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Ética y Urbanismo. De la ciudad de mínimos a la ciudad de máximos

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Academic year: 2021

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Facultad de Ciencias Humanas y Sociales

Departamento de Filosofía y Sociología

MÁSTER INTERUNIVERSITARIO: Ética y Democracia

Universitat Jaume I y Universitat de València

TRABAJO FIN DE MÁSTER

TÍTULO: Ética y Urbanismo. De la ciudad de mínimos a la

ciudad de máximos

PRESENTADO POR: Yvette Mónica Carrillo Salomón

DIRIGIDO POR: Dr. Patrici Calvo Cabezas

FECHA DE PRESENTACIÓN:

05 de septiembre de 2018

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Agradecimientos

Deseo expresar mi agradecimiento a todos aquellos que me han ayudado durante la elaboración de este trabajo, particularmente a mi esposo Vicente, sin cuyo constante apoyo no habría sido posible realizarlo. A mi tutor, el Dr. Patrici Calvo por el continuo acompañamiento, así como la experiencia que me ha transmitido en todo momento. A la secretaria de la Junta Directiva de la Asociación Española de Técnicos Urbanistas (AETU) Laia Soriano-Montagut, por su apoyo y consejos. A los profesores del Departamento de Filosofía y Sociología de la UJI, el Dr. Domingo García-Marzá, la Dra. Sonia Reverter Bañón, el Dr. Ramón Feenstra, por su dedicación y compromiso y especialmente a la Dra. Elsa Gonzáles Esteban por sus invalorables recomendaciones. Mi agradecimiento asimismo a los profesores de la Universidad de Valencia Dra. Adela Cortina Orts, Dr. Jesús Conill Sancho, Dr. Francisco Arenas Dolz, Dr. Javier Gracia Caladín y Dr. Agustín Domingo Moratalla por sus excelentes cátedras lo cual me brindó una enorme motivación para seguir adelante.

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Tabla de contenido

Introducción ... 1

1 Ciudad y condición humana: condición urbana ... 4

1.1 Naturaleza humana y Ciudad ... 8

1.2 Desarrollo humano y Ciudad ... 27

2 Ciudad de máximos, ciudad de mínimos... 51

2.1 Derechos individuales e identidad colectiva ... 53

2.2 La ciudad, un derecho de todos ... 56

2.3 Participacion ciudadana: derecho y deber ... 59

3 Hacia una ciudad de máximos ... 65

3.1 La ciudad justa ... 66

3.2 Consideraciones para el diseño de la ciudad ... 71

3.3 Objetivos de Desarrollo Sostenible ... 74

4 Urbanismo participativo y vías de participación en el área del urbanismo ... 79

4.1 La participación planificada ... 80

4.2 La participación reivindicativa ... 84

Conclusiones ... 90

Notas Bibliográficas ... 93

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Introducción

Actualmente, el urbanismo es una de las actividades más importantes que existe pues sirve para planificar el desarrollo físico, social, económico y ambiental de los aglomerados urbanos. De esta forma, garantiza la ordenación y el desarrollo presentes y futuros de la ciudad, de manera que ésta se aproxime lo más posible a un modelo ideal predefinido (Melon, 2003). A este modelo ideal predefinido se le ha denominado en el presente estudio ciudad de máximos. La ciudad de máximos estaría llamada al desarrollo físico, social, económico y ambiental incluyendo en ello potenciar los valores del ser humano ofreciendo los medios para que éste pudiera desarrollar sus objetivos de vida buena. La ciudad de máximos sería aquella que tiene la humanidad como horizonte de desarrollo.

Desde sus orígenes, la ciudad ha sido lugar de encuentros donde se ha discutido la mejora de las condiciones de vida de los colectivos que la integraban. Poco a poco ellas se fueron transformando en lo que supuestamente tendría que ser un entorno que les ayude a tener una vida mejor. Pero a pesar de todas las buenas intenciones con las que las ciudades se han desarrollado, la realidad es otra y contrariamente a lo esperado, muchas de ellas se han convertido en espacios caóticos, de desintegración espacial, exclusión social y fuentes de contaminación para el medio.

La evidencia muestra que las ciudades han respondido cada vez más a sistemas basados en la economía y la política descuidando el lado humano. Creando un laberinto de espacios vacíos, vacíos como espacio de aprendizaje significativo que conduciría a la ciudad de máximos. La sociedad se ha visto arrastrada a vivir en ciudades transformadas en base de operaciones económicas que han fracasado como espacios de convivencia donde ni siquiera existen los mínimos que deberían guiar sus proyectos de vida buena. En este sentido, Adela Cortina argumenta que el mundo que tenemos «[…] no está a la altura de lo que merecen los seres humanos» (2017:65). Esta es la razón que ha motivado el realizar el presente estudio. Actualmente, los proyectos urbanísticos poco o nada tienen que ver con los máximos de felicidad de las personas que viven en la ciudad. Este hecho genera desapego, desafecto, conflictividad e incluso violencia entre los afectados, puesto que limita sus posibilidades de desarrollo social y humano. Se requiere de una ética común para enfrentar retos comunes. Una ética global que pueda construirse teniendo en

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cuenta las diversas culturas o prescindiendo de ellas, desde una sola cultura o intentando un diálogo entre ellas (Cortina, 2001).

Desde una lectura hermenéutico-crítica de fuentes bibliográficas, tanto de especialistas en temas urbanos como de las diferentes especialidades vinculas, el objetivo del presente trabajo es dilucidar cómo el urbanismo puede aspirar a alcanzar una ciudad de máximos; es decir, cómo la ciudad se puede convertir en un espacio relacional que permita el desarrollo de los distintos proyectos de vida buena de la ciudadanía, tanto personales y colectivos como comunes.

Para llegar al objetivo principal, se han trazado objetivos específicos en cada uno de los capítulos. Así, en el primer capítulo se muestran las características que debería cubrir ese modelo ideal de ciudad. Para ello, se reflexiona sobre la naturaleza humana, analizando los rasgos que caracterizan al ser humano y que hicieron posible la emergencia y desarrollo de la ciudad. Posteriormente se indaga sobre aquellas necesidades básicas del ser humano que la ciudad, como medio de vida, debería satisfacer para conseguir potenciar y lograr el desarrollo integral del mismo. Entendiendo necesidades básicas en un sentido amplio, que incluye también sus expectativas e intereses particulares, colectivos y generales. Se trata de descubrir el potencial de la ciudad para con el verdadero desarrollo del ser humano como tal.

El segundo capítulo analiza algunos problemas que se observan en la ciudad que dificultan su concreción como medio en el que el ser humano puede satisfacer, como diría Sen (2000), aquello que tiene buenas razones para valorar; es decir, sus planes de vida buena. Para ello se examina primero la dificultad de establecer una identidad colectiva en la ciudad, tan necesaria para la condición urbana del ser humano. Posteriormente, se analiza el concepto de derecho a la ciudad y el problema de la exclusión social. Por último, se profundiza en el tema de la participación ciudadana, considerada no solamente como un derecho sino también como un deber de todos los ciudadanos. De lo cual no todos son conscientes. Como apuntado por Benjamin Barber (1984), sin participar en la vida común es imposible crear libertad, justicia e igualdad. Por lo tanto, la participación ciudadana como derecho y como deber es requisito indispensable para una ciudad de máximos. El tercer capítulo ofrece orientaciones sobre los valores que pueden estar ligados a la ciudad de máximos. Para ello, se analiza el concepto de ciudad justa, el cual ha sido mal interpretado en lo relacionado con políticas urbanas. Posteriormente, se estudia la

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evolución de los principios rectores del urbanismo, que han ido variando a través del tiempo. Después, se profundiza el Objetivos de Desarrollo Sostenible nº11, específico sobre ciudades, para encontrar o descartar orientaciones concretas para la aplicabilidad práctica de una ciudad inteligente basada en mínimos de justicia y máximos de felicidad. Finalmente, se adentra en la práctica urbanística para tratar el tema del urbanismo participativo como vía de aplicación a lo que se ha propuesto en el presente trabajo. Urbanismo participativo es aquel en el que intervienen conjuntamente las autoridades políticas y la ciudadanía decidiendo en forma conjunta el destino de la ciudad. A partir de él, los propios habitantes podrán concretar qué valores, principios y normas deben ser aplicados en sus respectivas ciudades para que sirvan como guía hacia una ciudad de mínimos. Dado que se ha podido constatar que en la planificación de las ciudades estos mínimos no son tomados en cuenta pues ni siquiera existen. A través de ello, se espera con este estudio, poder orientar en la planificación de ciudades donde realmente se piense en los máximos de felicidad del ser humano, en los proyectos de vida buena por los que abogaba Aristóteles.

