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A Y U N T A M I E N T O DE MURCIA

A R C H I V O

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(5)

8 MÏES cra iliiw s

SOBRE LA HERMOSURA Y PUREZA

DE LA

SANTÍSIMA VIRGEN,

POR

D. ELADIO SEVILLA Y ALFARO

«Toda herm osa eres, am iga mia, y en tí no no hay mancha.»

Cant., IV, V . 7.

Con licencia del Ordinario.

ORIHÜELA:

Imp. de Cornelio Payá.

1890.

(6)
(7)

Á LA BEATÍSIMA VIRGEN MARIA

Am a n t í s i m a Ma d r e:

Al aproximarse los dias en que la Santa Iglesia ce­

lebra el Sagrado Misterio de vuestra Purísima Goncep- cioUy y al recordar que en el año 1889 por los mismos dias una Revista espiritista publicada en Alicante con el título L a Revelación, tuvo la audacia de decir he­

rejías y blasfemias contra tan augusto Misterio, he concebido el pensamiento de tomar la pluma para sostener en la medida de mis fuerzas lo que con tanta fé creemos y con tanto amor amamos todos los cató­

licos.

Cuando la mencionada Revista extremó de esa manera su òdio al Catolicismo, la redacción de E l Alicantino protestó contra tales herejías y blasfemias, y á su sentida y enérgica protesta siguió la de innu­

merables fieles, que por espacio de algunos meses vi­

nieron llenando con sus nombres las columnas del ex.

presado diario. Tal fué. Madre gloriosa, la manifesta-

(8)

don del sentimiento católico, al ver que la impiedad pretendia manchar el hermosísimo blasón de vuestra pureza original.

Pues bien, Madre Inmaculada; yo quiero alabar y defender lo que vuestros enemigos escarnecen é im­

pugnan, y aunque indigno hijo vuestro, os consagro este mi pobre trabajo en desagravio de las ofensas que os hizo la susodicha Revista y al propio tiempo os pi­

do que iluminéis á los que se han apartado de la ver­

dad para que vuelvan á abrazarla, y perdonéis á los que os injurian, abrazándonos á todos en vuestro amor y en amor de vuestro Divino Hijo.

Dignaos, bondadosa Señora, aceptar la presente dedicatoria de vuestro humilde siervo,

El a d i o Se v i l l a.

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(9)

Breves consideraciones

S O B R E L A H E R M O S U R A Y P U R E Z A DE LA

SANTÍSIMA VÍRGEN.

Escritas estas Breves consideraciones sin otro objeto que el de tributar alabanzas á María Inmacu­

lada, y siendo, por consiguiente, un panegírico en ho­

nor de la misma, nada tendría de extraño que habien­

do entre ellas y lo que sobre el mismo tema pudiera decir desde el pulpito un orador sagrado bastante ana­

logía, alguno digera que lo que he escrito es un ser­

món, estando los sermones reservados, como es sabi­

do, á los ministros de Dios.

Mas prescindiendo de que cada uno juzgue sobre esto lo que quiera, el caso es que yo no he hecho otra eosa que fijar las ideas en el papel según se me han ido ocurriendo y en la forma que me ha parecido me­

jor para satisfacer los deseos de mi alma, al tratar de la hermosura y pureza de la Santísima Virgen; si bien he procurado que la fé y el sentimiento tomen la par­

te principal en este trabajo, sin dejar por esto de v a ­ lerme de la razón, cuando lo he creido conveniente ó h a venido á confirmar mis asertos.

Dicho esto por vía de prefacio, vamos á empezar.

¿Cómo es, que mientras estamos condenados á vivir en un valle de lágrimas y á luchar contínuamen-

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te dentro y fuera de nosotros, por donde nunca han de faltarnos penas ni contratiempos que hagan imposible nuestra felicidad en este mundo, hay y se desarrollan en nuestra alma tres órdenes de sentimientos, que pugnan verdaderamente con nuestro destino sobre la tierra?

¿Cómo es, que mientras por nuestros sentimientos intelectuales aspiramos á conocer la Suma Verdad, por nuestros sentimientos morales aspiramos á poseer el Sumo Bien y por nuestros sentimientos estéticos as­

piramos á gozar de la presencia de la Suma Belleza, no sólo nos está vedado todo esto en la presente vi­

da, sino que, por el contrario, parece que incesante­

mente nos persiguen las sombras del error, que el bien huye de nosotros y que la belleza se oculta á nuestra vista?

Ah! Esto nos prueba dos grandes verdades; pri­

mera, que estamos obligados á pagar una deuda con­

traida por nuestros primeros padres, y que para pa­

garla, la débil barquilla de nuestra existencia ha de luchar con las olas de un m ar embravecido hasta es­

trellarse en la roca de la eternidad: segunda, que he­

mos nacido para algo más de lo que nos ofrece este mundo, donde sólo nos encontramos de paso para otro, en el que han de realizarse todas las grandes y legítimas aspiraciones de nuestro espíritu.

Mas no vamos á ocuparnos en esto. Lo que sí queremos hacer notar, para seguir desenvolviendo nuestra idea, es que los tres .órdenes de sentimientos, á que hemos dado el nombre de intelectuales, mora­

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les y estéticos, y que así se llaman, según sean del en­

tendimiento, de la voluntad ó de la sensibilidad rpcio- nal, las necesidades ó la satisfacción de las necesida­

des que los produzcan, vienen todos á refundirse en los estéticos, porque esto ha de servirnos de mucho

para nuestros ulteriores raciocinios.

Efectivamente; como la belleza es el verdadero objeto de la sensibilidad racional, y esta facultad en­

cuentra su más perfecto desarrollo en el sentimiento amor, y el amor es el que ha de inducirnos siempre á ejecutar nuestros actos libres (1), dado que no se concibe que pueda haber otra causa de nuestras mo- .dificaciones anímicas cuando éstas son producidas prèvia deliberación, resulta que refundiéndose, como hemos dicho, en los sentimientos estéticos todos los demás, así como en el amor está el móvil de todas nuestras operaciones, así en la belleza está el objeto de las mismas y el término de todas nuestras facul­

tades.

Tenemos, pues, que el amor es lo que nos mueve á todo y á todo nos movemos por la belleza; ó de otro modo, que el amor de la belleza es el principio y fin de todos los actos que se consuman en nuestro enten­

dimiento, en nuestra voluntad y en nuestra sensibilidad racional, ó resumiendo más todavía, que el Amor de la Belleza es el principio y fin de todo, lo que es apli­

cable igualmente á Dios que al hombre; si bien de Dios debe entenderse en un sentido absoluto y del hombre

(1) V éase la nota que va al final.

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en un sentido relativo, puesto que Dios como infalible, omnisciente y perfectísimo, no puede equivocarse nun­

ca y cuanto Él haga ha de ser necesariamente bello, porque nada hace malo ni defectuoso, en cambio que el hombre, como falible, de limitada inteligencia y es­

tar además contaminado por la culpa, si no puede ne­

garse que siempre obra por amor y siempre para él ha de ser bella su obra, sin embargo, sucede y sucede por desgracia con harta frecuencia, que no siempre su amor es el verdadero, ni, por lo tanto, su obra es ver­

daderamente bella. Así, por ejemplo, cuando el hom­

bre comete una acción mala, aunque para él esta ac­

ción sea bella, en sí no lo es, porque el amor que so:

la ha inspirado y por el que la ha ejecutado, no es el verdadero amor, ó sea el amor de Dios explícito ó im­

plícito, y fuera de uno ú otro amor dé Dios, no hay más que desorden, concupiscencias, vicios, deformida­

des, en suma, todo lo contrario del verdadero amor y la verdadera belleza, por lo que hay que tener en cuenta, siempre que el hombre obra mal, como ha de entenderse su amor á la belleza, para no eximirle de la responsabilidad moral, pues el amor á una belleza puramente subjetiva, ó que él solo ve á través de sus malas ideas é inclinaciones, para satisfacer desorde­

nados deseos y realizar planes perversos, no le dis­

culpan nunca ante Dios ni ante los demás hombres.

