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Los Banú ‘Abbád en Sevilla

In document Los dolores de Al-Ándalus (página 140-146)

Árabes de pura cepa, los Banú ‘Abbád son originarios de la tribu de los Lajm, de Al-‘Aríš en Egipto. Su primer antepasado llegó con Balay Ibn Bišr Al-Qušayrí. Los dos grandes historiadores Ibn Ḥayyán e Ibn Bassám difieren al describir la dinastía de los Banú ‘Abbád debido a la diferencia de las circunstancias en que vivió cada uno de ellos. Ibn Ḥayyán era contemporáneo de los Banú ‘Abbád, mientras que Ibn Bassam vivió algún tiempo después de su final. Por eso, vemos que Ibn Ḥayyán es bastante comedido cuando habla de ellos, probablemente por temor hacia ellos o por interés, mientras que en Ibn Bassám se nota mayor libertad e independencia.

Los Banú ‘Abbád empezaron a cobrar importancia con su antepasado el Juez Ismá‘íl Ibn ‘Abbád que gastaba de su propio dinero y de sus cosechas particulares. No sirvió a ningún sultán ni cobró ningún dinero de nadie. Era conocido por su cordura y sensatez, sus conocimientos y su sabiduría así como por su astucia y su clarividencia y oportunismo.

Eran tiempos de caos y desorden en Córdoba cuando Ismá‘íl Ibn ‘Abbád, Juez de Sevilla estaba reuniendo las cuentas del rosario a la espera de poderlas ensartar, cuando estuviera seguro de que se había acabado el califato y desunido la comunidad. Era buena persona y alejado del orgullo excesivo que le pudiera infundir su extrema riqueza. Se hizo cargo del puesto de jefe de la policía en tiempos de Hišám Al-Mu'ayyad antes de ser Juez. Era extremadamente generoso, lo cual le era posible gracias a su enorme riqueza. Su riqueza le ayudó mucho en la preparación, su inteligencia en la administración y la gestión, su ciencia y su saber le ayudaron en la toma acertada de decisiones. Cuando se hizo mayor, perdió la vista y vio que el cuerpo ya no le permitía seguir asumiendo las responsabilidades que había asumido toda su vida. Delegó en su hijo y se las arregló para que éste fuera nombrado Juez en su lugar. Al-Qásim Ibn Ḥammúd, que entonces era gobernador de Sevilla accedió a nombrarlo Juez tras la muerte de su padre Ismá‘íl. Cuando Al-Qásim Ibn Ḥammúd se fue a Córdoba para hacerse cargo del califato allí con el nombre de “Al-Musta‘lí, a Muḥammad Ibn ‘Abbád le quedó despejado el camino. Eligió a tres responsables para que se hicieran cargo de los asuntos de Sevilla, lo cual hicieron de la mejor manera posible. Cuando Al-Qásim fue depuesto en Córdoba, volvió a Sevilla, pero Muḥammad Ibn ‘Abbád y sus seguidores le cerraron las puertas de la ciudad a él y a sus hijos y acordaron con él darle dinero con la condición de que se mantuviera al margen y no entrara en

Sevilla aunque se seguiría pronunciando el sermón del viernes en su nombre.

De este modo, Muḥammad Ibn ‘Abbád se hizo con el gobierno en Sevilla. Así comenzaron nuevos dolores andalusíes en la época de las taifas y que terminarían del modo que se conoce.

El primer estandarte de guerra que levantó Muḥammad Ibn ‘Abbád fue contra los Banú Aftas que gobernaban Ptolemus al norte de Sevilla. El gobernador de Carmona compartía con Muḥammad Ibn ‘Abbád el miedo a los Ḥammúd, pero acabaron uniéndose para luchar contra Ibn Al-Aftas por la ciudad de Beja.

La segunda campaña fue nuevamente contra los Banú Al-Aftas, pues Muḥammad Ibn ‘Abbád pensó que podía aplastarlos, por lo que mandó a su hijo encabezando unas importantes tropas, pero las cosas no salieron como esperaba: su hijo Ismá‘íl perdió la vida junto con un gran número de combatientes musulmanes a manos de otros combatientes musulmanes. Era una nueva tragedia que se sumaba a las muchas tragedias que tuvo que sufrir Al-Ándalus en esta época de las taifas.

Conviene señalar que Muḥammad Ibn ‘Abbád fue el primero en inventarse la mentira de la tercera vuelta de Hišám Al-Mu'ayyad, pues pretendió que había podido escapar a la persecución del califa Sulaymán Al- Musta‘ín, que no murió, que fue a Oriente y volvió de allí. Tal mentira se extendió cual fuego en la leña y muchos emisarios fueron enviados para averiguar la veracidad de tal noticia. Entonces, Ibn Yahuar y sus seguidores falsificaron testimonios para que la noticia fuera dada por cierta. Más tarde, cuando Ibn Yahuar tuvo resueltos sus problemas y consolidada su autoridad, entonces fue cuando anunció la muerte de Hišám. Era la tercera muerte del califa que llevaba este nombre y tal vez fuera la última de sus muertes, pues cuántas veces murió y cuántas veces rompió la mortaja y salió de la tumba antes de que fuera el Día del Juicio.

