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IAN KERSHAW (Ed.)
El nazismo
Preguntas clave
IAN KERSHAW (Ed.)
IAN KERSHAW
Ian Kershaw (Oldham, Lancashire, Inglaterra, 1943), historiador britá-nico destacado por sus biografías de Adolf Hitler, recibió educación en el St Bede’s College, Manchester y las universidades de Liverpool y Oxford. Comenzó como medieva-lista, pero en la década de los 70 se volcó sobre el estudio de la historia alemana. Es catedrático de Histo-ria Moderna en la Universidad de Sheffield y el discípulo más im-portante del historiador de la RFA Martin Broszat.
P R E T É R I TA
1. La Segunda República española y las izquierdas
Francisco Márquez Hidalgo
2. Mario Onaindia (1948-2003)
Fernando Molina Aparicio
3. Alejandro Magno
Pierre Briant
4. El nazismo. Preguntas clave
Ian Kershaw (Ed.)
EDITORIAL BIBLIOTECA NUEVA COLECCIÓN PRETÉRITA
www.bibliotecanueva.es
Ninguna ideología ha suscitado tantos debates y controversias como el nazismo. Este libro propone un punto de vista original sobre los orígenes del Tercer Reich. ¿Cómo llegó Adolf Hitler al poder? ¿El gran capital apoyó a Hitler? ¿Explica la pro-paganda el éxito del nazismo? ¿Era Goebbels un genio? ¿Todos los alemanes eran nazis? ¿Estaba el antisemitismo en el centro del sistema? ¿Era el Führer un dictador absoluto? ¿Cumplió el Tercer Reich sus promesas sociales? ¿1938: el cambio?
El lector encontrará en estas páginas las res-puestas a todas estas preguntas a través de textos elaborados por grandes especialistas como Ian Kershaw, Philippe Burrin, Saul Friedländer, etc.
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P R E T É R I TA
P R E T É R I TA
El nazismo. Preguntas clave
El nazismo
El nazismo
Preguntas clave
IAN KERSHAW (Ed.)
siglo xxi editores, s. a. de c. v.
CERRO DEL AGUA, 248, ROMERO DE TERREROS,
04310, MÉXICO, DF www.sigloxxieditores.com.mx
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© Los autores, 2012
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El Centro Español de Derechos Reprográ-ficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
[Le nazisme en questions. 1933-1939. Español]
ELNAZISMO : Preguntas clave / Ian Kershaw et al. ; traducción del francés por Cristina Gutiérrez Iglesias.- Madrid : Biblioteca Nueva, 2012.
1. Ideologías políticas 2. Historia de Europa 3. Derecho internacional I. Ian Kershaw II. Saul Friedländer III. Cristina Gutiérrez Iglesias
329 jpf 940 HBJD 341 LB
Diseño original de colección
Carla López Bauer | mitaymita
Índice
---I.—¿CÓMOLLEGÓ HITLERALPODER? -- - - 11
El irresistible ascenso de un cabo austríaco, Serge Bers-tein --- 13
Las SA: sus secuaces, Jacques Droz --- 33
¿El gran capital apoyó a Hitler?, Henry Rousso --- 39
Y el monstruo empezó a fascinar, entrevista con Ian Kershaw --- 53
II.—¿EXPLICALAPROPAGANDAELÉXITODELNAZISMO? - - - 63
La escenificación de una ideología, Henri Burgelin --- 65
¿Era Goebbels un genio?, Fabrice d’Almeida --- 81
III.—¿TODOSLOSALEMANESERANNAZIS?, Philippe Burrin --- 89
IV.—¿ESTABAELANTISEMITISMOENELCENTRODELSISTEMA? - - - 101
¿Todo estaba ya escrito en Mein Kampf?, Saul Fried-länder --- 103
Un best seller de los años 30, Henry Rousso --- 113
La visión del mundo de Hitler, Philippe Burrin --- 119
V.—¿ERAEL FÜHRERUNDICTADORABSOLUTO? - - - 1 25 El Führer en el sistema nazi, Philippe Burrin --- 127
Las SS, ¿un pilar del régimen?, Marlis G. Steinert --- 143
VI.—¿CUMPLIÓEL TERCER REICHSUSPROMESASSOCIALES?, Hans Mommsen --- 157
Índice 10
VII.—¿1938: ELCAMBIO? - - - 1 69 1938: el año de Adolf Hitler, Philippe Burrin --- 171 La Noche de Cristal: relato de un pogromo, entrevista
con Saul Friedländer --- 181
¿Por qué las democracias no entendieron nada?,
Jean-Pierre Azéma --- 187
I
¿Cómo llegó Hitler
al poder?
---El irresistible ascenso de un cabo austríaco
Serge Berstein
El 30 de enero de 1933, una muchedumbre silenciosa se aglu-tina en las calles próximas a la cancillería de Berlín. Espera el final de las airadas discusiones que enfrentan, en torno al ma-riscal Hindenburg —presidente del Reich—, a los dirigentes nacionalistas von Papen y Hugenberg contra el jefe del partido nazi, Adolf Hitler. Lo que está en juego es la formación de un gobierno de coalición dirigido por este último, quien no acepta que sus rivales recorten sus atribuciones.
Por una ventana del edificio cercano al Kaiserhof, donde se encuentran los dirigentes nazis, Ernst Röhm —jefe de la SA (Sturmabteilung, milicia armada de los nacional socialis-tas)— acecha ansiosamente la salida del Führer. Poco después del mediodía estallan los aplausos. Hitler sale de la cancillería, baja la escalinata de la entrada y se precipita hacia su coche. Es canciller del Reich alemán. Acaba de tener lugar el acto decisivo de una toma de poder.
¡Cuánto camino recorrido desde aquel día de septiembre de 1919 en el que el cabo austríaco, ofendido por la derrota del Reich y convertido en confidente del departamento político del ejército, se afilia al grupúsculo que constituye aún el «Par-tido Obrero Alemán» (DAP)! Toma rápidamente las riendas, lo dota con el periódico Völkischer Beobachter (El observador del pueblo), le proporciona una bandera, un programa compuesto por 25 puntos centrados en el racismo y reúne en torno a él a un pequeño núcleo de fieles, pero no consigue convertirlo
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en una auténtica fuerza política. Como quedará reflejado en noviembre de 1923 cuando, aprovechando los disturbios que agitan a Alemania, intenta un golpe de Estado en Múnich con el propósito de marchar sobre Berlín para expulsar al gobierno «rojo» del que forman parte los socialistas y establecer una dictadura nacional. Sin embargo, aunque se había cobijado tras el prestigioso general Ludendorff, mando del Estado Ma-yor alemán durante la guerra y al que confió la dirección de las tropas, Adolf Hitler fracasa. El ejército y la policía bávara requeridos por Karh, comisario general del Estado de Baviera, acaban por la fuerza con el «golpe de Estado de la Cervecería», en el que Hitler había conseguido, en un principio, obligar a los dirigentes bávaros a aceptar el gobierno que él proponía. Hitler y Ludendorff son detenidos y el jefe del Partido Nacional Socialista es condenado a cinco años de reclusión en la fortaleza de Landsberg. Salió liberado al cabo de nueve meses, los cuales aprovechó para escribir su Mein Kampf.
De esta primera experiencia abortada, Hitler obtiene un in-discutible prestigio y se presenta como un patriota íntegro que ha sido víctima de la pusilanimidad de las autoridades bávaras. Ahora puede presumir de haber aumentado su número de se-guidores y de haberse convertido en un personaje de la escena política. Durante las elecciones de mayo de 1924, el bloque «po-pular» (Völkisch) de los partidos racistas a los que se adhirió el partido nazi, obtiene 2 millones de votos y consigue 32 escaños, a pesar de que Hitler, entonces recluido e inelegible, puesto que es austríaco, haya manifestado intensamente sus reservas a propósito de esta participación en el juego electoral.
No obstante, al comparar el fracaso del golpe de Estado de la Cervecería con el éxito que Mussolini —su modelo en esa épo-ca— obtuvo en Italia, en octubre de 1922, Hitler llega a la con-clusión de que la toma del poder no debe realizarse mediante la fuerza, sino involucrando a los poderes establecidos. Desde su salida de la cárcel en diciembre de 1924, se dedicará a preparar esta estrategia. Sin embargo, la estabilización de la situación
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política alemana a partir del verano de 1924, el restablecimien-to del equilibrio monetario y económico y la normalización de las relaciones que Alemania mantiene con los otros países del mundo, en definitiva, la vuelta de la prosperidad, sitúan a formaciones extremistas como el partido nazi en el punto más bajo. En las elecciones de diciembre de 1924, los nazis y sus aliados obtienen menos del 3 por 100 de los votos, y en las de mayo de 1928 descienden al 2,6 por 100.