Ahora bien; siendo el amor de la belleza el prin­

cipio y fin de todo, como hemos dicho, y siendo una necesidad en nosotros el amor y una necesidad el que amemos la belleza, ¿qué deberemos hacer para

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conducirnos como hombres racionales y como cató­

licos que somos? Si por la razón debemos investigar donde está la belleza para amarla, y por la fé debe­

mos creer donde verdaderamente está para no equi­

vocarnos, ¿qué más digno de nosotros, después de cumplir nuestros deberes para con Dios, que encon­

trando en la Virgen todo lo que deseamos, tener á Ésta por objeto de nuestro amor? ¿Qué más digno de nosotros que amar á la que juntamente con ser Madre de Dios, es también Madre nuestra?

Ya sé yo, mi querido lector, que estás conforme conmigo en este punto, y me alegro infinito, porque es­

to me prueba que lo mismo en tí que en mí arde la llama del amor á nuestra Santísima Madre.

¡Nuestra Santísima Madre!

¡Cuánto no dicen estas hermosas palabras para un católico!

Desde luego que Ella es el más bello de todos los séres que han salido de manos del Criador; pero sin embargo, trataremos de probar esto mismo y probare­

mos también su pureza, ya que tan grato le es á un hijo hablar de las excelencias de su Madre.

La Iglesia (1) aplica á la Purísima Virgen estas pa labras del Esposo de los Cantares: Toda hermosa eres, am iga mia, y en ti no hay mancha (2). Pues éste será el tema, en cuya confirmación habremos de ocu-

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( í) Tota pulchra es, M ar ia , et macula originalis non est in te. (M isa de la In m acu lad a. 2.° versícu lo del Gradual.—Oficio d ivin o de la m ism a fiesta, 1.'‘ an tifon a de V ísperas y de Laudes )

(2) Cant. IV , v. 7.

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parnos, no ya sólo para demostrar la hermosura y pu­

reza de María, sino para que en nuestros corazones se avive más y más el amor á nuestra Madre y Señora.

Para mayor claridad dividiré en dos partes estas breves consideraciones. En la primera parte hablaré de la hermosura de Maria y en la segunda de su pureza.

Cierto que esta materia es más propia para ser tra­

tada por un orador sagrado y en la cátedra del Espíri­

tu Santo, que por un seglar y éste sin ningún título que le abone, para salir airoso de su empresa. Mas sin embargo, me será permitido ocuparme en este trabajo, que tan grato le ha de ser á mi alma.

La Santísima Virgen le pedirá á su Divino Hijo que me dé valor y acierto para expresar mi pensamiento, y animado por esta confianza, continuaré en la tarea que me he impuesto.

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PRIMERA p a r t e .

De fijo que Maria es toda hermosa; de fijo que Maria es el más bello de todos los séres criados y por consiguiente, que en vano intentaríamos pintar su her­

mosura, porque todo cuanto dijéramos sería pálido an­

te la que es «Cielo animado de Dios (1).»

«Ornamento preclaro de nuestra naturaleza (2)>, y «Ornamento de la gerarquía celestial (3)>, ¿podría-

('!) Damascenuéi, de dormii. Virg.

(2) Hesychiuí?. or, 2- (3) Ephrem ., or de Nat.

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— l i ­

mos nosotros, ni podrían los mismos ángeles decir todo lo hermosa que es María, «Glorificación de la Santísima Trinidad (1)»?

«Hija predilecta del Eterno Padre (2)» Taberná­

culo santísimo del Verbo (3),» Sagrario del Espíritu Santo (4),» ¿quién podrá dar una idea exacta de la be­

lleza de la Virgen, como no el mismo Dios?

Por tanto, no esperes, amigo lector, que yo hable de la hermosura de María, sino como pueda hacerlo un mísero mortal y éste de mis escasas luces; bien que me animen los mejores deseos y me inspire en el más ardiente amor de nuestra Santísima Madre.

«Aurora de perpétua luz» la llama San Bernardi- no (5), y pues que de algún modo hemos de explicar lo que nos hemos propuesto, empezaremos por descri­

bir la aurora de un hermoso dia, para ver si así va­

mos encontrando algo, por donde podamos formarnos siquiera sea una idea vaga de la hermosura de la Vir­

gen.

Para el efecto, hablaremos de una aurora, que yo mismo he visto extasiado.

Hé aquí la descripción de la misma:

Serian como las cuatro de la mañana, hora en que ya empezaba á rayar el dia. La naciente aurora salu­

daba á la naturaleza, que vestia sus más hermosas ga-

(1) G y riliu s, hom. 6.

(2) J u stin a s, de Nat. Virg.

(3) Gretensis, S. 2 de Ass.

(4) Ildephonsus, S. 2 , Ass.

(5) Tom. 2, f. 51.

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las. Flotando en la bóveda etérea y en medio de una calma deliciosa, dejábase ver la luna, que entre plácida y melancólica, parecía como sonriendo anunciar el más puro amor á los esplendentes astros que tachona­

ban el firmamento. Debajo de la luna se veia rutilar la lumbrera de la mañana, y un poquito más bajo, ras­

gando los velos de la noche, aparecía un océano lu­

minoso.

Mientras la luna bañaba el espacio con su tibia y apacible luz, lucia explendorosa la estrella matinal y aumentaba el crepúsculo, entre el dulce murmurio de las brisas, el armonioso concierto de las aves, que ya empezaban á cantar sus himnos al Eterno, y el am­

biente balsámico y vital que se respiraba, la aurora de la mañana, viniendo á despertar el mundo y á anun­

ciarle la llegada del sol, parecía un destello de la luz di­

vina, que la tierra recibia con la mayor efusión, bendi­

ciendo al Supremo Hacedor, que así derramaba sus gracias sobre ella para consuelo y alegría del hombre.

Y bién; ¿habéis visto en esta hermosa aurora algo que se parezca á Maria, algo que os haga entrever la hermosura de la Virgen? Pues pensad ahora en la in­

mensa diferencia que hay entre la aurora de un dia y la «Aurorade perpétua luz, » y lo que es más, en que María es la Aurora del Sol de justicia, y así compren­

dereis en lo posible cuanto es la belleza de nuestra Santísima Madre.

Por otra parte; ¿hay en el mundo algo más hermo­

so que el sol, esa radiante antorcha de viva é inextin­

guible luz, que señoreándose en los ámbitos inmensos.

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preconízala existencia del Omnipotente, y dejando caer sobre la tierra su fúlgida y rozagante melena, la al­

fombra con sus dorados cabellos, y dándole calor y vi­

da la fertileza, y poniendo en movimiento á todo sér sensible, y regulando las tareas del hombre, á todos alienta y regocija con su benéfica luz? ¿Veis en el sol algo parecido á la q u e e s «Antorcha del Señor (1),»

«Luz de todo el mundo (2),» «Madre de la vida (3)» y

«Graciosa y amable á los ojos de todos (4)»?

