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El indio ecológico. Diálogos a través del espejo’

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Academic year: 2020

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El indio ecológico

Diálogos a través del espejo

Óscar Calavia Sáez

E

n 1854, el gobierno norteamericano propuso a los Suquamish, tribu indígena de la costa noroeste, la compra de buena parte de sus tierras. El episodio poco tendría de memorable si no fuese por el discurso que Seattle, el viejo jefe, pronunció en respuesta. Cada una de sus frases se ha convertido en un proverbio del movi-miento ecologista, se ha visto reproducida en carteles o camisetas, glosada en libros de enorme éxito editorial y aclamada por iglesias progresistas americanas como palabra de un quinto evangelio:

El presidente, en Washington, nos avisa que quiere comprar nues-tra tierra. Pero, ¿cómo podéis comprar o vender el cielo, la tierra? Esa idea nos es extraña. Si no poseemos la frescura del aire o el des-tello del agua, ¿cómo podéis comprarlo?... ¿Enseñaréis a vuestros hijos lo que hemos enseñado a los nuestros: que la tierra es nuestra madre? Lo que le ocurre a la tierra les ocurre a todos los hijos de la tierra... Eso sabemos: la tierra no pertenece al hombre, es el hom-bre el que pertenece a la tierra. Todas las cosas están conectadas

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mo la sangre que nos une a todos. El hombre no teje la red de la vi-da, es sólo una hebra suya...

El jefe Seattle supo mejor que nadie sintetizar ese abismo que separa dos modos de relación con el medio ambiente: el diálogo y el equilibrio característico de los pueblos autóctonos, la conquista y la dilapidación emprendidas por la sociedad occidental. Hay un solo inconveniente en ese quinto evangelio: es apócrifo.

El indio ecológico

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ontología que para el orador tenía probablemente muy poco senti-do: la Tierra es una madre común de todos los seres, y así los ríos, los bosques, los antílopes o las águilas son nuestros hermanos; Dios es un padre común, lo que hace de indios y blancos hermanos tam-bién. En la versión Smith, el jefe Seattle elogia la oferta guberna-mental, que le parece razonable ya que, derrotados y reducidos a un puñado, los indios no tienen ya derechos ni necesitan de mucho lugar. Nada de madre tierra, de fraternidad universal o gran red que conecta a los seres, o de Dios común:

¡Vuestro Dios no es nuestro Dios! ¡Vuestro Dios ama a vuestro pueblo y odia al mío! Él abraza con sus fuertes brazos protectores al rostro pálido y lo lleva de la mano como un padre lleva a un hijo pequeño. Pero ha olvidado a sus hijos rojos, si es que realmente son suyos. Nuestro dios, el Gran Espíritu, parece habernos desampara-do también... somos desampara-dos razas diferentes con orígenes distintos y destinos distintos. Hay poco en común entre nosotros.

Eso sí; el jefe Seattle advierte que todo es pasajero, y que así

El tiempo de vuestra decadencia puede estar lejos, pero llegará, con certeza, porque incluso el hombre blanco cuyo dios habló y anduvo con él como un amigo al lado de su amigo no puede estar exento del común destino. Podemos ser hermanos después de todo.

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lecto-res de toda esta trama, es muy improbable que frases como las ci-tadas al inicio dejen de ser divulgadas, y de ejercer su función de quinto evangelio. Los textos fundacionales del cristianismo –cuya lejanía temporal de la fuente es, por cierto, más considerable que la que separa el discurso de Seattle de su primera versión escrita –ya fueron puestos en evidencia del mismo modo, con un escándalo que los años han apagado, y siguen siendo aceptados por muchos como verdad, y por muchos otros como fundamento de toda ver-dad posible. La historia no es propiever-dad de los historiadores; la verdad histórica no agota la verdad; o por decirlo de otro modo, un buen apócrifo nunca consigue ser totalmente falso.

