BÖHM BAWERK: TEORÍA DEL CAPITAL Y EL INTERÉS
1. Índice
1.1 Introducción. Vida y obra.
1.2 La polémica histórica por el interés y el capital. A vueltas con las teorías de la productividad y la explotación
1.3 Teoría del capital
1.4 Teoría del Interés. Modelo de Böhm Bawerk-‐‑Wicksell-‐‑Dorfman.
1.5 Conclusiones
1.1 -‐‑Introducción. Vida y obra.
Eugen Böhm Von Bawerk (Brünn, Moravia, 1851 – Rattenberg-‐‑Kramsach, Austria, 1914) primero estudió Derecho en 1872 en la Universidad de Viena, pero después de obtener el título de doctor decidió estudiar Economía en Heidelberg, donde conocería a muchos de los que serían las principales cabezas visibles de la archiconocida Escuela Histórica Alemana , principalmente por el impacto que en él tuvieron los textos de Carl Menger, jurista, economista y fundador de la Escuela Austríaca de Economía. En 1880 abandonó la administración fiscal del Imperio y se incorporó como docente en Insbruck hasta 1889, cuando decide abandonar el mundo universitario para incorporarse de nuevo al Ministerio de Hacienda, del cual llegaría a ser ministro en nada más ni nada menos que tres ocasiones. Finalmente dimite como consecuencia de desavenencias con su propio gobierno en lo relativo a la cuantía de los gastos militares que debía afrontar el Imperio, gastos que él consideraba a todas luces desorbitados, y se vuelve a refugiar en la universidad, esta vez como catedrático en Viena. Allí conoce a dos de los que serían sus alumnos más prometedores: Von Mises y Schumpeter.
Sus obras más conocidas son Historia y Crítica de las Teorías del Interés (1884), Teoría Positiva del Capital (1884) y finalmente Ensayos sobre el Capital y el Interés, cointegrando los tres volúmenes su obra cumbre, Capital e Interés. Además se conocen de él algunas obras menores relacionadas con el ámbito del derecho, como por ejemplo Acerca de si el derecho y las relaciones pueden ser considerados bienes económicos (1881), u otras obras relacionadas con su crítica al marxismo, como por ejemplo La Conclusión del Sistema Marxista (1896), crítica que le valió la consideración para algunos de refutador de Marx.
Resumen: en este breve trabajo trataremos dos aspectos fundamentales de las aportaciones económicas de Eugen Böhm Von Bawerk, uno de los economistas históricamente aclamados por establecer los cimientos conceptuales del edificio neoclásico y del pensamiento de la Escuela Austríaca: la teoría del capital y la teoría del interés, teorías estrechamente relacionadas entre sí como tendremos la ocasión de comprobar. Para ello, seguiremos un enfoque histórico. Inscribiremos sus teorías a la luz de las discusiones históricas en torno al escurridizo concepto de “interés” y estudiaremos cómo nuestro autor se hace un hueco en la historia del pensamiento económico hasta el punto de sus aportaciones constituir una referencia obligada en el acervo intelectual de cualquier economista.
Nuestro objetivo en este proyecto será el de presentar las líneas maestras de la obra de Böhm Bawerk en relación al capital y al interés en el seno mismo de la problemática histórica donde surgieron. La historia del pensamiento en cualquier disciplina es un ente vivo, se forja sobre un diálogo continuo con el pasado que toma la forma de polémicas entrelazadas, de acusaciones y de réplicas, de argumentos y contraargumentos. En definitiva, lo que debiera ser (y es) un debate enriquecedor en cualquier ciencia que se precie. Aquí no presentaremos una exégesis del pensamiento de Böhm Bawerk totalmente deslindada del contexto histórico e intelectual en que se produjo. Tal cosa induciría, a juicio de quien escribe estas líneas, a un tratamiento totalmente absurdo y carente de sentido. Las ideas nacen y evolucionan, pero nunca mueren. Descubrir cuáles son las diferentes máscaras que estas toman a lo largo de la historia es la tarea del investigador. Empecemos pues por el principio de todo.
1.2-‐‑La polémica histórica por el interés y el capital. A vueltas con las teorías de la productividad y la explotación.
Al empezar Historia y Crítica de las Teorías del Interés, Böhm Bawerk nos insta antes de nada a llevar a cabo un estudio histórico que trate de dejar de lado la presunta moralidad (o inmoralidad) del fenómeno del interés y así centrarnos en lo verdaderamente relevante para un economista, esto es, sus causas materiales. De esta forma, se desmarca convenientemente de aquellos que concibieron antes que él la economía como una moral science, concepción que no dejaba lugar alguno para la clara distinción entre el ámbito de lo positivo y lo normativo. En Teoría Positiva del Capital también nos dice cosas similares cuando ya en las primeras páginas de la obra, afirma que no es concebible construir la economía de espalda a los desarrollos que nos brindan las ciencias naturales. Esta senda, como por todos es sabido, sería abandonada por algunos de los miembros de la Tercera Generación de la Escuela Austríaca, en especial por Mises y sus sucesores.
Además, considera que debe trazarse una distinción bastante clara entre dos formas en las que el interés tiende a presentarse en la economía: el interés originario del capital y el interés contractual.
