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Massimiliano Marazzi

r

La sociedad

micénica

I

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No resulta empresa fácil recoger una serie de estudios sobre

el m undo micénico, con el fin de presentar un cuadro lo más

completo posible a la vez que sencillo y accesible para el lec­

tor no especializado en el tema. En efecto, muchas dificulta­

des se reúnen para complicar el logro de tal objetivo. Inten­

taremos individualizarlas.

El fenómeno cultural llamado convencionalmente «civiliza­

ción micénica» se presenta verdaderamente como una reali­

dad histórica mucho más compleja, que se desarrolla, con

sus características peculiares, desde mediados del II milenio

hasta su final.

La civilización micénica, aun teniendo su núcleo principal o,

mejor dicho, sus principales centros, en los poblados fortifi­

cados de Grecia, se extendió en el período cronológico antes

señalado; se difunde por las islas del mar Egeo, ocupa Creta,

establece permanentes puntos de contacto en el Levante,

consigue que sus productos de exportación lleguen hasta

Egipto, Anatolia, Siria y Palestina, para insertarse de esta

manera en la espesa red de intercambios entre los gran­

des reinos orientales vecinos entre sí.

Mil

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MASSIMILIANO MARAZZI

LA SOCIEDAD

MICENICA

Traducción: Manuel Bayo

Revisión: M.a E. Sanahuja

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Maqueta RAG

Motivo: Cabeza de estuco pintado. Micenas Atenas. Museo Nacional

Directores: Jordi Estevez/Vicente Lull Título original: La societá micenea

© Editore Riuniti © Akal editor, 1982 Ramón Akal González

Paseo Sta. María de la Cabeza, 132. Madrid-26. Teléfs: 460 32 50 - 460 33 50

I.S.B.N.: 84-7339-601-4 Depósito legal: M-10.947-1982 Impreso en España/Printed in Spain Impreso en: Técnicas Gráficas, S.L.

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PROLOGO

Com o dice M arazzi, este volumen es una selección argum entada que abarca tem as esenciales p ara la caracterización de la sociedad m i­ cénica. El objetivo, a nuestro parecer, se ha logrado plenam ente.

La estructuración de la obra en cuatro partes que recogen la H is­

toria, los docum entos escritos, los problem as y características espe­ ciales y el registro nos ofrecen un cuadro com pleto de todos los as­

pectos que hasta ahora podem os determ inar de la esfera social m icé­ nica.

Tras una prim era parte dedicada a exponer las ideas clásicas (Childe, Starr) sobre la sociedad micénica, confrontándolas con un estudio sintético actual (Bockisch-Geiss), encontram os un amplio capítulo dedicado a la evidencia escrita. En este apartad o Ventris- Chadwick, P alm er, Lejeune y W undsam expresan sus diversas ideas sobre la posesión y uso de la tierra y se analizan los parám etros ciudadela-cfemos que configuran la estructura social. A unque cada artículo profundiza entre aspectos diferentes (organización y estruc­ tu ra social, sistema de tenencia o pertenencia de la tierra) todos ellos parten de lecturas personales de los testim onios en Lineal B.

La tercera parte logra definir las diferentes lecturas económicas que se debaten actualmente sobre el tem a. Los autores (Parain, P o ­ lanyi, Olivier, V ernant y desde sus diferentes puntos de vista, m arxis­ ta, estructuralista y sustantivista, etc.) trazan un cuadro, si no com pleto, suficiente del estado de la cuestión económico-social m icé­ nica.

A unque incluido en este apartado, el artículo de Brelich es el ú n i­ co que recoge la problem ática religiosa y desde u n a perspectiva dife­ rente, ofreciéndonos una introducción crítica en la que cuestiona la labor de arqueólogos y filólogos en este cam po, acabando por con­ vencernos sobre la necesidad de la colaboración científica interdis­ ciplinaria.

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la bibliografía fundam ental para un intento de com prensión no sólo de la sociedad, sino de todos los aspectos culturales micénicos.

H acer cualquier com entario de los diferentes artículos resulta su­ perfluo dado que M arazzi con una preparación y minuciosidad asom brosas va exponiendo en citas a pie de página la vigencia o no de las diferentes ideas, planteam ientos, junto a críticas y comentarios de un a valor excepcional, haciendo de esas notas un libro paralelo que completa, m atiza y am plía en muchas ocasiones los diferentes artículos del reading.

«La Sociedad Micénica» viene a llenar un gran vacío bibliográfi­ co en nuestro país. Sólo contábam os con dos libros en castellano de­ dicados enteram ente a esta form ación económico-social: J. C had­ wick, E l enigma micénico, Ed. Taurus, M adrid 19732; Id, E l M undo

M icénico, Ed. A lianza Univ. M adrid 1977; los dos estrechamente re­

lacionados con la evidencia escrita.

Sobre Micenas en general, tam bién tratan, sobre to do, E. Ver­ meule, Grecia en la E dad del Bronce, F .C .E . México 1971 (una ex­ tensa y meticulosa recopilación de las evidencias arqueológicas micé- nicas en los capítulos IV, V, VI, VII, VIII y IX); F. Demargne, N aci­

m iento del A rte Griego, Ed. Aguilar, Bilbao 1964 (caps. VI, VII y

VIII); M. I. Finley, Grecia Primitiva: L a E dad del Bronce y la Era

Arcaica), Ed. Eudeba, Buenos Aires 1974 (sobre todo el cap. V de la

prim era parte).

Aunque de otra fase cronológica, pero siempre debatida, conta­ mos en castellano con: M. I. Finley, E l M undo de Odiseo, F .C .E . 19752 y L. P are ti, H om ero y la realidad histórica, U teha, México 1961, sobradam ente superados en la actualidad.

Junto a estos libros que entera o parcialmente nos ofrecen estu­ dios científicos sobre la cultura micénica, debemos recoger tam bién un libro de divulgación muy bien ilustrado, aunque muy contradicto­ rio e idealista, que se debe a J. Hawkes, E l origen de los dioses, Ed. Noguer, Barcelona 1968 una m itad del cual está dedicada a nuestro tem a y la otra a la cultura minoica.

H asta aquí hemos relacionado la bibliografía en castellano, p ri­ m ordial para adentrarse en el estudio de lo micénico. No vamos a enum erar aquí todos los artículos de que disponemos, pues no consi­ deramos que este sea el lugar apropiado. Sólo baste recordar que la revista Minos que edita la Universidad de Salamanca desarrolla co­ m o uno de sus temas específicos la micenología. P ara el resto de la bibliografía general micénica nos remitimos a la cuarta parte del libro que presentamos.

De unos años a esta parte se ha intentado incluir lo micénico dentro de las form as asiáticas de producción. En otras palabras, se le ha considerado un M odo de Producción Asiático contrapuesto a las tendencias clásicas que lo explicaban feudal e incluso esclavista. Ac­ tualm ente se h a llegado a defender la idea de un M odo de Producción Para-asiático p ara nuestra form ación económico-social, com

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parán-dola a casos similares alejados en el tiem po, en el espacio y en algu­ nas características de las formas asiáticas típicas.

Contam os con una extensa bibliografía en castellano sobre el M o ­ do de Producción Asiático. P ara todos los interesados en este tem a enumeramos a continuación las obras más im portantes:

Sofri, G.: E l M odo de Producción Asiático. Historia de una

controversia marxista. Ed. Península. Barcelona 1971; Bartra, R .,

(Ed.) E l M odo de Producción Asiático. Ed. E ra. México 19753; Id .,

M arxismo y Sociedades Antiguas. Ed. Grijalbo. México 1975, págs.

