la calle compuestas por los copleros a modo de romances, para ser recitadas de lugar en lugar entre gentes sencillas, ávidas de sensacionalismo.
A los hagiógrafos no les interesaba el rigor histórico de los relatos, sino el encumbramiento de la figura hagiografiada sobre los pedestales que la admiración del auditorio se aprestaría a construir. De ahí que el valor documental de cualquier hagiografía sea escaso.
Los primeros intentos de biografía sobre Santo Domingo parece que corrieron a cargo de fray Teodorico de Apoldia y de fray Humberto de
Romans. Uno y otro, según sus posibilidades y las de la época, hicieron, a su manera, algo de investigación personal. Así y todo, mucho de lo que dejaron consignado lo tomaron directamente de los hagiógrafos precedentes.
En el siglo XIV, la pasión del público por lo sensacional alcanzó cotas insospechadas.
Los autores de Vidas de santos cargaron sus plumas con la tinta más espesa del hondón de sus tinteros. Tanto más cuanto que unos y otros, a menudo, entraban en competencia y entablaban verdaderos pugilatos para ver quién decía cosas más estupendas de sus respectivos protagonistas.
En estas lides y en estos torneos, la fantasía de los escritores llegaba a límites de difícil superación. Y su osadía también. Con tal de colocar cada cual a su héroe preferido por encima de los demás, no tenían reparo en inventar revelaciones, milagros, fenómenos sobrenaturales, testimonios divinos y hasta demoníacos.
“El siglo XIV, dice el padre Vicaire —refiriéndose concretamente a
biógrafos de Santo Domingo—, ofrece en la persona de fray Galvano della
Fiamma el ejemplar característico de corruptor de la historiografía dominicana. No será él solo. También, por ejemplo, Tomás de Siena, Alain de la Roche, Bzovius. El más temible es Alain de la Roche, que a finales del siglo XV difunde presuntos hechos hasta entonces ignorados, y conocidos por él —dice— mediante revelación”3.
A partir del siglo XVIII, varios dominicos, trabajando individualmente o en equipo, emprendieron la tarea meritoria de revisar las fuentes dominicanas.
Los padres Echard, Quetif, Cuiper, Bremond, Mamachi, Touron y otros más investigaron a fondo, y en escritos monográficos reunieron datos históricos, separados de adherencias legendarias, y descubrieron cosas de las que no se tenía noticia.
Como consecuencia de este aparato investigador surgieron anales, biliarios, cartularios, series de actas de capítulos generales y provinciales de los primeros tiempos...
Los padres Mothon, Denifle, Laurent, Balme, Leiladier, Collomb, Berthier, Morthier, Walz, Mandonet y Vicaire contribuyeron posteriormente a la formación de un archivo de riqueza incalculable que
permite hoy escribir a los divulgadores, seriamente, sobre Santo Domingo y la primera época de la orden.
A tan valiosos hallazgos hay que añadir otros indirectos, de carácter histórico, geográfico, social y religioso, relativos a la Edad Media, útiles para reconstruir con fidelidad el ambiente en que el santo se movió.
* * *
Cuando se proyectó la composición y publicación de esta nueva biografía sobre Santo Domingo de Guzmán, editores y autor estuvieron de acuerdo en que, dentro de una línea de seriedad y autenticidad histórica, habida cuenta de que se destinaba a dar a conocer la figura del patriarca al lector común, al hombre de la calle, y no precisamente a especialistas e historiadores profesionales, debería salir aliviada de cargas documentales, bibliográficas y de planteamientos críticos. Punto de vista acertado, puesto que se trata, no de una obra de investigación, sino de divulgación.
No obstante, el autor entiende que debe, antes de seguir adelante, hacer, desde aquí mismo, dos advertencias: una de carácter general, y otra especialmente dirigida a los posibles lectores familiarizados con la historia del santo, como son los dominicos y dominicas.
Primera: Lo que el padre Petitot hizo constar en el prólogo de su Vida
de Santo Domingo puede transcribirse respecto de esta biografía: “Todas
las afirmaciones esenciales estampadas en este libro han sufrido un riguroso examen crítico”4.
Segunda: En las múltiples historias que sobre el fundador de los Predicadores se han escrito a lo largo de siete siglos, cualquiera que haya sido el idioma original, autores y lectores se veían ante tres cuestiones, de las cuales una resultaba algo borrosa, otra imprecisa, y confusa la otra. Borrosa la relativa al linaje del santo castellano.
Que Santo Domingo procedía de casas nobles de Castilla se daba por supuesto. Abonaban la suposición sus apellidos de Guzmán y Aza, la existencia en Caleruega, donde nació, de un torreón que habría pertenecido a su familia y que desde siempre estuvo en propiedad de la orden, y al-gunos documentos de notable antigüedad.
En el siglo XVIII surgieron impugnaciones contra esta suposición tradicional, controversias al respecto y un resultado final de cierta nebulosidad.
4 J. PETITOT, O.P., Santo Domingo de Guzmán (Verga» 1931), introducción
En 1931, el padre Eduardo Martínez, O.P., al publicar su Colección
Diplomática del Real Convento de Santo Domingo de Caleruega, puso
sobre la mesa de juego un buen puñado de triunfos a favor de la ascendencia noble del santo. Pero, a juicio de los oponentes, aquel interesante material documental no zanjaba totalmente la cuestión.
Sí la ha zanjado, y definitivamente, el padre Venancio Carro en su obra póstuma Domingo de Guzmán. Historia documentada, pacientemente elaborada a lo largo de varios años y publicada por la orden poco después del fallecimiento del autor.
