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Tu sombra en la maleza

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Academic year: 2020

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Tu sombra en la maleza

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Prólogo

El siglo XXI nació viejo. Varujan Vosganian

La sensación que tuve al momento de escribir el final de esta novela —si es que se puede decir

que está terminada— me hizo empezar a escribir este prólogo. Un final, que como todos, da otro

comienzo. Una sensación y un instante claro de satisfacción e introspección no sólo por la novela

en sí, sino por todo lo que fue escribirla: un proceso al que muy bien se le podría entender como

arte y terapia.

Amor y memoria

Decidí escribir sobre el amor porque siempre lo he entendido como el único motivo por el cual

una sociedad y en especial la vida pueden ser armoniosas, tolerantes y equitativas. Entendí esto

del amor porque la mitad de mi vida estuve rodeado y protegido por él. En la infancia estuve

protegido de una época en la que el miedo al secuestro, al asesinato, a la violencia y al

desconocido estaban a la vuelta de la esquina, en el andén de enfrente, en cualquier “centímetro del país” y eran los que movían gran parte de la realidad.

Miedos absurdos y vueltos paranoia social. Afortunadamente, y esto gracias a mi familia,

en la infancia, la mitad de los días, después del colegio, siempre estaba en la esquina, en el andén

de enfrente y en el parque jugando y conociendo al otro: gente parecida a mí y que no eran ni

asesinos, ni mafiosos. Eran gente diferente y, claro, cada uno con sus respectivos problemas,

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vez que alguien mayor me lo mencionaba. Por eso recordé de otra manera mi pasado, una con

más sentido y claridad.

Lo decía Funes el memorioso al querer recordar la Historia de la que Nietzsche habló y

sobre la cual Zarathustra fue abucheado; o el checo Milán Kundera en su libro El libro de la risa y el olvido: el pasado ha sido un tema principal en las sociedades contemporáneas.

“La gente grita que quiere crear un futuro mejor, pero eso no es verdad. El futuro

es un vacío indiferente que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de

vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o

retocarlo. Los hombres quieren ser dueños del futuro solo para poder cambiar el pasado.

Luchan y se reescriben las biografías y la historia” (Kundera)

En el colegio, no fue sólo el otro, sino también los otros -por los cuales se mueve el mundo: ranas, culebritas, árboles, niebla, insectos, plantas, frutas, pinturas, dibujos, libros,

juegos, muñecos y personas.

Es cierto que había juicios y prejuicios que eran reales y que debían atenderse porque sí

existían asesinos, sicarios, narcotraficantes, políticos, guerrillas, guerras y paramilitares. Pero

también había miedos que nos hacían desconfiar, abusar, resentir, discriminar y ser prejuiciosos e

irreflexivos con respecto al mundo que nos rodea. Digo esto porque desde la posición en la que

estaba entendí que el amor es lo que te permite sentir el mundo y, hasta donde se pueda, ser libre.

El que te permite romper miedos, juicios y normas para desmitificar comportamientos y

discursos. Y que, igualmente, te conforta cuando tú mismo te equivocas; el que comprende y

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Al estudiar literatura y teatro construí una cadena de asociaciones: con la memoria viene

el olvido, con el olvido la ficción, de la ficción el lenguaje, del lenguaje la historia, de la historia

el pasado y del pasado la memoria. Es cierto que la teoría (cualquiera) podría sugerir una gran

cantidad de elementos problemáticos al momento de analizar las causas y efectos de la memoria,

pero necesariamente hacen parte de un mismo sistema en el que cada uno tiene su lugar. Lo

entiendo en términos posestructurales, es decir, cuando se habla de memoria, se debe entender

que lo olvidado (ficción), que es un discurso marginal (autor), también hace parte del mismo

discurso dominante (libro) que busca ser recordado (lenguaje). Por eso, y entendiendo como

entiendo el amor, quise recordar, con base en un pasado violento y estúpido —como lo fue (y

es) el asesinato de estudiantes por paramilitares en el occidente del país—, de una manera en que

la violencia y la política dejaran de ser el discurso principal, un pasado en que lo principal, la

ficción fueran el lado de una relación joven de estudiantes que querían recordar lo que es viajar y

conocer algún lugar. Quería contar las cosas de una posible manera, de una en la que la ausente

cercanía con ellos me lo permitiera: una sincera y contextual: en que lo principal es lo alegre, lo

nostálgico, lo sensorial, lo reflexivo, la denuncia y la historia.

Hoy, después de estudiar y leer una cantidad significativa de obras literarias, entendí que

la alegría dejó de ser sólo un momento aislado en la sonrisa o en el confort del pecho, ya que un

momento nunca es un momento si no se tienen en cuenta los demás. Por eso la alegría no viene sin la nostalgia, o sin la envidia, o el desarraigo… y por eso la alegría la podemos sentir en un

poema de Cernuda o en un cuento de Joyce. De manera totalmente diferente en cada uno, pero

reconocible a la percepción de quien es capaz de abrir y criticar el entendimiento de lo que

conoce. La alegría, pues, se abrió a una cantidad de situaciones, emociones y acciones que se

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Estudiar literatura me enseñó a criticar y a darme cuenta de lo que no me gusta. Con lo

que estoy de acuerdo y/o desacuerdo, lo que me hace feliz y lo que me entristece. Me enseñó a

conocer la vida y a no distanciarla de la imaginación: ya que sin ficción no hay realidad y sin

realidad no hay ficción. Sin embargo, y ahí algo de lo que puedo dar cuenta por un paso

arriesgado y bien dado, haberme atrevido a escribir una novela, un trabajo creativo, uno que me

abriera al mundo y me desnudara ante los miedos, normas o prejuicios que inhiben la vida de

manera irreflexiva; me permitió complementar enormemente un proceso (que no termina aquí)

en el que dejé de ser un estudiante pasivo de arte y comprender mejor aún el trabajo de un artista.

El espacio de la literatura no sólo me brindó la oportunidad de hablar y criticar una gran

cantidad de inconformismos, estándares y entendidos, sino que también me dio la oportunidad de

hacer algo al respecto. Al leer, y en especial al escribir, todo depende de entender y desaprender.

Por eso el carácter terapéutico al que me refería en principio. Escribir sobre un evento traumático

hace al mismo escritor enfrentarse y revelarse traumas que había reprimido y de los que callaba

sin razón alguna. Escribir requiere de claridad, transparencia y precisión. De ubicación,

introspección y de escribir sin miedo todo lo que te haga dudar. La única manera que yo descubrí

fue aceptar y reconocer la sensibilidad de las palabras, de las personas, de los animales, del arte,

del artista, del pasado, del presente, del territorio en el que vivo, del mundo y cómo todo me

afecta a mí de manera directa. Después y, he ahí lo que hace a un buen escritor, hay que retomar

desde una perspectiva en que lo sensible ya esté sano y dejar que lo reflexivo y consciente hablé

y pula lo que se dijo, lo amplíe, lo cambie, lo corrija y lo trabaje.

Ser sensible afecta nuestro cuerpo, nuestro cuerpo determina experiencia y la experiencia

determina la manera en que recordamos, olvidamos, creamos y vivimos. La particularidad, pues,

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cuestione. Así, con el amor y la memoria como ejes, me permití narrar la historia de una joven

pareja en el pasado, el presente y el futuro —así tan sólo hubieran estado juntos en el pasado.

La forma: tiempo e imaginación

El tiempo, tal y como pasa en la realidad, fue un esquema que no sólo complicó y me hizo pensar

de manera excesiva, sino también fue una convención que pude romper de alguna manera. Para

ello ubiqué y estructuré la novela en tres temporalidades y con forma en espiral. Por esto escribí

la novela en dos registros escriturales: el de guion cinematográfico y el narrativo. Así pude lograr

que la novela empezara en presente y terminara en presente con salida hacia un futuro diferente

al que se plantea en el primer capítulo, por ejemplo (de ahí que diga en forma espiral). Mientras

que con el registro narrativo pude jugar y brincar de tiempo en tiempo, de mente en mente del

personaje principal y crear historias, sin perder la linealidad y coherencia de cada una, paralelas

y contrastantes que se complementan cada una.

Igualmente esta intención de juego con el tiempo y la mente lo relacioné directamente

con el tema de la memoria y el amor. Conscientemente e inconscientemente recordamos de

manera fragmentaria, esporádica, ausente e imaginativa. Los capítulos —y por lo tanto los

tiempos— se intercalan y rompen la linealidad de cada registro temporal. Al igual que los

recuerdos, nunca vamos a poder saber todo lo implícito del recuerdo y se deja de decir mucho

con el fin de poder hacer que el lector construya con su propia imaginación el subtexto de lo que

lee. Esta omisión intencional de los hechos la hice con el fin de subrayar el carácter amoroso de

la trama. Pues con omitir, silenciar y estructurar a modo de recuerdo, las imágenes que se

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locura del personaje principal y la necesidad (para él mismo sanar) de curarse por sí solo

acordándose del amor que alguna vez sintió y siente creando arte.

