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Academic year: 2021

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Universidad de la República

Facultad de Psicología

Ciclo de Graduación

Trabajo Final de Grado

Articulación teórico - clínica

Tutor: Marcelo Novas

Revisora: Paola Behetti

“Una experiencia clínica desde un servicio de atención

universitaria. Transferencia, Duelo y deseo del analista”

Gonzalo Costa Linares

C.I. 5.954.636-2

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ÍNDICE Resumen Pág. 3 Introducción Pág. 3 V Pág. 5 Transferencia Pág. 9 La transferencia en V Pág. 14 Duelo Pág.17

Deseo del analista Pág. 25

Conclusiones Pág. 29

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Resumen

Esta articulación entre teoría y clínica, se origina a partir del trabajo realizado con el paciente que me fuera asignado durante el curso de la práctica de graduación, dictada por el Espacio Clínico

Psicoanalítico (ECP) de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República.

En el transcurso del tratamiento, una situación de duelo en la vida del paciente provocó un viraje, que marcaría el devenir del mismo.

A partir del concepto de transferencia, tanto desde las distintas acepciones que atribuyó Freud a este término, como así de las particularidades que al mismo le otorga la teoría lacaniana; junto con los conceptos elaborados por Lacan, el Sujeto Supuesto Saber y Deseo del analista; y la articulación de los mismos con el caso clínico. Me propongo despejar si este viraje se trató de un procesamiento propio de la forma en que el paciente atravesó la situación de duelo, o por el contrario si debe pensarse este caso en el marco de las entrevistas preliminares donde no llegó a instaurarse por completo el dispositivo.

Palabras clave: Transferencia, duelo, acting out, deseo del analista.

Introducción:

El presente ensayo se origina a partir del trabajo realizado con el paciente que me fuera asignado durante el curso de la práctica de graduación, dictada por el Espacio Clínico Psicoanalítico (ECP) de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República.

Tuvimos con el paciente al que llamaré V, además de la entrevista de recepción, un total de 14 sesiones entre junio y octubre de 2020; las mismas fueron realizadas de manera virtual a través de la plataforma Zoom, ya que la situación derivada de la pandemia por el virus Covid-19 imposibilitó que la práctica fuera llevada a cabo de manera presencial.

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Las entrevistas se desarrollaban con fluidez y una buena predisposición por parte de V, quien tomó la palabra prácticamente desde la entrevista de recepción; un duelo en la vida del paciente (la muerte de la hermana) provocó un viraje en el tratamiento.

A raíz de esta primera experiencia de trabajo analítico, y de las dificultades que se fueron presentando durante el transcurso del mismo (que detallaré en el marco del presente trabajo), varias preguntas me quedaron resonando. ¿Cuál es el lugar a ocupar por el analista en la dirección de la cura y como pueden conceptualizarse las intervenciones realizadas por él en pos de reinstaurar el tratamiento? Dado que este encuentro con lo real por parte de V provocó un cambio en su posición frente al

tratamiento, reflejado en un detenimiento en las asociaciones, ausencias en las sesiones, y resistencias en el discurso. ¿Puede pensarse al duelo como el factor que da origen a este detenimiento en el decir por la forma de tramitación psíquica propia del mismo? o por otra parte este cambio de posición, ¿es atribuible a mi manejo de la transferencia o puede estar atado a una cuestión propia de la estructura del paciente?

Partiendo de que la clínica psicoanalítica es la clínica de la singularidad, y, por lo tanto, del caso por caso, todos los factores antes mencionados confluyen en una subjetividad (series complementarias de Freud, o RSI en Lacan). Me propongo despejar si este viraje se trató de un procesamiento propio de la forma en que V atravesó la situación de duelo, o por el contrario si debe pensarse este caso en el marco de las entrevistas preliminares donde no llegó a instaurarse por completo el dispositivo.

Cuando la magnitud de la angustia es de tal intensidad que desborda toda posibilidad de poder

decir, esa demanda que habilita de algún modo la función del analista, puede diluirse o desdibujarse, transformarse en resistencias que obturan cualquier posibilidad de consolidar la relación transferencial, si esta no estuviera instaurada aún.

De esta manera, y con la intención de poner un poco de luz sobre los interrogantes mencionados, esta articulación entre teoría y clínica se centrará en hacer un recorrido por el concepto de transferencia, tanto desde las distintas acepciones que atribuyó Freud a este término, como así de las particularidades que al mismo le otorga la teoría lacaniana; junto con los conceptos elaborados por Lacan, el Sujeto Supuesto Saber y Deseo del analista.

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V

V se presenta a la entrevista de recepción manifestando que ya había consultado varias veces, tema que retomará en sesiones posteriores dónde dará cuenta de las dificultades que tuvo que atravesar para acceder a un tratamiento en salud mental. Dice que ahora encontró un lugar en la Fundación

Cazabajones donde está recibiendo tratamiento psiquiátrico con un diagnóstico de trastorno bipolar por el cual se encuentra medicado, también afirma tener antecedentes familiares de bipolaridad.

“Era un poco obvio, los psiquiatras anteriores no le dieron tanta importancia, todo lo que me pasa coincide con el cuadro del trastorno bipolar.” (...) “Además tengo antecedentes familiares de bipolaridad”

V cuenta que en ese momento estaba en crisis, que había tenido un par de mudanzas seguidas, que la hermana lo había echado de la casa hace dos meses y que eso era algo que no esperaba.

“En lo psiquiátrico, yo me conozco más o menos. Con los psicólogos no tenía necesidad de tener consultas. Con amigos no me ayuda mucho hablar mis cosas, son muy densas. No siempre hablar con gente es lo que uno necesita”

En la entrevista de recepción y durante las primeras sesiones que tuvimos, V habló de aspectos muy dolorosos de su vida, sobre la muerte de su padre, al cual dice casi no haber conocido, ya que murió cuando él tenía ocho años. También contó sobre el suicidio de la madre, a sus doce años, de quien dice estaba haciéndose cargo desde los diez u once años, de su consumo de drogas, sus repetidos intentos de suicidio, de la relación con su hermana a la que definía como “tóxica”, de la pintura que además de ser su profesión, también lo era de su madre y de su abuelo, lo que da cuenta del valor que cobra la imagen dentro de la historia familiar.

V dice que tuvo varios intentos de suicidio, en el 2005 a los quince años, que el último fue a los 18 años, que fueron más de dos.

“El primero fue muy contundente, quedé en coma, la recuperación no fue lenta.” Dice que lo intentó con pastillas y alcohol, con mucha cantidad, que pisó las pastillas con una cuchara y que hizo como una pasta con las pastillas y whisky.

V: “Me vestí de traje, estaba súper decidido, puse música.” Analista: ¿cómo un ritual?

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V: “Sí, un ritual. Los otros casos fueron arranques muy tipo ataque de pánico, sin tener claro.”

Puede percibirse en el relato de V como la escena cobra un valor primordial, la ritualización del acto, el montaje de la misma, a diferencia de los intentos posteriores a los que define como “arranques”, me dieron a pensar en su momento que había algo más del orden del acting (ya sea dirigido al padrastro, la tía o inclusive a su hermana)

Una situación en lo real del paciente, el suicidio de la hermana, marcó un viraje en el tratamiento. Ante su primera falta a la que debería haber sido la cuarta sesión, se da con V el siguiente cruce de mensajes de texto:

V: Hola, perdón que me dormí, después explicaré el contexto y trataré de que no se repita. Analista: Ok, nos vemos el martes que viene a las 15. Saludos.

V: La semana pasada se suicidó mi hermana, creo que no quería seguir hablando de eso, debería haber cancelado, me quedé dormido.

En el siguiente encuentro, refiriéndose al suicidio de su hermana V dice:

“Me disocio, es como con la escena, el ver el cuerpo, hasta se puede decir que es interesante” (...) “es algo excepcional, el ver todos los detalles de lo que está pasando, no siempre tenés la oportunidad de ver a un familiar así muerto. Ya sabía cuándo atendí el teléfono lo que pasaba, igual que cuando fue lo de mi madre, cuando abrí la puerta y sentí el olor a gas ya me di cuenta que se había matado.”

