Muhammad Ibn Abderrahmán Al-Bishr
Los
dolores de
Al-Ándalus
Traducido por
El embajador
El sistema de transcripción o transliteración de las letras árabes a las españolas es el utilizado por la escuela de arabistas españoles, fijado en su día por la revista Al-Ándalus y seguido actualmente por las principales revistas de estudios árabes de España: Al-Qantara, Miscelánea de Estudios
Árabes y Hebraicos, Anaquel de Estudios Árabes, Awráq, etc.
’ أ ṯ ث ḥ ح ḏ ذ š ش ṣ ص Ḍ ض Ẓ ظ ‘ ع
Dedicatoria del autor
A todos los que buscan escarmiento sin parar a llorar Al diligente que no cuenta sobre sus antepasados Sacando lecciones de los acontecimientos y de las tragedias
Al que aspira a la excelencia
Y que no le paran desgracias ni tropezonas. A todos los apasionados por el saber y el conocimiento
de las realidades históricas,
que disfrutan de sus historias y de sus leyendas. Dedico este libro al lector generoso que desea enterarse de los dolores del
INTRODUCCIÓN DE LOS TRADUCTORES
Los dolores de Al-Ándalus es una magnífica obra histórica escrita en
árabe por el Embajador Plenipotenciario de Arabia Saudí en Marruecos, Muhammad Ibn Abderrahmán Al-Bishr, o “Embajador de los embajadores”, como suele llamarlo el director de la Biblioteca Hassaní de Rabat, el doctor Chaouki Binbin.
Es una obra mosaico que recoge y condensa ocho siglos de historia; una historia presentada como si fuese la trama de una novela donde se mezclan dolores, venganzas, amor, poder, sangre, muerte, hazañas y desastres. Episodios de una larga historia que, llegando desde Al-Mashriq, tuvieron su escenario entre Marruecos y la Península Ibérica. El autor describe la llegada de Táriq y Músá, pintando con letras y versos un espléndido cuadro de los acontecimientos vividos y realizados por los omeyas, durante los periodos del emirato, del califato y de los reinos de taifas. Inmersos en el lujo y la lujuria, las intrigas y las luchas intestinas y, a veces, en la traición y la cobardía, fueron vencidos por las fuerzas que llegaron del Sur, desde la otra orilla. Basta citar, al respecto, el caso de Al-Mu‘tamid Ibn ‘Abbád, el rey poeta de Sevilla, que fue desterrado por Yúsuf Ibn Táchafín, el héroe de Az-zaláqa, que permitió al Islam permanecer cuatro siglos más en la Península Ibérica.
Al-Ándalus conoció grandes y feroces enfrentamientos entre sectas y doctrinas, entre esposas y favoritas de los emires y gobernadores así como entre hijos y hermanos, que pretendían todos hacerse con el poder. Todos estos episodios destrozaron los fundamentos de una cultura esplendorosa, cuyas huellas han llegado hasta nuestros días como testigos de una grandiosa civilización. Este triste episodio concluyó con la entrega de Granada a los cristianos y con las palabras de ‘Aisha Al-Ḥurra, madre de Abú Abdil-láh El Menor (Boabdil El Chico): “¡Llora como mujer lo que no
supiste defender como hombre!”.
Algunos textos se resisten a la traducción, sea por la naturaleza de sus contenidos o por las modalidades de su expresión. Éste, al contrario, por su concepción, por las opciones lingüísticas y estilísticas adoptadas por el autor y también por la naturaleza de sus contenidos ubicados en la Península Ibérica y en un periodo de contactos enriquecedores y conflictivos entre diversas culturas, se presta maravillosamente a la traducción del árabe al español. La dificultad mayor a la que nos hemos enfrentado tal vez haya sido la de imprimir al texto la inmensa sensibilidad que un árabe de la Península Arábiga como el autor experimenta ante un periodo tan importante de la historia del mundo árabe e islámico como fue el de los árabes y musulmanes en la Península Ibérica y más especialmente, en sus
facetas más dolorosas. Aun así, esperamos haber acertado en trasladar al lector hispanófono lo esencial de la visión y la sensibilidad particularísimas de Muhammad Ibn Abderrahmán Al-Bishr.
Kenza El Ghali y Saïd Sabia Fez a 1 de febrero de 2012
Introducción
Cuando fui nombrado Embajador Plenipotenciario en China, me fascinaron su cultura y su historia. Las toqué y acaricié desde muy cerca. Es una civilización ancestral, rica y única, de la cual disponemos de muy poca información. Decidí entonces, escribir un libro titulado la Civilización de
China.
Al trasladarme al reino hermano de Marruecos, como Embajador Plenipotenciario de la Arabia Saudí, respiré la dulce fragancia de la historia.
En sus manantiales apagué mi sed. Las luces de su civilización enriquecieron mis conocimientos, sus brisas acariciaron mi pensamiento, regaron mis raíces y satisficieron mis curiosidades. Sustentó mi alma la dulzura de su sabor. Descubrí joyas de este tesoro legado por nuestros antepasados, donde escondieron algunos de sus desastres, dolorosos episodios y muchas de sus felicidades y alegrías. Me puse a leer obras maestras, conocí maestros de letras como Ibn Ḥayyán, Al- Maqrí, Ibn-Bassám, Ibn Jaldún, Ibn Ḥazm, Ibn Abdi Rabbih, Ibn Abbár, Ibn Al-Jatíb, Addabbí, Ibn Baškuál, Al-Qudáí, El Murrákuší, Ibn Abí Zar', Ibn Diḥya, Ibn Jákán y otros más.
Esas obras fueron mi mejor sustento y el compañero preferido de mi soledad e intimidad. Impaciente, esperaba la hora de volver a casa. Disfrutaba de todo lo que mis ojos y mi alma acariciaban y almacenaban. Saboreaba la dulce poesía, la elocuente prosa y la bella letra.
Descubrí en la historia de Al-Ándalus muchos dolores y tragedias que destrozaron mi alma, derramaron mis lágrimas, encogieron mi corazón y quemaron mis sentimientos.
Si el término “lau” (si) no fuese de Satán, todo el libro sería bajo forma de “si”. Evidentemente, se perdieron innumerables ocasiones a causa de conflictos internos y personales, envidias, mujeres, amor egoísta de los hijos y otros factores ajenos. Entre todos esos obstáculos encontraba siempre una ventanilla por la cual podía penetrar y ver esos episodios en las páginas y folios de mis fuentes.
Se perdió Al-Ándalus después de haber constituido durante largo tiempo el puente hacia Europa. Lo destrozaron sus propios hijos. ¿Qué podemos replicar ante esa situación? ¿Hemos asimilado la lección y entendido el escarmiento?
Al-Ándalus podría haber hecho que toda Europa fuera una tierra musulmana y permitirle beneficiarse del Islam, pero sus hijos se lo impidieron. Sus comportamientos iban en contra de los mandatos de Dios.
Los musulmanes penetraron y ocuparon Al-Ándalus ayudados por una mujer. Cayó Al-Ándalus y se perdió después de que las mujeres hubieran desempeñado un papel importante, durante largo tiempo, en los episodios de su historia.
Don Julián, Gobernador de Ceuta, mandó a su hija al palacio de Rodrigo, rey de los godos. Era costumbre en aquel tiempo que las doncellas se críaran en los palacios del rey. Rodrigo la deseaba y se aprovechó de ella. Para vengar el honor de su hija, Don Julián ayudó a los musulmanes a cruzar las fronteras y así empezó la conquista de Al-Ándalus.
Árabes y beréberes, sin distinción alguna, se lanzaron en tierras nuevas para difundir el Islam e incitar a su adopción como doctrina religiosa sin forzar a los que querían conservar sus creencias y su religión.
Durante los primeros periodos, los conquistadores consiguieron grandes éxitos en breves décadas. Godos y europeos se deslumbraron ante sus hazañas y logros y los ifranğ se preguntaron, según describió el libro de Al-Mushib, sobre este fenómeno: "¿Qué maldición nos persigue? Temíamos a
los árabes procedentes de oriente hasta que salieron de occidente. Se apoderaron de Al-Ándalus y de sus riquezas a pesar de ser un grupo reducido.
Su rey les contestó: “En nuestro juicio de valor, ¡dejadles avanzar! Son semejantes al diluvio que arrastra todo lo que encuentra en su cauce, tienen proyectos e ideas que superan todo cálculo y corazones muy fuertes, de hierro. ¡Dadles tiempo! hasta que llenen sus puños de despojos, ocupen palacios y residencias, disputen el poder y se entrematen entre ellos. En aquel momento podéis acabar fácilmente con ellos. Así fue a causa de la “fitna” que opuso los baladíes a los chamíes, los beréberes a los árabes y los mudaríes a los yemeníes. Buscaba cada uno apoyo en el campo enemigo para vencer a su vecino y hermano."
Al-Ándalus se perdió entonces y se destrozaron sus piezas. Permanecieron magníficas huellas del esplendor de esta civilización, que hicieron derramar las lágrimas de los descendientes que la leyeron o vieron sus restos.
La historia de Al-Ándalus fue amueblada de envidias, conflictos, deseos de venganza y rivalidades para apoderarse del poder, según la época y la fuerza de los gobernadores que la crean, la arden o la extinguen.