Al mismo tiempo, dicha marginalización libera a Hitler de la competencia de los líderes parlamentarios que le hacían som-bra, empezando por el dirigente nazi de Berlín, Gregor Strasser. Desde este momento puede forjar el instrumento de su próxima victoria reorganizando el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, el NSDAP, nombre que sustituyó en agosto de 1920 por el de Partido Obrero Alemán (DAP), alejado de cualquier preocupación inmediata de poder.
En el NSDAP, Hitler formula, ante todo, una ideología más conforme a sus opiniones personales que el programa de 25 puntos de 1920, obra colectiva cuyas secciones anticapitalistas reflejaban más las ideas del ingeniero Gottfried Feder que las suyas propias. Por el contrario, Mein Kampf es un libro confuso, denso, mal redactado, plagado de digresiones, desordenado e indigesto en el que se mezclan las ideas de Darwin, Gobineau y Houston Stewart Chamberlain. La obra es, en realidad, un programa de gobierno, lo que ningún lector podía sospechar cuando se publicó el libro, construido en torno a la teoría ra-cista sobre la que Hitler basa su concepción del mundo, su
Weltanschauung.
Paralelamente, Hitler se dedica a la reorganización del parti-do nazi, que había siparti-do reduciparti-do a veintisiete mil afiliaparti-dos a su salida de la cárcel. Reorganización que fue llevada a cabo según un principio que él expondrá en 1936: «Hemos comprendido que no basta con derrocar el viejo Estado, sino que antes es necesario implantar un nuevo Estado que tendremos, por así decirlo, bajo la manga.»
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Hitler transforma el partido nazi a la vez en un partido-Estado y en un partido-sociedad, plasmando de esta manera, mucho antes de la toma del poder, su visión totalitaria. En la esfera política, la organización territorial del NSDAP (divi-dido en regiones, Gaue, que a su vez se dividen en distritos,
Kreise) es un calco de las circunscripciones electorales del Reich,
con la salvedad de que en la cumbre, dos organismos: el PO I (Organización política núm. 1, dirigida por Gregor Strasser) y el PO II (Organización política núm. 2) poseen, respectivamente, las funciones de minar el poder vigente y de conformar un au-téntico shadow cabinet que cuente con secciones especializadas correspondientes a ministerios.
En lo que se refiere a la esfera social, el partido nazi multi-plica las organizaciones destinadas a encauzar a todos los gru-pos de población: jóvenes (Juventudes Hitlerianas, creadas en 1926 para jóvenes de entre quince y dieciocho años, Liga de los Escolares Nazis, etc.), mujeres (Liga de Jóvenes Alemanas, Liga de Mujeres Alemanas), grupos socioprofesionales (Liga de Estudiantes, grupos de abogados, juristas, médicos, profesores, funcionarios, periodistas, intelectuales, artistas, etc.).
En 1929 Hitler ha conseguido consolidar su partido y lo ha convertido en el instrumento eficaz que deseaba. No obstante, en esa fecha, el NSDAP carece de una ideología sólida, ya que no supera los ciento setenta y ocho mil simpatizantes. La do-ble crisis, económica y política, que sufre Alemania a partir de esta fecha pone fin a la cruzada del desierto del NSDAP que dura desde el año 1924. La coyuntura contribuye a crear un partido de vocación totalitaria forjado por Adolf Hitler desde su salida de prisión. La larga espera por la toma del poder llega a su fin.
La crisis alemana es una crisis de Estado antes que una crisis económica importada de América. No obstante, la conjunción de estos dos fenómenos alimenta el nazismo incipiente, lo cual favorece el desarrollo de una violencia en las calles con las SA como protagonistas. El origen de la crisis del Estado reside en
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la victoria de la izquierda en las elecciones de mayo de 1928, que conduce a la cancillería al socialista Hermann Müller. A pesar de su moderación, el gobierno de «gran coalición» agrupa a centristas, su presencia en el poder resulta insoportable para el entorno ultraconservador del presidente Hindenburg: su hijo Oskar, los generales Gröner y Schleicher, etc. La derecha alema-na encuentra un arma que utilizar contra él en la firma del plan Young, en agosto de 1922, que regula el pago de las reparaciones debidas por la Alemania de Weimar a los aliados tras la Primera Guerra Mundial. Reducidas en un 17 por 100, estas reparaciones se pagarán en cincuenta y nueve plazos anuales, y Alemania se librará de todo control y de toda hipoteca. Las zonas ocupadas de Renania deberán evacuarse antes de junio de 1930.
Esto representaba un gran éxito para el gobierno y para el ministro de Asuntos Exteriores, Stresemann, lo que no impi-dió que los nazis y los nacionalistas —contrarios al principio mismo de las reparaciones— iniciaran, durante el verano de 1929, una violenta campaña contra el plan Young y exigieran la convocatoria de referéndum a la población para anular el tra-tado. Con este propósito, Hugenberg, jefe del Partido Nacional Alemán —vinculado al mundo de los negocios— financia una serie de reuniones en las que Hitler es el principal orador. El proyecto de referéndum fracasará, pero Hitler adquiere en esta ocasión un público nacional.
En este ambiente de tensión, Hindenburg declara la crisis del Estado en marzo de 1930. Sirviéndose de un pretexto de poca importancia, obliga al canciller Müller a dimitir y llama al poder a Heinrich Brüning, jefe de la fracción parlamentaria del Centro Católico (Zentrum), un conservador que forma un ministerio muy orientado hacia la derecha. Sin embargo, dicho gobierno, que no dispone de mayoría en el Reichstag (Parlamento), se encuentra en minoría desde julio de 1930.
Brüning solicita al Presidente que disuelva el Reichstag, con la esperanza de que una nueva consulta electoral le propor-cione la mayoría conservadora que anhela profundamente. En
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realidad, Brüning está jugando con fuego al proponer nuevas elecciones en un momento en que la crisis inunda Alemania. El contexto político favorece, en septiembre de 1930, el ascenso de los partidos extremistas, reacios a la República, nazis (6,5 millones de votos y 107 escaños) y comunistas (4,5 millones de votos y 77 escaños). Ante la imposibilidad de obtener la mayoría, Brüning se ve obligado a gobernar apoyándose en los poderes excepcionales que el artículo 48 de la Constitución confiere al Presidente del Reich, Hindenburg. El gobierno pasa de parlamentario a presidencial.
A esta situación política se suma la coyuntura socioeconómi-ca. Nacida de la retirada de los capitales americanos tras el crack de 1929, que provoca la quiebra del sistema bancario alemán, la crisis azota de lleno al país a partir de diciembre de 1930, lo que origina la caída de una producción fuertemente racionalizada y la quiebra de numerosas empresas.
En diciembre de 1931, el número de desempleados totales alcanza los seis millones, a los que hay que añadir ocho millo-nes más de parados parciales que perciben sueldos reducidos a la mitad. Para combatir la crisis, Brüning practica una política de deflación severa que hace que reine la austeridad, reduce la ayuda al desempleo y disminuye las prestaciones sociales. La mi-seria que conoce el país contribuye a la radicalización política.
Nacionalistas y nazis constituyen, en octubre de 1931, en contra de la política de Brüning, el «Frente de Habsburgo», formado por los nacionalistas de la liga del «Casco de Acero»
(Stahlhelm), las SA (milicias de Hitler), los grandes productores
agrícolas, los dirigentes de las asociaciones de antiguos comba-tientes liderados por un ramillete de almirantes y de generales, hombres de negocios (entre ellos Schacht, presidente de la Rei-chsbank [Banco Central Alemán] de 1923 a 1930, que salvó el marco de la hiperinflación, y el patrón de la firma siderúrgica Thyssen), dos hijos del rey Guillermo II, etc.
Esta coalición de extrema derecha participa, a su pesar, del juego de Hitler, cuya potencia electoral y parlamentaria lo sitúa
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desde ahora como un personaje de primer orden en la escena política nacional. Hitler se opone a la prórroga de los poderes del presidente Hindenburg (que habría necesitado dos tercios de los votos en el Reichstag, lo que suponía el acuerdo de los nazis) y en marzo de 1932 se presenta contra él a la presidencia del Reich. Aunque fracasa en la segunda vuelta, el 10 de abril de 1932, ha conseguido aglutinar en torno a su nombre 13,4 millones de votos, lo que duplica los sufragios obtenidos en 1930. Al aplastar a la derecha tradicional, el nazismo se posi-ciona entonces como candidato a la herencia de la República de Weimar.
