Saul Friedländer
Seis décadas nos han permitido acumular los detalles sobre el destino de los judíos de Europa durante la Segunda Guerra Mundial, pero nuestra comprensión de los hechos se enfrenta siempre a la misma opacidad. Siempre nos hacemos la misma pregunta: ¿cómo fue posible el exterminio de los judíos, qué explicación podemos dar en términos históricos?
Ninguna explicación monocausal puede explicar el fenóme- no estudiado. El exterminio de los judíos resulta de la conver- gencia, en una configuración única, de determinadas fuerzas identificables. En efecto, percibimos de entrada que, sin el control burocrático y las técnicas de dominación y de destruc- ción modernas, no podría haber existido la Solución Final; pero también observamos que el resurgimiento de mitos antiguos, de obsesiones que recuerdan los movimientos milenaristas y las visiones de combates apocalípticos, el temor de maleficios demoníacos y el horror de lo Impuro.
En consecuencia, la acción de los nazis está ligada a la irrup- ción de obsesiones arcaicas elaboradas en términos ideológicos contemporáneos que se traducen en un exterminio masivo me- diante los medios de dominación y de destrucción modernos. Nos encontramos, pues, sumergidos en la historia y, frente a la evolución del mundo contemporáneo, en términos que no excluyen el análisis, pero en un contexto único.
De generación en generación el grupo mayoritario proyectó sobre los judíos algunos de sus temores. En la mayoría de los
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casos, dichos mecanismos de protección, de origen social y cul- tural, se desarrollaron de una manera relativamente benigna. Sin embargo, en una minoría, la actitud antijudía se convirtió en una válvula de escape para expresar trastornos emocionales profundos.
En los períodos relativamente tranquilos, las obsesiones anti- semitas extremas no adquieren demasiada importancia fuera de un grupo restringido; pero en tiempos de crisis social profunda, la regresión emocional de la que son presas las masas, al igual que la relajación de los mecanismos de control racional, abren un vasto campo de influencia a dicha minoría. Este es el telón de fondo sobre el que se propagó el antisemitismo extremo en la sociedad alemana tras la Gran Guerra y el terreno propicio para la eclosión de las obsesiones de Hitler. Sin embargo, este análisis general que, desde luego, aclara el contexto del aumento del antisemitismo nazi no define la forma específica de odio al judío y tampoco explica la posible relación entre patología y burocracia, es decir, entre las obsesiones antisemitas de un grupo dirigente y su expresión práctica en el amplio marco organizacional de la Solución Final.
En el mito hitleriano del judío encontramos, a distintos ni- veles, los dos componentes fundamentales de toda mitología sobre el tema hebreo, al menos desde la Baja Edad Media: la fuerza maléfica y el ser impuro; dos elementos que parecen ir de la mano en la caracterización de grupos marginales entre las sociedades más diversas. En la obra de Hitler, estas carac- terísticas generales aparecen con una forma concreta en tres niveles distintos.
Primeramente, una concepción casi metafísica del judío que lo erige en principio cósmico del Mal. Esta desviación mani- fiesta de tendencias religiosas extremas del antisemitismo se desprende claramente de las entrevistas de Hitler con Dietrich Eckart y en algunos pasajes de Mein Kampf («Si el judío gana, su corona será la corona mortuoria de toda la humanidad»). Es sobre todo a este nivel que Hitler integra los diversos relatos
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que guardan relación con la voluntad de los judíos de dominar el mundo: Los protocolos de los sabios de Sión. Este texto del antisemitismo moderno, de cuya autenticidad Adolf Hitler no tiene ni la más mínima duda, permite constatar y prever los perjuicios del «principio» judío del Mal en el ámbito político.
También existen pruebas de esta acción universal de los judíos en el siguiente nivel, donde encontramos una versión extremista de la clásica teoría de las razas superiores. Pero aho- ra, a través de la polución racial, del internacionalismo, de la democracia, del marxismo y del pacifismo, aspiran a la domi- nación mundial.
