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Pensar con estaño: El pensamiento de Arturo jauretche

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Quintar, Juan

Pensar con estaño: el pensamiento de Arturo Jauretche. - 2a ed. Neuquén : EDUCO - Universidad Nacional del Comahue, 2007. ISBN 978-987-604-063-1

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Índice Primeriemos con el porqué de una elección

Prólogo: Jauretche y el formato del aire. Por Jorge Marziali Entre el desvelo y la esperanza: Apuntes introductorios

Sobre el sentimiento que está por debajo

Entre la esperanza y el desencanto: el retorno al pensamiento nacional

El pensamiento de la periferia: sus silencios y sus puentes Breve panorama de la investigación

Dime cómo vives y te diré qué sueñas: Notas biográficas sobre Arturo Jauretche

Los orígenes conservadores

El acercamiento al radicalismo y a lo nacional De la insurrección a la lucha por las ideas Por nacional, en el peronismo

Nuevamente la resistencia.

Pensar con estaño: Una aproximación epistemológica a Arturo Jauretche

Vida y episteme I

Conservadorismo y crítica al racionalismo Intelligentzia y pensar teórico

Lo popular como vértice epistémico Vida y episteme II

El insumo radical y lo nacional-popular como vértice Las zonceras y la crítica epistémica al poder

¿Vinos nuevos en odres viejos?

Sobre anteojeras y ojos mejores para mirar la patria

El desafío de Jauretche: la colonialidad y la disputa por cómo mirar De la madre que las parió a todas

Colonialidad, academia y política nacional

Jauretche, los “andadores torcidos” y el encubrimiento Cazadores de zonceras, sostenedores de esperanzas La recuperación del pensamiento

Posmodernismo, posoccidentalismo, poscolonialidad, “posdesconexión”

Los años ochenta y la posmodernidad Los años noventa y la globalización.

6 8 18 21 23 24 25 28 30 32 34 39 41 60 64 67 69 73 78 81 85 88 94 97 99 103 109 112 116 118 119 122

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La poscolonialidad y su inflación de lo global

Arando el porvenir con viejos bueyes

Historia y Poder

Jauretche y la vitalidad de la historia Historia y pensamiento nacional

Costo y necesidad de la revuelta revisionista Historia, historiadores y política

Historiar indisciplinadamente

La economía en el taller de forja

La coyuntura dispara

La incapacidad burguesa como problema nacional Historia, economía y voluntad nacional

La recuperación conceptual Economía y ángulo espistémico

Paraíso neoliberal y pensamiento nacional

Volver a pensar en grande es derrumbar zonceras Globalización y democracia para zonzos

Estaño, río y política

De lo conveniente y lo perfecto De lo abstracto y reaccionario

De lo nacional como concreto, circunstancial y permanente Especiales coyunturas

Jauretche y Perón

Jauretche, Cooke y los jóvenes setentistas

Con la cabeza fría y el corazón caliente: el problema de la violencia

Jauretcheando en el siglo XXI

De la ciclotimia histórica y la responsabilidad social como desafíos La crisis de 2001 y la poesía que nos debemos

Una cuestión de actitud La obsesión por lo concreto ¿El pueblo es la Nación? Un pensamiento redondo Un pensamiento rebelde

Del lamento tanguero a la chacarera que también somos

123 132 134 139 143 146 149 153 158 160 163 168 171 172 177 180 183 190 193 197 200 203 203 206 209 214 216 220 222 223 225 229 232 233

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Agradecimientos

Todo autor tiene una parte preferencial para sus textos; la mía es la de los agradecimientos. Definitivamente creo que es lo más placentero, pero también lo más difícil. Porque son innumerables las personas y las situaciones de las que uno se ha nutrido, siendo unos y otros inseparables. Con las primeras está el cansino caminar por los cerros jujeños, las noches de cordillera, la poesía de Sabines, las calles de Oaxaca, las orillas del Limay, las lunas de Cipolletti o algún hogar compañero en El Bolsón. De todas maneras, haciendo un esfuerzo, debería agradecer ciertas especiales presencias donde generosidad, discusión, afecto y cariño se han combinado maravillosamente. A Estela Quintar y los compañeros del Instituto de Pensamiento y Cultura en

América Latina de México (IPECAL), magníficos compañeros de

aventura intelectual; a Alcira Argumedo, Nelson Maldonado Torres y Agustín Lao Montes, por sus generosos aportes; a Concepción Núñez Miranda, por su calor en la distancia; a Laura Bianchi, por su profesional ayuda; a Nora Rivera, por sus milanesas y calidez entrañable; a Gerardo Bilardo, Marcela Debener, Eliana Fernández, Esteban Ríos y Elsa Hernández, porque están siempre; a los compañeros de La Conrado; a la Línea Fundadora (Brutus y compañía) a Silvia Martínez, por su corazón y su razón; y a Sandra Castro, por persistir en su alegría y vital sabiduría. Tener estas compañías fue, sencillamente, un maravilloso regalo de la vida. A Mercedes Azar, por su fino humor y obstinada mirada correctora sobre el texto. A Pablo Ala Rué y Cora Bernardi, por su solidaria ayuda; a Luis Narbona y Enzo Canale por su trabajo editorial. A Hugo Zemelman, porque en estos intentos por pensar mejor mi país, hace años que sus textos, diálogos y generosidad intelectual me acompañan; a mis hijos, Sabino y Pedro, maestros en desbaratar zonceras con la sonrisa y, finalmente, a la memoria de mi madre, Lidia Mascherini, a quien dedico este trabajo.

Juan Quintar U.N.Co. – Neuquén Argentina

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Primeriemos con el porqué de una elección

No diré cuánto hace que escucho a Jorge Marziali, por simple decoro generacional; pero su poesía -la persistencia de tenerla cerca tantos años- me interroga sobre el porqué de la insistencia con esa vibración poética. Hay muchos argumentos: Cebollita y huevo o Coplas de la libertad, cómo olvidar cuando las cantábamos al calor de la lucha por la democracia; también están Los obreros de Morón, cuando teníamos la ilusión de que el peronismo no podía ser otra cosa que el vehículo para la justicia social; o la pasión por lo nacional, mezclada con esa pizca de picardía cuyana; o la delicadeza para evocar a Castilla o a Leguizamón. En fin, todo eso está. Pero, por sobre todos esos argumentos, si hay algo que me ha convencido para pedirle que prologue este texto es su credo, al cual adhiero plenamente:

Creo en el amor,

que es padre todo poderoso. Fundador del misterio y la esperanza.

Creo en la lágrima, su única hija, que fue concebida por obra y gracia de los ríos del alma.

Y nació de la santa y preñada ilusión desmedida,

padeció bajo el poder de la apariencia y el decoro, fue crucificada,

mal vista y condenada, ascendió hasta los ojos

y, en un instante, resucitó a todos los sentimientos muertos. Bajó a mis manos y está latiendo a la diestra de mi corazón; desde allí ha de venir a jugar con todos los ausentes.

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Creo en el espíritu del canto, la santa empresa del alma, la comunión de los besos, el perdón de los helados, la resurrección de los hombres, y la vida entera.

Amén

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Jauretche y el

formato del aire

Por Jorge Marziali El señor Juan Quintar –a quien no conozco personalmente- es un señor audaz. Y si no fuera que barrunto una buena intención en la tarea que me ha encomendado, diría que me está cargando.

Sé muy bien que un prólogo es, apenas, un escrito que antecede a un texto de cualquier clase. Así, sin adjetivos. Propiamente, como ser designado embajador en Tanganika. Los prólogos no sirven para triunfar, que es lo que buscamos los artistas. En realidad, los prólogos sirven de muy poco y supongo que nacieron por la necesidad que tuvo algún escritor de sentirse apuntalado para sumarle valor a una obra que no lo tenía. Que no es el caso de este ensayo de Quintar, que sí lo tiene, por lo que el prólogo, en este caso, responde perfectamente a lo que dice el diccionario: sólo un escrito que antecede a un texto.