9-98. Chesnaux, J. y otros: E l M odo de Producción Asiático. Ed. Grijalbo. Barcelona 1975; Hindess, B. y H irst, P . Q.: L o s modos de

producción precapitalistas, Ed. Península. Barcelona 1979, págs.

183-224; M andel, E.: E l «M odo de Producción Asiático» y las p r e ­

condiciones históricas del desarrollo del capital. Cap. V III de «La

formación del pensamiento económico de M arx. Siglo XXI Ed. M adrid 19746; Dhoquois, G .: En fa v o r de la historia. E d. A nagra­ ma. Barcelona 1977, págs. 56-102; Godelier, M .: Esquem a de E vo lu ­

ción de las Sociedades, Ed. Castellote. M adrid 1974.

No obstante, para iniciar este estudio es imprescindible una lectu­ ra previa de M arx, Κ.: Formaciones económicasprecapitalistas. Ed.

Crítica. Barcelona 1979, con la fam osa introducción de Eric J. H obs- bawm.

Vicente L u ll Bellaterra, julio 1981

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INTRODUCCION

No resulta empresa fácil recoger una serie de estudios sobre el mundo micénico, con el fin de presentar un cuadro lo más completo posible a la vez que sencillo y accesible para el lector no especializado en el tema. En efecto, muchas dificultades se reúnen p ara complicar el logro de tal objetivo. Intentarem os individualizarlas.

El fenómeno cultural llamado convencionalmente «civilización micénica» (por la ciudadela de Micenas en la Argólida, el lugar más famoso y el primero de los que investigó, a finales del siglo pasado, el arqueólogo autodidacta Heinrich Schliemann) se presenta verdadera­ mente como una realidad histórica mucho más com pleja, que se de­ sarrolla, con sus características peculiares, desde mediados del II m i­ lenio hasta su final.

La civilización micénica, aun teniendo su núcleo principal o, m e­ jo r dicho, sus principales centros, en los poblados fortificados de Grecia, se extendió en el período cronológico antes señalado; se di­ funde por las islas del mar Egeo, ocupa Creta, establece permanentes puntos de contacto en el Levante, consigue que sus productos de ex­ portación lleguen hasta Egipto, Anatolia, Siria y Palestina, para in­ sertarse de esta m anera en la espesa red de intercam bios entre los grandes reinos orientales vecinos entre sí, alcanza una considerable ampliación precisamente durante estos siglos.

Sin anticipar elementos y datos que se com prenderán mejor en la lectura directa de los textos reunidos a continuación, se puede, sin embargo, establecer una afirmación prelim inar: estudiar o intentar comprender, la civilización micénica, supone incluirla en el devenir de los acontecimientos históricos de la cuenca m editerránea centro- oriental y de las regiones del Próxim o Oriente. Esto implica una serie de complicaciones en absoluto insignificantes.

El térm ino «com plejidad» resulta todavía más apropiado si se re­ fiere al conjunto de los elementos que podemos conocer y que indivi­ dualizan más específicamente el m undo micénico, tal como aparece

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sobre el continente griego. Dichos elementos, que podem os agrupar en tres categorías —fuentes literarias griegas (incluidos los poemas homéricos) que contienen referencias a una sociedad más antigua, documentos sobre tablillas de arcilla en escritura silábica llam ada Li­ neal B y hallazgos arqueológicos— presentan, dentro de cada uno de los apartados indicados, problemas de organización y sistematiza­ ción muy im portantes y difícilmente comprensibles para quien no es­ té en continua relación con ellos. A lo que hay que añadir, sobre todo en relación a los datos que podemos conocer por la literatura griega y por la investigación arqueológica, que la tarea de divulgación o de enseñanza en las escuelas, pertinente al conocimiento del m undo m i­ cénico, se ha llevado a cabo con una perspectiva com pletam ente dis­ torsionada respecto a la realidad de los problemas que se plantean por el contrario a nivel de estudios especializados.

Conviene poner de m anifiesto, con debida claridad, este hecho, que no es casual, para que el lector no se lleve desilusiones a lo largo del análisis que se intentará en las páginas siguientes, m ediante la presentación de una serie de ensayos sobre el tem a. Las raíces de este tipo de divulgación se investigan, naturalmente, en el propio plan­ teamiento que los estudios micénicos tuvieron en las pasadas décadas y tienen, en gran parte, actualmente.

La investigación micénica, campo de estudio todavía joven, nació prácticamente con los descubrimientos efectuados hacia finales de la anterior centuria, en Grecia y Turquía, por H. Schliemann, partid a­ rio del fundam ental valor histórico de la tradición homérica; se de­ sarrolló con las excavaciones de A rthur Evans, en Knossos, y entró en la historia con el desciframiento, realizado por Michael Ventris, de la escritura Lineal B *. C ada vez más se la considera, debido preci­ samente a la influencia que dichos descubrimientos fündamentales han producido sobre sí misma, como la confirmación de aquel m un­ do heroico del que habla H om ero, como la poderosa y aguerrida pro ­ ductora de las imponentes ciudadelas ceñidas por murallas ciclópeas y palacios decorados con maravillosos frescos, como la constructora de las sugestivas tum bas de tholos, fabricante de joyas, espadas con incrustaciones, máscaras m ortuorias de oro y de variopintas vajillas en las que se repiten los temas de mundos m arinos y vegetales tran sfi­ gurados mediante la fantasía y la interpretación de los ceramistas

cre-1 Indicam os aquí solam ente las tres «etapas» convencionales de la historia de los estudios m icenológicos y egeos en general. El desarrollo de las investigaciones y del in­ terés por la Grecia preclásica, que tuvo lugar al iniciarse las excavaciones de H . Schliem ann en M icenas y Troya, cuenta, naturalm ente, con un grupo de ilustres estu­ d iosos, com o D örpfeld, Tsountas, G lotz, Biegen, W ace y otros m uchos n o m enos im ­ portantes que los citados. R ecordam os principalmente un útil volum en recientem ente editado por W illiam A . M cD onald, P ro g re ss in to the P a st. The R e d isco very o f M y c e ­ naean C ivilisation, L on d on -N ew Y ork, 1967, donde se expone, con extraordinaria cla­ ridad e igual rigor cien tífico, la historia de la investigación y , al m ism o tiem p o, la clari­ ficación de los datos obtenidos en este cam po de estudio.

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tenses, o, finalmente, como la «premisa» (debido a la form a arcaica de la lengua griega en la que están redactadas, en escritura silábica, las tablillas encontradas en los palacios) de aquella civilización griega que, todavía hoy, muchos consideran como el «milagro» de la ge­ nialidad y del espíritu racional de Occidente.

Todos estos aspectos «característicos», que, desde luego, tienen

también su base de realidad, pero que no constituyen ipso fa cto la

«civilización micénica», se han traducido, a nivel de divulgación o di­ dáctico, en varios maravillosos libros, espléndidamente ilustrados, en sugestivas reconstrucciones históricas, o bien en breves prólogos a la historia y a la historia del arte griegas (especialmente en los libros de texto y en los manuales para escuelas superiores), o, finalmente, en largos y confusos capítulos de literatura homérica en los que se de­ m uestra lo que Hom ero (o quien por él) había tom ado verdaderamen­

te del m undo micénico, o, por el contrario, había elaborado por su

cuenta, basándose en los testimonios contemporáneos.

