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Selección de cuentos

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© 2012, Ministerio de Educación de la Nación Pizzurno 935, CABA

Impreso en la Argentina

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

COORDINACIÓN DE MATERIALES EDUCATIVOS Gustavo Bombini

RESPONSABLE DE PUBLICACIONES Gonzalo Blanco

TRADUCCIÓN Pablo Fernández

DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN Paula Salvatierra CORRECCIÓN Gabriela Nieri

DIRECTORA DE EDUCACIÓN SECUNDARIA Lic. Virginia Vazquez Gamboa

Poe, Edgar Allan

Selección de cuentos de Edgard Allan Poe. - 1a ed. - Buenos Aires : Ministerio de Educación de la Nación, 2012.

124 p. : il. ; 20x14 cm. ISBN 978-950-00-0975-1

1. Narrativa Estadounidense. 2. Cuentos. I. Título CDD 813

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ÍNDICE

Manuscrito hallado en una botella

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El gato negro

El extraño caso del Sr. Valdemar El corazón delator

El barril de amontillado

La máscara de la muerte roja

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No espero ni solicito credulidad para la más feroz y, sin em-bargo, simple narración que me dispongo a escribir. Realmente estaría loco si la esperara, cuando mis propios sentidos rechazan su evidencia. Sin embargo, no estoy loco, como también estoy seguro de no estar soñando. Pero mañana moriré y hoy quisiera descomprimir mi alma. Mi propósito inmediato es mostrar ante el mundo, llana, sucintamente y sin comentarios, una serie de me-ros incidentes hogareños. En sus consecuencias, estos incidentes me han aterrorizado, me han torturado, me han destrozado. Sin embargo, no intentaré explicarlos. Para mí solo han representado el horror; a otros les parecerán menos terribles que barrocos. En tiempos próximos, quizás, podrá hallarse alguna mente que reduz-ca mis fantasmas a un mero lugar común; alguna mente más reduz- cal-ma, más lógica y mucho menos excitable que la mía, que percibirá en las circunstancias que yo detallo con pavor, nada más que una sucesión ordinaria de causas y efectos muy naturales.

Desde mi infancia llamé la atención por la docilidad y el hu-manitarismo de mi carácter. Mi ternura de corazón era tan cons-picua que llegó a convertirme en objeto de burla de mis compa-ñeros. Me agradaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad de mascotas. Pasaba con ellas la mayor parte de mi tiempo, y nunca era tan feliz como cuando las alimentaba y acariciaba. Este rasgo de carácter creció con mi desarrollo, y, en mi adultez, yo obtenía de eso, una de mis prin-cipales fuentes de placer. A quienes han disfrutado el afecto de un perro fiel y sagaz, casi no necesito explicarles la naturaleza o la intensidad de gratificación que de allí se desprende. Hay algo en el amor desinteresado y abnegado de un animal que va directa-mente al corazón de quien con demasiada frecuencia ha probado la mezquina amistad y la tenue fidelidad del hombre.

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procu-rármelas de las mejores especies. Tuvimos pájaros, peces dorados, un perro fino, conejos, un mono pequeño y un gato.

Este último era un animal grande y hermoso, enteramente negro, y de una inteligencia sorprendente. Hablando de su sa-gacidad, mi esposa, que en el fondo era algo supersticiosa, hizo frecuentes alusiones a una antigua creencia popular que conside-raba a todos los gatos negros como brujas disfrazadas. No quiero decir que lo afirmara siempre con seriedad, y si lo menciono es solamente porque lo he recordado en este momento.

Plutón –ese era el nombre del gato– era mi mascota

predilec-ta y mi compañero de juegos. Yo solo le daba de comer y él me seguía a cualquier lugar al que yo fuese de la casa. Incluso me resultaba difícil poder disuadirlo de que no me siguiese a través de las calles.

Nuestra amistad duró, de esa manera, varios años, durante los cuales mi temperamento general y mi carácter –a través de la intemperancia del demonio– hubo experimentado, me sonro-jo al confesarlo, una alteración radicalmente funesta. Día a día me hice más taciturno, más irritable, menos considerado de los sentimientos de los otros. Me permití usar un lenguaje violento hacia mi esposa. Finalmente, incluso la amenacé con la violencia física. Mis mascotas, por supuesto, notaron el cambio de mi dis-posición. No sólo las descuidaba, sino que las maltrataba. Para

Plutón, sin embargo, yo todavía conservaba consideración

sufi-ciente como para no maltratarlo, en tanto que no tenía reparos para maltratar a los conejos, al mono, o incluso al perro, cuando, por accidente, o por afecto, se interponían en mi camino. Pero mi enfermedad empeoró –porque ¡qué enfermedad es el alcohol!– y finalmente hasta Plutón, que ahora estaba envejeciendo, y conse-cuentemente estaba algo malhumorado, comenzó a experimentar los efectos de mi irascible temperamento.

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al temer mi violencia, infligió con sus dientes una delgada heri-da sobre mi mano. La ira de un demonio instantáneamente se apoderó de mí. Ya no me conocí. Mi alma originaria, pareció, enseguida, tomar vuelo de mi cuerpo; y una maldad más que diabólica, nutrida de ginebra, hizo estremecer cada parte de mi cuerpo. Tomé del bolsillo de mi chaleco un cortaplumas, lo abrí, apresé a la pobre bestia por el cuello, ¡y deliberadamente le salté uno de sus ojos de la cuenca! Me sonrojo, ardo, tiemblo, mientras escribo la atrocidad que cometí.

Con la mañana recobré el sentido –cuando el descanso ha-bía eliminado los vahos de la lujuria nocturna– experimenté un sentimiento mitad de horror y mitad de remordimiento por el crimen del cual había sido culpable; pero fue, en el mejor caso, un sentimiento endeble y equívoco, y el alma permaneció intacta. Otra vez me sumergí en el exceso, y pronto ahogué en el vino toda memoria del hecho.

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aquello que es Ley, simplemente porque lo entendemos como tal? Y así fue, ya que este espíritu de perversidad trajo mi ruina final. Fue este insondable anhelo del alma por torturarse, de violen-tar su propia naturaleza, de hacer el mal por el sencillo gusto de hacerlo, lo que me urgió a continuar y finalmente consumar la injuria que había infligido a la inofensiva bestia. Una mañana, a sangre fría, pasé un lazo alrededor de su cuello y lo colgué en la rama de un árbol; lo colgué con las lágrimas brotando de mis ojos, y con el remordimiento más amargo en mi corazón; lo col-gué porque sabía que me había amado, y porque sentía que no me había otorgado razón para hacerlo; lo colgué porque sabía que haciendo eso cometía un pecado –un pecado mortal que arries-garía mi alma poniéndola, si tal suceso fuera posible, incluso más allá del alcance de la infinita misericordia del más misericordioso y terrible Dios.

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atención. Las palabras “extraño”, “peculiar” y otras expresiones si-milares excitaron mi curiosidad. Me acerqué y vi, como si estuvie-ra gestuvie-rabado un bajorrelieve sobre la superficie blanca, la figuestuvie-ra de un gato gigante. La imagen era de una exactitud verdaderamente maravillosa. Había un lazo alrededor del cuello del animal.

Cuando contemplé por primera vez esta aparición, porque no podía considerarla otra cosa, mi sorpresa y mi terror fueron ex-tremos. Pero finalmente la reflexión vino en mi auxilio. Recordé que al gato lo había colgado en el jardín adyacente a la casa. Lue-go de la alarma de fueLue-go, este jardín había sido inmediatamente cubierto por la multitud, alguien debía de haber cortado el lazo del animal para sacarlo del árbol y lo había arrojado, a través de mi ventana abierta, al interior de mi habitación. Probablemente esto se había hecho con vistas a despertar mi sueño. La caída de las otras paredes había comprimido a la víctima de mi crueldad dentro de la sustancia del revoque recién renovado; cuya cal, jun-to con las llamas y el amoníaco del cadáver, había efectuado luego el retrato que acababa de ver.

Aunque de este modo satisfice rápidamente mi razón, no así a mi conciencia, porque el pasmoso hecho recién detallado no dejó de hacer una profunda impresión en mi imaginación. Durante meses no pude librarme del fantasma del gato; y, durante este pe-ríodo, volvió a mi espíritu un ambiguo sentimiento que parecía, pero no era, remordimiento. Llegué hasta deplorar la pérdida del animal y me busqué, en los rodeos viles que ahora habitualmente daba, otra mascota de la misma especie, y de apariencia un tanto similar, con la cual reemplazar su lugar.