Pues todavía no es esa la hermosura de María.

Ella, «Magnífico tabernáculo de las gracias (5)», coro­

nada de estrellas y sentada en su trono de luz, es faro de los que zozobran, iris que serena el cielo, lu­

na que nos ilumina desde la cuna al sepulcro y sol que brilla con rayos de la Divinidad.

«Templo de Dios vivo {6)^, «Palacio del Espíritu Santo (7)», «Asombro de todos los ángeles (8)», María es lo más hermoso que ha salido de manos del Eter­

no. Así lo reveló el mismo Señor á Santa Brígida, cuando hablando con María, oyó la santa que le decía:

«A todos los ángeles y á todo lo criado te aventajas en hermosura (9).>

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{!) Idiota, contempi., c. 10' (2) Ephrem ., de laud. V irg ­ in) B ernardas, S.2 de Xss- (4) B ern ard as, serni. 2, in sollilog.

(5) Gretensis, serm. de dorm ii.

(6) E pip hanias, or. de laud. Virg.

(7) Ildeph onias, s. 2. de N a i . (8) E p ip h an ias, or. de laad . V irg.

(9J Omnes angelos ei omnia quae creata sunt excesit pulchritudo tua' (E e v . iib. 1. cap. 51.)

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Inútil, pues, sería que nos esforzáramos por en­

contrar algo con que comparar á la Virgen. Lo más hermoso de todo lo criado nunca pasaría de ser una sombra de la hermos ura de María.

Si habláramos de las más hermosas flores, vería mos que mientras éstas son flores de un día, María es

«Flor de incorrupción (1),» «Flor de virginidad (2);»

«Flor celestial (3).» Si de las más ricas joyas, veríamos que María es «Vaso de oro adornado con toda piedra preciosa (4).» Si de lo más bello de la humanidad, veríamos que Ella es «Hermosura agraciada de la naturaleza hu m an a (5).» «Elegida por Dios antes que nacida (6).» «La más excelente de todas las mujeres (7)» y en la que reside toda la plenitud de la gra­

cia (8). Si de lo más admirable y prodigioso de la creación, veríamos que Ella es la obra más grande de Dios (9) y aún el más grande milagro de todos los mi­

lagros (10). Por m anera que la hermosura de María no puede compararse con nadie ni con nada.

Así debe ser y así es. Ella no tiene igual en los cielos ni en la tierra: de consiguiente, en vano que- rriamos explicar su belleza por la de ninguna otra

14

(1) Andreas Cret., 2 de Ass- (2) B onaventu ra, in speo-, c. 12- (3) Id. o. 10.

(4) B e riia rd u s , in Salve- (5) D am ascenus. or- I- de Nat.

(6) Andreas H ieres, áeAnnMní.

(7) Iraenaeus, 3, c. 3 3 .

(8) Ildephonsus, S. 2, de Ass. fidei.

(9) 'Bona.v., in p sa lt., m in. qu in q. I.

(10) Damasc. or. I, de Nat.

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criatura, porque todas, comparadas con la Virgen, serian lo que es la tosca piedra al rico brillante.

Esto mismo lo confirman San Arnaldo Corto- nense, San Efrén, Santo Tomás de Aquino y otros, y San Anselmo lo dice con estas palabras: «Señora, Vos no teneis quien os sea igual, porque todo está ó sobre Vos ó debajo de Vos; solo Dios os es superior y todos los demás son inferiores á Vos. (1)»

Fijemos ahora la consideración sobre las virtudes de María Santísima.

Con efecto; la Virgen, como modelo y ejemplar de todos las virtudes, se nos presenta tan hermosa, que no se concibe que pueda haber otra criatura igual.

Si se trata de su caridad, esta divina virtud es en Ella tan grande y hermosea tanto su felicísima alma y tanto la junta con Dios, que no parece sinó que la Vir­

gen se identifica con el mismo Dios, habiéndoselo dado todo el Hijo para que nada le faltara á la Madre. Por eso en María, verdadero prodigio de ios cielos, vemos esa hermosura y belleza, de que no es capaz otra criatura, pues Ella es, como dice el devoto Autor del A nuario de M aria, hermosa y bella con todas las bellezas de la naturaleza, con todas las de la gracia y con todas las de la gloria.

Si se trata de su humildad, María es ejemplar de esta admirable virtud. Ella, la más grande de las criaturas, es la más humilde de todas. Desciende de

— 15

(1) Nihil libi, Domina, est aequale: omne enim quod est, aut s u p r a te

e s t a n t i n fr a : quad su p ra , solus Deus, quod in fr a , est omne quod D eu s

-non est. (A p. Pelò. Stelir-, 2'^p a r t - art. 2.)

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reyes, y se desposa con un pobre carpintero. Le anun­

cia el Ángel que el Verbo Divino tomaría carne en sus entrañas, y léjos de engreírse, se turba, y una vez di­

sipada su turbación, después que el Angel le dijo que concebiría milagrosame nte del Espíritu Santo, le res­

ponde con humildad: A qui está la esclava del Señor.

Sabe que lleva en su seno al Rey de los reyes, al So­

berano del universo, y va de puerta en puerta pidien­

do albergue donde dar á luz á su Divino Hijo, resig­

nándose á darlo á luz en un miserable establo. Nace su Hijo entre la gloria d e los ángeles y las adoraciones de los reyes, y en nada disminuye su humildad. Ma­

dre de Dios, Emperatriz del cielo y de la tierra, la más amada de la Santísima Trinidad y de todos los Santos y los ángeles, y trabaja para ganarse el sus­

tento, como pudiera hacerlo la mujer más ordinaria del pueblo. Principia Jesucristo su predicación y es ad­

mirado de todo el mundo, ha ciendo innumerables mi­

lagros y llevándose tras sí á las muchedumbres, y Ma­

ría parecía como e sta r oculta para que nadie hablase de Ella. «Resucita Jesucristo; se habla de su apari­

ción á la Magdalena y á sus discípulos; pero ni una pa­

labra de su aparición á María Santísima, »porque qui­

zás esta soberana Señora así se lo ordenó á los Evan­

gelistas, debiendo atribuirse á esto mismo el que tan poco se haya hablado de Ella en los Evangelios y tan poco en los primeros siglos del Cristianismo. Pero

¿qué más pruebas de su humildad nos puede dar la Santa Virgen, que teniendo tanto horror al pecado, ser

«Refugio de los pecadores» y habernos recibido con

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amor por sus hijos, cuando Jesucristo desde la cruz le dijo á su discípulo amado: A h i tienes á tu M a d re

¿Puede darse, puede concebirse siquiera mayor hu­

mildad en la que está exenta de todo pecado y es «Te­

soro de toda Santidad (1)?»

La vida entera de la Santísima Virgen es un mo­

delo de humildad, y esta virtud, apenas conocida en el mundo hasta que la Virgen se dejó ver en él, la ele­

va tanto y tanto la hermosea, que no es posible que haya otra criatura igual; así que con razón dice de Ella San Andrés Cretense que: «Después de Dios, es la más alta de todos (2),» y su belleza es incompa­

rable.

