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1938: el año de Adolf Hitler

In document El Nazismo. Preguntas Clave - Kershaw, Ian (página 152-162)

Philippe Burrin

Desde que llegara al poder en enero de 1933, Hitler había multi- plicado los hechos consumados, pero nunca había llegado tan lejos como en el año 1938, en el que la Alemania nazi estuvo constan- temente en el punto de mira de la actualidad. En marzo, Austria es anexionada de forma fulgurante. En septiembre, durante la Conferencia de Múnich, el Reich consigue la anexión de una gran parte de Checoslovaquia y la región de los Sudetes, una vez más, sin derramar una sola gota de sangre. En noviembre, la violencia que se desencadena contra los judíos del Reich en la siniestra «Noche de Cristal» suscita la conmoción en el mundo entero.

A diferencia de las jugadas anteriores, de las que la más im- portante había sido la remilitarización de Renania en marzo de 1936, las de 1938 tienen lugar tras una pausa de cerca de dos años y marcan el paso a la ofensiva fuera de las fronteras alemanas; una ofensiva en la que la intimidación y la amenaza se emplean sin reservas. Se acabaron los peones movidos sin avisar, pero precedidos inmediatamente de estridentes protes- tas de paz. En el año 1938, Hitler habla alto y fuerte, amenaza con el puño, golpea la mesa, sobre todo, durante el congreso del partido nazi en Núremberg, en septiembre, donde reclama el desmembramiento de Checoslovaquia, hablando de hacer la guerra. El régimen nazi se radicaliza o, mejor dicho, se realiza: apenas dotado de una potencia militar, muestra el fondo des- tructor de su naturaleza, mediante su afición por el riesgo y su culto a la fuerza bruta.

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Hitler había anunciado, en petit comité a finales del año an- terior, que llegaba la hora de la expansión. El 5 de noviembre de 1937 había reunido en la Cancillería al ministro de Asuntos Exteriores von Neurath, y a los altos responsables militares del Reich: al ministro de Guerra, von Blomberg, así como a los jefes de los tres ejércitos, von Fritsch, del ejército de Tierra; Göring, de Aire y Raeder, de la Marina. Sus palabras, recogidas en el famoso protocolo Hossbach, por el nombre de su ayudan-

te militar, habían sido muy claras1. Hitler había comenzado

la conferencia pidiendo que se considerara su punto de vista como su «testamento», en caso de una desaparición repentina. Posteriormente había justificado largo y tendido la necesidad de una expansión territorial rechazando cualquier otra solución, ya fuera la autarquía dentro de las fronteras existentes o el forta- lecimiento del país mediante la ampliación de su participación en el comercio internacional.

«Solo la violencia puede aportar una solución al problema alemán —había recalcado— y la violencia comporta riesgos». La expansión no podía esperar indefinidamente, debía reali- zarse, como muy tarde, en 1943-1945, salvo que se perdiera el margen de superioridad que Alemania adquiría sobre sus adversarios a causa de su precoz rearme. Sin embargo, Hitler tenía pensado pasar a la acción en un futuro más cercano y evocó las dos hipótesis que lo harían posible. La primera era una crisis interna en Francia que obstaculizaría su capacidad de actuar en el exterior. La segunda, el estallido de un conflicto en el Mediterráneo entre Francia e Italia, debido a la intervención de esta última en la Guerra Civil Española. En ambos casos, para apoderarse de Austria y Checoslovaquia, se debía aprovechar la parálisis del ejército francés, que Hitler consideraba, obviamen- te, como el único obstáculo militar para sus proyectos.