El Juez Muḥammad Ibn Ábbád era ambicioso y astuto, con una inteligencia sin par, quitaba dando la impresión de estar dando, volaba dando la impresión de estar cayendo; era poeta y su poesía da cuenta de su enorme ambición y su amor desmesurado por el poder y la riqueza al mismo tiempo que de su religiosidad.

Después de Muḥammad Ibn Ismá‘íl Ibn ‘Abbád, su hijo ‘Abbád se hizo con el poder en Sevilla y cogió para sí mismo el título de Al-Mu‘tadid Billáh. Tenía apenas dieciséis años de edad. De él dice Ibn Bassám en Addajíra: “El poder acabó en manos de su hijo en el año treinta y tres. Primero tomó el nombre de Fajr Addaula, luego lo cambió por el de Al- Mu‘tadid. Fue el eje y el centro del caos y la calamidad que se abatió sobre Al-Ándalus. Era un hombre sin principios ni fe. De él no se salvó nadie, ni

cercanos ni lejanos; era tirano y cruel, lleno de contradicciones, era provocador, traidor y opresor. Todos se mancomunaron contra él, pero él pudo con todos e hizo que su influencia fuera en aumento hasta alcanzar el poder. Lo inició asesinando a Ḥabíb, el visir de su padre antes de dar rienda suelta a su inmensa ambición. Era un veneno rápido, una flecha certera; en todas partes tenía espías e informadores. Su paz era de temer porque era efímera.”

En cambio, Ibn Ḥayyán, que era contemporáneo de los Banú ‘Abbád, lo elogiaba ocultando sus defectos y encontraba pretextos y excusas a sus yerros y abusos. Pero la verdad es que era un tirano sin par. Tal vez sea suficiente señalar para los lectores algunos de sus escándalos inéditos, salvo tal vez aquellos protagonizados por Ibn ‘Abd Al-Yabbár, apodado Al- Mahdí.

Al-Mu‘tadid mandó disponer un jardín con las cabezas de sus enemigos, todos ellos musulmanes, adornando con ellas su palacio y disfrutando él con su vista. Encima de cada cabeza estaba el nombre de la víctima… ¡musulmana! De él dice el autor de Al-Muqtabas: “lo más curioso de las noticias extraordinarias y en extremo raras de este personaje es que acabó obteniendo lo que quería: acabó derrotando a aquellas naciones tiranas y se retiró a administrar sus asuntos sin tener que volver a mirarles la cara, gestionando aquellos asuntos desde el fondo de su palacio. Cada vez que marchaba sobre un enemigo, le bastaba una o dos campañas para acabar con él y volver otra vez a su antro para seguir administrando sus asuntos desde el interior del palacio. Dedicaba sus días a la gestión y la administración y sus noches a disfrutar de sus éxitos bebiendo a sorbitos las copas que celebraban sus victorias sobre los enemigos cuyas cabezas acababan en su jardín, con las orejas cortadas y el nombre de quien las tenía sobre el cuello. Disfrutaba viéndolas llegar al jardín y disfrutaba más contemplándolas y contemplando cómo su poder aumentaba día tras día teniendo en cada asunto su parte, en cada corazón oído y vista. Nadie podía sustraerse a su influencia ni escapar a su represalia, y así siguió desde su principio hasta su final.”

De entre aquellas cabezas había tres que gozaban de cuidados particulares porque Al-Mahdí no quería que se deteriorasen, por lo que mandó que fueran tratadas con todo tipo de productos de preservación y protección. No lo hacía así por respeto a los muertos sino porque quería prolongar lo más posible el tiempo de regodeo y fruición teniéndolas en su jardín. Eran las cabezas de sus enemigos el califa Yahyá Ibn ‘Alí Ḥammún y Moḥammed Al Barzalí, así como las cabezas de los chambelanes Ibn Núḥ e Ibn Jazrún y otras cabezas, todas ellas de musulmanes, ilustrando así de modo clarísimo la situación de Al-Ándalus en ese periodo de los reinos de taifas, y las tragedias que afectaron por igual a grandes y pequeños, a gobernadores y gobernados y a los ámbitos públicos y privados.

