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1 Mesmerismo: Franz Anton Mesmer (1734-1815) médico alemán. Trabajó en el desarrollo de un método de curación denominado mesmerismo, que se basa en la suposición de la existencia de un fluido magnético físico interconectado con cada elemento del universo, incluidos los cuerpos humanos. Afirmaba que las enfermedades se producían por el desequilibrio de este fluido en el cuerpo y su curación dependía de la reconducción del fluido a través de la intervención del médico. En la actualidad se considera el mesmerismo como sinónimo de hipnosis.
2 In articulo mortis: ‘en el instante de la muerte’.
No pretenderé, naturalmente, emitir juicios que nieguen los motivos para asombrarse de que el caso extraordinario del Señor Valdemar haya despertado tantas discusiones. Hubiera sido un milagro que así no sucediera, especialmente en tales circunstan- cias. Era el deseo de todas las partes interesadas, mantener lejos del público el asunto, al menos por el presente, o hasta que tuvié- ramos más adelante oportunidades de investigación; por nuestros esfuerzos para conseguir esto, un relato pervertido o exagerado se abrió paso entre la sociedad, y se convirtió en la fuente de nume- rosas y desagradables representaciones equívocas y, naturalmente, de una gran cantidad de desconfianza.
Es momento de que ofrezca los hechos, hasta donde yo mismo los comprendo. Sucintamente, aquí están:
Durante los últimos años ha captado repetidamente mi aten-
ción el tema del mesmerismo;1 y, hace alrededor de nueve me-
ses, se me ocurrió súbitamente que en las series de experimentos hechos hasta entonces, había existido una omisión muy notable y aun más inexplicable: ninguna persona había sido aún mesme- rizada in articulo mortis.2 Habría que ver, primero, si en tal con-
dición, existía en el paciente alguna susceptibilidad a la acción magnética; en segundo lugar, en caso de que existiese alguna, si era perjudicada o incrementada por su condición; en tercer lugar, a qué extensión, o por qué tan largo tiempo, las intrusiones de la muerte podían ser detenidas por el proceso. Había otros aspectos a ser determinados, pero estos despertaban aún más mi curiosi- dad, el último especialmente, por el carácter inmensamente tras- cendental de sus consecuencias.
3 Nom de plume: ‘nombre de pluma’, seudónimo. 4 Clairvoyance: Clarividencia, perspicacia.
Buscando a mi alrededor algún sujeto por cuyos medios pu- diera yo corroborar estos pensamientos, pensé en mi amigo, el Sr. Ernest Valdemar, el conocido compilador de la “Bibliotheca Forensica”, y autor (bajo el nom de plume3 de Issachar Marx) de las
versiones polacas de Wallenstein y Gargantúa. Sr. Valdemar, quien ha residido principalmente en Harlem, Nueva York, desde el año 1839, es (o era) particularmente notable por su extraordinaria delgadez –sus miembros inferiores se asemejaban a los de John Randolph–; y, también, por lo blanco de sus barbas, en contras- te violento con su oscura cabellera, el último, en consecuencia, generalmente confundido con una peluca. Su temperamento era marcadamente nervioso, y lo convertía en un buen sujeto para el experimento mesmérico. En dos o tres ocasiones, lo había hecho dormir con poca dificultad, pero me desalentaron otros resulta- dos que su constitución peculiar me había llevado naturalmente a anticipar. Su voluntad jamás estuvo positivamente o cabalmente
bajo mi control y, en consideración de la clairvoyance,4 no obtuve
ningún resultado confiable con él. Atribuía mi falla en estos as- pectos al desorden de su salud. Porque algunos meses antes de que nos conociéramos, sus médicos habían diagnosticado en él una tisis indudable. Él acostumbraba, en verdad, hablar con calma de su muerte, como un hecho que no se podía evitar ni lamentar.