Opté por la posibilidad de narrar episodios alucinados y oníricos en los que eventos de la

realidad se manifiestan con proyecciones del inconsciente y se construyen realidades meramente

cerebrales y epifánicas. Capítulos descriptivos, anormales y en los que la imaginación

comprende a la realidad y al ser. Así, al igual que Walter Benjamin o Marcel Proust, la intención

es dejar que en cada reminiscencia, en cada viaje o en cada sueño, las cosas hablen por sí solas.

El cuerpo y la mente están unidas, presentes, y están para escuchar, ver y sentir lo que las cosas

tienen para decirle. La imaginación, pues, toma un lugar fundamental y específico. Se convierte

en un lenguaje que también tiene que decirnos algo importante, que también es útil y que nos

ayuda no sólo a apropiarnos de la realidad, sino también a entendernos y sanarnos de tantos

traumas y problemas que hemos reprimido o descuidado a lo largo de la vida.

De esta manera logré hacer del tiempo algo flexible, ilusorio e importante. Pude

trasladarlo de espacio a espacio, de realidad a realidad, de mente a mente y reelaborarlo según las

necesidades del personaje y la trama.

Sobre la muerte

La duda: la muerte. “Lo único seguro en la vida es la muerte”. No sé cuántas veces he escuchado

esta frase. A lo mejor cientos. La escuchamos desde pequeños, desde que, a los siete años (en mi

caso), nos damos cuenta de que la vida como la conocemos se puede acabar. Sin embargo, hay

algo que también es seguro: nunca nadie se ha visto morir. De la muerte se habla y se especula,

pero nunca con certeza o precisión. La muerte es un motivo y tema fiel para que la imaginación

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No hablo de ella explícitamente. La sugiero. La incluyo, pero se la dejo a la imaginación de

quien lee. La muerte es una duda, y cada quien llena ese concepto con lo que quiere.

Así la muerte deja de ser algo completamente seguro e inaccesible. La experiencia de la

muerte es algo inefable y sólo podemos hablar de ella especulando sobre el concepto o

refiriéndonos a las repercusiones que pudo tener en alguien vivo. Por eso el silencio y la

imaginación justifican el subtexto y el motivo de la muerte. No pretendo dar a conocer ni decir

qué es la muerte en sí. Sino más bien, resaltar la duda de la muerte. Una duda que sólo se puede

tratar en la imaginación y que no por ello deja de ser inexistente o excluyente. La imaginación es

el otro espacio (diferente al de la carne) en el cual se puede llegar a la muerte. Y así como la

muerte sólo se conoce hasta que se experimenta, el silencio que hice de ella es para que el lector

abra su imaginación y, en silencio, piense en ella. (¿“Lo único seguro en la vida es la vida”?)

“La consciencia nos vuelve unos cobardes” decía Hamlet cuando reflexionaba si matar o

no a su tío. Dudaba sobre todo lo que sabía y entendía. Su vida caía en una crisis filosófica

insuperable y la tragedia se hacía inminente. Tu sombra en la maleza es una contestación consciente al miedo y al asesinato para darnos cuenta de que lo único que nos toca en la vida

también es vivirla. La muerte es un hecho, pero la vida, al igual que pensaba Hamlet, también.

Por eso, a él, al final, sólo le importaba que lo que había sucedido en Dinamarca se supiera (que

sólo sería la historia desde un castillo).

Ficción y realidad

El lenguaje y las historias nos demuestran que todo lo que leemos puede ser real y

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tener una relación esencial con la realidad porque como se puede decir vaso, también se puede decir glass. Ambas son diferentes y varían según la necesidad y el objeto al que hacen referencia. El lenguaje no es absoluto o estático e inamovible. Y así como una palabra puede tener un

significado, también puede tener cuatro. Pequeñas historias muestran perspectivas que

enriquecen a quien las lee y pueden, de alguna manera, irrumpir en la vida de quien elige leerlas

para comprender el mundo desde perspectivas y posiciones diferentes que nos hacen reflexionar

sobre nuestro entorno y nuestro estar en el mundo. El lenguaje crea ficción y esta realidades.

Sólo hay que leer algunas palabras del Génesis, de la Ilíada del Mahabharata, de Macbeth, La

divina comedia, Ulises, Pedro Páramo, Salón de belleza o alguna otra obra escrita por alguien

que en su vida quiso ser escritor.

Con la ficción, el lenguaje y la literatura se puede llegar a concientizar un poco más de lo

que significa cada cosa y la repercusión que cada término, historia, frase o palabra tienen en la

vida de quien las comprende. Si el lenguaje alcanzara un punto álgido, en el que la misma

conciencia de él nos permita comprender que son sólo palabras, que hay más cosas para mover y

que mueven el mundo (y evidentemente no me refiero a la economía o al sistema monetario),

nuestro acercamiento y a la realidad variarían de discursos y se equilibrarían en el mundo.

Si escribes, tienes que creer y dudar de lo que escribes. Hay que detenerse y reflexionar

sobre cada palabra. Encontrar la indicada y articularla con todas las demás que tienes en la

cabeza. Hay que tomarse enserio cada letra, cada oración, hay que ser claro y confiar en lo que tú

mismo comprendiste al escribir un “hola”. Escribir sobre amor y recuerdos, puede hacer dudar a cualquiera. “¿Dos personajes que se conocen a los 23 años van a amarse perfecta, romántica,

tranquila, tortuosa, desgraciada, feliz, equilibrada y apasionadamente por voluntad propia?” La

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mierda”. Creer en lo que escribes es que te guste lo que haces, que te apasione y que,

afortunadamente, te haga dudar. La duda aclara, para eso está. Lo trascendental está en la mente,

en la psiquis humana, en el lenguaje y el mundo; al igual que el cliché.

Ahora puedo decir que hay gente que se nutre del mundo para hacer ficción, y eso está

muy bien; yo me nutro de mí mismo, que también soy parte del mundo, y eso también está muy

bien.

Hoy, y para finalizar este prólogo y empezar con la novela, puedo decir que creo en lo que escribí. Que dudo y que corrijo cuando deba. Que la decepción y la duda están presentes,

pero que también está el gusto, la pasión y el trabajo grato y entregado por algo que vale la pena:

el arte. Me lo creo porque tengo por qué y porque todos aquellos que me apoyaron y amaron

para poder encontrar una vocación en la vida creyeron en mí. En especial mi querido viejo, mi

amada madre y a mis dos hermanos mágicos y ‘chirretes’ hermanos que me han enseyado a ver

el mundo. Agradezco a mí familia entera: abuelos, abuelas, tíos, tías y primos que siempre están

pendientes y/o con los cuales viví experiencias que me hicieron partir de risa. También

agradezco a la vida y al Universo entero por la gente que puso a mi lado en todo este tiempo: a

Catalina, Diana, Ambika, Natalia, Carolina, Paula. A todas las amigas que se quedaron en el

pasado. A mis profesores, mentes precisas y enriquecedoras, Mario, Carolina, Ma. Mercedes,

Hugo, Claudia y Héctor Bayona. También, y ya para finalizar, quiero agradecer a Ivana, mi

presente, una mujer que dio un giro a mi vida y que, así no lo creas, fuiste una onda, ola gigante

que me hizo creer y acabar esta novela.

Miércoles 00 de XXX del XXI

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Epílogo

El crimen de los dos estudiantes ocurrió en diciembre de 2010 en el municipio de San Bernardo del Viento, departamento de Córdoba…

http://www.eldiariointernacional.com/spip.php?article3040

http://www.elespectador.com/noticias/judicial/articulo-370118-los-martires-de-universidad-de-antioquia

http://prensarural.org/spip/spip.php?article1286

http://www.radiomagdalena1420am.com/index.php/general/distrito/item/1641-a-23-y-27- a%C3%B1os-de-prisi%C3%B3n-fueron-condenados-respectivamente-los-paramilitares-por-asecinato-de-estudiante-universidad-del-magdalena

http://verdadabierta.com/component/content/article/83-juicios/3601-el-paso-macabro-del-bloque-norte-por-el-atlantico/

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Si nos damos cuenta de que la única persona que amamos no es más que un suplemento para la vida, vemos lo que hay detrás de la realidad. Y es porque se muere que te das cuenta que está adentro tuyo y, aunque no la recuerdes, te desborona todo lo que ves. Si alguien se da cuenta de esto por primera vez puede ser enloquecedor. Es un suplemento tan importante que vives por su recuerdo y la carne se mezcla con todo en el presente.