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1 Ciudad y condición humana: condición urbana

Según la Nueva Carta de Atenas1 ciudad2 es todo asentamiento humano con cierto grado de consistencia y cohesión; también es la proyección sobre el terreno de la sociedad con sus luchas, conflictos y tensiones (Lefebvre, 1968); un asentamiento relativamente grande y permanente de individuos socialmente heterogéneos (Wirth, 1988), además de una forma de utilización del suelo y de organización del espacio (López, 2010)3. Por tanto, cuando se dice ciudad, no se puede dejar de pensar en el ser humano pues, sin este como principal referente y sin su intervención en su emergencia y desarrollo, ninguna ciudad tendría sentido ni podría ser edificada.

La ciudad concentra la historia4 de la condición humana. Concentra su historia de convivencia —desde vestigios de periodos de guerra hasta grandes construcciones de periodos paz; de intercambios comerciales —desde el trueque hasta los mecanismos on-line; de modos de gobierno —monarquías, democracias y lo que hay por el medio; de los grandes descubrimientos, del desarrollo cultural; de la explotación del medio.

La historia de la ciudad está impresa con letras de ser humano. Pero no de ser humano

como individuo sino uno como colectivo, de ciudadanos —un grupo de sujetos ligados5

a su grupo, en un medio que les es común llamado ciudad. Como afirmó José Ortega y Gasset,

La urbe es la supercasa, […], la creación de una entidad más abstracta, y más alta que el oikos

familiar. Es […] la politeia, que no se compone de hombres y mujeres, sino de ciudadanos. Una dimensión nueva, […], se ofrece al existir humano, y en ella van a poner los que antes sólo eran hombres sus mejores energías (1929:106).

De esta manera se hace patente la diferencia entre el simple individuo —hombre/mujer, y el que comparte el espacio con un colectivo: el/la ciudadano/a, como siendo parte de una nueva dimensión que es la ciudad. Aun ortega y Gasset añade: «¡Trámites, normas,

1 La Nueva Carta de Atenas (2003) es un documento en el que el Consejo Europeo de Urbanistas expresa su visión de las ciudades en el siglo XXI.

2 La diversidad de definiciones de ciudad es tan vasta como la multiplicidad de disciplinas que la estudian. Se considerarán, por tanto, los conceptos más adecuados que encajen en el presente trabajo.

3 Lorenzo López en su Diccionario de términos sobre la ciudad y lo urbano citando al humanista y geógrafo español Manuel de Terán Álvarez.

4 Para una visión general sobre el desarrollo de las ciudades en la historia se puede consultar el libro

Introducción a la Historia del Urbanismo de Juan Cano (2003) que ofrece una visión general de las realizaciones urbanísticas más importantes que ha conocido la humanidad pero que por cuestiones de espacio no se van a describir en el presente trabajo.

5 De ligatio en términos de Cortina (2007). Vínculo de reconocimiento recíproco y cordial que genera

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cortesía, usos intermediarios, justicia, razón! ¿De qué vino […] crear tanta complicación? […] Todo ello se resume en la palabra civilización, que, a través de la idea de civis, el ciudadano, descubre su propio origen» (1929:60).

Se remarca de esta forma la característica social del ser humano, y el hecho de que hacer ciudad equivale a hacer posible la vida colectiva: «Se trata con todo ello de hacer posible la ciudad, la comunidad, la convivencia» (Ortega y Gasset, 1929:60), y que la vida colectiva trata de la convivencia de una comunidad en un espacio determinado, en nuestro caso, la ciudad.

Desde los tiempos de Ortega y Gasset el mundo se ha hecho cada vez más urbano. Actualmente se vive la llamada era de la urbanización planetaria pues más de la mitad de la población mundial ya vive en zonas urbanas, y, según afirma el PNUD6 (s,f), en el 2050 se habrá llegado a ser dos tercios de la humanidad en esta situación. Las ciudades constituyen son un foco de atracción para las personas de todos rincones del mundo por su potencialidad como instrumento realizativo para el ser humano. Por ello la ciudad recibe flujos de personas de lo más heterogéneo; con las más diversas ideas, con las más diversas culturas, con las más diversas lenguas. Todo sería más fácil si la llegada fuese siempre de iguales —en ideas, en cultura, en idioma, pero no es así. El mundo es diverso y eso se manifiesta en la ciudad. Frente a esta realidad se van implantando nuevas dinámicas de convivencia, nuevas historias desconocidas que traen como consecuencia nuevas formas de poder y nuevos flujos de personas, de objetos y de ideas que se entrecruzan en un espacio físico que es la ciudad. Estas dinámicas, van construyendo, y a la par, reconstruyendo la identidad del sujeto, que se va haciendo cada vez más compleja. Tal como argumenta Pereira, «[…] pensar en la condición humana contemporánea implica atender a la creciente complejidad de la construcción de la identidad» (2011:6)i, a lo que se puede agregar, además, que lo confronta también a nuevas formas de sociabilidad influenciadas por un tren de vida acelerado y por el avance de las tecnologías de la comunicación (Zamagni, 2018; Rosa, 2011)ii.

Si se toman como referencia los estudios realizados por Kathinka Eversiii en su libro

Neuroética (2010) y se aplican a la ciudad, se puede decir que el ser humano va

6 El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo —PNUD, tiene como función contribuir a la mejora de la calidad de vida de las naciones. El PNUD promueve el cambio y conecta a los conocimientos, la experiencia y los recursos necesarios para ayudar a los pueblos a forjar una vida mejor.

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modificando la ciudad y a su vez, la ciudad va modificando al ser humano. De este modo, la condición humana se ve afectada por la ciudad, que a medida que se desarrolla va definiendo y redefiniendo la propia condición urbana del ser humano. De ahí que la ciudad merezca atención para una profunda reflexión como elemento potenciador del ser humano.

El individuo tiene la tarea de configurar el mundo, pero en conexión con las demás personas, tal y como señalaba Hannah Arendt en su obra La Condición Humana (1958). Para Arendt, la condición humana de la pluralidad es el «[…] hecho de que los hombres, no el Hombre, vivan en la Tierra y habiten en el mundo» mientras que «[…] todos los aspectos de la condición humana están de algún modo relacionados con la política, esta

pluralidad es específicamente la condición […] -la conditio per quam- de toda vida política» (Arendt, 2009:22). Por consiguiente, esto hace imposible reflexionar sobre la condición urbana sin una perspectiva de lo común (Zamagni, 2012).

Al respecto, es importante es señalar que la condición urbana se articula con la construcción del sujeto, pero en un contexto de construcción común pues éste no puede actuar solo. La emergencia y desarrollo de la ciudad es fruto de la acción colectiva, del trabajo de un grupo de personas y no del conjunto de acciones individuales que estos realizan. De ahí que se esté frente a una construcción dinámica donde la comunidad va haciendo la ciudad y la ciudad va haciendo la comunidad constantemente —es la influencia del medio (Evers, 2010). Así, una comunidad moral y emocionalmente madura puede influir en el diseño y desarrollo de ciudades más justas y felicitantes, y, una ciudad más justa y felicitante, ayudaría a desarrollar comunidades moral y emocionalmente maduras. Como ya lo dijo Sócrates «[…] la ciudad y el alma del individuo tienen las mismas partes, y por lo tanto, el hombre justo sería de la misma manera que una ciudad es justa» (Platón, 1986:441c), puesto que vendría a ser una proyección de él mismo. Por su lado, también Kant habla muy acertadamente de los fines supremos del progreso del ser humano refiriéndose a la especie humana y no al individuo (Cortina, 1998). Se hace necesario por lo tanto pensar en la ciudad como un espacio de convivencia de un grupo, de un colectivo, y no de individuos aislados. El ser humano, en su condición de ciudadano, entrecruza constantemente su identidad individual con la identidad colectiva tal y como señalan Silvie Mesure y Alain Renaut en Alter Ego (1999). Esto significa que se encuentra ligado —es un sujeto que está sujeto a otros que conforman su comunidad, todos unidos en un tejido invisible pero inquebrantable. De este modo, se deduce que el

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colectivo —la comunidad, no es una suma de individuos sino más bien una nueva categoría resultante de la condición urbana del ser humano, por lo que debe ser pensada y trabajada como tal.