Pero los experimentos quizá más peligrosos se pueden determinar en el estudio histórico-artístico de las piezas arqueológicas y en las re­ construcciones «globales» a partir de las tablillas en Lineal B. No hay duda de que los aspectos más llamativos de la civilización micénica ejercen una particular fascinación, así como de que, todavía hoy, la palabra «arqueología» se identifique, incluso en los estudios supe­ riores, con la historia del arte antiguo2. Se puede decir que este tipo de planteam iento de la investigación se ha llevado hasta sus últimas consecuencias en el caso de los testimonios micénicos. Todo esto ha provocado, en efecto, no sólo una enorme serie de estudios sobre los distintos monumentos privilegiados (frescos, joyas, elementos u r­ banísticos de especial relieve, motivos pictóricos en los vasos de ce­ rámica de lujo, analizados en la mayor parte de los casos por su exclu­ sivo valor «artístico») y un parcial desinterés p o r otros testimonios materiales considerados como «menores» (objetos de uso corriente, estructuras urbanas secundarias, cerámica doméstica, etc.), examina­ das solamente en pocos estudios de un extraordinario nivel de espe­ cialización; sino tam bién un tipo de investigación sobre el tema y de elaboración de los datos disponibles que han dejado en la oscuridad la m ayor parte de las fuerzas productivas existentes en la Grecia del II milenio.

Intentarem os aproxim arnos a algunos problemas y a algunas con ­ secuencias.

Del «esplendor» de la civilización micénica, conocemos

efecti-2 El tem a es m uy am plio. Im plica tanto una visión diferente de la historia del arte clásica com o una recuperación de la investigación arqueológica y del ob jeto de su estu ­ dio. En relación con el problem a, recordam os, m eram ente, a título in form ativo, dos ensayos recientem ente editados: el de R anuccio Bianchi Bandinelli, In tro d u zio n e a tl’archeologia, Barí, Laterza, 1976. E dición española, en prensa. E d . A kal, y el de A ndrea Carandini, A rch eo lo g ia e cultura m ateriale. L a v o ri se n za g loria n e ll’an tich itá classica. Bari, D e D o n a to , 1975.

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vamente la parte más «esplendorosa»; la mayor parte de las gran­ des excavaciones se han concentrado fundam entalm ente sobre los centros más prestigiosos (Micenas, Tirinto, Pilos, etc.), m ientras que el estudio de los materiales, y en consecuencia la selección de los ejemplares dentro de las diversas categorías, se ha basado en las m a­ nifestaciones de m ayor relieve, al especular sobre los diversos niveles de sensibilidad artística y determinado sentido estético. L a organiza­ ción territorial, las form as de utilización del suelo, la producción de m anufacturas como índice de un determinado nivel técnico alcanza­ do y tam bién como señal de cierto tipo de organización de las fuerzas productivas, la clasificación estadística y tipológica de los diversos hallazgos «domésticos», son elementos que se han dejado frecuente­ mente en segundo plano (tema de estudio especializado que solam en­ te conocen los especialistas), cuando no son ignorados com pletam en­ te. P or lo cual, en la literatura corriente, «micénico» se convierte en sinónimo de ciudadela, de tesoro descubierto en las tum bas de fosa en Micenas, de espléndidos vasos decorados con fantásticos anim ales marinos (el «pulpo» es el más frecuente entre todos).

Pero, ¿cuál era la población que vivía en las aldeas situadas alre­ dedor de la ciudadela?, ¿qué «cultura» detentaba?, ¿cómo organiza­ ba su trabajo?, ¿por qué y bajo la guía de quién se desarrollaba?

No es una casualidad el que no se haya dado respuesta a estas pre­ guntas ni que se continúen ofreciendo al público grandes colecciones de bellas fotografías.

El hecho es que, descubierta la civilización micénica siguiendo las huellas de la épica homérica, pasó a pertenecer casi autom áticam ente a las disciplinas «clásicas» y, sobre todo, al tipo de planteam iento que encuentra en el estudio del arte en sí mismo el objetivo principal de la investigación «arqueológica».

P ara complicar y hacer todavía más crítica la cuestión se añadió el desciframiento de la escritura Lineal B, con el descubrimiento, pre­ cisamente, de que la lengua que tras ésta se ocultaba no era otra que una form a muy arcaica del griego. Se ha pretendido llenar los falsos huecos de la docum entación arqueológica mediante la interpretación del contenido de dichas tablillas, bajo la influencia de los archivos ya descubiertos en el Próxim o Oriente Antiguo y la sugestión de estable­ cer posibles correlaciones con la producción y tradición homéricas. Sin embargo, la verdad es que los documentos micénicos, como ha advertido justam ente Pugliese C arratelli3, no son más que «docu­ mentos de la adm inistración palatina y registran entradas y salidas de la residencia real, tributos en productos agrícolas e industriales, en animales y materias primas entregados por la com unidad y por parti­ culares a Palacio, las prestaciones de trabajo por parte de humiliores,

3 D a l regno m iceneo alla p o lls, en A ctas del convenio internacional sobre el tema «D alla tribú alio Stato», R om a, 13-16 abril 1961; P ro b le m i attu a li d i Scien za e C u ltu ­ ra, LIV (1962), pág. 175 y ss., reeditado en S critti su l m o n d o antico, N ap oli, 1976, pág. 135 y ss.

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el valor de los depósitos en los almacenes, así como las ofrendas de los sacrificios y las distribuciones hechas en nombre del soberano a santuarios y a su personal, a dignatarios y a subalternos; además, es­ tas anotaciones se refieren a un período que no supera los límites de un año y que finaliza con la destrucción del palacio». E n efecto, las tablillas que han llegado hasta nosotros aparecen cocidas por los in­ cendios que determ inaron el final de la ciudadela, pero, norm alm en­ te, se las dejaba simplemente que se secaran al sol y después se las co­ locaba en los archivos, dentro de adecuados contenedores de m adera o en canastas. En conclusión, el tem a del que tratan los textos de las tablillas y, por consiguiente, la función que desempeñaban, es simplemente anotar, con suma precisión, algunos aspectos de las re­ laciones que debían mediar entre el palacio y los centros rurales y pe­ riféricos (incluso los de carácter presumiblemente religioso), distri­ buidos por la región dependiente de palacio. Todas las referencias que encontram os en las tablillas (excepto algún etnónimo o topóni­ mo para identificar la procedencia de algunas categorías entre el per­ sonal femenino que trabaja en palacio), son relativos únicamente a hechos y asuntos de «economía interna» y, por otra parte, no descri­ ben —a no ser marginalmente— ni la organización social interna de los palacios, ni la de centros rurales y periféricos ni las modalidades institucionalizadas de las relaciones políticas entre el palacio y los centros rurales. A esto hay que añadir, dado el tipo silábico de escri­ tura, absolutamente inadecuado para restituir la lengua griega, que muchos términos permanecen inciertos, mientras que otros, identifi­ cados en el vocabulario griego posterior, deben ser considerados te­ niendo en cuenta las posibilidades del desarrollo semántico que se han podido verificar en el transcurso de los siglos.

P or estos indicios se puede deducir lo mucho que interviene la hi­ pótesis, y con frecuencia la fantasía, en esas reconstrucciones «globa­ les» de la sociedad micénica, que pretenden partir de los documentos escritos contemporáneos, pero, principalmente, los peligros en que se incurre al querer proyectar tales «migajas» de organización social, que las tablillas nos permiten conocer, fuera del circuito interno representado por las relaciones entre palacio y aldeas o centros reli­ giosos contenidos en el territorio del palacio.

Si quisiéramos, en fin, adentrarnos en el laberinto de las interpre­ taciones en clave «homerística» del m undo micénico, terminaríamos por enturbiar todavía más las aguas, sin aportar ningún dato digno de credibilidad histórica. Creemos que cuanto han escrito al respecto Fausto Codino, en su Introduzione a Omero; P. Vidal-Naquet, en

H omère et le m onde mycénien, y Pugliese Carratelli, en Dal regno miceno alla p o lis 4, es suficiente para indicar que, aunque la épica ho­

mérica puede ofrecer un interés histórico en relación con el m undo

4 In tro d u zio n e a O m ero, T orin o, 1965; H o m ère et le m o n d e m ycénien. À p r o p o s d ’un livre récent e t d'u n e p o lé m iq u é ancienne, en A n n ales, 18, 1963, pág. 703 y ss.; Da! regno m iceneo alla p o lis, op. cit.