Desde ese momento, la hipoteca nazi, reforzada ahora por las elecciones a los Landtage (dietas de los Estados federados) de abril de 1932, en las que los nazis se sitúan al frente en to-dos los lugares, salvo en Baviera, se convierte en el problema primordial de los últimos gobiernos republicanos. Uno tras otro, los cancilleres van a fracasar. En primer lugar, Brüning, que intenta, en abril de 1932, disolver las milicias nazis SA y SS (Schutzstaffel, «escuadrón de protección»). Dividido entre las protestas generalizadas de los nazis y las del ejército, que ve en las SA un grupo militar camuflado, Brüning se ve obli-gado a retroceder. Abandonado por el mundo de los negocios y debilitado, se retira en mayo de 1932 bajo la presión del hijo del Presidente, Oskar von Hindenburg, el día en que preten-de establecer un control preten-de las subvenciones concedidas a los productores agrícolas del este.
Hindenburg se ve forzado a gobernar con miembros de su entorno a falta de dirigentes de los grandes partidos a los que ha apartado sucesivamente. Los dos últimos cancilleres de la República de Weimar serán Franz von Papen y el general von Schleicher. Aristócratas, relacionados con los productores agrí-colas y con medios industriales y amigos en el ejército, son hom-bres de demasiado poco peso como para ejercer una auténtica autoridad. Por otra parte, se encuentran paralizados por sus ambiciones encontradas.
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Papen intenta primero desarmar el Frente de Habsburgo dando garantías a los conservadores y tratando de dominar a los nazis. Para ello disuelve el Reichstag, levanta la prohi-bición de las SA, anuncia una reducción de las prestaciones sociales y un plan de ayuda a la gran industria; destituye, junto con el ejército, al gobierno socialista del Land de Prusia y obtiene en Lausana la anulación de las reparaciones. Pero las elecciones al Reichstag del 31 de julio de 1932 suponen un desastre para él. Los partidos que se oponen a su políti-ca (socialistas, Centro Católico, comunistas) se mantienen o progresan, mientras que la derecha tradicional, con la que él contaba, se desploma y los nazis registran un nuevo aumen-to (13 779 999 voaumen-tos, es decir, 37,3 por 100 de los sufragios expresados, y 230 escaños).
Además, Adolf Hitler hace saber que se niega a entrar en todo gobierno del que no sea canciller. La situación se vuelve insostenible. El país, sometido al terror de las SA, se encuentra en estado de guerra civil larvada. En el Reichstag, donde el nazi Hermann Göring ha sido elegido presidente, el canciller no dispone más que de unos cuarenta diputados. Para salir del atolladero y sin haber podido dominar al partido nazi, Papen lleva a cabo una nueva disolución con la esperanza de hacer retroceder a Hitler.
Su cálculo no es completamente erróneo. En noviembre de 1932, los nazis pierden dos millones de votos y una treinte-na de escaños. Sin embargo, la derecha tradiciotreinte-nal progresa lentamente, mientras que el avance del comunismo espanta al mundo de los negocios. No habiendo logrado dominar a los nazis ni destruirlos, Papen propone a Hindenburg modificar la Constitución con miras a crear un Estado fuerte pero, ante la negativa de este, dimitirá en noviembre de 1932.
Schleicher, que sucede a Papen, intenta a su vez destruir al partido nazi separando a los políticos, como Gregor Strasser, al que espera integrar en el juego parlamentario y en las coalicio-nes, de los alborotadores. Sin embargo, la dimisión de Strasser
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del NSDAP no conlleva la escisión esperada. Finalmente, las veleidades sociales de Schleicher, que aspira a conciliar a so-cialistas y a sindicalistas, le hacen granjearse la hostilidad del mundo de los negocios y de los productores agrícolas. Además, tiene que lidiar con la vindicta de Papen, que no le perdona haberle vencido. La hora de Hitler ha llegado.
Desde su éxito electoral de 1930, Hitler prepara metódica-mente su llegada al poder. Sabe que no tiene nada que temer de una izquierda profundamente dividida, pues los socialistas detestan el comunismo y al Partido Comunista, según el análisis de la III Internacional, que considera, en la «táctica clase contra clase», que el adversario principal es la socialdemocracia y no el fascismo, último sobresalto de un capitalismo agonizante.
Su poder parlamentario, los resultados electorales y la vio-lencia que mantienen en las calles las SA, solo son para Hitler medios de presión. Desde 1923 está convencido de que las tres claves del poder son el ejército (la Reichswehr), el mundo de los negocios y el Presidente del Reich, por lo que concentra sus esfuerzos en estos tres frentes.
Aunque comparten la idea de que es necesario eliminar el
diktat (tratado impuesto) de Versalles y volver a hacer de
Ale-mania una gran potencia militar, los nazis y el ejército están separados por los métodos y el origen social de sus miembros. El ejército, dirigido por aristócratas formados en las tradicio-nes de la Alemania de Guillermo I y Guillermo II, a finales del
siglo XIX, desconfía de los alborotadores y de los demagogos
nazis, que además han intentado infiltrarse en él.
En 1930, Hitler va a levantar la hipoteca al declarar como tes-tigo durante un juicio en Ulm, en el que se acusa a tres oficiales de haber pretendido formar grupos nazis en sus unidades. Hitler desmiente formalmente sus actos y rinde un solemne homenaje a la Reichswehr. Desde ese momento se acelera el acercamiento entre Hitler y los generales. Algunos de ellos, como es el caso del general Blomberg, que controla la región de Prusia oriental, le prometen su colaboración si llega a ser canciller.
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En lo que respecta a las cuestiones más importantes, Hitler, que habrá desaprobado durante mucho tiempo los artículos an-ticapitalistas de los 25 puntos de su programa de 1920, acepta la propiedad privada y rinde homenaje a los grandes capitanes alemanes de la industria. En plena crisis económica, vuelve a ofrecer garantías a estos empresarios excluyendo del partido en 1930 a Otto Strasser, hermano de Gregor, que había respaldado una huelga de mineros. Dos hombres permiten a Hitler introdu-cirse en el mundo de los negocios: el banquero Schroeder —que se encarga del programa económico del partido y organiza en Düsseldorf, en enero de 1932, una reunión entre los dirigentes de la gran industria y Hitler, quien les ofrece garantías en cuanto a sus proyectos y les promete relanzar la economía mediante el rearme si llegara al poder—, y Schacht, quien toma en noviem-bre de 1932 la iniciativa de enviar una carta al presidente Hin-denburg aconsejándole nombrar canciller a Hitler, carta que hizo firmar a todos los grandes nombres de la industria alemana.
Finalmente, Hitler aprovechará una mediocre intriga urdi-da por Papen. Deseoso de vengarse de Schleicher, el canciller vencido se reúne con Hitler en Colonia el 4 de enero de 1933, proponiéndole formar un gobierno común en el que el jefe nazi sería canciller y él mismo vicecanciller. En los días siguientes pone de su parte a Hugenberg y a los hombres del «Casco de Acero» (SA). Ahora puede presumir ante Hugenberg de haber encontrado la solución que permitiría a la vez «dominar a Hit-ler» y obtener el apoyo de la Reichswehr.
Es esta solución la que triunfa el 30 de enero de 1933, cuan-do el ministerio Hitler-Papen presta juramento ante el Presi-dente.
Hitler ha llegado a la cancillería mediante las prácticas consti-tucionales que se utilizaban desde 1930, es decir, designado por el Presidente del Reich. Dieciocho meses más tarde, en agosto de 1934, habrá convertido en dictadura este ejercicio legal del poder. Y, sin embargo, durante algunas semanas, el jefe del par-tido nazi se muestra conciliador. Sus amigos son minoría en un
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gobierno en el que los conservadores tradicionales se llevan la mejor parte. Además de él mismo, los únicos nazis que poseen carteras son Göring, en el Ministerio del Aire, y el doctor Frick, en el Ministerio de Asuntos Interiores (los poderes propios de la policía seguían siendo competencia de los ministros del Interior de los länder). Es cierto que Göring se instaló en el Ministerio del Interior de Prusia, un Estado que representa las tres quintas partes del Reich. No obstante, Papen, que desconfiaba de él, se hizo nombrar comisario de Estado.