Analista: Es como si me estuvieras describiendo una imagen, como si lo estuvieras viendo desde

afuera, como si fuera un cuadro.

V me dice que sí, que así se sentía, que más que como si fuera un cuadro, más bien una escena.”

(entrevista 6)

V parecería atrapado siempre en una escena, la cual se mira (pulsión escópica), o se actúa (agieren).1

1Freud introduce el término Agieren para dar cuenta de cómo el paciente actúa sus recuerdos y fantasías en vez de

reproducirlos en el análisis. “De tal modo, actuó {agieren} un fragmento esencial de sus recuerdos y fantasías, en lugar de reproducirlo en la cura.” (Freud, 1905, p. 104)

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La escena toma, en un análisis, dos dimensiones. Por un lado la escena misma, la historia que el paciente relata y ha repetido, por otro la escena detrás de la escena, que refiere al objeto2 al que

el sujeto se ha identificado. Comenzar a situar esa escena detrás de la escena hace posible darle un carácter significante a lo que el sujeto repite en su cotidianidad. Se trata entonces de la construcción de la escena fantasmática, y es a partir de esto que un sujeto va a tener la posibilidad de reescribir eso que actúa y actuó desde siempre. Sólo en la medida en que el lenguaje interroga lo escrito desde siempre, y que conduce a la repetición, es que eso escrito puede comenzar a reescribirse. (Di Pinto, elsigma.com, 2015)

Esta línea de trabajo en lo referido al análisis de la escena relatada por el paciente, sus identificaciones, quedó truncada dado el abandono del tratamiento.

Cabe destacar que, cuando recibí los mensajes de V a raíz del suicidio de la hermana, en los que decía: “me dormí”, “me quedé dormido”, pude darme cuenta de que ese “me dormí”, se venía jugando desde la primera sesión que tuve con él, la cual comenzó con un retraso importante ya que V, según dijo se “quedó dormido”. En varias ocasiones V se conectó tarde a las sesiones diciendo que casi se queda dormido y con claros signos de recién haberse despertado, como también justificará luego alguna falta a nuestro encuentro con “me quedé dormido”. Más allá del valor resistencial que puede leerse en ese “me

quedé dormido”, y siguiendo a Di Pinto, ese “me quedé dormido” tal vez debió haber sido interrogado

apuntando a que adquiera para V estatuto de significante, dejando de ser una repetición, de algo que se actúa. Y, ¿qué es lo que V actúa al quedarse dormido? En ese momento pensé, que ese “me quedé

dormido” evocaría al suicidio de la madre, que con la llave de gas abierta “se quedó dormida”, y que

también estaba siendo actuado en la escena ritual que V montó en su primer intento de quitarse la vida que, mediante el consumo de alcohol y drogas intentó “quedarse dormido”

En referencia a la cita de Di Pinto antes mencionada, entiendo “lo escrito” como las “huellas” o “marcas” recién comentadas (escenas relatadas, me quedé dormido, faltas, etc.), qué, a la manera de una

2 El objeto a para Lacan es concebido como el objeto del deseo, al introducirlo en el matema del fantasma en 1977

($<> a). “Éste es el OBJETO PARCIAL imaginario, un elemento imaginado como separado del resto del cuerpo. Lacan comienza a diferenciar entre a, el objeto del deseo, y la imagen especular que ahora simboliza como i (a)” (…) “El objeto a es cualquier objeto que pone en movimiento el deseo, especialmente los objetos parciales que definen las pulsiones.” (…) “el objeto a es definido como el resto (en francés, reste), el remanente que deja detrás de él la introducción de lo simbólico en lo real” (...) “Lacan vincula el objeto a al concepto de semblante, y afirma que a es un “semblante del ser”. En 1974 lo ubica en el centro del nudo borromeo, en el lugar donde se intersectan los tres órdenes (el real, el simbólico y el imaginario).” (Evans, 2000, p. 141)

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suerte de equivalente fantasmático resuelven la angustia vía acting. Esto escrito, leído en análisis,

permitiría vía interpretaciónreescribirlo. Se trataría de que el sujeto tenga la oportunidad de confrontarse

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Transferencia

“El verdadero héroe del Banquete no es Sócrates sino Alcibíades, “hombre del deseo”” (Jean Allouch, 2011, p.163)

En un recorrido por el concepto freudiano de transferencia, Miller (1990) ubica seis textos donde Freud habla de la misma:

1- Estudios sobre la histeria (1895), donde trata el concepto de transferencia como un falso

enlace, en el que el deseo reprimido se enlaza a la figura del analista, hay una sustitución, S13 reprimido

S2 consciente. Entonces lo que aparece en la conciencia es el deseo de besar a Freud (S2), mientras que, lo que queda reprimido sería el deseo de besar a un hombre (S1)

2- La interpretación de los sueños (1900). En este caso el deseo reprimido se enlaza con los restos diurnos para expresarse. Hay una “transferencia de sentido” donde los restos diurnos son vaciados de significación por desplazamiento, para ser re investidos con una nueva significación en función del deseo que se manifiesta en el sueño.

3- Caso Dora (1905). Es donde se muestra la transferencia desde el punto de vista psicoanalítico, cuando el deseo se apodera de la persona del analista.

Siguiendo a Miller (1990), en este caso situaría la transferencia como un fenómeno ilusorio porque origina la idea de que la transferencia es de yo a yo, por lo tanto, un fenómeno imaginario cuando en realidad la transferencia se juega en el plano simbólico, y es por eso que a la persona del analista hay

3Lacan adopta el término significante de la obra del lingüista F. de Saussure. Según su teoría el significante no es el

sonido del signo, sino la imagen mental del sonido, su huella psíquica, que podría reconocerlo. Por otra parte, refiere que el significado es la imagen mental, pensamiento o idea a la que refiere el signo. Sostiene que ambos son interdependientes y de igual importancia. En cambio, Lacan señala que el significante es primero y produce el significado. Para Lacan, distinto de Saussure, el lenguaje no es un sistema de signos, sino de significantes. Los significantes determinarán al sujeto ya que sus efectos sobre éste constituyen el inconsciente. Los significantes se combinan en cadenas significantes regidos por las leyes de la metonimia. Lacan define al significante como “lo que representa a un sujeto para otro significante” (Lacan, 1964, p. 215). Un significante (significante amo) representa al sujeto para los otros significantes, pero no hay significante alguno que pueda significar al sujeto. Las palabras, objetos, y actos sintomáticos pueden ser considerados significantes.

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que tomarla entre comillas.” Quizás puedan ver, en cortocircuito, que esta persona no es exactamente una persona. Esta persona, (...) es más bien el significante del analista que su persona.” (p. 64)

La transferencia freudiana es el momento en que el deseo del paciente se apodera del analista, pero es cuando el psicoanalista (no su persona) imanta las cargas libidinales del paciente. El analista es ubicado así como lugar, no como persona, no es exterior al inconsciente del paciente, ni puede pensarse como una idea exterior.

La transferencia se inicia cuando el analista pasa a integrar algo de la economía psíquica del paciente. Y es por la transferencia que el paciente pone en acto su realidad psíquica.

4 – En “Escritos técnicos. Sobre la dinámica de la transferencia.” (1912) Freud va a resaltar su aspecto resistencial, al convertirse ésta en un obstáculo para las asociaciones inconscientes del paciente.

En el análisis la transferencia nos sale al paso como la más fuerte resistencia al tratamiento. (...) cuando las asociaciones libres de un paciente se deniegan, en todos los casos es posible eliminar esa parálisis aseverándole que ahora él está bajo el imperio de una ocurrencia relativa a la persona del médico o a algo perteneciente a él.” (p. 99).