El diccionario no dice si un prologuista debe contarle al lector el contenido del libro. Menos mal. Porque me deja la posibilidad de no contarlo; me habilita para contar otros asuntos, sensaciones tangenciales disparadas por el texto en cuestión.

Quintar dice que me ha elegido para prologuista por mi tarea de constructor de coplas más o menos certeras; por mis antecedentes como cantor “fierrista” (de Martín Fierro, no del gordo Valor), es decir, uno de aquellos que canta opinando, en tanto otros, cantando, sólo se entretienen.

Quiero avisarle a Quintar que los constructores de coplas somos una suerte de “para-poetas”, un estamento inferior al de los poetas consagrados. Intuyo que deben ser pocas las sociedades en donde, como en nuestra tierra, el significado principal de las palabras está reservado sólo a los académicos y a los socios de lo literariamente correcto. Ahora, además, seré un “para-prologuista”, ya que no he tenido la habilidad de ejercitar el género o conseguir algún diploma que me habilite para prologuista serio.

Escribo siempre desde el suelo y posiblemente por eso se me encarga esta tarea sobre el universo jauretcheano. La copla -y su génesis de vida

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aprendida con los pies en la tierra- es la herramienta que elegí para la comunicación, independientemente de los coqueteos que uno pueda tener con sonetistas, decimeros, sixtineros; o alguna encamada siestera con el mismísimo Walt Whitman.

Voy a hablar solamente de lo que el libro disparó en un hombre como yo, ajeno a la lectura sistémica; quiero hablar como un intuitivo sensible.

No puedo ver con claridad qué parte de lo aprehendido en los 60 y 70 le pertenece a Jauretche. Las ideas estaban en el aire, en comentarios de compañeros del terciario, en frases lanzadas por algún profe más o menos simpático, en una nota periodística de las excelentes publicaciones de la época.

Quiero, por eso, decididamente, evocar y reivindicar ese formato, el

formato del aire, que no tiene la certeza del libro escrito ni la fuerza de

los medios electrónicos, pero que muchas veces supera a ambos por la fuerza de la leyenda, del mito, de “lo que está” en el pueblo.

Tan importante es el “formato del aire” que, en los últimos años, los medios convencionales de comunicación lo han hecho suyo y fabrican, en una sola noche, más leyendas y mitos que los que pudimos leer o conocer en los años de formación intelectual. Son los nuevos creadores del “boca en boca”, herramienta que antes manejaba sólo el pueblo en forma independiente. Seguramente por ese camino llegamos, cuando adolescentes, a las atractivas ideas de Jauretche, aunque no supiésemos quién era el dueño de esas ideas.

Sentíamos que ese desconocido pensaba “para” nosotros, nos incluía, en la forma de la metáfora, en el tratamiento del idioma (que era el nuestro), con su picardía, su potrero, su barro. Eso nos diferenciaba de los sabihondos que hablaban horas y no decían nada; los teóricos de la revolución que –al decir de don Arturo- se asustan cuando ésta llega. Nosotros les proponíamos: Andá, hacete hervir y tomate el caldo.

De allí viene la paupérrima cultura de este constructor de coplas, cantor de los arrabales, lo suficientemente ignorante como para que los aficionados al ensayo político o a la historia de las ideas se hagan alguna ilusión respecto de hallazgos luminosos y lo suficientemente intuitivo como para sacar de este libro un buen puñado de sensaciones.

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Porque, al decir del viejo Arturo

“el snobismo intelectual reprime lo emotivo, lo afectivo, lo cordial”.

Quien esto escribe cree en el poder vaticinador de la poesía (vaticinar es tarea de los vates) y sabe que “cordial” tiene que ver con “corazón”, que es la achura con la que piensan los poetas. Un snob, un “pecho frío”, un teórico sin barro se ríe de una afirmación así. No puede comprender y apela a la soberbia en vez de decir “no entiendo”. Prefiere emparentarnos con la barbarie. A esta altura, debo confesar que la barbarie se ha ganado en mí y ha operado como un viagra para nuevas erecciones del sentido común.

Si los jóvenes “conservadores”, contemporáneos de Jauretche, debían mantener en secreto sus “herejías” y sus sabidurías nuevas para no verse perjudicados como buenos estudiantes, candidatos al cuadro de “honor”, nuestra generación no quiso ocultar sus pensamientos novedosos, gestados no sólo en el mayo francés o los hippies “libertarios” sino, más bien, en la observación de la propia realidad, en el nacimiento de las “villas”, que siempre fueron “miseria” hasta que un día nos desayunamos con el adjetivo de “inestables”. Y amasados en la obra de nuestros vaticinadores de entrecasa que se llamaban Discépolo, Manzi, Neruda, Vallejos, Castilla, Agüero, González Tuñón, Tejada Gómez, Lima Quintana, entre otros. Y se llamaban también Jauretche y Scalabrini. Entre nosotros –sobre todo Patria adentro- no eran suficientes ni determinantes las visiones libertarias de París y de Liverpool, aunque sumaban. Había que traducirlas porque

“lo nacional es lo universal visto por nosotros”.

Quintar propone una seria revisada al pensamiento de Jauretche y sus consecuencias. Es un audaz. Y si no fuera porque, seguramente, leerá estas líneas, me animaría a decir que este señor es lo que los porteños llaman “un perdedor”.

Seguramente eso no le importa, escudado -como veo que está- por don Arturo y, convencido, por tanto, de que, aun desde la derrota política se

puede y se debe rescatar un camino hacia un triunfo conceptual.

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Espero que Quintar sepa que ha investigado y escrito para una elite; para la menos beneficiada entre las corrientes del pensamiento aparecidas durante el siglo veinte. Este libro es para la elite de los nacionales, los “malditos”; aunque sería más justo decir la elite de los “maldecidos”.

¿Quién quiere trabajar hoy para pocos, sabiendo que esos pocos son capaces de conformarse con el “sale o sale” del difuso triunfo conceptual?

El libro de Quintar nos recuerda –vía Jauretche- que hay otras formas de mirar el mundo para desembocar en otras formas de pensar la Patria. Sin ir más lejos y para hablar de mi oficio, una anécdota al pasar: he visto en disquerías de Madrid (y aquí ya asomaron también) bateas con música “étnica”. No eran las más vistosas. Las bateas más vistosas contenían música “inter-nacional”, es decir producidas en los países centrales, con sonidos “centrales” y -lógico- idiomas centrales (en caso de que haya más de uno). Había también bateas de “música latina”, es decir, esa de ciertos baboseos destinados a los “desmayos fáciles”, como dice mi amigo Juan Falú.

Con la mirada del señor “mercado”, los “internacionales” de las bateas de discos no tienen una etnia, son nación, y por eso son “internacionales” y no “étnicos”. Mientras, los “románticos” -que no entenderían el Billiken- son “latinos”. Los latinos que sí entenderían el Billiken estaban entre los “étnicos”. Los “étnicos” somos los negritos, amarillitos, gitanitos, sudaquitos, turquitos, musulmancitos o algún serbio o lituano rubiecito. Y como “no somos Nación, sino etnia”, no estamos en las bateas de música “inter-nacional” y como no escribimos para las glándulas salivales, tampoco figuramos en las iluminadas bateas de “latinos”.

Posiblemente, con Quintar y sus potenciales “almirantes” (como nombraba Yupanqui a sus admiradores), nos hemos “quedado” en los años setenta. Nos gustan los textos que nos introducen en el juego de la re-flexión, los generadores de conciencia, pero sin dejar de entender

desde el sentir; entender con los pies en la tierra, con las manos en el taller, con los ojos en las veredas y en los bares, con los oídos en el rumor del pueblo, con el tacto en la piel del semejante.