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micénico, debe considerarse en función de las alusiones que puede contener sobre las m odalidades de desarrollo y de articulación de al­ gunos componentes de aquel m undo subalterno y rural, vivido en edad micénica bajo la hegemonía del palacio, para comenzar desde el momento en que, destruidas las ciudadelas, una vez decaído el poder central, tom an ventaja las autoridades locales que hasta entonces de­ bieron hacer de interm ediarios entre la comunidad de la aldea y el li­ derazgo de la ciudadela. P or otra parte, incluso en este sentido, la tradición homérica aparece bastante problem ática, dado el amplio m arco temporal en que se encuadra su formación y, por tanto, el proceso de encuentro y fusión de las diversas temáticas que la carac­ terizan5.

Frente a un cuadro tan complejo, con el que debe contar el espe­ cialista, y, sobre todo, frente a lo específico de un campo de investi­ gación todavía en formación y bastante mal conocido por quien no lo trabaja desde dentro, se im ponían algunas elecciones para quien, co­ mo el que escribe, tenía que presentar una selección de ensayos que tratasen sobre el tem a general de la «sociedad micénica».

Una reconsideración de dichas elecciones se presenta, por tanto, conveniente, bien para esclarecer los criterios que han provocado a inclinarse por un escrito antes que por otro, bien para introducir en la lectura de estas contribuciones y reconsiderar, en los casos en que sea necesario, algunos temas o ciertos argumentos que puedan apare­ cer insuficientemente explicados.

Ante todo, es preciso señalar que se im ponía una elección de fo n ­ do: si se debían escoger esencialmente ensayos de carácter general, del tipo que podemos llamar tradicional, que presentaran, a través de todos los testimonios y disposiciones, una reconstrucción «global» de los usos, costumbres, actividades económicas, estructura política de los «micénicos», acom pañados quizá de un buen repertorio gráfi­ co y fotográfico. En tal caso, se reincidiría en los trabajos de corte clásico (de los que hay abundantes y destacadas publicaciones), con el agravante, además, en nuestro caso, de no haber respeta­ do el carácter de «instrum ento» que nos habíam os propuesto. De este m odo, los diversos niveles de la investigación se habrían allana­ do en el cuadro general que habría resultado, como de costum bre, una representación únicamente de los aspectos «esplendorosos» (o, quizá m ejor, hegemónicos) del m undo micénico y no de la socie­ dad mecánica completa. O tra solución hubiera podido ser la de tipo «manualístico», ejemplificando los varios aspectos de la investiga­ ción micenológica al reunir lo m ejor y lo más claro (características

5 U n cuadro bastante exacto sobre el tema se ofrece en el ensayo de A . Sacconi, P ro b lem i o m erici alia luce d e i ritro va m en ti archeologici, R om a, 1971, que cuenta con el valor, entre otros, de proporcionar un ingente m aterial bibliográfico. Tam bién hay que recordar el cuadro general resumido y esbozado por A . H eubeck, D ie hom erische Frage (El problem a hom érico), Darm stadt, 1976, y la selección de ensayos sobre el te­ ma titulada L a qu estion e om erica, realizada por Fausto C odijio. R om a, 1976.

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que no siempre son concomitantes) que se haya escrito hasta hoy. P e ­ ro en este caso, prescindiendo de las dimensiones que hubiera alcan­ zado semejante trabajo, tendríamos que preguntarnos por la utilidad que hubiera tenido tanto para el «no especialista» como para quien tuviera la intención de llegar a serlo, desde el m om ento en que, m ejor que una síntesis de fragmentos extraídos de diversos manuales y re­ vistas (gramática micénica, tratados de cerámica, estudios de las fo r­ mas arquitectónicas, etc.), resulta útil u na buena bibliografía que di­ rija al interesado a cada una de las obras específicas. Además, desde el m om ento en que la realidad histórica no es globalmente sinteti- zable, ni siquiera a nivel de introducción a su estudio, dentro de las páginas de un m anual (titulado tal vez «La Micenología»), se habría realizado un trabajo tan incompleto como inútil.

P or estos motivos he elegido una tercera solución, quizá la más criticable desde el punto de vista del especialista y la más enojosa p a ­ ra el simple interesado: es decir, la de una selección argum entada, o r­ ganizada de tal m odo que pueda abarcar los temas considerados esenciales para la caracterización de la sociedad micénica. Y tales te­ mas se han especificado, por una parte, en las posibles contradic­ ciones internas de sus fuerzas productivas, por otra, en aquellas características extremadamente dinámicas que parecen determ inar el papel jugado en la cuenca del Mediterráneo durante los siglos (xv-

XIII) de m ayor desarrollo.

Tal planteam iento ha permitido, por una parte, afrontar los problemas referentes a la organización productiva, en relación con los coetáneos estados del Próximo Oriente y al papel desempañado por la com unidad aldeana subalterna durante y después de la hege­ monía de las administraciones burocráticas de los palacios; por otra parte, ha supuesto indudablemente descompensaciones en cuanto al perfil de ciertas nociones básicas correspondientes a diversas ra­ mas de la investigación, frecuentemente desconocidas para el no es­ pecialista, el cual podrá encontrarse frente a fragm entos de lectura bastante difícil. Tales insuficiencias se agudizan particularm ente en las contribuciones directamente relacionadas con el análisis de los documentos en Lineal B. (Cfr. parte 2 .a, titulada: L os docum entos

escritos). Lo que se debe a dos razones: en prim er lugar a la dificul­

tad y a la complejidad inherentes a la interpretación de los textos de los mismos documentos, que aparecen fragmentarios, a menudo de oscuro significado, avaros en cuanto a datos directam ente utilizables en el plano histórico y, en la m ayor parte de los casos, comprensibles solamente cuando se han visto correlacionados contem poráneam ente con otros textos; en segundo lugar, por no haber podido dar suficien­ te espacio a una clarificación de las técnicas de organización y de análisis de estos documentos; es decir, por haber renunciado a un planteam iento de m anual para el trabajo que, en este caso específico, habría resultado de gran utilidad. Pero renunciar a incluir las contri­ buciones referentes directamente al análisis de los contenidos de las tablillas, habría supuesto, por otra parte, un peligro todavía mayor:

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el de no proporcionar una idea suficiente del estado efectivo de la do­ cumentación escrita y del tipo de datos que ésta puede proporcionar, corriendo el riesgo, como frecuentemente sucede incluso en las obras de inteligente docum entación, de simplificar los problemas ligados a la interpretación de los textos en la medida en que vienen provistas las únicas resultantes propuestas en el plano histórico.

Se ha intentado remediar tales insuficiencias (y se podrían en­ contrar muchas otras, incluso en el plano de la docum entación a r­ queológica, que tam bién cuenta con problemas en la organización de los datos), bien con una breve sección bibliográfico-documental, añadida al final del trabajo, bien mediante la confección de esquemá­ ticas introducciones incluidas al principio de cada una de las tres p a r­ tes generales en las que se ha dividido el trabajo, y de un aparato crítico suplementario de notas a las colaboraciones presentadas. Lo que ha permitido, por ejemplo, esbozar breves excursus sobre argu­ mentos que no están directamente conectados al tem a de este estudio, pero tienden a clarificar el planteamiento metodológico y la elabora­ ción teórica que se encuentra en algunos autores cautelosos, con el fin de comprender m ejor los problemas relevantes dentro de lo espe­ cífico de la colaboración.