El padre Carro, hombre cerebral, acostumbrado de por vida a la investigación de temas teológico-jurídicos, quiso ofrendar sus últimos años al santo patriarca, por quien sentía acendrado cariño filial. Con incansable tesón buceó en archivos, descubrió documentos y logró demostrar ta-xativamente cómo Santo Domingo descendía, por líneas directas e ininterrumpidas, de los fundadores del reino castellano, tanto por la vía paterna como por la materna. Recompuso la cadena entera, con todos los eslabones, y dejó fuera de dudas la consanguinidad de las casas de Aza y de Guzmán con los primeros condes de la Reconquista y su parentesco con los reyes de Castilla, León y Navarra.
Cuestión imprecisa: la relativa al viaje que por dos veces hizo Santo Domingo desde España a un país genéricamente llamado Las Marcas, como embajador de Alfonso VIII, para concertar la boda de un hijo de este monarca con una princesa de aquella indeterminada región.
A las investigaciones de Jarl Gallón cuando preparaba su historia de la provincia dominicana de Dacia, a los análisis de Vicaire y a los estudios del padre Carro acerca del reinado de Alfonso VIII, debemos hoy el conocimiento preciso, pero no suficientemente divulgado, de lo relacio-nado con aquellos viajes y embajada.
Cuestión confusa: Todo lo referente a la persona del obispo de Osma don Diego de Acebos, y sobre todo a su intervención en la campana misionera cerca de los cátaros, fundación de Prulla, y sus connotaciones con Santo Domingo en la planificación de la Orden de Predicadores.
De los documentos exhibidos por el padre Carro y de los estudios exhaustivos sobre Alfonso VIII de Castilla hechos por el catedrático de la Universidad de Madrid don Julio González, se infiere, aunque ni uno ni otro autor hayan sacado las conclusiones pertinentes porque no era ése el objeto de sus respectivos trabajos, que la intervención de don Diego de Acebes en la misión entre los albigenses fue muy escasa, su colaboración
en la fundación de Prulla meramente material y pecuniaria, y su influencia sobre Santo Domingo para el proyecto de institución de la Orden de Predicadores absolutamente inexistente.
* * *
La naturaleza de esta biografía, intencionalmente proyectada hacia la divulgación y con un número discreto de páginas, conlleva el dibujo de la figura del santo a escala muy reducida. Tan reducida, que los lectores que por otras fuentes la conozcan la hallarán aquí lastimosamente mutilada.
Quienes nada o muy poco saben de Santo Domingo, algo aprenderán en esta lectura, aunque mucho menos de lo que sería necesario para obtener una visión de conjunto de lo que fue y sigue siendo este hombre extraordinario, gloria de España y de la Iglesia. Para enriquecer su cono-cimiento pueden recurrir a obras más amplias. Las hay. Aparte de alguna bibliografía auxiliar, los títulos más di reclamen le utilizados en la composición de este modesto libro han sido los siguientes:
— Las primitivas Constituciones de la Orden de Predicadores, conforme
a la edición romana de 1690, hecha por mandato del Rvdmo. padre Maestro general fray Antonio Clochc.
— Las Constituciones promulgadas por el Capítulo generalísimo “ad
Sálicos”, de 1932, durante el generalato del Rvdmo. padre Maestro fray Estanislao Gillet, que han servido de base para la profesión de la mayor parte de los dominicos actuales.
— Las novísimas Constituciones redactadas en el Capítulo generalísimo
de River Forest, en 1969, convocado y presidido por el Rvdmo. padre Maestro fray Aniceto Fernández.
— Santo Domingo de Guzmán, del padre fray Jacinto Petitot, O.P.
Versión castellana del padre Veremundo Peña, benedictino de Silos (Vergara 1931).
— Nuestra vida dominicana. Autor, F. D. Joret, O.P. Versión española
del padre Alberto Collel, O.P. Editorial Cruzada del Rosario (Barcelona 1954) (se escribió este libro para dar a conocer el espíritu de la orden a los terciarios. Su lectura, utilísima, es casi imprescindible para cuantos desde fuera de los conventos dominicanos quieran captar la entraña del alma de Santo Domingo).
— Historia de Santo Domingo, de M. H. Vicaire, O.P., traducción de los
padres A. Velasco, O.P., y A. Conchado, O.P. Editor Juan Floss (Barcelona 1964) (acaso la más completa y autorizada biografía del santo).
— Domingo de Guzmán. Historia documentada, del padre Venancio
Diego Carro, O.P. Editorial OPE (Guadalajara 1973) (más que biografía de conjunto es una densa monografía en torno a una temática principal, no suficientemente tenida en cuenta por los biógrafos extranjeros ni por los españoles: las influencias hispánicas en la personalidad y ministerio del santo. Paralelamente, el autor subraya el carácter formalmente intelectualista que la orden tuvo desde el anteproyecto de su fundación).
— Santo Domingo de Guzmán visto por sus contemporáneos. Esquema biográfico, introducciones, versión y notas de los padres fray Miguel Gelabert, O.P., y fray José María Milagro, O.P. Introducción general por el padre fray José María de Garganta, O.P. Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) (Madrid 1947) (hay otra edición posterior. Esta obra es tal vez la más adecuada para quienes quieran obtener una visión bastante completa del santo y del marco histórico en que vivió. A mayor abundamiento, se sirven en ella el opúsculo del beato Jordán de Sajorna, las leyendas de algunos hagiógrafos, las declaraciones de los testigos que intervinieron en el proceso de canonización, los relatos de sor Cecilia Romana, el libro de las costumbres primeras de la orden, la regla de los conventos y las constituciones de las monjas de San Sixto de Roma).
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En la vida de Santo Domingo hubo tres etapas suficientemente diferenciadas, si bien cada una de ellas fue continuación lógica y complementaria de la anterior.
La primera corresponde a los años de su nacimiento, formación y habilitación para su ministerio vocacional.
Abarca los treinta y seis primeros, transcurridos todos ellos en España.