Ibn ‘Abbád estaba dotado de belleza física, buen porte, astucia y sinceridad así como de una gran capacidad de negociar y convencer, lo cual le permitía tener éxito y superar a sus rivales en todo. También se cuenta que tenía gran afición a las mujeres llegando a tener más de setenta concubinas de varias nacionalidades. Una de las atrocidades cometidas por Al-Mu‘tadid consistió, cierta vez, en invitar a determinado número de emires musulmanes de las regiones cercanas. Tres de ellos acudieron a la invitación acompañados por doscientos jinetes. Al-Mu‘tadid los recibió de la mejor manera e instaló a los emires en uno de sus palacios. Llegado al tercer día, los invitó a su asamblea y empezó a reprocharles el no haber demostrado mayor voluntad y empeño en la lucha contra sus enemigos. Cuando quisieron replicar, los mandó prender, los encadenaron y los pusieron en la cárcel requisando sus armas, sus pertenencias y sus caballos. Tiempo después de su encarcelamiento ordenó que fueran introducidos en el baño antes de prenderle fuego muriendo todos ellos en el incendio.

Ibn ‘Abbád sometió a todos los pequeños emiratos limítrofes extendiendo así su zona de influencia y gobierno. En todas sus campañas hacía alarde de una crueldad sin límites y una ausencia absoluta de temor de Aláh.

Entre las tragedias que añadió él a la historia de los dolores de Al- Ándalus está el hecho de haber asesinado a su propio hijo, y príncipe heredero, Ismá‘íl. Éste había recibido la orden de su padre de ir a Córdoba pero se negó a hacerlo. Obligado por su padre a acatar la orden dada, el hijo acudió al visir de su padre Muḥammad Ibn Aḥmad Al-Bazliání que le aconsejó salir a las afueras de Sevilla. Ismá‘íl reunió el dinero que pudo reunir y salió acompañado de su madre y sus esposas y concubinas, amparados por la oscuridad de la noche. Cuando su padre se enteró del asunto, mandó a sus guardias tras él. Ismá‘íl pudo alcanzar uno de los castillos y pidió protección al dueño del lugar que se la concedió antes de escribir al padre diciéndole que su hijo estaba arrepentido de lo que había hecho y que pedía perdón. El padre accedió aunque encarceló al hijo previa recuperación del dinero que había cogido. Después se volvió hacia el visir a quien sentenció condenándolo a muerte, como también mandó decapitar a todos los que acompañaron a Ismá‘íl en su intento fallido. Asustado, Ismá‘íl planeó asesinar a su padre con ayuda de uno de sus eunucos, pero el padre, que no bajaba nunca la guardia, se enteró de los proyectos de su hijo, lo mandó traer en su presencia y él mismo le dio muerte, escondió su cadáver, decapitó a algunos de sus sirvientes y allegados y amputó a otros de un brazo o una pierna. Luego ordenó a Ibn ‘Abd Albarr que escribiera una carta a los gobernadores y emires de Al-Ándalus para justificar lo que había hecho. Hablaba de su hijo en los siguientes términos: “el maldito y desviado, desgraciado y desobediente Ismá‘íl, mi hijo por juramento de fidelidad no por amor, mi descendencia por naturaleza no por convicción ni

doctrina”, hasta que decía: “los hijos pueden ser causa de la desgracia de sus padres, pueden esconder para con ellos las peores intenciones”.

La verdad es que él no era el primero en dar muerte a su progenitura. Antes que él lo habían hecho el califa Annáṣir con su hijo y el chambelán Al-Manṣúr Ibn Abí ‘Ámir, movidos por su desmedida ambición y su apego al poder y olvidándose del temor al Altísimo –Alabado y Ensalzado sea-.

Aquí debemos saber cuál fue la actitud de este tirano para con el rey cristiano de Castilla Fernando Primero. Este rey observaba con tranquilidad lo que ocurría en Al-Ándalus y esperaba la oportunidad para lanzarse al ataque. Así lo hizo primero en Toledo derrotando al gobernador Al-Má’mún Ibn Ḏí-nnún y obligándolo a pagar tributo, antes de lanzarse sobre Ptolomeo y Sevilla, obligando a Al-Mu‘tadid Ibn ‘Abbád a pagar él también el tributo. El que era león con los musulmanes se convertía así en ratón con los cristianos. El aventurero valiente y temido entre sus hermanos musulmanes se convirtió en cobarde y temeroso frente al rey de los cristianos. Aquel tirano cruel que más temían los gobernadores de las taifas se había vuelto el más vil de los viles ante el rey cristiano de Castilla.

Esta es, pues, la situación de los reyes de taifas: duros con sus hermanos y amigos, blandos con sus enemigos y aterrorizados ante estos últimos. Tanto era así que llegaron a pagar al rey de Castilla un tributo que servía para fortalecerlo más y más en su lucha contra ellos. ¿Existe mayor tragedia y mayor dolor que éste?

Al-Mu‘tadid murió a consecuencia de un ataque cardíaco que sufrió tras la muerte de una de sus hijas preferidas. Había gobernado durante veintiocho años. Después de su muerte, su hijo tuvo que asumir la responsabilidad de gobernar, abriéndose así otro ciclo de extraordinarios sucesos.

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