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La obra de Quintar reflota certezas que, a nuestra edad, resisten cualquier oferta de pensamiento “nuevo” (¡ je je…!) como tantos que se nos ha querido vender durante ese ataque “novedoso en lo conceptual” (el final de la historia, por caso) lanzado por el imperio y sus gerentes, después del fracaso estético de sus “ejercicios militares”.

El estudio de Quintar ayuda a revivir la convicción de que las utopías -que semánticamente serían planes muy halagüeños pero irrealizables- son más bien un terreno plagado de posibilidades, una zona lista para el abordaje, una cabeza de playa, un círculo por donde caminan aquellos que –como en el juego del “huevo podrido” o “la guarapa” en Cuyo- generan, con cualquier objeto, una distracción en “los vigilantes del adentro” y se meten en el círculo para defender un lugar alternativo. Jauretche diría

“no hay pueblo que esté vencido si lucha con alegría”.

Leyendo el libro recuperé, además, la convicción de que, en el terreno de la comunicación de las ideas, la gran pérdida de nuestra tribu de malditos está en el “cómo” se han venido diciendo las cosas. Los adversarios en esta batalla por lo conceptual nos llevan ventaja; textos tontos, ideas livianas y condescendientes son expuestas con un idioma seductor, cotidiano y hasta alegre, diría yo. Entonces, esas banales ideas se llenan de una luz ajena, como la luna; una luz que no proviene de la profundidad de un pensamiento sino de una marquesina muy bien dotada que permite –como en los camarines de un teatro- que alguien se vea lindo cuando, en realidad, es un feíto maquillado.

Entre las ideas disparadas por el texto de Quintar –que es un texto pulposo y muy apto para estudiosos de las Ciencias Sociales, por más que el prólogo lo escriba un cantor popular no demasiado popularizado- apareció la que llamaría del trueque de geografías.

Debe ser muy difícil llegar a una visión de lo latinoamericano educándose y permaneciendo en Buenos Aires. Todos los que han descubierto la maravillosa promesa (incumplida) de una Patria Grande son hombres del interior que, en todo caso, han “usado” a Buenos Aires como fuente de información teórica, manteniendo siempre el desarrollo

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de lo empírico en la geografía “padentrana”.

Jauretche nació y creció entre padentranos y, aun cuando escribió en Buenos Aires, no dejó nunca de alimentarse con las experiencias de quienes sostienen -silenciosamente y con los pies sobre la tierra- la arquitectura de un país tan variado como desigual. Bajó a la tierra para poder escribir, como proponía desde la poesía su contemporáneo puntano Antonio Esteban Agüero:

“Vosotros, los traidores minúsculos estetas que destiláis veneno de una rosa

pintada por pintores abstractos; vosotros: los selectos

los exquisitos los asépticos y asexuados que escribís para el oído electrónico

de los robots mecánicos, ¿por qué no bajáis de las torres y quemáis las heladas bibliotecas donde guardáis ratones y mentiras

y hundís vuestros barcos y volvéis a la tierra nuevamente

a caminar descalzos por la tierra desnuda y poderosa sucia de pueblo y polen, impura de animales,

hojas secas y barro?

Mirando desde el país real, se ve claro el parentesco con la América morena. Músicas, comidas, leyendas, idiomas, gestos, necesidades y sueños, es decir, la sabiduría popular, nos dan un ADN infalible para confirmar la pertenencia.

Quizás una de las grandes deudas de la educación formal oficial sea la ausencia de intercambios de experiencias entre citadinos y provincianos. Sólo una vocación grande de Patria integrada podría disponer, desde las leyes, que en los últimos años del secundario los

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jóvenes deban cursar varios meses a más de 500 kilómetros de su casa. Así los padentranos podrían desenmascarar la “meca” porteña y disfrutar de la posibilidad de comer al lado del “parrillero” que reparte los bocados, mientras los imberbes porteños llegarían a confirmar que el pollo nace de un huevo, que el “espiedo” no es su incubadora y que la leche en polvo no es vaca rallada.

Con su trabajo, Quintar obliga a recordar lo difícil que debe haber sido para Jauretche construir una mirada independiente del imperio, encontrar las palabras y los argumentos para sostenerla y, encima, escribirla y lograr alguna repercusión. La incorporación de las clases bajas a un proceso democrático formal en la década del 40 y la creación de una clase media no eran suficiente; Jauretche lo sabía, pero dudo de que los cuadros políticos puros del momento tuvieran alguna idea sobre lo imprescindible que era ganar la batalla de lo conceptual.

Era el gran desafío del pensamiento de la época y don Arturo llega justo para tomar la posta. Lo novedoso fue su cátedra sobre la pasión

por “el otro” cercano, cuando la moda (un tanto prolongada para mi

gusto) era (¿era?) la pasión por “el otro” lejano… y rubio. Eso sólo puede lograrse manteniendo algún grado de virginidad mental; manteniendo en suspenso algunas certezas para dejar espacio a un pensamiento no digo nuevo, pero sí complementario, que permita que el relato sobre esa película que es la realidad sea completo.

Este libro me confirma la sensación de que con Jauretche y sus aliados intelectuales se recreaba lo que podría llamar un pensamiento con

vocación de servicio, que –con lo nada que he leído- vislumbro en

Mariano Moreno, por citar a uno de los primeros “malditos”. Quizá el gran descubrimiento de Don Arturo pueda sintetizarse en esta lapidaria definición que le pertenece:

“El coloniaje económico se asienta en el cultural y ambos se apuntalan”.

Quien se meta en este libro se verá empujado a recordar (o a descubrir) que las más de las veces nuestra pelea es la pelea que instala el sistema para hacernos creer que estamos peleando por algo. Hoy sería como dividir el país entre los que discuten sobre si “Bailando por un sueño”

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es mejor o peor que “Gran Hermano”. Mientras tanto, los intereses reales y profundos, necesidades y carencias, construcción y creatividad de las mayorías, sucumben ante el avance de los vendedores de conflictos truchos.

Yo supongo que el trabajo de Quintar está destinado a quienes tenían poca idea –o ninguna- sobre la existencia de Jauretche, aún trabajando de cientistas sociales o jugando en el equipo de los que se conocen como intelectuales. Todos verán –si quieren verlo- que una de las fuerzas de don Arturo consistía en no atar su pensamiento ni su acción a hombre

alguno. El sabía -y lo dice públicamente- que, en un proceso de cambios

profundos, el conductor es transitorio y puede ser superado por el proceso que él mismo genera. Ésta es una idea que nos apasionaba en los años 60/70 y hoy, a la distancia, pienso que la “culpa” de que pensáramos así la tiene Jauretche.

¿No fue esa idea la matriz de la –para mí- tristemente célebre frase “esos imberbes que gritan…”, lanzada en la Plaza de Mayo en el alba de los 70? Recuerdo claramente una entrevista a don Arturo después de la frase, creo que en Primera Plana. Él dice allí, más o menos esto:

cualquier revolución que se precie, si necesita prescindir de alguien debe prescindir de los viejos, no de los jóvenes. El ya estaba en el equipo de los

viejos y, posiblemente por eso, se prescindió de él, pero sin el premio de alguna revolución que se precie.

“Las aguas no vuelven a las fuentes; pueden estancarse, pero volverán a construir su cauce.”

Este libro promueve la comprensión del concepto de “lo nacional” por encima de cualquier otro, incluso por encima de “peronismo vs. gorilismo”, que es lo que conviene a los dueños de lo establecido en lo político-económico. Y también dispara la sensación –jamás inútil- de estar en un país que se resiste a “ser”, tan claramente definida por un escritor mexicano: “Argentina es un país que reconstruye cada noche lo que

durante el día destruyen sus habitantes”. Duele la paradojal situación de

estar obligados, con viento en contra, a promocionar la popularización de lo nacional, que es lo mismo que tener que apelar a una ley para obligar a los ciudadanos a querer a su propia madre.