1 Los Archivos secretos de la Wilhemstrasse. T. I, De Neurath a Ribbentrop (septiembre

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Esto comportaba riesgos —había afirmado Hitler— pero le parecían riesgos limitados. Una operación contra los dos países vecinos, si se lanzaba por sorpresa y, sobre todo, si se llevaba a cabo eficazmente, no debería provocar la intervención ar- mada de Francia, la URSS o Polonia. A la primera, además, la disuadiría de responder la probable falta de apoyo de Ingla- terra. En efecto, Hitler consideraba: «Inglaterra, según todas las apariencias, y probablemente también Francia, ya han borrado secretamente a Checoslovaquia de sus libros, y se han hecho a la idea de que ese asunto sería resuelto por Alemania».

El acta de la reunión solo transmite de manera sucinta las reacciones de los demás participantes. Las reticencias de la ma- yoría de ellos, con excepción de Göring, tampoco se deducen de manera clara, ya que les parecía muy escasa la probabilidad de que uno de los escenarios mencionados por Hitler se realizara en poco tiempo. Y, sobre todo, se asustan por los riesgos que el Führer está dispuesto a correr; en primer lugar, el de un con- flicto con Francia e Inglaterra, cuando el ejército alemán estaba poco equipado, mal dirigido y mal entrenado. La diferencia de método entre Hitler y sus consejeros quedaba aquí patente. ¿Contaba seriamente el Führer con un conflicto próximo entre Francia e Italia? En cualquier caso, estaba convencido de que franceses e ingleses no le declararían la guerra por Austria y Checoslovaquia y, seguro de esta idea, que se revelaría cier- ta, estaba dispuesto a aprovechar la primera ocasión que se le presentara. Pero, antes de eso, y esta es la conclusión que sacó de dicha reunión, debía quitar de en medio a los reticentes y eliminar a esos conservadores con los que cargaba como una cruz desde principios de su régimen.

Hitler había llegado a la Cancillería en 1933 como líder de un gobierno de coalición en el que los nazis eran minoría frente a conservadores muy determinados a utilizarlos para liquidar la República de Weimar e instaurar un régimen autoritario tra- dicional. Las cosas ocurrieron de otro modo gracias a la habi- lidad de Hitler y al poder de su movimiento, que se convirtió

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en la única fuerza política del país una vez que los partidos de izquierda fueron eliminados y los de derecha claudicaron. Para él, apartar del gobierno a los principales jefes de filas conserva-

dores, empezando por von Papen y Hugenberg2, fue entonces

un juego de niños.

La alianza con las élites tradicionales del país siguió siendo indispensable durante los años siguientes. Hitler se cuidó de ser amable con ellas, especialmente cediéndoles un lugar importan- te en el gobierno y en la alta administración. En 1934, durante la sangrienta «Noche de los Cuchillos Largos», sacrificó para ellos a Röhm y a los dirigentes de las SA, que reclamaban ejer- cer el control del ejército naciente. Pero, al mismo tiempo, les envió una señal inequívoca haciendo asesinar durante esa mis- ma noche a algunas de sus figuras emblemáticas, sobre todo, al general Kurt von Schleicher, su antecesor en la Cancillería. Se prefigura otra depuración, infinitamente más sangrienta, la que iban a sufrir los conservadores vinculados directa o indi- rectamente al intento de asesinato de julio de 1944.

Comparada con esta, la depuración que Hitler llevó a cabo a finales de 1937 y principios de 1938 fue a la vez limitada y pacífica, aunque marcó una etapa importante en la instauración de su poder absoluto. La serie de éxitos externos e internos que había situado la relación de fuerzas a su favor, también había mostrado cada vez más nítidamente la separación de caminos. Aunque estaban de acuerdo sobre la reconstitución de la po- tencia alemana y el restablecimiento de una preponderancia en Europa, los conservadores dejaban traslucir sus preocupaciones en cuanto al tiempo de dicha política y, sobre todo, sobre los riesgos que entraña. Qué ocurrirá, entonces, cuando se trate de conquistar el «espacio vital» del pueblo alemán en Europa oriental, dada la cadena de guerras que necesitaría.