Por interés originario Böhm-‐‑Bawerk entiende la plusvalía entre los bienes invertidos en un proyecto de inversión y los productos creados con ayuda de ellos, esto es, la diferencia de valor que parece derivarse entre los inputs y los outputs en cualquier proyecto que use capital. Por otra parte, el interés contractual no es otra cosa que la renta que se obtiene en base a prestar un capital. No sería hasta la época de Hume cuando los economistas empezaran a atar cabos y a darse cuenta de que en verdad no eran dos conceptos antagónicos, ni siquiera distintos, sino que en cierto modo se trataban de las dos caras de la misma moneda, pues el interés al que estamos dispuestos a prestar nuestros capitales sí tiene una conexión bastante clara con las expectativas de beneficio a través de una mayor demanda de fondos prestables, y como consecuencia, de un mayor interés.
Esto último lo sabemos ahora, pero hasta bien entrado en siglo XVIII parecía ser algo a todas luces irrelevante. De hecho, solo había un interés que captaba la atención de los intelectuales, no solo economistas, sino también filósofos y teólogos: el interés contractual. El interés originario, clave en el debate que surgiría siglos más tarde en torno al socialismo y al robo de la famosa plusvalía, aún permanecía silenciado. Era visto como algo natural, sin apenas complicaciones teóricas, que el empresario recibiera en compensación por su trabajo el fruto de sus actividades empresariales.
También es cierto que este debate no tuvo mucho sentido hasta que apareció el fenómeno de la proletarización y el trabajo asalariado tomó una importancia de primera magnitud en la vida pública.
Hasta entonces, en el ámbito de los gremios medievales, era difícil que surgiera un debate así, pues la condición de capitalista y de trabajador apenas era conocida; más bien todos eran artesanos con distintos rangos. Una vez se jubilara el maestro, el aprendiz podría heredar su taller. Pertenecían a la misma clase social. El conflicto de clases no había visto la luz aún, por lo que eran preguntas que apenas cabía hacerse hasta ya entrada la Revolución Industrial. ¿Y entonces qué llevaba a los intelectuales a fijarse en algo como el interés contractual? Principalmente razones de índole moral, según Böhm Bawerk. Ya Aristóteles puso sobre la mesa el argumento de la esterilidad del dinero, según el cual era totalmente ilícito conceder un préstamo y exigir un interés por ello, pues el dinero no pare dinero, no se multiplica. Esta mala consideración de los préstamos con intereses se acrecentó a principios de la Edad Media con la llegada del cristianismo. Los primeros argumentos eran de índole
moralista. Al tratarse el prestamista generalmente de alguien con recursos y el prestatario de alguien necesitado, se consideraba que el interés no era más que una burda forma de aprovecharse del débil.
La Iglesia no tardó en condenar y perseguir estas prácticas, y no solo eso, sino que la propia Patrística y muchos escolásticos se lanzaron a la busca de argumentos para tratar de condenar el interés, también llamado usuris, o usura. San Isidoro de Sevilla, teólogo en la España Visigoda, nos dice que
“ofenden gravemente a Dios los que emplean las riquezas para usos prohibidos, pues no quieren dar limosna y rehúsan a ayudar a los más oprimidos”. Otros como Santo Tomás elaboraron argumentos más profundos. El doctor Angélico defendió que al igual que al vender vino y trigo nosotros vendemos el bien, no vendemos el bien por una parte y el valor de uso por otro, tampoco deberíamos hacer lo propio con el dinero. Esto es: el simple hecho de vender el vino implica una venta para su uso, por tanto, si vendiéramos el vino y a parte vendiéramos el uso y disfrute del vino estaríamos estafando a la contraparte. Este argumento es muy interesante por el contraargumento que empleará Calvino tres siglos más tarde para indicarles que en verdad condenan algo, el préstamo, que no condenan cuando este toma otras formas, como son los alquileres de inmuebles o un terreno. Parece que se considera aceptable, argumenta Calvino, que se pague por el uso que nos puede dar un inmueble, pero por otra parte se considera inaceptable que alguien tenga que pagar por pedir prestado dinero.
Decía Aristóteles que el dinero no engendra dinero, ¿pero esto es del todo cierto? Como bien señala Molineaus, el prestatario puede a su vez prestar ese dinero para engendrar más dinero. El dinero sí tiene un valor de uso, por tanto, hay que pagar por usarlo. Este mismo argumento lo volvemos a encontrar en Locke, sin embargo, ya abre la puerta a un fenómeno muy interesante que Marx tomará para elaborar su teoría de la explotación, teoría para la que Böhm Bawerk presenta una refutación que más tarde presentaremos. Locke nos dice que, si bien es cierto que en efecto el dinero sí puede
“parir” más dinero, es el prestatario quien trabaja para poner en marcha ese dinero. El prestamista simplemente se ve beneficiado de los frutos de ese trabajo. De hecho, llega a más y afirma que “es el trabajo el que le da a las cosas su diferente valor”. Resulta verdaderamente curioso ver esta serie de manifestaciones en el padre intelectual del liberalismo. Todo este equívoco no le pasaría por alto a Adam Smith, Ricardo o el propio Marx. La teoría del valor trabajo empezaba a asomar la cabeza.