En esta biografía la llamamos etapa española. Cronológicamente abarca desde el año 1170, en que el santo nació, hasta el 1205, que salió de Osma en su primer viaje como embajador del rey de Castilla en misión oficial cerca de la corte de Dinamarca.
Toda la historia conocida del santo correspondiente a esta larga etapa va condensada en el capítulo primero. En él se narra la aparición y puesta en órbita de una nueva estrella en el firmamento de la Iglesia.
En el himno de Laudes del oficio litúrgico que la orden celebra en las fiestas de su fundador, se canta este verso: “Novum sidus exóritur”. Parece un lema adecuado para definir el sentido que tuvieron esos treinta y seis años.
Todos venimos a la existencia encajados en un proyecto previo y eterno de Dios, dotados de libertad para realizarlo o no. De una libertad física, no ética, entiéndase bien; porque moralmente tenemos obligación de secundar el plan divino.
Ese plan, que a nivel de especie es uno y mismo para todos, tiene tipificaciones peculiares en cada individuo.
Algunos nos comportamos como si hubiésemos venido al mundo para hacer bulto, o a ser comparsas de los demás, o a romper nuestro destino, o a quebrar el de los otros, o, lo que es peor, a destruir los proyectos universales del Creador.
Llamamos fieles, por antonomasia, a los que ajustan su vida a la ley de Dios. Y santos a los que secundan perseverantemente la voz divina tal como la oyen en sus conciencias y se esfuerzan por escucharla e interpretarla en cada momento, para ejecutar lo que les sugiere.
La santidad no consiste en hacer tales o cuales cosas más o menos extraordinarias, ni en vivir fuera de serie, ni en permanecer tantas o cuantas horas en actitud de oración, ni en extenuar el cuerpo a base de penitencias, aunque todo esto suele darse en la vida de los santos; sino en algo más sencillo y más complicado a la vez: en coordinar la propia voluntad con la divina, de manera que cada uno de los actos humanos, grandes o chicos, procedan de acuerdo con el querer de nuestro Señor.
La santidad es una sublimación de la fidelidad.
No suele Dios forzar nada ni recurrir a procedimientos de excepción para dirigir la vida de los hombres en el escenario del mundo.
Él es causa principal primera de todas las cosas.
Ha creado el universo a modo de un gran reloj: con multitud de piezas bien engranadas; le ha dado cuerda y lo ha echado a andar. Quiere que todas esas piezas, que son las causas segundas, principales e instrumentales, hagan su oficio, para que el reloj de que forman parte fun-cione correctamente.
Así entendía San Agustín la Providencia.
El atributo divino que, referido al mundo en general y a muchas de sus piezas, se llama metafísicamente causalidad (de causa), referido a los
hombres tiene un nombre más cálido: paternidad. También es como más cálida la providencia que implica.
La asistencia de Dios sobre nosotros es semejante a la que ejerce sobre el orden universal; pero con más mimosas intervenciones. Al ser libres, tenemos capacidad para resistir las premociones de la gracia. A veces ejercemos de libres y nos negamos a colaborar, o actuamos negativa-mente, o nos inhibimos, o nos salimos del carril, o nos caemos al suelo. Cuando ocurren estas dos últimas cosas, Dios Padre, pacientemente, nos levanta y nos pone de nuevo en el sitio debido para que sigamos funcionando.
Pero, si la pieza hombre se empecina en alardear de libre, y en caerse una y otra vez y en decir ¡no quiero!, cada vez que el Padre trata de levantarla y de resituarla, Dios, en cuyos designios no entra el de forzar a nadie, acaba por respetar esa libertad ejercitada por el rebelde.
Si la pieza hombre utiliza su libre albedrío para secundar las premociones divinas, entonces todo irá bien para él y para el plan providencial de nuestro Señor. E irá bien para todos los demás.
Todo fue bien en la etapa española de Santo Domingo de Guzmán. Surgió a la vida en Caleruega.
Se mantuvo durante su infancia y juventud dócil a sus padres y a sus educadores, y a las resonancias de la voz divina en su propia conciencia.
Pasó por los diferentes escenarios de aprendizaje y entrenamiento en que Dios lo fue colocando con vistas a prepararlo para el desempeño de la misión trascendente que le tenía asignada: Caleruega, Gumiel de Izán, Patencia, Osma, fueron otras tantas fases de esa primera etapa.
Una circunstancia, al parecer fortuita, hizo de puente entre la segunda y la primera, aunque de fortuita no tuvo nada. La salida de Osma hacia Las Marcas, con el paso obligado por el sur de Francia y el impacto producido en su alma por el espectáculo de la herejía albigense, fueron factores previstos en el plan divino para convertirlo en apóstol.
Así, suavemente, se inició esa etapa segunda, que puede decirse francesa, porque en Francia transcurrió la vida del santo desde 1206 hasta 1214. En realidad, permaneció ininterrumpidamente en el mediodía francés hasta 1217; los tres últimos años en función de apóstol, sí, pero relevantemente como fundador.
El capítulo segundo de esta biografía trata de narrar las incidencias de este período francés.
Lleva como lema otro verso del himno de Maitines de su oficio litúrgico, que define perfectamente el celo con que desempeñó su actividad misionera: “Ardebat quasi fácula”: ardía como una antorcha.
La tercera y última tuvo carácter de fin intencional último, óntica y cronológicamente, en la dimensión temporal de su preciosa vida respecto de los planes del Señor. ¡La meta! A ella quería Dios que el santo llegara. A ella llegó conducido suavemente por la mano divina y recorriendo paso a paso, con fidelidad, con deportividad sobrenatural, los estadios previos, sin que jamás, por grande que fuera el cansancio experimentado a lo largo de la carrera, abandonara la cancha.