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sorpresa era el hecho de no haber percibido antes el objeto que había allí arriba. Me acerqué y lo toqué con mi mano. Era un gato negro –uno muy grande–, tan grande como Plutón, e ín-timamente semejante a él en todos los aspectos menos en uno.

Plutón no tenía pelo blanco sobre ninguna porción de su cuerpo;

pero este gato tenía una gran, aunque indefinida mancha de co-lor blanco, cubriendo casi toda la región del pecho.

Cuando lo toqué, inmediatamente se desperezó, ronroneó cuidadosamente, se frotó contra mi mano, y pareció deleitado con mi atención. Entonces, esta era la criatura que había estado buscando. Inmediatamente ofrecí comprárselo al dueño; pero me contestó que ese gato no era suyo: no sabía nada de él, ni nunca lo había visto antes.

Continué con mis caricias, y cuando me preparé para volver a casa, el animal mostró intenciones de acompañarme. Permití que lo hiciera; deteniéndome en ocasiones y palmeándolo cuan-do avanzaba. Cuancuan-do llegamos a casa lo cuan-domestiqué enseguida, y se convirtió inmediatamente en el gran preferido de mi mujer.

Por mi parte, pronto le tomé antipatía. Esto era justo lo con-trario de lo que yo había anticipado; pero –sin saber cómo ni por qué– su afecto evidente hacia mí me disgustaba y me ba. Con lentos avances, estos sentimientos de desagrado e irrita-ción se elevaron hasta la amargura del odio. Evitaba a la criatura; un atisbo de vergüenza y remembranza de mi primer hecho de crueldad, me impedía ser malvado con él. No lo golpeé por al-gunas semanas ni usé otra clase de violencia con él; pero gradual-mente –muy gradualgradual-mente– llegué a mirarlo con una aversión inexpresable y huir silenciosamente de su presencia, como de un hedor pestilente.

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he dicho, poseía en un alto grado esos sentimientos humanitarios que una vez había sido mi trato distintivo, y la fuente de muchos de los placeres más puros y simples– lo quisiese más.

Junto con mi aversión hacia el gato, sin embargo, su debilidad hacia mí parecía crecer. Seguía mis pasos con una insistencia que sería difícil hacérsela comprender al lector. Dondequiera que me sentara, él se agazapaba debajo de mi silla, o saltaba sobre mis ro-dillas, cubriéndome con sus odiosas caricias. Si yo me incorporaba para caminar, él se metía entre mis pies y, de este modo, casi me tiraba, o fijando sus largas y arqueadas uñas en mi ropa, escalaba, de este modo, hasta mi pecho. En tales ocasiones, aunque deseaba destruirlo con un golpe, me reprimía de hacerlo, en parte por el recuerdo del crimen anterior, pero principalmente –permítanme confesarlo enseguida– por un pavor absoluto hacia la bestia.

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Y entonces yo era en realidad un malvado más allá de toda maldad posible de la humanidad. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era ca-paz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Cuánta calamidad insoportable! ¡Ay! ¡Ni un día ni una noche más conocí la bendición del descan-so! Durante el día, la criatura no me dejaba ni un momento solo; y, más tarde, salía yo a cada hora de sueños de pavor inexpresable para encontrar el aliento caliente de la cosa sobre mi cara, y su vasto peso –una pesadilla hecha realidad de la que no tuve el po-der de escapar– ¡inmerso eternamente sobre mi corazón!

Bajo el influjo de torturas como esta, el débil vestigio de bon-dad dentro de mí sucumbió. Pensamientos malvados convirtie-ron en oscuras mis convicciones más íntimas. La irritabilidad de mi temperamento usual creció hasta ser odio hacia todas las cosas y hacia toda la humanidad; mientras tanto, de las explosiones súbitas, frecuentes e ingobernables de la furia a la cual ahora me abandonaba ciegamente, mi esposa, que jamás se quejaba, ¡ay!, fue la más directa y paciente de las víctimas.

Un día ella me acompañó, en una vuelta por la casa, al sótano del viejo edificio que nuestra pobreza nos obligaba a habitar. El gato me seguía por la empinada escalera, y a punto estuvo de tirarme cabeza a abajo, por lo cual me exasperó hasta la locura. Levantando mi hacha, y olvidando, en mi cólera, el pavor in-fantil que hasta ese momento había detenido mi mano, asesté un golpe hacia el animal que, por supuesto, hubiera resultado inevitablemente fatal si hubiera descendido como yo lo deseaba. Pero este golpe fue detenido por la mano de mi esposa. Incitado, por la interferencia, dentro de un furor diabólico, retiré mi brazo de su mano y enterré el hacha en su cerebro. Ella cayó muerta al instante, sin hacer sonido alguno.

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de noche, sin el riesgo de ser observado por los vecinos. Muchos planes abordaron mi mente. En un momento, pensé en seccionar el cadáver en fragmentos diminutos, y destruirlos en el fuego. En otro, resolví cavar una fosa en el piso del sótano. Otra vez, delibe-ré sobre tirarlo en el pozo del patio, o empaquetarlo en una caja, como si fuera mercancía, con los preparativos usuales, y así con-seguir un mandadero que se lo llevara de la casa. Finalmente, di con lo que consideré sobradamente el mejor recurso de cualquiera de estos. Determiné emparedarlo en el sótano, tal como se dice que los monjes emparedaban a sus víctimas, en la Edad Media.

Para un propósito semejante, el sótano se adaptaba correcta-mente. Sus paredes estaban construidas con descuido, y reciente-mente habían sido revocadas en toda su extensión, con un revo-que mal terminado, revo-que debido a la humedad de la atmósfera aún no había endurecido. Además, en una de las paredes había un saliente, causado por una falsa chimenea que había sido rellena-da, para asemejarse al resto del sótano. No dudé de que pudiera retirar los ladrillos con facilidad, introducir el cadáver, y empare-dar todo como antes, de modo que ningún ojo pudiera detectar nada anormal.

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la causa de tanta desdicha; porque, finalmente, había resuelto acabar con su vida. Si hubiera sido capaz de encontrarlo, en ese momento, no podría haber existido duda de su destino; pero pa-recía que la bestia ladina se había alarmado por la violencia de mi cólera previa, y evitaba presentarse ante mi humor actual. Es im-posible describir, o imaginar, el profundo, el dichoso sentimiento de alivio que la ausencia de la criatura detestada ocasionó en mi pecho. No se mostró por la noche, y, de este modo, al menos desde su llegada a la casa, dormí profunda y tranquilamente; ¡ay,

dormí incluso con la carga del asesinato sobre mi alma!

Pasó el segundo y el tercer día, y mi atormentador seguía sin aparecer. Otra vez respiré como un hombre libre. ¡El monstruo, aterrorizado, había huido de las dependencias para siempre! ¡No debería contemplarlo más! ¡Mi felicidad era suprema! La culpa-bilidad de mi sombría acción me molestaba, pero poco. Algu-nas pocas averiguaciones se habían hecho, pero estas habían sido prontamente respondidas. Incluso se había comenzado una pes-quisa, pero, por supuesto, nada se había descubierto. Presagié mi felicidad futura como un hecho seguro.

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–Caballeros –dije finalmente cuando la brigada ascendía los escalones–, me alegra haber apaciguado sus sospechas. Les deseo salud y un poco más de cortesía. De paso, caballeros, les aseguro que esta, mi casa, es una casa muy bien construida. (En el deseo rabioso por decir algo prontamente, apenas supe que estaba re-velando todo.) Puedo decir que es una casa excelentemente bien construida. Estos muros –¿se están yendo, caballeros?–, estos mu-ros están sólidamente ensamblados.

Y entonces, arrastrado por el frenesí de la jactancia, golpeé pe-sadamente con un bastón que sostenía en mi mano, sobre el lugar exacto del emplazamiento de ladrillos detrás del cual se erigía el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Pero pueda Dios protegerme y librarme de las fauces del ar-chidemonio! ¡Tan pronto como el eco de mis golpes se perdió en el silencio, una voz proveniente de la tumba me respondió! Un llanto, al principio entrecortado y sordo, como el sollozo de un niño, y luego, rápidamente creciendo en un gran, sonoro y continuo alarido, totalmente anómalo e inhumano –un aullido–, un lamento agudo, mitad de horror y mitad de triunfo, tal como si hubiera emanado del mismo infierno, conjuntamente de las gargantas de los condenados en su agonía y de los demonios que se regocijan en la condena.