Las prácticas respecto a los intereses, no obstante, discurrieron de manera casi paralela a los debates teóricos. A pesar de estar prohibida la percepción de intereses en ciertos países (en Francia las restricciones estuvieron vigentes hasta la Revolución), en otros las restricciones se atenuaron bastante e incluso desaparecieron ya entrado el siglo XVI, como es el caso de Inglaterra. Además, cada vez surgían métodos más ingeniosos para burlar las prohibiciones, ejemplos de los cuales son la prenda viva y la prenda muerta. Además, los judíos durante mucho tiempo tomaron el papel de prestamistas que no podían asumir los cristianos. Si bien es cierto que las Leyes Mosaicas les impedían a los judíos cobrarse intereses entre ellos, no decían nada en relación a cobrárselos a un no judío, por lo que fueron ellos los principales encargados de este oficio y esta es la razón por la que históricamente los judíos han venido llamados a desempeñar una parte bastante importante de los negocios financieros. Esta situación les valió injustamente la consideración de usureros, acrecentando el odio que hacia ellos la población sentía. Era común encontrarse vidriedras en que aparecían judíos en los calderos del infierno soltando monedas de oro o cosas semejantes. Esta situación no cesa hasta en el propio Marx, que aún siendo hijo de un judío converso, en Sobre la Cuestión Judía, se ensaña con ellos y afirma que el nuevo orden comunista “haría imposible al judío”.
Dickens presentó estos mismos estereotipos en la figura de Fagin en Oliver Twist y en Alemania Wagner con El Anillo de Nibelungo y El Holandés Errante abriría el camino hacia la barbarie del nazismo. El mundo de la economía y de las finanzas, como todos sabemos, no es en modo alguno independiente del discurrir histórico. En todo caso, el centro de gravedad del debate se fue trasladando progresivamente hacia el tipo de interés originario y los economistas fueron desplazando poco a poco a los teólogos y filósofos en estos asuntos. No obstante, incluso en el propio Adam Smith nos encontramos, como bien señala Böhm Bawerk, contradicciones tan flagrantes que nos hace sospechar que ni siquiera entonces el asunto de la procedencia o la razón de ser este tipo de interés era algo siquiera a tener en cuenta más allá de unos cuantos comentarios aislados y a veces sin ningún fundamento. Smith nos dice, por una parte, que esa plusvalía o interés será costeada íntegramente por los consumidores en forma de mayores precios, mientras que en otros pasajes de The Wealth of Nations nos encontramos que el interés originario del capital ha sido creado exclusivamente por el factor trabajo, y de esta plusvalía digamos que el empresario rapiñaría un cierto porcentaje. En el propio Smith se encuentra la génesis de las teorías de la productividad y de las teorías de la explotación, ambas a juicio de Böhm Bawerk incorrectas, por los motivos que presentaremos a continuación.
Las teorías de la productividad tratan de encontrar una razón por la que el capital, por sí solo, constituye un medio de producción independiente, medio de producción que debe ser remunerado al igual que se le remunera al trabajo o a la tierra. La idea es clara y se manifiesta en Say: hay tres medios productivos (o servicios productivos, como los llama él), y a cada uno de ellos le corresponde su propia remuneración, en el caso del capital esta remuneración no sería otra cosa que el interés, interés que se llevará el capitalista. Sin embargo, ni Say ni otros teóricos de la productividad aportan razón alguna de que ese incremento en la productividad se derive exclusivamente del factor capital, más allá de meras intuiciones de que cuando empleamos capital en un proceso productivo generalmente producimos más y de mejor calidad. Y no solo eso, sino que producimos valor. De hecho, la mayoría de los teóricos de la productividad tratan de probar sus teorías en este sentido, en el sentido de la producción de valor. Y aquí va a radicar el principal problema, ahora veremos por qué. Otros autores como James Maitland, octavo conde de Lauderdale, y Malthus intentan ir más allá de la mera intuición y tratan de buscar las razones que llevan a esa especie de necesidad tantas veces contrastada por la evidencia empírica: siempre que introducimos capital, creamos productos más valiosos que aquellos que se usan para producirlo. Para ello, tratan de demostrar (sin éxito) que siempre el valor de los bienes finales es superior al valor de los bienes de capital que hemos empleado para producirlos, sin embargo, se habrán dado cuenta de un problema bastante grande: ¿y cómo se mide el valor? Ellos simplemente miden el valor de los bienes de capital identificándolo con su coste, y por ejemplo, en el caso de Maitland, identifica este coste con el volumen total de rentas salariales que nos ahorramos por haber empleado esa unidad de capital en vez de haber contratado a los trabajadores que fueran necesarios para cumplir esa tarea. Por ejemplo, el coste de una pantalla del McDonald’s para hacer nuestro pedido se correspondería con lo que el McDonald’s se ha ahorrado por no haber contratado tal vez a uno o dos trabajadores más para ellos mismos recoger personalmente las comandas. Las dos críticas de Böhm Bawerk a estas teorías, a las cuales califica como ingenuas y no sin razón, son las siguientes. Primero y antes de nada, el factor capital no es un factor productivo independiente, sino que es dependiente de los factores productivos originarios, que no son más que el trabajo y la tierra. Obviamente el factor capital por lo general hace más productivo al proceso de producción, pero no se le puede imputar todo al capital, por no mencionar que aquello que sea directamente imputable al capital lo será a través de quienes manejan y ponen en marcha ese capital, los trabajadores y a la tierra. Considera que la creciente división del trabajo y las cadenas de producción en las economías capitalistas han contribuido a hacer que los economistas perciban a esas “serviles criaturas” como entes independientes que requieren de su propia consideración aparte, al igual que los factores de producción originarios. Nada más lejos de la realidad. Además, la segunda de las críticas, la más importante de todas, ataca un aspecto clave en todo este tipo de teorías, un aspecto que de caer se llevará a todas las teorías de este tipo consigo: la identificación del valor de los bienes de capital con el coste de estos. Para desarrollar esta crítica, a pesar de que no entraremos en este proyecto a analizar en detalle la teoría del valor de Böhm Bawerk, sí daremos algunas conclusiones clave de esta, conclusiones que resumen muy sucintamente uno de los puntos clave de toda la obra del austríaco. Estas aportaciones relativas al concepto de valor y utilidad marginal que se van a presentar a continuación constituyen el armazón de todo el entramado conceptual de la economía neoclásica.