Esta idea de identidad individual e identidad colectiva de Mesure y Renaut es la base de reflexión sobre la cual surge la idea de yo soy todo, pero todos somos uno en el presente trabajo. En la que yo soy todo, porque como ser individual y autónomo yo tengo la responsabilidad de todas mis decisiones. Ellas me corresponden solo a mí. Pero a la vez

todos somos uno porque no somos una suma, sino un ente completo y complejo, que surge a partir de nuestra condición humana, pero que se desarrolla como condición urbana en la ciudad. Es la transición de un pensamiento individualista hacia uno colectivo y relacional. La ciudad la sufren y la gozan todos. Ella es el medio en el cual todos interactúan como sistema único. John Dewey (1998) subrayó que cada individuo es portador de la experiencia vital de su grupo. Aunque él mismo desaparezca, la vida de su grupo continuará con todo el legado que él haya podido dejar. Esta perspectiva puede cambiar la manera de vivir la ciudad y, sobre todo, de proyectarla. Por consiguiente, puede abrir nuevas opciones para que las ciudades sean verdaderamente un lugar de acogida y desarrollo para todos. Una ciudad en la que se pueda vivir realmente en armonía consigo mismo y con todo lo que rodea.

Como afirma Aristóteles el ser humano es un ser social por naturaleza (de Azcárate, 1873) y es en la ciudad donde él ejerce y desarrolla su sociabilidad. La íntima relación entre desarrollo social y desarrollo de la ciudad se basa en ese concepto. Siendo por excelencia su medio, su lugar de convivencia, la ciudad debería responder a lo que es el ser humano, es decir, debería expresar su propia naturaleza. Debería de tener un rostro humano. Un molde ideal para el ser humano sería aquel que responda a su propio ser, aquel que potencie sus cualidades y satisfaga sus necesidades básicas. Entendiendo éstas últimas en un sentido amplio que incluye también sus expectativas e intereses particulares, colectivos y generales. Con este molde ideal tendría los medios para concretar sus propósitos de vida buena.

En consecuencia, el objetivo del presente capítulo será descubrir las características que debería cubrir ese molde, ese medio ideal. Se establecen así dos condiciones para la ciudad: la primera, que ella refleje los rasgos humanos, y la segunda, que satisfaga las necesidades que subyacen para su desarrollo.

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Para ello, en un primer apartado se estudiará la naturaleza humana, analizando los rasgos que caracterizan al ser humano y que hicieron posible la emergencia y desarrollo de la ciudad; y, en un segundo apartado se analizarán aquellas necesidades básicas del ser humano que la ciudad, como medio de vida, debería satisfacer para mejorar su potencialidad y lograr su desarrollo. Se trata de descubrir el potencial de la ciudad para con el verdadero desarrollo del ser humano como tal.

1.1 Naturaleza humana y Ciudad

En la obra El mejoramiento humano. Avances, investigaciones y reflexiones éticas y políticas, Diego Gracia (2015)iv aborda el tema de la naturaleza humana y los diferentes enfoques teóricos. Por un lado, el esencialismo entiende la naturaleza humana como «[…] la posesión de un grupo fijo de rasgos que cumplen ciertas funciones y se transmiten a lo largo de generaciones», añadiendo a esto que «[…] la posesión de ese grupo de rasgos típicamente humanos debe ser expresada en el tipo de vida que las personas viven y son base de reglas morales substantivas y hasta de derechos morales» (Gracia, 2015:59). Y, por otro lado, los no esencialistas conciben la naturaleza humana como una «[…] manera dinámica y variable, en constante interacción con el entorno y con múltiples modos de expresión» (Gracia, 2015:59). Entre los diferentes enfoques no esencialistas existentes, algunos proponen que «[…] la identidad de la especie humana debe entenderse en función de la actividad interna y narrativa del cerebro que construye al entorno que experimenta y al mismo tiempo se ve moldeado por tal entorno» (Gracia, 2015:59). De estos enfoques, se extraen las siguientes ideas, independientemente de las corrientes que los defienden, considerados los más importantes para describir la naturaleza humana: a) el ser humano tiene rasgos típicos; b) estos rasgos se encuentran expresados en el tipo de vida que se tiene; c) estos rasgos son base de reglas y derechos morales; d) la naturaleza humana es dinámica estando en constante interacción con su entorno y con múltiples modos de expresión; y e) el cerebro construye el entorno que experimenta y al mismo tiempo es moldeado por este entorno.

De estos 5 puntos se deducen importantes reflexiones para el presente estudio: a) el saber cuáles son los rasgos típicos que caracterizan al ser humano puede ayudar para ver cómo pueden ser potenciados en la ciudad; b) el entender que el tipo de vida que se tiene es la expresión de estos rasgos típicos: la vida es la expresión de lo que se es, por lo tanto, si queremos vivir mejor, debemos ser mejores —mejores personas harán mejores ciudades;

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c) el entender cómo se formulan las reglas y derechos morales —los cuales para nuestro estudio serán reglas y derechos de convivencia en sociedad— ayudaría a saber cómo trabajarlos en la ciudad para que a través de ellos se logre una mejor convivencia; d) la importancia de discernir sobre el hecho de que la naturaleza humana es dinámica —por lo tanto factible de desarrollo y mejora, y que por estar en constante interacción con la ciudad y sus múltiples modos de expresión, ésta puede diseñarse para ofrecerle la posibilidad de perfeccionarse; y por último, e) la importancia de percatarse de la enorme influencia de la ciudad —el entorno circundante, que es hecha por el ser humano, pero, a la vez, en retorno, el ser humano es hecho por ella. Ambos se retroalimentan. En esta retroalimentación se encuentra la importancia de la ciudad en el desarrollo humano. Como se puede apreciar, las dos últimas afirmaciones respaldan el presente trabajo, y vienen a ser en realidad la base sobre la cual éste se apoya. Los tres primeros puntos, tratan de la importancia de los rasgos típicos del ser humano. La ciudad, siendo hechura humana, debería reflejar y potenciar estos rasgos típicos, considerando, tal como fue visto, que el tipo de vida que se tenga dependerá de cómo ellos sean expresados.

A través de diferentes estudios, es posible dilucidar ciertos rasgos básicos del ser humano que hicieron posible la emergencia y desarrollo de la ciudad. Estos rasgos, que en su conjunto lo definen como un ser diferente al resto, están determinados por sus facultades, es decir, por lo que él es capaz7 de hacer.

a) Capacidad proyectiva

En primer lugar, la capacidad humana de proyectar y proyectarse. De elaborar un plan y llevarlo a cabo. Como argumenta Gracia (2015), el ser humano es el animal más vulnerable que existe. Sólo hay que observar su precaria situación al nacer. Durante sus primeros días de vida, su sistema inmunológico es tan deficiente que moriría sin la supervisión y ayuda constante de otras personas. Por tanto, si hubiera tenido que dejar su supervivencia en manos de su capacidad adaptativa, hace cientos de miles de años que hubiera desaparecido como especie. Lo que ha permitido su supervivencia, por tanto, no ha sido su capacidad de adaptación, sino de transformación, intrínsecamente vinculada

7 No se deben confundir estas capacidades listadas que se refieren en este trabajo a las habilidades del ser humano que hicieron posible la creación de las ciudades, con la lista de capacidades de Martha Nussbaum que aportó al establecimiento del índice de desarrollo humano de la ONU, cuya meta era la de brindar sustento a una visión de principios constitucionales básicos a ser implementados por los gobiernos, lo que la transforma en una lista de metas específicamente políticas, diferente al enfoque del presente apartado.