Por último —y este es tal vez el aspecto más importante del mito—, los nazis consideran al judío como un bacilo, un posible foco de infección fatal. Este planteamiento bacteriológico no debe confundirse con un enfoque puramente racial. Pues, esta imagen se observa, ante todo, en la actitud espontánea, pero también en las prácticas y los ritos de exterminio. Durante su discurso pronunciado el 4 de octubre de 1943, con motivo de una reunión de jefes militares SS, Heinrich Himmler habla de los rusos refiriéndose a un contexto racial y de los judíos en referencia a un contexto bacteriológico. Los rusos se asemejan a animales, pero los judíos son bacilos que hay que eliminar a cualquier precio y esto, precisa Himmler, de tal manera que aquellos que se involucren en esta tarea no se contagien: «No queremos, en el proceso de eliminación de un bacilo, ser conta- giados, enfermar y morir».
¿Cómo la distinción entre los tres niveles del mito permite integrar la dimensión patológica en el contexto de la política de exterminio nazi y, más precisamente, establecer una rela- ción entre la patología de un grupo restringido y la perfecta ejecución del propósito mortal de un pequeño grupo mediante la inmensa máquina burocrática? Sin duda, el carisma de Hit- ler contribuyó en gran medida a influenciar y a difundir sus fantasías antijudías. Pero, más aún, es la tendencia constante del nacionalsocialismo a eliminar cualquier distinción entre el
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ámbito del símbolo y el de la realidad la que facilita, por defini- ción, que la fantasía invada la evaluación de la realidad. De este modo, el elemento microbiano en el mito nazi del judío fue el factor desencadenante de la irreductible necesidad de excluir primero la persona física y, luego, exterminarla.
La ideología racial, adaptada a la mentalidad de la pequeña y de la mediana burguesía, sirvió de marco de referencia. Las di- rectivas dadas al cuerpo de funcionarios encargados de aplicar los detalles de la Solución Final se racionalizaron según estos criterios. Sin embargo, esta ideología era demasiado impreci- sa para poder desempeñar el papel de motor principal; solo puede haber servido como correa de transmisión entre una tendencia asesina de naturaleza patológica y la organización burocrática y técnica del exterminio. Dicha ideología se ins- cribía en una síntesis mucho más amplia cuyos componentes eran las corrientes neorrománticas y antiliberales, así como el antimarxismo.
Por tanto, la ideología parece ser un vínculo entre la actitud antijudía de los nazis y el comportamiento de los testigos, es decir, de la sociedad occidental. El rechazo creciente de los valores legalistas y universalistas del liberalismo tradicional iba acompañado de una disposición cada vez mayor a anular la igualdad de derechos de los judíos. Cuando Rothmund, jefe de la policía suiza, en 1938 dio a los alemanes la idea de im- primir la letra J en el pasaporte de los judíos de Alemania y de Austria, sugería implícitamente suprimir los derechos lega- les de los judíos en el mundo occidental. Y fue precisamente Georges Bonnet, el ministro francés de Asuntos Exteriores quien, durante una entrevista con Ribbentrop a finales de 1938, mencionó la posibilidad de embarcar a miles de judíos para Madagascar…
Al hablar de la actitud de la sociedad occidental para con los judíos, no hemos mencionado ni los actos de valentía y de bondad ni algunas protestas públicas ni las manifestaciones de solidaridad. En efecto, nuestra intención es plantear las princi-
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pales características de una tendencia general. En este sentido, parece ser que el comportamiento de una parte importante de la sociedad occidental para con los judíos estuvo relacionado con la misma crisis interna que motivó la actitud de estos grupos hacia el nazismo.
Mientras que los judíos, que perdían su estatus legal, se es- taban convirtiendo en outsiders en su relación con el mundo occidental, los nazis aparecían para muchos (sobre todo des- pués de que ganaran la batalla contra la Unión Soviética) como auténticos poseedores de los valores occidentales: verdaderos
insiders, aunque fueran enemigos mortales. Sin embargo, ayu-
dar al primero contra el segundo requiere una gran motivación y, por esa única razón, los judíos no tenían posibilidad de que se les prestara ayuda antes de que, para muchos de ellos, fuera demasiado tarde.