Si tuviéramos que resumir la teoría del valor en unas cuantas líneas, diríamos lo siguiente: el ser humano proyecta en los bienes sus propios deseos, satisfacciones y necesidades. El carácter del valor de un bien es netamente subjetivo y depende por entero del sujeto en consideración. Es decir, este valor vendrá en relación, como es obvio, con cuánta satisfacción y utilidad le pueda reportar su consumo al sujeto. Sin embargo, no todos los bienes tienen valor, solo lo tendrán aquellos que cumplan una condición básica para ser economizados: que sean escasos. Como dice Thomas Sowell, la economía no es más que al arte de asignar recursos escasos en fines alternativos. Si cierto bien no es escaso, por ejemplo el aire, no es necesario economizarlo y por lo tanto no cabe hablar en este sentido de valor. Además, Böhm Bawerk da un paso más y trata de aclarar cómo un agente “forma”
sus propias consideraciones valorativas de un bien. Esa propiedad que a un agente cualquiera le permite valorar un bien es una condición de frontera, una condición al margen, una condición marginal. La idea clave es que si disponemos de un determinado número de bienes de un cierto tipo, el valor de cada uno de esos bienes se corresponderá, ni más ni menos, que con su utilidad marginal.
En palabras de Böhm-‐‑Bawerk:
La magnitud del valor de un bien viene determinada por la importancia de la necesidad concreta o parcial que tiene el grado de menor urgencia entre todas las necesidades que pueden ser cubiertas por esa provisión de bienes
A posteriori, el economista nos pone un ejemplo para ilustrarnos este hecho. Nos cuenta que un agricultor pionero dispone de cinco sacos de maíz. El primero de ellos lo utiliza para pura subsistencia, el segundo de ellos para coger fuerza y robustez, el tercero para criar aves, el cuarto para elaborar aguardiente para darse un respiro al volver de trabajar y el último de ellos para alimentar a sus papagayos. Estos empleos están en orden de importancia decreciente. Si ahora le ordenáramos al agricultor que nos diera un saco, está claro que el agricultor satisfará todas sus necesidades principales y quedará sin satisfacer la última de ellas, la menos importante de todas, la marginal: dar de comer a los loros. Todos los sacos obviamente tienen la misma utilidad marginal, pues cualquiera de ellos lo podemos emplear para cualquiera de las cuatro funciones. ¿Cuál es entonces el valor del saco de maíz? Pues el valor subjetivo que para nosotros tiene alimentar a los papagayos. Si los quisiéramos mucho pero siguieran siendo una necesidad no prioritaria al lado de las otras, es posible que la utilidad marginal sea alta. Si nos diera igual que murieran, pues entonces la utilidad marginal del saco sería prácticamente nula. Conviene fijarse en que entonces la utilidad marginal depende de la intensidad psicológica, por decirlo de alguna manera, que crean esas necesidades no cubiertas en nosotros y por el número de unidades de las que disponga. Si dispongo de un solo saco y me lo quitan, obviamente el valor que yo le concedo a la necesidad no cubierta (nutrirme) es muy superior al que le concedería al hecho de alimentar a los papagayos. Al menos siempre en cuando rijan ciertas condiciones de salud mental que, para no complicar sin razón estos asuntos, supondremos que se cumplen. Por tanto, ya estamos en disposición de establecer cuál es el valor de un bien de capital. Si bien es cierto que establecer el valor de un bien de consumo es relativamente fácil por su proximidad a la satisfacción que este nos brinda, un bien de capital tiene valor solo a través del bien que nos promete producir; esto es, el valor de un bien de capital no es otra cosa que la utilidad marginal del bien que produciremos con él. Obviamente hay distintos bienes de capital, algunos de los cuales participan en etapas más tempranas del proceso productivo y otros toman partido más tarde, sin embargo, el valor de todos ellos es el que es, el del bien de consumo que prometen producir. El argumento que da Böhm Bawerk es parecido al que sigue: si falta alguno de los bienes de capital en cualquiera de las etapas del proceso productivo, las etapas posteriores se verán comprometidas y nos quedaremos sin el producto final. Por tanto, se encuentre en la etapa que se encuentre dicho bien de capital su valor es el mismo: la utilidad marginal de producto final.