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Economías alternativas

Antes de descartar sumariamente al indio ecológico, habría que examinar con cuidado varias incógnitas importantes. La primera se refiere a la relación que los pueblos autóctonos mantenían, antes de su inserción forzada en el complejo colonial euroamericano, con eso que llamamos naturaleza. Las investigaciones a ese respecto han sido abundantes, y ricas en resultados no tan fáciles de inter-pretar.

En los estudios de ecología cultural –no necesariamente identi-ficados con los propósitos del ecologismo ético-político– esa convi-vencia se reduce a limitación. Las formas culturales y sociales son el producto de la adaptación a la finitud de los recursos: a la po-breza de los suelos agrícolas, o a la escasez de proteínas, por ejem-plo. La naturaleza es una madre, sí, mas una madre dura que obli-ga a sus hijos a sujetarse a un duro régimen, a no ser que consiobli-gan liberarse de ella mediante nuevas técnicas de explotación. La ca-rrera contra la escasez es tan disputada en la selva como lo ha sido en paisajes más áridos y el indio ecológico es, simplemente, un lu-chador mal armado, abrumado por un medio natural que ultrapa-sa sus fuerzas. Pero ese pesimismo del materialismo ecológico se ha visto progresivamente cercado por estudios detallados que mues-tran que poblaciones indígenas recientes dedican muy pocas horas de su tiempo a esa desesperada lucha por la vida –reservando el resto a actividades no productivas– y mantienen la explotación del medio ambiente muy por debajo de sus posibilidades agrícolas o cazadoras. Aparentemente, el trabajo denodado tiene más sentido como causa de la escasez natural que como respuesta a esta.

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amazó-nica, por ejemplo, ha desmentido que el mundo indígena fuese una red de grupos minúsculos disueltos en el medio. La demografía ra-la y ra-la atomización como norma son posteriores al ingreso del hom-bre blanco y a sus efectos deletéreos directos o indirectos. El «de-sierto verde» es en buena parte un producto de la conquista, y por el contrario hay, para la era precolombina, datos ciertos de una ocupación humana de la Amazonia más densa que la que se puede encontrar aún en la actualidad. Esa ocupación se basaba en la alta productividad del cultivo del maíz, recurría a un buen uso de las inundaciones periódicas del valle amazónico o a notables ingenios como el uso agrícola de islas flotantes. Pero, lo que es más intere-sante, dejaba aun así espacio para el incremento de la biodiversi-dad. La llamada «terra preta de índio», uno de los suelos más pro-ductivos del valle amazónico, se identifica con las áreas de larga ocupación aborigen y alberga una tasa de biodiversidad mayor que áreas propiamente más cercanas a la virginidad.

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subsis-tencia, se hace más verosímil cuando percibimos que la supuesta selva virgen es más bien un jardín. Incluso prácticas como la del uso extensivo del fuego, que durante mucho tiempo se esgrimieron como pruebas del carácter rudimentario y destructivo de la agro-nomía indígena, se han revelado, en la Amazonia o en los Estados Unidos, como ejemplos de un manejo probablemente sabio y sin duda acertado. En la selva amazónica, los fuegos abren claros que permiten el auge de plantas cohibidas por la sombra de los grandes árboles, y que quiebran la extensión imperial de una sola especie. En los parques norteamericanos ya vacíos de indios y protegidos radicalmente del fuego por los servicios forestales, la misma pru-dencia indígena vino a ser probada, a contrario, cuando los bosques fueron víctimas de grandes incendios casuales en que la biomasa acumulada durante años sirvió de combustible a una destrucción fatal, antes evitada por quemas periódicas en la estación justa.