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con su capacidad proyectiva, y esta, con su inteligencia, con su capacidad de pensar mejores mundos posibles, establecer proyectos comunes para proyectarlos en la práctica, y coordinar la acción para que acontezcan (Calvo, 2018). Como argumenta Gracia al respecto, «Nuestra única cualidad biológica sobresaliente es la inteligencia […], la inteligencia sirve para proyectar objetivos y llevarlos a cabo. Esos proyectos son los que nos permiten modificar el medio en beneficio nuestro, humanizar el medio» (2015:24). El ser humano, por tanto, no se adapta al medio. Más bien adapta el medio a su criterio, a su forma de pensar el mundo, al valor que le da a una cosa con respecto al resto. Para ello hace uso de la inteligencia, la capacidad de imaginar el mejor mundo posible, proyectarlo y concretarlo en la práctica mediante un plan común elaborado en cooperación con sus semejantes, con quienes comparte la ciudad, encontrando el mejor modo de coordinar la acción.

El acto de proyectarse se asocia también a la innovación y a la capacidad de desarrollarse, pues la proyección, en su afán de mejora, permite visionar innovaciones y las buenas innovaciones permiten el desarrollo: «[…] una sociedad es altamente desarrollada cuando es máximamente proyectiva —innovadora; es decir, cuando se adelanta a las demandas de los sujetos y proveyéndolas de bienes, las satisface y las orienta» (González, 2010:148)v. Esta satisfacción se traduce en un aporte de sentido para la sociedad quien ve satisfechas sus necesidades, a la vez que constituye una guía relacionada con la valoración de los bienes recibidos. De este modo, el ser humano construye ciudades: proyectando su entorno, innovando, adaptando su medio y dándole sentido, humanizándolo. Sin la capacidad proyectiva la ciudad no hubiese sido posible. Así ella tiene un gran potencial para con el ser humano: el de permitirle concretar la humanización de su medio a través de la proyección aportándole sentido.

b) Capacidad afectiva

La afectividad es la capacidad de reacción ante los estímulos que provienen del medio interno o externo y cuyas principales manifestaciones son los sentimientos y las emociones. El ser humano ha desarrollado un complejo sistema de emociones que se han convertido en elementos diferenciadores entre él y el resto de los seres vivos, contando con un grupo de emociones propias y exclusivas que han sido desarrolladas a partir de la convivencia en sociedad.

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A la capacidad de empatizar y confiar en los demás, ayudando a configurar rasgos del carácter para una buena adaptación social se le llama inteligencia emocional. La inteligencia emocional, según investigaciones sobre el cerebro y la conducta de Daniel Golemanvi (1996) se refiere además a la capacidad de motivarse a sí mismo, de perseverar en un empeño a pesar de las frustraciones, de controlar los impulsos, diferir las gratificaciones, regular los propios estados de ánimo y controlar la angustia. Es la capacidad que ayuda a reconocer sentimientos propios y ajenos, y a la vez, es la que otorga la habilidad para manejarlos. Esta capacidad permite así un mejor desempeño de trabajo conjunto, por lo que se considera una característica importante en el momento de concebir y construir la ciudad, que es una tarea colectiva. Goleman sustenta que en toda persona coexisten dos tipos de inteligencia —cognitiva y emocional, pero que es la inteligencia emocional la que aporta, con mucha diferencia, la clase de cualidades que más nos ayudan a convertirnos en auténticos seres humanos. El autor considera la inteligencia emocional como la aptitud maestra para la vida pues la capacidad de pensar, de planificar, concentrarse, solventar problemas, tomar decisiones y muchas otras actividades cognitivas indispensables en la vida pueden verse entorpecidas o favorecidas por las emociones. La ciudad no sería posible en ausencia de esta capacidad. Así tenemos que, al ser propio de los seres humanos —y solo de los seres humanos— el sentimiento de insatisfacción (Maslow, 1991), éste está siempre deseando algo a lo largo de toda su vida, lo cual le motiva continuamente a desarrollar sus demás facultades.

En neurobiología, se han estudiado las emociones y los sentimientos asociados a la visualización de las acciones en el futuro, los cuales permiten anticipar las consecuencias de lo que se hace. Como argumenta Antonio Damasio, «Las emociones y los sentimientos […] desplegados en el contexto adecuado se convierten en presagio de lo que puede ser bueno o malo en un futuro cercano o distante» (2016:164)vii. Esta capacidad se revela así importante en el momento de pensar la ciudad, en el que se presentan múltiples alternativas y es preciso tomar decisiones. Para Goleman (1996), las habilidades emocionales no sólo hacen más humanas a las personas, sino que en muchas ocasiones constituyen una condición de base para el despliegue de otras habilidades que suelen asociarse al intelecto, como la toma de decisiones racionales. Aunque la señal emocional no sea un sustituto del razonamiento, posee un papel auxiliar que aumenta la eficiencia del mismo y se convierte en un soporte para la toma decisiones que involucran consecuencias futuras.

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Con respecto a la capacidad afectiva, ningún otro ser tiene la capacidad de expresar la felicidad o la aflicción como lo hace el ser humano. Los sentimientos8 se han ubicado generalmente más allá de los límites de la ciencia, en un plano espiritual, en contraposición a las características físicas —materiales, del ser humano. Sin embargo, recientes estudios en el campo de la neurobiología han dado luz sobre su relación con el sistema cerebral. Damasio (2016) plantea que los sentimientos son pensamientos producto de un proceso mental especial. Sin la palabra especial serían solamente pensamientos. Lo que les da el carácter especial es que, a diferencia de los pensamientos en general, los sentimientos son pensamientos que representan el cuerpo implicado en el proceso reactivo: cambio de ritmo en los latidos del corazón, sudoración de las manos o tensión muscular repentina, piel erizada, pupilas dilatadas, etc. Según estos estudios, existen varios mapas para evaluar el estado del cuerpo y además varias regiones del cerebro que están encargadas de hacer la evaluación. Se podría decir que son el nexo entre nuestra parte material y nuestra parte espiritual. Lo importante para el presente estudio es saber que existe una relación entre sentimientos y estado corporal. Mientras exista un estado corporal con una cierta calidad que llamamos placer y que encontramos bueno y

positivo en el marco de la vida, tendremos la capacidad de desarrollar sentimientos de felicidad. «Los sentimientos, en especial la tristeza y el júbilo» pueden «[…] inspirar la creación de condiciones en ambientes físicos […] que promuevan la reducción del dolor y el aumento del bienestar para la sociedad» (Damasio, 2016:184). De esto se puede valer el diseño de la ciudad, incorporando elementos que ayuden a crear esas condiciones de bienestar aprovechando que los sentimientos van a traducir el estado corporal de la vida en curso, en estado mental. El desafío se encuentra en hallar los elementos en la ciudad que sean capaces de llevar a sus integrantes a un estado corporal bueno y positivo. Teniendo que discernir cuáles pueden ser estos elementos, los trabajos de Damasio ofrecen orientaciones al respecto. Por un lado, señala que «[…] los sentimientos son percepciones» (2016:105). Siendo las percepciones sensaciones transmitidas a través de los sentidos, se puede procurar diferentes maneras de incentivar los mismos para llegar al estado deseado. Esto significaría encontrar objetos emocionalmente competentes, es decir, elementos que se encuentren en la ciudad que sean agradables a nuestros sentidos; que ayuden a crear emociones positivas. Estos elementos pueden ser por ejemplo obras estéticamente bellas, jardines de flores con aromas agradables, elementos que ayuden al

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control de ruidos fuertes y mantener temperaturas ambientales placenteras, etc. Se trata se echar mano de todo lo que pueda ser detectado a través de los sentidos que se pueda emplear en la ciudad con la finalidad de crear espacios más placenteros para el ser humano.

Por otro lado, Damasio también destaca que toda experiencia de vida está acompañada de algún grado de emoción. Con lo cual, cualquier emoción, sea positiva o negativa y los sentimientos consecuentes de ella «[…] se convierten en componentes obligados de nuestras experiencias sociales» (2016:163). Por lo tanto, se considera muy importante que se preste atención a las experiencias de vida que se quieren crear en el diseño de cualquier punto de la ciudad. Pues al descuidar el lado emocional, lo que se está haciendo es dejando una ruta abierta a que se desarrollen sentimientos negativos y que sean ellos los que tomen la cabeza en la experiencia cotidiana de vivir la ciudad.