Ya con esta digresión podemos volver al asunto que nos atañe. ¿Tiene sentido hablar de la diferencia de valor entre el producto final y los insumos que utilizamos para producirlo? Obviamente no. Al ser el valor el mismo, la diferencia de valores será cero. Si empleamos la teoría del valor de Böhm Bawerk, llegamos a una solución al dilema y el simple hecho de hablar de producción de valor no tiene sentido. Se producen bienes, no valor. La producción es una categoría objetiva, no subjetiva.
Con estas dos críticas Böhm Bawerk despacha a las teorías de la productividad.
Sin embargo, aún le quedan otro acervo de teorías que se le resisten: las teorías de la explotación. A pesar de que Marx no es el único que elabora una teoría de la explotación propia, Rodbertus, sin ir más lejos, es un economista interesante al respecto al que Böhm Bawerk parece tener en alta consideración, nos centraremos exclusivamente en Marx, por motivos obvios de importancia histórica. Antes de embarcarnos en la crítica de Böhm Bawerk a Marx, conviene mencionar unas cuantas cosas acerca de él que no pueden ser pasadas por alto. La primera de ellas es que Marx no es un economista. O solo un economista, mejor dicho. Marx es un filósofo. En estas líneas le daremos un tratamiento a este asunto puramente económico, que es a fin de cuentas la naturaleza de la crítica que Böhm Bawerk le hace a Marx. Sin embargo, es de importancia señalar que la teoría de la explotación marxista no es solo una teoría económica, sino también metafísica. La teoría de la explotación de Marx es inseparable de su consideración de trabajo alieanado, y la alienación es un término eminentemente filosófico, un término que toma de Hegel y del idealismo alemán en su conjunto para ajustarlo a sus necesidades específicas. Es imposible entender la teoría marxista sin un estudio filosófico paralelo. Es imposible, por supuesto, entender El Capital en su conjunto empleando exclusivamente argumentaciones económicas. Marx es un autor poliédrico cuyas
conclusiones solo pueden ser entendidas bajo un prisma conjunto de filosofía, economía y sociología.
No obstante, estamos de suerte, pues a pesar de que no podamos juzgar en este texto con la extensión debida la dimensión de sus críticas, sí podemos atenernos exclusivamente al hecho económico como tal y elaborar una crítica exclusivamente económica.
La teoría de la explotación marxista, grosso modo, consiste principalmente en que el empresario rapiña un porcentaje de la plusvalía o interés originario que genera el trabajador debido a que el capitalista ostenta el monopolio de los medios de producción. Como ya hemos visto, los antecedentes de esta idea de que es al factor trabajo al único que le es imputable esa plusvalía se remonta a pensadores tan poco sospechosos de socialistas como Locke o Adam Smith. Marx no hace otra cosa que recoger el guante (a través de Ricardo) de las más grandes aportaciones de la economía clásica.
También cuando defiende que el valor del producto final se deriva del coste de producción de los bienes de capital que lo han producido, y este a su vez, del trabajo que costó producir esos bienes de capital, está recogiendo el guante de las teorías del valor-‐‑trabajo y de la suposición de que el coste es una medida de valor, aspectos presentes en un contingente innumerable de autores clásicos. Marx no inventa nada; simplemente estudia a los clásicos y aplica sus ideas. Ahora bien, ¿cuáles son las dos críticas más importantes que se deducen de todo lo que hemos explicado de Böhm Bawerk hasta ahora? La primera de ellas, por supuesto, se refiere a la teoría del valor-‐‑trabajo, asunto nuclear en la teoría de la explotación. La crítica no puede ser más simple a la vez que potente. Es absurda la perspectiva que ofrece Marx en lo referente al valor de los bienes de capital por una razón.
Supongamos que disponemos de una máquina de coser con un coste de producción de 200 euros (obviamos depreciaciones) y que con esta máquina se pueden producir en total 5000 paños. De esta forma, según Marx, el valor de cada uno de los paños sería 200/5000, esto es, cuatro céntimos de euro. Böhm Bawerk, por supuesto, se ríe de esta perspectiva. Es por el hecho de que los consumidores, en este caso otros productores, valoren esos paños en cuatro céntimos de euro la razón por la máquina de coser puede valer 200 euros, pues recordemos que el valor de un bien de capital no es otro que el valor de los bienes de consumo que pueden producirse con él, en este caso, si el valor de cada uno de esos trozos de tela es para los consumidores de cuatro céntimos entonces los 5000 paños tendrán un valor de 200 euros, y por ende la máquina de coser también tendrá ese valor. Si los consumidores pasaran a valorar los paños en un euro por unidad, entonces la máquina de coser tendría un valor de 5000 euros. Las cosas funcionan precisamente al revés de como lo planteaba Marx.
Y no solo eso. Esta primera crítica ataca directamente los fundamentos de la teoría valor-‐‑trabajo, pero Böhm Bawerk elabora una segunda crítica que le lleva a atacar directamente la idea de que esa plusvalía le corresponda por entero al trabajador. Como veremos más tarde, el interés para Böhm Bawerk no es más que un precio intertemporal relativo entre bienes presentes y bienes futuros, no es más que la prima que un agente económico está dispuesto a pagar por postergar su consumo.