Vale la pena insistir en ello: conducido suavemente por la mano divina y dejándose llevar con docilidad.
Dios le fue dando a conocer sus deseos, no con revelaciones expresas innecesarias, sino a través de lo que en filosofía cristiana se llaman las causas segundas, mediante acontecimientos y resonancias de voces mudas en su conciencia, que el siervo bueno trató en todo momento de interpretar a base de intuiciones, razonamientos y deducciones lógicas.
Conviene a esta etapa final el nombre de ecuménica por varios motivos: porque durante ella el santo se movió por tierras no sólo francesas, también españolas e italianas; porque su apostolado, intencionalmente, abarcó el mundo entero; que, para hacerlo posible, fundó su orden con carácter de universalidad al servicio, no de un país ni de una causa determinada, sino de toda la Iglesia y de todas las causas espiritualmente provechosas a todas las almas.
Antes de marchar a la casa del Padre, dejó erigidos sesenta conventos, centros de irradiación apostólica. Unos años más tarde eran cuatrocientos. Al acabar el siglo en que él vivió pasaban del millar.
En el capítulo tercero se refiere la epopeya de la fundación.
Lleva por lema el símbolo de la luz y de la sabiduría. Le va bien. La bula papal promulgadora de su canonización llama al santo fons
sapientiae.
La antífona que se canta en el oficio de sus festividades después del
Magníficat de las segundas vísperas, en la que se sintetiza la semblanza del
homenajeado, empieza por estas palabras: “¡Oh lumen Ecclesiae Doctor veritatis!”, y sigue con otras del mismo tenor: “Aquam sapientiae propinasti gratis...”: ¡Oh luz de la Iglesia, doctor de la verdad, distribuidor generoso del agua de la sabiduría...
Comenzó esta etapa, la más corta de su vida, en 1214, con la fundación de su orden. Temporalmente terminó en 1221, un seis de agosto, en una celda del convento de San Nicolás de Bolonia, porque, en aquella celda y en aquel día de aquel año, santísimamente su alma se desligó de las ataduras del cuerpo y fue recibida en el seno del Señor.
Pero en realidad esa etapa ha venido a ser la de más larga duración. No puede decirse que haya terminado, ni terminará, mientras siga viva su obra y sus religiosos continúen realizando la misión para la que fueron fundados.
Capítulo I
ETAPA ESPAÑOLA (1170-1205)
“Novum sidus exóritur”: Nace una nueva estrella. Caleruega.—Gumiel.—Pal encía.—Osma
1. CALERUEGA
En la provincia de Burgos, a mitad de camino entre Aranda de Duero y Silos, los mapas detallados de España suelen señalar un puntito leve. A su lado consignan: Caleruega. Uno de tantos pueblos castellanos.
Cuando alguien se acerca al poblado, advierte que, por su campiña, cielo, clima, luz; por sus días y sus noches y género de vida de sus habitantes, se parece extraordinariamente a infinidad de tantos otros pequeños núcleos sociales asentados a lo largo y ancho de Castilla, desde Salamanca a León o desde Cuenca a Logroño.
Pero tiene Caleruega cosas que otros pueblos no tienen: un convento de religiosas dominicas, otro convento de padres, que semeja un alcázar, recientemente construido en torno a un torreón medieval en los solares que en el siglo XII y XIII fueron asiento de un castillo.
Tiene, sobre todo, el hecho glorioso de que allí naciera Santo Domingo de Guzmán.
El caserío y sus tierras llanas, los trigales y viñedos, vistos desde lejos, parece como si estuvieran reverentemente arrodillados en oración ante el torreón y los conventos.
Las gentes del pueblo se sienten espiritualmente emparentadas con el santo, al que llaman cariñosamente “nuestro padre”.
El año 711, Tarik, generalísimo de los ejércitos de Muza, desembarcó en Gibraltar al frente de sus tropas agarenas.
¡Que vienen los moros!, gritaban los cristianos, huyendo despavoridos cada vez más hacia el norte.
A través de pueblos vacíos y tierras abandonadas, los invasores pudieron avanzar con facilidad Iberia arriba.
En menos de tres años llegaron a la región que los romanos llamaron Bardulia. Unas horas bastaron para que la ciudad más notable de aquella comarca, Clunia, quedara convertida en un montón de ruinas.
El año 718 comenzó la Reconquista.
Fue penosa y lenta. No concluyó hasta el 1492.
Al mando de Don Pelayo, primero, y luego de Alfonso el Católico, y de Fruela, y Aurelio, y Mauregato, y Bermudo y Alfonso II el Casto, fueron los cristianos recuperando suelos yermos y escombreras de anteriores poblaciones visigóticas y romanas.
Avanzaban un poco. Se detenían y reforzaban las tierras recuperadas con líneas de castillos y torres de atalayas.
Los nobles que dirigían las campañas bélicas recibían de los reyes señoríos sobre las zonas que iban arrebatando a los musulmanes.
A la vera de las fortalezas se edificaban casas para los defensores y para los inmigrados, porque los refugiados entre las montañas del norte, dejando sus escondrijos, acudían a repoblar los territorios vacíos.
Cada cabeza de familia podía acotar para su usufructo tanta cantidad de campo como se atreviera a cultivar. Como renta debería abonar al señor de aquella tierra la divisa: un tercio o la mitad, según los casos, de los frutos de su trabajo.
Reyes y nobles fundaron en las zonas reconquistadas monasterios, muchos monasterios, casi tantos como fortalezas. A los monjes se les entregaban grandes extensiones de suelo, para que por sí mismos o mediante colonos en régimen de aparcería pusiesen los páramos en cultivo. A comienzos del siglo IX, la Bardulia era otra vez cristiana, con nombre nuevo. Porque, a causa de tanto castillo, tras de la reconquista, comenzó a ser llamada Castilla.