Finalmente, se puede decir que el presente trabajo no pretende ser totalmente exhaustivo y completo respecto al tem a propuesto en el título. Debe considerarse sobre todo como un «instrum ento» ade­ cuado para sugerir, pese a sus imperfecciones, una serie de proble­ mas a quien tenga la paciencia de leerlo*.

* Deseam os expresar nuestra gratitud a los profesores L. Godart y G. N eum ann por los consejos que aportaron durante la elaboración y revisión del trabajo. Tam bién queremos expresar nuestro especial agradecim iento al profesor F. C odino, que ha vigi­ lado desde el principio este trabajo y con quien tuvim os la posibilidad de una inin­ terrumpida confrontación, asi com o de fructífera discusión respecto a los argum entos fundam entales que se han tratado en estas páginas.

A dverten cia

Los fragmentos en idiom as extranjeros de los que no se indica explícitam ente la traducción, están traducidos por el responsable de la edición. Las consideraciones críticas adicionales, en form a de notas a los trabajos seleccionados, se han numerado sucesivam ente sin distinguirlas de las notas del autor de cada ensayo, precedidas o se­ guidas de la abreviatura n .d .e . (nota del editor). Las referencias a revistas se citan com pletas, indicando el título del artículo, el número del volum en (y el del fascíulo, cuando es necesario) y las páginas.

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NOTA BIBLIOGRAFICA

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PRIM ERA PARTE

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C on los tres ensayos que se ofrecen a continuación, de los que son autores G. Childe, C. Starr y G. Bockisch-H. Geiss, se pretende es­ tablecer la premisa de una discusión que se desarrollará en la segunda y tercera partes.

El cuadro de la sociedad micénica que ofrecen los cuatro investiga­ dores citados es, indudablemente, de carácter general. Para cons­ truirlo se han fundado tanto en los testimonios arqueológicos como en los documentos escritos, resaltando los puntos de contacto. P or otra parte, un interés común agrupa las investigaciones de estos espe­ cialistas, cuyos trabajos se han ordenado aquí, tam bién por tal m oti­ vo, en base a criterios cronológicos.

Lo mismo Childe que Starr y los dos investigadores alemanes in­ tentan precisamente puntualizar el papel original desempeñado por el m undo micénico dentro del desarrollo del continente griego. Sobre esta base com ún se pueden destacar, después, los intereses más espe­ cíficos que provocan dicha operación.

P ara Childe, como veremos más claram ente al final de esta in tro ­ ducción, la finalidad inm ediata es individualizar, en la función de las ciudadelas micénicas, la aparición por vez prim era de una «civiliza­ ción europea», cuyo nacimiento, estimulado y precipitado por la exis­ tencia de los grandes estados «despóticos» del Próxim o Oriente, elabora autom áticam ente las formas que perm itirán a los grupos europeos progresar en la historia.

P ara Starr, el problem a consiste principalmente en precisar una caracterización autónom a de la sociedad micénica que impida se­ guirla considerando como un mero «apéndice» del m undo griego clá­ sico, situándola incluso como una «introducción» a la época arcaica o a la clásica en los textos de historia o de historia del arte en las es­ cuelas superiores (y no solamente en éstas), o para utilizar como com probación de una presunta veracidad de los poemas homéricos.

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H oy, indudablem ente, sem ejante batalla podría considerarse vencida de antem ano; sin em bargo, en el campo de los estudios histórico- literarios especialmente, todavía resulta válida y esencial (por o tra parte, data del año 1963 el fuerte ataque de P . V idal-N aquet, H o m è­

re et le m onde mycénien, à p ropos d ’un livre recent et d ’une p o lém i­ que ancieenne, en A nnales 18, 1963, págs. 703 ss., al fam oso libro

debido a A. J. B. W ace y F. H . Stubbings, A C om panion to H om er, L ondon, 1962, en el que se intentaba dem ostrar, no sin gran com pe­ tencia y profundidad de análisis, la tesis de la validez del testim onio homérico para com prender el m undo micénico y viceversa). La de­ m ostración de Starr pretende, aunque no sin algún pasaje un tanto simplista, devolver al m undo micénico su carácter específico y. destruir el m ito de la «edad de transición», subsiguiente a la caída de las ciudadelas micénicas, como una época oscura y de estancam iento, tendiendo de esta m anera a recuperar el concepto de «diferencia» entre el m undo micénico y el medievo helénico, incluso dentro de u na continuidad en el desarrollo histórico.

El investigador m arca, pues, las premisas de la discusión que se afro n ta plenam ente en el trab ajo de Bockisch y Geiss, donde se tien ­

de a especificar qué tipo de continuidad (y a qué niveles sociocultura- les) relaciona las dos épocas. En general, Starr ofrece u n a visión del m undo micénico bastante estática y reiterativa, incluso recogiendo la tem ática childeana que considera la sociedad micénica com o «la p u n ­ ta más avanzada de civilización en la Edad del Bronce», respecto al resto de E uropa, e incluso reconociendo en ella cierta independencia «de los influjos del Proxim o Oriente». Esto se debe quizá a que, en su opinión, dicho m undo se reduce a «un esfuerzo irrelevante y m e­ cánico por absorber las influencias de la C reta m inoica y, en m enor m edida, del Próxim o Oriente», o bien por su lim itada base, fundada exclusivamente en el leadership (liderazgo) del palacio. Tam bién puede deberse a que la invasión doria tuvo que realizar escaso es­ fuerzo para b arrer «la frágil superestructura de la centralización m o ­ nárquica» (Cfr. H istoria del m undo antiguo, edición española. M adrid, 1974, 1.a ed., págs. 213-217). Estos juicios de valor dejan efectivamente abierta una serie de problem as a los que S tarr no pare­ ce dar respuesta. P o r ejemplo, ¿qué papel social desempeñan los co­ merciantes «micénicos» que, según la opinión del investigador, de­ sarrollan una función tan im portante en el proceso de acum ulación de riquezas en el interior de las ciudadelas (no es gratuito que en la obra citada, H istoria del m u n d o antiguo, el breve capítulo sobre el m undo micénico se titule E l rey y los comerciantes micénicos)? P ero, sobre todo, ¿cómo entender el térm ino «superestructura», referido a la adm inistración palatina?

E n este sentido, el cuadro histórico que encontram os en el estudio de Bockisch y Geiss (el breve com entario al trab ajo más reciente de G. Bockisch sobre la form ación de la polis, debatido en la introduc­ ción al ensayo de C. P arain en la tercera parte) tiene m ayor am plitud

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de miras y representa, quizá, uno de los escasos intentos por ofrecer una reconstrucción orgánica y m otivada en todas sus partes.

Iniciar una antología de escritos sobre la sociedad micénica con el capítulo de un libro publicado en 1958 puede parecer un anacronis­ mo, sobre todo cuando, como en este caso, se ha dado el subtítulo de «historia» a la sección en que se incluye. Se podría creer que quizá re­ sultara más oportuno comenzar con un trabajo reciente, dado que en opinión general y especialmente en el campo histórico-arqueológico, «reciente» es sinónimo de mayor riqueza en datos y, por tanto, de mayores posibilidades de conocimiento.

Sin negar este último hecho, conviene, sin embargo, recalcar (en el caso de que fuera necesario) que conocimiento significa esencial­ mente posibilidad y modos de interpretación. Se justifica así la selec­ ción del capítulo de Gordon Childe referente al m undo micénico, a la vez que, al colocarlo como «ensayo inicial», se clarifica también la dirección en que se ha orientado la antología.