¿No existe y sigues existiendo por ella?

Las cosas de afuera nos hacen. Y ellas, como las conocemos, están hechas por nosotros. Sin embargo siempre, en algún momento, habrá algo para hacernos pensar en ellas de una sola manera: la primitiva relación con nosotros.

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Él nada en el mar, ella nada en el mar, Todo nada en el mar como una raya… ¡Otro mundo!”.

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¿Y ahora qué… qué vamo a hacer?

Int. Plaza de toros. Noche.

Andrés está ordenando la escenografía de la obra, un árbol gigante y ramas alrededor de toda

plaza. Acaba de terminar su última presentación. Está cansado, pero sonríe. Dobla unos telones.

Está en la arena de la plaza. Tiene un esqueleto blanca, un poco sucia y los brazos marcados. Un

pantalón ancho de tela rojo claro y un cigarrillo encendido en la boca. Tiene el pelo hasta las

orejas y patillas gruesas y largas. Se nota que acaba de desmaquillarse.

La cámara avanza hacia él. Al lado sale ADRIANA, una de las organizadoras del Festival

Iberoamericano (FIBO) y amiga de Andrés. Ambos se abrazan.

ADRIANA

¡Los felicito! Les salió muy bien. Fue una de las mejores maneras de cerrar el Festival.

ANDRÉS

¿Sí? ¿Les gustó?

ADRIANA

Uy, estuvo muy bueno.

ANDRÉS

Sí. A nosotros también nos gustó. Hubo una conexión grandísima.

ADRIANA

¿Y qué, listo para ir a comer?

ANDRÉS

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ADRIANA

Pero igual vamos a ir, ¿no?

ANDRÉS

Sí, claro. ¡En unos minutos me va a dar un hambre! Además, hoy quiero quedarme un poco.

Tengo ganas de recordar esta noche.

Andrés empieza a caminar y alza un par de cosas más. Camina por la arena tranquilamente y

Adriana lo sigue.

ANDRÉS

Hoy siento la nostalgia más que nunca.

ADRIANA

Sí. El aire está frío y la noche tibia… pues, soportable.

ANDRÉS

Exacto. Así es… Es la sensación que más me gustaba de Bogotá. Una noche de verano de

Bogotá. Perfecta para caminar y sentirse inseguro.

Ríe. Andrés trepa la barda de la arena y se encarama a las gradas.

ANDRÉS

Ven.

Le ofrece la mano a Adriana.

ADRIANA

Nooo. Yo puedo, papito. O se le olvidó que yo también hacía teatro.

Andrés ríe y Adriana se sube de un brinco a la guarda.

ANDRÉS

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Sonríe y la mira con ternura.

ADRIANA

Jaaa.

Andrés comienza a subir por las graderías y, a medida que avanza, tranquilamente, juega en las

sillas y las columnas a no detenerse y a no caerse. Salta de un lado a otro, camina por encima de

las sillas, sube escalones, hace equilibrio. Adriana lo mira y juega también.

ANDRÉS

Hacía más de 10 años que no venía.

ADRIANA

¿A Bogotá?

ANDRÉS

A Colombia.

ADRIANA

¿Y por qué?

ANDRÉS

Supongo que no tenía a qué.

ADRIANA

¿Y qué pasó?

ANDRÉS

Apareció todo, entre eso tú.

Andrés, a punto de caerse de una silla, salta de una pared a otra y termina trepándose al balcón.

Adriana lo mira sorprendida. Se queda quieta y empieza a perder el equilibrio.

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Ey, no te puedes caer.

Adriana reacciona y salta. Se va caminando al lado de él, pero en la gradería de abajo.

ANDRÉS (subiendo el volumen de la voz).

¡Hace mucho no jugaba esto!

ADRIANA

Ni yo.

Ambos van jugando por la plaza. Ninguno cae.

Ext. Plaza de toros. Noche.

En la parte más alta de la plaza, en el techo —la parte prohibida—, Andrés y Adriana están

sentados viendo la ciudad. Andrés está fumándose un porro.

ADRIANA.

¿Y ahora qué? ¿Vas a volver a Londres?

ANDRÉS

Todavía no.

ADRIANA

¿Te vas a quedar acá?

ANDRÉS

Algo. Sí.

ADRIANA

¿Cómo así?

ANDRÉS

Voy a viajar

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ADRIANA

Entiendo.

Andrés da una última calada y se lo da a Adriana. Adriana fuma.

ANDRÉS

Esa obra la escribí para sacar todo lo que tenía. Para tratar de entender por qué no podía volver y

por qué soñaba con tanta maleza. ¿Te acuerdas la escena de las ramas entrando en el oído del

hombre al teléfono?

Ríe.

ANDRÉS

La escribí para hablarme a mí mismo.

ADRIANA

¿Lo hiciste para acordarte?

ANDRÉS

¿Acordarme? Hace rato no escuchaba esa palabra. Sí, acordarme.

ADRIANA

¿Qué pasa?

ANDRÉS

No, pues que en inglés evidentemente la palabra no tiene el mismo sentido. ¿Agree, remember,

award, recall? Sí. La hice para acuerdarme. Para recordar de otra manera. Con arte. Porque ¿con qué más se puede curar la locura de este mundo?

Adriana mira la ciudad. Andrés levanta la cabeza y con lágrimas en la cara, mira. Miran en

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ANDRÉS

Bueno. Ahora sí me dio hambre.

ADRIANA

Ah, ¿sí?

ANDRÉS

¡Síp! Un hambre la hii jue puta… ¡Vamos!

Andrés se levanta rápidamente y empieza a correr hacia abajo. Adriana se ríe, mira una vez a la

ciudad, sonríe y se levanta tras él.

ADRIANA (gritando)

¡Yo ya no puedo correr tanto!

ANDRÉS

¡Yo sí! ¡Así que si necesitas ayuda para bajar, me gritas y vuelvo a subir para ayudarte!

¡Aauunque no sée si te ooiigaaa!

ADRIANA

¡Andrés! ¡Andrés!

ZOOM OUT: Adriana está gritando desde el techo de la plaza y Andrés está bajando por los

balcones. En el centro de la plaza, se ve la escenografía, un árbol gigante a medio construir con

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Desde la imagen del amor

Fue la figura inalcanzable de una joven pareja lo que me hizo decidirme por escribir sobre el

amor. Ellos bajaban por las calles empinadas de la Candelaria abrazados como micos y hablando

con gestos exagerados y dulces. Inventé que la estatura y la masa corporal del hombre eran

proporcionales al amor que sentía por su novia. Y que por eso, Andrés, sin meditación y con el

fin de amarla —ya que no quería decir te amo como todo el mundo—, dejaba que los impulsos

en su cuerpo y mente se hicieran reales: la alzaba, tiraba, giraba y abrazaba con la plasticidad de

un cuerpo que trata de hablar por sí solo. Decidí que sería un artista. Una persona racional e

irracional que es capaz de entender que el mundo está formado por una infinidad de colores —al

igual que palabras, ¿no? —, palabras, sonidos y movimientos que tienen todo tipo de

consecuencias en el comportamiento y en los sentimientos de los seres humanos. Por eso, y por

ahora, Andrés no se toma el amor sólo con palabras, sino que prefiere experimentar con otro tipo

de reacciones: puntuales, presentes, tan reales como la mente y el cuerpo en una misma persona.

Su novia se llamaba Camila. Y era la mujer más dulce que jamás hubiera visto. De cara

ovalada, con ojos grandes color miel debajo de dos hermosos abanicos, boca pequeña color coral

suave, de labios delicados, suaves y gruesos, nariz pequeña, tabique recto y punta ligeramente

respingada. Pelo crespo castaño y con delgados mechones más claros. De estatura promedio,

1,60, delgada y bien proporcionada; ligera y armoniosa para que Andrés se diera gusto

levantándola por los aires y disfrutáramos de la sonrisa más hermosa que él y yo hemos visto.

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Bueno, igual, ustedes ya saben a quiénes me refiero y qué terminó escrito y qué no. A lo

que iba con esto es a que me gustó preguntarme qué sería el amor sin palabras, o mejor, con

palabras en otro lenguaje, hechos con otra parte del cuerpo y no la lengua ¿Cómo afectaría

nuestra manera de comunicarnos, de pensar, de amar y de recordar?

Febrero, 2010.

—Y a ti, Andrés, ¿qué te parece?

—Perfecto. Y me voy antes de que me cojan las pelotas —dijo Andrés tomando su

maleta y saliendo con una gran sonrisa en la cara del batallón—. Nada, hombre, relájate que ya

no nos pueden llevar.