Castilla se llamaron también todas las tierras que por los costados y el sur se iban recuperando.
Entre 882 y 890 se fundó la ciudad de Burgos, a orillas del Arlanzón, con categoría de capitalidad: Caput Castellae.
En 893 se reedificó Zamora.
Por entonces también surgieron o resurgieron otras villas importantes: Cardeña, Dueñas, Toro.
En 912, don Gonzalo Téllez, don Nuño Núñez y don Gonzalo Fernández de Lara se repartieron entre sí el gobierno y alta posesión de todas las tierras castellanas. Formaron con ellas tres condados. A sí mismos se dieron el título de condes e intentaron independizar sus respectivas demarcaciones del reino de León, que dos años antes había creado Alfonso III para su hijo don García.
En 920, don Gonzalo Fernández de Lara levantó en un lugar de su condado, que acaso ya se llamara Caleruega o empezara a llamarse así desde entonces, una fortaleza o torreón, con vivienda noble y casas para los vasallos. Cercó la plaza fuerte con muralla de tres puertas.
* * *
A medida que los moros retrocedían hacia el sur y las tierras se pacificaban, se organizaba la vida en Castilla, con elementos romanos y visigóticos restaurados, con otros dejados por los árabes y con factores nuevos aconsejados por las circunstancias.
De aquellos primeros castellanos escribe Menéndez Pidal que, aunque “más pobres en el suelo y género de vida que los de la costa,
merecieron ser señalados por Floro como nervio y vigor de la totalidad de la península”.
En el poema de Fernán González se dice: “Entonces era Castilla toda una alcaldía. Magüer que era pobre e poco valía,
nunca de buenos homes fue Castilla vacía. De cuáles ellos fueran, paresce hoy en día”5.
* * *
El señorío de Caleruega, fundado por el conde don Gonzalo Fernández de Lara, fue pasando, por el sistema de herencia y mayorazgo, a diferentes descendientes suyos.
En el siglo XII eran sus titulares don Félix de Guzmán y su esposa doña Juana de Aza.
Ambos llevaban en sus venas sangre de los condes fundadores de Castilla y de reyes castellanos y de los de León y Navarra.
Don Félix procedía, por línea recta, de don Nuño Núñez. Doña Juana, de don Gonzalo Fernández de Lara, padre de Fernán González, el que reunió en un solo condado, con categoría de reino, los tres anteriores.
Entre Guzmanes y Azas se habían dado con anterioridad muy repetidos casos de alianzas matrimoniales. Don Félix y doña Juana eran parientes entre sí.
El señorío de Caleruega, originariamente vinculado a la casa de Aza, había venido a ser patrimonio, por una de esas reiteradas vinculaciones entre ambas familias, del linaje de los Guzmanes.
Rico-home de sangre, y conde, es llamado don Félix en documentos
de la época.
Ricos-hombres y condes fueron también todos sus hermanos y todos los varones de su numerosa familia. Todos tenían señoríos en la dilatada Castilla. Unos heredados. Otros adquiridos en arriesgadas acciones de guerra. Porque la Reconquista, cuando vivía don Félix, contaba ya con cuatrocientos años de antigüedad, y la mayor parte de sus ascendientes fueron caballeros a las órdenes inmediatas de sus respectivos reyes.
Lo mismo ocurrió con los hermanos y antepasados del linaje de doña Juana.
* * *
En 1160, los frentes de batalla quedaban lejos de Caleruega. Aquel rincón castellano era un remanso de paz.
En ese año se casó don Félix.
O porque su salud no fuese muy robusta o porque su condición apacible a ello le llevara, el caso es que, desde que se hizo su matrimonio con doña Juana, en Caleruega se estableció, y se mantuvo el resto de su vida alejado de la corte y de la profesión de las armas.
Dueño de una gran hacienda y administrador de la de su esposa, el señor conde no se aburría. Tenía mucho en qué ocuparse gobernando las heredades y vasallos que poseía en diferentes lugares de la comarca y dirigiendo la vida social y laboral de los muchos colonos que cultivaban sus tierras.
El castillo seguía pertrechado como fortaleza. Pero ni en lo alto del torreón ni en sus almenas hacían guardia los centinelas, oteando el horizonte como en otros tiempos. Tampoco en su plaza sonaban clarines convocando a las armas.
Las tres puertas de la muralla permanecían abiertas desde la madrugada hasta el oscurecer.
Los vasallos del señorío no eran guerreros, sino campesinos que sembraban trigo, podaban viñas, apacentaban rebaños de ovejas o cuidaban manadas de vacas por praderas y barbechos.
En los salones bajos del alcázar, por falta de uso, se oxidaban los cascos, los escudos, petos y armaduras, las espadas y las lanzas.
A caballo, el rico-home recorría sus propiedades. En ocasiones, con séquito de criados, hacía ausencias de días y de semanas para informarse de cómo marchaban las cosas en otros avecindamientos de su jurisdicción.
Al regresar de esos viajes se recogía en su cámara.
Ante el escritorio de encina, entre vitelas y tinteros de loza ilustrada, con plumas de ave, anotaba en pergaminos cuentas y datos de índole administrativa.
Doña Juana vivía recogida en la mansión señorial. Tampoco le faltaba qué hacer.
Dirigía las faenas de las criadas, que lucían arcas y estrados, sacaban brillo de oro a candelabros, velones y braseros u ordenaban alacenas. O en su sala de labor, con sus azafatas, entre ruecas, husos y madejas de lino y cestos de lana, hilaba o tejía, manipulando devanaderas, argadillos y telares, o bordaba tapices y reposteros para los muros y muebles, y cojines para los escabeles y sillas de alto respaldo, que había muchos asientos que ablandar y recubrir en las galerías y salones de un castillo con tantas estancias.