Respecto de las ideas a las que he aludido antes, por supuesto fue muy natural que yo pensara en el Sr. Valdemar. Conocía ya la firme filosofía de aquel individuo como para temer escrúpulos por parte de él; y no tenía parientes en América que estuvieran aptos para interferir. Le hablé con toda franqueza del asunto; y, para mi sorpresa, su interés pareció vivamente excitado. Digo para mi sorpresa porque, aunque siempre había cedido libremen- te su persona a mis experimentos, nunca me había dado antes muestras de simpatía por mis trabajos. Su enfermedad era de las
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que admiten un cálculo exacto respecto de la época de su culmi- nación en la muerte; y finalmente acordamos entre nosotros que él me contactaría veinticuatro horas antes de la fecha de deceso anunciada por sus médicos.
Hace algo más de siete meses que recibí, del propio Sr. Valde- mar, la nota que adjunto:
MI QUERIDO P...:
Puede usted venir ahora. D. y F. están de acuerdo en que no resis- tiré más allá de mañana a la medianoche; y pienso que han acertado la hora con bastante exactitud.
Valdemar
La nota había llegado hasta mí no más de media hora después de ser escrita, y en quince minutos más yo estaba en la habitación del hombre moribundo. No lo había visto por diez días, y me espantó lo horrible de los cambios que se habían operado en él durante este breve intervalo. Su rostro mostraba un color plomi- zo; los ojos sin brillo alguno; y la demacración era tan extrema que la piel se agrietaba en sus pómulos. Su expectoración era excesiva. Prácticamente no tenía pulso. Conservaba, sin embargo, de un modo muy remarcable, tanto sus cualidades intelectuales como un cierto grado de fuerza física. Hablaba con claridad –tomaba medicinas paliativas sin ayuda– y, cuando entré en la habitación, estaba ocupado en escribir notas en su agenda. Estaba sostenido en la cama con almohadas. Los doctores D. y F. lo atendían.
Después de haber estrechado la mano de Valdemar, me senté al lado de estos caballeros y obtuve de ellos una reseña minuciosa de las condiciones del paciente. El pulmón izquierdo había estado durante dieciocho meses en un estado semi-óseo o cartilaginoso, y era, por supuesto, del todo inútil para cualquier propósito vital. El derecho, en la región superior, estaba también parcialmente, sino totalmente, osificado, mientras que la región más baja era sim-
plemente una masa de tubérculos purulentos, penetrándose unos dentro de otros. Existían varias perforaciones extensas; y, en un punto, había una adherencia permanente a las costillas. Estas apa- riciones en el lóbulo derecho eran de una fecha comparativamente reciente. La osificación había proseguido con una extraña rapidez; no se había detectado ningún síntoma de ella un mes antes, y la adhesión sólo se había observado tres días atrás. Fuera de la tisis, se sospechaba que el paciente tenía un aneurisma en la aorta; pero respecto de este punto los síntomas óseos hacían imposible un diagnóstico exacto. La opinión de ambos médicos era que el Sr. Valdemar moriría alrededor de la medianoche del día siguiente (domingo). Eran entonces las siete en punto del sábado a la tarde.
Al separarse de la cabecera del convaleciente para conversar conmigo, los doctores D. y F. se habían despedido de él. Tenían el propósito de no regresar; pero, ante mi pedido, estuvieron de acuerdo en examinar al paciente alrededor de las diez de la noche siguiente.
Cuando se marcharon, hablé francamente con el Sr. Valdemar sobre el tema de su inevitable muerte, y, más particularmente, de la posibilidad del experimento. Parecía aun estar completa- mente deseoso, e incluso ansioso, por hacerlo, y me instó a que comenzara inmediatamente. Lo atendían una enfermera y un en- fermero; pero yo no me sentía en completa libertad de compro- meterme en una tarea de este carácter sin testigos más confiables que estas personas, por si algún accidente repentino ocurría. Por ello, retrasé las operaciones hasta las ocho de la noche siguiente, momento en que la llegada de un estudiante de medicina con quien mantenía una relación (el Sr. Teodoro L.) me aliviaría de tal preocupación. Mi plan, en principio, había sido aguardar a los médicos; pero fui inducido a proceder, primero, por los ruegos apremiantes del Sr. Valdemar, y en segundo lugar, por mi con- vencimiento de que no tenía tiempo que perder, porque era ya evidente que él se debilitaba.