Mientras caminaba por la acera, camino a su casa, Andrés sonreía de felicidad y

tranquilidad. El ejército era lo que menos le importaba. Estaba demasiado emocionado como

para pensar y amargarse por eso. Se iba a ver con Camila, la mujer que acaba de conocer hacía

una semana. Estaba enamorado de ella porque siempre que se la encontraba ocurría algo que le

impedía hablarle: un tropezón, una caída, una avenida, o sencillamente pequeñas casualidades.

Hasta que el miércoles anterior, por una casualidad, tropezara con ella en una situación tan falsa,

y tan obvia, que no habían tenido otra opción que conocerse. Fue frente al café al lado de la plaza

y en el que por lo general se suele recibir el suave calor de los rayos que rebotan en las paredes

de piedra cuando hace sol. Andrés se estaba presentando. Y mientras miraba por encima de su

grotesca y postiza nariz la moneda que un transeúnte arrojaba en el piso, jamás pensó que

Camila, quien de costumbre solía tomarse un café a esa hora, ese día tuviera ganas de caminar un

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pesados y lentos, levantó la moneda y se la tiró al que se la había arrojado. Aunque no lo golpeó,

lamoneda causó una seriede reacciones: aquel hombre gritando insultos a Andrés por el favor

que supuestamente le estaba haciendo, Camila mirando cómo los dos hombres alegaban, el

estúpido accidente de Andrés y la moneda de aquél hombre en el bolsillo de un habitante de la

calle, Javi.

Camila acababa de pasar por el café cuando su atención se detuvo en una gritería entre

dos hombres. Uno muy raro en el centro de la plaza y el otro vestido y corbata. Aunque solía no

meterse en las discusiones ajenas ni ningún otro tipo de disputa, la figura del hombre bajito y

anormal le hizo acercarse lentamente.

—Pero si te estoy haciendo un favor, ¡idiota! —gritaba el señor alto y bien vestido.

Camila se fijó en que el otro hombre gritaba pero no decía nada. Ninguna palabra. Sólo

gritaba, mugía y alegaba con las manos. La situación le pareció muy cómica y la gracia que tenía

aquel repugnante ser la hizo reír. El pequeño y asqueroso ser la vio y, haciendo el mismo tipo de

ruidos y sin dejar de hablarle al otro señor, se dirigió hacia donde estaba antes. Camila no pudo

aguantar más la risa y rió hasta quedarse sin aire. El señor alto se fue alegando todavía, y lo

mismo hizo el pequeño. Cuando Camila se tranquilizó, notó que el hombrecito estaba parado en

un banco de madera en un solo pie, con los brazos inusuales y forzosamente estirados, una pipa

en la boca, la espalda recta y la cabeza tan erguida como se lo permitía su cuerpo, un sombrero

viejo de copa y arriba una gallina sentada. Camila se acercó a menos de un metro y se quedó

mirándolo. Él la vio, y aunque al principio dejó la mirada al frente, luego la empezó a seguir con

ella. Camila caminaba alrededor de él lentamente.

— ¿Es de verdad? —dijo Camila señalando la gallina.

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Camila contempló por un rato la gallina y añadió. —Está muy buena.

Camila siguió caminando alrededor de él y se puso a buscar en el piso algún sombrero o

estuche para darle monedas.

—¿Por qué no tienes dónde echarte monedas? —dijo Camila sin dejar de buscar en el

piso.

El hombre empezó a mover muy lenta y rígidamente la cabeza hacia el lado y con la

mirada y los músculos de la boca mostrando un gran esfuerzo, miró su mano derecha. Camila se

acercó a ella y la abrió. Tenía un viejo prendedorcito de gato. Camila trató de cogerlo, pero él

cerró la mano inmediatamente y volvió la cabeza hacia el otro lado. Camila no fue a la otra mano

e intentó abrirla de nuevo. El hombre la cerró lo más fuerte que pudo y aunque intentó no perder

la postura, le escupió la pipa en la cabeza, se apoyó en ambos pies y, sin dejar caer la gallina

trató de luchar contra ella. Camila se divertía viendo a aquel hombre que no se salía del

personaje. El hombre empezó a hacer los mismos ruidos de antes y Camila se cayó para atrás de

la risa sin soltar su mano. El hombre empezó a caer y la gallina empezó a agitarse y cacarear.

Camila, al ver que era de verdad, se río aún más. Con la primera contorsión que tuvo su cuerpo,

el empeine terminó en la entrepierna del hombre, quien inmediatamente gritó, pero ya no como

antes, y cayó con las manos entre las piernas. La gallina salió corriendo y se devolvió a llevarse

el sombrero con el pico. Camila se incorporó, pero nada de la situación favorecía para que dejara

de reírse. Volteó al hombre y vio que estaba pálido y con los ojos cerrados, doliéndose. —¿Estás bien?

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—Que fue culpa tuya…—dijo Camila con las dulces risas que quedan después de algo

así.

—… Oooh… ¿Cómo que mía?

—Sí. Es tuya. ¿Cómo no te ríes!

—Porque me volviste a meter las bolas.

—Bueno. Pues si quieres soplo para ver si vuelven a salir.

Andrés abrió los ojos y a contraluz pudo distinguir a Camila de cerca. Los rayos del sol

revelaban un color rojizo en el pelo crespo. Era bellísima y sólo se veía felicidad en las

expresiones y facciones del rostro.

—No… no hace falta. Ya se bajarán —dijo Andrés incorporándose y quitándose la nariz.

— ¿Dónde habrá quedado Paca? —mientras buscaba con la mirada.

—Salió por allá, y se llevó el sombrero.

—Sí. Es lo único que le importa. Ingrata desagradecida —dijo al distinguirla a unos

pocos metros, caminando tranquila y con el sombrero en el pico. —¿Qué le pasa?

—Nada. Está loca.

—Sí. Igual que tú.

—Y que tú que andas capando a extraños en las plazas —dijo mientras se empezaba a

levantar.

—No fue mi culpa.

Andrés le dio la mano y con una sonrisa la levantó. Camila voló por un instante y se

estabilizó con dificultad. —¿Estás bien?

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—Sí. Sólo me duelen el abdomen, y el empeine.

—No lo dudo —dijo mientras se empezaba a cambiar de ropa.

—Eres mucho más bajo, y… —sorprendida por el cuerpo de Andrés.

—Y menos feo, ¿no? —Andrés se metía la camiseta por la cabeza— Ser alto es fácil,

sólo hay que poner un banco.

—Me gustabas más cuando eras asquerosito —dijo comenzando con una sonrisita.

—Bueno, pues eso lo puedo arreglar —dijo mirándola a los ojos y devolviéndole la

sonrisa—; aunque me parecería algo extraño que esa sea tu preferencia sexual.

—Lo sería… No. no lo soy. Lo extraño asusta. Y la verdad, eso es lo que menos quiero

—dijo con tono coqueto.

Andrés la miró mientras recogía sus cosas y se ponía el butaco en el hombro.

—Sí. Pero al parecer también hace reír…—la miró— Vamos por un café —y empezó a

caminar hacia el café de la esquina. —¿Y tienes para pagar?

—¿Te invito?

—Cómo, si cuando te dan monedas las botas.

—Yo trabajo para hacer esto, no hago esto para trabajar —dijo mirándola de nuevo e

invitándola a que lo siguiera. Empezaron a caminar juntos hacia el café y Paca se fue corriendo

tras ellos con el sombrero en el pico. Vale aclarar, que Camila no terminó invitada y Andrés,…

invitaría el próximo.

Antes de girar la esquina de la Av 4 con 28, en la Macarena, Andrés se dio cuenta que una

(27)

había visto antes. Y aunque él sabía que las cosas ya no eran tan vertiginosas y peligrosas como

antes, aún desconfiaba de aquellos carros sospechosos. Más aún, porque sabía que seguía

viviendo en un país en el que toda su generación había crecido con miedo al secuestro. Cruzó la

calle, pasó por el lado de la camioneta y entró al edificio en el que vivía. Hacía ya más de 3 años

que vivía solo en La Macarena. Sus papás lo habían mandado a estudiar a Bogotá cuando tenía

18 años y desde entonces solían verse sólo a final de año. Eso porque Andrés prefería quedarse

trabajando y presentándose por la ciudad en las vacaciones de mitad de año, ya que tenía más

tiempo y una ciudad inmensa como para no repetir escenario.