Mientras el grupo de mujeres y su señora trabajaban, se recitaban romances de guerreros, de sucesos milagrosos, se referían vidas de santos y, algunos ratos, se rezaba.
También la señora condesa salía a veces del lugar para hacer novenas en santuarios, o visitar en compañía de su marido a familiares asentados en otros señoríos o profesos en abadías. De su sangre y de la de su esposo tenían numerosos parientes monjes y monjas, algunos con báculo de abades o abadesas en diferentes monasterios de la comarca.
Casa rica la de Caleruega, con despensas bien provistas y arcas llenas y bodega muy abastecida de los caldos de sus viñedos.
Por grupos y caravanas se acercaban cada día al castillo peregrinos y pobres. En toda la región era fama que quien llamaba a sus puertas era socorrido con largueza, bien por la servidumbre, bien por la misma señora, de quien se decía que era santa.
Se ponderaban por el contorno sus virtudes y hasta sus milagros.
Se contaba que, en una ocasión, ausente el conde, repartió vino de una cuba que el señor tenía reservada para compromisos. Que había dado a los pobres hasta la última gota del fondo del tonel. Que días después regresó el esposo y pidió a la condesa una jarra de aquel vino. Que la señora no se había turbado, sino orado, mientras en compañía de una sirvienta bajaba a la bodega. Que la cuba estaba llena. Y que el conde había asegurado que le habían servido del mismo vino que él pidiera, precisamente del que sus criados le habían dicho que ya no quedaba nada.
Si rica en bienes de consumo era aquella casa de Caleruega, igualmente abundaba en historia y en grandezas. Y más todavía en religiosidad de fe y de virtudes. A juzgar por la vida de orden, puntualidad, honestidad de costumbres, recogimiento, caridad y oración que en ella hacían sus moradores, más que palacio, semejaba monasterio.
En realidad, el castillo de don Félix y de doña Juana era un hogar cristiano según el corazón de Dios.
* * *
A su tiempo fueron llegando los hijos. Primero Antonio. Luego Manés. Después un tercero que se llamó Domingo.
Una crónica premonstratense medieval recoge esta estrofa de un romancero anónimo con sabor a Gonzalo de Berceo:
“De Sancto Domingo vos quiero contar que fiz mill miragros por tierra e por mar. Su padre fue Félix, de los de Guzmán; su madre fue Juana, que con grant afán lo parió en el día del Señor Sant Juan”.
No consigna la copla el año de este alumbramiento. Los historiadores, tomando como base cálculos cronológicos muy afinados, señalan el de 1170, que tiene además a su favor el valor testimonial de una constante tradición dentro de la orden dominicana.
Ningún familiar del Bautista se llamaba Juan, decían a Zacarías sus parientes, extrañados de que el padre hubiese elegido ese nombre para su hijo.
Ningún pariente próximo de don Félix ni de doña Juana se llamó Domingo.
El padre Carro ha logrado reconstruir documentalmente el nomenclátor completo de ambas familias hacia atrás y hacia los lados en muchas generaciones. Los abuelos paternos del santo fueron don Rodrigo y doña Godo González de Lara. Los maternos, don García y doña Sancha Pérez. Los hermanos de don Félix se llamaron don Alvaro, don Pedro y don Femando. Los de doña Juana, don Femando, don Pedro, don Ordoño, don Gonzalo y don García.
Ni entre los bisabuelos, tatarabuelos y tíos de diferente grado, ni entre los ascendientes de ambas ramas, hasta doscientos y más años, se encuentra el nombre de Domingo.
Pero los señores de Caleruega, además de la familia de sangre, tenían otra espiritual: varios miembros de las casas de Guzmán y de Aza habían sido, y algunos lo eran a la sazón, patronos y protectores de monasterios masculinos y femeninos puestos bajo diferentes advocaciones.
El rico-home don Félix se llamó Félix por la devoción de sus padres don Rodrigo y doña Godo a San Félix, titular de una abadía situada en las
estribaciones de los montes de Oca, enriquecida por sus abundantes dona-ciones.
La casa de Aza profesaba gran devoción a San Mamés. Hasta tres monasterios dedicados a este santo había en las tierras de la familia. Por eso se llamó Mamés el hijo segundo de doña Juana. Luego el vulgo le cambió una letra por otra y lo convirtió en Manés.
A dos horas de camino, andando o en cabalgadura, estaba y está, respecto de Caleruega, la abadía de Silos.
La condesa era muy devota de su titular, Santo Domingo. Domingo quiso que se llamase su tercer hijo, y Domingo se llamó.
A los señores del castillo pertenecía la iglesia de San Sebastián. Ellos la sostenían con sus rentas, la dotaban de objetos para el culto y pagaban los servicios del capellán, adscrito a la servidumbre de la casa.
Cuando nació Santo Domingo, esa iglesia no era parroquia, sino templo que formaba parte del patrimonio de sus padres.
El edificio todavía subsiste. A pesar de sucesivas restauraciones, conserva algunas de sus primitivas características románicas, y la base de la pila en que fueron bautizados Antonio, Manés y Domingo. Sólo la base. La pila no.
El amplio cuenco de piedra, recuerdo entrañable y reliquia venerada, fue separado del pedestal y trasladado, hacia 1262, al interior del convento que ese año se construyó para dominicas de clausura sobre parte del solar del castillo, por orden de Alfonso X el Sabio y a sus expensas.
Guarnecida interior y exteriormente de plata sobredorada, con los escudos de España, de la casa de Guzmán y de la orden grabados en ella, instalada en el coro de las monjas, permaneció la venerable pila en Caleruega hasta 1605. Ese año, a petición de Felipe III, con autorización del Rvdmo. padre Maestro general de los Predicadores y con toda reverencia, fue llevada al convento dominicano de San Pablo de Valladolid para el bautizo del príncipe heredero, que luego fue rey con el nombre de Felipe IV.