En consecuencia a cuanto hasta aquí se ha dicho, será verdadera­ mente oportuno delinear brevemente los trazos esenciales que carac­ terizan el planteamiento general de la investigación realizada por el arqueólogo australiano, para volver después más específicamente al cuadro que nos ofrece de la sociedad micénica. Se pueden sintetizar, en parte, en los siguientes puntos:

— Se considera al hombre como elemento en oposición a la n a tu ­ raleza. Su evolución aparece proporcional a la independencia cada vez más m arcada que alcanza respecto a las relaciones con la misma naturaleza; es decir, esencialmente en el tránsito de depender de ella a dom inarla (o sea, en el tránsito de recolector de alimentos a produc­ tor de alimentos; cfr. Los orígenes de la civilización, edición castella­ na. F.C .E . México, 1970).

— El m ediador de tal proceso es el instrum ento técnico, el medio m aterial, que supone un bagaje de experiencias técnicas que lo han hecho posible; por tanto, el instrum ento, en cuanto tal y en su sig­ nificado generalizado, es índice de categorías mentales y de experien­ cias acumuladas por el hom bre como animal social que produce y elabora modelos no por sí solo, sino dentro de una estructura social que garantiza y transm ite el patrim onio técnico adquirido con el tiempo (cfr. Qué sucedió en la historia. Ed. L a Pléyade. Buenos Aires 1973. (Trad. esp.). Progreso y arqueología. Ed. La Pléyade. Buenos Aires 1973.

— El progreso técnico, el continuo perfeccionamiento del instru­ mental, resulta ser el m otor del «progreso» y, al mismo tiempo, es por sí mismo portador de un mensaje técnico-social del ambiente cul­ tural que lo ha producido (cfr. Societá e conscenza. Trad. ita. M ila­ no, 1962).

— La transm isión de técnicas, testimoniada por la introducción de instrum entos más perfeccionados, es, por tanto, la difusión de ideas que se mueven desde los centros donde el progreso está más avanzado tecnológicamente. El evolucionismo multilineal, y, por

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tanto, el difusionismo childeano, se mueve en este sentido, que podríam os definir como «culturológico», y no en el «ecológico», en­ tendido como la función desempeñada en form a determ inante por las condiciones naturales para el desarrollo cultural diferenciando área por área (cfr. sobre la relación entre G. Childe y las corrientes evolucionistas, M. Arioti, Introduzione all’evoluzionismo, M ilano, 1975; de G. Childe, vd. L a Evolución Social. Ed. Ciencia Nueva. M adrid, 1965).

— Así, pues, el progreso técnico marca y caracteriza, según un esquema multilineal y según cambios específicos propios de cada área cultural, los estados evolutivos generales a través de los cuales la hum anidad pasa: del estado salvaje al de la barbarie, de éste al de la civilización, caracterizado precisamente por el logro de u na serie de conquistas técnicas cada vez más perfeccionadas, que, al mismo tiempo, dan testimonio del grado de complejidad social que se ha al­ canzado.

— Am pliando la perspectiva a la generalidad de los «datos m ate­ riales» descubrimos que son siempre el reflejo (o «mensaje») de las categorías de conocimiento dentro de un grupo; son, por tanto , el índice, aunque indirecto, de la organización social del mismo grupo, tanto en su relación de apropiaciones respecto a la naturaleza, como en su proceso productivo (cfr. Società e conoscenza, op. cit.).

Resulta evidente que «arqueología», o estudio de las m anifesta­ ciones tangibles del hom bre, se considera al mismo tiem po histo­ ria y que el térm ino de prehistoria se convierte en un simple conven­ cionalismo para indicar la historia de los grupos hum anos cuyo mensaje pasa solamente a través del instrum ento m anufacturado y no por el instrum ento-escritura (cfr. Qué sucedió en la historia. Ed. La Pléyade. Buenos Aires 1973. (Trad, esp.), op. cit.; I fr a m m e n ti

delpassato. Trd. It. M ilano, 1960; recientemente se ha reconsiderado

el problem a por A. C arandini en el pequeño volumen Archeologia e

cultura materiale, Barí, 1975).

Sería un error creer que en Childe el papel principal desempeñado por el instrum ento desemboque en un rígido determinismo de causa- efecto entre nivel m aterial (o, como generalmente entienden los lla­ mados «materialistas-culturales», económico) y nivel ideológico (es decir, de elaboración de categorías de com portamiento). P ara aclarar los términos se reproduce un párrafo del capítulo I de Qué sucedió en

la historia. Ed. La Pléyade. Buenos Aires 1973. (Trad, esp.): «Tam ­

bién el investigador de la cultura m aterial debe estudiar una sociedad como organización cooperativa destinada a producir medios para sa­ tisfacer sus necesidades, para reproducirse y para producir nuevas necesidades. Pretende ver el funcionam iento de la economía. Pero la economía influye en la ideología y está influida por ella. El «concep­ to m aterialista de la historia» afirm a que la economía determ ina la ideología. Es más seguro y más preciso repetir en otros términos lo que ya está establecido; a la larga una ideología puede sobrevivir so­

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lamente si facilita el pleno y eficaz funcionam iento de la economía» (op. cit., págs. 20-21).

También en esto se diferencia Childe de los evolucionistas (antro­ pólogos y arqueólogos), sobre todo estadounidenses, que llegan a de­ term inar rígidas leyes de causalidad entre una presunta «estructura económica» y una superestructura económica, dando la máxima im ­ portancia a la relación de causa-efecto «naturaleza-hom bre», o sea, «sistema ecológico-estructura económica», p ara llegar inm ediata­ mente a la form ulación de sistemas en los que el elemento hum ano se convierte únicamente en «uno de los elementos» que, sin ningún ne­ xo de dependencia, se relacionan entre ellos (véase a este respecto el planteam iento expuesto en la interesante obra de M. H arris, E l de­

sarrollo de la teoría antropológica, ed. Siglo XXI, M adrid 1978, con

particular atención a los capítulos XXII-XXIII). En este sentido es ab­ solutamente justa la consideración de que «nunca Childe ha sostenido que la historia cultural del hombre pueda ser explicada a partir de una visión ecológica. Efectivamente, la im portancia que otorgaba a la tecnología en cuanto medio de producción, producto del trabajo, exponente de la división del trabajo y, en general, del m odo de p ro ­ ducción —entendido como relación dialéctica entre fuerzas producti­ vas (medio tecnológico, trabajo hum ano y naturaleza) y relaciones so­ ciales de producción (relación entre los hom bres)— , presupone una gran atención respecto al factor «am biente» en cuanto elemento de las fuerzas productivas, pero sin excluir los otros factores que suponían «dentro» de la sociedad el m otor del movimiento diacróni- co. En este sentido pudo observar una unidad en el devenir del de­ sarrollo histórico, pese a las diversas formas particulares cotejables ante las diversas sociedades, y unir al aspecto del trabajo, considera­ do como relación entre hom bre y hom bre y entre hom bre y n atu ra­ leza, el proceso de adaptación cultural» (F. Giacinti, cit. en M. Arioti, Introduzione all’evoluzionismo, op. cit., en Orgini VIII). A partir de aquí se comprende el significado del estudio tipológico de los datos materiales en arqueología, dado que todo tipo dentro de una clase específica encierra en sí mismo los rasgos tradicionales de la sociedad que lo h a producido; a partir de aquí tam bién se establece la definición según la cual «el conjunto de tipos reconocibles que se dan contem poráneam ente en un área determ inada se llama cultura» (cfr.

Qué sucedió en la historia, op. cit.).

Aproximémonos ahora al problem a de la im portancia que cobra el papel desempeñado por la sociedad micénica en el panoram a histó­ rico general de E uropa y de sus relaciones con el Próxim o Oriente, tal como lo expone Childe en su Prehistoria de la sociedad europea, del que ofrecemos una parte del capítulo IX.