Si se trata de su pureza, «La Virgen fué formada de un limo puro (3),» y Santa desde el primer instan­

te de su sér natural, en Ella no hay la más leve m an­

cha, y jamás conoció el pecado. Pero en esto nos he­

mos de ocupar después con detenimiento. Baste aquí con consignar que la virtud de la pureza es lo que más hermosea el alma de la Santísima Virgen y que fué la virtud que tuvo en mayor estima.

Acerca de las demás virtudes es excusado que ha­

blemos. María, como modelo de toda virtud, reúne no sólo la belleza de todas ellas, sino también la belleza de todos los dones, no habiendo nada en el cielo ni en la tierra que deje de embellecer su alma privilegiada;

así que las virtudes de la Virgen la hermosean tanto

(1) Gretensis, hom. 2. Ass.

(2) E x cep to Deo, omnibus est alti or. (Or. d e B o r m . D eip.) (3) S. Pro(j, sucesor del G risost, Orat. 6.

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y de tal manera, que no es posible explicar su hermosu­

ra, hermosura que nada tiene de caduca ni peligrosa co­

mo la hermosura terrestre, sinó que es una hermosura que jamás se pierde, y una hermosura que «respira pureza,» que «anuncia el cielo,» que «inspira paz.»

Verdaderamente que con lo que dejamos dicho basta para demostrar la hermosura de la Virgen; pero sin embargo, aún discurriremo s sobre el concepto de la belleza, con el fin de aducir algún otro dato en corro­

boración de nuestro acertó.

Ante todo conviene notar que la belleza de los sé­

res es un misterio, y que como tal misterio no la po­

demos ver claramente con nuestra luz intelectiva. La sentimos más que la conocemos, y esto no es extraño, ya porque la teoría de la belleza es esencialmente mistica, ya porque la belleza es objeto más bien de la sensibilidad racional que del entendimiento; sin que de aquí se siga que neguemos la belleza llamada intelectual y que se encuentra en toda verdadera cien­

cia, puesto que ésta no es otra cosa que un conjunto sistemático de verdades íntimamente relacionadas en­

tre sí y derivadas de unos mismos principios, que es en lo que consiste la expresada belleza intelectual.

Dicho esto de paso, veamos ahora cual es el con­

cepto de la belleza.

El señor don Gabino Tejado, en su magnífico dis­

curso leido ante la Real Academia Española el 19 de Julio de 1881, dice que el fundamento real de la be­

lleza son las perfecciones del sér; que la esencia de la belleza la constituyen la unidad fecunda y la variedad

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harmónica; y según Santo Tomás de Aquino y su es­

cuela, «bello es lo que percibido nos deleita; lo que visto nos agrada; lo que, en el hecho y por el hecho de dár­

senos á conocer, aquieta nuestro apetito racional,» ase­

gurando por otra parte^San Agustin que: «Nada hay ordenado que no sea hermoso;»si bien, en medio de la diversidad de pareceres de unos y otros sobre este pun­

to, «en una cosa» «convienen las mejores escuelas y convenimos todos, y es en dar el nombre de bellas á las cosas en que resplandece consonancia, orden, propor­

ción, armonía, ó sea unidad en la variedad y variedad en la unidad.» Pero aunque todo esto sea 'adoptable y venga á nuestro propósito, como veremos después, to­

davía queremos precisar más el concepto de la belleza y aún sacar de él más partido, diciendo para el efecto, que belleza es todo acto del sér, por el que participa­

mos de la misma complacencia que Dios mismo se tie­

ne gozándose á sí propio, ó ya también que así como la Belleza en Dios es el amor con que Dios se ama á sí mismo,así la belleza en las criaturas es el amor con que éstas aman á Dios explícita ó implícitamente, y que así como nada hay más grato que el amor, tampoco nada hay más bello que éste, concluyendo que el amor es la misma belleza ó la esencia de la belleza, de la propia manera que el amor es la esencia de la moralidad; por donde el amor, lo bello y lo moral, todo viene á ser una misma cosa; si bien el amor es el barómetro, por decirlo así, de lo bello y lo moral, puesto que todo to­

m a principio en el amor, y todo es bello ó moral por el amor.

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Por lo que acabamos de decir se ve evidentemente que nos referimos á la belleza moral y no á la física, porque de otro modo, ya no podríamos expresarnos

así.

La belleza moral de las criaturas es la que consiste en el amor, pero en el amor de Dios explícito ó implí­

cito, y no la belleza física, pues siendo incapaces de sentir los séres materiales, mal se les podría suponer un amor que no tienen. Conviene tener esto presente, siempre que digamos que el amor es la belleza, para no dar á nuestras palabras más extensión de la que tienen.

La belleza física del mundo corpóreo no tiene otro fundamento que las perfecciones de que el Autor de la naturaleza ha dotado á los séres materiales, salvo que estos séres sean simples modificaciones ó combina­

ciones de la materia realizadas por el hombre, y en las que pueda haber más ó ménos perfección, y consi­

guientemente, más ó ménos belleza.

La belleza física sin la moral en las criaturas libres, si algo vale como belleza hasta que desaparezca ó se pierda, es por otro lado un peligro para las mismas criaturas, cuando no sea la causa de su perdición; de suerte que siempre debe mirarse como cosa digna de muy poco ó de ningún aprecio en comparación de la belleza moral. Y si es en los séres materiales, tampo­

co esto, por más agradable que nos sea, ha de dar á nuestras almas la belleza, que sólo ha de venirnos de Dios y de nuestras buenas obras.

La belleza subjetiva, en cuanto ésta es la compla-

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cencía que el alma siente, bien á presencia de uno ó varios objetos que le agraden, bien recordando estos mismos objetos, bien imaginando, conociendo ó conci­

biendo otros, en cuya contemplación se deleite, si no puede decirse que, á semejanza de la belleza moral, se funda también en el amor, sí depende en gran parte de este sentimiento, á lo ménos cuando la percepción de la belleza no se reduce á un simple fenómeno físi­

co, ó cuando el conocimiento de los objetos va acom­

pañado de las especulaciones de la razón estética; aun­

que hay que tener en cuenta que nuestro amor, como entrando á formar parte de la belleza subjetiva, lo mismo puede ser verdadero que falso, en cambio que el amor que informa la belleza moral, siempre ha de ser el amor verdadero. El proverbio que dice: «El que feo ama, hermoso le parece,»nos da una idea de lo que es la belleza subjetiva, al par que nos prueba que esta belleza no tanto está en los objetos que nos la hacen sentir como en el alma que la siente, bastando con que amemos una cosa para que nos parezca bella, aunque en sí sea horrorosa.

Esto nos dice bien á las claras que la expresada belleza subjetiva no es la verdadera belleza, toda vez que tiene mucho de nuestras afecciones y opiniones, y estas afecciones y opiniones pueden ser tan malas las unas y tan equivocadas las otras, al propio tiempo que son tan varias y mudables, que nunca podrán tomarse como datos seguros para ninguna ciencia, dicho sea con permiso deKant, Fichte, Schelling, Hegel, Krause, Ahrens, Tiberghien, Sanz del Rio,Maria Fabié, Román

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Lealy demás de su calaña,que toda la ciencia la quieren sacar del estrecho y oscuro recinto de su yo, cuando úni­

camente en el Catolicismo es donde podrían elevarse y alimentar sus espíritus con la verdad, libres de vanas cavilaciones y sin exponerse á cada paso á caer en el error y el absurdo.