Al ser trasladada la corte a Madrid, la casa real manifestó deseos de que fuese llevada a la nueva capital del reino y de que en ella quedase permanentemente para poder ser utilizada en los bautismos de los hijos de los reyes españoles. La orden accedió. La santa pila fue transportada desde Valladolid a Madrid y depositada en el interior del convento de las
dominicas de Santo Domingo el Real, encargadas por las autoridades dominicanas de su custodia.
Desde Felipe IV hasta Alfonso XIII inclusive, todos los soberanos españoles de las casas de Austria y de Borbón, y sus hijos, han sido bautizados en ella.
En 1936, turbas de milicianos prendieron fuego a la iglesia y convento en que la reliquia se custodiaba. Las monjas, que de antemano temían el peligro, previamente pusieron a buen recaudo aquel objeto, para ellas y para toda la orden sagrado. Lograron mantenerlo oculto bajo lonas y cachivaches, en la cochera de un amigo de la comunidad. Cuando Madrid fue liberado por las tropas nacionales y el riesgo de profanaciones conjurado, se hicieron nuevamente cargo de él. Reconstruidos años más tarde convento e iglesia, la pila volvió a ocupar su sitio dentro de la clausura conventual. De allí ha salido tres veces hasta el palacio de la Zarzuela para el bautizo de los tres hijos del actual rey de España Juan Carlos I.
* * *
Apenas se encontrará un santo de la Edad Media sobre cuya concepción, nacimiento e infancia no hayan escrito sus biógrafos cosas peregrinas. Casi siempre las mismas respecto de la mayor parte de todos ellos: esterilidad previa de las madres, superación de la infertilidad tras de encomendarse a tal o cual taumaturgo, presagios prenatales, signos del cielo durante el bautizo de la criatura, austeridades precoces realizadas por los pequeños desde casi recién nacidos, como negarse a mamar los viernes por ser día de ayunos y abstinencias, saltar de sus cunas y tenderse a dormir en el suelo durante las cuaresmas.
El episodio, rico en simbolismo, de que abejas construyeran en sus boquitas entreabiertas un panal de miel sin causarles molestias y sin que sus cuidadoras lo advirtieran, se repite tanto como el del albañil desplazado del andamio y suspendido en el vacío por mandato del reli-gioso taumaturgo y transeúnte ocasional, que no debe hacer el prodigio de salvarle sin licencia de su superior, que le tiene prohibido hacer milagros, y ha de ir antes al convento a demandar autorización.
Todas estas cosas se han dicho también del tercer hijo de don Félix de Guzmán y de doña Juana de Aza. Hasta lo de la esterilidad de la madre, pese a que ya había tenido antes dos alumbramientos.
La condesa lo habría concebido como un favor especial del cielo que le alcanzara Santo Domingo de Silos.
En su gestación habría soñado que llevaba en sus entrañas un cachorro blanco y negro que nada más nacer recorrería el mundo llevando entre sus dientes una tea encendida.
Ya nacido, la madre y otras personas habrían descubierto que en la frente del niño brillaba una estrella pequeñita.
Luego, el panal en su boca. Y que en cuaresma no había manera de hacerlo dormir sino permitiéndole que se acostara en el suelo.
Historiadores y críticos actuales guardan prudente reserva sobre todos estos episodios infantiles hagiológicos.
Por lo que se refiere a Santo Domingo, por supuesto que sus hagiógrafos y biógrafos primeros, y muchos de los que en épocas posteriores y hasta relativamente recientes escribieron de él, aceptaron toda esa fenomenología.
Los más y mejor informados, entre los modernos, se inclinan a pensar que lo mismo su concepción que su nacimiento, bautismo e infancia, ocurrieron y se desenvolvieron con arreglo a la más estricta normalidad.
Con la ayuda de servidores de confianza primero, y luego también con la del capellán de la casa, don Félix y doña Juana fueron educando a Domingo de modo parecido a como habían educado anteriormente a Antonio y a Manés. El mismo plan repetido en cada caso: Ante todo, inculcar en sus almas, tan pronto como los sentidos iniciaban su funcionamiento de colaboración, la idea de Dios como señor y padre, y la de Jesucristo redentor y la de la otra madre, María Santísima. Y la de servicio amoroso y fiel. Doña Juana enseñó a rezar a sus tres hijos y a trazar sobre sí mismos la señal de la cruz.
Siempre vigilante, se adelantaba a cualquier manifestación que pudiera resultar menos correcta, para que ideas, palabras y obras se produjesen virtuosamente.
Según iban siendo capaces de comprender cuanto les decía, les hablaba de sencillez, de humildad, de paciencia, de obediencia, de gratitud, de sinceridad, de amor al prójimo, de austeridad, de fortaleza, ilustrando sus consejos con relatos y ejemplos tomados de las vidas de los santos y de los hechos protagonizados por Jesucristo. Santos, aunque fuese sin aureola y sin peanas ni altares, pero a base de vivir virtuosamente, quería que fuesen los tres.
A la instrucción religiosa se incorporó, a su tiempo, la literaria, a cargo del capellán, que les enseñó a trazar los primeros palotes sobre trozos de vitelas y a escribir y leer, y más tarde a servirle en el altar como monaguillos en la misa que cada mañana celebraba para los condes y la servidumbre en la iglesia de San Sebastián y en las vísperas que algunas tardes se cantaban para inaugurar determinadas fiestas.
Pero no todo eran rezos, recogimiento y estudio.