A través de las series complementarias da cuenta de la transferencia como repetición de un clisé de la relación del sujeto con los objetos. El sujeto adquiere un modo específico para el ejercicio de su vida amorosa y éste es el resultado de la conjunción de las disposiciones innatas y los influjos que recibe durante la infancia. Este clisé se va a repetir a lo largo de toda su historia, así como en el transcurso del tratamiento analítico. Lacan (1971), lo definirá como los “modos permanentes por los cuales”, el sujeto, “constituye sus objetos”. (p. 214)

5 - En Recordar repetir y reelaborar (1914):

El analizado no recuerda, en general, nada de lo olvidado y reprimido, sino que lo actúa. No lo reproduce como recuerdo, sino como acción; lo repite, sin saber, desde luego, que lo hace. Por ejemplo: El analizado no refiere acordarse de haber sido desafiante e incrédulo frente a la

autoridad de los padres; en cambio, se comporta de esa manera frente al médico.” (Freud, 1914, p. 151,2)

Freud va asimilar la transferencia a un trozo de repetición inconsciente, y va a dar cuenta de la existencia de una nueva neurosis propia de la situación analítica, la neurosis de transferencia, la cual abarcaría todos los aspectos de la cura psicoanalítica. “Freud extiende la transferencia hasta hacerla cubrir

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toda la dimensión de la cura analítica. (...) la neurosis de transferencia es, si se quiere, la modalidad de conjunto de la cura, la enfermedad artificial propia del psicoanálisis.” (Miller, 1990, p.71)

6- Finalmente en “Más allá del principio del placer.” (1920) Freud trabaja la pulsión de muerte (el

goce4 para Lacan). El pensar de más que trae el síntoma. Los posts freudianos al trabajar este texto ubican

las resistencias del lado del inconsciente, sin embargo, las mismas provienen del yo y no del inconsciente ya que este siempre insiste y empuja.

Ante la aparición en la teoría del concepto de transferencia Freud se pregunta acerca de la

veracidad del amor que se despliega en el dispositivo analítico. Su primera respuesta frente a esto es negar su veracidad basándose en la evidencia de que los enfermos se vuelven indóciles y pierden interés por el tratamiento, aunque su amado médico sea quien se lo solicite. Más tarde terminará afirmando; “no hay ningún derecho a negar el carácter de amor genuino al enamoramiento que sobreviene dentro del

tratamiento analítico.” (Freud, 1920, p. 171). De esta manera el amor de transferencia porta los rasgos de ser revelado por la experiencia analítica, carece de miramiento por la realidad y es empujado hacia arriba por las resistencias.

Ahora bien, en el Seminario VIII Lacan teoriza la transferencia desde su disparidad subjetiva, para luego en el Seminario XI sostener que; “Freud formula expresamente que de ninguna manera puede considerarse el amor como representante de lo que él mismo interroga con el término die ganze

Sexualstrebung (tendencia sexual total) …” (Lacan: 1964, p. 182). Que se traduce en “no hay relación

sexual” y que pone en discusión que, entre el amante y el amado, el erastés y erómenos, se inscriba relación sexual alguna en términos de complementariedad. Es por esto que ya no piensa el dispositivo analítico como lo que sucede entre dos sujetos, sino lo que sucede entre un sujeto y un objeto agalmático.

En este sentido al comentar la escena de “El Banquete” dice Lacan (1960 - 1961):

Pues bien, en cuanto se trata de hacer intervenir al otro, este experto director de escena ya no puede hacer que haya sólo uno- hay dos otros. Dicho de otra manera, como mínimo son tres. A

4

Lacan opone goce y placer, ubicando el principio del placer como límite al goce. Aunque el sujeto intente transgredir esto no obtiene más placer sino dolor porque el sujeto sólo puede soportar cierta cantidad de placer. Este exceso de placer, se convierte en, al decir de Evans (2000), un “placer doloroso” (p. 103), y por eso Lacan sostiene: “el goce es sufrimiento”. (p. 103) “Lo que precisa de la repetición es el goce, término que le corresponde en propiedad. En la medida que hay búsqueda de goce en tanto repetición, se produce lo que está en juego en ese paso, ese salto freudiano - lo que nos interesa como repetición y que se inscribe por una dialéctica del goce, es propiamente lo que va contra la vida. Si Freud se ve, de algún modo, obligado, por la misma estructura del discurso, a articular el instinto de muerte, es en relación con la repetición. (Lacan, 1969 - 1970, p. 48)

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Sócrates no se le escapa este hecho notable en su respuesta a Alcibíades, cuando, tras esa

extraordinaria confesión, esa confesión pública, esa salida a medio camino entre la declaración de amor y casi, uno diría, la difamación de Sócrates, éste responde - No es para mí para quién has hablado, sino para Agatón. (p. 162).

Así introduce la función de un tercero. De esta manera nos centra en el problema del amor. Entre la posición del amante y la del amado hay un desacuerdo, una diferencia, puesto que está relacionada a lo que ellos desconocen, el amante no sabe lo que le falta, mientras que el amado no sabe lo que posee. De esta manera la persona del analista está dotada de una duplicidad que, según Le Gaufey (2000):

Se trata de una duplicidad constitutiva en la medida en que el que resulta ser el blanco de este conjunto complejo de sentimientos, de representaciones y de afectos diversos y variados recubiertos por la palabra “transferencia”, se presenta a él mismo como no confundiéndose con ése blanco; a lo mucho, hace lo necesario para autorizar, para facilitar su surgimiento, pero sería un error de entrada si él se identificara con esa formación que proviene exclusivamente, a primera vista, del paciente. (p. 21)

Ahora bien, para hablar del amor, Lacan toma a Sócrates porque este remite toda la verdad al dominio del discurso, de ahí que el amor es del orden del discurso.

A diferencia de lo afirmado por Freud, Lacan encuentra el fundamento del amor de transferencia del lado del saber y no del lado de la repetición. La repetición encuentra en la transferencia su modo de expresión, pero está por fuera de ella. El amor de transferencia por lo tanto no haya su sostén en lo especular o en el complemento, no se ama al analista por su belleza sino por aquello que sabe (orden simbólico). Allí donde la palabra se detiene, en sus límites, en el silencio, es donde Freud ubica las resistencias.

En “La transferencia de Freud a Lacan”, Miller (1990) sostiene que transferencia es un concepto que sufrió un cambio de Freud a Lacan, si bien Lacan la conceptualiza de manera estrictamente freudiana, ya que transferencia es “el modus operandi del psicoanálisis. (...) es el resorte de la cura, su motor

terapéutico y el principio de su poder.” (p. 59); al mismo tiempo inventa una nueva función: el sujeto supuesto saber SSS.

Así el analista deberá ocupar el lugar del S.S.S., ya que en el corazón del análisis se ubica la transferencia, en la medida, en que “actúa menos por lo que dice y por lo que hace que por lo que es”

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(Lacan, 1960 - 1961, p. 352), y lo que es, no depende tanto de la realidad, sino del lugar al que es llamado a ocupar en tanto Otro del discurso.

En cuanto que hay, en algún lugar el sujeto al que se le supone saber (…) hay transferencia. Ahora bien, es muy cierto y de todos sabido que ningún psicoanalista puede pretender representar, ni aun remotamente un saber absoluto. El asunto es, primero para cada sujeto desde dónde se ubica para dirigirse al sujeto al que se le supone saber. Cada vez que esta función pueda ser para el sujeto por quienquiera que fuese, analista o no, de la definición que acabo de darles se

desprende que la transferencia queda desde entonces ya fundada. (Lacan, 1964, p. 240, 1)

Este concepto, sujeto supuesto saber, aparece en el año 64-65, en el seminario 11 “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”, donde lo define como un soporte o pivote (placa giratoria), con respecto al cual se articula lo relacionado con la transferencia. Es el fundamento que está más allá de lo fenoménico, por lo tanto, es transfenoménico.

El sujeto supuesto saber, es la posibilidad que brinda la situación analítica, que hace que

signifique y que el paciente se encuentre con su verdad, es importante que el analista no se identifique al SSS, ya que este es un efecto de la estructura de la situación analítica.

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La transferencia en V

La modalidad transferencial de V, fue variando a lo largo del tratamiento. Mi primera impresión es que si bien manifestaba una buena transferencia con el psiquiatra y sostenía hace bastante ese

tratamiento, había algo de la angustia que estaba pidiendo tomar la palabra y que lo llevó a consultar. V de 32 años, se presentó diciendo que está cursando un tratamiento psiquiátrico, que su diagnóstico es un trastorno bipolar, por el cual está medicado. También hace referencia a varios intentos de auto

eliminación y antecedentes familiares de suicidio (la madre).