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Uno de los aspectos más interesantes del libro es que su autor no ha mezquinado las referencias a la vocación constructora de Jauretche, cuando, en general, se destaca solamente su capacidad de polemista o se le alaba, maliciosamente, sólo el folklore de su repentismo e ironía; más o menos como cuando definen a ese otro padentrano que se llamó Ernesto Guevara sólo como un “soñador aventurero”.

Este libro enseña a leer a Jauretche. Quintar ha ido tan profundo en la búsqueda del discurso que nos permite no sólo reconocer el mensaje jauretcheano sino avisorar la posibilidad de su acción residual, esa que tienen los buenos insecticidas, que matan aún mucho tiempo después de haber sido utilizados.

Pero también nos lleva a sufrir la dureza de comprobar que muchos de los disparates introducidos por los emancipadores mentales tienen hoy plena vigencia en la educación oficial, aunque más no sea por la ausencia de aclaraciones y revisiones de los planes educativos. Tengo una nieta que al ilustrar el barrio dibujó el mercadito, la esquina, el kiosco y una tienda. Pues bien: una maestra argentina la corrigió y le dijo que ahora las tiendas se llaman boutiques.

El libro deja la sensación de que nombres, conceptos y miradas nacidos desde la frialdad de la teoría y los escritorios (cuando no de intereses más tangibles) permanecen intactos cuando “nuestra democracia” ya se enchastra de cera las piernas para las primeras depilaciones.

Me pregunto –por ejemplo- ¿cómo es que la batalla dada contra Canning por los soldados scalabrinistas para ganar el nombre de una calle de Buenos Aires no se ha extendido por un país que espera, al menos, la revisión de su toponimia, impuesta por una generación que armó un kiosquito para pocos y que ha dado hijos y nietos que defienden ese kiosquito a rajatabla ni bien la historia les minga un Menem o un Cavallo de circunstancias?

Quizá estamos frente a la que será la gran zoncera del siglo veintiuno:

recuperar el pensamiento de Jauretche y no hacer nada para que esas revelaciones se vean reflejadas en decretos, leyes o programas que vayan acomodando las cargas mientras se hace, en serio, el camino de una Argentina en serio.

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Si las zonceras son consignas que anulan la discusión de ideas, no hay ninguna duda de que las zonceras están hoy vivitas y coleando.

Nosotros, con Jauretche a la cabeza, nos hemos quedado en los 70. Eso no es grave porque sólo estamos cantando o, como Quintar, publicando ensayos de circulación restringida. Eso no jode a nadie. Lo grave es no ver cuántos dirigentes con altísimas responsabilidades se han quedado,

no en los 70, sino en los 90, es decir, sin ideas molestas ni de las otras y con la

única pasión de ser un “triunfador”, un cajetilla sin estirpe, según los códigos impuestos por el imperio: hamburguesa, bienestar individual (a los codazos y sin contar los muertos) y …”aquí no trabaja el que no quiere”.

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Entre el desvelo y la esperanza

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La libertad es como la mañana. Hay quienes esperan dormidos a que llegue. Pero hay quienes se desvelan y caminan la noche para alcanzarla.

Subcomandante Marcos

Forjista que estás de guardia, si te preguntan contesta que estás de guardia en la noche, esperando que amanezca.

Homero Manzi “Milonga de FORJA” (1936)

Fernando “Pino” Solanas ha hecho películas maravillosas, en las cuales muchos argentinos nos hemos sentido involucrados como protagonistas de un drama y de una aventura colectiva. En Sur, un viejo militante nacional le comenta a otro -más novato- sobre la mesa de

los sueños, un lugar donde la militancia se desvelaba convocada por las

pasiones y las razones que venían de lo más profundo de la historia nacional. El desvelo tenía un motivo, una obsesión, un sentido: hacer realidad un proyecto de Nación. Carpetas, libros y gráficos de proyectos de fábricas, trazados ferroviarios, diseños de políticas culturales, explotación petrolera, y todo lo imaginable, parecían tomar vuelo en aquella mesa. En distintas ocasiones, quien escribe estas líneas ha formado parte de esa apuesta y sabe que esos desvelos son como aquellos que provoca el amor: están alimentados por la esperanza y la alegría. Así, el amanecer de la Patria no es algo que se espera a que suceda; más bien es algo a lo que le damos forma quienes nos sentimos parte de ella. Esa es, quizás, la diferencia más notable –siguiendo a mis citados padrinos- entre quien espera y el esperanzado: el desvelo.

Esta especie de “reflexión sobre el insomnio” no tiene el objeto de tranquilizar políticamente a quienes tienen problemas en conciliar el sueño, más bien es una convocatoria a aquellos que esperan dormidos a que

llegue. Es, también, una de las razones que me ha llevado a volver sobre

el camino del pensamiento nacional, siguiendo las huellas de aquellos que -como Jauretche o Scalabrini Ortiz- compartían esa mesa: las de mi madre, que a su manera compartió otras, y las propias, que, con mi impronta juvenil, también he podido dejar. El presente trabajo, entonces, tiene esta motivación profunda, y es bueno que sepa el lector que además tiene una aspiración: seducirlo a que –también a su manera-

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forme parte de esta especie de posta de insomnes. Ello no implica la inocente ilusión de que por ello amanecerá mas temprano, de ninguna manera. Es sólo la esperanza de que sucederá y será un día maravilloso.

Sobre el sentimiento que está por debajo

Este trabajo comenzó a ser pensado en medio de una tormenta política y personal. Los años noventa del pasado siglo implicaron un profundo vaciamiento de ideas políticas en el peronismo, lo que provocaría -por el grado de destrucción que significó- un distanciamiento personal, sin retorno, de esa identidad partidaria. Compañeros de ruta, a los que hasta entonces convocaba una misma idea, fueron dejando el camino en función de una “razón partidaria”, que, para muchos -entre los cuales me incluyo-, era inaceptable. Buscando resolver esa “orfandad” y dar cuenta de un tipo de pensamiento que se había quedado ya sin expresión política, comenzó esta exploración sobre Arturo Jauretche. Pero, como experiencia y, luego, como reflexión y tensión, esta historia tiene algunos detalles que la hacen más rica.

Suele ser divertido volver sobre textos que nos han hecho pensar y en los cuales nos hemos sentido reflejados. Pues bien, a partir del recuerdo de que un cierto estado de ánimo me llevó a disfrutar de un pequeño escrito de Martín Hopenhayn, retorné a él muchos años después de su publicación. De nuevo volví a sentirme inmerso en una reflexión personal sobre lo que en algún momento nos había convocado políticamente, la esperanza, pero también sobre el desencanto. Indudablemente, el texto era bueno y una vez más me provocó y pensé que no había vivido los años sesenta sino con una pelota de fútbol y una latita para pescar en el mar. Sólo hacia los ochenta experimenté los restos de aquel “incendio”, si así puede metaforizarse aquella militancia revolucionaria. Sus cenizas -aún tibias después del terror estatal- me cobijaron con enormes expectativas. En aquel momento, la recuperación de la democracia -quizá más cedida que reconquistada- alimentó nuevamente las esperanzas de lo colectivo. Pero a gran velocidad –demasiada quizá-, la frustración de esos años me condujo al desencanto y a compartir con viejos militantes -los que no se trasvistieron- la refrigeración del temperamento, el enfriamiento definitivo de aquellas cenizas, tal vez ya polvo. Ése era el sentimiento que estaba

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en la base de esta exploración.