Obviamente no valen lo mismo 100 euros hoy que 100 euros dentro de veinte años, pues de aquí a veinte años no solo me estoy privando de consumir aquello que desearía consumir ahora, sino que además me puede ocurrir cualquier cosa que no me permita disfrutar en un futuro de esas rentas. Es decir, el dinero, y como consecuencias los bienes que se esconden detrás de su velo, no tiene el mismo valor en el presente que en el futuro. Esa es la razón por la que existe el interés. El interés no es para Böhm Bawerk el precio del dinero. Eso es una burrada. El tipo de interés es el precio del tiempo. Por tanto, si el capitalista adelanta salarios y capital y se priva de consumir esos recursos en el presente, tendrá derecho a reclamarlos en un futuro con una cierta prima, una prima “por la espera”. Esta idea es bastante parecida a la que encierran las teorías de la abstinencia, con una salvedad. En estas teorías se considera que de alguna forma se debe remunerar la abstenencia, el malestar que induce la privación de bienes presentes en aras de la consecución de bienes futuros. Aquí el matiz es distinto.
No es tanto remunerar esa especie de sentimiento negativo sino que las propias leyes económicas del interés (según Böhm Bawerk) así lo dictan: es algo objetivo que el consumo presente no es igual de valioso para nosotros que el consumo futuro, así que en teoría (aunque se pueda ver así) no es que estemos recompensando al capitalista por la espera, es que el capitalista debe recibir el precio del tiempo. La distinción es la misma como si dijéramos que hemos pagado por un bien en una tienda simplemente porque hemos visto al vendedor de capa caída y nos ha inspirado lástima. No. Le hemos pagado porque es el precio que teníamos que abonarle por llevarnos el producto. Este caso es análogo. La razón de que el capitalista participe de los beneficios futuros no está sujeta a consideraciones de premios o recompensas, todo descansa sobre la estructura de la preferencia temporal. Repitamos: un factor real a tener en cuenta. El principal problema de su argumentación a
juicio de quien escribe estas líneas es que no consigue sortear la trampa de Marx. ¿Por qué? Por lo mismo que hemos dicho antes: Marx no solo se mueve en el plano económico. Böhm Bawerk intenta huir de la definición usual de sistema de capitalista como sistema en que los medios de producción descansan en manos privadas y dice, por el contrario, que un sistema capitalista es todo aquel sistema en que se utilicen métodos indirectos de producción (luego explicaremos qué son), o lo que es lo mismo, todo sistema en que el productor esté dispuesto a seguir caminos más gravosos en términos de tiempo y más intensivos en capital para conseguir mejoras notables en la productividad. Böhm Bawerk argumenta entonces que si los trabajadores quieren la plusvalía, que sean los trabajadores quienes esperen y después de ese proceso de espera se habrán convertido en capitalistas ellos también. Entonces tendrán igualmente derecho a recibir los intereses que antaño recibían sus patronos. ¿Y qué contestaría Marx? Simplemente que le parece muy bien, pero que el principal problema es que los trabajadores no tienen la opción siquiera de plantearse algo así porque no tienen los medios necesarios para ello. La razón de que no los tengan, en opinión de Marx, viene perfectamente resumida en esta frase lapidaria de Bakunin: la propiedad es un robo. Esta afirmación, por supuesto, no es una afirmación económica, y es la razón por la que la teoría de Böhm Bawerk se queda coja en este sentido. No porque sea incompleta, sino simplemente porque son dos hombres que hablan lenguajes distintos
1.3-‐‑Teoría del Capital
En este apartado empezaremos a exponer la teoría del capital de Böhm Bawerk. Lo primero que es conveniente mencionar es que esta es una teoría acerca del capital productivo, que para el autor no es otra cosa que aquel conjunto de bienes intermedios que participan en las distintas etapas del proceso productivo y que son empleados para conseguir bienes finales. Sin embargo, antes de meterse en el meollo del asunto, nos invita a hacer un recorrido por la naturaleza misma de la economía ya no como disciplina, sino como factum. Según Böhm Bawerk, la producción de bienes descansa en el aprovechamiento por parte de los humanos de las fuerzas de la naturaleza para así moldear la materia de forma que podamos inducir en ella formas que nos sean útiles y que nos reporten satisfacción. A pesar de que algunas “ordenaciones primitivas” ya presentes de antemano en la naturaleza nos sean útiles, como puede ser el caso de un diamante o de una isla paradisíaca, la mayor parte de ordenaciones no responden a nuestros deseos, por lo que tenemos que encontrar una forma de imprimir nuestra voluntad en una materia caótica y que no responde a nuestros fines.