Por eso su apartaestudio parecía una especie de taller. Tenía herramientas de carpintería,

telas, utilería, plantas tejidas al techo en una maya de cabuya en la que descansaban varios

sombreros, prótesis y ropa, cuadros sin enmarcar, pinturas y un par de bancos al lado de una

mesa que servía como comedor y taller. Dejó la maleta sobre la maya del techo, se empezó a

quitar la chaqueta y se dirigió al único cuarto. Entró, arrojó la chaqueta sobre la cama sin tumbar

ninguna de las varias montañas de libros que había en el piso, abrió el closet, sacó otra chaqueta,

se perfumó, salió del cuarto, se dirigió a la cocina, llenó un platón de perro con maíz, abrió la

nevera, tomó jugo de naranja directamente de la jarra, lo metió, la cerró, salió de la cocina y se

revisó los bolsillos, al oír un ruido entre todas las cosas, volteó y vio a Paca entrando de la

pequeña jardinera de la ventana con dos lombrices en el pico. Se acercó para saludarla, pero ella

corrió hacia el sombrero de copa gris que estaba en un rincón lleno de plumas. Se rió y mientras

se abotonaba la chaqueta miró por la ventana y vio que la camioneta seguía ahí. Se quedó

mirándola un rato. Se prendieron las luces y arrancó.

Tenía que salir a trabajar. Era mesero en un bar de salsa de la zona y tenía que cubrir el

(28)

semestre y ya sólo les quedaba uno para terminar la carrera; una bióloga y un literato. Andrés

aún no sabía qué iban a hacer, pero eso no le importaba, sólo quería verla. Cuando se es joven, se

vive con la posibilidad de escoger una infinidad de caminos; el mundo se muestra como lo que

es: algo más grande que el hombre, pero demasiado pequeño como para no recorrerlo todo. Por

eso, cuando se vieron, a eso de las 9:45 p.m., empezaron a caminar sin rumbo.

Andrés recogió a Camila en la calle 29 con 3, en la casa de un compañero. La tomó de la

mano y sonriente y lleno de vida empezó a caminar, de manera que Camila, sorprendida, tuvo

que dar unos pasos más rápidamente. Andrés cruzó la tercera hacia el occidente y volteó a

mirarla con la sonrisa de lado a lado. Ella, con la sorpresa de la situación, le reflejó una sonrisa.

Llegaron a la calle 28 y empezaron a descender a la carrera 7. La cuestión fue que Andrés,

cegado por la felicidad del momento, no bajó el ritmo y empezó a caminar de manera tal que

ambos tuvieron que trotar desarticuladamente hasta soltarse y correr cada uno por su lado para

no caer. Sin embargo, Andrés al voltear la mirada hacia atrás cuando soltó a Camila, al ver que

se reía y estaba feliz, no se percató que delante de él había un poste. Cuando se dio cuenta, la

sonrisa se le petrificó y, viendo que ya no podía frenar o esquivarlo, decidió golpearse de manera

más estruendosa para amortiguar el golpe. Camila vio cómo Andrés se chocaba y volaba de para

atrás con los brazos estirados y las piernas verticales y chuecas. Cayó al piso de la risa y tuvo que

gatear unos centímetros para no irse de cara sin parar de reír. Andrés se contorsionaba en el piso

y se ponía la mano derecha en el coxis, confundiendo la risa con el dolor.

—¿A ti qué mierda te pasa? –dijo Camila revolcándose en el andén y riendo

incontroladamente.

Andrés, sin tener nada que decir, siguió riéndose hasta calmarse en unos breves suspiros.

(29)

— ¿Estás bien? –le dijo Andrés ofreciéndole la mano para levantarla. Camila, aún con

una risa incontrolable, le dio la mano y se levantó aún sin saber si era lo que quería. De repente

lo soltó y se agachó mirando hacia un lado con otro ataque de risa incontrolable, ese segundo

ataque que da cuando se sabe que este va a ser el recuerdo más fresco de un momento tan

particular, y que la caída, los brazos, la estupidez y la rapidez del momento, nunca más van a

verse así. Camila se incorporó y lo miró con la mano en la boca y los ojos entrecerrados. —¿Pero a ti qué mierda te pasa? –dijo ella moviendo la cabeza y quitándose la mano de

la boca.

—No sé –dijo él moviendo la cabeza de un lado a otro y abriendo los brazos.

—Eso ha sido lo más estúpido y chistoso que he visto en mi vida –con tono de

incredulidad—. ¡Qué verga!

—Ja, ja, ja. Sí. No estoy en desacuerdo –Andrés tomó su mano de nuevo, pero esta vez

caminó con un ritmo más tranquilo.

Llegaron a la carrera 7 y caminaron hacia el norte por el carril oriental. —¿Y cómo te fue hoy? ¿Terminaste el trabajo ese?

—Sí. Se podría decir que sí.

—¿Cómo así?

—Sí,… así. Lo terminamos.

—No les quedó muy bien. Es eso, ¿no?

—Pasamos. Es que no es una clase ni que nos guste, ni que sea importante para nuestras

vidas.

—Entiendo. Gastarle tiempo suficiente a algo que no es tan importante para hacer cosas

(30)

—Exacto.

Andrés miró al frente. Era la primera vez que una mujer lo hacía sonreír por un cumplido

(31)

CALAVERA NO LLORA.

EXT. DÍA. AV 19 CON 134.

JHOVANNY, un hombre de 34 años, piel quemada por el sol, cicatrices de acné y corte militar,

está caminando con el periódico en las manos. “Reinsertados y desmovilizados de nuevo en el Cesar”. Y hay una foto, debajo del titular, de políticos y gente bailando vallenato. Jhovanny llega

al semáforo. Está en rojo para los carros. Mira al frente y ve una familia de desplazados. Papá,

mamá, tres hijas, un nietecillo y dos hermanos. El niño, junto a su hermanita, vende bolsas de

basura. El otro hermano lava vidrios, y el papá y la mamá venden trapos para la cocina. Las otras

dos mujeres están con el bebé. Una le da pecho y la otra está sentada al lado con un cartel en

cartulina blanca y letras en marcador negro. Jhovanny aprieta el periódico. Después de verlos,

justo cuando va a empezar a caminar, OYE que le pitan. Se asusta. El semáforo está en verde

para los carros.

EXT. DÍA. CALLE 134.

Jhovanny arruga el periódico y lo bota en una caneca. Saca la mano a un bus para pararlo y se

sube.

INT. DÍA. BUS.

Jhovanny paga, se gira y camina hacia el fondo del bus. Se sienta en una silla junto a la ventana.

Mira a través de ella. El bus frena. SE OYE LA MÁQUINA REGISTRADORA. Jhovanny ve a

Andrés subirse con una maleta grande a la espalda. Paga. Camina hacia el fondo del bus y se

sienta en una silla atrás de Jhovanny. Jhovanny está incómodo. Trata de ver a Andrés por entre la

ventana y la silla; por entre ambas sillas. SE SUBE una señora y se sienta al lado de Jhovanny.

(32)

EXT. DÍA. CHAPINERO.

JAVI, el habitante de la calle, está escarbando en la basura. Tiene un carrito lleno de basura

reciclable. El bus de Andrés y Jhovanny para enfrente de él. Javi está echando un cartón al

carrito y mira de casualidad en el bus. Ve a Jhovanny y se queda mirándolo. Jhovanny lo mira a

él. Javi tira el cartón y le levanta la cabeza.

JAVI

Yo a usted lo conozco, gonorrea.

Jhovanny se asusta un poco y sigue mirándolo. Cada vez más apenado y bravo.

JAVI

¡Ay! Jueputa, yo sé quién es usté.

La gente en el bus mira a Javi y enseguida a Jhovanny. Andrés se percata y mira la situación.

JAVI

Baje, pirobo. Ya no es tan hombrecito sin armas, ¿no? Pero no se preocupe, gonorrea, que la

noche es nuestra; y ahí lo mandan a las alcantarillas.

Ríe altaneramente. Javi coge un palo de la basura y se acerca al bus con determinación.

JAVI

Baje, baje, paraco de mierda.

Andrés, al ver que Javi está a punto de golpear el bus, se para y se baja.

EXT. DIA. CHAPINERO.

Andrés baja del bus y se dirige a calmar a Javi. Se mete entre él y el bus y Jhovanny los mira

desde la silla. Jhovanny no se deja intimidar, y aunque está a punto de matar a alguien, trata de

ignorarlos y ser indiferente. Andrés toma el brazo de Javi y alcanza con cuidado el palo.

(33)

¡Perro! ¡Perro hijueputa!

Empieza a gritar Javi hasta romper en lágrimas. Andrés lo abraza.

JAVI

¡Perro,… perro!

Jhovanny los mira. El bus va a arrancar y Andrés se voltea a verlo. Jhovanny se asusta. Andrés lo

mira y el bus se va. Abraza a Javi.

ANDRÉS …Fresco… fresco…

Javi sorbe fuertemente y levanta la cara intentando calmarse. Ya no está iracundo.

JAVI

…uuuaff…. Respire, respire…

ANDRÉS ¿…Todo bien…?