Hemos vivido, desde entonces, sumergidos en las urgencias cotidianas, desgajados de toda experiencia colectiva integradora, de un sueño colectivo. La comunión sin fisuras entre un proyecto de vida y un

proyecto de mundo, la justificación redonda y compacta para la propia existencia personal,1 se había perdido. Quedaron, entonces, las

preocupaciones por las pequeñas empresas de la vida laboral, los pequeños logros sin mayor articulación colectiva. Desprovista de una utopía colectiva, la cotidianidad comenzó a mostrar perfiles distintos. Pequeños desafíos nos motivaron y crecimos individualmente en algún sentido (hay quienes no lo pueden hacer en ninguno y eso nos sigue preocupando). Pero esas pequeñas aventuras no estaban inscriptas en relatos amplios, trascendentes y socialmente integradores. Para quienes nos acercamos a las ciencias sociales por inquietud política, era y es -en efecto- algo molesto. Hopenhayn disparaba, por entonces, una pregunta clave: ¿Cuál es la materia prima de la vida cotidiana susceptible de

convertirse en materia unificante de la vida histórica?,2 interrogante con el

que también nos desafía muchas veces otro brillante y muy querido intelectual chileno-mexicano: Hugo Zemelman.

Bueno, puede uno optar entre las distintas puertas que siempre nos ofrece la vida –aunque, a veces, no muchas-. En mi caso, sumergido en la práctica profesional, comencé a preguntarme, por ejemplo, ¿cómo puede mi oficio de historiador recuperar el sentido que tenía cuando me dispuse a aprenderlo?, ¿o nos dispusimos a trabajar en ciencias sociales sólo para hacer dos papers por año, abultar el currículum y poder figurar en los escalafones de investigación? ¿Podríamos otorgar un piso más sustancialmente político a nuestra práctica profesional? Y, en términos más personales aún: ¿cómo articular la herencia intelectual que me ha formado en las Unidades Básicas -tradicionales locales barriales del peronismo- con una vida personal más dedicada a las ciencias sociales?, ¿cómo incorporar esa herencia a mi actual oficio? El presente texto ha tenido esas motivaciones y, desde ese lugar, es un nuevo intento -pequeño, ciertamente- de volver a aportar sentidos a las posibles lecturas de nuestro tiempo, como también un esfuerzo por otorgar un horizonte a la propia actividad profesional, haciendo una pequeña contribución a la recuperación y actualización del pensamiento nacional.

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Entre la esperanza y el desencanto: el retorno al pensamiento nacional

Los aires de utopía que, en la segunda mitad del siglo XX, impulsaron toda una amplia gama de hacer política, generaron también distintas formas de ver el mundo, la sociedad y su transformación. En ese sentido, pocas dudas caben de que los conflictos de la década del sesenta fueron políticos, pero también epistémicos. Es decir, también estaban en disputa distintas maneras de ver el mundo, de pensar la sociedad y la política. Las lecturas que predominan en la revisión de la historia -si bien todavía reduccionistas- quizás están empezando a advertirlo. No obstante, la derrota de aquellas experiencias en el plano político clausuraron los caminos hacia una posible recuperación o revisión en el segundo plano, el epistémico. Efectivamente, creemos que este enunciado es verdadero en la medida que el balance histórico de la década del sesenta está oscurecido por su final: el terrorismo de Estado y sus secuelas. Quizás ese “olvido” de los sesenta haya sido uno de los efectos más perdurables de nuestro pasado dictatorial. Fue tan duro, traspasó tantos límites y sus heridas están todavía tan abiertas, que poco nos hemos permitido reflexionar sobre los problemas que -respecto a la producción de ideas y de pensamiento- aquella experiencia nos ha legado. Más aún, ese final descalificó muchas veces tal búsqueda. Desde distintos lugares, se ha tendido a no detenerse en ello. Si una frase pudiera sintetizar el homogéneo discurso de los mass media al respecto, sería algo así como: “miren que, por pensar así, nos fue como nos fue... tuvimos treinta mil desaparecidos”. Para decirlo más claramente, y con la crudeza de la historia vivida, el “chupadero”3 es

como un agujero negro que no sólo se llevó a las personas sino también lo que aquella experiencia –la de los años sesenta- nos podrá aportar. El horror del final ha impactado de tal forma que nos imposibilitó ver, mirar, pensar y recuperar lo recuperable.

Sobre los restos de esa inundación volvió a llover en los años noventa y esta nueva tormenta arrasó -con el aval persistente de los ciudadanos en las urnas- con gran parte de los instrumentos para la promoción social, económica y cultural de Argentina. El peronismo, el mismo movimiento que había cobijado utopías y violencias de distinto signo en los años sesenta y setenta, ahora tomaba la forma del mejor vehículo para el despliegue de políticas neoliberales, ganando el sentido

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común de los ciudadanos y consolidando, en la sociedad, una visión claramente antinacional de los problemas del país. En función de ello, siguiendo a Wright Mills, deberíamos decir que, en nuestros días,

percibir con frescura la realidad implica ahora la capacidad de desenmascarar continuamente y romper los estereotipos de visión y comprensión con los que las comunicaciones modernas nos han inundado,4 lo cual nos conduce

directamente a buscar un camino eficaz de cuestionamiento del discurso antinacional, así como de sus mecanismos de naturalización y legitimación. En ese sentido, nos interesa sólo poner en discusión una cuestión de perspectiva, o de ángulo, desde el cual mirar nuestros actuales problemas y construir conocimientos asociados a soluciones prácticas y no simplemente analíticas. Ante estos desafíos, Jauretche aparece con toda su vitalidad.

El pensamiento de la periferia: sus silencios y sus puentes

Trabajar sobre Jauretche en un espacio académico tiene sus bemoles, al menos en Argentina. Se trata de una producción de pensamiento que se realizó desde fuera de las universidades e, incluso, muchas veces en oposición a ellas, dirigida hacia un público más amplio y, por tanto, con otros ámbitos de legitimación, desde los sindicatos hasta todo tipo de organizaciones populares. Y así como fue atacada por la cultura académica y oficial de la Argentina, también lo fue por las dictaduras. De manera que, de una forma u otra, se trata de una producción silenciada, a pesar del enorme éxito que tuvo en su momento, y que es recuperada sólo con un esfuerzo explícito.

Desde luego que una aventura de este tipo supone, nuevamente, producir conocimiento, no desde las preocupaciones que emergen de las lógicas profesionales, sino desde las necesidades políticas de una situación determinada, tensionados por la esperanza. Es cierto que no contamos con sujetos que encarnen proyectos -“la Clase”, en otros tiempos-, pero... ¿por qué debería ser tan fácil? ¿Por qué, sugiero, no pensar en la vigencia de los viejos proyectos históricos de nuestros países? ¿O es que la dependencia -eso tan setentista- no es más un problema? ¿No es ya la justicia social, más allá del bastardeo a que los políticos la sometieron, un concepto articulador? ¿Es que debemos prescindir de la intervención estatal, como no lo hace nadie? Todo lo

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que como Nación desplegamos en la segunda mitad del siglo XX, especialmente las formas en que nos pensamos... ¿condujo a ese desastre de la dictadura y de los años noventa?, ¿son también responsables quienes se dispusieron a pensar el país, con toda su buena fe? ¿Por qué no restablecer los puentes con aquello que supimos pensar? ¿O acaso deberíamos pretender partir de cero? Claro que no es sencilla esta tarea de recuperación, más aún luego de esa clara derrota que se hizo conceptual, por lo cual, en nuestros días, hay que volver a sembrar y reinstalar las claves del pensamiento nacional. En definitiva, ése es el efecto que las dictaduras militares en América Latina han causado en el pensamiento político propiamente latinoamericano.