2 Fritz von Papen, Canciller en 1932, había facilitado el ascenso de Hitler al poder.

Hugenberg era jefe de los Cascos de Acero, principal liga paramilitar de derecha de la época.

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La primera expulsión fue la de Hjalmar Schacht, excluido en noviembre de 1937 de su puesto de ministro de Economía y, más tarde, en enero de 1939, de su otro cargo, el de presiden- te de la Reichsbank. Schacht, el mago de la economía, había jugado un papel muy valioso haciendo salir a Alemania de la crisis económica. Sin embargo, las divergencias no tardaron en aparecer y en extenderse a medida que el rearme iba ocu- pando un lugar central en la vida económica del país. A partir de 1936, el ministro deseaba frenarlo para estabilizar la mo- neda y mantener la capacidad exportadora de Alemania en el mercado mundial. Hitler pensaba, al contrario, impulsarlo tanto como fuera posible, aunque ello supusiera conseguir las mate- rias primas necesarias a costes prohivitivos. Una estrategia que, como Schacht había captado, debía rápidamente conducir a una política exterior agresiva.

En enero y en febrero de 1938, varios participantes de la reunión del mes de noviembre anterior fueron expulsados uno a uno. Al ministro de Asuntos Exteriores, Konstantin von Neu- rath, se le envió a una «jubilación dorada» y fue sustituido por un seguidor de Hitler, Joachim von Ribbentrop, el hombre de las misiones extraoficiales en el extranjero y embajador de Londres desde 1936. Aprovechando un delito contra las buenas costumbres, Hitler se deshizo del ministro de Guerra, el general von Blomberg, cuya función retomó, así como de von Fritsch, el comandante en jefe del ejército de Tierra, al que sustituyó por von Brauchitsch. Asimismo, colocó a un hombre de gran lealtad, Keitel, a la cabeza de una nueva estructura, el alto mando de las Fuerzas Armadas, que debía controlar a los tres ejércitos. La agitación que estos cambios podían suscitar en el ejército se apaciguó con el éxito del Anschluss. Además, los militares in- sistieron en manifestar que estaban de acuerdo con el régimen introduciendo el saludo hitleriano en el ejército.

Otra señal de que las expulsiones representan un cambio es que la colegialidad gubernamental dejó de respetarse en la misma época. Es cierto que las reuniones del Consejo de mi-

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nistros se espaciaban desde hacía algún tiempo, pero durante todo el año 1938 solo se celebró una reunión, y fue la última. Los ministros y los dirigentes del partido trabajaban cada vez más por su lado, cada uno en el feudo que se había forjado. De esta forma, Hitler se imponía más que nunca como árbitro y como instancia de último recurso cuando las disputas entre sus subordinados no podían ser solucionadas por ellos. Si se añade a eso que guardaba bajo su control directo los asuntos exteriores, las cuestiones militares y la persecución antisemita, su libertad de acción y su poder resaltan aún más; una libertad y un poder que los conservadores apenas podían limitar, si no era recurriendo a los métodos extremos del complot y del golpe de Estado. Algunos militares del entorno del general Beck, el jefe de Estado Mayor del ejército, opuesto a una operación contra Checoslovaquia —que dimitió por esta razón en el verano de 1938— comenzaban a pensar en estos métodos. Pero mientras el éxito coronara las iniciativas de Hitler, era poco probable que las élites alemanas, incluido este núcleo de oponentes, pasaran a la acción.