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5 Verbatim: (latín) ‘literalmente’.
La amabilidad del Sr. L. fue tal que accedió a mi requerimien- to de tomar notas de todo lo que ocurría; y extraje de ellas lo que ahora he de relatar, en mayor medida, condensado o copiado
verbatim.5
Se aproximaban ya las ocho cuando, tomando la mano de Val- demar, le pedí al Sr. L. que lo hiciera declarar, tan expresamente como pudiera, que estaba completamente deseoso de que yo hi- ciera el experimento de mesmerizarlo en su estado actual.
Él respondió débilmente, pero aun así sus palabras fueron completamente audibles:
–Sí, deseo ser mesmerizado –agregando inmediatamente des- pués–: Temo que nos hayamos retrasado demasiado.
Mientras él pronunciaba sus palabras, comencé los pases que ya había descubierto como los más efectivos para someterlo. Evi- dentemente fue influenciado con el primer golpe lateral de mi mano sobre su frente; pero aunque utilicé todas mis facultades, ningún efecto perceptible se dejó ver hasta algunos minutos des- pués de las diez, momento en que llegaron los doctores D. y F., de acuerdo con la cita. Les expliqué, brevemente, lo que planeaba, y como no pusieron ninguna objeción, diciendo que el paciente es- taba ya en la agonía de la muerte, procedí sin dudar, cambiando, no obstante, los pases laterales por descendentes, y dirigiendo mi mirada completamente al ojo derecho del agonizante.
En ese momento su pulso era casi completamente impercepti- ble y su respiración estentórea, con intervalos de medio minuto.
Aquel estado continuó inalterado por casi un cuarto de hora. Cuando expiró este período, no obstante, un suspiro natural aun- que muy profundo emanó del pecho del moribundo, y la respi- ración estentórea cesó, es decir, que su carácter de estentórea ya no se notó; los intervalos no disminuyeron. Los miembros del paciente estaban fríos como hielo.
A las once menos cinco noté signos evidentes de la influencia mesmérica. El girar vidrioso del ojo había cambiado por aquella expresión de inquieto examen interior que nunca se ve sino en casos de hipnosis, y que es imposible confundir. Con unos breves y rápidos pases laterales hice palpitar los párpados, como en un sueño incipiente, y, con otros pocos más, los cerré totalmente. Sin embargo, yo no estaba satisfecho con esto, y continué vigo- rosamente las manipulaciones, con el esfuerzo más pleno de la voluntad, hasta que endurecí completamente los miembros del adormecido, después de colocarlos en una posición aparentemen- te sencilla. Sus piernas estaban completamente extendidas, y sus brazos descansaban sobre la cama a una distancia moderada de la espalda. La cabeza estaba levemente elevada.
Cuando hube realizado esto, era ya la medianoche, y pedí a los caballeros presentes que examinaran la condición del Sr. Valde- mar. Después de unos pocos experimentos, admitieron que él es- taba en un estado inusualmente perfecto de trance hipnótico. La curiosidad de ambos médicos aumentaba de un momento a otro. El Dr. D. resolvió enseguida permanecer con el paciente toda la noche, mientras que el Dr. F. se fue con la promesa de regresar al amanecer. El Sr. L. y los enfermeros se quedaron.
Dejamos al Sr. Valdemar enteramente tranquilo hasta cerca de las tres de la mañana, cuando me aproximé a él y lo hallé en la misma condición que en el momento en que partió el Dr. F., es decir, yacía en la misma posición; el pulso era imperceptible; la respiración era tenue (apenas notable, a no ser por la aplicación de un espejo frente a sus labios); los ojos estaban cerrados y rela- jados; y los miembros estaban tan rígidos y fríos como el mármol. Todavía, el estado general no era ciertamente de muerte.
