Entrevista con Saul Friedländer
L’Histoire.— La noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 ha queda-
do en la historia como la «Noche de Cristal». ¿Puede explicar- nos con todo lujo de detalles lo que pasó en ese momento?
Saul Friedländer.— El 7 de noviembre, un joven judío polaco
que vivía en París, Herschel Grynszpan, deseoso de protes- tar contra el destino reservado a los judíos polacos —entre ellos sus propios padres—, que habían sido brutalmente expulsados de Polonia, compra un revólver, se presenta en la embajada de Alemania y es enviado a la oficina del primer secretario, Ernst vom Rath. El joven le dispara, hi- riéndole demuerte. Vom Rath vivirá aún dos días más, hasta el día 9.
Todos los 9 de noviembre, los veteranos del partido nazi se reunían en Múnich para conmemorar el alzamiento fallido que se produjo en la mencionada fecha; Hitler siempre esta- ba presente en esas reuniones. Luego, el 9 por la tarde, vom Rath muere en París. Adolf Hitler se entera por la noche en Múnich. Después tiene lugar una conversación entre él y Joseph Goebbels. Sabemos hoy, por un fragmento del diario de Goebbels que fue encontrado en la antigua Unión Soviética y publicado recientemente, que Hitler le ordenó en ese momento poner en marcha el mecanismo de un pogromo a escala nacional.
Una vez que el Führer se hubo marchado, Goebbels pro- nunció un breve discurso ante los jerarcas del partido anun-
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ciando que vom Rath había muerto. Utiliza una fórmula ambigua pero perfectamente comprendida por los asisten- tes: cuando se manifieste la ira popular, la policía no deberá intervenir para impedir que se exprese. Lo que significa que la violencia tiene que desencadenarse y nada debe detener- la. Después da unas instrucciones muy precisas: hay que incendiar las sinagogas y destruir las tiendas judías.
L’H.— ¿Se trató, desde el principio hasta el final, de crímenes
cometidos por las SS?
S. F.— Era algo completamente organizado y perpetrado por
SA, SS, miembros de las Juventudes Hitlerianas y por el Frente de Trabajo, pero todos habían recibido la orden de presentarse de civil para dar la impresión de que eran ale- manes «corrientes».
L’H.— Volvamos a la noche del 9. ¿Qué pasó una vez dadas las
órdenes?
S. F.— Los hechos se producen de la siguiente manera: toda la
vieja guardia que estaba presente en Múnich —eran todos Gauleiter (jefes regionales) o altos miembros del partido— se precipita hacia los teléfonos para informar a sus tropas de lo que se acababa de decidir. Y la máquina se pone a funcionar. Esto se produce en todos los lugares del mismo modo: las unidades de SS y de SA se presentan en puntos de concentración desde donde se dirigen a los barrios judíos. Tomemos un ejemplo preciso, el de la ciudad de Innsbruck. Austria había sido anexionada a Alemania mediante el Ans- chluss en marzo de 1938. Todavía quedan algunas familias judías en ella, aunque a los judíos de provincia se les dio la orden de reunirse en Viena si no podían emigrar. Pequeños grupos de SS van de una dirección a otra y ejecutan a los responsables de la comunidad, mientras otros saquean las tiendas judías y queman las sinagogas. A Richard Berger, el más alto dignatario de la comunidad, lo sacan de la cama y se lo llevan en coche, en pijama; le dicen que se encaminan a la sede de la Gestapo, pero él se da cuenta de que no han
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tomado la dirección correcta. El coche se detiene en la orilla del Inn y tiran su cuerpo sin vida al río tras dispararle y golpearle con la culata del revólver.
¿Cuáles fueron exactamente las instrucciones? ¿Se les dio la orden de disparar? Sin duda, de forma implícita. Cuando a Goebbels le informan oficialmente de la primera muerte, la de un judío de nacionalidad polaca, responde que no va a hacer un mundo de eso por un judío polaco. Lo que indica a los que le rodean que se puede continuar haciendo eso. Rápidamente se produce un centenar de muertos. Hubo asesinatos, y también suicidios. Posteriormente se detiene y envía a campos de concentración a cerca de treinta mil hombres, lo que aumenta, evidentemente, el balance.