Afortunadamente, no permanecieron durante todo el periodo de Al-Ándalus las rivalidades entre sectas y doctrinas. Después de Al-Auza‘i se instauró la doctrina de Málik, en periodo de Hišám Ibn ‘Abderraḥmán
Addájil. Factor que evitó muchos conflictos doctrinales que habrían sido peores y más graves que las guerras.
En la primera etapa de “Fatḥ” Al-Ándalus” (la conquista) no hallamos en los episodios de la historia huellas de la participación femenina excepto aquella alusión a ‘Abdelaziz Ibn Músa que se casó con la esposa de Rodrigo, el rey vencido. No obstante, su papel fue importante pero los historiadores no les prestaron gran interés.
El periodo Omeya fue marcado por la consolidación de un Estado político estable. A los veintidós o veinticuatro años pisó ‘Abderraḥmán Addájil la tierra andaluza aprovechándose de la situación reinante. Fue un hombre experimentado, prudente, perspicaz, poderoso y severo con sus enemigos e incluso con los suyos. Así fue fundado el emirato joven de Al-Ándalus cuyos frutos saborearon los andalusíes y sembraron sus semillas los europeos hasta alcanzar el desarrollo que vivimos actualmente.
Después de la muerte de ‘Abderraḥmán Addájil le sucedió su hijo Hišám: hombre piadoso, modesto y bueno. Durante su era, la doctrina malikí conoció su plenitud y estabilidad.
El periodo del hijo Al-Ḥakam Ibn Hišám Arrabadí fue totalmente distinto del anterior, le apasionaba el juego y le gustaba la voluptuosidad de los placeres. Fue arrogante y mató a un gran número de sabios y ulemas en el asalto de Arrabaḍ, de allí adquirió el apellido Arrabadí. Le sucedió al trono del emirato ‘Abderraḥmán ibn Al-Ḥakam apodado ‘Abderraḥmán al Ausat. Siguió las huellas del padre, le enloquecían el lujo, los palacios, la música y las mujeres, pero nunca se exhibía en público, dedicado a sus placeres e impregnado en sus delicias, no mató por sospecha ni fue cruel. Famosa fue su historia con Tarúb, su favorita y amante, a quien entregó las riendas de su corazón mientras ella se apoderó de su vida y la orientó gracias a la complicidad con uno de los eunucos llamado Naṣr.
Al fallecer, dejó 150 hijos y una cifra similar de hijas. Le sucedió su hijo Muḥammad, luego Al-Munḏir Ibn Muḥammad, sucedido por Abdulláh Ibn Muḥammad hasta llegar a su nieto Abdulláh apodado ‘Abderraḥmán Annáṣir. Su periodo constituía la perla central del collar. Un poder potente reinaba en la zona y un gran esplendor marcaba todos los aspectos de la vida. En la misma época fue construida Medina Záhara. Se sucedieron las delegaciones de diferentes localidades en sus puertas suplicando su afectuosa amistad y concertando treguas.
Su periodo fue de alto auge casi sin tragedias ni dolores, una era de paz y de tranquilidad a pesar de los pequeños disturbios que no faltaban en ninguna época. Sin embargo, las guerras y las armas fueron sustituidas por intrigas y conflictos de y entre mujeres que dejaron un gran número de
víctimas entre visires, jefes y gente de la Corte. Fue marcado el periodo también por todo tipo de distracción, lujuria y pasión por las mujeres.
La época de su hijo Al-Ḥakam apodado Al-Mustanṣir, califa de los musulmanes como su padre, fue menos turbulenta. Compiló una cantidad considerable de libros, prohibió el vino y arrancó las vides intentando erradicarla de todo Al-Ándalus, sin completarlo. Durante su periodo reinaba la tranquilidad salvo la amenaza de los fatimíes que venía del Mašreq y algunos disturbios en el norte. Al contrario, conflictos, rivalidades, intrigas y engaños entre detentores del poder amueblaron la escena histórica de Hišám Al-Mu’ayyad Billáh, lo que llevó al poder a un niño de 12 años y a su madre Subḥ mientras el verdadero poder lo peleaban tres bandos: los saqáliba, responsables del palacio, Al-Ḥáğib Ǧa‘far al-Musḥafí, caudillo del Estado y Muḥammad Ibn Abí ‘Ámer, director de la šurta (policía pública) y el preferido de Subḥ. La victoria la llevó el sultán del corazón, quien dirigió las riendas del poder. Así fue fundado el gobierno de Al-Ḥáğib Ibn Abi ‘Ámer y manteniendo en la fachada a Hišám al-Mu'ayyad bi-llah. En realidad, Al-Ḥağib Al-Manṣúr fue poderoso, valiente y temía a Dios cuando se lo recordaban.
Lo sucedió en la ḥiğába su hijo ‘Abdelmalik Al-Muḏaffar durante siete años denominados “séptimos” haciendo alusión a los siete días de la recién casada. Durante su periodo, la ‘ámma no sufrió tremendas tragedias como las que se movían en el entorno del palacio. Le sucedió su hermano ‘Abderraḥmán Sanchuelo. Su carácter, su personalidad y su escasa capacidad para el gobierno provocaron un periodo de anarquía y revueltas. No fue aceptado como heredero del trono por ser descendiente de Sancho, rey de Castilla y enemigo del Estado islámico. Sus oponentes se aprovecharon de la situación y concretaron sus planes de venganza. Las figuras más destacadas fueron Addalqáe y Sulaymán Ibn Al-Ḥakam. Creyó la madre de ‘Abdelmalik Muḏaffar que Sanchuelo envenenó a su hijo para apoderarse del gobierno. Escribió, ella entonces, a los Beni Maruán incitándoles a recuperar su poder. Gracias a su apoyo, Moḥammed Ibn Hišám Al-Maruání, apodado Al-Mahdí, logró entrar en Córdoba, encarceló a Hišám al-Mu'ayyad y forzó el palacio de Addalqáe que le ayudó. Durante los acontecimientos falleció uno de los dimíes, certificaron los alfaquíes que fue el califa Hišám y proclamaron otro nuevo califa de los muslimes, Moḥammed Hišám Al-Maruání. Por su parte, se dedicó al vino y a rodearse de mujeres y doncellas dejando aparte la gestión de su nuevo gobierno.
Reclamó Sulaymán Ibn Al-Ḥakam Ibn ‘Abderraḥmán Annáṣir el califato solicitando apoyo a los beréberes y cristianos atribuyéndose el nombre de Al-Mustaín Billáh y se apoderó de Córdoba. Se escapó Moḥammed Ibn Hišám refugiándose en Toledo, reino de los cristianos y liberó al califa Hišám Al-Mu'ayyad, supuestamente muerto. Volvió de nuevo a actuar en la escena política. Mandaron sus aliados al califa
Musta‘ín la cabeza de Mahdí pidiéndole reconocer a Hišám Al-Mu'ayyad, que apareció de nuevo, como califa. Se negó Al-Musta’ín y le declaró la guerra terminando por exterminarlo. Convocaron algunos notables de Córdoba a Ali y Kácem, hijos de Ḥammúd Ibn Maimún Al-Idrísí Al Ḥasaní, que fueron walíes en Ceuta y Algeciras, pidiéndoles apoyo para deshacerse del califa Al-Musta’ín. Al llegar, declararon muerto a Hišám Al-Mu'ayyad y mataron a Al-Musta’ín, a su padre y a su hermano. Así fue proclamado el nuevo califa, una figura ḥasaní ajena a los Bení Maruán. Sin embargo, se proclamó califa por su parte, ‘Abderraḥmán Ibn Moḥammed Ibn Abdillah Ibn ‘Abderraḥmán Annáṣir apodado Al-Muhtadí, pero lo mataron en el baño. Los eunucos nombraron sucesor a su hermano Al-Qácem llamándolo Al-Má’mún, al cual se opuso Yaḥyá Ibn Ali, factor que le obligó a volver de nuevo a Sevilla. Así fue Yaḥyá califa en Córdoba y su tío en Sevilla reconociéndose mutuamente. Fue esa la característica de un Ándalus extraño y perturbado, lo que apresuró la caída de sus reinos como hojas del otoño y contribuyó a su decadencia. Se levantaron los cordobeses contra Yaḥyá y proclamaron a ‘Abderraḥmán Ibn Hišám Ibn Al-Ḥakam, apodado Al-Mustaḍhir Billáh que fue matado por su primo Moḥammed Ibn ‘Abderraḥmán Al-Mustakfí, padre de Walláda, la famosa amante de Ibn Zaydún. Finalizó su periodo con la fitna, por lo cual despareció el califato de Córdoba y se disolvió el poder entre los reinos de taifas.