Y si a esto se agrega que a lo largo del tiempo, frente a las diferentes situaciones sociales, no se responde automáticamente con el repertorio de emociones innatas. Lo que ocurre es que, bajo la influencia de éstas, se categorizan gradualmente las situaciones que se experimentan y se asocian las categorías conceptuales que se forman con el correspondiente lado cerebral utilizado para desencadenar las correspondientes emociones (Damasio, 2016:164), entonces el relacionar lugares y emociones positivas se convierte en asunto vital. Entre otras cosas, porque esto significa que, frente a diferentes situaciones de la vida cotidiana en la ciudad, que encajan con determinado perfil positivo, el cerebro despliega en forma rápida las emociones positivas que corresponden a ese perfil y las personas se encuentran en un estado placentero de felicidad. Y, por el contrario, cuando las situaciones encajan con un perfil negativo, afloran rápidamente emociones negativas, generando que las personas vivan con un continuo sentimiento de negatividad. Por tanto, la felicidad debe buscarse de manera activa, puesto que «[…] contribuye activamente a la prosperidad» (Damasio, 2016:306), y además ella tiene la propiedad de autoalimentarse lo cual contribuye a la potencialización de la misma una vez el mecanismo se haya lanzado. De manera general, la niñez y la adolescencia son etapas felices en las que no se tienen grandes preocupaciones y de las que se guardan gratos recuerdos. Una manera de desencadenar emociones positivas sería rememorar esos momentos de felicidad a través de los espacios vividos en la ciudad. De esto se puede deducir la importancia de espacios de recreo y esparcimiento familiar que la ciudad

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debería brindar, como desencadenante de emociones positivas que pueden ser transmitidas de una generación a otra.

Las emociones se pueden manifestar tanto individualmente como también en relación con los demás. Para Joseph de Rivera y Carmen Grinkis (1986) entender a las emociones como relaciones, y no sólo como sentimientos individuales, verifica su existencia tanto en formas colectivas como en formas personales. Las emociones sociales surgen en relación con otra persona resultando vitales para el afianzamiento de las relaciones en el grupo. Cada sociedad tiene un universo emocional propio que los individuos asimilan de modo inconsciente desde su más tierna infancia en procesos de aprendizaje emocional (Bericat, 2002). Para la ciudad, este conocimiento es importante ya que confiere a las emociones el rol de regulador social (de Rivera y Grinkis, 1986). Vendría a ser la percepción general que los individuos tienen sobre la tonalidad afectiva de su entorno, en este caso, de la ciudad. En este sentido, de Rivera (1992) distingue tres formas afectivas colectivas: atmósferasemocionales, culturas emocionales y climas emocionales. Una atmósfera emocional existe cuando los miembros de un grupo centran su atención en un evento común que afecta a todos. Por ejemplo, la celebración un éxito colectivo, o el sufrimiento de una amenaza común. La atmósfera refleja cohesión grupal y tiene una gran importancia en el proceso de inclusión social de los diferentes colectivos que conforman la ciudad. Para conseguir una buena atmósfera social la ciudad puede otorgar espacios adecuados para los encuentros y puede ofrecer también actividades en las que todos puedan estar involucrados. Cuando se dice locales adecuados, se habla de espacios en los cuales las personas pueden reunirse, escucharse y compartir, todo eso de manera confortable, lo que significa trabajar los espacios pensando en estas nociones.

La cultura emocional, por su parte, hace referencia a las normas que regulan las circunstancias en las que estas emociones deben ser vividas: el cómo se experimentan y expresan esas emociones y, al modo en que la gente debe comportarse respecto a ellas, dependiendo absolutamente de cada grupo. La ciudad puede dar respuestas con elementos concretos para que las emociones puedan expresarse y experimentarse tal como lo requiere el grupo, debiéndose mantener abiertas a la diversidad que ellas abrigan. Finalmente, el clima emocional se refiere a las emociones que son percibidas en una sociedad en relación con su situación sociopolítica. Darío Páezviii et al. (1997) definen el clima emocional como un estado de ánimo colectivo relativamente estable que se

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caracteriza por el predominio de ciertas emociones, una representación social sobre el mundo social y el futuro, y ciertas tendencias de acción asociadas a las emociones que impregnan las interacciones sociales. El clima emocional se asocia a la confianza institucional y a la percepción de problemas sociales en un periodo prolongado (de Rivera, 1992); éste está condicionado por la situación social, económica y política, y por cómo los líderes políticos y los diversos agentes sociales estructuran esta situación. Por lo tanto, la ciudad que no tiene estabilidad sociopolítica difícilmente tendrá un clima emocional positivo. El clima emocional se manifiesta, por ejemplo, en aspectos como el sentimiento de seguridad o inseguridad, la confianza o el enfado con el gobierno. A este respecto, Abraham Maslow et al. (1970) realizaron estudios sobre el sentimiento de seguridad de algunas culturas. En sus estudios, describen como lugares más agradables para vivir, aquellos donde las culturas son más seguras. Las caracterizan por un espíritu de buena voluntad que se manifiesta por personas amables que participan de manera cooperativa. Por otro lado, afirman que las culturas inseguras parecen estar llenas de gente hosca y agresiva que se involucra en un comportamiento combativo y destructivo y con sentimientos de una gran ansiedad.

En los estudios de Maslow et al. (1970) las culturas seguras tenían costumbres que aseguraban que las acciones y habilidades que beneficiaban al individuo también beneficiaban al grupo. En cambio, en las culturas inseguras, las acciones que beneficiaban al individuo eran a expensas de otros. Se denominó sinergia a la congruencia entre las ventajas para el individuo y las ventajas para la sociedad. Se señala que un Estado puede organizarse y ejecutarse de modo que su acumulación de poder se use para el beneficio tanto del poder como de la población en general (alta sinergia) o para la ventaja exclusiva de aquellos en el poder a expensas de la mayoría de su ciudadanía (baja sinergia). Del mismo modo, los sistemas económicos pueden organizarse de manera que creen una sinergia baja o alta.

En las sociedades inseguras, los sistemas económicos estaban dispuestos de modo que los ricos se enriquecían y los pobres se empobrecían. Por otro lado, las sociedades seguras usaban sistemas que canalizaban la riqueza lejos de los puntos de alta concentración —a menudo otorgando prestigio a las personas que hacían distribuciones públicas de su riqueza. Maslow et al. (1970) consideran que las personas son naturalmente algo egoístas y que la riqueza y el poder tenderán a acumularse en manos de aquellos que ya poseen riqueza y poder a menos que algún mecanismo social lo impida. Sin tal mecanismo, las

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personas de una sociedad se verán envueltas en una intensa competencia o envidia hostil y esto creará un clima inseguro (de Rivera, 1992).

La ciudad, por consiguiente, está llamada a acoger adecuadamente a estas formas afectivas —atmósferas emocionales, culturas emocionales y climas emocionales— ya que son parte de quienes viven y desarrollan sus planes de vida buena en la ciudad.

c) Capacidad moral

Como argumenta Cortina, el mundo de los humanos resultaría «[…] incomprensible si eliminamos esa dimensión a la que llamamos moral», tanto que «[…] suprimir o reducir la moral a otros fenómenos supone mutilar la comprensión de la realidad humana» (2000:18). La conciencia —el sentido moral, «[…] tiene supremacía legítima sobre cualquier otro principio de la acción humana» (Darwin, 2009:125). En definitiva, «[…] no hay seres humanos amorales […] sino que somos inexorablemente, constitutivamente, morales» (2013:11).