JAVI

Uf… Uy es que me alborotó todo ese malparido.

Respirando hondo para calmarse.

JAVI

Sí… ya, ya. Todo bien. Ya pasó.

ANDRÉS

Sí. Ya pasó.

Javi se sienta en el andén. Andrés lo mira. Javi tiene las manos en la cara y se le ve afectado. En

shock.

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ANDRÉS

Pille. Esto lo alegra.

Javi lo recibe.

ANDRÉS

Bocadillo, puros pensamientos dulces.

Andrés abre el suyo y empieza a comer. Javi también. Al cabo de unos segundos, Javi está más

tranquilo. Más alegre.

JAVI

Todo bien, mi chino. Menos mal estaba ahí.

ANDRÉS

Sí, menos mal.

JAVI

Es que fue ese hijueputa el que prendió a mi familia en las alcantarillas. Fue uno de esos

hijueputas. Yo no los olvido. Y los huelo, porque los muertos olemos las ratas.

Javi se ensimisma hasta que vuelve a morder el bocadillo.

JAVI

¿Sí o no?

ANDRÉS

¿Le huelo a rata?

Andrés sonríe. Javi lo mira sospechosamente.

JAVI

Nah. Ustede huele a pollo.

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ANDRÉS

¿A pollo?

JAVI

Sisaa. Ustede huele a gallina.

ANDRÉS

¿A gallina?

JAVI

Sisa. A Gallina. A una gallina bien gorda y parrandera.

ANDRÉS

Vea pues… Bueno aunque sea no es por cobarde o algo así.

JAVI

Nah. Ya quisiera ser yo una gallina.

Ríe. Ambos acaban el bocadillo.

ANDRÉS

Bueno, hermano, me abro.

JAVI

¿Sisa?

ANDRÉS

Sisa.

JAVI

Todo bien. ¿Pa dónde va?

ANDRÉS

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JAVI

Camine y lo bajo hasta el cheto. Acá en la carrera 7 se demoran mucho.

ANDRÉS

¿A cambio de nada?

JAVI

Nada. Relájese que en la calle se aprende a tratar como lo tratan. Usted me ayudó, yo lo

acompaño.

ANDRÉS

Bueno. Todo bien.

EXT. DÍA. CARRERA TRECE.

Javi lleva el carrito por la calle y Andrés camina al lado de él sobre el andén.

JAVI

…Eso fue cuando yo era joven todavía.

ANDRÉS

¿Qué edad?

JAVI

42.

ANDRÉS

Sí. Era joven.

JAVI

¿Y por qué se bajó?

ANDRÉS

(37)

JAVI

Bah.

ANDRÉS

Alguien más habría muerto.

JAVI

Pues sí. Donde se baje esa rata alguno se muere.

ANDRÉS

¿Ese es el bus?

JAVI

Sisa, ése es.

ANDRÉS

Bien.

JAVI

¿Pa dónde va?

ANDRÉS

A Córdoba.

JAVI

¿Qué?

ANDRÉS

Viejo, Javi, yo también nací aquí.

Andrés asoma la mano para parar el bus. El bus para y antes de subirse.

ANDRÉS

(38)

Andrés se sube al bus.

ANDRÉS

¡Nos vemos! ¡Y gracias!

El bus arranca. Javi. Mira cómo se va.

(39)

Agua y sal

El frío les congelaba la sonrisa a eso de las tres de la mañana, mientras subían las colinas de la

Macarena. Y aunque probablemente dentro de muchos años después no recordarían todo, sí

recordarían, esporádicamente y tal vez en la calidez de la soledad, lo bien que la habían pasado

esa noche. Andrés la hizo pasar al apartamento, encendió la luz, y Camila quedó boquiabierta. —Sigue –dijo Andrés mientras dejaba las llaves en un pequeño gancho—. Mi casa, tu casa.

—Está severa.

—Sí. Lo sé. Y mira, lo mejor de casi todo es que puedes hacer esto. –Andrés le quitó el

abrigo, le recibió el bolso y los tiró hacia la maña de cabuya.

—¿No se cae? –Dijo Camila sin antes exclamar una gran sorpresa.

—Mira.

—Ojalá mis papás me dejaran hacer algo así.

—Y eso que tú eres la bióloga.

—Sí. Igual, bueno, es su casa. En cierta medida los entiendo.

—Y en cierta medida ya tienes algo así en tu casa –dijo Andrés mirándola coquetamente

a los ojos y con una sonrisa segura y tierna.

—Gracias —dijo ella devolviendo la coquetería en un tono más travieso e igual de tierno.

Lo tomó de la camisa y se acercó a su boca para darle un beso. Andrés la atrajo contra sí e hizo

(40)

fuerte, y él, muy suavemente, empezó a bajar por su cuello. Camila cerró los ojos y el aire frío

que le secaba los labios se confundió con los pequeños impulsos que recorrían su cuello para

recordarle que su cuerpo también podía sentir algo diferente de la ropa que lo cubre, de las

raspaduras que frecuentamos.

Andrés dejó que su gusto y tacto disfrutaran con las sensaciones de Camila. Lamió la

base del cuello y asomó los dientes para raspar y mordisquear la clavícula. Camila se estremeció

y dejó que la respiración hablara por ella. Andrés, subiendo de nuevo a su rostro, empezó a

besarla más y más suave. Camila sintió húmedo y frío el labio superior. Bajó un poco la cabeza

de modo tal que la frente quedó levemente apoyada en la nariz de Andrés. Y ambos se llevaron

las manos al pecho.

Andrés, sin dejar el aire seductor, acercó la boca a la oreja de Camila y la empezó a lamer

con la punta. Camila se contorsionó e igualmente sedujo a Andrés, sólo que este, en vez de

estremecerse, la apretó más. Con la boca jugaba más con la oreja. Camila soltó las manos y se

elevó con un suspiro consecuente a la ola de calor que la consumía repentinamente. Andrés

apretó su cadera y, por debajo de la blusa, rasguño tenuemente de abajo para arriba la espalda de

Camila. La contorsión de Camila se agrandó tanto que su cabeza se fue para atrás y Andrés no

pudo seguir besándole la oreja, sino que, de nuevo, el cuello le quedó expuesto; lo besó, Camila

lo abrazó; él a ella y sin dejar de besarse y tocarse, empezaron a caminar apresuradamente hacia

el cuarto. Camila tropezó varias veces, y cuando entró al cuarto tumbó varias torres de libros que

quedaron regados en el piso hasta la mañana siguiente.

—Perdón –dijo Camila acalorada y mirando los libros en el piso.

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Camila lo miró sonriendo. Ambos se miraron a los ojos un momento y Andrés, casi al

mismo tiempo que la besaba en la boca, empezó a quitarle la blusa. Ella alzó los brazos y exhibió el pecho, el abdomen, la cadera, el ombligo, las axilas y brazos, la piel,… Andrés quedó

estupefacto. Camilo tomó la blusa y comenzó a sacarla por la cabeza. Andrés la miró y se quedó

contemplando su cuerpo mientras que Camila estaba ciega por su misma blusa. Si hubo algo que

Andrés sintió, no fue precisamente que el pene se le pusiera más grueso, sino que desde el fondo

del pecho un pálpito contundente y poderoso le llenaba de sangre todo el cuerpo. Camila se zafó

de la blusa y Andrés la tiró al piso. Se quitó la camisa, la acostó en la cama y sin que el pecho

tocara el de ella, se puso encima. Delineó con manos y boca toda su piel. Y besó sus hombros,

radios y cúbitos; sus tetas proporcionadas y redondas y los pezones duros y pequeños; sus

costados, costillas, omoplatos; su abdomen, ombligo y las crestas de su cadera –en las que usó

los dientes para conocerlos mejor. Luego dobló las piernas y alzó el coxis para quitarle los

pantalones, los que bajó asomando la punta de los dedos, de tal manera que las uñas le rozaban

los muslos. Luego se quitó el suyo. Tomó sus piernas, las dobló y puso la cabeza en la mitad de

ellas. Besó, lamió, chupó, tocó y sobre todo vio cómo cada vez que él hacía algo que quería,

Camila metía el abdomen y se levantaba de la cadera a la cabeza. Andrés subió y esta vez dejó

caer su pecho contra el de ella. Camila estaba sudada y él se dio cuenta de ello apenas el pecho

frío se calentó con el de Camila. Ella lo tocó, lo abrazó contra sí, lo miró a los ojos y Andrés

sintió cómo su mano derecha descendía y se metía por sus bóxers. Camila lo apretó, lo movió y,

apenas sintió que no podía ser más grande, lo sacó y lo metió rompiendo de placer y emanando

mucho más calor que antes. Se empezaron a mover y a hacer el amor con la empatía y el

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Andrés estaba acostado bocarriba y ella estaba moviéndose encima de él. Andrés se

levantó, recogió las piernas con ella encima y la abrazó. La boca de Andrés quedó en el pecho

de Camila. La abrazó más fuerte y tanto Camila como Andrés empezaron a mover la pelvis al

ritmo que los mordiscos, las respiraciones y el sudor lo permitían. El sudor de Camila se apoderó

de la boca de Andrés y se confundió con las babas en los pezones de Camila. Él siempre pensaba

que el sudor era perfecto para entender la vida. El equilibrio. La inclusión del agua y la sal, de lo

dulce y lo amargo, la estabilidad perfecta para reflejar que no sólo se vive de agua, sino que la

sal es fundamental para que ella no se nos evapore del cuerpo y muramos de deshidratación. La

sal era ese fuerte sabor que fascina tanto cuando se hace el amor, que no deja que las cosas sean

desabridas e insípidas y que las hace perdurar con el sabor y aroma. Un sabor que se disfruta

mucho más cuando se mezcla con todos los estímulos de un orgasmo.