L’H.— ¿Cuál fue la actitud de la población ante estas exaccio-
nes y estos asesinatos? ¿Cómo reaccionaron los alemanes «corrientes»?
S. F.— Seguramente hubo personas que aprovecharon el desor-
den para saquear. Pero la población en su conjunto no par- ticipó en lo que estaba ocurriendo. Podemos más bien decir que manifestó cierta reticencia. En Leipzig, donde tiran a los judíos a un pequeño río que cruza la ciudad, y donde se pide a los curiosos que les escupan y que les peguen, las personas allí presentes se alejan, pero cuando empiezan sus protestas, las SA y SS reaccionan con brutalidad. En general, la población parece tener miedo.
No obstante, hay que matizar. Algunas personas opinan que lo que hacen los nazis no es suficiente. En Berlín se ha escuchado a obreras decir que era una pena que los judíos no estuviesen encerrados en las sinagogas cuando las que- maron. En otros sitios, en Hamburgo, por ejemplo, donde los judíos estaban integrados y se celebraban numerosos matrimonios mixtos, la población se desentiende de la violencia. En realidad, lo que parece haber impresionado a las personas son los daños materiales. ¿Cómo resumir todo esto? Como una mezcla de vergüenza, de pasividad,
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de reticencia hacia el desorden y la violencia gratuita. No es necesariamente simpatía por las víctimas.
L’H.— ¿Y cómo reaccionaron los propios judíos ante esta implan-
tación progresiva de un sistema de exclusión?
S. F.— Los judíos, por extraño que parezca hoy día —hay
que tener cuidado con no interpretar la historia a contra- corriente— no se apresuran a emigrar: en 1933 solo treinta y siete mil de los quinientos veinticinco mil abandonan Alemania. La población del país era de aproximadamente sesenta millones de personas. Al año siguiente, huyen un poco más de veinte mil, y así cada año hasta 1938. «La Noche de Cristal» supone un cambio desde este punto de vista. Sin embargo, cuando estalla la guerra, en 1939, que- dan todavía doscientos mil en el antiguo Reich (es decir, Alemania sin Austria).
Algunas personas exclaman: «Pero bueno, ¿no veían aque- llos judíos alemanes o austriacos o checos lo que les iba a ocurrir?» Pues no, no podían prever lo que nadie preveía. Además, emigrar era algo extraordinariamente difícil. Por lo que se dijeron que tal vez sería mejor quedarse e intentar aguantar. En este contexto, «La Noche de Cris- tal» supone verdaderamente una ruptura. Luego cundió el pánico.
L’H.— Para concluir, ¿cómo interpreta lo que sucedió durante
la noche del 9 al 10 de noviembre? Usted ha empleado el término de «pogromo». ¿Para usted, esta terrible persecución proviene una vez más de una tradición «clásica» de la vio- lencia antijudía? ¿O bien los nazis elaboraron algo «nuevo», que anunciaría la Solución Final?
S.F.— Hablo de «pogromo», en primer lugar, porque «Noche
de Cristal» es el término que eligieron los mismos nazis para calificar el acontecimiento. En segundo lugar, por- que se trata, efectivamente, de una violencia súbita y casi inmediatamente interrumpida. Y en esto se parece a los pogromos clásicos de la Rusia zarista, que también eran
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alentados por las autoridades. Es con diferencia el mismo esquema: violencia organizada contra los bienes, contra los lugares de reunión culturales, simbólicos, etc., y ma- sacres. Pero no tiene aún nada que ver con una política de exterminio.
En 1938 no se podía prever lo que ocurriría a partir de 1942. Lo que parecía evidente es que el nazismo había aumentado la brutalidad hacia los judíos y que el objetivo era eliminar- los de Alemania. Era el resultado de todas las persecuciones anteriores, con una violencia creciente, pero una violencia que todavía tenía sus propios límites.