No fue ninguna sorpresa la aparición de Ibn Ǧahuar en Córdoba, Ibn ‘Abbád en Sevilla, Ibn Ḍí Annún en Toledo, Ibn Húd en Zaragoza y otros en varios sitios porque preparaban sus reinos independientes mientras se dislocaba el califato. Los conflictos y guerras entre ellos hicieron caer Toledo y otras fortalezas en manos de cristianos que además empezaron a cobrar tributos. Sin embargo, la presencia almorávide hizo retrasar la dominación cristiana en Al-Ándalus. Los almorávides vinieron de Lamzuna, la tribu beréber de Senada, se convirtieron al islam y lo defendieron. Su movimiento fue de carácter religioso en sus comienzos, encabezado por Abdullah Ibn Yásín, hombre piadoso, muy religioso y aficionado a las mujeres. Se casaba y se divorciaba varias veces mensualmente. Tras su muerte lo sucedió Abu Bakr alanzan ayudado por su primo Yusuf Ibn Táchafín. Según las fuentes fue un hombre religioso, serio y piadoso, cruzó con su ejército el estrecho invitado por algunos reyes de taifas. Así sucedió la famosa batalla de Azzaláqa con la gran victoria del islam y de los musulmanes. Sin embargo, a pesar de ese gran éxito no continuó su travesía hacia España, a causa de la muerte de uno de sus hijos. Volvió otra vez hacia la península ibérica solicitado por algunos reyes de taifas y denegado por Al-Mu´tamid Ibn ‘Abbád, el más cercano a los corazones y el famoso poeta. Fue desterrado a Aghmát (cerca de Marrakech en Marruecos) donde falleció y fue enterrado. De su tragedia hablaron escritores y poetas y de su
destino lloraron los desdichados. Algunos de sus versos fueron grabados sobre su tumba y aún permanecen como testigo de su historia.
Yúsuf murió en el año 500 de la hégira a los cien años después de haber realizado una gran labor, sin embargo se sucedieron los dolores de Al-Ándalus derramándose de las colinas como un diluvio, cada vez que la gente aspira a la tranquilidad y a la paz. Los musulmanes fueron derrotados en España por los cristianos en las guerras de Cuarte y de Cutanda y amenazados por los almohades desde Marruecos dirigidos por Moḥammed Ibn Túmart. Después de la muerte de Yúsuf Ibn Táchafín, su hijo sólo gobernó durante tres años y luego fue sitiado y matado por los almohades. Toledo cayó en manos de los cristianos durante la época de los reinos de taifas y le siguieron Zaragoza, Tudela y sus alrededores a finales de la época de los almorávides. Los reinos de taifas cayeron uno tras otro como si fuesen joyas de un collar precioso y roto, y desapareció el poder de los musulmanes en Al-Ándalus.
Apareció luego Moḥammed Ibn Túmart, descendiente de Al-Ḥusain Ibn Al-Ḥasan Ibn Ali Ibn Abí Táleb, apodado Al-Mahdí. Fue un hombre piadoso, luchaba contra lo flagrante e incitaba a la gracia. Llegando a la ciudad, permaneció en la mezquita observando desde ahí la calle y a la gente y destruyendo todo instrumento musical o utensilios de vino. Se quedó un día con ‘‘Abdelmúmen, un maestro de niños, y le pidió que le ayudase en la difusión del islam. Entró en tregua con los almorávides y luego se opuso a ellos declarándoles la guerra y pasando del insulto al enfrentamiento. Puso a la cabeza del ejército ‘Abdelmúmen y dijo a sus hombres: “¡Sois creyentes y éste es vuestro príncipe!”. Posteriormente, murió Moḥammed Ibn Túmart y le sucedió en la responsabilidad militar ‘Abdelmúmen Ibn Ali, quien dirigió una guerra de la cual salieron victoriosos los almohades mientras los reyes de taifas se apresuraron a someterse y expresar su vasallaje al nuevo emir.
Después de su muerte fue nombrado su hijo Yúsuf y luego Ya‘qúb Ibn Yúsuf Ibn ‘‘Abdelmúmen. Su reino conoció victorias y éxitos, sin embargo sucedió en Al-Ándalus otra tragedia en el mismo periodo, marcado por la introducción de una nueva ideología y pensamiento que tuvieron graves consecuencias y peores impactos sobre la vida política futura.
Su hijo Moḥammed Annáṣir subió al trono a los diecisiete años y tuvo lugar en aquel entonces la guerra de las Navas de Tolosa, donde hizo pagar a todos los que acometieron contra los almorávides y los almohades. Con su mala gestión y su escasa capacidad para gobernar Annáṣir provocó uno de los episodios más dañinos y dolorosos que conoció la historia de Al-Ándalus.
Derrotado, el rey se retiró dedicándose a sus placeres y quehaceres sin interesarse ni por los asuntos de su reino, ni por lo que está pasando fuera de
su palacio. Parece que la derrota le causó un gran choque que lo dejó sin voluntad ni capacidad para afrontar la vida diaria, comportamiento calificado de suicidio e inadecuado al camino de los creyentes. Según las Fuentes, falleció mordido por un perro o envenenado o sufriendo un ataque. Su hijo Yúsuf Al-Mustanṣir le sucedió a los dieciséis años. Fue joven, aficionado al juego y al toreo de las vacas. Mientras estaba toreando un día le dio una vaquilla indócil un golpe al corazón que lo dejó sin vida.
Como no tenía heredero, los notables y jeques nombraron rey a ‘Abdeluáḥid Ibn Yúsuf Ibn ‘‘Abdelmúmen, a los sesenta años. Se pelearon por el poder, se mezclaron las intenciones y acciones, y cada uno de los almohades pretendía tener la representatividad legal del reino y la legitimidad. No tenemos que olvidar que el reino islámico en aquella época estuvo rodeado de tres fuertes provincias cristianas: Aragón en el este, Castilla en el centro y León en el oeste, que no se cansaban de atacar a los reinos islámicos colindantes y apoyaron también a los que se mataban entre ellos y solicitaron su apoyo y socorro. Les ayudaron a cambio del vasallaje y de un tributo que debían pagar asegurándose así la permanencia en el trono.
Córdoba cayó fácilmente en manos de Alfonso, lo que causó una profunda herida en el cuerpo islámico. Fue un golpe que rompió los corazones y provocó los profundos y tremendos suspiros de las montañas, de las estrellas y de los mares. Los conflictos y guerras entre los distintos reinos hicieron desaparecer y perder los episodios de una gran gloria, de Al-Ándalus, empezando por Toledo, pasando por Córdoba y terminando por otras en un lapso que no sobrepasaba treinta años.
Cuando el rey de Aragón Alfonso de Castilla vio que se apoderaba de Córdoba sin gran dificultad ni resistencia, decidió lanzarse hacia Valencia que pertenecía a la comarca de su interés y formaba parte de un pacto firmado con antelación. Asedió a Zián que se quedó sin apoyo de los suyos, ni recibió respuesta de Ibn Al-Abbár, gobernador de Túnez. Fue así cómo se sometió la ciudad vencida.
Entre peores y dolores Sevilla permaneció autogobernándose, lo que suscitó el apetito de Fernando III, rey de Castilla y decidió dominarla. Tuvo el permiso del Papa pidiéndole cobrar el tercio del tributo otorgado a la iglesia para preparar su campaña. La asedió durante quince meses y entró victorioso al final en sus palacios y transformando la mezquita en una gran iglesia. Logró realizar su sueño ayudado y apoyado por Ibn Al-Aḥmar, rey de Granada cumpliendo así un acuerdo que le obligaba a prestarle ayuda temiendo perder su trono.
Conoció Al-Ándalus una verdadera tragedia a causa de todos esos episodios dolorosos y negros de la historia. Fue una catástrofe provocada por graves errores repetidos y conflictos de intereses personales y egoístas.
Permaneció Ibn Al-Aḥmar en Granada, un pequeño reino, que perduró dos otros siglos y medio gracias a la voluntad de Dios, después de la gran decadencia del gigante Al-Ándalus. Sin embargo, no volvió esta ciudad a gozar de su plena libertad a causa del dinero y del tributo que pagaba a sus enemigos colindantes. Durante sus últimos días de vida, mientras estaba agonizando entre los conflictos y disturbios, el rey de Castilla decidió poner fin a la existencia y resistencia musulmana en esta ciudad, la asedió, la violó y la ocupó bajando las cortinas sobre un gran esplendor y poniendo fin al último episodio de las tragedias de Al-Ándalus con las palabras de ‘Aiša Al Ḥurra, madre de Abdulláh el menor diciéndole: “¡llora como mujer lo que no supiste defender como hombre!”.
La catástrofe y los dolores de Al-Ándalus residen en dos graves placeres: el placer del poder y del deseo, de allí desembocaron todos los peligros. El placer del poder justifica el hecho de sacrificar a la gente, la tierra y el dinero para conservarlo, en querer seguir en el trono, mientras que el placer del deseo empujó al gobernador andalusí a inclinarse y debilitarse ante las esclavas, criadas, esposas, hijos y vino. Así se sacrificó la buena gobernanza, la competencia, la eficacia, el dinero y la riqueza de “Bayt mal” (tesorería) de los musulmanes.
Escribí esa obra apoyándome en diferentes fuentes, en obras maestras, en escasas informaciones y en todos los textos que pude pescar y encontrar en relación con el tema, empeñándome en trasladar, describir y narrar las tragedias de Al-Ándalus y de los andalusíes como ocurrieron, deseando hacerle suceder otro libro sobre las alegrías para permitirle al lector conocer la otra faceta de esta historia que abunda en dolores y alegrías, implorando a Dios Todo Poderoso apoyo, eficacia y perspicacia en todo lo dicho y hecho.