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EL CORAZÓN

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¡Es cierto! He sido y soy extremadamente nervioso; pero ¿por qué afirman que estoy loco? La enfermedad ha aguzado mis sen-tidos, pero no los ha destruido ni embotado. Por sobre todos estaba el agudo sentido del oído. Yo escuchaba todas las cosas del cielo y de la tierra, y bastantes del infierno. ¿Cómo, entonces, estoy loco? ¡Escuchen con atención!, y observen cuán saludable-mente, cuán tranquilamente puedo contarles el relato completo. Es imposible explicar cómo la idea penetró originariamen-te en mi cerebro; pero una vez concebida, me perseguía día y noche. Objeto no había ninguno. Pasión no había ninguna. Yo amaba al viejo. Él nunca me había agraviado. Él nunca me había insultado. Yo no deseaba sus riquezas. ¡Pienso que fue su ojo! ¡Sí, fue eso! Tenía el ojo de un buitre, un ojo azul pálido con una membrana sobre él. Dondequiera que ese ojo cayera sobre mí, la sangre se me helaba; y así, gradualmente, muy gradualmente, resolví quitarle la vida al viejo, y, de ese modo, librarme para siempre de ese ojo.

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cuida-dosamente!–, cuidadosamente (porque los goznes crujían). La abría sólo lo suficiente para que un único hilo delgado de luz descansara sobre su ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches, cada noche justo a la medianoche, pero hallé el ojo siempre cerrado; y así fue imposible realizar el trabajo, porque no era el viejo quien me hostigaba, sino su ojo perverso. Y cada mañana, cuando rompía el día, iba osadamente a su recámara, hablaba animadamente con él, llamándolo por su nombre en un tono cordial, y le preguntaba cómo había pasado la noche. Así, verán que él debería haber sido muy profundo, verdaderamente, para sospechar que noche tras noche, yo lo observaba mientras él dormía.

La octava noche tomé más recaudos que los usuales para abrir la puerta. La manecilla de los minutos del reloj se mueve más rápidamente de lo que yo lo hice. Nunca antes de esa noche había sentido el alcance de mis poderes, de mi sagacidad. Ape-nas podía contener mis sentimientos de triunfo. Pensar que allí estaba, abriendo la puerta, poco a poco, y él ni siquiera soñaba mis actos o pensamientos secretos. Yo me reía entre dientes por la idea; y quizás él me escuchó, porque súbitamente se movió en la cama, como si se asustara. Pensarán que me acobardé, pero no fue así. Su habitación era tan negra como el alquitrán, con espe-sa oscuridad (porque los postigos estaban firmemente cerrados, por miedo a los ladrones), así que yo sabía que él no podía ver la puerta que se abría, y continué empujándola constantemente, constantemente.

Ya había introducido mi cabeza, y estaba por abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló sobre la traba de estaño, y el viejo saltó de su lecho gritando: “¿Quién está ahí?”.

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prestando atención a los relojes de la muerte en la pared. Posteriormente oí un gemido apagado, y supe que era el ge-mido de un terror mortal. No era un gege-mido de dolor o de aflic-ción, ¡oh, no! Era el leve sonido apagado que sube desde el fondo del alma cuando está sobrecargada de terror. Conocía bien el sonido. Muchas noches, justo a la medianoche, cuando todo el mundo dormía, había brotado de mi propio pecho, agudizando con su horrible eco los terrores que me perturbaban. Dije que estaba habituado a él. Conocía lo que el viejo sentía, y sentí piedad, aunque me reía interiormente. Sabía que para él había sido imposible dormir desde el primer leve ruido, cuando había girado en su cama. Sus terror había ido en aumento desde enton-ces. Había estado tratando de imaginarlos injustificados, pero no podía. Había estado diciéndose a sí mismo: “No es nada sino el viento en la chimenea”, “Es sólo un ratón atravesando el suelo” o “Es simplemente un grillo que ha hecho un simple chirrido”. Sí, había estado tratando de conformarse con estas suposiciones pero lo había encontrado todo en vano. Todo en vano; porque la Muerte acercándose había caminado majestuosamente con su sombra negra ante él y había envuelto a la víctima. Y era la in-fluencia funesta de su sombra imperceptible lo que causaba que él sintiera –aunque no la viera ni oyera–, sintiera la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Debido a que yo había permanecido oculto durante largo rato, muy pacientemente, sin escucharlo acostarse, resolví abrir una pequeña, una muy, muy pequeña rendija de la linterna. Así que la abrí –no pueden imaginar cuán solapadamente hasta que, finalmente un simple rayo sombrío, como el hilo de la araña, salió disparado de la rendija y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

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persona, porque había dirigido el rayo, como por instinto, preci-samente sobre el punto maldito.

¿No les he dicho que aquello que ustedes consideran locura no es más que la agudeza de los sentidos? Ahora, les digo, que allí vino a mis oídos un sonido leve, lánguido y rápido, como el que hace un reloj cuando es envuelto en algodón. Yo conocía bien ese sonido, también. Eran los latidos del corazón del viejo. Eso incrementó mi furia, como el sonido del tambor excita el valor del soldado.

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muerto como una roca. Su ojo no me perturbaría más.

Si aún insisten en considerarme demente, no lo pensarán más cuando describa las sabias precauciones que tomé para ocultar el cuerpo. La noche avanzaba y trabajé apresuradamente, pero en silencio. Ante todo, desmembré el cadáver. Corté la cabeza, los brazos y las piernas.

En seguida retiré tres tablas del piso del cuarto, y deposité todo debajo de los maderos. Luego recoloqué los tablones tan in-teligente, tan astutamente, que ningún ojo humano –ni siquiera el de él– podría haber detectado algo anormal. No había nada que lavar, ninguna mancha de ningún tipo, ni siquiera una mancha de sangre. Había realizado la tarea con absoluta cautela. Una cuba había recogido todo. ¡Ja, ja!

Al terminar mi tarea, eran las cuatro en punto y todavía es-taba oscuro como en la medianoche. Cuando la campana dio la hora, me llegó un golpe de la puerta de calle. Bajé y la abrí con el corazón tranquilo, ¿por qué tenía que temer ahora? Ingresaron tres hombres, que se presentaron, con perfecta urbanidad, como oficiales de policía. Un grito había sido oído por un vecino du-rante la noche; se había despertado la sospecha de algo sucio; la información había sido puesta al recaudo de la oficina policial; y ellos (los oficiales) habían sido delegados para registrar las de-pendencias.

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Los agentes estaban conformes. Mi modo de proceder los ha-bía convencido. Yo estaba particularmente calmo. Se sentaron, y mientras yo respondía con júbilo, hablaron de cosas familiares. Pero, poco después, sentí que estaba empalideciendo y deseé que se hubieran ido. Me dolía la cabeza y me imaginaba un zumbido en mis oídos; pero todavía estaban sentados y todavía charlaban. El zumbido se hizo más preciso, continuó y se hizo más preciso; hablé con mayor soltura para librarme del sentimiento, pero con-tinuó y ganó definición, hasta que, al fin, descubrí que el ruido

no estaba dentro de mis oídos.

Sin duda, me puse muy pálido; pero hablaba más fluidamente y con la voz realzada. No obstante el ruido se hacía mas intenso y ¿qué podía hacer? Era un sonido leve, lánguido y rápido, como el

que hace un reloj cuando es envuelto en algodón. Jadeé para

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EL BARRIL

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Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de For-tunato, pero cuando llegó al insulto, juré vengarme. Aun así, ustedes que conocen tan bien el caracter de mi alma no creerán que dirigí hacia él una amenaza. Finalmente, estaría vengado; este era un punto definitivamente establecido, pero la misma definición con que lo resolví excluía la idea del riesgo. No sólo debía castigar, sino castigar con impunidad. No se repara un agravio cuando el castigo alcanza al reparador, y tampoco es re-parado cuando el vengador no es capaz de mostrarlo como tal a quien lo ha injuriado.

Es necesario comprender que ninguna palabra ni hecho de mi parte le hubiera dado a Fortunato motivos para dudar de mis buenas intenciones. Continué, como era mi costumbre, sonrien-do en su presencia, y él no percibió que mi sonrisa era ahora por la idea de su inmolación.

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1 El amontillado es un jerez medio. Técnicamente un jerez fino que se ha añejado en la bodega más tiempo del normal y que se ha vuelto más fuerte y potente.

Le dije:

–¡Querido Fortunato, qué alegría encontrarlo! ¡Qué bien se lo ve hoy! Sabrá usted que justamente he recibido un barril que pasa

por amontillado1, pero tengo mis dudas.

–¿Cómo? –me dijo–. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en mitad del carnaval!