Al acercarme al Sr. Valdemar hice un leve esfuerzo para influir sobre su brazo derecho en pos del mío, mientras pasaba este úl- timo con suavidad de un lado a otro sobre su persona. Yo nunca había tenido un éxito absoluto en tales experimentos con este
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paciente, y ciertamente descreía de tenerlo ahora; pero para mi sorpresa, rápidamente su brazo, aunque débil, siguió el curso que yo le asignaba al mío. Decidí arriesgar algunas palabras de con- versación.
–Sr. Valdemar –dije–, ¿está dormido?
No respondió, pero noté un temblor en sus labios, y por ello fui inducido a repetir la pregunta, una y otra vez. En la tercera repetición, toda su estructura fue agitada por un leve estremeci- miento; los párpados se abrieron lo suficiente como para mostrar una línea blanca del globo; los labios se movieron lentamente y de entre ellos, en un susurro apenas audible, emergieron las palabras:
–Sí, ahora duermo. ¡No me despierte! ¡Déjeme morir así! Entonces palpé sus miembros y los encontré tan rígidos como siempre. El brazo derecho, como antes, imitó la dirección de mi mano. Lo interrogué otra vez:
–¿Todavía siente dolor en el pecho, Sr. Valdemar? La respuesta ahora fue inmediata, pero menos audible: –No hay dolor. Estoy muriendo.
No creí prudente molestarlo, y nada más se dijo o hizo hasta la llegada del Dr. F., quien arribó un poco antes de la salida del sol, y expresó una sorpresa sin par al encontrar al paciente aún con vida. Después de sentir el pulso y aplicar un espejo frente a sus labios, me pidió que hablara con el hipnotizado otra vez. Así lo hice:
–M. Valdemar, ¿duerme todavía?
Como antes, la respuesta se hizo esperar algunos minutos; y durante el intervalo el hombre agonizante parecía estar reuniendo sus energías para hablar. En mi cuarta repetición de la pregunta, dijo muy lánguida, casi inaudiblemente:
–Sí, todavía duermo, estoy muriendo.
Fue entonces la opinión, o más bien el deseo, de los doctores, que el Sr. Valdemar continuara en su aparente condición de tran-
quilidad, hasta que llegara la muerte, y esta, se concordó en gene- ral, debía tener lugar en unos pocos minutos. Sin embargo, decidí hablarle una vez más, y simplemente repetí mi pregunta previa.
Mientras lo estaba haciendo, se produjo un cambio marcado en el semblante del hipnotizado. Los ojos giraron sobre sí mismos y se abrieron con lentitud; las pupilas desaparecieron hacia arriba; la piel tomó un color cadavérico general, similar no tanto a un pergamino como a un papel blanco; y las manchas tísicas circula- res que antes estaban fuertemente definidas en el centro de cada mejilla, se hicieron menos visibles. Uso esta expresión porque el carácter súbito de su partida, trajo a mi mente la imagen de una vela que se apaga de un soplo. El labio superior, entre tanto, se re- torció apartándose de los dientes, que previamente había cubierto por completo; mientras que la mandíbula inferior cayó con una sacudida audible, dejando la boca ampliamente abierta, y a pleno descubierto la lengua entumecida y ennegrecida. Supongo que todos los integrantes del grupo estaban acostumbrados a los ho- rrores del lecho de muerte, pero tan horrible y desgarradora era la apariencia del Sr. Valdemar en este momento que hubo una retirada general de la cercanía a su lecho.
Sé ahora que he llegado a un punto en esta narración en que to- dos los lectores estarán espantados hasta el punto de no dar crédito a mis palabras. Sin embargo, mi labor es simplemente proseguir.