CAPÍTULO PRIMERO
Periodo
Al-Fatḥ (la conquista)
El comienzo de la conquista
Las peleas internas
Las revueltas raciales
La fitna yemení-mudarí.
El comienzo de la conquista
A lo largo de su historia, Al-Ándalus conoció un derroche de disputas, de venganza por egoísmo y de amor y afición al poder, a pesar de los desajustes y desequilibrios que podrían afectar a la Umma. Los musulmanes no escarmentaron de la experiencia anterior ni prestaron atención a lo sucedido a los godos que sufrieron las mismas consecuencias y el mismo desenlace que les hizo perder su poder y resquebrajó su gobierno.
Era costumbre en el país de los godos mandar a sus hijas a las cortes para completar su educación y dotarles de conductas y comportamientos palaciegos, preparándolas para casarse con descendientes de familias de gran linaje. Entre ellas se hallaba la hija de Don Julián, gobernador de Ceuta. Era una mujer graciosa, delgada y se movía como un rocío fino. Cuando la vio Rodrigo, la deseó y se acostó con ella. Constituyó ese acontecimiento la causa de la penetración de los árabes en Al-Ándalus y la consolidación de su reino y su poder. Construyeron el puente y la desembocadura de un colosal río de un saber enorme y diversificado que hizo beneficiar al mundo entero de los frutos de su renacimiento y de un desarrollo industrial que resiste y perdura hasta nuestras épocas.
Don Julián decidió vengar el honor de su hija, animó entonces a los árabes para que conquistaran Al-Ándalus revelándoles las debilidades de su enemigo y enseñándoles el camino, extinguiendo así el fuego y la rabia de su orgullo herido. Decidió vengarse de su enemigo olvidándose de la gravedad del acto que le haría perder a él y a sus hijos un poder que no recuperarían nunca. Quizá opinaba que los árabes volverían a su tierra después de despojar el nuevo territorio de sus bienes y riquezas, debilitar a los gobernadores y facilitarle el acceso al poder de nuevo.
Los musulmanes conquistaron Al-Ándalus dirigidos por Tareq Ibn Ziyád Allayṯí, gobernador de Tánger mandado por Músá Ibn Nusayr. Algunas fuentes históricas narran y describen la envidia que sintió ese último hacia Tareq enterándose de su victoria y sus hazañas. Temiendo que se le atribuyera todo a él solo, le ordenó parar su avance amenazándolo en caso de desobedecer sus exigencias. Escribió entonces al califa Al Ualíd Ibn ‘Abdelmalek en Aššám hablándole de su victoria y de los éxitos como si fuese él mismo el héroe. Cruzó el estrecho dirigiendo a un ejército compuesto de dieciocho mil hombres, siguiendo un camino distinto de lo atravesado por Tareq y conquistando nuevas provincias. Cruzaron cerca de Toledo, lo azotó expresándole su envidia y su rencor. Algunos historiadores avanzaban que estuvo a punto de matarlo exigiéndole las riquezas y las
ganancias que obtuvo. Algunos agregaron que entre las riquezas del despojo había la mesa del profeta Salomón y con alguno de sus pilares se quedó Tareq. Músá lo sustituyó por otro en oro semejante. Perdonó a Tareq luego con la intención de aprovecharse de sus servicios. Si no fuese por los sucesos que ocurrieron entre los dos hombres y por la rabia y el egoísmo de Músà y si hubiera dejado a Tareq avanzar hacia el norte de España, la conquista de Al-Ándalus habría sido más fácil y completa. Sin embargo, el rencor y la codicia prohibieron a los musulmanes alcanzar un objetivo que estaban a punto de realizar. Avanzaron juntos conquistando nuevos territorios mientras cada uno sentía en sus adentros lo que le ocultaba a su compañero. Su comportamiento nos hizo recordar algunos versos de Al Mutanabbí en su relación con Káfur Al-Ijšídí:
Satisfacción demuestro y no estoy nada satisfecho Consideras mi sonrisa alegría y esperanza Mientras sonrío burlándome de un esperanzado
Por nuestra parte, creemos que Tareq se preguntaba igual que lo hizo Ibn Zaydún cuando vino más adelante:
Veo una profecía sin saber por qué se obstaculiza Rudeza es la noche oscura
Ni un rayo de perdón aparece en su cielo Aislamiento del gobierno es presentido Y no lo entendido si en tu sombra actúo
Músá siguió su carrera ayudado por sus hombres abriendo nuevos territorios y difundiendo el islam haciéndole llegar a puntos lejanos y considerándoles como aliados contra los enemigos. En aquel momento Europa hibernaba en otras preocupaciones, dividida entre distintas tendencias e ideologías, incapaz de afrontar un ejército cuyos principios acapararon y reunieron pueblos del mundo antiguo. Músá soñaba con conquistar Europa desde el oeste y juntarse al ejército árabe saliendo del Mašreq. No era imposible realizar el sueño y mientras estaba gestionando la estrategia y planificando el avance le llegó un mensajero del califa Al-Ualíd Ibn ‘Abdelmalek, llamado Mughíṯ Arrúmí. Le ordenaba dejar de aventurarse con los musulmanes en tierras ajenas imponiéndole regresar con los despojos y las riquezas que pudo reunir durante su conquista. Músá intentaba convencer a Mughíṯ prometiéndole darle una parte del botín para tenerle como aliado y poder avanzar puesto que logró explorar nuevos caminos y vías, descubrió las debilidades de sus enemigos y estrenó sus hombres a combatir en esos nuevos territorios adaptándose al clima y a la geografía. Convencido, Mughíṯ aceptó seguir con ellos y conquistó Córdoba. Según Al-Ḥiğarí: “Músá amenazó a una Qayna, bella y hermosa, cuando la vio intentar con todos los medios acercarse a Mughíṯ gobernador
de Córdoba. Le reveló aprisionada que su intención fue matarle con un pañuelo envenenado tocando su sexo después de acostarse con ella”.
Mientras estaban luchando y entrando a nuevas ciudades, el califa mandó a otro mensajero a Músá llamado Abú AnNaṣr amenazándole y ordenándole el retorno inmediato y urgente. Decidió volver por obligación y no por el motivo mencionado por Ibn Bassám en su obra Addajíra diciendo: “Mientras Musa avanzaba en su conquista, vio en su camino una estatúa en escrito en su faceta: ¡volved hijos de Ismael a su destinación, ya están acabados! Le aterrorizó lo que había leído diciéndose: si eso está escrito es por algo”.
Volvemos otra vez a una decisión crucial en la historia del universo tomada por Al-Ualíd Ibn ‘Abdelmalek, una decisión que no permitió a Europa acercarse al islam y adoptarlo y prohibió al islam entrar en Europa. ¿Lo hizo por cobardía? pero no lo conocíamos cobarde. ¿Lo atribuimos a su miedo por los musulmanes evitándoles arriesgarse en territorios desconocidos y ajenos? Puede ser el caso como pueden ser otros motivos. Quizá cuando se enteró Al-Ualíd del conflicto entre Tareq y Músá tuvo miedo de una fitna que podría estallar entre los musulmanes en tierras muy lejanas del poder central. Otros lo atribuyeron a las informaciones y noticias que llegaron al califa sobre las riquezas que acumularon en España y sobre la hermosura de las mujeres y esclavas andalusíes que eran más bellas que las estrellas, más lucientes que la luna, de piel clara y suave, dulces y agradables en su cohabitación.
El califa lo había experimentado cuando Músá le mandó veinte mil esclavas cautivas beréberes, agregándoles otras veinte mil. Otros justificaron su reacción por el miedo que podría tener pensando que Músá quiso quedarse con el poder y las riquezas en la nueva tierra conquistada, sobre todo sabiendo que era muy duro, fuerte, sembraba el terror en los corazones de los nuevos adeptos y no juzgaba lógico dejarlo lejos del control del califato.
Sea cualquiera la justificación, por dinero y riquezas, por mujeres y placeres o por miedo y poder, la decisión fue injusta e inadecuada e hizo perder una ocasión que hubiera sido muy benéfica para el globo y la humanidad. Cabe recordar que los cristianos que dejó Músá perdidos y temerosos en las montañas constituyeron la semilla de un reino que derrotó a los musulmanes y les expulsó después de varios siglos de gobierno.
Según Al-Ḥiğází en su obra Al Mushib: “Acudieron los Ifranğ (cristianos) a su rey diciéndole: ¿Qué maldición nos persigue? Temíamos a los árabes procedentes de oriente hasta que salieron de occidente. Se apoderaron de Al-Ándalus y de sus riquezas a pesar de su grupo reducido. Les contestó: “¡En nuestro juicio de valor, ¡dejadles avanzar! Son semejantes al diluvio que arrastra todo lo que encuentra en su cauce, tienen
proyectos e ideas que superan todo cálculo y corazones muy fuertes, de hierro. ¡Dadles tiempo hasta que llenen sus puños de despojos, ocupen palacios y residencias, disputen el poder y se entrematen entre ellos! En aquel momento podéis acabar fácilmente con ellos. Así fue, a causa de la “fitna” que opuso los baladíes a los chamíes, los beréberes a los árabes y los mudaríes a los yemeníes. Cada uno buscaba apoyo en el campo enemigo para vencer a su vecino y hermano.”