Breve panorama de la investigación

Todo taller de forja tiene sus herramientas, su percepción sobre cómo trabajar con los materiales, una idea -siempre abierta- de cómo será el producto final y un criterio para elegir la materia prima, sus instrumentos, etc. Para aclarar un poco nuestro trabajo y sus características, deberíamos decir que la opción por Arturo Jauretche radica básicamente en dos cuestiones. En primer lugar, no sólo porque se propuso construir una mirada nacional de la realidad, sino que, en este caso, es bien claro que trató de hacerlo más allá de doctrinas, escuelas o modas académicas; allí quizá radica gran parte de su heterodoxia y capacidad crítica, que hace dificultoso el análisis de su producción en forma global. En segundo lugar, Jauretche integra, en su vida política y producción intelectual, la experiencia política de las principales etapas de la democracia argentina del siglo XX, el conservadorismo, el radicalismo y el peronismo; fue parte de los boina colorada, luego de los boina blanca y, finalmente, de los cabecitas negras. De allí que se convierta en una figura destacada en el conjunto de la intelectualidad nacional y antiimperialista.

El ejercicio que nos proponemos no es solamente una recuperación al estilo de la historia de las ideas: se pensó “esto” y luego “aquello”. Como se trata de un aporte para recuperarnos de la derrota política y conceptual, el desafío es poder enfrentar, con sentido crítico, lo que aquella experiencia de los años sesenta elaboró y desplegó. Lo que implica poner en juego una voluntad de rescatar lo permanente de

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lo contextual en aquel pensamiento. Ésa es parte de la tarea, es parte del necesario reestablecimiento de puentes para reparar una memoria fracturada y una genealogía del pensamiento nacional intencionalmente destruida. La cuestión, entonces, podría ser planteada de la siguiente manera: ¿en qué medida ha sido fructífera la producción de Arturo Jauretche? o ¿puede ser levadura en nuestro pensamiento actual?

Un función de lo comentado, nuestro trabajo se despliega en seis capítulos, sin contar esta introducción. Comenzamos con un breve recorrido biográfico de Arturo Jauretche para luego avanzar tratando de responder a la pregunta sobre cómo nuestro autor construyó su mirada sobre la política argentina, desde qué premisas y con qué insumos. Lo que llamamos la dimensión epistémica de Jauretche. Consideramos a éste un capítulo esencial, en la medida en que muchas de esas premisas se verán, luego, en la forma en que don Arturo caracterizó la colonialidad cultural, la historia, la economía y la política. Para concluir, hacemos un breve ensayo de recuperación y crítica de algunos conceptos de la perspectiva jauretcheana en la actual coyuntura argentina.

1 Hopenhayn, Martín. Esbozo de un incendio ligeramente refrigerado. En David y Goliath Nº 56.

Buenos Aires, abril de 1990.

2

Hopenhayn, Martín. Op. Cit.

3 Nombre con que se designaba a los centros clandestinos de detención.

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Dime cómo vives y te diré qué sueñas

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Los hombres tienen la edad de sus arterias, dicen los médicos. Yo diría que tienen la edad de sus ilusiones.

Arturo Jauretche5

Los orígenes conservadores

Con justa razón, en la historiografía argentina, 1880 es un año clave, en cuanto a que señala el final de las disputas internas y la definitiva “reducción” de las diversas aspiraciones y proyectos de nación a los intereses impulsados por la oligarquía terrateniente porteña. Se consolida lo que, orgullosamente, los sectores dominantes calificaban como el “granero del mundo”. El país, que tortuosamente intentaba establecer -desde 1810- una fórmula política que unificase al antiguo Virreynato del Río de la Plata y mecanismos perdurables para incorporarse a la economía mundial, hacia esa época ha conquistado definitivamente tales metas; desde entonces, esa estructura productiva es la clave de la economía argentina que, como país exportador de materias primas de clima templado, se acoplaba al pleno desarrollo de la segunda revolución industrial.

Con altibajos, por motivos internos y externos, dichas exportaciones fueron el motor del crecimiento económico nacional. Esa estructura económica, que se ha dado en llamar “modelo agroexportador” y que ciertamente tiene su gestación años antes de 1880, se consolidó junto con un orden político excluyente. Estado capturado, según palabras de Cavarozzi, y más típicamente denominado -en toda América Latina- Estado oligárquico, fue la forma política que organizó y posibilitó el despliegue de aquel modelo económico.

En términos ideológicos y culturales, la política, en general, estaba definida por un europeísmo que se expresaba, casi sin filtros, en un régimen con alta capacidad de transformación. El dilema sarmientino, “civilización o barbarie”, signaba las políticas de construcción de lo que se llamó la Argentina Moderna y, en esa línea, dos instrumentos fueron claves: el sistema de enseñanza y el Ejército. Volveremos sobre esta cuestión tan crucial en la producción del pensamiento nacional -y de Jauretche, en particular-; por el momento, alcanza con señalar que el proyecto generacional del ochenta, a fines del siglo XIX, se planteaba

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como el programa civilizador en tanto que acercaba e incorporaba al país -en forma subordinada y dep-endi-ente, huelga decirlo- a la economía europea.

En ese clima económico, político y cultural, nace6 y crece Arturo

Jauretche, en una familia de clase media acomodada, vinculada con el poder local. De a poco, será modelado por esa cultura dominante -tanto en su casa como en la escuela primaria y en la secundaria de Chivilcoy- con la lectura obligada de los libros impuesta por su madre -maestra, por otra parte-: desde Spencer a Samuel Smiles y Chesterton, y, como no podía ser de otra manera, con el diario La Nación, de Bartolomé Mitre. Pero, más allá de la formalidad de la educación, crece también rodeado de “boyeritos”7 y compañeritos del campo, en un medio gauchesco que le

aportará una particular forma de decir -con giros idiomáticos camperos- y de pensar la realidad, que no perderá en toda su vida. Una formación intelectual tradicional y conservadora, así como una vida social fuertemente vinculada al medio rural del interior de la provincia de Buenos Aires marcarán su existencia. Desde allí, se entiende, y él mismo lo explica en sus reflexiones autobiográficas,8 sus primeras intervenciones

en la vida política. Siendo adolescente, se enrola en las filas del conservadorismo local y llega a ser Secretario del Partido Conservador. Como señala su biógrafo más reconocido,9 se coloca, entre la

civilización y la barbarie, del lado de la primera, sin vacilación alguna y a conciencia.

El radicalismo, luego de protagonizar levantamientos de distinto tipo, inaugura la democratización del modelo agroexportador en 1916, con la asunción de Hipólito Yrigoyen (apodado popularmente “el Peludo”), quien asume, ante la primera gran guerra europea, una posición poco “civilizada”: la neutralidad. En las calles, los “civilizados” argentinos intentan acorralar y torcerle el brazo a Yrigoyen. Los grandes diarios, la Sociedad Rural, el Jockey Club, el Círculo de Armas, muchos intelectuales socialistas y la mitad del radicalismo salen a las calles. Allí estaba Jauretche, en el saqueo e incendio callejero del Club Alemán o del diario La Unión, en nombre de la libertad y a favor de la intervención argentina en el conflicto, obviamente del lado de los aliados. Luego, como dirigente estudiantil, enfrentó personalmente a Yrigoyen en una huelga, apoyada por el oligárquico diario La Nación.

Sí, yo también he sido pavito,10 recordará, ya al final de su vida, con su

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madurez lo harán pensarse como un joven “pavito”-, esa etapa dejó en él algo perdurable: el espíritu latinoamericanista y de crítica a los estereotipos académicos, propio de la Reforma Universitaria.