Asimismo, Hitler cultiva con complacencia el mito de la «re-cuperación nacional» de la Alemania tradicional, principal ar-gumento de los discursos de Hindenburg y de Papen. Multiplica también las profesiones de fe cristianas. Así, el 21 de marzo asiste a una ceremonia en la iglesia de la Guarnición de Potsdam —lugar de gran relevancia del militarismo prusiano— en com-pañía de Hindenburg y de varios generales vestidos de unifor-me, diputados nazis con camisas pardas, miembros del Partido Nacional Alemán y miembros del Centro Católico. En presencia del Kronprinz (príncipe heredero), representante del Kaiser (al que se le había reservado un asiento vacío), el canciller vestido de chaqué se inclina ante el Presidente tras haber pronunciado un discurso en el que exalta la unión entre los «símbolos de nuestra antigua grandeza y de nuestra nueva potencia».
Mientras tranquiliza con palabras e ilusiones a los aliados que necesita, realiza la acción concreta que le permite implantar una dictadura. Recién elegido, Hitler ha solicitado y obtenido de Hindenburg la disolución del Reichstag. Así, sirviéndose del abundante dinero que le ha facilitado el mundo de los negocios (Schacht acumuló de entrada tres millones de marcos de los industriales), el partido nazi realizará una campaña de propa-ganda masiva orquestada por Goebbels, que se asegura tener el control de la radio de Estado y multiplica las reuniones de ma-sas. Para intimidar al adversario, Hermann Göring recurre a la policía prusiana en la que ha colocado como mandos a oficiales de las SA y SS, y que tienen por consigna atacar especialmente
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a los marxistas. Además, una policía auxiliar de cincuenta mil hombres reclutados en los entornos nazis prohíbe que se cele-bre en Prusia la más mínima reunión que no sea nazi.
Hitler se sirve hábilmente de un acontecimiento muy oportu-no para asentar su autoridad. Durante la oportu-noche del 27 de febre-ro, el Reichstag se incendia y es detenido un joven neerlandés encontrado en el edificio, llamado Van der Lubbe, que se decla-ra comunista. Göring encarcela inmediatamente a los dirigentes del Partido Comunista, cuatro mil miembros permanentes y el búlgaro Dimitrov, secretario general del Komintern, presente en Alemania. Su juicio, celebrado en Leipzig tras las elecciones, les permite demostrar sin demasiado esfuerzo que son inocen-tes. Además, existen importantes sospechas que hacen pensar que el incendio es obra de los mismos nazis.
Sin embargo, bajo el efecto de la emoción suscitada por el acontecimiento, Hindenburg acepta firmar el 28 de febrero el «decreto sobre la protección del pueblo y del Estado» que cons-tituye la primera base legal de la dictadura nazi. Se suspenden las libertades individuales; el gobierno del Reich puede ejercer plenos poderes en los Länder si lo cree necesario; se castiga con pena de muerte la traición, el sabotaje o el envenenamiento, así como la alteración del orden público. Hitler ha conseguido obtener atribuciones excepcionales de la policía y, al mismo tiempo, hacer creíble su discurso sobre el complot comunista que amenazaba el país.
En este contexto no hay por qué extrañarse de que las elec-ciones del 5 de marzo de 1933 resultaran ser un éxito para los nazis. Obtienen más de 17 millones de votos (lo que representa un 44 por 100 de los sufragios) y conquistan 288 escaños de 640. Sin embargo, aun contando con los nacionales alemanes (52 escaños), solo alcanzan la mayoría simple y no la mayoría cualificada, la de los dos tercios, que resulta indispensable para poder modificar la Constitución. Para alcanzarla, Hitler debe conseguir a los diputados del Centro Católico. En esta tarea, recibe la ayuda de la Santa Sede, con la que los nazis negocian
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un concordato que se acaba firmando en 1933 y que invita al Partido Católico a la flexibilidad. A cambio de la promesa (que nunca será cumplida) de suspender el decreto del 28 de febrero, los diputados del centro unen sus votos a los de los nazis y los nacionales alemanes para votar, el 23 de marzo de 1933, el Acta de Habilitación que otorga a Hitler plenos poderes.
El gobierno puede desde este momento legislar durante cua-tro años sin la colaboración del Reichstag. Las leyes que pro-mulgue pueden no ser conformes a la Constitución y deben redactarse por el propio Hitler. Solo Otto Wels, jefe del grupo parlamentario socialista, tuvo el valor de protestar, a pesar de los violentos gritos de los diputados nazis y de las SA en los pasillos, contra un texto que convierte a Hitler en un dictador legal. Dueño del poder, ahora puede llevar a cabo en Alemania la «revolución nacionalsocialista».
A esta revolución nacionalsocialista, los nazis la denominan
Gleichschaltung, que se podría traducir por «sincronización»
o mejor aún, «hacer entrar en vereda». En realidad, se trata de uniformar el Reich según el lema «Ein Volk, ein Reich, ein
Führer» («Un pueblo, un imperio, un jefe»).
La aplicación del Führerprinzip al Estado suponía el final de las estructuras federales. Hitler se desprende, por tanto, de los gobiernos locales de Baviera, Baden, Gutenberg y Sajonia, adon-de adon-destina comisarios adon-de Estado nazis. El caso adon-de Prusia, donadon-de Papen ocupa este puesto, es más delicado. En abril de 1933, Hitler decide nombrar un Reichstatthalter (gobernador) en cada land, con el poder de investir o destituir a los gobiernos locales, nombrar o despedir a jueces y funcionarios. Consciente de que ha sido despojado de todo poder, Papen dimite. La ley sobre la reconstitución del Reich del 30 de enero de 1934 suprime las dietas de los länder, transfiere a este sus poderes soberanos y somete al gobierno del Reich los demás gobiernos locales. La su-presión del Reichsrat (Senado que agrupa a los representantes de los Estados) el 14 de febrero de 1934 convierte a Alemania en un Estado unitario centralizado.
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Del mismo modo, la realización de un Estado uniforme im-plica la erradicación de partidos, sindicatos y grupúsculos que reflejen la diversidad del país. La supresión de los partidos ya está muy avanzada puesto que, desde febrero de 1933, el Partido Comunista permanece prohibido (sus bienes y propiedades son confiscadas en mayo). Profundamente dividido, y a pesar de las concesiones que algunos de sus dirigentes desearían hacer al nazismo, el Partido Socialdemócrata es disuelto el 22 de ju-nio de 1933. Unos días más tarde, el Partido Nacional Alemán, cuyas oficinas han sido ocupadas por los nazis, claudica, como harán demócratas y populistas a finales de junio y principios de julio. El 4 de julio de 1933, el Centro Católico, empujado a la conciliación por el Vaticano, acepta desaparecer y será imita-do al día siguiente por el Centro Bávaro. En este momento no queda ningún partido político en Alemania aparte del NSDAP. Una ley del 14 de julio de 1933 proclama a este último el único partido autorizado y declara que será objeto de sanción la re-constitución de los partidos disueltos.
El 2 de mayo de 1933, las oficinas de los sindicatos, que también habían intentado continuar presentes en la política manteniendo su acción en el Estado nazi, son ocupadas por las SA y SS, que detienen a sus dirigentes. Todos los sindicatos se remplazan por un nuevo organismo corporativista, el Frente del Trabajo. La misma suerte corren las organizaciones paramilita-res rivales de las del NSDAP. La «Bandera del Reich» socialista y el «Frente Rojo de los Combatientes», comunista, son disueltos, mientras que el «Casco de Acero» es incorporado a las SA el 1 de febrero de 1934, tras el arresto de un determinado número de sus dirigentes.
Superados todos los obstáculos, el partido nazi encuentra vía libre para controlar al pueblo y al Estado. A partir de abril de 1933, comienza la implantación del totalitarismo. La «ley sobre la revalorización de la función pública» del 7 de abril de 1933 permite que todos los funcionarios sospechosos de poca con-vicción hacia el nazismo sean reemplazados por nazis. Joseph
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Goebbels, nombrado el 11 de marzo de 1933 ministro de Pro-paganda, instaura la concepción nazi de la cultura. A partir de mayo de dicho año, las obras de los autores socialistas, liberales, pacifistas e israelitas se queman en los autos de fe. En septiem-bre se funda la Cámara de Cultura del Reich, cuyas siete filiales controlan todas las facetas de la vida y del espíritu, y de las que hay que formar parte para poder ejercer una profesión cultural. La prensa, la radio y el cine se someten a un estricto control.