–Tengo mis dudas –respondí–; e iba a cometer una tontería y pagar el precio por el amontillado sin consultarlo sobre el tema. No sabía si podía ubicarlo y temía perder el negocio.

–¡Amontillado! –Tengo mis dudas. –¡Amontillado! –Debo desecharlas. –¡Amontillado!

–Pero supongo que como está usted ocupado, iré a ver a Lu-chresi. Si alguien tiene juicio crítico es él. Él me dirá...

–Luchresi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez común.

–No obstante, hay imbéciles que dicen que su paladar compi-te con el suyo.

–Vamos, en marcha. –¿Adónde?

–A sus bodegas.

–No, mi amigo; no me aprovecharé de su bondad. Noto que tiene un compromiso. Luchresi...

–No tengo compromisos. Vamos.

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2 Roquelaire: Un tipo de capa.

–Vayamos de todas formas. El resfrío no me preocupa. ¡Amon-tillado! Lo han engañado. Además Luchresi no puede diferenciar el jerez común del amontillado.

Hablando de este modo, Fortunato me tomó del brazo y después de ponerme una máscara de seda negra y ceñirme un

roquelaire2 sobre mi persona, permití que me apurara hacia mi

palazzo.

Los criados no estaban en la casa; se habían fugado para gozar de la época. Les había dicho que no regresaría hasta la mañana siguiente, y les había dado órdenes explícitas de permanecer en la casa. Eso era suficiente, lo sabía bien, para asegurar su desapari-ción inmediata en cuanto me diera la vuelta.

Tomé dos velas de sus candelabros, y le ofrecí una a Fortunato, lo hice agacharse por varias series de habitaciones hacia el pasaje abovedado que conducía a las bodegas. Bajé una larga escalera caracol, pidiéndole que fuera cauto al seguirme. Finalmente lle-gamos al fin del descenso y nos paramos juntos sobre el piso hú-medo de las catacumbas de los Montresor.

El andar de mi amigo era vacilante y los cascabeles de su gorro tintineaban cuando caminaba.

–Sobre ese barril... –dijo.

–Está más allá –dije–; pero observe las telarañas blancas que cubren en estas paredes cavernosas.

Se volvió hacia mí y miró con sus nubladas pupilas, que de-lataban su ebriedad.

–¿Salitre? –me preguntó finalmente.

–Salitre –contesté–. ¿Hace mucho que tiene esa tos? –¡Cof! ¡Cof! ¡Cof!

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3 Nemo me impune lacessit: ‘Nadie me difamará impunemente’.

–No es nada –dijo al final.

–Vamos –dije con decisión–; regresemos; su salud es más im-portante. Usted es rico, respetado, admirado, amado; usted es feliz, como yo solía serlo. Usted es un hombre para extrañar. Yo no soy de importancia. Regresemos; se enfermará y no puedo ser el responsable. Además, hablaré con Luchresi...

–Basta –dijo–; la tos no es nada, no me matará. No moriré por una tos.

–Es cierto, es cierto –respondí– y, en verdad, no quiero alar-marlo innecesariamente, pero aun así debería tomar todas las pre-cauciones. Un trago de este Medoc nos defenderá de la humedad. Entonces rompí de un golpe seco el cuello de una botella que saqué de una larga hilera de otras iguales que había sobre el moho.

–Beba –le dije mientras le ofrecía la botella.

Lo llevo a sus labios con una mirada de soslayo. Demoró unos segundos y cabeceó hacia mí familiarmente, mientras los casca-beles tintineaban.

–Bebo –dijo– por los difuntos que descansan a nuestro alre-dedor.

–Y yo por que tenga usted una extensa vida. Otra vez me tomó del brazo y proseguimos. –Estas bodegas son enormes –dijo.

–Los Montresor –contesté– eran una familia grande y nume-rosa.

–No recuerdo su escudo de armas.

–Un inmenso pie humano de oro, en un campo de azur; el pie aplasta una serpiente rampante, cuyos colmillos están clavados en el talón.

–¿Y el lema?

–Nemo me impune lacessit.3

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Brillaba el vino en sus ojos y los cascabeles tintineaban. Mi propia imaginación se excitó con el Medoc. Por entre murallas formadas de montones de esqueletos, mezclados con barriles y pipas, llegamos a los íntimos recovecos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, y esta vez me atreví a tomar a Fortunato por un brazo, por arriba del codo.

–¡El salitre! –dije–. Vea usted como va aumentando. Cuelga como musgo sobre las bodegas. Estamos debajo del lecho del río. Las gotas de humedad se filtran entre los huesos. Venga, volva-mos antes de que sea demasiado tarde. Esa tos...

–No es nada –dijo–; continuemos. Pero primero, otro trago de Medoc.

Abrí y le alcancé un frasco de De Grâve. Lo vació en un suspi-ro. Sus ojos centelleaban con una luz feroz. Se rió y tiró la botella hacia arriba con un gesto que no comprendí.

Lo miré con asombro. Repitió el movimiento, era un gesto grotesco.

–¿No comprende? –dijo. –No –contesté.

–Entonces usted no es de la hermandad. –¿Cómo?

–Usted no pertenece a los masones. –Sí, sí –dije–; sí, sí.

–¿Usted? ¡Imposible!

–Un masón, por supuesto –contesté. –Una señal –dijo–, deme una señal.

–Aquí está –respondí, sacando de abajo de los pliegues de mi

roquelaire una paleta de albañilería.

–Esta usted bromeando –exclamó, reculando unos pasos–. Pero prosigamos hasta el amontillado.

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Con-tinuamos nuestro camino en busca del amontillado. Atravesamos una serie de arcadas bajas, descendimos, continuamos, y al des-cender nuevamente, llegamos a una cripta profunda, en la cual la inmundicia del aire causaba que nuestras antorchas se agitaran sin llamear.

En lo más apartado de la cripta se descubría otra menos es-paciosa. Sus paredes habían sido alineadas con restos humanos, apilados hacia la bodega superior, a la moda de las grandes ca-tacumbas de parisinas. Tres paredes de esta cripta interior esta-ban adornadas de ese modo. De la cuarta se habían retirado los huesos, que yacían promiscuamente sobre el suelo, formando un montículo de cierto tamaño. Dentro de la pared descubierta de ese modo por la falta de los huesos, percibimos otra cripta interior o recoveco, de una profundidad de casi cuatro pies, tres de ancho y una altura de seis o siete. No parecía haber sido cons-truido para un uso especial, sino que simplemente formaba un intervalo entre dos de los soportes colosales del techo de las ca-tacumbas, y estaba respaldado por una de las paredes de granito sólido que las circundaban.

En vano Fortunato, levantando su vela casi consumida, tra-taba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La luz endeble no nos permitió ver el fondo.

–Adelante –dije–; allí dentro está el amontillado. Y en cuanto a Luchresi...

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muy aturdido como para resistirse. Sacando la llave, salí del re-coveco.

–Pase usted la mano por la pared –dije–, no podrá evitar sentir el salitre. Es realmente muy húmeda. Por última vez, déjeme

im-plorarle que regresemos. ¿No? Entonces debo dejarlo. Pero antes

debo darle todas las atenciones a mi alcance.

–¡El amontillado! –exclamó mi amigo, todavía sin recobrarse de su asombro.

–Es verdad –contesté–, el amontillado.

Y diciendo estas palabras me apliqué a buscar entre la pila de huesos de la que he hablado antes. Apartándolos, pronto puse al descubierto cierta cantidad de piedra para construir y un mor-tero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, comencé a emparedar la entrada al nicho con firme decisión.

Apenas había puesto la primera fila de la mampostería cuan-do descubrí que la ebriedad de Fortunato se había disipacuan-do en su mayoría. El primer indicio que tuve de esto fue un leve sollozo desde lo profundo del recoveco. No era el propio de un hom-bre ebrio. Hubo entonces un silencio largo y obstinado. Puse la segunda fila, y la tercera y la cuarta; y luego oí las sacudidas furiosas de la cadena. El ruido duró algunos minutos, durante los cuales, para poder atender con más satisfacción, interrumpí mis labores y me senté sobre los huesos. Cuando al final se apa-ciguó el estruendo de los eslabones, retomé la paleta y finalicé sin interrupción la quinta, la sexta y la séptima fila. La pared se hallaba entonces casi al nivel de mi pecho. Otra vez me detuve y sosteniendo la antorcha encima de mi trabajo de mampostería, arrojé unos débiles rayos sobre la figura que estaba adentro.