El acercamiento al radicalismo y a lo nacional

Hacia los años veinte, residiendo ya en Buenos Aires, Jauretche comienza a auscultar un mundo nuevo a través de lecturas de obras históricas y teóricas, pero también el mundo de la vida urbana, que lo acerca a una realidad política más amplia. En ese entonces, hay un proceso popular que lo apasiona: la Revolución Mexicana. Lo excita la imagen incontenible del pueblo mexicano en esa revolución. Y al calor de esos movimientos -como el de la Reforma Universitaria- va asumiendo el liviano y fácil antiimperialismo de los intelectuales de su tiempo, protestando contra las tropelías norteamericanas en Centroamérica, sin mencionar ni una de las que despliega el imperialismo inglés en Argentina. Milita así en la “Unión Latinoamericana” y en la “Alianza Continental”, partidos con los cuales se decepciona rápidamente, aunque las conversaciones con dirigentes del APRA, fundado poco tiempo atrás por Victor Raúl Haya de la Torre, dejan en él una huella indeleble, especialmente en la crítica al europeísmo desde la mirada política latinoamericana, una producción intelectual que indudablemente debió golpear, en la conciencia del joven Jauretche, tanto como las experiencias que iba viviendo, en lo personal y en lo político. Ejerce, además, innumerables oficios para poder vivir en Buenos Aires: mozo de confitería, vendedor de libros, sereno o ayudante de clasificador de lanas en una barraca, que le permiten conocer la vida del hombre de la calle, de las personas que en ese entonces conforman la base social del mayor movimiento popular: el Radicalismo.

Un tercer elemento gravita en su decisión de abrazar la militancia radical con fervor revolucionario: la relación con militantes radicales como Manuel Ortiz Pereyra, pero especialmente su amistad con Homero Mancione (Homero Manzi, para el cancionero popular tanguero). El perfil militante de Mancione aún hoy está esperando un buen biógrafo que lo resalte, pero lo cierto es que su claridad y vehemencia orientaron a Jauretche -aunque era menor que él- en esos

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últimos años de la década del veinte y primeros años de fervor radical. Manzi dice en su “Milonga del 900”: Soy del partido de todos, y con todos

me la entiendo, pero váyanlo sabiendo, soy hombre de Leandro Alem.

De manera que, así como crece en la actividad partidaria de la Unión Cívica Radical, va también abrevando en múltiples fuentes: el fenómeno mexicano, el anarquismo, el APRA, el reformismo universitario y, por tanto, construye una mirada sobre el radicalismo, que resalta lo popular de ese movimiento, la creatividad de los sectores que lo sustentan, así como la defensa de lo nacional y, en consecuencia, el antiimperialismo.

Integrado fuertemente a la militancia radical, se mueve por todo el país, como interventor algunas veces y otras, simplemente para apoyar a los correligionarios yrigoyenistas. Recorre Entre Ríos, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, luego -al final del período radical- las provincias de Cuyo, donde deberá enfrentar al Cantonismo y al Lencinismo.11 Jauretche está involucrado en esa política, con la cual el

radicalismo trata de eliminar la oposición conservadora que domina en el Senado, la Corte Suprema y en muchas provincias del interior. En esa política se hace evidente cómo el radicalismo no deja de utilizar los mismos instrumentos que se habían aceitado desde 1880 para la consolidación del poder oligárquico, desde la intervención y el fraude hasta el asesinato. Pero, por otro lado, esa actividad partidaria le mostró al joven Jauretche otro país, que estaba más allá de los límites de la europea Buenos Aires y más hermanado con la cultura americana, desde sus relatos y tradiciones -a las cuales presta mucha atención- hasta en las comidas y la música. Ese país lo impacta, lo seduce de tal manera que dejará una huella profunda en su producción intelectual y en su ángulo de mirada.

Jauretche, por entonces, es subyugado por el radicalismo como expresión de una sociedad nueva -la que ciertamente ha “parido” la generación del ochenta, pero que la ha excedido- a la vez que como expresión de una forma de hacer política, que si bien no rechaza en forma global las prácticas oligárquicas de construcción y mantenimiento del poder, incorpora a la masa migrante, ya nacionalizada. Esto es central en el radicalismo de Jauretche, las masas en la política y lo que ello implica para la posibilidad de despliegue de una política nacional. Jauretche, como su biógrafo, Norberto Galasso,

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tiene sobre el radicalismo de Yrigoyen una mirada que hace de éste una de las etapas centrales en la construcción de un movimiento nacional. Ciertamente lo es en la construcción de la democracia argentina y en la incorporación de vastos sectores de la clase media a la política -hasta entonces excluidos- pero está bien lejos de tener un sesgo político antiimperialista tal cual lo concibe Jauretche, mirada que años después se instala en la lectura que ha hecho de la historia la tradición peronista.

De la insurrección a la lucha por las ideas

Yrigoyen gana las elecciones para un segundo gobierno, en 1928, por un margen mucho mayor que en las elecciones de 1916. Ya es bien claro que, por las urnas, ese movimiento es difícil de derrotar. De manera que el acoso político de la oposición al segundo gobierno de Yrigoyen es feroz y, combinado con los efectos de la crisis de 1929, conduce a esa primera experiencia democrática argentina al abismo. En efecto, se produce el primer golpe de Estado del siglo XX en septiembre de 1930. Jauretche -en aquel momento, en Mendoza-, con revólver en el cinturón, está en las calles junto con otros correligionarios e inaugura, entonces, sus “paseos” por las cárceles.

El radicalismo retoma las formas de lucha que había mantenido contra el régimen de Roca a fines del siglo XIX: la abstención electoral revolucionaria y los levantamientos cívico-militares. Con la primera insurrección, en enero de 1931, puede ver lo que se traen los golpistas en materia policial. El gobierno del Gral. José Félix Uriburu había creado la Sección Especial de la Policía Federal, en la que se preparan agentes para infiltrar en los partidos y, sobre todo, en los gremios. En ese ámbito, hace su aparición un “aparatejo” que tendrá, a lo largo del siglo, un lamentable protagonismo: la picana eléctrica. Si bien no es torturado, presencia el flagelo a que son sometidos algunos correligionarios radicales.

En esos tiempos de lucha, cuenta con un entrañable amigo, Homero Manzi, el mismo que lo había incorporado al radicalismo. Ambos vivían conspirando y pasaban de las reuniones clandestinas a la fabricación casera de bombas. Pero, de todo este período, lo que más resalta es su participación en la sublevación yrigoyenista de Paso de los

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Libres, en la Mesopotamia argentina, bajo el mando de los coroneles Bosch y Pomar, a comienzos de 1934, que testimonia en un poema gauchesco, “El Paso de los Libres”, prologado por Jorge Luis Borges.12

Los primeros años de la década anunciaban las características que tendría, que sería calificada -por un periodista de entonces- como

década infame. El fraude electoral13 -acompañado por la legitimación

que implicó el levantamiento de la abstención de la UCR-, la corrupción y un redoblamiento de la presencia del capital británico en el país14 son

tres cuestiones centrales para caracterizar la época.

Un grupo de radicales, los Radicales Fuertes -en el que encontramos a Jauretche- le da una mayor definición a su radicalismo, al señalar que debe lucharse para abolir todo privilegio y restablecer la

independencia cultural y económica de la república, es decir restaurar integralmente la soberanía del pueblo, para lo cual fue creada la Unión Cívica Radical.15 Nótese que, en estos manifiestos, hay cuestiones inescindibles

una de otra: la independencia económica, la justicia social y la soberanía popular. Perón -como podemos apreciar- inventará poco con respecto a esto y sabiamente retomará esas ideas para hacerlas centrales en el Peronismo.