Tras haber formulado algunas hipótesis sobre el comporta- miento de los exterminadores, el de los testigos y la relación entre ellos, nos concentraremos en las víctimas y nos planteare- mos la cuestión de saber si algunas características del comporta- miento de los judíos facilitaron el trabajo de los exterminadores o, por el contrario, se lo dificultaron. ¿La actitud de los judíos contribuyó mínimamente a la pasividad de los testigos?
Hoy día sabemos que los judíos no eran conscientes de la amenaza que empezó a perfilarse a partir de los años 30. Po- demos alegar que no existía ningún medio de prever el exacto desarrollo de un proceso único como ese. Aunque habría podido aparecer un sentido de la inminencia del peligro, desde la toma del poder por Hitler. Sin embargo, la mayoría no entendieron que la época de los cambios radicales había llegado.
Un gran número de judíos alemanes, y de judíos europeos en general, se negaban a constatar el fracaso de la asimilación-sim- biosis, la vanidad de sus esperanzas y de sus esfuerzos. Aban- donar sus ilusiones los habría obligado a sacar las conclusiones más lamentables, no solo en el plano abstracto, sino en lo que se refiere a la verdadera naturaleza de su judaísmo y a la propia
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existencia física de los judíos en Europa. Esto incluso hubiera implicado decisiones que transformarían sus vidas cotidianas, conclusiones que muchas personas no se atrevían a sacar y que hubieran significado cortar con raíces consideradas como poderosas y reales y emprender un nuevo camino —desagra- dable para la mayoría—, el de la expatriación, fuera cual fuera su destino geográfico.
Es más, los judíos se consideraban ya miembros de pleno derecho de la sociedad occidental y adoptaban sus criterios de percepción y de juicio. Muchos de ellos estaban íntimamente convencidos, al igual que algunos europeos, de que los nazis —miembros de la sociedad occidental—, después de todo, se «instalarían». Por todas estas razones, entre 1933 y 1938 la tasa de emigración de Alemania fue relativamente baja.
Fuera cual fuera, el comportamiento social de los judíos con- tribuyó a reforzar las actitudes de rechazo y de pasividad de aquellos que iban a ser los espectadores de la catástrofe. Sabe-
mos que los eslóganes antisemitas del siglo XIX fueron avivados
por la fuerte implantación de los judíos en el auge y expansión del capitalismo moderno y conocemos las repercusiones que tuvieron dicha realidad y dichos eslóganes tras la Primera Guerra Mundial. Mencionemos, como ejemplo, un solo caso, el del papel de los judíos en la economía de guerra alemana. El problema comienza con el nombramiento, al principio del conflicto, de dos magnates judíos de la economía alemana, Walter Rathenau y Albert Ballin. El primero como director de la oficina para la distribución de materias primas y, el segundo como director de la oficina central de importaciones. Bajo la égida de estos dos organismos se forman numerosas empresas comerciales en las que trabajan un número considerable de judíos o dirigidas por ellos. A medida que se acrecentaban la miseria y la amargura tras la prolongación del conflicto, ejemplos de este tipo, aumentados por los rumores públicos, se incrustan en las mentes… Parece que el capitalismo judío explota al país en el momento de su mayor desgracia.
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Pero aún más importante sería el caso del judío revolucio- nario y detractor de los valores establecidos. Así, tanto en Ale- mania como en Austria, los críticos más acerbos de los valores
más sagrados eran judíos, tal como Harden, Kraus, Tucholsky1.
Estos críticos atacaban los valores culturalmente reconocidos y hasta el mal uso del idioma alemán… Nada podía haber infec- tado más las heridas de una sociedad profundamente dañada y presa del sentimiento de que sus tradiciones más preciadas se desintegraban brutalmente.