Colocado en febrero de 1933 a la cabeza del Ministerio de la Ciencia, de la Enseñanza y del Arte, Bernhard Rust, antiguo maestro de escuela cesado en 1930 por inestabilidad mental, anuncia su intención de «liquidar la escuela como institución de acrobacias intelectuales». Los profesores deben unirse a la Liga Nacionalsocialista de la Enseñanza y realizar obligatoria-mente prácticas en escuelas especializadas en las que reciben los rudimentos de la ideología nazi. Del mismo modo, las ligas nazis constituidas en todos los oficios desempeñaban el papel de auténticas cámaras profesionales.
El sistema represivo fue implantado en Prusia a partir de principios de 1933 por Göring, que infiltró mediante las SA la policía del Estado y creó la Policía Secreta del Estado, la Gestapo. A partir de abril de 1934, los poderes de policía pasan a manos de Heinrich Himmler, jefe de las SS desde 1929, que controla la policía política de todos los länder. Por otra parte, para reeducar a los oponentes, se abren los primeros «campos de concentra-ción», en Dachau y en Oranienburg-Sachsenhausen.
Por último, el totalitarismo hitleriano desvela su especifici-dad mostrando ya qué destino dramático reserva a los quinien-tos mil judíos alemanes para los que comienza la exclusión de la nación. Las acciones aisladas emprendidas por las SA contra personas o bienes judíos son suplantadas rápidamente por me-didas sistemáticas de persecución.
El 1 de abril de 1933 el partido nazi decide el boicot genera-lizado de las tiendas judías, al que hay que renunciar rápida-mente debido al sentimiento que provoca en el extranjero y a
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la dificultad de precisar lo que es una tienda judía. A partir del 7 de abril de 1933 se proclaman las leyes que expulsan a los judíos de la función pública, de las profesiones liberales, de las carreras universitarias, de la prensa, el teatro, la radio y el cine. Ciento cincuenta mil judíos abandonan Alemania; sin embargo, los demás se niegan a marcharse.
Contra los obstinados empezará una persecución metódica cuya primera etapa será la proclamación, en 1935, de las leyes de Núremberg, que anuncian la «separación biológica», prohi-biendo los matrimonios y las relaciones extraconyugales entre judíos y arios.
El totalitarismo se consagra con la ley del 1 de diciembre de 1933, que declara al NSDAP «depositario de la noción alemana del Estado» e institucionaliza su papel de instrumento de domi-nación del nazismo sobre el Estado y sobre la sociedad alemana. De esta manera, a finales de 1933 se ha realizado la mayor parte de la Gleichschaltung. No obstante, en ese momento, Hitler no es aún amo absoluto de Alemania.
Dueño del poder político, Adolf Hitler se enfrenta a diver-sas oposiciones internas a lo largo del año 1933 y principios del año 1934. La primera proviene de las filas de sus propios amigos, especialmente de las SA. Hace tiempo que Röhm y los dirigentes de la milicia nazi desean que se eliminen las estruc-turas tradicionales de la Reichswehr con el propósito de liderar un ejército alemán nazificado. Una pretensión que preocupa a los generales.
Esta dificultad viene aparejada de un problema social: las SA, auténtico movimiento popular, se ha visto aumentada, desde el 30 de enero de 1933, por una masa de desempleados y de desplazados sociales que esperan que el poder nazi les garantice una escalada social a costa de las clases dirigentes tradicionales. En sus filas aparece el ideario «segunda revolución», que a veces ponen en práctica procediendo ellos mismos a expropiaciones. Sin embargo, este resurgimiento del nazismo populista y con-testatario importuna a Hitler, puesto que amenaza con
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le perder las fuerzas que necesita para consolidar su poder, a saber, el ejército, el mundo de los negocios, la aristocracia y el presidente Hindenburg.
Así pues, sin herir las susceptibilidades de Röhm y de las SA, Hitler se esfuerza por calmar el fervor de los partidarios de la «segunda revolución».
Al mismo tiempo, debe hacer frente a las ambiciones de po-líticos que provienen de horizontes diversos. Pues, si bien el complot denunciado en junio de 1934 por Göring y Himmler, que -según se cree- unió Röhm a Schleicher y a Gregor Stras-ser, parece no haber existido más que en la imaginación de los delatores, no sucede lo mismo con la oposición conservadora. Su portavoz es Papen, que en un gran discurso pronunciado en Marburgo, en junio de 1934, se posiciona vigorosamente contra la evolución del régimen, contra sus abusos presentes y, sobre todo, contra la amenaza de una «segunda revolución». La relación de Papen con Hindenburg y con el ejército hace temer dichas denuncias: una desautorización del Presidente bastaría para arrastrar con él al ejército y pondría en entredicho el poder de Hitler.
Sin duda, el plebiscito de noviembre de 1933, que ratifica la salida de Alemania de la Sociedad de Naciones, demostró que los alemanes, en su mayoría, apoyaban al Führer en esta cuestión (95 por 100 de los votantes aprueban su decisión) y en las elecciones al Reichstag, que le suceden y tienen lugar en un clima de terror, un 92 por 100 de entre ellos votan por la lista única presentada por los nazis.
No obstante, Hitler no ignora que la aprobación popular ten-dría poco peso ante una ruptura con el Presidente y la clase diri-gente. Es este análisis el que lo lleva a pasar a la acción, máxime cuando la situación urge precipitar los acontecimientos, puesto que Hindenburg, que tiene ya ochenta y siete años, está gra-vemente enfermo y Hitler quiere sucederle para convertirse
ipso facto en jefe supremo de los ejércitos. Pero esta sucesión
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en una consulta realizada en abril y mayo de 1934 por el Führer, le dan su aprobación con la condición de que este garantice el monopolio militar del ejército con respecto a las milicias del partido nazi y que reduzca los efectivos de las SA. En cambio, es precisamente ahora cuando Röhm intensifica su propaganda a favor de la «segunda revolución». Una visita a Hindenburg el 21 de junio termina por convencer a Hitler de que urge tomar una decisión. Además, Blomberg, que se encuentra presente, hace saber al canciller que las palabras de Papen en Marburgo reflejan efectivamente la opinión del Presidente.
Una vez tomada la decisión, Hitler actúa con una brutalidad inaudita y, aprovechando una reunión de los mandos de las SA en Wiesssee, donde se encuentra Röhm, ordena su arresto el 30 de junio de 1934. La mayoría son ejecutados por las SS el mismo día en ese lugar o en Múnich, incluido Röhm, mientras que en Berlín, Göring y Himmler dirigen la represión. En total, se con-tabilizaron entre ciento cincuenta y doscientas ejecuciones.
Además, Hitler aprovecha la situación para impresionar o atacar a todos los demás oponentes. Así pues, Schleicher, su ayudante Bredow y Gregor Strasser, fueron asesinados en sus casas. La oposición conservadora también se vio afectada: el jefe de la Acción Católica, Klausener, fue asesinado, así como los dos colaboradores más próximos de Papen, su secretario Bose y el periodista Jung, redactor del discurso de Marburgo, mientras que el propio Papen fue detenido en su propia casa.
Esta masacre del 30 de junio, bautizada como «La Noche de los Cuchillos Largos» (con motivo del título de un himno de las SA: Afilaremos nuestros largos cuchillos), provoca en toda Euro-pa un sentimiento de horror. Sentimiento que no comEuro-parten ni los conservadores alemanes ni los dirigentes del ejército, quie-nes solo quieren recordar de este acontecimiento la eliminación de las SA, que les satisface y alivia. El 2 de julio, Hindenburg felicita a Hitler y a Göring por su carácter decisivo, y Blomberg, ministro de la Reichswehr, manifiesta su reconocimiento en un orden del día en el ejército.
El irresistible ascenso de un cabo austríaco 31
El 1 de agosto, víspera de la muerte de Hindenburg, el gabi-nete decide que las funciones de Presidente y de Canciller del Reich sean las mismas. Hitler se convierte en jefe de las Fuerzas Armadas. Este golpe de Estado «constitucional» es ratificado por los miembros conservadores del gabinete, del ejército, así como por los electores, de los que un 90 por 100 votan «sí» en el plebiscito del 19 de agosto de 1934 mediante el cual Hitler hace aprobar su dictadura.
En un año y medio Hitler, que podía todavía ser considerado en enero de 1933 rehén de los conservadores, puesto que estos le habían permitido acceder al poder, logró instaurar en Ale-mania un régimen absoluto de dictadura personal y un sistema totalitario de organización de la población de temible eficacia.