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mano sobre la textura de las catacumbas y me sentí satisfecho. Me acerqué otra vez a la pared; y respondí a los alaridos que daba. Los repetí, los reforcé y los sobrepasé en volumen y fuerza. Hice esto y quien gritaba se calló por completo.

Ya era medianoche, y mi tarea estaba llegando a su fin. Había completado la octava, la novena y la décima fila. Había termina-do una parte de la undécima y última; sólo faltaba apenas una piedra para encajar y enyesar allí. Forcejeé con su peso; la puse parcialmente en su posición destinada. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada que erizó los pelos de mi cabeza.

La acompañaba una voz triste que me fue difícil reconocer como la del noble Fortunato. La voz dijo:

–¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Je! ¡Je! ¡Je! Excelente broma, en verdad, una burla suprema. Nos reiremos mucho de ella en el palacio. ¡Je! ¡Je! ¡Je! Sobre nuestro vino... ¡Je! ¡Je! ¡Je!

–¡El amontillado! –dije.

–¡Je! ¡Je! ¡Je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se está haciendo tarde? ¿No nos estarán esperando en el palacio mi esposa y los demás? Vayámonos.

–Sí –dije–, vayámonos.

–¡Por el amor de Dios, Montresor! –Sí –dije–, ¡por el amor de Dios!

En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me puse impaciente. Grité:

–¡Fortunato!

Ninguna respuesta. Llamé otra vez: –¡Fortunato!

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4 In pace requiescat: ‘Que en paz descanse’.

mampostería volví a erigir el viejo muro de huesos. Durante

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EL EXTRAÑO CASO

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1 Mesmerismo: Franz Anton Mesmer (1734-1815) médico alemán. Trabajó en el desarrollo de un método de curación denominado mesmerismo, que se basa en la suposición de la existencia de un fluido magnético físico interconectado con cada elemento del universo, incluidos los cuerpos humanos. Afirmaba que las enfermedades se producían por el desequilibrio de este fluido en el cuerpo y su curación dependía de la reconducción del fluido a través de la intervención del médico. En la actualidad se considera el mesmerismo como sinónimo de hipnosis.

2 In articulo mortis: ‘en el instante de la muerte’.

No pretenderé, naturalmente, emitir juicios que nieguen los motivos para asombrarse de que el caso extraordinario del Señor Valdemar haya despertado tantas discusiones. Hubiera sido un milagro que así no sucediera, especialmente en tales circunstan-cias. Era el deseo de todas las partes interesadas, mantener lejos del público el asunto, al menos por el presente, o hasta que tuvié-ramos más adelante oportunidades de investigación; por nuestros esfuerzos para conseguir esto, un relato pervertido o exagerado se abrió paso entre la sociedad, y se convirtió en la fuente de nume-rosas y desagradables representaciones equívocas y, naturalmente, de una gran cantidad de desconfianza.

Es momento de que ofrezca los hechos, hasta donde yo mismo los comprendo. Sucintamente, aquí están:

Durante los últimos años ha captado repetidamente mi

aten-ción el tema del mesmerismo;1 y, hace alrededor de nueve

me-ses, se me ocurrió súbitamente que en las series de experimentos hechos hasta entonces, había existido una omisión muy notable y aun más inexplicable: ninguna persona había sido aún mesme-rizada in articulo mortis.2 Habría que ver, primero, si en tal

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3 Nom de plume: ‘nombre de pluma’, seudónimo. 4 Clairvoyance: Clarividencia, perspicacia.

Buscando a mi alrededor algún sujeto por cuyos medios pu-diera yo corroborar estos pensamientos, pensé en mi amigo, el Sr. Ernest Valdemar, el conocido compilador de la “Bibliotheca Forensica”, y autor (bajo el nom de plume3 de Issachar Marx) de las

versiones polacas de Wallenstein y Gargantúa. Sr. Valdemar, quien ha residido principalmente en Harlem, Nueva York, desde el año 1839, es (o era) particularmente notable por su extraordinaria delgadez –sus miembros inferiores se asemejaban a los de John Randolph–; y, también, por lo blanco de sus barbas, en contras-te violento con su oscura cabellera, el último, en consecuencia, generalmente confundido con una peluca. Su temperamento era marcadamente nervioso, y lo convertía en un buen sujeto para el experimento mesmérico. En dos o tres ocasiones, lo había hecho dormir con poca dificultad, pero me desalentaron otros resulta-dos que su constitución peculiar me había llevado naturalmente a anticipar. Su voluntad jamás estuvo positivamente o cabalmente

bajo mi control y, en consideración de la clairvoyance,4 no obtuve

ningún resultado confiable con él. Atribuía mi falla en estos as-pectos al desorden de su salud. Porque algunos meses antes de que nos conociéramos, sus médicos habían diagnosticado en él una tisis indudable. Él acostumbraba, en verdad, hablar con calma de su muerte, como un hecho que no se podía evitar ni lamentar.

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que admiten un cálculo exacto respecto de la época de su culmi-nación en la muerte; y finalmente acordamos entre nosotros que él me contactaría veinticuatro horas antes de la fecha de deceso anunciada por sus médicos.

Hace algo más de siete meses que recibí, del propio Sr. Valde-mar, la nota que adjunto:

MI QUERIDO P...:

Puede usted venir ahora. D. y F. están de acuerdo en que no resis-tiré más allá de mañana a la medianoche; y pienso que han acertado la hora con bastante exactitud.

Valdemar

La nota había llegado hasta mí no más de media hora después de ser escrita, y en quince minutos más yo estaba en la habitación del hombre moribundo. No lo había visto por diez días, y me espantó lo horrible de los cambios que se habían operado en él durante este breve intervalo. Su rostro mostraba un color plomi-zo; los ojos sin brillo alguno; y la demacración era tan extrema que la piel se agrietaba en sus pómulos. Su expectoración era excesiva. Prácticamente no tenía pulso. Conservaba, sin embargo, de un modo muy remarcable, tanto sus cualidades intelectuales como un cierto grado de fuerza física. Hablaba con claridad –tomaba medicinas paliativas sin ayuda– y, cuando entré en la habitación, estaba ocupado en escribir notas en su agenda. Estaba sostenido en la cama con almohadas. Los doctores D. y F. lo atendían.

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sim-plemente una masa de tubérculos purulentos, penetrándose unos dentro de otros. Existían varias perforaciones extensas; y, en un punto, había una adherencia permanente a las costillas. Estas apa-riciones en el lóbulo derecho eran de una fecha comparativamente reciente. La osificación había proseguido con una extraña rapidez; no se había detectado ningún síntoma de ella un mes antes, y la adhesión sólo se había observado tres días atrás. Fuera de la tisis, se sospechaba que el paciente tenía un aneurisma en la aorta; pero respecto de este punto los síntomas óseos hacían imposible un diagnóstico exacto. La opinión de ambos médicos era que el Sr. Valdemar moriría alrededor de la medianoche del día siguiente (domingo). Eran entonces las siete en punto del sábado a la tarde.

Al separarse de la cabecera del convaleciente para conversar conmigo, los doctores D. y F. se habían despedido de él. Tenían el propósito de no regresar; pero, ante mi pedido, estuvieron de acuerdo en examinar al paciente alrededor de las diez de la noche siguiente.

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5 Verbatim: (latín) ‘literalmente’.

La amabilidad del Sr. L. fue tal que accedió a mi requerimien-to de requerimien-tomar notas de requerimien-todo lo que ocurría; y extraje de ellas lo que ahora he de relatar, en mayor medida, condensado o copiado

verbatim.5

Se aproximaban ya las ocho cuando, tomando la mano de Val-demar, le pedí al Sr. L. que lo hiciera declarar, tan expresamente como pudiera, que estaba completamente deseoso de que yo hi-ciera el experimento de mesmerizarlo en su estado actual.

Él respondió débilmente, pero aun así sus palabras fueron completamente audibles:

–Sí, deseo ser mesmerizado –agregando inmediatamente des-pués–: Temo que nos hayamos retrasado demasiado.

Mientras él pronunciaba sus palabras, comencé los pases que ya había descubierto como los más efectivos para someterlo. Evi-dentemente fue influenciado con el primer golpe lateral de mi mano sobre su frente; pero aunque utilicé todas mis facultades, ningún efecto perceptible se dejó ver hasta algunos minutos des-pués de las diez, momento en que llegaron los doctores D. y F., de acuerdo con la cita. Les expliqué, brevemente, lo que planeaba, y como no pusieron ninguna objeción, diciendo que el paciente es-taba ya en la agonía de la muerte, procedí sin dudar, cambiando, no obstante, los pases laterales por descendentes, y dirigiendo mi mirada completamente al ojo derecho del agonizante.