Durante las primeras entrevistas su constancia en la concurrencia a las sesiones, el

aprovechamiento del tiempo del que V hacía uso durante las mismas, y su predisposición a tomar la palabra y contar su historia; me hacían pensar que la transferencia se estaba instalando, y que V estaba logrando poner algo de su angustia en palabras.

En una de las sesiones comentó lo difícil que le resultó acceder a un tratamiento de salud mental. Habló acerca de las dificultades para conseguir turnos de consulta, tiempos de espera, problemas para obtener medicación e incluso un buen diagnóstico. Estos dichos reforzaban en mí la idea de que V comenzaba a sentirse alojado en el dispositivo y en la relación transferencial; y de que había una

oportunidad ahí, de que pudiera sostener este tratamiento, al igual que sostenía el tratamiento psiquiátrico.

A partir del cruce de mensajes de texto, mencionado anteriormente en el presente trabajo, este “me quedé dormido” empezaría a insistir en el transcurso de las siguientes sesiones. Esta situación, junto a faltas reiteradas sin aviso, fueron marcando un tiempo de transgresión por parte de V del encuadre. Esta nueva forma de habitar el espacio analítico, resultaba en que V, dejaba los temas dolorosos por fuera de sesión (mensajes de texto, llamada telefónica), llenando la misma con lo que él, alguna vez definiría como “temas sin importancia”, incluso llegando a demandarme que yo le preguntara.

La situación de duelo del paciente, la demanda por fuera del dispositivo, y la sensación por mi parte, de que el cauce del tratamiento se estaba desdibujando, generaron en mí cierto monto de angustia, que me llevó a preguntarme qué lugar ocupar como analista y cómo maniobrar para reinstalar el encuadre, sin desalojarlo, pero a su vez acompañando su posibilidad de ir poniendo en palabras su angustia.

Ante situaciones donde las faltas a sesión sin aviso, más de una seguida, sin llamados ni

mensajes, me cuestionaba cuál es la posición ética como analista frente a la abstinencia y la neutralidad. Si bien, de manera calculada, a veces se flexibilizan estos principios, a modo de estrategia, en pos de

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encauzar el dispositivo y así el tratamiento. Cuál es el límite de estos movimientos, si es que lo hay y desde dónde se sostienen, eran otras de mis interrogantes.

Si esos movimientos que en un principio consideré como transgresores del encuadre, en verdad eran las formas con las que podía V confrontarse con su angustia, y, más específicamente, cuando me pide que le pregunte; ¿no se podría leer como un reclamo por parte de V para que ocupe el lugar de analista, para que lo ayude a tomar la palabra?. De alguna manera, tal vez, con esto V me estaba diciendo “esta es la única forma que encuentro para ocupar este espacio en este momento”. Y quizás yo, jaqueado por los principios de la neutralidad y de la abstinencia, no pude escuchar ese reclamo, y acompañarlo, aún a expensas de la transgresión al método, ya que esta era la forma posible para V de tomar nuevamente la palabra.

Ahora bien, en un seminario de Isidoro Vegh (2001) dictado en la Escuela Freudiana de Buenos Aires, se plantea si son las vicisitudes de la transferencia las que despiertan el deseo del analista, o si ese deseo del analista está subyacente a todo comienzo de tratamiento. O sea, si puede pensarse el concepto de deseo del analista por fuera del concepto de transferencia. Al respecto dice:

Les puedo decir de mi práctica, pero cualquiera de ustedes podría dar testimonio de esto, por un lado el deseo del analista anticipa la posibilidad de la escena analítica pero también me encuentro muchas veces que es el discurso de mi paciente el que me ubica en el lugar adecuado, es por lo que se gesta en la transferencia que me veo reclamado, transportado al buen lugar. Entonces, uno podría decir, como en lo del huevo y la gallina, si bien no es recíproco, hay una relación donde ese deseo otorga la posibilidad de que haya un análisis, pero también la transferencia, si el analista se dispone a que suceda, propicia que se reubique en el lugar del deseo, bajos los modos más variados, a veces puede ser cómico, amistoso, como cuando el paciente dice “eso ya me lo dijo diez veces y no me sirve de nada” ¿a quién no le ha pasado? Hay veces que la transferencia no funciona como obturador sino como un buen reclamo al lugar del analista. (Pág. 8)

Al decir de Sebastián (2010): “Porque, ¿qué es alojar una demanda sino justamente dar el tiempo que el otro necesita para hablar? (...) Se trata de la presencia del analista, requerida en la experiencia del análisis como límite.” (p. 80)

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Toda intervención analítica concierne al límite. Porque al analista no se lo consulta en verdad sino sobre lo que escapa al saber, es decir, en función de ese punto radical formulado en “no quiero saber nada de eso”. Es en esa instancia clave en que él es llamado a responder con la posición, la misma que ha de hacer, a la vez, límite en la producción infinita del analizante, ya que por el sólo hecho de estar dirigida al analista, encuentra allí un tope. (p. 157)

Reflexionando con Sebastián (2010), en lo referente a la presencia del analista, indispensable para pensar la posibilidad del análisis, la dirección de la cura en el caso V se apoyaría en la función deseo del analista (concepto que desarrollaré en el apartado correspondiente) para alojarlo (reinstaurarlo) en el dispositivo analítico. Función que operó en mí a modo de brújula frente a las vicisitudes ya relatadas en relación al tratamiento de V, pero por sobre todo frente a mi propia posición como analista.

La transferencia es un fenómeno que incluye juntos al sujeto y al psicoanalista. (…) es un fenómeno esencial, ligado al deseo. (…) detrás del amor llamado de transferencia está la afirmación del vínculo del deseo del analista con el deseo del paciente. (Lacan, 1964, p. 239)

Este recorrido por el concepto de transferencia intenta dar cuenta de este lugar del tercero dentro del dispositivo analítico y me permitió articular esta posición (dejando de lado mi persona) a la hora de la experiencia clínica.

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Duelo

“Quien está de duelo es habitado por el ser que ha perdido.” (Allouch, 2014, p. 333)

Al momento de preparar el texto para este trabajo y releyendo todas las entrevistas que tuvimos con V, pude percatarme que ya desde la entrevista de recepción V nos había dado un adelanto de cómo era su forma de transitar el duelo, y cuando éste irrumpió en medio del tratamiento V sólo hizo lo que ya había advertido que iba a hacer:

“Quede shockeado del evento del suicidio, pero no es que quedé sorprendido, mi madre se

pasaba hablando de que se iba a matar, no tenía mucho filtro.” (...) “Cuando murió, al principio fue raro, me fui a vivir con mis abuelos y mi hermana. Después empecé mal en el liceo y apático. Estaba medio que parecía que estaba bien, pero me empecé a volver cínico en el humor, pensaba muchas cosas negativas. Después reventó todo en una crisis, al principio los demás no se dieron mucha cuenta, me preguntaron si quería hacer terapia, pero no quise.” (entrevista de recepción)

Freud, en su texto “Duelo y Melancolía” de 1917, se propone esclarecer la naturaleza de la melancolía comparándola con el afecto normal del duelo. Refiere que el trabajo del duelo consta de tres tiempos lógicos para pensarlo:

Primer tiempo: tiempo de la renegación, supone una desmentida de la pérdida del objeto. En este momento Freud esboza la idea de que habría un objeto sustitutivo de este objeto perdido. Idea

posteriormente criticada por Allouch, que desarrollaré más adelante. Dice Freud (1917):

"El examen de realidad ha mostrado que el objeto amado ya no existe más, y de él emana ahora la exhortación de quitar toda libido de sus enlaces con ese objeto. A ello se opone una comprensible

renuencia; universalmente se observa que el hombre no abandona de buen grado una posición libidinal, ni aun cuando su sustituto ya asoma. (p. 242)

Segundo tiempo del duelo: se trata de un proceso de investidura y desinvestidura de la

representación del objeto perdido, implica por lo tanto una reorganización de todo el sistema simbólico, "Se ejecuta pieza por pieza, con un gran gasto de tiempo y de energía de investidura, y entretanto la existencia del objeto perdido continúa en lo psíquico” (Freud, 1917, p. 242/3)