Ante todo conviene citar algunas observaciones de fondo que el autor pone de manifiesto en la introducción a la segunda edición de la obra, pocos meses antes de su m uerte repentina (págs. 5-7): «¿P or qué los europeos no han permanecido como salvajes analfabetos de la Edad de Piedra al igual que los pieles rojas o los habitantes de P

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a-puasia? Los investigadores de la prehistoria están de acuerdo en la respuesta que dar a esta prim era pregunta: Europa está próxim a a Egipto y a M esopotam ia y solamente en el valle del Nilo y en el delta del Tigris y del Eúfrates se pudo realizar la organización política y económica indispensable para el nacimiento de una industria m etalúr­ gica. Al surgir ésta, hace 5.000 años, se dio el prim er paso hacia ese «progreso» que ha hecho al viejo m undo tan diferente del nuevo. Los salvajes europeos se beneficiaron de los tres frutos de este descubri­ miento y salieron de la Edad de Piedra (...). «En la prim era y segun­ da edición de mi Dawn o f Eurpean Civilisation, de 1925 y 1939, res­ pectivamente, proporcionaba un conjunto de argumentos de técnica arqueológica en favor de la respuesta clásica, argumentos que podían term inar por inducir al lector a creer que las culturas europeas de la Edad del Bronce eran meram ente copias inferiores y bárbaras de las civilizaciones orientales. Al mismo tiempo, en mi N ew L ig h t on the

M o st A ncient East (El nacimiento de las civilizaciones orientales) y

en What Happened in History (Lo que sucedió en la H istoria), me es­ forzaba en form ular un juicio completo sobre la im portancia de la contribución oriental. Pero en 1940, C .F.C . Hawkes, en su Prehisto­

ric Fundation o f Europe, adoptó decididamente una nueva posición,

afirm ando que la E dad del Bronce en E uropa no solamente no cons­ tituye en absoluto una imitación de la oriental, si no que, es más, pre­ senta claramente innovaciones debidas a los europeos, que suponen un progreso frente a la últim a. Hawkes no proporcionaba todavía al lector explicaciones precisas en apoyo de su propia tesis. Revisando en 1955 el texto de mi Dawn o f European Civilisation, tuve la im pre­ sión de haber llegado finalm ente a distinguir el porqué y en qué m o­ do los europeos de la Edad del Bronce pudieron diferenciarse de sus modelos orientales y efectivamente se diferenciaron».

No es gratuito que el capítulo IX, en el que se describen las so­ ciedades minoica y micénica, lleve por título Nacim iento de una cul­

tura europea, y que vaya precedido de una larga serie de considera­

ciones sobre las influencias, portadoras de nuevos conocimientos y técnicas, que desde el Próxim o Oriente llegaron a las regiones occiden­ tales del M editerráneo, entre el III y el II milenio, gracias a la m e­ diación de las gentes del Egeo.

Esta función de «trait-d’union» realizada por las poblaciones egeas determinó, según la hipótesis childeana, las bases del tránsito de la barbarie a la civilización. Pero si el impulso original se sitúa en el adelantado Próxim o Oriente, el desarrollo que tiene lugar en G re­ cia asume características autónom as y originales.

En cuanto al problem a de la aplicación de la «form a asiática» al m undo micénico, referido a su génesis y estructuración social (cfr. la introducción al ensayo de C. P arain en la tercera parte), Childe llegó a plantear, con extraordinaria lucidez, los términos fundamentales de la problem ática histórica relativa a la civilización micénica y, al tratar la función de «trait-d’union» entre Oriente y Occidente, expu­

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so uno de los puntos más interesantes y discutidos de la investigación contem poránea.

El n a c i m i e n t o d e u n a c i v i l i z a c i ó n EUROPEA

por Gordon Childe

E n Grecia, a comienzos del Heládico M edio, los asentamientos protoheládicos fueron destruidos y, más tarde, reocupados por inva­ sores guerreros llamados minios. Posteriorm ente, algunos jefes de guerra locales se encumbraron al rango real; las «tumbas reales» y los frescos de los palacios revelan los contrastes inequívocos que existían entre los reyes y sus subalternos y vasalllos. Esta realeza sur­ gió prim ero en M icenas1 que era un centro estratégicamente situado para controlar una ruta de vital im portancia, que iba desde el sur del Egeo al golfo de C orinto, y lo mismo del Oeste al N orte. Dos círculos de tum bas de fosa representan quizá los cementerios reales de dos dinastías paralelas y contem poráneas2. Ambos cementerios se halla­ ban rodeados de círculos de losas verticales3. Algunas de las tumbas

1 Aparte de la obra de G. M ylonas, A n c ie n t M ycen ae: The C a p ita l o f A g a m e m ­ non, P rinceton, 1956 a la que hace referenda el autor, véase la reciente obra del m ism o M ylonas; M ycen ae a n d the M ycenaean A ge, Princeton 1966. Para las características generales del m undo m icénico véanse asim ism o las siguientes obras: E . Vermeule, Grecia en la E d a d d e l Bronce, F .C .E . 1971, trad. esp. del orig. en ing. de 1964; W . Taylour, I M icenei, td. it. M ilán 1966; P . Dem argne, N a cim ien to d e l A r te griego td. ep. A guilar, Bilbao 1964; G. R ächet, A rch éo lo g ie de la G rèce préhistoriqu e, Ver- viers, 1969; S. Sinos, D ie vorklassischen H au sform en in d e r A egäis, M ainz am Rhein,

1971. D e especial utilidad com o catálogo gráfico y foto g rá fico , con num erosos com en ­ tarios para toda clase de testim onios, es el libro de H . G. Buchholz V . Karageorghis, A ltä g ä is u n d A ltk y p r o s, Tubinga 1971 (ahora tam bién en inglés). Para los problemas relacionados con el período final de la civilización m icénica, véanse los excelentes tra­ bajos de V. R. d ’A . D esborough, The last M ycen aean s a n d their Successors, O xford 1966; The G reek D a rk A g e , Londres 1972. U n panoram a am plio nos lo ofrece también la obra H isto ry o f the H ellenic W orld: P reh isto ry an d P ro to h isto r y , Atenas 1974, a cargo de los m ejores especialistas griegos en el cam po de la prehistoria y de la m icenología. U n punto de referencia fundam ental es sin duda la 3 . a ed. del vol. II de la C am bridge A n c ie n t H isto ry (1973-1975). E n concreto, para estudiar el paso del Bronce A ntiguo (H eládico A ntiguo) al Bronce M edio (H eládico M edio) rem itim os a las A ctas del 1.° C oloquio Internacional sobre prehistoria egea, B ron ze A g e M ig ra ­ tion s in the A e g ea n s A rch a eo lo g ica l a n d linguistic P ro b le m s in the G reek P rehistory, que tuvo lugar en Sheffield en 1970, editado a cargo de R . A . Crossland y A . Birchall, L ondres, 1973 (n .d .c .).

2 M ás corriente es la expresión «tum bas de fo sa » . Las recientes excavaciones han puesto en evidencia otras tumbas similares en Lerna, Berbati y P ilos, esta última parti­ cularm ente interesante por encontrarse cerca del núcleo habitado que en esa m ism a fa ­ se ya está fortificado (véase al respecto G. M ylonas, M y c e n a e ... cit. pág. 89 ss.; C. W . Biegen, M . R aw son, W . Taylour, W . P . D on ovan , The P alace o f N e sto r at P y lo s in W estern M essenia, vol. I l l , Princeton, 1973, pág. 13 ss. (n .d .c .).

3 Téngase en cuenta que lo que hoy se ve del círculo A , inserto en el interior de las m urallas de la ciudadela de M icenas, se debe a una refacción tardía del s. XIII a. C. apx. (n .d .c .).