En ese momento su pulso era casi completamente impercepti-ble y su respiración estentórea, con intervalos de medio minuto.

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A las once menos cinco noté signos evidentes de la influencia mesmérica. El girar vidrioso del ojo había cambiado por aquella expresión de inquieto examen interior que nunca se ve sino en casos de hipnosis, y que es imposible confundir. Con unos breves y rápidos pases laterales hice palpitar los párpados, como en un sueño incipiente, y, con otros pocos más, los cerré totalmente. Sin embargo, yo no estaba satisfecho con esto, y continué vigo-rosamente las manipulaciones, con el esfuerzo más pleno de la voluntad, hasta que endurecí completamente los miembros del adormecido, después de colocarlos en una posición aparentemen-te sencilla. Sus piernas estaban completamenaparentemen-te exaparentemen-tendidas, y sus brazos descansaban sobre la cama a una distancia moderada de la espalda. La cabeza estaba levemente elevada.

Cuando hube realizado esto, era ya la medianoche, y pedí a los caballeros presentes que examinaran la condición del Sr. Valde-mar. Después de unos pocos experimentos, admitieron que él es-taba en un estado inusualmente perfecto de trance hipnótico. La curiosidad de ambos médicos aumentaba de un momento a otro. El Dr. D. resolvió enseguida permanecer con el paciente toda la noche, mientras que el Dr. F. se fue con la promesa de regresar al amanecer. El Sr. L. y los enfermeros se quedaron.

Dejamos al Sr. Valdemar enteramente tranquilo hasta cerca de las tres de la mañana, cuando me aproximé a él y lo hallé en la misma condición que en el momento en que partió el Dr. F., es decir, yacía en la misma posición; el pulso era imperceptible; la respiración era tenue (apenas notable, a no ser por la aplicación de un espejo frente a sus labios); los ojos estaban cerrados y rela-jados; y los miembros estaban tan rígidos y fríos como el mármol. Todavía, el estado general no era ciertamente de muerte.

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paciente, y ciertamente descreía de tenerlo ahora; pero para mi sorpresa, rápidamente su brazo, aunque débil, siguió el curso que yo le asignaba al mío. Decidí arriesgar algunas palabras de con-versación.

–Sr. Valdemar –dije–, ¿está dormido?

No respondió, pero noté un temblor en sus labios, y por ello fui inducido a repetir la pregunta, una y otra vez. En la tercera repetición, toda su estructura fue agitada por un leve estremeci-miento; los párpados se abrieron lo suficiente como para mostrar una línea blanca del globo; los labios se movieron lentamente y de entre ellos, en un susurro apenas audible, emergieron las palabras:

–Sí, ahora duermo. ¡No me despierte! ¡Déjeme morir así! Entonces palpé sus miembros y los encontré tan rígidos como siempre. El brazo derecho, como antes, imitó la dirección de mi mano. Lo interrogué otra vez:

–¿Todavía siente dolor en el pecho, Sr. Valdemar? La respuesta ahora fue inmediata, pero menos audible: –No hay dolor. Estoy muriendo.

No creí prudente molestarlo, y nada más se dijo o hizo hasta la llegada del Dr. F., quien arribó un poco antes de la salida del sol, y expresó una sorpresa sin par al encontrar al paciente aún con vida. Después de sentir el pulso y aplicar un espejo frente a sus labios, me pidió que hablara con el hipnotizado otra vez. Así lo hice:

–M. Valdemar, ¿duerme todavía?

Como antes, la respuesta se hizo esperar algunos minutos; y durante el intervalo el hombre agonizante parecía estar reuniendo sus energías para hablar. En mi cuarta repetición de la pregunta, dijo muy lánguida, casi inaudiblemente:

–Sí, todavía duermo, estoy muriendo.

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tran-quilidad, hasta que llegara la muerte, y esta, se concordó en gene-ral, debía tener lugar en unos pocos minutos. Sin embargo, decidí hablarle una vez más, y simplemente repetí mi pregunta previa.

Mientras lo estaba haciendo, se produjo un cambio marcado en el semblante del hipnotizado. Los ojos giraron sobre sí mismos y se abrieron con lentitud; las pupilas desaparecieron hacia arriba; la piel tomó un color cadavérico general, similar no tanto a un pergamino como a un papel blanco; y las manchas tísicas circula-res que antes estaban fuertemente definidas en el centro de cada mejilla, se hicieron menos visibles. Uso esta expresión porque el carácter súbito de su partida, trajo a mi mente la imagen de una vela que se apaga de un soplo. El labio superior, entre tanto, se re-torció apartándose de los dientes, que previamente había cubierto por completo; mientras que la mandíbula inferior cayó con una sacudida audible, dejando la boca ampliamente abierta, y a pleno descubierto la lengua entumecida y ennegrecida. Supongo que todos los integrantes del grupo estaban acostumbrados a los ho-rrores del lecho de muerte, pero tan horrible y desgarradora era la apariencia del Sr. Valdemar en este momento que hubo una retirada general de la cercanía a su lecho.

Sé ahora que he llegado a un punto en esta narración en que to-dos los lectores estarán espantato-dos hasta el punto de no dar crédito a mis palabras. Sin embargo, mi labor es simplemente proseguir.

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similares que hayan hecho vibrar el oído de la humanidad. Hay dos particularidades, no obstante, que pensé entonces, y todavía pienso, pueden claramente señalarse como características de la entonación. En primer lugar, la voz parecía llegar a nuestros oí-dos –por lo menos a los míos– desde la lejanía, de alguna profun-da caverna en las profundiprofun-dades de la tierra. En segundo lugar, me impresionó (temo, verdaderamente, que es imposible que se comprenda) como las materias gelatinosas o glutinosas impresio-nan el sentido del tacto.

He hablado a la vez de “sonido” como de “voz”. Quiero decir que el sonido era de una clara, e incluso maravillosa, aterroriza-doramente clara, pronunciación. El Sr. Valdemar hablaba, obvia-mente para responder la pregunta que yo le había propuesto unos minutos antes. Esta había sido, como se recordará, si todavía dor-mía. Él dijo ahora:

–Sí; no. Yo he estado durmiendo, y ahora, ahora estoy muerto. Ninguno de los presentes intentó negar o incluso reprimir el horror impronunciable, estremecedor, que estas breves palabras, pronunciadas así, acarrearon. El Sr. L. (el estudiante) se desma-yó. Los enfermeros huyeron rápidamente de la recámara y no se pudo hacer que regresaran. No pretendería hacer inteligible mis propias impresiones al lector. Durante casi una hora, estuvimos ocupados, silenciosamente, sin pronunciar una palabra, en los es-fuerzos por revivir al Sr. L. Cuando volvió en sí, nos dirigimos otra vez a la investigación de la condición del Sr. Valdemar.

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al Sr. Valdemar. Parecía estar haciendo un esfuerzo por contestar, pero no tenía ya voluntad suficiente. Si alguno de los presentes a excepción de mí, formulaba una pregunta, se mostraba totalmen-te insensible, aunque me esforcé por situar a cada miembro de la compañía en armonía mesmérica con él. Creo que no he relatado todo lo que es necesario para entender el estado del hipnotizado en este momento. Se consiguieron nuevos enfermeros; y a las diez en punto dejé la casa en compañía de los dos médicos y el Sr. L.

En la tarde todos regresamos para ver al paciente. Su estado general continuaba siendo exactamente el mismo. Discutimos so-bre la corrección y factibilidad de despertarlo; pero rápidamente acordamos que ningún buen propósito se alcanzaría haciéndolo. Era evidente que, hasta ahora, la muerte (o lo que usualmente denominamos muerte) se había retrasado por el proceso mesmé-rico. Parecía claro para todos nosotros que despertar al Sr. Valde-mar sería simplemente asegurar su instantánea, o al menos veloz, muerte.

Desde ese momento hasta el fin de la semana pasada –un in-tervalo de casi siete meses– continuamos realizando visitas diarias a la casa del Sr. Valdemar, acompañados, ahora y entonces, por médicos y otros amigos. Durante todo este tiempo el Hipnotiza-do permaneció exactamente como lo he descrito la última vez. Los enfermeros lo atendían continuamente.

Fue el último viernes cuando decidimos hacer el experimento de despertarlo, o intentar despertarlo; y es (quizás) el desafortu-nado resultado de este último experimento el que ha ocasiodesafortu-nado tantas discusiones en los círculos privados, tantas que no puedo evitar creer injustificado el sentimiento popular.