Es verdad que la posición de Hitler parecía desde entonces inamovible, flotando como estaba en las nubes de su popu- laridad. La progresiva reducción del paro y la vuelta al pleno empleo, la recuperación de la potencia alemana en la escena internacional, la desviación del descontento de la población ha- cia los dirigentes del partido nazi y los miembros del gobierno y la apariencia de estabilización legal que las leyes de Núrem- berg concedían a la persecución antisemita, todos estos hechos contribuían a otorgar a Hitler un prestigio inconmensurable. Está claro que los oponentes no habían desaparecido pero, al igual que ocurría con los disidentes y los anticonformistas, la Gestapo los había atomizado e intimidado lo suficiente para que dejaran de representar un peligro. El régimen, que conservaba su ambición de controlar totalmente a la población y llevaba a cabo desde entonces una lucha soterrada contra la Iglesia, se sentía más asentado, como lo demuestra la curva de detenidos

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en los campos de concentración. El punto más bajo de su his- toria (cerca de siete mil quinientos detenidos) se alcanzó en los años 1936 y 1937.

Una vez provisto de sus adeptos, Hitler solo tenía que esperar el momento oportuno. Sabía que el contexto le era favorable. Tenía buenas razones para pensar que podía arriesgar y ganar. La remilitarización de Renania en 1936 le había permitido em- prender la construcción de un frente defensivo de fortificacio- nes —la Línea Sigfrido— que dificultaría a los franceses ir a socorrer a sus aliados del este, empezando por los checoslova- cos. En efecto, esta línea los situaba en la tesitura de quedarse en el balcón o de adentrarse en una guerra larga, para la que necesitarían el apoyo de los ingleses. Pero estos, preocupados por adaptar medios limitados y compromisos por toda la su- perficie del planeta, se mostraban poco inclinados a oponerse por la fuerza a una revisión de las fronteras en Europa central. Además, Hitler podía contar con la comprensión de la Italia fascista, a la que la guerra de Etiopía y, sobre todo, la guerra de España lo habían acercado. Quedaban Polonia, neutralizada por el pacto de no agresión que había concluido en 1934; la URSS, vinculada por un tratado de defensa con Checoslovaquia, pero debilitada por las purgas de Stalin, y que no iba a arriesgarse a frenar sola el paso de la expansión alemana y, por último, Es- tados Unidos —una potencia lejana, alejada aún por un sólido aislamiento que a Roosevelt le costaba mucho romper.

Se había decidido a atacar Austria y Checoslovaquia para garantizar un éxito con el menor riesgo posible. No era cuestión revisar el tratado de Versalles porque estos jóvenes países ha- bían formado parte del Imperio Austrohúngaro antes de 1914, y no del alemán. Esta revisión, que suscitaba el fervor de tantos alemanes y que Hitler solo había invocado con el fin de camu- flar objetivos más amplios, hubiera supuesto dirigir los golpes hacia Bélgica (para recuperar Eupen-Malmedy), Francia (Alsacia y Lorena) y Polonia (el famoso «pasillo»). Pero esto hubiera sig- nificado provocar la formación de una gran coalición, mientras

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que la absorción de Austria y Checoslovaquia solo lesionaría intereses más dispersos y menos importantes, sin contar con que la idea de reunir a los alemanes en un único Estado propor- cionaría un arma muy útil para neutralizar la opinión pública. Naturalmente, esta referencia a la autodeterminación de los pueblos no era más que una excusa, puesto que Hitler pretendía aplastar a Checoslovaquia entera desde el principio.

Sus motivos eran ante todo estratégicos y económicos: eli- minar el factor militar checo, que no era nada despreciable, y apropiarse de los recursos que Alemania tanto necesitaba. A propósito de esto, el Führer había aportado una idea, en la reunión del 5 de noviembre de 1937, de los métodos que pre- fería y que emplearía un poco más tarde en Europa oriental. Estos dos países —había declarado— podrían alimentar a cinco o seis millones de hombres, y había añadido: «Con la condición de que recurramos a una emigración forzada de dos millones de habitantes en Checoslovaquia y de un millón en Austria».