Para evitar interpretaciones erróneas de nuestra tesis, aclara- remos lo siguiente: hayan lo que hayan o no hecho los judíos, no habrían podido reducir el antisemitismo como tal ni oponerse al surgimiento de la forma mortífera que este adoptó en los nazis, bajo el efecto de una corriente demencial y de una des- integración social en aumento —dos factores completamente independientes de los judíos—. Sin embargo, no es improbable que la identificación de los judíos con la revolución mundial facilitara la repercusión de la propaganda nazi y consolidara la tendencia preexistente de la sociedad occidental de considerar a los judíos como elementos indeseables que hay que excluir —independientemente de lo que resulte de esta exclusión—. Pero una de las razones por las que una parte de la sociedad judía se implicó fervorosamente en la revolución es, parece ser, porque tras haber abandonado física y espiritualmente el gueto, no encontraron una sociedad no judía dispuesta a integrarlos y a aceptarlos tal como eran —aparte de otorgarles los plenos derechos como ciudadanos que les concedieron—. La dialéctica del antisemitismo es implacable
En 1944, Hannah Arendt hablaba, a través de la «tradición paria», de la total extrañeza, de la soledad del judío. Arendt
1 El escritor alemán Maximilian Karden (1861-1927) llevó a cabo una activa campaña
de prensa contra la política del emperador Guillermo II. Su compatriota Kurt Tucholsky (1980-1935) publicó violentas críticas del chovinismo y del militarismo alemán. Por su parte, el austriaco Kark Kraus (1874-1936) juzgó la vida social, cultural y política de su país.
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citaba aquella frase de El Castillo, de Franz Kafka, en la que al héroe, símbolo del judío, le dicen: «Usted no pertenece al castillo, no es del pueblo, usted es un don nadie». Si tenemos en consideración ahora, en la configuración global de la his- toria, la relación del judío con esta sociedad occidental en la que ha intentado integrarse y de la que ha sido expulsado, una sociedad que lo dejó solo cuando más la necesitaba, entonces el simbolismo de El Castillo alberga un profundo significado que Hannah Arendt no menciona: el héroe de la novela, el judío, es un extranjero que cree que lo han autorizado a entrar en el sistema social representado por el castillo del pueblo. Claro que ha sido formalmente invitado (¿es esto siquiera cierto?), pero cuando el personaje intenta adaptarse al sistema, se percata de que nadie está dispuesto a aceptarlo. Después se hace revolucio- nario a su manera: intenta esquivar el sistema tradicional de la autoridad, expresa su indignación ante la injusticia tal y como ve que se practica y se pone de parte de los parias del sistema (la familia Barnabás).
El esfuerzo revolucionario del héroe de El Castillo es ambi- guo. Por lo que es, en este sentido, símbolo de la situación judía en la sociedad moderna. A su aspiración por el cambio radical se opone un intenso deseo de pertenecer a la sociedad tal y como es, a la comunidad mayoritaria. Cuanto más se esfuerza el héroe de la novela, el judío, por pertenecer a ella, más se le aísla y más segura es su caída. Podemos imaginar el término de su maldición y el veredicto final.
Kafka nunca terminó la novela, pero contó a algunos de sus amigos el final que tenía pensado. Según el relato de Max Brod, el héroe cae cada vez más bajo. De repente, llega un mensaje proveniente del castillo: ha sido aceptado. Pero el mensaje llega demasiado tarde, pues el héroe está moribundo o ya muerto.
Cuando, tras finalizar la guerra, la sociedad occidental abrió sus brazos a los judíos; y cuando, como reacción al descubri- miento de la magnitud de las masacres perpetradas por los na-
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zis, se apartó al menos temporalmente la tradición antisemita, fue dejada de lado, la mayoría de los judíos de Europa ya no podía integrarse en la nueva sociedad. La cuestión más difícil sigue sin tener respuesta, tal vez, para siempre; la pregunta fundamental para entender el pasado y prever el futuro es: ¿el castillo envió el mensaje porque se había reconocido la injusti- cia y el daño causado? ¿O bien el mensajero fue enviado porque el héroe había muerto, por fin?