Nos revelan los episodios de la historia otra vez unas faces de altercados, conflictos y venganzas por cuestiones personales. Comportamientos egoístas que desembocaron en decisiones decisivas y cruciales en el transcurso del porvenir de los musulmanes, las tomó esta vez Sulaymán Ibn ‘Abdelmalek Ibn Maruán que sucedió a su hermano Al-Ualíd. Tuvo otra posición frente a Músá, que cuando llegó a tierras de Aššam el califa estaba ya muerto según algunas fuentes históricas. Sin embargo, encontrarlo vivo, agonizando o moribundo no cambia en nada la realidad histórica.
En su camino de regreso con los dos mensajeros del califa Mughíṯ y Naṣr, Músá pidió al primero entregarle el gobernador cristiano de Córdoba que llevaba cautivo. Mughíṯ, amigo de Tareq, se negó diciéndole: “Lo entregaré yo mismo al califa”. Se lo quitó Músá a ellos y lo mató. Furioso del gesto, Mughíṯ se alió a Tareq para actuar juntos más tarde. Algunas fuentes afirman que Sulaymán le pidió retrasar su vuelta a Aššám cuando se enteró del estado de salud crítico de su hermano, esperando recibirle nombrado califa ya. Músá se negó y apresuró su llegada ofreciendo Al Ualíd el quinto de lo ganado y de las riquezas y esclavas. Poco después falleció dejando a su hermano en el trono. Durante los momentos reducidos que pasaron en la corte de Al Ualíd, Intentaban Tareq y Mughíṯ montar Sulaymán contra Músá vengando así su orgullo y revelándole la historia de la mesa de Salomón y del cristiano de Córdoba. Furioso, el nuevo califa recibió a Músá con reproches y le pidió traer la mesa mencionada. Tareq pretendió ser el propietario de la mesa pero cuando Músá refutó su argumento. Le pidió: “Si lo permite, el califa puede preguntarle sobre el pilar original que falta a la mesa”. Músá explicó la historia diciendo que le faltaba cuando la descubrió e hizo fabricar otro semejante. En ese momento Tareq sacó la pieza original demostrándole al califa que fue él quien la descubrió y fue Músá quien se la arrebató mintiendo al califa cuando se la atribuía a sí mismo. El califa ordenó despojarle de todos sus bienes y exponerlo al sol hasta su fallecimiento. Encarcelado, acudió a su amigo Yazid Ibn Al Muhallab, uno de los hombres poderosos y amigo de Sulaymán, pidiéndole ayuda e intervención a cerca del califa, le contestó reprochándole:“Te conocía inteligente y razonable, consciente de las astucias de las guerras y al tanto de cómo disimular las envidias y descontentos, dime ¿cómo caíste en manos de este hombre después de que
habías llegado a tierras de Al-Ándalus poniendo fronteras y mares profundos entre tú y ellos, después de haber gobernado una tierra que descubriste y de cuyas riquezas y gentes te apoderaste? Sabías que el heredero del califato no sería otro que Sulaymán pero a pesar de todo te opusiste a su voluntad y a sus órdenes suscitando la rabia y el rencor de tus aliados, vasallos y de tu jefe? Perplejo, Músá contestó: “hijo de nobles y notables, no es tiempo de reproches ni de enumeración de defectos y fallos, no sabías que cuando llega tu castigo se cierran tus ojos y no lo ves ni lo analizas. Le contestó: ¿no sabías que el abubilla penetra con su mirada la tierra, ve el agua y no percibe la trampa muy cerca a su alcance? Yazid intervino al lado de Sulaymán implorando su perdón hasta que le realizó su deseo y liberó a Músá”.
Algunos aseguran que a pesar de haberle perdonado permaneció retirado de la escena hasta su muerte a los ochenta años acompañando al califa a la Meca. Otros dicen que le perdonó pero le arrebató todos sus bienes materiales, dejándolo miserable mendigando sustento en las tribus árabes.
Desenlace fatal y desastroso de una gran figura histórica y de un gran hombre, una catástrofe para los pueblos que no podían beneficiarse del islam a causa de envidias y conflictos por intereses personales, Músá fue uno de los héroes de esa escena histórica. A pesar de su inteligencia, de su eficacia en convivir con distintas y diferentes culturas y civilizaciones fracasó en tomar la buena decisión, en complacer a los demás y en comportarse amablemente con su jefe, con sus vasallos y sus compañeros, como explicó su amigo Yazíd. En realidad tuvo razón el poeta cuando dijo:
Si Dios no ayuda al hombre
Sería ése, la primera víctima de su esfuerzo
Y agregó otro:
El hombre libre es esclavo cuando codicia
Y el esclavo es libre cuando satisfecho se contenta con lo ganado.
Músá, que Dios se apiade de él, anhelaba y envidiaba, según una fuente histórica: “Músá fue visir de Bišr Ibn Maruán cuando Al Ḥağğáğ fue nombrado gobernador en Iraq en el año 75 de la héjira, fue acusado de robar dinero de Basora y estuvo a punto de caer en sus manos cuando le salvó la intervención de su amigo ‘Abdelazíz Ibn Maruán. Quizá se equivocó en su conducta con Tareq y con Mughíṯ pero no se sublevó nunca contra el califa ni pasó nunca por su juicio lo que su amigo le reprochó. Puede ser la razón también de eso el no haberlo pensado y planificado por no pertenecer a ninguna tribu fuerte o famosa sobre todo en momentos difíciles en que el fanatismo y el extremismo reinaban en las tribus árabes. No pertenecía a una familia real ni tenía linaje de nobleza, como los Baní Maruán que se
hicieron su propio reino en Al-Ándalus más adelante. Músá no fue nada diferente de los demás, hombre al servicio de Um Al Banín Bent ‘Abdellazíz que lo llevó con ella cuando se casó con Al Ualíd Ibn ‘Abdelmalek. En Nafḥ At-Tíb, Al Maqrí nos explica diciendo que Músá no fue nada diferente de los demás hombres detentores del poder, fue envidioso, vengativo, malicioso y las rivalidades abundan en esas características y caracteres. Uno de los jefes repitió la frase siguiente:
No es la cabeza del pueblo quien siente rencor
Pero alteró el orden de las palabras para obtener la frase siguiente: No es la cabeza del pueblo quien deja el rencor.
Si el responsable perdona la falta de disciplina, la insolencia y deja de castigar y recompensar por el mal y por el bien lo pueden calificar de débil y de ingenuo ¿cómo podemos calificar un responsable que no evalúa o perdona el daño que le causa su enemigo mientras éste lo tiene controlado y no se olvidará de él hasta exterminarlo y descansarse eternamente mandándole a su tumba? Y tuvo plena razón quien dijo:
Poner una gota de rocío en el lugar de una espada Es de igual peligro si espada usas en lugar de cariño
Sin embargo, la mejor solución es juzgar las cosas a su propio y justo valor. Personalmente no estoy de acuerdo con la teoría de Al-Maqrí, no son envidia y rencor valor de cortesía ni es débil y tonto el bueno y tolerante. A este propósito el poeta nos recordó:
No es jefe el idiota que manda en su entorno Sino que el jefe es quien finge la idiotez
El perdón, la tolerancia y la inteligencia son bases de todo buen comportamiento capaz de sembrar el amor, la lealtad y el respeto.
Algunas fuentes adelantan que cuando Sulaymán había oído la versión de Tareq a propósito de Músá, le despojó de sus bienes materiales y decidió entregar las riendas de Al-Ándalus a Tareq. Antes de pasar a la acción el califa consultó a Mughíṯ preguntándole sobre la relación de Tareq con los andalusíes y le dijo lo siguiente: “los andalusíes veneran a Tareq y si les recomienda hacer la oración hacia otra dirección que no sea la Meca lo ejecutan sin vacilar”. Cuando Tareq se enteró del asunto comentó a Mughíṯ sabiendo su intención: “¡ojalá hubieras hablado de la insumisión de los andalusíes y no de su obediencia!” Mughíṯ le contestó: “Si me hubieras dejado el cristiano te habría dejado Al-Ándalus, influenciaste a Músá aconsejándole: ¿Cómo podemos dejarle a Mughíṯ volver a Damasco acompañando al cristiano mientras llegamos nosotros con el rabo entre piernas”. No tardó Músá, entonces, en matarlo como hemos mencionado arriba.
Después de Músá deslumbró la figura de su hijo ‘Abdelazíz, que continuó la labor de su padre conquistando nuevos territorios en Al-Ándalus. Volvieron a actuar de nuevo conflictos y rencores. Se casó el hijo con la esposa de Rodrigo, el rey cristiano vencido, llamada Um ‘Acem que pagaba un tributo a cambio de conservar su religión cristiana. Una vez con su nuevo esposo musulmán en la antigua iglesia de Sevilla que transformaron en palacio le preguntó: “¿Por qué no se arrodilla la gente cuando entra a tu corte como hacía con mi ex esposo? Le explicó que no está permitido por la religión islámica, pero para complacerle, por ser su favorita y su preferida, mandó construir una pequeña puerta por la cual deben pasar todos que vienen a verle y así se inclinan para acceder a su corte, comentándole que lo hizo por ella.