Poco se necesita para hacer ver que la belleza moral de los séres criados se funda en el amor de Dios explícito ó implícito. Si la Belleza de Dios ó Be­

lleza absoluta, es la misma moralidad absoluta ó amor de Dios á sí mismo, nada más lógico que la belleza moral de las criaturas provenga del amor de éstas á Dios, siendo moralmente tanto más bellas cuanto más puro é intenso sea su amor á Dios.

Así las virtudes cristianas, como todas las buenas acciones y todas las ideas y sentimientos morales her­

mosean tanto el alma del hombre, porque en todo lo que está dentro del órden moral se ve el amor de las criaturas al Criador.

Todo lo moral es bello, y como nada hay moral que no sea una participación de la moralidad abso­

luta ó del amor de Dios, resulta que la belleza moral y la moralidad de las criaturas son una misma cosa, h a­

biendo más belleza moral donde haya más moralidad ó más amor de Dios, ora se ame á Dios mismo, ora se ame el órden que Dios ama en sus criaturas.

De aquí se infiere que el amor, como esencia de la belleza moral, siempre ha de causarnos los goces, pues­

to que nunca puede dejar de haberlos en el amor de Dios; bien que el amor, tomado en general, sea condi-

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(27)

cion necesaria para que sintamos las penas, no con­

cibiéndose las modificaciones agradables y desagrada­

bles de nuestra alma sin el amor, siquiera tratándose de los sentimientos racionales, porque si se trata de los físicos ó sensaciones, ya la cuestión varía, modificán­

dose nuestra alma á consecuencia de la impresión de un cuerpo en nuestros órganos, sin que para esto sea de absoluta necesidad el amor ni estar en el uso de la razón, como lo es para las o tras modificaciones, de donde nacen los referidos sentimientos racionales, y á que ántes llamamos estéticos, intelectuales y morales.

Además, ya digimos de qué modo ha de entender­

se el amor cuando el hombre hace una acción mala, pues esta acción, como no participa en manera algu­

na del amor de Dios, aunque se diga motivada por el amor, real y verdaderamente está motivada por el desamor ó por una voluntad nada conforme con la voluntad divina, fuera de la cual y contra la cual no hay más que la fealdad del pecado.

Verdad es que esto ya no habia necesidad de decir­

lo, estando aquí hablando del amor de Dios como esencia de la belleza moral, y no del amor en el sen­

tido que hablábamos al principio. Pero es que yo tengo formado tal concepto del amor, que lo veo en todo y nada concibo sin el amor, desde lo más bueno hasta lo más malo, desde lo más bello hasta lo más feo, según sea el amor verdadero ó falso; y es que para mí el amor es tal y de tal manera, que si se trata de Dios, es Dios mismo {Deus charitas est), cuya esencia es su misma santidad infinita, y su santidad infinita es

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su mismo amor á sí mismo ó á su infinita perfección:

si se trata del hombre, el amor es su sér, su vida, su felicidad; y si se trata de la creación entera, el Amor es el Rey de todo lo criado.

¡Bendito amor, qué hermoso y qué grande eres!

Por tí Dios es Dios y todo es todo, y por tí están llenos los cielos y la tierra de la gloria de Dios. ¡Bendito amor! No eres tú el que hace á los hombres malos, sino la sensualidad: no eres tú el que siembra el luto y la desolación por todas partes, sino el egoismo y la soberbia: no eres tú el que llena el mundo de tinieblas, sino el error y el pecado. Tú, por el contrario, tienes el cielo lleno de Bienaventurados y la tierra de hombres buenos: tú eres la misma ley de Dios, que resume todos sus mandamientos diciéndonos que le amemos á Él so­

bre todas las cosas y al prógimo como á nosotros mis­

mos: tú eres el mismo Sacratísimo Corazón de Jesús, todo abrasado en amor de los hombres: tú eres el que hizo al Rey de los reyes nacer en un miserable establo y morir en una afrentosa cruz, para salvarnos de nues­

tro pecado y del cautiverio del demonio: tú el que tie­

ne aprisionado á nuestro adorable Redentor en la es­

trecha cárcel de una Hostia Consagrada, dándosenos todo entero para sustento de nuestra alma: tú el mis­

mo Epíritu Santo formando de la sangre purísima de la Virgen el Santísimo Cuerpo de nuestro Señor Je­

sucristo: tú el Criador mismo gozándose á sí propio y gozándose en sus criaturas: tú la misma Esencia Di­

vina deleitándose mùtuamente en sus tres Divinas Per­

sonas. ¡Benditísimo Amor!....

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Mas ¿á dónde voy á parar? Yo que debo hablar de la belleza déla Virgen, estoy hablando del amor: yo que debo alabar la hermosura de la Virgen, estoy ala­

bando el amor de Dios y el amor de los hombres.

Con todo, ¿quién alaba el amor de Dios y el amor de los hombres, sin alabar por el propio hecho y de un modo especial el amor de Maria? Y si nada hay más bello que el amor, ¿en quién, después de Dios, habrá más amor que en María, Madre de Dios y de los hom­

bres? ¿Qué corazón, después del Sacratísimo Corazón de Jesús, se abrasará más en amor que el Purísimo Corazón de María? Y ved, pues, como de nuestra mis­

ma digresión, viniendo á concluir que el amor es la belleza, concluimos también que si nadie, después de Dios, excede ni iguala á la Virgen en amor, tampoco nadie, después de Dios, la excede ni iguala en belleza.

Pero debemos reanudar el hilo de nuestro discur­

so, y para esto, partiendo de lo que dejamos dicho, preguntamos: ¿Qué sér, después de Dios, hay más perfecto que María? ¿Quién, después de Dios, aquieta más nuestro apetito racional que María? ¿En quién, después de Dios, vemos esa unidad fecunda y variedad harmónica en tan alto grado y por modo tan eminente como en María? ¿Quién, mejor que María, después de Dios, puede hacernos participar de esa complacencia que el mismo Dios se tiene gozándose á sí propio? Y

¿quién, por último, ama á Dios más que María? Nin­

guno.

Luego María, después de Dios, es el más bello de todos los séres.

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Pero hay otra consideración que aún nos persuadirá más de la verdad que sustentamos.

Aparte de que lo bueno y lo bello son una misma cosa, aunque mirada por dos aspectos distintos, y en consecuencia, que podemos decir, que siendo María lo más bueno, después de Dios, también es lo más bello, bastaría con que dijéramos que María es Madre de Dios, para confirmar nuestro aserto de una manera incontrastable.

Efectivamente; aunque prescindiéramos de todo lo que hasta aquí hemos dicho para demostrar la belleza de la Virgen, con sólo tener en cuenta que es Madre de Dios, no podia quedarnos la menor duda de que su belleza excede á la de todos los séres criados.

Primer modelo de belleza es Aquel, á quien San Agustin llamó «hermosura siempre antigua y siempre nueva,» es Aquel que ha dicho de sí mismo: «Yo soy el que soy.» Yo soy el Sér por excelencia, el Sér su­

premo, necesario, infinito, eterno, perfectísimo; es Je­

sucristo, único Autor, Regulador y Conservador de to­

do cuanto existe, Autor de toda hermosura y única fuente de toda belleza y perfección, y de quien, junta­

mente con el sér, han recibido todas las cosas las per­

fecciones que las hacen agradables y bellas.