Hay que destacar el proceso de establecimiento del régimen nazi, sustentado permanentemente en bases legales (poder constitucional, plebiscitos, acuerdo del Presidente). Hitler nun-ca pierde de vista la necesidad de congraciarse con los grupos dirigentes y con las instituciones vigentes, pero la violencia siempre estará presente en sus actos, ya se trate de presión moral, coacción física o preparación mediante propaganda. Fi-nalmente, la experiencia del período comprendido entre enero de 1933 y agosto de 1934 demuestra que la violencia y la agita-ción no son únicamente para los nazis instrumentos con los que conquistar el poder, sino medios permanentes de gobierno.
Tras la sangrienta «Noche de los Cuchillos Largos» de ese verano de 1934, la dictadura nazi reina en Alemania y Europa comienza a aprender a vivir bajo la amenaza de este régimen infernal que se ha implantado en su centro.
Las SA: sus secuaces
Jacques Droz
¿El Estado SS? Esto es lo que, sobre todo, ha captado la aten-ción de los historiadores del hitlerismo. ¿No fue el cuerpo de las SS (Schutztafel — Servicio de Protección), desde que Adolf Hitler tomó el poder, el ejecutor fiel de las órdenes del Führer? Es este cuerpo el que se encargó de la dirección de la policía, de la vigilancia de los campos de trabajo y de exterminio y el que procedió durante la guerra al genocidio de las poblaciones conquistadas. Cuerpo privilegiado que se distinguía porque re-clutaba a sus miembros en entornos burgueses de cultura y de fortuna, incluso en ambientes aristócratas; por las cualidades físicas que exigía; por su traje negro y el emblema de la calavera. Las SS representan en el régimen nacionalsocialista la eficacia de la tecnocracia, en contraste con las SA, que provienen de las clases sociales más modestas y menos acomodadas y que conservan una visión nostálgica del pasado. Además, el pueblo alemán vivía en esa época una cadena de desprecios, ya que el afiliado al partido despreciaba al alemán medio, las SA despre-ciaban al afiliado y las SS despredespre-ciaban a las SA.
Y, sin embargo, eran las SA las que habían hecho posible que Hitler alcanzara el poder. Claro que no faltaban motivos de conflicto entre este y las SA. Cuando Hitler creó en 1921 las Secciones de Asalto destinadas a neutralizar al adversario en mítines públicos de Múnich, confió el mando al capitán Ernst Röhm —sorprendente mezcla de mercenario y de idealista— , que le aportó el apoyo de los cuerpos francos y le abrió el acceso
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a la vida política. No obstante, la voluntad de Röhm de conver-tir a las SA en un ejército clandestino, rival y complementario de la Reichswehr, condujo a Hitler, en primer lugar, a sustituirlo provisionalmente por Göring y, más tarde, a deshacerse de él en 1925. El sucesor de Röhm, Franz Pfeffer von Salomon, des-tacó que las SA debían obligatoriamente cumplir las directivas del partido, pero no pudo evitar que surgiera una oposición de carácter socialista.
No obstante, el descontento de las milicias no se debía tanto a la ideología, que además era muy imprecisa, como a la cons-tatación de que el partido ofrecía privilegios a los «bonzos» mientras que los que se dejaban la vida en los combates de calle recibían míseras recompensas. Esta contrariedad se cristalizó en torno al jefe de las SA en Berlín, Stennes, que se sublevó en dos ocasiones, en 1930 y en 1931, acusando a Adolf Hitler de haber abandonado la corriente revolucionaria del nacionalso-cialismo y de haberse convertido en un componente de una coalición reaccionaria y de jugar al capitalismo. Insatisfecho con la administración de Pfeffer, Hitler, que sospechaba que este quería convertir a las SA en una organización rival del partido y tramar un alzamiento para usurpar el poder, se atribuyó a sí mismo la dirección suprema de las SA y tomó como jefe de Estado Mayor a Röhm, que había regresado de Bolivia, donde ejercía como instructor militar (enero de 1931).
Röhm retomó la dirección de un movimiento en pleno ascen-so, ya que contaba con ciento setenta mil hombres en diciem-bre de 1931, cuatrocientos setenta mil en el verano de 1932 y setecientos mil en el momento en que Hitler tomó el poder. En 1933, Röhm supo hacer de las SA una extraordinaria orga-nización paramilitar —con estandartes que correspondían a antiguos regímenes imperiales— que realizaba maniobras de campo y poseía escuelas, y en la que decenas y, posteriormente, centenas de miles de jóvenes abocados al desempleo y a la de-sesperación, encontraron trabajo y una razón de vivir. El gene-ral Schleicher, ministro de la Guerra, percibió tanto potencial
Las SA: sus secuaces 35
en este movimiento que pensó convertir a las SA, educados por oficiales del ejército regular, en una reserva de la Reichswehr. De momento, Adolf Hitler, que necesitaba a las SA como tro-pa de choque en los mítines electorales, dejaba hacer a Röhm su voluntad, aunque las prácticas homosexuales de su entorno habían ofendido a algunos elementos burgueses del partido. «La SA —afirmaba Hitler— era una formación de hombres destinados a servir un objetivo político y no una institución moral para las jovencitas del mundo. La vida privada solo puede tenerse en cuenta si contradice los principios esenciales de la ideología nacionalsocialista».
El interés de la obra de P. Merkl es informarnos sobre los
fac-tores sociológicos que determinaron la conducta de las SA1.
¿Cuál era su proveniencia política? Una investigación reali-zada por el sociólogo norteamericano Theodore Abel sobre el caso de 581 nazis, de los cuales 337 habían sido miembros de las Secciones de Asalto o de las SS, demuestra que la mitad había pertenecido a cuerpos francos o a organizaciones nacionalistas tras la Primera Guerra Mundial y que se habían formado en un ambiente de violencia y de combate. Un gran número de ellos provenía también de organizaciones conservadoras, como la Stahlhelm, de la que se habían alejado por la altanería de los jefes y la ausencia de camaradería. Finalmente, una décima parte había luchado en la Reischsbanner socialista y, sobre todo, en el Partido Comunista. Cambiar la camisa roja por la parda era frecuente y sorprendía tanto como el pasar de una banda a otra en una gran ciudad.
«Sostengo que entre los comunistas, especialmente entre los miembros de los antiguos combatientes rojos, hay muchos sol-dados excelentes», declarará más tarde Röhm. Es más, según algunos historiadores, algunas secciones de asalto merecerían lla-marse Beefsteak-Stürme, «pardas por fuera, rojas por dentro».
Jacques Droz 36
¿De qué medio provienen? Con frecuencia su conducta se explica como una revuelta de las clases medias, amenazadas por la proletarización. Según el historiador norteamericano Lipset, el nazismo supo agrupar a la pequeña y mediana burguesía de religión protestante, principalmente, en las pequeñas ciudades, guiada por un sentimiento de animadversión hacia las grandes empresas. Tesis que W. S. Allen recoge en su libro Une petite
vi-lle nazie, 1930-1935 (Laffont, 1967) (Northeim en Baja Sajonia)
que describe cómo el nacionalsocialismo se desarrolla en una sociedad preindustrial, amenazada por la crisis económica y cuyas preocupaciones se ven agravadas por el lenguaje marxista que siguen utilizando los socialdemócratas, que, sin embargo, se habían vuelto reformistas.
Para matizar esta tesis, Merkl constata, por una parte, que nu-merosos hombres de izquierda como, por ejemplo, Thaelmann, pertenecían también a esta burguesía desplazada socialmente y, por otra, que las SA, lejos de representar una categoría social definida, lograron atraer a todas las clases sociales y, princi-palmente, al mundo obrero, ya se tratara de obreros de cue-llo azul o de cuecue-llo blanco (que constituían entre el 38 y el 21 por 100 del total). Lo que permite afirmar que «las SA sir-vieron de instrumento de introducción en el proletariado», si bien es cierto que las categorías afectadas por la propaganda nazi no son las mismas que las que se mantienen fieles e in-quebrantables a los dos partidos de izquierda. Para Merkl, no hay una explicación «monocausal» capaz de explicar el enorme desarrollo del cuerpo de las SA antes de 1933. Hay que destacar los factores psicológicos que pudieron condicionar al conjunto de la sociedad alemana: el choque de la derrota, la humillación del Tratado de Versalles, la lucha contra el separatismo renano en las primeras generaciones, la dinámica del movimiento, la ideología antisemita y la impotencia de la República para los más jóvenes.