Sobre las normas morales que rigen la convivencia, Cortina asegura que «[…] la fuente de normas morales sólo pueden ser un consenso en el que los hombres reconozcan recíprocamente sus derechos» (2000:77), puesto que «[…] el consenso es el único procedimiento legítimo para acceder a normas universales» y por lo tanto «[…] única fuente legitimadora […] de normas compartidas» (2000:78). No obstante, Cortina advierte sobre el peligro del consenso al ser constatado que es posible confundir la dimensión moral del hombre con las normas legitimadas por consenso. Por ello, aclara que la primera trasciende con mucho el ámbito del deber y de las normas, mientras que las segundas tienden a convertirse en derecho constituyéndose poco a poco en un cuerpo de normas acordadas, resultando un mínimo de leyes consensuadas —ética mínima. Sin esta ética mínima se hace imposible imaginar que la ciudad haya podido ser creada, pues sin normas morales consensuadas todo hubiese sido un caos, una simple lucha donde sólo los más adaptados, los más fuertes, habrían podido sobrevivir. Por lo tanto, se considera que, sin esta capacidad humana, la ciudad no sería lo que es.

Asimismo, Cortina argumenta que la dimensión moral del hombre trata de «[…] propuestas de máximos» aquellos que «[…] bosquejan ideales de hombre y de felicidad desde el arte, las ciencias y la religión; desde esa trama […] de tradiciones que configuran la vida cotidiana». Así, Cortina entiende que «A la moral le preocupan también los máximos, no sólo los mínimos normativos; le preocupan también los valores en los que

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merece la pena empeñar la vida» (2000:79). Se considera que es efectivamente hacia ellos que el ser humando debe aspirar y por los cuales debe luchar por lograr.

En este sentido, para entender cómo funcionan los fenómenos alrededor de las normas éticas, Damasio (2016) propone que se debe estudiar el colectivo en cuestión en el ambiente social en el que se mueve y en la cultura que dicho colectivo produce. En este tipo de estudios, Damasio deja claro que «[…] aunque la cultura esté condicionada en gran medida por la evolución y la neurobiología» —aparte de otros aspectos— «[…] el colectivo de organismos que interactúan […] son tan importantes o más que la comprensión de estos fenómenos» (2016:183). El sociólogo Manuel Castellsix refuerza esta afirmación haciendo hincapié en el aspecto colectivo de los estudios sociológicos: «[…] la sociedad es concebida cómo unidad». Ella «[…] evoluciona a través de la transformación de los valores que la fundan» (2014:93). No se trata entonces de estudiar el ser humano como individuo, sino como una unidad, dada en este caso por su condición urbana. Una diferencia importante que se quiere remarcar en el presente trabajo.

Para algunos teóricos, lo que se denomina ética pudo haber comenzado primitivamente como un programa de biorregulación, es decir, hallar el equilibrio para sobrevivir (Changeux, 2010; Edelman y Tononi, 2002; Evers, 2015; Fuster, 2014). Lo que el ser humano quiere evitar a toda costa es su extinción. En un estado primitivo, instintivo, es la desaparición de la especie lo que más le preocupa, no la del individuo, porque sabe que una va a llevar indefectiblemente a la otra. Por lo tanto, con ese aprendizaje él puede saber intuitivamente lo que puede afectarle a tal punto de terminar con su vida, y, por consiguiente, lo evita —es malo. Los valores vendrían a ser una especie de mecanismo de supervivencia en sociedad —lo bueno. En este sentido, Damasio (2016) opina que el concepto de libertad sería la posibilidad de poder optar por la vida —o el no conflicto, ante cualquier dilema que se pueda presentar, como mecanismo de protección de la especie. Mecanismo que es puesto en marcha como respuesta a una información que se encuentra almacenada en «[…] cierta estructura neuronal, en el cerebro de cada individuo» (Mosterín, 2009:171). Estructuras del pensamiento que se mantienen preconfiguradas en el cerebro de cara a nuestra supervivencia como especie humana (García, 1995). Por su parte, Evers (2010) considera el cerebro y los circuitos neuronales como el fundamento estructural y funcional de la conciencia y de las decisiones éticas, pero incluyendo una plasticidad cerebral, en la que las emociones y las influencias culturales desempeñan un papel importante. Una vez más las emociones se tornan

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importantes. De su estudio se deduce entonces que cuando se trata de valoraciones éticas, se debe de otorgar la debida importancia a las emociones y a la cultura de cada grupo. Otro punto importante de destacar el mencionado por Cortina (2017) y Domingo García-Marzá (1992) sobre el desarrollo de la teoría de la evolución social de Jürgen Habermas —estudio de la conciencia moral social9. Según estos estudios, la conciencia moral se

divide en tres niveles: el primero, en el que las personas consideran justo lo que les favorece individualmente; en el segundo nivel, se considera justo lo que coincide con las normas de su comunidad, a lo que llama el momento del comunitarismo; y el tercer y último nivel, el de mayor madurez moral, en el que las personas reflexionan sobre lo justo o lo injusto teniendo como referencia a la humanidad, a lo que llama el momento del

universalismo. Se concluyó en este estudio, que en sociedades como las de América y de Europa «[…] existe un abismo entre la ética que legitima las instituciones económicas y políticas y el juicio de los ciudadanos que la conforman» (Cortina, 2017:64).

Esto es, que mientras que por un lado las instituciones se sitúan en un nivel ético universalista, legitimándose por la defensa de los derechos humanos, por el otro, las personas que trabajan en dichas instituciones y los ciudadanos en general, actúan de manera egoísta o comunitarista, pues favorecen intereses individuales o de determinado grupo encontrándose así en el primer o segundo nivel de conciencia moral social. Esto lleva nuevamente a la reflexión del yo soy todo,perotodos somos uno visto esta vez como la transición entre una conciencia moral individualista hacia una conciencia moral universalista que es lo que defiende el presente estudio. Hace pensar que el todos somos uno se da lógicamente más fácilmente a nivel institucional, en el que el carácter colectivo es más evidente, pero que, a nivel individual, la transición del yo soy todo hacia todos somos uno es más difícil de asimilar y posiblemente para progresar se necesite tiempo — toma de conciencia, educación— para que la idea pueda calar en la mente de las personas. El progreso en este caso es entendido como «[…] la ampliación del círculo de quienes son tomados como dignos de consideración moral» (Cortina, 2017:64).

Por lo tanto, si la naturaleza humana tiene un sentido moral, la ciudad debería ayudar a potenciarlo. Una ciudad en la que se considere a todos, incluido el medio natural dado y

9 Habermas tomó como pauta para estos estudios aquellos de Kolberg, sobre el desarrollo de la conciencia moral de los individuos.

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el medio heredado, dignos de respeto, dignos de consideración moral en palabras de Cortina, sería ideal para potenciar esta facultad.

d) Capacidad emancipadora

La libertad —del latín: libertas, -ātis— es la capacidad de la conciencia para pensar y obrar según la propia voluntad de la persona. Los dos ideogramas que en japonés describen la palabra libertad “ji-yû” significan “acuerdo” y “consigo mismo” lo cual apunta el concepto de que libertad es una de las características más personales e íntimas del ser humano.

La emancipación permite acceder a un estado de autonomía. El ser humano utiliza su capacidad emancipadora para transformar y crear la ciudad. Esta capacidad puede darse en dos niveles: uno en el nivel social, el del principio de todos somos uno y otro en el nivel individual, el principio del yo soy todo. Algo como lo que Kant según Cortina (2017) distingue como libertad jurídica y la libertad moral. En el primer nivel es el individuo ligado a su grupo. Aquí la libertad puede ser vista como no-opresión, como poder de elección y derecho de participacion. También trata de la «[…] libertad externa, es decir, la que regula las relaciones externas de las personas, de modo que tiene su límite en el daño que se le pueda causar a otros» (Cortina, 2017:53). En este nivel de libertad es posible usar la coacción de modo que cada uno respete la libertad ajena. En cambio, el segundo nivel es el individuo sujeto a sí mismo. Trata de la libertad interna —el libre albedrío. Es «[…] el ámbito de la auto-coacción y del cultivo personal de la virtud» (Cortina, 2017:53) donde nadie puede ser obligado. Es, en definitiva, la opción personal, «[…] la capacidad de cada sujeto de darse leyes a sí mismo y de obligarse a sí mismo» (Cortina, 2017:53). Aquí el individuo se constituye como una fuente de constante reflexión filosófica para su actuar cotidiano. Una reflexión que lo provee de razones para actuar de una cierta manera, con autodeterminación. Como decía Kant, no tener razones para actuar es lo contrario de la libertad.