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por un flujo abundante de icor amarillento (por debajo de los párpados) de un aroma acre y, ciertamente, muy desagradable.

Se me sugirió que intentara influenciar el brazo del paciente, como en otro tiempo. Hice el intento, pero fallé. El Dr. F. enton-ces manifestó intenciones de que yo hiciera una pregunta. Así lo hice, del modo siguiente:

–Sr. Valdemar, ¿puede explicarnos cuáles son sus sentimientos o deseos ahora?

Hubo un instantáneo regreso de los círculos tísicos a su rostro; la lengua se estremeció, o mejor, se retorció dentro de la boca (aunque las mandíbulas y los labios permanecían rígidos como antes) y al final la misma voz horrible que ya he descrito pro-rrumpió:

–¡Por amor de Dios! ¡Rápido! ¡Rápido! Háganme dormir o... ¡Rápido! ¡Despiértenme! ¡Les digo que estoy muerto!

Yo estaba completamente acobardado, y por un instante per-manecí indeciso sobre qué hacer. Primero hice un esfuerzo por tranquilizar al paciente, pero fallé por la inacción total de su vo-luntad. Entonces, volví atrás en mis pasos y seriamente luché por despertarlo. Pronto noté que resultaría exitoso, o al menos, ima-giné que mi éxito sería completo, y estoy seguro de que todos en la alcoba esperaban sin duda ver al paciente despierto.

Porque para lo que verdaderamente ocurrió es absolutamente imposible que pudiera estar preparado ningún ser humano.

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LA MÁSCARA

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Durante mucho tiempo la Muerte Roja había devastado la región. Jamás había existido una peste tan fatal y espantosa. Su avatar era la sangre, el color rojo y el horror de la sangre. Se ma-nifestaba con dolores agudos, y repentinos ataques de vértigo, y luego el profuso flujo de sangre, que acompañaba la muerte. Las manchas purpúreas sobre el cuerpo y, en especial, sobre la cara de la víctima eran la señal de la peste que la privaba del auxilio y del afecto de sus compañeros. La invasión, el progreso y el ataque final que llevaba a la muerte se cumplían en media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios perdieron a la mitad de sus pobladores, convocó a su presencia a un millar de amigos saludables e indolentes entre los caballeros y damas de su corte, y con ellos se retiró al pro-fundo aislamiento de una de sus abadías encastilladas. Esta era una construcción extensa y magnífica, creación del propio gusto excéntrico aunque augusto del príncipe. Una pared fuerte y al-tísima la circundaba. Esta pared tenía portones de hierro. Los cortesanos, habiendo entrado, con hornillos y martillos pesados soldaron los cerrojos. Resolvieron no dejar recursos de ingreso o egreso para los impulsos súbitos de desesperación o de frenesí que tuvieran allí dentro. La abadía fue abastecida copiosamente. Con tales precauciones los cortesanos podían desafiar al contagio. El mundo exterior podía cuidarse a sí mismo. Mientras tanto, era tonto afligirse o pensar. El príncipe había suministrado todas las herramientas del placer. Había bufones, había improvisadores, había bailarinas, había músicos, había belleza, había vino. Todo esto existía en el interior. Afuera solo “la Muerte Roja”.

Ocurrió a fines del quinto o sexto mes de reclusión, momento en el que la peste bramaba más furiosamente en el exterior, que el príncipe Próspero entretuvo a sus mil amigos con un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

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variedad de apariencias vistosas y fantásticas. Pero en la recámara occidental o negra el efecto de la luz del fuego, que fluía contra los oscuros tapizados por entre los cristales del color de la sangre, era en extremo lívido, y producía a quienes ingresaban en ella una imagen siniestra, por lo que había pocos de la compañía lo suficientemente osados para poner un pie dentro.

También en este salón se erigía contra la pared occidental un gran reloj de ébano. Su péndulo oscilaba a un lado y al otro con un sonido lánguido, pesado, monótono; y cuando la aguja de los minutos completaba su recorrido y la hora estaba a punto de so-nar, venía de los pulmones de bronce del reloj un sonido que era claro y fuerte y profundo y de gran musicalidad, pero con una nota y un énfasis tan particular, que en cada lapso de una hora, los músicos de la orquesta se veían forzados a detenerse momen-táneamente en su ejecución para prestar atención al sonido; y de este modo los danzarines interrumpían forzadamente sus giros; y había un breve desconcierto en toda la alegre compañía; y mien-tras los repiqueteos del reloj todavía sonaban, se observaba que el más atolondrado se ponía pálido y el de más edad y más sosegado pasaba sus manos por la frente como si estuviera en un ensueño o una meditación confusa. No obstante, al apagarse completamente los ecos una risa ligera enseguida penetraba la reunión; los músi-cos se miraban unos a otros y sonreían por su propio nerviosis-mo e insensatez, y se prometían susurrando, unos a otros, que el próximo repiqueteo del reloj no tendría en ellos el mismo efecto; y luego, después del lapso de sesenta minutos (que abarcaba tres mil seiscientos segundos del Tiempo que vuela) venía otro repi-queteo del reloj, y el mismo desconcierto y temblor los invadía.

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1 Fête: ‘Fiesta’.

2 Obra teatral en verso de Víctor Hugo, estrenada en el año 1830.

creído loco. Sus seguidores sentían que no lo era. Era necesario escucharlo, verlo y tocarlo para estar seguro de que no lo era.

En gran medida él había dirigido la decoración y el mobiliario de las siete recámaras, en ocasión de esta gran fête;1 y era su

pro-pio gusto rector el que había dado carácter a la mascarada. Estén seguros de que eran grotescos. Desbordaba el resplandor y oropel y sabor y fantasma, mucho de lo que después había de verse en

Hernani.2 Había siluetas arabescas con miembros y accesorios

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oídos de quienes se abandonan a las jovialidades más lejanas de los otros salones.

Pero en los otros salones había una densa multitud, y en ellos latía ardientemente el corazón de la vida. Y la fiesta alcanzaba su plenitud hasta que finalmente comenzaba el sonido de la media-noche sobre el reloj. Y luego la música cesaba, como he contado; y los movimientos de los bailarines se detenían y había un cese inquieto de todas las cosas como antes. Pero la campana tenía que sonar doce veces, y de este modo había más tiempo para que los pensamientos invadieran a aquellos que participaban del festejo. Y así sucedió, quizás, que antes de que los últimos ecos del último repiqueteo se hubieran hundido totalmente en el si-lencio, muchos individuos en la multitud que había encontrado ocio se enteraron de la presencia de una figura enmascarada que no había llamado la atención de ningún individuo antes. Y al difundirse en un susurro el rumor de aquella nueva intrusión, se alzó al final, proveniente de toda la compañía, un zumbido, o murmullo, manifestación de desaprobación y sorpresa; luego, de terror, de pavor, y de asco.

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3 Rôle: ‘papel’, ‘Rol’.

semejaba tanto el rictus de un cadáver entumecido que la ex-ploración más minuciosa podía mostrar dificultad para detectar claramente el engaño. Y aun todo esto podría haberse tolerado, si no era aprobado, por los locos huéspedes a su alrededor. Pero la máscara había ido al extremo de asumir el aspecto de la Muer-te Roja. Su vestidura estaba manchada con sangre y su amplia frente, con todas las facciones de la cara, estaba marcada con el horror escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero se fijaron sobre esa si-lueta espectral (que con un andar pausado y solemne, como si se

sostuviera completamente en su rôle3 andaba majestuosamente de

un lado a otro de los bailarines) se vio convulsionado en el primer momento con un fuerte temblor de terror o disgusto; pero, ense-guida, su frente enrojeció de ira.

–¿Quién se atreve? –preguntó con voz ronca a los cortesanos que estaban parados cerca de él.– ¿Quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfema? ¡Aprésenlo y quítenle esa máscara, y así sabremos a quién debemos colgar al amanecer de las almenas!

Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Ellas retumbaron por los siete salones fuerte y claramente, porque el príncipe era un hombre osado y robusto, y la música se había silenciado ante el movimiento de su mano.