Cuando fueron mayorcitos, los condes permitieron a los tres hermanos juntarse a los demás niños, hijos de criados y colonos, y esparcirse con ellos por el interior del castillo, por los patios y plaza de armas, y pasar al torreón, y asomarse a las almenas, y otear el horizonte, y bajar a las caballerizas, y salir fuera de las murallas y hacer andaduras por entre los trigales y huertas, y tomar uvas maduras de los viñedos y trepar hasta la peña de San Jorge.
Todas las tardes, al oscurecer, desde la torre del templo, caían sobre la villa y campos de Caleruega los tañidos graves de la campana mayor, que se oía en Valdeande.
Era la señal de la recogida. El día se daba por terminado. La noche comenzaba, y comenzaba por lo que se llamaba en toda Castilla “la oración”. Los que estaban trabajando cesaban en sus trabajos. Quietos un momento, rezaban unas avemarías a Nuestra Señora y alguna plegaria sufragial por los difuntos. Si se hallaban fuera de poblado, retornaban a casa. Y de prisa, porque un rato después las puertas de la muralla se cerraban.
Efectivamente: Tras de un tiempo prudencial después del toque de la campana, el alguacil-clavario empujaba los portones que daban a los caminos, echaba los cerrojos y candados. Tras de una ronda, hacía lo mismo con el postigo de emergencia, y hecho este oficio, entregaba todas las llaves al alcaide de la fortaleza.
La villa quedaba en silencio.
Dentro de cada hogar se iniciaban unas horas de recogimiento y convivencia. Rezo nocturno familiar, cena, conversación, primero animada y luego cada vez más lánguida. Y, finalmente, todo el mundo a descansar hasta que a la mañana siguiente viniera la amanecida como un regalo de Dios.
También don Félix, si estaba en el campo, regresaba al oír las campanadas de San Sebastián.
Ya el amo en casa, toda la familia se congregaba. Si era invierno, junto a la chimenea del salón-estancia. Si no era estación de fríos, junto a algún ventanal. A la reunión asistían el capellán y los criados que vivían dentro del alcázar.
Se rezaba, como era costumbre en las tierras reconquistadas, por los reunidos, por los ausentes, por los difuntos, por los caminantes, por los enfermos en agonía y por los que estaban en pecado mortal, y por el triunfo de los cristianos sobre los moros.
Luego se hablaba. Tras de un rato de tertulia, se retiraban, a una señal del conde, los criados y el capellán. Quedaban con la familia algunas ayas de mayor confianza.
Había llegado la hora del padre, que acaso, durante la jornada, había visto poco a sus hijos, de cuya educación cuidaba principalmente doña Juana.
Don Félix sentaba a los dos más pequeños sobre sus rodillas y alargaba su brazo hasta abarcar a Antonio, el mayorcito, que se colocaba de pie a su lado. El prócer se informaba de las incidencias del día y de las andanzas de su gente menuda: del diente que venía asomando en la encía del chiquitín, de la muela que solía dolerle a Manés y de los progresos del mayorazgo. Preguntaba a doña Juana si habían sido juiciosos o traviesos.
Pasado el examen, seguían los consejos. Después, aquellos relatos que tanto interesaban a los tres niños y que con tanta viveza contaba el padre, sobre episodios familiares gloriosos, gestas guerreras y hazañas de los nobles castellanos, protagonizadas algunas por los propios abuelos y tíos de los pequeños oyentes.
Poco a poco la atención del trío infantil decaía. Se les cerraban los párpados. ¡El sueño se iba apoderando de ellos! Doña Juana les anticipaba la cena. Seguidamente, uno a uno los llevaba a sus camas. Rezaba junto a sus oídos las últimas oraciones. Cuando signaba sus frentes con la cruz y ponía en ellas su beso de madre, ni se enteraban: se habían quedado dormidos entre el arrullo de la plegaria.
2. GUMIEL DE IZÁN
O las armas, o la Iglesia. Apenas había otros caminos abiertos ante los muchachos de la nobleza.
Generalmente eran los padres quienes determinaban por cuál de ellos habían de encarrillarse los hijos.
Todo ocurría sencillamente, sin presiones ni coacciones sobre la voluntad. Se procedía más bien por el sistema de premisas o de cultivo. Si el cabeza de familia, oído, en ocasiones, pero no siempre, el parecer de su esposa, decidía que tales de sus pequeños deberían ser soldados y cuáles clérigos, se organizaba su educación a tono con el destino acordado, se prodigaban consideraciones, reflexiones, asistencias, y al cabo de algún tiempo surgían las vocaciones respectivas, con toda lógica, como surgen las conclusiones de las proposiciones mayor y menor de un silogismo bien construido, o como, en un huerto bien cuidado, llegado el tiempo oportuno, fructifican las plantas a tenor de su naturaleza asistida por un buen cultivo.
A la Iglesia se llegaba por dos caminos distintos, los dos fácilmente transitables: el del monacato y el de la clerecía secular. Tanto uno como otro desembocaban en un remanso de comodidad material, de abundancia, de seguridad, de instalación económica, psicológica y social. Si los padres deseaban para sus hijos, además de estas ventajas temporales, las espirituales y las de la santidad, procuraban enderezar los pasos de ellos más hacia el monacato que hacia el clero secular.
En los monasterios se recibían niños desde los seis años de edad. Uno de los monjes cuidaba de ellos y les enseñaba a contar, a leer, a escribir, y luego ceremonias del culto, música, latín y, más tarde, cosas relativas a la regla que se profesaba en la orden de aquella comunidad y a la historia de sus grandes figuras.
Los pequeños alevines aprendían de memoria los salmos y los himnos del Oficio divino. Asistían a los actos litúrgicos con los demás religiosos y cantaban con sus voces blancas versos responsoriales o aleluyáticos especialmente compuestos para ellos.
Alcanzada la pubertad, recibían el hábito monástico, emitían sus votos canónicos y quedaban jurídicamente incorporados a la familia religiosa.