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de fosa estaban coronadas de estelas esculpidas o de lápidas sepulcra­ les representando al rey en un carro tirado por un caballo m archando sobre un enemigo caído, o bien cazando un león. Las tum bas se hallaban repletas de armas de bronce, entre las que figuraban enor­ mes estoques, adornos y vasijas de metales preciosos, piedras pre­ ciosas talladas, cuentas de piedras semiprecíosas y de ám bar y vasijas fabricadas a torno. No cabe duda que muchos de estos objetos habrían sido fabricados por artesanos y artistas minoicos, si bien és­ tos debieron trabajar algunas veces en la misma Micenas y no en C re­ ta. Parece más bien como si las riquezas y el poder económico de los reyes de las tum bas de fosa procedieran de incursiones victoriosas lle­ vadas a cabo en los palacios cretenses4, parte de sus tesoros sería p ro ­ ducto del botín, otra sería obra de artesanos minoicos hechos cauti­ vos o atraídos por el botín de los conquistadores. Los reyes de las tum bas de fosa habrían anexionado así, por la fuerza y la violencia, una parte del excedente oriental, del que se habrían apropiado los sacerdotes-reyes m inoicos5.

Se cree que los cementerios de tumbas de fosa de Micenas fueron utilizados desde el 1600 a. J. C. o un poco antes, hasta po r lo menos el 1450 a. J. C. Después del 1500 empezó la construcción de tum bas tam bién reales de un tipo bastante diferente —las th o lo i6 en varios lugares del Peloponeso, del centro de Grecia y de Tesalia, y, por últi­ mo, también en la m isma Micenas. Aquí, las tholoi, nueve en total, habrían podido indicar el ascenso a la realeza de una nueva dinastía que hubiera destronado a los reyes de las tum bas de fosa, exacta­ mente los mismo que los Pelópidas sustituyeron a los Perseidas, se­ gún la tradición heroica griega. Las tholoi micénicas son grandes tum bas de cúpula, de planta circular, muy bien construidas, que se alzan bajo un túm ulo de piedras o en un entrante en la ladera de una

4 Sobre este problem a, am pliam ente debatido y estrechamente relacionado con los orígenes del m undo m icénico véase lo que O. P . T . K. D ickinson considera reciente­ m ente en The S h a ft G raves a n d M ycen aean O rigins en Bull. Inst. O f Class. St. o f the u n iversity o f L o n d o n , 1972, págs. 146-147. Tam bién la reciente publicación de las tum bas del Círculo B de M ylonas (The G rave Circle B o f M ycenae, L und 1964; id ., <?0 'ταφικΰί κύκXoj ß των Μυκενων» A tenas 1973 ha perm itido relacionar este m o ­ m ento inicial de la civilización m icénica y el m undo m inoico. A l respecto, ver también E . Verm eule, The A r t o f the S h aft G raves o f M ycen ae, Cincinnati 1975 (n .d .c .).

5 Se debe tener en cuenta que el calificativo de «rey-sacerdote» para los señores de los palacios cretenses es m uy discutible (n .d .c .).

6 Sobre la datación, distribución y procedencia de las th o lo i cfr. E . V erm eule, op. cit. n. 1 y especialm ente en el inventario de la pág. 363 y ss. de la ed. inglesa. Véase tam bién H o o d , S ., T holos T o m b s o f the A egean , in A ntiquity 34, 1960, pág. 166 ss. Sobre los problem as de su origen m inoico cfr. P in i, L ., Beiträge z u r m inoischen G rä­ berkun de, W iesbaden 1968.

D ebem os evidenciar que la datación de las primeras th o lo i se eleva hasta el s. X V I, con lo que se verifica la contem poraneidad de las primeras th o lo i con la ép oca de m a­ yor uso de las tum bas de fo sa . Por otra parte, se debe tener en cuenta que si bien el ori­ gen de las th o lo i debe encontrarse en Creta (aunque todos los investigadores n o estén de acuerdo) en cam bio, las tum bas de fosa deben ser el resultado de una evolución autóctona. C ontinúa, pues, abierto el problem a de explicar esta superposición cron o­ lógica entre los dos tipos de enterram iento (n .d .c .).

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colina, desde donde sólo sobresalía el vértice cubierto de un bajo m ontículo artificial; en ambos casos, un pasadizo am urallado, au n ­ que sin techo, daba acceso a la cám ara funeraria. Así, estas tholoi parecen versiones ampliadas de las tum bas colectivas del M editerrá­ neo occidental y de la E uropa atlántica, si bien, a diferencia de estas últim as, no parecen que hayan servido nunca de sepulcros familiares sino p ara el entierro de un soló rey, acom pañado a veces del cuerpo de la reina y de uno o dos hijos jóvenes. Los plebeyos eran enterrados en cám aras funerarias excavadas en la roca, que constituían auténti­ cos sepulcros familiares, utilizados en sucesivos enterram ientos a lo largo de varias generaciones. Las tholoi, que excepcionalmente fue­ ron encontradas intactas, contenían un ajuar ta n suntuoso como el de las tum bas de fosa más an tig u as7. El ajuar de las tum bas corrien­ tes excavadas en la roca, aunque m enos suntuoso, era tam bién de una riqueza notable; abunda el ajuar de metal, a pesar de que se con ­ serva poco oro o plata. (Puede que los oficiantes de los enterram ien­ tos posteriores hubieran robado las joyas que acom pañaban los p ri­ meros enterram ientos).

Las tholoi se encuentran aisladas o agrupadas en pequeños ce­ menterios —las nueve de Micenas form an el grupo m ayor que se conoce— y la m ayoría se encuentran en los mismos lugares donde es­ taban las localidades de los héroes legendarios. M uchas de ellas están situadas de m anera significativa en las cabeceras de golfos situados frente al m ar —com o, por ejemplo, el golfo de Volo, en Tesalia— o cerca de puertos situados en las rutas m arítim as, como sucede a lo largo de la costa occidental del Peloponeso, de m anera que sus em plazamientos se hallaban particularm ente expuestos a la penetra­ ción m inoica, al tiempo que estaban bien situados para servir de b a ­ se a las incursiones m arítim as contra C reta. Las tum bas constituyen nuestra m ejor guía para valorar la extensión de la civilización micéni­ ca. Los lugares domésticos se conocen de m anera menos exhaustiva. La m isma Micenas era apenas una ciudad. Se trata b a m ás bien de una ciudadela sólidamente fortificada, que ocupaba casi cuatro hec­ táreas y m edia y que contenía el palacio real y las m oradas de los fu n ­ cionarios y servidores. A lrededor de la ciudadela se agrupaban varios poblados, cada uno de ellos con su cementerio de cám aras fu nera­ rias. No hay duda que existían verdaderas ciudades, pero sus em pla­ zamientos, com o los de Argos y de Tebas, se hallan sobrecargados de edificios clásicos y m odernos, por lo que su im portancia debe in fe­ rirse p o r el tam año de los cementerios anejos y p o r algunos restos de edificios tales com o el palacio de Tebas. A unque se han excavado o

7 E n general, véase to d o lo expuesto por M ylonas en M y c e n a e ... eit. pág. I l l ss. N o obstante debem os advertir que la afirm ación de un lim itado tiem po d e uso para las th o lo i (enterram iento únicam ente del soberano y c o m o m á x im o , de o tros m iem bros de su fam ilia) n o se puede generalizar. U n nuevo estudio de las antiguas excavaciones rea­ lizadas en M esenia hacen pensar, al igual que ocurre co n las tum bas de cám ara, un uso con tinu ad o por m ás generaciones (n .d .c .).

Referencias

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