Se enteró de lo que hizo el emir, guardando todavía en su pecho una gran rabia y rencor contra los comportamientos anteriores del padre y conspiró con los soldados su asesinato. Lo mataron cuando estaba en la mezquita durante la oración del alba. Salieron llevando la cabeza de Sulaymán. Durante varios años, su sangre permaneció manchando la mezquita que estaba cerca de su casa. Aparecieron así las mujeres en la escena política y desempeñaron un papel primordial en la historia que no dejó bastante información a su propósito en la vida de Al-Ándalus. ‘Abdelaziz heredó un trono que podría explotar a su favor y dejarlo a sus hijos después, pero por su debilidad ante la esposa de su rival y enemigo lo hizo perder. Abrió así brechas por las cuales entraron sus opositores y lo asesinaron. Empezó una nueva etapa de conflictos internos y matanzas entre los musulmanes. Después de su muerte sucedieron al trono de Al-Ándalus más de 17 príncipes en un periodo de cuarenta años. Ninguno de ellos lo hizo heredar a un hijo o familiar. El título más alto que tuvieron todos fue el de “emir”, príncipe. Sin embargo, los conflictos no abandonaron Al-Ándalus y siguieron poblando los episodios de su historia. A ‘Abdellaziz le sucedió en Sevilla el príncipe Ayúb Ibn Ḥabíb Allajmí que era un hombre simpático y razonable. La suya fue una época de paz y de tranquilidad. Lo reemplazó el gobernador de África por Al Ḥur Ibn ‘Abderraḥmán Azzaqáfí pero los tiempos de éste fueron de pleno conflicto y fitna entre árabes y beréberes, los peores acontecieron en Córdoba. Se dirigió con su ejército hacia el norte pero sin alcanzar gran éxito. Otra vez, los conflictos de intereses personales hicieron perder ocasiones de oro a los musulmanes que estaban avanzando en la conquista de nuevos territorios y en la difusión del islam.
Cuando ‘Omar Ibn ‘Abdellaziz fue nombrado califa en Aššam, puso a la cabeza del emirato a un hombre serio, bueno y piadoso, Assamḥ Ibn Malek Al-Juláni, alejando así al que era cruel y duro con los musulmanes y sus soldados. En aquel momento, Al-Ándalus dependía administrativamente del califato en al Mašreq en vez del gobernador de África.
Fue el nuevo emir, un hombre justo y bueno que supo gobernar a los musulmanes y los no musulmanes otorgando los derechos a los esclavos y agricultores e intentando exterminar los conflictos y las envidias internas provocados por intereses personales. El califa pensó salir de Al-Ándalus y dejar esa tierra lejana pero le aconsejaron quedarse para proteger y gobernar a una población considerable de musulmanes.
Otra figura se asentó al trono de Al-Ándalus, ‘Abderraḥmán Al-Gháfiqí que se dirigió con su ejército hacia Francia después de haber atravesado sobre sus caballos llanuras y ríos y llenando sus bolsas de diamantes, joyas, dinero y riquezas. Llegó el momento del enfrentamiento, les aconsejó su jefe dejar una parte del botín y de las riquezas para afrontar ligeros el enemigo, desobedecieron y ocurrió la guerra en Balát de los martirios donde perecieron miles de musulmanes.
Otros instrumentos de guerra fueron utilizados, instrumentos que se resumían en el rencor, el conflicto, la maldad y el egoísmo. Fueron armas más eficaces que la jabalina y la espada. El ejército musulmán se componía de árabes y de una mayoría beréber. Este ejército llevó con él una gran cantidad de despojos. El jefe les ordenó a sus hombres continuar la lucha y dejar las riquezas pero le desobedecieron y optaron por acumularlas y volver sin continuar la guerra. No quiso apretarles temiendo la fitna entre ellos. Las confrontaciones entre los dos bandos duraron días enteros y llegando casi hacia el final surgió una gran catástrofe. Algunos intrusos en el ejército islámico anunciaron la caída de las riquezas en mano del enemigo, lo que les empujó a retroceder protegiendo su despojo. Una saeta le pinchó el corazón a Al-Gháfiqí y cayó sin movimiento, que Dios lo mantenga en su misericordia. Los musulmanes no se pusieron de acuerdo sobre el nuevo jefe y se escaparon de noche dejando a un número considerable de sus compañeros muertos y heridos.
Esta guerra importante y decisiva a nivel mundial constituyó un cauce y vía primordial en la historia de la humanidad a nivel político, científico y cultural y fueron las armas secretas más eficaces que los instrumentos materiales de guerra.
¡Cuánta es numerosa la gente, pero escasa es! Dios sabe que no lo digo en vano
Cuando abro los ojos
Mi mirada cae sobre muchos Pero a nadie veo.
Castillo de Tarifa: Con referencia a Tarif Ibn Málik que hizo una campaña de exploración antes de que Tariq Ibn ziád cruzara el
Las luchas internas
Fue el primer “golpe de Estado”, la primera sublevación en la historia de Al-Ándalus y el comienzo de una verdadera fitna y serias peleas internas que vamos a tratar en este capítulo.
Sucedió Abdullah Ibn Qutn al trono de Al-Ándalus y se dirigió hacia el norte con el objetivo de recuperar las ciudades perdidas y reconquistadas por los cristianos. Fracasó en su plano a causa de su entorno que se interesaba únicamente por sus intereses personales olvidándose de los de la ‘ámma. Fue también un hombre cruel y temeroso, lo que esparció a los andalusíes que lo dejaron solo. Unos grandes conflictos y sublevaciones tuvieron graves consecuencias en algunas tribus. Lo cambiaron por ‘Uqba Al-Ḥağğağ Assalulí, nombrado por el gobernador de África. Era un hombre de buen corazón, justo e inteligente. Devolvió los derechos a sus propietarios y metió en la cárcel a los gobernadores y jefes crueles. En su guerra contra los cristianos aprovechó los instrumentos secretos. Le contactó el duque Maroto deseando su apoyo y colaboración para vencer a Carlomagno que no paraba de vencer y de apoderarse de nuevos territorios. Mandó este último a su hermano para exterminar a los dos jefes cuando se enteró de sus planes y estrategias. Derrotó a los árabes que huyeron volviendo hacia Córdoba. Al-Ḥağğağ no analizó bien la situación y los árabes perdieron así una gran parte de su capacidad material y humana. Con esta derrota otro episodio se suma a las tragedias y dolores de Al-Ándalus. En su intento de recuperar lo perdido, Uqba fracasó perdiendo más tierras y hombres y puso al mando del ejército del norte a ‘Abdelmalek Ibn Qutn para aprovechar su experiencia militar. Sin embargo, el nuevo jefe sólo estaba esperando la ocasión para deshacerse de su superior cuando las derrotas y conflictos caían como lluvia sobre su reino. ‘Abdelmalek encarceló a Uqba y lo mató -otros dicen que falleció en la cárcel-. No importa cómo ha fallecido, lo que merece detenimiento y análisis fue la manera en que se apoderó del gobierno. Por primera vez en la historia de Al-Ándalus se desbanca a un gobernador legítimo sin tener que volver al califa o al gobernador de África. Fue también la semilla de un conflicto racial y doctrinal que se sembró en África y emprendió su camino hacia Al-Ándalus. Los beréberes empezaron a rebelarse en África contra algunos gobernadores árabes que no eran justos ni igualitarios con ellos. Se apoderaron del gobierno y de las riquezas dejándolos al margen, lo que favoreció algunos movimientos llevados por los beréberes para luchar contra la injusticia y la situación de discriminación y desigualdad. La avidez de algunos de sus líderes fue una de las grandes causas del fanatismo racial
y constituyó la primera mecha de un fuego destructible y el comienzo de serias peleas y conflictos internos que profundizaron más la herida sangrante en el cuerpo de Al-Ándalus.
Por su parte, ‘Ubaid-Aláh Ibn Al-Ḥabḥáb, que fue nombrado por el califa gobernador en África, fue un hombre cruel, según Al Uáqidí e Ibn Jaldún. Mandó a su ejército encabezado por Ḥabíb Ibn Abí Ubaida Al-Fihrí para exterminar a los beréberes, despojarles de sus bienes y hombres y salió para matar a sus hermanos, los musulmanes. Con igual comportamiento actuaba su hijo Ismael, quien, como explicaban algunas fuentes trataba a los beréberes como si fuesen no musulmanes recién conquistados: les despojaba de sus riquezas y les imponía tributos.
Esos comportamientos y otros semejantes nos hicieron recordar la poesía de Ali diciendo:
Juro por Dios que la tiranía es sórdida Y permanece la vil víctima
Hacia Dios caminamos el día de la resurrección Y ante Dios se presentarán los litigantes
Gusto perderán los acostumbrados a la beatitud. ¿Cómo pasaron sus noches,
Y qué testimonios revelarán las estrellas?