Hacia 1935, conoce, a través del periódico Señales, a otra persona clave en su formación política: Raúl Scalabrini Ortiz. Colaboran y escriben en ese periódico, que comienza a mostrar un antiimperialismo mucho más claro y concreto que el vago e impreciso del socialismo o del comunismo argentinos. La abstracción de éstos deja un espacio vacante a planteos bien específicos respecto a los ferrocarriles, los frigoríficos, los consorcios cerealeros, los préstamos internacionales, los convenios comerciales, el endeudamiento; en definitiva, la dependencia concreta, desnudada por estas investigaciones de Scalabrini Ortiz. De hecho, en uno de sus artículos, señala: Somos un

país colonial, un pueblo en servidumbre, una Nación sometida […] ésta es nuestra desgracia, nuestra vergüenza argentina […] los hombres realmente libres y patriotas debemos luchar a esta altura de nuestra historia por una patria redimida. 16

En ese contexto deprimente de la Argentina de los años treinta, en medio de una profunda crisis política y económica, surge la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA). Se trata de una agrupación de militantes radicales, que rápidamente llegó a conducir Jauretche con el apoyo fundamental de Scalabrini Ortiz,17 en

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la que se planteaba un doble objetivo: recuperar el Radicalismo como mejor instrumento para poner en pie a la Nación y convocar a una lucha frontal: Ciudadano: no se resigne, luche. Oponga la rebelión de su

conciencia a la fuerza de los usurpadores; en el territorio más rico de la tierra vive un pueblo pobre, mal nutrido y con salarios de hambre. Hasta que los argentinos no recuperemos para la Nación y el Pueblo el dominio de nuestras riquezas, no seremos una Nación soberana, ni un pueblo feliz; hay que sentir y obrar como argentinos, contra todos los nativos vendepatrias y contra el imperialismo. La restauración argentina sólo podrá cumplirse sobre la base de la soberanía popular, la emancipación económica y el imperio de la justicia.18

Obviamente, FORJA tiene un enemigo incondicional: la prensa y todo el aparato de difusión cultural. Pero cuenta con el descontento, la desconfianza y el hartazgo de la sociedad de aquellos años frente a toda la clase dirigente. Desde fines del siglo XIX, la única expresión política que encarnaba la virtud democrática era el radicalismo; pero, hacia 1935, ha abandonado ya la abstención y la insurrección para comenzar a legitimar el fraude y la consolidación de la dependencia con Inglaterra, forzando una economía que ya había llegado a sus límites. De manera que, muy rápidamente, FORJA, de pretender ser una expresión interna de la UCR, pasa a funcionar como una usina de pensamiento nuevo, radical, nacional y antiimperialista, en un contexto social signado por una profunda frustración y humillación, sentidas colectiva e individualmente.19

El antiimperialismo de FORJA es bien concreto; deriva, ciertamente, de la lectura de manuales del marxismo, del APRA y de los escritores norteamericanos e hispanoamericanos que hablaban del imperialismo. En esa bibliografía, había ciertas ideas generales sobre la explotación colonial y la necesidad de la unidad latinoamericana o la necesidad de políticas nacionales. Pero Jauretche, como Scalabrini, materializan el argumento porque su punto de partida es la realidad y la expresión concreta del imperialismo británico. De manera que esas argumentaciones nunca son abstracciones e, inclusive, son llevadas más allá del análisis económico para poner en evidencia toda la complejidad de un país dependiente, colonial: Desentrañada la trama de nuestro

coloniaje económico, descubrimos que se asentaba sobre el coloniaje cultural. Descubrimos que ambos coloniajes se apuntalan y conforman recíprocamente.20

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razona-miento que sufre fuego cruzado, tanto desde el gobierno como de los sectores de la izquierda y de la derecha nacionalista. Ambas corrientes rechazan la síntesis del pensamiento que despliega FORJA. Para los segundos, es una expresión política contaminada de marxismo; para los primeros, son corporativistas, nacionalistas telúricos e, inclusive, fascistas. No obstante, FORJA comienza a ser contagioso y no sólo porque sus actos de denuncia son más numerosos y convocan a importante número de personas, sino porque, además, comienzan a aparecer sedes en otras ciudades del país. Durante esa lenta expansión, se produce el comienzo de la segunda gran guerra europea. Como es natural en un país colonial, el ámbito político se divide por las líneas de

clivaje de ese conflicto, que ahora excede el marco europeo. El

nacionalismo, con una germanofilia fervorosa, y todo el arco liberal y la izquierda, pro aliados exultantes, polarizan el marco político, como si el problema del país fuese a definirse entre liberalismo y fascismo. FORJA impulsa la neutralidad desde una perspectiva nacional, señalando que el

primer deber es la lucha por la redención de nuestros propios pueblos21, cuyos

intereses no se juegan en ese conflicto.

Los artículos de Señales, los Cuadernos de FORJA y los artículos del periódico Reconquista, dirigido por Scalabrini, configuran el cuerpo básico del pensamiento de Jauretche en los años treinta, que delatan, como afirma Horacio Pereyra,22 su madurez intelectual. En esa década,

y en el ejercicio de clarificación y de militancia, don Arturo da forma a las líneas básicas de su pensamiento, estructurado en torno a lo que desde entonces llama “lo nacional”: Es fácil ver que el problema previo a la

distribución de los bienes es que seamos dueños de ellos, de manera que la primera pelea no tiene que ser entre nosotros sino con quien se los lleva, así toda demanda de justicia social se identifica con el nacionalismo y no hay posible concepción nacionalista en un país colonial que no lleve implícita la demanda de la justicia social.23

Ésos son los grandes pilares de todos sus años de producción de ideas y de sus polémicas con economistas, hombres de la cultura y políticos: la emancipación nacional y social. Así de simple, esas grandes líneas se mantuvieron sin dejar de entender la historia como un constante cambio, en el que –a nuestro pesar- las estructuras de dependencia se mantenían. Por otra parte, Doctor Ábalos, una bandera

política debe parecerse a un río que es siempre el mismo, pero en el que las aguas van cambiando, pues las fuerzas políticas actúan en el tiempo y su

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devenir, de tal manera que contenidas todas las reclamaciones en la gran demanda inicial, vayan según las exigencias de la hora, haciendo su presentación en cada oportunidad.24

Hacia comienzos de la década del cuarenta, la Concordancia, que mantiene el poder desde 1930 gracias al fraude y la corrupción, comienza a resquebrajarse con la muerte de Alvear, Ortiz y del mismo Gral. Justo. Un heterogéneo frente militar produce el golpe de Estado del 4 de Junio de 194325 y se anuncia el fin de una etapa; pero nadie

advierte -ni siquiera el propio gobierno- cuáles son los perfiles de la que viene. Los hombres de FORJA –específicamente, Homero Manzi- desde hacía tiempo, hacían llegar los Cuadernos de FORJA a algunos oficiales del Ejército, que a su vez los acercaban a un todavía desconocido coronel Juan Domingo Perón. Es un momento de inflexión, en el que -claramente lo ve Jauretche- la Argentina conservadora, que incluye al radicalismo, está feneciendo y una nueva está en ebullición, que va a

ponerse en marcha si la bandera que nosotros hemos levantado cuenta con el apoyo de unos pocos brazos de prestigio ya consolidado.26

Los militares que han asumido el poder están divididos entre aliadófilos, germanófilos y quienes tienen posiciones “nacional-populares”, con una fuerte mirada hacia la industrialización del país (Perón, Mercante, Pistarini, etc.). Pero la línea por seguir no estaba definida y Jauretche, ya como presidente de FORJA, no estaba dispuesto a quedar afuera de esa definición. Desde su particular radicalismo, Jauretche trata de poner lo suyo en esa hora clave y se entrevista -junto con Manzi- con dos coroneles muy influyentes: González y Perón. A los pocos días, Jauretche recibe en su casa una tarjeta con la autorización de Perón que reza: “Audiencia Permanente”. Desde entonces, y casi todas las mañanas, ambos mantienen conversaciones donde Jauretche explicita las ideas que había ido madurando durante los años treinta: el antiimperialismo, la imposibilidad de pensar en una nación libre sin justicia social, soberanía política e independencia económica, etc.

Jauretche divide su tarea en tres. Por un lado, el trabajo de asesoramiento a Perón; en segundo lugar, las tareas en la conducción de FORJA y, en tercero, la creación de un espacio amplio en el radicalismo, que apoye a Perón. Quizás el mismo coronel haya acordado esto último con Jauretche, lo cierto es que recorre algunas provincias tratando de convencer a caudillos partidarios, inclusive –ante el

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