A la mañana siguiente, Camila entreabrió los ojos y vio que todos los libros estaban

recogidos. Miró hacia el lado y vio a Andrés leyendo recostado.

—¿Lees? ¿En serio? ¿Lees después de tirar toda la noche? —Andrés la miró y contestó.

—No. No por lo general. Pero es que ya no tenía sueño y preferí quedarme a tu lado para

cuando despertaras,…aunque sea —y rió.

—Luego ¿qué hora es?

—Las dos –cerrando el libro y viendo la hora.

—Uish. Noooo. No fui a la Universidad.

—No —dijo levantándose de la cama y recogiendo los bóxers.

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—Porque no quería desayunar solo —dijo subiendo la voz y saliendo del cuarto.

Camila se puso la almohada en la cara y ahogó un grito de frustración. Se estiró en la

cama, botó las cobijas y dio un grito desperezándose. Estaba feliz y, evidentemente, no haber ido

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A Green Limb

Mayo 2021

—Nothing, nothing. I just had a bad dream —dijo Andrés sentándose en la cama y rascándose

los ojos—. Yeah, again. Mmm… what time is it? —Andrés miró hacia la ventana y vio que

empezaba a amanecer. —5:40 a.m., sir.

—Ok. Thank you –Andrés colgó el teléfono y se despertó con las manos la cara. Suspiró,

miró hacia el techo y de nuevo a la ventana. El cielo comenzaba a ponerse más claro.

En la ducha, Andrés no podía dejar de pensar en el sueño que acababa de tener. Y más

aún, porque el encargado de despertarlo en la recepción volvió a escuchar algo de él. Algo que

Andrés no recordaba y lo perturbaba.

En la recepción, el botones lo esperaba con la puerta del taxi abierta. Sin embargo,

Andrés se detuvo un momento para preguntarle a quien lo había despertado qué había escuchado. —Hi, excuse me, but can you remember what I said this dawn?

— “What is what? Why a three? Who are you?”. Again, sir.

—Again?

—Yes, sir. Are you okay, sir? You look pale.

—No. I’m okay. If I need something I´ll let you know. Thanks.

Andrés caminó al taxi, le dio unas monedas al botones y subió. —To the Royal Court Theater, please.

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Andrés salió del Hotel hacia el Royal Court Theater, donde presentaban su segunda obra

de sala. Llevaba dos semanas de temporada y quería ver cómo estaban fluyendo las cosas. Sin

embargo, cuando llegó, lo primero con lo que se topó fue con una carta de Adriana, una vieja

amiga de la universidad. Era, además de una amistosa y amorosa carta, una invitación para el

Festival de Teatro Iberoamericano de Bogotá del 2022. Cuando Andrés se graduó, a finales del

2010, de la universidad. Y a los pocos días antes de salir de la clínica, encontró un MA

APPLIED THEATER en The Central School of Speech and Drama de la Universidad de

Londres. Apenas vio el MA, con un hueco negro en la frente y las sensaciones de la ausencia

como espasmos en el pecho, supo que iba a hacer todo lo posible para que lo aceptaran. Andrés

se graduó con tesis meritoria del MA por un documental artístico que hizo trabajando con

adultos jóvenes y adolescentes grandes: hombres y mujeres entre los 31 y 21 años de edad. Y

aunque siguió directamente con un PhD en devising and creative processes en la misma

universidad y dirigido hacia teatro aplicado y tecnología digital y cultura, también empezó a

trabajar en pequeñas obras y adaptaciones de algunos cuentos latinoamericanos. Así se empezó a

dar a conocer en el teatro de calle, por el nivel de complejidad y la forma de atraer a un público

numeroso. En el Royal Court Theater produjeron su primera obra de sala, Talk with memory, un monólogo que había escrito mientras estudiaba el MA. La crítica y en especial el público, la

acogieron muy bien. La gran sorpresa era que Andrés no había actuado en ella. No quiso, sin

saber por qué y tampoco indagándoselo. Desde ese día, Andrés no volvió a actuar.

Sin embargo, y aunque aún no la sabía, en el 2022 y luego de rechazar varias

invitaciones, decidió regresar a Colombia. Y regresaba no sólo a presentar y protagonizar una

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nostalgia, tristeza, amor e imaginación, aún tenía un recuerdo que no podía quedar sin ser

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El pintor ciego

Si es verdad que un pintor puede quedar ciego al color por un accidente en la cabeza, o por una aneurisma, un incidente cerebral ¿por qué no se puede olvidar solo a una persona también? Se suele asociar la realidad como algo externo y con la cual confluyo aisladamente. El problema es cuando nos damos cuenta de que como el mundo un día puede estar coloreado, al otro no. Y la realidad cambia abruptamente. Es curioso que el color sea una invención del cerebro y más curioso, que lo hayamos olvidado (hace millones de años). Imaginemos que hoy en día recordáramos todo lo que hemos olvidado… en la vida, preocupémonos por acordarnos. Y podríamos confluir con la realidad para, con nuestro cerebro, vivirla diferente. Con cada memoria, con cada recuerdo, nuestro mundo se acuerda.

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The Way Back.

Había quedado de reunirme con Laura a las 3:30 para tomarme algo con ella antes de entrar a la

conferencia.

A Laura la conocía desde la universidad y con ella pude germinar una amistad

significativa para mi vida. Laura, a pesar de estar en el proyecto desde el comienzo, era una

lacaya más de los oportunistas que solo buscaban enriquecerse con un Festival de Arte.

Afortunadamente, el Estado y la burocracia se habían fusionado a la sensibilidad del mundo —

sin desigualdad, abuso, ignorancia, insensibilidad, dominio, corrupción, totalitarismo y

política—, había pasado a ser una parte más equilibrada con el país que yo quería de joven.

Laura fue promovida a directora del Festival de cine y narrativa LAN. Y era la primera vez que

yo asistiría como invitado.

Llegué al Centro de cultura económica a las 3:30 y me entretuve mirando el centenar de

libros que tenían en la vitrina. No conocía la mitad, y la otra mitad eran cajas con la obra

completa de Camilo Norma(n)less Casallas. Los audiolibros, los sitcoms, los cuentos y las demás cosas importantes que hizo. De la caja metálica lo que más me llamaba la atención era cómo

habían recortado sólo la imagen de su cara con la mirada fija, una leve sonrisa y con el candado

de su barba desalineado y largo. Lo habían sobrepuesto en un fondo amarillo brillante y simplón.

Si pudiera hablar con él de nuevo, le diría que esa caja lo habría hecho tremendamente feliz.

—¡Quiubo! —me dijo Lau cuando la vi llegar en el reflejo del vidrio.

(49)

—¿Cómo va? Jajaja. Mire quién habla, un escritor que no ha hecho más que andar de

costa en costa haciendo quién sabe qué porquerías.

—Jaja. Lo mejor de todo es que me acuerdo de haberla visto a usted en una de esas.

—Sí, pues claro. Es que estando en Madagascar, ¿usted qué cree?

—No. Claro. La entiendo totalmente. —La miré, sonreí, le di una palmada fraternal en el

hombro y empezamos a caminar— ¡Qué bueno verla!

—Sí. Lo mismo digo ¿Vio lo de Camilo?

—Sí. ¡Qué caja tan inmunda! Pero estoy seguro de que a él le hubiera gustado.

—¡Sí! Seguro.

Caminamos un buen rato por la Candelaria y tomamos café en una casa cultural que yo

no conocía. Hablamos y nos pusimos al tanto de todo lo que compartían nuestras vidas. Sin

embargo, lo único de lo que quiero que se interesen es en qué consistía el conversatorio (lo

demás, como estos paréntesis, no es necesario de leer y se aíslan sólo en el interés particular de

quien elige leerlos, o escribirlos, en este caso). El conversatorio era algo nuevo en nuestras vidas

y por lo tanto, algo que ustedes pueden entender con mayor claridad.