Por consiguiente, siendo Jesucristo el primer mo­

delo de belleza y única fuente de toda belleza, ¿podrá pensarse ni imaginarse algo más bello, después de Je­

sucristo, que su Santísima Madre? ¿A cuál de los séres criados habrá hecho Jesucristo participar más de su belleza que á María, en cuyas inmaculadas entrañas

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(31)

fué concebido, y en cuyos purísimos y virginales pe­

chos tuvo su amamantamiento, y en cuya amorosísima compañía.... vivió y murió?

Dejo á vuestra consideración este punto, que tanto se presta para que un cristiano se deleite discurriendo sobre la hermosura de la Virgen.

Conque es verdad que María es, después de Dios, lo más bello de los cielos y la tierra.

Verdad, sí: Ella tiene su esplendente trono ante el augusto del Omnipotente, y el Omnipotente mismo se extasía viéndola tan hermosa, y todos los ángeles, y todos los Bienaventurados, y todos los espíritus celes­

tiales, suspensos de ver tanta belleza en la que su Em­

peratriz y Reina, se rinden á sus piés, y ensalzan su nombre, y cantan sus alabanzas, y hasta el mismo Es­

píritu Santo, enagenado de gozo al contemplar á su amada, le dice: «¡Qué hermosa eres, amiga mía, qué hermosa eres! (1)»

No me cansaría de hablar de vuestra hermosura y belleza. Madre mia, porque esto es para mí un bál­

samo en medio de este mundo tan lleno de horrores y de miserias. Pero debo hablar también de vuestra pu­

reza, y al pasar á hacerlo, espero que me concedáis la gracia de hacerlo del mejor modo, para probar con­

cluyentemente que en Vos no hay mancha de pecado, que es lo que me propongo en la segunda parte.

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(1) iQuam pulchra es, amioa Mea, quam pulchra es! (Cant., IV . V. 1.1

(32)

28

SEGUNDA PARTE.

Al ocuparnos en esta parte de nuestro escrito, lo primero que ha de servirnos para sostener nuestra proposición, es lo siguiente; María no sería toda her­

mosa, si hubiera en Ella mancha ó imperfección algu­

na; pero es toda hermosa, como hemos visto; luego también es pura.

Esto, que es evidente, nos prueba además que cuanto hemos dicho sobre su hermosura, puede decir­

se igualmente al hablar de su pureza, con mayor mo­

tivo estando en la Inmaculada Concepción de María el principio de su belleza moral.

Sin embargo, al tratar este punto por separado, aduciremos otras razones que de un modo más explí­

cito nos hagan ver la verdad de la doctrina que sus­

tentamos.

No cabe duda que la Bienaventurada Virgen María fué concebida sin mancha de pecado desde el primer instante de su sér natural.

En efecto; si Dios Padre hubo de elegir y preparar á María desde el principio y ántes de los siglos para ser su Hija predilecta y Madre de su Único Hijo, y Dios Hijo la eligió para Madre y Dios Espíritu Santo la eli­

gió para Esposa, ¿qué más lógico, racional y justo, que no sujetarla á la maldición y enriquecerla con todos los dones celestiales, para ser digna Hija, digna Madre y digna Esposa? ¿Qué más lógico, racional y justo, que formarla pura y toda hermosa y perfecta, preservándo­

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la de la culpa original y colmándola de todas las gra­

cias y prerogativas convenientes al altísimo fin para que la destinaran? Porque es claro que las tres Divinas Personas de la Beatísima Trinidad,al hacer la elección, habian de elegir lo mejor y más conforme con su infi­

nito poder, su infinita sabiduría y su infinita santidad, y no elegir una criatura manchada por el pecado.

Por esto mismo dice San Cipriano que: «La justi­

cia de Dios no tolerará que María, vaso de elección, esté sujeta á la desventura que es común á todos los hombres: participó de la naturaleza, no de la culpa (1)» Y San Agustin se expresa en estos términos:

«¿Cómo se podía haber manchado el lugar donde ja ­ más penetró ningún morador de la tierra, que sólo el Señor construyó, de que el Señor sólo y plenamente tomó posesión? (2)

Además, ya digimos que María fué «elegida por Dios, ántes que nacida,» y esto nos prueba igualmente la doctrina de la Inmaculada Concepción, porque sal­

ta á la cara que al ser María elegida por el mismo Dios, no habia de haber en Ella defecto ni mancilla alguna, para que la elección fuera digna de Dios y digna tam­

bién del objeto para que fué elegida.

Prueba asimismo la inocencia original de la Vir­

gen, el haber sido en los consejos de Dios objeto del mismo decreto que la Encarnación del Verbo Divino.

Viendo el Señor desde toda la eternidad la caida

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(1) D e Nat. Virginis Mariae.

(2) Cont. d u a s haeres.

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de nuestros primeros padres por la seducción de la ser­

piente, y queriendo restaurar al género humano, para lo cual debía hacerse hombre su Hijo, convenía que la que le había de llenar en su seno y ser substancial­

mente Madre suya, no se la pudiese reprender de nin­

gún pecado, ya por su eminente dignidad de Madre de Dios, ya porque en compañía del mismo Dios habia de ser la Reparadora del mundo perdido, siendo además por todo extremo inconcebible y absurdo que la misma que venía á hollar con su pié la cabeza del dragón in­

fernal, hubiera sido víctima de la astucia de éste y manchada por la culpa.

María, pues, como Madre de Dios y Corredentora del género humano, y laque con su Hijo y por su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, había de perpetuar sus eter­

nas enemistades con el demonio, necesariamente h a ­ bía de estar exenta de toda mancha y ser tan inocente y pura y de tan altísima santidad, que brillara con la abundancia y grandeza inefable de gracias, virtudes y privilegios á Ella concedidos únicamente, para sobre­

ponerse por completo á la naturaleza, de la que había de ser vencedora. La naturaleza en la Concepción de la Santa Virgen se detuvo y quedó trémula ante la gra­

cia, no siendo concebida María por Ana ántes que la gracia produjera su fruto, por lo que María, aunque tomó la carne de Adán, no participó de la culpa de Adán.

Así se comprende perfectamente la Inmaculada Concepción de la Virgen, Madre de Dios, pues ésta Concepción fué más fruto de la gracia que de la na­

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(35)

turaleza, cuyas leyes pudo suspender y suspendió el mismo Autor de la naturaleza, para que la gracia obra­

ra el más grande de todos los milagros, formando á la Virgen toda hermosa y sin mancilla, para ser el asom­

bro de los ángeles y de los hombres y el encanto del mismo Dios.

Otra prueba que confirma la doctrina de la Inma­

culada, la tenemos en la salutación angélica. Cuando el Ángel dijo á María: «llena eres de gracia,» debe en­

tenderse también que María fué fo r m a d a en gracia, porque á la inversa, ya el Ángel no hubiera podido expresarse de esa manera.

Lo que dejamos dicho sobre las palabras «toda hermosa eres, Maria», pudiéramos decirlo aquí tam ­ bién sobre las referidas del Ángel, pues lo mismo vie­

nen á significar las unas que las otras. Si para ser toda hermosa, se necesita no tener ninguna imperfec­

ción, de igual modo se necesita no tenerla para ser llena de gracia. Con esto se da á entender que en María no puede haber más ni ménos gracia de la que hay, porque si pudiera haber más, ya sería impropio decir llena de gracia, y si hubiera ménos, también.

Siquiera así se desprende de la salutación angélica;

de manera que encontrándose en la Virgen la pleni­

tud de la gracia, ni es posible darle más de la que tiene,ni tampoco lo es que deje de tener ninguna de la que sea capaz una pura criatura.