La ocasión de resolver el caso de Austria se presentó pronto. En 1934, el partido nazi austriaco había intentado usurpar el poder mediante un golpe de Estado durante el cual el canciller Dollfuss había sido asesinado. Mussolini había subido, enton- ces, sus tropas a Brenner para notificar que se opondría a una anexión. Después de consumirse de impaciencia, Hitler consta- taba que Italia giraba en su dirección y que la potencia ascen- dente de Alemania, sin contar con la presión de sus seguidores en la misma Austria, le volvía a dar el poder de decisión. El 12 de febrero de 1938, en una entrevista con el canciller Schusch- nigg —que se había resignado a ponerse de su lado— sometió a este a un torrente de amenazas y de ultimatums, mientras altos responsables militares alemanes servían de adorno para imprimir seriedad a la situación e inmediatamente después de la entrevista se realizaron maniobras militares a lo largo de la frontera austriaca.

Hitler exigió el nombramiento de uno de sus secuaces, Syss- Inquart, como líder de los órganos de seguridad austriacos, y

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Schuschnigg obedeció. Pero, temiendo un conflicto, creyó en- contrar una salida organizando por sorpresa un plebiscito sobre la independencia de Austria. Hitler no le dejó tiempo de vencerlo con sus propias armas y exigió su dimisión, que obtuvo la noche del 11 de marzo. Al día siguiente, el Führer enviaba a sus tropas a Austria, donde fueron acogidas con júbilo. El 10 de abril, con- sultados en un plebiscito, alemanes y austriacos aprobaban con un 99 por 100 de los votos la unión de ambos países.

En Checoslovaquia o, más exactamente, en la región de los Sudetes, Hitler también contaba con seguidores agrupados en el partido nazi de Konrad Henlein. Incitado por el éxito del Anschluss, les dio la orden de endurecer las peticiones de auto- nomía dirigidas a Praga. Paralelamente, Hitler los apoyaba en público, acompañando sus palabras, una vez más, de llamativas maniobras militares. Inglaterra, preocupada por impedir una agresión alemana contra Checoslovaquia, que podría hacer que Francia se lanzara a defender a su aliada, arrastrando así a la propia Inglaterra a una guerra que no comprometía sus intere- ses vitales, intervino entonces para propiciar una cesión amisto- sa de la región de los Sudetes. Una solución que ratificaría tras las repercusiones que ya conocemos y la ayuda de Mussolini, la famosa conferencia de Múnich.

Hitler había ganado su apuesta. Después de un año de ten- siones extremas, había agregado a Alemania —sin disparar un solo tiro— Austria, con sus siete millones de habitantes, y la región de los Sudetes, donde residían 2,8 millones de alemanes y ochocientos mil checos. Ahora Hitler dispone de un suplemen- to considerable para el rearme, y en algunos aspectos significa- tivos, de mano de obra cualificada, capacidades productivas y reservas de materias primas, oro y divisas. Finalmente, había destruido el potencial militar de Checoslovaquia, asestado un duro golpe a la credibilidad de la alianza francesa y aumentado la desconfianza de Stalin hacia las dos potencias occidentales.

Pero no por ello estaba satisfecho, puesto que había intentado destruir Checoslovaquia, y tenía que conformarse con arreba-

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tarle una parte de su territorio. Había querido imponer su ley a un pequeño país y había necesitado pasar por una conferencia internacional en la que no tuvo más opción que aceptar que las nuevas fronteras del Estado checoslovaco fueran protegi- das por las potencias signatarias de los Acuerdos de Múnich. Una promesa que tiró a la basura algunos meses más tarde, en marzo de 1939, cuando despedazó sin encontrar la más mínima oposición lo que quedaba de Checoslovaquia, antes de lanzar contra Polonia, en septiembre, la operación que desencadenaría posteriormente la Segunda Guerra Mundial.

El culto a la fuerza que se refleja en Hitler en sus reacciones durante la conferencia de Múnich y, de manera más general, en toda su política a lo largo del año 1938, se aprecia más clara- mente todavía en la creciente brutalidad de su régimen. Tanto en Austria como en la región de los Sudetes, inmediatamente después de producirse la anexión, la Gestapo se cebó con sus

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