Hemos de domar a la naturaleza, pero siempre siendo conscientes de que nosotros también somos seres sujetos a sus leyes, con todas nuestras limitaciones y restricciones. Desde que el hombre surgió en sus formas más primitivas, siempre encontró formas de manipular la materia a su antojo. A veces no es necesario más que desplazar la materia de lugar. Este es el caso, por ejemplo, de la búsqueda de pastos frescos para alimentar el ganado. Otras veces, y esto llegó en etapas de la evolución más ulteriores, como es el caso de la Edad de Piedra, el ser humano empezó a hacer uso de herramientas con el fin de manipular la materia, confeccionadas de un modo bastante primitivo para cazar y alimentarse. Otro ejemplo lo podríamos encontrar un poco más adelante, cuando el hombre empieza a fundir los metales para forjar con ellos espadas, cascos y otros utensilios. Por último, la forma más evolucionada de manipulación de la materia no solo incluiría la traslación de materia y su modificación, sino también su composición. ¿A qué nos referimos con esto? Por ejemplo, a la hora de confeccionar un arado, la propia conjunción de sus piezas (el timón, la reja…) hacen de este instrumento un elemento imprescindible para las labores agrícolas.
En este proceso de intentar domar a la naturaleza, somos conscientes de que no representamos nada en comparación a la potencia inabarcable que exhibe la naturaleza en todas sus manifestaciones. En palabras de Böhm-‐‑Bawerk
Tenemos que saber cómo combinar los materiales apropiados en el momento preciso para producir el resultado deseado. Pero sabemos ya que los materiales que la naturaleza nos ofrece son muchos y a menudo demasiado masivos o demasiado delicados para su manipulación por los humanos, que, a la vez, son demasiado débiles e ineptos para ello. Somos tan incapaces de superar la cohesión que nos presenta una masa de granito con la que pretendemos construir todo un edificio como de combinar
carbón y nitrógeno, hidrógeno y oxígeno, fósforo y potasio y cosas así, para formar un simple grano de trigo.
La consecuencia inmediata que se deduce de este hecho es clara: necesitamos encontrar formas de convertir nuestras debilidades en fortalezas. Dicho de otra forma, tenemos que hacer uso de bienes intermedios que nos permitan extraer los frutos deseados de la naturaleza con mayor éxito. Böhm Bawerk pone en este caso unos cuantos ejemplos, el más interesante de todos ellos el relativo a la extracción de piedra para la construcción de casas. La primera opción que tenemos es la de ir a la cantera y recoger piedras con nuestras propias manos. No obstante, otra opción posible pasaría por construirnos un martillo y otros utensilios para picar piedra, para lo que necesitaríamos antes cortar madera para el mango del martillo, para lo cual necesitaríamos un hacha … No obstante, podríamos incluso hacer pequeñas cavidades en la tierra en las que introducir algún tipo de explosivo. Para esto no solo nos harían falta las herramientas para picar piedra mencionadas anteriormente, sino que necesitaríamos disponer de TNT o de cualquier otro tipo de explosivo. La idea que se deriva de este ejemplo no puede ser más potente: a medida que hacemos el proceso de producción más indirecto en base a la introducción de capital ganamos en productividad. Sin lugar a dudas, la diferencia entre el primer escenario y el tercero de ellos es abrumadora en términos de productividad. La diferencia entre emplear TNT y demás herramientas para picar la piedra e ir en busca de piedras lo suficientemente grandes que puedan servirme para construirme la casa es abismal. Sin embargo, todos estos “rodeos” consumen mucho, mucho tiempo. Es mucho más sencillo para alguien recolectar leña recogiendo ramitas por el bosque que el hecho de construir un hacha y con el hacha talar unos cuantos árboles. La diferencia no puede ser más escandalosa en lo que a productividad se refiere. Sin embargo, hemos decidido sacrificar tiempo en aras de un consumo más abundante en el futuro. Esta, nos dice Böhm Bawerk, y no quién ostente la titularidad o no de los medios de producción, es la piedra angular sobre la que pivota todo el sistema económico capitalista. La interposición de capital productivo entre nosotros y la satisfacción de nuestros deseos consume tiempo. Aquí está la clave del sistema capitalista. El sistema capitalista se opone a las economías de subsistencia precisamente en la adopción de estos métodos productivos más indirectos, métodos que nos fuerzan a renunciar al consumo presente en aras de un consumo futuro más abundante o de mejor calidad. En sus propias palabras
Ahora bien, tenemos que admitir que, a menudo, somos incapaces de manejar de forma directa la materia en la que reside toda esta clase de poder que nos ayuda. En este caso nos hacemos con una segunda clase de materia que a su vez nos ayuda frente a la primera, es decir hace para nosotros lo que por nosotros mismos no podemos hacer. Esta fuerza material auxiliar nos permite extender nuestro dominio sobre la primera. Queremos, por ejemplo, llevar el agua de la fuente a casa. Mediante una canalización hecha de madera podemos hacer que el agua vaya hasta ella, pero con nuestras simples manos no podemos hacer que el árbol se convierta en una conducción o cañería; necesitamos la fuerza auxiliar del hacha y todo el herramental necesario para transformar luego el tronco en la conducción que nos procure el agua. Y lo que tiene lugar en estos ejemplos, con la ayuda de uno o dos elementos, se puede hacer con el mismo o superior éxito utilizando cinco, diez o veinte. Lo mismo que manejamos el material inmediato de un bien, por medio de una fuerza auxiliar y ésta por medio de una segunda, podemos manejar esta segunda por medio de una tercera y ésta por medio de una cuarta y así sucesivamente. No necesitamos otra cosa que continuar la progresión para incluir factores causales del producto que estamos buscando, cada vez más remotos, hasta que llega un momento tal en el que nos encontramos con algo que podemos manejar con nuestras propias fuerzas naturales y controlar así toda la cadena que nos lleva hasta ese producto final. En esto se basa la verdadera importancia de la adopción de métodos de producción indirectos y la razón del éxito con el que esta clase de métodos culminan.