En el primer nivel —el individuo ligado a su grupo— el concepto de libertad, visto como un derecho de participacion, era muy diferente entre los antiguos y los modernos. Para Benjamin Constant (1819), los antiguos ejercían directamente su derecho de participación, en reflexión conjunta donde todos tenían voz y voto en todos los debates. Los modernos, por el contrario, no disponían de tiempo para la reflexión conjunta, pues la complejidad de la sociedad y las preocupaciones personales del quehacer diario, principalmente ligadas a asuntos económicos, lo hacía imposible. De ahí que hubieron de

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delegar en representantes la responsabilidad de ocuparse de los asuntos públicos para los cuales ellos no encontraban tiempo ni disposición, algo inconcebible para los antiguos. Por tanto, los modernos ya no disfrutaban de la libertad del mismo modo que los antiguos, que pasó de una participación activa y constante en el poder colectivo, a una participación con independencia privada. Se trataría, por tanto, de dos puntos de vista radicalmente diferentes sobre el significado de libertad en el nivel sociopolítico. Esto enseña que

libertad y felicidad son conceptos cuyo significado no es siempre el mismo para todos y que es susceptible de importantes variaciones. Como ambos sistemas marcharon bien en sus respectivos contextos dando lugar a una convivencia armoniosa en sus respectivas épocas, se puede deducir también que cada época tiene sus respectivas definiciones y que cuando se llega un acuerdo de lo que se quiere, el trabajo conjunto hace posible que el sistema funcione.

En el segundo nivel, el del plano individual, trata de la exigencia personal u obligación íntima que tiene que ver más con el individuo, con sus propias ideas y con el hecho de actuar en consecuencia con ellas; es el individuo sujeto a sí mismo. Martha Nussbaumx (2011) llama a esta capacidad del ser humano, razón práctica, definida como ser capaces de formar un concepto del bien e iniciar una reflexión crítica respecto de la planificación de la vida. Esto supone la protección de la libertad de conciencia. Por su parte John Rawls (1993) califica al ser humano como un ser racional y razonable, marcado por una concepción del bien y un sentido de la justicia, que serán los que finalmente le soportarán en el momento de la toma de decisiones. Giovanni Pico dela Mirandolaxi en 1486 colocó para el hombre la posibilidad de, por un lado «[…] degenerar hacia las cosas inferiores que son los brutos» y, por el otro, regenerar «[…] hacia las cosas superiores que son divinas» interponiendo de por medio la decisión de la voluntad (Mirandola, s/f:2). La voluntad de elegir el camino a seguir según la propia concepción del bien, que justifica la elección. Se trata, por consiguiente, de una libertad que apela al actuar noble de las personas, en tanto que persona selecta o excelente que apela a sí misma en cada uno de sus actos tal y como lo define Ortega y Gasset (1929). Se trata de un ser que «[…] está constituido por una íntima necesidad de apelar de sí mismo a una norma más allá de él, superior a él, a cuyo servicio libremente se pone» (1929:53). El noble vive en esencial servidumbre, pero no toma esta necesidad de servir como una opresión, es más bien una gran virtud, pues luchar por la continua superación ennoblece, hace ser más humano

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En el ámbito urbano, el ciudadano puede ejercer estas dos libertades. Ahora bien, no se debe olvidar que como se ha argumentado, estos conceptos no significan siempre lo mismo para todos los grupos. Dependerá de diversos factores, como los naturales — provenientes del medio natural, los sociales — el acervo cultural compuesto de normas, interpretaciones y tradiciones en el que se desenvuelven las personas, y el contexto sociopolítico —las circunstancias que toca vivir, entre las cuales está el momento histórico en el que se desenvuelven los hechos. Algunos de ellos vienen dados y no pueden alterarse. Sin embargo, otros están supeditados a la propia elección del individuo. Todos los organismos vivos tienen un medio. Su vida está formada por el propio organismo y por su medio, ellos forman una unidad, lo que quiere decir que si cambia el medio cambia al organismo y viceversa—los organismos dependen del medio. Pero el ser humano no es un organismo cualquiera. Como argumenta Ortega y Gasset, «Yo soy yo y mi circunstancia» (1914:43), lo cual incide en la relevancia de todo aquello natural que está en torno al ser humano y condiciona su accionar, pero agrega «[…] y si no la salvo a ella no me salvo yo» (1914:44), lo cual sugiere una radical libertad humana que lo obliga a hacerse, a pensarse y proyectarse lo quiera o no. Para Ortega y Gasset, el ser humano no puede detenerse ante la circunstancia, porque está obligado a ser libre, a decidir constantemente qué quiere ser y proyectarse en la vida para generarse una vida buena en relación con los demás. Por tanto, «[…] la reabsorción de la circunstancia es el destino concreto del ser humano» (1914:43).

En otras palabras, el ser humano puede hacer su propio medio, crear su propia circunstancia, que en este caso concreto es proyectar su ciudad para poder desarrollar sus planes de vida buena en relación con los demás. La realidad circundante es solamente una parte del ser humano. La otra parte, la escribe él mismo, eligiendo en libertad, con sus propios actos y con sus propios errores o aciertos, el destino de su vida.

e) Capacidad transformadora

La ciudad es la prueba más evidente de la facultad humana de transformar el entorno. Como se ha comentado, el ser humano se encuentra sumergido en una circunstancia —su propia vida en estado físico y mental, que él mismo puede cambiar o refabricar. Como apunta Ortega y Gasset, «El ser humano, por lo visto, no es su circunstancia, sino que está sólo sumergido en ella y puede en algunos momentos salirse de ella […] y […] ocuparse en cosas que no son directa e inmediatamente atender a los imperativos o necesidades de

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su circunstancia» (1957:235). Entonces el ser humano reflexiona, se crea otras necesidades, imagina, fabrica y obtiene lo que no encuentra en la naturaleza de manera directa. En esos momentos el ser humano emplea la técnica, «[…] la reforma que el ser humano impone a la naturaleza en vista de la satisfacción de sus necesidades» (Ortega y Gasset, 1957:324).

Actos técnicos […] no son aquéllos en que el hombre procura satisfacer directamente las necesidades que la circunstancia o naturaleza le hace sentir, sino precisamente aquéllos que llevan a reformar esa circunstancia eliminando en lo posible de ella esas necesidades, suprimiendo o menguando el azar y el esfuerzo que exige satisfacerlas. Mientras el animal, por ser atécnico, tiene que arreglárselas con lo que encuentra dado ahí, y fastidiarse o morir cuando no encuentra lo que necesita, el hombre, merced a su don técnico, hace que se encuentre siempre en su derredor lo que ha menester —crea, pues, una circunstancia nueva más favorable, segrega, por decirlo así una sobrenaturaleza adaptando la naturaleza a sus necesidades (Ortega y Gasset, 1957: 326)

Se dice que el ser humano es homo faber por su capacidad de crear objetos artificiales, siendo propio de él darle al mundo heredado una nueva forma. Esta propiedad es tan importante que el pensador del siglo XV Giovanni Pico della Mirándola (2006) puntualizaba que la dignidad del hombre dependía de que lo haga. Así, el hombre ha ido transformando su medio a través del tiempo. Sin esta capacidad transformadora, la creación de la ciudad no hubiese sido posible.

En el mismo sentido que Ortega y Gasset, Gracia subraya la diferencia entre el ser humano y las demás especies animales en este aspecto, afirmando que «Lo que en las especies animales opera como adaptación al medio, en el caso de la especie humana se convierte en adaptación del medio» (2015:23) remarcando posteriormente la diferencia del medio entre el animal y el del ser humano: «El animal vive en la naturaleza, en tanto que el ser humano vive en la cultura; el animal tiene medio y el ser humano, mundo. Una cosa es el medio natural y otra el mundo de la cultura» (Gracia, 2015:24) y ese mundo de la cultura se desarrolla principalmente en la ciudad.