Los beréberes se sublevaron encabezados por Maisara Al-Mdağrí y realizaron varias hazañas y estrategias de sus planes. En Tánger mataron al gobernador y en Sús a Ismael Ibn Ùbaid Aláh Ibn Al-Ḥabḥáb. Se sublevaron también contra su jefe Maisara, lo mataron y lo reemplazaron por Jálid Ibn Ḥamíd Aznátí. Hermanos enemigos se pelearon entre ellos, beréberes contra musulmanes. Se perdieron musulmanes de los dos bandos y se perdieron muchos hombres y armas que habrían sido relevantes para vencer al verdadero enemigo. Se entremataron por egoísmo y fanatismo que el islam combatió desde su aparición, lejos de practicar sus dogmas y aplicar sus mandatos.
El califa ‘Abdelmalek se enteró de lo que estaba sucediendo y de las matanzas que exterminaban a los suyos, aisló a Ùbaid Alláh Ibn Al-Ḥabḥab, gobernador de África nombrando a su sucesor Kulzúm Ibn Ìyád Al-Qušarí, quien dirigió un ejército encabezado por su sobrino Balağ Ibn Bišr para extinguir las llamas del conflicto y sembrar paz y amor entre los musulmanes. Surgió esta vez también otro tipo de fanatismo: los árabes de África temían a los que llegaron de Aššám y no fueron acogedores con Balağ, que por su parte no les prestó ni consideración ni interés. Los árabes confrontaron esta vez dos ejércitos del califa que se aliaron luego para afrontar a los beréberes. Los árabes fueron derrotados y perdieron muchos de sus hombres entre ellos Kulzúm Ibn Ḥabíb, mientras Baya se escapó a Ceuta.
El califa omeya se dio cuenta del poder beréber y de su fuerte sublevación, mandó entonces a Ḥanḍala Ibn Ṣafuán Al-Kalbí gobernador en África, que se empeñó en apaciguar los conflictos y calmar las furias pero sus esfuerzos fueron en vano. Los beréberes de África se apoderaron del territorio y lo dividieron en pequeños trozos y parcelas sin contribución alguna en la expansión del islam.
Las revueltas raciales
La victoria que llevaron los beréberes musulmanes contra los árabes musulmanes fue motivo capaz de atizar los sentimientos de los beréberes en Al-Ándalus, que constituía y formaba un solo bloque capaz de conquistar la península y transformarla en su verdadera tierra y patria.
‘Abdelmalek Ibn Qutn fue gobernador en Al-Ándalus. Cuando estaba en al Mašreq, asistió a los episodios de la batalla Al-Ḥurra, sucedida durante los dos años anteriores en las afueras de Medina. Muslim Ibn Ùqba Al Marí, nombrado por Yazíd Ibn Muàuia, conquistó Medina, la profanó durante tres días enteros, matando a sus habitantes, violando a sus mujeres, robando su dinero y despojando sus riquezas. Fue una de las guerras más crueles y una de las peores guerras sucedidas en la historia de Al-Fatḥ islámico. Estos acontecimientos dejaron gran miedo y rencor en el corazón de ‘Abdelmalek contra los chamíes. Cuando Balağ fue asediado en Ceuta y le pidió socorro y ayuda, ‘Abdelmalek se acordó del acontecimiento de Medina, de los comportamientos de los chamíes y no hizo caso a su petición. Sentía un gran rencor hacia ellos pero intentaba disimularlo para que no se enterara el califa en Damasco. Perturbado y molesto por los beréberes tuvo que volverse hacia Balağ y sus soldados chamíes que superaban los diez mil combatientes. Negoció su liberación del asedio impuesto por los beréberes en Ceuta y la posibilidad de formar un sólido y único bloque de defensa y ataque contra los beréberes. Se lo prometieron y entraron en sus órdenes, lucharon juntos contra sus hermanos musulmanes y los derrotaron sin piedad. Sucedió una guerra cuyo fuego y leña fueron hombres musulmanes en los dos bandos, su ceniza casas y hogares musulmanes quemados y destruidos, fábricas aplastadas y cultivos exterminados. Con esto, escribió el lápiz de la historia otro folio de una escena triste de una nueva tragedia en Al-Ándalus.
Después de apaciguar la situación y calmar los disturbios, ‘Abdelmalek Ibn Qutn Al-Kahl con noventa años de edad, le pidió a Balağ regresar. Le dio excusas y escondió intereses y codicias pero fue en vano. Se sublevó y reclamó su derecho a gobernar Al-Ándalus siguiendo el consejo de su tío Kulzúm. Se animó a sembrar conflictos y disturbios entre los yemeníes que lo ayudó en contra los mudaríes. El episodio de violencia se reiteró y ‘Abdelmalek asistió otra vez a una profecía que temía, semejante a lo sucedido en Al-Ḥurra. Entró Balay con sus hombres a su casa, lo mataron atando a su derecha un puerco y a su izquierda un perro y lo llevaron sus
servidores de noche para enterrarlo. Fue así cómo ‘Abdelmalek se quedó con el poder junto con los yemeníes.
Acontecimientos semejantes nos revelaba ‘Ali, (Que Aláh ilumine su rostro):
Despareció la lealtad con la noche acabada Y la gente esparcida entre traidor y cambiante Demuestran amor y pureza
Y sus corazones albergan escorpiones e envidias
Así fue el comienzo de las guerras étnicas árabes-árabes o yemeníes-mudaríes y de una tremenda fitna cuyas víctimas fueron los musulmanes que pagaron su precio muy caro, a lo largo de la historia.
La fitna yemení-mudarí
Quizá no podemos ser exhaustivos si tachamos la fitna mudarí-yemení sólo de racial. Intervinieron en ella varios factores e instrumentos secretos basados en el rencor, la crueldad, el egoísmo, la venganza, el monopolio del poder y de las riquezas. A ese propósito dijo el poeta:
No vive tranquila la gente que no tiene dirigente Ni sería adecuado el dirigente si fuese ignorante
Los hijos de Malek, Umaya y Qutn se sublevaron contra Balağ, que asesinó a su padre. Reunieron a su alrededor a los baladíes, muchos beréberes y algunos árabes yemeníes. Se formaron así en Al-Ándalus dos bandos: los chamíes encabezados por Balağ Ibn Bišr y los baladíes y beréberes dirigidos por los dos hijos de ‘Abdelmalek que consideraron a los chamíes conquistadores e intrusos en su territorio. Se estalló la guerra y tuvieron lugar varios enfrentamientos entre ellos. Balağ murió y su ejército continuó la lucha hasta la victoria poniendo a Ṯa‘laba Ibn Saláma Al-Ghudámí al mando del ejército, al que acompañaba durante el asedio de Ceuta.
No fue tolerado Ṯa‘laba y se sublevaron contra él varias regiones en Al-Ándalus, quedándose cada uno como jefe durante un periodo. Pero la codicia volvió otra vez a sustentar la avidez de los distintos bandos y se declararon la guerra de nuevo. Sacudidos al principio, los chamíes reunieron sus fuerzas y derrotaron a sus adversarios. Ṯa‘laba tenía la intención de matar a todos los que cayeron cautivos en sus manos como si no fuesen hermanos musulmanes suyos. En el mismo periodo llegó Abu Al-Jattár Ḥusám Ibn Ḏirár Al-Qalbí nombrado por el gobernador de África. Trató amablemente a Ṯa‘laba y a los hijos de ‘Abdelmalek Ibn Qutn, logró apaciguar durante cierto momento la situación y volvieron a estallar de nuevo los conflictos y disturbios. El fanatismo tribal siguió abonando las tragedias y los dolores de Al-Ándalus, profundizando y haciendo sangrar una herida que dolió mucho a sus hijos. De este tipo de fanatismo y de Abú Al Jattár nos comenta Arrází: “Fue un hombre beduino, excesivo en su fanatismo yemení, odiaba a los mudaríes y por su lado lo detestaban los Beni Qays. Echó de su corte una vez a Aṣṣumayl Ibn Hákim Ibn Ṧamr Ibn Ḏí Al-Ǧaušan, notable y jefe de los Beni Qays. Éste salió furioso y mientras cruzaba la puerta le dijo uno de los Ḥáğib: ¡señor ajuste su turbante! Le contestó amenazando sin parar: Los míos la ajustarán. Movilizó a su gente contra Abi Al-Jattár, acercando a su lado también a oponentes yemeníes
envidiosos y rencorosos y esperando la ocasión para vengarse de Abi Al-Jattár. Lo expulsaron de su cargo, y lo reemplazaron por Zaubah Ibn Salámah Al-Ghuḏámí, yemení pero detestaba a Ibn Al-Jattár por haberle destituido del gobierno de Sevilla. Sin embargo, logró Ibn Al-Jattár escaparse de la cárcel y reunir a sus hombres para luchar contra los qaisíes dirigidos por Assumayl y los yemeníes encabezados por Zaubah. Esta vez también fue derrotado y encarcelado pero lo perdonó su rival cuando fue abandonado por sus hombres.
Dos años más adelante Cauba murió y los distintos bandos se disputaron otra vez el poder atribuyéndose la legitimidad cada uno de ellos. Permanecieron en un caos total ante la impotencia del califa que no encontró remedio a esta situación conflictiva, ante la debilidad de los omeyas y el fortalecimiento de los abasíes.
Los dos bandos se pusieron a gobernar de manera rotativa anualmente, nombraron con unanimidad a Yúsuf Ibn ‘Abderraḥmán Al-Fihrí, que los traicionó, violó el compromiso y se quedó con el poder. Los yemeníes se sometieron escondiendo su rencor y su venganza y esperando la ocasión para acabar con Yúsuf.