¿Qué funciones se asignaban a las SA? Merkl diferencia tres: desfilar, luchar en las calles y hacer proselitismo. Bajo la
Repú-Las SA: sus secuaces 37
blica de Weimar, las SA cumplían la doble función de impre-sionar a la población por la estricta regularidad de la columna durante la marcha, de los uniformes y de la disciplina, que contrastaba con los cortejos famélicos de los comunistas; y de hacer reinar en el país una atmósfera de parálisis y de terror, que alentaba a su vez la demanda incesante de una dictadura capaz de restablecer el orden. No obstante, el cuerpo de las SA no constituía en absoluto, como se ha pretendido hacernos creer, un bloque homogéneo. A un proletariado de militantes y de mandos inferiores, que realizaban incursiones y sufrían pérdidas sensibles, se contraponían las instancias de mando que llevaban, junto a Röhm, una vida fácil y de perversión, en la que se desarrollaron prácticas homosexuales y que no percibían el carisma de Adolf Hitler con la misma emoción que sus tropas.
Por tanto, era evidente que, tras la toma de poder por Hit-ler, en enero de 1933, la situación de las SA plantearía proble-mas. Su número no habían cesado de aumentar, llegando a alcanzar cerca de tres millones de hombres, que participarían más tarde en los boicots antisemitas. Los actos de violencia que confesaban las SA preocupaban hasta al Estado Mayor de Röhm, que era consciente de que sus tropas se le escapan de las manos, pero se sentía obligado a satisfacer sus deseos con objeto de canalizar su ira y ponerla al servicio de las propias ambiciones personales. «La revolución que hemos hecho no es una revolución nacional —decía aún en abril de 1934— sino una revolución nacional socialista; incluso podemos subrayar la palabra socialista». Desde la toma del poder, las SA, que habla-ban de una «segunda revolución», se sentían profundamente decepcionadas por no ver al régimen enfrentarse contra las fuerzas reaccionarias, ignorando que Hitler se había vuelto, des-de hacía ya varios años, el servidor des-del mundo capitalista. No entendían que las grandes empresas judías que les habían sido presentadas como el origen de su miseria, fueran simplemente transferidas a los arios.
Jacques Droz 38
A esto se sumaba el deseo de Röhm de convertir las SA en el gran ejército alemán, en la que se integraría la Reichswehr. De ahí que se produjeran constantes interferencias en las prerrogativas militares y que los milicianos tuvieran una actitud irrespetuosa hacia los oficiales. A raíz de esto, el conflicto era inevitable y, aunque nunca se había conspirado contra el Tercer Reich, Hitler, no sin antes tratar de llegar a un acuerdo, decidió deshacerse de Röhm y de los dirigentes de las SA. «La Noche de los Cuchillos Largos», el 30 de junio de 1934, acabó con el poder de esta organización, cuyas actividades se limitaron a partir de ese momento a funciones deportivas o cívicas. Y así se erigió el poder de las SS, que hasta entonces permanecía vinculada a las SA y cuyo líder, Himmler, había sido uno de los inspiradores y ejecutores de la eliminación de sus rivales. De esta forma, el Estado SS sucedía al Estado SA.
¿El gran capital apoyó a Hitler?
Henry Rousso
Algunos hombres de negocios e industriales sentados en el banquillo del juicio de Núremberg bastaron para desacreditar a todas las élites económicas alemanas. ¿Acaso fueron todas culpables, tal como afirmó durante mucho tiempo una histo-riografía de inspiración marxista?
Como suele suceder, con la distancia y los progresos de la investigación, la historia se ha despojado de los esquemas sim-plistas y ha invalidado los tópicos de origen marxista que do-minaban los análisis realizados sobre esta cuestión.
El capitalismo alemán conoció un gran desarrollo desde el
reinado de Guillermo II, a finales del siglo XIX. La gran patronal
representaba una potencia considerable en la sociedad alemana, que perduró después de 1933, pues el capital industrial y finan-ciero constituía uno de los principales poderes de la «policracia» nazi, junto al partido, el ejército y la burocracia.
Por «gran capital» entendemos, generalmente, los principales accionistas y dirigentes de las empresas industriales, comercia-les y financieras más importantes. Entre ellas, 158 sociedades poseían un capital superior a 20 millones de Reichsmarks (RM) en 1927. Dichas empresas detentaban más del 46 por 100 del capital total de las sociedades anónimas, mientras que en nú-mero solo representaban el 1,3 por 100.
Las más importantes y, por consiguiente, las más influyen-tes eran el trust químico de IG Farben; Siemens y Allgemeine Elektrizitäts-Gesellschaft (AEG), en el sector de la construcción
Henry Rousso 40
eléctrica; las Acerías Reunidas (Vereinigte Stahlwerke), así como Krupp y Hoesch, los grandes trusts siderúrgicos; grandes bancos, como Deutsche Bank, Discontogesellschaft, Dresdner Bank, etc.
La mayoría había alcanzado un nivel de concentración muy elevado, dando lugar a los Konzerne, grupos industriales de con-centración vertical (IG Farben controlaba toda su cadena de pro-ducción química, desde la fuente de energía hasta el mostrador de venta), y los cárteles, de concentración horizontal (los acuerdos entre las diferentes sociedades del cártel del acero les permitían controlar cerca del 80 por 100 de la producción interna).
Además de ser una potencia económica, la gran patronal cons-tituía también una potencia política debido al poder de sus orga-nizaciones profesionales. Tenía una doble vocación: por un lado, negociar con los sindicatos obreros (también muy influyentes, aunque divididos en varias tendencias) y, por otro, tratar cuestio-nes de política económica con el gobierno y la administración.
Era, por tanto, lógico que todo partido que aspirara al poder intentara ganarse los favores de estos grupos de presión que tuvieron gran peso en el destino de la República de Weimar; o, por lo menos, no contarlos entre sus enemigos acérrimos. Sin embargo, el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP) parecía estar lejos de conseguirlo.
Dada su vocación «obrera», en sus inicios, el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán no suscitaba el entusiasmo de los grandes industriales. El programa nazi en 25 puntos de 1920 pedía «la supresión de los ingresos no conseguidos por medio del trabajo y del esfuerzo, así como la liberación de la servidum-bre capitalista», es decir, la impuesta por el interés (punto 11), la confiscación de los beneficios de guerra (punto 12), la naciona-lización de los Konzerne (punto 13), la «participación» (sin más precisión) en los beneficios de las grandes empresas (punto 14), la entrega de grandes almacenes a la administración comunal y su alquiler a bajo precio a los pequeños comerciantes (punto 16), y una reforma agraria que contemplara expropiaciones a gran escala (punto 17).
¿El gran capital apoyó a Hitler? 41
Finalmente, el último punto perfilaba un corporativismo bá-sico, puesto que recogía la creación de «cámaras profesionales»,
correas de transmisión de un «fuerte poder central»1. Ni a la
nacionalización de la economía ni a establecer un programa coherente, estas intenciones solo se dirigían a elementos tradi-cionales en el contexto de la crisis de principios de los años 20: los monopolios, los capitales especulativos y «apátridas», y los grandes propietarios agrícolas.
A este programa anticapitalista del partido nazi se sumaban las ideas confusas de su jefe en materia económica y social. ¿Consideraba Adolf Hitler que la economía era «algo de im-portancia secundaria», como proclamó en un discurso en sep-tiembre de 1922? Lo cierto es que en Mein Kampf no se hace mención a este tema, salvo para afirmar que un partido que estuviera dedicado por completo a la Weltanschauung y que se ocupara de problemas económicos correría el riesgo de desviar su energía de los asuntos políticos fundamentales.
Sin embargo, una vez en el poder, Hitler se mostró a menudo interesado por las cuestiones relativas a la economía del rearme o de las materias primas y desempeñó un papel directo en la elaboración del Plan de Cuatro Años.
No obstante, nunca fue un ferviente partidario de la propie-dad privada y, por tanto, del sistema capitalista tradicional, y apoyó sin cesar la primacía de la política sobre la economía. ¿Pero, entonces, por qué el mundo de los negocios decidió apo-yar a Hitler y a los nazis?
Es cierto que, en la Alemania de los años 20, los capitalistas se desvincularon progresivamente de la República de Weimar debido a las concesiones y a las ventajas que concedía a la clase obrera, y que les resultaban cada vez más difíciles de sopor-tar, sobre todo, en el contexto de la crisis política. Después se acercaron a Hitler y al partido nazi, ya que los partidos
con-1 Cf. el texto completo en Martin Broszat, L’État hitlérien. L’origine et l’évolution des
Henry Rousso 42
servadores y nacionalistas tradicionales no respondían a sus aspiraciones.