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“Frente al agujero en lo real que produce la pérdida, que conmueve la realidad fantasmática del sujeto, se tratará de simbolizarla, produciendo una recomposición significante en ese universo simbólico” (Cortazzo, Acheronta, 2003). Ahora bien, siguiendo a Cortazzo, éste se pregunta qué sucede cuando este segundo tiempo del duelo por alguna razón no puede realizarse, quedando entonces el sujeto detenido en el primer tiempo e imposibilitado de simbolizar la falta del objeto, y sostiene que “Allí se forma un terreno proclive para la depresión, los fenómenos psicosomáticos, los actings, los accidentes, etc. Por lo tanto, es de vital importancia poder avanzar en el trabajo del duelo. Ahora bien, esto no se hace en

soledad”5 (Cortazzo, Acheronta, 2003)

Dada la importancia del trabajo del duelo me surge la pregunta de cómo habrá impactado en V esta falta de tramitación del mismo, dado que V comenzó a abandonar el tratamiento desde el suicidio de la hermana, en forma paulatina y de distintas maneras (llegadas tarde, faltas con y sin aviso), hasta el abandono del mismo.

¿Cuál es la forma que tendrá V. de tramitar esta pérdida?

Siguiendo su relato podemos ver que V, al momento de confrontarse con el suicidio de la madre osciló entre algunas de las diferentes maneras de expresar la imposibilidad de simbolizar el duelo

mencionadas por Cortazzo: Depresión, acting out, accidente, etc. Al primar el acting por sobre la palabra, la escena sobre la escena en lugar del relato, podríamos deducir de ello cuál iba a ser la posición de V en relación al tratamiento. Los mecanismos que subyacen a esta posición en lo referente a la subjetivación del duelo (tendencia al acting out) darían cuenta de las resistencias o imposibilidades de V para ingresar o sostener el espacio analítico. De no querer hacer terapia en su momento, al abandono de este tratamiento que llevábamos adelante.

Retomando el primer párrafo del presente capítulo, al darme cuenta que en la entrevista de recepción, V ya había dejado rastros que darían a pensar en el desenlace del tratamiento. Me surge la pregunta acerca de si de haber percibido yo estos rastros, en ese momento (suicidio de la hermana), podría haber intervenido en el sentido de nominar esta repetición y trabajar sobre ella con V. La apuesta sería así advertirlo con miras a sostener el espacio.

Ahora bien, dada la historia de V, la carga emocional que él soportaba, y teniendo en cuenta su tendencia al acting como mecanismo de descarga, pienso que esta apuesta podría ser recibida por V como una situación de desalojo. Me pregunto acerca de los riesgos de este tipo de apuestas en un paciente con

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estas características e historia. Pregunta que excede el marco del presente trabajo y que será pensada en el transcurso de mis futuras experiencias clínicas.

Bauab (2002) nos comenta que, en la clínica, un duelo atascado o detenido, se presenta con la presencia de fenómenos en vez de síntomas.

Fenómenos que son del orden de un hacer, mostrar, escenificar, que se repiten en un intento fallido de inscribir lo traumático de la pérdida. Fenómenos del orden de la mostración, se tratará de hacerlos ingresar en la trama simbólica. Entre éstos se incluyen, frecuentemente, una lesión psicosomática, un acting out, un pasaje al acto, algunas adicciones, anorexia-bulimia, una alucinación. Algo de lo imposible de ser articulado vía significante, se muestra en esos fenómenos.

Diferentes a los síntomas en transferencia (como manifestaciones del inconsciente) que son del orden de un decir, que se articulan por la vía significante.

Convertir algo de esos fenómenos en un síntoma bien podría ser una maniobra analítica: que eso que hace, sea dicho. Que lo que se muestra se articule en un decir. Maniobra no siempre posible. (El sigma, 5 de junio)

Freud, en Recordar, Repetir, Reelaborar (1914), sostiene que en ciertos casos, “el analizado no

recuerda, en general, nada de lo olvidado y reprimido, sino que lo actúa, no lo reproduce como recuerdo,

sino como acción; lo repite, sin saber, desde luego, que lo hace” (p. 151,2), entonces podemos entender que lo reprimido no retorna como recuerdo (vía la palabra), sino que lo hace en acto (lo actúa, agieren), como transferencia y/o resistencia, haciendo de obstáculo a la cura.

J. Strachey traduce agieren como acting out. Para Guy Le Gaufey (2000):

El agieren (...) aportaba su piedra a la idea freudiana dominante de acuerdo con la cual la causa de la transferencia debe buscarse en primer lugar del lado del paciente; lo que él no puede decir (o dar a entender), lo muestra. (p. 36)

Si bien muchos autores piensan el acting out como una transferencia sin analista, Soler (1988) nos aclara: “no hay fuera del análisis desde que el sujeto entra en la transferencia. Tampoco quiere decir fuera del consultorio del analista, quiere decir, para comenzar, fuera de la esfera de los recuerdos. Digamos más bien, fuera de la esfera de lo que se dice.” (p. 95)

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Larsen (2008), sostiene que el acting-out es, para Lacan, una acción inmotivada, enmarcada en cierta escenificación, que es relatada como situación repetida, que se realiza generalmente fuera del espacio de la sesión pero dirigida al analista y que tiene como función mostrar y aislar un objeto.

Asimismo, nos dice:

El acting-out implica una vacilación fantasmática, una falla en la función de separación que el fantasma tendría que sostener entre el sujeto y el objeto, produciendo una confusión en la que el sujeto queda como absorbido por el objeto en su valor de goce. La función del análisis es ir en contra de ese goce fantasmático, tratando de recortar al sujeto de ese objeto, de separarlo, de que pueda reconocerlo como perdido y, de esta manera, aceptando su pérdida, poder transmutarlo en objeto causa de su deseo.” (Larsen, El sigma, 2008)

El acting out sería un modo de hacer subir a escena un deseo que no consigue forma de anclarse y que, por eso, en el caso de V, toma la vía imaginaria de la mostración propia del mismo. Esta salida de la angustia en el acting out, que muestra el deseo en ese intento de aislarlo, no cuenta con posibilidad de subjetivación (anclaje) ya que al estar acéfalo no hay sujeto que pueda reconocerse allí como portador de ese deseo.

La falla en el intento de anclaje operaría a la manera de un equivalente fantasmático, pero al estar el sujeto ubicado del lado del objeto en su vertiente imaginaria, lo que obtendría sería un deseo anónimo, sin sujeto al exiliarse así de sí mismo. Esto en muchos casos, conlleva sus riesgos.

Lobov (1990), nos dice que el acting es una forma tentativa de que algo de lo real ingrese dentro del orden simbólico por su forma de poner en escena lo traumático. Señala que nos encontramos ante el orden de la estructura, y que por la estructura la palabra no alcanza, no se puede decir todo, existe una nada que hace agujero y no hay significante para responder por esa nada, “el objeto si bien es efecto del significante, no es de naturaleza significante, no es interpretable...quizá en todo caso, situable” (p. 62)

En ese intento de suicidio ritualizado que V nos presenta, a la manera del acting out, relatado anteriormente en este trabajo, pueden observarse las características que Lacan ubica dentro del acting out, en el sentido de una escena actuada, posteriormente relatada en la cual sujeto y objeto pueden confundirse (¿a quién corresponde la escena?). Si sujeto y objeto pueden confundirse, se plantea aquí la problemática de si el acting out es interpretable, ya que en este punto no podemos afirmar que exista un sujeto que subjetive esa interpretación. Esta escena, que se enmarca en ese acting parecería escenificar esa otra

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escena, “traumática”, (suicidio de la madre). Escena que se jugaría dentro de la fantasmática de V aun antes de producirse. Y que después a la manera de la repetición se jugará durante toda su historia, escena que hoy haría serie con el suicidio de la hermana.