No había ya en el Sr. Valdemar el menor síntoma de vitalidad; y, concluyendo que estaba muerto, nos disponíamos a ponerlo a cargo de los enfermeros, cuando un fuerte movimiento vibrato- rio pudo observarse en su lengua. Esto continuó quizás por un minuto. Cuando terminó este período, brotó de sus mandíbulas extendidas e inmóviles una voz –sería una locura para mí intentar describirla–. En verdad, hay dos o tres epítetos que pueden con- siderarse aplicables a ella, en parte; puedo decir, por ejemplo, que el sonido era áspero, y quebrado y hueco; pero la horrible totali- dad es indescriptible, por la sencilla razón de que no hay sonidos
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similares que hayan hecho vibrar el oído de la humanidad. Hay dos particularidades, no obstante, que pensé entonces, y todavía pienso, pueden claramente señalarse como características de la entonación. En primer lugar, la voz parecía llegar a nuestros oí- dos –por lo menos a los míos– desde la lejanía, de alguna profun- da caverna en las profundidades de la tierra. En segundo lugar, me impresionó (temo, verdaderamente, que es imposible que se comprenda) como las materias gelatinosas o glutinosas impresio- nan el sentido del tacto.
He hablado a la vez de “sonido” como de “voz”. Quiero decir que el sonido era de una clara, e incluso maravillosa, aterroriza- doramente clara, pronunciación. El Sr. Valdemar hablaba, obvia- mente para responder la pregunta que yo le había propuesto unos minutos antes. Esta había sido, como se recordará, si todavía dor- mía. Él dijo ahora:
–Sí; no. Yo he estado durmiendo, y ahora, ahora estoy muerto. Ninguno de los presentes intentó negar o incluso reprimir el horror impronunciable, estremecedor, que estas breves palabras, pronunciadas así, acarrearon. El Sr. L. (el estudiante) se desma- yó. Los enfermeros huyeron rápidamente de la recámara y no se pudo hacer que regresaran. No pretendería hacer inteligible mis propias impresiones al lector. Durante casi una hora, estuvimos ocupados, silenciosamente, sin pronunciar una palabra, en los es- fuerzos por revivir al Sr. L. Cuando volvió en sí, nos dirigimos otra vez a la investigación de la condición del Sr. Valdemar.
La condición del moribundo seguía inalterada, manteniéndose lo que ya he descrito, con la excepción de que el espejo no brinda- ba más señales de respiración. Fue en vano un intento de extraer sangre de su brazo. Debería mencionar, también, que este miem- bro no estuvo más sujeto a mi voluntad. Me esforcé en vano por hacerlo seguir la dirección de mi mano. La única indicación real, verdaderamente, de la influencia mesmérica estaba ahora en el movimiento vibratorio de la lengua, cada vez que yo interrogaba
al Sr. Valdemar. Parecía estar haciendo un esfuerzo por contestar, pero no tenía ya voluntad suficiente. Si alguno de los presentes a excepción de mí, formulaba una pregunta, se mostraba totalmen- te insensible, aunque me esforcé por situar a cada miembro de la compañía en armonía mesmérica con él. Creo que no he relatado todo lo que es necesario para entender el estado del hipnotizado en este momento. Se consiguieron nuevos enfermeros; y a las diez en punto dejé la casa en compañía de los dos médicos y el Sr. L.
En la tarde todos regresamos para ver al paciente. Su estado general continuaba siendo exactamente el mismo. Discutimos so- bre la corrección y factibilidad de despertarlo; pero rápidamente acordamos que ningún buen propósito se alcanzaría haciéndolo. Era evidente que, hasta ahora, la muerte (o lo que usualmente denominamos muerte) se había retrasado por el proceso mesmé- rico. Parecía claro para todos nosotros que despertar al Sr. Valde- mar sería simplemente asegurar su instantánea, o al menos veloz, muerte.
Desde ese momento hasta el fin de la semana pasada –un in- tervalo de casi siete meses– continuamos realizando visitas diarias a la casa del Sr. Valdemar, acompañados, ahora y entonces, por médicos y otros amigos. Durante todo este tiempo el Hipnotiza- do permaneció exactamente como lo he descrito la última vez. Los enfermeros lo atendían continuamente.
Fue el último viernes cuando decidimos hacer el experimento