• Por eso el Álgel dijo llena de gracia, porque ni la Santa Virgen puede tener más de la que tiene, ni

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(36)

le falta ninguna de la que deba tener. Con decir de María «toda hermosa» y «llena de gracia», se dice de Ella cuanto se puede decir, porque con estas solas palabras se le reconocen todas las gracias, virtudes y privilegios de que goza como Madre de Dios y de los hombres, inclusos todos los demás títulos con que la invoca y alaba el mundo católico.

Y nótese bien que no hay ni puede haber otra criatura de la que sea dado decir como de María llena eres de gracia, porque si el ángel Gabriel la llamó llena de gracias, fué atendiendo á su eminente dignidad de Madre de Dios, y Madre de Dios no puede haber más que una. Tanta es la grandeza, tanta la hermo­

sura y pureza de María, que después de Dios, no puede concebirse que haya quien la aventaje ni si­

quiera quien la iguale.

Admiremos en esto la infinita sabiduría y la infini­

ta bondad de Dios, que concedió á María la gracia santificante en el momento mismo en que todos no­

sotros, privados de ella, nos hacemos el objeto de la indignación divina, para que libre de ese modo de la común ruina del género humano y siendo todo lo que es, salvara el abismo abierto entre Dios y los hom­

bres por la prevaricación de Adán, y atrajera hácia nosotros su inefable misericordia.

Esta es la verdad; pero la verdad tan conforme con la razón y la justicia, que no se explica como pue­

da haber hombres que nieguen el dogma de la Inma­

culada Concepción, sin que estos hombres hayan cerrado por completo los ojos á la luz.

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(37)

Ciertamente que el incrédulo por el propio hecho de perder la fé, pierde también la razón, pues no hay mayor loco que el que descree de Dios, para tener por única norma de conducta sus propias ideas é inclina­

ciones. Pero así y todo, cuando se trata de la Madre de Dios y de los hombres, parece que el que haya de poner en duda ó contradecir la altísima santidad y sublime dignidad de la Virgen, á más de haber per­

dido el juicio, debe necesariamente estar poseido del espíritu inmundo y ser un monstruo de ingratitud.

No os engañéis, sábios del siglo, filósofos que os preciáis de ser amantes de la razón y de la verdad: si no creeis en María Inmaculada y laam aiscon amor de hijos, podréis ser todo lo que quiera el mundo, pero no lo que quiere Dios. Antorchas apagadas por todo viento de doctrina, si alguna vez os creyérais brillar, brillaríais con la siniestra luz del relámpago, pero no con la luz siempre apacible y vivificadora de la ver­

dad. De la nube formada por vuestros devaneos, sal­

drán chispas que incendien el mundo, pero no que lo iluminen. Vuestra ciencia será la ciencia del hombre prevaricador, pero no la ciencia del hombre sumiso á la ley de Dios. Con vuestros absurdos y errores avi­

vareis el fuego de las pasiones, pero no haréis que el hombre camine en la virtud. Malvados ó insensatos, convertiréis el mundo en una inmensa Babilonia, don­

de habrá ancho campo para todos los vicios y abomi­

naciones, pero muy augusto para cuanto pueda elevar al individuo y la sociedad sobre todas las concupiscen­

cias y miserias.

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No hemos concluido todavía. Volvamos á nuestro asunto.

Santo Tomás de Aquino ha dicho que «todo lo que está ordenado á Dios debe ser santo (1).» Pues bien;

si María, como dice San Bernardino de Sena, ántes que existiera ninguna criatura, estaba destinada en la mente del Eterno para Madre del Unigénito y que en Ella el mismo Dios se hiciera hombre, ¿qué extraño es que la criara exenta de toda mancha, y que según el Beato Dionisio Cartujano, la adornara en el alma de todas las prerogativas más bellas para ser la morada de todo un Dios? ¿Qué extraño es, como nos propone nuestra Santa Madre la Iglesia, que Dios preparara el cuerpo y el alma de la Virgen, para ser digno alber­

gue del Unigénito en la tierra? Y si «el Espíritu Santo quiso que por su operación fuese concebido y naciese»

de María «Aquél de quien el mismo procede:» ¿qué extraño es que la enriqueciera con todas las gracias, para que el alma de la Santa Virgen, en su creación y en su unión al cuerpo de esta Virgen, fuera preservada de todo pecado, y encontrándose en María la inocencia y justicia original, ni un momento siquiera dejara de estar íntimamente unida á Dios, y cuando, por otra parte, habiendo sido puesta en el mundo para vencer á Luzbel, mal por cierto convenía que ántes hubiera sido vencida por éste?

Así es que San Cipriano, San Ildefonso, San Gre­

gorio y todos los Padres aseguran que en María no hay

34

(i) Sanotitas illis robus aUribuitur, quae in Deuni sunt ordinata»^

(D T h .„ 1 p, q. 36, a rt. I .)

(39)

mancha de pecado, y San Bernardo, hablando con la Virgen, dice que: «Es huerto cerrado en el que jamás entró la mano de los pecadores á robar sus fru­

tos (1).»

Por tanto, no puede quedar la menor duda sobre la Inmaculada Concepción de María.

«Virgen sin tacha (2)» «Trono de la gracia de Dios (3),» «Descanso de la Santísima Trinidad (4),»

María es «más pura que el oro (5),» más puraque los rayos del sol, más pura que los ángeles.

«Lirio inmaculado (6),» «Estrella purísima (7),>

Madre de la inocencia (8),» «María jamás estuvo en las tinieblas, sino siempre en la luz (9),» y todo atestigua en Ella ser la escogida éntrelas hijas de Sioii para los recreos y complacencias de Dios, como así nos lo dice el mismo Señor con estas palabras: «Innumerables son las doncellitas; pero una sola es la paloma mía, la perfecta mía (10).»

De igual modo el Eterno Padre, gozándose al ver la sencillez y candor de María, no pudiendo ménos de

35

(1) H art ns concusus tu es, ad quem defiorandum manus peecatorum, nunquum introivit- (Cant. IV ,^v. 12.)

(2) S. Sufr.—Spíiíilegium Eom anum , t. 4. p. 415, pác . 129.

(3) Hebr., 4. Bonaventura, s u p r a c. 4.

(4) Bonav. in spec. V irg.

(5.) L auren tiu s lu s tin , de ca.sco eorinub., C. 9 (6) EpÍT)hanius. contra haeres., 3,

(7) B on av.. in ps. 4.

(8) A u gustin us, serin. 17, de N a tiv . (9) 8. Jeron. in ps. 73.

(lOj Adolescentularum, non est numerus: u n a est columba mea, p e r ­ f e c ta mea. (Cant. VI. v, 7 y 8.)

(40)

alabar sus perfecciones, le dijo: «Hija, entre todas las demás hijas mias, tú eres como la azucena entre laS espinas, pues que aquellas están todas manchadas por el pecado; mas tú fuiste siempre inmaculada y siempre amiga (1).»

Y «aún no existían los abismos, todavía no habían brotado las fuentes de las aguas, ni estaba asentada la pesada mole de los montes (2),» cuando deseando fijar sus ojos en Ella, ya la llamaba con estas voces: «Le­

vántate, apresúrate, amada mía, paloma mía, hermosa mía, y ven (3).» Pero lo que más admira, lo que asom­

bra es que arrebatado al contemplarla y como fuera de sí, cual no pudiendo ya sufrir sus miradas ni resis­

tir á los esplendores de tanta hermosura, en el exceso de su amor dijera el Señor á la Virgen Inmaculada:

«Aparta de mí tus ojos, porque me han enajenado (4). >

¡Oh María, verdaderamente que eres toda hermosa y formada en gracia!