De una de las sesiones posteriores al suicidio de la hermana de V se transcribe el siguiente párrafo:

"no fue sorpresivo, él ya se lo imaginaba. Dice que cuando lo echan de un lugar, se va sin

discutir pero que esta vez cuando la hermana lo echó, él no se quería ir porque sabía lo que iba a hacer” (...) “Ya sabía cuándo atendí el teléfono lo que pasaba, igual que cuando fue lo de mi madre, cuando abrí la puerta y sentí el olor a gas ya me di cuenta que se había matado”.

(Entrevista Nro.5)

En una entrevista le pregunto a V si la hermana había manifestado alguna vez intenciones de quitarse la vida.

Respuesta de V: siempre, siempre esta con eso. Además, mis padres se suicidaron así que sí, tengo ese miedo siempre.

Analista: le pregunto si el padre también se suicidó.

Respuesta de V: no, mi padre no se suicidó. ¿dije mis padres no?, que loco, no mi padre se murió, yo no lo conocí.

Lacan señala que el trabajo de duelo se inicia a partir del agujero en lo real que fue provocado por la pérdida y que esto tiene una relación inversa con la forclusión ya que en ella se produce un retorno en lo real de lo rechazado (de lo que nunca ocupó un lugar en lo simbólico), mientras que en el duelo este agujero en lo real debería producir, de ser simbolizado, una recomposición de todo el sistema simbólico.

En el seminario 6 (1958 - 1959), Lacan, toma a Hamlet, para plantear la importancia de los ritos funerarios para atravesar el proceso del duelo. Para él los ritos tienen la función de hacer coincidir la hiancia abierta por el duelo (agujero en lo real), con la hiancia mayor, la falta simbólica. Estos ritos tienen una esfera íntima y una privada, así como una tramitación pública o comunitaria.

“V habla de toda la gente que fue a la casa de la hermana el día que se mató, dice que el ex cuñado le cae mal, que fue y se llevó uno de los gatos, el otro se lo trajo él, cuenta que este tomó una actitud como si fuera de la familia, que pagó el velorio porque quiso, que ya para él toda esa situación era bastante velorio. Dice que estaba toda la gente con actitud de velorio, los milicos,

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el cuerpo, que igual está bueno saber que cuando pasa algo hay un montón de gente que

responde, sobre todo los amigos, no solo cuando son boludeces, que incluso también están. Dice que para ser un shock incluso fue bastante suave.”

En este punto Lacan señala que no cualquier pérdida arroja al sujeto a una situación de duelo. En su seminario dedicado a la angustia menciona que: "Estamos de duelo por alguien de quién podemos decirnos yo era su falta." (Lacan, 1962 - 1963, p. 155), es decir que ocupábamos para ese otro el lugar del objeto de su deseo, acá se pone en evidencia la problemática del falo, como dice Allouch (2014): “Quien quiera que no hallara de buen tono ver aflorar así la función del falo en el centro mismo del espantoso sufrimiento del duelo, bien podría abandonar aquí mismo este libro”. (p. 38)

Tercer tiempo del duelo, fin de duelo: El trabajo de duelo finalizará de manera espontánea y en ese momento el yo estaría listo para investir otro objeto que sustituya al perdido ya que quedaría libre de inhibiciones. Así lo dice Freud en Duelo y melancolía: "una vez cumplido el trabajo del duelo el yo queda libre y desinhibido"(Freud, 1917, p. 243). Es decir, como era antes de la pérdida. Y en La

transitoriedad sostiene:

Sabemos que el duelo, por doloroso que pueda ser, expira de manera espontánea. Cuando acaba de renunciar a todo lo perdido, se ha devorado también a sí mismo, y entonces nuestra libido queda de nuevo libre para, si todavía somos jóvenes y capaces de vida, sustituirnos los objetos perdidos por otros nuevos que sean, en lo posible, tanto o más apreciables". (Freud, 1916, p. 311)

Las conceptualizaciones de Lacan en relación al duelo resignifican y enriquecen la comprensión de la lógica freudiana, proponiendo no solo un trabajo de elaboración del duelo sino también una función para el mismo.

Bauab (2002): ubica esta función como “resorte fundamental de la constitución del deseo, como momento subjetivante. Siendo que un duelo es ese momento singular en que se inscribe un trazo nuevo, creación simbólica que recubre el agujero producido en lo real por la pérdida ocurrida.” (El sigma)

La función de duelo permite elevar la pérdida a la categoría de falta, cierta inscripción de la castración. El trabajo de duelo, rescata Bauab, es una singular ocasión donde el sujeto puede acceder a un desarrollo de verdad, nunca absoluta, acerca de los tiempos de constitución del objeto teniendo en cuenta los límites de la estructura.

Respecto del desorden significante producido por una pérdida, esta función vendría a subjetivar dicha pérdida.

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Allouch (2014), en esta cuestión centra su crítica más importante a la hora de pensar el duelo, cuestiona la perspectiva freudiana que sostiene que una vez finalizado el trabajo del duelo no quedaría ni marca ni cicatriz y sostiene que no es posible encontrar un sustituto a este objeto perdido como lo afirma Freud. Critica que el duelo sea un trabajo y lo eleva al estatuto de un acto. Por medio de ese acto el sujeto debe efectuar una pérdida sin ninguna compensación, una pérdida a secas.

Después de la Primera Guerra Mundial, la muerte no espera menos. (...) Pero resulta que, dentro de la ausencia de un rito con respecto a ella, su actual salvajismo tiene como contrapartida que la muerte empuje el duelo al acto. A muerte seca, pérdida a secas. En adelante, sólo semejante pérdida a secas, sólo un acto así, logra entregar el muerto, la muerta, a su muerte, a la muerte. (p. 9)

¿De qué se trataría este acto? Allouch (2014) dice: “hay un duelo efectuado cuando quien está de duelo, lejos de recibir algo del muerto, lejos de extraer alguna cosa del muerto, suplementa la pérdida sufrida con otra pérdida, la de uno de sus tesoros.” (p. 14) El autor sostiene que este acto tiene estatuto sacrificial, este sacrificio no lo hace el sujeto en duelo, no se entrega en sacrificio al muerto, si esto fuera así las consecuencias serían enfermedades psicosomáticas, el suicidio, la depresión. Porque si el sujeto del duelo sacrifica todo su ser por el muerto, entonces, sacrificaría su propia vida. El objeto de sacrificio en el acto del duelo al que se refiere Allouch, es lo que llama “pequeño trozo de sí”, y señala que ese pequeño trozo no es “ni de ti, ni de mí”, de sí, y, por lo tanto, “de ti y de mí”, pero en tanto que tú y yo siguen siendo en sí no distinguidos. Cuando se da el acto de ceder al muerto ese pequeño trozo de sí, pondría fin al duelo ya que, ese pequeño trozo, ya dejaría de ser de sí, puesto que se aclara a quién pertenece.

Entonces el acto del duelo se basa en cederle al muerto lo que este nos ha robado. Así en el duelo no solamente se pierde a alguien, sino que se pierde a alguien perdiendo un trozo de sí.

Él va a mencionar que en el duelo no se trata de una relación dual entre quien está de duelo y su muerto, sostiene que en el duelo se trata siempre de un robo:

Quien está de duelo se relaciona con un muerto que se va, llevándose con él un trozo de sí. Y quien está de duelo corre detrás, los brazos tendidos hacia adelante, para tratar de atraparlos a ambos, al muerto y al trozo de sí mismo, sin ignorar en absoluto que no tiene ninguna posibilidad de lograrlo. De modo que el grito del duelo es: “¡Al ladrón!”. Lo que no implica necesariamente que el muerto sea identificado con el ladrón; tal vez sea simplemente cómplice o mercenario

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pagado por el ladrón; tal vez el ladrón no exista; tal vez la pregunta planteada sería justamente la de su existencia. Pero hay robo, y por lo tanto se abre la posibilidad del grito.