Con la tecnología de la información y comunicación —TIC, y la actual convergencia de la triada tecnológica compuesta por el Big Data, la Inteligencia artificial y el Internet de las Cosas, el ser humano ha llegado a crear en los últimos años espacios urbanos ciberfísicos inimaginables más allá del mundo literario y cinematográfico (Calvo y Osal, 2018). Para el estudio de las ciudades —y del planeta, se pueden obtener ahora imágenes integradas con información geográfica —SIG de alta calidad, desde aparatos cercanos como drones hasta muy lejanos como satélites se puede obtener información a tiempo real. Los SIG nos permiten hacer un análisis exhaustivo del territorio en los ámbitos más diversos. Son herramientas versátiles, con un amplio campo de aplicación en cualquier

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actividad que conlleve un componente espacial. El sensoramiento remoto y los modelos digitales para hacer elevaciones y sus productos derivados pueden ser también aplicados a diferentes estudios sobre el territorio, como estado de infraestructura vial, densidad poblacional rural, urbana y vegetal, porcentajes de vapor de agua en la atmósfera, temperaturas de superficies diversas, análisis de la trayectoria solar sobre el territorio, etc. Los ingenieros que han desarrollado todas estas tecnologías han sido sin lugar a duda muy buenos ingenieros. Pero como dijo Ortega y Gasset en su Meditación a la Técnica (1957), para ser ingeniero no basta con ser ingeniero, y a esto se agregaría: es necesario, además, ser un ingeniero bueno. Y esto es, precisamente, lo que se requiere en el marco de este trabajo. Al emplear la técnica para transformar se debe ser bueno, es decir, se debe ser una persona responsable. En palabras de García-Marzá: «Ser responsable significa ser capaz de dar razón de lo que hacemos o lo que dejamos de hacer. Somos responsables cuando tenemos diferentes alternativas de acción y nos decidimos por una de ellas, de la que tenemos que responder» (2012:8). Hacerse responsable incluye en este caso no solo la idea de respuesta con palabras sino sobre todo con actos. El ser humano tiene la responsabilidad de usar su capacidad de transformación para ayudarse a sí mismo, y debe entender que ayudar al medio en el que vive es una condición de esa ayuda. Es por eso por lo que es importante no solamente un conocimiento técnico, sino también es imperativamente necesaria la reflexión práctica. Esta reflexión va a llevar más allá del hecho de hacer las cosas porque se pueden hacer y va a invitar a pensar en la dimensión ética —en la que nos hace pensar en los demás, en aquella que busca la promoción de valores globales y humanistas. Sin duda los científicos más notables que hicieron posible el uso del artefacto más destructivo —la bomba atómica, saben lo que esto significa. Como afirmó Robert Julius Oppenheimer, director del Proyecto Manhattan, tras el lanzamiento de las dos bombas atómicas sobre la población civil en Hiroshima y Nagasaki en 1945: «Los físicos hemos conocido el pecado». Algunas personas opinan que la gravedad se encuentra en el uso que se le da a la técnica, pero no es improbable que estos científicos hayan sentido el peso de una gran responsabilidad: la de haber hecho posible el empleo de un arma tan destructiva, independientemente del hecho de que no fueron ellos los que tomaron la decisión de lanzarla. Ortega y Gasset afirma que quien es solamente técnico puede serlo todo y en consecuencia, no es nada determinado. Esa es realmente la idea, si no se coloca la reflexión, solo se es una máquina de hacer que vacía completamente la vida de quien vive solo de fe en ella. La técnica «[…] es incapaz de

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determinar el contenido de la vida. Por eso estos años en que vivimos, los más intensamente técnicos que ha habido en la historia humana, son de los más vacíos» (Ortega y Gasset, 1957:366). Increíblemente actual este comentario realizado hace casi 80 años. El estudio de la técnica por la técnica es de máquinas, el estudio de la técnica para el ser humano es de humanos. La ciudad puede ser completamente tecnificada y a la vez, dependiendo de cuáles y de cómo use las técnicas, ser un potencial humanizador para el hombre.

f) Capacidad comunicativa

El diálogo es una capacidad que sólo tiene el ser humano. El lenguaje humano, hablado y mímico, es algo muy diferente de los sonidos que emiten los animales (Habermas, 1989). A pesar de que los animales pueden comunicarse a través de sonidos, de la expresión corporal o los sentidos, no poseen un sistema comunicacional organizado y con símbolos y significados específicos. Para Ortega «[…] la forma superior de la convivencia es el diálogo en que se discuten las razones de nuestras ideas» (1929:59). Sin diálogo, sin acuerdos, no podría haber convivencia posible y por lo tanto no hubiese sido posible la ciudad.

Por lenguaje, según el concepto de Adolf Portmann10 (1968) se entiende la función, por medio de la cual, con ayuda de formas de sonido y de signos, se está en disposición de representar percepciones, juicios, deseos, etc. Su finalidad es la de comunicarse, y se realiza con intención de entendimiento recíproco. A este tipo de acciones sociales dirigidas al entendimiento Habermas (1999) llama acción comunicativa. La acción comunicativa actúa sobre todas las formas del lenguaje y su principal objetivo es el que se haya entendido lo dicho. Como bien apunta Kanngiesser en Habermas «La necesidad de acción coordinada genera en la sociedad una determinada necesidad de comunicación que es menester cubrir para que sea posible una efectiva coordinación de las acciones» (1999:352). Sin esta coordinación de acciones difícilmente la ciudad hubiese podido ser construida. El ser humano ha colocado su energía y capacidad de diálogo para hacerla posible. La ciudad es un lugar de acuerdos, tanto explícitos como implícitos, pues vivir en convivencia con otros, demanda coordinación de la acción, integración y apropiación de significados comunes.

10 Adolf Portmann fue un biólogo, zoólogo, antropólogo y filósofo suizo. El estudio de las formas vitales, fundamentalmente en el terreno de la morfología comparada, lo llevó a la antropología.

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El diálogo es muy importante en la sociedad pues supone siempre el ejercicio de escuchar al otro y conocer su forma de pensar. Es abrirse a los demás. También es reconocimiento de igualdad, pues quien se dirige a otra persona a través del lenguaje da por hecho que existe con ella un vínculo, que el oyente es un interlocutor capaz de comprenderle y con derecho a réplica para expresar su acuerdo o discrepancia. Por eso el diálogo es tan importante, porque dialogar es aceptar que el otro es un sujeto autónomo (Cortina, 2017). Es aceptar que se está en un mismo nivel.

Toda persona tiene, por igual, derecho al diálogo, sea cual fuere su condición. Como mencionado por Cortina (2017:58) citando a Karl-Otto Apel (1985) «Todos los seres capaces de comunicación lingüística deben ser reconocidos como personas […], la justificación ilimitada del pensamiento no puede renunciar a ningún interlocutor y a ninguna de sus aportaciones virtuales a la discusión». Cortina afirma que «[…] realizar una acción comunicativa es actuar» (2017:57). y esto significa que se debe tener cuidado porque se puede llegar a hacer mucho bien pero también mucho mal, pues se puede actuar en ambos sentidos. Una vez más se necesita apelar a la reflexión pues es principalmente esta capacidad lo que permite vivir en paz y en armonía con los demás evitando el conflicto.

Tal como puntualizado por Cortina (2000) evitar el conflicto exige poner en dialogo distintas culturas tratando de evitar que se ahoguen unas a otras. Como afirma en Ética Mínima. Introducción a la Filosofía práctica, el respeto por laautonomía personal y la

solidaridadcon el entramado social, son indispensables en el trato entre personas, pues esto hace «[…] posible reconocerse a sí mismo como persona. Porque es inhumano, por irracional, habérselas de otro modo con seres autónomos, que sólo por la trama dialógica devienen personas» (2000:9). Aquí se ve surgir nuevamente el principio de yo soy todo pero todos somos uno, pues llegar a un acuerdo significa tomar una decisión habiendo escuchado a todos los involucrados en igualdad de condiciones y poder sentir verdaderamente que todos serán uno para el actuar pues el resultado favorecerá a todos. Para Juan Masiáxii, será este tipo de diálogo el que ayude a alcanzar el momento de mayor madurez moral: el del universalismo, en el que se tiene como referencia ya no al propio individuo ni a los grupos sino a la propia humanidad.

Masiá (2005) realiza un interesante planteamiento sobre tres etapas de la moral por las que pasa el ser humano que él denomina: moral aprendida, moral apropiada y moral dialogada. Lo cual podría ser dicho de otro modo: la moral que se hereda, la moral que se

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