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in-cluso, un medio consciente para aniquilar indirectamente a la po-blación indígena; pero parece claro que un tipo de caza abusiva –en la que, conducidos en estampida hacia un despeñadero, cente-nares de bisontes eran sacrificados para aprovechar sólo algunas piezas, o en que los bisontes eran muertos para no usar más que su lengua y la piel de su joroba– no era desconocida entre los grupos indígenas que comerciaban con los blancos ni, lo que es más im-portante, entre los cazadores que aún no habían tratado con esos nuevos mercaderes. De castores o ciervos puede decirse lo mismo: prácticas ponderadas de caza, que respetaban mínimos de repro-ducción, se alternaban de un grupo a otro, o dentro de un mismo grupo, con modos de explotación predatorios y poco preocupados con sus límites.

El indio ecologista

Ese equilibrio ambiental que pese a todo lo dicho parece ser la tónica de muchas economías indígenas ¿sería un resultado inten-cional? ¿O sólo un accidente recubierto de ideales a posteriori? ¿Habría algo más que una diferencia de grado o de tiempo entre ese contrato natural, por usar la fórmula de Michel Serres, y la de-predación propia de las sociedades modernas? A muchos de esos partidarios de la libre iniciativa y la expansión a los que a pesar de todo halaga sentirse agentes de un destino irrevocable les gustaría decir que no, que el indio ecológico es una de esas falacias retró-gradas que nos ha legado el romanticismo. Probablemente se equi-vocan por muy poco.

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equiva-len. ¿Religión, cosmología, sistema simbólico? Llamémoslo como queramos, cabe ahí un conocimiento muy detallado del medio am-biente y de sus condiciones. Tabúes de caza o pesca y restricciones de acceso a determinadas áreas pueden equivaler a una gestión de recursos. A falta de legislación ambientalista, el chamanismo pue-de ser entendido como un saber regulador pue-de esas relaciones. Mu-chas sociedades indígenas, es verdad, imaginan los animales sur-giendo de las entrañas de la tierra, como de una fuente potencial-mente ilimitada. En la Amazonia es frecuente oir hablar de corra-les subterráneos en que algún dueño místico cría los pecaríes, los tapires o los ciervos que después caerán bajo las flechas o las balas de los cazadores, pero siempre gracias a una negociación que corre a cargo del chamán. Pero toda esa ganadería subterránea o sobre-natural no puede desarrollarse sin un stockde almas humanas que pasan a vivificarla, y es esa mercancía la contrapartida que el cha-mán tiene para ofrecer. Los muertos, antes o después, alimentan a los vivos en una cosmic food webmuy afín a la del pensamiento eco-lógico, aunque basada en otra ontología. Los dominios que nuestro humanismo separa en forma de naturaleza y humanidad pueden ser entendidos de hecho como una sociedad global, no ya esa so-ciedad utópica-consanguínea del texto de Perry, sino una soso-ciedad que identifica en la escala del universo las mismas relaciones ambi-guas pero indispensables que rigen la vida social humana, inclu-yendo la alianza, el intercambio de dones y sustancias, la preda-ción. Mucho menos preocupadas que la nuestra por la regulación internacional del comercio, las sociedades autóctonas reconocen la existencia de un comercio vital que fluye del suelo al cielo, y en el que se impone algún tipo de orden.

Ciertamente, los indios no han sido ecologistas avant la lettre. La

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la podredumbre, esas miserias tan naturales. Si las sociedades au-tóctonas han encontrado modos de relación con la naturaleza que no se reducen a una disipación más o menos rápida, más o menos absoluta, ha sido porque el mismo concepto de naturaleza les falta.

Los límites de lo humano

Volvamos a la alocución del jefe Seattle con la que comenzamos estas páginas y, ya que nunca tendremos acceso a una versión Seattle-Seattle, fijémonos mejor en la versión Seattle-Smith de 1887, la más antigua que nos queda. Su fidelidad puede también ponerse en duda. Si la versión Perry nos presenta al indio como un fiel hijo de la naturaleza, la versión Smith pone en escena un per-sonaje no menos arquetípico: un indio estoico que sabe del fin pró-ximo de su pueblo y se enfrenta a él noblemente. Smith puede ha-ber puesto mucho de sí en el texto, resumiendo lo que podía pen-sarse en un momento en que la conquista del oeste había culmina-do y la desaparición de los pueblos indígenas se daba como segu-ra. A cambio de las tiernas máximas de Perry, Smith nos ofrece al-go más sobrecogedor: lo que Seattle dice esta vez es que no existe una naturaleza vacía de humanidad. Cada valle o colina, e incluso las rocas «que parecen mudas y muertas» vibran con la memoria de quienes allí vivieron. Los hombres que ocuparon aquellas tierras las siguen ocupando después de muertos:

Por la noche, cuando las calles de vuestras ciudades están calladas y las pensáis desiertas, en ellas se agolpan las huestes de quienes otrora las llenaron, y que aman aún esta bella tierra.

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noble propósito de explotar a la naturaleza y no a nuestros seme-jantes parece cada vez más un sofisma envejecido. Incluso para los más afortunados no siempre está claro que una vida cada vez más larga y menos animal sea un buen negocio.

Es cierto que el discurso del desarrollo es universalista, y pos-tula su extensión más allá de cualquier muro. Algún día llegaremos a ser plenos, todos. Pero las promesas del desarrollismo son ya más añejas que las del socialismo (una de sus versiones) y en cuanto a su verificabilidad, no llevan gran ventaja a las cosmologías indíge-nas o a la ecología profunda. Si no nos hacen sonreír no es porque sean más sensatas, sino porque han perdido la gracia.

Poblaciones tradicionales

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sostenible. El resultado de todo ello puede ser que, como han pro-nosticado algunos agoreros, el desarrollo sostenible no se sostenga. Sus éxitos pueden deberse a un flujo de subsidios, o a un régimen diferencial implantado por el activismo alternativo, algo así como los sistemas de comercio justo, o los sellos de corrección ecológica. En el peor de los casos, puede ser una fachada que se mantiene mientras pueda servir de señuelo a la asistencia convencional. ¿Habría por ello que cancelarlo? El desarrollo sostenible viene a ser, hoy en día, un equivalente de lo que en siglos pasados fue el cristianismo predicado a los paganos: un modelo civilizador moral-mente legitimado pero ajeno a los objetivos mayoritarios de la cíni-ca sociedad que lo difunde; una utopía que pretende encontrar en tierras exóticas una vigencia ya perdida en su lugar de origen; una identidad que las poblaciones conquistadas pueden adoptar para hacerse con un lugar en el campo político de sus conquistadores. No hay como creer al pie de la letra lo que pretenden los predica-dores o sus neófitos; pero el escepticismo suele hablar en nombre de la codicia pura y simple, menos ambigua pero no por ello más sincera.

Al desarrollo sostenible –como ya le ocurrió a su antecesor, el cristianismo misionero– le pesa sobre todo ese estatuto de proyec-to in partibus, de utopía cultivada en márgenes distantes. Puede co-sechar algunas victorias ejemplares, manteniendo, difundiendo o recopilando técnicas, creando algunos oasis autónomos dentro de la marea global, o proponiendo alternativas que eventualmente puedan infiltrarse de la periferia hacia el núcleo. Pero mal futuro puede augurársele mientras las responsabilidades ecológicas se transfieran a la periferia sin sentar pie en los engranajes centrales del sistema.

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nie-tos. Los diálogos interculturales son diálogos de sordos, o más exactamente diálogos a través del espejo. Son de todos modos diá-logos, y no monólogos. El buen salvaje de los humanistas o los ilus-trados era, sí, un europeo disfrazado de otro; pero un europeo que no existía antes del buen salvaje. Sería deseable que se pudiese cir algo semejante del Indio Ecológico. Es una descortesía, por de-cir poco, exigir a los nativos que se ajusten a la figura ideal que nos han inspirado: lo que verdaderamente importa es saber hasta qué punto el ciudadano global puede y quiere parecerse a ella.

Referencias

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