Este periodo de la historia de Al-Ándalus se caracterizó por una gran pérdida moral y física, una pérdida de hombres, tierras y riquezas, además de graves catástrofes y derroches a nivel científico y cultural que si no fuese el caso hubieran beneficiado a la humanidad entera y contribuido a iluminar los corazones y las razones.
Sucedieron guerras feroces entre mudaríes y yemeníes que provocaron enormes pérdidas en hombres y en provisiones de guerra. Los enfrentamientos fueron provocados por envidias tribales, fanatismos, rivalidades, egoísmos y monopolio del poder y de las riquezas para favorecer intereses personales opuestos al bien público y al interés común. Permaneció la situación idéntica hasta la llegada de ‘Abderraḥmán Addájil a Al-Ándalus.
Los musulmanes entraron a tierras nuevas para difundir el islam, alzar la palabra y la bandera de Dios, sin ninguna distinción entre secta, etnia, color o raza, compartiendo la misma palabra de Dios, pero los vemos matándose, intrigando cada uno contra el otro, riñéndose por el poder, guiados por instrumentos secretos de crueldad, rencor y llamas de venganza, cuya leña la constituían los hombres y sus riquezas. Sin embargo, esto no fue más que uno de los episodios trágicos de la historia de Al-Ándalus.
Europa necesitaba en aquel momento un gran saber y conocimiento, cuando vivía en la sombra de la ignorancia y del desconocimiento. En aquella época, los musulmanes eran capaces de trasladarles los saberes y conocimientos de las civilizaciones y pueblos anteriores. Sin embargo, en
vez de dirigir su fuerza a este campo se entremataron entre ellos y perdieron los dos mundos, el paraíso y la vida mundana retrocediendo así el desarrollo científico y cultural.
Los musulmanes perdieron la ocasión de introducir en Europa muchos de sus logros e ideas y ojalá hubieran leído y entendido antes los versos de ‘Ali Ibn Abi Tálib que dijo:
¡Oh vanaglorioso ignorando su linaje
Que sepa que todos descendemos de madre y padre! ¿Fueron creados de palta, de hierro, de cobre o de oro? Salieron de tierra y de huesos, carne y nervios se formaron El orgullo sería por acto glorioso
Vista panorámica de Gibraltar que constituía el punto de entrada de los musulmanes en Al-Ándalus, al pie de la montaña se sitúa una
CAPÍTULO
SEGUNDO
El Estado omeya en Al-Ándalus
‘Abderraḥmán Addájil
Hišám Ibn ‘Abderraḥmán
Al-Ḥakam Ibn Hišám
‘Abderraḥmán Ibn Al-Ḥakam (Al-ausat)
Muḥammad Ibn ‘Abderraḥmán Al-ausat
Al-Munḏir Ibn Muḥammad Ibn ‘Abderraḥmán
Abdul-láh Ibn Muḥammad Ibn ‘Abderraḥmán
‘Abderraḥmán Annáṣir
Al-Ḥakam Ibn ‘Abderraḥmán Annáṣir (Al-Mustanṣir)
Hišám Al-Mu’ayyad Billáh
El Estado omeya en Al-Ándalus
El Estado omeya en Al-Ándalus marca uno de los periodos más estables de la historia andalusí pese a los problemas, luchas y dolores que sufrió.
Antes de bucear en este agitado mar, hagamos una breve parada para examinar algunos acontecimientos que marcaron el periodo omeya en Oriente. En este periodo, las conquistas se prolongaron hasta alcanzar su apogeo y se estabilizaron durante algún tiempo antes de empezar a deteriorarse. Tal situación duró unos decenios, tiempo equivalente a lo que sería la media de vida de un ser humano. Es posible distinguir tres importantes huellas del Estado omeya en Oriente, las cuales se extienden hasta el presente. La primera es el paso de la autoridad de la elección consensuada a su obtención a través de contiendas y guerras; de ahí aquel doloroso drama cuyos efectos siguen siendo apreciables: el asesinato de Al-Ḥusain Ibn ‘Alí Ibn Abí Tálib –Aláh esté Satisfecho de él- en Karbalá, así como el asesinato de muchos de sus hijos y hermanos y un número no despreciable de miembros de la familia del Profeta. De ahí también la batalla de Al-Ḥurra que tuvo lugar en Medina, la ciudad del Profeta –Aláh le bendiga y salve- pues el Omeya Yazíd ibn Mo‘áuia mandó tropas bajo el mando de Muslim Ibn ‘Oqba Al-murrí, el cual permitió que esas tropas cometieran numerosos abusos y crímenes en la ciudad antes de marchar sobre la Sagrada Meca donde volvieron a cometer tantos y tantos excesos, lo cual acentuó la desunión y la discordia entre musulmanes.
La segunda huella o repercusión consiste en la ampliación de las conquistas, lo cual hizo que numerosos pueblos y comunidades adhiriesen a la religión de Aláh, permitiendo que tal hecho se prolongase hasta el presente, lo cual es, sin lugar a dudas, una repercusión sumamente admirable.
La tercera es la caída de su Estado a manos de Abú ‘Abbás As-saf-fáḥ que supo utilizar el odio y el deseo de venganza que se experimentaba por el asesinato de Al-Ḥusain, así como los abusos de los cuales fue víctima la ciudad del Profeta –Aláh le bendiga y salve- en la batalla de Al-Ḥurra. Así, pudo colocar en todas partes a sus ayudantes y espías cuando a su tío Abdalláh Ibn ‘Alí se le confió la misión de perseguir a los omeyas y pudo asesinar a un gran número de notables y seguidores omeyas e incluso a mujeres y niños. A aquellos que habían huido por miedo a él, les prometió el perdón y así los tuvo un año antes de reservarles una muerte terrible cuyos horrores recoge el poeta diciendo:
No te fíes de los hombres que ves /
Pues hay un mal que mata bajo las costillas Si bajas la espada y el látigo levantas / A los omeyas verás sobre sus espaldas.
Bien puede ser que le pusieran el apodo de “Assaffáḥ” (el sanguinario) por haber dicho él mismo en la mezquita de Al-cúfa cuando se le juró obediencia: “pues yo soy el sanguinario permisivo y el rebelde invencible”.
‘Abderraḥmán
Addájil
Aláh dispuso que de esa persecución se salvara un joven omeya: ‘Abderraḥmán Ibn Mu’áuia Ibn Hišám Ibn ‘Abdelmalik, apodado ‘Abderraḥmán Addájil, que ocuparía un lugar preferente en la historia de Al-Ándalus; un joven que vivió con su abuelo Hišám Ibn ‘Abdelmalik tras la muerte de su padre Mu’áuia. Su madre era una beréber llamada “Ráḥ” que había sido cautiva en la casa califal en Damasco.
‘Abderraḥmán se salvó de la persecución de los abasidas tras haber cruzado el río a nado, luego su hermana “Ummu l-iṣba” le mandó algún dinero con sus seguidores Badr y Sálim, tras lo cual se dirigió a Marruecos donde lo recibieron sus tíos maternos “Nafza” que eran beréberes de Al-Ándalus. Al llegar a Ifríquia, se enteró de su llegada su gobernador ‘Abderraḥmán Ibn Ḥabíb que ordenó su persecución; y a punto estuvo de ser apresado pero se salvó nuevamente cumpliéndose así uno de los designios de Aláh.
Lo acogió una tribu beréber; hay quien dice que se trata de los “Zanáta”; otros dicen que eran los “Maknása”, mientras que un tercer grupo afirman que se trata de los “Mghila”. Independientemente de cuál fuera la tribu que lo acogió, el caso es que se cumplió su objetivo y ‘Abderraḥmán pudo mandar con Badr unos mensajes a los andalusíes, los cuales prepararon su llegada de modo que la situación política fuera propicia a su entrada, pues los odios y las intrigas entre los yemeníes y los mudaríes eran tales que los primeros sólo esperaban la oportunidad de asaltar a los últimos, bajo el mando de Yúsuf Ibn ‘Abderraḥmán Fihrí, gobernador de Al-Ándalus, y su aliado “Aṣ-ṣomail”.
‘Abderraḥmán Addájil entró en Al-Ándalus tras haberle preparado Badr el terreno para ello. Los yemeníes se apresuraron en aliarse con él, movidos por sus deseos de vengarse de sus enemigos los mudaríes. También se aliaron con él algunos gobernantes como Ibn Musáuir, ‘Uṯáb Ibn ‘Alqama Al-lájmí e Ibn Aṣ-Ṣabáḥ. Por otra parte, y mientras Yúsuf Ibn ‘Abderraḥmán invadía “Halíqía”, se enteró de su aparición por lo que decidió volver. Entonces, su aliado Aṣ-ṣomail Ibn Hátim le aconsejó que lo cortejara antes de traicionarlo porque era joven y falto de experiencia. Pero éste era demasiado precavido como para ser traicionado con facilidad y ése fue el inicio del fracaso de Yúsuf Ibn ‘Abderraḥmán Al-Fihrí, agravado por la pérdida de sus antiguos aliados los mudaríes que se unieron a ‘Abderraḥmán Addájil dejando desguarnecidas las tropas de Yúsuf que, a