—¿Y de qué se supone que les tengo que hablar?

—Pues, Jerson, ¿se acuerda de él?

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—Bueno, pues, él lo va a acompañar. Pero para que se haga una idea, no nos vamos a

detener en sus novelas o en sus guiones o en sus obras, sino que yo le dije a Jerson que tratara de

guiar la conversación hacia qué es ser escritor, o cómo usted llegó a serlo y por qué. ¿Sí me

entiende?

—Sí, sí…. Listo... La única manera de escribir es hablando, así sea para uno mismo. Si

tengo la garantía de que alguien me va a escuchar, pues, como en un libro, voy a hablar bien.

¿No?

—Eso eso.

—…listo.

—Oiga, y qué, ¿ha estado trabajando en algo?

—No. Pero últimamente he estado pensando mucho en “Tu sombra en la maleza”, ¿se

acuerda? —Laura asintió con la cabeza—. Sí… otro tiempo.

Mayo del 2021

Andrés estaba revisando el guion de A Trip for light mientras caminaba por la calle. Una historia de jóvenes londinenses de los barrios populares. Y aunque había dejado la invitación de Adriana

sobre el escritorio, aún no podía sacarse el tema de la cabeza. Le incomodaba enormemente no

poder responderle con algo claro y sin mentir. El guión y todas las observaciones que había

pensado la noche anterior se habían perdido en la cabeza y ya no podía pensar en nada más que

en el sabor a limón en la boca. Tomó el guión con la mano izquierda y empezó a toser. Cuando

notó que la tos no paraba, giró a la izquierda y comenzó a buscar un lugar para comprar agua. Al

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tienda de antigüedades. Sin embargo, cuando se acercó, vio que era más extraño que eso. En la

entrada había un hombre de 1,77, con rastas negras largas, algunas tejidas con chaquiras de

colores; nariz aguileña, chivera afeitada, ojos grandes metidos y la piel, como cuero blanco,

estaba a medio pegar en los pómulos. Tenía pantalones anchos, botas de cuero cafés, un saco

ancho negro y manillas y pulseras de hilos con rocas, plumas, semillas y chaquiras.

Hey, sir —dijo Andrés sin dejar de toser—. Excuse me, do you have a glass of water? I’m so fucked up.

El joven lo miró con ojos negros profundos un momento y luego vio que Andrés estaba

más colorado de lo que sus gafas veían.

Wow, sure, dude. Come on in, bro —dijo con una voz tranquila y reflexiva. El joven entró a la casa y Andrés lo siguió. Al entrar, el sabor a limón se mezcló con un fuerte y picoso

olor en la nariz, rasposo y que lo mareó enseguida. Al levantar la mirada, se dio cuenta de que

estaba totalmente mareado y no podía enfocar algún lugar o dar un paso recto.

Bajó la cabeza y prefirió mirar al piso. Veía todo en tonos cafés y las paredes empezaron

a doblarse y desdoblarse a los lados. Luego el piso empezó a hacer lo mismo. Andrés siguió

caminando y miró al frente. El joven iba caminando a la misma velocidad que él, pero él lo veía

pequeño, como a 100 metros e iba sobre un espacio azul oscuro y baboso, similar al lomo de una

raya. Andrés se quedó quieto y vio que él iba sobre la cola, y que por eso estaba tan mareado.

Levantó la mirada vomitó maíz, toneladas de maíz. Andrés se apretaba la garganta, pero el maíz

no paraba de salir. Trató de gritar, pero la garganta no hacía nada que pudiera servir para llamar

al joven. Andrés trató de correr, pero cuando empezó a levantar los pies para correr, se elevó

encima de un banco, y por más que se movía, siempre estaba ahí. Dejó de vomitar y su cabeza

(52)

Pudo ver una mancha verde gaseosa y con destellos púrpura que caminaba alrededor. El

espacio había perdido toda forma y solo vibraban ondas de colores cafés y verdes. Las orejas se

le pararon y estiraron para ver si oía algo, y el cerebro expandió el cráneo sin dolor. Oía sonidos

extraños y agudos que lo hacían mirar al joven y darse cuenta de que le hablaba, pero que su voz

se mezclaba en el silencio del azul y la distancia. Volvió a la mancha y cuando trató de moverse

se dio cuenta que los brazos ya no eran sus brazos y que estaban totalmente quietos y rectos

hacia el frente.

Se quedó quieto mirándola y sin decir nada. Solo mirándola y dándose cuenta de que toda

la claustrofobia, el malestar, la confusión, esquizofrenia y la inquietud se transformaban en algo

más tranquilo y desconocido.

La mancha se acercó a él. Se quedó quieta y antes de que Andrés pudiera pensar, se

abalanzó hacia él dando la impresión de devorarlo. Sólo que en vez de negro, sintió un frío

punzante que el entraba por el lado izquierdo de la cabeza, casi en la nuca. Abrió los ojos y se

atoró con el agua que entraba por su boca.

Are you okey? –dijo el hombre lamiendo melao del dorso de la mano—. You are going through, right?

Andrés terminó de toser y sin saber aún dónde estaba o por qué tomaba agua, al cabo de

unos minutos, se calmó. —What?

Take here. —dijo ofreciéndole un rama de savia. —¿Salvia?

You are like brushwood. And maybe you need to take another path. —…? —Andrés olió la salvia y el olor lo calmó.

(53)

Take here.

Ah? I’m sorry… I just don’t know what happ… ¿Un bocadillo? —Come outside. It’s a good day.

El mareo se le quitó con el primer mordisco de bocadillo. Se tocó la cabeza, y sintió que

un líquido helado y más viscoso que el agua salía por la cicatriz que tenía en la cabeza.

(54)

APARECE

INT. DÍA. BUS.

PLANO MEDIO: ANDRÉS mira a través de la ventana en la que está recostado dentro del bus.

Tiene el pelo corto, castaño y barba de una semana. Está sudado y pegajoso.

EXT. DÍA. TERMINAL DE TRANSPORTE DE MONTERÍA.

PLANO GENERAL: Andrés está parado fuera del terminal con una maleta en la espalda y un

botellón de cinco litros de agua amarrado a la maleta. Tiene una camisa manga larga blanca con

cuadros rojos, unas bermudas cafés y sandalias de cuero. Toda la ropa está gastada. Mira a

ambos lados. Levanta la mirada y se tapa el sol con la mano. Al frente lee “Restaurante Sinú”.

INT. DÍA. RESTAURANTE ZENÚ.

Andrés está sentado en una mesa solo. CAMARA SUBJ: saca una libreta y comienza a escribir.

ANDRÉS (VOZ OFF)

Veo un espacio en el puesto de enfrente. Algo acaba de recortar mi realidad de nuevo. Eso es una

buena señal. La única manera de encontrar la nada es dejándose guiar por ella. Es alucinante

cómo atrás de ti, del espacio en blanco, pasan personas de un lado para otro, perdiéndose un

momento en el vacío que busco. No hay nadie que pueda rellenar ese espacio, no hay nada que

pueda cambiar su color blanco.

Una MUJER mulata y gorda sale detrás del blanco.

(55)

Buenos días. ¿Qué va a comer mi niño? Hoy tenemos caldito de pecao, huevos al gusto, jugo de naranja, chocolate...

ANDRÉS

Buenos días,… Regáleme, por favor, un caldo de pescado, unos huevos revueltos y jugo.

MUJER

¿Algo más, corazón?

ANDRES

Nada más. Muchas gracias.

MUJER

Ya se lo traigo, mi niño.

Andrés suspira y cierra la libreta. Se frota los ojos, se despereza, y recuesta la cabeza en el

espaldar. El ventilador de arriba se mueve muy lento. Andrés se emboba. La mujer entra con el

caldo y se lo pone en la mesa.

MUJER

Ya le traigo los huevitos y el jugo.

ANDRÉS

(56)

Andrés coge los cubiertos y empieza a comer. Le sabe delicioso; saborea y disfruta cada sorbo.

La mujer viene caminando con lo demás. Lo mira tomar el caldo.

MUJER

¿Sí etá rico? ANDRÉS

No tiene idea.

MUJER

Me alegra que le haya gustado.

Deja los huevos y el jugo en la mesa. Y lo mira como si lo reconociera.

MUJER (CONT’D)

Y ¿usted es de acá?

ANDRÉS

De Bogotá. Aunque hace mucho no vivo allá.

MUJER

¿Cachaco? Sí le notaba lo rosao.

ANDRÉS

Bueno, el calor no ayuda mucho. Y menos con un caldo.

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