Un grito así nos incita a contar al menos tres, sin duda cuatro personajes: el ladrón, lo robado, el auxilio (a quien el grito se dirige) y … la muerte. Por sí sola pues, la proferición de ese grito mostraría que el duelo no puede ser concebido en términos duales, como un problema de pareja entre quien está de duelo y su muerto, mucho menos, ya que ese duelo se presta tan fácilmente a ser reducido al ego psicológico, como la relación de ese ego con un objeto psíquico perdido (...) por su muerte, el muerto aparece como Eromenos, detentador del agalma (el pequeño trozo de sí de inestimable valor); quien está de duelo se halla pues, brutal, salvaje y públicamente ubicado en posición de Erastés, de deseante". (p. 30 y 31)

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Deseo del analista

“Lo que el analista tiene para dar, contrariamente a la pareja del amor, es lo que la novia más bella del mundo no puede superar, a saber, lo que tiene. Y lo que tiene no es más que su deseo, al igual que el analizado, haciendo la salvedad de que es un deseo advertido.” (Lacan, 1959 - 1960, p. 358)

El cambio de V en su relación transferencial fue el que me llevó a profundizar dentro de la teoría en el concepto deseo del analista. Esto ocurrió a partir de la irrupción de un hecho que generó una bisagra en el tratamiento, situación que me llevó a plantearme cuál era el lugar que tenía que ocupar y cómo operar desde el mismo con el fin de sostener el espacio.

El sentimiento de angustia que me produjeron todas estas situaciones, me llevó a pensar si más allá del duelo por el que estaba atravesando V, que marcó este viraje de la transferencia, no habría algo mal hecho desde mi lugar de analista o si yo no era bueno en el quehacer del análisis y si yo sería el motivo de sus faltas.

Esto tendría un doble aspecto, porque por un lado no se trataba como se sabe, de mi persona en el soporte de la transferencia, sino de una posición como analista sostenida en una función Deseo del analista que soporta la transferencia y deja a un lado a la persona. Por otro lado pienso, como sostuve anteriormente, si este cambio en la modalidad transferencial no sería la única manera que tenía V de sostener el espacio, y yo ocupado en conceptos (transferencia, neutralidad, abstinencia, encuadre) , y haciendo valoraciones sobre mis capacidades, perdí de vista que estaba desviando el foco en desmedro de ocupar la función de analista acompañando este nuevo ritmo de V respecto a su tiempo y modo de tomar la palabra.

En el momento del quiebre del tratamiento acudí a la lectura, me propuse revisitar los textos sobre estos conceptos haciendo hincapié en lo que refiere a la posición del analista y el manejo de la técnica. Estas lecturas, junto con la supervisión del caso, y mi propio análisis; me permitieron reubicarme en la dirección de la cura, y a la vez, disminuir mi angustia.

Fue el concepto del deseo de analista, el que me permitió orientarme en relación a todos estos principios y a mis interrogantes sobre los mismos; entendiéndolo, como una función ordenadora en las vicisitudes transferenciales.

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El concepto deseo del analista aparece en el seminario VIII La Transferencia (1960- 1961). Rabinovich (1999) lo define:

Como un vacío, como un lugar donde algo podrá venir a alojarse, a morar, deja en claro que lo que allí tiene que venir a alojarse, en la praxis del psicoanálisis, es el deseo del paciente como deseo de su Otro, el de la historicidad propia del paciente, el de las circunstancias propias de su vida. (p. 9).

Subraya que para que se produzca un análisis es necesario que opere esta función del deseo del analista.

Para esto, “el analista tiene que vaciar el lugar de su propio deseo como sujeto del inconsciente” (p. 9). Rabinovich destaca así la importancia de este vacío ya que él va a permitir el surgimiento del objeto a.

Este vacío que el analista deja para que se instale algo del orden del deseo va a marcar la posición en la que el analista debe operar en el tratamiento analítico, ya que es allí, en ese vacío, donde aparece el deseo del analista como causa del deseo del Otro. Es decir que el deseo del analista se ubicaría en el lugar de la causa, y es lo que permitiría el surgimiento del objeto a.

Cabe destacar que no se refiere a que se permita al analizante acceder a un ideal o a un amor, sino, que se trata de que el amor es una vía que posibilita delimitar el campo donde aparecerá el objeto a. Por lo tanto, a lo que accederá el paciente es a un objeto. Sostiene la autora que cualquier objeto puede ocupar este vacío ya que, “a priori ningún objeto es más valioso que otro”. (Rabinovich, 1999, p.10). Teniendo este las características del objeto parcial freudiano. Es por el amor de transferencia, dentro del dispositivo analítico, que encuentra la vía de recortar ese objeto que es causa del deseo. Transferencia que tiene en su fuente lo pulsional y en su manejo la demanda. Estos dos elementos se encuentran unidos en el fenómeno transferencial.

Es justamente porque puede ser cualquier objeto el que entre en el campo del deseo que Lacan (1960 - 1961) afirma:

Aquí, nosotros, analistas, nos vemos llevados a vacilar, en ese límite donde se plantea la cuestión de qué vale cualquier objeto que entra en el campo del deseo. No hay objeto que tenga un precio mayor que otro —este es el duelo alrededor del que se centra el deseo del analista. (p.440)

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Entonces, siguiendo a Lacan, la aceptación de esta ausencia de medida entre los objetos de deseo es el duelo que tiene que realizar el analista, duelo que está asociado con la operación de Privación, Lacan relaciona a esa forma de la falta de objeto, que denominó Privación con el duelo, ya que define Privación como agujero, falta en lo real, que es justamente lo que produce el duelo (agujero en lo real). Al no existir patrón de medida con relación al objeto de cada sujeto, el duelo del analista se referirá a la ausencia de ese Bien Supremo que no puede universalizarse.

De esta manera el concepto deseo del analista es desarrollado por Lacan como una crítica a los posts freudianos y apunta a desburocratizar el dispositivo analítico. Para ello intenta un retorno a Freud.

Los posts freudianos, guiados por el ideal de la ciencia, buscaban la neutralidad, apuntando a un dispositivo objetivo y eficaz. Mientras que el concepto deseo del analista apela a lo contrario, a realizar una ruptura con un saber que se aplique de manera universal y estandarizada. Es decir que se trataría de un saber sin medida estándar sobre el deseo, el objeto y la causa. Saber que sin antes escuchar nada podrá decir en particular.

En “La dirección de la cura y los principios de su poder” (1971) Lacan realiza una crítica a los analistas de la IPA por su lectura de los escritos técnicos de Freud, especialmente transferencia y contratransferencia. Sostiene que ellos dirigen la cura provocando los máximos reforzamientos del yo porque piensan el dispositivo analítico como una situación dual y neutral. Va a oponerse así al analista posicionado en un lugar de “saber”, según los ideales de la ciencia: burocratización, estandarización y asepsia:

El efecto de las pasiones del analista: su temor que no es del error, sino su ignorancia, su gusto que no es de satisfacer, sino de no decepcionar, su necesidad que no es de gobernar, sino de estar por encima. No se trata en modo alguno de la contratransferencia en tal o cual; se trata de las consecuencias de la relación dual, si el terapeuta no la supera, y ¿Cómo la superaría si hace de ella el ideal de su acción? (Lacan: 1975, p. 569).

De lo expuesto se desprende una diferencia frente a la verdad ya sea para el discurso científico

como para la verdad subjetiva ya que ésta última resultará una contingencia, ni necesaria ni imposible.

En el seminario XI “Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis” Lacan (1964) postula

que el deseo del analista es un deseo impuro en tanto da cuenta de la máxima diferencia entre el Ideal y el Objeto

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Cuando el sujeto se confronta a la falta es por medio del deseo de obtener la diferencia absoluta a la que accede por primera vez a la posición de sujeción al deseo. Por lo tanto, el deseo del analista actuaría operando la separación entre el ideal y el objeto; significante y goce; significante y el Otro. Esta operación de diferenciación permite pasar de un objeto ubicado en el centro de la demanda del Otro y en el fenómeno transferencial a un objeto ubicado en la causa del deseo del sujeto.

De esta manera el concepto del deseo del analista abarcaría dos dimensiones, por un lado, ubica el deseo del paciente como una incógnita, al ubicarse así permite que se genere un espacio vacío para alojar el deseo del paciente. Por otra parte, produce una operación de diferenciación absoluta.

Podemos pensar que las motivaciones principales que dan pie a la aparición de este concepto en la teoría lacaniana son: diferenciarse de las teorías de la contratransferencia de la época, responder al problema de la neutralidad en psicoanálisis, reafirmar el carácter subversivo de la concepción freudiana del deseo y su incidencia en la ética del psicoanálisis.