La clave del sistema capitalista entonces para Böhm Bawerk consiste en el sacrificio de las satisfacciones más inmediatas, con el coste en tiempo que ello supone. De esta forma, en un momento concreto, la inmensa mayoría de los factores productivos que operan en una economía capitalista no están volcados sobre la producción corriente, esto es, sobre la producción de bienes de consumo para el año presente. La mayor parte de estos recursos están volcados hacia el futuro, participando en procesos productivos cuyos frutos asomarán la cabeza dentro de unos años, no ahora. Solo una
pequeña parte de esos factores productivos producirá para el año presente, no obstante, gran parte de los procesos de producción que empezaron hace años llegarán a su término este año, disfrutando así de lo que fueron los bienes futuros en un tiempo pasado pero que ahora son bienes presentes o corrientes para nosotros. Cuanto más capitalista sea la estructura productiva de una economía, mayor dependencia exhibirá el presente respecto al pasado y mayor dependencia nuestro futuro respecto al presente. Esta especie de sistema económico que pivota sobre el sacrificio de consumo presente en aras de un mayor consumo futuro, y no otro, es a lo que los economistas debemos llamar capitalismo. Por supuesto, aquí entra de lleno el concepto de interés tal y como lo hemos avanzado en la refutación de la Teoría de la Explotación Marxista, aunque será en la Teoría del Interés cuando pasemos a darle un mejor encaje.
No obstante, Böhm Bawerk nos advierte que a medida que añadamos más y más capital los rendimientos que obtendremos en términos de productividad serán cada vez menores. Obviamente la diferencia en productividad entre recoger ramas del suelo y cortar los árboles con un hacha es muy grande, pero si invertimos más tiempo en construir, por ejemplo, una radial, para la que usaremos todas las etapas productivas del hacha y más, pues el metal hay que obtenerlo en ambos casos, la diferencia en productividad entre cortar los árboles con una radial y con un hacha es claramente menor que en el primero de los casos. A medida que aumente la intensidad de capital, y con ello el tiempo medio de producción, que luego definiremos convenientemente, los incrementos en productividad serán menores. Expandir la senda, por así decirlo, nos brindará incrementos sucesivos en productividad, pero no se trata de la gallina de los huevos de oro. Esta misma idea descansa en la forma con la que se modeliza cualquier función de producción. Lo hacemos escogiendo siempre funciones cóncavas y la interpretación económica de este hecho no es otra que la misma que nos está intentando explicitar Böhm Bawerk con estos ejemplos: la productividad marginal del capital es decreciente. No obstante, esta idea no es original de Böhm Bawerk, algunos economistas como Thünen ya adelantaron este hecho, aunque sin prestarle demasiada atención ni tratarlo con la extensión que merecía.
Además, podríamos preguntarnos qué considera el austríaco capital productivo y qué no. La discusión es bastante prolífica, pues incluye ciertas partidas que sorprenden bastante a primera vista y han generado acaloradas discusiones entre los teóricos. La clasificación que hace Böhm Bawerk de los medios de producción es la siguiente:
a) Todas las mejoras productivas, instalaciones y adaptaciones de la propiedad real en la medida que conserven su naturaleza independiente. Nos referimos a cosas tales como presas, conducciones, cercados, etc. Por otro lado, todas aquellas instalaciones y mejoras que se llegan a identificar con la tierra misma se excluyen del capital por las mismas razones que nos han llevado a excluir la tierra.
b) Todas aquellas construcciones dedicadas a la producción, fábricas, talleres, graneros, establos, tiendas, calles, ferrocarriles, etc. Pero el capital de una sociedad no incluye cosas como los edificios y viviendas que sirven directamente al consumo o tienen fines culturales como las iglesias, las escuelas, los tribunales.
c) Herramientas, máquinas y otros instrumentos productivos d) Animales y bestias de carga
e) Materias primas y otras auxiliares utilizadas en la producción f) Bienes de consumo almacenados y conservados
g) Dinero
Esta clasificación sorprende sin lugar a dudas por la inclusión de los bienes de consumo almacenados y, sobre todo, por la inclusión del dinero, con la que el propio Mises, su discípulo, estaría fuertemente en desacuerdo. La razón por la que incluye a los primeros es que solo considera que un producto está terminado cuando ya se encuentra en los mercados correspondientes listo para ser vendido. De esta forma, un bien de consumo almacenado a la espera de ser vendido es para él un bien de capital más, pues aún no ha sido transportado y convenientemente preparado para la venta. Por otra parte, con el dinero ocurre algo parecido. Además de ser el medio necesario para pagar el transporte de tales bienes de consumo a sus respectivos mercados, interviene y hace posibles todas las etapas en que se subdivide el proceso de producción indirecto, por lo que, bajo su punto de vista, ha de ser