Más ¿qué diremos ahora de los muchos doctores que igualmente han defendido á nuestra Inmaculada Madre, manifestando casi de un modo definitivo como ser excluido de la deuda del pecado? No creemos ne­

cesario detenernos en exponer unas y otras opiniones.

36

(1) Sicut hlium inter spinas, sic amica mea inter Jilias.(Ca.xnt. II.

V. 2 )

(2) Nondum erant ahyssi..., necdum fantes aquarum eruperant', nec- dum montes g r a v i mole constiterant,-- (P rov. VITI, 24, 25.)

(3) Surge, p ro p e ra , amica mea, mea columba mea, f o r m o s a mea, e£

vini. (Cant., II. 10.)

(4) A verte oculos tuos á me, quia ips i me avolar e fe eeru n t. (Cant, V I. 4.)

(41)

pues basta con que sepamos que si no todos, á lo me­

nos en su mayor parte se han inclinado siempre á la sentencia de que María no contrajo el pecado de Adán, y por cierta y aún próximamente definible de fé han tenido esta sentencia Everardo, Duvelio, Reynaldo y otros muchos, siendo uno de los más ardientes defen­

sores de la Inmaculada Concepción el franciscano Juan Duns Scoto, apellidado el Doctor sutil.

Por lo que toca á las opiniones de los Santos Pa­

dres sobre este punto, excusado es decir que todos unánimamente han reconocido en la Santísima Virgen el privilegio de la pureza, quien diciendo, como San Efrén, que María fué «inmaculada y muy ajena y re­

mota de toda mancha de pecado (1);» quien, como San Ambrosio, que María fué «exenta de toda m an­

cha de pecado (2),» quien, como San Damasceno, que

«La Santa Madre de Dios fué un Paraíso, donde la an­

tigua serpiente no pudo penetrar (3),» quien, como San Jerónimo, que: «Cuanto á la Madre del Salvador, no hay quien dude que su santidad fué tan eminente, que no se la puede reprender de ningún pecado (4),»

defendiendo todos en una forma ó en otra la Inmacu­

lada Concepción de María.

Nada diremos acerca de las revelaciones que con­

firman la misma creencia, especialmente las que tuvo Santa Brígida. Mas si no hacemos alto en esto, sí que-

37

(1) Tom. 5 ,0 r. ad D ei Gen.

(2) In ps 118

(3) Hom. in N at. B. V, M.

(4) Ep. ad E u sto ch .

(42)

remos recordar una historia harto conocida de todos y en la cual se registra un hecho, con el que sólo basta­

ría para demostrar de una manera evidente la verdad que sustentamos.

Nos referimos á la historia de las apariciones de la Santa Virgen á la joven Bernardita en la Gruta de Lourdes.

Sabido es que estas apariciones tuvieron lugar en el año 1858, y cuantos fueron los esfuerzos de los in­

crédulos y libre-pensadores para hacer creer que Ber­

nardita no estaba en su sano juicio y que decía ver lo que soñaba, con las demás contrariedades que tuvo la joven para hacer sus visitas á la Gruta, según se lo or­

denó la Santa Virgen, hasta que los hechos se impu­

sieron, y las muchas y continuas curaciones milagro­

sas alcanzadas con el agua de la no ménos milagrosa fuente abierta á indicación de la Virgen por Bernardita, no dejaron la menor duda de que las apariciones eran una verdad y que la misteriosa aparecida era 1» Beina de los ángeles, como así lo creyeron las gentes, ya por que no podían menos de ceder á la evidencia de lo que pasaba, ya porque personas competentes é impar­

ciales, al juzgar sobre las curaciones que se decían mi­

lagrosas, declaraban sin rebozo que efectivamente lo eran, ya, por último, porque las informaciones abiertas por órden de la Autoridad eclesiástica vinieron á con­

firmar lo mismo que todos creían.

Pues bien; ¿qué es lo que la misteriosa Señora con­

testó en su penúltima aparición á Bernardita, después que la hubo preguntado su nombre? A la cuarta vez

38

(43)

de preguntárselo, la Señora levantó sus brazos al cie­

lo y dijo estas palabras: «Yo s o y l a Pu r í s i m a Con"

O E P C IO N .» ¿Podrá haber otra prueba más concluyente de la doctrina que defendemos, que estas palabras de la Virgen?

¿Y habrá todavía quien dude que la que así ha­

bló y se apareció á Bernardita hasta 18 veces en la Gruta de Lourdes, no es real y verdaderamente la Pu­

rísima Concepción? El magnífico templo levantado por la piedad de los fieles en el mismo lugar de las apa­

riciones, el culto cada vez más espléndido que allí se da á la Virgen, el fervor cada día más creciente del mundo católico hácia nuestra Señora de Lourdes, los muchísimos cristianos de todas partes que, ya solos, ya organizados en grandes romerías, van incesante­

mente al Santuario de dicha Señora para pedir pro­

tección á la Madre de Dios, recobrando la salud tan­

tos y tantos enfermos incurables ó desahuciados, los innumerables milagros realizados hasta hoy y que diaria ó casi diariamente se vienen repitiendo, ¿nó nos prueba bien á las claras que la que dijo á Bernardita Yo SOY LA Pu r í s i m a Co n c e p c i ó n, positivamente lo era, sin que nadie pueda negarlo, como no sean esos po­

bres desgraciados, que tienen ojos y no ven y oidos y no oyen, porque para ellos no hay más que lo que alcanzan con su flaca razón y los mentidos goces del mundo? Niegan p o r que si; mas no porque tengan razones para negar, en cambio que nosotros las te­

nemos poderosísimas para creer.

Hemos visto, pues, que la misma Virgen, al decir

39

(44)

en la Gruta de Lourdes que era la Purísima Concep­

ción, se ha dignado revelarnos por conducto de Ber­

nardita, que fué concebida sin mancha de pecado ori­

ginal.

Pero aún podemos confirmar con más pruebas este hermosísimo dogma de la Fé Católica.

El culto de la Inmaculada Concepción nos de­

muestra cual ha sido siempre la creencia de los fieles respecto á este Misterio, y en España, pero particu­

larmente en Sevilla, es tan antiguo el expresado cul­

to, que se dice haber sido establecido por el Apóstol Santiago, quien á la vez de predicar la fé, predicó también la Inmaculada Concepción de María.

Seguramente que en los primeros siglos del Cristia­

nismo parece que se habló poco de este Misterio de nuestra Sacrosanta Beligion; pero esto nada prueba en contra de lo que creemos y defendemos, y de lo que siempre han creido los católicos y han defendido los hombres más doctos y adictos al Catolicismo. ■

Si hubo teólogos que erraron creyendo que la san­

tificación de la Virgen fué en el segundo momento de su concepción, y otros sostenían lo que hoy es de fé, que fué inmolada desde el primer instante de su sér natural, esta diversidad de opiniones nada tenía de extraño por entonces, pues no estando todavía pro­

clamado, como lo está hoy, el dogma de la Inmacu­

lada Concepción, las más superiores inteligencias pu­

dieron errar de ese modo al tratar este punto, no obstante su buena fé y su incondicional adhesión á la Saíita Sede.

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Referencias

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