Alejándose del temor de la ciencia al error, a que el científico influya en el objeto de su

investigación, Lacan retoma la idea de ciencia de Platón, en la cual sujeto y objeto establecen una relación recíproca, es decir sin la cual ninguno de los dos existiría. De esta manera la relación que se establece en un análisis implica tres y no una relación dual como suponía el campo psicoanalítico del momento.

Safouan (2008) relata que en ese momento de la enseñanza de Lacan (Seminario VIII), era muy común comparar al analista con un espejo sin marcas sobre el cual el paciente proyectaba sus fantasmas en el tiempo de asociaciones libres. Con la aparición del concepto del deseo del analista, a partir del seminario VIII La transferencia, se reorganiza el campo de la transferencia y la contratransferencia, con esto la concepción de la experiencia analítica como la dirección de la cura.

Hasta ese momento la transferencia era pensada como un fenómeno intersubjetivo, de un otro a otro. En relación al saber, la situación analítica era descrita desde una asimetría entre el paciente y el analista. Lacan sitúa la transferencia en el corazón de la experiencia analítica, pero anuncia que se deberá hacer una topología adecuada para rectificar el uso que se hace del concepto. Sostiene que la situación analítica es una falsa situación. La experiencia analítica no es de una relación de Yo a Yo. Dado que la relación imaginaria se sostiene por la prevalencia simbólica al Otro del lenguaje, el analista vendrá a ocupar este lugar. Este Otro que en el fenómeno de transferencia puede engendrar un amor, no es solo aquel con el que se repetirá algo del pasado del sujeto, sino que habrá una actualización de la que se desprende un acto: la interpretación.

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Conclusiones

Siendo esta una de mis primeras prácticas clínicas y ante las vicisitudes de V a lo largo del tratamiento, detalladas en las páginas precedentes, mis preguntas giraron en torno a la posición del analista en la transferencia ante el encuadre y la dirección de la cura.

En lo que respecta a la instauración de la transferencia, si bien durante las primeras entrevistas hubo algunos indicios de que V me estaba ubicando en la posición de un supuesto saber, la pronta irrupción del suceso ya relatado y la actitud de V frente al mismo, me hacen pensar de si ésta llegó a instalarse. A mi entender, y haciendo una reflexión aprés coup, daría la impresión de que este proceso (el desarrollo de la instalación de la transferencia) hubiese quedado de cierta manera detenido a partir de la irrupción del duelo.

Como se pudo observar las tendencias al acting a la hora de procesar la angustia y lo traumático llevaron a V a repetir este mecanismo y detener así el análisis. Instalado en el primer tiempo del duelo, según Freud, o ante su imposibilidad de ingresar algo del orden de lo real en el registro simbólico según Lacan, o de realizar el duelo como acto, con el sacrificio que ello conlleva según Allouch, el resultado es el detenimiento de las asociaciones en el espacio analítico y la salida del mismo vía acting. Esta

preeminencia de lo escénico (imaginario), por sobre la palabra (simbólico) hacen de V un “sujeto sin sujeto”, alguien con un deseo acéfalo, quien, al no poderlo poner en palabras, lo plasma con la ausencia de su persona en el tratamiento. Dejando por lo tanto el duelo detenido, en serie con los anteriores duelos de V.

A mi entender, los doce encuentros6 que se llevaron a cabo, no podrían ser considerados más que

entrevistas preliminares, y en consecuencia no habría sido posible la instauración de la transferencia y por lo tanto, la entrada en análisis. Esto resultaría importante en función de dar respuestas a algunas de las preguntas que me fueron surgiendo al momento de realizar el presente trabajo.

Ante el interrogante surgido en relación a cuál debería haber sido mi posición como analista, planteada en este trabajo, relacionadas con la flexibilización del encuadre, considero, siguiendo a

Sebastián que alojarlo fue la apuesta que me permitió intervenir cada vez, siempre en función de sostener el espacio.

6 Hay una diferencia entre la cantidad de sesiones mencionadas en la Introducción y esta (Conclusiones), esto se

debe a que, si bien efectivamente fueron 12 las sesiones que tuvimos con V, en dos oportunidades a las que V no asistió al encuentro, se dieron en las mismas materiales que considere pertinentes de incluir en el presente texto

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Las preguntas acerca de mi proceder, o si este acting de V se había producido por algún error de mi parte a la hora del manejo de la transferencia, se dilucidaron primero a partir de las supervisiones del caso y junto con ello a partir del concepto de deseo del analista que por sobre todo deja de lado la persona del analista, o sea a mi persona. Este concepto me sirvió de guía, sostén y brújula ya que en definitiva se tratará cada vez de reencausar el dispositivo de acuerdo a las necesidades de la subjetividad del caso.

Me deja pensando que hubiese sucedido de haberme percatado a tiempo de cuál iba a ser la forma en que V iba a transitar el duelo, y su inevitable desenlace en relación al tratamiento. Tal vez si hubiese hecho esta lectura en su momento y no aprés coup ahora que escribo este trabajo, hubiese señalado esta resistencia como repetición en un intento de nominar la misma a fin de ponerlo sobre aviso (advertirlo). Apuntando a que esta nominación permita desplegar el discurso de V, de este modo que ingrese en el circuito significante y no en el del acting. Sin dejar de tener en cuenta que esa nominación habría resultado estéril, ya que como bien dice Freud (1913):

¿Cuándo debemos empezar a hacer comunicaciones al analizado? ¿Cuándo es oportuno revelarle el significado secreto de sus ocurrencias, iniciarlo en las premisas y procedimientos técnicos del análisis? La respuesta sólo puede ser esta: No antes de que se haya establecido en el paciente una transferencia operativa, un rapport en regla. La primera meta del tratamiento sigue siendo allegarlo a este y a la persona del médico. Para ello no hace falta más que darle tiempo. ( p. 140 )

De todas formas la posibilidad de que V haya encontrado en este dispositivo un lugar posible donde ser escuchado, (recordar las peripecias para encontrar ayuda en la salud mental) constituya una marca que al igual que su tratamiento psiquiátrico, le permitan salir del no hay lugar, y por lo tanto volver a buscar ayuda nuevamente, en otro lugar posible, cuando alguna situación en V lo lleve a consultar en un futuro.

Como dice Rubinstein (2009):

Hasta qué punto la práctica analítica logre producir algunos cambios en el arreglo que cada sujeto encuentra con la singularidad de su goce, para hacerlo menos sufriente, dará una medida posible de la eficacia del análisis. Esa es su política. Hacer posible un cambio en la economía libidinal, hacer más soportable el encuentro con lo real del trauma. Saber hacer allí con el síntoma, es uno de los modos de nombrar este arreglo. El punto al que llegue cada sujeto en ese camino, no puede ser anticipado, pero sin duda el recorrido tendrá efectos.

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Es mi deseo que esta experiencia se inscriba en V como una marca, para a partir de ella, en un próximo tratamiento, pueda desplegar en el discurso lo que no pudo poner en palabras en este espacio.

Como corolario de este trabajo, más allá de que las preguntas excedan a las respuestas lo que obtuve de esta experiencia clínica adquiere un valor inestimable, ya que, al igual que la del propio análisis y la supervisión, la experiencia es intransmisible por otra vía que no sea la de ocupar ese lugar.

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Referencias Bibliográficas

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(2014). Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca. Buenos Aires, El cuenco de plata.

Bauab, Adriana (2002, 5 de junio) Los tiempos del duelo. El sigma.

https://www.elsigma.com/lecturas/los-tiempos-del-duelo-de-adriana-bauab/2104

Cortazzo, W. (2003, 13 de diciembre). Los tiempos del duelo en el contexto de la muerte

pornográfica. Acheronta. https://www.acheronta.org/acheronta19/cortazzo.htm Di Pinto, C. (2015, 3 de abril). La escena detrás de la escena.El sigma.

https://www.elsigma.com/hospitales/la-escena-detras-de-la-escena/12921

Evans, D. (2000). Diccionario introductorio de psicoanálisis lacaniano. Paidós.

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