Este cambio de orientación, que se sitúa entre 1923 y 1933, se explica no solo por el intenso conflicto existente entre la burguesía y la clase obrera, sino también por las profundas divergencias de las clases dirigentes: conflictos entre los pro-ductores agrícolas y los industriales, cuya alianza tradicional, que databa de la Alemania imperial (Sammlung) se había roto tras la Primera Guerra Mundial; choque entre las industrias pesadas cartelizadas, de tendencia proteccionista, y las indus-trias de transformación, partidarias de una mayor integración en el mercado mundial; y por último, conflictos de naturaleza política y social sobre la necesidad de establecer acuerdos con los sindicatos obreros.
No obstante, los archivos de la patronal alemana y del parti-do nazi desmienten tajantemente la tesis según la cual el gran capital aportó una ayuda progresiva e intensiva a Hitler antes de las elecciones de marzo de 1933, luego a fortiori, antes de su nominación al puesto de Canciller.
Dichos archivos ponen en entredicho tres cuestiones funda-mentales: la adhesión de los industriales al nazismo, la finan-ciación del NSDAP con dinero de la patronal y la creación de un grupo de presión prohitleriano en los últimos años de la
República de Weimar2.
A partir de 1926, el partido nazi se lanzó a la conquista de una cierta respetabilidad. Por razones de estrategia política, Adolf Hitler puso entre paréntesis los 25 puntos, pues se dirigía cada vez más a un público compuesto por dirigentes económicos. Así ocurrió durante la primera reunión en Essen, el 18 de junio, seguida por tres más en 1926 y en 1927, así como en sus viajes «triunfales» en el Ruhr en otoño de 1931, y aún más durante la reunión en el club industrial de Dusseldorf, el 27 de enero de
2 Cf. la obra fundamental de Henry A. Turner, German Big Business and the Rise of
¿El gran capital apoyó a Hitler? 43
1932. No obstante, el resultado de estas reuniones fue global-mente mediocre. Se produjeron acercamientos y adhesiones al NSDAP, pero pocas entre los grandes capitalistas y aún menos entre las personalidades que podían influir de manera notable, en especial, en el seno de las poderosas federaciones profesio-nales. Dichas adhesiones se realizaban siempre a título indivi-dual, pues las grandes organizaciones nunca tomaron posición públicamente a favor de Hitler antes del año 1933.
Fritz Thyssen, fundador y principal accionista de las Acerías Reunidas, fue el más relevante de estos miembros. En enero de 1931 se unió al NSDAP por mediación de Göring, consecuencia lógica de sus posiciones ultranacionalistas. Además, había
apo-yado ya el golpe de Estado de Múnich3. Fue el único industrial
de gran envergadura que se comprometió sin reticencias con Hitler.
Otros capitalistas de menor importancia apoyaron al partido nazi, como es el caso de Emil Kirdof, industrial militarizado y re-accionario, apodado el «Bismarck del carbón», que se afilió al par-tido nazi en 1927, con ochenta años, y dimitió un año más tarde, escarmentado por las tesis anticapitalistas que seguían activas.
Friedrich Flick, magnate del Rhur sin grandes escrúpulos, que repartía subsidios a todos los partidos, incluido al Partido Social Demócrata (SPD), entabló amistad en 1932 con Hein-rich Himmler. Afiliado al NSDAP en 1937, formó parte de esos grandes industriales que llegaron a ser cómplices activos del Tercer Reich.
La presencia de los banqueros Emil Geog von Stauss y Kurt von Schroeder no evidenciaba una adhesión masiva por parte
3 Habiendo roto su vínculo con los nazis en 1939, se refugia en Suiza y después en
Francia, donde será entregado a los alemanes por el Gobierno de Vichy. En un artículo publicado en Estados Unidos realiza una confesión pública (I paid Hitler, Nueva York, 1941) en la que afirma haber entregado a Hitler 100.000 marcos de oro durante el golpe de Estado del 9 de noviembre de 1923. H. A. Turner pone en duda esta afirmación, alegando pruebas, al igual que pone en duda el apoyo que Hugo Stinnes, otro magnate del Rhur, aportó al recién fundado NSDAP.
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de los medios financieros, sin embargo, fue por iniciativa de este último y en su mansión donde tuvo lugar el encuentro decisivo entre Adolf Hitler y Franz von Papen el 4 de enero de 1933, que tenía por objetivo crear un ministerio de coalición dirigido por Hitler. Este hecho explica el papel desmesurado que la historiografía clásica le atribuyó.
Se observaron, en cambio, numerosas adhesiones de ejecu-tivos y de jefes de pequeñas y medianas empresas, que mostra-ban mucha más antipatía hacia la socialdemocracia y hacia los sindicatos obreros que los grandes hombres de negocios y, por consiguiente, eran más receptivos a los discursos antimarxistas de los nazis.
Entre ellos se encontraban importantes dirigentes del Tercer Reich. Por ejemplo, Wilhelm Keppler, director de una pequeña empresa en Baden, afiliado en 1927, fundador del círculo que lleva su nombre y encargado de la propaganda en el mundo empresarial, llegó a ser en 1935 el asesor económico de Adolf Hitler. Albert Pietzsch, un pequeño empresario de Múnich, ocu-pó la presidencia de la Cámara económica nacional del Reich. Otto Wagner, que abandonó la dirección de una empresa de máquinas de coser para ser nombrado, en agosto de 1929, jefe del Estado Mayor de las SA, fue posteriormente ascendido a jefe de la sección económica del NSDAP.
A esta lista hay que añadir a Walther Funk, editorialista eco-nómico en el periódico financiero Berliner Börser-Zeitung, que fue ministro de la Economía del Reich desde 1937 a 1945.
No obstante, de todos esos nombres, incluido el de Fritz Thys-sen, ninguno tenía influencia o credibilidad suficientes para atraer a los grandes empresarios a la órbita del partido nazi. La única excepción relevante es Hjalmar Schacht, que fue sin lugar a dudas el más prestigioso de los «compañeros de viaje». Este financiero «mago» de Weimar, responsable de la espec-tacular recuperación monetaria de 1924 tras la hiperinflación, se unió a Hitler en septiembre de 1930, tras haber dimitido como presidente de la Reichsbank.
¿El gran capital apoyó a Hitler? 45
A pesar de estas afiliaciones y de la propaganda activa de Göring, Schacht, Thyssen o del círculo Keppler, el partido nazi nunca recibió contribuciones considerables del mundo de los negocios.
Finalmente, la creación de un grupo de presión patronal pro nazi durante los últimos años de la República de Weimar, tam-bién se debe a la interpretación abusiva o a la simple y pura leyenda.
En otoño de 1932, antes de las elecciones cruciales de no-viembre, los nazis llevaron a cabo una violenta campaña anti-capitalista, populista y proagraria que incitó a un gran número de grandes industriales, tales como Krupp, Albert Vögler, el director de las Acerías Reunidas, Siemens y muchos otros, a in-tervenir directamente contra ellos. Así, durante una reunión en Berlín el 19 de octubre de 1932, acordaron la unión de todas las fuerzas nacionalistas y conservadoras, excluyendo al NSDAP, y el apoyo al canciller von Papen.
Según el historiador Henry A. Turner, esta política contri-buyó a hacer retroceder a los nazis, lo que benefició relativa-mente a sus adversarios de derecha. Este autor desmonta un cliché que siempre se ha propagado en la literatura sobre el nazismo: la carta que Schacht envió al presidente Hindenburg justo después de las elecciones de noviembre de 1932, solicitan-do, en nombre de grandes dirigentes del mundo empresarial, el nombramiento de Hitler al puesto de Canciller. Henry A. Turner revela, por el contrario, que «ningún nombre del gran capitalismo industrial y financiero concedió su firma», salvo el mismo Schacht, Thyssen y el banquero von Schroeder, los tres
conocidos desde hace mucho tiempo por su inclinación nazi4.
4 Numerosos autores franceses y de otros países siguen escribiendo que esta carta fue
«firmada por los grandes nombres de la industria alemana», entre los que se encontra-ban Krupp, Siemens, Reusch, Bosch, etc. El error proviene de una confusión entre la carta propiamente dicha, de la que H. A. Turner cita los diecinueve firmantes reales, y un borrador encontrado entre los documentos de von Schroeder, en el que figuran una