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del príncipe; y mientras los numerosos invitados retrocedían en un único impulso hasta pegarse en las paredes, siguió su rumbo sin detenerse, con el mismo paso solemne y medido que lo había distinguido. Y de la recámara azul pasó a la púrpura, de la púrpu-ra a la verde, de la verde a la napúrpu-ranja, de esta a la blanca, y de allí la violeta, sin que nadie se hubiera atrevido a detenerlo. Pero enton-ces, el príncipe Próspero enloqueció de furia, y con la vergüenza de su propia cobardía momentánea, se precipitó a través de las seis recámaras, sin que nadie lo siguiera, habida cuenta del terror mortal que paralizaba a todos. Sostenía en sus manos un puñal, y se había aproximado, impetuosamente, a tres o cuatro pies de la figura que se retiraba, cuando esta, habiendo alcanzado la ex-tremidad del salón de terciopelo, giró súbitamente y confrontó al príncipe. Hubo un grito agudo, y el puñal cayó resplandeciendo sobre la alfombra negra, sobre la cual, segundos después, cayó muerto el príncipe Próspero. Reuniendo el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al salón negro, y, apresando al desconocido, cuya figura alta se mantenía erguida e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con ho-rror impronunciable al encontrar que las mortajas enceradas de la tumba y la máscara de cadáver que con tanta rudeza aferraban no contenían ningún cuerpo tangible.

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MANuSCRITO

hALLADO

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Qui n’a plus qu’un moment à vivre N’a plus rien à dissimuler1

(Quinault, Atys)

Poco tengo que decir de mi patria y de mi familia. El maltrato y el paso de los años me han alejado de uno y hecho extraño del otro. Tuve el beneficio de una educación fuera de lo común gracias a mi patrimonio, y una inclinación contemplativa de mi mente me permitió ordenar lo que había almacenado metódicamente en mis primeros estudios. Sobre todas las cosas, el estudio de los filó-sofos alemanes me proporcionaba infinitos goces, no porque ad-mirara equivocadamente su elocuente locura, sino por la facilidad con que mis costumbres de pensamiento riguroso me permitieron detectar sus falsedades. Muchas veces se me ha reprochado por lo árido de mi genio; se me ha imputado una imaginación deficien-te como si fuera un crimen, y el escepticismo de mis opiniones me ha hecho notorio siempre. En verdad, una gran inclinación por la filosofía física ha teñido, me temo, mi mente con un error muy frecuente en este siglo; estoy hablando de la costumbre de relacionar lo que ocurre, incluso aquello menos susceptible de tal relación, con los principios de esa ciencia. Por lo tanto, nadie pue-de ser menos susceptible que yo a evadirse pue-de la jurisdicción pue-de la verdad a causa de los ignes fatui.2 He creído conveniente sentar

esto como premisa, para que la historia increíble que debo contar sea considerada más el frenesí de una imaginación cruda, que la experiencia positiva de un espíritu para la cual los ensueños de la fantasía han sido una letra muerta y una nulidad.

Transcurridos muchos años desaprovechados en un viaje por el extranjero, zarpé en el año 18... del puerto de Batavia, en la isla

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próspera y populosa de Java para hacer una travesía por el archi-piélago de Sunda. Fui como simple pasajero, sin otro motivo que una suerte de inestabilidad nerviosa que me perseguía como un mal espíritu.

Era el nuestro un buque hermoso de casi cuatrocientas tone-ladas, construido en Bombay con teca de Malabar, y recubierto de cobre. Estaba cargado de algodón en rama, y aceite de las is-las Laquedivas. Teníamos también a bordo fibra de coco, azúcar de palma, aceite de manteca clarificada, cocos y algunas cajas de opio. El almacenaje se había hecho en forma grosera, y el buque, en consecuencia, iba mal lastrado.

Nos encaminamos con un simple soplo de viento y durante muchos días navegamos la costa oriental de Java, sin otro inciden-te que el encuentro ocasional con pequeños isloinciden-tes y atracaderos del archipiélago al cual estábamos limitados.

Una tarde, apoyado sobre el coronamiento, observé una nube singularísima, aislada, hacia el noroeste. Se distinguía tanto por su color como por ser la primera que había visto desde nuestra partida de Batavia. La vigilé con atención hasta el ocaso, momen-to en que de pronmomen-to se extendió de este a oeste, alargándose en el horizonte como una tira angosta de vapor, que se asemejaba a una larga línea de costa baja. La apariencia morada de la luna y el aspecto peculiar del mar atraparon pronto mi atención. Este úl-timo estaba experimentando un súbito cambio, y el agua parecía más transparente que de costumbre. Pese a que podía distinguir claramente el fondo, al levantar la sonda descubrí que el barco estaba a quince brazas. Entonces el aire se hizo intolerablemente cálido y se llenó de humos espiralados, similares a los que despide el hierro candente.

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No obstante, como el capitán declaró que no podía percibir nin-gún síntoma de peligro, y el peso mismo de la embarcación nos arrastraba hacia la costa, ordenó que aferraran las velas y echaran el ancla. No se puso vigía de cuarto, y la tripulación, compuesta en su mayoría por malayos, se tendió sobre el puente. Bajé con el presentimiento de que ocurriría una desgracia. En verdad, todas

las apariencias me garantizaban la malicia de un simún.3 Le

con-fesé al capitán mis presentimientos, pero se encogió de hombros y me dejó sin dignarse a darme una respuesta. Sin embargo, mi intranquilidad me impedía conciliar el sueño, y cerca de la me-dianoche fui a cubierta.

Al pisar el último peldaño de la escala de toldilla, fui sorpren-dido por un sonido fuerte y zumbador, parecido al que es ocasio-nado por la revolución veloz de una rueda de molino, y antes de que pudiera averiguar su significado, reconocí un fuerte temblor en el centro del navío. Segundos después, una inmensa ola de agua y espuma pasó sobre nosotros de una punta a la otra, barrió todas las cubiertas desde la proa hasta la popa.

El ímpetu extremo de la ráfaga fue en gran medida la salva-ción del barco. Aunque se llenó de agua por completo, y aun cuando sus mástiles se habían ido por la borda, después de un minuto, se levantó pesadamente del mar y, tambaleándose un poco bajo la presión inmensa de la tempestad, finalmente regre-so a su posición original.

Me liberé de la muerte de forma milagrosa. Confundido por el

golpe del agua, me hallé, al recobrarme, atorado entre el codaste4

y el timón. Con dificultad conseguí ponerme de pie y al mirar ver-tiginosamente a mi alrededor, creí que nos encontrábamos en el abismo de una rompiente que excedía la imaginación más salvaje, puesto que el torbellino del mar aquel era espantoso. Momentos

3 El simún es un viento abrasador propio de los desiertos de Arabia y África. Utilizado como sinónimo de huracán.

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más tarde, oí la voz de un viejo sueco que había embarcado poco antes de que el barco zarpara. Lo llamé con toda mi fuerza y vino entonces tambaleándose desde la popa. No tardamos en descu-brir que éramos los únicos sobrevivientes del siniestro. Todos los que estaban en cubierta, con excepción de nosotros, había sido lanzado por la borda; el capitán y los pilotos debieron perecer mientras dormían, ya que sus camarotes estaban inundados.

Casi nada podíamos hacer por la seguridad del barco, ya que nuestros primeros esfuerzos estaban destinados en deshacernos de la sensación de que íbamos a hundirnos en cualquier instan-te. Por supuesto, nuestras amarras se habían partido como hilo de empaque con el primer soplo del huracán, ya que de no ser así, instantáneamente nos hubiéramos sumergido. Navegábamos con pavorosa velocidad y el agua hacía oleaje sobre nosotros. La estructura de la popa estaba muy destrozada y, aunque en casi todas partes habíamos tenido daños considerables, descubrimos, con alborozo, que las bombas no estaban ahogadas y que nuestra carga no parecía haberse descentrado. La furia principal de la ráfaga ya había soplado y temíamos pocos peligros de la violencia del viento; pero preveíamos con desesperación su cese total, por-que creíamos por-que en nuestra condición ruinosa, inevitablemente pereceríamos en una marejada que sobreviniera. Pero no parecía probable que el temor se convirtiera en una pronta realidad.

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un punto más hacia el norte. El sol salió con un enfermizo bri-llo amarillento, y trepó muy pocos grados sobre el horizonte, sin proyectar una luz franca. No había nubes visibles, aunque el viento estaba aumentando y soplaba con una furia espasmódica e inestable. Cerca de lo que suponíamos era el mediodía, nues-tra atención onues-tra vez fue captada por la apariencia del sol. No emitía luz propiamente dicha sino un brillo opaco y sombrío sin reflejo, como si sus rayos estuvieran polarizados. Justo antes de hundirse en el mar turgente, sus fuegos centrales de pronto des-aparecieron, como ahogados por alguna fuerza misteriosa. Era un círculo borroso y plateado cuando desapareció en el océano impenetrable.

Referencias

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